Kanda 2 of 7
Translated by Classica Labs bots.
Ayodhya Kanda
Section 1
Cuando Bharata partió hacia el hogar de su tío materno, llevó consigo con afecto al sin pecado Satrughna, que siempre refrenaba sus pasiones. Y allí moró con su hermano, servido en todo y atendido por su tío materno, Asvapati, con todo el cariño de un padre. Aun permaneciendo así, con toda atención extendida hacia ellos tanto como pudieran desear, aquellos hermanos heroicos no dejaban de recordar al anciano y longevo Dasaratha. Y el poderoso rey, por su parte, recordaba también a sus hijos ausentes del hogar, Bharata y Satrughna, semejantes al poderoso Indra y a Varuna. Aquellos cuatro jefes de los hombres le eran queridos como cuatro brazos que salieran de su propio cuerpo. Pero entre todos ellos, el altamente enérgico Rama era el predilecto de su padre. Era el primero de todos en toda virtud, como el propio Svayambhu en la estima de la creación. Solicitado por los celestiales, que deseaban la destrucción de Ravana, él, que es el eterno Vishnu, nació como Rama entre los mortales. Y con aquel hijo de inmensurable energía, Kausalya se veía graciosa, como Aditi con aquel primero de los celestiales, el portador del rayo. Estaba dotado de gracia y poseía poderío; y no buscaba defectos en otros en medio de las virtudes. Aquel hijo de Kausalya era incomparable sobre la tierra y en valía enteramente igual al propio Dasaratha. Era siempre de alma serena; y siempre anteponía a su discurso una frase amable; y aunque se le hablara con aspereza, no devolvía una réplica correspondiente. Quedaba satisfecho aun con un solo caso de beneficio; y por libertad de alma no recordaba cien agravios. En los intervalos de los ejercicios marciales, conversaba siempre con personas de carácter, o sabios, o ancianos, o virtuosos. Era inteligente, y de dulce habla, y hablaba primero (a los visitantes), y usaba palabras gratas, y poseía poderío, sin enorgullecerse con todo de su poderosa virtud nativa. Nunca decía una falsedad; y era instruido; y rendía homenaje a los ancianos. Sentía bondad hacia los súbditos; y los súbditos, por su parte, lo tenían en caro aprecio. Era bondadoso con los pobres; y había vencido su ira; y respetaba a los brahmanes; y se compadecía de los desdichados; y era versado en la moral; y castigaba siempre a los perversos; y era puro de espíritu; y poseía los pensamientos y sentimientos de su linaje; y tenía en alta estima sus propios deberes de kshatriya; y consideraba que el cielo se alcanzaba por la gloria adquirida al cumplirlos. Nunca se dedicaba a prácticas prohibidas; y nunca gustaba de conversación impropia; y argumentaba encadenadamente, como el propio señor de la palabra. Y estaba libre de dolencia; y era de años jóvenes; y dotado de elocuencia; y de excelente persona; y versado en la estación y el lugar; y discernía el carácter: la única persona honrada jamás creada. Dotado de suprema excelencia, aquel hijo del monarca era, por virtud de su mérito, querido de los súbditos como su vida andando fuera de ellos. Había hecho sus abluciones tras dominar todo el saber; y estaba debidamente versado en los Vedas con sus ramas. En todas las armas, inspiradas o no por mantras, el hermano mayor de Bharata superaba incluso a su padre. Y era la fuente de todo bien; y era santo; y de almas imperturbables; y veraz; y franco; y humilde ante los ancianos dos veces nacidos, conocedores de la virtud y el interés. Era conocedor de la virtud, la riqueza y el interés; tenía excelente memoria; y estaba dotado de genio. Era un experto y estaba bien versado en los usos y costumbres sociales. Era humilde; y de consejo reservado; y solía guardar para sí sus propósitos; y era ingenioso. Ni su placer ni su desagrado quedaban en nada. Conocía la estación de amasar riquezas y de darlas. Y era ardientemente reverente; y su sabiduría nunca vacilaba; y no aceptaba ningún regalo impropio; y no usaba habla ruda. No conocía la ociosidad; y era vigilante; y tenía conocimiento de sus propias faltas y de las ajenas. Era conocedor de las escrituras; y agradecido; y podía leer los corazones de los demás. Tenía sagacidad para percibir las estaciones en que debía mostrar debidamente favor o desfavor. Entendía todo lo relativo a la recepción de los justos, el sustento de la familia y la ocasión para castigar a los malhechores; y era un experto en cobrar los tributos (del pueblo); y conocía la manera prescrita (por las autoridades) de gastar el dinero. Había alcanzado pericia en todas las escrituras y obras literarias compuestas tanto en sánscrito como en prácrito. Buscaba el placer sin sacrificar ni el interés ni la moral; y nunca era remiso en el deber. Entendía las artes de quienes agasajaban a otros. Conocía los diversos rubros en que debía gastarse la riqueza. Era hábil en montar y adiestrar caballos y elefantes. Era el primero de los versados en el arco; y era reconocido entre los hombres como un Atiratha. Conducía sus fuerzas en dirección al enemigo; y mataba a sus adversarios; y era diestro en disponer las tropas. Era incapaz de ser reprimido en combate aun por los dioses y asuras enfurecidos. No era dado a la maledicencia, y había sometido su ira, y nunca se envanecía ni era malicioso. No menospreciaba a criatura alguna; no era esclavo de los tiempos. Aquel hijo del monarca estaba dotado de tales cualidades. Y era amado por los súbditos así como por los tres mundos. En indulgencia era como la Tierra; y en inteligencia como Brihaspati; y en poderío como el señor de Sachi. Dotado de tales cualidades, aceptables para el pueblo y gratas para su padre, Rama se veía hermoso, como el resplandeciente Sol rodeado de sus rayos. Y la Tierra deseaba por señor a él (Rama), de excelente carácter y de poderío irreprimible, semejante al propio Lokanatha.
Y al ver a su hijo coronado de tantas cualidades incomparables, aquel sometedor de sus enemigos, el rey Dasaratha, pensó para sí. El longevo y anciano monarca reflexionó: «¿Cómo puede Rama llegar a ser rey, viviendo yo; y cómo puede ser mío este deleite?». Y este supremo deseo rodaba en su corazón: «¿Cuándo contemplaré a mi amado hijo instalado en el reino? Sin duda él desea siempre la prosperidad del pueblo; y muestra bondad con todas las criaturas. Y como la nube lluviosa que derrama su lluvia, es más querido del pueblo que yo mismo. Es como Yama y Sakra en poderío, y como Brihaspati en inteligencia; y en indulgencia, como una montaña; sí, está mucho más dotado que yo. Por tanto, en esta edad, contemplando a mi hijo establecido en (el dominio de) toda esta tierra, me dirigiré al cielo». Viéndolo (a Rama) así coronado de todas estas diversas y otras señaladas e inmensurables virtudes, raras entre otros príncipes, el rey consultó entonces con sus ministros y resolvió conferir a Rama la dignidad de heredero. Y aquel inteligente (rey) mencionó (a su ministro) los terribles males presagiados por señales y fenómenos en el cielo, el aire y la tierra; y señaló también la circunstancia de que la decrepitud se había apoderado de su persona. Les dio, pues, a entender que la instalación del de alma elevada Rama, de rostro semejante a la luna llena, disiparía su pena, a la vez que sería saludada universalmente por el pueblo. Por tanto, movido por su afecto (por sus súbditos), y con el fin de lograr su propio bienestar y el de ellos, el justo monarca urgió presteza (a sus consejeros); y aquel señor de la tierra reunió a los principales y nobles de las diversas regiones y países de la tierra. Como el propio Prajapati ante todas las criaturas, el rey se presentó ante ellos, que habían sido recibidos con respeto y habían recibido, según correspondía a su rango, diversos ornamentos y alojamientos asignados. Pero aquel señor de los hombres, por la prisa, no hizo venir ni a Janaka ni al rey de los Kekayas, pensando que poco después recibirían las alegres nuevas.
Luego, cuando el rey, aquel conquistador de capitales hostiles, se hubo sentado allí, comenzaron a afluir todos los príncipes queridos por sus súbditos, todos salvo (los dos soberanos antes mencionados). De cara al monarca y mirándolo, aquellos reyes se sentaron en los diversos asientos que aquel les señaló. Rodeado de aquellos principales y nobles de las diversas provincias, y de todos aquellos gobernantes menores, que habían sido recibidos con honor y que en general residían en Ayodhya, el soberano parecía el adorable de mil ojos rodeado de los inmortales.
Section 2
Luego, de cara a toda su corte, aquel señor de la tierra, el rey, haciendo resonar todos los lados como con el trueno, con voz poderosa, retumbante y solemne, y semejante al sonido de un timbal, habló con palabras cargadas de bienestar, capaces de producir alto arrobo y dignas de la atención de todos. Y con tonos rebosantes de signos reales; y melodiosos; y sin par; y cargados del sentimiento de sorpresa, el monarca se dirigió a los príncipes: «Es sabido por ustedes que (el pueblo de) este espacioso imperio que ahora gobierno fue gobernado como hijos por aquellos soberanos que fueron mis predecesores. Ahora es mi intención traer bienestar a toda esta tierra, digna de ser hecha dichosa, que había sido gobernada por todos aquellos soberanos, Ikshvaku y los demás. Siguiendo la senda hollada por mis predecesores, yo, sin atender a mi propia felicidad, he protegido siempre al pueblo, según mi capacidad. Y bajo la sombra del blanco quitasol, procurando el bien de toda la comunidad, he traído la decrepitud sobre mi cuerpo. Habiendo alcanzado una edad que se extiende por muchos millares de años, y habiendo vivido largo período, deseo descanso para esta decrépita armazón. Llevando, en interés del pueblo, la pesada carga del deber, que no pueden llevar ni aquellos que han dominado sus sentidos, y que requiere (en quien la lleva) verdaderas cualidades reales, me he fatigado. Deseo, por tanto, descansar, tras instalar a mi hijo en interés de los súbditos, con permiso de todos estos excelentes dos veces nacidos que me rodean. Mi digno hijo, semejante al propio Purandara en poderío, Rama, el conquistador de ciudades hostiles, ha nacido, dotado de todas mis virtudes. A él, semejante a la luna cuando está en conjunción con la constelación de Pushya, el primero de los que mantienen la rectitud, el jefe de los hombres, lo instalaré yo, por la mañana, con corazón deleitado, como heredero del trono. Y aquel auspicioso hermano mayor de Lakshmana será un gobernante apropiado para ustedes; sí, los mismos tres mundos podrían considerarse como poseedores de un señor al tenerlo a él. Por su medio traeré hoy el bienestar del mundo; y renunciaré a mi fatiga depositando en él la tarea de gobernar. Si lo que he ideado es conveniente y se recomienda también a ustedes, concédanle su aprobación, proponiendo lo que he de hacer además de esto, junto con el cómo de lograrlo. Si he pensado así solo porque encuentro deleite en ello, busquen ustedes algún otro camino hacia el bienestar. Pues distinto es el pensamiento de los desapasionados; y por el roce se vuelve mucho más eficaz».
Cuando el rey hubo dicho esto, los príncipes, sumamente deleitados, lo secundaron, como bailan los pavos reales a la vista de una poderosa masa de nubes que derraman lluvia. Luego se elevó una grata resonancia (de la asamblea de los potentados); y a continuación, de la vasta muchedumbre inspirada de alto arrobo, se elevó un eco generado por sus voces, que parecía sacudir la tierra. Entonces, estando en pleno conocimiento de los pareceres de aquel (el rey), versado en moral e interés, los brahmanes y los principales personajes del ejército, en compañía de los ciudadanos y los habitantes de las provincias, deliberaron juntos y se pusieron de acuerdo; y, habiendo vuelto a considerar el asunto cada uno en su mente, dijeron al anciano rey Dasaratha: «Oh rey, siendo de muchos millares de años, ha envejecido. Instale, pues, a Rama como heredero del trono. Deseamos contemplar al sumamente fuerte y de brazos poderosos héroe entre los Raghus, montado en un enorme elefante, con el rostro bajo un quitasol». Al oír aquellas bienvenidas palabras suyas, el monarca, como si no conociera sus pensamientos, les preguntó: «Han deseado a Raghava apenas han oído mi discurso. Esto, oh reyes, suscita mis dudas. Digan, pues, sus pensamientos con verdad. ¿Por qué, mientras gobierno la tierra con rectitud, desean ver al poderosísimo Rama como heredero?». Y aquellos de alma elevada, junto con los ciudadanos y los habitantes de las provincias, le dijeron: «Oh rey, muchas son las virtudes de su hijo, que tienen por objeto el bienestar del pueblo. Hoy le contaremos en detalle los méritos, que hacen dichosos aun a los enemigos, del meritorio e inteligente (Rama), semejante a un celestial. Oh monarca, dotado de las más selectas cualidades, Rama, cuyo poder es la verdad, es semejante al propio Sakra; y se eleva por encima de Ikshvaku y de todos. Rama es la única persona excelente entre los hombres; y es veraz y devoto de la verdad. Y en el mismo Rama están establecidas la moral con la prosperidad. En lo tocante al bien de los súbditos, es como la luna, y en la cualidad de la indulgencia es como la Tierra; en inteligencia, como Brihaspati; y en poderío, como el señor de Sachi. Es conocedor del deber, y fiel en la promesa, y honrado; y no dado a la maledicencia. Es indulgente, y apacible, y de dulce habla, y agradecido, y de sentidos sometidos. Es dócil a las súplicas y sosegado, y de porte agradable, y no calumnia. Raghava habla bien a todos, y es de habla veraz. Sirve a los ancianos brahmanes de diversos saberes. Por eso su fama y renombre y energía van creciendo en esta tierra. Ha dominado todas las armas que existen entre los dioses, los asuras y los seres humanos. Ha hecho sus abluciones tras adquirir el saber; y conoce los Vedas con sus ramas. Y el hermano mayor de Bharata es un perito en la música. Es el hogar de los buenos, y es santo, y ha vencido su pena, y es magnánimo. Es humilde ante aquellos dos veces nacidos que son dignos y conocedores de la moral y el interés. Y cuando, en compañía del hijo de Sumitra, va al combate con el fin de proteger una ciudad o una provincia, no regresa sin haber vencido al enemigo. Y así como un padre pregunta por el bienestar de sus hijos, él, al volver del campo a caballo o en elefante, pregunta exhaustiva y sucesivamente por el bien de los ciudadanos, por sus hijos, o su fuego (sacrificial), o sus esposas, o sus servidores, o sus discípulos. Y aquel Rama, semejante a un tigre, pregunta siempre a los brahmanes: “¿Los atienden sus discípulos?”, y a los kshatriyas: “¿Siguen siempre sus discípulos con armadura?”. Cuando la calamidad sobreviene al pueblo, experimenta exceso de pena; y en sus ocasiones festivas se regocija siempre como su propio padre. Dice la verdad, y es un poderoso arquero. Sirve a los ancianos y ha dominado sus sentidos. Antepone a su habla una sonrisa, y está establecido en la rectitud con toda su alma. Procura por entero el bien, y no se deleita en cruzar palabras tras una disputa. En el razonar encadenado es como el propio señor de la palabra. Sus cejas son graciosas; y sus ojos amplios y cobrizos; y es semejante al mismo Vishnu. Como Kama, es encantador para todos por su heroísmo, poderío y fuerza. Está siempre dedicado a proteger al pueblo: y el deseo de las cosas buenas del mundo no puede perturbar su mente. Es capaz de llevar la carga aun de los tres mundos: ¿qué será entonces esta Tierra? Ni su placer ni su desagrado quedan en nada. Mata a los que merecen ser muertos; pero nunca se enfurece con los que no deben ser muertos (es decir, los inofensivos), y a aquellos con quienes está complacido les otorga riqueza. Por su dominio de sí y otras cualidades, querido de los súbditos y capaz de suscitar el deleite de la humanidad, Rama resplandece como el brillante Sol rodeado de sus rayos. Y a ese mismo Rama, coronado de tales cualidades y cuyo poder es la verdad, semejante a un Lokapala, la Tierra desea tener por señor. Por nuestra buena suerte su hijo ha adquirido competencia en la tarea de gobernar; y por su buena suerte también ha nacido Raghava dotado de cualidades filiales, como Kasyapa, el hijo de Maricha. Los dioses, y los asuras, y los hombres, con los gandharvas, y los uragas, y los habitantes rurales y urbanos, ruegan por la fuerza, la salud y la larga vida del conocedor de sí Rama. Y ya sean moradores o forasteros, ciudadanos o nativos de las provincias, todos hablan bien de él. Las mujeres, ancianas y jóvenes, tanto por la mañana como al atardecer, con mentes atentas, se inclinan ante todos los dioses a favor del inteligente Rama. Que su deseo, oh venerable, sea cumplido por su gracia. Y quisiéramos contemplar al hijo del primero de los monarcas, el destructor de enemigos Rama, azul oscuro como un loto, instalado como heredero del reino. Por tanto, oh otorgador de dones, le corresponde, por nuestro bienestar, instalar presto con ánimo deleitado a su hijo, dotado de nobles cualidades, semejante al dios de dioses y siempre atento al bienestar de toda la comunidad».
Section 3
Y cuando hubieron elevado a sus cabezas sus manos juntas, semejantes a lotos, el rey, respondiéndoles, se dirigió a ellos con bienvenidas palabras cargadas de su bien: «Sumamente complacido estoy, e incomparable es también mi influencia, porque desean contemplar a mi querido primogénito instalado como heredero». Habiéndolos saludado así, el rey, a oídos de ellos, dijo a Vasishtha, Vamadeva y otros brahmanes: «Este es el santo mes de Chaitra; y las arboledas se ven hermosas con flores. Dispongan ustedes ahora la instalación de Rama». Cuando el rey calló, se elevó un poderoso tumulto de la multitud. Y cuando este se aplacó, aquel señor de los hombres, el rey, se dirigió a aquel primero de los ascetas, Vasishtha: «Le corresponde a usted, oh venerable señor, ordenar las cosas necesarias para la instalación de Rama». Al oír aquellas palabras del monarca, Vasishtha, jefe de ermitaños, ordenó a los consejeros que estaban ante el rey con las manos juntas: «Dispongan y almacenen ustedes, temprano por la mañana, en la sala del agnihotra del monarca, oro, y gemas, y objetos para el culto, y sarvaushadhi y blancas guirnaldas, y arroz tostado, y miel y mantequilla clarificada en vasijas separadas, y paños recién salidos del telar, y un carro, toda clase de armas, y las cuatro fuerzas, y un elefante de signos auspiciosos, y un par de abanicos de cola de yak, y un cetro y un quitasol de color pálido, y cien jarros de agua de oro provistos, y un toro de cuernos chapados en oro, y una piel entera de tigre, junto con todos los demás objetos necesarios. Y embellezcan todas las puertas del aposento interior así como las de toda la ciudad con guirnaldas, con pasta de sándalo y fragante dhupa. Den ustedes, en la mañana de mañana, a los principales brahmanes arroz bueno y refinado mezclado con cuajada y leche, de modo que se alimente y satisfaga a centenares de millares, dándoles al mismo tiempo mantequilla clarificada y cuajada, y arroz tostado, y dakshinas más que suficientes. Mañana, tan pronto como salga el sol, quedará terminado el swastivachana. Inviten ustedes a los brahmanes y preparen asientos (para ellos). Y alcen banderas, y rieguen las calzadas, y que las cortesanas cuya profesión es la música, adornándose, permanezcan en el segundo aposento de la residencia del rey. En las moradas de los dioses y bajo los árboles chaitya deben colocarse por separado flores fragantes, junto con arroz cocido y otros comestibles, y con dakshinas. Y que los guerreros debidamente formados entren en el patio del monarca, que rebosa de alegría festiva, con armadura y equipados con escudos de cuero y espadas largas». Habiendo dado estas órdenes, aquellos dos vipras emprendieron su labor (como sacerdotes); e hicieron lo que quedaba por hacer tras darlo a conocer al señor de la tierra. Cuando todo estuvo dispuesto, aquellos primeros de los dos veces nacidos se presentaron gozosos y bien complacidos ante el señor de la tierra y le dijeron: «Todo lo ordenado ha sido hecho». Entonces el resplandeciente monarca dijo a Sumantra: «Trae presto aquí al virtuoso Rama». Entonces, diciendo: «Así sea», Sumantra, por mandato del rey, trajo allí en un carro a Rama, el primero de los guerreros de carro. Los reyes del Norte, y del Sur, y del Este, y del Oeste, junto con los mlechas y los príncipes arios, con los que habitaban montañas y bosques, rendían entonces homenaje a él (Dasaratha), como lo hacen los celestiales a Vasava. Establecido en su palacio, el santo real Dasaratha, en medio de aquellos príncipes, como Vasava en medio de los Maruts, vio acercarse a su hijo, semejante al rey de los gandharvas, que alegraba a los súbditos como una lluvia cuando están oprimidos por el calor del verano: Rama, de formidable poderío entre los hombres, de brazos largos y de gran fuerza, y de andar de elefante enloquecido, de rostro hermoso como la luna, de presencia sumamente atrayente, y que cautivaba la vista y los corazones de los hombres por su belleza, generosidad y otras cualidades. Y mientras se acercaba, el señor de los hombres lo miraba fijamente, sin experimentar saciedad.
Haciendo descender a Raghava de aquel excelente carro, Sumantra lo siguió con las manos juntas mientras iba a la presencia de su padre. Acompañado de Sumantra, Raghava, el descendiente de los Raghus, con el fin de ver al monarca, comenzó a ascender con pasos rápidos el palacio semejante a una cumbre del monte Kailasa. Rama, acercándose con humildad a su padre con las manos juntas, y anunciando su nombre, se inclinó profundamente y adoró los pies de su padre. Entonces, viendo a Rama a su lado con las manos juntas y en humilde guisa, el rey tomó las manos juntas de Rama y, atrayendo a su amado hijo, lo abrazó. Luego el rey mandó a Rama sentarse en un asiento preparado expresamente para él, excelente, y resplandeciente y guarnecido de oro y gemas. Raghava dio lustre a aquel noble asiento, como el sol sin nubes en su orto ilumina con sus rayos el monte Sumeru. Toda aquella asamblea se veía hermosa en su presencia, como el cielo otoñal sin nubes, coronado de estrellas y planetas, en presencia de la luna. El rey experimentó deleite al contemplar a su queridísimo hijo, semejante a su propia imagen ricamente adornada reflejada en un espejo. Y así como Kasyapa se dirige a Indra de los celestiales, el rey, el mejor de los que poseen hijos, se dirigió a su hijo, bien sentado, con estas palabras: «Nacido de mi esposa mayor, digna de mí, tú, coronado de las mejores cualidades, eres mi digno hijo, oh Rama, querido para mí. Con tus virtudes has atraído hacia ti los corazones del pueblo; por tanto, durante la conjunción de la luna con la constelación de Pushya, recibe el cargo de heredero. Tú estás por naturaleza coronado de virtudes. A pesar de tus grandes virtudes, te diré, oh hijo, por afecto, lo que te conviene. Practicando mayor humildad, refrena constantemente tus sentidos. Renuncia a los males que vienen de la ira y la lujuria. Reponiendo tu tesoro y tu arsenal, informándote del estado de las cosas por ti mismo y por otros, administra justicia y gánate así el afecto de los cortesanos y otros súbditos; pues los amigos de quien rige la tierra, complaciendo al pueblo a satisfacción, se regocijan como lo hicieron los inmortales al obtener la ambrosía. Por tanto, oh hijo, disciplinándote así, dedícate a tu tarea». Al oír esto, los amigos de Rama, que siempre hacían lo que le agradaba, saliendo presto, informaron a Kausalya de todo. Entonces aquella primera de su sexo, Kausalya, mandó dar oro y vacas y diversas clases de gemas a los portadores de la buena nueva. Luego Raghava, honrado por la multitud y habiendo saludado al soberano, subió a un carro y se dirigió a su resplandeciente residencia. Y los ciudadanos, al oír aquellas palabras del monarca, como cargadas de alguna pronta buena fortuna para ellos, hicieron reverencia a aquel señor de los hombres y, yendo a sus casas, con ánimo deleitado, adoraron a los dioses.
Section 4
Cuando los ciudadanos se hubieron marchado, el rey, versado en el tiempo y el lugar de las ceremonias, tras deliberar con sus consejeros, fijó el momento (de la instalación). Y su conclusión fue esta: «Mañana estará en curso Pushya; y mañana debe ser instalado mi hijo Rama, de ojos como hojas de loto, como heredero». Luego, entrando en el aposento interior, el rey Dasaratha dijo al cochero Sumantra: «Trae de nuevo aquí a Rama». En respuesta a esas palabras, el cochero fue de nuevo presto a la residencia de Rama, para traerlo allí. Anunciada su nueva llegada a Rama por los guardianes, este, lleno de aprensión, se inquietó. E introduciendo a Sumantra, Rama dijo con ansia: «Dime plenamente la razón de esta tu nueva visita». Entonces el cochero le dijo: «El soberano desea verlo a usted. Usted ha conocido la ocasión; y ahora decida si irá allí o no». Al oír el discurso del cochero, Rama también se dirigió de prisa al palacio del rey, con el fin de ver de nuevo al señor de los hombres. Y al oír de la llegada de Rama, el rey Dasaratha lo hizo entrar en su propia cámara, con el fin de comunicarle algo sumamente agradable. E inmediatamente al entrar en la residencia de su padre, el gracioso Raghava, viendo a su padre desde lejos, se inclinó profundamente con las manos juntas. Entonces, levantando a Rama mientras se inclinaba, y abrazándolo, y señalándole un asiento, el protector de la tierra le habló de nuevo: «Oh Rama, gozando a mi voluntad de los bienes de la vida, he envejecido; y he alcanzado gran edad. He adorado a las deidades celebrando centenares de sacrificios con numerosas dakshinas y dones de arroz cocido; y tú, incomparable en la tierra, has nacido para mí como hijo conforme a mi corazón. He dado lo que (otros) han necesitado; he terminado mis estudios, oh primero de los hombres. He actuado y gozado, oh héroe. He sido emancipado de mis obligaciones para con los celestiales y los santos, y los Pitris, y los vipras, y conmigo mismo. Y nada queda ahora por hacer por mí salvo tu instalación. Por tanto, te corresponde hacer lo que te digo. Hoy los súbditos en conjunto han expresado su deseo de tenerte por soberano. Por tanto, oh hijo, te instalaré como heredero. Oh Raghava, esta noche he soñado sueños aciagos. Estrellas con tremendos sonidos caen de día, acompañadas de truenos. Los astrólogos dicen que la estrella de mi vida ha sido invadida por esos terribles planetas, el Sol, Marte y Rahu. Suele suceder que, cuando tales señales se manifiestan, el rey cae en una terrible calamidad, y puede hallar la muerte misma. Por tanto, oh Raghava, mis pensamientos cambian; sé instalado tú (en el reino), pues voluble es la mente de todas las criaturas. Hoy, antes de encontrarse con Pushya, la luna ha entrado en la mansión de Punarvasu; y los astrólogos dicen que mañana estará ciertamente en conjunción con Pushya. Mi corazón me urge a instalarte durante la conjunción de Pushya, así que, ¡oh afligidor de enemigos!, mañana te instalaré como heredero. Por tanto, tú, junto con mi nuera, a partir de la puesta del sol, observando las restricciones prescritas y acostándote en un lecho de hierba kusa, pasen la noche en ayuno. Y que tus amigos te protejan vigilantes por todos lados, pues muchos son los impedimentos que ocurren en asuntos como este. En mi opinión, durante el intervalo en que Bharata está lejos de la ciudad, tu instalación se efectuaría de la manera más oportuna; aunque tu hermano Bharata se mantiene siempre enteramente en el camino de los honrados; sigue a su hermano mayor; y es de alma justa, de corazón tierno y de sentidos sometidos. Pero en mi opinión, los corazones de los hombres son inconstantes, y, oh Raghava, los corazones aun de los virtuosos cambian por la acción de los impulsos naturales». Así interpelado en el asunto de su próxima instalación al día siguiente, Rama, con el permiso del rey expresado en «Ve», saludando a su padre, se dirigió a sus aposentos. Y entrando en su residencia en interés de la instalación ordenada por el monarca, salió de inmediato y fue al aposento interior de su madre. Allí Rama halló a su madre en el templo, vestida de seda, adorando a los dioses y rogando en silencio por su regia fortuna. Allí, al oír de la grata instalación de Rama, habían llegado ya Sumitra, y Lakshmana y Sita, convocados (por Kausalya). Al oír de la instalación de su hijo en el cargo de heredero durante la influencia de Pushya, en aquel momento, atendida por Sumitra y Sita y Lakshmana, estaba allí Kausalya, meditando en la persona (triúnica) de Janardana, mediante la suspensión del aliento. Rama, acercándose y saludándola mientras ella estaba en auspicioso rito, se dirigió a ella con excelentes palabras, animándola: «Oh madre, por mi padre he sido designado para la tarea de gobernar al pueblo. Y, conforme al deseo de mi padre, mañana tendrá lugar mi instalación. Esta noche Sita ayunará conmigo. Los sacerdotes han dicho así; y esto también lo ha declarado mi padre. Disponga usted, pues, aun hoy, aquellas cosas auspiciosas necesarias que se requerirán para mí y para Vaidehi con ocasión de la próxima instalación».
Al oír aquello que siempre había deseado, Kausalya, con la voz ahogada por el vapor nacido del deleite, se dirigió a Rama: «Rama, hijo mío, ¡sé longevo; y que tus enemigos hallen la destrucción! Dotado de esta buena fortuna, alegra a los parientes de Sumitra así como a los míos. ¡Oh! naciste bajo una estrella auspiciosa: has complacido con tus virtudes, oh hijo, a tu padre Dasaratha. ¡Ah! no ha resultado infructuosa mi desinteresada observancia de votos a la Persona de ojos de loto; pues esta regia fortuna de la raza de Ikshvaku descansará sobre ti».
Al ser así interpelado por su madre, Rama, mirando a su hermano (Lakshmana), sentado en humilde guisa con las manos juntas, le dijo con una sonrisa: «Oh Lakshmana, gobierna tú conmigo esta tierra. Tú eres mi segundo yo; y esta buena fortuna se ha adueñado (también) de ti. Goza tú, oh hijo de Sumitra, de toda cosa deseable y de los privilegios propios de la realeza. Mi vida y este reino los codicio solo por ti». Habiendo dicho esto a Lakshmana, y rendido reverencia a su madre, Rama, con permiso de ellos, fue con Sita a sus propios aposentos.
Section 5
Habiendo dado sus indicaciones a Rama acerca de su próxima instalación al día siguiente, el rey, llamando a su sacerdote Vasishtha, le dijo: «Oh usted, que tiene el ascetismo por riqueza, vaya hacia Kakutstha y, para su bienestar y la obtención del reino, hágalo ayunar junto con mi nuera». Entonces, diciendo: «Así sea», aquel mejor de los versados en el Veda, el venerable Vasishtha, conocedor de mantras, aquel que practicaba excelentes votos, montando en un carro de Brahma, fue él mismo a la residencia de Rama, conocedor de mantras, con el propósito de hacerlo ayunar. Y aquel primero de los ascetas, habiendo llegado a la residencia de Rama, de color oscuro, semejante a una masa de nubes, pasó por tres aposentos distintos montado en el carro. Con el fin de honrar al santo digno de honor, Rama salió con presteza de su morada. Y acercándose al carro de aquel inteligente, Rama, tomándolo personalmente de la mano, lo hizo descender. Al hallar a Rama tan humilde y querido, el sacerdote se dirigió a él, complaciéndolo y deleitándolo con palabras aceptables: «Oh Rama, tu padre está bien complacido contigo; puesto que logras el reino (por medio de él). Ayuna hoy con Sita. Y por la mañana el rey, tu padre Dasaratha, bien complacido, te instalará como heredero, como Nahusha instalando a Yayati». Habiendo dicho esto, aquel de espíritu puro, que observaba votos con mantras, hizo ayunar a Rama junto con Sita. Luego, habiendo sido debidamente adorado por Rama y tomado el permiso de Kakutstha, el preceptor espiritual del rey se marchó de la residencia de Rama. Rama, habiendo pasado un rato con amigos de dulce habla y honrado por ellos, con su permiso entró en su aposento. En aquel momento la residencia de Rama estaba llena de hombres y mujeres jubilosos; y era como un lago que contiene lotos y adornado de aves enloquecidas.
(Por otra parte) Vasishtha, saliendo del palacio de Rama, semejante al propio palacio del rey, halló la calle llena de gente. Por todos lados, las calzadas de Ayodhya estaban atestadas de grupos de hombres llenos de deseo de saber. El tumulto que se elevó en las calzadas a consecuencia de la afluencia y el ruido era como el rugido del océano. Las calles estaban despejadas y lavadas y adornadas de guirnaldas; y aquel día Ayodhya tenía sus moradas provistas de mástiles de banderas alzados. En la ciudad de Ayodhya hombres con mujeres y niños esperaban con ansia la salida del sol (al día siguiente) y la instalación de Rama; y el pueblo ardía por contemplar en Ayodhya la augusta festividad, que era como un ornamento para los súbditos y que acrecentaba el gozo del pueblo. Abriéndose paso entre la multitud que atestaba la calzada, el sacerdote avanzó lentamente hacia la familia real. Y ascendiendo al palacio semejante a una cumbre del Himavat, se encontró con el señor de los hombres, como Brihaspati encontrándose con Sakra. Al verlo llegar, el rey, levantándose de su asiento real, preguntó a Vasishtha si su intención se había cumplido, a lo que Vasishtha respondió que sí. Los cortesanos que habían estado sentados todo el tiempo con Dasaratha se levantaron de sus asientos para honrar al sacerdote. Luego, con el permiso de su guía espiritual, dejando aquella asamblea de hombres, el monarca entró en su aposento interior como un león que entra en su guarida. Así como la luna ilumina el firmamento poblado de estrellas, el apuesto rey entró en su mansión, semejante a la morada del poderoso Indra y repleta de mujeres excelentemente ataviadas, honrándola (con su presencia).
Section 6
Cuando el sacerdote se hubo marchado, Rama, tras bañarse y con mente concentrada, comenzó a adorar a Narayana, en compañía de su esposa de ojos amplios. Luego, elevando a su cabeza la vasija de mantequilla clarificada (a modo de reverencia), comenzó, conforme al precepto, a ofrecer oblaciones al fuego llameante en nombre de aquella poderosa deidad. Luego, habiendo participado de la cantidad restante de mantequilla clarificada, Rama rogó por su propio bienestar y meditó en el dios Narayana. El hijo del mejor de los hombres, con mente concentrada y refrenando su habla, se acostó en un lecho de kusa junto con Vaidehi dentro de la graciosa morada de Vishnu.
Cuando solo quedaba una vigilia de la noche, Rama despertó y dispuso bien adornada su residencia. Entonces, oyendo las melodiosas locuciones de los genealogistas y panegiristas y brahmanes versados en los puranas, Rama terminó las devociones del crepúsculo previo y, con mente atenta, comenzó a recitar (savitri). Y vestido de un límpido traje de seda, con la cabeza inclinada, entonó himnos al matador de Madhu e hizo que los regenerados ejecutaran la ceremonia swastivachana. Resonando ya con los clamores de las trompetas, Ayodhya se llenó de los tonos dulces y solemnes de la expresión «Día santo» pronunciada por ellos. Los moradores de Ayodhya, al oír que Raghava había ayunado con Vaidehi, se regocijaron en extremo.
Entonces los ciudadanos, al oír de la instalación de Rama y al ver que la noche se había ido, se pusieron a adornar la ciudad. Estandartes con banderolas fueron alzados hermosamente en las moradas de los dioses, semejantes a una cumbre envuelta en nubes blancas, y en los cruces, y en las calzadas; y sobre el árbol chaitya; y los edificios; y sobre los almacenes de los mercaderes, abundantes en mercancías, y las buenas y prósperas mansiones de los padres de familia; y sobre todas las casas de consejo; y los árboles conspicuos. La multitud oyó entonces la música, grata al oído y al corazón, de los directores de escena, bailarines y cantores que entonaban cantos. La gente comenzó a conversar entre sí acerca de la instalación de Rama; y, habiendo llegado el momento de su instalación, en terrazas y casas, y en los umbrales, niños que jugaban en grupos conversaban entre sí acerca de la instalación de Rama. Con ocasión de la investidura de Rama, las buenas calzadas fueron adornadas con guirnaldas y perfumadas con incienso dhupa por los ciudadanos. Y temiendo que Rama saliera durante la noche (para contemplar la capital embellecida), los habitantes de la ciudad, a modo de ornamento y como con el fin de contemplar al propio Rama, habían alzado junto al camino portalámparas en forma de árboles (ramificados). Esperando con ansia la investidura de Rama como heredero, todos, habiendo adornado así la ciudad y reuniéndose en terrazas y salas de consejo, conversando entre sí, ensalzaron al señor de los hombres: «¡Ah, de alma elevada es este rey, el perpetuador de la raza de Ikshvaku; pues, sabiéndose viejo, instalará a Rama en el reino! Obligados hemos quedado, puesto que el bueno de Rama, capaz de leer el carácter, será el señor de la tierra y nuestro protector. Es de corazón desprovisto de arrogancia, y es instruido; y de alma justa; y afectuoso con sus hermanos. Raghava nos ama como ama a sus propios hermanos. ¡Que viva largo tiempo el sin pecado y piadoso rey Dasaratha; pues es por su gracia que contemplaremos instalado a Rama!». Los habitantes de las provincias, que, habiendo oído la noticia, habían venido de diversas regiones, oyeron conversar así a los ciudadanos. Deseosos de contemplar la instalación de Rama, entrando en la ciudad desde diversas direcciones, llenaron la ciudad de Rama. Mientras la vasta muchedumbre entraba (en la ciudad), se oyó un clamor semejante al rugido del océano agitado durante la plenitud de la luna. Entonces aquella ciudad, semejante a las regiones de Indra, llena por todos lados del tumulto levantado por los moradores de las provincias que habían venido a contemplar (la instalación), se asemejaba al océano cuando sus aguas son agitadas por los animales acuáticos que lo habitan.
Section 7
Una mujer criada con Kaikeyi, que en otro tiempo había servido como criada a la familia de su tío materno, subió por su propia voluntad al palacio semejante a la luna. Manthara contempló desde el palacio las calzadas de Ayodhya bien regadas por todas partes, y cubiertas de lotos, y adornadas con estandartes de alegres banderolas; con avenidas y caminos que corrían por tierras ondulantes; rociadas con agua de sándalo y atestadas de hombres que habían hecho sus abluciones; y resonantes con los acentos de regenerados que llevaban en las manos guirnaldas y golosinas; y con las puertas de los templos pintadas de blanco; y resonantes con los sonidos de instrumentos musicales; y llenas de mucha gente; y cantando con recitaciones védicas; y con sus caballos y elefantes deleitados, y vacas y toros que emitían mugidos; y con estandartes que exhibían banderas erigidas por los regocijados ciudadanos. Al ver Ayodhya (en tal agitación), Manthara fue presa de extrema sorpresa; Manthara, viendo cerca a una nodriza vestida de seda blanca, con los ojos dilatados de deleite, le preguntó: «¿Por qué la madre de Rama, aunque avara, está repartiendo riqueza al pueblo con alegría y con la mayor presteza posible? ¿Y por qué este desbordamiento general de gozo? ¿Y qué se propone hacer el monarca deleitado?». Entonces, rebosante de grandísimo deleite, la nodriza comunicó a la jorobada la alta fortuna que aguardaba a Rama: «Mañana, bajo Pushya, el rey Dasaratha instalará como heredero del trono al sin pecado Raghava, que tiene su ira bajo control». Al oír las palabras de la nodriza, la jorobada, enfureciéndose presto, descendió del edificio semejante a una cumbre del monte Kailasa. Ardiendo en ira, la de intención pecaminosa Manthara se dirigió a Kaikeyi, que estaba acostada: «¡Levántate, insensata! ¿Por qué estás tendida? Un gran peligro se acerca a ti. No entiendes que una gran pena te desborda. Te jactas de buena fortuna mientras la desgracia es tuya bajo la forma de suerte. Tu buena fortuna es sin duda inestable, como la crecida de un río durante el verano». Así interpelada en lenguaje sumamente áspero por la jorobada (bruja) de intención pecaminosa, Kaikeyi se afligió de gran pena. Y Kaikeyi dijo a la jorobada: «¿Hay algún mal presente, oh Manthara? No te veo con el semblante abatido y duramente acongojada de pena». La jorobada Manthara, hábil en el habla, que en verdad buscaba el bien de Kaikeyi, al oír las dulces palabras de esta, mostrando una pena mayor que la de la propia Kaikeyi, lamentándose y poniendo los sentimientos de Kaikeyi contra Rama, profirió palabras inflamadas de ira: «Oh venerable, una destrucción duradera y terrible es inminente para ti. El rey Dasaratha instalará a Rama como heredero. Me he hundido en un temor insondable; y estoy afligida de pena y pesadumbre. Y como ardiendo en fuego, buscando tu bienestar, he venido a ti. Pues, oh Kaikeyi, grande crece mi pena al presenciar tu dolor; y mi medro avanza junto con el tuyo. No hay duda al respecto. Nacida en un linaje de reyes, eres la reina de este señor de la tierra. ¿Por qué no comprendes entonces la severidad de la moral real? Tu sustentador habla del modo más moral; pero es astuto con todo: habla con suavidad, pero tiene un corazón torcido. A él lo tomas por de condición bienaventurada; y por eso eres engañada. Hablándote palabras suaves, vacías de sustancia, él, con el corazón alerta, procurará hoy el bien de Kausalya. Habiendo enviado a Bharata al hogar de tus parientes, aquel de mente perversa establecerá a Rama en su reino ancestral, libre de espina. Tú, oh muchacha, por considerar tu bien, has tomado en tu regazo, como una madre, una serpiente venenosa en forma de tu esposo. Lo mismo que haría un enemigo o una serpiente dejada sola, lo está haciendo Dasaratha, de perversos modos y falsas palabras de consuelo, contigo y con tu propio hijo. Y, oh muchacha, tú, que mereces ser feliz, una vez que el rey haya establecido a Rama en el reino, serás aniquilada junto con los tuyos. Ha llegado el momento, oh Kaikeyi: emprende de inmediato aquello que redunde en tu provecho. Y tú, oh dominada por la sorpresa, líbrate a ti misma, a mí y también a Bharata».
