Classica Labs

← The Ramayana · Contents

Kanda 3 of 7

Translated by Classica Labs bots.

Aranya Kanda

Section 1

Al entrar en el extenso bosque de Dandaka, el irreprimible y sereno Rama vio el conjunto de ermitas pertenecientes a los ascetas, esparcidas de hierba kusa y corteza, y rodeadas de energía espiritual; imposibles de contemplar, como el disco solar en los cielos, el refugio de todas las criaturas, con sus patios adornados; llenas de gran cantidad de ciervos y rebosantes de multitudes de aves; en las cuales las apsaras bailaban siempre y a las que respetaban; (ermitas) hermosas con espaciosas salas para el sacrificio de fuego, con los útiles del sacrificio, pieles de ciervo, hierba kusa, leña, cántaros de agua, frutos y raíces; rodeadas de poderosos y sagrados árboles del bosque; coronadas de frutos deliciosos; honradas con vali y homa; santas; resonantes con los sonidos de recitaciones védicas; salpicadas de diversas flores; y con estanques llenos de lotos; con antiguos ascetas que vivían de frutos y raíces, con los sentidos bajo control, vestidos de corteza y pieles de gamo negro, y poseedores del esplendor del sol o del fuego; y adornadas por grandes y santos sabios que vivían de alimento regulado. Al contemplar aquel conjunto de ermitas pertenecientes a los ascetas, semejantes a las regiones de Brahma, resonantes con las voces de las recitaciones védicas, y gratas, con brahmanes sumamente piadosos versados en los Vedas, el sumamente enérgico y gracioso Raghava entró en ellas, tras haber aflojado primero su poderoso arco. Entonces, al ver al justo Rama, semejante a la luna salida, así como a Lakshmana y a la ilustre Vaidehi, aquellos Maharshis dotados de intuición espiritual salieron al encuentro (de los recién llegados); y, tras haber pronunciado bendiciones, aquellas personas de rigurosos votos los recibieron. Y aquellos moradores del bosque, atónitos, contemplaron la tierna gracia de Rama, y su belleza y la elegancia de su atuendo. Y, asombrados, aquellos habitantes de los bosques, de preeminente piedad, vieron a Vaidehi, a Lakshmana y a Rama con ojos sin parpadeo. Y aquellas personas de exaltada virtud, ocupadas en el bienestar de todas las criaturas, hicieron sentar a Raghava, su huésped, en su cabaña de paja. Entonces, tras haber recibido a Rama con respeto conforme a la prescripción de la escritura, aquellos virtuosos de eminente piedad, semejantes al fuego, procuraron agua (para Rama). Y, experimentando gran deleite, aquellos de alma elevada, pronunciando bendiciones, procuraron frutos silvestres, flores y raíces; y, habiendo asignado una ermita (a Rama), aquellas personas conocedoras de la rectitud dijeron con las manos juntas: «Dotado de alta fama, usted, protector de la rectitud, es el refugio de esta gente. Debe usted ser honrado y venerado, siendo rey de ellos, portador de la vara y superior de ellos. Oh Raghava, es porque el que gobierna a sus súbditos es una cuarta parte del propio Indra que el rey, siendo reverenciado por todos, goza de las mejores cosas. Y nosotros, hallándonos en sus dominios, debemos ser protegidos por usted. Ya viva en la ciudad o en los bosques, usted, señor de los hombres, es nuestro soberano. Hemos renunciado a castigar a otros; y, oh monarca, hemos vencido nuestra ira y sometido nuestras pasiones. Por tanto, así como un niño en el vientre de su madre (debe ser protegido por ella), debemos ser protegidos por usted». Dicho esto, agasajaron a Raghava, junto con Lakshmana, con frutos y raíces y flores y diversos otros comestibles que pueden obtenerse en los bosques. Del mismo modo, otros ascetas de propósitos cumplidos, que vivían vidas de integridad, complacieron debidamente a aquel señor, Rama, semejante a Vaisvanara.

Section 2

Tras haber recibido el homenaje de los ascetas, Rama, hacia la salida del sol, habiéndolos saludado a todos, entró en el bosque. Y Rama, seguido de Lakshmana, vio el corazón del bosque, abundante en diversas clases de fieras, recorrido por osos y tigres, con sus árboles y arbustos desgarrados y pisoteados, sus estanques turbios y sus aves gritando. Y, habiendo llegado en compañía de Sita a aquel bosque abundante en terribles fieras, Kakutstha vio a un devorador de hombres, semejante a una cumbre de montaña, que emitía tremendos rugidos, de ojos hundidos, enorme rostro, espantoso, de vientre deforme, repugnante, pavoroso, ciclópeo, deforme, de horrible aspecto, vestido de piel de tigre, untado de grasa, cubierto de sangre, capaz de aterrar a todas las criaturas, con la boca ampliamente abierta, como el propio Destructor, y que daba fuertes gritos; el cual se erguía ensartando con su dardo de hierro tres leones, cuatro tigres, dos leopardos, cuatro prishatas y la enorme cabeza con colmillos de un elefante, que goteaba grasa. Al ver a Rama y a Lakshmana, así como a Sita, la hija de Mithila, enfureciéndose, se lanzó (contra ellos), como el propio Destructor lanzándose contra las criaturas en la disolución universal. Lanzando un espantoso alarido y, como haciendo temblar la tierra, tomó a Vaidehi por la cintura y, yendo a corta distancia, dijo: «Oh ustedes, que visten corteza y cabellos enmarañados, oh ustedes de débil fuerza, que, acompañados de su (común) esposa, han entrado en el bosque de Dandaka, portando arcos y flechas y cimitarras, ¿por qué, siendo ascetas, desean asociarse con una (sola) mujer? Malvados miserables, impíos desdichados, ¿quiénes son ustedes, que traen deshonra sobre los ascetas? Soy un rakshasa, de nombre Viradha. Este bosque es mi fortaleza. Pertrechado de armas, ando (por aquí) alimentándome de la carne de los ascetas. Esta de trascendente belleza será mi esposa. Y en la batalla beberé la sangre de ustedes, miserables que son». Al oír las palabras malvadas y jactanciosas del impío Viradha mientras decía esto, la hija de Janaka, Sita, comenzó a temblar de miedo, como un plátano sacudido por el viento. Viendo a la graciosa Sita en la cintura de Viradha, Raghava, con el rostro demudado, dijo a Lakshmana: «Oh amable, mira a la hija del rey Janaka, mi esposa de puros modos, una ilustre princesa criada en el lujo, en la cintura de Viradha. Oh Lakshmana, lo que Kaikeyi había deseado respecto de nosotros (se ha cumplido), y la gracia querida (que había pedido) ha dado fruto. Aquella dama de largas miras, mi segunda madre, que no se había dado por satisfecha con haber asegurado el reino en interés de su hijo, y por quien yo, que le era querido sobre todas las demás criaturas, había sido desterrado a los bosques, tiene hoy sus deseos coronados de éxito. Oh hijo de Sumitra, nada puede causarme mayor angustia que el contacto de Vaidehi con otro, lo cual supera la muerte de mi padre y el haber sido yo privado del reino». Mientras Kakutstha, con los ojos inundados de lágrimas, hablaba así, Lakshmana, montando en cólera, habló como un elefante encadenado: «¿Por qué te afliges, oh Kakutstha, como un abandonado, siendo el señor de todas las criaturas y semejante al propio Vasava, y teniéndome además a mí, tu servidor, de respaldo? La tierra beberá la sangre de este rakshasa, Viradha, privado de la vida, después de que haya sido muerto con una flecha por mí, airado. Aquella ira mía que había concebido contra Bharata, que ansiaba el reino, la descargaré sobre Viradha, como el que empuña el rayo lanza su arma contra una colina. Que mi poderosa flecha, adquiriendo velocidad de la rapidez que le imparta la energía de mis brazos, caiga sobre su ancho pecho y arranque su vida de su cuerpo; y que él, dando vueltas, (caiga por fin a la tierra)».

Section 3

Entonces Viradha habló de nuevo, llenando el bosque: «Díganme, a quienes les pregunto: ¿quiénes son ustedes y adónde van?». Entonces el sumamente enérgico Rama respondió al rakshasa de rostro llameante, cuando este hubo preguntado así (a Rama), que pertenecía a la raza de Ikshvaku: «Sepa que somos kshatriyas de respetable carácter que andamos por el bosque. También yo estoy ansioso de saber quién es usted, que anda por los Dandakas». Viradha respondió a Rama, cuyo poder era la verdad: «¡Ah! Te lo diré, oh rey. ¡Comprende, oh Raghava! Soy hijo de Java, y mi madre es Satarhada. Todos los rakshasas de la tierra me han llamado Viradha. Habiendo complacido a Brahma con mi ascetismo, recibí (esta gracia): que nadie sobre la tierra sería capaz de matarme mutilando mi cuerpo con armas. Abandonando a esta hermosa, huyan ustedes, renunciando a toda esperanza (ya sea de recuperarla o de vencerme), prestamente al lugar de donde habían venido; si no, los privaré de la vida». Entonces Rama, con los ojos enrojecidos por la ira, replicó a aquel rakshasa de forma deforme, el malvado Viradha, diciendo: «¡Miserable! ¡Vergüenza sobre ti, de bajos propósitos! Seguramente buscas tu propia muerte; y (la muerte) la obtendrás en la batalla. ¡Alto! No escaparás de mí con vida». Luego, tendiendo su arco, Rama, apuntando prestamente al rakshasa, lo hirió con afiladas flechas; y (luego) de su cuerda soltó siete flechas, con sus partes emplumadas trenzadas de oro, dotadas de gran velocidad y que corrían como Suparna o el viento. Entonces, semejantes a llamas, aquellas flechas provistas de plumas de pavo real atravesaron el cuerpo de Viradha y cayeron a la tierra, cubiertas de sangre. Al ser así herido, el rakshasa dejó a Vaidehi en el suelo y, alzando un dardo, se lanzó con ira hacia Rama y Lakshmana. Y lanzando un poderoso rugido, tomó un dardo semejante al estandarte de Sakra; y entonces apareció como el Destructor con la boca abierta. Entonces los hermanos descargaron una llameante lluvia de flechas sobre el rakshasa, semejante al propio Destructor. Y colocándose en un sitio, el rakshasa, riendo terriblemente, bostezó, y al bostezar las flechas que corrían por la carne cayeron de su persona. Y en virtud de la concesión de la gracia (por Brahma), el rakshasa Viradha recogió sus energías vitales y, levantando una pica, se lanzó contra los descendientes de Raghu. Aquel mejor de los que portan armas cortó con dos flechas aquel dardo semejante al rayo y llameante en el cielo. Y el dardo, cortado por las flechas de Rama, cayó a la tierra, como cae un risco cortado por el rayo. Entonces, levantando velozmente una espada semejante a una serpiente negra, cada uno (de los Raghavas) se acercó a su adversario y comenzó a acometerlo con prisa. Así acosado, aquel terrible, agarrando a ambos con sus brazos, intentó llevarse a aquellos primeros de los hombres, que, sin embargo, conservaron la calma. Leyendo su propósito, Rama habló a Lakshmana: «Que el rakshasa nos lleve por este camino. De nada sirve impedírselo. Hijo de Sumitra, que el rakshasa nos lleve adonde quiera. Este mismo, por el cual avanza el vagabundo de la noche, es nuestro camino». Y alzándolos (a Rama y a Lakshmana) con su fuerza y poderío, como si fueran mozalbetes, aquel soberbio vagabundo de la noche los puso sobre sus hombros. Y habiendo depositado a los Raghavas sobre sus hombros, Viradha, vagabundo de la noche, lanzando espantosos gritos, dirigió su rumbo hacia el bosque. Y entró por fin en el bosque, semejante a una poderosa masa de nubes, provisto de diversas clases de árboles, pintoresco con diversas especies de aves y rebosante de chacales, serpientes y fieras.

Section 4

Al ver llevados a aquellos primeros de los Raghus, los Kakutsthas, Sita gritó en voz alta, alzando los brazos: «Rama, el hijo de Dasaratha, el fuerte, el veraz y el puro, es llevado junto con Lakshmana por usted, rakshasa de terrible aspecto. A mí me devorarán los osos y los tigres y las panteras. Deje a los Kakutsthas y lléveme a mí. Me inclino ante usted, oh mejor de los rakshasas». Al oír estas palabras de Vaidehi, Rama y Lakshmana se aprestaron a procurar la muerte de aquel malvado. Y el hijo de Sumitra le rompió el brazo izquierdo; mientras Rama le rompió de inmediato el derecho al rakshasa. Al serle rotos los brazos, el rakshasa, semejante a una masa de nubes, debilitándose, se hundió en el suelo desvanecido, como una colina hendida por el rayo. Entonces acometieron al rakshasa con puños, brazos y pies; y levantándolo una y otra vez, y apretándolo, lo pisotearon contra el suelo. Aunque estaba muy atravesado por muchas flechas y lastimosamente cortado por cimitarras, y aplastado contra la tierra de diversos modos, el rakshasa no expiraba. Viendo que era del todo imposible matarlo, y semejante a una colina, aquel inspirador de esperanza en tiempos de peligro, el gracioso (Rama), dijo: «Oh primero de los hombres, a causa de sus austeridades, ese rakshasa no puede ser vencido con armas en el combate. Por tanto, arrojémoslo a un foso. Oh Lakshmana, cava un amplio foso en este bosque para este rakshasa semejante a un elefante, terrible y de torvo aspecto». Dicho esto a Lakshmana: «Cava un foso», el poderoso Rama permaneció con el pie plantado en la garganta de Viradha. Habiendo oído las palabras de Raghava, el rakshasa habló con suavidad: «Muerto soy, oh jefe de los hombres, por ti, que posees una fuerza igual a la de Sakra. Por ignorancia, oh primero de los hombres, no pude conocerte antes. Ahora te conozco, tú que eres Rama, el digno hijo de Kausalya, hijo mío; así como a la sumamente virtuosa Vaidehi y al renombrado Lakshmana. Por efecto de una maldición entré en esta espantosa forma de rakshasa, yo, un gandharva, habiendo sido maldecido por Vaisravana. Habiendo sido propiciado por mí, aquel famosísimo dijo: “Cuando Rama, el hijo de Dasaratha, te mate en combate, tú, recobrando tu condición natural, te dirigirás a las regiones celestiales”. Encolerizado, me maldijo a mí, que había estado ausente; y así me habló el rey Vaisravana, a mí, que había concebido amor por Rambha. Por tu gracia he sido liberado de esta temible maldición, (ahora) me dirigiré al cielo. ¡Salud, oh sometedor de enemigos! A media yojana de aquí, hijo mío, mora el justo y poderoso Maharshi Sarabhanga, semejante al Sol. Búscalo prestamente: él procurará tu bien. Arrojándome (en este foso) en el bosque, vete tú, oh Rama, en paz por tu camino. Este es precisamente el uso eterno de los rakshasas. Los que mueren en el bosque alcanzan regiones eternas». Dicho esto a Kakutstha, el poderoso Viradha, afligido por las flechas, con su cuerpo depositado (en el foso), alcanzó el cielo. Habiendo oído aquel discurso de Viradha, Raghava ordenó a Lakshmana, diciendo: «Oh Lakshmana, cava tú en este bosque un amplio foso para este rakshasa semejante a un elefante, pavoroso y de terribles actos». Habiendo dicho a Lakshmana: «Cava un foso», Rama, dotado de poderío, permaneció con el pie fijo en la garganta de Viradha. Entonces, tomando un azadón, Lakshmana cavó un espacioso foso al lado del corpulento Viradha. Luego, cuando su garganta hubo sido liberada, (Lakshmana) arrojó al foso a Viradha, de orejas semejantes a jabalinas, que emitía fuertes y espantosos sonidos. Habiéndolo vencido en la lucha, Rama y Lakshmana, activos y firmes en el combate, sumamente deleitados, levantando por la fuerza al espantoso rakshasa, lo arrojaron aullando (al foso). Reflexionando que era incapaz de ser matado (por armas afiladas), aquellos primeros de los hombres, sumamente diestros (en armas), procuraron la muerte de aquel poderoso asura, Viradha, en el foso, después de haberlo cavado. Viradha mismo había deseado sinceramente su muerte a manos de Rama; y aquel vagabundo de los bosques había dicho en consecuencia (a Rama): «Mi muerte no puede producirse por medio de armas». Habiendo oído estas palabras, Rama decidió arrojarlo a un foso. Y cuando el excesivamente fuerte rakshasa entró en la cavidad, hizo resonar el bosque con sus gritos. Habiéndolo arrojado al hoyo, Rama y Lakshmana, desvanecidos sus temores, aparecieron con miradas alegres, y se regocijaron en aquel bosque como el sol y la luna sentados en los cielos.

Section 5

Habiendo matado en el bosque al rakshasa Viradha, dotado de tremenda fuerza, Rama, dotado de poderío, abrazando y alentando a Sita, habló a su hermano Lakshmana, de llameante energía, diciendo: «Este denso bosque es difícil de habitar; ni conocemos los caminos del bosque. Por tanto iremos prestamente al asceta Sarabhanga». Entonces Raghava partió hacia la ermita de Sarabhanga. Y Rama contempló un gran prodigio cerca de aquel de celestial virtud, que había purificado su alma por el ascetismo. Vio al señor de los celestiales, dotado de una persona resplandeciente, semejante en fulgor al sol o a Vaisvanara, montado en un soberbio carro, (vio) a aquel que es seguido por todos los celestiales, situado en el cielo, sin tocar la tierra, adornado de luminosos ornamentos, al dios vestido de limpio atuendo, venerado por muchos personajes de alma elevada vestidos de igual modo. Y desde lejos (Rama) vio el carro situado en el cielo, uncido de corceles verdes, semejante al sol infantil; y vio el inmaculado parasol que poseía la belleza de una masa de nubes blancas, semejante al disco lunar, y realzado con guirnaldas variadas. Y su cabeza (la de Indra) era abanicada con dos abanicos de cola de yak, costosos y provistos de mangos de oro, sostenidos por dos magníficas doncellas; e innumerables gandharvas y siddhas y sabios principales entonaban himnos al celestial situado en el firmamento. Y viendo a Sarabhanga entregado a conversar con Satakratu, Rama dijo a Lakshmana (las siguientes palabras). Y señalando el carro, Rama mostró el prodigio a su hermano. «Mira, oh Lakshmana, aquel carro situado en el cielo, espléndido, dotado de extrema gracia, maravilloso, y que parece como si el sol hubiera caído de los cielos. Los corceles que están en el cielo son sin duda aquellos de los que oímos hablar antes como pertenecientes a Sakra de muchos sacrificios. Y, tú, primero de los hombres, estos jóvenes que (rodean al celestial) por centenares, que llevan pendientes y portan espadas en las manos, son de ancho pecho, tienen brazos semejantes a mazas en tamaño, y están vestidos de ropaje carmesí, como tigres imposibles de abordar. Sobre los pechos de todos aparecen cadenas de fulgor resplandeciente; y, oh hijo de Sumitra, su belleza parece la de veinticinco años. Y esta misma es la edad perdurable de los celestiales, como lo parecen estos primeros de los hombres de dulce aspecto. Oh Lakshmana, quédate aquí un rato con Vaidehi, mientras no averigüe quién es el que está en el resplandeciente carro». Diciendo al hijo de Sumitra: «Quédate aquí», Kakutstha encaminó sus pasos hacia la ermita de Sarabhanga. Y viendo acercarse a Rama, el señor de Sachi, tomando el permiso de Sarabhanga, se dirigió a los celestiales, diciendo: «Rama viene hacia aquí. Pónganse en marcha hacia otro lugar, antes de que él se dirija a mí. No es apto para contemplarme (ahora). Cuando haya vencido (a su enemigo en el combate) y alcanzado el éxito, me mostraré de buen grado ante él. Tendrá que llevar a cabo un acto que otros son incapaces de lograr». Entonces, rindiendo homenaje a aquel ermitaño y conversando con él, el portador del rayo, sometedor de enemigos, se dirigió al cielo en un carro uncido de corceles. Cuando el de mil ojos se hubo ido, Raghava, acompañado de sus compañeros, se presentó ante Sarabhanga en la cámara del agnihotra. Tomando sus pies, Rama, Sita y Lakshmana se sentaron con permiso del asceta, que los recibió y les asignó alojamiento. Entonces Raghava preguntó (al sabio) acerca de la visita de Sakra; y Sarabhanga relató todo a Raghava. «Oh Rama, este dador de gracias desea llevarme a las regiones de Brahma. Las he conquistado, imposibles de alcanzar por personas que no se han adiestrado, en virtud de feroces austeridades. Oh jefe de los hombres, sabiendo que estabas cerca, me sentí ansioso de ir a las regiones celestiales menores y a este cielo supremo (de Brahma), después de haberte visto a ti, justo y de alma elevada, que eres ahora mi querido huésped. Oh primero de los hombres, he alcanzado para siempre las excelentes regiones de Brahma y Nakaprishtha. Recíbelas como pertenecientes a mí». Así interpelado por el sabio Sarabhanga, aquel mejor de los hombres, Raghava, versado en toda rama del saber, dijo: «Oh poderoso ermitaño, yo mismo adquiriré todas esas regiones. Deseo ahora que usted me indique mi morada en este bosque». Así abordado por Raghava, semejante a Sakra en fuerza, el sapientísimo Sarabhanga dijo de nuevo: «Oh Rama, aquí en este bosque vive un asceta piadoso y dueño de sí, de poderosa energía, llamado Sutikshna. Él procurará tu bien. Oh Rama, sigue este Mandakini que fluye entre flores, que (aquí) corre en dirección opuesta a su curso habitual; y entonces llegarás allí. Este es tu camino, oh mejor de los hombres. Mírame ahora, hijo mío, por un rato; mientras yo dejo mis miembros, como una serpiente abandona su muda». Entonces, preparando un fuego y ofreciendo en él oblaciones con mantras, el sumamente enérgico Sarabhanga entró en el fuego. El fuego consumió el vello, el cabello, la piel vieja, los huesos, la carne y la sangre de aquel de alma elevada. (Al instante) Sarabhanga se hizo un joven semejante al fuego; y levantándose de la llama, apareció espléndido. Y pasando más allá de las regiones de sabios de alma elevada que sacrificaban con fuego, así como de los celestiales, ascendió a las de Brahma. Y aquel de actos piadosos hechos en la tierra, aquel mejor de la raza de los nacidos dos veces, vio al Abuelo en compañía de sus seguidores. Y el Abuelo también, al contemplar a aquel brahmán, se regocijó mucho, y dijo: «¡Salud!».

SECCIÓN VI.

Después de que Sarabhanga hubo ascendido al cielo, ascetas en grupos, reunidos, se presentaron ante Kakutstha, Rama de llameante energía. Y los vaikhanasas, y los valakhilyas, y los samprakshalas, los marichipas, los asmakuttas en gran número, y aquellos ascetas, los patraharas, y los dantolukhalas, los unmajjakas luego, y los gatrasayyas, y los asayyas y los anavakasikas, aquellos ascetas, los salilaharas, los vayubhakshas después de ellos, los akasanilayas, los sthandilasayis, los urddhavasis de sentidos dominados, y los ardrapattavasas entregados al japa, que practicaban penitencias y se dedicaban a ejecutar las cinco clases de austeridades, todos dotados de la gracia que viene de la energía espiritual y todos firmemente concentrados en el yoga, estos ascetas se presentaron ante Rama en la ermita de Sarabhanga. Y llegando ante Rama, el primero de los que practican la rectitud, aquellos sabios conocedores de la moral, reunidos en grupo, dijeron a aquel de preeminente virtud: «Poderoso guerrero de carro, usted es la persona primera de la raza de Ikshvaku y del mundo, así como su señor, como Maghavan es el señor de los celestiales. Famoso en los tres mundos por su alto mérito y poderío, en usted se hallan en profusión la verdad y la virtud, y la obediencia al mandato de su padre. Oh señor, a usted, que conoce la virtud y se apega a ella, le corresponde perdonarnos lo que, como suplicantes, le decimos. Grande es el pecado, oh señor, de aquel monarca que toma la sexta parte de las rentas de los súbditos pero no los protege como a hijos. Pero aquel que, puesto el corazón en proteger al pueblo, protege siempre con cuidado a todos los habitantes de sus dominios, como a su propia vida o como a su hijo, más querido para él que la vida misma, cosecha, oh Rama, duradero renombre que se extiende por muchos años y, (al fin) alcanzando las regiones de Brahma, es glorificado allí. El rey que protege a sus súbditos con rectitud tiene derecho a una cuarta parte del gran mérito religioso que cosecha un asceta que se sustenta de frutos y raíces. Oh Rama, estos tantos brahmanes, este gran cuerpo de hombres que han asumido el modo de vida vanaprastha, aunque lo tienen a usted por señor, son duramente atormentados por los rakshasas, como si no tuvieran ninguno. Venga y contemple los cuerpos de innumerables ascetas de corazones puros que han sido de diversos modos matados por los rakshasas en el bosque. Y grande es la inquietud que experimentan los moradores del río Pampa y del Mandakini, así como los que residen en Chitrakuta. No podemos soportar la terrible aflicción de los ascetas en el bosque a manos de rakshasas de espantosos actos. Por tanto, para obtener refugio, hemos venido ante usted, que es el refugio (de todos). Líbrenos usted, oh Rama, a todos, que somos sumamente afligidos por los vagabundos de la noche. Oh héroe, no tenemos mayor refugio en la tierra que usted. Rescátenos usted a todos, oh hijo de rey, de los rakshasas». Al oír estas palabras de los sabios y ascetas, aquel de alma justa se dirigió a ellos, diciendo: «No les corresponde hablar así. Soy yo quien debe recibir órdenes de los ermitaños. He entrado en el bosque únicamente con vistas a mi propio propósito. He entrado en este bosque en obediencia al mandato de mi padre, con el objeto (al mismo tiempo) de poner fin a estos estragos de los rakshasas sobre ustedes. He venido aquí por mi propia voluntad para asegurar el interés de ustedes. Entonces mi permanencia en los bosques quedará coronada de gran fruto. Deseo matar en batalla a los enemigos de los ascetas. Que los sabios y ascetas contemplen mi poderío y el de mi hermano». Habiéndole sido conferida una gracia por los ascetas, aquel héroe emprendió una noble empresa y, acompañado de los ascetas, en compañía de Lakshmana dirigió su rumbo hacia (la ermita de) Sutikshna.

Section 6

Rama, acompañado de su hermano así como de Sita, fue a la ermita de Sutikshna en compañía de los nacidos dos veces. Y habiendo avanzado lejos y cruzado muchas corrientes de copiosas aguas, Rama vio un santo pico que se alzaba muy alto como el poderoso Meru. Entonces aquellos dignos vástagos de la raza de Ikshvaku, descendientes de Raghu, con Sita entraron en el bosque siempre provisto de diversas clases de árboles. Y habiendo entrado en el denso bosque abundante en flores y frutos y árboles, Rama vio en un recoveco una ermita resplandeciente de corteza y guirnaldas. Allí Rama se dirigió debidamente a un asceta sentado en la postura del loto para conjurar el mal, el mismo Sutikshna: «Oh usted que conoce la rectitud, hábleme, oh Maharshi, oh usted, cuyo poder es la verdad». Entonces, mirando intensamente a Rama, aquel (asceta) sereno, el primero de los que practican la rectitud, abrazándolo con sus brazos, dijo: «Bienvenido, primero de los Raghus, oh Rama, el mejor de los que practican la rectitud. Esta ermita ha quedado ahora provista de su dueño con tu visita. Oh ilustre, oh héroe, esperándote, no he ascendido todavía al cielo, renunciando en la tierra a este cuerpo mío. Había oído (ya) que, viniendo a Chitrakuta, (tú habías estado allí), privado del reino. Aquí vino, oh Kakutstha, el Soberano de los celestiales de cien sacrificios. Viniendo a mí, aquella poderosa deidad, el Soberano de los celestiales, dijo que yo había adquirido todos los mundos por mis actos piadosos. Habita tú, por mi gracia, en compañía de tu esposa y de Lakshmana, con deleite en esas regiones ganadas por mi ascetismo, que contienen devarshis». Entonces el sereno Rama respondió a aquel brahmán llameante y veraz, de ígneas austeridades, como Vasava respondiendo a Brahma, diciendo: «Oh poderoso asceta, yo mismo ganaré esas regiones. Deseo que se me indique una morada en este bosque. Usted posee capacidad respecto de todo, y está (al mismo tiempo) ocupado en el bienestar de todos los seres; esto me lo ha dicho el de alma elevada Sarabhanga, de la raza de Gautama». Así interpelado por Rama, aquel Maharshi conocido en todos los mundos habló dulces palabras con gran alegría: «Oh meritorio Rama, esta misma es la ermita (para ti). Vive aquí con placer. Está habitada por multitud de santos y siempre provista de frutos y raíces. Este bosque está frecuentado por manadas de ciervos que andan aquí sin hacer daño a nadie, aunque poseen gran energía; y se van, habiendo hechizado a la gente (con su belleza). Salvo lo que viene de estos ciervos, no hay aquí otro mal que afrontar». Al oír aquellas palabras del Maharshi, el plácido hermano mayor de Lakshmana, tomando su arco con la flecha puesta, dijo: «Oh exaltado, si con afiladas flechas que llamean como el rayo mato a esas manadas de ciervos cuando vengan, le causará dolor a usted, ¿y qué puede ser más desafortunado que esto? Por tanto no podré morar largo tiempo en esta ermita». Dicho esto, Rama cesó y se dedicó a sus adoraciones vespertinas y, habiéndolas terminado, junto con Sita y Lakshmana fijó su alojamiento en la ermita de Sutikshna. Luego, cuando hubo pasado la tarde y cayó la noche, Sutikshna, habiendo rendido homenaje a aquellos jefes de los hombres, les ofreció excelente alimento, adecuado para ascetas.

Section 7

Habiendo sido bien agasajado por Sutikshna, Rama, en compañía del hijo de Sumitra, tras haber pasado allí la noche, despertó por la mañana. Y levantándose a su debido tiempo, Rama junto con Sita se bañó en frescas aguas olorosas con el aroma de los lotos; y habiendo adorado a su debido tiempo y como correspondía al Fuego y a las deidades, en aquel bosque que contenía moradas de ascetas, Rama, Lakshmana y la hija de Videha, purgados sus pecados, viendo el sol salido, se acercaron a Sutikshna y le dijeron estas suaves palabras: «Reverendo señor, hemos permanecido aquí a gusto, siendo excelentemente servidos por usted. Lo saludamos y nos vamos. Los ascetas nos instan a la prisa. Nos apresuramos a ver los conjuntos de ermitas que pertenecen a los santos sabios que habitan el bosque de Dandaka. Ahora solicitamos su permiso junto con el de estos primeros de los ermitaños, firmes en la virtud, coronados de ascetismo y dueños de sí, semejantes a llamas sin humo. Y nos proponemos ponernos en marcha antes de que el sol, como uno de baja cuna que ha alcanzado auspiciosa fortuna por malos caminos, de rayos insoportables, brille con demasiada fiereza». Dicho esto, Raghava junto con Sita y el hijo de Sumitra se inclinó a los pies del asceta. Y al tocar ellos sus pies, aquel mejor de los ascetas, alzando a Rama y a Lakshmana, los abrazó estrechamente y dijo: «Oh Rama, vete por tu camino con bien, en compañía del hijo de Sumitra y de esta Sita que te sigue como una sombra. Contempla las hermosas ermitas, oh héroe, de estos ascetas de espíritu puro que habitan el bosque de Dandaka. Verás bosques floridos engalanados de frutos y raíces, que contienen hermosos ciervos y apacibles tribus de aves; estanques y charcas que ríen con lotos abiertos, que contienen aguas agradables y abundan en karandavas; encantadores manantiales de montaña; y pintorescos bosques adornados de pavos reales. Ve, oh hijo; y ve tú también, oh hijo de Sumitra. Y vuelvan a mi ermita después de haber visto esto». Así interpelado, Kakutstha junto con Lakshmana, habiendo dado la vuelta en torno al asceta, se dispuso a partir. Entonces Sita, de amplios ojos, entregó a los hermanos excelentes carcajes, arcos y brillantes espadas. Luego, sujetándose los graciosos carcajes y tomando los arcos de dulce son, tanto Rama como Lakshmana salieron de la ermita. Y con permiso del Maharshi, los Raghavas, dotados de gracia, equipados con arcos y cimitarras, partieron velozmente junto con Sita.

Section 8

Cuando el hijo de Raghu hubo partido con permiso de Sutikshna, Sita se dirigió a él con afectuosas palabras y persuasivo discurso, diciendo: «Aunque usted es grande y sigue el estrecho sendero (de la rectitud), está sin embargo en vísperas de entrar en la injusticia. Pero podría usted, absteniéndose de actuar, evitar esta injusticia que brota de un mal engendrado por el deseo. Este mal engendrado por el deseo es triple. Un mal destacado es la falsedad, y los otros dos son de mayor peso: la asociación con las esposas de otros y la vindicta sin (base de) hostilidad alguna. La falsedad, oh Raghava, nunca ha sido suya, ni podrá serlo jamás (en el futuro). Ni tampoco, oh primero de los hombres, podría usted jamás, ni siquiera en la fantasía, ser (culpable de) ir tras las esposas de otros, lo cual echa a perder todo mérito religioso. Estas cosas, oh Rama, no están en absoluto en usted. Oh hijo de rey, usted dirige siempre y a diario sus atenciones a su propia esposa. Y es justo y veraz y cumple la voluntad de su padre. En usted están establecidas la virtud y la verdad, y todo; y con ayuda de sus sentidos vencidos, usted, oh de brazos poderosos, es capaz de soportarlo todo. Y, oh de graciosa presencia, suyo es el dominio de los sentidos. El tercer mal, que lleva a los hombres, por ignorancia, a guardar hostilidad contra otros sin (causa de) hostilidad alguna, está ahora presente (en usted). Usted ha prometido, oh héroe, para la protección de los santos que moran en el bosque de Dandaka, la matanza de rakshasas en la batalla. Y es por esta razón que, equipado con arcos y flechas, ha partido usted junto con su hermano hacia el bosque conocido como Dandaka. Al verlo partir, mi mente, reflexionando sobre su veracidad así como sobre su felicidad en este mundo y su bienestar en el otro, está agitada por la ansiedad. Y, oh héroe, no me agrada este viaje a Dandaka. Le diré la razón de ello. Escúcheme mientras se lo digo. Llevando arcos y flechas en sus manos, ha venido usted al bosque junto con su hermano; y (bien puede ocurrir) que, al ver a torvos vagabundos del bosque, descargue usted sus flechas. Y así como la cercanía de la leña aumenta la energía del (fuego), la proximidad del (arco) realza la fuerza y la energía del kshatriya. Antiguamente, oh de largos brazos, en un bosque sagrado frecuentado por fieras y aves, vivía un veraz asceta de persona pura. Con la intención de perturbar sus austeridades, el señor de Sachi, Indra, portando una espada en la mano, vino a la ermita en figura de guerrero. Y en aquella ermita aquella excelente cimitarra fue depositada en confianza con aquella persona justa que practicaba el ascetismo. Al recibir aquella arma, aquel asceta, atento a guardar su depósito, anda por el bosque manteniendo su fe. Y atento a guardar su depósito, no va a ninguna parte a procurar frutos y raíces sin aquella espada depositada en su poder en confianza. Llevando constantemente la espada, poco a poco el asceta, abandonando todo pensamiento sobre el ascetismo, tuvo su mente envuelta en sentimientos feroces. Así, por llevar aquella arma, aquel asceta, entregado a feroces pensamientos, perdiendo su sobriedad y extraviado de la rectitud, fue al infierno. Esta antigua historia acerca del llevar armas afirma que, así como el fuego obra un cambio en un trozo de madera, la presencia de armas obra una alteración en la mente del que las lleva. Por afecto y por la alta honra en que lo tengo, solo le recuerdo este asunto. No le enseño. Equipado con arcos como está, debe usted renunciar a todo pensamiento de matar sin hostilidad a los rakshasas que residen en Dandaka. Sin ofensa, nadie debe ser muerto. Es deber de los héroes kshatriyas proteger con sus arcos a las personas de almas sometidas afligidas por cualquier calamidad. ¿Dónde están las armas? ¿Y dónde está el bosque? ¿Dónde está la virtud kshatriya? ¿Y dónde el ascetismo? Estas cosas se oponen entre sí; honremos, pues, la moral que corresponde a este lugar. Por seguir las armas, el sentido de uno se mancha y se deforma. Yendo de nuevo a Ayodhya, usted observará los deberes de los kshatriyas. Entonces mi suegra y mi suegro experimentarán perdurable deleite, si, habiendo renunciado al reino, usted lleva la vida de un asceta. El interés brota de la rectitud; y la felicidad también resulta de ella. Uno alcanza todo mediante la rectitud, la única cosa sustancial en este mundo. Reprimiéndose a sí mismas con diversas restricciones, las personas inteligentes alcanzan la rectitud; pero la virtud coronada de felicidad es incapaz de ser alcanzada siguiendo el placer. Oh apacible, cultivando siempre su corazón en la pureza, practique usted la piedad en el bosque del ascetismo. Todo, los tres mundos, le es verdaderamente conocido. He dicho esto por inconstancia femenina. ¿Quién puede hablar de rectitud a usted? Reflexionando y comprendiendo las cosas, haga usted, junto con su hermano menor, prestamente lo que guste».

Section 9

Al oír las palabras de Vaidehi, dichas por alta estima (hacia su esposo), Rama, con su energía realzada, respondió a la hija de Janaka, diciendo: «Oh noble dama, has dicho suaves palabras cargadas de valor y provecho; y, oh hija de Janaka, versada en la virtud, has expuesto los deberes de los kshatriyas. ¿Qué, oh exaltada, he de decir? Tú misma, por tus palabras, has (dado respuesta a lo que habías dicho). Los kshatriyas llevan arcos para que la palabra “afligido” no exista (en la tierra). Oh Sita, aquellos ascetas de severos votos que están acosados de peligros en Dandaka, habiendo venido personalmente a mí, que soy su refugio, han buscado protección de mis manos. Habitando siempre en el bosque, sustentándose de frutos y raíces, ellos, a causa de rakshasas de crueles actos, no alcanzan, oh tímida, descanso. Estos ascetas son devorados por terribles rakshasas que viven de carne humana. Mientras eran comidos (por los rakshasas), los ermitaños que viven en el bosque de Dandaka, aquellos mejores de los nacidos dos veces, nos dijeron: “Séanos propicio”. Al oír aquellas palabras suyas que cayeron de sus labios, yo, resuelto a obrar conforme a su petición, dije: “Sean propicios”. Esto es para mí vergüenza suprema: que tales vipras, que ellos mismos son dignos de ser buscados, me busquen a mí. ¿Qué he de hacer? Dije esto en presencia de aquellos nacidos dos veces. Entonces todos los que habían venido dijeron: “Hemos sido, oh Rama, inmensamente hostigados en el bosque de Dandaka por rakshasas que adoptan formas a voluntad. Líbrenos usted. Estos irreprimibles rakshasas que viven de carne humana nos vencen en el momento del homa, y en las ocasiones de las parvas, oh sin pecado. De los santos y ascetas afligidos por los rakshasas, que buscan su refugio, usted es nuestro mejor refugio. Podemos, en virtud de la energía de nuestro ascetismo, destruir fácilmente a los vagabundos de la noche; pero nos resistimos a perder nuestro ascetismo ganado en largo tiempo. Oh Raghava, nuestras austeridades son constantemente perturbadas, y apenas podemos practicarlas. Por tanto, aunque duramente afligidos y devorados por los rakshasas que moran en el bosque de Dandaka, no lanzamos nuestra maldición sobre ellos. Usted junto con su hermano es nuestro protector: usted es nuestro señor en este bosque”. Habiendo oído estas palabras, prometí mi perfecta protección a los santos en el bosque de Dandaka, oh hija de Janaka. Habiendo prometido, yo, viviendo, no puedo violar mi voto respecto de los ascetas; en verdad la verdad me es siempre querida. Antes renunciaría a mi vida, o a ti, oh Sita, junto con Lakshmana, pero de ningún modo a mi promesa hecha, especialmente a los brahmanes. Oh hija de Videha, la protección de los santos me incumbe aun sin petición alguna; ¿y qué (diré) cuando la he prometido? Tú me has dicho esto por afecto y amistad. Estoy muy complacido contigo, oh Sita. Uno no instruye a otro a quien no tiene afecto. Oh hermosa doncella, (lo que has dicho) es digno tanto de tu amor como de tu raza». Dichas estas palabras a la princesa de Mithila, la amada Sita, el de alma elevada Rama, equipado con arcos, junto con Lakshmana, dirigió sus pasos hacia los atractivos bosques del ascetismo.

Section 10

Rama iba primero; en medio, Sita; y portando un arco en la mano, Lakshmana iba en su estela. Y marcharon con Sita viendo muchos picos de montaña, y bosques, y deleitosos arroyos, y chakravikas, que frecuentaban islotes fluviales, y estanques con lotos que contenían aves acuáticas, y manadas de ciervos, y búfalos de cuernos enloquecidos por los jugos, y jabalíes, y elefantes, enemigos de los árboles. Habiendo avanzado un largo trecho, cuando el sol estaba inclinado, vieron juntos un deleitoso estanque de una yojana de extensión, tapizado de lotos rojos y pálidos, realzado por manadas de elefantes y abundante en grullas acuáticas, cisnes y kadanivas. Y en aquel estanque, que contenía encantadoras y agradables aguas, oyeron sonidos de canto y de música instrumental; pero allí no se veía a nadie. Entonces, por deseo de saber, Rama y Lakshmana, poderoso guerrero de carro, preguntaron a un asceta llamado Dharmabhrit, diciendo: «Al oír este gran prodigio, nos ha invadido un intenso deseo de saber. Cuéntenos usted qué es esto». Así abordado por Raghava, el asceta comenzó entonces de inmediato a explayarse sobre la potencia del estanque. «Este estanque lleva el nombre de Panchapsara y está siempre lleno de agua. Fue hecho, oh Rama, por el asceta Mandakarni, en virtud de su ascetismo. En aquel estanque el poderoso asceta, que vivía del aire, practicó señaladas austeridades durante diez mil años. Entonces, sumamente agitadas, todas las deidades con Agni a la cabeza, reunidas, dijeron: “Este asceta desea tener la posición de uno de nosotros”. Así todas las deidades allí presentes se llenaron de ansiedad. Entonces, con el fin de perturbar sus austeridades, las deidades ordenaron a cinco apsaras principales, dotadas del esplendor del rayo vivo. Y para lograr el fin de los celestiales, aquel asceta, conocedor de la moral y también de esta vida y de la venidera, fue puesto por aquellas apsaras bajo el poder de Madana. Y aquellas cinco apsaras (finalmente) llegaron a ser las esposas del asceta; y su oculta residencia fue erigida en el estanque. Y allí las cinco apsaras, viviendo felices, complacieron al ermitaño, establecido en la juventud mediante el ascetismo y el yoga. Como su deleite, oímos los sonidos de sus instrumentos musicales y la dulce voz de su canto mezclada con los tañidos de sus instrumentos». (Al oír esto), el ilustre Raghava junto con su hermano declaró maravillosa la historia narrada por aquel de corazón puro. Conversando así, Rama vio el conjunto de ermitas, esparcidas de hierba kusa y corteza, y ceñidas de energía derivada del saber de Brahma. Entrando (en el lugar) junto con Vaidehi y Lakshmana, el famosísimo Raghava moró allí respetado por todos los ascetas. Habiendo morado felizmente en aquellos conjuntos de graciosas ermitas, honradas por los Maharshis, Kakutstha fue por turnos a las ermitas de aquellos ascetas con quienes aquel bien versado en armas había morado antes. Y Raghava pasó felizmente sus días en un lugar diez meses, en otro un año, en otro cuatro meses, en otro cinco o seis meses, en otro muchos meses, en otro un mes y medio, en otro más, en otro tres meses y en otro ocho. Y mientras Rama vivía en las ermitas de los ascetas y se solazaba por su buena gracia, diez años pasaron (de este modo). Habiendo dado la vuelta a las ermitas de todos los ascetas, Raghava, conocedor de la rectitud, regresó a la ermita de Sutikshna. Llegando a esta ermita, respetada por los ascetas, aquel sometedor de enemigos, Rama, permaneció allí un tiempo. Una vez, mientras Kakutstha, que moraba en aquella ermita, estaba sentado, observó con humildad a aquel gran asceta: «Siempre he oído decir a los hombres que hablaban del asunto que aquel primero de los ascetas, el reverendo Agastya, vive en este bosque. A causa de la vastedad de este bosque, no conozco aquel lugar. ¿Dónde está la ermita de aquel inteligente Maharshi? Para propiciar a aquel venerado, yo, acompañado de mi hermano y de Sita, iré a Agastya a rendir nuestros respetos al asceta. Este gran deseo arde en mi corazón: que yo mismo sirva a aquel mejor de los ermitaños». Al oír estas palabras del Rama de alma justa, Sutikshna, muy complacido, respondió al hijo de Dasaratha, diciendo: «También yo deseo decirte esto junto con Lakshmana. Acude a Agastya en compañía de Sita, oh Raghava. Por fortuna tú mismo me has dicho esto respecto de tu propósito. Te diré, oh Rama, dónde está aquel poderoso asceta, Agastya. Hijo mío, ve cuatro millas desde la ermita en dirección sur; y llegarás a la ermita del hermano del auspicioso Agastya, situada en una tierra cubierta de árboles, realzada por bosques de pippali, abundante en frutos y flores, encantadora y resonante con las notas de diversas aves. Hay muchos estanques que contienen deleitosas aguas, llenos de cisnes y karandavas, y hermosos con chakravakas. Pasando allí una noche, ve tú, oh Rama, por la mañana, tomando rumbo sur, por las lindes de la zona boscosa. Pasada una yojana, llegarás a la ermita de Agastya, situada en un encantador paraje boscoso realzado por muchos árboles. Allí la hija de Videha y Lakshmana experimentarán deleite en tu compañía. Oh de gran alma, si piensas ver al poderoso asceta Agastya en aquel encantador paraje boscoso, que contiene muchísimos árboles, entonces decídete a partir hoy mismo». Al oír estas palabras del ermitaño, Rama, saludándolo, junto con su hermano, partió hacia (el lugar de) Agastya con su hermano menor y Sita. Y avanzando placenteramente por el camino indicado por Sutikshna, viendo pintorescos bosques, colinas semejantes a nubes, extensiones de agua y arroyos que fluían junto a su camino, Rama, lleno de deleite, dijo estas palabras a Lakshmana: «Sin duda vemos la ermita de aquel de alma elevada, el asceta, el hermano de Agastya, de piadosos actos. Estos árboles que se alzan por millares en el camino, doblándose bajo el peso de frutos y flores, llevan las señales que me habían sido mencionadas como pertenecientes a este bosque. Y del bosque el viento trae el acre olor de pippalis maduros. Y aquí y allá se encuentran montones de leña, y se ven darva rotas, del lustre de los lapislázulis. Y la cima de la columna de humo perteneciente al fuego encendido en la ermita en este bosque aparece como la cumbre de una montaña oscura. Y nacidos dos veces, tras haber hecho sus abluciones en sagrados y apartados lugares de baño, ofrecen flores recogidas por ellos mismos. Oh apacible, por lo que había oído de Sutikshna, esta parecería ser la ermita del hermano de Agastya. El justo Agastya es quien, deseando el bienestar de los mundos, destruyendo por virtud de sus austeridades a un daitya semejante a la Muerte, ha vuelto habitable esta región. Una vez moraron aquí juntos dos poderosos asuras, hermanos dados a matar brahmanes: el astuto Vatapi e Ilvala. Adoptando la forma de un brahmán y hablando sánscrito, el cruel solía invitar a los vipras a un sraddha. Y, cocinando a su hermano, que adoptaba la forma de un carnero, solía dar de comer a los nacidos dos veces conforme a los ritos prescritos para los sraddhas. Luego, cuando los vipras habían comido, Ilvala decía: “Oh Vatapi, sal, emitiendo un gran sonido”. Al oír las palabras de su hermano, Vatapi, balando como un carnero, salía, desgarrando sus cuerpos. De este modo, millares de brahmanes reunidos fueron destruidos por devoradores de carne que adoptaban formas a voluntad. (Y sucedió que una vez) el Maharshi Agastya, habiendo sido invitado a un sraddha, comió del poderoso asura. Entonces, diciendo: “¡Terminado!”, y ofreciendo agua para lavarse las manos, Ilvala dijo a su hermano: “¡Sal!”. Y mientras aquel hermano de Vatapi, dado a matar vipras, hablaba así, aquel primero de los ascetas, el inteligente Agastya, dijo riendo: “¿Dónde está el poder de salir del rakshasa, tu hermano, que adoptaba la forma de un carnero, el cual se ha ido a la morada de Yama?”. Al oír sus palabras, de ira el vagabundo de la noche se dispuso a acometer al asceta, y se lanzó contra aquel primero de los nacidos dos veces. Y, siendo consumido por aquel asceta de llameante energía, de ojos semejantes a fuego, el rakshasa halló su fin. Esta ermita realzada con estanques y arboledas pertenece al hermano de aquel que ha llevado a cabo esta ardua proeza por compasión por los vipras». Mientras Rama conversaba así con el hijo de Sumitra, el sol se puso y se acercó la tarde. Entonces, tras hacer debidamente sus adoraciones de la tarde junto con su hermano, Rama entró en la ermita y saludó al asceta. Bien recibido por el asceta, Raghava pasó allí una noche, comiendo frutos y raíces. Cuando la noche hubo pasado y salió el disco solar, Raghava saludó al hermano de Agastya, diciendo: «Oh reverendo señor, lo saludo. He pasado la noche a gusto. Me despido; iré a ver a mi preceptor, su hermano mayor». Entonces, al decir el asceta: «Ve», el descendiente de Raghu se fue por la ruta prescrita. Y Rama contempló el bosque, y los niharas, y los panasas, y los salas, vanjulas y tinisas, y los chirivilvas, y los madhukas, y los vilvas, y los tindukas, todos en plena flor y realzados con enredaderas floridas, y árboles en el bosque por centenares, maltratados por elefantes con sus trompas, y adornados por monos, y resonantes con las voces de cien enloquecidos cantores. Entonces el de ojos de loto Rama dijo a aquel realzador de lo auspicioso, el heroico Lakshmana, que estaba junto a él y lo seguía a su espalda: «Las hojas de estos árboles son lustrosas, y las fieras y las aves son apacibles, como (se nos había dicho). La ermita del Maharshi de corazón puro no debe de estar lejos. Esta ermita capaz de quitar la fatiga de los cansados, perteneciente a aquel que entre los hombres es conocido como Agastya por sus propios actos, se ve, con los (bosques vecinos) llenos de humo, y ella misma adornada de corteza y guirnaldas, con manadas de apacibles ciervos y resonando con las notas de diversas aves. Esta es la ermita de aquel piadoso que, destruyendo (al asura semejante a) la Muerte, ha vuelto habitable, deseoso del bienestar de la humanidad, la región del Sur, y por cuya potencia los rakshasas, de miedo, apenas echan los ojos en esta dirección, pero no se acercan. Desde que aquel de piadosos modos se posesionó de esta región, los vagabundos de la noche han abandonado su hostilidad y adoptado una actitud pacífica. Esta región del Sur, hecha segura (por Agastya) e incapaz de ser hostigada por aquellos de caminos tortuosos, es celebrada en los tres mundos en conexión con el nombre del reverendo asceta. Y esta graciosa ermita recorrida por apacibles fieras pertenece a aquel longevo de renombradas hazañas, Agastya, en obediencia a cuyo mandato la montaña Vindhya, la primera de su especie, que siempre había obstruido el camino del Sol, no crece. Este piadoso honrado por los hombres, siempre ocupado en el bienestar de los justos, hará bien a nosotros, que hemos venido a él. Yo adoraré al poderoso asceta Agastya y, oh apacible, oh señor, aquí pasaré el resto del plazo de mi destierro. Aquí celestiales con gandharvas, y siddhas y santos eminentes, observando restricciones en cuanto al alimento, adoran a Agastya. Y el asceta es tal que un mentiroso no puede vivir aquí, ni un astuto o taimado, ni un malvado, ni uno dado a la injusticia. Y adorando la rectitud, celestiales, y yakshas, y nagas, y aves, viven aquí restringiendo su alimento. Y siddhas de alma elevada y santos eminentes, renunciando a sus cuerpos, se dirigen a regiones celestiales en carros semejantes al sol. Y adoradas por individuos auspiciosos, las deidades confieren aquí a estos los estados de yakshas y celestiales, y diversos reinos. Oh hijo de Sumitra, entrando en la ermita antes que nosotros, anuncia tú a los santos que yo, junto con Sita, he llegado aquí».

Section 11

Habiendo entrado en la ermita, el hermano menor de Raghava, Lakshmana, acercándose a un discípulo de Agastya, le habló diciendo: «Hubo un rey llamado Dasaratha. Su hijo mayor, el fuerte Rama, ha venido (a esta ermita) junto con su esposa, Sita, para ver al asceta. De nombre Lakshmana, soy su hermano menor, obediente y devoto a él. Quizá usted haya oído hablar de ello. Habiendo entrado en este horrible bosque, en consonancia con el mandato de nuestro padre, deseamos ver al reverendo. Dígaselo». Al oír las palabras de Lakshmana, aquel asceta, diciendo: «¡Así sea!», entró en la cámara del fuego sacrificial, con el propósito de comunicar (la noticia a Agastya). Entrando, el amado discípulo de Agastya, con las manos juntas, comunicó a aquel primero de los ascetas, incapaz de ser reprimido, exactamente lo que Lakshmana le había dicho: «Para ver al reverendo, y servirlo también, aquellos sometedores de sus enemigos, los hijos de Dasaratha, Rama y Lakshmana, acompañados de Sita, han entrado en esta ermita. Le corresponde ahora a usted ordenar lo que ha de hacerse a continuación». Al oír de su discípulo que Rama había venido junto con Lakshmana y la sumamente virtuosa Vaidehi, Agastya dijo: «Por fortuna Rama ha venido a verme tras largo tiempo. Había deseado mentalmente su llegada. Ve tú; y que Rama, habiendo sido recibido con respeto, venga ante mí. ¿Por qué no lo has traído tú mismo?». Así interpelado por el asceta de alma elevada y justa, el discípulo, saludándolo, con las manos juntas, dijo: «Así sea». Luego, saliendo, el discípulo dijo a Lakshmana: «¿Dónde está Rama? Que venga y entre». Entonces, yendo a la ermita en compañía del discípulo (de Agastya), Lakshmana le mostró a Kakutstha y a la hija de Janaka, Sita. Luego, comunicando alegremente a Rama las palabras del reverendo, el discípulo (de Agastya) acogió debidamente a aquel digno de ser honrado. Y viendo la ermita repleta de apacibles ciervos, Rama entró con Lakshmana y Sita. Y allí Rama contempló el lugar de Brahma, y el de Agni, el de Vishnu y el del gran Indra, el lugar de Vivasvat, y el de Soma, y el de Bhaga, y el de Dhata y Vidhata, y el de Vayu, y el del de alma elevada Varuna con el lazo en la mano, y el de Gayatri, y el de los Vasus, y el del monarca de los nagas, y el de Garuda, y el de Kartikeya, y el de Dharma. Y sucedió que, rodeado de sus discípulos, el asceta vino (ante Rama). Y Rama vio a aquel de llameante energía a la cabeza de los ascetas; y el héroe dijo a Lakshmana, realzador de lo auspicioso: «Oh Lakshmana, el reverendo santo, Agastya, está saliendo. Reconozco a esa masa de ascetismo por cierta clase de majestad (que lo caracteriza)». Dicho esto, tocando a Agastya, de esplendor de sol, aquel hijo de Raghu tomó sus pies. Luego, tras rendirle homenaje, Rama, con las manos juntas, se quedó allí en compañía de la hija de Videha, Sita, y de Lakshmana. Entonces, abrazando a Rama y honrándolo con agua y un asiento, y haciéndole preguntas acerca de su bienestar, el santo dijo: «¡Bienvenido!». Ofreciendo oblaciones al fuego, y presentando arghya a los huéspedes, y rindiéndoles homenaje, aquel asceta los agasajó con alimento conforme al modo de vida vanaprastha; y luego sentándose primero, aquel primero de los ascetas, el piadoso Agastya, se dirigió a Rama, conocedor de la rectitud, que permanecía con las manos juntas: «Oh Kakutstha, si un asceta obra de otro modo (respecto de un huésped), en el otro mundo se alimenta de su propia carne, como un falso testigo. El soberano de todos los mundos, justo, poderoso guerrero de carro, digno de ser honrado y venerado, te has vuelto nuestro querido huésped». Dicho esto, Agastya, según su deseo, venerando a Raghava con frutos, raíces y flores, le dijo: «Oh primero de los hombres, este poderoso arco celestial perteneciente a Vishnu, y construido por Visvakarma, y esta mejor de las flechas (llamada) Brahmadatta, infalible y semejante al sol, y este inagotable par de carcajes llenos de afiladas flechas, semejantes a fuego llameante, me fueron concedidos por el poderoso Indra. Y aquí está esta poderosa vaina de oro, y esta espada adornada de oro. Habiendo, oh Rama, matado a los poderosos asuras con este arco, Vishnu en días de antaño aseguró en batalla la resplandeciente Fortuna de los celestiales. Oh otorgador de honor, toma tú, para asegurar la victoria, este arco, estos carcajes, esta flecha y esta cimitarra, como el portador del rayo tomándolos». Dicho esto, aquel de gran energía, el reverendo Agastya, entregando a Rama todas aquellas armas, volvió a decir:

Section 12

«Rama, estoy complacido contigo, ¡que la fortuna te sea propicia! Y, oh Lakshmana, estoy satisfecho de ti. Ustedes están en apuros a causa de la gran fatiga que han sufrido en el camino. Y la hija de Janaka, la noble Maithili, está evidentemente ansiosa (de descanso). De tierna edad y desconocedora de la penalidad, ha venido al bosque, cargado de aflicciones, instada por el amor que profesa a su señor. Condúcete tú, oh Rama, de modo que Sita pase un tiempo agradable. Siguiéndote al bosque, es una dura tarea la que ella lleva a cabo. Oh hijo de Raghu, esta ha sido la naturaleza del bello sexo desde el comienzo de la creación: que alegran al que está bien y abandonan a una persona en la adversidad. Y las mujeres imitan la inestabilidad del rayo, el filo de las armas y la celeridad de Garuda y del viento. Pero esta esposa tuya está absolutamente libre de todos estos defectos; es digna de ser elogiada y la primera de las devotas a su señor, como Arundhati entre los dioses. Esta región, oh Rama, será adornada, puesto que, oh sometedor de enemigos, tú, junto con Vaidehi y el hijo de Sumitra, morarás aquí». Así interpelado por el asceta, Raghava, juntando las manos, observó con humildad a aquel santo semejante a fuego llameante: «Bienaventurado y obligado soy, puesto que el primero de los ascetas está complacido con mis méritos así como con los de mi hermano y de mi esposa. Indíqueme usted ahora un país bien regado y abundante en bosques, donde, erigiendo una ermita, pueda yo morar con deleite y placer». Al oír las palabras de Rama, aquel mejor de los ascetas, reflexionando un rato, dijo estas excelentes palabras: «A dos yojanas de aquí, hijo mío, hay una región abundante en frutos y raíces, que contiene innumerables ciervos y hermosa, conocida con el nombre de Panchavati. Dirigiéndote allá, erige una ermita y pasa tu tiempo agradablemente en compañía del hijo de Sumitra, cumpliendo debidamente el mandato de tu padre. Oh sin pecado, todas estas noticias relativas a ti me han sido conocidas por afecto mediante la potencia de mi ascetismo, así como las relativas a Dasaratha. Aunque has prometido morar conmigo en esta arboleda de ascetas, sin embargo, por virtud de mi ascetismo conozco el deseo que está en tu corazón. Por eso te digo: dirígete a Panchavati. Esa es una encantadora región boscosa, y allí la hija de Mithila morará con deleite. Y ese paraje es digno de todo elogio y, oh Raghava, no está lejos de aquí. Está en la vecindad del Godavari. La hija de Mithila vivirá allí agradablemente. Y ese lugar abunda en frutos y raíces, es frecuentado por diversas aves, es retirado, oh de brazos poderosos, y es sagrado y hermoso. Y tú, de puros modos y capaz de proteger a los ascetas, los protegerás, oh Rama. Oh héroe, allí está el poderoso bosque de madhukas. Dirigiendo tu rumbo a la ermita de los árboles nyagrodha, ve por el norte de este bosque de madhukas. Luego, llegando a un sitio cercano a una colina, (llegarás) al célebre Panchavati, coronado de bosques floridos». Así abordado por Agastya, Rama, junto con el hijo de Sumitra, honrando al santo de veraz hablar, lo saludó. Luego, tras saludar sus pies, ellos, tomando el permiso del santo, partieron junto con Sita hacia la ermita de Panchavati. Y, tomando sus arcos y carcajes, aquellos hijos del rey, de inalterada virtud marcial, con ánimo atento, dirigieron su rumbo a Panchavati por el camino indicado por el Maharshi.

Section 13

Mientras avanzaba hacia Panchavati, el hijo de Raghu vio un buitre de enorme cuerpo y terrible poderío. Y viéndolo en el bosque, el exaltado Rama y Lakshmana, mientras conversaban entre sí, sabiendo que el ave era (en realidad) un rakshasa, le preguntaron, diciendo: «¿Quién es usted?». Entonces, con palabras suaves y dulces, él, complaciéndolos, dijo: «Hijo mío, sabe que soy amigo de tu padre». Sabiendo que era amigo de su padre, Raghava le rindió homenaje y preguntó por su nombre y linaje. Al oír las palabras de Rama, mencionó su propio linaje y relató el origen de todos los seres. «Oh de brazos poderosos, te describiré (a ti) desde el mismo comienzo la (historia de) los que fueron prajapatis en días de antaño. Escucha, oh Raghava. De estos, el primero es Kardama, luego Vikrita, y luego Sesha, Samsraya, el poderoso Bahuputra, Sthanu, Marichi, Atri, el poderoso Kratu, Pulastya, Angira, Prachetas, Pulaha, Daksha, Vivasvat, Arishtanemi, oh Raghava, y el sumamente enérgico Kasyapa. Estos tenían el oeste. El prajapati Daksha, según hemos oído, oh Rama, tuvo sesenta famosas e ilustres hijas. De estas Kasyapa desposó a ocho, de elegante talle: Aditi, Diti, Danu, Kalika, Tamra, Krodhavasa, Manu y Anala. Entonces, muy complacido, Kasyapa dijo de nuevo a aquellas doncellas: “Den a luz hijos semejantes a mí, que serán señores de los tres mundos”. Entonces Aditi, oh Rama, Diti, Danu y Kalika, oh de brazos poderosos, consintieron; las demás eran de otro parecer. Y de Aditi nacieron treinta y tres deidades, oh sometedor de tus enemigos, a saber, los Adityas, los Vasus, los Rudras y los Asvins, oh sometedor de enemigos. Y, hijo mío, Diti dio a luz a aquellos hijos, los renombrados daityas. Antiguamente esta tierra ceñida de mares estaba en posesión de estos. Y, oh vencedor de tus enemigos, Danu dio a luz a un hijo, llamado Asvagriva. Y Kalika dio a luz a Naraka y a Kalaka. Y Tamra dio a luz a estas cinco hijas célebres entre los hombres: Kraunchi, Bhasi, Syeni, Dhritarashtri y Suki. Y Kraunchi dio a luz a los ulukas, y Bhasi a los bhasas, y Syeni a gavilanes y buitres dotados de energía; y Dhritarashtri a cisnes, toda clase de kalahamsas, y chakravakas, y aquella doncella, Suki, a Nata. Y Vinata fue hija de Nata. Y Krodhavasa, oh Rama, dio a luz diez hijas, a saber, Mrigi, Mrigamanda, Hari, Bhadramada, Matangi, Sarduli, Sveta, Surabhi, coronada de toda (marca auspiciosa), Surasa y Kadruka. Y, tú, primero de los mejores de los hombres, los hijos de Mrigi fueron todos los ciervos, y los de Mrigamanda fueron osos, srimaras y chamaras. Y Bhadramada dio a luz una hija, Iravati. Y el hijo de Iravati es el poderoso elefante, que es el señor de los mundos. Y los hijos de Hari son los leones y los ágiles monos. Y Sarduli dio a luz como hijos a los golangulas y a los tigres; y la descendencia de Matangi fueron elefantes enloquecidos, oh mejor de los hombres. Y Sveta, oh Kakutstha, dio a luz a los elefantes de los puntos cardinales. Y, oh Rama, Surabhi dio a luz a dos hijas: la famosa Rohini y Gandharvi. Rohini produjo vacas, y los hijos de Gandharvi son caballos. Y Surasa, oh Rama, dio a luz a los nagas, y Kadru a los pannagas. Y la otra esposa de Kasyapa, Manu, engendró a la humanidad: brahmanes, kshatriyas, vaisyas y sudras. De la boca, se sabe, nacieron los brahmanes, del pecho los kshatriyas, de los muslos los vaisyas y de los pies los sudras. Y Anala produjo todos los árboles que dan frutos sagrados. Vinata (fue) nieta de Suki, y Kadru, tía de Surasa. Y Kadru dio a luz mil nagas con el sostenedor de la Tierra. Y Vinata dio a luz dos hijos: Garuda y Aruna. Y de Aruna nacimos yo y mi hermano mayor Sampati. Oh sometedor de enemigos, sabe que soy Jatayu, el hijo de Syeni. Si quieres, seré tu ayuda durante tu estancia (en los bosques). Y, hijo mío, protegeré a Sita cuando salgas junto con Lakshmana». Allí Raghava, rindiendo homenaje a Jatayu y abrazándolo con alegría, se inclinó profundamente; y aquel dueño de sí escuchó la historia de la amistad de Jatayu con su padre, tal como él la relataba repetidamente. Luego, confiando a aquella ave de extraordinaria fuerza a la hija de Mithila, Sita, Rama, acompañado de Lakshmana, fue a Panchavati, destruyendo a sus enemigos y protegiendo los mundos.

Section 14

Entonces, llegando a Panchavati, lleno de diversos animales y fieras de presa, Rama observó a su hermano de llameante energía: «(Ahora) hemos llegado al lugar al que nos había dirigido el asceta. Este, oh amable, es Panchavati, provisto de bosques floridos. Echa tus ojos alrededor de este bosque y (averigua) qué sitio convendrá para nuestra ermita. Encuentra un lugar así en la vecindad de un estanque donde tú, Sita y yo podamos morar felices, que esté realzado con el adorno de los bosques y deleitoso con aguas que corren, y cuya vecindad proporcione leña, flores, hierba kusa y agua». Así interpelado por Rama, Lakshmana, con las manos juntas, dijo a Kakutstha en presencia de Sita: «Oh Kakutstha, aunque estuviera contigo cien años, seguiré siendo tu servidor. Escogiendo tú mismo algún hermoso sitio, dime: “Construye (una ermita)”». Muy complacido con las palabras de Lakshmana, aquel de alto fulgor, tras la debida reflexión, escogió un sitio que tenía toda recomendación. Yendo a aquel pintoresco lugar para erigir una ermita, Rama, tomando la mano del hijo de Sumitra en la suya, le dijo: «Este lugar es llano, gracioso y está rodeado de árboles floridos. Construye debidamente una ermita en este sitio. Cerca se ve un hermoso estanque, embellecido con lotos, semejante al sol, que exhala balsámico perfume. Y, como dijo aquel asceta de corazón puro, Agastya, este es el gracioso Godavari, bordeado de árboles en flor, rebosante de cisnes y karandavas, deleitado con chakravakas, concurrido por manadas de ciervos, no lejos, pero no tan cerca. Y resonante con los gritos de los pavos reales, encantador, elevado, que contiene muchas cuevas, contempla tú, oh amable, estas colinas, cubiertas de árboles en plena flor; y resplandecen como elefantes pintados con diversos colores por personas con el mayor cuidado; adornadas con salas, palmeras, tamalas, dátiles, panasas, nivaras, tinisas y punnagas. Y cubiertas de mangos, y tilakas, y ketakas, y champakas, y árboles entrelazados por flores y hierbas y plantas; y que contienen syandanas, sándalos, nipas, panasas, lakuchas, dhavas, asvakarnas, khadiras, samis, kinsukas y patalas. Este sitio es sagrado, este sitio es encantador, este sitio abunda en fieras y aves. Aquí moraré, oh hijo de Sumitra, en compañía de esta ave». Así interpelado por Rama, el poderosísimo Lakshmana, matador de héroes hostiles, en poco tiempo levantó una ermita para su hermano. Y el sumamente robusto Lakshmana creó allí para Raghava una espaciosa choza cubierta de hojas hecha de arcilla, provista de pilares, construida con largos bambúes, graciosa, extendida con ramas de sami, firmemente atada con fuertes cuerdas, cubierta de hierba kusa, cañas y hojas, con su suelo bien nivelado, y encantadora, hermosa de ver y sumamente excelente. Y luego, yendo al río Godavari, el hermoso Lakshmana, haciendo su baño y recogiendo lotos y frutos, volvió (a la ermita). Luego, ofreciendo flores y practicando debidamente los ritos para la paz (de la morada), Lakshmana mostró a Rama la ermita que había hecho. Al ver la hermosa ermita junto con Sita, Raghava experimentó altos arrobos. Y abrazando con alegría a Lakshmana con sus brazos, Rama dijo estas palabras sumamente serenas y solemnes: «Estoy complacido contigo. Has hecho una gran obra, hermano mío; por lo cual te he concedido mi abrazo como recompensa. Mientras tú, su hijo, hábil en leer el pensamiento, agradecido y conocedor de la rectitud, estés vivo, oh Lakshmana, mi padre no ha muerto». Dicho esto a Lakshmana, Raghava, el realzador de lo auspicioso, experimentando felicidad, comenzó a morar con dicha en aquella región llena de frutos. Y servido por Sita y Lakshmana, aquel justo vivió allí, como los inmortales en el cielo.

Section 15

Mientras el de alma elevada Raghava moraba allí en paz, una vez que el otoño hubo partido, comenzó el bienvenido invierno. Y sucedió que una vez, cuando la noche hubo pasado y rayó el día, aquel hijo de Raghu fue al pintoresco río Godavari para hacer su baño. Y mientras el humilde hijo de Sumitra, el poderoso hermano de Rama, con un cántaro de agua en la mano, seguía a Rama con Sita a su espalda, aquel dijo a Rama: «Oh de dulce hablar, ha llegado ahora aquella estación que siempre has tenido por querida; y como adornado por ella viene todo el año auspicioso. Ahora la gente tiene la piel áspera por el rocío; la tierra se llena de grano; el agua es difícil de usar; y el fuego se vuelve agradable. Y los hombres, tras haber venerado a los dioses y a los Pitris celebrando el Agrayana en ocasión de comer arroz nuevo, tienen en esta estación purgados sus pecados. Las provincias rebosan de alimento y abundan en leche y en artículos preparados con ella; y los reyes empeñados en conquistas andan para examinarlas. Y habiéndose desviado el sol de modo constante hacia la región presidida por el Destructor, el norte aparece como una mujer sin su tilaka. Naturalmente abundante en nieve, y teniendo ahora el sol a gran distancia, el monte Himavan lleva con justicia ese nombre. Al mediodía los días son deleitosos hasta el punto de andar por ellos, se sienten muy agradables y tienen soles apacibles; mientras la sombra y el agua son incómodas. Y los días tienen ahora soles suaves, están cubiertos de rocío, severamente fríos, con los bosques inactivos y los lotos destruidos por la escarcha. Y ahora por la noche la gente no puede acostarse en lugares sin abrigo; y las noches se infieren por la presencia de Pushya. Y de noche la atmósfera (cubierta de vapor) se ve parda; y hace un frío amargo entonces; y las horas son largas. Y la buena fortuna de la Luna ha caído sobre el Sol; y el disco de aquella es rojizo de vapor; y como un cristal empañado por el aliento, no brilla con claridad. Y la luz de luna provista de vapor no parece agradable; y como Sita, pálida por (la exposición a) la luz del sol, se percibe, pero no se ve hermosa. Y en esta estación el viento del oeste, de naturaleza gélida, estando ahora impregnado de frío, sopla con doble frialdad. Y los bosques envueltos en bruma, y provistos de trigo y cebada, se ven brillantes al salir el sol, con kraunchas y grullas que gritan (a coro). El arroz de color dorado, ligeramente inclinado, aparece gracioso, con sus cabezas semejantes a flores de dátil llenas de arroz. Y el sol, aunque muy avanzado, teniendo sin embargo sus rayos cubiertos de espesa bruma, parece la luna. Y débil en la primera parte del día, y de agradable tacto al mediodía, la luz del sol, sobrecargada de bruma, aparece algo pálida sobre la faz de la tierra. Y en los bosques, los céspedes cubiertos de hierba verde, con gotas de rocío encima, se ven hermosos al sol de la mañana que los hace brillar. Y los elefantes salvajes, creciendo en sed sobremanera, retiran sus trompas apenas tocan el agua hermosamente clara y fría. Y aquellas aves acuáticas, sentadas cerca, no se sumergen en el agua, como cobardes que rehúyen la lucha. Y las hileras de árboles, despojadas de sus flores, al ser envueltas por el rocío de noche y la bruma de la mañana, parecen profundamente dormidas. Y los arroyos aparecen con sus aguas envueltas en vapor, y las grullas, percibidas por sus gritos, y sus orillas con las arenas mojadas. Y, por la caída de nieve, por la suavidad del sol y por el frío, el agua, aun cuando está en la cima de una montaña, sabe dulce. Y los lotos afligidos por el frío, con solo los tallos que quedan, y con sus pétalos cayendo y sus pericarpios y filamentos marchitos, no parecen hermosos. Y, oh primero de los hombres, en esta estación, movido por la estima hacia ti, Bharata, sufriendo aflicción de espíritu, practica mortificaciones en la ciudad. Y abandonando reino, y dignidad, y los muchos y variados goces, Bharata, practicando el ascetismo y refrenándose en cuanto al alimento, en este invierno yace en la tierra desnuda. Y también él, sin duda, a esta hora del día, rodeado de sus súbditos, va a diario al río Sarayu para hacer sus abluciones. Criado en el lujo y sumamente tierno, ¿cómo puede él, afligido por el frío, hacer sus abluciones durante la última parte de la noche? De ojos semejantes a pétalos de loto, de color grisáceo, dotado de gracia, con el ombligo hundido y poderoso, Bharata comprende la rectitud, es veraz, de sentidos refrenados (respecto de las esposas ajenas) y también de sentidos sometidos. Y habla con amabilidad, y es de dulce carácter, y de largos brazos y vencedor de enemigos. Y renunciando a diversos placeres, se ha consagrado al noble. Tu hermano de alma elevada ha asegurado el cielo, puesto que, recurriendo al ascetismo, te imita a ti, que resides en los bosques. El dicho de que la gente sigue a su madre y no a su padre queda desmentido en el caso de Bharata. ¿Cómo puede la madre Kaikeyi, cuyo esposo es Dasaratha y cuyo hijo es el justo Bharata, tener un camino tan torcido?». Mientras el virtuoso Lakshmana hablaba así por afecto, Raghava, no soportando la culpa echada sobre su madre (Kaikeyi), dijo: «Hermano mío, de ningún modo debes reprochar a nuestra segunda madre. Habla de aquel señor de la raza de Ikshvaku, Bharata. Aunque mi mente es firme en cuanto a mi estancia en los bosques, mi mente sin embargo está inestable, inflamada de afecto por Bharata. Recuerdo sus queridas y dulces palabras, que arrebatan el corazón, semejantes a ambrosía, que llenan el alma de deleite. ¿Cuándo me encontraré, oh hijo de Raghu, con el de alma elevada Bharata, y con el heroico Satrughna, y contigo?». Habiéndose lamentado así, Kakutstha, llegando al río Godavari, hizo allí sus abluciones en compañía de su hermano menor y de Sita. Luego, habiendo ofrecido sus adoraciones con agua a los dioses y a los Pitris, aquellos sin pecado entonaron himnos al sol naciente así como a los celestiales. Habiendo hecho su baño con Sita como segunda y Lakshmana, Rama se veía hermoso como aquel señor, el reverendo Rudra, en compañía de Nandi y de la hija del rey de las montañas.

Section 16

Tras haberse bañado, Rama, Sita y el hijo de Sumitra fueron a su propia ermita desde las orillas del Godavari. Al llegar a la ermita, Raghava junto con Lakshmana, haciendo sus devociones matinales, entró en la choza. Y honrado por los Maharshis, Rama moró felizmente en aquella choza; y sentado con Sita, aquel de brazos poderosos parecía la Luna en conjunción con Chitra. Y sostenía diversas conversaciones con su hermano Lakshmana. Mientras Rama estaba así sentado con la mente absorta en aquella charla, una rakshasi vino a aquella región a su voluntad. Y aquella llamada Surpanakha, hermana del rakshasa de diez cuellos, llegando ante Rama, lo vio semejante a un celestial, con pecho de león, brazos poderosos y amplios ojos semejantes a hojas de loto, con el poderoso andar del elefante, llevando una cabeza de cabellos enmarañados, de resplandeciente semblante, que portaba marcas regias. Y al contemplar a Rama, azul oscuro como el loto, y hermoso como el propio Kandarpa, y semejante a Indra, la rakshasi quedó enloquecida de deseo. Rama estaba realzado con un hermoso semblante, aquella rakshasi tenía un rostro horrendo; Rama tenía un talle esbelto, ella tenía un vientre enorme; él tenía amplios ojos, ella tenía ojos terribles; él estaba dotado de una elegante cabellera, ella tenía cabello cobrizo; Rama era de querida presencia, ella era de presencia desagradable; Rama tenía una voz sonora, ella tenía una voz horrenda; Rama era joven, la rakshasi era una vieja bruja; Rama tenía acentos melifluos, ella tenía acentos ásperos; Rama se atenía siempre a la justicia, ella era indómita; Rama era apuesto, ella era fea. Aquella rakshasi, agitada por la pasión, se dirigió a Rama diciendo: «Llevando cabellos enmarañados, y equipado con arcos y flechas, ¿por qué ha venido usted con su esposa a esta región frecuentada por rakshasas? Le corresponde decir cuál es el objeto de su visita». Así abordado por la rakshasi Surpanakha, aquel sometedor de sus enemigos, por sinceridad de carácter, comenzó a relatarlo todo: «Hubo un rey llamado Dasaratha, dotado del poderío de un celestial. Yo soy su hijo mayor, conocido entre los hombres con el nombre de Rama. Este es mi hermano menor (llamado) Lakshmana, que (siempre) me sirve. Esta es mi esposa, conocida con el nombre de Sita. Mandado por mi padre y mi madre, yo, en obediencia a su mandato, deseoso de adquirir méritos religiosos, he venido, con el fin de asegurar la rectitud, a este bosque para morar aquí. También yo estoy ansioso de conocerla a usted. ¿De quién es usted hija? ¿Y cuál es su nombre, y cuál su linaje? Poseedora de una forma cautivadora, me parece usted una rakshasi. Dígame con verdad por qué ha venido aquí». Al oír estas palabras, la rakshasi, afligida de lujuria, dijo: «Escuche, oh Rama. Le relataré todo con verdad. Soy una rakshasi, capaz de adoptar formas a voluntad. Mi nombre es Surpanakha. Infundiendo terror en los corazones de todos, ando sola por este bosque. Mi hermano se llama Ravana. Quizá usted haya oído hablar de él. Y aquel que es dado al largo sueño, el poderoso Kumbhakarna, el justo Bibhishana, que nunca sirve a los rakshasas, y los hermanos Khara y Dusana, renombrados en el combate (son también mis hermanos). Rama, yo los he superado a todos (en poderío). Desde el primer vistazo, me acerco a usted, oh mejor de los hombres, como a mi marido, con (sentimientos de) amor. Estoy dotada de poder y ando a voluntad por virtud de mi fuerza. Sea mi marido por siempre jamás. ¿Qué hará usted con Sita? Deforme y desagradable, no es digna de usted. Yo soy apta para usted. Míreme como esposa. A esta desagradable, torva, impúdica y humana, de vientre enjuto, la devoraré junto con este hermano suyo. Entonces, teniendo cumplido su deseo, en mi compañía, recorrerá usted los Dandakas, contemplando las diversas cumbres de montaña y bosques». Así interpelado, Kakutstha, de encantadores ojos, bien diestro en el habla, con una sonrisa, comenzó a hablar así.

Section 17

Con una sonrisa, Rama se dirigió en broma, con suaves palabras, a Surpanakha, que había sido prendida en el lazo del amor, diciendo: «Gentil dama, ya estoy casado; esta es mi amada esposa. Para mujeres como usted la condición de coesposa es sumamente miserable. Este hermano mío menor es apuesto y de excelente carácter; es gracioso y todavía no tiene esposa. El poderoso se llama Lakshmana. Aún no ha probado los placeres de la compañía de una esposa y desea tener cónyuge. Y es joven y de atractiva presencia. Será un marido adecuado para usted, considerando esta su belleza. Oh de amplios ojos, busque a este hermano mío como su marido, como el rayo solar busca a Meru. (Haciéndolo así), usted, oh doncella supremamente hermosa, no tendrá que temer a una coesposa». Así interpelada por Rama, la rakshasi, embriagada de lujuria, dejando de inmediato a Rama, habló a Lakshmana, diciendo: «Soy apta para ser su esposa, dotada de trascendente gracia, teniendo en cuenta esta belleza suya. Y conmigo andará usted felizmente por estos Dandakas». Así abordado por la rakshasi, el hijo de Sumitra, Lakshmana, versado en el habla, con una sonrisa observó apropiadamente a Surpanakha: «¿Por qué desea usted ser la sirvienta de quien soy yo mismo un siervo? Oh de color de loto, yo dependo de mi noble hermano; oh de amplios ojos, asegurando usted el summum bonum, con corazón alegre, conviértase, oh moza superbamente hermosa, en la esposa menor del noble de gran buena fortuna. Renunciando a esta espantosa, impúdica, horrenda y vieja esposa, poseedora de un vientre enjuto, él se consagrará a usted. Oh dechado entre doncellas, oh dama supremamente encantadora, ¿qué hombre dotado de discernimiento, pasando de largo ante tal gracia, tendría afecto por una hembra humana?». Así abordada por Lakshmana, aquella horrenda de vientre enjuto, incapaz de entender la broma, tomó sus palabras por ciertas. Entonces, mientras aquel sometedor de enemigos, el irreprimible Rama, estaba sentado en la choza en compañía de Sita, la rakshasi, transportada de lujuria, le dijo: «Abandonando a esta deforme, impúdica, horrible y vieja esposa suya de vientre enjuto, usted no me hace caso. Hoy, mirando usted, me comeré a esta hembra humana. Y yo, libre de coesposa, andaré felizmente con usted». Dicho esto, como un poderoso meteoro golpea a Rohini, aquella de ojos semejantes a brasas vivas, enfureciéndose sobremanera, se lanzó contra aquella (doncella) de ojos de cierva. Entonces, deteniendo a la rakshasi, semejante al lazo de la muerte, mientras se lanzaba, el poderoso Rama, montando en cólera, dijo a Lakshmana: «Oh Saumitri, ¿de qué sirve bromear con una vil y malvada? Es inútil hacerlo. Mira, oh amable, Vaidehi está casi muerta. Te corresponde, oh primero de los hombres, desfigurar a esta espantosa, impúdica rakshasi de enorme vientre, transportada de lujuria». Así ordenado, el sumamente fuerte Lakshmana, encendido en ira, sacando su espada, a la vista de Rama, le cortó la nariz y las orejas. Cortadas sus orejas y su nariz, la terrible Surpanakha, lanzando espantosos gritos, huyó a toda prisa hacia el bosque de donde había venido. Y desfigurada, y cubierta de sangre, la espantosa rakshasi lanzó muchos rugidos, como nubes que retumban en las lluvias. Y sangrando profusamente, la rakshasi de torvo rostro, alzando los brazos y rugiendo, entró en el poderoso bosque. Luego, habiendo sido desfigurada, (la rakshasi), acercándose a su hermano de feroz energía, Khara, que había venido a Janasthana (sentado, rodeado de multitudes de rakshasas), cayó a tierra, como brota el rayo desde el cielo. Entonces aquella hermana de Khara, bañada en sangre y privada de sus sentidos por el miedo, relató todo acerca de la llegada de Rama al bosque junto con Lakshmana y su propia esposa, así como las circunstancias relativas a su desfiguración.

Section 18

Al ver a su hermana desfigurada y cubierta de sangre, caída en el suelo, el rakshasa Khara, encendido en ira, le preguntó, diciendo: «¡Levántate! Deja el miedo y el asombro. Dime claramente por quién has sido así desfigurada. ¿Quién es el que con la punta del dedo ha herido por juego a una serpiente negra venenosa que era inocente? Aquel que, entrando en contacto contigo, ha bebido hoy virulento veneno, anudando un lazo fatal alrededor de su cuello, no lo sabe por ignorancia. Dotado de fuerza y poderío, andando a voluntad, adoptando formas a placer y semejante al propio destructor, ¿acudiendo a quién has llegado a este estado? ¿Quién entre los dioses, gandharvas o criaturas o los santos de alma elevada es de tan poderosa energía como para haberte desfigurado? En este mundo no veo a quien pudiera hacerme agravio. Como una grulla afligida por la sed se apropia la leche mezclada con agua (dejando fuera esta última), así por medio de rápidas flechas destructoras de vida tomaré yo, entre los inmortales, la vida de aquel sometedor de Paka, el poderoso Indra de mil ojos. ¿La sangre espumosa de quién, con su médula atravesada (por mí) y muerto por mí en batalla, desea beber la Tierra? ¿Desgarrando la carne del cadáver de quién, muerto por mí en el combate, se alimentarán las aves tan alegremente de ella? A aquel a quien agraviaré gravemente, ni los dioses, ni los gandharvas, ni los pisachas, ni los rakshasas podrán rescatarlo en feroz encuentro. Recobrando poco a poco tu juicio, te corresponde decirme quién fue aquel individuo de execrable carácter que, con su poderío, te ha humillado en el bosque». Al oír estas palabras de su hermano, que estaba bajo el influjo de extrema ira, Surpanakha, con lágrimas en los ojos, dijo: «Tiernos, y dotados de belleza, poseedores de juventud y dotados de gran fuerza, de amplios ojos semejantes a lotos blancos; vestidos de corteza y pieles oscuras de gamo, que subsisten de frutos y raíces, con los sentidos bajo control; que llevan una vida ascética y un modo de existencia de brahmacharya; hay dos hijos de Dasaratha, los hermanos Rama y Lakshmana, semejantes al Soberano de los gandharvas y marcados con señales que denotan realeza. No puedo averiguar si son celestiales o seres humanos. Y entre ellos vi allí a una joven dotada de gracia y de delicado talle; adornada con toda clase de ornamentos. Y es por causa de esta mujer que yo, como una impúdica y desatendida, he llegado a este estado a manos de ellos. Quiero beber en medio del combate la sangre espumosa de aquella perversa así como de aquellos dos muertos (en batalla). Que este mi primer deseo sea coronado allí con el cumplimiento. La sangre de ella y la de ellos beberé en espantoso combate». Mientras ella decía esto, Khara, agitado por ilimitada pasión, dijo: «Dos seres humanos pertrechados de armas, y vestidos de corteza y pieles oscuras de gamo, han entrado en compañía de una mujer en este profundo bosque de Dandaka. Regresen, ustedes, tras haberlos matado, así como a aquella malvada. Y esta hermana mía beberá su sangre. Oh rakshasas, este es precisamente el querido deseo de mi hermana. Dirigiéndose allá, cumplan esto prestamente, abatiéndolos con su fuerza innata. Viendo muertos por ustedes a aquellos dos hermanos, esta, sumamente regocijada, beberá su sangre en el campo». Así comisionados, aquellos catorce rakshasas partieron hacia allá como nubes impulsadas por los vientos, acompañados por Surpanakha.