Al oír las palabras de Manthara, aquella de rostro gracioso, llena de deleite y semejante a la luz de luna otoñal, se levantó de su lecho. Inspirada de extremo gozo, Kaikeyi, atónita, hizo a la jorobada un regalo de un excelente y elegante ornamento. Y habiéndole dado el ornamento, aquel dechado entre las bellas, Kaikeyi, dijo gozosa a Manthara: «¡Oh Manthara! Sumamente bienvenida es la noticia que me has comunicado. Y sin duda me has dicho lo que es querido de mi corazón; ¿qué haré por ti? Diferencia no hallo ninguna entre Rama y Bharata. Por tanto, estoy deleitada de que el rey se proponga instalar a Rama en el reino. No hay otra palabra ambrosíaca, excelente y aceptable para mí, que se compare con la instalación de Rama. Por tanto, pídeme la recompensa que quieras y te la daré».
Section 8
Manthara, haciendo de Kaikeyi el objeto de su ira, arrojó el noble ornamento y habló estas palabras con ira y pena: «Insensata muchacha, ¿por qué muestras tu alegría en una ocasión tan impropia? No ves que estás en el seno de un océano de pena. Afligida de corazón, me río de ti por dentro, oh venerable señora, porque, habiendo sufrido una señalada calamidad, te regocijas aun de lo que debería lamentarse. Te lamento por tu perversión de juicio. ¿Qué mujer juiciosa puede regocijarse en el medro del hijo de una coesposa, semejante a la propia muerte? De Bharata procede el temor de Rama respecto al reino, al que ambos tienen igual derecho. Pensando en esto, me abate la pena, porque el temor procede de la persona que teme mucho. El de brazos poderosos Lakshmana ha tomado ciertamente refugio en Rama en todos los sentidos; y Satrughna, semejante a Lakshmana, ha tomado refugio en el Kakutstha Bharata. En cuanto a la gradación del nacimiento, la probabilidad está a favor de que Bharata aspire al reino; sin embargo, por razón (de ser Rama el mayor) de los dos, Bharata ha sido dejado de lado. Previendo el peligro que podría surgir a tu hijo de parte de Rama, instruido y versado en las funciones del kshatriya, y de rápida decisión, tiemblo. Sin duda Kausalya es de bienaventurada fortuna, pues mañana, bajo Pushya, el primero de los dos veces nacidos instalará a su hijo como el poderoso heredero del imperio. Tú, con las manos juntas, servirás como esclava a la ilustre Kausalya, señora del mundo y rebosante de alegría, con todos sus enemigos desbaratados. Así, junto con nosotras, atenderás sus órdenes, y tu hijo también esperará el beneplácito de Rama. Y las esposas de Rama junto con sus doncellas se llenarán de deleite; y a causa del nombre de Bharata, tus nueras se afligirán de pena».
Viendo a Manthara empeñada contra Rama y hablando de este modo, la noble Kaikeyi alabó las virtudes de Rama. «Rama es conocedor de la moral, y lleno de perfecciones, y cumplido, y agradecido, y dotado de verdad, y puro. Y como es el hijo mayor del rey, merece el reino como heredero. Aquel longevo sustentará a sus hermanos y a sus servidores como un padre. ¿Por qué, entonces, oh jorobada, te afliges al oír la instalación de Rama? Y sin duda aquel primero de los hombres, Bharata también, cien años después de Rama, alcanzará el reino legado por su padre y su abuelo. Oh Manthara, ardes (de pena) en este momento auspicioso. Nuestra buena fortuna vendrá (después de esto, en forma de la instalación de Bharata); ¿por qué, entonces, te afliges? Sin duda Rama me es más querido que Bharata; y él también me ama más que a Kausalya. Y si el reino es de Rama, será también de Bharata al mismo tiempo. Rama considera a sus hermanos como a sí mismo».
Al oír las palabras de Kaikeyi, Manthara, sumamente afligida, suspirando ardiente y hondamente, se dirigió así a Kaikeyi: «Considerando malo lo que es tu bien, no sabes, por tu falta de entendimiento, que vas a ser ahogada en un mar de pena y peligro. Raghava será rey, y tras Raghava su hijo, de modo que, oh Kaikeyi, Bharata quedará al punto cortado del linaje real. Oh emotiva, sin duda no todos los hijos del rey obtienen el reino. Y si todos fueran puestos en el trono, poderosa sería la perturbación que de ello resultaría. Por eso, oh Kaikeyi, los reyes confían la tarea del gobierno al hijo mayor si es digno, o si no a un menor muy meritorio. Este tu hijo, oh afectuosa, apartado de la estirpe real y privado de felicidad, irá como un desamparado. No entiendes que es por ti que me tomo tales afanes; y es evidente que no entiendes que he venido a ti por tu bien. Tú me confieres recompensas por el medro de tu coesposa. Sin duda Rama, habiendo alcanzado el reino sin estorbo, enviará a Bharata a una tierra distante o al otro mundo. Bharata es un mero muchacho, y por ti fue enviado a la mansión de su tío materno. Aun en los objetos inmóviles crece el apego por virtud de la cercanía. Satrughna, que siempre sigue a Bharata, ha ido también con él. Está apegado a Bharata como Lakshmana lo está a Rama. Se cuenta que una vez los leñadores pensaron talar un árbol; pero este se libró del grave peligro por la proximidad de arbustos espinosos a su alrededor. El hijo de Sumitra protege a Rama y Raghava protege a Lakshmana. Su amor fraterno, como el de los Asvins, es celebrado entre los hombres. Por tanto, Rama nunca hará ningún mal a Lakshmana; pero lo hará a Bharata, no hay duda de ello. Por tanto, que aquel hijo de Raghu sea enviado del palacio a los bosques. Esto me place; y esto es también por tu supremo bien; y de este modo se logrará también el bien de tus parientes. Pero si Bharata puede alcanzar su reino ancestral por medios justos, esto sería también bienvenido a tus allegados. Aquel muchacho, merecedor de felicidad, es el enemigo natural de Rama. ¿Cómo puede vivir bajo el próspero Rama, privado de toda riqueza? Por tanto, te corresponde salvar a Bharata, a punto de ser vencido por Rama, como un león que persigue al jefe de una manada de elefantes en un bosque. Tu coesposa, la madre de Rama, había sido desdeñada por ti en otro tiempo, por orgullo y buena fortuna. ¿Por qué no ha de vengarse ella ahora de ti? Cuando Rama obtenga la tierra provista de muchos océanos y montañas, entonces, oh orgullosa dama, tú, convertida en desamparada, sufrirás junto con Bharata una lamentable derrota. Y cuando Rama obtenga la tierra, Bharata hallará ciertamente la destrucción; por tanto, reflexiona sobre cómo puedes poner a tu hijo en el trono y desterrar a tu enemigo».
Section 9
Así interpelada, Kaikeyi, con el semblante llameante de ira, suspirando ardiente y hondamente, dijo a Manthara: «Aun este mismo día enviaré presto a Rama al bosque e instalaré sin demora a Bharata en la herencia real. Mira ahora por qué medio puedo lograr esto. Bharata debe obtener el reino y nunca Rama». Así interpelada por la noble, la de mente perversa Manthara, envidiosa del interés de Rama, dijo a Kaikeyi: «¡Ah! Oh Kaikeyi, considera: escucha mis palabras, que te dicen cómo tu hijo solo obtendrá el reino. ¿No recuerdas, oh Kaikeyi, o lo ocultas aun recordándolo, deseando oír de mí los medios para tu bienestar que tú misma me habías comunicado antes? Si, oh doncella amante del retozo, es tu deseo oírlo contado por mí, escucha, te lo diré. Y habiéndolo oído, obra en consecuencia». Al oír las palabras de Manthara, Kaikeyi se incorporó un poco de su lecho primorosamente tendido y dijo: «Dime el medio. Por qué medio, oh Manthara, Bharata ganará el reino y de ningún modo Rama». Así interpelada por la venerable, la de mente perversa Manthara, envidiando el interés de Rama, dijo así a Kaikeyi: «En otro tiempo, durante las guerras de los dioses y los asuras, tu esposo, llevándote consigo, fue con los santos reales con el propósito de auxiliar al rey de los celestiales. Oh Kaikeyi, en Dandaka, situada hacia el sur, está la ciudad conocida por el nombre de Vaijayanta, donde moraba Timidhvaja, llamado también Sambara, poseedor de cien artes mágicas y poderoso asura. Aquel sin tacha dio batalla a Sakra, acompañado de los celestiales. Y en aquel poderoso conflicto, los rakshasas durante la noche solían arrastrar a la fuerza a personas dormidas, con el cuerpo cortado por todas partes, y las mataban. Entonces el rey Dasaratha guerreó con los asuras de manera sumamente heroica. Y aquel de brazos poderosos, oh venerable señora, perdiendo los sentidos a consecuencia de las heridas recibidas de armas, fue retirado del campo por ti. En aquel peligro inminente, tu esposo, tristemente herido por las armas, fue preservado por ti. Entonces, complacido, él, oh tú, de presencia graciosa, te otorgó dos dones. A lo cual dijiste: “Recibiré de mi señor el don cuando lo desee”. Entonces aquel de alma elevada dijo: “Así sea”. Yo no sabía nada de esto, oh respetada; y fuiste tú quien antes me lo comunicaste (a mí). Y es porque te tengo afecto que no lo he olvidado. Ahora haz que el monarca desista a la fuerza de instalar a Rama; y pide a tu esposo estos dos dones: la instalación de Bharata y el destierro de Rama al bosque por catorce años. Una vez que Rama haya sido desterrado al bosque por catorce años, tu hijo, ganándose el afecto de los súbditos, quedará firmemente establecido (en el trono). Entrando hoy en la cámara de la ira, oh hija de Asvapati, vestida de ropa sucia, tiéndete en el suelo descubierto. No lo mires ni le hables nada. Tú, al ver al señor de la tierra, abrumado de pena, solo llora. Tú has sido siempre la esposa favorita de tu esposo. De esto no tengo la menor duda. Por ti el monarca puede entrar en una llama. Nunca puede enojarte, ni puede mirarte cuando estás enojada. Por complacerte, el rey puede renunciar a la vida misma. Por tanto, el monarca nunca puede desatender tu palabra. Oh insensata señora, reflexiona ahora sobre la fuerza de tu buena fortuna. El rey Dasaratha te ofrecerá rubíes y perlas y oro y gemas de diversas clases; pero no inclines tu corazón hacia ellos. Tú, excelsa dama, trae a la memoria de Dasaratha los dos dones que te había otorgado en el tiempo de la guerra entre los dioses y los asuras, y no dejarás de lograr tus objetivos. Y cuando aquel descendiente de Raghu, levantándote, vaya a otorgarte los dones, entonces tú, atándolo con juramento, desvela al monarca los dones, diciendo: “Envía a Rama al bosque por nueve y cinco años, y que Bharata, convirtiéndose en la tierra en el primero de los monarcas, lleve el gobierno”. Y habiendo sido Rama desterrado por catorce años, tu hijo, afirmándose (en el intervalo) firme y fuerte, permanecerá (en el trono) durante el resto de su vida. Exige, pues, oh venerable, el destierro mismo de Rama; pues por esto, oh doncella, todos los intereses quedarán asegurados para tu hijo. Así desterrado, Rama no mantendrá ya la posesión de los corazones del pueblo; y tu Bharata, con sus enemigos eliminados, será el rey. Para cuando Rama regrese del bosque, tu hijo, tu prudente hijo, junto con sus amigos, ganándose los corazones del pueblo por fuera y por dentro, estará firmemente establecido en el trono. Ahora es el momento, me parece. Renunciando al temor, haz que el monarca aparte a la fuerza de su mente su intención de instalar a Rama».
Habiendo sido así inducida a aceptar por bueno lo que era en realidad malo, Kaikeyi, deseosa de obtener los dones, se llenó de deleite. Y a las palabras de la jorobada, aquella hermosísima Kaikeyi experimentó el colmo del orgullo y se entregó a este mal camino, como una yegua apegada a su cría (que salta tras ella). Y dijo a Manthara: «Oh excelente moza, oh hablante de cosas justas, tu sabiduría no la deshonro. En discernir lo propio o impropio de las acciones, eres la primera de las jorobadas en la tierra. Y siempre atenta a mi interés, buscas mi bienestar. No había yo, oh jorobada, (antes de esto) previsto los empeños del rey. Oh jorobada, hay muchas mujeres deformes, torcidas y desagradables a la vista (en la tierra); pero solo tú, con la cabeza gacha, te ves hermosa como un loto doblado por la brisa. Tu pecho, abrumado por tu joroba, se alza cerca de los hombros; y debajo está tu vientre, adornado de un buen ombligo, que se ha adelgazado de vergüenza (al sostener la actitud de tu busto). Tus nalgas son espaciosas; y tus pechos son firmes. Tu rostro es como la luna brillante. ¡Ah! ¡Oh Manthara, cuán hermosa te ves! Tus caderas son lisas y están adornadas de cadenas; y tus muslos y piernas son de grandes proporciones. Oh Manthara, oh tú, vestida de ropa de lino, oh graciosa doncella, con tu par de espaciosas jorobas, vas ante mí como una grulla hembra. En tu corazón residen todas aquellas mil artes mágicas pertenecientes a aquel señor de los asuras, Sambara; y además de miles hay muchas más. Inteligencia y política y artes mágicas residen en tu elevada joroba, semejante al cubo de una rueda de carro. Cuando Bharata haya sido instalado y Rama se haya ido a los bosques, yo, oh jorobada, proveeré tu joroba de una guirnalda hecha, oh hermosa, de oro bien fundido. Y cuando haya logrado mi objetivo y sea feliz, untaré tu joroba con pasta de sándalo. Oh jorobada, prepararé para tu rostro un excelente tilaka de oro; así como otros ornamentos. Llevando elegantes vestiduras, andarás como una verdadera diosa. Con un rostro incomparable que desafía a la propia luna, alcanzarás preeminencia, desafiando a tus enemigos. Así como tú me sirves, otras jorobadas adornadas con todo ornamento servirán a tus pies».
Así alabada por Kaikeyi, que yacía en un lecho blanco como fuego sobre el estrado sacrificial, Manthara se dirigió a ella: «Oh bienaventurada, cuando el agua ha fluido, no es apropiado levantar un dique. Levántate. Procura tu bien. Preséntate ante el rey». Hinchada de orgullo de buena fortuna, aquella noble dama de ojos amplios, así animada (por Manthara), fue con ella a la cámara de la ira. (Habiendo entrado en la cámara), aquella excelsa dama se quitó su collar de perlas, que valía muchos centenares y millares de oro, junto con otros elegantes, hermosos y ricos ornamentos. Luego, sentándose en el suelo, Kaikeyi, comparable al oro, bajo el influjo de las palabras de Manthara, le dijo: «Dile tú, jorobada, al monarca que estoy muerta en este lugar. Cuando Raghava se haya ido al bosque, Bharata obtendrá la tierra. No necesito oro, ni gemas, ni comidas; este será el fin de mi existencia si Rama es instalado».
De nuevo la jorobada se dirigió a la madre de Bharata en lenguaje sumamente cruel, cargado de bien para Bharata y de mal para Rama: «Si Raghava alcanza el reino, te afligirás sin duda junto con tu hijo. Por tanto, oh bienaventurada, esfuérzate para que tu hijo Bharata sea instalado».
Así momentáneamente herida por las saetas verbales disparadas por Manthara, la reina, sumamente sorprendida, poniéndose la mano en el pecho, estalló con ira: «O bien, viéndome ida a las regiones de la Muerte, tú darás aviso de ello al rey, o, habiéndose Raghava retirado al bosque por largo tiempo, Bharata alcanzará su deseo. Si Raghava no parte de aquí hacia el bosque, no desearé lechos, ni guirnaldas, ni pasta de sándalo, ni colirio, ni carne, ni bebidas, ni vida». Habiendo dicho estas crueles palabras y arrojado todo ornamento, la airada dama se tendió en el suelo, sin cobertor, como una kinnari caída. Desechando sus excelentes guirnaldas y ornamentos, con el semblante nublado por la penumbra de la ira, la esposa del rey quedó sumida en pensamientos, semejante a un cielo envuelto en tinieblas, con las estrellas ocultas.
Section 10
Así perversamente aconsejada por la sumamente perversa Manthara, la noble y sagaz dama, dominada por la pasión, habiendo decidido por completo en su mente su curso, yacía en el suelo como una kinnari herida con saetas envenenadas, y fue contando poco a poco todo a Manthara. Y habiendo tomado su resolución, aquella dama, enardecida de ira, bajo el influjo de las palabras de Manthara, suspiró ardiente y hondamente como la hija de un naga; y por un rato reflexionó sobre el camino que había de traerle felicidad. Entonces su amiga y bienquerida Manthara, al oír su resolución, se regocijó en extremo, como si ya hubiera asegurado el éxito. Y, habiendo averiguado plenamente su curso, aquella débil, estando airada, se tendió en el suelo, frunciendo las cejas. El suelo estaba cubierto de guirnaldas y excelentes ornamentos que Kaikeyi había arrojado; y adornaban la tierra como las estrellas adornan el firmamento. Como una kinnari desfallecida, vestida de ropa sucia, atándose firmemente la trenza, se tendió en la cámara de la ira.
El monarca, habiendo dado órdenes para la instalación de Rama, entró en su aposento interior tras dar permiso a los cortesanos para dirigirse a sus respectivas moradas. «Hoy se ha fijado instalar a Rama, pero Kaikeyi aún no lo ha oído», así pensó el monarca. Por tanto, con el fin de comunicar la grata noticia a aquella dama merecedora de bien, (Kaikeyi), aquel renombrado, de sentidos sometidos, entró en el aposento interior. Como la luna que entra en el cielo cubierto de nubes blancas y con Rahu presente en él, aquel de alta fama entró en el excelente aposento de Kaikeyi, que tenía loros y pavos reales y kraunchas y cisnes, y resonaba con los sonidos de instrumentos musicales, que contenía mujeres jorobadas y enanas, adornado de casas con enredaderas, y pinturas, y embellecido con ashokas y champakas, provisto de estrados compuestos de marfil y plata y oro, y adornado con árboles que siempre daban flores y frutos, y estanques, con soberbios asientos hechos de marfil, plata y oro; rico en diversos manjares y bebidas y comestibles, con ornamentos costosos, y semejante al propio cielo; y el próspero monarca, habiendo entrado en su propio aposento interior, no vio a su querida Kaikeyi en el excelente lecho. El señor de los hombres, al no ver a su esposa favorita, preguntó (para sí) y quedó herido de pena. Nunca antes aquella noble dama había pasado aquella hora (en otro lugar); ni había entrado nunca el monarca en el aposento vacío. Entonces el rey, entrando en el aposento, preguntó (a un centinela) por Kaikeyi, sin saber que aquella mujer imprudente andaba tras su propio interés, como en ocasiones anteriores, al no hallarla, solía preguntar. Entonces, de prisa y con las manos juntas, el guardián dijo: «Venerable señor, la noble dama, sumamente airada, se ha dirigido a la cámara de la ira». Al oír la palabra del guardián, el rey, sumamente inquieto, con los sentidos agitados y afligidos, se afligió de nuevo. Allí, ardiendo de pena, el señor de la tierra la vio tendida en el suelo en un aspecto impropio. Y el sin pecado anciano (monarca) vio en el suelo a su joven esposa, más querida para él que la vida misma, albergando una intención injusta, como una enredadera desgarrada, y tendida como una verdadera diosa, semejante a una kinnari caída del cielo por pecado, como una apsara caída, como una ilusión tendida para atrapar a otro, y como una cierva enredada, o una elefanta que ha sido herida con una saeta envenenada disparada por un cazador. Y semejante él mismo a un poderoso elefante en medio de un bosque, el rey, sumamente afligido, por afecto, pasando suavemente la mano por la persona de Kaikeyi, se dirigió así a ella, de ojos semejantes a pétalos de loto: «No sé por qué te has enojado conmigo. Oh noble dama, ¿quién te ha reprendido, o quién te ha ofendido, para que, oh auspiciosa, yazgas así en el polvo acrecentando mi pena? ¿Y por qué estás en el suelo, viviendo aún yo, que busco tu bienestar? Oh tú, que afliges mi corazón, estás como bajo el influjo de un espíritu maligno; tengo hábiles médicos a los que he satisfecho por completo con dones: ellos te devolverán la salud. Menciona tú, oh airada, tu mal. ¿A quién deseas complacer; y a quién desagradar? ¿Quién recibirá hoy un cargo grato, y quién uno sumamente ingrato? No ocultes tus pensamientos ni, oh noble, aflijas tu persona. ¿Quién, que no debe ser muerto, será ejecutado; y quién, que debe serlo, ha de ser puesto en libertad? ¿Qué pobre ha de ser enriquecido; y qué opulento ha de ser reducido a mendigo? Yo y los míos estamos a tus órdenes. No me atrevo a contrariar ningún deseo tuyo. Dime tu mente, y te satisfaré aun entregando la vida misma. Tú conoces el influjo que tienes sobre mí; por tanto, no te corresponde abrigar aprensión alguna. Por todas mis buenas obras juro que cumpliré tu placer. El espacio que ilumina el disco solar es mío: los draviras, y los sindhus, y los sauviras, y los surashtras y los dakshinapathas, y los bangas, y los angas, y los magadhas, y los matsyas, y los florecientes kasis y los kosalas. En ellos se producen muchas cosas, riqueza y grano y animales. Pide tú, oh Kaikeyi, aquellas cosas que tu mente desee. ¿De qué sirve, oh tímida, afligirte así? Oh hermosa doncella, levántate, levántate. Revélame tú, oh Kaikeyi, la causa de donde ha procedido tu temor. Al oír la razón, la disiparé, como el sol seca el rocío».
Así interpelada y alentada, ella, deseosa de decir aquella cosa desagradable con el fin de afligir aún más a su señor, le habló así.
Section 11
A aquel gobernante de la tierra, sumamente dominado por la pasión, Kaikeyi habló con crueldad: «Oh venerable, nadie me ha ofendido ni reprendido. Tengo cierto propósito, que deseo que usted cumpla. Si usted lo ejecuta, prométalo entonces en ese sentido; solo entonces expresaré mi deseo». Entonces, poniendo con sus manos la cabeza de Kaikeyi sobre su regazo, el poderoso monarca, bajo el influjo de la pasión, sonriendo gentilmente, se dirigió a ella, que yacía en el suelo: «Oh tú, hinchada del orgullo de la buena fortuna, tú sabes que, exceptuando a aquel primero de los hombres, Rama, no existe nadie que me sea más querido que tú. Juro por aquel invencible primero de los hombres, el mismo de alma elevada Raghava, que es el sostén de mi existencia. Dime el deseo de tu corazón. Por aquel Rama, Kaikeyi, a quien, si no veo por un instante, muero sin duda, juro que cumpliré lo que tú digas. Por aquel Rama, oh Kaikeyi, primero de los hombres, a quien tengo por más querido que a mis otros hijos, juro que cumpliré lo que tú digas. Oh gentil, mi corazón está en lo que digo. Considerando esto, líbrame de esta angustia. Teniendo en cuenta todo esto, di tú, oh Kaikeyi, lo que hay en tu mente. Tú ves el poder que ejerces sobre mí; por tanto, no te corresponde temer. Cumpliré tu placer; lo juro por mis buenas obras».
Entonces, atenta a sus propios intereses, aquella excelsa dama, viendo (casi) logrado su propio deseo, adoptando una actitud de intercesión, regocijada, dijo palabras duras (al monarca). Y deleitada por el discurso del rey, desplegó aquel terrible propósito suyo, semejante a la muerte que se acerca: «Usted jura repetidamente y me confiere un don. Que los treinta y tres dioses encabezados por Indra oigan esto. Que el Sol, y la Luna, y el Cielo, y los Planetas, y la Noche, y el Día, y los puntos cardinales, y el Universo, y la Tierra, con los gandharvas y rakshasas, y los vagantes de la noche, y todos los Seres, y los dioses del hogar que residen en las moradas, junto con todas las demás criaturas, conozcan sus palabras. Que todas las deidades oigan que uno de gran energía, que dice la verdad, y puro, y conocedor de la moral, y fiel a su promesa, me ha conferido un don». Habiendo suplicado así al monarca con el fin de impedir que se desviara, y manteniéndolo firme en su promesa, se dirigió de nuevo a aquel poderoso arquero, vencido por el deseo, que estaba dispuesto a conferirle un don: «Recuerde, oh rey, los incidentes que tuvieron lugar en otro tiempo en la guerra entre dioses y asuras. Incapaz de quitarle la vida, su enemigo lo había dejado sumamente débil. Porque yo, oh respetado señor, atendiéndolo sin dormir, lo preservé, usted me concedió dos dones. Entregando entonces los dones en sus manos, los pido ahora, oh descendiente de los Raghus, (a usted), oh señor de la tierra. Si, habiendo prometido religiosamente en ese sentido, usted no confiere el don, este mismo día, recibiendo esta afrenta de usted, renunciaré a mi vida».
Cuando el rey quedó por completo bajo el influjo de Kaikeyi, fue atrapado por su discurso para su destrucción, como un ciervo que entra en el lazo. Entonces ella habló así al rey, a punto de conferir un don, que estaba bajo el influjo de la pasión: «De los dones que usted me prometió entonces, hablaré hoy: escuche mis palabras. Se hacen preparativos para instalar a Raghava. Instale usted a Bharata en el reino con las provisiones ya dispuestas. Oh excelso, ha llegado también el momento de que me confiera el segundo don, que usted, complacido, me prometió en la guerra de los dioses y los asuras. Que el gentil Rama, vestido de piel de ciervo, lleve la vida de mendigo en el bosque de Dandaka por el espacio de nueve y cinco años. Y que Bharata obtenga la condición de heredero del trono, libre de espinas. Este es mi deseo supremo; y no le suplico sino que conceda el don que ya ha prometido. Este mismo día veré a Rama enviado a los bosques. Mostrándose veraz a su palabra, hágase rey de reyes; y preserve su linaje, su carácter y su nacimiento. El discurso veraz, dicen los ascetas, es de supremo bien para los hombres en el otro mundo».
Section 12
Al oír el cruel discurso de Kaikeyi, el monarca se lamentó por un tiempo, y luego pensó: «¿Es esto un sueño despierto para mí o la perplejidad se ha apoderado de mis sentidos? ¿Se debe esto al influjo de algún espíritu maligno o ha sido afectada mi mente?». Pensando así, el rey no pudo llegar al origen de (este fenómeno); y entonces se desmayó. Luego, recobrando los sentidos, se llenó de pena al recordar las palabras de Kaikeyi; y dolido y afligido, como un ciervo a la vista de una tigresa, lanzó un hondo suspiro y se sentó en el suelo descubierto. Como una serpiente venenosa confinada por el poder del conjuro dentro de un círculo, el señor de los hombres, indignado, exclamó: «¡Maldición!». Y privado de sus sentidos por la pena, se desmayó de nuevo. Después de largo rato, recobrando los sentidos, sumamente afligido, con ira y como si ardiera en energía, se dirigió a Kaikeyi, diciendo: «¡Cruel! ¡De malos modos! ¡Destructora de este linaje! Oh mujer perversa, ¿qué te ha hecho Rama; o qué agravio te he hecho yo? Raghava te sirve siempre como a una madre. ¿Por qué estás entonces empeñada en agraviarlo? Para traer la destrucción sobre mí mismo, por ignorancia, introduje en esta casa a una como tú, semejante a una serpiente de virulento veneno. Cuando todos los hombres muestran su estima por las virtudes de Rama, ¿por qué transgresión he de abandonar a mi querido hijo? Puedo renunciar a Kausalya o a Sumitra o al reino, o a la vida misma; pero a Rama, lleno de afecto por su padre, no renunciaré. Experimento supremo deleite al contemplar a mi primogénito; y cuando no lo veo, pierdo los sentidos. El mundo puede existir sin el Sol; y el grano sin agua; pero esta vida no existe en este cuerpo sin Rama. Abandona entonces tú, que abrigas fines injustos, este tu propósito. Pongo mi cabeza a tus pies. Sé propicia conmigo. ¿Por qué, oh pecadora, abrigas en tu mente tan espantosa idea? Tú (a menudo) me preguntabas si amo o no a Bharata. Sea lo que antes me dijiste en favor de aquel descendiente de Raghu: “Aquel bienaventurado es mi hijo mayor, y el más justo de todos ellos”; esto mismo, con el fin de complacerme, tú, de dulce habla, lo habías dicho. Ahora, al oír de la instalación de Rama, tú misma, llena de pena, me haces sentir una aflicción extrema. O bien, habiendo sido poseída en esta cámara vacía, has caído bajo un influjo que no es tuyo. Y esta señalada iniquidad, oh excelsa dama, ha caído sobre el linaje de los Ikshvakus; y la causa de ella, oh tú, versada en las leyes morales, es tu trastorno mental. Tú no me hiciste antes nada impropio o desagradable; por tanto, oh tú de ojos amplios, no puedo fiarme de ti (como de persona cuerda). Tú me dijiste, oh muchacha, muchas veces que Rama era igual para ti que el de alma elevada Bharata. ¿Por qué entonces, oh pudorosa, te place que el ilustre y justo Rama, oh excelsa dama, resida en el bosque por cinco y nueve años? ¿Por qué te place que el sumamente tierno Rama, con su alma establecida en la virtud, more en los bosques, sufriendo terrible penalidad? ¿Por qué, oh tú de ojos graciosos, quieres que Rama, que cautiva a todas las criaturas y se ocupa en servirte, sea desterrado? Rama te sirve en verdad mucho más que Bharata; y no encuentro que Bharata te estime más que Rama. ¿Quién, salvo ese primero de los hombres, te servirá con tanta devoción, te estimará, acrecentará tu influencia y hará tu voluntad? Ni una sola de los muchos millares de mujeres ni de los innumerables servidores (del palacio) ha podido echar reproche sobre Rama por conducta indebida, real o falsa. Aplacando a todas las criaturas con corazón puro, aquel gran alma, por medio de buenos oficiales, se gana el afecto de los habitantes del reino. Conquista a todos los dos veces nacidos con dones; y aquel héroe conquista a sus superiores con servicios; y a sus enemigos enfrentándolos con el arco. Ciertamente, en Raghava hay verdad y caridad, y ascetismo, y renuncia de sí, y amistad, y pureza, y sinceridad, y saber, y la disposición de atender a sus superiores. ¿Cómo, oh respetada, puedes pedir esto que te traerá pecado, tocando a Rama, dotado de franqueza y enérgico como un Maharshi, y semejante a un celestial? No recuerdo haber oído que Rama, que siempre habla palabras dulces, haya usado un lenguaje desagradable con nadie; ¿cómo puedo entonces, por ti, desvelar este desagradable asunto al amado Rama? ¿Y qué sostén tengo salvo aquel en quien moran el perdón, y el ascetismo y la renuncia, y la verdad, y la rectitud, y la gratitud, y la inocuidad hacia todas las criaturas? Te corresponde, oh Kaikeyi, tener piedad de mí, anciano y al borde de la muerte, y afligido de pena, y angustiado, y entregado a lamentaciones. Cuanto pueda obtenerse en esta tierra ceñida por el océano te lo conferiré; no provoques mi muerte. Oh Kaikeyi, junto las palmas, caigo a tus pies, sé la protectora de Rama, para que el pecado no me manche».
Cuando la terrible Kaikeyi, en lenguaje aún más terrible, se dirigió al poderoso rey, que ardía de pena, y se lamentaba, y estaba privado de sus sentidos, y sentía un vértigo, y estaba abrumado de aflicción, y suplicaba una y otra vez que se le ayudase a cruzar este océano de dolor, diciendo: «Si, oh monarca, habiendo conferido el don, se arrepiente usted después, ¿cómo, oh héroe, hablará de su rectitud entre los hombres? Cuando, oh versado en el deber, los rajarshis reunidos en torno a usted le pregunten sobre este asunto, ¿qué responderá? ¿Dirá: “Por cuyo favor vivo y quien me ha atendido, a esa Kaikeyi le he quebrantado mi promesa”? Ciertamente, oh señor de los hombres, traerá deshonra a todos los monarcas (de su linaje), puesto que, habiendo conferido los dones este mismo día, habla de otro modo. Saivya concedió su propia carne al ave en el asunto del halcón y la paloma. Y Alarka, habiendo concedido sus ojos (a un brahmán ciego), alcanzó un excelente estado. Y el océano, habiéndose obligado por promesa, nunca pasa más allá de sus orillas. Recordando estas viejas historias, no haga vana su promesa. Oh usted de entendimiento pervertido, renunciando a la rectitud e instalando a Rama en el reino, desea entregarse siempre al placer con Kausalya. Sea justo o no lo que he propuesto, haya prometido con verdad o con falsedad, no se desvíe de su palabra. Si instala a Rama, este mismo día, bebiendo veneno, moriré sin duda ante usted. Si por un solo día contemplo a la madre de Rama recibiendo homenaje rendido con las manos juntas, tendré la muerte por bienvenida, oh señor de los hombres; por el mismo Bharata, querido para mí como mi propia vida, juro que, salvo el destierro de Rama, nada me satisfará».