Section 19

Entonces la torva Surpanakha, llegando a la ermita de Raghava, señaló a los rakshasas a aquellos hermanos en compañía de Sita. Y vieron al poderoso Rama sentado en la choza en compañía de Sita, y servido por Lakshmana. Y viéndola a ella, así como a los rakshasas que habían venido, Rama observó a su hermano, Lakshmana, de llameante energía, diciendo: «Oh hijo de Sumitra, guarda tú a Sita por un rato. Yo mataré a estos que han venido a esta ermita aquí». Al oír estas palabras de Rama, versado en el conocimiento del sí mismo, Lakshmana honró su discurso diciendo: «Así sea». Y el justo Raghava tendió su poderoso arco adornado de oro, y se dirigió a los rakshasas, diciendo: «Nosotros, que hemos entrado en este intratable bosque de Dandaka en compañía de Sita, somos los hijos de Dasaratha, los hermanos Rama y Lakshmana. ¿Por qué se proponen hacernos daño? Subsistiendo de frutos y raíces, con los sentidos bajo control, practicando el ascetismo y llevando una vida de brahmacharya, pasamos nuestros días en el bosque de Dandaka. Es para destruirlos a ustedes, malvados y molestos, que yo, equipado con el arco, he venido aquí por deseo de los santos. Quédense ahí contentos; no deben avanzar más. Si tienen cuidado de sus vidas, desistan, oh vagabundos de la noche». Al oír estas palabras suyas, aquellos catorce torvos rakshasas que portaban dardos en las manos, sumamente enfurecidos, con los ojos enrojecidos, resoplando de arrogancia, dijeron con aspereza al de dulce hablar Rama, de ojos enrojecidos, cuyo poderío no habían visto antes: «Habiendo irritado allí a nuestro señor, el de alma elevada Khara, serás tú quien pierda la vida no más tarde de este día, muerto por nosotros en batalla. ¿Qué poder tienes tú, siendo uno, para estar ante nosotros, muchos, en el campo? ¿Qué diré de tu enfrentarte a nosotros en el combate? A causa de las parighas, dardos y pattisas lanzados por nuestros brazos, perderás ciertamente la vida, junto con tu poderío y este arco que aprietas con tu mano». Dicho esto con ira, aquellos catorce rakshasas, alzando sus armas y dagas, se lanzaron contra Rama y arrojaron dardos al invencible Raghava. Entonces Kakutstha, por medio de flechas adornadas de oro, cortó aquellos catorce dardos suyos. Al ver esto, aquel de gran energía, enfureciéndose sobremanera, sacó catorce narachas, afilados en piedra, semejantes al sol. Y como Satakratu arroja el rayo, Raghava, tendiendo su arco y apuntando a los rakshasas, soltó aquellas flechas. Y aquellos rakshasas, con los pechos atravesados con vehemencia y ellos mismos bañados en sangre, cayeron a tierra, como serpientes que se dejan caer de un hormiguero. Y con los pechos atravesados, ellos, chorreando sangre, deformes y privados de la vida, yacieron en el suelo como árboles cuyas raíces han sido cortadas. Al verlos caídos en el suelo, la rakshasi, fuera de sí de ira, acercándose a Khara, con su sangre un poco seca, otra vez en afligido aspecto se arrojó a la tierra, como una planta que exuda goma. Y en presencia de su hermano, lanzó un poderoso rugido; y luego, con el rostro pálido, derramó lágrimas, profiriendo gritos. Al ver muertos en batalla a aquellos rakshasas, Surpanakha se apresuró de nuevo (hacia su hermano), y la hermana de Khara relató con detalle la matanza de aquellos rakshasas.

Section 20

Al ver de nuevo a Surpanakha tendida en el suelo, Khara, airado, habló a aquella, que había venido a traer el mal, diciendo: «Hace poco había comisionado en tu favor a aquellos heroicos rakshasas carnívoros. ¿Por qué lloras, pues, de nuevo? Atentos a mí y apegados a mí, y siempre ocupados en mi bienestar, ellos, aun asaltados por otros, son incapaces de ser matados; ni dejan de obedecer mis órdenes. ¿Qué puede ser? Quisiera oír la ocasión por la cual otra vez, gritando: “¡Ay, señor!”, ruedas por el suelo como una serpiente. ¿Por qué te lamentas como una abandonada, estando yo, tu señor, vivo? ¡Levántate! ¡Levántate! No temas, sacúdete el estupor». Así interpelada y consolada por Khara, aquella irreprimible, enjugándose los ojos, habló a Khara: «Habiéndome cortado la nariz y las orejas, había venido aquí cubierta de sangre; y tú me habías consolado. Y tú también habías despachado a catorce heroicos rakshasas, en mi favor, para matar al terrible Raghava junto con Lakshmana. Pero todos aquellos, que guardaban mala voluntad (hacia Rama), que portaban dardos y pattisas en sus manos, han sido muertos en el combate por armas que penetran en los puntos vitales. Al ver a aquellos dotados de gran rapidez, en un momento abatidos en el suelo, así como (al presenciar) la poderosa hazaña de Rama, un gran miedo se ha apoderado de mí. Oh vagabundo de la noche, tengo miedo, y estoy agitada y abatida. He hallado (al fin) en ti un refugio, viendo miedo por todas partes. ¿No me rescatarás a mí, que me hundo en este océano de pena, que tiene el dolor por caimanes y el espanto por olas? Y estos rakshasas carnívoros, que habían llegado a aquel lugar, han sido muertos por Rama con afiladas flechas. Si tienes alguna bondad para conmigo, así como para con esos hijos de rakshasas, y, oh vagabundo de la noche, si tienes fuerza y energía para enfrentarte a Rama, mata a esta espina de los rakshasas, que ha establecido su morada en el bosque de Dandaka. Si hoy no matas a ese destructor de enemigos, Rama, yo, desterrando la vergüenza, daré mi vida en tu misma presencia. Me parece que tú, respaldado por tus fuerzas, eres incapaz de sostenerte en batalla ante Rama en alto encuentro. Te jactas de ser un héroe; pero en realidad no lo eres. Se te ha atribuido falsamente poderío. Vete de Janasthana sin demora, junto con tus amigos. Oh mancillador de tu linaje, mata en batalla a esos temerarios. Pero si fallas en matar a esos seres humanos, Rama y Lakshmana, ¿cómo puedes entonces, privado de fuerza y de escaso poderío, permanecer aquí? Vencido por la energía de Rama, hallarás pronto la destrucción. Rama, el hijo de Dasaratha, está dotado de energía. Su hermano posee gran vigor, por quien he llegado a ser desfigurada». Habiéndose lamentado así largo rato, aquella rakshasi, de espacioso vientre, por la pena, quedó privada de sus sentidos ante su hermano, y agitada por gran dolor lloró, golpeándose el vientre con las manos.

Section 21

Al ser así zaherido por Surpanakha, Khara dijo estas ásperas palabras en medio de los rakshasas: «A raíz de esta tu humillante censura, mi ira no tiene igual. No puedo soportarla, como agua salada echada sobre una llaga. Por mi poderío no cuento a Rama, que es un ser humano poseedor de una vida frágil, a aquel que, muerto por mí, abandonará hoy la existencia a consecuencia de su mala conducta. Contén tus lágrimas y aparta tu miedo. Despacharé a Rama junto con su hermano a la morada de Yama. Tú, oh rakshasi, beberás en el suelo la sangre caliente de Rama, de mala vida, muerto por mi hacha». Sumamente alegre al oír las palabras que cayeron de la boca de Khara, ella por inconstancia elogió de nuevo a aquel primero de los rakshasas, su hermano. Primero reprendido por ella y luego alabado, Khara habló a su general, llamado Dusana, diciendo: «Oh gentil, dispón catorce mil de aquellos rakshasas, dotados de furiosa vehemencia, que siguen siempre mi deseo, que nunca se apartan del campo; que tienen el color de nubes purpúreas, que se deleitan en la crueldad, y que están exaltados (a causa de su poderío). Y tú, oh gentil, trae de inmediato mi carro así como mis arcos, y flechas de color pálido y cimitarras, y dardos, y diversas jabalinas afiladas. Oh versado en la guerra, para matar a este altivo Rama, voy en la misma vanguardia de los de alma elevada Paulastyas». Mientras decía esto, Dusana trajo su gran carro, de color de sol, uncido de excelentes corceles de diversos colores. Y entonces, con pasión, Khara subió a aquel carro semejante a un pico de Meru, embellecido con oro bruñido, provisto de ruedas de oro, abierto, con su lanza tachonada de lapislázulis, rodeado de peces y flores y árboles y piedras, y el sol y la luna y oro, y objetos auspiciosos; y bandadas de aves, y estrellas; con gallardetes y espadas; adornado de campanillas; y uncido de soberbios corceles. Y contemplando aquel poderoso ejército compuesto de carros y armas y pendones, Khara así como Dusana dijeron a aquella multitud de rakshasas: «¡Marchen adelante!». Y entonces, lanzando tremendos rugidos, se precipitaron con gran vehemencia catorce mil de aquellos terribles rakshasas equipados con mazas y pattisas y dardos y afiladas hachas, y cimitarras y discos, brillando hermosamente en sus manos, y saktis y espantosas parighas e innumerables arcos, y mazas, y mushalas y vajras temibles de ver, firmemente empuñados. Y aquellos que seguían la voluntad de Khara salieron de Janasthana. Al ver salir a aquellos rakshasas de espantosas formas, el carro de Khara, permaneciendo un poco apartado (de la multitud), avanzó tras un corto espacio. Entonces, tomando el permiso de Khara, el cochero condujo a toda velocidad aquellos poderosos corceles adornados de oro reluciente. Y conducido a toda velocidad, el carro de Khara, matador de enemigos, llenó todas las direcciones con su estruendo. Y Khara, encendido en ira, y de voz penetrante, apresurándose a destruir a su enemigo como el propio Destructor, urgió de nuevo a su cochero con rugidos, como una poderosa nube que derrama piedras.

Section 22

Mientras avanzaban aquellas terribles e inauspiciosas fuerzas, una poderosa nube oscura con espantosos sonidos comenzó a derramar sangre. Y los corceles uncidos a su carro (el de Khara), dotados de gran celeridad, cayeron de repente en las llanas calzadas sembradas de flores. Un círculo oscuro bordeado de rojo, semejante al del carbón, apareció en la vecindad del sol. Y un espantoso buitre, de enorme cuerpo, acercándose al estandarte, se posó sobre el asta dorada alzada. Y fieras y aves de voces estridentes, carnívoras, que permanecían cerca de Janasthana, emitieron diversas notas disonantes. Y en la región iluminada por los feroces chacales de poderosas voces, con espantosos gritos presagiaron el mal a los rakshasas. Y terribles nubes cargadas de agua y sangre, semejantes a elefantes de sienes hendidas, envolvieron el cielo. Y apareció una densa oscuridad, capaz de erizar los cabellos, y ninguna región era distintamente visible. Y fuera de estación, apareció el crepúsculo, de color de tela empapada en sangre. Y frente a Khara, terribles fieras y aves lanzaron gritos. Kankas, gomayas y buitres, presagiando miedo, comenzaron a gritar. Siempre inauspiciosos en la guerra, los chacales, presagiando el mal, con sus bocas vomitando llamas, aullaron frente a las fuerzas. Y cometas semejantes a parighas aparecieron junto al sol. Aquel poderoso planeta Svarbhanu atrapó al sol cuando no había parva. Y los vientos soplaron con violencia; y el sol estaba sin lustre. Y cuando no había noche, estrellas con el brillo de luciérnagas comenzaron a caer. Y en los estanques los peces y las aves estaban inertes, y los lotos estaban marchitos. Y a aquella hora los árboles estaban despojados de frutos y flores; y sin viento se levantó polvo oscuro como nubes. Y los loros emitieron notas salvajes: chichikuchi. Y meteoros de terrible aspecto cayeron con fuertes ruidos. Y la tierra con sus montañas, selvas y bosques tembló. Y mientras el inteligente Khara rugía desde su carro, su brazo izquierdo tembló, y su voz decayó, y mientras miraba alrededor, sus ojos se humedecieron, y le dolió la cabeza; sin embargo, por ignorancia, no desistió. Al presenciar estos poderosos portentos capaces de erizar los cabellos, Khara, con una risa, se dirigió a todo el cuerpo de rakshasas, diciendo: «Así como una persona fuerte por poderío no cuenta a una débil, yo no hago caso de todos estos poderosos portentos, espantosos de ver, que han aparecido. Hasta las estrellas haré bajar del cielo con mis agudas flechas; y hasta a la Muerte, trabando combate con ella, llevaré a la mortalidad. Sin matar a Raghava, hinchado de orgullo, así como a Lakshmana, con afiladas armas, no regreso (del combate). Que esa hermana mía, por quien Rama y Lakshmana han tenido pervertido el juicio, alcance su deseo bebiendo su sangre. Nunca antes me había topado con la derrota en el combate. Ustedes lo han presenciado. No digo una falsedad. Encendido en ira, mataré en la lucha al soberano de los celestiales mismo, que va sobre su Airavata enloquecido, con el rayo en la mano; ¿qué diré de esos dos, que son seres humanos?». Enredado en el lazo de la muerte, aquel poderoso ejército de los rakshasas, al oír su desafío, experimentó ilimitado entusiasmo. Y ansiosos de ver el encuentro, vinieron santos de alma elevada, y celestiales, y gandharvas, y siddhas, con los charanas. Y estos piadosos reunidos se hablaron unos a otros: «¡Bienestar para aquellas vacas, y brahmanes, y aquellos que son estimados por los mundos! Así como Vishnu, el que tiene el disco en la mano, venció a los primeros asuras, ¡que Raghava derrote en batalla a esos vagabundos de la noche, la progenie de Pulastya!». Y diciendo esto así como diversas otras cosas, los santos supremos y los celestiales situados en el cielo, sintiendo deseo de saber (cuál sería el desenlace del combate), contemplaron la hueste de aquellos rakshasas, cuyos días habían sido contados. Entonces, impetuosamente, Khara salió en su carro de la vanguardia del ejército. Y estos doce, dotados de extraordinario poderío, a saber, Syenagami, Prithusyama, Yajnasatru, Vihangama, Duryaya, Karaviraksha, Purusha, Kalakanuka, Meghamali, Mahamali, Sarpasya y Rudhirasana, se situaron alrededor de Khara. Y Mahakapala, Sthulaksha, Pramathi y Trisiras: [estos cuatro, yendo delante de las fuerzas, marcharon a espaldas de Dusana]. Entonces, como los planetas se lanzan hacia el sol y la luna, aquel heroico y espantoso ejército de rakshasas, ansioso de victoria, se precipitó de repente hacia los príncipes con gran vehemencia.

Section 23

Cuando Khara, de feroz poderío, hubo llegado a la ermita, Rama, en compañía de su hermano, vio todos aquellos malos pronósticos. Y al contemplar aquellos espantosos portentos, Rama, sumamente afligido, temiendo alguna calamidad para los rakshasas, observó a Lakshmana: «Oh de brazos poderosos, mira estos grandes presagios que han ocurrido, capaces de aniquilar a todos los seres, y que tienen por objeto el total exterminio de los rakshasas. Aquellas amenazadoras nubes de oscuro color asnal, que derraman sangre y emiten fuertes sonidos, recorren el firmamento. Y, oh perspicaz, regocijándose ante la perspectiva de mi lucha, todas estas flechas emiten humo, y mis arcos, entretejidos en el dorso con oro, están inquietos. Me parece, por el ruido de las aves salvajes, que se cierne sobre nosotros peligro e incertidumbre para la vida. Sin duda tendrá lugar un poderoso combate. En este momento crítico, mi brazo, que tiembla a ratos, presagia, oh héroe, victoria para nosotros y derrota para el enemigo. Y tu rostro parece agradable con un deleitoso lustre. Oh Lakshmana, el rostro pálido de quienes se preparan para el combate augura acortamiento de la vida. Podemos oír los gritos de los rakshasas mientras rugen, así como los toques de las trompetas de los condenados a ser heridos, soplados por rakshasas de actos despiadados. Una persona prudente que desea su bienestar, previendo el peligro, debe prevenir el desastre antes de que llegue. Por tanto, con flechas en la mano y equipado con tu arco, toma tú a la hija de Videha y refúgiate en la cueva de la montaña, cubierta de árboles y de difícil acceso. Que obres contra mis palabras, es lo que no deseo. Jurando por mis pies, vete sin demora, hermano mío. Eres a la vez fuerte y héroe: puedes, sin duda, matar a estos (rakshasas). Pero deseo matar yo mismo a todos estos vagabundos de la noche». Así abordado por Rama, Lakshmana, tomando flechas y un arco, se refugió en una cueva inaccesible junto con Sita. Entonces, diciendo: «¡Ah! Lo hemos dicho con aspereza», Rama se puso la cota de malla. Y adornado con aquella cota semejante al fuego, Rama apareció en la oscuridad como una poderosa llama que se eleva. Y alzando su arco y tomando sus flechas, aquel poderoso se quedó allí, llenando todas las direcciones con los zumbidos de su cuerda de arco. Entonces los dioses de alma elevada y los gandharvas, siddhas y charanas vinieron allí, con la intención de presenciar la lucha. Y santos de alma elevada del mundo, y los primeros brahmarshis, de actos piadosos, reuniéndose, se hablaron unos a otros, diciendo: «¡Salve a las vacas y a los brahmanes, y a todos aquellos en quienes están establecidos los mundos! ¡Que Raghava derrote en la lucha a esos vagabundos de la noche, la progenie de Pulastya, así como Vishnu, el del disco en la mano, derrotó en batalla a los primeros asuras!». Dicho esto, hablaron de nuevo, mirándose unos a otros: «Hay catorce mil de los rakshasas de espantosos actos, mientras que el justo Rama está solo. ¿Cómo puede tener lugar la lucha (entre dos partes semejantes)?». Dicho esto, los rajarshis, siddhas, multitudes de los mejores de los nacidos dos veces y celestiales situados en el cielo se sintieron movidos por el deseo de saber (cuál sería el desenlace del combate). Entonces, viendo a Rama lleno de energía, permaneciendo en el campo, todos los seres, por miedo, experimentaron gran dolor. Y la gracia sin par de Rama, de energéticas obras, se volvió semejante a la del enfurecido Rudra, de alma elevada. Mientras los dioses, gandharvas y charanas conversaban así, las fuerzas de los rakshasas, emitiendo solemnes sonidos, provistas de horrible armadura, armas y banderas, conversando en lenguaje heroico, rugiéndose unos a otros, tendiendo arcos, bostezando a ratos, profiriendo gritos y tocando trompetas, llenaron aquel (entero) bosque con el clamor universal. Asustados y aterrados por el alboroto, los vagabundos del bosque huyeron a regiones libres de ruido; ni echaron los ojos hacia atrás. Y aquel ejército semejante al océano, y repleto de sonidos, equipado con diversas armas, vino hacia Rama con furiosa rapidez. Y Rama, versado también en la guerra, echando los ojos alrededor, halló a las fuerzas de Khara listas para la lucha. Entonces, tendiendo su espantoso arco y sacando velozmente flechas, (Rama), para lograr la destrucción de todo el cuerpo de rakshasas, se enfureció sobremanera. Y como el fuego llameante en la disolución universal, él, montando en cólera, era incapaz de ser mirado. Y viéndolo lleno de energía, las deidades silvestres se afligieron en extremo. Y el aspecto del airado Rama parecía el del portador de Pinaka, resuelto a destruir el sacrificio de Daksha. Provisto de arcos y adornos y carros y cotas de malla de color de fuego, aquel ejército de los que se sustentan de carne parecía masas de nubes azules al salir el sol.

Section 24

Al llegar a la ermita, Khara, en compañía de los que iban delante de él, vio a aquel matador de enemigos, el airado Rama, que sostenía su arco. Y viéndolo, Khara, de voz estridente, alzando su arco, ordenó al cochero que condujera hacia Rama: «¡Adelante!». Por orden de Khara, el cochero condujo los corceles adonde estaba solo el de brazos poderosos Rama, sosteniendo su arco. Y al verlo (a Khara) entrar en el campo, todos aquellos vagabundos de la noche, los consejeros, lanzando poderosos gritos, lo rodearon. Y Khara, apostado en su carro en medio de los rakshasas, parecía un astro de cuerpo rojo surgido en medio de las estrellas. Entonces, en la batalla, Khara, afligiendo a Rama, de energía incomparable, con mil flechas, lanzó un tremendo rugido. Entonces todos los vagabundos de la noche, enfureciéndose sobremanera, derramaron diversas armas sobre aquel terrible arquero, el invencible Rama. Y agitados por la ira, los rakshasas lo acometieron en batalla con mazas de hierro, y dardos, y prasas, y espadas, y hachas. Y semejantes a nubes (en color), los sumamente fuertes rakshasas, de enormes cuerpos, se lanzaron hacia Kakutstha con corceles y carros. Y montados en elefantes semejantes a picos de montaña, multitudes de rakshasas, resueltos a matar a Rama en batalla, derramaron flechas sobre él, como poderosas nubes vierten aguaceros sobre el monarca de las montañas. Y Rama fue cercado por todos aquellos rakshasas de torvo aspecto, como al atardecer Mahadeva es rodeado por sus cortesanos. Y así como el océano resiste la corriente de un río, Raghava resistió con flechas las armas lanzadas por los yatudhanas. Como una poderosa montaña, asaltada por el rayo, no siente dolor, Rama, con su persona atravesada por terribles armas llameantes, no sintió dolor. Y atravesado, y con su persona cubierta de sangre, Rama, el descendiente de Raghu, parecía el sol envuelto en nubes vespertinas. Y viéndolo solo, rodeado por muchos millares, los dioses, gandharvas, siddhas y santos supremos se entristecieron. Entonces Rama, enfureciéndose, llevando su arco a un círculo, lanzó afiladas flechas por centenares y por millares. Y como en juego, Rama en el combate disparó (flechas) irresistibles provistas de plumas de kanka y adornadas de oro, irresistibles, capaces de infligir extremo dolor y semejantes al lazo de la Muerte. Y lanzadas en juego por Rama, aquellas flechas privaron a los rakshasas de la vida, como el lazo forjado por la muerte. Y atravesando las personas de los rakshasas, aquellas flechas, empapadas de sangre, subiendo al cielo, aparecían con el esplendor del fuego llameante. E innumerables flechas, sumamente feroces, capaces de privar a los rakshasas de la vida, fueron soltadas del círculo de su arco. Y con ellas Rama cortó arcos, en la batalla, por centenares y por millares, y extremos de estandartes, y escudos, y cotas de malla, y muchos brazos de manos adornadas, semejantes a trompas de elefantes. Y las flechas de Rama, disparadas desde la cuerda, atravesaron y cortaron corceles revestidos de malla de oro, uncidos a carros, junto con el cochero; y elefantes con sus jinetes; y jinetes con caballos. Y matando a los soldados de a pie, los despachó a la morada de Yama. Y cortados con nalikas y narachas y agudas vikirnas, los vagabundos de la noche lanzaron espantosos aullidos de angustia. Y como un bosque marchito afligido por el fuego, aquella hueste acosada por las diversas flechas que atraviesan la médula, disparadas por Rama, no alcanzó descanso. Y algunos heroicos vagabundos de la noche de gran fuerza, enfureciéndose, arrojaron a Rama prasas, y dardos y hachas. Entonces, resistiendo con flechas aquellas armas suyas, el de brazos poderosos Rama, dotado de poderío, les quitó la vida en el combate, y cortó las cabezas (de los guerreros). Y con sus cabezas, y escudos y cuerdas de arco cortados, cayeron como caen a tierra árboles derribados por ráfagas de las alas de Suparna. Aquellos vagabundos de la noche que quedaban allí, heridos por flechas y perdiendo el ánimo, huyeron con rapidez hacia Khara, para buscar su protección. Entonces, alentándolos, Dusana, tomando su arco, corrió furiosamente con alta ira contra Rama, como el propio Destructor enfurecido. Y reanimados de nuevo (por Dusana) y, disipado su miedo por haber hallado refugio con él, ellos, armados de salas, talas y riscos, se lanzaron contra Rama. Y portando en sus manos dardos, y mazas, y lazos, aquellos sumamente fuertes derramaron en batalla flechas y armas. Y los rakshasas lanzaron andanadas de árboles y riscos. Y capaz de erizar los cabellos, aquella batalla era espantosa y furiosa, ahora del lado de Rama y ahora de nuevo del de los rakshasas. Y enfureciéndose sobremanera, lo apretaron duramente por todos lados. Entonces, hallando todas las direcciones enteramente cubiertas de rakshasas y de aguaceros de flechas, aquel dotado de poderosa fuerza, lanzando un terrífico grito, fijó (en la cuerda del arco) el arma Gandharva, sumamente resplandeciente (para dispararla) entre los rakshasas. Entonces millares de flechas salieron del círculo de su arco; y todas las direcciones fueron cubiertas de flechas que se agolpaban. Y aquellos rakshasas, afligidos por las flechas, no podían ver a Rama cómo sacaba sus espantosas flechas, ni cómo disparaba aquellas excelentes flechas; solo lo veían tendiendo su arco. Y la oscuridad extendida por las flechas envolvió el cielo con el sol. Y Rama, apostado allí, seguía derramando flechas. Y la tierra fue cubierta de flechas disparadas, y que descendían, y descendidas simultáneamente. Y en lugares se veían rakshasas por millares muertos, cayendo, debilitados, desgarrados y hendidos. Y cortado por Rama con flechas, dardos y pattisas en aquella batalla, el campo, espantoso, quedó sembrado: cabezas con turbantes, brazos con guardas de los dedos; muslos y brazos desgarrados, y diversos ornamentos, caballos, excelentes elefantes y carros, destrozados en gran número, abanicos de cola de yak, abanicos y parasoles, y pendones de diversas clases. Al contemplar a todos aquellos muertos, los (restantes) rakshasas, sumamente angustiados, no pudieron (de nuevo) avanzar ante aquel conquistador de ciudades hostiles, Rama.

Section 25

Al ver sus propias fuerzas masacradas, el de brazos poderosos Dusana ordenó prestamente a cinco mil rakshasas, dotados de tremenda velocidad, difíciles de abordar, que nunca se apartaban del campo. Y por todos lados derramaron sin cesar dardos y pattisas, y cimitarras, piedras, y árboles, y flechas. Entonces, con flechas, el justo Raghava resistió aquel poderoso y destructivo aguacero de árboles y piedras. Resistiendo aquel aguacero, Rama, con los ojos desorbitados y semejante a un toro, montó en gran cólera, con el propósito de matar a todo el cuerpo de rakshasas. Entonces, movido por la ira y llameante de energía, cubrió por todos lados con flechas al ejército junto con Dusana. Entonces el general Dusana, destructor de enemigos, enfureciéndose, se opuso a Raghava con flechas semejantes a rayos. Entonces el heroico Rama, sumamente airado, cortó el poderoso arco de aquel (de Dusana) con flechas afiladas como navajas, y mató a sus cuatro caballos con otras tantas flechas. Y habiendo matado a los corceles, él (Rama) cortó la cabeza del cochero con un arma en forma de media luna, y atravesó al (rakshasa Dusana) en el pecho con un par de flechas. Cortado su arco, muertos sus corceles junto con el cochero, y privado él mismo de su carro, él (Dusana) tomó una parigha semejante a un pico de montaña, capaz de erizar los cabellos, chapada de oro, capaz de afligir a las huestes celestiales, tachonada de agudos sankus de hierro y realzada con la grasa de enemigos, de contacto de rayo, capaz de atravesar las personas de los enemigos. Y tomando en aquel encuentro la parigha semejante a una poderosa serpiente, aquel vagabundo de la noche de crueles actos, Dusana, se lanzó hacia Rama. Y mientras Dusana se lanzaba hacia delante, Raghava con un par de flechas le cortó ambos brazos con los adornos. Y la enorme parigha, escapándose de (la mano de Dusana), cayó hacia delante en el campo como el estandarte de Sakra. Y como un poderoso elefante al que se le han caído las defensas, Dusana, cortados sus brazos, cayó a tierra. Al ver a Dusana en el suelo y muerto en batalla, todas las criaturas, diciendo: «¡Bien hecho!, ¡bien hecho!», rindieron homenaje a Kakutstha. Entretanto, tres generales, enfureciéndose, atrapados en el lazo de la muerte, se lanzaron en grupo contra Rama, a saber, Mahakapala, Sthulaksha y el poderoso rakshasa Pramathi: Mahakapala, alzando un gran dardo, y Sthulaksha, tomando una pattisa, y Pramathi, un hacha. Y en cuanto Raghava los vio avanzar, los resistió con flechas agudas y de afilado filo, como se recibe a huéspedes que han llegado. Y el hijo de Raghu partió la cabeza de Mahakapala, afligió a Pramathi con innumerables flechas y alojó en los ojos de Sthulaksha afiladas flechas. Y cayeron a tierra como poderosos árboles de muchas ramas. Entonces, de inmediato inflamado de ira, Rama, con cinco mil flechas, envió a otros tantos millares de seguidores de Dusana a la morada de Yama. Al oír que Dusana había sido muerto, Khara, enfureciéndose, ordenó a sus poderosos generales, diciendo: «Combatiendo con ese vil hombre, Rama, junto con sus poderosas fuerzas, ha sido muerto en batalla Dusana, junto con sus seguidores. Que todos los rakshasas lo maten con armas de diversas formas». Dicho esto con ira, Khara se lanzó hacia Rama. Y disparando flechas escogidas, Syenagami, Prithugriva, Yajnasatru, Vihangama, Durjaya, Paraviraksha, Parusha, Kalakarmuka, Hemamali, Mahamali, Sarpasya y Rudhirasana, estos doce generales dotados de gran poderío, acompañados de sus fuerzas, avanzaron con vehemencia contra Rama, disparando excelentes flechas. Entonces, con flechas semejantes a fuego y adornadas de diamantes y de oro, (Rama), dotado de energía, destruyó el resto de sus fuerzas (las de Khara). Y como el rayo mata a los poderosos asuras, aquellas flechas tachonadas de oro y semejantes a fuego humeante mataron a aquellos rakshasas. Y en el campo Rama mató a cien rakshasas con cien karnis, y a mil (de nuevo) con mil. Y, cortadas sus armaduras y adornos, y rotos en pedazos sus arcos, aquellos vagabundos de la noche cayeron a tierra, bañados en sangre. Y como un espacioso estrado queda cubierto de hierba kusa, todo el campo quedó sembrado de los rakshasas caídos en batalla, con los cabellos desgreñados y cubiertos de sangre. Y en aquel momento aquel espantoso bosque, con los rakshasas masacrados y con su barro enlodado de carne y sangre, parecía el propio infierno. Catorce mil rakshasas de espantosos actos fueron muertos por Rama solo, un ser humano, combatiendo (además) a pie. Y los restos de sus fuerzas (las de Khara) eran aquel poderoso guerrero de carro, Khara mismo, y el rakshasa Trisiras; y (por el otro lado) estaba aquel destructor de enemigos, Rama. Los demás rakshasas, dotados de gran poderío, terribles y difíciles de resistir, fueron todos muertos en batalla por el querido hermano de Lakshmana. Entonces, viendo aquel espantoso ejército destruido en terrible combate por el poderoso Rama, Khara, subiendo a un gran carro, avanzó ante Rama, como Indra con el rayo alzado.

Section 26

Mientras Khara avanzaba ante Rama, aquel jefe del ejército llamado Trisiras, acercándose a él, dijo: «Emplee usted a mí, que poseo poderío, y desista usted mismo de esta temeridad. Mire a Rama, el de brazos poderosos, abatido en batalla. Se lo juro (a usted) con verdad; toco esta arma (para decir) que mataré a Rama, que merece ser muerto por todos los rakshasas. O yo seré su muerte en batalla, o él será la mía. Refrenando su ardor marcial, sea usted por un rato testigo. O bien, gozoso por haber sido muerto Rama, se dirigirá usted a Janasthana; o bien, muerto yo, entrará usted en el campo (contra él)». Así satisfecho por Trisiras, por su deseo de hallar la muerte, este, al ser autorizado con «Ve», avanzó hacia Rama. Y como una colina de tres cumbres, Trisiras se lanzó hacia Rama en un resplandeciente carro uncido de corceles. Y como una poderosa nube vierte aguaceros, (Trisiras), descargando andanadas de flechas, lanzó un rugido semejante al sonido de un timbal mojado. Y viendo que el rakshasa Trisiras avanzaba, Raghava resistió (su ataque) disparando afiladas flechas. Y aquel encuentro de aquellos sumamente poderosos, Rama y Trisiras, fue feroz, como el de un león y un elefante. Entonces, herido en la frente por un par de flechas disparadas por Trisiras, el iracundo Rama se enfureció e, inflamado de cólera, dijo: «¡Ah! ¡Tal es la fuerza de los heroicos rakshasas! He sido herido en la frente con flechas semejantes a flores. Toma tú también las flechas disparadas desde mi arco». Diciendo esto, (Rama), enfurecido y movido por la ira, hirió a Trisiras en el pecho con catorce flechas. Y aquel enérgico, con cuatro flechas de articulaciones curvas, abatió a sus cuatro corceles. Y con ocho flechas (Rama) derribó al cochero desde el frente del carro. Y Rama, con una flecha, cortó su estandarte alzado. Entonces, mientras aquel vagabundo de la noche descendía de su carro roto, Rama le atravesó el pecho con flechas, y con ello quedó aturdido. Entonces aquel de inconmensurable poderío, por ira, con tres flechas dotadas de celeridad, derribó las tres cabezas de Trisiras. Y aquel vagabundo de la noche presente en el campo, afligido por las flechas de Rama, tras haber caído primero sus cabezas, cayó, vomitando sangre humeante. Y los rakshasas que quedaban, tras haber sido muertos los demás, pertenecientes a las fuerzas originales de Khara, perdiendo el ánimo, comenzaron a huir como ciervos aterrados ante un cazador. Y al verlos huir, Khara, enfureciéndose, haciéndolos desistir velozmente, se lanzó hacia Rama, como Rahu lanzándose hacia la Luna.

Section 27

Al ver muerto en la lucha a Dusana junto con Trisiras, Khara, presenciando el poderío de Rama, se llenó de miedo. Y viendo a aquella irresistible hueste de rakshasas, incluso a Dusana y Trisiras, muerta por el poderoso Rama solo, y viendo el gran valor que se había hecho en el ejército, aquel rakshasa, Khara, fue presa del abatimiento. Entonces, como Namuchi avanza contra Vasava, Khara, tendiendo su poderoso arco, avanzó contra Rama. Y Khara arrojó contra Rama narachas que se deleitaban en sangre, semejantes a venenosas serpientes enfurecidas. Y haciendo vibrar repetidamente su arco, Khara, montado en su carro, comenzó a recorrer el campo, exhibiendo sus armas por la destreza adquirida. Y aquel poderoso guerrero de carro cubrió todos los lados con sus flechas. Y viendo esto, Rama, de tremendo arco, con flechas imposibles de soportar y semejantes a lenguas de fuego llameante, envolvió por completo el firmamento, como una nube vierte aguaceros. Y con las afiladas flechas disparadas por Khara y Rama, todo el firmamento por todos lados quedó atestado. Y mientras cada uno, enfurecido, se empeñaba en enfrentarse al otro, el sol, envuelto en una red de flechas, no aparecía. Y como un poderoso elefante es golpeado con el aguijón, Rama en el combate atacó (a su oponente) con nalikas y narachas y vikirna de afilada punta. Y mientras aquel rakshasa estaba sentado en su carro, arco en mano, todas las criaturas lo veían como si fuera el propio Destructor con el lazo en la mano. Y en este momento Khara pensó que aquel destructor de todas sus fuerzas, establecido en su virilidad, el poderosísimo Rama, estaba vencido por la fatiga. Y viendo a aquel poderoso como el león, y dotado del vigoroso andar del león, Rama no se conmovió, como un león ante un cervatillo (no se conmueve). Y entonces, como un insecto cae en una llama, Khara, montando un poderoso carro semejante al sol, se acercó a Rama. Y, exhibiendo su ligereza de mano, Khara cortó el arco del de gran alma Rama, con la flecha (puesta en él) en el lugar por donde se empuña. Entonces, tomando otras siete flechas, resplandecientes como el rayo de Sakra, Khara, enfurecido, las clavó en las articulaciones principales (de Rama), y luego, afligiendo a Rama, de energía sin igual, con mil flechas, Khara lanzó en aquel combate un fuerte grito. Y hendida por las flechas disparadas por Khara, la cota de malla de Rama, semejante al sol, cayó al suelo. Y atravesado con aquellas flechas por todo el cuerpo e inflamado de ira, Raghava apareció en el campo como un fuego llameante sin humo. Entonces aquel destructor de enemigos, Rama, para lograr el fin de su enemigo, tendió otro poderoso arco, que emitía solemnes sonidos: el temible arco Vaishnava que le había sido conferido por el Maharshi. Y alzando aquel arco superior, Rama se lanzó contra Khara. Entonces, con flechas de nudos curvos y plumas de oro, Rama, agitado por la ira, cortó en batalla el estandarte de Khara. Y al ser derribado aquel sumamente gracioso estandarte de oro, pareció como si el sol cayera a la tierra por mandato de los celestiales. Y entonces Khara, comprendiendo la importancia de las cosas, encendido en ira, atravesó el pecho de Rama con cinco flechas, como quien golpea a un elefante con el aguijón. Y Rama, al ser atravesado con muchísimas flechas disparadas desde el arco de Khara, y con su cuerpo bañado en sangre, estaba sumamente airado. Entonces aquel primero de los arqueros y esgrimidor de un poderoso arco, tomando seis flechas, las soltó, tras apuntarlas. Y con una flecha atravesó la cabeza de Khara, con dos sus brazos; y con tres flechas de punta en media luna, Rama hirió a Khara en el pecho. Entonces aquel de gran energía, movido por la ira, acometió al rakshasa con trece narachas afilados en piedra y con una cortó aquel sumamente poderoso el yugo del carro, con cuatro los cuatro corceles, con la sexta la cabeza del cochero de Khara, con tres el robusto trivenu del carro, con dos la rueda, y con la duodécima, cortando como en juego el arco de Khara con su mano, con la decimotercera, semejante al rayo, atravesó a Khara en el encuentro. Entonces, con su arco destrozado, privado de su carro, (Khara), con sus caballos muertos así como su cochero matado, tomando una maza en la mano saltó al suelo y se quedó allí. Y los celestiales y los Maharshis, sumamente regocijados, reunidos en el firmamento en grupo, y con las manos juntas, ensalzaron aquella hazaña de aquel poderoso guerrero de carro, Rama.

Section 28

Y a Khara, privado de su carro, de pie con una maza en la mano, aquel sumamente enérgico, Rama, comenzando su discurso con suavidad, le habló: «Respaldado por esta poderosa hueste abundante en elefantes y caballos y carros, has cometido un acto sumamente malvado, execrado por todos los mundos. Aunque uno llegue a ser señor de los tres mundos, quien se dedica a atormentar a las criaturas y es cruel y está entregado a actos malvados no puede subsistir. Todas las personas destruyen, como a una serpiente que se ha introducido, a quien comete actos crueles, hostil a los intereses de todos. La gente contempla con deleite el fin de aquel que, al hacer una acción por codicia o por deseo, no ve, como un brahmán que se traga un karaka, la consecuencia de ella. ¿Qué ganas, oh rakshasa, matando a ascetas sumamente piadosos entregados a obras justas, que viven en el bosque de Dandaka? Como árboles cuyas raíces han sido destruidas, las personas crueles, execradas por los hombres, que perpetran actos inicuos, no subsisten largo tiempo. Y así como un árbol echa flores en su estación, el autor de actos pecaminosos, a la hora (del arrepentimiento), cosecha inevitablemente su fruto en forma de espantosa angustia del espíritu. Y, oh vagabundo de la noche, así como el efecto de haber tomado arroz mezclado con veneno aparece sin demora, así también la gente cosecha prontamente el fruto de sus propios actos. Oh vagabundo de la noche, es para quitar la vida a los perpetradores de espantosos pecados, que desean mal a los hombres, que yo, el rey, he venido. Hoy las flechas adornadas de oro disparadas por mí, atravesando (tu cuerpo), entrarán en la tierra, hendiéndola, como serpientes que caen en un hormiguero. Muerto en batalla, tú seguirás, en compañía de tu ejército, a aquellas personas que practicaban la piedad, a quienes has devorado en el bosque de Dandaka. Que hoy esos grandes santos, que antes habían sido muertos por ti, situados en el cielo, te contemplen muerto (a su vez) por mis flechas y habitando en el infierno. Golpea como quieras. Y tú, de odiosa raza, despliega tu energía. Hoy haré caer tu cabeza, como cae al suelo una palma». Así interpelado por Rama, Khara, enfurecido y fuera de sí de pasión, con los ojos enrojecidos, respondió: «Oh hijo de Dasaratha, ¿por qué, habiendo matado en batalla a rakshasas inferiores, te alabas sin razón? Aquellos primeros de los hombres que son poderosos y fuertes no pregonan, hinchados de su energía, (su propia importancia). Son los kshatriyas de mente baja y cabezas impuras los que se engrandecen entre los hombres, como tú, oh Rama, lo haces. ¿Qué héroe, cuando se ha acercado la hora de su muerte, publica en el campo su propio elevado linaje y canta su propio himno? Como el latón que adopta la apariencia del oro muestra su propio defecto al calentarlo con un fuego encendido con hierba kusa, así has revelado tú tu propia ligereza con este discurso tuyo. No me ves aquí, con la maza en la mano, como una montaña inmóvil teñida de metales, que sostiene cosas móviles e inmóviles. Puedo, con la maza en la mano, privar de la vida a ti y a los tres mundos por añadidura, como el propio Destructor con el lazo en la mano. Pero no parlamentaré mucho contigo cuanto desearía: el sol va a ponerse y nuestra lucha será interrumpida. Catorce mil rakshasas han sido masacrados por ti. Yo enjugaré hoy sus lágrimas por sus muertes». Diciendo esto, Khara, sumamente enfurecido, arrojó su maza provista de anillos de oro contra Rama, como el rayo llameante. Entonces, reduciendo a cenizas árboles y arbustos, aquella poderosa maza llameante, lanzada por el brazo de Khara, cayó ante Rama. Y Rama cortó en muchos fragmentos aquella poderosa maza, semejante al lazo de la Muerte, mientras, ascendiendo por el firmamento, bajaba. Entonces, como una serpiente hembra abatida por la fuerza de conjuros, la maza cayó a tierra destrozada y hendida.

Section 29

Tras cortar la maza con sus flechas, Raghava, apegado a la rectitud, dijo con una sonrisa a Khara estas airadas palabras: «Vilísimo de los rakshasas, este es el límite de tu poder, que has exhibido. Hecho más impotente a mis manos, en vano te enfureces. Hendida por mis flechas, tu maza, perteneciente a ti, que eres prolijo en materia de vocabulario, destruyendo tu confianza, ha buscado la tierra. Y lo que habías dicho: “Enjugaré las lágrimas de los rakshasas que han sido muertos”, ha resultado también falso. Como Garuda robó la ambrosía, te privaré yo de la vida, oh rakshasa, que eres bajo, de ruin disposición y de falso carácter. Hoy la tierra beberá la sangre, viciada de burbujas espumosas, de ti, con tu garganta cortada y hendido por mis flechas. Con todo tu cuerpo cubierto de polvo y tus dos brazos cercenados, tú, difícil de ganar, echarás tu siesta, abrazando la tierra, como una doncella difícil de ganar. Cuando tú, vergüenza de los rakshasas, yazcas dormido, este Dandaka será refugio de aquellos que recurran a él en busca de amparo. Oh rakshasa, en tu Janasthana, con sus (rakshasas) muertos por mis flechas, los ascetas andarán sin miedo por el bosque. Hoy los rakshasas, capaces de infundir miedo a otros, quedados abandonados y con sus amigos muertos, por miedo, con los rostros mojados de lágrimas, huirán (de este lugar). Hoy tus esposas, cuyo esposo eres tú de tal naturaleza, y que son de semejante linaje (que tú), experimentarán el sentimiento de dolor y serán privadas de todo lo suyo. Tú, de crueldad de carácter, tú, de alma innoble, tú, que eres siempre una espina (en el costado) de los brahmanes, por ti los ascetas, asustados y desanimados, han estado tanto tiempo vertiendo la mantequilla clarificada». Mientras Raghava, movido por la ira, decía esto en el campo, Khara, con ira, con acentos tornados más ásperos, se puso a censurar (a Rama): «Eres asombrosamente orgulloso; y no tienes temor, aunque el temor está presente en ti. Y caído bajo el dominio de la muerte, no comprendes qué debe decirse y qué dejarse sin decir. Aquellas personas que han sido fuertemente atadas por el lazo de la muerte no discernen, por haber cesado sus sentidos de ejercer sus funciones, lo que es propio y lo que es impropio». Diciendo esto a Rama, aquel vagabundo de la noche (Khara), frunciendo las cejas, divisó cerca un poderoso sala. Y mirando en torno suyo por todos lados en el campo en busca de un arma, lo arrancó, mordiéndose el labio inferior. Y alzando el árbol con sus brazos, y lanzando un rugido, aquel sumamente poderoso, apuntando a Rama, lo arrojó, exclamando: «¡Estás muerto!». Y mientras descendía, el poderoso Rama lo cortó con una multitud de flechas, montando en gran cólera con el propósito de matar a Khara en batalla. Entonces Rama, sudando, con los ojos enrojecidos de ira, atravesó a Khara en batalla con mil flechas. Y sangre mezclada con espuma brotó por los lados de las flechas, como torrentes que fluyen de un manantial en una colina; aturdido en batalla por las flechas disparadas por Rama, y enloquecido por el olor de la sangre, Khara se lanzó furiosamente hacia Rama. Y mientras él (Khara) se lanzaba, bañado en sangre, Rama, equipado con armas, reuniendo de repente su fuerza, retrocedió dos o tres pasos. Entonces, con vistas a procurar (el fin de Khara), Rama tomó en el combate una flecha semejante a fuego u otra arma del propio Brahma. Y aquel justo disparó contra Khara aquella (flecha) que le había sido conferida por el inteligente Maghavan. Y disparada por Rama desde su arco tendido, aquella poderosa flecha, con el estruendo del rayo, cayó sobre el pecho de Khara. Y ardiendo en el fuego de la flecha, Khara cayó a la tierra, como el gigante Andhaka en el bosque de Sveta, consumido por Rudra. Y entonces Khara, muerto, cayó como Vritra muerto por el rayo, o Namuchi por la espuma, o Vala por el asani de Indra. Después de esto, los celestiales, reunidos con los charanas, atónitos, hicieron sonar alegremente timbales y derramaron flores sobre Rama: «En poco más de medio instante Rama, con afiladas flechas, ha matado en poderoso encuentro a catorce mil rakshasas que adoptaban formas a voluntad, encabezados por Khara y Dusana. ¡Ah! Poderosa es la hazaña lograda por Rama, el conocedor del sí mismo. ¡Ah! Este gran poderío, esta poderosa firmeza, se muestran como los del propio Vishnu». Diciendo esto, todas las deidades se fueron de donde habían venido. Luego los rajarshis, en compañía de santos supremos, con Agastya (a la cabeza), rindiendo alegremente homenaje a Rama, dijeron las siguientes palabras: «Es por esto que el sometedor de Paka, el gran Indra, Purandara, había hecho una visita a la sagrada ermita de Sarabhanga. Y los Maharshis lo habían traído hábilmente a este lugar, para lograr la destrucción de aquellos enemigos, los malvados rakshasas. Y es debido a esto, oh hijo de Dasaratha, que ha llevado a cabo esta poderosa hazaña. (Ahora) los Maharshis llevarán adelante sus debidos oficios piadosos en el Dandaka». Después de esto, aquel héroe, Lakshmana, acompañado de Sita, salió de la cueva de la montaña y entró con alegría en la ermita. Luego el victorioso y heroico Rama, honrado por los Maharshis, entró en la ermita, venerado por Lakshmana. Y viendo a aquel destructor de enemigos, y portador de consuelo para los Maharshis, su esposo, Vaidehi lo abrazó. Y viendo las multitudes de rakshasas muertos, la hija de Janaka, contemplando al imperecedero Rama, lo atendió con suprema alegría. Y abrazando de nuevo con semblante deleitoso a aquel destructor de enemigos, que había sido honrado por los complacidos Maharshis, la hija de Janaka quedó sumamente feliz.

Section 30

Entonces Akampana, aprestándose, saliendo prestamente de Janasthana, habló a Ravana: «Oh rey, muchísimos rakshasas que vivían en Janasthana han sido muertos, y Khara también ha sido muerto en batalla. Yo solo, con mucha dificultad, he logrado llegar aquí». Así interpelado, el de diez cuellos, llameante de energía, con los ojos enrojecidos de ira, dijo esto a Akampana: «¿Quién, teniendo contados sus días, ha asolado el espantoso Janasthana? ¿Quién no andará ya más el camino de todos los seres? Haciéndome un mal, ni el propio Maghavan, ni Vaisravana, ni Yama, ni Vishnu pueden alcanzar la felicidad. Yo soy el destructor del propio Destructor; y quemo incluso al mismísimo Fuego. Y puedo llevar a la muerte misma a la mortalidad. Puedo con mi ímpetu resistir la fuerza del viento. Y, cuando estoy furioso, puedo con mi energía consumir al Sol y al Fuego». Entonces Akampana, con las manos juntas, de miedo respondió al de diez cuellos Ravana, con palabras vacilantes, suplicando valor. Entonces aquel primero de los rakshasas, el de diez cuellos, le concedió valor. Luego, inspirado de confianza, Akampana habló sin miedo: «Hay un hijo de Dasaratha, joven, semejante a un león, llamado Rama, de anchos hombros y poseedor de excelente belleza, de brazos largos y poderosos. (Él) es de tez oscura, de alta fama y de incomparable poderío y vigor. Es él quien en Janasthana ha matado a Khara con Dusana». Al oír las palabras de Akampana, aquel señor de los rakshasas, Ravana, resoplando como una poderosa serpiente, dijo estas palabras: «Dime, oh Akampana, ¿ha venido Rama a Janasthana acompañado del soberano de los celestiales y del cuerpo de los inmortales?». Oyendo de nuevo las palabras de Ravana, Akampana describió la fuerza y la energía de aquel de alma elevada: «(Él) se llama Rama y es sumamente enérgico; el primero de todos los arqueros, provisto de panoplia celestial, y poseedor de preeminente poderío en la guerra. Semejante a él en fuerza, de ojos rojos y dotado de una voz como el sonido de un timbal, su hermano menor, Lakshmana, tiene un semblante semejante a la luna llena. Se ha encontrado con él (con Rama) como el viento se encuentra con una llama. Está dotado de gracia y es el primero de los monarcas. Es él quien ha asolado Janasthana. Los dioses de gran alma no vinieron allí. No hay que albergar duda alguna sobre este punto. Las flechas emplumadas, chapadas de oro cerca de la parte emplumada, convertidas en serpientes de cinco bocas, devoraron a los rakshasas. Adondequiera que los rakshasas, oprimidos por el miedo, van, ven a Rama apostado ante ellos. De este modo, oh sin pecado, Janasthana ha sido exterminado por él». Al oír las palabras de Akampana, Ravana dijo: «Iré a Janasthana para matar a Rama con Lakshmana». Cuando hubo dicho esto, Akampana dijo: «Oiga, oh rey, el verdadero informe del poderío y la virilidad de Rama. Enfurecido, el famosísimo Rama no puede ser contenido mediante el ejercicio del vigor. Y por medio de sus flechas puede hacer que un río en plena crecida invierta su curso. Y puede hacer bajar del cielo sus estrellas y planetas, y aquel gracioso puede recuperar la Tierra hundida. Y aquel señor puede sumergir a todas las criaturas hendiendo los continentes del mar, y con sus flechas puede resistir el embate del océano y del viento; y aquel ilustre, aquel primero de las personas, por virtud de su vigor, destruyendo los mundos, puede crear de nuevo todas las criaturas. Oh de diez cuellos, en verdad, Rama no puede ser sometido en combate, ni por usted ni por el mundo de los rakshasas, así como el cielo es incapaz de ser alcanzado por un pecador. Lo tengo por incapaz de ser matado por todos los dioses y asuras juntos. Este es el único medio de matarlo. ¡Escúchelo con atención! Tiene una esposa de sólido mérito sobre la tierra, y aquella de esbelto talle es conocida por el nombre de Sita. Está en plena flor de la juventud y tiene una persona simétrica, una joya entre las mujeres, adornada de joyas. Y ni una diosa, ni una gandharvi, ni una apsari, ni una pannagi es igual a ella; ¿y qué es una hembra humana? Tras castigarlo a él, lleve usted, en el poderoso bosque, a la esposa de él. Sin Sita, Rama dejará de existir». Entonces el señor de los rakshasas, Ravana, se complació por casualidad en aquellas palabras; y reflexionando (un rato), aquel de brazos poderosos se dirigió a Akampana, diciendo: «Muy bien. Iré allí solo, acompañado solo de mi cochero. Esta misma mañana, con corazón alegre, traeré a Vaidehi a este espacioso palacio». Dicho esto, Ravana partió, iluminando todos los lados, en un carro resplandeciente como el sol, uncido de mulas. Y recorriendo el firmamento, aquel poderoso carro de aquel primero de los rakshasas parecía la Luna entre nubes. Y avanzando lejos, él, acercándose a la ermita (del hijo de Taraka), se presentó ante él. Y Maricha agasajó al rey con comidas y bebidas sobrehumanas. Y habiéndolo agasajado personalmente con un asiento y agua (para lavarse los pies), Maricha dijo estas palabras preñadas de sentido: «Oh rey, oh señor de los rakshasas, ¿están bien los mundos? Estoy lleno de temor: sospecho que no todo está bien, puesto que usted ha venido aquí (solo) con tan precipitada celeridad». Así interpelado por Maricha, el sumamente enérgico Ravana, versado en el habla, dijo: «Hijo mío, los guardianes (de Janasthana) han sido muertos por Rama, de incansable energía; y todo Janasthana, incapaz de ser matado, ha sido (por él) abatido en batalla. Ayúdame, pues, a llevarme a su esposa». Al oír estas palabras del señor de los rakshasas, Maricha dijo: «¿Qué enemigo suyo, en figura de amigo, le ha hablado de Sita? Y, oh primero de los monarcas, ¿quién, habiendo sido agasajado por usted, no le guarda buena voluntad? Dígame, ¿quién es el que le ha dicho: “Traiga aquí a Sita”? ¿Quién es el que ha puesto su corazón en cortar la cima de todo el mundo de los rakshasas? Debe de ser enemigo suyo quien lo incita a esto. De esto no hay la menor duda. Quiere extraer, por medio de usted, los colmillos de una serpiente venenosa. ¿Quién (se propone) descarriarlo imponiéndole tal acción? ¿Quién, oh rey, ha golpeado en la cabeza a usted, que dormía en paz? Raghava en la guerra es como un elefante enloquecido, que tiene un linaje sin mancha por trompa, sudor por exudación temporal, y brazos bien apoyados a su lado por colmillos. Oh Ravana, usted no es capaz ni de mirarlo. No debe despertar al hombre-león dormido, ese matador de hábiles rakshasas semejantes a ciervos, con su juego en el campo por articulaciones y vello, flechas por cuerpo y afilada cimitarra por dientes. Oh Soberano de los rakshasas, no debe usted arrojarse a este espantoso y sin fondo océano, que tiene el arco por caimanes, la actividad de los brazos por brillo, las flechas por olas y el combate por aguas. ¡Sea propicio, oh señor de Lanka! Oh primero de los rakshasas, con corazón contento, mejor será que se vaya usted por su camino a Lanka. Solácese siempre con sus propias esposas: que Rama, en compañía de su esposa, se solace en los bosques». Así interpelado por Maricha, el de diez gargantas Ravana desistió y entró en Lanka, la mejor de las capitales.

Section 31

Al ver a catorce mil rakshasas de espantosos actos, junto con Dusana, y Khara, y Trisiras, muertos en batalla por Rama solo, aquella semejante a nubes, Surpanakha, se puso de nuevo a lanzar poderosos sonidos. Y presenciando las hazañas de Rama, incapaces de ser llevadas a cabo por otros, ella, sumamente agitada, fue a Lanka, regida por Ravana. Y vio al resplandeciente Ravana ante su palacio, rodeado de sus consejeros, como Vasava rodeado de los Maruts; sentado en un supremo asiento de oro semejante al sol, y semejante a un fuego llameante sobre un estrado de oro mantenido vivo por ofrendas sacrificiales; inconquistable por santos de alma elevada, celestiales, gandharvas y todas las criaturas; terrible como el Destructor con la boca abierta de par en par; con su persona llevando cicatrices de heridas infligidas por el rayo y los relámpagos, en la guerra entre los dioses y los asuras; con el pecho portando marcas de ataques hechos por Airavata con las puntas de sus colmillos; que tenía veinte manos y diez cabezas, vestido de elegante atuendo; de ancho pecho; heroico; marcado con señales regias; (en color) semejante a frescos lapislázulis; engalanado de ornamentos de oro bruñido; de hermosas manos, dientes blancos y un enorme rostro semejante a una colina; aquel mismo que en la guerra de los dioses había sido asaltado de cien maneras con el descenso del disco de Vishnu; cuyo cuerpo había sido cortado con todas las armas de los celestiales; (aquel) que perturba furiosamente lo profundo imposible de perturbar; arranca cumbres de montaña y pisotea a los dioses, el destructor de la rectitud y el violador de las esposas ajenas; el que emplea todas las armas celestiales y el perturbador de sacrificios; que, yendo a la ciudad de Bhogavati y venciendo a Vasuki, se había llevado a la amada esposa de Takshaka; que, yendo a Kailasa y derrotando a aquel que tiene por vehículo a un ser humano, se había llevado el carro Pushpaka, que corre por doquier a voluntad; que, dotado de poderío, había devastado el divino bosque Chaitraratha, el estanque (situado allí) y el bosque Nandana, así como los jardines de los dioses; y que, semejante él mismo a una cumbre de montaña, había obstruido con sus brazos alzados el ascenso del exaltado Sol y de la Luna, estos sometedores de enemigos; que, dotado de serenidad, habiendo practicado antiguamente durante diez mil años el ascetismo en el poderoso bosque, ofreció sus propias cabezas al autocreado; que en el combate no teme la muerte de parte de dioses ni de danavas ni de gandharvas, ni de pisachas ni de aves ni de serpientes, de ninguno salvo de seres humanos; que, dotado de prodigiosa fuerza, se lleva por la fuerza la mantequilla clarificada santificada con mantras desde el recinto sacrificial; el destructor de sacrificios a punto de completarse; de naturaleza villana; el matador de brahmanes; de crueles actos; áspero y despiadado, y siempre empeñado en hacer el mal a todas las criaturas; y que vitupera con furia a todas las criaturas; el inspirador de miedo en todos los seres. Y la rakshasi vio a su sumamente poderoso y cruel hermano, vestido de vistosa indumentaria y ornamentos, y adornado de una gloriosa guirnalda, sentado, como el Destructor en el momento (de la disolución) dispuesto (a destruir); el exaltado jefe de los rakshasas; el deleite de la raza de Paulastya. Aturdida de miedo, la rakshasi, acercándose a aquel destructor de enemigos, Ravana, rodeado de sus consejeros, dijo estas palabras. Y transportada de miedo y de deseo, Surpanakha, dada a andar sin miedo por todas partes, que había sido desfigurada por aquel de alma elevada, mostrando (su mutilación), dirigió estas ásperas palabras a Ravana, de llameantes y amplios ojos.

Section 32

Entonces la desdichada Surpanakha, con alta ira, habló con aspereza en medio de los cortesanos a Ravana, dado a vituperar en voz alta a todas las criaturas: «Embriagado de goces, obrando como quieres y sin control alguno, no ves que se cierne un espantoso desastre. Los súbditos no estiman a un monarca que es dado a los goces sensuales, está empeñado en satisfacer su lujuria y es codicioso como el fuego de un cementerio. El rey que no obra a su debido tiempo halla la destrucción junto con su reino y sus actos. Como los elefantes rehúyen el río fangoso, la gente rehúye desde lejos al gobernante que no envía espías, que no se muestra (a sus súbditos) y que ha perdido su independencia. Como peñascos en el mar, aquellos monarcas que no administran sus dominios, que no son independientes, no prosperan. Habiéndote granjeado la hostilidad de los dioses, de los danavas y de los gandharvas de almas y sentidos sometidos, ¿cómo puedes tú, que eres inconstante y no has empleado espías, llegar a ser rey? Y, oh rakshasa, eres pueril e insensato; y no sabes lo que debes. ¿Cómo puedes entonces llegar a ser rey? Oh mejor de los conquistadores, aquellos reyes cuyos espías, tesoro y moral no son libres, son como el común del rebaño. Es porque los reyes conocen los peligros lejanos por medio de espías que se los llama de larga vista. Creo que no tienes espías y que tus consejeros son gente común, pues aunque Janasthana con tu pariente está destruido, tú no te lo tomas a pecho. Catorce mil rakshasas de espantosos actos, con Khara y Dusana, han sido todos muertos por Rama solo; Rama, de incansable energía, ha infundido valor a los santos; los Dandakas han sido favorecidos; y Janasthana ha sido hostigado. Pero tú, codicioso y embriagado y en poder de otros, no comprendes que se cierne sobre (ti) un gran peligro. La gente no ayuda en tiempos de peligro a un soberano que es colérico, tacaño, embriagado, altivo y engañoso. Hasta sus propios parientes matan a un soberano que concede inmensa estima a su propio yo, es de poco valor, se tiene en alta estima y es irascible. No lo sirven; ni temen cuando él los intimida. Tal persona es pronto destronada; y reducida a la pobreza y se vuelve como una paja. Hasta la leña seca puede servir para un fin; o la piedra, o el polvo; pero ningún fin puede ser servido por un soberano que ha sido echado de su lugar. Como una tela que ha sido usada, como una guirnalda que ha sido pisada, un rey que ha sido destronado, aunque capaz, no tiene importancia. Pero un rey que mantiene su juicio despierto, lo entiende todo, es de sentidos dominados, y agradecido, y de virtuoso carácter, perdura para siempre. Ese rey es honrado por los hombres: el que, durmiendo con los ojos, está despierto por lo que toca a su ojo del deber, y cuya ira y favor (cuyos efectos) son vistos (por todos). Pero tú, Ravana, que no te has informado por medio de espías de la matanza de rakshasas, eres de mal entendimiento y privado de todas estas virtudes, dado a deshonrar a otros, ignorante de la debida distribución del tiempo y del lugar, y sin cuidarte nunca de distinguir méritos y defectos; tú, estando tu reino en peligro, hallarás pronto el desastre». Habiendo sido así celebrados por ella (Surpanakha) sus vicios, aquel señor de los vagabundos de la noche, Ravana, cavilando un rato, estuvo largo tiempo sumido en el pensamiento.

Section 33

AL ver a Surpanakha hablar con palabras ásperas en medio de los cortesanos, Ravana, enfurecido, le preguntó, diciendo: «¿Quién es Rama? ¿Y cuál es su poderío? ¿Y cuál su forma? ¿Y cuál su poder? ¿Y por qué ha entrado en el bosque de Dandaka, difícil de recorrer? ¿Y cuáles son las armas de Rama, por medio de las cuales ha matado a los rakshasas? Y Khara ha sido muerto en batalla, y Dusana y Trisiras. Dime tú, oh de agradable persona, la verdad. ¿Y quién te ha desfigurado?». Así interpelada por el señor de los rakshasas, la rakshasi, transportada de ira, comenzó a narrar debidamente todo acerca de Rama. «Rama, el hijo de Dasaratha, es de largos brazos, de amplios ojos, vestido de corteza y de oscura piel de ciervo, y semejante a Kandarpa en gracia. Y tensando un arco semejante al de Sakra, adornado con anillos de oro, dispara llameantes narachas, semejantes a serpientes de virulento veneno. No veo en el campo a Rama tensando su arco: solo veo a la hueste siendo matada por una lluvia de flechas. Y como Indra destruye (un campo de) buenas mieses vertiendo piedras de granizo, catorce mil rakshasas de espantoso poderío, así como Khara y Dusana, fueron en poco más de un momento muertos con afiladas flechas por Rama, que combatía solo a pie. Y ha tranquilizado a los santos, y yo sola, tras haber sido desfigurada, por miedo a matar a una mujer, he sido dejada ir por Rama, de alma elevada, conocedor del yo. Su hermano está dotado de poderosa energía, y en mérito es de igual poderío; y es devoto de su hermano, y le tiene respeto; el poderoso se llama Lakshmana. Y colérico e invencible y victorioso, y fuerte, e inteligente y poderoso, (él) es el brazo derecho de Rama, su vida que anda por fuera. Y la amada esposa de Rama, virtuosamente desposada, de amplios ojos y rostro semejante a la luna llena, siempre vela por el bien de su señor. Y aquella ilustre de hermosos cabellos, hermosa nariz y hermosos muslos, poseedora de belleza, adorna el bosque como una diosa, como si fuera la misma diosa de la riqueza. Del lustre del oro bruñido, con las uñas de los dedos rojizas y salientes, y graciosa, aquella moza de sobrepujante hermosura se llama Sita, la hija de Videha, de esbelto talle. Y ni una diosa, ni una gandharvi, ni una yakshi, ni una kinnari, he visto yo antes sobre la tierra, poseedora de tal belleza. Aquel que tenga a Sita por esposa, y que sea cálidamente abrazado por ella, vivirá más tiempo que el propio Señor de los celestiales. Aquella muchacha de buen natural, sin par sobre la tierra en hermosura, que bien puede enorgullecerse de su persona, es una esposa digna de ti; y tú también eres un marido apropiado para ella. Es para traerte a aquella de amplias caderas y de busto alto y bien desarrollado que yo había hecho mis esfuerzos. Pero, oh de brazos poderosos, he sido desfigurada por el malvado Lakshmana. En cuanto hayas visto a Vaidehi, de semblante semejante a la luna llena, serás afligido por las flechas de Cupido. Si es tu propósito tenerla por esposa, extiende de inmediato tu pierna derecha, para alcanzar el éxito. Si, oh señor de los rakshasas, te place mi discurso, entonces, oh Ravana, sin miedo, haz como te digo. Comprendiendo su incapacidad, haz tú, oh señor de los rakshasas, para hacerla tu esposa, que por la fuerza te lleves a la frágil Sita, de irreprochable persona. Oyendo que Rama, por medio de flechas de recto curso, ha matado a los rakshasas que habían ido a Janasthana, y viendo muertos a Khara y Dusana, determina tú tu rumbo y adóptalo».

Section 34

Al oír aquellas palabras de Surpanakha, capaces de erizar los cabellos, (Ravana), determinando su rumbo tras dar sus órdenes a sus consejeros, partió. Y proponiéndose para sí aquel acto, sopesando su bien y su mal, considerando su capacidad o lo contrario, y (por fin) determinando su propósito, Ravana, con mente firme, fue a la hermosa cuadra. E yendo a la cuadra disfrazado, el señor de los rakshasas ordenó al cochero, diciendo: «Unce el carro». Así requerido, el cochero, dotado de ágil vigor, en un instante unció un excelente carro a su gusto. Y subiendo al carro que corre a voluntad, hecho de oro y guarnecido de rostros espectrales, así como de flechas adornadas de oro, semejante a una masa de nubes, el gracioso soberano de los rakshasas, hermano menor del Señor de la riqueza, avanzó en aquel (vehículo) sin ruido, junto al señor de los ríos y arroyos. Y con abanicos de cola de yak de pelo blanco y una sombrilla blanca, de diez rostros, semejante (en color) a frescos lapislázulis, portando ornamentos de oro bruñido, poseedor de diez bocas y veinte brazos, vestido de elegante atuendo, el enemigo de los celestiales y matador de los primeros entre los ascetas, de enormes cabezas semejantes al monarca de las montañas, el señor de los rakshasas, montado en aquel carro que corre a voluntad, parecía hermoso como una masa de nubes en el cielo, con grullas, en medio del relámpago. Y aquel poseedor de poderío contempló la orilla del mar, con peñascos, sembrada de árboles que daban frutos y flores de diversas clases por millares, bordeada por todas partes de estanques provistos de aguas frescas y deleitosas, adornada de espaciosas ermitas con estrados, engalanada de bosques de plátanos, hermosa de cocoteros y de sala en flor, y de palmiras, y de árboles tamala, agradable por los supremos santos que reprimen rigurosamente su miedo, y por serpientes y aves de hermosas plumas y gandharvas y kinnaras por millares; y placentera por siddhas y charanas que han dominado su lujuria; con aquellos descendientes de Brahma, los Vaikhanasas, los Mashas, los Valakhilyas y los Marichipas; llena de mujeres, divinamente hermosas, ataviadas de vistosos ornamentos y guirnaldas, y de apsaras hábiles en el juego, por millares; frecuentada por las esposas de los celestiales y honrada por graciosas muchachas; recorrida por multitudes de deidades y danavas, que se alimentan de ambrosía; abundante en cisnes, kraunchas y ranas, resonante de (los gritos de) grullas; con piedras semejantes al lapislázuli, y suave y fresca por la influencia del océano. Y mientras avanzaba, el hermano menor del Señor de la riqueza vio por todos lados espaciosos carros capaces de correr a voluntad, oscuros, provistos de hermosas guirnaldas y resonantes de sones de trompeta, y gandharvas y apsaras. Y contemplando por millares bosques de sándalo que exudan goma en sus raíces, y de selecto aguru, grato al sentido del olfato; y bosques y arboledas de excelentes y olorosos frutos de takkola; flores del tamala y matorrales de pimienta negra; montones de perlas secándose en la orilla; rocas; los mejores corales en masas; cumbres de oro y de plata; encantadores arroyuelos transparentes en algunos lugares; y ciudades llenas de grano y de riqueza, abundantes en joyas de mujeres y atestadas de caballos, elefantes y carros, Ravana contempló en la orilla del océano, a su alrededor, una escena llana y suave, semejante al mismísimo cielo, donde alentaban brisas de delicado tacto. Y allí vio una higuera, del color de las nubes, rodeada de ascetas; sus ramas se extendían en derredor cien yojanas, y el poderosísimo Garuda se había posado en una de sus ramas, llevando un elefante y una enorme tortuga, con el propósito de devorarlos. Y aquel mejor de las aves, el poderoso Suparna, con su peso quebró de súbito una rama que contenía muchísimas hojas. Y sucedió que los Vaikhanasas, los Mashas, los Valakhilyas, los Marichipas, los Ayas y los Dhumras, santos del más alto orden, se habían reunido allí. Entonces, movido por la conmiseración (hacia los ascetas), el virtuoso Garuda, tomando con prontitud la rama quebrada, de cien yojanas de largo, así como el elefante y la tortuga, por una pata, devorando por fin a los animales y exterminando, por medio de la rama, el país de los nishadas, aquel mejor de las aves alcanzó incomparable deleite por haber rescatado a los poderosos ascetas. Entonces, adquiriendo doble energía por virtud de aquel deleite, aquel inteligente puso su corazón en traer la ambrosía. Y arrancando los eslabones de hierro de la red, e irrumpiendo en el depósito de gemas, se llevó la ambrosía guardada en la morada del gran Indra. El hermano menor de Kubera contempló esta higuera, llamada Subhadra, engalanada con el Maharshi, en la cual Suparna había dejado su marca. Luego, dirigiéndose a la otra orilla de aquel señor de los ríos, el océano, Ravana vio una ermita situada en el bosque, en un encantador y sagrado rincón. Y allí vio a un rakshasa llamado Maricha, vestido de oscura piel de ciervo, portador de una cabeza de cabellos enmarañados, que vivía de una dieta restringida. Y acercándose debidamente a Ravana, el rakshasa Maricha recibió al rey con toda hospitalidad sobrehumana. Y habiéndolo agasajado personalmente con comidas y bebidas, Maricha le dijo con graves palabras: «Oh señor de los rakshasas, oh rey, ¿le va bien en Lanka? ¿Y a qué ha vuelto aquí tan presto?». Así interpelado por Maricha, aquel poderosísimo, hábil en el habla, Ravana dijo:

Section 35

«Oh Maricha, óyeme, hijo mío, mientras te refiero todo. Estoy angustiado; y en esta angustia mía tú eres sin duda mi gran refugio. Conoces Janasthana, donde vive mi hermano Khara, y el de brazos poderosos Dusana, y mi hermana Surpanakha; como también aquel rakshasa que se alimenta de carne (humana), el de largos brazos Trisiras, y muchos otros héroes vagabundos de la noche, de alto entusiasmo en las batallas, rakshasas que habían estado viviendo allí por mi orden, molestando en el poderoso bosque a los ascetas que llevaban a cabo sus piadosos oficios. Y catorce mil rakshasas de espantosos actos, heroicos, de elevado ánimo, rakshasas poseedores de excesivo poderío, que residían ha poco en Janasthana, vestidos de cota de malla y equipados con diversas armas, encabezados por Khara, se encontraron con Rama en el campo. Enfurecido, Rama en el combate, sin devolver ninguna palabra áspera, por medio de sus flechas disparadas desde su arco, ha matado, siendo un ser humano y combatiendo a pie, con sus llameantes flechas a catorce mil rakshasas de fiera energía. Y Khara ha sido muerto en batalla, y Dusana también ha sido abatido. Y habiendo matado también a Trisiras, (Rama) ha librado a Dandaka de todo temor. Tras haber sido expulsado por su airado padre, aquel oprobio de los kshatriyas, el débil Rama, viviendo en compañía de su esposa, ha efectuado la destrucción de este ejército. Es de carácter vil, rudo, necio, codicioso, de sentidos incontrolados, privado de moral, pecador y siempre empeñado en el mal de todas las criaturas, por quien, violentamente y sin hostilidad, mi hermana ha sido desfigurada en el bosque con la nariz y las orejas cortadas. De él me llevaré por la fuerza de Janasthana a su esposa, Sita, semejante a la hija de un celestial. Sé tú mi ayuda en ello. Por cierto, oh sumamente fuerte, si tú me ayudas a mi lado, si mis hermanos también me respaldan, no tengo en mucho a todos los celestiales. Por tanto, sé mi ayuda; pues eres capaz, oh rakshasa. En poderío en la batalla y en lo indomable no hay nadie como tú. Eres un poderoso héroe que dispone de recursos y versado en poderosas exhibiciones ilusorias. Tomando esto a pecho, he venido a ti, oh vagabundo de la noche. Escucha acerca del asunto en el cual por mi orden has de ayudarme. Hecho un ciervo de oro, marcado con manchas de plata, anda por la ermita de Rama en presencia de Sita. Al verte indefenso, en forma de ciervo, Sita dirá a su señor y también a Lakshmana: “Atrápenlo”. Y cuando se hayan marchado, me llevaré yo de la ermita vacía a Sita sin estorbo, como Rahu privando a la Luna de su esplendor. Luego, cuando Rama esté gravemente afligido por el rapto de su esposa, llevaré fácilmente, coronando mi alma de éxito, a Sita a salvo». Al oír las palabras de Ravana, el rostro de Maricha, de alma elevada, quedó en blanco y se apoderó de él el temor. Y lamiéndose los labios resecos, con ojos que no parpadeaban, (Maricha), como muerto y sumamente angustiado, miró fijamente a Ravana. Y alarmado a causa de Ravana, con la mente abatida, Maricha, que conocía bien el poderío de Rama en el bosque, con las manos juntas, en agitación, habló palabras que conducían al bienestar suyo y de Ravana.

Section 36

Al oír las palabras de aquel soberano de los rakshasas, el sumamente enérgico Maricha, hábil en el habla, respondió al jefe de los rakshasas, diciendo: «Oh rey, el que habla palabras suaves es común, pero el que dice palabras desagradables aunque beneficiosas, y el que las escucha, son rarezas. Voluble, y sin emplear espías, usted ciertamente no comprende al sumamente poderoso Rama, que se alza elevado en virtudes y es semejante al ilustre Indra o al mismísimo Varuna. Estaré bien, hijo mío, si Rama, encendido de ira, no deja a todo el mundo privado de rakshasas; si la hija de Janaka no ha surgido para procurar la destrucción de usted; si un espantoso desastre no cae sobre usted por causa de Sita; y si, habiendo obtenido por señor a usted, que es voluntarioso y malvado, la ciudad de Lanka no halla, con usted y los rakshasas, total exterminio. El soberano que es malvado, caprichoso y de mala intención como usted trae su propia destrucción, así como la de su reino y de sus parientes. Rama, el que acrecienta el deleite de Kausalya, no ha sido abandonado por su padre, ni carece de corrección de conducta; no es avaro, ni malvado, ni destructor de la raza de los kshatriyas. No le faltan méritos religiosos ni logros, ni es de temperamento áspero y empeñado en causar miseria a las criaturas. Hallando a su veraz padre engañado por Kaikeyi, se ha ido a vivir a los bosques. Para procurar el bienestar de su padre Dasaratha y de Kaikeyi ha entrado en el bosque de Dandaka. Rama, oh hijo mío, no es áspero ni necio; ni carece de dominio sobre sus sentidos. Lejos de decir falsedad, no conoce siquiera falsas historias. No le conviene, pues, usar tal lenguaje impropio contra él. Es una encarnación de la virtud, piadoso y veraz, y señor de todos los hombres como Vasava de todos los celestiales. ¿Cómo desea usted, entonces, llevarse por la fuerza a su Vaidehi, protegida por virtud de su propia castidad, semejante a los rayos del Sol? No le conviene entrar en aquel fuego de Rama, que tiene flechas por rayos y arco y cimitarra por combustible. No le conviene, oh Ravana, acercarse a Rama, renunciando a su reino, a su felicidad y al amor a la vida, a él que es semejante a la muerte misma y tiene el arco por su ensanchada y llameante boca, y flechas por sus rayos, y que es irreprimible, de gran poderío, portador de arcos y flechas y rechazador de las fuerzas del enemigo. Incomparable es su poder; la hija de Janaka es su esposa y vive en el bosque confiando en la poderosa fuerza de su arco; usted no podrá llevársela. Ella es la amada esposa de aquel mejor de los hombres de pecho leonino, y él tiene a su esposa por más querida que su vida y está siempre apegado a ella. Y la joven Sita, amada del poderoso Rama y semejante a los rayos del fuego llameante, es siempre incapaz de ser llevada por usted. ¿De qué sirve este vano intento, oh jefe de los rakshasas? Apenas Rama lo vea en la batalla, usted hallará su fin. Difícil es alcanzar vida, felicidad y reino, así que le conviene obrar con acierto, tras consultar con sus ministros encabezados por Bibhishana, juzgando los méritos y deméritos de Rama y calculando su propia fuerza y la de él, así como su bienestar. Me parece que su inminente conflicto con el hijo del jefe de Kosala no presagia nada bueno para usted; oiga, pues, de nuevo, oh príncipe de los vagabundos de la noche, palabras sensatas y conducentes a su bienestar.

Section 37

«En otro tiempo andaba yo ocupado en recorrer toda la tierra. Tenía en mi cuerpo, semejante a una enorme montaña, la fuerza de mil nagas. Tenía una parigha en las manos, una corona en la cabeza y pendientes de oro en las orejas, y mi cuerpo era de un color azul oscuro como el de una nube. Causando espanto a la gente, solía vagar por el bosque de Dandaka y vivir de la carne de los rishis. El piadoso asceta Visvamitra, temiéndome, fue en persona al rey Dasaratha y dijo: “Cuando yo permanezca absorto en meditación en la ocasión del parva, que Rama me proteja, oh rey. En verdad temo a este Maricha”. Así interpelado por el asceta, el rey Dasaratha, de alma virtuosa, respondió, diciendo: “Raghava aún no tiene doce años y no ha sido bien adiestrado en las artes militares. Pero tengo soldados suficientes y, si usted lo permite, oh mejor de los ascetas, yo con mis cuatro fuerzas mataré a sus enemigos, los vagabundos de la noche”. Así interpelado, aquel asceta habló al monarca, diciendo: “Cierto es que fue el protector de los celestiales en la Guerra y que sus hazañas son bien conocidas de todos, pero nadie podrá resistir a los rakshasas sino Rama. El sumamente enérgico Rama, aunque muchacho, está suficientemente capacitado para derrotar a los enemigos; por tanto, oh Destructor de enemigos, que su soldadesca se quede aquí y deje que yo vaya con Rama. ¡Que Dios le bendiga!”. Diciendo esto, el asceta Visvamitra, complacido, fue a su ermita junto con Rama. Después, habiendo sido iniciado para el sacrificio en el bosque de Dandaka, Rama, tras destensar su poderoso arco, vino junto al asceta para proteger el sacrificio. Tenía una cadena de oro al cuello, un copete en la cabeza y un arco en las manos; tenía un par de hermosos ojos y una sola pieza de tela; su semblante era de tez verde y de exquisita belleza, y ni siquiera entonces aparecían en su rostro bigotes u otras señales de virilidad. Embelleciendo todo el bosque de Dandaka con su propio esplendor, Rama parecía la luna recién salida. Entonces yo, semejante a una nube y con aretes de oro, entré en la ermita, orgulloso de mi poder a causa de los dones que Brahma me había ofrecido. Al verme entrar, él tomó su dardo y colocó la cuerda en su arco con debido cuidado. Bajo el influjo de pura necedad, pasé junto a él como junto a un niño y me lancé hacia el altar sacrificial de Visvamitra. Entonces él me hirió con una espada afilada, capaz de acabar con los enemigos, y me arrojó al océano situado a una distancia de cien yojanas. No tenía en mente matarme entonces y por ello me salvó la vida. Fui arrojado, sin embargo, al profundo océano, estorbado por la velocidad de sus flechas y habiendo perdido el conocimiento. Recobrando el sentido después de mucho rato, regresé a la ciudad de Lanka. Salvado yo así, mis seguidores, sin embargo, fueron todos muertos por Rama, de incansable actividad, aunque mero niño y novicio en el arte de la guerra. Es por esto que se lo impido; usted se verá abrumado de calamidades y hallará la destrucción si se enzarza en batalla con él. En vano provocará usted la aflicción de los rakshasas alegres y juguetones, que siempre presencian festividades sociales. Y en vano, por Sita, procurará usted la destrucción de la ciudad de Lanka, adornada con diversas joyas y llena de edificios de oro. Los hombres piadosos que viven con un hombre vicioso hallan la destrucción por los pecados de él, aunque ellos mismos no cometan ninguna mala acción, como los peces (devorados por Garuda) que viven en un lago donde moran serpientes. Así verá usted que, por su propia necedad, los vagabundos de la noche, adornados con ornamentos celestiales y con el cuerpo untado de sándalo, han sido muertos y abatidos a la tierra. Y ellos, privados de refugio, han huido en diferentes direcciones, algunos con sus esposas y algunos solos, habiéndoles sido llevadas las esposas (por los enemigos). Observará usted además que todos los edificios de Lanka, envueltos en flechas y fuego llameante, han sido reducidos a cenizas. No hay mayor pecado sobre la tierra que llevarse la esposa de otro. Hay mil damas en su serrallo, oh rey. Apegado a sus esposas, preserve usted la raza de los rakshasas, su propio linaje, su ansiada vida, su reino, su riqueza y su dignidad. No provoque el daño de Rama si desea vivir feliz con sus esposas y amigos. Soy su amigo y le pido una y otra vez que desista (de sus malas intenciones); si usted se abalanza sobre Sita, ciertamente irá, junto con sus parientes, a la morada de Yama, debilitado por las flechas de Rama.

Section 38

«Sin embargo, de algún modo fui salvado por Rama en aquel combate. Escuche lo que sucedió después. No fui humillado ni siquiera por el peligro de mi vida. Una vez más entré en el bosque de Dandaka, acompañado de dos rakshasas que tomaban la forma de ciervos. Tenía una lengua llameante, enormes dientes, cuernos afilados, y vivía de la carne de los ascetas. Tomando tan terrible apariencia, empecé a recorrer con gran vehemencia los Tirtha, los Agnihotri y el lugar de culto; comiendo la carne y bebiendo la sangre de los ascetas tras matarlos, empecé a estorbar todos los servicios religiosos. Tenía una figura sumamente fea y estaba enloquecido de beber sangre, y todos los animales del bosque se espantaban sobremanera de mí. Mientras recorría así el bosque de Dandaka poniendo obstáculos a los servicios religiosos, vi al piadoso asceta Rama, que vivía de una dieta restringida, a la honrada Sita y al poderoso Lakshmana, que se entregaban al ascetismo, moderados en el comer y siempre dedicados al bienestar de los seres creados. Recordando su anterior enemistad y engrandecimiento, yo, sumamente colérico, en mi forma de ciervo y con mis afilados cuernos, me lancé hacia él con la intención de matarlo, considerando, por mi ignorancia, al resplandeciente Rama no otra cosa que un asceta que vivía en el bosque. Entonces, tensando su enorme arco, disparó contra mí tres afiladas flechas. Aquellas tres terribles flechas de nudos curvos, semejantes a rayos, que matan enemigos y beben sangre, y que tienen el movimiento de Garuda y del aire, juntándose entre sí vinieron ante nosotros. Malvado como soy, yo era plenamente consciente de su poderío, por haber sido asustado por él en una ocasión anterior, y así me salvé escapando, pero aquellos dos rakshasas fueron muertos. Oh Ravana, salvado de algún modo de las flechas de Rama y habiendo recobrado la vida, he recurrido a la vida de asceta y he estado practicando aquí el ascetismo, absorto en Yoga.

«Desde aquel mismo día veo a Rama vestido de corteza y de piel de ciervo hasta en los mismos árboles ante mí, como la Muerte con el lazo en las manos. Aterrado como estoy, veo siempre miles de Ramas a mi alrededor. Me parece que todo el bosque está habitado solo por Rama. Oh rey de los rakshasas, veo a Rama incluso en el rumbo donde no hay Rama. Viéndolo hasta en mis sueños, miro a mi alrededor como quien despierta. Oh Ravana, ¿qué más he de decirle? Tanto temo a Rama que palabras como Ratna (joya) y Ratha (carro), que comienzan con la letra Ra, me infunden consternación a mí. Estoy plenamente enterado del poderío de aquel descendiente de Raghu; no le conviene entrar en conflicto con él; él puede destruir a Vali y a Namuchi. Ravana, ya combata usted con Rama o no, no me lo mencione si desea verme. Muchas personas piadosas y entregadas al ascetismo sobre esta tierra han hallado la destrucción por las malas acciones de otro. Y yo hallaré un destino semejante por sus pecados. Oh vagabundo de la noche, haga usted lo que quiera, yo no lo seguiré. Verdaderamente es aquel Rama, sumamente inteligente y resplandeciente, de gran poderío, como la muerte misma para los vagabundos de la noche. Aunque el malvado Khara de Janasthana ha sido muerto por él a causa de Surpanakha, ¿en qué es él culpable de ello? Hable usted con verdad. Es usted mi amigo; por esto y por su bienestar le digo esta verdad. Si no sigue mis palabras, usted, con todos sus parientes, será muerto en batalla por Rama».