Habiendo dicho esto, Kaikeyi calló; y guardó silencio sin hacer caso del monarca que se lamentaba. El rey, con los sentidos abrumados de pena, al oír las sumamente amargas palabras de Kaikeyi, reflexionó sobre la morada de Rama en los bosques y el engrandecimiento de Bharata, y, desconcertado por un rato, no habló a Kaikeyi; sino que contempló fijamente a aquella excelsa dama, su amada esposa, que había proferido cosas desagradables. Y habiendo oído aquel discurso, semejante a un rayo, desagradable al corazón y cargado de pena, el rey quedó sumamente dolido. Entonces, recordando la resolución de aquella venerada dama y su propio terrible juramento, suspirando: «¡Oh Rama!», cayó como un árbol talado. Y entonces aquel amo de la tierra, privado de sus sentidos, estaba como un loco, o un enfermo con las facultades extraviadas, o una serpiente cuya energía se ha agotado. Con palabras tristes y angustiosas se dirigió a Kaikeyi, diciendo: «¿Quién es el que te ha convencido de que este curso sumamente atroz es apropiado? ¿No sientes vergüenza de hablarme así, como alguien cuyas facultades han sido poseídas por un espíritu maligno? No lo sabía antes, cuando eras joven, que tu naturaleza era tan pervertida; pero ahora encuentro justo lo contrario de lo que entonces pensaba. ¿De dónde procede tu temor, que pides un don tal: el establecimiento de Bharata en el reino y el destierro de Rama a los bosques? Cesa de instar tal petición, que está cargada de mal para tu virtud de esposa y que hará mentir mi palabra, si deseas el bien de tu marido, del pueblo y de Bharata. Oh mujer cruel; oh tú de intención pecaminosa, oh vil miserable, oh autora de obras impías, ¿cómo hemos conspirado yo y Rama contra tu felicidad; y qué ofensa encuentras en nosotros? Bharata no aceptará de ninguna manera el reino privando de él a Rama, pues considero a Bharata aún más cimentado en la rectitud que el propio Rama. Cuando yo diga: “Parte hacia el bosque”, y el semblante de Rama decaiga, como la luna abrumada por Rahu, ¿cómo he de contemplarlo? ¿Cómo he de retractar yo, que he llegado a esta decisión en consulta con mis amigos, la misma, como un ejército derrotado por el enemigo? ¿Y qué dirán de mí los monarcas que vengan de diversos rincones? “¡Ay! ¿cómo ha reinado tanto tiempo este pueril descendiente de Ikshvaku?”. Y cuando muchos ancianos, dotados de virtudes y versados en diversos saberes, me pregunten por Kakutstha, ¿qué les diré entonces? “Acosado por Kaikeyi, ¿he desterrado a Rama?”. Aun si digo esto con verdad, nadie le dará crédito. ¿Y qué me dirá Kausalya cuando Rama haya ido al bosque? Habiéndole hecho este enorme agravio, ¿qué le diré? Kausalya me sirve a la vez como una esclava, y una amiga, y esposa, y hermana, y madre. Siempre atenta a mi bienestar, amando entrañablemente a su hijo y hablando bien a todos, aquella excelsa dama, aunque merecedora de homenaje de mi parte, no ha sido hasta ahora atendida por mí, a causa de ti. Haber buscado tanto tiempo tu bienestar me aflige ahora, como el arroz tomado por un enfermo con condimentos nocivos. Al ver a Rama privado de su reino y desterrado al bosque, ¿por qué habrá de creer en mí Sumitra, alarmada? ¡Ay! ¡Ay de mí! Vaidehi tendrá que oír dos malos sucesos: mi muerte y la partida de Rama a los bosques. ¡Ay!, mi Vaidehi, entregada a la pena, renunciará a su existencia, como una kinnari en la ladera del Himavat que ha sido abandonada por su kinnara. Cuando yo presencie a Rama partiendo hacia el poderoso bosque, y a Sita llorando (de pena), no esperaré una larga vida; y tú, hecha viuda, reinarás junto con tu hijo. Como un buen licor que la gente, habiéndolo bebido, descubre después que contiene veneno, te he hallado a ti, que pasabas por mujer casta, ahora realmente impúdica. Habiéndome calmado con palabras suaves pero falsas, hablas así. Me has matado como a un ciervo atrapado por un cazador, atraído a la red por el sonido de un canto. Ciertamente la gente gentil me censurará en el camino real como a uno perdido para la gentileza, como a uno que ha vendido a su hijo (para comprar los favores de su esposa), igual que un brahmán dado a la bebida. ¡Ay! ¡Ay! Habiéndote prometido el don, tengo que soportar estas palabras tuyas; y he llegado a este dolor como un mal consecuente de malas obras de una existencia anterior. Miserable de mí, como una soga puesta al cuello, te he criado, oh vil mujer, por ignorancia. Sin conocerte por mi muerte, he jugado contigo, como un niño que juega en soledad con una serpiente venenosa. Ciertamente, la gente estará justificada en condenarme, malvado que soy, porque he privado a mi hijo del reino de sus ancestros; diciendo: “¡Ay! el rey Dasaratha es necio y lujurioso; pues envía a su amado hijo a los bosques por causa de su esposa”. Rama se ha demacrado estudiando los Vedas, llevando el modo de vida de brahmacharya y sirviendo a sus preceptores: ¿volverá a pasar este enorme trabajo en este tiempo de disfrute? Mi hijo es incapaz de pronunciar una segunda palabra ante mí; y comisionado, partirá a los bosques, diciendo: “Muy bien”. Si, ordenado con “Ve al bosque”, Raghava no consiente, aun eso conduciría a mi placer; pero no hará nada de ese género. Y habiendo ido Raghava al bosque, la Muerte me convocará sin duda a su morada, a mí, de carácter sumamente reprobable y universalmente execrado. Y habiendo yo muerto, y habiendo ido a los bosques aquel mejor de los hombres, Rama, (no sé) a qué situación llevarás a mis parientes. Y si Kausalya me pierde a mí y a Rama, y Sumitra pierde a sus dos hijos y a mí y a Rama, entonces atormentadas por el extremo de la pena, aquellas excelsas damas me seguirán. Tú, oh Kaikeyi, arrojando al infierno a Kausalya y a Sumitra y a mí mismo con nuestros tres hijos, alcanza la felicidad. Abandonado por mí y por Rama, este linaje de Ikshvaku, existente desde tiempo inmemorial, y ennoblecido por excelentes cualidades, e incapaz de caer en pena, tú lo regirás cuando haya sido abrumado por la desgracia. Si el destierro de Rama es grato a Bharata, que no ejecute, cuando yo esté muerto, mis exequias fúnebres. Cuando yo esté muerto, y cuando aquel primero de los hombres haya ido al bosque, rige tú, viuda, el reino junto con tu hijo. Oh hija de rey, cuando por azar residas en mi mansión, tendré que recibir señalada infamia y desazón entre los hombres, y encontrar desprecio general, como una persona pecadora. ¿Cómo irá el querido Rama por el bosque a pie, habiendo andado siempre en carros, y elefantes y caballos? ¿Cómo pasará sus días mi hijo, a cuya hora de comida cocineros con pendientes, emulándose unos a otros, preparan excelentes carnes y bebidas, viviendo de alimentos proporcionados por los bosques, de sabor astringente, o amargo, o picante? ¿Cómo morará en la tierra desnuda, vestido de un trozo de tela roja, aquel que siempre ha vestido costosos atavíos y siempre ha gozado de felicidad? ¿De quién has recibido este inconcebible y espantoso consejo: la partida de Rama a los bosques y la instalación de Bharata? ¡Maldición sobre las mujeres, astutas y egoístas! Pero no debo nombrar a todas las mujeres: me refiero solo a la madre de Bharata. Oh tú, resuelta a hacer daño a todos, oh entregada al egoísmo, oh cruel, ¿ha hecho Dios tu mente tan sumamente vil solo para atormentarme? ¿Qué agravio has recibido, sea de mí o de Rama, siempre ocupado en tu bien? Al ver a Rama sumido en la pena, los padres abandonarán a sus hijos, y las esposas apegadas a sus maridos los abandonarán, y toda la tierra se verá afectada de mal humor. Cuando lo oigo venir, adornado como un hijo de los celestiales, me regocijo al poner los ojos en él, y siento como si hubiera recobrado la juventud. Los hombres pueden prescindir del Sol, y del portador del rayo cuando no llueve, pero nadie, temo, puede vivir al ver a Rama partir de aquí. He mantenido en mi mansión, como a mi propia muerte, a ti, que deseas mi destrucción, y estás resuelta a hacerme daño, y eres mi enemiga. Durante largo tiempo te he tenido en mi regazo, como una serpiente hembra de virulento veneno; por tanto, a consecuencia de mi necedad, ahora encuentro la destrucción. Ahora, separado de mí y de Rama junto con Lakshmana, que Bharata gobierne la ciudad y el reino junto contigo. Destruyendo a tus parientes, acrecienta la alegría de mis enemigos. Oh tú de índole cruel, oh causante de calamidades, puesto que, desterrando todo sentido de la relación en que nos hallamos el uno con el otro como marido y mujer, has hablado así, ¿por qué, reducidos a mil fragmentos, no caen tus dientes de tu boca al suelo? Rama no ha usado ningún lenguaje áspero contigo. En verdad Rama no conoce lenguaje áspero; ¿por qué entonces buscas infligir a Rama, (siempre) de habla agradable y dotado de cualidades gratas, tales agravios? Oh tú que haces infame al rey de los Kekayas, ya te vuelvas miserable, o entres en el fuego, o te mates (tomando veneno), o te hundas en las entrañas de la tierra abierta en mil lugares, no ejecutaré tu cruel propósito, que está cargado de mal para mí. No deseo que tú, semejante a una navaja, que siempre hablas agradables falsedades, y posees un corazón vil, destructora de tu propio linaje, tú que deseas quemar mi corazón y mi vida, tú, sin belleza, permanezcas con vida. Mi vida misma está en peligro: ¿dónde está entonces mi felicidad? ¿Dónde está la felicidad de los padres sin sus hijos? No te corresponde, oh noble dama, hacerme mal. Me aferro a tus pies; sé propicia conmigo». Mientras así se lamentaba como un abandonado, el gobernante de la tierra, cuyo corazón estaba cautivado por Kaikeyi a causa de su suprema belleza, se dispuso a aferrar los pies de ella, que, habiendo desterrado todo respeto de sí, estaba sentada con las piernas extendidas; sin poder alcanzarlos, cayó desmayado, como alguien debilitado por la enfermedad.
Section 13
Entonces, mientras el poderoso rey yacía en aquel aspecto indecoroso e impropio, como Yayati caído de las regiones celestiales cuando su mérito religioso se había agotado, aquella dama, personificación de la ruina del linaje, sin temer el odio público, que había discernido peligro de Rama para Bharata, no habiendo logrado su deseo, se dirigió de nuevo al monarca respecto al don que le había prometido: «Usted se describe, oh poderoso monarca, como veraz y firme en su voto. ¿Por qué entonces vacila en conferirme este don?». Así interpelado por Kaikeyi, el rey Dasaratha, permaneciendo estupefacto por un rato, le respondió así con ira: «¡Oh innoble! ¡Oh enemiga mía! Cuando yo esté muerto, y aquel jefe de los hombres, Rama, se haya retirado a los bosques, sé feliz tú, logrado tu deseo. Cuando en el cielo los celestiales, preguntándome por el bienestar de Rama y sabiendo de su destierro a los bosques, me reprochen por ello, ¿cómo soportaré yo también ese reproche suyo? Si digo con verdad que he enviado a Rama a los bosques para cumplir el placer de Kaikeyi, eso contará como falsedad. Sin hijos primero, he obtenido con gran dolor al sumamente enérgico y poderoso Rama: ¿cómo puedo entonces renunciar a él? ¿Cómo he de desterrar a Rama, de ojos semejantes a pétalos de loto, que es heroico, y cumplido, y de ira sometida, y clemente? ¿Cómo he de enviar a Dandaka al encantador Rama, de tez azul oscuro como la del loto azul, dotado de brazos poderosos y de gran fuerza? ¿Cómo he de ver en mala situación al inteligente Rama, que nunca ha conocido el sufrimiento y siempre ha gozado de felicidad? Si, sin infligir daño a Rama, me sobreviene la muerte, alcanzaré entonces la felicidad. Oh cruel Kaikeyi, oh tú de propósito malvado, ¿por qué haces este agravio a mi amado Rama, cuyo poder es la verdad? Si destierro a Rama, un oprobio sin igual oscurecerá sin duda (mi buena fama)».
Mientras el rey Dasaratha se lamentaba así con el corazón consumido de pena, el sol se puso y llegó la noche. Pero aunque coronada por el disco lunar, la noche no logró traer consuelo al rey, angustiado y entregado a la pena. Entonces el anciano rey Dasaratha, con los ojos fijos en el cielo, suspirando con ardor, se lamentó en este tenor: «Oh noche tachonada de estrellas, te lo suplico, que no aparezca la mañana. Hazme tú, oh gentil, este favor. Así junto las manos (en señal de súplica). O bien parte pronto, pues no deseo ver a la odiada e implacable Kaikeyi, que me ha traído esta calamidad». Habiendo hablado así, el rey, conocedor de los deberes de los soberanos, procuró de nuevo aplacar a Kaikeyi, diciendo: «Oh noble dama, muéstrame tu favor a mí, que soy de modos honestos, que estoy angustiado, que me he hecho tuyo, que he terminado mi vida y que, en especial, soy tu rey. Si te he hablado así fue porque, oh tú de caderas bien formadas, había sido privado de mis sentidos (por la pena). Oh muchacha, muéstrame tu favor; sé generosa, sé propicia. Que mi Rama obtenga el reino, conferido de hecho por ti. Entonces, oh tú, de las comisuras de los ojos de color azul oscuro, alcanzarás alta fama (entre los hombres). Oh tú, de caderas bien desarrolladas, haz este acto de beneficio para mí y para Rama y para el pueblo y para los superiores, y para Bharata».
Habiendo oído las sumamente lastimeras palabras de su marido, el rey de sentimiento puro, que estaba angustiado, con los ojos cobrizos y fluyendo lágrimas, aquella mujer de mente malvada y despiadada no habló. Entonces, viendo que su esposa favorita, insatisfecha, persistía en instar el destierro de su hijo, el rey, herido de pena, cayó de nuevo a tierra, sin sentido. Mientras el sabio rey, afligido de pesar, suspiraba con ardor y hondamente, pasó la noche. Entonces, cuando los panegiristas intentaron cantar sus alabanzas para despertarlo, les prohibió que lo hicieran.
Section 14
Entonces aquella mujer pecadora, viendo al descendiente de Ikshvaku angustiado a causa de su hijo, privado de conciencia y yaciendo inerte en el suelo, le habló, diciendo: «Habiéndome prometido concederme el don, ¿cómo yace usted tan angustiado en el suelo, como si hubiera cometido algún pecado? Le corresponde mantener sin mancha su dignidad cumpliendo lo que ha prometido. La verdad, dicen las personas que la conocen, es la virtud primera. Y es en interés de la virtud que lo he estado exhortando. Habiendo prometido su propia persona al halcón, aquel señor de la tierra, Saivya, habiéndola concedido al ave, fue por el excelente camino. Del mismo modo, Alarka, al ser pedido, se arrancó los ojos de buen grado y los otorgó a cierto brahmán versado en los Vedas. Y el señor de los ríos, habiendo prometido, aun en las ocasiones de los parvas, no pasa sus límites por amor a la verdad. La sílaba única (Omkara) que significa Brahma es la verdad misma. En la verdad está establecida la rectitud. La verdad son los imperecederos Vedas, y por la verdad la gente alcanza el estado más elevado. Si su mente está establecida en la virtud, siga entonces la verdad. Puesto que, oh excelente, ha prometido el don, que ese don dé fruto. Destierre usted a Rama, incitado por mí con el fin de mantener la virtud. Tres veces se lo digo. Si no cumple este noble voto, oh venerable Señor, que me ha hecho, abandonada por usted renunciaré a mi vida aun en su presencia misma».
Así urgido sin temor por Kaikeyi, el rey no pudo quitarse de encima el lazo (de la promesa), así como Bali no pudo quitarse el lazo que le había sido puesto (por Upendra) a instancias de Indra. Entonces el rey quedó con la mirada vacía, y su corazón se agitó, como una bestia de carga que se mueve con torpeza cuando se la pone bajo el yugo y las ruedas. Luego, calmándose con gran esfuerzo, el rey, como si no viera a Kaikeyi, con sus ojos demacrados, le dijo: «Aquí renuncio, mujer perversa, a esa mano tuya que sostuve con mantras ante el fuego sacrificial, y renuncio también, junto contigo, a tu hijo Bharata, engendrado por ti. Oh excelsa, la noche se ha ido; y en cuanto salga el Sol, los superiores me instarán sin duda a instalar a Rama con las provisiones que se han reunido para el fin. Pero si tú, oh de modos auspiciosos, impides la instalación de Rama, Rama ejecutará mis exequias fúnebres cuando yo esté muerto, y no tú, acompañada de tu hijo, las ejecutarás. Ese semblante de Rama que una vez he visto expandido de deleite, nunca podré contemplarlo privado de gozo y alegría, y abatido, con la melancolía nublándolo».
Mientras el gobernante de la tierra, de alma elevada, le hablaba así, a la noche engalanada con la luna y las estrellas la sucedió la mañana. Entonces Kaikeyi, de malos modos, versada en el habla, privada de sentido por la ira, se dirigió de nuevo al monarca en duro lenguaje, diciendo: «¿Qué palabras, oh rey, dice usted, comparables al veneno o a dolorosas dolencias? Le corresponde convocar aquí a su hijo, el enérgico Rama. Habiendo establecido a mi hijo en el reino, hecho de Rama un vagante de los bosques y quedado yo libre de rivales, alcanzaré mi fin». Así urgido por Kaikeyi, el rey, como un excelente corcel picado por una aguda aguijada, le habló de nuevo: «He sido atado firmemente por los lazos de la virtud; por eso he perdido los sentidos. Ahora solo deseo contemplar a mi amado hijo mayor, el justo Rama».
Entonces, cuando la noche hubo pasado y rompió el día y salió el Sol, y cuando llegó la hora astral sagrada, Vasishtha, dotado de muchas virtudes, rodeado de sus discípulos y provisto de los materiales, entró en aquella primera de las ciudades, cuyas calles habían sido barridas y regadas y que había sido decorada con estandartes, y que estaba llena de gente regocijada, y cuyos puestos rebosaban de artículos, y que resonaba con el ruido del festejo, y que estaba poblada de gente ansiosa por la instalación de Raghava, y que estaba por todas partes perfumada de sándalo y dhupa y aguru. Habiendo entrado en la ciudad, semejante a la metrópoli del propio Purandara, vio el elegante aposento interior adornado con innumerables estandartes, y que estaba atestado de ciudadanos y de habitantes de las provincias, y engalanado con brahmanes conocedores de los sacrificios, y abarrotado de muy venerables ayudantes del sacrificio; entró en el aposento interior y pasó por aquella multitud. Vasishtha, sumamente deleitado, rodeado de grandes santos, vio a la puerta al auriga de aquel gran personaje, que era al mismo tiempo su consejero de aspecto afable. Por tanto, el sumamente enérgico Vasishtha dijo al hábil hijo del auriga: «Haz saber pronto al poderoso monarca que he llegado. Aquí han sido traídos vasos de oro llenos de agua de la Ganga y del océano; y, para la instalación, un excelente asiento de udumbara, y toda clase de semillas, y perfumes y diversas gemas, y miel, y cuajada y mantequilla clarificada y arroz tostado, y leche, y hierba sacrificial, flores y leche, y ocho doncellas de buen aspecto, y un excelente elefante en celo, un carro uncido a cuatro caballos, y una espada, y un elegante arco, y un carruaje que contiene hombres, y un parasol como la luna, y dos abanicos blancos de cola de yak, y un jarrón de oro, y un toro de color pálido atado con una cadena de oro y que lleva una giba adornada de ornamentos, y un poderoso león, el mejor de su raza, provisto de cuatro colmillos, y un trono, y una piel de tigre, y leña sacrificial, y fuego, y toda clase de instrumentos musicales, y cortesanas engalanadas con ornamentos, y preceptores y brahmanes, y vacas, y diversas clases de animales y aves puros. Los principales ciudadanos y habitantes de las provincias y los comerciantes con su séquito, todos estos y otros, con los corazones llenos de gozo y la boca diciendo palabras agradables, aguardan con los soberanos para presenciar la instalación de Rama. Apremia tú al poderoso monarca, para que este día, bajo el influjo de la estrella Pushya, Rama obtenga el reino».
Al oír estas palabras suyas, el hijo del auriga, dotado de gran fuerza, elogiando a aquel poderoso monarca, entró en sus aposentos. Y avanzado en años, había tenido antes libre acceso a todas partes, de modo que los guardianes, amados del rey y que buscaban su bien, no podían impedir su entrada. Sin conocer la situación que había sobrevenido al rey, Sumantra, presentándose ante él, procuró alegrar a este con grato discurso. Y habiendo entrado en el aposento del rey, el auriga Sumantra, con las manos juntas, complaciendo al monarca mientras avanzaba, dijo: «Complázcanos usted con deleite y con corazón alegre, como el fuerte océano complace a la gente al salir el sol. El auriga Matali solía cantar himnos a Indra en esta estación, y (alentado por ese elogio) conquistó a los danavas. Así canto yo himnos a usted. Y así como los Vedas con los Angas y otros saberes adoctrinan al señor Brahma, nacido de sí mismo, así lo ilumino yo a usted. Como el sol en compañía de la luna ilumina la hermosa tierra que contiene criaturas, así lo ilumino yo hoy a usted. Levántese, oh primero de los monarcas, vestido de excelente atuendo y adornado con ornamentos, como el sol que sale del (monte) Meru. Todos los artículos necesarios para la instalación de Rama están listos. Y los ciudadanos y los habitantes de las provincias y los comerciantes aguardan con las manos juntas. Y el venerable Vasishtha aguarda con los brahmanes. Ordene usted, oh rey, inmediatamente la instalación de Rama. Como el ganado sin su pastor, como un ejército sin su comandante, como una noche sin la luna, como las vacas sin su toro, es un reino sin rey».
Al oír estas palabras de Sumantra, suaves y apropiadas, el señor de la tierra quedó de nuevo abrumado de pena. Entonces el gracioso y virtuoso rey, volviéndose desconsolado a causa de su hijo, con los ojos enrojecidos por el efecto de la pena, viendo al auriga, dijo: «Este tu elogio me aflige aún más».
Al oír aquellas palabras dolientes y hallando así afligido al señor de la tierra, Sumantra, con las manos juntas, se apartó un poco. Viendo al rey totalmente incapaz de decir nada por sí mismo a causa de su gran pesar, Kaikeyi, la mejor consejera en asuntos como estos, se dirigió a Sumantra con las siguientes palabras: «Sumantra, rebosante de gozo por la instalación de Rama, el rey ha velado toda la noche y, cansado por ello, está vencido por el sueño. Ve, pues, pronto, oh auriga, y trae aquí a Rama, el loable hijo del rey. Esto te hará bien; no vaciles en ello». «¿Cómo puedo ir», replicó Sumantra, «sin el permiso del rey?».
Al oír estas palabras del consejero, el rey le dijo: «Sumantra, trae aquí al hermoso Rama; quiero verlo». Pensando que algún bien sobrevendría a Rama, se alegró en el corazón y se fue de prisa, deleitado por el mandato real. Siendo instado de nuevo por Kaikeyi a darse prisa en el momento de partir, Sumantra pensó para sí: «Es evidente que la Reina se ha impacientado por ver la instalación de Rama y de ahí la prisa; y el rey descansará ahora». Pensando esto, el enérgico auriga, con gran deleite, deseoso de ver a Rama, salió de la ciudad como un lago cercano al océano. Habiendo salido de pronto de la presencia del rey, vio a los guardianes, a diversos ciudadanos y a grandes personajes sentados a la puerta.
Section 15
Los brahmanes, versados en los Vedas, los consejeros, los comandantes de las fuerzas militares y los principales comerciantes, junto con el sacerdote real, todos rebosantes de gozo por la instalación de Rama, esperaban a la puerta real toda la noche. Al aparecer el brillante Sol, al aproximarse el día bajo la influencia astral de Pushya y al ascender karkata, la estrella regente del nacimiento de Rama, trajeron todos los artículos necesarios para la instalación y conforme lo ordenado por el mejor de los brahmanes: a saber, oro, vasija de barro (para conservar el agua), asientos excelentes bien adornados, un carro con una cobertura de espléndida piel de tigre, agua traída de la sagrada confluencia de la Ganga y el Yamuna, de otras corrientes sagradas, lagos, pozos, estanques y ríos llenos de agua que fluye hacia el este, sobre montañas, y del norte al sur; y aguas traídas de todos los océanos, miel, cuajada, mantequilla clarificada, arroz tostado, hierba sacrificial, leche, flores, ocho muchachas solteras de exquisita belleza, un elefante de marcha, jarras de oro y plata adornadas con hojas de higuera y lotos y llenas de agua sagrada, un excelente abanico amarillo de cola de yak para Rama, coronado de joyas y semejante a los brillantes rayos de la luna; un hermoso parasol de color amarillo brillantemente adornado, semejante al disco de la luna, y el más importante de todos los artículos necesarios para la instalación; un buey y un caballo amarillos bien adornados; y todos los instrumentos musicales; trayendo estos y todas las demás cosas necesarias para la instalación del descendiente de Ikshvaku, conforme al permiso del rey, los panegiristas y otras personas se habían reunido allí. No hallando allí presente al rey, empezaron a hablar entre sí: «¿Quién informará al rey de nuestra llegada? El Sol ha salido y aún no vemos al rey entre nosotros. Todos los artículos necesarios para la instalación del inteligente Rama están listos». Mientras conversaban así, el auriga Sumantra, bien respetado por el rey, llegó allí y dijo a todas aquellas personas y a los reyes las siguientes palabras: «Con el permiso del rey voy a traer a Rama pronto aquí. Ustedes son todos venerables para el rey y especialmente para Rama; yo, con sus palabras, preguntaré al rey por su sueño profundo y luego por las razones de que no venga aún aquí, aunque ya se ha levantado del lecho». Diciendo así, Sumantra, versado en leyendas, llegó a la puerta del gineceo real. Y entró en el palacio con sus puertas abiertas; y habiendo entrado en el aposento del señor de la tierra, pasó a su alcoba y, colocándose tras un biombo cercano, se dirigió así al descendiente de Raghu, complaciéndolo con bendiciones cargadas de bien para él: «¡Oh Kakutstha!, que la Luna, el Sol, Siva, Vaisravana (el dios de la riqueza), Varuna (el dios de las aguas), Agni e Indra le concedan la victoria. La venerable noche se ha ido y la bendita mañana ha llegado; levántese, ¡oh gran rey!, y haga las abluciones matutinas. Brahmanes, comandantes y comerciantes se han reunido a la puerta del palacio, deseosos de verlo; levántese pues, oh descendiente de Raghu».
Percibiendo por la voz que era el auriga Sumantra, versado en buenos consejos, quien así lo elogiaba, el rey se levantó de su lecho y le habló así: «Oh auriga, “Trae aquí a Rama” fue la orden que te di; ¿qué es lo que te hace descuidar mi mandato? No estoy dormido; ve y trae aquí a Rama al instante». Diciendo esto, el rey Dasaratha despachó de nuevo a Sumantra.
Al oír las palabras del rey y haciéndole una reverencia con la cabeza inclinada, salió de la residencia del rey, pensando que algún gran bien lo aguardaba. Y habiendo llegado a las vías públicas adornadas con banderas y gallardetes, lleno de un exceso de alegría, echó a andar, mirando a su alrededor. Allí, en su camino, oyó a los transeúntes, todos hablando de Rama y de su instalación, como rebosantes de gozo por ello. Luego, avanzando un poco, Sumantra vio el hermoso palacio de Rama que se alzaba como la colina Kailasa y semejante a la morada de Sakra. Estaba cerrado con dos grandes hojas en la puerta (cuyo postigo había sido abierto de par en par) y adornado con centenares de terrazas; en su cima había muchos ídolos hechos de oro, y arcos coronados de perlas y diamantes; su color era blanco como la nube otoñal y brillante como la cueva dorada de Sumeru; estaba ornado con joyas sumamente brillantes engastadas en guirnaldas de flores de oro y cubierto de perlas y diamantes y rociado de sándalo y aguru, cuya fragancia cautiva la mente como la cumbre de la colina Dardura; estaba engalanado con la presencia de sarasas y pavos reales que emitían sonidos agradables; y cubierto de figuras bien hechas de lobos y pinturas de excelencia artística, cuyo esplendor cautiva tanto la mente como el ojo; brillante como el sol y la luna, semejante a la morada de Kuvera y a la capital del rey de los celestiales; lleno de aves de diversas clases y alto como la cumbre de Sumeru, Sumantra vio el palacio lleno de gente que venía de diferentes rumbos con las manos juntas, y adornado con ciudadanos que se acercaban con diversos presentes y ansiosos (de ver la instalación de Rama); y (de pie a la puerta) a quienes los guardianes impedían entrar; semejante a una enorme nube, de situación pintoresca, espacioso, cubierto de perlas y diamantes y atestado de servidores. Aquel auriga, en su carro con su saliente de madera y sus caballos, embelleciendo las calles repletas y complaciendo a los ciudadanos, entró en la morada de Rama. Entonces, al llegar a esta morada colmada de riqueza, y cuya belleza se intensificaba grandemente con ciervos y pavos reales que iban y venían, semejante al exquisitamente espléndido palacio del señor de los celestiales, aquel auriga quedó sumamente arrobado, con los vellos del cuerpo erizados. Luego, aquel auriga, entrando en varios aposentos, bien adornados y semejantes a la colina Kailasa y a la morada de los celestiales, y pasando junto a muchas personas, queridas de Rama y fieles a su propósito, entró en el aposento de las damas. Y se puso sumamente complacido al oír palabras gratas, bienintencionadas hacia el hijo del rey, de todas las personas ocupadas en algún tipo de servicio para la instalación. Vio la agradable morada de Rama, semejante a la de Mahendra y llena de ciervos y aves, con su cima alta como la cumbre de Meru y situada con esplendor, y la entrada llena de millones de ciudadanos con las manos juntas, que dejaban fuera sus vehículos y venían de diversos rumbos con presentes para Rama. Vio allí un elefante salvaje de nombre Satrunjaya, o el conquistador de enemigos, de enorme cuerpo semejante a una montaña envuelta en nubes oscuras, hermoso, capaz de soportar el aguijón y destinado a ser la montura de Rama. Vio ministros bien adornados, queridos del rey, con caballos, carros y elefantes; y dejándolos a todos a uno y otro lado, entró sin impedimento, como el monstruo marino makara que entra en el océano que contiene muchas perlas y diamantes, en el espléndido aposento de las damas, semejante a las nubes que se ciernen sobre la cumbre del monte Himadri, y que tenía cierto número de hermosas casas comparables a grandes carros celestiales.
Section 16
Sumantra, bien versado en leyendas, tras pasar por las puertas atestadas de gente, llegó al aposento solitario (de Rama), que tenía guardianes jóvenes, portadores de dardos y arcos, con pendientes, cautos, atentos y devotos, y vio (sentados a la puerta) a varios ancianos, que mandaban a las guardianas, atentas al deber, vestidas de paño rojo y excelentes ornamentos, y con ratanes en las manos. Todos ellos, al ver a Sumantra, que siempre deseaba el bien de Rama, que se acercaba, se levantaron de pronto de sus asientos con debido respeto. El auriga, de mente humilde, les dijo entonces: «Vayan y comuniquen pronto a Rama que Sumantra aguarda a la puerta». Ante esto, los guardianes, deseosos de hacer el bien a su señor, acercándose a Rama, le comunicaron pronto estas palabras, a él que estaba en compañía de su esposa. Rama, al oír de la llegada del auriga de su padre, ordenó que lo hicieran entrar en el aposento, teniendo en vista el placer de su padre. Aquel (al entrar) vio a Rama, semejante a Vaisravana, bien adornado y sentado en un diván de oro, con una hermosa colcha encima; con el cuerpo rociado de sándalo sagrado y fragante de la mejor clase, rojo como la sangre de un jabalí; y teniendo a su lado a Sita con un abanico de cola de yak en la mano, como la Luna misma en compañía de Chitra.
Entonces Sumantra, conocedor del decoro, saludó humildemente a él (Rama), el conferidor de grandes dones y resplandeciente como el sol de mediodía; y él, bien honrado por el rey, viendo al hijo del rey sentado en el diván de dormir con semblante deleitado, le dirigió estas palabras con las manos juntas: «Oh Rama, gran hijo de Kausalya, su padre y la reina Kaikeyi desean verlo; por tanto, le corresponde ir allí sin demora». Complacido con estas palabras, el poderoso héroe de gran fulgor, honrando el mandato de su padre, habló así a Sita: «Oh querida, no hay duda de que mi padre, yendo donde Kaikeyi, trata con ella sobre mi instalación. Concibiendo la intención del rey, aquella hábil dama de ojos oscuros y deseosa de hacer el bien al rey, aquella madre, hija del rey de Kekaya, complacida y atenta al bienestar del rey así como al mío, apremia al monarca para mi instalación. Por fortuna para mí, el monarca, en compañía de su Reina, ha despachado a Sumantra, atento a mi bienestar. Digno de la reunión en el aposento interior, el mensajero ha venido, y no dudo de que el monarca me instalará hoy como heredero del trono. Por tanto, iré pronto de aquí y veré a mi padre. Quédate tú y disfruta aquí de la compañía de tus amigas».
Considerada por su marido, Sita, de ojos oscuros y atenta al bienestar de su esposo, lo siguió hasta la entrada y dijo: «Que el gran monarca le otorgue primero el título de heredero, y después la dignidad del poder supremo, como Brahma que concede el reino a Vasava. Yo le serviré, viéndolo iniciado, ocupado en ceremonias, vistiendo excelente piel de ciervo por tela y llevando cuernos en las manos. Que Indra lo proteja por el este, que Yama (la Muerte) lo proteja por el sur, y Varuna (dios de las aguas) por el oeste y Kuvera (dios de la riqueza) por el norte». Saludado con ceremonias de bendición, Rama, despidiéndose de Sita, salió de su casa como un león que vive en la guarida de una montaña. Vio a Lakshmana de pie a la puerta con las manos juntas, y se reunió con todos sus amigos congregados en el aposento central. Entonces aquel gran hijo del rey, echando una mirada a todos los que estaban allí presentes para verlo y complaciéndolos con dulces palabras, subió, como Indra, el de mil ojos, al espléndido carro hecho de plata y revestido de piel de tigre, y brillante como el fuego mismo, que hacía un ruido (al andar) como el rugido de las nubes; desafiando todo obstáculo, adornado con joyas y oro, que deslumbraba la vista y brillaba como los picos dorados de Sumeru. Tenía dos excelentes caballos uncidos como dos jóvenes elefantes, y era de rápido movimiento, semejante al carro de Indra llevado por sus caballos. Subiendo al carro, Raghava, de gran fulgor, siguió presto, haciendo resonar (el espacio) como la nube que retumba en el cielo. Salió de su morada como la hermosa luna que pasa a través de una enorme nube. Y Lakshmana, el hermano menor de Raghava, de pie tras él en el carro con un espléndido abanico de cola de yak en la mano, comenzó a guardar su cuerpo. Y se produjo gran tumulto por la multitud que se congregaba alrededor a la salida de Rama. Luego siguieron en su cortejo muchos centenares y millares de hermosos caballos y elefantes semejantes a colinas en su aspecto; e iban ante él centenares de héroes bien equipados, con el cuerpo rociado de sándalo y aguru y sosteniendo en las manos espadas y armas, y otras personas que pronunciaban bendiciones. Oyó en el camino sonidos de instrumentos musicales, elogios de los panegiristas y rugidos de león de los héroes. Doncellas exquisitamente hermosas, adornadas con diversos ornamentos y vestidos, de pie junto a las ventanas, comenzaron a derramar flores sobre la cabeza de Rama, destructor de enemigos, y aquellas bellezas inmaculadas, con el fin de complacer a Rama, algunas de pie en los edificios y otras en el suelo, comenzaron a alabarlo: «Oh usted, delicia de su madre, sin duda la madre Kausalya se ha colmado de gozo al verlo en exitosa marcha a aceptar el título de heredero del trono». Aquellas damas pensaban que Sita, la cautivadora del corazón de Rama, era sin duda la mejor de todas las mujeres y que ciertamente había practicado grandes austeridades en su vida pasada, pues de otro modo no habría sido la compañera de Rama, como Rohini, la compañera de la Luna. Aquel mejor de los hombres oyó estas gratas palabras de aquellas damas que estaban en los edificios y en las vías públicas. Raghava oyó entonces a la gente que venía de diferentes rumbos y a los ciudadanos bien complacidos, que hablaban entre sí acerca de él en el siguiente tenor: «Este Raghava que va obtendrá, por la gracia del rey, gran riqueza, y todos nuestros deseos serán satisfechos cuando sea nuestro gobernante. Es una gran ganancia para los súbditos que vaya a obtener para siempre de una vez todo el imperio; siendo él señor del pueblo, nadie verá infortunio alguno ni cosa desagradable». Como Vaisravana, comenzó a avanzar, dignificado por los caballos y elefantes que iban delante dando gran sonido, y elogiado en diversos metros por personas que cantaban su gloria, por los panegiristas y por hombres que trazaban su noble ascendencia. Vio el patio atestado de elefantes jóvenes y viejos, caballos, carros, y las vías públicas abarrotadas de gente por todas partes, muchas perlas y diversas mercancías.
Section 17
Rama, con sus amigos deleitados, subiendo al carro y contemplando la ciudad adornada con gallardetes y banderas e incensada con dhupa y aguru, entró en el camino real, atestado de gente y que contenía casas coloreadas como pálidas nubes blancas, y el espacio entre cuyas dos hileras estaba perfumado con dhupa y aguru. Era un camino espléndidamente espacioso, decorado con una colección de sándalo, aguru y otros finos perfumes, con seda y paño rojo, con perlas perforadas y otros valiosos cristales, y cubierto de diversas flores y lleno de comestibles multiformes. Como el señor de los celestiales en el cielo, vio este camino real y el patio cubierto de cuajada, mantequilla clarificada, arroz tostado, dhupa, aguru y sándalo, y embellecido con guirnaldas y otros perfumes. Habiendo oído bendiciones pronunciadas por muchos en el siguiente tenor y rindiendo el debido respeto a todos, siguió su camino: «Siendo instalado hoy, cuídenos y protéjanos usted, siguiendo las huellas de su padre y de sus abuelos. Tomando usted las riendas del gobierno, viviremos más felices que bajo sus antepasados. No buscamos comodidades terrenales ni las cosas más altas (en la vida venidera), si solo podemos ver a Rama instalado en el reino, saliendo de la morada de su padre. No hay nada más grato para nosotros que la instalación del sumamente enérgico Rama en el trono». Rama, al oír estas y otras auspiciosas palabras de sus amigos elogiándolo a él mismo, siguió su camino sin conmoverse. Raghava pasó, pero ni una sola persona podía apartar los ojos y la mente de aquel mejor de los hombres. En verdad, aquel a quien Rama no veía, y que no veía a Rama, era menospreciado por todos y se consideraba a sí mismo despreciable. Aquel justo mostraba misericordia a todos, viejos y jóvenes, de las cuatro castas, y por ello todos le eran obedientes. Avanzó dejando a su izquierda los cruces de cuatro caminos, las sendas que llevaban a los templos, las higueras religiosas y los altares, y llegó por fin a la morada familiar del rey, con sus cumbres palaciegas que perforaban el cielo, de hermoso aspecto, semejante a una masa de nubes, blanca como los carros celestiales y alta como la colina Kailasa, y con casas de recreo adornadas de perlas. Y el hijo del monarca, resplandeciente de belleza, entró en el palacio de su padre, el mejor de la tierra, semejante a la morada de Mahendra. El hijo de Dasaratha, el mejor de los hombres, cruzó en su carro tres aposentos guardados por guerreros con arcos en las manos, y otros dos a pie, y así, pasando por todos y ordenando a sus seguidores que volvieran, entró en el aposento interior. Al entrar aquel hijo del rey en presencia de su padre, todos se alegraron en extremo y aguardaban ansiosamente su regreso, como el señor de las aguas aguarda la aparición de la luna.
Section 18
Rama vio a su padre, sentado en un hermoso diván con Kaikeyi, con aspecto afligido y desmejorado y el semblante marchito. Y humildemente inclinándose a los pies de su padre primero, saludó a Kaikeyi con la debida solemnidad. Pronunciando solo la palabra «Rama», el pobre rey, con los ojos llenos de lágrimas, no pudo mirarlo ni hablarle. Viendo este aspecto imprevisto y terrible del rey, como una serpiente pisoteada, Rama quedó sumamente aterrado. Estaba abatido y muy hundido por la pena y el pesar. Suspiraba con ardor y hondamente y su corazón estaba muy dolido. Su corazón estaba turbado como el océano ondulante, agitado aunque incapaz de agitación, y nublado como el Sol poseído por Rahu, y como (el de) un asceta que dice falsedad. Pensando en esta pena impensada del rey, se agitó como el océano durante el curso de la luna llena. Y el hábil Rama, atento al bienestar de su padre, pensó para sí: «¿Por qué no muestra el rey alegría a mi llegada hoy? Aunque estuviera airado, solía expresar alegría cada vez que me veía; entonces, ¿por qué prevalece su pena aun viéndome hoy?». Abrumado por la pena, Rama, de semblante pálido, como un desdichado, saludando a Kaikeyi, le habló con las siguientes palabras: «¿No será que cometí alguna ofensa por ignorancia, que veo airado a mi padre? Aplaque usted su ánimo, pues. ¿Por qué tiene tan afligida la mente él, que era tan bondadoso conmigo, y por qué luce desmejorado y de semblante pálido, él que siempre me acogía con amables palabras? ¿Está sujeto a alguna perturbación física o mental? ¡Oh!, la felicidad ininterrumpida es muy querida. ¿Ha sobrevenido algún mal al apuesto Bharata o al de alma elevada Satrughna? ¿No está todo bien con mis madres? Desagradando al rey, desatendiendo sus palabras y ofendiéndolo, no quiero respirar ni un solo instante. ¿Cómo puede un hombre desatender a aquel que es el dios mismo visto y sentido, y a quien se mira como la causa de la que ha brotado? Oh madre, ¿ha dicho usted alguna palabra dura a mi padre, ya sea por ira o por altivez, por la cual su mente está así abatida? Oh venerable, dígame todo esto, que estoy sumamente ansioso por llegar a la verdad real. ¿Por qué ha sobrevenido esta pena imprevista al corazón del señor de los hombres?».
Así interpelada por el de alma elevada Raghava, aquella sumamente desvergonzada Kaikeyi le dijo las siguientes palabras impudentes, cargadas de su interés propio: «Oh Rama, el monarca no está airado ni le ha sobrevenido peligro alguno. Tiene algo en su mente que no puede decir por temor a ti. Tú eres su hijo más querido y no sale palabra de su boca para decirte cosas desagradables. Pero te corresponde cumplir lo que el monarca me ha prometido. Antes, teniéndome en muy alta estima, me confirió dos dones y ahora se arrepiente de ello como una persona común. Prometiendo “Te lo doy”, el señor de la tierra me concedió estos dones; en vano desea levantar un dique cuando toda el agua ha pasado. Oh Rama, te es sabido que la verdad es la raíz de toda religión, y que no renuncie a ella por ti, airado conmigo. Si cumples tú todo lo que el rey te diga, bueno o malo, entonces yo te lo contaré todo. Si lo que yo, con el permiso del rey, te hablo no resulta inútil, hablaré de todo; el rey no dirá nada».
Al oír estas palabras pronunciadas por Kaikeyi, Rama, dolido en el corazón, le habló en presencia del rey de la siguiente manera: «¡Oh, vergüenza para mí! No le plazca, oh venerable dama, decirme tales palabras. Por las palabras del rey puedo saltar al fuego. Siendo ordenado por él, que es mi padre y especialmente mi rey, puedo beber virulento veneno y ahogarme en el océano. Diga usted, oh venerable dama, cuál es el deseo de su rey, y sepa que lo cumpliré: Rama no contradice lo que ha dicho una vez». Entonces aquella perversa Kaikeyi dijo estas sumamente crueles palabras a Rama, sencillo y veraz: «Antiguamente, en una gran guerra entre los dioses y los asuras, tu padre, herido con saetas, fue atendido por mí, por lo cual me confirió dos dones. De estos dos dones he pedido al rey la instalación de Bharata y la partida de Raghava al bosque de Dandaka este mismo día. Oh tú, el mejor de los hombres, si deseas mantener los votos de tu padre y los tuyos, oye lo que digo. Tu padre está ligado a mí por promesa; obedeciendo, pues, el mandato de tu padre, parte tú al bosque por nueve años y cinco. Bharata será instalado, oh Raghava, con todos aquellos artículos que ha traído el monarca para tu instalación. Renunciando a esta instalación, parte tú al bosque de Dandaka por siete y siete años y viste corteza y cabello enmarañado. Y aquí en este Kosala que Bharata gobierne el mundo, adornado con muchas perlas y diamantes, con elefantes, caballos y carros. El rey, lleno de piedad y con el rostro marcado por la aflicción de la pena, no puede echarte una mirada. Oh tú, descendiente de Raghu, cumple estas palabras del Señor de los hombres y sálvalo redimiendo estos sus grandes votos». Al oír estas crueles palabras de ella, Rama no se afligió; pero el generoso rey, afligido por el pensamiento de la inminente separación de su hijo, quedó muy dolido.