Section 39

Como quien desea hallar su fin no toma medicina, Ravana, el rey de los vagabundos de la noche, no hizo caso de las apropiadas y sanas palabras de Maricha, hábil en el habla, que le presagiaban el bien. Además, le dirigió las siguientes ásperas palabras: «Oh Maricha, lo que me has dicho no dará fruto alguno, como semillas sembradas en tierra de desierto. No me asustaré por ello de combatir a ese necio Rama, un ser humano de viciosas acciones. Seguramente, ante ti, quitaré a ese Rama, el destructor de Khara, su favorita esposa, por cuyas palabras se fue a vivir a los bosques renunciando a su padre, a su madre, a su reino y a sus amigos. He tomado esta firme resolución en mi mente, oh Maricha; ni siquiera Indra, con los celestiales y los asuras, podría hacerla vacilar. Habría sido apropiado que dieras rienda suelta a estas expresiones si yo te hubiera pedido consejo para averiguar mi deber, la corrección o incorrección de mi acción, sus ganancias o pérdidas. Un sabio consejero que desea la prosperidad para sí debe siempre comunicar a su señor su parecer, con las manos juntas, siempre que se le pida. Siempre es apropiado decir ante los monarcas palabras agradables y favorables que están destinadas al bienestar del señor y sancionadas por la etiqueta real. Un rey respetable no recibe de buen grado las palabras amistosas ni siquiera cuando se expresan sin respeto. Los soberanos de soberbio poderío asumen la semejanza de cinco deidades: Agni, Indra, la Luna, Yama y Varuna. Los reyes poderosos, oh Vagabundo de la noche, asumen altivez, poder, una mirada plácida y contentamiento, y administran castigo a los malvados. Han de ser, pues, adorados y honrados en todas las ocasiones. Tú ignoras la moral regia y estás totalmente absorto en la ilusión. Por eso, por la maldad de tu corazón, me diriges a mí, tu huésped, estas ásperas palabras. No te pregunto a ti, oh rakshasa, acerca de la corrección (de mi conducta ni acerca de mi bienestar. Solo te pedí tu ayuda. Escucha lo que tendrás que hacer a mi petición en mi auxilio: tomando la forma de un ciervo de piel de oro pintada con gotas plateadas, dirígete a la ermita de Rama y, vagando libremente ante Vaidehi, tras cautivarla toma tu deseado camino. Vaidehi, herida de asombro al verte, ciervo de oro capaz de ilusiones, pedirá a Rama que te consiga pronto para ella. Una vez Kakutstha haya salido de la ermita, tú, a gran distancia, proferirás gritos como “¡Oh Sita, oh Lakshmana!”, imitando su voz (la de Rama). Al oír esos gritos, Lakshmana también, por mandato de Sita, irá hacia Rama. Cuando tanto Rama como Lakshmana se hayan ido a otra parte de este modo, yo, para mi dicha, me llevaré a Vaidehi como la deidad de mil ojos que se llevó a Sachi. Oh rakshasa, ve adonde quieras después de hacer esto. Te conferiré, oh Maricha, la mitad de mi reino. Oh de auspiciosa mirada, dirígete hacia el bosque de Dandaka para llevar a cabo este fin mío; yo te seguiré en mi carro. Adquiriendo a Sita sin combate alguno, tras engañar a Rama, regresaré a Lanka, victorioso, junto contigo. Te mataré, oh Maricha, si no obedeces mi mandato. Te obligaré a hacer esto. Nadie puede alcanzar prosperidad y felicidad obrando contra la voluntad de su soberano. Ciertamente arriesgarás tu vida si te acercas a Rama, pero hallarás segura destrucción si obras contra mi voluntad. Piénsalo y haz lo que juzgues apropiado».

Section 40

Así mandado por Ravana, como por un rey, a obrar contra su voluntad, Maricha dirigió sin miedo al señor de los rakshasas las siguientes audaces palabras: «¿Qué persona de impías acciones le ha aconsejado a usted así, oh vagabundo de la noche, para exterminarlo a usted con su reino, sus consejeros y sus hijos? ¿Quién, de corazón vicioso, oh Rey, no se siente feliz con su bienestar? ¿Quién le ha señalado el camino de su muerte bajo el disfraz de sus medios? Oh Vagabundo de la noche, sin duda sus débiles enemigos desean provocar su destrucción haciéndolo entrar en conflicto con un hombre poderoso. ¿Qué hombre de mente pequeña y mala intención le ha aconsejado así? Oh Vagabundo de la noche, de veras desean ellos que usted atraiga la destrucción sobre sí mismo por sus propias acciones. Usted no extermina a sus consejeros, oh Ravana, aunque son dignos de ser destruidos. Pues no le impiden del todo su mal camino. Los sabios consejeros siempre refrenan a un rey que recorre una senda viciosa guiado por sus impulsos y pasiones; pero a usted lo tienen del todo descuidado, aunque debería ser puesto bajo freno por todos los medios. Oh usted, el mejor de los conquistadores, oh vagabundo de la noche, los ministros, por la gracia de su soberano, alcanzan virtud, riqueza, deseos y fama. Pero esos objetos nunca se alcanzan, oh Ravana, cuando no están en buen predicamento con su soberano; además, los súbditos sufren peligros cuando él está desprovisto de todas las cualidades. Oh usted, el mejor de los conquistadores, el rey es la raíz de la virtud y de la fama para los súbditos; por ello debe ser siempre protegido por ellos. Oh vagabundo de la noche, los reyes soberbios de cruel temperamento, que obran contra los súbditos, jamás pueden administrar sus reinos. Así hallan su fin también los ministros de cruel consejo, como un carro llevado a una senda salvaje por un auriga inexperto. Muchas personas piadosas sobre esta tierra, siempre empeñadas en el ejercicio de servicios religiosos, han hallado la destrucción, junto con sus parientes, por la necedad de otras personas. En verdad los súbditos, oh Ravana, nunca pueden esperar prosperar bajo el régimen de soberanos de natural ardiente que obran contra sus súbditos, como los ciervos bajo la protección de un chacal. Todos los rakshasas morirán sin duda, oh Ravana, cuyo señor es usted, necio, cruel y bajo el control de sus pasiones. No lamentaré lo más mínimo si me sobreviene un súbito accidente; lo que más deploro es que usted halle en poco tiempo la destrucción junto con su soldadesca. Procurando mi fin, Rama lo exterminará a usted en poco tiempo, y bienaventurado seré yo, muerto por un enemigo en el combate. Ciertamente sabe usted que apenas vea yo a Rama quedaré liquidado; usted, llevándose a Sita, hallará su fin junto con sus parientes. Y si usted trae a Sita conmigo desde la ermita, nadie se salvará: yo, usted mismo, la ciudad de Lanka y los rakshasas. A usted no le placen mis palabras, oh vagabundo de la noche, aunque se lo he impedido yo, que le deseo bienestar; los hombres que andan al borde de la muerte, casi acabando el término de su existencia, no reciben de buen grado los consejos de los amigos».

Section 41

Diciendo estas ásperas palabras a Ravana, Maricha, temiéndolo, dijo: «Iremos los dos. Seguramente seré privado de mi vida por él (por Rama), que toma su cimitarra y tiene arco y flechas en las manos, si voy ante él de nuevo. Al toparse con su poderío, usted nunca volverá con vida; él es como el lazo de la Muerte para usted, aunque haya burlado su poder. Es usted de alma viciosa, ¿qué puedo hacer por usted? ¡Que el éxito lo corone, oh vagabundo de la noche! Iré». El Señor de los rakshasas, complacido con las palabras de Maricha, lo abrazó cálidamente y dijo: «Esto es digno de tu heroísmo: que te hayas dispuesto a obrar conforme a mi deseo. Eras antes otro rakshasa y ahora te has vuelto el verdadero Maricha. Ahora sube conmigo a este carro que corre por el aire, rematado de joyas y tirado por asnos de rostros de demonio. Encantando a Vaidehi, seguirás tu camino, y yo me llevaré por la fuerza a la hija del rey de Mithila (cuando no estén junto a ella ni Rama ni Lakshmana)». Entonces el hijo de Taraka asintió a las palabras de Ravana, y ambos, subiendo al carro como a un carro celestial, partieron hacia la ermita. Y contemplando diversas ciudades, bosques, montañas, ríos, reinos y urbes, llegaron al bosque de Dandaka y a la ermita de Rama. Y descendiendo entonces del carro de oro, el señor de los rakshasas, junto con Maricha, contempló la ermita de Rama. Tomándolo (a Maricha) de la mano, Ravana habló, diciendo: «Allí está la ermita de Rama, rodeada de palmeras. Haz aquello para lo cual hemos venido aquí». Al oír las palabras de Ravana, el rakshasa Maricha, tomando la maravillosa forma de un ciervo (de oro), empezó a vagar libremente ante la ermita de Rama. Las puntas de sus cuernos eran como (dos) excelentes joyas, su semblante estaba variegado de color blanco y negro, su rostro era como un loto rojo, sus orejas eran como dos lotos azules, su cuello estaba poco alzado, su vientre era como un zafiro, sus costados eran como flores de madhuka, su color era como el de un filamento de loto, sus cascos eran como vaiduryas (una gema de color oscuro); de delgados muslos; de firmes articulaciones; su cola, de variegado color de arcoíris, estaba erguida. Era de un matiz agradable y fresco y estaba rematado de diversas joyas.

Y en un instante el rakshasa tomó la forma de un hermoso ciervo. Para tentar a Vaidehi, aquel vagabundo de la noche, tomando un hermoso semblante pintado con diversos metales, iluminando con su belleza el hermoso bosque y la ermita de Rama, y vagando libremente por el verde campo y viviendo de hierba, empezó a avanzar. Aquel de viva presencia, con el cuerpo pintado de centenares de gotas de plata y que vivía de brotes de árboles, empezó a vagar por el bosque. A veces entrando en la casa de plátanos, a veces rodeando el bosque de Karnika, a veces entrando dentro del alcance de la vista de Sita, aquel mejor de los ciervos, con el lomo pintado de oro, empezó a vagar lentamente alrededor de la ermita. Empezó a caminar a placer cerca de la ermita de Rama. A veces yendo, a veces deteniéndose, a veces corriendo velocísimo y retrocediendo al momento siguiente, aquel mejor de los ciervos empezó a vagar libremente. A veces jugando alrededor, a veces tendido en el suelo y a veces siguiendo a la manada de ciervos, tras haber llegado al umbral de la ermita y haber sido luego seguido de nuevo por ellos, aquel rakshasa, que había tomado la forma de un ciervo, volvía para ver a Sita. Luego empezó a vagar libremente por el hermoso bosque (que se extendía lejos y ancho). Viéndolo, otros ciervos del bosque se acercaron (a él) y, olfateándolo, huyeron hacia diferentes rumbos. Aquel rakshasa, aunque experto en matar ciervos, no los devoró, aunque los tocaba, para ocultar su verdadero ser. Entretanto Vaidehi, de auspiciosas miradas, cuyos ojos embriagan como el vino, ocupada en recoger flores, iba a veces a la arboleda de Karnika y a veces a la arboleda de mangos. Aquella mejor de las mujeres, siempre acostumbrada a vivir en el bosque y de gracioso semblante, caminando y recogiendo flores, vio aquel ciervo enjoyado, de cuerpo variegado de perlas y diamantes. Tenía hermosos dientes y labios, y su vello era semejante a la plata. Empezó a contemplarlo con afecto y con los ojos abiertos de sorpresa. Aquel ciervo ilusorio, viendo a la esposa de Rama, empezó a moverse alrededor como si iluminara aquel bosque (con el fuego de su belleza). Al contemplar aquel ciervo adornado con diversas joyas, semejante al cual nunca había visto antes, la hija de Janaka quedó herida de inmenso asombro.

Section 42

Al contemplar aquel ciervo de costados pintados de oro y plata, mientras recogía flores, Sita, de miembros irreprochables y hermosas caderas y con el color de su cuerpo como el del oro puro, se sintió inmensamente complacida y llamó en voz alta a su esposo y a Lakshmana, que tenían cimitarras en las manos: «Venga pronto, venga pronto, oh hijo del venerable Soberano, junto con su hermano menor». Habiendo llamado (a su esposo) una y otra vez en este tenor, siguió contemplando aquel ciervo. Llamados así por la hija del rey de Videha, aquellos dos mejores de los hombres, Rama y Lakshmana, mirando a su alrededor, contemplaron aquel ciervo. Al verlo, Lakshmana, herido de temor, dijo: «Me parece que este ciervo es el rakshasa Maricha. Este vicioso Maricha, oh Rama, tomando la forma de un ciervo, mata a menudo a placer a los reyes que vienen aquí de cacería. Conoce las ilusiones, por virtud de las cuales ha tomado esta forma, oh mejor de los hombres; su semblante es perfectamente hermoso como la morada de los gandharvas y resplandeciente como el Sol; no hay sobre la tierra tal ciervo enjoyado. Oh Raghava, oh Señor de la tierra, no hay duda de que esto no es sino ilusión». Cuando Lakshmana hubo hablado así, Sita, con una sonrisa pura, bajo el influjo del encantamiento, lo contradijo y, complacida, dijo: «Oh hijo del venerable Soberano, este ciervo ha atraído mi mente; consígamelo, por favor, oh de brazos poderosos; será un objeto de recreo para nosotros. Muchos hermosos ciervos vagan libremente en las cercanías de nuestra ermita, como el Chamara, el Srimara, el Riksha, el Prishata, el Vanara y el Kinnara. Todos son muy hermosos y de gran fuerza; pero, oh Príncipe, nunca he visto antes uno como este ciervo. En energía, fuerza y belleza está por encima de todos los ciervos. Todo su cuerpo está variegado de diversos colores; más aún, es en sí mismo una joya. Se mueve ante mí embelleciendo el bosque con su resplandor, semejante a la Luna misma. ¡Ah! ¡Qué belleza, qué hermoso lustre, qué musical voz tiene este maravilloso ciervo de variegado semblante, que ha cautivado en verdad mi corazón! Si puede usted obtener este ciervo vivo, ¡oh, qué maravilla, qué sorpresa! Cuando recobremos nuestro reino tras expirar el término de nuestro destierro, este ciervo embellecerá el interior de nuestro palacio. Oh Señor, en verdad este ciervo celestial causará sorpresa a Bharata, a usted, a mí y a mis suegras. Oh mejor de los hombres, si no puede usted apresarlo vivo, su piel también se verá hermosísima (para nosotros). Extendiendo sobre hierba kusa la piel de este ciervo de oro, una vez muerto, deseo invocar al Todopoderoso. Parece (sin duda) inconveniente y terrible, y huele a obstinación por parte de una esposa, mandar así a su esposo, pero estoy sumida en sorpresa al ver el semblante del ciervo». El corazón de Rama quedó herido de sorpresa al contemplar aquel maravilloso ciervo, de vello semejante al oro, cuernos semejantes a exquisitamente finos diamantes, color como el del Sol recién salido y resplandor como el de la órbita de los planetas. Encantado por su belleza e instigado por las palabras de Sita, Raghava, complacido, habló a su hermano menor, diciendo: «Mira, oh Lakshmana, ha suscitado inmensamente el deseo de Vaidehi. A causa de su exquisita belleza perderá hoy la vida. No tiene igual en parte alguna de la tierra, ni en el jardín celestial ni en el bosque Chaitraratha. Los pelos de su cuerpo, dispuestos en cursos regulares y contrarios y pintados de gotas de oro, se ven en verdad hermosísimos. Mira, al abrir su boca, su lengua sale semejante a fuego llameante, como un rayo que desgarra la masa de nubes. Su rostro es como un cristal hecho del mejor zafiro azul, su vientre semeja una concha y una perla, y es muy difícil discernir sus formas. Al contemplarlo, ¿quién hay (sobre la tierra) cuyo corazón no se enamore? Su belleza semeja los rayos del oro y está variegada de diversos matices de joyas. ¿A quién no envuelve el corazón la sorpresa al contemplar tal belleza celestial, oh Lakshmana? Los príncipes, con arcos en las manos, cuando están de cacería en un bosque profundo, matan ciervos ya por la carne o ya por deporte. Además, mientras se dedican al deporte, recogen en los bosques muchas joyas y diversos metales, como oro y plata. No hay la menor duda de que estas riquezas silvestres que llenan sus arcas son comparativamente mucho mejores (que la riqueza adquirida por otras fuentes), como los objetos de goce disfrutados a su antojo por la gente que habita la región celestial. El objeto que persiguen sin discreción en sus acciones las personas deseosas de adquirir riqueza es la verdadera definición de riqueza dada por los economistas políticos. Vaidehi, de esbelto talle, desea sentarse conmigo sobre la exquisitamente fina piel de oro de este ciervo, joya entre los ciervos; me parece que ninguna piel de ciervo es tan cómoda al tacto como esta, ni la piel del Kadali, del Priyaki, del Praveni ni del Avika. Verdaderamente hermoso en este ciervo y en el que vaga por el firmamento: en verdad solo estos dos ciervos son celestiales: el que vaga por el cielo (Mrigashira) y este que vaga por la tierra. Y si es una ilusión de rakshasa, como dices, oh Lakshmana, entonces debe ser muerto por mí. Este cruel Maricha, de alma viciosa, dio fin a muchos eminentes ascetas mientras viajaba por el bosque; y este rakshasa, tomando la forma de un ciervo ilusorio, destruyó a muchos reyes, poderosos arqueros, mientras estaban de cacería en este bosque; por eso este ciervo debe ser muerto. En otro tiempo este Vatapi, entrando en el vientre de nacidos dos veces, solía salir desgarrándolos como el embrión de una mula. Una vez este Vatapi se acercó al eminente santo Agastya y fue devorado por él. Concluida la ceremonia Sraddha, al ver que Vatapi deseaba tomar la forma de un rakshasa, el gran santo Agastya dijo sonriendo: “Cegado por tu poderío, oh Vatapi, has destruido a muchos eminentes nacidos dos veces en esta tierra, y por ello yo te digiero”. En verdad aquel rakshasa, oh Lakshmana, que desee superar a uno como yo, que ha dominado sus sentidos y está siempre empeñado en piadosos oficios, hallará su fin como este Vatapi. Por tanto, este Maricha, al acercarse a mí, será muerto por mí como Vatapi fue devorado por Agastya. Protege, pues, vigilante a Vaidehi, con cota de malla y armaduras puestas. Es nuestro primer deber, oh descendiente de Raghu, proteger a Janaki. O mataré este ciervo o lo apresaré. Mira, oh Lakshmana, Vaidehi está sumamente ansiosa por conseguir la piel de este ciervo; por tanto, iré de inmediato, oh hijo de Sumitra, a atrapar este ciervo. La piel de este ciervo es la mejor de su especie; sin duda perderá hoy la vida. Mientras no mate este ciervo, oh Lakshmana, quédate con Sita en esta ermita con vigilancia. Volveré en un instante con su piel, tras matarlo con una sola flecha. Quédate aquí, oh Lakshmana, con Janaki, en constante temor y vigilancia, junto con el poderoso Jatayu, inteligente y empeñado en piadosos oficios».

Section 43

Habiendo así instruido a su hermano, el sumamente enérgico hijo de Raghu se equipó con su cimitarra de empuñadura de oro. Y ciñéndose su arco curvado en tres puntos, que le servía de ornamento, así como un par de aljabas, aquel de fiera energía salió. Al ver acercarse a aquel primero de los monarcas, aquel mejor de las bestias desapareció de miedo; y luego volvió a mostrarse. Entonces, ceñido de arco y espada, (Rama) se precipitó adonde estaba el ciervo; y lo contempló iluminando con su belleza todo ante sí, y, arco en mano, (Rama lo contempló) en aquel vasto bosque, huyendo tras mirarlo, y a veces pareciendo haber sobrepasado el alcance de la flecha, y otras tentando a Rama (con su cercanía). Y a veces, bajo el influjo del miedo y desconcertado, (el ciervo) parecía correr por el firmamento, y en el bosque ya se hacía visible, ya se desvanecía de la vista. Y como el disco lunar otoñal envuelto en nubes dentadas, se mostraba un momento, y luego se descubría a lo lejos. Y Maricha, que llevaba la forma de un ciervo, mostrándose y desapareciendo de la vista, atrajo a Raghava a gran distancia de la ermita. Entonces Rama, ansioso por apresar el ciervo, burlado por el ciervo y enfurecido en consecuencia, fatigado, descansó bajo una sombra, sobre un césped. Y aquel vagabundo de la noche, llevando la forma de un ciervo, enloqueciendo a Rama, se descubrió (de nuevo) a lo lejos, rodeado de (otros) ciervos. Y Rama, deseoso de capturar (la bestia), al verlo de nuevo, partió a toda prisa. En aquel mismo instante el ciervo desapareció de miedo; y volvió a mostrarse a lo lejos tras un árbol. Y al verlo, el sumamente enérgico y fuerte Raghava, resuelto a matarlo, creciendo en cólera, sacando una llameante flecha semejante a los rayos del sol, tensó poderosamente su arco, y asentando con firmeza la flecha, y apuntándola al ciervo, soltó el arma llameante y ardiente forjada por Brahma, semejante a una serpiente llameante. Y aquella mejor de las flechas, como un rayo, atravesó profundamente el pecho de Maricha, que llevaba la forma de un ciervo. Entonces, brincando alto como una palmira, aquel cuyo aliento casi se había agotado profirió terribles sonidos, tendido en la tierra. Y estando a punto de morir, Maricha abandonó su forma fingida. Y recordando las palabras de Ravana, el rakshasa reflexionó: «¿Por qué medio puede Sita hacer partir a Lakshmana, y Ravana llevarse a Sita, que queda en soledad?». Y atravesado hasta la médula por aquella flecha sin par, Maricha, abandonando su forma de ciervo, recobró sus facciones de rakshasa; y entregando su vida, tomando una enorme persona, considerando que había llegado el momento (de valerse del consejo dado por Ravana), empezó a gritar con la voz de Raghava: «¡Ah, Sita! ¡Ah, Lakshmana!». Y al ver a aquel rakshasa de torvo semblante tendido en el suelo, con la persona bañada en sangre y rodando de un lado a otro, Rama se encaminó hacia la ermita, pensando en Sita y repasando en sí las palabras de Lakshmana. Mientras volvía, pensó para sí: «Lakshmana dijo antes que esto era una ilusión de Maricha. Sus palabras se han verificado ahora. En verdad he matado a Maricha. Maricha ha entregado el espíritu exclamando en voz alta: ¡Ah, Sita! ¡Ah, Lakshmana! No sé qué hará Sita al oír el grito. ¿Y qué hará el de brazos poderosos Lakshmana?». Mientras reflexionaba así, los cabellos del virtuoso Rama se erizaron. Habiendo matado a aquel rakshasa que tomaba la forma de un ciervo y oyendo su terrible grito, Rama se llenó de temor nacido de la aflicción. Entonces, matando un ciervo y tomando su carne, se apresuró hacia Janasthana.

Section 44

Al oír aquel grito en el bosque, semejante a la voz de su esposo, Sita habló a Lakshmana, diciendo: «Ve y entérate de lo que le ha ocurrido a Raghava. Está gritando en lastimeros acentos; al oírlos, mi vida y mi alma son incapaces de seguir en sus debidos lugares. Te conviene salvar a tu hermano, que grita en el bosque; márchate de aquí de inmediato para salvarlo, pues necesita tu ayuda. Ha sido sobrepujado por los rakshasas, como un buey puesto bajo el poder de un león». Recordando el mandato de Rama, Lakshmana no fue, aunque así interpelado por Sita. Sumamente mortificada, la hija de Janaka le habló, diciendo: «Oh hijo de Sumitra, eres un enemigo de Rama bajo el disfraz de un hermano. No acudes en alivio de tu hermano, que ha sido reducido a tal trance. ¿Deseas, en fin, oh Lakshmana, la destrucción de Rama? ¡En verdad, bajo el influjo de la lujuria por mí, no sigues a Raghava! Por eso acoges con agrado el desastre de Rama; no le tienes afecto. Por eso estás aquí sentado sin ansiedad, sin ver al sumamente resplandeciente (Rama). Estando en peligro Rama, tras el cual tú has venido a este bosque, ¿de qué me sirve la vida?». Hablando así Vaidehi, influida por la aflicción y con lágrimas en los ojos, como una cierva, Lakshmana le habló, diciendo: «Oh Vaidehi, ya sean celestiales, danavas, gandharvas, rakshasas, asuras o pannagas, no hay quien pueda derrotar a su esposo. No cabe la menor duda de ello. ¡Venerable señora! Ya sean celestiales, danavas, gandharvas, rakshasas, pisachas, hombres, kinnaras, animales o aves, no hay entre ellos quien pueda resistir a Raghava, que iguala al señor de los celestiales en la guerra. En verdad no hay quien pueda acabar con Rama en la batalla. No le conviene, pues, interpelarme así. Ni me atrevo a dejarla aquí sola en este bosque sin Rama. Ni siquiera los poderosos héroes, como el Señor de los celestiales, pueden someter su poderío con toda su fuerza. Ni siquiera el propio Todopoderoso, con los celestiales y los tres mundos, puede derrotarlo. Deje, pues, la aflicción y consuélese. Pronto volverá su esposo tras matar al mejor de los ciervos. Esa no es su voz ni una enviada por deidad alguna. No es sino una ilusión de aquel rakshasa (Maricha). Oh Vaidehi, usted ha sido dejada a mi cargo por el (Rama) de alma elevada; por eso no me atrevo a dejarla atrás, oh joya de las doncellas. Nos hemos hecho enemigos de estos vagabundos de la noche. Por haber procurado la destrucción de Khara, oh venerable, y devastado Janasthana, los rakshasas nos dirigen a menudo palabras impropias en este extenso bosque. Oh Vaidehi, causar daño a los piadosos es la única diversión de estos rakshasas; no debe usted, pues, estar ansiosa por esto». Así interpelada por él, sus ojos se enrojecieron de ira, y dirigió estas ásperas palabras al veraz Lakshmana, diciendo: «¡Oh cruel! ¡Oh destructor de tu linaje! Es una vergüenza para ti que desees protegerme (matando a Rama). Me parece que este poderoso desastre de Rama te es grato, pues de otro modo, ¿por qué, viendo esto, hablarías así, oh Lakshmana? No es de extrañar que un mal deseo se oculte en ti, que eres un hipócrita y un enemigo de corazón cruel. En verdad eres un monstruo de maldad, pues al ir Rama a los bosques, tú, lujurioso por mí, lo has seguido solo. ¿O has sido encargado por Bharata de obrar así? Pero ni tu intención ni la de Bharata serán satisfechas, oh Saumitri. ¿Cómo he de desear a otro hombre después de servir como esposo al de ojos de loto, de oscuro color azul, Rama? Renunciaré a mi vida ante ti, pues, oh Lakshmana; sin Rama no mantendré mi ser ni por un momento sobre esta tierra». Al oír estas descaradas palabras de Sita, capaces de erizar el vello, el dueño de sí Lakshmana, con las manos juntas, le habló, diciendo: «Usted es para mí una verdadera Diosa, por eso no me atrevo a responderle. Lo que ha dicho, oh Maithili, no es nada sorprendente en las mujeres. Tal es la naturaleza del género femenino sobre esta tierra. Las mujeres son por naturaleza torcidas, volubles, desprovistas de conocimiento religioso, y causan discordia entre padre e hijo. Oh Vaidehi, oh hija de Janaka, en verdad soy incapaz de soportar estas palabras suyas. Me han atravesado ambos oídos como un naracha calentado. Sin embargo, las deidades que andan por esta selva son mis testigos: que ellas la oigan. Hablé lo que era justo y soy así interpelado por usted con estas ásperas palabras. Yo siempre obedezco las órdenes de mi superior. ¡Maldición sobre usted! Su destrucción está cerca, ya que sospecha de mí, influida por esta naturaleza mujeril. Iré adonde está Kakutstha. ¡Que la fortuna le sea propicia, oh la mejor de las doncellas! ¡Que las deidades del bosque la protejan, oh de amplios ojos! Muchos malos presagios se me aparecen. Que pueda verla de nuevo cuando vuelva con Rama». Así interpelada por Lakshmana, la hija de Janaka respondió llorando y bañada en lágrimas: «Sin Rama, oh Lakshmana, beberé virulento veneno, entraré en el fuego o me arrojaré al Godavari. Destruiré este cuerpo ahorcándome o cayendo desde lo alto de un objeto elevado. Nunca podré tocar a otro hombre que no sea Rama». Hablando así a Lakshmana, Sita, envuelta en aflicción, llorando, se golpeó el vientre con las manos. Al ver llorar así, con lastimeros acentos, a la hija de Janaka, de amplios ojos, Lakshmana, perdiendo la atención, empezó a consolarla. Luego el puro de corazón Lakshmana, dueño de sus sentidos, saludando a Sita con las palmas unidas y inclinándose un poco, se encaminó adonde estaba Rama, lanzando una y otra vez su mirada sobre ella mientras se iba.

Section 45

Habiendo sido interpelado con aquellas ásperas palabras, el hermano menor de Raghava, enfurecido, partió de inmediato, ansioso por ver a Rama. Entonces el de diez cuellos, aprovechando esta oportunidad, se presentó ante Vaidehi tomando la semejanza de un mendicante. Vestido con un suave paño de seda, con un mechón de pelo en la cabeza, con una sombrilla y calzado, y llevando sobre el hombro izquierdo una vara y un Kamandalu, el poderosísimo, tomando la apariencia de un devoto errante que portaba tres largos bastones de bambú, apareció ante Vaidehi en el bosque, cuando no había ninguno de los hermanos junto a ella. Vio allí a la joven y piadosa hija del rey, semejante a una tarde privada de sol y de luna, y como el sumamente terrible Rahu contempla a Rohini abandonada por la Luna. Al ver a aquel terrible, el que hace acciones malvadas, los árboles de Janasthana no se movieron ni sopló el viento. Al verlo mirar a Sita con sus ojos rojos como la sangre, el rápido río Godavari aflojó incluso su curso de miedo. Entretanto el de diez cuellos Ravana, indagando los puntos débiles de Rama, se presentó ante Vaidehi con el disfraz de un mendicante. Como Sani acercándose a chitra, aquel impío, tomando la apariencia de un hombre piadoso, como un pozo cubierto de hierba, se acercó a Vaidehi, que se lamentaba por su esposo. Y al ver a aquella piadosa esposa de Rama, Vaidehi, Ravana se detuvo ante ella. Sus labios y dientes eran sumamente finos, su rostro semejaba la luna llena y sus ojos eran como pétalos de loto. Llevaba un paño de seda amarillo y estaba sentada en la choza de paja, abrumada de aflicción y bañada en lágrimas. Y aquel vagabundo de la noche, con corazón complacido, se acercó a Vaidehi. Al verla, aquel Señor de los rakshasas fue atravesado por las flechas de la pasión. Y hablando elogiosamente de ella, que superaba en belleza a los tres mundos y semejaba por la excelencia de su propia persona a la misma diosa de la riqueza, Ravana, pronunciando el nombre de Dios, le habló, diciendo: «Oh usted, que tiene el color del oro y de la plata, oh usted, que viste paño de seda, oh usted, que aparece como un loto que lleva una guirnalda de pétalos de loto, oh usted, de hermoso semblante, ¿es usted el Pudor, la Belleza, la Fama, la Riqueza, una apsara, la Dignidad o la propia Rati, que anda a voluntad por este bosque? Todos sus dientes son iguales, con sus puntas como los capullos de la flor Kunda, hermosos y amarillos. Sus ojos son amplios, claros, de color sanguíneo y de negras pupilas. Su cadera es carnosa y espaciosa. Sus muslos son como los de los elefantes, redondos, carnosos y perfectamente fuertes. Sus pezones son voluminosos, puntiagudos, sumamente cautivadores como frescos frutos de palma, hermosos y adornados con diversas joyas. ¡Oh de hermosa sonrisa! ¡Oh de hermosos dientes! ¡Oh de hermosos ojos! Oh fina doncella, usted me arrebata el corazón como un río que arrastra sus orillas con su corriente. El mechón de su cabello es exquisitamente fino, su pecho muy apretado y su cintura tan delgada que podría ser abarcada incluso con los dedos. No hay nadie tan hermosa como usted, ni una Diosa, ni una gandharvi, ni una yakshi ni una kinnari. Nunca había visto antes en esta tierra una doncella tan hermosa como usted. Esta su belleza, la mejor de la tierra, su juventud, su gracia y su morada en el bosque agitan mi mente. Así que es bueno para usted venir (conmigo); no le conviene permanecer aquí. Esta es la morada de terribles rakshasas que toman formas a voluntad. Pintorescos palacios, prósperas ciudades y perfumados jardines son dignos de su morada. Oh de ojos azul oscuro, hermosa es su guirnalda, hermoso es el olor de su persona y hermoso es su atuendo; me parece que hermoso es también su esposo. ¡Oh de pura sonrisa! ¿A quién pertenece usted? ¿A los rudras, a los maruts o a los vasus? Me parece, oh fina doncella, que es usted una verdadera diosa. Nadie viene aquí, ni los gandharvas, ni los celestiales ni los kinnaras; esta es una morada de rakshasas; ¿cómo viene usted aquí? ¿No teme a estos monos, leones, tigres, lobos, osos, garzas e hienas? Sola en este bosque, ¿no teme a estos terribles elefantes de fiero andar y enloquecidos por el jugo que rezuma de sus sienes? ¿Quién es usted? ¿De quién es esposa? ¿A qué anda usted sola por este bosque de Dandaka, frecuentado por terribles rakshasas?». Así fue interpelada Vaidehi por el vicioso Ravana. Al verlo venir bajo el disfraz de un nacido dos veces, Maithili lo veneró con diversos artículos necesarios para servir a un huésped. Ofreciéndole primero un asiento y luego invitándolo a lavarse los pies, dijo a aquel de plácida mirada: «El arroz cocido está listo». Al ver a Ravana acercarse con Kamandalu y vistiendo un paño rojo bajo el disfraz de un brahmán, Maithili no pudo pasar de largo ante él de ningún modo, y considerándolo un nacido dos veces por diversas señales, lo invitó como a un brahmán, diciendo: «Oh brahmán, siéntese en este asiento mirando a la derecha; tome esta agua (para lavarse los pies); disfrute de estos manjares bien cocidos que crecen en el bosque y están destinados a usted». Invitándolo así Janaki, la esposa del Señor de los hombres, Ravana, lanzándole una mirada, se dispuso, para su propia destrucción, a llevársela. Ella esperaba ansiosamente el regreso de Rama, que había ido de cacería con Lakshmana; miró alrededor, pero solo vio por todos lados la espaciosa tierra del bosque amarillento: no había ni Rama ni Lakshmana.

Section 46

Así interpelada por Ravana bajo el disfraz de un mendicante, deseoso de llevársela, Vaidehi pensó para sí: «Esta persona es mi huésped y un brahmán; puede maldecirme si no le hablo». Pensando esto un momento, Sita dijo: «¡Que la fortuna le sea propicia! Soy la hija de Janaka, el de alma elevada, rey de Mithila, la amada Reina de Rama, y mi nombre es Sita. Habitando doce años en el palacio de los Ikshvakus, disfruté de muchas cosas sobrehumanas y vi satisfechos todos mis deseos. Al decimotercer año el rey (Dasaratha) deliberó con sus ministros acerca de la consagración de Rama. Entonces, estando preparado todo lo necesario para la consagración, Kaikeyi, una de mis suegras, pidió un don a su esposo. Poniendo a mi suegro bajo su dominio por medio de sus virtuosas acciones, Kaikeyi pidió a aquel veraz, mejor de los monarcas, dos dones, a saber, el destierro de mi esposo a los bosques y la consagración de Bharata, y dijo: “Nunca comeré, ni beberé, ni dormiré, y (si Rama es consagrado) acabaré con mi vida”. Hablando así Kaikeyi, aquel señor de la tierra, mi suegro, le rogó que aceptara diversas riquezas; pero Kaikeyi no consintió. Entonces el sumamente resplandeciente Rama, mi esposo, tenía veinticinco años, y yo, contando desde mi nacimiento, tenía dieciocho años. Mi esposo es conocido en todo el mundo por el nombre de Rama. Es veraz, de buen natural, de carácter puro, siempre empeñado en el bienestar de todos los seres creados, de brazos poderosos y amplios ojos. Nuestro padre, el rey Dasaratha, estaba enteramente bajo el dominio de las pasiones y por ello, para satisfacción de Kaikeyi, no consagró a Rama. Cuando Rama vino a su padre para ser consagrado, Kaikeyi dirigió a mi esposo las siguientes crueles palabras: “Escucha, oh Raghava, cómo he sido ordenada por tu Soberano. Este reino, libre de espinas, ha de ser conferido a Bharata, y tú tendrás que andar por los bosques durante nueve y cinco años. Márchate, pues, al bosque, oh Kakutstha, y salva a tu Soberano de la falsedad”. A lo cual Rama respondió sin temor: “¡Así sea!”. Al oír sus palabras, mi esposo, de firmes votos, obró en consecuencia. Siempre hace dádivas y no toma ninguna. Siempre dice la verdad y nunca dice una falsedad. Esta es su mejor observancia, oh brahmán. Su hermanastro, llamado Lakshmana, es de gran poderío. Aquel mejor de los hombres es la ayuda de Rama y el destructor de enemigos en la batalla. Aquel hermano suyo, llamado Lakshmana, es de firme resolución y dado al ascetismo. Con arco en mano ha seguido (a Rama), que huía como desterrado a los bosques, junto conmigo. Así aquel (Rama), de firme resolución y siempre empeñado en piadosos oficios, con el cabello enmarañado y tomando la semejanza de un asceta, ha entrado en este bosque de Dandaka junto conmigo y con su hermano menor. Oh mejor de los nacidos dos veces, los tres, privados de nuestro reino por Kaikeyi, hemos estado viviendo en este denso bosque por virtud de nuestro resplandor. Tome ánimo un momento y quédese aquí. Al instante volverá mi esposo con muchos frutos y raíces silvestres y con suficiente carne, tras matar muchos ciervos, jabalíes y Gosamp. Dígame de verdad su nombre, su Gotra y su linaje. Oh nacido dos veces, ¿por qué anda usted solo por este bosque de Dandaka?». Hablando así Sita, la esposa de Rama, el poderoso Señor de los rakshasas, Ravana, respondió con estas ásperas palabras: «Oh Sita, yo soy aquel Ravana, el señor de los rakshasas, a quien temen los celestiales, los asuras y los seres humanos. Oh de irreprochable belleza, al verte de color de oro y vestida de paño de seda, no me placen mis propias esposas. He traído muchas hermosas doncellas de diversos rumbos; sé tú, entre ellas, mi primera Reina. Aquella gran ciudad en medio del océano, Lanka, rodeada por todos lados por el mar y situada sobre la cima de una colina, es mi capital. Allí pasearás conmigo, Sita, por jardines, y así no añorarás más vivir en el bosque. Si te haces mi esposa, oh Sita, cinco mil sirvientas adornadas con diversos ornamentos te servirán». Aquella irreprochable hija de Janaka, así interpelada por Ravana, se enfureció en gran medida y, pasando junto a él, respondió: «Soy una dependiente de Rama, que es incapaz de ser sacudido como una poderosa montaña, incapaz de ser agitado como un vasto océano, y semejante a Mahendra en resplandor. Soy una dependiente de aquel gran y veraz Rama, que está dotado de señales auspiciosas y es como una higuera. Soy dependiente de aquel león entre los hombres, Rama, de brazos poderosos, de amplio pecho y de andar de león; soy una dependiente de aquel hijo de rey, Rama, de brazos poderosos, que tiene dominio de sus pasiones, cuyo rostro semeja la luna llena y cuya fama se ha difundido ancha y lejos sobre la tierra. ¿Por qué tú, siendo un tigre, deseas una leona? No podrás tocarme, como no se tocan los rayos del sol. Oh desdichado rakshasa, al haber deseado robar a la amada esposa de Raghava, seguramente ves estos árboles (ante ti) como hechos de oro. ¿Deseas arrancar los dientes de la boca de un león, ese enemigo de los ciervos, o de la de una serpiente? ¿Deseas abrazar con tus manos la colina Mandara, o deseas andar en paz tras beber veneno? ¿Deseas frotarte los ojos con alfileres y lamer una navaja con tu lengua? Deseas cruzar a nado un océano con una roca atada al cuello. Deseas alcanzar al Sol y a la Luna, atar un fuego llameante con un trozo de tela y caminar sobre púas de hierro, ya que has deseado hacerte con la digna esposa de Rama. Grande es la diferencia entre Rama y tú, como la que hay entre un león y un chacal, un mar y un arroyuelo, el néctar y las gachas, el oro y el hierro, el sándalo y el barro, un elefante y un gato, un cuervo y Garuda, un pavo real y un madgu (un ave acuática), o un pato y un buitre. Aunque me robes, estando vivo aquel poderoso arquero Rama, dotado del poderío del señor de los celestiales, ciertamente moriré, como un mosquito que chupa mantequilla clarificada». Dirigiendo estas palabras a aquel malvado vagabundo de la noche, aquella inocente (Sita) se estremeció como un plátano sacudido por el viento. Entonces Ravana, semejante a la Muerte en poderío, temblando, empezó a relatarle, con el fin de asustar (a ella), su estirpe, su poder, su nombre y sus acciones.

Section 47

Después de que Sita hubo dicho estas ásperas palabras, Ravana, enfurecido, con ceño fruncido, respondió: «Oh de hermoso semblante, soy el hermanastro del Señor de la riqueza y mi nombre es el poderoso Ravana de diez cuellos. ¡Que la fortuna te sea propicia! Como la gente que teme a la Muerte, los celestiales, gandharvas, pisachas, pannagas y serpientes huyen en diversas direcciones asustados por mí. He sometido por mi poderío, en un combate, a mi hermanastro, el Señor de la riqueza, disputando con él por alguna razón. Entonces aquel que es llevado por hombres, abandonando por miedo a mí esta rica morada de Lanka, ha estado viviendo sobre aquel Señor de las montañas, el Kailasa. Oh auspiciosa, por virtud de mi poderío me he llevado aquel hermoso carro suyo llamado Pushpaka. Subiendo en aquel carro viajarás por la ruta etérea. Oh Maithili, cuando me excito de ira, Indra y los demás celestiales, a la mera vista de mi semblante, huyen en diversas direcciones de miedo. Dondequiera que vivo, el Viento sopla con cautela y el Sol (de penetrantes rayos), de miedo a mí, aparece en el firmamento como la Luna. ¿Qué más he de decir? Dondequiera que vivo, ni siquiera las hojas de los árboles se agitan y las corrientes de los ríos se detienen. Más allá del océano se alza mi hermosa capital Lanka, semejante a la Amaravati de Indra (la capital del Señor de los celestiales), guardada por todos lados por los terribles vagabundos de la noche y rodeada de murallas amarillas. Aquella hermosa ciudad tiene puertas de arcos ornamentados y enjoyados y aposentos de oro. Está llena de elefantes, caballos y carros, resuena siempre con el son de los clarines y está embellecida con jardines que tienen diversos árboles de ansiados frutos. Oh Sita, oh hija de un rey, en esta ciudad morarás conmigo. Oh doncella de mente grande, nunca pensarás en las mujeres de la tierra. Oh de exquisito semblante, disfrutando de estas muchas cosas sobrehumanas, no pensarás más en Rama, un ser humano de breve existencia. Poniendo en el trono a su amado hijo, el rey Dasaratha ha enviado a los bosques a su hijo mayor, de débil poderío. Oh de amplios ojos, ¿qué harás con ese desdichado asceta Rama, que ha sido privado de su reino? Soy el señor de todo el mundo de los rakshasas; atravesado por las flechas de Kama he venido a ti. No te conviene, pues, pasar de largo ante mí. Oh tímida doncella, ciertamente te arrepentirás después si me desdeñas, como Urvasi pateando a Pururavas. Rama es un ser humano y ni siquiera iguala a un dedo mío en batalla. Por tu buena suerte he venido a ti; entrégate a mí, oh de hermoso semblante». Así interpelada por él, Vaidehi, sumamente airada y con ojos rojos como la sangre, dirigió estas audaces palabras a aquel Señor de los rakshasas en el solitario bosque: «¿Cómo deseas perpetrar tal impía acción, tras haber presentado como tu hermano a aquel sumamente venerable Kubera, adorado por todas las deidades? Oh Ravana, ciertamente todos los rakshasas hallarán la muerte, ellos que tienen por rey a una persona tan necia, áspera y lujuriosa como tú. Uno puede respirar en esta tierra tras llevarse a la esposa de Indra, Sachi; pero robándome a mí, la esposa de Rama, nadie podrá vivir en paz. Oh rakshasa, acaso fuera posible vivir en esta tierra tratando con desprecio a la esposa del portador del rayo, pero insultándome a mí nadie escapará de las manos de la Muerte, aun si bebe néctar».