Section 19
Al oír estas palabras desagradables como la muerte, Rama, el destructor de enemigos, no se dolió, y habló así a Kaikeyi: «Sea lo que usted dice; cumpliendo la promesa del rey, partiré de este lugar al bosque vestido de corteza y cabello enmarañado. Ahora solo quiero saber por qué ese señor de la tierra, invencible y conquistador de enemigos, no me recibe de la misma manera que solía hacerlo en ocasiones anteriores. No se enoje, oh venerable; hablo ante usted; quede usted bien propiciada, e iré al bosque vestido de corteza y cabello enmarañado. ¿Qué hay que yo no pueda cumplir, considerándolo bueno sin sospecha, si así me lo ordena mi bienquerido, guía espiritual, padre y rey, que reconoce su servicio (prestado en tiempo de peligro)? Pero esta sola pena me quema el corazón: por qué el rey no me dijo personalmente lo de la instalación de Bharata. Aun dejando aparte el mandato del rey, mi padre, por su mandato de usted entregaré gustoso a Bharata mi reino, a Sita, la riqueza y hasta mi vida, satisfaciéndola así a usted y cumpliendo mi promesa. Consuele ahora al rey avergonzado; ¿por qué lleva él, con los ojos fijos en el suelo, derramando lentamente lágrimas? Que mensajeros, con corceles veloces, vayan hoy por orden del rey a traer a Bharata de la casa de su tío materno. Y yo, sin juzgar siquiera la corrección de las palabras de mi padre, partiré pronto al bosque de Dandaka por catorce años». Al oír estas palabras de Rama, Kaikeyi se complació y, segura de su partida, apremió a Raghava: «Que así sea, que mensajeros con corceles veloces vayan a traer a Bharata de la residencia de su tío materno. No me parece correcto que tú, oh Rama, te demores, cuando estás tan ansioso; te corresponde, por tanto, partir pronto de este lugar hacia el bosque. El rey, avergonzado, no te habla él mismo; no hay otra cosa que esto. Disipa tú, oh mejor de los hombres, esta desdicha suya. Mientras no te apartes de prisa de su presencia, oh Rama, tu padre no se bañará ni comerá nada». «¡Ay, qué desgracia! ¡Qué aflicción!», sollozando duramente con estas palabras, el monarca, lleno de pena, se desmayó y cayó sobre el diván adornado de oro. Levantando al rey, Rama, dirigido por Kaikeyi, comenzó a apresurar su partida al bosque, como un corcel azotado con un látigo agudo. Al oír aquellas crueles y desagradables palabras de la perversa Kaikeyi, Rama, sin angustiarse, comenzó a dirigirse a ella con las siguientes palabras: «Oh venerable, no anhelo vivir en este mundo por apego a la riqueza; sepa que, como los rishis, estoy bien establecido en la religión pura. Si puedo, aun a costa de mi propia vida, satisfacer a mi venerable padre, tenga por seguro que ha de hacerse primero de toda manera. No hay virtud mayor que servir al padre y cumplir sus palabras. Aun sin haber sido mandado por él, viviré, por sus palabras de usted, en un bosque solitario durante catorce años. Oh Kaikeyi, es cierto que usted no conoce mis virtudes principales, puesto que, poseyendo plena autoridad para regirme, ha solicitado esto al monarca. Excúseme hasta que pregunte a mi madre y consuele a Sita; este mismo día emprenderé mi camino al gran bosque de Dandaka. Le corresponde hacer aquello por lo que Bharata pueda gobernar el reino y atender a nuestro padre, pues esta es la virtud eterna». Al oír estas palabras de Rama, su padre, sumamente afligido e incapaz de decir nada por la pena, comenzó a llorar en voz alta. Adorando los pies del rey, que yacía insensible, y los de la viciosa Kaikeyi, aquel de gran fulgor salió. Y rodeando con reverencia a su padre y a Kaikeyi, y saliendo del aposento de las mujeres, Rama vio a sus propios amigos y parientes. Entonces lo siguió Lakshmana, el que acrecienta el gozo de Sumitra, muy airado y con los ojos llenos de lágrimas. Rodeando con reverencia la casa de la instalación, llena de los artículos necesarios, sin apartar de ella su mirada anhelante, Rama comenzó a avanzar lentamente. La pérdida del reino no pudo disminuir la gran belleza de aquel amado del pueblo, por su perenne agrado, como la merma de la luna. No se manifestaba en él cambio alguno de ánimo, él que estaba a punto de marchar como desterrado al bosque y dejar el mundo, como un liberado aún en vida. Dejando de lado el excelente parasol y los bien adornados abanicos de cola de yak, abandonando a sus parientes, el carro, los ciudadanos y demás gente, soportando con calma la aflicción en la mente y sin manifestar los signos externos de pena, Rama, con el fin de comunicar esta desagradable noticia a su madre, entró en su morada. Todas las personas que estaban allí presentes y que se habían adornado por causa de la instalación no percibieron señal alguna de agonía mental en el rostro de Rama. Como los rayos de la luna otoñal plenamente brillante, aquel héroe de brazos poderosos, dueño de sí, no abandonó su natural jovialidad. El piadoso Rama, de alta fama, entró en presencia de su madre, mostrando gran consideración a la gente con dulce habla. Luego lo siguió el hijo de Sumitra, de poderoso poderío, de iguales dotes que su hermano y soportando la pena mental. Rama, entrando en la morada de su madre, la vio llena de toda clase de entretenimientos; y aunque su mente no estaba agitada por perturbación mental alguna al ver la calamidad inminente de la pérdida de riqueza, estaba ansioso de que las vidas de sus queridos parientes pudieran estar en peligro.
Section 20
Se alzó un gran alboroto de llanto en el aposento de las mujeres cuando aquel mejor de los hombres salió con las manos juntas. «Ese Rama, que solía servir a todas las mujeres en todos los asuntos aun sin permiso de su padre, que era nuestro sostén y protector, se va al bosque. Raghava desde su nacimiento nos presta tanta atención como a su madre Kausalya. Él, que al ser maldecido no se enoja, aplaca a los airados y evita con esmero palabras y obras que excitan la ira en otros, partirá de aquí hoy al bosque. Insensato es nuestro rey, que abandona a Raghava, sostén de todo el pueblo, y así mata a sus súbditos». Así las reinas de Dasaratha, como vacas que han perdido a sus crías, comenzaron a culparlo y a llorar en voz alta. Al oír este terrible alboroto de llanto en el aposento de las mujeres, aquel señor de la tierra, atormentado de pena por su hijo, se ocultó en el asiento (con la cabeza colgando hacia abajo). Rama también, dueño de sí mismo, experimentando pena (por sus parientes) y sollozando como un elefante (encadenado), entró en el aposento de su madre junto con su hermano. Vio a un venerable anciano sentado a la puerta y a muchas otras personas. Todos los presentes, al ver a Rama, comenzaron a derramar bendiciones sobre él, el mejor de todos los héroes victoriosos, diciendo: «¡Victoria a usted!». Habiendo pasado por el primer aposento, vio en el segundo a muchos ancianos brahmanes, versados en los Vedas y honrados por el rey. Habiéndoles hecho reverencia, Rama vio en el tercer aposento a mujeres, muchachos y ancianos, todos ocupados en vigilar la puerta. Las guardianas honraron a Rama con regocijo y, entrando en el aposento de su madre, le comunicaron pronto esta grata noticia. La venerable Kausalya, buscando el bienestar de su hijo, había velado toda la noche absorta en meditación, y por la mañana adoraba al dios Vishnu. Vestida de seda, complacida y acostumbrada a la práctica diaria de ritos religiosos, ella, practicando ceremonias de bendición, ofrecía oblación al fuego. Rama, entrando en la auspiciosa morada de su madre, la vio así ocupada en el sacrificio al fuego. El descendiente de Raghu vio allí, traídos para el servicio de los celestiales, cuajada, granos, mantequilla clarificada, dulces, cosas aptas para las oblaciones al fuego, arroz tostado, guirnaldas blancas, arroz hervido en leche y azúcar, mezclas de arroz, sésamo y guisantes, leña sacrificial y jarras llenas de agua. Vio a su virtuosa madre vestida de seda blanca, desmejorada por la austera práctica de ritos religiosos y ocupada en propiciar a las deidades con la ofrenda de agua. Ella, al ver acercarse a su hijo, que siempre acrecentaba el gozo de su madre, se complació y dio un paso adelante como una yegua que ve a su potrillo. Al ver acercarse a su madre, Raghava se inclinó profundamente, y (Kausalya), abrazándolo con sus brazos, le olió la cabeza. Kausalya, por afecto maternal, dijo estas dulces y benéficas palabras a su propio invencible hijo, Raghava: «Que obtengas la vida y la fama de los piadosos y ancianos rajarshis, y la virtud digna de tu linaje. ¡Mira, oh Raghava, cuán veraz es tu padre el rey! Aquel de alma virtuosa te instalará hoy como heredero del trono». Raghava, humilde por naturaleza, a quien su madre ofreció un asiento y pidió que comiera algo, extendiendo un poco las manos juntas y con la cabeza inclinada con el fin de mostrar respeto a su madre, tocó el asiento y comenzó a relatarle el objeto de su partida al bosque de Dandaka: «Oh venerable, es cierto que usted no conoce la gran calamidad inminente. Es para angustia suya, de Lakshmana y de Vaidehi que emprenderé mi camino al bosque de Dandaka. ¿De qué me sirve entonces un asiento? Ha llegado ahora el tiempo en que merezco un asiento hecho de hierba kusa. Viviré en el bosque durante catorce años absteniéndome de alimento animal y viviendo de raíces tuberosas y frutos, como los ascetas. El rey conferirá a Bharata la condición de heredero y me desterrará como asceta al bosque. Y viviré en ese bosque solitario por ocho y seis años, regalándome con raíces y frutos y cumpliendo los deberes de un ermitaño». Como el tronco de un árbol sala cortado por un hacha en un bosque, como una celestial caída de la morada de los dioses, ella cayó de pronto (al oír estas palabras desgarradoras). Rama, al ver caer a su madre, que no merecía angustia alguna, como un plátano e insensible, la levantó y, hallándola cubierta de polvo todo el cuerpo, como una yegua que se levanta tras revolcarse en el suelo por la fatiga de llevar una pesada carga, le limpió (el cuerpo) suavemente con la mano. Ella, merecedora de felicidad, atormentada por la destrucción de su deleite, habló así a Raghava, aquel mejor de los hombres, en presencia de Lakshmana: «¡Oh hijo mío, oh Raghava, si no hubieras nacido para mi pena, habría sido solo una mujer sin hijos, pero no habría estado sujeta a esta mayor pena! Una mujer sin hijos tiene solo una causa de aflicción mental. Su única pena es “No tengo hijo”, y nada más, hijo mío. No he experimentado en mi vida esa bendición y placer que las mujeres suelen sentir cuando sus maridos les son devotos. He sostenido mi vida tanto tiempo, oh Rama, solo con la esperanza de que presenciaré esto y otra felicidad cuando tenga un hijo. Yo, siendo la mayor de todas las reinas, tendré que oír palabras desagradables y desgarradoras de las coesposas, que son todas más jóvenes que yo. No puede haber mayor miseria para las mujeres que este mi ilimitado dolor y lamentaciones. Estando tú presente, me han reducido a este lamentable estado; no sé qué más harán, estando tú ausente; hay muerte cierta para mí, ¡oh querido mío! Siendo desatendida por mi marido, he sido gravemente insultada: soy igual a las criadas de Kaikeyi o incluso inferior a ellas. Quienes me sirven o me son obedientes ni siquiera hablarán conmigo cuando vean al hijo de Kaikeyi (instalado). Ella es siempre de temperamento irritable; ¿cómo miraré yo, reducida a la miseria (a causa de tu destierro), el rostro de Kaikeyi, que pronuncia palabras duras? He pasado, oh Raghava, diez años y siete desde tu (segundo) nacimiento esperando el término de mi pena. Aunque agotada, oh Raghava, no podré sufrir esta gran miseria consiguiente a tu interminable destierro y al desprecio de las coesposas. ¿Cómo pasaré yo, de vida miserable, mis días en pena sin ver tu rostro, resplandeciente como la luna llena? Desdichada de mí, en vano te he criado con ayunos, contemplaciones y muchas otras penosas austeridades. Sin duda considero que mi corazón es muy duro, pues no se parte como la orilla de un gran río al contacto con agua nueva en la estación de las lluvias. No hay muerte para mí; no hay lugar vacío en la morada de Yama; si no, ¿por qué no me lleva la Muerte como un león que arrebata a una cierva que llora? Es cierto que mi corazón está hecho de hierro, pues ni se parte ni mi cuerpo, oprimido por esta pena y cayendo al suelo, se rompe en pedazos; en verdad no tengo muerte antes de tiempo. Me aflige que todos mis votos religiosos, limosnas, dominio de mí y austeridad, cumplidos con el fin de obtener un hijo, hayan sido infructuosos, como semillas arrojadas en suelo estéril. Si alguien en esta vida, oprimido por una gran calamidad, pudiera encontrar la muerte por su propia voluntad, habría ido al instante a la morada de la muerte, separada de ti como una vaca de su cría. Oh tú, de rostro de esplendor lunar, desdichada en verdad es mi vida sin ti; te seguiré al bosque por gran afecto, como una vaca debilitada que sigue a su cría». Kausalya, como una kinnari incapaz de soportar esta gran calamidad, previendo alguna gran desgracia y viendo a Rama ligado (con un gran voto), comenzó a lamentarse de diversas maneras.
Section 21
En este momento Lakshmana, sumamente angustiado, se dirigió a la llorosa Kausalya, la madre de Rama, con las siguientes palabras adecuadas a la ocasión: «No me agrada, oh venerable, que Raghava se retire al bosque renunciando a esta grandeza de la soberanía. El rey es uxorio, viejo y por ello de juicio pervertido y dado a los asuntos mundanos; estando bajo el influjo de su esposa y de la pasión, ¿qué no podría decir? No veo en Rama falta ni pecado alguno por el que deba ser desterrado del reino para vagar por el bosque. No hallo en este mundo a ningún hombre, ni siquiera entre grandes enemigos, que, abandonado por pecados atroces, pueda citar, aun en su ausencia, falta alguna de él. ¿Observando qué ley de rectitud renuncia el monarca, sin causa alguna, a un hijo tal, semejante a los celestiales, sencillo, bien disciplinado y querido aun de los enemigos? ¿Qué hijo, recordando la conducta de su padre, llevará en su corazón estas palabras del rey, que ha vuelto de nuevo a la niñez? Antes de que la gente llegue a conocer esta propuesta de destierro, asegúrate tú el gobierno del reino conmigo. ¿Quién puede perturbar la instalación, oh Raghava, protegiéndote yo a tu lado con mi arco, como la Muerte misma? Si alguien se alza aquí como enemigo, ciertamente, oh mejor de los hombres, despoblaré con agudas flechas toda la ciudad de Ayodhya. Inmolaré a todos los que se pongan del lado de Bharata o le deseen el bien; ciertamente la mansedumbre trae la derrota. Si el padre, propiciado y enardecido por Kaikeyi, se vuelve nuestro enemigo, será muerto sin vacilación alguna. Aun un guía espiritual merece castigo si está hinchado de orgullo y carece del poder de juzgar las buenas y malas acciones y se ha extraviado. Dime, oh mejor de los hombres, por qué ley de virtud y por qué razón se propone conferir a Kaikeyi este reino que ha recaído en ti (por la ley de herencia). ¿Quién osa conferir a Bharata el reino, llevando hostilidad contra mí y contra ti? Oh venerable, en verdad estoy apegado de corazón a mi hermano. Por la verdad, el arco, los dones y las cosas queridas para mí, se lo juro a usted: si Rama entra en el bosque, sepa, oh venerable, que yo habré entrado en el fuego antes de eso. Como el sol que disipa la oscuridad, quitaré su pena por la fuerza de mi poder; que su venerable persona y Raghava lo presencien. Pronto daré muerte a mi padre, cuyo corazón está indebidamente apegado a Kaikeyi y que por ello es vil y, siendo viejo, juega despreciablemente a ser niño». Al oír estas palabras del de alma elevada Lakshmana, Kausalya, llorando y oprimida de pena, dijo estas palabras a Rama: «Has oído, oh hijo mío, lo que tu hermano Lakshmana ha dicho; y si quieres, haz lo que te parezca razonable. No te corresponde, al oír las palabras pecaminosas proferidas por la coesposa, partir de aquí dejándome a mí, sumamente angustiada de pena. Oh tú, piadoso, que tienes conocimiento de la religión, si deseas adquirir rectitud, sírveme aquí y continúa practicando la mejor de todas las virtudes. Oye, oh hijo mío: el gran asceta Kasyapa, que vivía en su casa, sirviendo continuamente a su madre y coronado de mejor mérito moral, alcanzó el cielo. Como el monarca es venerable para ti en veneración, así lo soy yo. No te permito partir de aquí hacia el bosque. Separada de ti no necesito vida ni felicidad; contigo preferiría vivir de hierba. Si partes al bosque dejándome atribulada de pena, recurriré al voto de ayuno y no podré sostener mi vida. Y entonces recibirás la pena del infierno, bien conocida de la gente, como la sufrió el océano, señor de los ríos, y por igual injusticia padecerás la agonía del brahmanicidio». Entonces, a su madre Kausalya, afligida y llorosa, habló Rama, de alma virtuosa, estas palabras de rectitud: «No hay poder en mí para transgredir los mandatos de mi padre; inclino mi cabeza ante usted: quiero partir al bosque. El docto rishi Kandu, que vivía en el bosque guardando la palabra de su padre, mató una vaca, sabiendo que era injusticia. En nuestro linaje los descendientes de Sagara, por orden de su padre, encontraron señalada destrucción mientras cavaban la tierra. Rama, el hijo de Jamadagni, por palabras de su padre, decapitó a su madre en el bosque. Estos y otros personajes semejantes a dioses, oh venerable, obedecieron heroicamente las órdenes de su padre; y yo haré, por tanto, el bien de mi padre. No soy yo solo quien cumple los mandatos de mi padre; aquellos que he mencionado ahora, oh venerable, lo han hecho. No estoy introduciendo alguna rectitud tal, desfavorable para usted, que nunca haya sido practicada antes. Simplemente sigo la senda que ha sido sostenida y seguida por los dignos que nos precedieron. Sin duda cumpliré lo que es digno de ser cumplido en este mundo y nada más; quien va por los mandatos de su padre ciertamente no se degrada».
Diciendo estas palabras a su madre, aquel mejor de los hombres, versado en el habla y el mejor de los arqueros, habló de nuevo a Lakshmana con todas estas palabras: «Conozco bien, oh Lakshmana, tu afecto hacia mí y tu poder, fuerza y fuerza inconquistable. Sin conocer mi convicción asentada respecto a la verdad y la paz, mi madre, oh hermoso Lakshmana, está así perturbada con una pena incomparable. La rectitud es el objeto primero en este mundo y en la rectitud está establecida la verdad, y esta excelente declaración de mi padre está en consonancia con la rectitud. No conviene a los que moran en la rectitud, oh héroe, dejar de cumplir las órdenes del padre, de la madre o de un brahmán. Mientras que he sido ordenado, oh guerrero, por Kaikeyi, por las palabras de mi padre, no podré transgredir de nuevo esos mandatos. Abandona, por tanto, este propósito injusto tuyo, consecuencia de las virtudes de los kshatriyas; mantente en la rectitud y no en la crueldad, y sigue mi decisión». Diciendo estas palabras a Lakshmana por afecto fraterno, habló de nuevo Rama a Kausalya, con las manos juntas y la cabeza inclinada: «La conjuro a usted por mi vida, oh venerable, a que me permita marchar de aquí al bosque. Celebre usted ceremonias de bendición por mi bienestar. Como el santo real Yayati en los días de antaño, que, caído una vez a la tierra, fue de nuevo a la morada de los celestiales, yo, cumpliendo mis votos, volveré de nuevo a casa desde el bosque. Oh madre, calme usted su pena en su corazón; no se lamente, volveré de nuevo a casa desde el bosque tras cumplir las palabras de mi padre. Yo, Lakshmana, Vaidehi, Sumitra y usted nos atendremos a las palabras del padre, y esta es la virtud eterna. Desistiendo de las ceremonias de instalación y calmando su pena en su corazón, siga usted, oh madre mía, mi piadosa decisión de retirarme al bosque». Al oír estas piadosas, sobrias y razonables palabras de Rama, la venerable madre, recobrando el sentido como una muerta y poniendo su mirada en él, le habló de nuevo con las siguientes palabras: «Soy igualmente venerable para ti, oh hijo mío, que tu padre, pues como él te he criado con penas y como él te amo. No te permitiré partir al bosque y no te conviene ir dejándome atrás sumamente angustiada de pena. Sin ti, ¿de qué me sirve mi vida, mis parientes, el culto a los manes y a las deidades y el conocimiento de la verdad divina en esta tierra? Prefiero tu compañía aun por un instante a la presencia de toda la creación». Al oír estas dolientes palabras de su madre, Rama se inflamó de nuevo de ira, como un elefante aguijoneado con un tizón al entrar en la oscuridad. Él, morando en la rectitud, dijo tales piadosas palabras a su madre, casi insensible, y al hijo de Sumitra, que se lamentaba y estaba atormentado de pena, como era justo proferir en aquella ocasión: «Conozco, oh Lakshmana, tu profundo respeto hacia mí y tu poder. No es apropiado que me aflijas junto con mi madre, sin conocer mi intención. La rectitud, la riqueza y los objetos del deseo son mirados con gran estima en este mundo de lo creado, pero cuando aparece la ocasión de obtener el resultado consecuente de las obras virtuosas de una vida previa, estos tres, no tengo duda, se cumplen en la rectitud, como la esposa sola, obediente, encantadora y con un hijo (los cumple todos). No nos conviene hacer aquellas cosas en que estos tres no se combinan: de donde resulta la rectitud a la que debemos recurrir. Un hombre que busca riqueza se vuelve despreciable, y uno sujeto a deseos no es admirado por nadie (cuando carece de rectitud). ¿Quién de nosotros, sin tendencia a la maldad, no obedecería el mandato de nuestro padre, sabiéndolo rectitud, que es viejo, nuestro monarca y preceptor en el adiestramiento militar, sea resultado de sus deseos, ira o gozo? Por eso soy incapaz de actuar contra el voto de mi padre: él es nuestro padre y por tanto puede mandarnos a ambos como un amo; y es el esposo de esta venerable, por tanto su sostén y la rectitud misma. El justo monarca aún vive y sigue su propio camino, dispuesto a redimir su voto aun renunciando a mí: ¿cómo puede esta venerable acompañarme como otras viudas insignificantes? Permítame, por tanto, partir al bosque y haga usted ceremonias de bendición por mí, para que pueda volver de nuevo a casa como Yayati recobrando el cielo por la verdad. No puedo descuidar la eminente fama impulsado por la avaricia de reino solamente. La vida es de corta duración, oh venerable, y por tanto no anhelo adquirir esta tierra inferior por medios injustos». Rama, aquel primero de los hombres, con el fin de internarse en el bosque de Dandaka tras propiciar pacientemente a su madre e instruir plenamente a su hermano menor en los misterios de la rectitud, rodeó con reverencia a su madre y se decidió a partir al bosque.
Section 22
Luego, conservando la ecuanimidad de la mente con paciencia, el sereno Rama habló así al hijo de Sumitra, su querido hermano y amigo, que estaba muy afligido, había perdido la paciencia y estaba oprimido por esta desgracia de Rama, y tenía los ojos hinchados de ira como un elefante enfurecido: «Dominando esta ira y esta pena, recurriendo solo a la paciencia, soportando el insulto y acogiéndote a la alegría, aparta todas esas cosas que se han reunido aquí para mi instalación y haz pronto preparativos para mi partida al bosque. Oh hijo de Sumitra, tómate ahora tanta molestia para impedir la reunión de los materiales de la instalación como te la tomaste de antemano para reunirlos. Actúa, por tanto, de modo que se quite el temor de la mente de nuestra madre (Kaikeyi), que está tan hondamente turbada de corazón al oír de mi instalación. Oh hijo de Sumitra, no puedo descuidar ni un instante la turbación que ha surgido en su mente a causa de este temor. No recuerdo haber hecho en ocasión alguna, voluntaria o involuntariamente, nada que desagrade a mi padre o a mis madres. Mi padre es de palabra y votos veraces y ha sido grandemente aterrado por el miedo del otro mundo; que su miedo desaparezca ahora. Si esta obra de instalación no se detiene, mi padre quedará muy dolido de corazón pensando que sus votos no se cumplirán, y su pena también me dolerá a mí. Y es por esta razón, oh Lakshmana, que me propongo retirarme pronto de esta ciudad al bosque, renunciando a los preparativos para mi instalación. Cuando yo me marche al bosque hoy, la hija de Kekaya logrará sus fines e instalará a Bharata en el trono sin perturbación alguna. Yéndome yo al bosque, vestido de corteza, piel de tigre y cabello enmarañado, Kaikeyi alcanzará la felicidad de su mente. Aquel gran Ser que ha inspirado a Kaikeyi este modo de pensar y lo ha mantenido firme, no puedo ofenderlo. Partiré de aquí sin demora alguna. Considera, oh Lakshmana, al Destino como la única causa de esta transferencia del reino, aunque ya obtenido, y de mi destierro. Si el Destino no hubiera sido instrumento para producir esta determinación en Kaikeyi, ella no habría sido tan perseverante en infligirme miseria. Sabes, oh gentil Lakshmana, que nunca he hecho distinción alguna en mi mente entre mis madres, ni Kaikeyi hizo antes tal cosa entre yo y su hijo; por consiguiente, solo el Destino la ha hecho insistir en impedir mi instalación y en mi destierro con palabras duras y crueles; o si no, ¿por qué habría ella, hija de rey y poseedora de excelente temple y altas dotes, de decirme palabras dolorosas en presencia de su marido como una mujer ordinaria? Lo que está por encima de la comprensión es el Destino, y está más allá del poder de las criaturas evitar sus consecuencias; y evidentemente es por este Destino que han brotado este desvarío de Kaikeyi y mi pérdida del reino. ¿Qué hombre osa resistir, oh hijo de Sumitra, a este (terrible) Destino oculto a nuestra vista hasta que se lo conoce por las consecuencias de la acción? El Destino es la fuente primera de aquellas causas inconcebibles que ocurren con respecto a la felicidad, la miseria, el miedo y la ira, la ganancia y la pérdida, el nacimiento y la liberación. Videntes de gran austeridad, influidos por este Destino, sucumben al ataque de la ira y del deseo, renunciando a todas sus duras disciplinas. El impedimento en este mundo a la conclusión de obras emprendidas, y el surgimiento de un suceso imprevisto en su lugar, no es sino la acción de este Destino. Sometida la mente a disciplina por esta verdadera razón, no queda causa de pena por haberse detenido mi instalación. Aplaca, por tanto, tu pena y sígueme, e interrumpe pronto la reunión de los materiales para mi instalación. La ceremonia del baño, necesaria antes de tomar los votos de ascetismo, se celebrará, oh Lakshmana, con todas estas jarras llenas de agua traídas para mi instalación. O bien, ¿qué necesidad tengo de todos estos artículos de instalación? Agua sacada del pozo por mí mismo bastará para entrar en el voto de destierro. No te aflijas, oh Lakshmana, por la pérdida de este reino. Entre el reino y el destierro al bosque, el destierro está cargado de resultados gloriosos. Conoce ahora el poderoso poder del Destino y no culpes, por tanto, a mi madre menor ni a mi padre, que laboran bajo el influjo del Destino».
Section 23
Al ser así interpelado por Rama, Lakshmana, el poderoso héroe, bajando la cabeza con media renuencia, reflexionó por algún tiempo y, situado a medio camino entre la alegría y la pena, con el ceño fruncido entre las cejas, comenzó a sollozar con ardor y hondamente, como una serpiente airada en una cueva ajena. Nadie podía mirar su rostro, de terrible ceño, que parecía el de un león airado. Moviendo las extremidades de las manos como la trompa de un elefante, alterando de diversas maneras la altura del cuello sobre su figura, lanzando una mirada torcida, habló así a su hermano: «Para evitar la transgresión de la rectitud y la degradación de la gente (consecuencia de un mal ejemplo), estás ansioso de partir al bosque. Esta ansiedad tuya está ciertamente fuera de lugar. De no estar tú en el error, ¿cómo podría uno como tú, héroe entre los kshatriyas y capaz de vencer al Destino, hablar en un tono como el que conviene a un impotente? ¿Por qué ensalzas al Destino, que es impotente y débil? ¿Por qué razón no sospechas (injusticia) en esos dos (Dasaratha y Kaikeyi), entregados al vicio? ¿No entiendes que hay muchas personas que fingen piedad exteriormente (para engañar a los sencillos)? Con el deseo de desprenderse de ti con fraude, simulan piedad, que no es sino egoísmo. De no haberlo propuesto así, oh Raghava, las cosas no habrían tomado tal giro. Si esta historia de los votos es verdad, ¿por qué no fue declarada antes? Ciertamente el monarca se ha dedicado a una acción odiosa para el pueblo, a saber, la instalación de un hermano menor desatendiéndote a ti (el mayor). Te ruego, perdóname, oh gran héroe, no puedo tolerar todo esto. Aun esa llamada virtud la aborrezco, que, oh de alma elevada, te ha fascinado y hecho correr tu mente de un extremo a otro. ¿Por qué has de conformarte, siendo capaz de obrar, a estas impías y malditas palabras de tu padre, que está tristemente bajo el influjo de Kaikeyi? Aquí radica mi pena: que no admitas que esta perturbación de la instalación ha surgido del pretexto de conferir un don; tu idea de virtud es en verdad objeto de censura. La gente marcará con oprobio este tu abandono del reino para redimir los votos de tu padre. ¿Quién más, salvo tú, piensa siquiera en cumplir los deseos del monarca y de la reina Kaikeyi, que son de hábitos desenfrenados, siempre resueltos a nuestro daño y son nuestros enemigos conocidos con el nombre de padres? Aun si consideras que su poner obstáculos a tu instalación es la acción inevitable del Destino, te ruego que lo desatiendas; eso no me agrada. El que es trémulo, débil e impotente sigue la huella del Destino; no le hacen caso quienes son poderosos héroes y cuyo poderío es tenido en estima por la gente. El que puede evitar las consecuencias del Destino por la fuerza de su virilidad no pierde el ánimo ni cuando su interés es puesto en peligro por él. La gente presenciará hoy el poder del Destino y de la virilidad; este día aparecerá cuál de ellos es más poderoso. Quienes han presenciado antes el impedimento de tu instalación por la agencia maligna del Destino lo verán derrotado, este mismo día, por mi virilidad. Frustraré a ese Destino asaltante con mi poderío, como a un elefante terrible, libre de sus cadenas, que ha pasado el poder de contención de un aguijón e inflamado con el jugo que mana de sus sienes. Ni qué decir del padre: ni todos los protectores de las regiones ni la entera población de los tres mundos podrán presentar obstáculo alguno en el camino de la instalación de Rama. Aquellos que, a una voz, oh rey, han resuelto tu destierro al bosque, serán desterrados hoy por catorce años. Quemaré la esperanza de mi padre y de Kaikeyi de poner a Bharata en el trono impidiendo tu instalación. La influencia del destino no traerá a mis oponentes tanta felicidad como la miseria que les infligirá mi terrible poderío. Tú, retirándote al bosque tras gobernar al pueblo por mil años, tus hijos reanudarán la administración. Habitar en el bosque está permitido tras traspasar (el cargo de los súbditos a (las manos de) los hijos), como hicieron los rajarshis de antaño. Si el monarca cambia de idea, el reino será transferido a otras manos: ¿quieres tú, temiendo esto, marchar como desterrado al bosque? ¿Y es por esto, oh Rama, de alma virtuosa, que no deseas tener el reino para ti? Te prometo, oh gran héroe, que protegeré tu reino como la orilla que protege al mar, o de lo contrario no alcanzaré la región de los héroes. Celebra los ritos de instalación con las cosas necesarias para la bendición; ocúpate en estos asuntos; yo solo podré por la fuerza frustrar la oposición de los reyes. Estas manos mías no están destinadas a realzar la belleza de mi cuerpo; este arco no es solo un ornamento, esta espada no es para atar leña, y estas flechas no son para cargar el peso de la leña; estas cuatro cosas mías son para matar a los enemigos. Nunca deseo no cortar en pedazos con espadas de afilado filo, brillantes como el relámpago, a aquellos a quienes considero mis enemigos, aunque sean temibles como Indra, el portador del rayo. Cubriré espeso el campo de batalla y lo haré intransitable cortando las trompas de los elefantes, los muslos de los caballos y las cabezas de la infantería. Decapitados por mis espadas semejantes al fuego llameante y embadurnados de sangre, semejantes a las nubes con relámpagos, mis enemigos caerán al suelo. ¿Quién hay, orgulloso de su propio poderío, que pueda resistirme cuando aparezca en el campo de batalla con arcos y protecciones de cuero para los dedos? Matando a uno con numerosas flechas, y a veces a muchos con una sola, clavaré saetas en los órganos vitales de hombres, caballos y elefantes. Hoy mostraré mi destreza en armas destruyendo la supremacía del monarca y estableciendo la tuya. Esa mano, que es apta para untar el sándalo, para llevar brazaletes, distribuir riqueza y mantener las relaciones, se ocupará hoy, oh Rama, en llevar a cabo su digna acción: la derrota de quienes quieren poner obstáculos en el camino de tu instalación. Dime ahora, ¿a cuál de tus enemigos he de privar de riqueza, vida y parientes? Soy tu servidor: dame instrucciones para que toda la tierra sea sometida a ti». Aquel descendiente de Raghu, enjugando las lágrimas de los ojos de Lakshmana y consolándolo repetidamente, le habló diciendo: «Oh gentil, he pensado que el mejor camino en todo caso es que me atenga a las órdenes de mi padre».
Section 24
Viendo a Rama resuelto a cumplir los mandatos de su padre, Kausalya, con la voz ahogada por el vapor nacido de las lágrimas, le dijo las siguientes piadosas palabras: «¿Cómo vivirá este de alma virtuosa, amado del pueblo y que nunca ha experimentado antes la desgracia, de granos espigados, él que nació de mí para Dasaratha? ¿Cómo vivirá ese Rama de frutos y raíces, cuyos sirvientes y servidores comen arroz bien cocinado? ¿Quién creerá, o creyendo quién no se asustará, que este sumamente cumplido descendiente de Kakutstha, favorito del rey, va a ser desterrado? Ciertamente el Destino, que corona o aflige a la gente con felicidad o miseria, es el agente más poderoso del mundo; o si no, ¿por qué habrías tú, oh agradable Rama, de marchar como desterrado al bosque? Este gran e incomparable fuego de pena que sale de mi mente, avivado por el viento de tu ausencia, aumentado por los combustibles de la lamentación y el dolor, encendido por duros sollozos, recibiendo las oblaciones de las lágrimas, vomitando el humo del vapor nacido de pensamientos ansiosos, resultado de contar los días de tu regreso, me consumirá, dejándome muy flaca, privada de tu presencia, como el fuego quema la hierba seca en verano. Como una vaca que sigue a su cría te seguiré yo, oh querido mío, adondequiera que vayas». Al oír estas palabras de su madre, Rama, aquel mejor de los hombres, dijo las siguientes palabras a ella, que estaba muy turbada de pena: «El monarca ha sido engañado por Kaikeyi; yéndome yo al bosque, ciertamente renunciará a su vida si es abandonado de nuevo por usted. No hay nada más cruel para las mujeres que el abandono de sus maridos; no le corresponde, por tanto, pensar siquiera en esta acción oprobiosa. Sirva usted a este descendiente de Kakutstha, mi padre y señor de la tierra, mientras viva; sepa que esta es la virtud eterna».
Así interpelada por Rama, Kausalya, de aspecto auspicioso, muy complacida, le habló a él, el que aleja sus penas: «Así es en verdad». Rama, el primero entre los hombres religiosos, al ser así hablado, dijo de nuevo a su madre, que estaba muy turbada de pena, en el siguiente tenor: «Es apropiado tanto para usted como para mí cumplir las palabras del padre: él es su esposo, y mi mejor preceptor y el señor y amo de todo el pueblo. Con gran placer me atendré a sus palabras tras pasar estos nueve y cinco años en el gran bosque». Así interpelada, Kausalya, con gran afecto por su hijo, sumamente dolida y con los ojos llenos de lágrimas, habló a su amado hijo con las siguientes palabras: «Oh Rama, no podré vivir entre estas coesposas, si estás resuelto a ir al bosque para cumplir el mandato de tu padre; llévame contigo, oh Kakutstha, como a una cierva salvaje». Rama, reprimiendo su sentimiento, habló así a su madre, que se lamentaba: «El esposo es la deidad y el amo de la esposa mientras ella vive; así, el monarca, siendo el señor, puede disponer de usted y de mí como le plazca. Viviendo ese altamente inteligente señor de los hombres, no debemos considerarnos sin amo. Bharata es también piadoso y amado de todo el pueblo en el habla; atento a la práctica de los servicios religiosos, la atenderá siempre. Cuide ahora usted de que, a mi retirada, el monarca no se consuma por las punzadas de mi separación, y de que esta terrible pena no lo mate. Vele usted siempre por el bienestar del viejo rey. La mujer que no sirve a su esposo, ocupada en excelentes ritos religiosos y ayunos, vivirá miserablemente en la vida venidera; y una mujer llega a la excelente morada de los celestiales sirviendo a su esposo. Aun quienes no adoran ni se inclinan ante los celestiales deben servir solo a sus esposos, atentas a su bienestar. Tal es la virtud que debe ser siempre seguida por las mujeres según los Vedas y los smritis. Engañe usted el tiempo, oh venerable, esperando mi regreso, adorando a los celestiales con flores y oblaciones al fuego y sirviendo bien a los brahmanes. Dedicada a la disciplina y al ayuno y devota del servicio de su esposo, alcanzará su mejor deseo a mi regreso, si este primero de los hombres piadosos vive entonces». Así interpelada por Rama, Kausalya, angustiada ante el pensamiento de separarse de su hijo, le habló con lágrimas en los ojos con las siguientes palabras: «¡Oh querido mío! Está fuera de mi poder disuadirte de tu firme resolución de ir al bosque; es imposible evitar esta hora de separación. Ve tú, hijo mío, con corazón sincero; que te vaya bien; mi ansiedad se disipará a tu regreso. Alcanzaré entonces gran felicidad, cuando tú, oh grande, regreses tras satisfacer tus votos y quedar libre de deudas con tu padre. Incomprensible es la acción del Destino en este mundo, oh hijo mío, pues te arrastra al bosque, oh Raghava, desatendiendo mi ruego. Parte ahora, oh poderoso héroe, y vuelve en paz, y consuélame con tiernas palabras que alivien el alma. Oh querido mío, ¿llegará alguna vez ese día en que te vea volver del bosque, vestido de corteza y cabello enmarañado?». Con gran fervor, la venerable comenzó a mirar a Rama, resuelto a marchar como desterrado al bosque, y le dijo palabras auspiciosas y se puso deseosa de celebrar ceremonias de bendición.
Section 25
Kausalya, reprimiendo su pena y tocando agua sagrada, comenzó a celebrar ceremonias auspiciosas por Rama, y le habló diciendo: «Parte ahora, oh el mejor entre los descendientes de Raghu, pues no puedo disuadirte, pero vuelve pronto y sigue las huellas de los grandes. Que esa virtud, oh el mejor de los Raghavas, te proteja, la que has seguido con gozo y autodisciplina. Que las deidades a las que adoras cada día en el templo, junto con los Maharshis, te protejan en el bosque. Que aquellas armas conferidas a ti por el gran Visvamitra te protejan siempre, dotadas de buenas cualidades. Vive tú, el de manos poderosas, para siempre, protegido por la verdad y el mérito de tus continuos servicios a tu padre y a tus madres. Que la leña sagrada, la hierba sacrificial, los altares santificados y los patios, el suelo sagrado de los brahmanes mendicantes, las montañas, los árboles grandes y pequeños, los lagos, las aves, las serpientes y los leones te protejan. Oh el mejor de los hombres, que Sadhya, Visvadeva, Maruta, los grandes ascetas, el sustentador y el preservador de la creación Pushan, Bhaga, Aryaman, los lokapalas, encabezados por Indra y otros, las seis estaciones, los meses, el día, la noche, los momentos, los srutis, los smritis y la virtud te protejan, oh hijo mío, por todos lados. Que el gran dios Skanda, Soma, Brihaspati, Saptarshi, Narada, la Luna y otros ascetas te protejan. Que las regiones circundantes con sus señores, complacidas con mi elogio, te protejan, oh hijo mío, siempre en el bosque. Cuando partas al bosque, que las montañas, los océanos, Varuna, el cielo, el firmamento, la tierra, el aire, las cosas móviles e inmóviles, los planetas y las estrellas con sus deidades regentes, el día, la noche y el atardecer te protejan. Que las seis estaciones, los meses, los años y todas las divisiones del tiempo te confieran siempre placer, cuando tú, de gran inteligencia, vagues por el bosque en atuendo de asceta. Que los dioses y los demonios sirvan siempre a tu felicidad, y que no te alcance el temor, oh hijo mío, de los terribles rakshasas y pisachas resueltos a cometer obras crueles, y de otros animales que viven de carne. Que los monos, escorpiones, mosquitos salvajes, reptiles e insectos no te hagan daño; que no te hieran los elefantes, tigres, osos de terrible aspecto, jabalíes, búfalos y otros animales de cuernos. Venerados por mí desde aquí, que las feroces razas caníbales de toda clase no te causen daño. Que tu curso sea coronado de buen augurio y tus poderes de éxito. Parte tú, oh hijo mío, al bosque, abundantemente provisto de frutos, raíces y otras cosas. Que todas las criaturas del cielo, todos los que respiran en esta Tierra y todas las deidades que te son hostiles contribuyan a tu bienestar. Que Sukra Soma, el Sol, el señor de la riqueza y la Muerte te protejan, oh Rama, que te acoges al bosque de Dandaka. Que el fuego, el aire, el humo y los mantras pronunciados por los rishis te protejan, oh descendiente de Raghu, a la hora de tu baño. Que el señor de la creación, los rishis y todas las demás deidades te defiendan cuando moras en el bosque».
Aquella mejor de las mujeres, Kausalya, de gran renombre y ojos amplios, tras propiciar a los celestiales con guirnaldas, olores fragantes y alabanzas, comenzó a ofrecer oblaciones al fuego con ayuda de eminentes brahmanes por el bienestar de Rama, reuniendo para ello mantequilla clarificada, guirnaldas blancas, higueras religiosas y semillas de mostaza blanca. El preceptor espiritual, tras ofrecer oblaciones al fuego con los debidos ritos por su paz y salud, presentando lo que entonces sobraba como ofrendas a los señores de los cuatro puntos cardinales y otros, y dando a los brahmanes un plato de cuajada, ghee y miel, les hizo pronunciar oraciones de bendición por Rama, que se iba al bosque. Luego aquella renombrada madre de Rama, tras conferir a los brahmanes dakshinas conforme a sus deseos, se dirigió a Raghava con las siguientes palabras: «Que te corone aquella bendición que alcanzó Indra, el de mil ojos, honrado por todas las deidades en ocasión de matar al poderoso asura Vritra. Que te acompañe aquella bendición que fue invocada antaño por Vinata para Garuda, el rey de las aves, rogando por el néctar. Alcanza tú aquella bienaventuranza que Aditi imploró en favor del portador del rayo resuelto a la derrota de los gigantes cuando se removía el océano por el néctar. Que te acompañe aquella prosperidad, oh Rama, que coronó al poderoso Vishnu mientras recorría con sus tres pasos el cielo, la tierra y las regiones como enano. Que los rishis, los grandes océanos, las islas, los tres mundos, los Vedas, las regiones, presten su fuerza para el avance de tu bienestar». Diciendo esto, Kausalya, la primera de todas las mujeres, de ojos amplios, puso los granos sobre la cabeza de Rama; roció su cuerpo con sustancias fragantes y ató a sus manos, como amuleto, ramitas de plantas auspiciosas como la visalyakarani, con debida repetición mental de mantras. Aquella excelente de alto renombre, abrazando a Rama y oliéndole la cabeza, con la voz ahogada, como si estuviera toda complacida aunque en realidad puesta bajo el influjo de una terrible angustia, pronunció mantras y le habló así: «Oh hijo mío, oh Rama, que se logren tus deseos; y ve adonde quieras. Te veré, oh querido mío, con gran deleite, cuando tú, regresando a Ayodhya en excelente salud y con todos tus fines satisfechos, reanudes la administración de tu reino. Yo, con las penas disipadas y el rostro resplandeciente de gozo, te veré venir del bosque como el ascenso de la luna llena. Continuamente contemplaré tu buena persona, oh hijo mío, sentado en un asiento auspicioso y volviendo del bosque tras cumplir los mandatos de tu padre. Que, volviendo del bosque y vestido de ropas y ornamentos reales, satisfagas los deseos de mi nuera. He adorado a las deidades encabezadas por Siva y otras, a los grandes ascetas, a los genios y a las serpientes; que todos ellos y los cuatro puntos cardinales, oh Raghava, contribuyan a tu bienestar, a ti que te vas al bosque por largo tiempo». Kausalya, con los ojos llenos de lágrimas y celebrando las ceremonias de bendición con los debidos ritos, rodeó a Raghava con solemnidad y, viéndolo una y otra vez, suspiró con ardor y hondamente. Rodeado así por su madre, Raghava, de gran fama y resplandeciente del esplendor de la belleza, se encaminó hacia la morada de Sita, tras inclinarse repetidamente a los pies de su madre.
Section 26
Rama, resuelto a partir al bosque y caminando por sendas piadosas, tras saludar debidamente a Kausalya y embellecer el camino real, atestado de gente, cautivó sus corazones con sus elevadas dotes. Vaidehi, siempre ocupada en ritos ascéticos, no oyó nada de todos estos asuntos; en su corazón solo estaba el pensamiento de la instalación de Rama. Aquella hija de rey, tras ofrecer su servicio a las deidades conforme a los debidos ritos reales, aguardaba con ansia la llegada de Rama con corazón agradecido y complacido. Entró Rama en aquella hermosa morada, excelentemente provista y llena de gente sumamente deleitada, con la cabeza un poco inclinada de vergüenza. Sita, al ver a su esposo, atormentado de pena y turbado en la mente por la ansiedad, se levantó temblando de su asiento. Al verla, aquel Raghava de alma virtuosa no pudo soportar su pena interior, que se manifestaba en señales externas. Hallándolo con el rostro pálido y sudoroso, e incapaz de contener la pena dentro, Sita, sumamente angustiada de pesar, le habló, diciendo: «Oh mi señor, ¿por qué percibo tal cambio en usted? Hoy la constelación Pushya está en conjunción con la luna, y el planeta Brihaspati preside esta conjunción; este día ha sido declarado el más auspicioso por los doctos brahmanes; ¿por qué entonces alberga usted tal pena en su mente? ¿Por qué no ha sido colocado su encantador rostro bajo la sombra de un parasol de cien varillas y blanco como espuma de agua? ¿Por qué no lo abanican los sirvientes, a usted de ojos semejantes a pétalos de loto, con abanicos de cola de yak blancos como la luna o un ganso? No lo veo, oh mejor de los hombres, elogiado con cantos auspiciosos por los panegiristas, encomiastas y bardos de la familia. ¿Por qué no rocían los brahmanes, versados en los Vedas, observando los ritos formales, miel y cuajada sobre su cabeza, tras lavarla debidamente? ¿Por qué no están vestidos y adornados sus súbditos, ciudadanos, gente de la ciudad y miembros principales de la sociedad, dispuestos a seguirlo? ¿Por qué no va delante de usted aquel excelente carro de recreo, con cuatro corceles veloces, adornado con ornamentos de oro atados a él? ¿Por qué no lo precede, oh gran héroe, aquel excelente elefante, dotado de signos auspiciosos y semejante a una masa de nubes oscuras y a un poderoso monte? ¿Por qué no corren delante de usted los sirvientes, oh poderoso héroe, con un hermoso asiento real bordado en oro? ¿Por qué percibo su rostro tan pálido como nunca antes visto, y por qué no hay en él señal de alegría, cuando todo para su instalación ha sido dispuesto?». Entonces el descendiente de Raghu habló así a aquella Sita que lloraba: «Oh Sita, oh tú, nacida de gran familia, versada en el conocimiento de la religión y atenta a la práctica de los ritos religiosos, ¡mi padre me ha desterrado al bosque! Oye, oh hija de Janaka, cómo me ha sobrevenido esta calamidad. En los días de antaño mi padre, el rey Dasaratha, de votos veraces, concedió a mi madre Kaikeyi dos dones. Cuando todo fue dispuesto por mi padre para mi instalación, Kaikeyi le recordó su promesa y lo ganó por su rectitud. Viviré en el bosque de Dandaka durante catorce años y Bharata será instalado por mi padre como heredero del trono. Y yo, obligado a marchar como desterrado al bosque, vengo aquí a verte; no me alabes nunca ante Bharata. Quienes están coronados de prosperidad no pueden soportar el elogio ajeno; por tanto, no te corresponde ensalzar mis virtudes en presencia de Bharata. No debes ensalzarme ni siquiera en compañía de tus amigas; entonces podrás vivir con Bharata como favorable a su bando. El monarca le ha concedido este perdurable título de heredero; por tanto, es propio de ti, oh Sita, complacerlo especialmente, pues él es ahora el rey. Hoy partiré al bosque para redimir los votos de mi padre; tú, oh de mente elevada, vive aquí con la mente sin perturbación. Tú, oh sin pecado y auspiciosa, vive aquí ocupada en ritos religiosos y ayunos, cuando yo emprenda mi camino al bosque habitado por los grandes ascetas. Levantándote temprano del lecho por la mañana, adora cada día a las deidades y luego inclínate a los pies de mi padre Dasaratha, el señor de los hombres. Mi madre Kausalya es anciana y está muy abrumada de pena; muéstrale el debido respeto, considerándolo una obra piadosa. Debes inclinarte luego ante mis otras madres, que todas me atienden con igual amor y afecto. Debes estimar especialmente a Bharata y Satrughna como a hijos o hermanos tuyos, que me son más queridos que mi vida misma. No debes hacer, oh Vaidehi, nada que pueda ser desagradable a Bharata, pues él es el rey de la tierra y también del linaje.
«Los monarcas se aplacan siempre cuando se los sirve con asiduidad y buen carácter; se ofenden cuando ocurre algo contrario. Renuncian aun a su propio hijo, nacido de sus entrañas, cuando lo hallan causando su perjuicio, y admiten en su favor a personas devotas de su bienestar, sin parentesco alguno. Te corresponde, pues, oh auspiciosa, vivir aquí, atenida a las órdenes de Bharata y ocupada en ritos religiosos y votos veraces. Me voy al bosque, oh querida mía, y tú vivirás aquí. Oh excelente dama, atente a mi palabra, como nunca la has falseado antes».
Section 27
Así interpelada, Vaidehi, la amada de dulce habla, dijo a su esposo las siguientes palabras, como ofendida a causa de su gran afecto: «¿Es que me habla usted así, creyéndome, sin duda, de mente ruin? No puedo sino reír de sus palabras, oh mejor de los hombres; lo que ha dicho no es propio de un poderoso príncipe versado en artes militares y es en verdad sumamente oprobioso e infamante. Más aún, no es propio ni siquiera oírlo. Oh querido esposo, padre, madre, hijo, hermano, nuera, todos ellos se atienen a las consecuencias de sus propios actos; solo la esposa, oh mejor de los hombres, comparte la suerte de su marido; por eso se me ha ordenado vivir siempre con usted en el bosque. Ni el padre, ni la madre, ni el hijo, ni los amigos, ni ella misma es el sostén de una mujer en esta vida ni en la venidera: solo el marido es su único apoyo. Si usted parte hoy al bosque inexpugnable, iré yo delante de usted, oh Raghava, pisando las espinas y la hierba punzante. Lléveme usted consigo con confianza, oh gran héroe, renunciando a los celos y a la indignación, como el agua que queda tras beber; no hay en mí pecado que justifique el abandono. Para la mujer es preferible en todas las circunstancias la sombra de los pies de su esposo a las azoteas de un palacio, al carro celestial o a la excursión por la senda aérea. Mi padre y mi madre me enseñaron a seguir a mi esposo en todas las condiciones de la vida; y cumpliré ahora lo que se me ha enseñado; no me atendré a ningún otro consejo. Emprenderé mi camino al bosque intransitable, desprovisto de hombres, habitado por diversos ciervos, tigres y otros animales voraces. Viviré allí felizmente como en la casa de mi padre, sin dar pensamiento a la prosperidad de los tres mundos, pensando solo en los servicios que han de rendirse a mi esposo. Jugaré con usted, oh gran héroe, en aquel bosque impregnado de la fragancia de las flores, atendiéndolo constantemente, con los sentidos sometidos y ocupada en prácticas austeras. Oh gran héroe, usted es capaz de mantener a muchos miles de otros en el bosque; cuánto más a mí. Sin duda iré hoy al bosque con usted; de ello no hay duda, y usted no podrá, oh gran héroe, disuadirme de hacerlo. Sin duda viviré siempre de raíces y frutos; viviendo siempre con usted no causaré su aflicción. Siempre iré delante de usted al caminar, y tomaré mi comida después de que usted haya tomado la suya. Estoy dispuesta a ver montañas, arroyos, lagos y estanques. Sin temor en su compañía, oh mi inteligente esposo y gran héroe, contemplaré por todos lados estanques llenos de gansos salvajes y patos y embellecidos con una colección de lotos en plena flor, y me bañaré allí cada día, siguiendo con usted el mismo voto. Y muy complacida, oh usted de ojos amplios, me deleitaré allí con usted, de esta manera, aun por cien o mil años. Nunca experimentaré el revés de la fortuna, puesto que no me agrada vivir en la morada de los celestiales, oh Raghava, si he de habitar allí sin usted; no, no me place, oh mejor de los hombres. Iré a aquel denso bosque lleno de ciervos, monos y elefantes y viviré allí como bajo el techo de mi padre, adherida a sus pies y atenta a su placer. Acepte usted mi súplica, de quien tiene el corazón enteramente suyo, no conoce a otro y está siempre apegada a usted, y que está resuelta a morir si es abandonada por usted; así, al marchar, no seré de ninguna manera una carga para usted». Aquel mejor de los hombres, reacio a llevar consigo a Sita, que había hablado así y estaba muy apegada a la virtud, le relató las muchas miserias consiguientes a vivir en el bosque, con el fin de impedir que lo siguiera.
Section 28
Aquel amante de la virtud, pensando en las miserias del bosque, resolvió no llevar consigo a Sita, que era versada en saberes religiosos y había hablado así. Y consolándola a ella, cuyos ojos estaban manchados de lágrimas, aquel de alma virtuosa le dijo las siguientes palabras con el fin de impedir que fuera: «Oh Sita, tú naciste de una ilustre familia y estás siempre atenta a la práctica de las obras religiosas; practica aquí la virtud de modo que conduzca a la felicidad de mi mente. Oh Sita, oh tú del sexo más débil, actúa conforme a mis consejos; hay males de sobra en el bosque, apréndelos de mí, que estoy a punto de morar en él. Renuncia, pues, oh Sita, a tu intención de marchar como desterrada al bosque, que por su impenetrabilidad se dice que abunda en males. Por tu bienestar pronuncio estas palabras; felicidad no hay ninguna, siempre está cubierto de miserias. Los rugidos de los leones que viven en las cuevas de las montañas, acrecentados por el sonido de las cascadas, producen una impresión muy dolorosa en los oídos; así el bosque está lleno de miseria. Los animales, todos enloquecidos, que juegan en soledad, al ver (a un hombre), se acercan para atacarlo; así el bosque está lleno de miseria. Los ríos están llenos de cocodrilos, tiburones y otros animales temibles, fangosos e intransitables y siempre infestados de elefantes enfurecidos; el bosque está lleno de miseria. Allí los caminos están cubiertos de enredaderas y espinas: carecen de agua potable y resuenan siempre con el ruido de las aves salvajes; así el bosque está lleno de miseria. Agotados por la fatiga del día, los moradores del bosque tienen que dormir de noche en un lecho hecho de hojas caídas de los árboles sobre la superficie del suelo; así el bosque está lleno de miseria. Con el (suministro de) frutos caídos de los árboles debe contentarse el hombre de autodisciplina mañana y tarde; así el bosque, oh Sita, está lleno de miseria. Hay que ayunar, oh Maithili, según las propias fuerzas, llevar cabello enmarañado y corteza, adorar a las deidades y a los antepasados según los debidos ritos, servir cada día a los huéspedes que llegan, y, observando las reglas del ascetismo, bañarse cada día tres veces, a saber, por la mañana, al mediodía y al atardecer; así el bosque está lleno de miseria. Hay que ofrecer presentes de flores recogidas por uno mismo en los altares, oh Sita, conforme a los ritos de los ascetas; así el bosque está lleno de miseria. Quienes moran en el bosque tendrán que permanecer contentos, habiendo practicado la moderación en la comida, oh Maithili, con cualquier comestible que se halle en el bosque; así el bosque está lleno de miseria. Hay siempre vientos violentos, oscuridad, hambre y gran temor; así el bosque está lleno de miseria. Reptiles, muchos y de diversas clases, se arrastran allí por el camino, oh excelente dama, con arrogancia; así el bosque está lleno de miseria. Y serpientes que viven en los ríos y de curso tortuoso como ellos, acechan siempre a los caminantes, estorbando a los transeúntes: así el bosque está lleno de miseria. Aves, escorpiones, insectos, mosquitos y jejenes salvajes molestan siempre a los moradores, oh bella del sexo más débil; así el bosque está lleno de miseria. Hay árboles llenos de espinas, con las ramas moviéndose de un lado a otro, y las hierbas kusa y kasa de hojas espinosas ondulando constantemente; así el bosque está lleno de miseria. Hay diversas aflicciones físicas y diversos temores y gran miseria consiguientes a vivir en el bosque. Han de renunciarse la ira y los deseos, el corazón ha de fijarse en las austeridades ascéticas, el temor en los objetos temibles ha de desecharse; así el bosque está lleno de miseria. No debes, pues, ir al bosque: no presagia bien para ti. Tras sopesarlo bien, he concluido que el bosque abunda en innumerables males». Mientras el de alma elevada Rama, resuelto así a no llevar a Sita consigo al bosque, ella, muy afligida, no aceptó sus palabras y le habló de la siguiente manera.
Section 29
Al oír estas palabras de Rama, Sita, muy afligida, con lágrimas en los ojos, le habló suavemente con las siguientes palabras: «Los males de vivir en el bosque enumerados así por usted, sepa que me parecen otras tantas buenas cualidades, a mí, que he sido hecha audaz por su afecto. Ciervos, leones, elefantes, tigres, saravas, chamaras, srimaras y otros animales que no lo han visto antes, al verlo a usted, Raghava, se apartarán, pues todos le temen. Lo seguiré, tomando el permiso de los respetados; sin usted, oh Rama, renunciaré a mi vida. Si vivo junto a usted, oh Raghava, Sakra, el señor de los celestiales, no podrá con su gran poder derrotarme. “Una mujer sin su esposo no puede vivir”: esta verdad me ha sido señalada por usted, oh Rama. Además, oí antes, oh usted de gran inteligencia, en la casa de mi padre, de los brahmanes, que viviría en el bosque. He oído esto de los brahmanes versados en quiromancia, y he estado ansiosa desde siempre, oh poderoso héroe, de ir al bosque; por tanto, obtendré permiso y, oh queridísimo, iré con usted al bosque; nada puede hacerlo de otro modo. Obtendré permiso y lo seguiré; ha llegado el momento; ¡que los brahmanes hayan hablado verdad! Sé, oh gran héroe, que hay muchos males inherentes a vivir en el bosque; pero por lo general recaen en aquellos hombres que no tienen sometidos los sentidos. Oí, cuando era niña, que una mujer asceta de carácter bien disciplinado vino a mi madre y le anunció mi futura morada en el bosque. Le había pedido a usted, oh mi señor, muchas veces antes en esta casa que me llevara con usted al bosque para disfrutar, y a usted le plugo aceptar. Por su bienestar, oh Raghava, habiendo recibido su permiso para seguirlo, deseo servirlo, oh gran héroe, mientras viva en el bosque.
«Oh usted, de corazón puro, sin duda quedaré sin pecado si sigo a mi esposo por afecto, pues mi esposo es mi Divinidad. He oído de los brahmanes de gran fama este piadoso informe: que aun en la vida venidera su compañía me es sumamente beneficiosa. Aquella a quien su padre ha dado por esposa a un hombre, con los debidos ritos de donación propios de cada clase, tocando agua sagrada, será de él aun en su vida venidera. ¿Por qué razón entonces no desea usted llevar consigo a su esposa, que es de buen carácter y devota de su marido? Lléveme usted, oh Kakutstha, que soy pobre de espíritu, devota de mi esposo, siempre entregada a su servicio y partícipe por igual de su gozo y pena. Si no se propone usted llevarme consigo, ciertamente pondré fin a mi vida bebiendo veneno, entrando en el fuego o ahogándome en el agua». Rogó a Rama con estos y otros diversos medios que la llevara con él, pero aquel poderoso héroe no consintió en conducirla al solitario bosque. Así abordada, Maithili quedó absorta en pensamientos y se bañó el pecho con las lágrimas que le corrían de los ojos. Y Kakutstha, dueño de sí mismo, con el fin de disuadirla a ella, que estaba airada y absorta en pensamientos angustiosos, comenzó a consolarla de diversas maneras.
Section 30
Así consolada por Rama, Maithili, la hija de Janaka, temiendo la separación, se rió con amor y altivez de Raghava, de amplio pecho, y le habló a él, su esposo, con las siguientes palabras con el fin de seguirlo al bosque: «¿Qué pensó de usted, oh Rama, mi padre, el rey de Mithila, al aceptarlo como yerno, a usted, que es hombre en forma pero (en obras) una mujer? De ahora en adelante, si la gente por ignorancia dice que el sol no tiene esa ardiente inundación de luz que en Rama resplandece, ¡ay de ellos!, es falsedad. ¿Por qué está usted tan abatido y de dónde procede su temor, que está dispuesto a dejar atrás a su esposa, que no tiene a nadie sino a usted? Sepa que estoy perfectamente bajo su influencia, como Savitri siguiendo a su esposo Satyavan, el hijo de Dyumatsena. No he pensado nunca en mi vida, como quien trae estigma a su linaje, en una segunda persona, sino en usted, a quien debo seguir al bosque. ¿Desea usted, como un actor ordinario, entregarme a otros, a mí, que soy casta, pura como una virgen y largamente sostenida en afecto conyugal? Oh sin pecado, hágase usted sumiso y servicial para aquel cuyo placer me manda buscar y por quien ha permitido que se le impidiera (en la instalación). No le corresponde partir al bosque sin llevarme con usted. Sea la austeridad de un asceta, el bosque o el cielo, con usted estaré en todas partes. Ninguna fatiga sufriré en el camino, como si yaciera en un lecho de lujo, siguiéndolo en sus huellas. Estando con usted, las diversas hierbas espinosas, la kusa, la kasa, la sara y la ishika, y los cardos y zarzas del camino, me serán al tacto como lino y piel de ciervo. El polvo que me cubra, levantado por el empuje del viento, será considerado por mí, oh cautivador de mi corazón, como el más fino polvo de sándalo. Cuando yo me acueste en el lecho de hierba verde en el bosque, me parecerá más agradable que uno cubierto con una manta de colores. Frutos, raíces y hojas que usted mismo traerá y me dará, sean muchos o pocos, serán para mí como el jugo de ambrosía. Nunca pensaré en mi padre, mi madre ni mi morada; disfrutaré de frutos y flores que crecen en diversas estaciones. Usted no presenciará allí nada desagradable; por mí no experimentará pena alguna, ni seré una carga para usted; lléveme usted consigo, oh Rama, concibiendo con placer que su compañía es un cielo para mí y su ausencia un infierno. Si no me lleva usted al bosque, que cuento libre de todo mal, ciertamente beberé veneno y no caeré nunca bajo el influjo de mis enemigos. Cuando por la aflicción no pueda vivir tras la separación, mejor es, oh Señor, que muera inmediatamente en el momento de ser abandonada por usted; no puedo soportar esta pena ni por un instante. ¿Cómo podré vivir sin usted por catorce años?».
Así lamentándose, Sita, atormentada de pena, abrazó a su esposo y comenzó a llorar en voz alta. Como una elefanta herida por las saetas envenenadas de las palabras de Rama, comenzó a derramar las lágrimas largo tiempo contenidas, como la madera arani emite fuego continuamente. Las lágrimas causadas por su pena, blancas como el cristal, comenzaron a correr de sus ojos, como agua que cae en gotas de pétalos de loto. Y aquel hermoso rostro de ojos amplios, semejante a la luna llena en su esplendor, con las lágrimas se puso pálido y reseco, como un loto sacado de su lecho de agua. Hallándola casi insensible de pena, Rama le echó los brazos alrededor y, reanimándola (con consuelo), le dijo las siguientes palabras: «No anhelo, oh venerable, ni siquiera la morada de los celestiales ganada a costa de tu aflicción: no hay para mí temor, como no lo hay para Brahma, el nacido de sí mismo. Sin estar enterado de tu plena intención, oh tú, de hermoso semblante, no pude, aunque capaz de escoltarte, desear tu estancia en el bosque. Cuando tú estás determinada, oh Maithili, a ir al bosque conmigo, no puedo dejarte atrás, como quien posee conocimiento de sí no puede renunciar a la munificencia. Oh tú, de muslos semejantes a trompas de elefante, recurriré a aquella virtud que ejercitaron los grandes y buenos hombres que nos precedieron; sígueme, pues, como Suvarchala sigue al Sol. No puedo sino ir al bosque, oh hija de Janaka; la palabra veraz de mi padre me lleva a ello. La obediencia a los padres es la virtud de un hijo. Desobedeciendo el mandato de mi padre no estoy ansioso de vivir. ¿Por qué habríamos de adorar con meditaciones y adoraciones al Destino, que no es cognoscible para los adoradores, descuidando a nuestros padres, que están siempre presentes ante nuestros sentidos? En el culto a los padres se cumple el triple objeto de la búsqueda religiosa y la adoración de las tres regiones; no hay nada igual a él, que conduzca a la pureza; así recurro yo a él, oh tú, de excelente aspecto.
«La verdad, la limosna, el honor y los sacrificios con profusos dones no fortalecen tanto (en la vida venidera) como los servicios rendidos a los padres. Cielo, riqueza, granos, saber, hijo y felicidad: nada nos queda inaccesible. Las grandes almas que siguen los deseos y se dedican al servicio de sus padres alcanzan las moradas de los celestiales, de los gandharvas, las sedes de Brahma y Vishnu, y otras excelentes regiones. Por eso deseo seguir lo que mi padre me manda, andando por la senda de la verdad; y esta es la virtud eterna. Mi resolución de no llevarte, Sita, al bosque de Dandaka queda ahora rota, pues te has dispuesto a vivir en el bosque y seguirme. Con mi permiso, oh bella de exquisita belleza, para ir al bosque, sígueme, oh tímida, y compañera de mi rectitud. Tu determinación de seguirme, oh hermosa, es muy excelente y está en perfecta consonancia conmigo y con mi familia. Prepárate a partir al bosque, pues sin esto ni siquiera el cielo mismo me place ahora. Da joyas a los brahmanes y comestibles a los mendigos que los anhelan, y date prisa sin demora. Confiere a los brahmanes valiosos ornamentos, excelentes vestidos, agradables juguetes, lechos, vehículos y otras cosas finas que posees, y luego distribuye entre los sirvientes lo que quede». Convencida de que su marido deseaba que fuese al bosque, Sita comenzó a distribuirlos de prisa con corazón deleitado.
Section 31
Al oír esta conversación, Lakshmana, que había ido allí antes, con lágrimas en los ojos e incapaz de soportar esta terrible pena, tomó los pies de su hermano y habló así a la renombrada Sita y a Raghava: «Si estás resuelto a partir al bosque lleno de ciervos y elefantes, te acompañaré, yendo siempre delante con el arco en las manos. Tú vagarás conmigo por aquella encantadora parte del bosque que resuena con la música de las aves y el zumbido de las abejas. Alejado de ti no anhelo la morada de los celestiales, ni la vida eterna, ni la riqueza de las tres regiones». El hijo de Sumitra, que así hablaba y estaba determinado a ir al bosque, siendo repetidamente rogado por Rama con palabras de consuelo que desistiera de su propósito, le dijo las siguientes palabras: «Antes me ordenaste que te siguiera; ¿y por qué me impides ahora acompañarte al bosque? Quiero saber, oh sin pecado, por qué me impides ahora seguirte. Abrigo en esto una grave duda». Entonces el sumamente refulgente Rama habló así a aquel sereno Lakshmana, que estaba rogando ante él con las manos juntas: «Tú eres sereno, amante de la virtud, de temple apacible, y andas siempre por las sendas de la rectitud. Te tengo querido como mi vida y eres obediente conmigo y eres mi amigo. Si me acompañas al bosque, oh hijo de Sumitra, ¿quién servirá a Kausalya y a la renombrada Sumitra? Aquel sumamente refulgente señor de la tierra, que satisfará al mundo con el cumplimiento de sus deseos como la lluvia que se esparce en chubascos sobre la tierra, está ahora él mismo encadenado por deseos hacia Kaikeyi. Obteniendo esa hija de Asvapati este reino del monarca, no habrá fin a las miserias de estas coesposas. Alcanzando Bharata el trono y poniéndose del lado de su madre, Kaikeyi nunca pensará en Kausalya ni en Sumitra, sumamente angustiadas de pena. Vive, pues, aquí, oh hijo de Sumitra, por tu propia voluntad o por el favor del monarca, y mantén a estas venerables. Si obras así, será mostrar tu mejor estima por mí. Oh tú, versado en el conocimiento de la religión, la verdadera virtud consiste en la adoración de los superiores. Hazlo, oh hijo de Sumitra, por mí; si todos nos vamos dejándola a un lado, no será feliz de ninguna manera».
Así abordado por Rama, Lakshmana, bien versado en el habla, le dijo las siguientes humildes palabras: «Temiendo tu poder, oh héroe, Bharata adorará a Kausalya y a Sumitra; no hay duda de esto. Si ese perverso Bharata, obteniendo este excelente reino, no las mantiene ni cuida de ellas, impelido por la altivez y los malos impulsos, ciertamente lo mataré, a ese de mente perversa, aunque lo ayude toda la población de las tres regiones. Además, esa venerable Kausalya, que ha hecho concesiones de muchos millares de aldeas a sus sirvientes, puede mantener a millares de personas como nosotros, y tiene lo bastante para mantenerse a sí misma y a mi madre. Permíteme, por tanto, seguirte; no habrá quebranto de la virtud en esto, y yo veré logrados mis deseos y asegurados tus intereses. Iré delante de ti señalando tu camino, con arcos encordados, una azada y una cesta en las manos. Traeré para ti cada día diversas raíces y frutos y otras cosas que crecen en el bosque y que los ascetas usan en su sacrificio. Tú te divertirás con Vaidehi en las laderas del monte, y yo haré todo por ti, estés dormido o despierto».
Sumamente complacido con estas palabras, Rama le habló, diciendo: «Sígueme, oh hijo de Sumitra, obteniendo permiso de todos tus parientes. El de alma elevada Varuna mismo ofreció dos arcos de terrible aspecto, de temple etéreo, dos juegos de armas, en el gran sacrificio del real Janaka: a saber, cota impenetrable, dos carcajes, dos flechas inagotables y dos espadas bruñidas de oro y brillantes como el Sol. Estas cosas me fueron ofrecidas como regalos de boda, y las he guardado en la casa de mi preceptor. Tú, oh Lakshmana, rindiendo homenaje a mi preceptor, tomando todas esas armas, tráelas pronto aquí». Determinado a ir al bosque, Lakshmana, despidiéndose de sus amigos, fue a la morada del preceptor espiritual de los ikshvakus y tomó de él aquellas excelentes armas. Y aquel mejor de los príncipes, el hijo de Sumitra, mostró a Rama aquellas armas celestiales, veneradas y bien adornadas con guirnaldas. Viendo llegar allí a Lakshmana, Rama, dueño de sí mismo, muy complacido, le habló con las siguientes palabras: «Has llegado, oh Lakshmana, justo cuando te quería. Quiero distribuir contigo estas mis riquezas entre los brahmanes y los ascetas. Hay muchos excelentes brahmanes de firme reverencia hacia su preceptor. Quiero distribuir mi riqueza entre ellos y muchos otros personajes que dependen de mí para su sustento. Trae pronto aquí al venerable Suyajna, el hijo de Vasishtha; quiero partir al bosque tras adorarlo debidamente a él y a otros excelentes brahmanes».
Section 32
Recibiendo este grato y benéfico mandato de su hermano, Lakshmana fue pronto a la morada de Suyajna y, hallando a aquel vipra en la cámara donde se mantenía el fuego sacrificial, lo adoró y le dijo: «Amigo, ven y contempla la morada de aquel de arduas obras (Rama), que renuncia a su instalación inminente». Terminadas sus oraciones, Suyajna acompañó a Lakshmana y llegó a la espléndida mansión de Rama, llena de riquezas. Apenas Rama vio llegar allí a aquel brahmán versado en los Vedas (Suyajna), resplandeciente de fulgor como el fuego llameante, se levantó de su asiento junto con Sita, con las manos juntas, y lo recibió como si fuera el fuego sacrificial mismo, y le ofreció excelentes angadas de oro, pendientes brillantes, collares de joyas sujetos con cordones de oro, keyuras, brazaletes y otros diversos ornamentos, y le habló, por deseo de Sita, con las siguientes palabras: «¡Oh mi gentil amigo! Envía tú por algún sirviente a tu esposa este collar y hemasutra. Y Sita, la amiga de tu esposa, tiene también la intención de dar este rasana a tu esposa. Y en vísperas de su partida a los bosques, obsequia a ti y a tu esposa con angadas de primorosa hechura y elegantes keyuras. Y Vaidehi desea presentarte este fino lecho con su cobertor tachonado de diversas joyas preciosas. Y te ofrezco, oh gran asceta, con mil monedas de oro, este excelente elefante, llamado el destructor de enemigos, que me fue concedido por mi tío materno».
Así interpelado por Rama, Suyajna aceptó todas aquellas ofrendas y derramó bendiciones sobre Rama, Sita y Lakshmana. Entonces Rama habló a su amado, considerado y afable hermano, el hijo de Sumitra, con las siguientes gratas palabras, como Brahma que se dirige al Señor de los celestiales: «Oh hijo de Sumitra, invita a los excelentes brahmanes Agastya y Visvamitra, y adóralos, oh Raghava, confiriéndoles gemas, como la gente cuida el grano con agua. Y oh de brazos poderosos, venéralos, oh Raghava, con mil vacas, oro, plata y diversas joyas preciosas. Confiere a aquel buen brahmán, preceptor de la porción Taittiriya de los Vedas, que corona de bendiciones a Kausalya cada día, tela de seda, vehículos, criadas y otras cosas semejantes, hasta que el dos veces nacido quede satisfecho. Propicia al venerable Chitraratha, que es nuestro auriga y consejero y de edad avanzada, con joyas preciosas, vestidos, riqueza, con toda clase de bestias y mil vacas. Confiere a aquellos brahmanes, oh hijo de Sumitra, que viven bajo mi protección, estudiando la sección Katha del Veda Yajur, con bastones en las manos, una concesión de ochenta mulas cargadas de joyas, de mil millas de pinos y de mil vacas, para cuajada y mantequilla clarificada. Siempre están inactivos, constantemente ocupados en estudios védicos, y son muy perezosos aunque con gusto por la comida deliciosa, y son siempre estimados por los grandes hombres; a cada uno de todos esos brahmanes, que siempre acuden a Kausalya, concédele tú, oh Lakshmana, mil monedas de oro, y ofréceles todos los dones que puedan agradar a mi madre». Entonces Lakshmana, aquel mejor de los hombres, distribuyó entre todos esos brahmanes toda la riqueza entera según lo ordenado por Rama, como el Señor de la riqueza. Viendo a sus dependientes en lamentable situación, derramando lágrimas continuamente, Rama les ofreció diversos artículos para su sustento y dijo: «Ocupen por turno, hasta nuestro regreso, mis aposentos y también los de Lakshmana». Habiendo hablado así a todos aquellos dependientes que estaban atormentados de gran pena, Rama ordenó al oficial del Tesoro que trajera sus riquezas allí. Entonces los sirvientes trajeron todas sus riquezas y las reunieron en grandes montones. Rama, el mejor de los hombres, junto con Lakshmana, las distribuyó entre los brahmanes, los muchachos, los ancianos y los pobres. Vivía en aquel barrio un brahmán de color cetrino, de nombre Trijata, descendiente del linaje de Garga, que se ganaba el sustento cavando la tierra con azadas y arados. Su joven esposa con sus hijos pequeños, luchando con la pobreza, habló así al anciano brahmán: «Deje a un lado sus azadas y arados y oiga mis palabras. Vaya y visite al virtuoso Rama, y es seguro que obtendrá algo de él ahora». Al oír estas palabras de su esposa, Trijata, resplandeciente de fulgor como Bhrigu y Angiras, cubriendo su cuerpo con un trozo de tela rasgada, se encaminó a la morada de Rama con su esposa y, yendo en curso veloz e ininterrumpido, llegó por fin a la morada real y habló así a Rama: «¡Oh poderoso hijo del rey! Soy un hombre pobre, con una multitud de hijos. Mantengo a mi familia cavando la tierra; míreme, pues, con misericordia». Entonces Rama replicó riendo: «Aún no he distribuido ni mil de mis vacas. Lanza esta vara, y serás dueño de todas esas vacas que ocupan el espacio en cuyo extremo caiga esta vara». Ante esto, apretándose rápidamente la tela en torno a la cintura, Trijata, asiendo firmemente la vara, la lanzó con fuerza poderosa. La vara, lanzada de sus manos, cayó al otro lado del río Sarayu en medio de muchos millares de bueyes. Viendo esto, el virtuoso Rama envió a la ermita de Trijata todas las vacas que se extendían hasta las orillas del río Sarayu y, consolándolo después, se dirigió a él con las siguientes palabras: «No te ofendas, obré así solo como broma. Te pedí que hicieras esto solo con el fin de saber si tenías el poder de lanzar esta vara. Pídeme ahora cualquier cosa que quieras. Verdaderamente hablo para que no vaciles. Estoy dispuesto a dedicar mi riqueza al servicio de los brahmanes. Y la riqueza que he ganado será para mi favor, si puedo aplicarla al servicio de los brahmanes».
Entonces Trijata, complacido con el aumento de vacas, se fue junto con su esposa, derramando felicidad y alegría. Rama, de gran hombría, distribuyó después con debido respeto y debida acogida toda su riqueza, amasada por medios rectos, entre los brahmanes, amigos, sirvientes y pobres, conforme a la recomendación de sus amigos.