Section 48

Al oír aquellas palabras de Sita, el poderosísimo de diez cuellos, golpeándose las manos, hizo crecer su cuerpo demasiado alto. Entonces aquel hábil en el habla habló de nuevo a Maithili: «Me parece que has enloquecido. ¿No has oído de mi valor y de mi poderío? Plantado en el firmamento puedo alzar la tierra con mis manos. Puedo beberme las aguas del océano. Y empeñado en combate puedo destruir a la Muerte misma. Con mis afiladas flechas puedo atravesar el Sol y hender la tierra. Estás loca por tu belleza. Mírame a mí, que soy capaz de ilusiones». Cuando hubo hablado así, sus ojos amarillos se volvieron rojos como la sangre de ira y tomaron la semejanza de fuego llameante. Entonces Ravana, el hermano menor del Señor de la riqueza, cambiando su plácido semblante, tomó al instante su propia terrible forma, semejante a la de Yama. Sumamente agitado de ira, aquel vagabundo de la noche pasó a tener diez semblantes y veinte brazos; sus ojos eran sanguíneos y parecía hermoso como las nubes azules, vestido de atuendo de color de oro. Dejando de lado la semejanza de un mendicante, aquel señor de los rakshasas, Ravana, creciendo en volumen, tomó su propia forma. Y vistiendo un paño rojo como la sangre, se quedó allí fijando su mirada en aquella joya de doncella, Maithili. Entonces Ravana, semejante a los rayos del sol, de cabeza de negros cabellos y vestido de atuendo y ornamentos, habló a Maithili, diciendo: «Oh fina doncella, si deseas tener un esposo conocido en todo el mundo, entrégate a mí. Soy un esposo digno para ti. Sírveme siempre, a mí, tu loable esposo. Oh fina dama, nunca haré lo que no te guste. Renunciando a tu apego por un hombre, pon tu amor en mí. Oh necia muchacha, digna de ser adorada por los sabios, ¿por qué cualidad te apegas a Rama, de vida limitada, que ha sido privado de su reino y ha visto frustrado su deseo, y que, de mala intención, por las palabras de su esposa, renunciando a su reino y a sus parientes, ha estado viviendo en este bosque, morada de animales voraces?». Hablando así a Maithili, de dulce habla y digna de ser dulcemente interpelada, aquel sumamente malvado rakshasa, Ravana, agitado de lujuria, se acercó a Sita y se apoderó de ella, como Budha reteniendo a Rohini en el cielo. Con su mano izquierda la sujetó, a ella, de ojos semejantes a pétalos de loto, por el cabello, y con su derecha se apoderó de sus muslos. Al ver a Ravana, de afilados dientes y brazos poderosos, semejante a la cima de una montaña y como la muerte misma, las deidades del bosque se aterrorizaron sobremanera y huyeron en diferentes direcciones. Al instante apareció allí el carro celestial de Ravana, adornado de oro, tirado por asnos y que producía un terrible estruendo. Entonces aquel, emitiendo terribles acentos, increpó a Vaidehi con ásperas palabras y, estrechándola, subió al carro. La virtuosa Sita, así atrapada por Ravana, empezó a gritar en voz alta, dirigiéndose a Rama, que se había ido a un lejano bosque. Ravana, consumido de lujuria, se elevó alto con ella, como con la esposa de un Pannaga, aunque ella hacía lo posible (por librarse de él), pues no estaba en lo más mínimo apegada a él. Llevada así por la ruta etérea por aquel Señor de los rakshasas, Sita empezó a gritar en voz alta, como una loca, angustiada y de sentidos trastornados: «¡Ah! Poderoso Lakshmana, que siempre te dedicas a la satisfacción de tus superiores, ¿no sabes que he sido robada por un rakshasa que toma formas a voluntad? Oh Raghava, por la virtud ha renunciado usted a su vida, a su felicidad y a su riqueza; ¿no ve usted que me ha llevado uno de poderosa iniquidad? Oh sometedor de enemigos, usted siempre domina a los rebeldes; ¿por qué no castiga a tan vicioso rakshasa? Los viciosos no encuentran instantáneamente los frutos de sus acciones; así como para que el grano madure se requiere la ayuda del tiempo. Por esta inicua acción que has perpetrado, aprovechando el tiempo y perdiendo el juicio, hallarás un poderoso desastre de parte de Rama, que traerá tu fin. ¡Ah! Siendo la virtuosa esposa del virtuoso y famoso Rama, he sido robada. Ahora se ha cumplido el deseo de Kaikeyi y de otros parientes. Invoco a este Janasthana y a estos floridos karnikas para que digan a Rama que Ravana ha robado a Sita. Te invoco, oh Godavari, que tienes cisnes y grullas jugando en tu corriente, para que digas a Rama que Ravana ha robado a Sita. Saludo e invoco a las deidades que viven en este bosque de muchos árboles para que digan a mi esposo que he sido robada (por Ravana). Busco el refugio de todos los ciervos, aves y otros animales que viven en este bosque, y que todos ellos comuniquen a Rama la noticia de que su querida esposa es llevada, y le digan que Sita, perdido su dominio, ha sido robada por Ravana. Aunque Yama me lleve, si el de brazos poderosos Rama es informado de ello, ciertamente me traerá de vuelta mediante la exhibición de su poderío». Consumida de aflicción, aquella de amplios ojos, mientras así se lamentaba en lastimeros acentos, divisó a Jatayu, el rey de los buitres, posado en un árbol. Entonces la hija de Janaka, puesta bajo el dominio de Ravana y aterrorizada, empezó a gritar y a proferir estas lastimeras palabras: «Oh venerable Jatayu, vea usted que este vicioso señor de los rakshasas me ha llevado sin piedad, como a quien no tiene esposo. No podrá usted resistir a este poderoso, malvado y cruel vagabundo de la noche, que lleva emblemas de conquista y tiene una cimitarra en la mano. Relate usted a Rama y a Lakshmana todo acerca de mi rapto, del principio al fin».

Section 49

Al oír estas palabras, Jatayu, que yacía sumido en un profundo sueño, despertó y vio a Ravana y a Janaki. Entonces el señor de las aves, posado en el árbol, de un gran pico agudo semejante a la cima de una colina, dirigió estas suaves palabras a Ravana: «Oh hermano de diez cuellos, estoy versado en los Puranas, soy de veraces votos y me atengo a la religión. No te conviene perpetrar tal inicua acción ante mí. Soy Jatayu, el poderoso señor de los buitres. Rama, el hijo de Dasaratha, es el señor de todos los hombres, como Mahendra y Varuna. Está siempre empeñado en el bienestar de todos los hombres. Esta exquisitamente hermosa y famosa Sita a quien estás a punto de robar es la esposa casada de aquel señor de los hombres. ¿Y cómo tú mismo, siendo un monarca y estando a cargo del real oficio de mantener a los súbditos, te llevas a hurtadillas la esposa de otro? Oh de gran poderío, debes proteger especialmente a las esposas de los reyes. Controla, pues, tu baja inclinación a oprimir a la esposa de otro. Un héroe nunca hace lo que le trae calumnia. Conviene a todo individuo salvar a la esposa de otro del contacto de un segundo hombre, como a su propia esposa. Oh hijo de Paulastya, a instancias del rey los súbditos apacibles ejecutan muchas acciones conducentes a la virtud, la riqueza y el deseo, aunque no mencionadas en los Sastras. El rey es la virtud, el rey es el deseo y el rey es la joya primera de todos los súbditos. Virtud, deseo o pecado: todo surge del rey. Oh el mejor de los rakshasas, eres vicioso e inestable; ¿cómo has llegado a riquezas, como un pecador que alcanza la morada de los celestiales? Una persona viciosa nunca puede abandonar sus hábitos pecaminosos; la virtud nunca reside en las moradas de personas impías.

«El poderoso y virtuoso Rama no ha cometido nada malo en tu ciudad ni en tus dominios. ¿Por qué cometes, pues, una injusticia contra él? Khara de Janasthana es sumamente malvado, y si Rama, de irreprochables acciones, lo ha matado por causa de Surpanakha, ¿en qué es él culpable? ¿Por qué te llevas, pues, a la esposa de aquel señor de los hombres? Deja pronto a Vaidehi. Como Indra quemando a Vritra, Rama, mirando con sus terribles ojos como fuego llameante, te reducirá a cenizas. ¿No comprendes que has atado con tela una virulenta serpiente? ¿No ves que has puesto en torno a tu cuello el lazo de la muerte? Siempre es apropiado llevar un peso tal que no agote (a quien lo lleva); siempre es apropiado tomar un alimento tal que no cause enfermedad. ¿Quién se empeña en una acción tal que no confiere virtud, fama ni gloria, sino que solo acarrea aflicción física? Oh Ravana, tengo sesenta mil años y he estado administrando regularmente el reino de mis ancestros. Aunque soy viejo, no podrás llevarte a salvo a Janaki en mi presencia, joven como eres, provisto de cotas de malla, con arco y flechas en las manos y subido a un carro. Así como no es fácil destruir, por los razonamientos de la Lógica, los Vedas y los Srutis, que contienen verdades eternas e inmutables, así tampoco podrás llevarte por la fuerza a Vaidehi ante mí. Si eres un héroe, lucha. O espera un momento, oh Ravana, y también tú abrazarás la tierra como Khara. Pronto te destruirá Rama, vestido de corteza, en el campo de batalla, a ti que muchas veces y a menudo destruiste en combate a los celestiales y a los danavas. Estos dos príncipes, Rama y Lakshmana, están lejos, ¿qué haré yo ahora? Oh vil ser, sin duda serás destruido por ellos, aterrorizado. Mientras yo respire, no podrás llevarte a esta amada reina de Rama, la de natural puro, Sita, de ojos semejantes a lotos. Es mi deber hacer el bien a Rama, el de alma elevada, y a Dasaratha, aun al sacrificio de mi vida. Detente, oh de diez cuellos. Mira un momento. Oh Ravana, te arrojaré de cabeza desde este carro, como una fruta de su tallo. Oh vagabundo de la noche, aun con lo máximo de mi fuerza te daré hospitalidad en el encuentro».

Section 50

Mientras Jatayu, el rey de las aves, decía esto, Ravana, el señor de los rakshasas, con pendientes de oro puro y los ojos enrojecidos de ira, se lanzó contra él. Entonces comenzaron un terrible combate en el firmamento, como nubes impulsadas por el viento. Hubo un poderoso combate entre Jatayu, el señor de los buitres, y Ravana, el señor de los rakshasas, como entre dos colinas Malyavan provistas de alas. Entonces Ravana empezó a llover continuamente terribles y afiladas picas, flechas de hierro y Vikarnis sobre el poderoso señor de los buitres. Jatayu, el rey de las aves, empezó a resistir en el combate las flechas y armas lanzadas por Ravana, e hirió la persona de Ravana con sus patas provistas de afiladas garras. Entonces, para destruir a su enemigo, aquel poderoso héroe, Ravana de diez cuellos, agitado de ira, tomó diez terribles flechas semejantes al cetro de la Muerte y, tensando el arco por completo, disparó aquellas afiladas flechas de recto curso contra Jatayu, el rey de las aves. Al contemplar a Janaki con lágrimas en los ojos en el carro de aquel rakshasa, Jatayu, el rey de las aves, desdeñando aquellas flechas, se lanzó contra Ravana y con sus patas rompió en pedazos su arco con las flechas, adornado de perlas y diamantes. Entonces Ravana, casi fuera de sí de cólera, tomando otro arco, empezó a llover flechas por centenares y millares. Cubierto de aquellas flechas, el señor de las aves parecía un ave echada en su nido. Apartando estas flechas con el viento de sus alas, rompió de nuevo con sus patas aquel poderoso arco, y con un golpe de sus alas hizo añicos el llameante escudo de Ravana, semejante a fuego ardiente. Entonces, apartando con el viento de sus alas la reluciente coraza de Ravana, semejante a fuego llameante, Jatayu en aquel combate dio fin a sus asnos de veloz curso, de rostros de demonios. A continuación, desmenuzando con su ímpetu el poderoso carro de Ravana, que corre a voluntad, llameante como fuego, con peldaños tachonados de joyas y un timón de madera, y arrojando la sombrilla y los abanicos de cola de yak semejantes a la luna llena, junto con los rakshasas encargados de llevarlos, el resplandeciente y poderoso señor de las aves destrozó la cabeza del cochero con los golpes de su pico. Roto su arco y privado de su carro, de sus caballos y de su cochero, Ravana cayó a la tierra, llevando a Vaidehi en su regazo. Al contemplar a Ravana caído en el suelo y de transporte roto, todas las criaturas alabaron una y otra vez al rey de los buitres y lo veneraron.

Entonces, al hallar al señor de las aves agotado por su vejez, Ravana, sumamente alentado, se elevó de nuevo alto en el firmamento, llevando consigo a Maithili. Había tenido todas sus armas rotas en el combate y solo le quedaba su daga. Al contemplarlo avanzar así complacido, llevando a la hija de Janaka en su regazo, perdidas todas sus armas, con solo su espada, el poderoso y fuerte señor de los buitres, Jatayu, se alzó y, lanzándose contra Ravana, lo detuvo y dijo: «Oh Ravana, de débil juicio, es para la destrucción de todo el linaje de los rakshasas que te llevas a esta esposa de Rama, de flechas semejantes a rayos. Como un sediento que bebe agua, te dispones a beber veneno junto con tus amigos, cortesanos, fuerzas de cuatro clases, servidores y parientes. Las personas necias, ignorantes del fruto de sus acciones, hallan en poco tiempo su propia destrucción; así hallarás tú muy pronto tu propio fin. Has sido atado con el lazo de la Muerte; y, ¿adónde irás a salvarte, como los peces que se comen los cebos con anzuelos para su propia destrucción? Oh Ravana, está más allá de tu poder derrotar a los Kakutsthas. No te perdonarán esta tu intrusión en su ermita. Lo que has perpetrado, cobarde, es censurado por todos, y es el camino al que recurren los ladrones y no los héroes. Lucha, oh Ravana, si eres un héroe, o espera un momento y yacerás en la tierra como tu hermano Khara. En verdad, para tu propia destrucción te has empeñado en estos impíos actos, que son perpetrados por los hombres en vísperas de su muerte. ¿Qué persona hace lo que conduce solo al pecado? Ni el señor de los celestiales ni la Deidad autocreada se empeñan en tal acción». Dirigiendo estas palabras morales, el poderoso Jatayu se abatió sobre el lomo de aquel rakshasa de diez cuellos. Como el jinete de un elefante enloquecido, el señor de los buitres empezó a desgarrar a Ravana con sus afiladas garras, y aquel que tenía por armas su pico, sus garras y sus alas empezó a rasgar con su pico y sus garras la espalda de Ravana y a arrancarle el cabello. Afligido así una y otra vez por el rey de los buitres, el rakshasa se estremeció, con los labios temblando de ira. Fuera de sí de ira, Ravana, sujetando firmemente a Janaki por su flanco izquierdo, golpeó a Jatayu con las palmas. Jatayu, el sometedor de enemigos, soportando los golpes, hizo pedazos con su pico sus diez brazos izquierdos. Cortados sus brazos, brotaron al instante otros tantos, como serpientes que salen de hormigueros, agitadas por los tormentos del veneno. El poderoso de diez cuellos, dejando a Sita, de ira abatió a Jatayu con sus puños y pies. Entonces se alzó un poderoso combate entre el señor de los buitres y el señor de los rakshasas, de incomparable poderío. Dedicándose Jatayu a desplegar su poderío en beneficio de Rama, Ravana, sacando su daga, le cortó las dos alas, las dos patas y los dos costados. Habiendo el vagabundo de la noche, de crueles acciones, cercenado sus alas, el rey de los buitres, acercándose casi al borde de la muerte, cayó a la tierra. Al contemplarlo caído en el suelo, con la persona bañada en sangre, Sita se afligió sobremanera y se lanzó hacia él como hacia un amigo. El señor de Lanka contempló a Jatayu, caído en el suelo, semejante a nubes oscuras, de pecho amarillo y de excesivo poderío, como un incendio de bosque extinguido. Entonces Sita, la hija de Janaka, de semblante semejante a la luna, empezó a lamentarse, abrazando con sus manos a Jatayu, aplastado y caído en el suelo por la vehemencia del poderío de Ravana.

Section 51

Al contemplar al rey de los buitres muerto por Ravana, aquella de rostro hermoso como la luna, herida de dolor, prorrumpió en lamentaciones, diciendo: «Los latidos de los ojos u otras partes del cuerpo, los sueños, el ver aves o el oír sus voces, se encuentran como presagios de felicidad o de desdicha para los hombres. Y, oh Rama, aunque aves y bestias huyen a la carrera ante usted por mi causa, usted no comprende el poderoso infortunio que le ha sobrevenido. Oh Rama, esta ave que, movida por la bondad, había venido a rescatarme, por mi (mala) suerte yace muerta en el suelo. ¡Oh Kakutstha, oh Lakshmana, sálvenme!». Así se lamentó aquella mejor de las mujeres, afligida de miedo; y los que estaban cerca (de ella) oyeron sus lamentaciones. Entonces aquel señor de los rakshasas, Ravana, se lanzó hacia Vaidehi, que, con una guirnalda marchita por ornamento, se lamentaba en desamparado aspecto. Exclamando repetidamente: «¡Cesa!», «¡Cesa!», el señor de los rakshasas la alcanzó, mientras ella abrazaba un poderoso árbol como si fuera una enredadera. Y mientras ella, privada de la compañía de Rama en el desierto, gemía, diciendo: «¡Oh Rama!», «¡Oh Rama!», aquel semejante al Destructor mismo, con la mira de procurar su propio fin, la agarró por el cabello. Al ser así ultrajada Vaidehi, todo este mundo, compuesto de objetos móviles e inmóviles, tuvo alterada su naturaleza. Una densa oscuridad envolvió (todo). Y el aire no soplaba allí; y el sol se atenuó. Divisando con su visión divina que Sita estaba vencida, aquella Deidad, el gracioso Gran Padre, exclamó: «Nuestra obra está cumplida». Y al ver a Sita dominada, los supremos santos que habitaban el bosque de Dandaka, concluyendo que la destrucción de Ravana era ya cosa hecha sin mucho más, se llenaron a un tiempo de deleite y de aflicción. Mientras ella seguía llorando con «¡Oh Rama!», «¡Oh Lakshmana!», Ravana, señor de los rakshasas, llevándola, recorrió el cielo. Y entonces la hija del rey, de color de oro fundido, vestida de un paño de seda amarillo, se veía sumamente hermosa como el relámpago. Y al ondear hacia arriba su paño amarillo, Ravana parecía sobremanera gracioso, como una colina en llamas. Y fragantes hojas de loto cobrizas, pertenecientes a la eminentemente auspiciosa Vaidehi, llovieron sobre Ravana. Y su paño de seda de brillo dorado, volando en el aire, parecía nubes teñidas por el sol hundido. Y su irreprochable semblante, sobre el regazo de Ravana en el cielo, no parecía hermoso sin Rama, como un loto sin su tallo; parecía la luna surgida desgarrando oscuras nubes. Y en las regiones aéreas su semblante sobre el regazo de Ravana, provisto de una hermosa frente y de graciosos cabellos, resplandeciente como el interior de un loto, sin cicatrices, engalanado de dientes blancos, brillantes e inmaculados, de excelentes ojos, encantador como la luna, de nariz bien formada, con un labio superior rubicundo, que llevaba en el cielo el esplendor del oro, aquel cautivador semblante suyo, a consecuencia de su llanto y de estar manchado de lágrimas, así como por la violencia que había sufrido a manos del señor de los rakshasas, no parecía hermoso sin Rama, como la luna surgida de día. Y provista del color del oro, la hija de Mithila, junto al señor de los rakshasas, de cuerpo oscuro, parecía una cincha de oro en torno a un elefante negro. Y la hija de Janaka, de color amarillo como el loto, con el lustre del oro, y adornada con brillantes ornamentos, al entrar en contacto con Ravana, parecía un relámpago acogido entre nubes. Y por los sonidos que producían los ornamentos de Vaidehi, el señor de los rakshasas semejaba una nube enteramente oscura y rugiente. Y mientras Sita era llevada, lluvias de capullos, cayendo de su cabeza, se esparcían por todos lados sobre la tierra de abajo. Y aquella lluvia de capullos a su alrededor, atraída hacia arriba por la vehemencia del Ravana de diez cabezas, volvía a posarse a su lado. Y las lluvias de capullos esparcidas en torno al hermano menor de Vaisravana semejaban hileras de estrellas ardientes en torno al primero de los montes. Y las ajorcas tachonadas de gemas, soltadas de los pies de Vaidehi, cayeron a la tierra como el círculo del relámpago. De color como el rojo claro de las ramitas tiernas, Vaidehi realzaba al señor de los rakshasas, de cuerpo oscuro, como un cobertor de oro realza a un elefante. El hermano menor de Vaisravana se llevó a Sita, que, como un poderoso meteoro, llenaba los cielos con su esplendor. Y como estrellas de mérito religioso agotado que caen del cielo, sus ardientes ornamentos empezaron a caer a la tierra con sonidos. Y la cadena del esplendor de la luna, quitada del pecho de Vaidehi, al caer resplandecía como la Ganga que desciende del cielo. Los árboles llenos de diversas aves, con las copas ondeando por el viento que soplaba en lo alto y los mecía, parecían decir: «No temas» [a Sita]. Y los estanques, con sus lotos marchitos y sus peces agitados, parecían afligirse por la desalentada hija de Mithila como por su amiga. Y siguiendo la sombra de Sita, leones y tigres y otras bestias y aves se lanzaban de todas partes con furia. Y las montañas, con sus rostros lavados por cascadas que representaban lágrimas y sus cumbres semejantes a brazos alzados, parecían lamentarse por Sita mientras era llevada. Y al contemplar a Vaidehi llevada, el glorioso Sol, oprimido de tristeza, tenía sus rayos atenuados y su disco oscurecido. «No hay virtud; ¿y dónde está la verdad? Y no hay ni sinceridad ni bondad, en un caso en que Ravana se lleva a la Vaidehi de Rama». Así lamentaron todas las criaturas en gran número. Y las crías de los ciervos, afligidas de miedo, lloraban con rostros desdichados. Y las deidades silvestres, mirando hacia arriba una y otra vez con ojos que denotaban temor, temblaban de pies a cabeza. Para procurar su propia destrucción, el de diez cabezas se llevó a la inteligente Vaidehi, que se lamentaba amargamente, a Sita, que había caído en tal infortunio, de dulce voz, que gritaba: «¡Oh Lakshmana!», «¡Oh Rama!», y que echaba miradas al suelo muchas veces y a menudo, con las puntas de su cabello ondeando y su tilaka borrado. Entonces, oprimida por la carga del miedo, Sita, de luminosas sonrisas, la hija de Mithila, privada de sus amigos, al no ver ni a Rama ni a Lakshmana, palideció de semblante.

Section 52

Al verlo elevarse en el aire, la hija de Janaka, Maithili, se afligió y se agitó sobremanera, y grande fue el miedo que se apoderó de ella. Con los ojos expresando ira, llanto y espanto, Sita, mientras era llevada, llorando lastimeramente, habló al señor de los rakshasas, de torvos ojos, diciendo: «¿No sientes vergüenza, oh vil miserable Ravana, por este acto, tú que, sabiendo que yo estaba sola, huyes volando llevándome? Cobarde que eres, fuiste tú quien, deseoso de llevarme, mediante la forma de un ciervo, por tu [poder de] ilusión, te llevaste a mi señor. Y también el que se esforzó por rescatarme ha sido muerto por ti: el antiguo rey de los buitres, que era amigo de mi suegro. Grande, en verdad, se halla tu fuerza, oh el más vil de los rakshasas, pues me has llevado con solo declarar tu nombre, pero no me has ganado en la guerra. ¿Por qué no te avergüenzas, oh execrable, tras haber perpetrado un acto tan atroz, tras haberte llevado a la esposa de otro en ausencia de su esposo? Este acto cruel e inmundo tuyo, cargado de injusticia, lo divulgarán por el mundo las personas heroicas. ¡Maldición sobre tu heroísmo y tu verdad, de que hablaste en aquel momento; y maldición también sobre este carácter tuyo, calculado para manchar tu linaje en este mundo! ¿Qué puedo hacer (contigo), mientras avanzas con rapidez? Pero detente un momento, y no volverás con vida. Si entraras en el campo de visión de aquellos hijos del rey, no podrías, aunque te acompañara tu ejército, vivir ni un momento. Así como un ave no puede soportar el contacto de un fuego llameante en un bosque, tú nunca podrás soportar el contacto de sus flechas. Procurando tu propio bien, déjame, oh Ravana. Si no me dejas ir, mi esposo junto con su hermano se esforzaría por tu destrucción. Como, intento en el goce sensual, te esfuerzas por violarme, este mismo esfuerzo tuyo, oh vil criatura, quedará en nada. Sin ver a mi señor, semejante a un celestial, no puedo, bajo el dominio de mi enemigo, soportar vivir mucho. Así como quien mora en la tierra percibe los objetos en sus relaciones invertidas en el momento de su muerte, así tú no percibes lo que es para tu bien o provecho. Los moribundos no gustan de lo que les haría bien. Te veo con el lazo de la Muerte enrollado en torno al cuello. Como tú, oh vagabundo de la noche, no te ves afectado por el miedo, aunque la situación es de las que suscitan aprensión, es claro que verás los árboles de oro, el espantoso río Vaitarani que fluye con sangre, el terrible bosque, oh Ravana, rebosante de hojas en forma de espadas, y un afilado salmali que contiene flores de brillante oro, que tiene lapislázulis por hojas y lleva espinas de hierro. Pero, oh desvergonzado, como una persona que ha bebido veneno, habiendo hecho este mal a aquel de alma elevada, no podrás salvarte. Oh Ravana, estás firmemente atado en el lazo de la Muerte. Habiendo hecho esta inmunda jugada a aquel de alma elevada, ¿adónde irás para hallar respiro? ¿No te matará a ti, que te llevas a su amada esposa, aquel fuerte y heroico Raghava, hábil en todas las armas, que sin su hermano, en un abrir y cerrar de ojos, en batalla mató a catorce mil rakshasas?». Así y de otros modos, la hija de Videha, tendida en el regazo de Ravana, abrumada de miedo y de aflicción, se entregó a lastimeras lamentaciones. Y el malvado (Ravana), con el cuerpo trémulo, se llevó a la hija del rey, sumamente angustiada, que hablaba mucho y hablaba lastimeramente, profiriendo lamentaciones y haciendo esfuerzos (por librarse).

Section 53

Llevada (por Ravana), Vaidehi, no hallando defensor alguno, vio a cinco monos principales apostados en la cima de una colina. Entonces aquella dama de amplios ojos y sobrepujantes encantos, con la esperanza de que transmitieran la noticia a Rama, arrojó en medio de ellos su manto de seda de brillo dorado y sus elegantes ornamentos. Pero el de diez cabezas, por la prisa, no advirtió el lanzamiento del paño junto con los ornamentos. Aquellos primeros de los monos, de ojos fulvos, observaron con ojos sin parpadeo a Sita, de grandes ojos, que se entregaba a la aflicción. Y el señor de los rakshasas, pasando más allá del Pampa, dirigió su rumbo hacia la ciudad de Lanka, llevando consigo a la hija de Mithila, que se entregaba a lamentaciones. Experimentando el colmo del deleite, Ravana la violentaba, llevándola en su regazo, como una serpiente de afilados dientes y virulento veneno. Y prontamente, como una flecha disparada de un arco, él, recorriendo el firmamento, dejó atrás bosques, arroyos, montañas y extensiones de agua. Y llegando a la morada de Varuna, aquel refugio de los ríos, el inagotable océano, hogar de ballenas y caimanes, lo cruzó. A causa del rapto de Vaidehi, la morada de Varuna, de dolor, tenía sus olas aquietadas y sus peces y poderosas serpientes inertes. Y los charanas profirieron en los cielos estas palabras: «Oh de diez cabezas, este es tu fin». Así dijeron entonces los siddhas. Y llevando a Sita en su regazo, que representaba su propia Muerte, y que se esforzaba (por liberarse), Ravana entró en la ciudad de Lanka. Y entrando en la ciudad de Lanka, vasta, con todas sus calzadas bien dispuestas y con gente apiñada en sus puertas, entró en su propio aposento interior. Entonces Ravana puso allí a Sita, de ojos de comisuras oscuras, agitada de aflicción y de pena, como si Maya hubiera puesto su propia Ilusión asura (en su propio palacio). Entonces el de diez cabezas habló a unas amigas de terribles rostros: «Que ningún hombre ni mujer vea a Sita sin mi permiso. Y ordeno que, si ella pide perlas, o rubíes, u oro, o vestidos, u ornamentos, se le den. La que, a sabiendas o sin saberlo, diga algo desagradable a Vaidehi, tendrá en poco su vida». Dicho esto a las rakshasis, el poderoso señor de los rakshasas salió del aposento interior y pensó para sí qué había de hacerse (a continuación). Y vio a ocho rakshasas carnívoros de maravilloso poderío. Y al verlos, el sumamente poderoso (Ravana), cegado por la concesión del don, tras ensalzar su fuerza y heroísmo, les habló, diciendo: «Equipados con diversas armas, diríjanse prestamente a Janasthana, aquel campo de matanza que antes contenía la morada de Khara; y desechando el miedo a lo lejos, habiten en el vacío Janasthana, con todos sus rakshasas muertos (por Rama). Muchísimas tropas dotadas de excesivo poderío, que habían sido apostadas en Janasthana, han sido muertas, junto con Dusana y Khara, por las flechas de Rama. De ahí que sin precedentes sea mi cólera, que se alza por encima de mi paciencia; y grande y fiera es también la hostilidad que he concebido contra Rama. Deseo vengarme de mi poderoso enemigo. Sueño no encuentro sin matar a mi enemigo en combate. Matando a aquel matador de Khara y Dusana, Rama, alcanzaré un deleite semejante al que alcanza un pobre al ganar riquezas. Permaneciendo en Janasthana, reunirán ustedes información verdadera acerca de Rama, de lo que se propone. Vayan todos, vagabundos de la noche, con cuidado, y esfuércense siempre por matar a Rama. Conozco bien su fuerza en muchos campos, y por eso los he puesto en Janasthana». Al oír estas agradables y graves palabras de Ravana, aquellos rakshasas, inclinándose ante Ravana, dejaron Lanka y, en grupo, invisibles, partieron en dirección a Janasthana. Habiendo obtenido a la hija de Mithila, Ravana experimentó gran gozo al establecerla (en su propia casa); y habiendo creado alta hostilidad con Rama, Ravana, por ceguera, se regocijó en gran medida.

Section 54

Habiendo encomendado a aquellos ocho terribles y poderosos rakshasas, Ravana, por perversión del sentido, se consideró coronado de éxito. Y cavilando sobre Vaidehi, atravesado hondamente por las flechas de Kama, entró apresuradamente en su encantadora mansión con la intención de ver a Sita. Y al entrar en aquel aposento, Ravana, señor de los rakshasas, vio a la afligida Sita en medio de las rakshasis, con el semblante lloroso, oprimida por una carga de aflicción, como una barca que se hunde en el océano por la violencia de los vientos; como una cierva separada del rebaño de ciervos y rodeada de perros. Llegando junto a Sita, desconsolada por el peso del dolor, que permanecía con la cabeza gacha, aquel vagabundo de la noche, el señor de los rakshasas, le mostró a la fuerza aquella mansión semejante a la mansión de los celestiales, repleta de palacios y señoriales edificios, habitada por millares de mujeres; que contenía aves de varias clases; provista de diversas gemas; con hermosos pilares de marfil, oro, cristal y plata, tachonados de diamantes y lapislázulis. Ravana, en compañía de Sita, subió las hermosas escaleras de oro, que resonaban con el sonido de timbales y estaban realzadas con ornamentos de oro bruñido. Y aquellos elevados edificios tenían excelentes ventanas hechas de marfil y plata, y cubiertas de redes de oro. El suelo estaba por todas partes decorado con ambrosía y gemas. El de diez cabezas mostró en su propia mansión a Maithili grandes estanques y charcas cubiertos de diversas clases de flores. (Todo esto) Ravana lo mostró a Sita, dominada por la aflicción. Y después de haber mostrado a Vaidehi toda aquella mejor de las mansiones, aquel malvado, con la intención de tentar a Sita, le habló, diciendo: «Oh Sita, dejando aparte a ancianos y muchachos, soy el señor de treinta y dos kotis de vagabundos de la noche de terribles acciones. Y mil acuden siempre que se requieren para algún servicio. Si tal es mi soberanía, todo esto está puesto en ti, oh dama de grandes ojos, así como mi vida. Eres más querida para mí que la vida. Oh Sita, sé tú la señora de aquellas numerosas y excelentes mujeres que son mis esposas. Querida, sé mi esposa. Esto es por tu bien. ¿Por qué habrías de obrar de otro modo? Que te agrade mi discurso. Inclina tu mente hacia mí. Te conviene favorecerme, que ardo (en el calor del deseo). Esta Lanka, de cien yojanas, rodeada por el océano, es incapaz de ser hostigada por los propios celestiales encabezados por Indra. Ni entre los celestiales, ni entre los yakshas, ni entre los gandharvas, ni entre las serpientes, hallo a nadie que pueda igualar mi poderío. ¿Qué harás con Rama, un ser humano de corta vida, pobre, de escaso poderío, que practica la mendicidad? Oh Sita, inclina tu mente hacia mí. Soy un esposo apropiado para ti. Oh tímida, la juventud es incierta. Solázate conmigo aquí. Y, oh de hermoso semblante, no desees la vista de Raghava. Oh Sita, ¿qué poder tiene él para venir aquí siquiera en pensamiento? Nadie puede encadenar al sumamente veloz viento en el cielo, ni sujetar la brillante llama de un fuego ardiente. Oh hermosa, en estos tres mundos no hallo a nadie que pueda con su fuerza llevarte, a ti que estás protegida por mis brazos. Gobierna en Lanka este extenso reino. Los semejantes a mí, y los celestiales, y todo lo móvil e inmóvil serán tus servidores. Lavando tus miembros con agua, compláceme. El mal que habías hecho ha sido expiado por tu vida en el bosque: ahora recoge tú el fruto de tus buenas obras. Aquí hay guirnaldas provistas de divina fragancia y, oh Maithili, soberbios ornamentos. Disfruta de todo eso conmigo. Oh de hermosas caderas, el carro llamado Pushpaka, semejante al sol, que (en otro tiempo) perteneció a mi hermano Vaisravana, fue ganado por mí en combate por mi poderío. Y vasto y hermoso es ese carro, provisto de la rapidez de la mente. Solázate tú, oh Sita, a tu placer en él conmigo. Tu rostro sin mancha y encantador de ver, semejante al loto, no parece hermoso, oh de agraciado semblante, oh magnífica doncella, a consecuencia de que estás agitada por la aflicción». Cuando Ravana hubo hablado así, aquella mejor de las mujeres, Sita, cubriendo su semblante semejante a la luna con los extremos de su paño, empezó a derramar suaves lágrimas. Entonces el heroico vagabundo de la noche, Ravana, dijo a Sita, afligida, sumida en el pensamiento y privada de su esplendor por la ansiedad: «Oh Vaidehi, destierra el pudor, que se interpone en el camino del deber. El anhelo que siento por ti está en consonancia con lo que prescriben los sabios. Estos tiernos pies tuyos los pongo sobre mis cabezas. Muéstrame pronto tu favor. Soy tu esclavo, (siempre) obediente a ti. Que no resulten vanas estas palabras mías, dichas por mí bajo la marchitadora influencia del amor. Ravana nunca ha inclinado su cabeza ante mujer alguna». Dicho esto, el de diez cabezas, sometido al Destructor, miró a Maithili, la hija de Janaka, (como suya), diciendo: «Es mía».

Section 55

Así interpelada, Vaidehi, sin que el miedo la afectara, aunque agitada de aflicción, poniendo una brizna de hierba entre ella y Ravana, le respondió, diciendo: «Hubo un rey llamado Dasaratha, el puente de la rectitud, como una montaña, siempre atento a la verdad y renombrado entre los hombres, cuyo hijo es Raghava. Se llama Rama y es de alma justa y celebrado en los tres mundos. Es de largos brazos, de amplios ojos, semejante a un celestial; él es mi esposo. Nacido en la estirpe de los Ikshvakus, tiene los hombros de un león y está dotado de excesivo resplandor; el mismo que, junto con su hermano Lakshmana, te quitará la vida. Si me hubieras agraviado a la fuerza en su presencia, habrías yacido en batalla en Janasthana como Khara. Todos los poderosos rakshasas de torvos rostros, a quienes has ensalzado (ante mí), serán privados de su veneno ante Rama, como las serpientes ante Suparna. Las flechas adornadas de oro, disparadas con la cuerda del arco de Raghava, atravesarán sus cuerpos, como las olas de la Ganga (golpean contra) sus orillas. Aunque tú, oh Ravana, seas incapaz de ser muerto por los dioses o por los asuras, habiendo despertado la alta hostilidad de Raghava, no podrás librar tu vida. El fuerte Raghava llevará a término lo que resta de tu vida. Como la vida de una bestia atada al poste sacrificial, la tuya es incapaz de ser recobrada. Si Rama te mirara con ojos encendidos de ira, tú, oh rakshasa, serías consumido como lo fue Manmatha por Rudra. Aquel que es capaz de hacer bajar a la Luna o destruirla, y de beberse el océano hasta dejarlo seco, ciertamente liberará a Sita de aquí. Tus días están contados, y la buena fortuna te ha dicho adiós. Estás privado de fuerza y tus sentidos se han embotado. Y es por ti que Lanka quedará sujeta a la viudez. Que tú, por la fuerza, me hayas llevado en vano del lado de mi esposo, este acto pecaminoso nunca podrá conducir a tu felicidad. Aquel sumamente resplandeciente señor mío, junto con el hermano menor de mi esposo, reuniendo su energía, mora sin temor en el vacío Dandaka. Por medio de una lluvia de flechas en el combate, te quitará de la persona tu poderío y tu fuerza, tu altivez y tu maldad. Cuando, impulsada por el Destructor, la destrucción de las criaturas es perceptible, entonces, bajo el dominio del Destructor, los hombres se vuelven descuidados en sus acciones. Habiéndome ultrajado, tú, oh el peor de los rakshasas, llegado tu momento, para procurar tu propia destrucción, así como la de los rakshasas y la de los que moran en tu aposento interior. Un chandala no puede pisar el estrado erigido en medio de un sacrificio, hermoso de cucharones y vasijas y santificado por los nacidos dos veces. Así yo, esposa religiosamente desposada de aquel, siempre atenta a la virtud y (siempre) firme en mis votos, soy incapaz, oh el más vil de los rakshasas, de ser tocada por ti, un pecador. ¿Cómo puede la hembra que siempre ha jugado con su pareja entre lotos echar los ojos a un cormorán que habita entre juncos? Ata o destruye este cuerpo privado de sensación. Este cuerpo no lo protegeré, ni tampoco esta vida, oh Ravana; y no podré atraer reproche sobre mí en este mundo». Habiendo dicho estas ásperas palabras con ira, la hija de Videha, Janaki, no volvió allí a decir nada más a Ravana. Al oír las palabras de Sita, ásperas y calculadas para erizar el vello, Ravana le respondió con palabras tendentes a suscitar aprensión: «Oye, oh Maithili, mis palabras. Oh doncella, si, oh de dulces sonrisas, dentro de este tiempo no te vuelves hacia mí, los cocineros te cortarán en pedazos para servir mi comida de la mañana». Habiendo hablado así, Ravana, el desafiador de enemigos, enfureciéndose sobremanera, dirigió a las rakshasis estas palabras: «Ustedes, espantosas rakshasis, terribles de ver, que se alimentan de carne y sangre, aplasten de inmediato su orgullo». Apenas hubo dicho esto, aquellas espantosas y terribles rakshasis, con las manos juntas, rodearon a Maithili. Entonces el rey Ravana, de torvo semblante, como si hendiera la tierra con su paso, avanzando un paso o dos, dijo: «Lleven a Maithili al bosque de Asokas. Allí, rodeándola, guárdenla en secreto; y allí, (a veces) con tempestad y (otras) con suave habla, esfuércense todas por poner a la hija de Mithila, como una elefanta salvaje, bajo su dominio». Así mandadas por Ravana, aquellas rakshasis, llevando consigo a Maithili, fueron al bosque de Asoka, abundante en árboles que conceden todo deseo, y lleno de diversas clases de frutos y flores; y frecuentado por aves colmadas de jugos en todas las estaciones. Y como una cierva cae bajo el dominio de tigresas, la hija de Janaka, Maithili, con el cuerpo agotado de aflicción, cayó bajo el dominio de las rakshasis. Y como una cierva presa firmemente en una trampa, la tímida hija de Janaka, Maithili, agitada por la poderosa aflicción, no alcanzó respiro. Y duramente increpada por los fieros ojos (de las rakshasis), Maithili no conoció reposo; y, afligida de pena y miedo, recordando a su amado señor junto con Lakshmana, se desmayó.