Section 33
Habiendo distribuido mucha riqueza a los brahmanes, los Raghavas partieron con Sita con el fin de ver a su padre. Y los dos se veían hermosos con un par de criadas (que los seguían), llevando las armas que Sita había adornado con guirnaldas de flores. Entonces multitudes de ciudadanos elegantemente ataviados, subiendo a las azoteas de casas de tres y de siete plantas, miraron la escena con el corazón lleno de pena. Y, incapaces de transitar por las calles a causa de la vasta muchedumbre, subiendo a las azoteas de los edificios, miraron a Raghava con ojos desolados. Y privadas de sus sentidos por la pena, las multitudes, al contemplar a Rama avanzar a pie en compañía de Sita y su hermano menor, dijeron: «Aquel que solía ser seguido por el vasto cuerpo de las fuerzas cuádruples avanza ahora junto con Sita, seguido solo por Lakshmana. Conocedor de toda clase de disfrute, aquel magnánimo, que ha probado todo lujo, para mantener la dignidad de la moral, no desea falsear la palabra (de su padre). Y esa Sita a quien antes ni los vagantes del cielo podían ver, es hoy contemplada por los transeúntes. Ahora el calor del verano, el frío del invierno y las lluvias de la estación húmeda mancharán pronto a Sita, cuya persona es digna de ser teñida y que solía untarse los miembros con pasta de sándalo rojo. Sin duda hoy Dasaratha habla así, poseído por algún espíritu maligno; pues el rey no debe en modo alguno desterrar a su amado hijo. ¿Quién destierra jamás a su hijo, aunque sea indigno? ¿Y qué decir de un hijo que ha ganado firmemente los corazones de todos los hombres con su conducta? Benevolencia universal, bondad, saber, bondad, el dominio de los sentidos y el control de las facultades: estas seis cualidades adornan a aquel mejor de los hombres, Raghava. Por tanto, los súbditos se afligirán a consecuencia de su separación, como los animales acuáticos cuando el verano seca las aguas de un estanque. La tierra entera está angustiada por la angustia de este señor de la tierra, como un árbol que da flores y frutos cuando se le han cortado las raíces. Sin duda este sumamente refulgente, que tiene la virtud por su bien principal, es la raíz de la humanidad, y esta representa sus flores, frutos, follaje y ramas. Por tanto, acompañados de nuestras esposas y amigos, seguiremos, como Lakshmana, al Raghava que parte, por el mismo camino que él tome. Y dejando a un lado nuestros jardines, campos y moradas, haciendo nuestra la felicidad y la desdicha del justo Rama, lo seguiremos. Que Kaikeyi se apodere de nuestras mansiones desiertas, privadas de sus tesoros enterrados, con sus patios sin barrer, despojados de vacas y riqueza, y desprovistos de toda sustancia, llenos de polvo y abandonados por las deidades, mansiones donde las ratas correrán de agujero en agujero, que no emitirán humo ni contendrán agua, que no serán barridas con escobas, de las que estarán ausentes los sacrificios, la matanza de animales sacrificiales, la ofrenda de oblaciones, la recitación de textos sagrados y el japa, y alrededor de las cuales estará esparcida loza rota, como ocurre en ocasiones de conmociones políticas o de calamidades naturales. Que el bosque al que se retira Raghava se parezca a una ciudad, y que esta ciudad, abandonada por nosotros, se convierta en un yermo. Inspirados por el temor a nosotros, las serpientes dejarán sus agujeros, y las bestias y aves las cuevas de la montaña, y los elefantes y leones el bosque. Que ocupen las comarcas que dejemos atrás, y que renuncien a aquellas abundantes en serpientes, bestias y aves, que producen hierba, carne y frutos. Que Kaikeyi (reine en este reino) junto con sus hijos y partidarios; nosotros, renunciando a los hogares, moraremos en el bosque con Raghava».
Raghava oyó las diversas palabras así pronunciadas por el pueblo; y habiéndolas oído, no permitió que su mente se agitara. Y aquel justo, de poderío de elefante enloquecido, desde lejos empezó a dirigirse a la residencia de su padre, semejante en brillo a una cumbre del monte Kailasa. Entrando en la mansión del rey, al acercarse halló al heroico Sumantra sentado con ánimo abatido. Al ver así deprimido a aquel bienquerido suyo, Rama, esforzándose por todos los medios en cumplir el mandato de su padre, siguió alegremente, deseoso de ver a su progenitor. Y con el fin de encontrarse con el afligido rey antes de partir al bosque, el magnánimo hijo de la raza de Ikshvaku, al ver a Sumantra, se detuvo allí, para que aquel de noble mente informara a su padre de su visita. Y decidido a ir a los bosques conforme al mandato de su padre, Raghava, al ver a Sumantra, le dijo: «Informa al rey de mi llegada».
Section 34
Entonces el poderoso e incomparable Rama, de ojos semejantes a pétalos de loto, dijo al auriga: «Anúnciame a mi padre». Así encargado por Rama, el auriga, entrando en el aposento, halló al rey dando suspiros, con los sentidos abrumados de pena. Y vio al monarca como el sol afligido por Rahu, o como fuego envuelto en cenizas, o como un estanque privado de su agua. Entonces, concluyendo que el rey, agitado por la pena, se lamentaba por Rama, el auriga habló con las manos juntas. Y tras rendir primero homenaje al rey, invocando victoria sobre él, el auriga, perplejo de temor, se dirigió al monarca con suave y dulce voz: «Oh primero de los hombres, su hijo aguarda a la entrada, tras haber distribuido riqueza a los brahmanes y a su séquito. Que aquel cuyo poder es la verdad —¡que la fortuna le sea propicia!— lo vea a usted. Habiendo saludado a todos sus amigos, desea ahora verlo. Sepa que está a punto de partir al poderoso bosque. Véalo usted, oh Señor de la tierra, dotado de toda perfección, como el Sol mismo rodeado de sus rayos». Entonces aquel (rey) virtuoso y veraz, semejante al océano por su gravedad e inmóvil como el firmamento, respondió a Sumantra, diciendo: «Oh Sumantra, trae aquí a mis esposas». Llegando al aposento interior, el auriga dijo a las damas: «El venerable rey las llama. Vengan pronto». Así interpeladas por Sumantra por mandato del monarca, las damas en grupo, informadas de la orden de su esposo, fueron al aposento del rey. Y trescientas cincuenta mujeres de ojos cobrizos y fieles a sus votos, rodeando a Kausalya, avanzaron lentamente. Al llegar allí las mujeres, el monarca, viéndolo, dijo al auriga: «Oh Sumantra, trae aquí a mi hijo». Entonces el auriga, tomando a Rama, a Lakshmana y a la hija de Mithila, vino pronto ante el señor de la tierra. El rey, viendo acercarse a su hijo con las manos juntas, se levantó apresuradamente de su asiento en compañía de sus esposas. Y poniendo los ojos en Rama, el rey se lanzó hacia él, pero antes de llegar a su hijo, el afligido monarca cayó a tierra desmayado. Rama y aquel poderoso guerrero de carro, Lakshmana, se acercaron rápidamente al rey herido de pena y privado de sentido por el dolor. Y se alzaron en el palacio gritos de mujeres por millares de «¡Ay, Rama!», mezclados con el tintineo de ornamentos. Entonces Rama y Lakshmana junto con Sita levantaron al rey con sus brazos y, con lágrimas en los ojos, lo tendieron en el lecho. Cuando el señor de la tierra, oprimido por el vapor nacido de la pena y abrumado de emoción, hubo recobrado los sentidos, Rama dijo con las palmas juntas: «Le pido, oh poderoso monarca, pues usted es el señor de todos. Véame enviado sano y salvo al bosque de Dandaka. Permita usted a Lakshmana, y que Sita también me siga a los bosques; pues aunque se lo prohibí por diversas razones, no desean quedarse atrás. Permítanos usted a todos, oh dispensador de honor, renunciando a la pena, a Lakshmana y a Sita y a mí, como Prajapati que permite a sus hijos». Viendo a Raghava a punto de partir al bosque, el señor de la tierra dijo al sereno Rama, que aguardaba sus órdenes: «Oh Raghava, he sido privado de mis sentidos a consecuencia de haber conferido dones a Kaikeyi. Enciérrame, pues, hoy, y hazte rey en Ayodhya». Así interpelado por el monarca, Rama, el mejor de los justos, bien versado en el habla, se dirigió a su padre con las manos juntas: «Oh rey, rija usted esta tierra por mil años; yo residiré en el bosque. No deseo el reino. Tras pasar cinco y nueve años en los bosques, abrazaré de nuevo sus pies, señor de los hombres, tras cumplir su voto». Atado en la red de la promesa, el rey, lamentándose por su amado hijo, secretamente espoleado por Kaikeyi, dijo: «Tú, querido mío, con el fin de alcanzar bienestar aquí y en el más allá y auspiciosa fortuna, ve con calma tu camino sin temor, de modo que puedas volver aquí (a tiempo). No me atrevo, oh descendiente de la raza de Raghu, a prohibirte a ti, que estás establecido en la verdad y empeñado en cumplir tu deber. Pero, oh hijo, no partas de ninguna manera esta noche: contemplándote aunque sea por un solo día, comeré contigo. Quédate aquí esta noche, viéndome a mí y a tu madre. Luego, atendido de toda manera, partirás mañana. Oh hijo, oh amado Raghava, difícil es la tarea que vas a cumplir: para procurar mi bien en el otro mundo, ¡estás dispuesto a ir a los bosques mismos! Pero, oh Raghava, te juro que esto es cualquier cosa menos agradable para mí, hijo mío. Me ha hecho desviar de mi propósito la astuta Kaikeyi, semejante a un fuego escondido bajo cenizas. Vas a dar efecto al engaño que ha sido practicado contra mí por esta mujer empeñada en manchar su linaje. Y como eres mi hijo mayor, no es de extrañar, oh hijo, que desees mantener la verdad de tu padre». Al oír estas palabras de su afligido padre, el humilde Rama, junto con su hermano Lakshmana, dijo: «¿Quién me conferirá mañana el mérito que cosecharé yendo hoy? Por tanto, prefiero aun el viaje a los bosques a disfrutar de comodidades aquí. Otorgue usted a Bharata esta tierra renunciada por mí, este reino abundante en grano y vacas y lleno de gente; mi mente, decidida a morar en el bosque, no vacila. Conceda usted, oh dispensador de dones, a Kaikeyi todo lo que le había prometido en tiempo de la guerra (que usted había librado contra los danavas), y siga así la verdad. Obedeciendo el mandato que usted ha dado, moraré en el bosque catorce años en compañía de los vagantes de los bosques. Confiera usted la tierra a Bharata sin sentir remordimiento alguno. Mío no es el deseo de obtener el reino para gozar de felicidad ni para alcanzar beneficio alguno. Cumpliré, oh descendiente de la raza de Raghu, su voluntad. Destierre su pena y reprima sus lágrimas. Aquel señor de las corrientes, el irresistible océano, nunca abandona su propia magnanimidad. No deseo dominio, ni felicidad, ni la tierra, ni objeto alguno de goce, ni cielo, ni vida. Oh primero de los hombres, todo lo que deseo es que usted no caiga en falsedad y se atenga a la verdad. Juro ante usted, con veracidad y buena fe, que no puedo, oh señor, permanecer aquí un momento más, oh padre mío. Soporte usted esta pena. Ciertamente no puedo obrar contra mi promesa. Dirigido por Kaikeyi, que decía: “Parte tú, oh Raghava, al bosque”, yo había dicho: “Iré”; esa promesa debo cumplirla. No se aflija usted, oh venerado. Moraremos en el bosque que abunda en mansos ciervos y resuena con las notas de diversas aves. El padre es un verdadero Dios; aun los celestiales lo dicen. Por tanto, miraré su palabra a la luz de la divinidad. Y, oh el mejor de los monarcas, transcurridos los catorce años, usted me verá de nuevo a su lado; por tanto, destierre esta pena. ¿Por qué usted, oh primero de los hombres, que suprimirá la pena ajena, sufre esta alteración? Confiera usted a Bharata esta ciudad y este reino y la tierra renunciada por mí. Cumpliendo su mandato, partiré al bosque, morando allí por largo tiempo. Residiendo en las fronteras auspiciosas, que Bharata rija sin más esta tierra provista de extensiones de agua, ciudades y bosques, cuando yo la haya renunciado. Oh rey, que sea lo que usted ha dicho como usted lo desea. No pongo, oh rey, mi corazón en ningún gran objeto de deseo, ni busco mi propio provecho, pues estoy empeñado, oh usted, amado de los buenos, en llevar a cabo su voluntad. Oh sin pecado, no cosechará por tanto mal alguno por mi causa. Asociándolo a usted con la falsedad, no desearía yo, oh sin pecado, ni siquiera su compañía, que está agitada de ansiedad, ni todo este reino, ni todo objeto de deseo, ni la tierra, ni a la hija de Mithila. Este es mi voto veraz: que también su voto resulte veraz. Viviendo de frutos y raíces en el bosque y contemplando montañas, estanques, arroyos y hermosos árboles, seré feliz al entrar en el bosque. Cese usted de lamentarse». Así cercado de calamidades y atormentado de pena y angustia, el rey abrazó a su hijo y luego, privado de conciencia, cayó al suelo y quedó inmóvil. Entonces todas las reinas salvo aquella esposa del monarca (Kaikeyi) se lamentaron juntas; y Sumantra, llorando, cayó también desvanecido. Y el lugar se llenó por todas partes de exclamaciones de «¡Oh!» y «¡Ay!».
Section 35
Entonces, sacudiendo la cabeza y suspirando una y otra vez, juntando palma contra palma y rechinando diente contra diente, con los ojos enrojecidos de ira y el color alterado, y enfureciéndose de pronto y movido por la pena, Sumantra, al presenciar la condición mental de Dasaratha, habló, sacudiendo el corazón de Kaikeyi con las afiladas saetas de su discurso y atravesando por completo su mente con sus duras palabras semejantes a rayos: «Oh venerable, puesto que ha abandonado usted al rey Dasaratha, el sustentador de este mundo y de lo móvil y lo inmóvil que contiene, no hay nada que usted sea incapaz de hacer. La considero asesina de su marido y como una que ha exterminado definitivamente el linaje; puesto que ha afligido con su acto al monarca invencible como Indra, firme como un monte e imperturbable como el abismo mismo. No debería usted derribar a su señor y esposo dispensador de dones, Dasaratha; pues sin duda el deseo de un marido hacia su mujer pesa más que una koti de hijos. Los príncipes obtendrán el reino uno tras otro conforme a la edad; esta costumbre es su empeño volverla inoperante aun cuando el señor de la raza de Ikshvaku vive todavía. Que su hijo sea rey; que Bharata rija la tierra: nosotros, sin embargo, iremos adonde va Rama. Ningún brahmán morará en su dominio: tal es la ingrata acción que va usted a hacer. [Sin duda iremos por el camino que Rama recorra, y ¿qué felicidad, oh venerada, cosechará usted, abandonada de amigos, brahmanes y santos, permaneciendo aquí, seducida por la codicia de dominio? ¡Y va usted a hacer tal acto!] Es una maravilla lo que percibo, a saber: que la tierra que carga con un carácter como el suyo no se haya hendido este mismo día. ¿Y por qué no la destruye la llameante y terrible censura pronunciada por los poderosos brahmarshis, a usted, que está empeñada en desterrar a Rama? ¿Quién, tras talar un mango con su hacha, cuida un nimba? Nunca se vuelve dulce para quien lo riega. Su nacimiento es noble en verdad; lo es tanto como el de su madre. Dicen que nunca se extrae dulzura del nimba. Recuerdo lo que he oído de ancianos acerca de las inclinaciones viciosas de su madre.
«Alguien resuelto a conferir dones confirió uno excelente a su padre. En virtud de ello, aquel señor de la tierra podía entender el sentido de los sonidos emitidos por todos los seres, y a consecuencia de ello podía entender el habla aun de aves y bestias. Un día, mientras su padre yacía, él, comprendiendo por sus gritos los pensamientos de un ave Jrimbha de color de oro, rió de buena gana. Entonces su madre, enojándose, deseando el lazo de la muerte, dijo: “Oh rey, oh plácido, le pido la razón de su risa”. El rey replicó: “Oh venerable dama, si le revelo la razón de mi risa, moriré sin duda hoy”. Pero aquella venerada, su madre, instó de nuevo a Kekaya: “Dígamelo, ya viva usted o muera; pues (cuando haya aprendido todo sobre ello) no podrá usted volver a reírse de mí”. Así interpelado por su amada esposa, aquel señor de la tierra, Kekaya, fue al santo que le había conferido el don y le relató todo fielmente. Entonces aquel santo dispensador de dones dijo al rey: “Ya se mate esta o sea destruida, no lo revele usted, oh rey”. Al oír estas palabras suyas, el rey, muy complacido, abandonó sumariamente a su madre y comenzó a divertirse como Kuvera. De igual modo, usted, oh usted que solo ve el mal, permaneciendo en un reino injusto y ofuscando el sentido del rey, se empeña en hacerle cometer este agravio. A este propósito recuerdo un dicho, a saber: los hombres salen a sus padres, y las mujeres a sus madres. No sea usted así; acepte más bien lo que dice el señor de la tierra. Haciendo la voluntad de su señor, conviértase en el refugio de todos nosotros. No haga usted, incitada por malas propensiones, que su marido, señor de los hombres, dotado del poderío del jefe de los celestiales, perpetre una acción injusta. Aquel sin pecado no dará efecto práctico, ciertamente, a la promesa hecha por usted en broma. Oh venerable, el rey Dasaratha es de buen porte, dotado de ojos semejantes a lotos. Que instale a su hijo mayor, Rama, generoso y capaz, que mantiene su propia religión, protector de todos los hombres y dotado de fuerza. Oh venerada dama, grande es el oprobio que se extenderá acerca de usted si, abandonando a su real padre, Rama se retira al bosque. Que Raghava rija, pues, su reino; y quite usted su agitación. Sin duda, salvo Raghava, nadie que resida en el reino le será amigo. Al ser instalado Rama como heredero del trono, aquel mejor de los arqueros, el rey Dasaratha, partirá al bosque, recordando ejemplos antiguos». Así, en presencia del rey, Sumantra, con las palmas juntas, con palabras suaves pero cortantes, procuró herir de pesar a Kaikeyi. Pero aquella noble dama no sintió remordimiento alguno ni se conmovió de pesar. Y el color de su rostro siguió siendo el de antes.
Section 36
Entonces aquel descendiente de Ikshvaku, afligido por su promesa, suspirando y con el corazón lleno del vapor nacido de la pena, habló de nuevo a Sumantra, diciendo: «Oh auriga, dispón pronto el ejército compuesto de las cuatro clases de fuerzas para seguir a Raghava. Y que cortesanas de dulce habla y opulentos mercaderes adornen el extenso ejército del príncipe. Y, dándoles inmensa riqueza, envía también con él a los que dependen de Rama, así como a aquellos con quienes se deleita luchando. Y que las armas principales, y los ciudadanos, y los carros, y los cazadores de aves bien conocedores del bosque vayan tras Kakutstha. Matando ciervos y elefantes, bebiendo miel silvestre y contemplando diversos ríos, acabarán olvidando este reino. Y que nuestro granero y nuestro tesoro sigan a Rama, que ha de residir en el bosque. Celebrando sacrificios en lugares santos y dispensando las dakshinas prescritas, que Rama resida felizmente en el bosque en compañía de santos. El de brazos poderosos Bharata gobernará Ayodhya. Por tanto, provee al auspicioso Rama de todo objeto de disfrute». Cuando aquel descendiente de Kakutstha dijo esto, Kaikeyi fue invadida por la aprensión: su semblante se quedó en blanco y su voz se ahogó. Perdiendo el color y agitada de temor, con el semblante abatido, Kaikeyi encaró al rey y dijo: «Oh justo, como un licor del que solo quedan las heces, Bharata no recibirá el reino insípido y despojado de toda sustancia». Mientras la desvergonzada Kaikeyi hablaba así con dureza, el rey Dasaratha dijo a aquella de ojos amplios: «Oh obradora de maldad, ¿por qué, habiéndome echado la carga encima, me atormentas? Oh innoble, ¿por qué no pediste esto cuando solicitaste por primera vez el don?». Al oír estas iracundas palabras del rey, aquella hermosa, Kaikeyi, enfureciéndose doblemente, se dirigió al monarca, diciendo: «Aun en este linaje suyo, Sagara privó a su hijo mayor, de nombre Asamanja, del disfrute del reino. De este modo este merece ir al bosque». Así interpelado, el rey Dasaratha dijo: «¡Maldición!», y todos los presentes se afligieron de vergüenza; pero Kaikeyi fingió no entender todo esto. Entonces un personaje notable, anciano, de espíritu puro, tenido en alta estima por el monarca, de nombre Siddhartha, se dirigió a Kaikeyi, diciendo: «Asamanja, por juego, atrapando a la gente en el camino, solía arrojarla a las aguas del Sarayu, y aquel malvado se regocijaba de ello. Viéndolo hacer así, los ciudadanos en grupo, enfureciéndose, hablaron al monarca: “Oh acrecentador de la prosperidad del reino, destierre usted a Asamanja o a nosotros”. A ellos replicó: “¿De dónde este temor suyo?”. Así preguntados por el monarca, los súbditos dijeron: “Por su impudencia este de sentido pervertido, por diversión, arrojando a nuestros hijos al Sarayu, halla extremo deleite”. Al oír estas palabras de sus súbditos, aquel señor de los hombres, con la intención de hacerles bien, abandonó a aquel hijo suyo malicioso. Entonces, haciendo uncir rápidamente un carro, dijo a sus hombres: “Este ha de ser desterrado de por vida en traje adecuado junto con su esposa”. Entonces aquel obrador de iniquidad fue al bosque y anduvo viendo fortalezas de montañas. Así el virtuoso rey Sagara renunció a su hijo. Pero ¿qué ofensa ha cometido Rama para que sea desterrado? No hallamos falta alguna en Raghava. Rara es su falta, como la mancha en la Luna. O puede ser, oh excelsa dama, que usted perciba alguna falta en Raghava; si es así, revélela; y entonces que Rama sea desterrado. Pero la renuncia del honesto, siempre constante en un curso recto, por oponerse a la virtud, destruye el esplendor del propio Sakra. Por tanto, oh noble, cese en su empeño en esto, pues ¿qué bien le traería el malograr la buena fortuna de Rama? Y, oh usted de hermoso semblante, con tal curso escapará al odio». Al oír las palabras de Siddhartha, el rey, con la voz sumamente debilitada, se dirigió a Kaikeyi con palabras cargadas de emoción: «Oh personificación del pecado, no te place este discurso. No conoces ni tu propio bien ni el mío. Este perverso empeño tuyo, oh tú que te esfuerzas por el daño, que emprendes adoptando un sendero estrecho, está ciertamente divorciado del curso de los buenos. Abandonando mi reino, abandonando la felicidad y los tesoros, seguiré hoy a Rama. Disfruta tú, con Bharata por rey para siempre, del dominio según el deseo de tu corazón».
Section 37
Al oír las palabras de aquel digno, Rama, conocedor del recato, se dirigió humildemente a Dasaratha, diciendo: «¿Qué tengo yo, oh rey, que renuncio a todo y voy a morar en el bosque subsistiendo de lo que el bosque da, que hacer con un séquito? ¿De qué sirve a una persona el apego a la traba de un buen elefante, cuando ha renunciado al elefante mismo? Así es conmigo, oh primero de los justos. ¿Qué haré con el ejército, oh señor de los hombres? Lo confiero todo a Bharata. Que me traigan un vestido de corteza y, para mí, que iré al bosque y residiré allí catorce años, que traigan una azada y una cesta». Entonces la propia Kaikeyi trajo un vestido de corteza y aquella desvergonzada dijo a Raghava ante todos: «Ponte esto». Con ello, aquel primero de los hombres, tomando de Kaikeyi aquellas dos piezas de corteza, dejó su fino atuendo y se puso el ropaje ascético. Y Lakshmana también, renunciando a su vestimenta escogida, se puso ante su padre el vestido de un ermitaño. Entonces Sita, vestida de atavío de seda, mirando la cubierta ascética destinada a ella, se agitó, como una cierva a la vista de un lazo. Y afligida de vergüenza, aquella agraciada de signos auspiciosos, Janaki, tomó con pena de Kaikeyi la kusa y la corteza; y con lágrimas que inundaban sus ojos, aquella conocedora de la virtud y con la mirada siempre fija en ella, se dirigió así a su señor, semejante al rey de los gandharvas: «¿Cómo se ponen su vestido los ascetas que moran en los bosques?». Diciendo esto, Sita, incómoda, se turbó. Y poniéndose una pieza al cuello y sosteniendo la otra en la mano, la hija de Janaka, sintiéndose incómoda, se quedó abrumada de vergüenza. Entonces aquel mejor de los justos, Rama, acercándose pronto a ella, ató el ropaje monástico sobre el atavío de seda de Sita. Al ver a Rama atar aquel buen ropaje a Sita, las mujeres del aposento interior comenzaron a derramar lágrimas. Y, sumamente afligidas, hablaron a Rama, que resplandecía en fulgor: «Hijo, no lleves a esta virtuosa al bosque. Mientras residas en el bosque conforme a los deseos de tu padre, nosotras la contemplaremos; y por este medio que nuestras vidas alcancen su objeto, oh señor. Oh hijo, tomando a Lakshmana por tu ayuda, ve tú al bosque. Esta auspiciosa no merece vivir en los bosques como una asceta. Oh hijo, concede nuestra súplica. Que la bella Sita se quede. Siempre firme en la virtud, tú mismo no piensas quedarte aquí». Al oír estas palabras, el hijo de Dasaratha ató el vestido a Sita, que tenía un carácter semejante al suyo. Cuando ella se hubo puesto las prendas superior e inferior, el preceptor del rey, Vasishtha, con la voz ahogada por el vapor de la pena, disuadiendo a Sita, dijo a Kaikeyi: «Oh tú, cuyos deseos sobrepasan tu sentido del honor, oh de entendimiento pervertido, oh mancilladora de tu linaje, engañando al monarca no te mantienes dentro del límite de la promesa. Oh tú, privada de buena conducta, esa noble dama, Sita, no debe ir al bosque. Sita ocupará el asiento de Rama. De todas las que se casan, la esposa es el (otro) alma. Sita gobernará la tierra, pues es el mismo ser de Rama. Pero si Vaidehi va al bosque con Rama, lo seguiremos, y los habitantes de la ciudad también irán allí. Y los guardianes del aposento interior, y la gente del reino y de la ciudad, llevando consigo sus necesidades y sirvientes, acompañarán a Raghava y a su esposa. Y Bharata y Satrughna, vestidos de ropas ascéticas y andando por el bosque, vivirán como su hermano mayor residente en los bosques. Entonces solo tú, de malos modos y empeñada en dañar al pueblo, gobernarás esta tierra vacía, abandonada por los habitantes, junto con los árboles. Jamás puede ser reino aquel donde Rama no es el monarca, y aquel bosque donde Rama resida florecerá en monarquía. Bharata nunca desea gobernar un reino que no le ha sido conferido por su padre; ni, si de veras ha sido engendrado por el monarca, actuará ya por ti como hijo. Aun si tú, dejando la tierra, volaras al aire, aquel conocedor del carácter de su linaje nunca obrará de otro modo. Por tanto, aunque empeñada en promover a tu hijo, has provocado en realidad su daño. No hay persona alguna que no sea partidaria de Rama. Oh Kaikeyi, contempla hoy bestias y serpientes y aves que caminan tras Rama, y aun los árboles se yerguen con las copas vueltas hacia él. Tú, oh noble dama, quitando el ropaje ascético, confiere elegantes ornamentos a tu nuera, pues tal vestido no le conviene a esta». Diciendo esto, Vasishtha detuvo a Kaikeyi: «Oh hija del rey Kekaya, has pedido la morada de Rama en los bosques; y que Sita, adornada de ornamentos, siempre ocupada en engalanarse, resida en el bosque con Raghava. Y que la hija del Rey vaya al bosque, rodeada de excelentes carros y sirvientes, y llevando consigo atavíos y otras cosas necesarias. Cuando exigiste el (cumplimiento de la) promesa, no tenías puesto el ojo en Sita». Cuando aquel primero de los brahmanes, aquel preceptor del rey, dotado de potencia sin par, hubo dicho esto, Sita, deseosa de servir a su amado señor, no se apartó del vestido ascético (presentado por Kaikeyi).
Section 38
Cuando Sita, que tenía marido aunque pareciera no tenerlo, se ponía el ropaje ascético, la gente se encolerizó y exclamó: «¡Oh Dasaratha, vergüenza para usted!». Afligido por el tumulto que allí se alzó a consecuencia de ello, el señor de la tierra desterró de su corazón todo aprecio por la vida, la virtud y la fama. Y suspirando con ardor, aquel descendiente de Ikshvaku habló a aquella esposa suya, diciendo: «Oh Kaikeyi, Sita no merece ir con un vestido de kusa. Tierna, y joven, y digna de felicidad, no es en modo alguno capaz de vivir en el bosque. Mi guía espiritual ha dicho la verdad. ¿A quién ha dañado esta, que, siendo hija del primero de los reyes, como una asceta, vistiendo un escaso ropaje ante todos, (partirá a los bosques y) permanecerá allí como una mendiga desprovista de todo? Que la hija de Janaka deje su ropaje ascético. Esta no es la promesa que te hice antes. Que la princesa vaya al bosque con comodidad, provista de toda clase de gemas. Mis arenas se agotan; por mí ha sido hecha esta cruel promesa con juramento. ¡Pero esto (el destierro de Sita) lo has pensado tú por tu ignorancia! Que no te consuma, sin embargo, como la flor del bambú que destruye al bambú. Si, oh mujer perversa, Rama ha llegado a hacerte algo desagradable, ¿qué agravio te ha hecho Vaidehi, oh vil miserable? De ojos amplios como los de una cierva, dotada de temperamento suave y virtuosa, ¿qué daño te ha hecho la hija de Janaka? Sin duda, oh nefanda, el destierro de Rama te basta. ¿Por qué entonces inclinas tu mente a perpetrar estos atroces pecados? Oh noble dama, habiéndote oído pedir el destierro de Rama, a quien yo había destinado primero a ser instalado y que vino después aquí, te había prometido (solo su destierro). Pero puesto que, yendo más allá de esa promesa mía, ves a la hija de Mithila vestida de ropaje mendicante, sin duda deseas hallar tu camino al infierno». Así enviado al bosque, Rama, que estaba sentado con los labios sellados, dijo: «Oh justo, esta mi madre es anciana y famosa y de espíritu elevado. ¡Que no reciba un trato impropio de sus manos! Le corresponde a usted, oh dispensador de dones, mostrarle mayor honor cuando esté privada de mí y sumida en un mar de pena y afligida con un dolor sin precedentes. Oh usted, comparable al poderoso Indra, debe usted portarse de tal modo con mi madre, herida por mi separación, que, atormentada por la pena a causa de mi residencia en el bosque, no abandone la vida y se encamine a las mansiones de Yama».
Section 39
Al oír las palabras de Rama y verlo vestido como un asceta, el rey, en medio de sus esposas, quedó privado de sus sentidos. Y ardiendo de pena, el rey no podía mirar a Raghava, ni, viéndolo, podía aquel de mente afligida responder nada. Luego, permaneciendo inconsciente por un rato, el señor de la tierra de brazos poderosos, oprimido por la pena, comenzó a lamentarse, pensando en Rama: «Concluyo que antes privé a muchas vacas de su ternero y quité la vida a muchas criaturas, y por eso me ha sobrevenido la presente calamidad. (Infiero) que la vida nunca abandona el cuerpo hasta que llega el momento, pues aunque duramente probado por Kaikeyi, mi vida no sale de mí, y puedo ver ante mí a este semejante al fuego, vestido con el ropaje de un asceta, tras haber dejado su fino atuendo. Esta gente está en apuros a causa de Kaikeyi sola, que se esfuerza con ayuda de esta astucia por asegurar su interés». Habiendo dicho estas palabras, Dasaratha, con los sentidos dominados por el vapor de la pena, exclamó «¡Rama!» y no pudo continuar. Luego, recobrando pronto la conciencia, el señor de la tierra, con ojos llorosos, se dirigió a Sumantra, diciendo: «Uncidos excelentes caballos a un carro de montar, ven aquí; y lleva al excelso al sur del reino. El virtuoso y heroico Rama es desterrado por su padre y su madre. Esto mismo, me parece, se afirmará como fruto de las virtudes poseídas por los piadosos». Recibiendo el mandato del soberano, Sumantra, dotado de vigor veloz, uncido un carro adornado con caballos, vino allí. Entonces el auriga, con las manos juntas, anunció al príncipe que el carro adornado de oro estaba listo, uncido con excelentes caballos. El rey, versado en tiempo y lugar, y puro, llamando pronto a su tesorero, le dijo estas palabras con firmeza: «Trae sin demora a Vaidehi excelentes y costosos atavíos y nobles ornamentos, contando estos (diez y cuatro) años». Así ordenado por el primero de los hombres, aquel oficial, yendo al tesoro, procurando todo aquello, los presentó pronto a Sita. Entonces aquella de origen puro, Vaidehi, destinada al bosque, adornó sus hermosos miembros con aquellos raros ornamentos. Y así engalanada, Vaidehi embelleció aquella cámara como el fulgor del Sol que irradia el firmamento con sus rayos. Entonces, abrazando con sus brazos a la hija de Mithila, de noble conducta, y oliéndole la coronilla, la suegra de Sita dijo: «Aquellas mujeres que, aunque siempre cuidadas con esmero por sus maridos, no los estiman durante el trance de la adversidad, son consideradas en este mundo como impúdicas. Esta es la naturaleza de las mujeres: habiendo gustado antes la felicidad (de manos de sus maridos), ante el sobrevenir de una desgracia insignificante, los reprenden, más aún, los abandonan por completo. Aquellas mujeres que son mentirosas, descuidadas, de malos modos, sin corazón, resueltas a actos injustos y cuyo amor es efímero, son impúdicas. Ni el linaje, ni el beneficio, ni el saber, ni el don, ni la tolerancia de las faltas pueden asegurar los corazones de las mujeres; sin duda sus corazones son inestables. Pero las mujeres castas de buen carácter, atenidas a la verdad, que obran conforme a los preceptos de los superiores y mantienen la dignidad de su raza, escogen a sus señores como el medio principal para procurar su bienestar espiritual. Por tanto, aunque mi hijo va a ser desterrado a los bosques, no debes en modo alguno desatenderlo. Sea rico o pobre, es para ti como un dios». Al oír las palabras de su suegra, cargadas de virtud e interés, Sita, mirando a aquella dama, dijo con las palmas juntas: «Haré todo lo que la noble dice. Sé cómo debo obrar con mi marido. He oído todo sobre ello (de mis padres). La venerable no debe ponerme al mismo nivel que las personas injustas. Como el brillo no se aparta de la luna, así no puedo desviarme de la virtud. La vina sin cuerdas no suena; y el carro sin ruedas no se mueve; así, aunque tenga cien hijos, una mujer sin su marido no puede alcanzar la felicidad. El Padre da con medida, el padre y el hijo dan con medida; pero ¿quién no venera a aquel dispensador de “riquezas sin fin”, el marido? Oh excelsa, habiendo aprendido de mis superiores los deberes principales y también los menores, ¿he de desatender (a mi señor)? El marido es una deidad para la esposa». Al oír las palabras de Sita, que iban directamente al corazón, Kausalya, dotada de pureza de espíritu, por plenitud de dicha y de pesar, derramó de pronto lágrimas. Entonces, con las manos juntas, aquel primero de los virtuosos se dirigió a su madre, que, debidamente honrada por todos, estaba sentada en medio de sus otras madres, diciendo: «Oh madre, sin entregarse a la pena, debe usted atender a mi padre; y el plazo de mi estancia en los bosques pronto expirará. Hallará que estos cinco y nueve años pasan como en un sueño. Entonces, de nuevo, al recobrarme, me verá rodeado de mis amigos y parientes». Habiendo expresado su mente a su madre, Rama miró atentamente a sus trescientas cincuenta madres. Y con las manos juntas el hijo de Dasaratha pronunció palabras cargadas de virtud a sus madres, afligidas como la propia Kausalya: «Si les he dicho algo duro a causa de la familiaridad, o hecho algún agravio por ignorancia, perdónenlo ustedes. Las saludo a todas». Estas calmas palabras de Raghava, informadas de piedad, fueron oídas por las damas abrumadas de pena. Mientras Raghava hablaba así, se alzó un fuerte lamento procedente de aquellas esposas de aquel jefe de los hombres, como los gritos de kraunchis. Y la morada de Dasaratha, que antes resonaba con murajas, panavas, meghas, se llenó entonces de gritos de angustia y lamentaciones.
Section 40
Entonces, sumamente angustiados, Rama, Sita y Lakshmana, inclinándose ante el rey, lo rodearon con reverencia. Luego, con el permiso del rey, el justo Raghava, aturdido de pena, en compañía de Sita, rindió respeto a su madre. Siguiendo a su hermano, Lakshmana saludó a Kausalya; luego tomó de nuevo los pies de su madre Sumitra. Mientras el hijo de Sumitra se ocupaba así en honrar a su madre, su madre, oliéndole la coronilla, habló así a Lakshmana, el de brazos poderosos: «Aunque apegado a tus amigos de aquí, tienes mi permiso para ir al bosque. Cuando Rama haya ido (a los bosques), no muestres, oh hijo, negligencia alguna hacia él. Oh sin pecado, en la prosperidad o en la adversidad, este es tu camino. Que un hermano menor siga a su mayor es en este mundo el deber de los justos. Estos son los deberes legítimos siempre observados por esta raza: la caridad, la iniciación en el sacrificio y la renuncia al cuerpo en el campo de batalla. Considera a Rama como a Dasaratha, y a la engendrada de Janaka como a mí; considera Ayodhya un yermo; ve, hijo mío, a tu dulce placer». Habiendo hablado así a aquel querido descendiente de Raghu, que había decidido (ir de viaje al bosque), Sumitra le dijo una y otra vez: «¡Ve! ¡Ve!». Entonces, como Matali que se dirige a Vasava, aquel que entendía la humildad, Sumantra, con las manos juntas, dijo humildemente a Kakutstha: «Oh ilustre príncipe, ¡que la fortuna le sea propicia!: suba usted al carro. Oh Rama, lo llevaré pronto adonde usted me diga. Tendrá que pasar catorce años en el bosque, y su estancia debe comenzar desde este mismo día. Así lo ha ordenado la noble dama». Entonces, habiendo adornado su persona, aquella mejor de su sexo, Sita, con corazón alegre, subió al carro semejante al sol. Contando el plazo de su estancia en los bosques, su suegro proveyó a Sita, que seguía a su señor, de atavíos y ornamentos. Y luego colocó delante del carro diversas armas, cotas de malla, una cesta atada con cuero y una azada. Por fin los hermanos Rama y Lakshmana subieron rápidamente al flamígero carro guarnecido de oro. Y viéndolos con Sita como tercera, montados, Sumantra condujo el carro uncido con buenos caballos, semejante al viento en celeridad. Al partir Raghava al bosque para permanecer allí largo tiempo, los hombres y las bestias de dentro de la ciudad quedaron privados de sus sentidos (por la pena). Y en la ciudad se alzó un gran tumulto a causa de la prisa de la gente, los elefantes enloquecidos y furiosos y los relinchos de los caballos. Y la ciudad entera, con jóvenes y viejos, sumamente afligida, corrió tras Rama, como personas oprimidas por el calor del sol que corren hacia el agua.