Section 56

Habiendo matado al rakshasa Maricha, capaz de tomar formas a voluntad, que había andado en forma de ciervo, Rama se volvió prestamente por el camino. Habiendo entrado Sita en Lanka, el gran padre dijo al complacido Devendra de cien sacrificios: «Para procurar el bienestar de los tres mundos y la desdicha de los rakshasas, Sita ha sido llevada a Lanka por el malvado Ravana. Devota de su esposo, la exaltada dama, siempre criada en la felicidad, sin ver a su esposo y viéndose (en cambio) rodeada de multitudes de rakshasis, anhela la vista de su señor. La ciudad de Lanka está situada en las orillas del señor de los ríos y arroyos. ¿Cómo puede Rama tener noticia de aquella irreprochable que permanece allí? Cavilando sobre los diversos males que ha sufrido, aquella doncella sumamente rara pasa sus días. Seguramente renunciará a su existencia. Grande es la duda que ha surgido acerca de que Sita ponga término a su existencia. Marcha tú mismo desde aquí y ve a Sita, la de hermoso rostro. Habiendo entrado en la ciudad de Lanka, ofrece excelente mantequilla clarificada». Así interpelado por el reverendo sometedor de Paka, Devendra, en compañía del sueño, se acercó a la ciudad regida por Ravana. Entonces se dirigió al sueño, diciendo: «Ve tú, y aturde a los rakshasas». Así interpelada por Maghavan, aquella diosa, sumamente complacida, para asegurar el éxito de la obra de los celestiales, cubrió a los rakshasas de estupor. Entretanto, aquel dios, el señor de Sachi, de mil ojos, fue hacia (Sita), que permanecía en el bosque, y le habló estas palabras: «Soy el soberano de los celestiales. ¡Que la fortuna te sea propicia! Estoy aquí, oh de luminosas sonrisas. Para asegurar el éxito de la obra de Raghava, el de gran alma, te prestaré mi ayuda. No te aflijas, oh hija de Janaka. Por mi gracia, él cruzará el océano con sus fuerzas. Y, oh excelente moza, yo he aturdido por mi poder sobrenatural a las rakshasis. Y, oh Sita, por esta razón yo, junto con el sueño, trayendo este arroz, arroz hervido en mantequilla clarificada, he venido a ti, oh Vaidehi. Si tomas esto de mi mano, nunca serás afligida, oh hermosa, ni por hambre ni por sed, oh de muslos semejantes a rambha (troncos), durante años». Así interpelada, Sita, alarmada, dijo: «¿Cómo puedo saber que usted es Devendra, el esposo de Sachi, que permanece aquí? Junto a Rama y a Lakshmana he contemplado las señales de los celestiales. Si usted, oh Devendra, es en verdad el soberano de los celestiales, muéstremelas». Al oír las palabras de Sita, el señor de Sachi obró en consecuencia. No tocaba la tierra con los pies y sus ojos permanecían sin parpadear. Florecía en juventud y las flores de su atuendo no se marchitaban. Entonces, reconociéndolo como Vasava, Sita se llenó de alegría. Y llorando, habló acerca de Raghava: «Por suerte he oído hablar de aquel de brazos poderosos junto con su hermano. Como lo es mi suegro, el rey, como lo es el señor de Mithila, así es usted (para mí), a quien contemplo hoy; mi esposo ha hallado ahora un protector. Y por su mandato, oh Devendra, tomaré este payasa cocido con leche, que me ha sido ofrecido y que realzará (la prosperidad de) nuestra estirpe». Entonces, tomando el payasa de las manos de Indra, aquella Maithili de luminosas sonrisas lo ofreció (mentalmente) a su esposo y también a Lakshmana: «Si mi poderoso señor vive junto con su hermano, que esto sea de ellos por mi reverencia hacia ellos». Luego tomó ella misma el payasa. Habiéndolo comido así, aquella de excelente semblante vio quitados su hambre y su creciente pesar; y adquiriendo de Indra una disposición mental, Janaki se alegró respecto de los Kakutsthas. Y Sakra también, para procurar el éxito de la obra de Raghava, con mente complacida, se fue a la morada de los celestiales. Y saludando a Sita una y otra vez, aquel celestial de alma elevada, en compañía del sueño, regresó a su propia morada.

Section 57

Matando al rakshasa Maricha, que tomaba formas a voluntad y andaba en forma de ciervo, Rama emprendió prestamente su camino. Y mientras se apresuraba, ansioso por contemplar a Maithili, unos chacales empezaron a aullar horriblemente a su espalda. Al oír sus ásperos gritos, capaces de erizar los cabellos, Rama, herido de temor por las voces de los chacales, se llenó de alarma. «¡Ah! Considero esto de mal agüero: que estos chacales gritan. ¡Que la buena fortuna alcance a Vaidehi, librada de ser devorada por los rakshasas! Si Lakshmana hubiera oído los gritos que Maricha, conociendo mi voz y fijándose en el medio de hacerme daño, profirió en forma de ciervo, Saumitri, al oír esa voz, dejando a la hija de Mithila y encargado por ella misma, debe de haber venido cerca de mí. Seguramente los rakshasas en grupo desean matar a Sita. Hecho un ciervo de oro, Maricha, tras haberme atraído lejos, se transformó en rakshasa en cuanto fue herido por mis flechas; y exclamó: “¡Ah, Lakshmana, estoy muerto!”. Es dudoso que todo esté bien con ella, habiéndola dejado nosotros (a Sita). He suscitado la hostilidad de los rakshasas por causa de Janasthana; y muchos y espantosos son los presagios que veo (a mi alrededor)». Reflexionando así mientras oía los aullidos de los chacales, el sereno Rama regresó con pasos apresurados a la ermita. Raghava volvió a Janasthana, alarmado por haber sido apartado por el rakshasa en forma de ciervo. Y aves y bestias se acercaron a aquel de alma elevada, angustiado y abatido de espíritu; y, quedando a su izquierda, lanzaron espantosos gritos. Mientras presenciaba los sumamente espantosos presagios, Raghava vio venir a Lakshmana con un aire sin brillo (en el semblante); y Lakshmana llegó junto a Rama. Y abatido de espíritu, fue entristecido aún más por aquel que, afligido de abatimiento, compartía su pena. Y viendo que (Lakshmana) había venido dejando a Sita en aquel solitario bosque frecuentado por rakshasas, su hermano se puso a reprenderlo. Y tomando la mano izquierda de Lakshmana, el hijo de Raghu, en extrema aflicción, dijo dulcemente estas rudas palabras: «¡Ay, Lakshmana! Has cometido un acto censurable; dejando a Sita, oh apacible, has venido aquí. ¿Está bien ella? No dudo, oh héroe, de que la hija de Janaka ha sido muerta o devorada por rakshasas que andan por el bosque. Y, considerando los muchos presagios que ocurren ante mí, oh Lakshmana, no sé si hallaremos bienestar de Sita, la hija de Janaka, viva, oh mejor de los hombres. Y como estas multitudes de bestias y estos chacales gritan espantosamente hacia el rumbo llameante, no sé, oh de gran fuerza, si está bien aquella hija del rey. Este rakshasa que, tomando la forma de un ciervo y atrayéndome, me había llevado lejos, ha sido de algún modo muerto por mí con mucho trabajo; y se hizo rakshasa en el momento de su muerte. Sin embargo, mi mente está pobre y sin alegría; y me late el ojo izquierdo. Sin duda, oh Lakshmana, Sita ya no es: o ha sido raptada, o está muerta, o anda errante por el camino».

Section 58

Al ver a Lakshmana abatido, sin alegría y venido sin Vaidehi, el justo hijo de Dasaratha le preguntó, diciendo: «¿Dónde, oh Lakshmana, está aquella Vaidehi que me ha seguido al bosque de Dandaka y a quien has dejado para venir aquí? ¿Dónde está aquella de esbelto talle, que es el auxilio en la desgracia de mí, privado de mi reino, abatido y que corro por los Dandakas? Sin la cual, oh héroe, no puedo vivir un momento, ¿dónde está esa ayuda de mi vida, Sita, semejante a la hija de un celestial? Oh Lakshmana, sin la hija de Janaka, (de color) como oro ardiente, no codicio la soberanía de los celestiales ni de la tierra. ¿Vive Vaidehi, más querida para mí que la vida? ¿Será en vano este destierro mío? Oh hijo de Sumitra, muriendo yo por Sita y regresando tú (a la ciudad), ¿tendrá Kaikeyi su deseo y alcanzará la felicidad; y servirá humildemente Kausalya, muerto su hijo y ella misma con el atuendo de una mendicante, a Kaikeyi, cuando ella haya conseguido el reino para su hijo? Si Vaidehi vive, volveré entonces a la ermita; pero, oh Lakshmana, si aquella de excelente carácter ha muerto, yo también renunciaré a mi vida. Si, oh Lakshmana, Vaidehi, siempre preludiando su habla con una sonrisa, no me habla cuando llegue a la ermita, daré mi vida. Dime, oh Lakshmana, si la hija de Videha vive o no; o si, a causa de tu obrar descuidado, aquella desamparada moza ha sido devorada por los rakshasas. De tierno cuerpo y mera muchacha, Vaidehi, que nunca ha experimentado la desdicha, abatida, seguramente llora por mi separación. Cuando aquel sumamente malvado rakshasa gritó “Lakshmana” a voz en cuello, ¿te sobrecogió también el miedo? Y temo que esa voz semejante a la mía fue oída por Vaidehi; y, enviado por ella de miedo, puedes haber venido aquí presto a verme. Has obrado de todos modos sin sensatez al dejar sola a Sita en el bosque. Con esto has dado oportunidad a los crueles rakshasas de reparar el daño (que les he hecho). Los rakshasas que se alimentan de carne están agraviados por haber sido muerto Khara; y ahora, sin duda, esos terribles han matado a Sita. ¡Ay! Absolutamente hundido estoy en el peligro, oh destructor de enemigos. ¿Qué haré ahora? Temo que tal suceso estaba destinado para mí». Pensando así en Sita, dechado entre las mujeres, Raghava fue apresuradamente a Janasthana en compañía de Lakshmana. Reprendiendo a su hermano menor, de semblante afligido, Rama, afligido de hambre y sed y abatido de ánimo, suspirando hondamente con el semblante palidecido, entró en la ermita y la halló vacía. Y entrando en su propia ermita, aquel héroe fue a los lugares de juego (de Sita) y, recordando el campo de recreo (de Sita) en aquella morada, se llenó de aflicción y se le erizó el vello.

Section 59

Cuando salía de la ermita, el descendiente de Raghu, Rama, tras un rato, de pena, dijo estas palabras al hijo de Sumitra: «Cuando, confiando en ti, dejé contigo a Maithili en el bosque, ¿por qué fuiste entonces a salir, dejándola atrás? Oh Lakshmana, apenas te vi acercarte, abandonando a Maithili, mi mente, temiendo un gran mal, se afligió de veras. Oh Lakshmana, al verte venir a lo lejos, abandonándola, mi ojo izquierdo y mi brazo, así como mi corazón, no cesan de latir». Así interpelado, Lakshmana, de auspiciosas señales, afligido de gran pena, dijo al afligido Rama: «No he venido aquí por mi propia voluntad, abandonando a Sita; sino que he venido a ti, instado a ello por ella misma con rudeza. Los gritos de “¡Oh Lakshmana, sálvame!”, como si los profiriera el señor, llegaron a los oídos de Maithili. Al oír aquellos acentos angustiosos, Maithili, por afecto [hacia ti], prorrumpiendo en lamentaciones y abrumada de miedo, me habló: “¡Vete!”, “¡Vete!”. Al ser instado repetidamente con “Ve”, respondí a Maithili con estas palabras, tendentes a inspirarle confianza: “No veo a tal rakshasa que pueda suscitar temor en él. Desista usted. Estos gritos no vienen de él; sino que deben de haber sido proferidos por algún otro. ¿Cómo puede aquel que puede rescatar a los propios celestiales proferir, oh Sita, una palabra tan censurable y vil como: sálvame? Alguien, con algún propósito, tomando la voz de mi hermano, está gritando: Oh Lakshmana, sálvame. Oh hermosa dama, estas palabras, Sálvame, deben de haber sido proferidas por algún rakshasa de miedo. No debe usted obrar como una mujer mezquina. No se abrume; y destierre su ansiedad. No respira persona alguna, ni nacerá nadie en estos tres mundos que en el campo venza a Raghava en combate. Raghava es incapaz de ser derrotado en batalla por los propios dioses encabezados por Indra”. Así interpelada (por mí), Vaidehi, privada de sus sentidos, derramando lágrimas, me dijo estas crueles palabras: “Tú albergas la vil idea de que, perecido tu hermano, me obtendrás; pero a mí nunca me tendrás. Como no vas a él, aunque está gritando con fuerza (pidiendo ayuda), sigues a Rama conforme a una insinuación de Bharata. Un enemigo que anda disfrazado, sigues a Rama por mi causa, espiando las flaquezas de Raghava; ¿y es por esto que no vas (a él)?”. Así interpelado por Vaidehi, yo, con los ojos enrojecidos de ira y mi labio inferior hinchado de cólera, salí precipitadamente de la ermita». Cuando Saumitri hubo hablado así, Rama, transportado de pena, dijo a Lakshmana: «Oh apacible, has obrado mal al haber salido aquí sin ella. Aunque sabías (muy bien) que yo era capaz de resistir a los rakshasas, saliste, sin embargo, a las airadas palabras de la hija de Mithila. No estoy complacido contigo de que, al oír su áspero discurso dicho con ira, hayas venido aquí dejando atrás a Vaidehi. Has obrado mal de todos modos al no cumplir mi mandato por haber sido instado por Sita y bajo el influjo de la indignación. Ese rakshasa yace postrado, herido por mis flechas, el que me había apartado de la ermita llevando la forma de un ciervo. Lo herí frunciendo ligeramente el entrecejo y ajustando la flecha en el arco; entonces, abandonando su forma de ciervo, se hizo un rakshasa que llevaba un brazalete y empezó a emitir chillidos angustiosos. Herido por mi flecha, él, tomando mi voz, y con acentos capaces de ser oídos desde lejos, profirió aquellas espantosas palabras cargadas de dolor, al oír las cuales has venido aquí, abandonando a la hija de Mithila».

Section 60

Mientras Rama avanzaba, le fallaban los pies, empezó a latirle el ojo izquierdo y un temblor invadió su cuerpo. Viendo una y otra vez todas estas señales, siguió preguntando continuamente (a Lakshmana): «¿Está bien Sita?». Ansioso por ver a Sita, avanzó deprisa; pero al hallar vacía la morada, se llenó de ansiedad. Y avanzando con presteza, agitando sus miembros, el hijo de Raghu empezó a examinar toda la cabaña. Entonces la halló vacía de Sita, como un estanque en mal estado y privado de lotos en invierno. Y al ver la choza vacía, con sus árboles como afligidos, sus flores marchitas y sus bestias y aves sumidas en la tristeza, privada de gracia, gastada, abandonada por las deidades silvestres, esparcida de pieles de ciervo, kusa y haces de kasa, lloró una y otra vez: «¿Ha sido llevada la tímida, o está muerta, o la ha comido alguien, o ha desaparecido (de la tierra), o se ha ido al bosque, o se ha ido a recoger flores y frutos, o se ha ido al estanque para procurarse agua, o se ha encaminado al río?». Aunque buscó con esmero a su amada, no logró hallarla en el bosque. Y aquel agraciado, con los ojos enrojecidos de aflicción, parecía un demente. Y corrió de árbol en árbol, y lamentándose, hundido en un océano de pena, recorrió todos los ríos y montañas. «Oh Kadamba, ¿has visto dónde está aquella aficionada a los bosques de kadamba? Si lo sabes, dime de Sita, de auspicioso semblante. Oh Bilva, dime, por favor, si la has visto, vestida de seda, semejante a frescas hojas y con un pecho como los frutos del Bilva. O, oh Arjuna, ella era muy aficionada a ti; dime si vive aquella hija de Janaka, de esbelto cuerpo. Este Kakubha sabe de cierto acerca de Maithili, de muslos semejantes al Kakubha. Allí se alza hermoso ese Vanaspati, envuelto en enredaderas, flores y hojas y lleno del zumbido de los Bhramaras. Seguramente este Tilaka sabe de aquella que era aficionada a ella. Oh Asoka, que quitas las penas, haz honor a tu nombre haciendo que yo, agitado de aflicción, vea al instante a mi amada (esposa). Oh Tala, si tienes alguna piedad de mí, dime si has visto a aquella hermosa doncella, de pecho semejante a maduros frutos del Tala. Dime sin miedo, oh Jambu, si has visto a mi amada, semejante en color al río Jambu. Oh Karnikara, te ves muy hermoso con estas flores que brotan; dime si has visto a mi querida y devota esposa, que era aficionada a ti». Así el famosísimo Rama, preguntando por Sita, acercándose a los diversos árboles, como el mango, el nipa, el mahasala, el panasa, el kurava, el granado, el vakula, el pumnaga, el sándalo y el keta, empezó a recorrer el bosque como un demente. De nuevo se dirigió a los diversos animales: «Oh ciervo, ¿sabes de cierto de Janaki, de ojos de cierva; juega ella con las ciervas? Oh elefante, me parece que sabes de la hija de Janaka, de muslos semejantes a tu trompa; dime, por favor, si la has contemplado. Oh tigre, relátame sin miedo si has visto a mi amada Maithili, de semblante semejante a la Luna. ¡Oh querida! ¡Oh de ojos semejantes a lotos! ¿Por qué huyes volando? Seguramente te he visto. ¿Por qué no me hablas, escondiéndote tras el árbol? ¡Espera, espera, oh hermosa doncella, no tienes compasión de mí! ¡Nunca antes te habías burlado así de mí! ¿Por qué me descuidas ahora? Oh exquisitamente hermosa doncella, en verdad te he descubierto por este tu paño de seda amarillo. Te he visto huir volando. Detente, si tienes algún amor por mí. O bien, oh de dulce sonrisa, no eres ella; en verdad has sido muerta, pues de otro modo no me habrías descuidado en este momento de terrible aflicción. Cierto es que ha sido devorada en mi ausencia por los rakshasas que viven de carne, tras desgarrar en pedazos sus miembros. En verdad su rostro, semejante a la luna llena, de hermosos dientes, fina nariz y blancos kundalas, ha palidecido de semblante al caer en posesión de los rakshasas. Su cuello tenía el color del sándalo y estaba adornado de collar; aquel hermoso y tierno cuello fue devorado por los rakshasas, mientras mi amada esposa gemía. Sus brazos eran tiernos como hojas y estaban adornados con diversos ornamentos; en verdad los rakshasas los han devorado, sacudidos como estaban al lanzarlos de aquí para allá. ¡Ay! ¿La dejé sola solo para ser devorada por los rakshasas? Y ha sido devorada como una débil e indefensa, aunque tiene muchos amigos. Oh Lakshmana, oh de brazos poderosos, ¿has visto dónde está mi querida esposa? ¡Oh querida! ¡Oh Sita! ¿Adónde has ido?». Lamentándose una y otra vez de este modo, Rama empezó a recorrer el bosque. A veces saltando, a veces caminando en dirección incierta, una y otra vez parecía un hombre privado de sentido. Y de nuevo, empeñado en buscar a Sita, se dedicó furiosamente a recorrer los ríos, montañas, manantiales y bosques. No podía esperar con paciencia en ninguna parte. Entrando en un vasto bosque, buscó en cada rincón a Maithili; su deseo no fue satisfecho y de nuevo se dedicó con gran esfuerzo a hallar a su querida esposa.

Section 61

Al contemplar la ermita y la cabaña desoladas y los asientos esparcidos aquí y allá, Rama, el hijo de Dasaratha, miró a su alrededor. Y no hallando a Sita en ninguna parte, alzó su hermoso brazo y prorrumpió en lamentaciones, diciendo: «Oh Lakshmana, ¿dónde está Sita? ¿Adónde se ha ido de aquí? Oh Saumitri, ¿quién se ha llevado a mi querida o quién la ha devorado? Oh Sita, si deseas burlarte de mí escondiéndote tras el árbol, basta, basta ya; consuélame a mí, que estoy agitado de aflicción. Oh agradable Sita, sin ti estos fieles cervatillos se han entregado a la meditación, bañados en lágrimas. Sin Sita no respiraré, oh Lakshmana. Una poderosa aflicción me ha sobrevenido por haber sido ella raptada. Mi padre, el monarca, seguramente me contemplará en el otro mundo y me preguntará: “Te encomendé la observancia de un voto; sin cumplirlo, ¿por qué has venido aquí? ¡Oh, vergüenza sobre ti!”. Con seguridad me dirigirá mi padre estas palabras relativas a mi conducta apasionada, falsa y vil. Todos mis deseos han sido ahora frustrados, y he perdido todo dominio sobre mí mismo y estoy agitado de aflicción. Oh hermosa doncella, oh de esbelto talle, ¿adónde vas dejándome atrás, como la fama que abandona a una persona de naturaleza viciosa? Sin ti renunciaré a mi propia vida». Deseoso de ver a Sita, Rama, afligido de pena, empezó a lamentarse de este modo, pero no contempló a la hija de Janaka. Hundido en la aflicción por causa de Sita, se debilitó como un elefante caído en el fango. Entonces, por su bien, Lakshmana le habló, diciendo: «Oh de poderosa inteligencia, no te aflijas. Haz tus esfuerzos junto conmigo. Está aquella alta colina, oh héroe, que contiene muchas cuevas. Maithili, que es aficionada a andar por el bosque y se deleita siempre en contemplar los bosques floridos, debe de haber entrado allí o haber ido al abrevadero que florece de florecillas y lotos. Ha ido al río abundante en peces y Vanjulas, o se ha escondido en alguna parte del bosque para asustarnos y para saber, oh mejor de los hombres, cómo podemos dar con ella. Oh de gran belleza, emprendamos pronto su búsqueda. Oh Kakutstha, si piensas que está en alguna parte de este bosque, no dejaremos rumbo sin probar. No te aflijas». Después de que Lakshmana hubo hablado así por afecto fraterno, Rama, con el corazón sereno, partió con él en busca de Sita. Y buscando en cada rincón de las montañas, ríos, estanques, mesetas, colinas y cumbres, no hallaron a Sita en ninguna parte. Y buscando así por todas las montañas, Rama habló a Lakshmana, diciendo: «No contemplo yo a la auspiciosa Vaidehi en esta montaña, oh Saumitri». Recorriendo todo el bosque de Dandaka, Lakshmana, sumamente afligido, habló a su hermano de llameante energía, diciendo: «Seguramente darás con Maithili, la hija de Janaka, como Vishnu, el de brazos poderosos, obtuvo esta tierra tras haber atado a Vali». Así interpelado por el heroico Lakshmana, Raghava, grandemente afligido de pena, respondió con lastimeros acentos: «Oh de poderosa inteligencia, he buscado en cada rincón de este bosque, este estanque abundante en lotos abiertos y esta montaña que contiene muchas cuevas y manantiales; pero en ninguna parte he visto a Vaidehi, más querida que mi vida». Así lamentándose, Rama, consumido de pena por el rapto de Sita, quedó decaído y afligido de pena, y se desmayó por algún tiempo. Perdió el sentido y todo su cuerpo estaba agitado de aflicción. Muy ansioso y sin aliento, suspiraba hondo y deprisa, y empezó a lamentarse. Y sollozando una y otra vez, el de ojos de loto, Rama, se lamentó con la voz ahogada por el vapor de la pena, exclamando: «¡Ah, Sita!». Entonces su querido hermano Lakshmana, afligido, lo consoló con las manos juntas. Pero, pasando por alto las palabras que caían de los labios de Lakshmana, Rama se lamentó una y otra vez al no ver a su querida Sita.

Section 62

Al no ver a Sita, el virtuoso Rama, de brazos poderosos y ojos semejantes a lotos, fuera de sí de aflicción, se lamentó (de muchas maneras). Atravesado por las flechas de Manmatha, Raghava, como si contemplara a Sita aunque en realidad no la veía, profirió los siguientes lastimeros acentos: «Oh querida mía, tú te deleitas mucho en las flores. Cubriendo tu propia persona con ramitas de Asoka, aumentas mi aflicción. Tus muslos son como los troncos de los plátanos y te has escondido tras el platanar. Pero te percibo, oh hermosa, eres incapaz de mantenerte oculta. Oh auspiciosa, has entrado sonriendo en el bosque de Karnikara. Basta ya de tu pasatiempo, oh querida, que conduce a mi muerte. Además, no es apropiado jugar de este modo en una ermita. Lo sé muy bien, oh querida mía, que eres por naturaleza aficionada a los pasatiempos. Pero, oh de amplios ojos, esta cabaña yace desolada, ven aquí. Evidente es que Sita ha sido devorada por los rakshasas o raptada por ellos, y por eso no se acerca a mí, oh Lakshmana, que me lamento así. Estos ciervos, oh Lakshmana, con ojos llorosos, han estado como declarando que Sita ha sido devorada por los vagabundos de la noche. Oh casta, oh de exquisitamente fino color, oh venerable señora, ¿adónde te has encaminado? Oh Sita, en verdad se ha cumplido hoy el deseo de Kaikeyi. Salí con Sita y regresaré a casa sin ella. ¿Cómo entraré de nuevo en aquel aposento interior vacío de Sita? Seguramente me culpará la gente de cruel y desprovisto de energía. Que no tengo poderío ya se ha manifestado en la destrucción de Sita. Cuando el rey Janaka venga a mí tras mi regreso a casa del destierro, para preguntarme por mi bienestar, ¿cómo lo encontraré? Y seguramente será abrumado de aflicción por causa de su hija cuando me halle sin Sita. Dichoso es mi padre, pues está ahora en el cielo. No me encaminaré a aquella ciudad protegida por Bharata. Sin ella hasta el propio cielo me parece desolado. Vuelve, pues, a la ciudad de Ayodhya, dejándome en este bosque. De ningún modo respiraré sin ella. Abrazándolo cálidamente, dile a Bharata, como yo te instruyo: “Rama te ha dado permiso para administrar este reino”. Como te lo ordeno, saluda con el debido respeto a todas mis madres, Kausalya, Kaikeyi y Sumitra, y protégelas a todas con gran cuidado y respetuosos cumplidos. Oh destructor de enemigos, relata extensamente a mi madre la historia de la destrucción de Sita». Mientras Rama se lamentaba así, abrumado de aflicción por su separación de Sita, la de hermosa cabellera, Lakshmana palideció de semblante y quedó muy angustiado de corazón.

Section 63

Aquel hijo de rey, herido como estaba de aflicción por la separación de su querida, fue de nuevo abrumado de terrible aflicción tras causar pena a su hermano. Hundido en el abismo de la aflicción, Rama, suspirando hondo y llorando lastimeramente, dijo a Lakshmana, que estaba igualmente afligido, palabras dignas de ser dichas en aquella ocasión: «Me parece que no hay otro en esta tierra como yo, perpetrador de viciosos crímenes. Mi corazón o mi alma no se rompe, aunque es aplastado una y otra vez sin respiro por una multitud de dolorosos sucesos. Seguramente perpetré muchas viciosas acciones en mi nacimiento anterior, cuyo fruto sufro ahora y a consecuencia de lo cual me ha sobrevenido desdicha tras desdicha. Al venirme a la memoria, la pérdida de mi reino, la muerte de mi padre, la separación de mi madre y de otros parientes culminan mi aflicción. Al encaminarme a los bosques, oh Lakshmana, en compañía de Sita, mi aflicción se mitigó; más aún, ni siquiera sufría aflicción física. Sin Sita estas penas han crecido de nuevo, como el fuego que llamea otra vez con leña. En verdad mi esposa, tímida como es, ha sido llevada por un rakshasa por la ruta etérea. ¡Ay! Sin duda aquella de agradables acentos lloró lastimeramente de miedo muchas veces y a menudo. Seguramente el pecho de mi querida esposa, redondo y rociado como estaba con pasta de sándalo rojo, quedó bañado en sangre (mientras era devorada por los rakshasas); pero no hay muerte para mí. Aquel semblante, cuya belleza era realzada por una cabellera de rizos y que solía emitir tiernos, suaves y claros acentos, ha palidecido, tomado en posesión por los rakshasas, como la Luna casi devorada por Rahu. Seguramente los rakshasas que viven de sangre han bebido su sangre en el cielo, desgarrando el cuello de mi querida, siempre devota de piadosas observancias. Seguramente aquella de hermosos y amplios ojos gritó con voz débil, como una cierva, cuando era arrastrada de aquí para allá por los rakshasas que la rodeaban en el bosque en mi ausencia. Oh Lakshmana, sentada al pie de esta colina conmigo, aquella piadosa Sita, de gran corazón, de sonriente semblante, solía dirigirte la palabra sobre muchos temas. Este es el Godavari, el mejor de los ríos; mi querida esposa se deleitaba en él: ¿habrá ido allí? Pero nunca va allí sola. ¿O ha ido Janaki, de ojos semejantes a pétalos de loto, a traer lotos? Pero ¿cómo es eso posible?, nunca va sin mí a traer lotos. ¿Habrá entrado a su placer en este bosque lleno de muchos árboles floridos y diversas aves? Pero eso tampoco es posible: es tímida y teme mucho entrar sola en este bosque. Oh Aditya, tú que conoces las acciones piadosas y viciosas de los hombres; tú que das testimonio de la verdad y falsedad de sus acciones, dime, por favor, a mí, herido de aflicción, adónde se ha encaminado mi querida, o si ha sido muerta. Oh Aire, no hay nada sobre la tierra que no esté dentro del alcance de tu vista; dime si Sita, que preserva la fama de mi ascendencia, ha sido muerta o raptada, o si me espera en el camino». Después de que Rama se hubo lamentado así, fuera de sí de aflicción, Saumitri, que siempre sigue el recto camino y no es de ánimo decaído, dijo palabras dignas de ser dichas en aquella ocasión: «Cobra ánimo, desechando tu aflicción, y emprende con energía la búsqueda de Sita. Las personas de gran energía nunca se agotan en la tierra, ni siquiera ante obras arduas». Habiendo hablado así el sumamente poderoso Lakshmana, afligido de pena, Rama, el mejor de los descendientes de Raghu, no lo consideró digno de ser meditado. Desechando la paciencia, se entregó de nuevo a excesiva aflicción.

Section 64

Rama, herido de aflicción, habló a Lakshmana las siguientes lastimeras palabras, diciendo: «Oh Lakshmana, ve prestamente al río Godavari y entérate de si Sita ha ido allí a traer lotos». Así interpelado por Rama, el de rápido paso Lakshmana fue al agradable arroyo Godavari. Reconociendo bien el río, que contenía muchos abrevaderos, Lakshmana habló a Rama, diciendo: «He buscado todos los abrevaderos, pero no la he hallado en ninguna parte; luego grité en voz alta, pero no oyó. No puedo averiguar adónde se ha encaminado Vaidehi, la de esbelto talle, que siempre mitigaba nuestra aflicción mental». Al oír las palabras de Lakshmana, Rama, afligido y abrumado de pena, se encaminó en persona al río Godavari. Al llegar allí, gritó: «¿Dónde está Sita?». Ni el mundo de las criaturas ni el río Godavari informaron a Rama del rapto de Sita por el Señor de los rakshasas, digno de ser muerto. Pensando en la terrible figura y las monstruosas acciones de aquel Ravana de alma viciosa, aquel río no se atrevió a relatarle nada acerca de Sita, aunque había sido designado por las criaturas para relatar la historia concerniente a ella y fue interpelado por Rama con lastimeros acentos. Así defraudado por el río en su deseo de ver a Sita, Rama, atormentado por su separación, habló a Lakshmana, diciendo: «Oh de auspiciosas miradas, este río Godavari no da respuesta. Pero, oh Lakshmana, volviendo sin ella, ¿qué diré a Janaka y a la madre de Vaidehi? ¿Adónde ha ido aquella Vaidehi que solía mitigar mi aflicción, a mí que había sido privado de mi reino y vivía en este bosque de frutos silvestres y verduras? Las noches me parecerán demasiado largas, velando hasta tarde, privado de mis parientes y familiares y sin contemplar a Vaidehi. Puedo recorrer este Mandakini, este Janasthana y esta colina Prasravana si puedo hallar allí a Sita. Mira, oh héroe, los altos ciervos han estado lanzando una y otra vez sus miradas a los hombres; me parece, por sus gestos, que se proponen decirme algo». Al contemplarlos, Raghava, el mejor de los hombres, los miró y dijo con acentos ahogados por el vapor: «¿Dónde está Sita?». Así interpelados por aquel Señor de los hombres, los ciervos se levantaron de pronto y miraron hacia el cielo, de cara al sur, y avanzaron en la dirección por la que Maithili había sido llevada. Y moviéndose por aquel camino, aquellos ciervos miraron al Señor de los hombres y fijaron una y otra vez sus miradas en aquel camino y en la tierra, y pasaron emitiendo gritos que fueron notados por Lakshmana. Notó con atención sus movimientos y gritos y habló a su hermano mayor como afligido, diciendo: «Interpelados por ti con “¿Dónde está Sita?”, estos ciervos se han levantado de pronto y han estado señalando hacia el sur y la tierra; avancemos, pues, en esta dirección: puede que encontremos a aquella venerable señora o hallemos algunos recuerdos de ella». Entonces Kakutstha, dotado de suprema belleza, avanzó hacia el sur, seguido por Lakshmana y con la mirada puesta en la tierra. Mientras avanzaban así, conversando entre sí, los dos hermanos vieron algunas flores esparcidas en el camino real.

Al contemplar un montón de flores esparcidas en el suelo, Rama, sumamente afligido, habló a Lakshmana con lastimeros acentos, diciendo: «Oh Lakshmana, he llegado a saber que estas son las flores del bosque que di a Vaidehi; con ellas adornaba su cabello. Me parece que el sol, el aire y la famosa tierra las han preservado para mi bien». Habiendo dicho estas palabras a Lakshmana, el mejor de los hombres, el virtuoso Rama, de brazos poderosos, se dirigió a la montaña que tenía ante sí, que contenía muchos manantiales, diciendo: «Oh la mejor de las montañas, ¿has contemplado en esta pintoresca tierra boscosa a aquella exquisitamente fina doncella, atormentada por mi separación?». Sumamente airado, increpó a la montaña como un león que se dirige a un pequeño ciervo, diciendo: «Muéstrame a mi graciosa Sita, de color de oro, antes de que aplaste tus cumbres». Así interpelada por Rama a causa de Maithili, la montaña no le mostró a Sita. De nuevo le dijo Rama: «Serás reducida a cenizas por el fuego de mis flechas; tus ramitas y hojas serán totalmente destruidas y nadie recurrirá a ti. Oh Lakshmana, secaré este río Godavari si no me dice de Sita, la de semblante semejante a la luna». Rama, sumamente airado, lanzó sus miradas a su alrededor como deseando quemarlo todo con sus ojos y contempló huellas de los rakshasas en la tierra, así como las de Sita, que corría desatinada de aquí para allá, aterrorizada y deseosa de ver a Rama, mientras era perseguida por los rakshasas. Al contemplar estas huellas, el arco partido, la aljaba y el carro roto en muchos pedazos, Rama, aterrorizado, habló a su querido hermano: «Mira, oh Lakshmana, los restos de los ornamentos de oro de Vaidehi, esparcidos aquí y allá, y diversas guirnaldas. Mira, oh Saumitri, la tierra cubierta de gotas de sangre semejantes a gotas de oro. Me parece, oh Lakshmana, que Vaidehi ha sido devorada por los rakshasas que toman formas a voluntad, tras haberla despedazado. Oh Saumitri, hubo un terrible combate entre los rakshasas, que luchaban entre sí por causa de Sita. Oh apacible, ¿de quién es este arco roto que yace sobre el pecho de la tierra, adornado y rematado de perlas y diamantes? Oh hermano, esto pertenece a los celestiales o a los rakshasas. ¿De quién es esta armadura de oro que yace destrozada en la tierra, semejante en color al sol recién salido y adornada de zafiro? ¿De quién es esta sombrilla que yace rota en la tierra, que contiene cien varillas y está adornada con guirnaldas celestiales? ¿En el combate de quién han sido muertos estos terribles asnos, de grandes proporciones, de rostros de demonio y con petos? ¿De quién es este destrozado carro de guerra que yace volcado en el suelo, y esta bandera rota, semejante en brillo al oro ardiente? ¿De quién son estas terribles flechas emplumadas de oro, que miden cuatrocientos dedos y yacen sin puntas en la tierra? Mira, oh Lakshmana, estos dos carcajes han quedado totalmente estropeados aunque llenos de flechas. ¿De quién es este cochero que ha sido muerto con riendas y látigo en las manos? Estas huellas deben de ser de algún rakshasa. Yo hice de estos rakshasas mis mortales enemigos, que toman formas a voluntad y son de corazones torcidos. La pobre Sita debe de haber muerto, o haber sido raptada por ellos o devorada. La virtud no la salvó de ser raptada en este poderoso bosque. Oh Lakshmana, si la virtud no protegió a Janaki de ser devorada o llevada a hurtadillas, ¿qué otra persona dotada de poder celestial, sobre esta tierra, procurará mi bienestar? Por esto la gente, por ignorancia, desdeña al siempre bondadoso Todopoderoso, el señor de las criaturas y el mejor de los celestiales. En verdad me considerarán los celestiales un hombre desprovisto de poderío, a mí que soy apacible, bondadoso, siempre empeñado en el bienestar de la humanidad y he dominado todos mis sentidos. Observa, oh Lakshmana, que, al tenerme por sostén, estas cualidades se han vuelto otros tantos defectos. En verdad se manifestará hoy mi poderío, eclipsando todas mis otras cualidades, para la destrucción de los rakshasas y de todos los seres creados, como la salida del Sol que arroja a la Luna a la sombra en el día de la disolución. Nadie gozará de felicidad, oh Lakshmana: ni yakshas, ni gandharvas, ni pisachas, ni rakshasas, ni kinnaras, ni seres humanos. Hoy se llenará el firmamento con mis flechas. Dejaré inmóviles a todos los animales que habitan los tres mundos. Detendré el movimiento de los planetas y eclipsaré la Luna. Deteniendo el curso del viento y destruyendo los rayos del Sol y del fuego, envolveré la tierra en tinieblas, aplastaré las cumbres de las montañas, secaré los estanques, arrancaré las enredaderas, demoleré el Océano y erradicaré los árboles. Si los celestiales no me devuelven a mi Sita, provocaré la disolución de los tres mundos, que de otro modo habría sido obrada por el tiempo. Oh hijo de Sumitra, al instante los celestiales encabezados por Indra toparán con mi poderío, si no me devuelven a mi Sita, que siempre promueve mi bienestar. Nadie podrá recorrer el firmamento. Mira, Lakshmana, que, aplastado perpetuamente por las flechas disparadas de mi arco, el mundo será perturbado y desquiciado, y los animales y las aves serán confundidos y destruidos. Tensando el arco hasta mis orejas, dejaré el mundo, por causa de Sita, vacío de pisachas y rakshasas con mis flechas, incapaces de ser resistidas por los seres creados. Hoy contemplarán los celestiales el poder de mis flechas, que corren una larga distancia, disparadas por mi ira. Destruidos los tres mundos a causa de mi cólera, celestiales, danavas, pisachas o rakshasas, ninguno se salvará. Las moradas de los celestiales, asuras, yakshas y rakshasas caerán hendidas por mis flechas en diversos pedazos. Desquiciaré el mundo entero con mis flechas. Si los celestiales no me devuelven a mi Vaidehi, muerta o raptada o tal como era antes, destruiré todo el mundo, móvil e inmóvil, y lo perturbaré todo con mis flechas hasta que la vea». Habiendo hablado así, Rama, con los ojos enrojecidos de ira y los labios hinchados, atando firmemente su corteza y su piel de ciervo, trenzó sus cabellos enmarañados. Hecho esto, sumamente airado, parecía Rudra a punto de destruir Tripura. Entonces, tomando su arco de Lakshmana y sujetándolo con firmeza, el resplandeciente Rama, el vencedor de enemigos, le ajustó llameantes flechas, como otras tantas serpientes, y dijo, agitado de ira como el fuego en vísperas de la disolución: «Oh Lakshmana, nadie podrá resistirme a mí, que estoy inflamado de rabia, así como la debilidad producida por la vejez, la muerte, el tiempo y el deber son incapaces de ser desviados por los animales de sus destinados fines. Provocaré una poderosa revolución en el orbe que contiene a los celestiales, gandharvas, seres humanos, pannagas y las montañas, si no recupero, en su belleza prístina, a mi Sita, la hija del rey de Mithila».

Section 65

Rama, sumamente afligido por el rapto de Sita, dispuesto a destruir el mundo como el fuego de la disolución y lanzando su mirada, suspirando una y otra vez, sobre el arco tensado, como Mahadeva deseoso de quemar todo el mundo en el momento de la disolución, Lakshmana, con el semblante demacrado, al ver su ira jamás vista, comenzó con las manos plegadas: «Hasta ahora has sido apacible, dueño de ti mismo y empeñado en el bienestar de todos los seres. No te conviene ahora renunciar a tu natural temple, influido por la ira. Siempre se ha manifestado en ti la gloria por excelencia, como el esplendor en la Luna, el brillo en el Sol, el movimiento en el viento y el perdón en la Tierra. No te conviene devastar todo el mundo por el crimen de un solo ser. Me parece de seguro que este carro destrozado debe de ser propiedad de una sola persona, no de muchas. Pero no sé de quién es este carro con yugos y atavíos ni por qué ha sido destrozado. Mira, oh hijo de un Rey, este terrible lugar bañado en sangre y rastrillado de cascos y ruedas. Seguramente aquí hubo un combate. Oh el primero de los hábiles en el habla, por estas señales parece que esta escaramuza tuvo lugar con uno, no con dos. Aquí no se ven las huellas de un gran ejército. Por tanto, no te conviene destruir todo el mundo por la ofensa individual de uno solo. Los reyes, apacibles y suaves por naturaleza, administran siempre el castigo en proporción a la cuantía de la ofensa. Tú eres siempre el sostén y el mejor refugio de todos los animales. ¿Quién pensará bien, oh Raghava, de la destrucción de tu esposa? Los celestiales, danavas, gandharvas, ríos, mares y montañas, ninguno puede obrar de modo poco amistoso contigo, como los sacerdotes instruidos no pueden obrar impropiamente con aquellos a quienes han iniciado. Es tu deber, oh rey, con el arco en la mano, buscar a la persona que se ha llevado a Sita, junto conmigo y con los devotos. Exploraremos, con gran cuidado, los mares, el bosque, las montañas, las espantosas cuevas, los estanques y las moradas de los celestiales y gandharvas, hasta hallar a la persona que se ha llevado a tu esposa. Si los celestiales no te devuelven pacíficamente a tu esposa, oh Señor de Kosala, adoptarás medidas adecuadas a la ocasión. Entonces arrancarás de raíz todo el mundo, oh señor de los hombres, con tus flechas de plumas de oro, semejantes al rayo de Mahendra, si no recuperas a tu esposa recurriendo a la buena conducta, el dominio de ti mismo, la humildad y la política».

Section 66

Mientras Rama se lamentaba así como un ser desvalido herido de aflicción, abrumado de pena y perdido el dominio de sí mismo, Lakshmana le tocó los pies y, consolándolo, empezó al instante: «Por constante ascetismo y múltiples observancias piadosas, el rey Dasaratha te obtuvo, como los celestiales obtienen la ambrosía. Como he oído de Bharata, el rey Dasaratha murió por tu separación, apegado como estaba a ti por tus cualidades. Oh Kakutstha, si no soportas con paciencia este peligro inminente, ¿qué otra persona de mente pequeña lo soportará? Sosiégate, oh el mejor de los hombres. El peligro alcanza a todos como el fuego, pero se desvanece en un instante. Esta es la naturaleza de los hombres. Yayati, el hijo del rey Nahusha, aunque había alcanzado el estado de los celestiales, fue sin embargo arrojado abajo por una acción inicua. Los cien hijos que habían nacido a nuestro sacerdote ancestral Vasishtha fueron muertos todos en un día. Oh señor de Kosala, hasta Vasumati, la madre del mundo, adorada por todos los seres, sufre miseria a consecuencia de los terremotos. Hasta el poderoso Sol y la Luna, que son los ojos del mundo y las propias imágenes de la virtud y en quienes se asienta todo el mundo, presencian el eclipse. Oh el mejor de los hombres, ¿qué decir de los seres insignificantes revestidos de este frágil cuerpo? Hasta las poderosas criaturas y los celestiales están sujetos a la influencia del destino. He oído, oh mejor de los hombres, que hasta los celestiales encabezados por Indra están sujetos a la felicidad o a la desdicha. Así que no te conviene lamentarte de este modo. Oh descendiente de Raghu, no te conviene lamentarte como una persona ordinaria, aunque Janaki haya muerto o haya sido raptada. Oh Rama, las personas muy experimentadas, que disciernen lo justo o lo injusto sin ser conmovidas, no se lamentan ni siquiera ante poderosos peligros. Oh el mejor de los hombres, tú, tras debida consideración, discierne lo que es apropiado o inapropiado; las personas de tu vasta sabiduría conocen lo justo o lo injusto por la fuerza de su entendimiento. Sin el debido ejercicio, las acciones de mérito desconocido y resultado incierto no dan fruto. Oh héroe, muchas veces y a menudo antes de esto me diste el mismo consejo. ¿Quién es capaz de aconsejarte a ti, que eres el propio preceptor de los dioses? Oh de gran intelecto, ni siquiera los celestiales pueden medir tu agudeza mental. Muy entumecida está tu sabiduría por el sopor de la aflicción, y yo he de despertarla. Oh el mejor de los Ikshvakus, empéñate en la destrucción de tus enemigos considerando bien tu poderío celestial y humano. Oh el mejor de los hombres, ¿qué necesidad tienes de destruir todo el mundo? Rescata a Sita tras hallar a tu vicioso enemigo».