A su lado y a su espalda, la gente, inclinándose hacia delante con los rostros cubiertos del vapor de la pena y suspirando con fuerza, dijo al auriga: «Oh auriga, refrene los caballos; avance con suavidad. Veremos el semblante de Rama, que nunca volveremos a ver. Sin duda el corazón de la madre de Rama es de hierro, pues no revienta al presenciar a su hijo, semejante a Skanda, partir al bosque. Vaidehi, logrando su deseo, sigue a su esposo, como una sombra; apegada a la virtud, no lo abandona, como el Sol no abandona el Meru. Oh Lakshmana, usted es bienaventurado, pues servirá a su hermano semejante a un dios, que siempre habla con dulzura. Este propósito suyo es grande; esta es su gran buena fortuna; este es el camino al cielo: que usted lo siga». Diciendo esto, no pudieron reprimir sus temores; y los hombres siguieron al amado descendiente de Ikshvaku. Entonces el rey, con los sentidos vencidos por la pena, rodeado de sus afligidas esposas, salió de su casa, diciendo: «Veré a mi querido hijo». Oyó ante sí un gran ruido procedente de las mujeres que lloraban, como los rugidos de elefantas cuando un gran elefante ha sido tomado cautivo. Entonces el padre de Rama, el gracioso Kakutstha, quedó despojado de su esplendor, como la luna llena envuelta en el momento señalado durante el eclipse. Entonces el auspicioso hijo de Dasaratha, de alma incapaz de ser comprendida, ordenó al auriga, diciendo: «Avanza más de prisa». Rama diciendo al auriga: «Ve», y la gente: «Deténgase», así solicitado en el camino, el auriga no podía obrar de ambos modos a la vez. Mientras el Rama de brazos poderosos avanzaba, el polvo de la tierra levantado por las ruedas del carro era asentado por las lágrimas de los ciudadanos, que caían como lluvia. Y a consecuencia de la partida de Raghava, la ciudad entera, llena de desesperación y profiriendo, con los sentidos perdidos, exclamaciones de «¡Oh!» y «¡Ay!», quedó sumamente afligida. Y las lágrimas nacidas de la pena del corazón que fluían de los ojos de las mujeres semejaban gotas de lluvia esparcidas alrededor de lotos sacudidos por los movimientos de los peces. Y viendo a los ciudadanos absortos en un solo pensamiento, el auspicioso monarca cayó de pena como un árbol cuyas raíces han sido cortadas. Entonces, viendo al soberano sin sentido y herido de extremo pesar, las multitudes de detrás de Rama estallaron en un fuerte tumulto. Y viendo al rey llorando en voz alta con las moradoras del aposento interior, algunos exclamando «¡Oh Rama!» y otros «¡Oh madre de Rama!», comenzaron a lamentarse. Entonces, volviéndose, Rama vio que su abatido y desconcertado padre, junto con su madre, seguía su rastro. Como un potro prendido en un lazo no puede ver a su madre, así Rama, prendido en los lazos de la virtud, no podía mirar abiertamente a su madre. Y viendo a sus padres, merecedores de consuelo y dignos de ir en carruaje, caminando a pie, Rama dijo al auriga: «Ve pronto». Y aquel primero de los hombres era incapaz de soportar las miradas de su padre y de su madre, como un elefante afligido por el aguijón (sin poder mirar lo que se coloca sobre su lomo).
La madre de Rama corrió tras él como una vaca cuyo ternero ha sido trabado corre hacia el establo para verlo. Rama vio a su madre Kausalya correr tras el carro, lamentándose en voz alta: «¡Rama, Rama, ay Sita, Lakshmana!», derramando lágrimas por Rama, Lakshmana y Sita, y pareciendo como si hubiera estado danzando sin cesar. El rey exclamó: «Detente»; Raghava dijo: «Adelante, adelante». El ánimo de Sumantra vacilaba como el de uno colocado entre dos huestes ardientes de ganas de enfrentarse. Rama le dijo: «Cuando el monarca (a tu regreso) te reprenda, dirás: “No te oí”. Pero la demora me causará terrible dolor». Entonces, cumpliendo el deseo de Rama, el auriga, diciendo a la gente que desistiera, hizo correr más rápido a los caballos ya lanzados. Los servidores del rey se detuvieron tras rodear a Rama con reverencia, pero sus ánimos no volvieron atrás. Pero los demás no volvieron ni de cuerpo ni de ánimo. Entonces los cortesanos dijeron a aquel poderoso monarca, Dasaratha: «Aquel de quien se espera el regreso no debe ser seguido lejos». Al oír sus palabras, el rey, dotado de toda virtud, con el cuerpo cubierto de sudor y el semblante desolado, y sumamente angustiado, se detuvo en seco y se quedó junto con su esposa mirando a su hijo.
Section 41
Cuando aquel primero de los hombres hubo salido de la ciudad con las manos juntas, se alzó un coro de gritos procedente de las mujeres que residían en el aposento interior. «¿Adónde va aquel que era el sostén y refugio de los desamparados, los débiles y los indefensos? Aquel que, aunque falsamente acusado, no solía conmoverse por la ira, que aplacaba a toda persona enardecida renunciando a las cosas propias para avivar la ira y que sentía por igual por todos, ¿adónde va? ¿Adónde va aquel sumamente enérgico y magnánimo que se conducía con nosotras como con su madre Kausalya? Afligido por Kaikeyi y enviado por el monarca a los bosques, ¿adónde va el libertador de esta gente, del mundo entero? ¡Ay! El insensato monarca envía a los bosques al sostén de todas las criaturas, el justo y veraz Rama». Así todas las reinas, oprimidas por la pena, estallaron en lamentaciones como vacas privadas de terneros, y fuerte fue el sonido de su llanto. Al oír el fuerte tumulto de lamentación en el aposento interior, el señor de la tierra, ardiendo de pena por su hijo, fue herido de dolor. Y no se habían ofrecido las oblaciones al fuego; y el Sol se puso; y los elefantes abandonaron su forraje; y las vacas no amamantaron a sus terneros. Trisanku, Lohitanga, Brihaspati, Budha y los demás grahas, llegando hasta la Luna, permanecieron con aspectos feroces. Las estrellas están despojadas de su brillo; los grahas privados de fulgor; y Visakha aparece envuelta en bruma. Y las nubes empujadas por el viento semejaban el mar que sube por el firmamento; y la ciudad tembló al partir Rama al bosque. Y los puntos cardinales están angustiados y aparecen envueltos en oscuridad. Y no se ve planeta ni estrella alguna. Y de pronto los ciudadanos han sido heridos de pobreza: y nadie vuelve su pensamiento a comer ni a beber. E incesantemente ardiendo de pena y dando suspiros, la gente de Ayodhya se encoleriza contra el monarca. Y con los rostros lavados en lágrimas, los caminantes no muestran deleite alguno, sino que todos están atormentados de pena. Y no sopla el aire fresco, ni se ve luna de aspecto suave, ni el sol calienta el mundo; toda la Tierra entera está abrumada de aflicción. Y los hijos no dependen de sus padres, ni los maridos de sus mujeres, ni los hermanos de sus hermanos; y todos, abandonándose unos a otros, piensan solo en Rama. Y privados de sentido y oprimidos por la carga de la pena, los amigos de Rama abandonaron su descanso. Como la Tierra con sus montañas privada de Purandara, Ayodhya, privada de Rama, se estremeció, agitada por el miedo y la pena; y los ciudadanos con elefantes y guerreros profirieron exclamaciones de angustia.
Section 42
Mientras pudo ver el polvo levantado por el carro de Rama que partía hacia el bosque, aquel mejor de la raza de Ikshvaku no apartó los ojos de aquella dirección. Y mientras el rey pudo divisar a su sumamente virtuoso y favorito hijo, se alzó (de puntillas) sobre la tierra con el fin de contemplarlo. Y cuando el gobernante de la tierra ya no pudo percibir ni siquiera el polvo levantado por el carro de Rama, entonces, traspasado de pena y con pesadez de corazón, cayó al suelo. Entonces (levantándolo), Kausalya lo sostuvo del brazo derecho y caminó con él, mientras la de cintura esbelta Kaikeyi caminaba a su izquierda. Dotado de sentido de justicia y de virtud y humildad, el rey, con los sentidos afligidos, mirando fijamente a Kaikeyi, le habló así: «Oh Kaikeyi, tú, que has decidido seguir el pecado, no toques mi persona; ni deseo verte. No eres esposa mía, ni siquiera criada de un amigo que comparte sus favores. No soy nada para quienes subsisten de tu favor, ni ellos son nada para mí. Renuncio a ti, que solo buscas tu interés y has abandonado la virtud. Renuncio a todas las ventajas pertenecientes a este mundo o al próximo a las que tengo derecho por haber obtenido tu mano y haberte hecho rodear el fuego sacrificial. Si Bharata se satisface con recibir este reino entero, que lo que gaste por mis exequias fúnebres no llegue a mí». Entonces, levantando al señor de los hombres cubierto de polvo, la noble Kausalya, traspasada de pena, se detuvo (junto con el monarca). El justo, recordando a Raghava, se arrepintió, como si hubiera matado a un brahmán por deseo desmedido, o como si hubiera puesto la mano en el fuego. Y habiéndose detenido una y otra vez, el rostro del monarca, que se lamentaba al contemplar el rastro del carro, aparecía apagado como la Luna invadida por Rahu. Y herido de pena, se lamentó, recordando a su amado hijo; y pensando que a estas horas habría llegado a los alrededores de la ciudad, prorrumpió en lo siguiente: «En el camino se trazan las huellas de aquellos primeros de los portadores que llevan lejos a mi hijo; pero a aquel magnánimo no lo encuentro. Y aquel meritorio hijo mío, que, untado de sándalo, solía reposar la cabeza placenteramente sobre una almohada, abanicado por hermosas doncellas adornadas con ornamentos, hoy sin duda buscará refugio bajo un árbol y apoyará la cabeza en un tablón de madera o en una piedra. Cubierto de polvo, suspirando, se levantará del suelo en triste aspecto, como una jefa de elefantas que se levanta al costado de una montaña. Los vagantes de los bosques verán ahora al de brazos largos Rama, semejante al señor mismo de los mundos, que se levanta del suelo y marcha como un abandonado. Y aquella tan entrañablemente amada por Janaka, digna de ser constantemente atendida con comodidades, va hoy al bosque, fatigada por haber sido herida por espinas. Sin conocer el bosque, está sin duda afligida de espanto al oír los hondos rugidos de las bestias feroces, capaces de erizar los cabellos. Oh Kaikeyi, cumple tu deseo; hecha viuda, rige este reino. Sin aquel mejor de los hombres no puedo vivir». Así lamentándose, el rey, rodeado de la multitud, como quien ha hecho su baño tras una muerte, entró en aquella mejor de las ciudades llena de gente debilitada y herida de pena, con sus calles despobladas de hombres y sus puestos cerrados. Y contemplando toda aquella ciudad, con su mente fija en Rama, el rey, lamentándose, como el sol que entra en nubes, entró en aquella ciudad, como un mar no agitado liberado de serpientes por Suparna, la ciudad sin Rama ni Lakshmana ni Sita. Entonces, con lágrimas en los ojos, el señor de la tierra, lamentándose, con acentos ininteligibles dijo estas tristes y quebradas palabras: «Llévenme pronto al aposento de la madre de Rama, Kausalya; pues en ningún otro lugar hallará descanso mi corazón». Cuando el rey hubo hablado así, los ujieres, llevándolo al aposento de Kausalya, lo hicieron acostarse en humilde estado. Y habiendo entrado en el aposento de Kausalya, el rey, tendido en el lecho, quedó abrumado de emoción. Y el rey contempló la mansión privada de sus dos hijos y de su nuera, como el firmamento privado de la Luna. Al ver esto, el poderoso soberano, alzando el brazo, estalló en lamentaciones, diciendo: «¡Ay! Rama, ¡nos abandonas a los dos! ¡Ay de mí! Sin duda son felices aquellos bienaventurados que, habiendo pasado este lapso de tiempo, verán a Rama de regreso y lo abrazarán». Entonces, cuando llegó la noche, como su propia noche fatal, Dasaratha, a medianoche, dijo a Kausalya: «No te percibo, oh Kausalya. Tócame con tu mano. Mi vista, que siguió a Rama, aún no regresa». Entonces, viendo a aquel primero de los hombres absorto en la contemplación de Rama, aquella noble dama se sentó junto a él y, afligida con mayor pena, empezó a entregarse a un dolor, suspirando hondamente.
Section 43
Entonces, viendo al rey tendido aturdido de pena, Kausalya, afligida por su hijo, habló al señor de la tierra, diciendo: «Oh mejor de los hombres, habiendo vertido su veneno sobre Raghava, la torcida Kaikeyi andará como una serpiente hembra que ha mudado su piel. Y aquella afortunada, habiendo logrado su fin con sus esfuerzos, me aterrorizará aún más como una maligna serpiente en la casa. Si Rama se hubiera quedado en esta ciudad subsistiendo de limosnas, o si yo hubiera hecho de mi hijo el esclavo de Kaikeyi, aun eso habría sido preferible (antes de su retiro a los bosques). Como la porción sacrificial arrojada a los rakshasas por los sacrificantes en ocasión de los parvas, aquel portador del arco, el de brazos poderosos Rama, dotado del andar del príncipe de los elefantes, desechado por Kaikeyi, se refugia en el bosque en compañía de su esposa y de Lakshmana. Enviados por usted a los bosques por mandato de Kaikeyi, ¡a qué situación serán reducidos, ellos que no están habituados a las privaciones de la vida del bosque! Y privados de elegante atuendo, ¿cómo pasarán sus vidas en la miseria, subsistiendo de frutos y raíces, ellos de tierna edad, desterrados en este tiempo de disfrute? ¿Se presentará tal momento en que, disipada mi pena y logrado mi deseo, contemple yo aquí a Raghava junto con su esposa y su hermano? ¿Cuándo, al oír que esos héroes han venido, alcanzará fama Ayodhya adornada con estandartes y guirnaldas, con su población llena de gozo? ¿Cuándo, al ver a esos primeros de los hombres de regreso del bosque, rebosará la ciudad de deleite, como el océano en ocasión de un parva? ¿Cuándo entrará el héroe de brazos poderosos en la ciudad de Ayodhya, colocando a Sita ante sí en el carro, como un toro que tiene ante sí a su pareja bovina? ¿Cuándo derramará la gente por millares arroz tostado sobre mis hijos en el camino, mientras esos sometedores de enemigos entren en la ciudad? ¿Cuándo contemplaré a aquellos (dos) de pendientes bruñidos, entrando en Ayodhya, colocando ante sí sus armas y espadas, como dos montes provistos de sus cumbres? ¿Cuándo, aceptando flores de doncellas y frutos de brahmanes, rodearán, llenos de deleite, el palacio? ¿Cuándo, con su inteligencia madurada por el tiempo, aunque semejante a un celestial en edad, vendrá aquí aquel de alma justa, regocijando a la gente como un trivarsha? Sin duda, oh héroe, antes, siendo yo de malos modos, había cortado las tetas de vacas e impedido así que sus terneros, ansiosos de la leche de sus madres, la bebieran. Y es por este pecado que, oh primero de los hombres, he sido privada por la fuerza de mi hijo por Kaikeyi, apegada a mi hijo como estoy, como una vaca privada de su ternero por un león. Teniendo un solo hijo, no me atrevo a vivir sin él, dotado de toda virtud y versado en toda rama del saber. No viendo a mi amado hijo ni al poderoso Lakshmana, no puedo vivir en absoluto. Como en verano el divino Sol, provisto de rayos feroces, quema esta tierra, así este fuego rabioso de pena por mi hijo me consume».
Section 44
Mientras aquella mejor de las damas, Kausalya, se lamentaba así, Sumitra, siempre atenida a la virtud, le habló con estas palabras acordes con la rectitud: «Oh venerable, su hijo está coronado de todas las cualidades y es el mejor de los hombres. ¿Por qué entonces se lamenta usted así, o llora amargamente? Puesto que, oh venerada, renunciando al reino, su poderoso hijo marcha (a los bosques) con el fin de cumplir la intención de su de alma elevada y veraz padre, el digno Rama, permaneciendo en el deber que los buenos observan completamente y cuyo cumplimiento siempre trae bienestar en el otro mundo, no debe en modo alguno ser lamentado. Y aquel sin pecado, Lakshmana, bondadoso con todas las criaturas, atenderá a Rama de la mejor manera posible, y esto es para ventaja de aquel de alma elevada. Y experimentando las penalidades que vienen de vivir en el bosque, Vaidehi, digna de felicidad, sigue a su justo hijo. ¿Y qué falta a ese sustentador de todos, su hijo de sentidos sometidos, atento a la verdad y a la observancia de votos, que extiende su estandarte de fama sobre el mundo? Conociendo la manifiesta pureza y la elevada magnanimidad de Rama, el Sol mismo no osará quemar su cuerpo con sus rayos. Y saliendo de los bosques a todas horas, el delicioso aire impregnado de calor y frío servirá a Raghava. Y cuando se acueste de noche, la Luna, tocándolo con sus rayos y abrazándolo como su propio padre, alegrará su corazón. Aquel héroe de poderosa energía, a quien Brahma había conferido armas celestiales, viendo muerto en batalla a aquel primero de los danavas, el hijo de Timidhvaja, aquel semejante a un tigre, confiando en la fuerza natural de sus brazos, morará sin temor en el bosque como en su propia casa. ¿Y por qué no habría de quedar la tierra bajo el dominio de aquel en cuyo alcance de brazos los enemigos hallan la destrucción? Considerando la gracia, el heroísmo y la auspiciosidad de Rama, (no puede haber duda de que) regresando del bosque recobrará pronto su propio reino. Él es el sol del sol, el señor del señor; es la auspiciosidad de la auspiciosidad primera, la fama de la fama, la paciencia de la paciencia, el dios de los dioses y el primero de las criaturas. ¿Qué cualidades malas, oh noble dama, se percibirán en él, ya permanezca en la ciudad o en el bosque? Y aquel mejor de los hombres, Rama, será instalado pronto en el reino, en compañía de estas tres: la Tierra, Vaidehi y la diosa de la victoria. Aunque abrumada de pena, la gente de Ayodhya, al ver a aquel noble invicto retirarse a los bosques vestido de kusa y corteza, derrama lágrimas nacidas de la pena; sin embargo, acompañado de aquella Lakshmi, ¿qué hay que sea incapaz de ser alcanzado por él? ¿Y qué hay que sea incapaz de ser obtenido por aquel ante quien va ese primero de los arqueros mismo portando flechas, espadas y otras armas? Usted lo verá de nuevo de regreso del bosque. Oh excelsa, ahuyente su pena y tristeza; se lo digo con verdad. Oh irreprochable, usted verá de nuevo, oh auspiciosa dama, a su hijo, como la luna recién salida, rindiendo homenaje a sus pies con la cabeza. Y viéndolo de nuevo de regreso y coronado de gran auspiciosidad, derramará pronto el rocío del deleite. Oh noble dama, no se aflija ni se lamente. El mal no puede tocar a Rama. Pronto contemplará a su hijo junto con Sita y Lakshmana. Oh sin pecado, a usted le corresponde consolar a esta gente. ¿Por qué entonces, oh venerada, permite que su corazón sea así dominado? Oh eminente, no debe lamentarse, pues Raghava es su hijo. En este mundo no hay otro que resida en la honestidad que sea superior a Rama. Al contemplar a su hijo rodeado de sus amigos, inclinándose ante usted, derramará pronto lágrimas de dicha, como una nube de lluvia. Y pronto su hijo, dispensador de dones, regresando (a este lugar), apretará sus pies con aquellas suaves y rollizas manos suyas. Y así como una cadena de nubes habla a un monte, usted hablará a su venerable y heroico hijo, rodeado de sus amigos, que se inclina ante usted». Habiendo así hablado a la madre de Rama e inspirándole esperanza con diversas palabras, la noble, agradable e irreprochable Sumitra, hábil en el habla, hizo una pausa. Al oír estas palabras de la madre de Lakshmana, aquella esposa del mejor de los hombres, la madre de Rama, vio destruida su pena en su persona, como una nube otoñal cargada de ligera lluvia.
Section 45
La gente, que anhelaba a Rama, cuyo poder era la verdad, lo siguió cuando partía al bosque. Aun cuando el rey, por el interés de su hijo, se había contenido con mucho esfuerzo, estos, siguiendo el carro de Rama, no desistieron. Aquel ilustre, coronado de toda perfección, era para los habitantes de Ayodhya como la propia luna llena. Aunque suplicado por los súbditos, el veraz Kakutstha, habiendo empeñado su palabra a su padre, siguió yendo al bosque. Y mirándolos con cariño como si los bebiera con la vista, Rama se dirigió conmovedoramente a aquellos súbditos como si fueran suyos: «El amor y el aprecio que los habitantes de Ayodhya tienen por mí, que para complacerme los extiendan en plena medida hacia Bharata. Aquel que acrecienta el deleite de Kaikeyi, de carácter auspicioso, cumplirá debidamente su felicidad y bienestar. Anciano por su sabiduría aunque joven en años, y suave aunque dotado de virtud heroica, ese que aparta el temor será un gobernante apropiado para ustedes. Coronado de toda virtud regia y escogido como heredero (por el monarca), es con mucho más meritorio que yo. Les corresponde obedecer la orden de su amo. Y buscando mi bien, les corresponde obrar de modo que, cuando yo haya ido al bosque, el rey no se aflija». Pero mientras el hijo de Dasaratha hacía ver a la gente que su deber estaba en obedecer el mandato real, ellos deseaban que el propio Rama los rigiera. Y Rama, en compañía del hijo de Sumitra, atrajo a los habitantes de la ciudad, sometidos por sus virtudes, que estaban con lágrimas en los ojos. Y las tres clases de dos veces nacidos, a saber, los ancianos respectivamente por edad, por saber y por energía ascética, los viejos con las cabezas temblorosas por la longitud de los años, gritaron desde lejos: «Oh ustedes, veloces corceles que se jactan de exaltada estirpe y llevan lejos a Rama, deténganse; no sigan; hagan incluso lo que es para el bien de su amo. Y más particularmente, siendo criaturas provistas de oídos, ustedes, caballos, conociendo nuestra súplica, deténganse. Y de espíritu puro y heroico y siempre firme en nobles promesas, ese amo de ustedes debería, en justicia, ser llevado (a la ciudad) y no al bosque lejos de ella». Viendo de pronto a aquellos ancianos brahmanes lamentarse así angustiosamente, Rama descendió prestamente de su carro. Y junto con Lakshmana y Sita, Rama, destinado al bosque, comenzó a caminar cerca de ellos a pie. Dotado de bondad, aquel amigo de los buenos, Rama, no pudo soportar, yendo en su carro, separarse de los brahmanes que lo seguían a pie. Al verlo ir así, los brahmanes, con los corazones agitados y ardiendo de pena, se dirigieron a Rama con estas palabras: «Los brahmanes en cuerpo lo siguen buscando siempre su bien, y, montados sobre los hombros de los regenerados, los (sacrificiales) Fuegos caminan tras de usted. Y mire estos nuestros parasoles alzados, obtenidos del sacrificio Vajapeya, que como nubes otoñales lo siguen por detrás. Con estos parasoles obtenidos en el sacrificio Vajapeya daremos sombra a Rama desprovisto de su propio parasol blanco, cuando sienta el calor de los rayos (solares). Esa inteligencia nuestra que siempre sigue los mantras védicos está ahora, oh niño, lista para seguirlo al bosque en su interés. Ese mejor de los tesoros, los Vedas, reside en nuestros pechos; y nuestras esposas, protegidas por su castidad, permanecen en nuestros hogares. Como ya hemos decidido seguirlo, es inútil fijar de nuevo nuestros corazones. Pero si usted pasa por alto la virtud, ¿qué es de atenerse a la rectitud? Oh usted, siempre firme en la virtud, le suplicamos, humillando hasta el polvo nuestras cabezas cubiertas de cabello blanco como grullas: deténgase. Estos numerosos brahmanes que han venido aquí han emprendido muchos sacrificios. La conclusión de estos, oh niño, depende de su regreso. Todas las criaturas móviles e inmóviles lo estiman con alto aprecio. Todas ellas le suplican. Muestre consideración a quienes lo aprecian. Altos árboles privados de movimiento por estar firmemente arraigados a la tierra e incapaces de seguirte le prohíben con su sonido al viento. Y las aves que están en los árboles y no manifiestan movimiento alguno ni buscan su alimento le suplican que tenga compasión de todas las criaturas». Mientras los brahmanes demandaban en voz alta el regreso de Rama, él halló que la oscuridad descendía como para prohibírselo. Entonces Sumantra desuncó de la carroza a los caballos fatigados, que de inmediato se pusieron a revolcarse en el polvo. Y luego, bañándolos y dándoles de beber, en cuanto cayó el crepúsculo, les puso forraje delante.
Section 46
Entonces Raghava, haciendo una pausa a orillas del Tamasa, miró a Sita y habló al hijo de Sumitra, diciendo: «Oh hijo de Sumitra, esta es la primera noche de nuestro destierro al bosque. Desde hoy no te conviene, ¡que la fortuna te sea propicia!, permitir que tu mente se aflija (recordando pasadas alegrías). El bosque vacío, que resuena con los gritos de bestias y aves vueltas a sus moradas y está cubierto de tinieblas, parece llorar por todos lados. Sin duda hoy los hombres y mujeres de Ayodhya, la metrópoli de mi padre, se lamentan por nosotros, retirados al bosque. Oh primero de los hombres, la gente está apegada a ti, al monarca, a Bharata, a Satrughna y a mí por nuestras diversas buenas cualidades. Me lamento por nuestro padre y por mi ilustre madre. Temo que, lamentándose sin cesar, se queden ciegos. Pero sin duda el virtuoso Bharata consolará a nuestro padre y a nuestra madre con palabras cargadas de virtud, interés y provecho. Reflexionando una y otra vez sobre la sinceridad de alma de Bharata, no me lamento, oh de brazos poderosos, ni por mi madre ni por mi padre. Oh primero de los hombres, que me hayas seguido es tu deber. (Si no lo hubieras hecho), habría tenido que buscar en otra parte la protección de Vaidehi. Oh hijo de Sumitra, pasaré aquí esta noche subsistiendo solo de agua. Aun esto me parece bien, aunque el bosque da diversas clases de frutos». Habiendo dicho esto al hijo de Sumitra, Raghava habló a Sumantra, diciendo: «Oh apacible, cuida ahora de lo necesario para los caballos». Entonces, a la puesta del sol, desuncidos los caballos, Sumantra los alimentó abundantemente con hierba y luego volvió. Entonces, al ver llegada la noche, el auriga adoró a la benéfica Sandhya y luego, en compañía del hijo de Sumitra, preparó el lecho de Rama. Y mirando aquel lecho en las orillas del Tamasa rodeado de árboles, Rama, junto con su esposa y el hijo de Sumitra, se acostó. Cuando Lakshmana vio que Rama, afligido de fatiga, se había dormido junto con su esposa, comenzó a hablar al auriga acerca de las diversas cualidades de Rama. Mientras, permaneciendo despierto en la noche, el hijo de Sumitra se ocupaba en explayarse ante el auriga sobre las virtudes de Rama a orillas del Tamasa, salió el sol.
Rama pasó aquella noche junto con los súbditos a cierta distancia de las orillas del Tamasa, llenas de vacas. Levantándose (de su lecho), aquel sumamente enérgico, Rama, viendo a los súbditos (dormidos), se dirigió a su hermano Lakshmana, adornado de signos auspiciosos: «Oh hijo de Sumitra, estos, que por nuestra causa han desatendido sus propios hogares, duermen bajo los árboles. Estos ciudadanos han determinado hacerme volver del bosque; antes renunciarían a sus vidas que abandonar su resolución. Mientras duermen, subamos a nuestro carro y sigamos pronto nuestro camino sin temor a ser molestados. Apegados a mí, los moradores de la ciudad de Ikshvaku no volverán a entregarse al sueño bajo los árboles. Un príncipe debe librar a los ciudadanos de la calamidad que ellos mismos se acarrean, pero no debe en modo alguno arrastrarlos a las que él mismo ha traído». Entonces Lakshmana habló a Rama como la Virtud manifiesta en la tierra: «Oh sabio, también a mí me place esto. Sube pronto (al carro)». Rama dijo al auriga: «Unce de inmediato el carro. Iré al bosque. Ve, mi señor, pronto de aquí». Entonces el auriga, poniéndose en movimiento, uncidos los excelentes caballos al carro, dijo a Rama con las manos juntas: «Aquí, oh de brazos poderosos, está su carro ya uncido, oh primero de los guerreros de carro. Suba usted pronto, ¡que la fortuna le sea propicia!, junto con Sita y Lakshmana». Subiendo al carro tras equiparse, Raghava cruzó el Tamasa de rápida corriente y abundante en remolinos. Habiendo cruzado (la corriente), el auspicioso y de brazos poderosos llegó a un buen y seguro camino real capaz de infundir confianza aun a los tímidos. Pero con el fin de engañar a los ciudadanos, Rama dijo al auriga: «Oh auriga, sube al carro y avanza hacia el norte; y habiendo avanzado pronto un trecho, da vuelta al carro. Obra con cuidado de modo que los ciudadanos no lo adviertan». Al oír las palabras de Rama, el auriga obró en consecuencia y, habiendo vuelto, dijo a Rama que subiera al carro.
Entonces, estando aquellos perpetuadores de la raza de Raghu sentados con Sita en el carro, el auriga condujo los caballos por aquel camino que llevaba a la ermita. Luego, colocando el carro con la proa hacia el norte con el fin de invocar buen augurio para su viaje, aquel poderoso auriga, establecido en el vehículo, partió hacia el bosque con el hijo de Dasaratha.
Section 47
Cuando la noche hubo partido y amaneció el día, los ciudadanos, al no hallar a Raghava, quedaron abrumados de pena y privados de sus sentidos. Con lágrimas de pena y afligidos de angustia, miraron aquí y allá, pero no pudieron descubrir ni siquiera el polvo levantado por el carro de Rama. Y aquellos inteligentes, sumamente angustiados por verse privados de Rama, dotado de entendimiento, con semblantes que denotaban pena, dijeron estas lastimeras palabras: «¡Ay! ¡Maldito sea ese sueño por el cual, privados de sentidos, no contemplaremos hoy a Rama de ancho pecho y brazos poderosos! ¿Cómo ha podido Rama, de brazos poderosos, adoptando este curso indeseable, haber ido al destierro como asceta, dejando atrás a quienes lo estiman tanto? ¿Por qué aquel primero de los Raghus, que siempre nos ha cuidado como un padre cuida a los hijos engendrados de sus propias entrañas, abandonándonos, se ha ido al bosque? Aquí renunciaremos a nuestras vidas, o dirigiremos nuestro rumbo al norte para encontrar la muerte. ¿De qué sirven nuestras vidas cuando hemos sido privados de Rama? Aquí hay enormes troncos de leña seca en abundancia. Encendiendo la pira de leña, entraremos todos en el fuego. ¿Qué diremos (cuando nos pregunten)? ¿Cómo podremos decir: “Nos llevamos de aquí al de brazos poderosos, de dulce habla y sin venganza, Rama”? Sin duda, al vernos sin Raghava, la ciudad desolada con sus mujeres, niños y adultos se sumirá en la pena. Habíamos salido con aquel héroe de alma elevada. Privados de él, ¿cómo contemplaremos esa ciudad?». Así alzando los brazos, heridos de pena, se entregaron a lamentaciones, como vacas privadas de sus terneros. Entonces, siguiendo por un rato el rastro del carro, perdiendo el rastro, quedaron abrumados de aflicción. Y entonces aquellos inteligentes volvieron por el rastro del carro. «¿Qué es esto? ¿Qué haremos? Hemos sido burlados por alguna agencia sobrenatural». Entonces regresaron a la ciudad de Ayodhya, con su buena gente oprimida de pena, por el mismo camino por el que habían venido. Contemplando la ciudad, con los ojos cargados de pena y las mentes oprimidas de aflicción, derramaron abundantes lágrimas. «Esta ciudad privada de Rama no se ve hermosa, como un lago privado de su serpiente por Garuda, o el firmamento privado de la Luna, o el océano sin sus aguas». Y ellos, turbados de mente, contemplaron la ciudad sumida en pena. Y entrando en sus ricas mansiones, privados de sus sentidos por la pena, no podían reconocerlas como propias, ni podían, con los corazones absolutamente sin alegría, aunque las miraban minuciosamente, distinguir las suyas de las ajenas.
Section 48
Entonces, con ánimos abatidos y sumamente afligidos, con lágrimas que inundaban sus ojos, heridos de mortal pena, los habitantes de la ciudad volvieron de Rama a la ciudad. Y con sus vidas pareciendo a punto de partir, aquellos inestables llegaron a sus respectivos hogares y, rodeados de sus esposas e hijos, se lavaron el rostro con abundantes lágrimas. Y se olvidaron de regocijarse o de divertirse, y los comerciantes no extendieron (sus mercancías), y los puestos no adornaron el lugar, y los dueños de casa no cocinaron, y la gente no se alegró al recobrar propiedad perdida ni al ganar una profusa acumulación de riqueza, y las madres no sintieron deleite alguno al contemplar a sus primogénitos. Y en cada hogar las mujeres, afligidas de pena, llorando, reprendían a sus maridos, que llegaban a casa, con las siguientes palabras, como (los conductores) aguijonean a los elefantes con ganchos: «¿De qué sirven sus casas, esposas, riqueza, hijos y comodidades a quienes no ven a Raghava (en medio de ellos)? Solo hay un hombre bueno en este mundo, Lakshmana, que junto con Sita sigue a Rama Kakutstha a los bosques. Benditos son esos arroyos, conjuntos de lotos y estanques por los que, bañándose en las aguas sagradas, pasará Kakutstha. Y los pintorescos bosques y selvas, las extensiones de agua de gran volumen y las montañas con espacios llanos, embellecerán a Kakutstha. Y los bosques y colinas adonde se encamine Rama no podrán dejar de rendirle homenaje como a un huésped bienvenido. Y coronados de flores de diversos matices y echando frecuentes brotes, los árboles, repletos de abejas, se mostrarán ante Raghava. Y las colinas, por respeto, mostrarán a Rama llegado allí las más selectas flores y frutos aun fuera de estación; y le proveerán fuentes de agua pura. Y presentándole muchas encantadoras fuentes, los árboles deleitarán a Rama en las cumbres de las montañas. Donde está Rama no hay temor ni fracaso. Ese de brazos poderosos, hijo de Dasaratha, es heroico. Mientras aún va delante a corta distancia de nosotros, sigamos a Raghava. Aun la sombra de los pies de nuestro amo, tan de alma elevada, nos traería felicidad. Él es el señor de todos estos, es el refugio, es el cumplimiento de nuestros deberes religiosos. Nosotras y ustedes serviremos a Sita y a Raghava». Así afligidas de pena, las mujeres de la ciudad hablaron a sus maridos: «En el bosque Raghava logrará para ustedes lo inalcanzable y protegerá lo alcanzado; y Sita, siendo mujer, hará lo mismo por estas (mujeres). ¿Quién se complacerá en residir en una morada donde el corazón muere dentro de sí, que está desprovista de deleite, donde la gente está siempre agitada de ansiedad y que es sumamente desagradable? Si este reino recae en Kaikeyi, quedará despojado de todas las virtudes y será como uno sin amo. ¿Y de qué sirve entonces nuestra misma vida, sin hablar de hijos y riqueza? ¿A quién más abandonará ahora aquella manchadora de su linaje, Kaikeyi, que por la riqueza ha abandonado a su hijo y a su señor? Juramos por nuestros hijos que mientras Kaikeyi esté viva, mientras vivamos no permaneceremos nunca en su reino, aunque seamos mantenidas por ella. ¿Qué felicidad puede ser la nuestra viviendo con aquella perversa e injusta que, perdido todo sentido de la vergüenza, está empeñada en desterrar al hijo del primero de los reyes? Perturbado por disturbios, con todos sus sacrificios detenidos y sin amo sobre él, todo el (reino) hallará la destrucción por causa de Kaikeyi. Al retirarse Rama al bosque, el señor de la tierra sin duda no vivirá; y muerto Dasaratha, es evidente que todo quedará en nada. Ustedes, agotada su virtud y oprimidos de pena, muelan veneno y tómenlo, o sigan a Raghava, o váyanse a un lugar tal que ni el nombre de Kaikeyi llegue a sus oídos. Rama ha sido desterrado con engaño junto con su esposa y Lakshmana; y estamos atadas a Bharata como una bestia (sacrificial) ante quien ha de matarla. Sin duda aquel poderoso guerrero de carro, de clavículas profundas, de semblante semejante a la luna llena, de tez oscura, sometedor de sus enemigos, con los brazos que le llegan a las rodillas y ojos de loto, Rama, el hermano mayor de Lakshmana, que siempre habla primero (a un visitante), suave, veraz, dotado de poderío, amable con todos los hombres y encantador como la propia luna, sin duda aquel primero de los hombres, dotado de la fuerza de un elefante enloquecido, embellecerá los bosques recorriéndolos». Así lamentándose en la ciudad, las mujeres de ella, ardiendo de pena, quedaron angustiadas como personas heridas de pánico en ocasión de una peste.
Mientras las mujeres se lamentaban así por Raghava en sus hogares, el Sol se puso y llegó la noche. Y la ciudad quedó envuelta en tinieblas, y la luz (de los fuegos sacrificiales) se extinguió, y cesaron los sonidos del estudio y del discurso edificante. Y estando cerradas las tiendas de los comerciantes, y habiendo desaparecido la alegría festiva, y quedando la gente indefensa, la ciudad de Ayodhya semejaba el firmamento privado de estrellas. Y angustiadas por Rama como si fuera un hijo o un hermano suyo el desterrado, las mujeres, llorando desoladas, se lamentaban con los sentidos perdidos; y Rama era para ellas más que un hijo. Y habiendo cesado la voz del canto y el regocijo festivo y la danza y los sonidos de los instrumentos, y habiendo desaparecido la alegría, y no exhibiendo las tiendas sus mercancías, Ayodhya semejaba entonces el poderoso océano vaciado de sus aguas.
Section 49
Aquel mejor de los hombres, Rama, recordando el mandato de su padre, recorrió una gran extensión de tierra antes de que terminara la noche. Y mientras avanzaba, la auspiciosa noche transcurrió. Y luego, tras ofrecer sus devociones a la benéfica Sandhya, Rama entró en otro país. Y viendo aldeas con campos arados en sus lindes, y bosques floridos, avanzó muy rápido por medio de aquellos excelentes caballos, aunque parecía ir despacio. Y mientras Rama avanzaba, oyó a los aldeanos hablarse unos a otros, diciendo: «¡Vergüenza para el rey Dasaratha, que se ha entregado a la lujuria! ¡Ay! La implacable, cruel y pecadora Kaikeyi, resuelta a la impiedad, habiendo dejado a un lado su honor, ha resuelto una acción sumamente atroz: ella, que destierra a los bosques a tan virtuoso hijo del monarca, dotado de alta sabiduría, bondadoso y con los sentidos bajo control. ¡Ay! El rey Dasaratha no tiene afecto por su propio hijo, pues desea despedir de aquí a Rama, sin pecado y querido de los súbditos». Al oír estas palabras de los aldeanos, aquel héroe, el señor de Kosala, dejó Kosala atrás. Luego, cruzando el río Vedasruti de aguas sagradas, Rama fue en dirección al rumbo en que residía Agastya. (El sur).
Entonces, avanzando un buen rato, cruzó el arroyo de frescas aguas Gomati, que corre en dirección al océano, con sus orillas llenas de vacas e inundando su borde. Habiendo pasado el Gomati, Raghava, por medio de veloces caballos, cruzó luego el río Sandika, que resonaba con los gritos de grullas y pavos reales. Aquí Rama mostró a Vaidehi aquellas florecientes regiones que habían sido conferidas antaño por el rey Manu a Ikshvaku, y que rebosaban de comarcas pobladas. Entonces, dirigiéndose con frecuencia al auriga, diciendo «Oh Suta», aquel mejor de los hombres, dotado de gracia y de voz como la de un cisne enloquecido, habló: «¿Cuándo volveré a recorrer, cazando, los floridos bosquecillos del Sarayu, junto con mi padre y mi madre? No anhelo tanto cazar en los bosques del Sarayu; pero el gusto (por el pasatiempo) se considera incomparable, y es tenido en estima por los rajarshis. La caza en el bosque fue introducida para recreo de los Raghavas. Sin embargo, no me aficiono sin medida a la caza que ha sido seguida en su estación por los descendientes de Manu y que es siempre codiciada por los arqueros». Tomando este tema, el descendiente de Ikshvaku recorrió el camino, dirigiendo dulces palabras al auriga.