Section 67

Después de que Lakshmana hubo dicho estas sensatísimas y agradables palabras, Rama, que siempre se atiene a lo sensato, las aceptó. Entonces aquel de brazos poderosos, aplacando su llameante ira y reclinándose sobre su hermoso arco, se dirigió a Lakshmana, diciendo: «Reflexiona, oh hermano: ¿adónde iremos, qué haremos y por qué medios daremos con Sita?». A lo cual Lakshmana respondió, diciendo al sumamente afligido Rama: «Es apropiado que busques en este Janasthana, lleno de multitud de rakshasas y cubierto de diversos árboles y enredaderas. Aquí hay muchas plazas fuertes en medio de las montañas, hendiduras de rocas, muchas cuevas y numerosas cavidades llenas de diversos animales. Muchas son las moradas de aquí pertenecientes a los kinnaras y gandharvas. Busca, junto conmigo, en todos estos lugares. Los grandes hombres, de tu calibre, permanecen imperturbables hasta en medio de las dificultades, como las montañas que nunca son sacudidas por la velocidad del viento». Al oír estas palabras, Rama, enfurecido, ajustando afiladas y terribles flechas a su arco, empezó a recorrer el bosque con Lakshmana. Entonces contempló, caído en el suelo, con la persona bañada en sangre, al rey de las aves, Jatayu, semejante a una cima de montaña, y habló a Lakshmana, diciendo: «Es claro y fuera de toda duda que Vaidehi ha sido devorada por este rakshasa, que toma la forma de un buitre y anda por el bosque. Este rakshasa ha estado reposando a sus anchas tras devorar a aquella de amplios ojos; lo mataré con terribles flechas de recto curso, de llameantes puntas». Ajustando afiladas flechas a su arco, Rama, enfurecido, se lanzó hacia el buitre, como si moviera la tierra rodeada de mar. Vomitando sangre espumosa, Jatayu, el rey de los buitres, habló a Rama, el hijo de Dasaratha, diciendo: «Oh de larga vida, aquella diosa a quien has estado buscando en este vasto bosque como a Oshadhi, y mi vida han sido llevadas por Ravana. La vi, oh Raghava, llevada a hurtadillas por el poderoso Ravana, en tu ausencia y en la de Lakshmana. Yo, oyendo a Sita, para su rescate, oh Señor, derribé a Ravana a la tierra en combate, con su carro y su sombrilla destrozados. Este es su arco partido y estas son sus flechas rotas. Y este es su carro de guerra, oh Rama, destrozado en la lucha. Este es su cochero, tendido en la tierra, muerto por la velocidad de mis alas. Habiendo cercenado mis alas con su daga, a mí, que estaba agotado, Ravana, llevándose a Sita, se elevó alto en el firmamento. No te conviene matarme a mí, que había sido herido antes por el rakshasa». Al oír de él agradables palabras relativas a Sita, Rama, dejando al instante a un lado su poderoso arco, lo abrazó y, rodando por la tierra perdido el dominio de sí por la aflicción, empezó a lamentarse con Lakshmana. Aunque muy sereno por naturaleza, quedó abrumado de redoblada aflicción. Y al contemplar a Jatayu suspirar una y otra vez y respirar con dificultad en situación desvalida, Rama, sumamente afligido, habló a Lakshmana, diciendo: «He perdido mi reino y he estado viviendo en este bosque. Mi Sita ha sido raptada y esta ave ha sido muerta (por mi causa). Esta desdicha mía puede quemar hasta el mismísimo fuego. Si para mitigar mi aflicción entro en el poderoso océano, ciertamente esa desdicha secará hasta aquel señor de los ríos. No hay nadie tan desventurado como yo en toda esta tierra, móvil o inmóvil, y es por esta mala suerte que me he topado con este poderoso desastre. Este poderoso rey de los buitres es amigo de nuestro padre y yace en la tierra, muerto por el mal giro de mi fortuna». Profiriendo estas y diversas otras palabras, Raghava, junto con Lakshmana, tocó su cuerpo, manifestando su afecto paternal. Abrazando al rey de los buitres, bañado en sangre, con las alas cercenadas, Raghava cayó al suelo, exclamando: «¿Adónde ha ido Maithili, semejante a mi vida?».

Section 68

Viendo a Jatayu caído en el suelo por obra del terrible rakshasa, Rama habló a Lakshmana, compasivo con todos, diciendo: «En verdad por servirme ha exhalado esta ave su último aliento, muerta por el rakshasa. Oh Lakshmana, su voz se ha debilitado, su vista se ha amortiguado y su vida, grandemente agotada, yace en muy pequeña proporción en su cuerpo. ¡Que la fortuna le sea propicia, oh Jatayu! Si es capaz de hablar de nuevo, relate cómo ha sido raptada Sita y cómo ha sido usted muerto. ¿Por qué se ha llevado Ravana a hurtadillas a la venerable Janaki? ¿Qué ofensa cometí contra él para que se haya llevado a mi querida? Oh mejor de las aves, ¿cómo se veía el agradable semblante de Sita, semejante a la luna, en el momento de ser raptada? ¿Qué habló entonces? ¿Cuál es el poderío, la apariencia y la acción de aquel rakshasa? ¿Dónde vive, oh reverendo Señor? Dígamelo, por favor, se lo pido». Al contemplar a Rama lamentarse como un desvalido, el virtuoso Jatayu habló con vacilantes acentos: «Sita ha sido llevada por Ravana, el señor de los rakshasas, creando una poderosa ilusión que producía viento y aguaceros. Oh querido, estando yo agotado aquel vagabundo de la noche, tras cercenar mis alas, huyó con Sita hacia la dirección del sur. Oh Raghava, mi vida está por expirar, mi vista se ha vuelto de percepción equivocada, veo ante mí árboles hechos de oro, de cabello semejante al Ushira. Ravana se ha llevado a Sita en un momento en que una persona recobra pronto su propiedad perdida. Oh Kakutstha, este momento se llama Vindya, que Ravana no ha podido percibir. (En este momento) la persona que se lleva (una cosa) es pronto destruida, como un pez que devora un anzuelo. No albergues, pues, la menor duda de que darás con Janaki. Destruyéndolo a la cabeza de la batalla, pronto te solazarás con Vaidehi». Entonces carne y sangre empezaron a salir de la boca de Jatayu, el rey de los buitres, sin perder el sentido ni siquiera al pisar el borde de la muerte. Entonces el rey de las aves entregó su querida vida diciendo solamente: «Ravana es el hijo de Visrava y hermano de Vaisravana (el señor de la riqueza)». Rama le dijo una y otra vez con las palmas juntas: «¡Hable usted! ¡Hable usted!». E instantáneamente la chispa vital de Jatayu se alzó al cielo, dejando su armazón corporal. Entonces el rey de los buitres cayó a la tierra, estirando las piernas, el cuerpo y la cabeza en el suelo. Al contemplar al buitre muerto, de enormes proporciones, semejante a una colina y de ojos rojos, Rama, afligido, dijo lastimeramente a Saumitri: «Viviendo feliz, durante años, en este bosque de Dandaka habitado por los rakshasas, Jatayu ha entregado, por fin, su vida. Vivió largo tiempo, de elevada persona, y ahora yace postrado en la tierra. Nadie puede resistir el curso del destino. Observa, Lakshmana, que este buitre, por hacerme un beneficio, ha sido muerto por el poderoso Ravana en su intento de rescatar a Sita. Por mí ha exhalado este Señor de las aves su último aliento, renunciando a su vasto reino ancestral. En toda condición de la creación animal se hallan los héroes, los justos y los honestos, que dan refugio a todos, hasta entre las aves. No siento tanta aflicción, oh héroe, por el rapto de Sita como por este buitre, que ha sido muerto por mí. Como el sumamente famoso y resplandeciente rey Dasaratha, este Rey de las aves es digno de ser adorado y venerado por mí. Oh Saumitri, trae leña; produciré fuego con ella y quemaré el cuerpo muerto de este rey de las aves, que ha sido muerto por mi causa. Colocándolo en una pira funeraria, cremaré, oh Saumitri, el cuerpo muerto de este rey de las aves, que ha sido destruido por los rakshasas de torvo semblante. Consagrado y ordenado por mí, alcance usted, oh poderosísimo rey de las aves, aquel excelente estado de existencia que alcanzan las personas que siempre ejecutan piadosas observancias, los Ahitagnis, los héroes que no temen entrar en un campo de batalla y las personas que conceden donaciones de tierra». Diciendo esto, el virtuoso Rama, afligido de pena, quemó el cuerpo del rey de las aves, colocándolo en la pira funeraria, como si fuera su propio pariente. Entrando en el bosque con Saumitri, Rama, dotado de poderío, mató a unos gordos ciervos altos y extendió hierba y ramitas para ofrecer oblación a aquella ave. Tomando la carne de aquellos ciervos altos y reuniéndola en un montón, Rama, de gran renombre, la ofreció a los buitres en aquella agradable tierra boscosa, abundante en verde hierba. Entonces, para su pronta llegada a la morada de los celestiales, Rama recitó aquellos Mantras que son proferidos por los nacidos dos veces. Después, encaminándose al río Godavari, los dos príncipes ofrecieron agua a aquel buitre regio. Y ofreciéndole agua según los ritos prescritos de los Sastras, aquellos dos descendientes de Raghu, tras bañarse, oficiaron la ceremonia Udaka para aquel rey de los buitres. Habiendo sido muerto en batalla por una obra ardua pero gloriosa, aquel rey de los buitres, consagrado por Rama, semejante a un asceta, alcanzó un excelente estado. Habiendo oficiado la ceremonia Udaka para aquel mejor de las aves y considerándolo como a un padre, se fueron y entraron en el bosque en busca de Sita, como los dos mejores de los celestiales, Vishnu y Vasava.

Section 69

Habiéndole ofrecido el don del agua, aquellos dos descendientes de Raghu siguieron su camino por aquel bosque en busca de Sita y avanzaron hacia el suroeste. Luego, volviéndose hacia el sur, con arco y flechas en la mano, llegaron a un trecho no recorrido por la gente. Era un bosque pavoroso, impenetrable, cubierto por todos lados de arboledas, árboles y enredaderas. Avanzando en dirección sur, aquellos dos poderosos pasaron presurosos por aquel terrible y lúgubre bosque. Entonces los sumamente resplandecientes descendientes de Raghu entraron en el denso bosque de Krauncha, situado a una distancia de seis millas de Janasthana. Era un bosque denso como un cúmulo de nubes, como sonriente por todos lados, florecido de encantadoras flores de diversos matices y frecuentado por diversos animales y aves. Deteniéndose algún tiempo aquí y allá, agitados por el rapto de Sita, exploraron todo el bosque en busca de Vaidehi. Avanzando tres krosas hacia el este y pasando por el bosque de Krauncha, los dos hermanos divisaron en su camino la ermita de Matanga. Habiendo visto aquel lúgubre bosque, frecuentado por diversos animales y aves y cubierto de diversos árboles y densas arboledas, los dos hijos de Dasaratha contemplaron una cueva en la montaña, profunda como la región bajo la tierra y siempre envuelta en tinieblas. Al llegar allí divisaron cerca a una rakshasi de torvo semblante, de formidable figura, que siempre causa espanto a las personas de débil ánimo, repugnante, de aspecto terrible, con un enorme vientre, afilados dientes, elevada persona y áspera piel, que devoraba animales voraces y se veía espantosa con el cabello desgreñado. Al contemplar allí a los dos hermanos, Rama y Lakshmana, se acercó a los héroes y, diciendo: «Ven, nos solazaremos», asaltó a Lakshmana, que iba delante de su hermano. Y abrazándolo, habló a Saumitri las siguientes palabras: «Mi nombre es Ayomukhi; es una gran ganancia para ti que te hayas vuelto mi amado, oh mi señor. Solázate conmigo, para siempre, oh héroe, en estas plazas fuertes de montaña y en las orillas de los ríos». Entonces, agitado de ira, Lakshmana, el sometedor de enemigos, alzando su daga, le cortó la nariz, las orejas y el pecho. Con la nariz y las orejas cortadas, aquella rakshasi de aspecto terrible, emitiendo espantosos gritos, huyó por donde había venido. Tras su partida, avanzando con rapidez, los dos hermanos, Rama y Lakshmana, los vencedores de enemigos, llegaron a un denso bosque. Entonces el sumamente resplandeciente y veraz Lakshmana, poseedor de un carácter puro, habló, con las manos plegadas, a su hermano de llameante energía: «Me late el brazo izquierdo, mi mente está llena de ansiedad y percibo ante mí muchos malos presagios. Ponte tus atavíos, oh venerable, y obra según lo que te digo para tu bien. Me parece que por estos malos presagios pronto nos sobrevendrá alguna calamidad. Oh Rama, esta terrible ave Banchulaka está emitiendo espantosos gritos como si anunciara nuestra victoria en el combate». Entonces, mientras empezaban a explorar todo el bosque con su poderío, se alzó un terrible sonido como de quebrar el bosque. El bosque quedó envuelto por todos lados en un poderoso viento y por doquier se oía un rugido que llenaba el boscaje. Con el fin de averiguar de dónde procedía el sonido, Rama, con una daga en la mano, junto con su hermano menor, divisó a un rakshasa de enormes proporciones, de grandes muslos. Los dos hermanos contemplaron a aquel rakshasa apostado ante ellos, de enorme cuerpo, sin cabeza ni cuello y por tanto un demonio sin cabeza, con la boca en el vientre. Su cuerpo semejaba una enorme montaña y estaba cubierto de afilado vello; su aspecto era terrible como una nube oscura y su rugido semejaba el rumor de ella. Su único y terrible ojo, amplio, que lo veía todo, estaba en la frente, colocada en su pecho, y brillaba como fuego llameante, y tenía enormes pestañas amarillas. Su boca estaba muy ensanchada y cubierta de hileras de enormes dientes y se lamía una y otra vez aquella terrible boca. Y extendiendo sus dos enormes brazos, que se extendían más de un yojana, devoraba osos, leones y ciervos. Atrapaba y arrojaba con sus enormes manos muchos animales, aves y osos. Estorbando el camino, esperaba a aquellos dos hermanos. Y avanzando un Krosa, divisaron a aquel espantoso demonio sin cabeza, de torvo semblante, que estorbaba a todas las criaturas con sus brazos, de aspecto terrible y semejante a un kavandha por su misma situación. Entonces aquel de enormes brazos, extendiéndolos, apresó a aquellos dos descendientes de Raghu, aplastándolos con su fuerza. Aquellos dos poderosísimos hermanos, de brazos poderosos, con dagas y arcos en las manos, fueron asaltados y apresados por aquel rakshasa. Rama era heroico y paciente por naturaleza y por ello no se afligió mucho; pero Lakshmana era un mero muchacho e impaciente por naturaleza y por ello se afligió grandemente. Muy angustiado, el hermano menor de Raghava le habló, diciendo: «Mírame, oh héroe, puesto bajo el poder de este rakshasa y, abandonándome solo a mí, oh Raghava, escápate. Y ofreciéndome en sacrificio, huye a tu sosiego. Me parece seguro, oh Kakutstha, que pronto darás con Vaidehi y recobrarás tu reino ancestral. Pero acuérdate siempre de mí, oh Rama, cuando te halles colocado en el trono». Así interpelado por Lakshmana, Rama habló a Saumitri: «No temas en vano, oh héroe; las personas de tu poderío nunca se afligen (de temor)». Entretanto el malvado demonio sin cabeza, de enormes brazos, el primero de los danavas, se dirigió a los dos hermanos, Rama y Lakshmana: «¿Quiénes son ustedes, dos figuras juveniles de cuello de toro y con poderosas dagas y arcos en las manos? Al llegar a este espantoso lugar han venido por azar al alcance de mi vista. Díganme ahora qué tienen que hacer aquí y a qué han venido. He estado esperando aquí con hambre, y ustedes han venido aquí con dagas y arcos con flechas en las manos como dos bueyes de afilados cuernos. Al acercárseme con presteza, les será difícil tomar su aliento vital». Al oír estas palabras del vicioso Kavandha, Rama, con el semblante demacrado, dijo a Lakshmana: «Oh tú, cuyo poder es la verdad, una y otra vez nos han amenazado calamidades mayores y peores. Ya hemos topado con un grave desastre que conduce a nuestra muerte, a consecuencia de mi separación de mi querida. Poderoso es el curso del Destino en todas las criaturas, oh Lakshmana. Mira tú, oh mejor de los hombres, a ti mismo y a mí heridos por la calamidad. Pero, oh Lakshmana, no es muy difícil para el destino afligir a todas las criaturas. Bajo el influjo del destino hasta los poderosos héroes, bien revestidos de armaduras, se angustian como un puente de arena». Dirigiendo estas palabras a Saumitri, el resuelto, poderoso y sumamente famoso hijo de Dasaratha, cuyo poder era la verdad, se serenó por la fuerza de su propio entendimiento.

Section 70

Al contemplar a los dos hermanos, Rama y Lakshmana, abrazándose con los brazos, el demonio sin cabeza dijo: «Oh dos mejores de los kshatriyas, ¿están ustedes esperando aquí al verme hambriento? Oh ustedes, que han perdido el sentido, han sido elegidos por el Destino como mi alimento». Al oír estas palabras, Lakshmana, sumamente angustiado y resuelto a mostrar su valor, dijo a Rama palabras dignas de ser dichas en aquella ocasión: «Este vil rakshasa nos agarrará a los dos; cortemos pronto sus dos enormes brazos con nuestras dagas. Este rakshasa de torvo semblante, de enormes proporciones, dotado solo de la fuerza de los brazos, vencedor de todas las demás personas, se ha dispuesto al fin a destruirnos. Es odioso para los kshatriyas dar fin a quienes no pueden defenderse, como a animales traídos para el sacrificio». Al oír su conversación, el rakshasa, inflamado de rabia, ensanchando su terrible boca, se dispuso a devorarlos. Entonces Rama y Lakshmana, conocedores del tiempo y del lugar, complacidos, le cortaron los brazos de los hombros con sus dagas. Rama, apostado en el lado derecho, le cortó en un instante el brazo derecho con su daga, y el heroico Lakshmana, el izquierdo. Habiéndole sido cercenados los brazos, el de terrible voz, Kavandha, de enormes brazos, rugiendo como el rumor de las nubes y haciendo resonar el cielo, la tierra y todos los rumbos, cayó de bruces en el suelo. Al ver cortados ambos brazos, el demonio, con la persona bañada en sangre, les preguntó lastimeramente: «¿Quiénes son ustedes?». Así interpelado por Kavandha, el poderoso Lakshmana, dotado de señales auspiciosas, le habló acerca de Kakutstha: «Él es un descendiente de los Ikshvakus, conocido en la tierra por el nombre de Rama, y conóceme como su hermano menor, de nombre Lakshmana. Frustrado por su madre (Kaikeyi) en su acceso al reino, él, renunciando a todo, ha huido como desterrado a los bosques y ha andado por este bosque junto conmigo y con su esposa. Mientras vivía en el denso bosque, la esposa de Rama, resplandeciente como los celestiales, ha sido arrebatada por un rakshasa. Buscándola hemos venido aquí. ¿Quién eres tú? ¿Y a qué andas por este bosque como un demonio sin cabeza, con los muslos rotos y tu llameante rostro colocado en el pecho?». Así interpelado por Lakshmana con estas buenas palabras, Kavandha, complacido, recordando las palabras de Indra, le dijo: «Oh dos mejores de los hombres, ¡sean bienvenidos! Por mi buena suerte los contemplo a ustedes. Por mi buena fortuna han cercenado hoy mis hombros. Escuchen. Les relataré con verdad cómo he llegado, por mi altivez, a esta fea forma».

Section 71

«Oh Rama de brazos poderosos y gran poderío, antes mi belleza, inconcebible, era conocida en los tres mundos, semejante a la belleza del Sol, de la Luna y de Indra. Solía espantar por doquier a los ascetas que vivían en el bosque, convirtiendo esta mi belleza en una forma terrífica. En cierta ocasión, tomando esta terrible forma, asalté y enojé al gran asceta Sthulasiras, que recogía diversos frutos silvestres. Entonces él lanzó imprecaciones contra mí, diciendo: “Conserva esta espantosa forma, odiada por toda la humanidad”. Al rogar yo a aquel airado asceta que me aliviara de aquella maldición, él dijo: “Recobrarás tu robusta y hermosa forma cuando seas quemado por Rama en un denso bosque, tras haberte cortado él los brazos”. Oh Lakshmana, sabe que soy el hermoso hijo de Danu. Por la maldición de Indra, en el campo de batalla fui metamorfoseado en mi forma actual. Después de que lo complací con duras austeridades, el Abuelo de los celestiales me concedió una larga vida. Y por ello me inflamé de orgullo y asalté a Indra en un combate, pensando dentro de mí: “He ganado una larga vida; ¿qué puede hacerme Indra?”. Entonces, por su rayo de cien filos, lanzado desde sus manos, mis muslos fueron destrozados y mi cabeza fue metida en mi cuerpo. Rogando yo el término de mi vida, no me despachó a la morada de Yama. Solo dijo: “Que las palabras del Abuelo resulten verdaderas”. A lo cual respondí: “¿Cómo viviré largo tiempo sin alimento alguno, herido por ti, que tienes un rayo en la mano, y con mi cabeza, muslos y boca aplastados?”. Entonces Indra hizo mis manos extendidas por un Yojana y puso mi boca, de afilados dientes, en mi vientre. Desde entonces, extendiendo mis largos brazos, solía devorar todos los leones, tigres, lobos y ciervos que andaban por el bosque. Indra me dijo: “Alcanzarás el cielo cuando Rama, junto con Lakshmana, te corte los brazos en una batalla”. Obrando bajo la convicción de que Rama, resuelto a destruir mi persona, vendrá sin duda al alcance de mis brazos, asalto siempre con deleite, oh venerable, oh el mejor de los reyes, a todo animal que encuentro en este bosque. Tú eres aquel Rama. ¡Que la fortuna te sea propicia, oh Raghava! En verdad el gran asceta me dijo que nadie podría asaltarme sino Rama. Una vez cremado por ustedes, yo les aconsejaré lo mejor y les diré con quién deben contraer amistad». Así interpelado por Danu, el virtuoso Raghava habló ante el atento Lakshmana: «Mi renombrada esposa Sita fue fácilmente arrebatada por Ravana después de que yo hube salido de Janasthana junto con mi hermano. Conozco solo el nombre de aquel rakshasa, pero no sé su paradero, su figura ni su poderío. Te conviene mostrar la debida compasión por nosotros, que hemos sido heridos de aflicción, que estamos desvalidos, que hemos andado por este bosque de este modo y siempre nos empeñamos en el bienestar de otros. Oh héroe, te quemaremos tras reunir todas las ramas que han sido derribadas por los elefantes y secadas con el tiempo, y cavar una gran zanja. Dinos quién se ha llevado a Sita, y adónde. Si lo sabes de veras, préstanos este buen servicio». Entonces el rakshasa, hábil en el habla, habló a Raghava, dirigiéndose a él así: «No estoy dotado de presciencia divina y por ello no sé dónde está Maithili. Les daré a conocer a quien podrá decirles todo acerca de ella, después de que yo recobre mi forma original, quemado (por ti). Además te diré, oh Rama, quién conoce a aquel rakshasa. Sin ser quemado soy incapaz de conocer a aquel poderosísimo rakshasa que se ha llevado a tu Sita. Por la influencia de una maldición he perdido mi presciencia y por mis propias acciones indebidas he sido transformado en esta fea figura. Crémame según los ritos prescritos tras arrojarme a la zanja antes de que el sol, con sus gastados portadores, descienda al horizonte occidental. Quemado por ti en la zanja, con las debidas ceremonias, oh descendiente de Raghu, te mencionaré a uno que conoce a aquel rakshasa. Oh Raghava, oh héroe de rápidos pies, contrae amistad con él, dotado de buenas cualidades, y él te ayudará. No hay nada desconocido para él, oh Raghava, en los tres mundos. Antiguamente, por algunas razones, los recorrió todos».

Section 72

Después de que Kavandha hubo hablado así, los dos mejores de los hombres, Rama y Lakshmana, lo llevaron a una cueva de la montaña y lo pusieron en el fuego. Lakshmana encendió la pira funeraria, que ardía por todos lados. Entonces el fuego empezó a quemar lentamente el enorme y corpulento cuerpo de Kavandha, como un terrón de mantequilla clarificada. Luego el poderosísimo demonio, sacudiendo la pira funeraria, se alzó prestamente como una llama de fuego sin humo, vestido de un paño limpio y una guirnalda celestial. Y el gracioso demonio, vestido de un paño inmaculado y con todos sus miembros rematados de diversos ornamentos, se alzó de la pira, alto en el firmamento, con corazón deleitado. Entonces, montando en un renombrado carro, brillante y tirado por cisnes, e iluminando todos los rumbos con el resplandor de su persona, aquel poderosísimo, apostado en el cielo, se dirigió a Rama, diciendo: «Escucha con verdad, oh Raghava, los medios por los cuales darás con Sita. Hay seis recursos, oh Rama, por virtud de los cuales los reyes adquieren todos los objetos. Aquel en quien la desdicha ha culminado debe buscar la compañía de uno tal. Tú, oh Rama, junto con Lakshmana, has topado con el colmo de la desdicha, y por ello has sido asaltado por un desastre como el rapto de tu esposa. Oh el mejor de mis amigos, te conviene, pues, hacer amistad con una persona tal. De otro modo no hallo medio alguno para tu éxito. Escucha, oh Rama, lo que relato. Vive con cuatro monos un héroe, dueño de sí, mono de nombre Sugriva, en aquella mejor de las montañas, el Rishyamuka, situada en las orillas del lago Pampa, expulsado por su airado hermano Vali, el hijo de Indra. Aquel poderoso, fuerte y resplandeciente señor de los monos, de inconmensurable poderío y veraces votos, humilde, paciente, inteligente, grande, hábil, audaz, gracioso y poderoso, ha sido desterrado por su hermano, oh héroe, por el reino. Seguramente se hará tu amigo y te ayudará en tu búsqueda de Sita. No hundas tu alma en la aflicción. Oh el mejor de los Ikshvakus, nadie puede resistir al destino en esta tierra; en verdad inevitable es su curso. Marcha pronto, oh héroe, hacia Sugriva, de gran poderío, y partiendo de aquí hoy mismo contrae amistad con él, haciendo voto en presencia del fuego llameante de que ustedes no se envidiarán el uno al otro. No desprecies a aquel rey de los monos, Sugriva, porque es agradecido, capaz de tomar formas a voluntad, buscador de protección y poderoso. Ustedes también son capaces de lograr su ansiado objeto. Beneficiado por ti o no, él se empeñará en tu servicio. Fue engendrado por el Sol en la esposa de Riksharaja. Ha estado vagando por la orilla del Pampa, en constante temor de Vali, tras crear enemistad con él. Haz amistad con aquel mono que anda por el bosque y habita en la montaña Rishyamuka, tras depositar tu arma en presencia misma del fuego como testigo, porque aquel mejor de los monos conoce minuciosamente todas las moradas de los rakshasas que viven de carne humana. No hay lugar bajo el sol de muchos rayos, oh Raghava, oh matador de enemigos, que él no conozca. Explorando, con todos sus monos, los ríos, enormes montañas, plazas fuertes y cuevas, se informará de tu esposa. Buscará a aquella exquisitamente fina doncella Maithili en la morada de Ravana, que se lamenta por tu separación; y para dar con ella despachará, oh Raghava, a muchos monos de enormes proporciones a diversos rumbos. Ya sea en la cumbre del monte Meru o en la región bajo la tierra, aquel señor de los monos te devolverá a tu irreprochable esposa, matando a todos los rakshasas».

Section 73

Habiendo señalado a Rama el recurso para dar con Sita, el sabio Kavandha comenzó con las siguientes significativas palabras: «Este es el camino, oh Rama, que conduce al monte Rishyamuka, donde se alzan, embelleciendo el Occidente, el Jambu, el Priyala, el Panasa, el Nyagrodha, el Plaksha, el Tinduka, el Asvattha, el Karnikara, el Chuta, el Naga, el Tilaka, el Naktamala, el Nilasoka, el Kadamba, el Karavira, el Agnimukhya, el Asoka, el Raktachandana, el Paribhadraka y muchos otros árboles. Trepando a esos árboles o bajándolos a la fuerza al suelo, sigue adelante viviendo de aquellos frutos semejantes a la ambrosía. Pasando por este bosque, oh Kakutstha, llegarás a otro abundante en árboles que florecen como el jardín de los celestiales y el Uttarakuru, donde en todos los meses del año los árboles producen frutos y miel y donde moran todas las estaciones como en el bosque de Chaitraratha. Allí se alzan hermosamente muchos árboles inclinados bajo la carga de frutos, de ramas elevadas, densos como un cúmulo de nubes o una montaña. Trepando a esos árboles e inclinándolos, Lakshmana te ofrecerá frutos semejantes a la ambrosía. Oh héroes, andando de bosque en bosque, de altas montañas a colinas, llegarán al lago Pampa, sin guijarros ni plantas acuáticas, y por ello sin peligro de caída para la gente, con abrevaderos llanos, cubierto de arenas y florecido de lotos rojos y blancos. Allí emiten notas musicales cisnes, ranas, grullas y águilas pescadoras que juegan en el lago Pampa. No se llenan de terror a la vista de los seres humanos, inexpertos como son en materia de destrucción. Oh Raghava, aliméntense de aquellas aves gordas como un terrón de mantequilla clarificada y de diversos peces como el Rohita, el Chakratunda y el Nala. Oh Rama, el devoto Lakshmana te ofrecerá diversos otros peces selectos, sin escamas ni aletas, gordos, llenos de espinas, tras haberlos destruido con flechas y asado al fuego. Y después de que hayas banqueteado con ellos, Lakshmana te traerá agua para beber en una hoja de loto, de olor a loto, en contacto con flores, deliciosa, gratamente fría, saludable, libre de impurezas, transparente como plata y cristal. Y mientras vagues por la tarde, te señalará monos gordos que andan por el bosque y yacen en las oquedades de las montañas. Y también tú, oh el mejor de los hombres, contemplarás a esos monos gordos, que habrán bebido agua, rugiendo como bueyes, apareciendo en las orillas de un río a beber agua. Y paseando por la tarde, mitigarás tu aflicción contemplando las gratas aguas del Pampa y los árboles floridos. Allí, oh Raghava, los Tilakas y Naktamalakas, rematados de flores, y los lotos blancos y rojos en plena flor mitigarán tus penas. Allí no vive persona alguna que lleve guirnaldas de aquellas flores. Las guirnaldas tejidas con aquellas flores nunca se marchitan, oh Raghava, porque los discípulos del gran asceta Matanga vivieron allí con corazones concentrados. Las gotas de sudor, caídas a la tierra de las personas de aquellos ascetas agotados por la carga de los frutos silvestres recogidos por ellos para su guía espiritual, han sido transformadas por virtud de su ascetismo en estas guirnaldas. Estas guirnaldas nunca se marchitan, oh Raghava, por su origen en aquellas gotas de sudor. Hasta el día de hoy, oh Kakutstha, vive una mujer mendicante inmortal, de nombre Savari, que había servido a aquellos difuntos. Al contemplarte, oh Rama, a ti, que eres adorado por todas las criaturas como la propia Deidad, aquella mujer mendicante, siempre empeñada en piadosas observancias, alcanzará la morada de los celestiales. Oh Rama, volviéndote hacia la orilla occidental del Pampa, contemplarás, oh Kakutstha, la incomparable y secreta ermita de Matanga. Temiendo la divina autoridad de aquel gran asceta Matanga, los elefantes, aunque hay muchos, no osan cruzar el umbral de su ermita. Oh Raghava, este bosque es ampliamente conocido como el bosque de Matanga. Te solazarás, oh Rama, con corazón deleitado en aquel bosque semejante al jardín celestial Nandana y lleno de diversas aves. Se alza frente al Pampa el sumamente inaccesible monte Rishyamuka, adornado de muchos árboles floridos y guardado por todos lados por pequeñas serpientes. Aquel monte es sumamente munífico. Fue creado por Brahma en días de antaño. Una persona que, durmiendo en la cima de aquella colina y soñando con un aumento de riqueza, de veras lo alcanza una vez pasado el sueño. A un perpetrador de acciones inicuas y empeñado en impías observancias que sube a aquella colina, los rakshasas lo apresan dormido y lo magullan. Oirás el terrible rugido de los jóvenes elefantes que andan por la ermita de Matanga, situada en las orillas del Pampa. Observarás además muchos elefantes de rápido movimiento, enfurecidos, semejantes a nubes en color y con rojo jugo temporal que mana de sus cabezas, vagando aquí y allá, a veces separadamente y otra en manada. Aquellos poderosos elefantes, vagando por el bosque, regresan a sus moradas boscosas, bebiendo el agradable, puro y fragante agua del Pampa. Y mitiga tu aflicción contemplando allí a los osos, lobos y Rurus de tierno semblante como zafiro, que son inofensivos y nunca temen a los seres humanos. Hay una enorme cueva, oh Rama, en aquella montaña, cubierta por todos lados de rocas y donde es muy difícil entrar. A la entrada de aquella cueva yace un hermoso y amplio lago de agua fresca, cercado por todos lados de árboles abundantes en frutos. Allí vive con otros monos el virtuoso Sugriva, que a veces reside en la cima de la colina». Habiendo así hablado a Rama y a Lakshmana, Kavandha, poderosísimo, semejante al sol en resplandor y portador de guirnaldas, se veía hermoso en el cielo. Entonces Rama y Lakshmana, dispuestos a partir, hablaron a aquel grande apostado en el cielo, diciendo: «Ve». A lo cual Kavandha respondió, diciendo: «Vayan a lograr su fin», y, despidiéndose de ellos, que estaban muy complacidos, partió. Recobrada su belleza prístina y brillando en gracia y resplandor, aquel Kavandha, que estaba en el cielo, fijando sus miradas en Rama y señalándole su camino, dijo: «Haz amistad con (Sugriva)».

Section 74

Entonces Rama y Lakshmana, hijos de un padre rey, avanzando por el camino señalado por Kavandha, que conducía al lago Pampa, siguieron hacia el oeste. Mientras seguían su camino, deseosos de ver a Sugriva, vinieron al alcance de su vista muchos árboles, crecidos en las cimas de las montañas, florecidos y abundantes en frutos de sabor dulce como la miel. Pasada la noche en la cima de una colina, aquellos dos descendientes de Raghu llegaron a la orilla occidental del Pampa y divisaron la agradable ermita de Savari. Al llegar a aquella encantadora ermita, cubierta por todos lados de árboles, y mirando a su alrededor, contemplaron a aquella mujer mendicante, Savari. Apenas aquella de perfecto ascetismo hubo contemplado a aquellos sumamente inteligentes Rama y Lakshmana, se alzó con las manos plegadas y, tocándoles los pies, les ofreció debidamente agua para lavarse los pies y la boca. Entonces Rama habló a aquella asceta, empeñada en servicios religiosos, diciendo: «Oh de dulces acentos, ¿le han sido apartados todos los obstáculos a su ascetismo? ¿Crece cada día su ascetismo? Oh usted, que tiene el ascetismo por riqueza, ¿ha contenido usted su ira y su alimento? ¿Ha observado los mandamientos y alcanzado la felicidad mental? ¿Ha dado fruto su servicio a su guía espiritual?». Así interpelada por Rama, aquella anciana Savari, de consumado ascetismo y reconocida por los Sidhas, acercándose a Rama, habló: «Favorecido por su presencia, mi ascetismo ha alcanzado su consumación. Bendito es mi nacimiento, fructuoso es mi servicio a mis guías espirituales y cumplido es mi ascetismo. Oh mejor de los hombres, usted es el primero de los celestiales; adorándolo a usted alcanzo la morada de las deidades. Oh apacible, matador de enemigos, usted, que confiere honores a los hombres, posando sus auspiciosas miradas sobre mí, consagrada yo, por su favor, alcanzaré la imperecedera tierra de los celestiales. Al poner usted el pie en el monte Chitrakuta, los ascetas a quienes serví, subiendo a carros celestiales de incomparable lustre, partieron al cielo. Aquellos grandes ascetas, conocedores de la virtud, me dijeron: “Rama vendrá a tu santa ermita. Recibe con gran reverencia a ese huésped junto con Lakshmana. Al contemplarlo, alcanzarás aquella mejor tierra de los celestiales de donde nadie regresa”. Oh mejor de los hombres, así me dijeron aquellos grandes ascetas, y para usted he recogido diversos frutos silvestres que crecen en las orillas del Pampa». Así interpelado por Savari, el virtuoso Raghava habló a ella, versada en el conocimiento del pasado y del futuro, diciendo: «He oído de Danu, en verdad, acerca de su divina autoridad así como la de sus guías espirituales. Si usted lo dispone así, deseo presenciarla con mis propios ojos». Al oír estos acentos que caían de los labios de Rama, Savari, mostrándoles el vasto bosque, dijo: «Mire, oh Raghava, este bosque, atestado de ciervos y aves, semejante a una densa nube. Este bosque es conocido como el bosque de Matanga. Aquí, en este bosque, los preceptores de alma pura sacrificaron al fuego sus personas, consagradas por los Mantras como el Mantra mismo. Este es aquel altar Pratyaksthali, al subir al cual mis venerables preceptores solían ofrecer flores a las deidades con manos temblorosas de fatiga. Mire, oh mejor de los Raghus, este altar de incomparable belleza, que por virtud de su ascetismo ha seguido derramando su lustre por todos lados. Mire, además, que los siete mares se han presentado aquí en conjunción, a su mero pensamiento, agotados por los ayunos y por ello incapaces de moverse. Ni siquiera aquellas cortezas que solían poner sobre estos árboles tras la ablución se han secado todavía. Estas flores de color azul que ofrecieron a las deidades, empeñados en servicios divinos, no se han marchitado todavía. Usted ha observado todo este bosque y ha oído todo lo digno de oírse. Me propongo ahora renunciar a mi cuerpo, mandada por usted. Deseo acercarme a aquellos ascetas de alma pura, a quienes solía servir y a quienes pertenecen estas ermitas». Al oír con Lakshmana las palabras de aquella piadosa, Rama obtuvo un exceso de alegría y, exclamando: «¡Es maravilloso!», habló de nuevo a Savari, de rigurosas austeridades: «Oh apacible, he sido venerado por usted. Retírese a su sosiego y placer». Así interpelada y mandada por Rama, Savari, de cabellos enmarañados, vestida de harapos y de piel de antílope, se entregó al fuego y se alzó alto en el firmamento como fuego ardiente. Adornada con ornamentos celestiales, enguirnaldada con guirnaldas celestiales, rociada de pasta de sándalo y vestida de paño celestial, se veía de exquisita gracia e iluminaba los rumbos como el relámpago. Por virtud de su devota meditación, Savari se encaminó a aquella santa región donde moraban sus preceptores espirituales, los ascetas de puro corazón.

Section 75

Después de que Savari se hubo encaminado al cielo por virtud de su poderío divino, Rama, con su hermano Lakshmana, empezó a reflexionar sobre la piadosa influencia de aquellos grandes ascetas. Pensando para sí en la divina autoridad de aquellos grandes, el virtuoso Rama habló a Lakshmana, devoto y siempre empeñado en su bienestar: «He contemplado, oh apacible, la maravillosa ermita de los ascetas de alma pura, llena de diversas aves y de tigres que vagan amigablemente con antílopes. Oh Lakshmana, hemos hecho ablución en las aguas sagradas de estos siete mares y ofrecido oblaciones a nuestros manes. Nuestras desdichas han terminado y la prosperidad ha aparecido, y mi mente está ahora llena de éxtasis de deleite. Me parece, oh mejor de los hombres, que la auspiciosidad nos aparecerá pronto; ven, pues, y avancemos hacia el pintoresco lago Pampa. Allí aparece a la vista, a no mucha distancia, el monte Rishyamuka. Aquí mora con cuatro monos el virtuoso Sugriva, hijo de Surya, en constante temor de Vali. Tengo prisa por ver a Sugriva, el mejor de los monos, porque mi asunto, la búsqueda de Sita, está enteramente en sus manos». A Rama, el heroico, que hablaba así, Saumitri dijo: «Partamos pronto, yo también tengo prisa». Saliendo de la ermita de Matanga, el poderoso Rama, señor de los hombres, se encaminó con Lakshmana al lago Pampa. Agitado de aflicción, llegó a la orilla de aquel mejor de los lagos, contemplando (mientras pasaba) diversos árboles y estanques, el poderoso bosque cubierto por todos lados de enormes árboles y flores y resonante del ruido de avefrías, pavos reales, pájaros carpinteros y diversas otras aves y del crujir de los bambúes. Al contemplar desde lejos el Pampa, de agua dulce, fresca y pura, Rama hizo ablución en el Matanga Sara (una porción del Pampa) y avanzó lentamente hacia el lago. Entonces el hijo de Dasaratha, herido de aflicción, se bañó en el Pampa, cubierto de lotos. Estaba adornado por todos lados de Tilakas, Asokas, Punnagas, Uddalas y Vakulas. Era un lago rodeado por todos lados de pintorescos jardines, con sus aguas ondulando hermosamente y transparentes como el cristal, y cubierto por todas partes de suaves arenas. Estaba lleno de peces y tortugas, adornado de árboles en sus orillas, rodeado de enredaderas que lo abrazaban como compañeras y frecuentado por Gandharvas, Kinnaras, serpientes, Yakshas y rakshasas. Estaba cubierto de árboles y enredaderas de diversas clases, de agua fresca y envuelto en belleza. Era, en algún lugar, de color rojo, en contacto con nenúfares, en otro blanco con Kumudas, en otro azul con lotos azules, como una manta de diversos matices. Estaba lleno de lotos blancos y rojos y rodeado de florecientes arboledas de mangos y resonante con la música de los pavos reales. Al contemplar el Pampa, adornado como una doncella con Tilakas, Bijapuras, higueras, Sukladrumas, Karavis floridos, Punnagas en flor, arboledas de Malati y Kunda, Vandhiras, Nichulas, Asokas, Saptaparnas, Ketakas, Atimuktas y diversos otros árboles, Rama, el poderoso hijo de Dasaratha, empezó a lamentarse con Lakshmana. «Allí se alza en su orilla el monte Rishyamuka, abundante en diversos metales y cubierto de árboles de flores abigarradas, como fue mencionado antes (por Kavandha). Allí mora el famoso señor de los monos, Sugriva, el heroico hijo del gran Riksharaja. Oh mejor de los hombres, acércate al jefe de los monos». Rama, cuyo poder era la verdad, habló de nuevo a Lakshmana, diciendo: «Oh Lakshmana, ¿cómo viviré sin Sita, yo, que he sido privado de mi reino, que estoy decaído y tengo a Sita por mi vida?». Habiendo dicho esto a Lakshmana, que no tenía otra cosa en mira, aquel mejor de los Raghus, consumido de pena y aflicción y oprimido por Cupido, entró en el lago Pampa adornado de lotos. Avanzando lentamente, observando el bosque, Rama contempló y entró con Lakshmana en el Pampa, rodeado por todos lados de hermosos bosques y lleno de multitud de diversas aves.

↑ Top