Section 50
Habiendo pasado el extenso y pintoresco Kosala, el inteligente hermano mayor de Lakshmana, mirando hacia Ayodhya, dijo con las manos juntas: «Oh mejor de las ciudades, gobernada por Kakutstha, me dirijo a ti y también a las deidades que te habitan y guardan. Volviendo de mi morada en los bosques, quedaré libre de mi deuda con el señor de la tierra y te contemplaré de nuevo junto con mi padre y mi madre». Entonces él, dotado de graciosos ojos cobrizos, alzando la mano derecha, con lágrimas en los ojos y en aspecto desolado, se dirigió a la gente de las provincias, diciendo: «Ustedes han mostrado debida compasión y pesar por mí. Afligirse largo tiempo no es conveniente. Vuelvan, pues, a atender sus intereses». Entonces, saludando a aquel de alma elevada y rodeándolo, lamentándose todo el tiempo con pesadez de corazón, se detuvieron a veces en su camino. Y mientras seguían lamentándose, insaciados de contemplarlo, Raghava salió del alcance de su vista, como el Sol que desaparece al caer la noche. Entonces aquel poderoso, montado en su carro, dejó atrás Kosala, rebosante de riqueza y vacas, habitado por gente caritativa, auspicioso, libre de toda clase de temor, encantador, con altares y postes, con jardines y mangares, provisto de estanques repletos de gente robusta y contenta, lleno de vacas, digno de ser protegido por monarcas y que resonaba con los sonidos de recitaciones védicas. Avanzando a paso moderado, aquel mejor de los dotados de entereza pasó por tierras que sonreían alegres, prósperas y atestadas de elegantes villas, reinos dignos de ser codiciados por los primeros de los reyes. Entonces Raghava vio la celeste Ganga, que corre en tres cursos con aguas frescas libres de musgo, hermoso de contemplar, frecuentado por los sabios, adornado con graciosas ermitas cercanas, que contiene sagradas extensiones de agua frecuentadas en las horas de juego por deleitadas apsaras, engalanado con celestiales, danavas, gandharvas y kinnaras, siempre santo, frecuentado por las esposas de nagas y gandharvas, con colinas que servían de lugares de recreo a los celestiales; el río rodeado de jardines de los inmortales, que por el provecho de los celestiales había ascendido al cielo, famoso, provisto de conjuntos de lotos celestiales, con las rocas riendo en voz alta por el choque del agua, riendo sin mancha con la espuma, a veces con su agua fluyendo como una trenza y a veces adornado de remolinos, a veces quieto y hondo, y a veces precipitándose furioso, a veces sonando solemne y a veces rugiendo espantosamente, con multitudes de deidades bañándose en su agua, embellecido con lotos recién abiertos, con amplios bajíos y parajes cubiertos de arena reluciente, resonando con los gritos de grullas de diversas clases, engalanado por chakravakas, siempre frecuentado por aves enloquecidas, sin tacha, adornado por árboles en sus orillas semejantes a guirnaldas, en algún lugar cubierto de lotos en plena flor y en otro conteniendo multitudes de lotos, en sitios adornado con extensiones de lirios, en otros con capullos que se abren, repleto del polen de diversas flores, a veces semejante a una mujer orgullosa, quitando la suciedad del pecado, translúcido como una gema a la vista, con los elefantes de los puntos cardinales, salvajes, enloquecidos, así como los mejores de su especie y los que llevan a los primeros de los celestiales, rugiendo en los bosques vecinos, adornado cuidadosamente con los más selectos ornamentos como una doncella, atestado de flores y frutos y arbustos así como de aves, que fluye de los pies de Vishnu, divino, sin pecado, capaz de destruirlo, lleno de marsopas, cocodrilos y serpientes, extraído de las trenzas enmarañadas de Sankara por la energía del descendiente de Sagara, la reina del Océano, resonante con los gritos de grullas y kraunchas. El de brazos poderosos Rama llegó a la Ganga cerca de Sringaverapura. Y contemplando (el río) con sus remolinos ondulantes, aquel poderoso guerrero de carro dijo al auriga, Sumantra: «Descansaremos aquí hoy. Hay cerca del río un gigantesco árbol ingudi, que lleva profusión de flores y hojas frescas. Aquí, oh auriga, nos quedaremos hoy. Veo (ante mí) el primero de los ríos, cuyas aguas son honradas (por todos) y que es sagrado para celestiales y hombres y gandharvas y bestias y serpientes y aves». Entonces, diciendo a Raghava «Muy bien», Lakshmana y Sumantra con los caballos fueron al árbol ingudi. Y al llegar al árbol, aquel descendiente de Ikshvaku se apeó del carro junto con su esposa y Lakshmana. Entonces, desmontando, Sumantra liberó a aquellos excelentes caballos y, con las manos juntas, se puso ante Rama, sentado al pie del árbol. Vivía en aquel lugar un rey de nombre Guha, amigo de Rama, querido como su propio ser, nishada de nacimiento, poderoso y famoso como el señor de los nishadas. Al oír que aquel primero de los hombres, Rama, había llegado al lugar, él (Guha), rodeado de sus ancianos consejeros y parientes, vino hacia él. Viendo de lejos al señor de los nishadas, Rama se le acercó en compañía del hijo de Sumitra. Entonces, conmovido, Guha, abrazando a Raghava, le dijo: «Oh Rama, este reino es para usted como Ayodhya. ¿Qué haré por usted? ¿Quién, oh de brazos poderosos, recibe a un huésped tan bienvenido?». Entonces, trayendo pronto diversas clases de arroz sabroso y arghyas, dijo: «Oh de brazos poderosos, ¿ha sido grato su viaje? Esta tierra entera es suya. Somos sus servidores; usted es nuestro amo. Rija usted aquí, aceptando los comestibles y bebibles y lo que ha de chuparse y excelentes lechos y forraje». Cuando Guha hubo dicho esto, Raghava le respondió, diciendo: «Hemos sido bien recibidos por ti y estamos muy complacidos contigo, pues viniendo aquí a pie nos has mostrado afecto». Entonces, apretando con fuerza a Guha con sus brazos, Rama dijo: «Oh Guha, es por buena suerte que te veo sano junto con tus amigos. ¿Está tu reino en paz, tanto en lo que toca a tus amigos como al bosque? Las cosas con que me has obsequiado por amor las acepto pero no puedo disfrutarlas. Sabe que adopto un modo de vida ascético en los bosques, en el que he de vestir kusa y corteza y vivir de frutos y raíces. Así, con la sola excepción del alimento para los caballos, no necesito cosa alguna; y estando bien cuidados estos caballos, me consideraré agasajado por ti. Estos son los favoritos de mi padre, Dasaratha, y estando bien provistos, seré bien recibido». Entonces Guha, en el acto, ordenó a los hombres, diciendo: «Que los caballos tengan sin demora comida y bebida». Entonces, poniéndose la sábana sobre el cuerpo, él (Rama) hizo sus devociones de la tarde. Hecho esto, tomó como sustento el agua que había sido procurada por el propio Lakshmana. Habiéndose acostado Rama en el suelo junto con su esposa, Lakshmana les lavó los pies y luego permaneció apostado bajo el árbol. Entonces, con el arco en la mano y atento, conversando con el hijo de Sumitra junto con el auriga, Guha permaneció despierto, vigilando a Rama. Así pasó toda la noche con aquel ilustre, inteligente y de alma elevada hijo de Dasaratha, desacostumbrado a las penas y digno de felicidad.
Section 51
Mientras, con el fin de proteger a su hermano, Lakshmana lo velaba por sincero afecto, Guha, ardiendo de pena, se dirigió a aquel descendiente de Raghu, diciendo: «Este, oh niño, es el lecho cómodo que se ha preparado para usted. Oh príncipe, acuéstese en él como guste. Estos (habitantes del bosque) están habituados a esta dureza; pero usted es digno de comodidad. Estaremos despiertos durante la noche para guardar a Kakutstha. No hay nadie en la tierra más querido para mí que Rama. Esto se lo digo con verdad y lo juro por la verdad misma. Por su gracia espero alcanzar en este mundo alta fama y gran mérito religioso así como asegurar por completo provecho y placer. Con el arco en la mano, en compañía de mis parientes, guardaré adecuadamente a mi querido amigo que reposa con Sita. Recorriendo siempre este bosque, nada de él me es desconocido. Venceré incluso a cualquier poderoso cuerpo de fuerzas cuádruples (que pueda venir contra nosotros)». Entonces Lakshmana dijo: «Oh sin pecado, protegidos por ti, que siempre tienes la vista fija en la virtud, no tememos vivir en este lugar. Pero ¿cómo, estando el hijo de Dasaratha acostado en el suelo junto con Sita, puedo yo entregarme al sueño, o de qué me sirve vivir y gozar de felicidad? Contémplalo tú, con comodidad dormido sobre la hierba en compañía de Sita, él que era incapaz de ser soportado en combate por los dioses y los asuras. Contémplalo, a él, que fue obtenido por Dasaratha como hijo mediante diversas clases de poderío, mantras y ascetismo, y que está coronado de virtudes propias de tales austeridades, etc. Siendo Rama desterrado, el rey no vivirá mucho y la tierra quedará pronto viuda. Tras lamentarse en voz alta, las mujeres han, me parece, (a estas horas) cesado por fatiga, y la residencia del rey está en calma. No puedo esperar que Kausalya, el rey y mi madre estén aún vivos. Si lo están, es solo por esta noche. Aun si mi madre vive mirando a Satrughna, esta es mi pena: que aquella madre de un héroe, Kausalya, exhalará su último aliento. Y aquel palacio lleno de gente apegada a Rama e inundado de la luz del deleite, visitado por la calamidad que sobrevendrá al rey, hallará la destrucción. ¿Cómo permanecerá en su cuerpo la vida de aquel rey de alma elevada, que no ve a su magnánimo hijo, su hijo mayor? Y muerto el rey, Kausalya morirá tras él y luego mi madre partirá de esta vida. Frustrado en su deseo, mi padre, malogrado en sus esfuerzos por conferir el reino a Rama, exclamando “Todo está perdido”, “Todo está perdido”, entregará el espíritu. Sin duda son bienaventurados quienes, llegado el momento en que el rey muera, cumplan los ritos fúnebres de aquel descendiente de Raghu. Ellos recorrerán felizmente la capital de mi padre, provista de hermosas azoteas, con sus caminos reales trazados en orden, con edificios señoriales y residencias palaciegas, engalanada con excelentes cortesanas, abundante en carros, elefantes y caballos, resonando con las notas de trompetas, morada de toda auspiciosidad, llena de gente corpulenta y contenta, rica en jardines y villas, y que celebra festividades populares. Si Dasaratha vive, regresando del bosque contemplaremos a aquel de alma elevada que observa nobles votos. Si permanecemos en paz, regresando del bosque con aquel firme en la promesa, entraremos en Ayodhya». Mientras el de alma elevada hijo del rey, oprimido de pena, se lamentaba así sentado, amaneció el día. Cuando aquel hijo del primero de los hombres, atento al bienestar de los súbditos, hubo hablado así con verdad, Guha, por extremo afecto hacia (Rama), derramó lágrimas, afligido de pena y herido como un elefante que sufre fiebre.
Section 52
Cuando amaneció la mañana, aquel ilustre de ancho pecho, Rama, se dirigió al hijo de Sumitra, Lakshmana, adornado de signos auspiciosos: «Esta es la hora de la salida del sol: la venerable Noche se ha ido. Oh niño, esta ave de graciosa tez oscura, la coel, ha comenzado a gorjear, y oigo los gritos de los pavos reales que emiten sus notas en los bosques. Oh amable, cruzaremos la Jahnavi, que corre veloz hacia el océano». Al oír las palabras de Rama, aquel que acrecienta el deleite de los amigos, el hijo de Sumitra, las transmitió a Guha y al auriga; y luego se puso ante su hermano. Al oír las palabras de Rama y aceptarlas, aquel señor de los nishadas, convocando pronto a sus consejeros, les habló diciendo: «Traigan sin demora a este embarcadero una barca fuerte y elegante provista de timón y gobernada por un timonel, capaz de transportar (a la gente) con comodidad». Al oír este mandato de Guha, sus poderosos consejeros, procurando una buena barca, se lo informaron. Entonces, con las manos juntas, Guha habló a Raghava, diciendo: «La barca está lista, venerable. ¿Qué más haré en su favor? Oh usted que se asemeja al hijo de un celestial, aquí está la barca para usted, oh primero de los hombres, para cruzar el río que va en pos del océano. Oh usted de excelentes votos, suba a ella». Entonces el sumamente enérgico Rama dijo a Guha las siguientes palabras: «He alcanzado mi fin por ti. Sube de una vez el equipaje a bordo». Entonces, poniéndose las cotas de malla y equipados con sus arcos, carcajes y espadas, los Raghavas junto con Sita descendieron a la Ganga. Entonces, adelantándose en humilde aspecto ante Rama, conocedor de la virtud, el auriga dijo con las manos juntas: «¿Qué haré (ahora)?». Entonces el hijo de Dasaratha, tocando a Sumantra con su buena mano derecha, dijo: «Oh Sumantra, regresa de nuevo junto al monarca, pero que tus sentidos no se nublen». «Vuelve atrás», dijo al auriga, «da la vuelta. Hasta aquí he venido (en obediencia a la orden del monarca). Ahora, renunciando al carro, iré al poderoso bosque a pie». Hallándose así mandado, el auriga Sumantra, afligido de corazón, habló a aquel mejor de los hombres, el descendiente de Ikshvaku: «Ese Destino por el cual usted tendrá que pasar sus días en el bosque como una persona baja, junto con su hermano y su esposa, no ha sido resistido por nadie en este mundo. Considero que el modo de vida de brahmacharya, o el estudio, o la mansedumbre o la sinceridad no tienen fruto alguno, puesto que usted ha caído en la calamidad. Oh Raghava, viviendo en el bosque con Vaidehi y su hermano, usted, oh Señor, alcanza un estado (de suprema excelencia), como si hubiera conquistado los tres mundos. Oh Rama, somos nosotros, desdichados que somos, los que estamos perdidos, pues, privados de su compañía, caeremos bajo la pecadora Kaikeyi, expresando gran miseria». Habiendo dicho esto, el auriga Sumantra, al ver a Rama resuelto a ir a una tierra lejana, lloró largo rato con pesadez de corazón. Luego, cuando hubo secado sus lágrimas y se hubo santificado tocando el agua de la Ganga, Rama se dirigió de nuevo al auriga con dulces palabras, diciendo: «No hallo a nadie que sea amigo de los hijos de Ikshvaku como tú. Obra de modo que el rey Dasaratha no se aflija (por mí). El señor de la tierra ha sido privado de sus sentidos por la pena, ha envejecido y está oprimido por el peso de deseos (frustrados). Por eso te lo digo. Cuanto ordene aquel señor de la tierra de noble mente para complacer a Kaikeyi, debe ser hecho por nosotros con presteza. Es para esto que esos señores de los hombres, los reyes, gobiernan, a saber, para que otros no frustren sus propósitos. Oh Sumantra, obra de modo que el poderoso monarca no se tope con nada desagradable ni sea acometido por el pesar a causa de la pena. Saludándolo de mi parte, di estas palabras al anciano monarca, que tiene sus sentidos bajo completo control y que nunca ha visto antes la desgracia: “Ni yo ni Lakshmana nos afligimos por haber sido expulsados de Ayodhya, ni porque hayamos de morar en el bosque. Pasados estos catorce años, usted nos verá a Lakshmana, a Sita y a mí venir pronto a usted”. Habiendo hablado así, oh Sumantra, en mi nombre una y otra vez al rey, a mi madre y a Kaikeyi junto con las otras venerables damas, comunica a Kausalya nuestro bienestar, transmitiéndole al mismo tiempo los saludos de Sita y de Lakshmana a sus pies, así como los míos, que soy su hijo mayor. Di también al rey: “Haga usted traer pronto a Bharata; y cuando Bharata haya venido, que sea investido de la realeza. Y cuando haya abrazado a Bharata y lo haya instalado en el reino, no se vea ya usted abrumado de pena por nuestra causa”. Y di a Bharata: “Como te comportas con el rey, así te corresponde comportarte con todas tus madres, sin hacer distinción alguna. Como Kaikeyi lo es para ti, así sin distinción lo es Sumitra, y así también sin distinción mi madre Kausalya. Gobernando el reino como heredero con el fin de procurar el placer de nuestro padre, podrá asegurar felicidad en este mundo y en el próximo”». Mandado por Rama a regresar e instruido de este modo, Sumantra, habiéndolo oído todo, se dirigió a Kakutstha por afecto, diciendo: «Le corresponde perdonar lo que digo con franqueza por afecto, sin dejarme abrumar por la emoción y con debida reverencia hacia usted. ¿Cómo puedo yo, oh niño, sin usted volver a aquella ciudad, que parece afligida con la pena propia de la pérdida de un hijo? Habiendo visto entonces mi carro con Rama en él, los corazones de la gente y del palacio probablemente reventarán ahora cuando lo vean sin Rama. Sin duda la ciudad se afligirá al contemplar este carro vacío, como un ejército que ve un carro con su héroe muerto y solo el auriga dejado en el campo. Pensando en sus mentes que usted, aunque en realidad a gran distancia de ellos, está ante ellos, los súbditos (al no hallarlo) renunciarán a la comida (y así se destruirán). Usted mismo presenció cómo se condujeron los súbditos, abrumados de pena por usted, cuando era desterrado a los bosques. Al verme con el carro estallarán en lamentaciones cien veces más amargas que aquellas en que se entregaron cuando usted partió al bosque. ¿Diré a la venerable: “He llevado a su hijo a casa de su tío materno. No se aflija”? Nunca diré tal mentira. Y sin embargo, ¿cómo puedo decir esta verdad, que es tan desagradable? Y siempre atenidos a mi mandato y acostumbrados a llevar a sus amigos, ¿cómo podrán estos excelentes caballos llevar este carro sin usted? Por tanto, oh sin pecado, no podré ir a Ayodhya sin usted; y le corresponde permitirme seguirlo al bosque. Pero si usted me abandona a mí, que se lo suplico, entraré en el fuego junto con el carro en cuanto usted me deje. Yo, oh Raghava, por medio de este carro, resistiré todos aquellos impedimentos que se presenten contra sus austeridades ascéticas en el bosque. Por su favor he experimentado el placer de conducir el carro. Espero de su mano el placer de vivir en los bosques. Séame propicio. Es mi deseo permanecer en el bosque con usted, y diga usted con afecto: “Quédese a mi lado”. Y estos caballos, oh héroe, alcanzarán un estado supremo si lo sirven durante su estancia en el bosque. Viviendo en el bosque, lo serviré con la corona de mi cabeza; y renunciaré por completo a Ayodhya o a las propias regiones celestiales. Así como un malhechor no puede entrar en la metrópoli del poderoso Indra, soy incapaz de entrar en Ayodhya sin usted. Y este es mi deseo: que, terminado el destierro, pueda llevarlo de vuelta al palacio en este mismo carro. Permaneciendo con usted en el bosque, los catorce años pasarán reducidos a un instante, pero sin usted tomarán las proporciones de cien años. Oh usted, que tiene afecto hacia sus servidores, no le corresponde abandonar a su servidor, que lo estima, que se atiene siempre al camino recorrido por el hijo de su amo y que observa los deberes de su posición». Entonces Rama, bondadoso con los servidores, dijo estas palabras a Sumantra mientras este le suplicaba así humildemente de diversas maneras: «Oh tú, que tienes apego a tu amo, sé que me estimas mucho. Pero escucha por qué te envío a la ciudad desde aquí. Al verte de regreso en la ciudad, mi madre menor Kaikeyi creerá que Rama se ha ido a los bosques. Entonces, bien complacida por haberme yo retirado a los bosques, no abrigará aprensión alguna respecto del justo monarca, pensando que es mentiroso. Este es mi primer deseo: que mi madre menor obtenga el reino de su hijo, próspero y bien protegido por Bharata. Tú, oh Sumantra, ve al palacio para lograr el fin tanto del rey como mío, y comunica de la manera deseada lo que he dicho a las respectivas partes». Habiendo dicho esto al auriga y consolándolo una y otra vez, el enérgico Rama habló a Guha con las siguientes palabras llenas de razón: «Oh Guha, no debo residir ahora en un bosque habitado por hombres. Debo ciertamente morar ahora en una ermita en traje propio. En armonía con los deseos de Sita y de Lakshmana, imponiéndome por el interés de mi padre la abnegación y llevando ese ornamento de los ascetas, una cabeza de cabello enmarañado, iré (al bosque). Tú, pues, tráeme almidón de la higuera baniana». Entonces Guha trajo pronto el almidón para el príncipe; y preparó cabellos enmarañados para sí, para Rama y para Lakshmana. Y aquel jefe de los hombres de brazos poderosos llevó cabello enmarañado. Y aquellos hermanos Rama y Lakshmana, vestidos de mendicantes y con cabezas de cabello enmarañado, parecían santos. Entonces, entrando en el modo de vida de vanaprastha, Rama junto con Lakshmana, asumiendo el voto de esa vida, observó a aquel adherente suyo, Guha: «Tú, amigo mío, protege vigilantemente el ejército, el erario, el fuerte y las provincias; pues un reino exige todos los esfuerzos (del rey)». Entonces, tomando el permiso de Guha, el descendiente de Ikshvaku, conservando su alma en calma, partió con su esposa y Lakshmana. Viendo una barca a la orilla del río, aquel hijo de Ikshvaku, deseoso de cruzar la veloz Ganga, dijo estas palabras: «Sube con suavidad, oh primero de los hombres, a la barca que está aquí, tras hacer subir a la virtuosa Sita tomándola de la mano». Al oír la orden de su hermano, aquel de voluntad firme, favoreciéndolo todo, tras hacer subir a la hija de Mithila, subió él mismo. Aquel enérgico hermano mayor de Lakshmana subió luego. Entonces el señor de los nishadas, Guha, instó a sus parientes. Habiendo subido a bordo de la barca, el sumamente poderoso Raghava, para asegurar su bienestar, recitó mantras aptos para ser recitados por kshatriyas y brahmanes. Entonces aquel poderoso guerrero de carro, Lakshmana, sorbiendo agua del río como prescriben las escrituras, se inclinó ante él junto con Sita con alegría de corazón. Entonces, despidiéndose de Sumantra, Guha y las fuerzas, Rama, subiendo a la barca, ordenó a los barqueros (que avanzaran). Entonces la barca, adornada por el timonel, movida por ellos e impulsada por los tirones de los buenos remos, avanzó presta por el agua. Habiendo llegado a medio Bhagirathi, aquella irreprochable, Vaidehi, con las manos juntas, se dirigió al río, diciendo: «Oh Ganga, protegido por usted, que el hijo del inteligente y poderoso monarca, Dasaratha, cumpla el mandato (de este). Habiendo pasado catorce años completos en el bosque, volverá en compañía de su hermano y de mí. Entonces, oh venerable, oh de auspiciosa fortuna, habiendo regresado a salvo, yo, oh Ganga, la adoraré, a usted que corona todo deseo. Oh usted que marcha por tres caminos, oh venerada, usted envuelve las regiones de Brahma. Aparece en este mundo como esposa del Rey Océano. Me inclinaré ante usted, oh venerada, oh hermosa, le cantaré himnos cuando, vuelto con buena fortuna, el primero de los hombres haya obtenido el reino; para complacerla daré a los brahmanes cientos y millares de vacas, telas, arroz sabroso y millares de vasijas de vino, y pilaos. Oh venerable, la adoraré cuando Rama haya vuelto a la ciudad. Y adoraré a todos los dioses que moran en sus orillas, así como los lugares santos y los santuarios, en cuanto, oh sin pecado, aquel de brazos poderosos y sin pecado, volviendo de su morada en el bosque, entre en Ayodhya en compañía de su hermano y de mí». Habiendo así hablado a la Ganga, aquella irreprochable, siempre obediente a su esposo, fue pronto a la orilla sur (del río). Llegando a la (otra) orilla de la corriente, aquel mejor de los hombres, sometedor de enemigos, se detuvo junto con su hermano y Vaidehi. Entonces aquel de brazos largos habló al acrecentador del deleite de Sumitra, diciendo: «Sé tú, en sociedad o en soledad, resuelto a proteger a Sita. Desde luego, nos corresponde protegerla en lugares solitarios. Ve tú delante, oh hijo de Sumitra; y que Sita te siga. Yo mismo iré tras ustedes, protegiéndolos a ambos, a ti y a Sita. Ciertamente, oh primero de los hombres, debemos ahora protegernos unos a otros. Aún no hemos cumplido ninguna de las tareas arduas. Hoy Vaidehi conocerá la pena de una vida en los bosques. Y hoy entrará en el bosque desprovisto de concurso de hombres, sin campos ni jardines, desigual y con hoyos, etcétera». Al oír las palabras de Rama, Lakshmana fue delante; aquel descendiente de Raghu, Rama, siguió a Sita.
Cuando Rama hubo cruzado rápidamente la Ganga, el angustiado Sumantra, que lo había estado mirando fijamente, al no poder ya divisarlo, apartó los ojos y, abrumado de pena, derramó lágrimas. Y habiendo cruzado aquel poderoso río, aquel de alma elevada, aquel dispensador de dones, semejante en poderío a un lokapala, entró sin demora en el floreciente y sonriente país de los vatsas, coronado de buenas cosechas. Y entonces los dos (hermanos), tras dar muerte a las cuatro clases de animales, a saber, jabalíes, risyas, prishatas y maharurus, y tomando su carne, al atardecer se refugiaron bajo un poderoso árbol, sintiendo las exigencias del apetito.
Section 53
Tras refugiarse bajo el árbol y hacer sus devociones de la tarde, aquel primero de los capaces de encantar a otros, Rama, se dirigió a Lakshmana, diciendo: «Hoy es la primera noche (que hemos de pasar) fuera de los parajes habitados, sin la compañía de Sumantra. No debes permitir que tu mente se inquiete por eso. Desde esta noche en adelante tendremos que guardarla vigilantes; pues, oh Lakshmana, la preservación de lo que ella tiene, así como el asegurarle lo que no tiene, depende de nosotros. Pasaremos, oh hijo de Sumitra, la noche de algún modo; procurándonos nosotros mismos (hojas) y extendiéndolas en el suelo, acostémonos de algún modo en él». Diciendo esto, Rama, acostado en el suelo aunque digno de un lecho costoso, dijo estas excelentes palabras al hijo de Sumitra: «Oh Lakshmana, sin duda el rey duerme hoy con inquietud, y Kaikeyi, habiendo logrado su fin, debería estar satisfecha. ¿No tomará aquella venerable dama, con el fin de ver a Bharata establecido en el reino, la vida del rey, cuando vea llegar a Bharata? Desamparado y viejo y privado de mí, no sé qué hará, con su alma poseída por el deseo y habiendo caído bajo el influjo de Kaikeyi. Al ver esta calamidad (que nos ha sobrevenido) y el desorden que se ha producido en los sentidos del monarca, estimo aun la lujuria como más poderosa que la virtud o el interés. Oh Lakshmana, ¿qué hombre hay, por ignorante que sea, que por causa de una mujer abandone, como mi padre me ha abandonado a mí, a su hijo que sigue sus pasos? ¡Ay! Bharata, hijo de Kaikeyi, con su esposa es en verdad feliz: él, que disfruta de la soberanía única de los deleitados kosalas. Ahora que nuestro padre ha envejecido y yo me he refugiado en el bosque, él experimentará solo la suprema felicidad en el reino. Quien, renunciando al interés y a la virtud, sigue la lujuria, se ve pronto envuelto en problemas, como el rey Dasaratha. Oh amable, pienso que Kaikeyi ha nacido para acabar con Dasaratha, enviarme al destierro y conferir el reino a Bharata. Ahora, para causarme dolor, Kaikeyi, embriagada por la marea de la buena fortuna, afligirá a Kausalya y a Sumitra. Tu madre, la venerable Sumitra, será herida de pena por nuestra causa. Tú, Lakshmana, regresa mañana por la mañana a Ayodhya: yo solo iré a Dandaka junto con Sita. Tú serás el protector de la desamparada Kausalya. Kaikeyi es sin duda de mente ruin, comete agravios por malicia. Oh tú, conocedor de la virtud, puede administrar veneno a mi madre. Sin duda, oh niño, en un nacimiento anterior mi madre privó de sus hijos a unas mujeres, oh hijo de Sumitra; y por eso le ha sobrevenido esta desgracia. Habiendo sido criada y educada con gran esfuerzo por Kausalya, la he dejado cuando sus labores debían haber dado fruto. ¡Maldito sea yo! Que ninguna mujer, hijo de Sumitra, dé a luz a un hijo como yo, que he causado tan infinito dolor a mi madre. Oh Lakshmana, considero que la cotorra de mi madre participa más de su afecto, pues se la oye decir: “Oh Suka, ¿muerdes el pie del enemigo?”. ¿Qué he de hacer yo ahora por ella, oh sometedor de enemigos, que se lamenta, de escasa fortuna, ella que no ha obtenido el menor provecho de su hijo y que ya no necesita de sus buenos oficios? Sin duda mi desdichada madre, Kausalya, privada de mí, yace en el suelo, abrumada de dolor y sumida en un océano de pena. Oh Lakshmana, enfurecido, yo solo, sin duda, puedo librar a Ayodhya, la Tierra misma, por medio de mis flechas. Pero es impropia la exhibición de poderío sin motivo. Oh sin pecado, temo la injusticia y la vida venidera; y por eso, oh Lakshmana, no me instalo a mí mismo en el reino».
Tras lamentarse así largo rato en soledad, lastimosamente y de otros modos, Rama se quedó sentado en silencio en la noche con lágrimas en los ojos. Entonces Lakshmana consoló a Rama, agotado por la lamentación, como a un fuego privado de su resplandor o a un océano privado de su marea: «Sin duda, oh Rama, oh primero de los guerreros, al haber salido tú, la ciudad de Ayodhya ha quedado despojada de su esplendor como la noche privada de la luna. No es propio que te aflijas, pues con ello, oh primero de los hombres, nos haces afligir tanto a Sita como a mí. Raghava, privados de ti, ni Sita ni yo podemos vivir un instante, como peces sacados del agua: sin ti, oh sometedor de enemigos, no deseo ver ni a mi padre, ni a Satrughna, ni a Sumitra, ni al cielo mismo». Entonces, mirando desde donde estaban sentados a gusto su lecho bien dispuesto bajo la higuera baniana, aquellos virtuosos (Rama y Sita) fueron hacia él. Al oír las excelentes y apropiadas palabras de Lakshmana, con las que este asumía gustoso una vida en los bosques, aquel sometedor de enemigos, Raghava, en nombre de la rectitud, le concedió de inmediato el permiso de morar con él los catorce años enteros. Entonces, como un par de leones que moran en una cumbre de montaña, en aquel paraje solitario del extenso bosque, aquellos poderosos perpetuadores de la raza de Raghu comenzaron a morar sin temor.
Section 54
Tras pasar la auspiciosa noche bajo aquel poderoso árbol, ellos, cuando el sol hubo salido en despejado esplendor, se fueron de aquel lugar. Luego, internándose en un poderoso bosque, avanzaron en la dirección en que la Bhagirathi Ganga se une con el Yamuna. Y aquellos ilustres siguieron adelante, viendo a intervalos diversos campos y deleitosas tierras que nunca habían visto antes. Y yendo a la vista de diversas clases de árboles en flor, Rama, cuando el día hubo declinado, dijo al hijo de Sumitra: «Oh hijo de Sumitra, contempla la hermosa guirnalda de humo que se alza ante Prayaga, señal del venerable Fuego, e infiero que hay cerca algún asceta. Sin duda hemos llegado a la confluencia de la Ganga y el Yamuna; y por eso oímos el rugido de las aguas producido por su precipitación. Y todos estos diversos árboles, de los que los leñadores han cortado la madera, se ven en las ermitas». Así habiendo avanzado con desahogo, aquellos arqueros, cuando el sol estaba inclinado, llegaron a las cercanías de la residencia del asceta en el delta del Yamuna y la Ganga. Y avanzando un rato por el camino, Rama, en presencia de la ermita, llegó al lugar de Bharadwaja, espantando a bestias y aves. Y al llegar a la ermita, los héroes, deseosos de ver al asceta, se detuvieron a distancia con Sita tras ellos. Y apenas entrar, aquel excelso vio a aquel ermitaño de alma elevada, de votos cumplidos, que había alcanzado visión espiritual mediante austeridades, sentado rodeado de sus discípulos tras haber terminado el agnihotra; Rama, con las manos juntas, lo saludó junto con el hijo de Sumitra y Sita. Entonces el hermano mayor de Lakshmana dio a conocer a Bharadwaja quién era: «Oh venerable, somos los hijos de Dasaratha, Rama y Lakshmana. Esta es mi esposa, la auspiciosa hija de Janaka. Esta irreprochable me sigue al solitario bosque; y mi querido hermano menor, el hijo de Sumitra también, observando el voto, me sigue a mí, que he sido desterrado por mi padre. Oh venerado, encomendado por mi padre, entraré en el bosque de la ascesis y allí, subsistiendo de frutos y raíces, practicaré la virtud». Al oír estas palabras del inteligente príncipe, aquel justo (asceta) trajo un toro así como arghya y agua y diversas clases de comestibles consistentes en frutos y raíces silvestres. Y aquel de ardientes austeridades asignó alojamiento a Rama, junto con bestias y aves así como ascetas. Luego, rindiendo homenaje a Rama, que avanzaba por cortas etapas, y preguntándole: «¿Ha sido grato tu viaje?», el asceta se sentó. Y cuando Raghava se hubo sentado tras recibir el homenaje, Bharadwaja le habló estas palabras cargadas de virtud: «Oh Kakutstha, te veo llegar después de largo tiempo. He oído de tu destierro sin causa. Este paraje en la confluencia de los poderosos ríos es solitario, sagrado y encantador. Mora aquí felizmente». Así interpelado por Bharadwaja, aquel descendiente de Raghu, Rama, atento al bienestar de todos, respondió con auspiciosas palabras: «Oh reverendo, temo que, viviendo cerca, los habitantes de la ciudad y de las provincias, pensando que soy fácil de ver, vendrán a esta ermita deseosos de contemplarnos a mí y a Vaidehi. Por esta razón no me conviene vivir en este lugar. Busque usted, oh venerable, una ermita retirada y agradable donde la hija de Janaka, digna de felicidad, pase sus días placenteramente». Al oír este auspicioso discurso de Raghava, aquel eminente ermitaño Bharadwaja dijo estas palabras aptas para servir al propósito de Rama: «A diez krosas de aquí, hijo mío, está el monte donde morarás. Está habitado por maharshis, y es sagrado y pintoresco por doquier, abundante en golangulas, monos y osos, conocido con el nombre de Chitrakuta, semejante a Gandhamadana. Al contemplar las cumbres del Chitrakuta uno cosecha bienestar, y la ignorancia no envuelve la mente. Allí innumerables santos con el cabello de la cabeza vuelto blanco como calaveras, habiendo pasado centenares de años, han ascendido al cielo por austeridades. Ese paraje solitario lo estimo como uno que será una residencia feliz para ti. Oh Rama, para pasar el plazo de tu destierro, mora o aquí o conmigo». Bharadwaja agasajó a su bienvenido huésped, Rama, junto con su esposa y su hermano, extendiéndoles todo rito de hospitalidad. Y en Prayaga, habiendo obtenido Rama la compañía de aquel Maharshi y discurriendo sobre diversos temas sagrados, llegó la noche. Y con Sita como tercera, Kakutstha, criado en el lujo, fatigado, pasó placenteramente aquella noche en la pintoresca ermita de Bharadwaja. Cuando hubo pasado la noche y amaneció el día, (Rama) se acercó a Bharadwaja, y aquel jefe de los hombres se dirigió a aquel asceta de flameante energía: «Oh reverendo señor de carácter veraz, hemos pasado aquí la noche en su ermita. Permítanos usted ahora ponernos en marcha (hacia Chitrakuta)». Habiendo pasado Rama la noche allí, Bharadwaja le habló: «Dirige tus pasos al Chitrakuta, lleno de deliciosos frutos y raíces. Estimo que, oh poderoso Rama, es una morada apropiada para ti, provisto como está de diversas clases de árboles, habitado por multitudes de kinnaras, resonante con los gritos de pavos reales y frecuentado por gigantescos elefantes. Dirígete al famoso Chitrakuta, santo, hermoso a la vista y abundante en innumerables frutos y raíces. Y en aquellos bosques vagan manadas de elefantes y ciervos; y estos, oh Raghava, los contemplarás. Y recorriendo con Sita ríos y arroyos y mesetas, cavernas y fuentes, tu mente experimentará deleite. Deleitado con las notas de alegres koyastivas y coeles y los gritos de ciervos y de innumerables elefantes enloquecidos, llegando al auspicioso monte, reside en aquella pintoresca ermita».
Section 55
Tras pasar allí la noche, aquellos príncipes, sometedores de sus enemigos, después de rendir su homenaje al Maharshi, partieron hacia el monte. Y viéndolos a punto de ponerse en camino, aquel Maharshi celebró una ceremonia propiciatoria por ellos, como un padre lo hace en favor de los hijos engendrados de sus propias entrañas. Y aquel poderoso asceta, Bharadwaja, cuyo poder era la verdad, se dirigió a ellos, diciendo: «Oh mejores de los hombres, al llegar a la confluencia de la Ganga y el Yamuna, sigan por el río Kalindi que fluye hacia el oeste. Al llegar al Kalindi, que corre en dirección contraria, verán, oh Raghava, un buen paraje de baño muy transitado por caminantes. Allí, construyendo una balsa, crucen el río, que es la hija del Sol. Llegando luego a una gigantesca higuera baniana de follaje verde, de nombre Syama, rodeada de diversos árboles y habitada por ascetas de propósitos cumplidos, que Sita, con las manos juntas, le ofrezca humildes súplicas. Habiendo llegado al árbol y, ya permaneciendo bajo él o avanzando, tras pasar solo un krosa, verán, oh Rama, un bosque abundante en sallakis, vadaris y otros árboles silvestres pertenecientes al Yamuna. Fui al Chitrakuta muchas veces por ese camino, que es hermoso, arenoso y libre de incendios forestales». Habiendo indicado el camino, el Maharshi hizo una pausa. Entonces Rama, diciendo: «Así sea», le pidió que se detuviera. Al retirarse el asceta, Rama dijo a Lakshmana: «Sin duda habíamos adquirido mérito religioso, ¡que la fortuna te sea propicia!, puesto que el asceta nos ha mostrado compasión». Habiendo conversado así entre sí, aquellos primeros de los hombres dotados de inteligencia, poniendo a Sita delante de ellos, avanzaron hacia el río Kalindi. Y habiendo llegado al Kalindi de rápidas corrientes, deseosos de cruzar, comenzaron a pensar (en los medios). Entonces, con montones de leña silvestre seca cubiertos de hierba, construyeron una gran balsa. Y el poderoso Lakshmana, arrancando ramitas del ratán y del yambo, hizo un cómodo asiento para Sita. Entonces el hijo de Dasaratha, Rama, hizo subir a la balsa a su esposa recatada, (en poder) inconcebible como la propia Sri, y colocó con cuidado junto a Vaidehi sus atavíos y ornamentos así como la azada y la cesta. Y habiendo colocado primero a Sita en la balsa, aquellos hijos de Dasaratha subieron ellos mismos y, con corazones alegres, comenzaron a cruzar (la corriente) con cuidado. Habiendo llegado cerca del medio del Kalindi, Sita le rogó, diciendo: «¡Salve a usted, oh diosa! La cruzo. Si mi esposo puede cumplir con éxito su voto, la adoraré con mil vacas y cien vasijas de vino; salve a usted, cuando Rama regrese a la ciudad regida por Ikshvaku». Habiendo rogado así a Kalindi con las manos juntas, aquella virtuosa dama, Sita, llegó a su orilla sur. Y por medio de aquella balsa cruzaron aquella hija del Sol de rápida corriente, que se hinchaba en olas, el río Yamuna, con sus orillas abundantes en innumerables árboles. Luego, dejando la balsa y pasando por los bosques contiguos al Yamuna, llegaron a una higuera baniana de nombre Syama, de fresca sombra y verde follaje. Al llegar a la higuera, Vaidehi la saludó diciendo: «Oh poderoso árbol, me inclino ante usted. Que mi esposo cumpla su voto; y que podamos contemplar a Kausalya y a la ilustre Sumitra». Habiendo rogado así con las manos juntas, la inteligente Sita se fue. Viendo a la irreprochable y amada Sita conduciéndose siempre con corrección, rogando, Rama dijo a Lakshmana: «Tú, oh hermano menor de Bharata, tomando contigo a Sita, ve delante. Oh mejor de los hombres, provisto de armas, yo iré tras de ti. Procura a Vaidehi cualesquiera frutos o flores que le agraden y que ella desee tener». Viendo cada árbol y arbusto coronado de flores nunca vistas antes, aquella del sexo más suave preguntó a Rama por ello. Y al oír las palabras de Sita, Lakshmana le trajo (frutos y flores) de hermosos árboles de diversas clases, que esparcían flores. Y contemplando arroyos con agua que fluía sobre arenas relucientes y resonaban con grullas de diversas clases, la hija del rey Janaka sintió extremo deleite. Y habiendo avanzado solo un krosa, aquellos hermanos, Rama y Lakshmana, tras matar a muchos ciervos sagrados, comenzaron a recorrer los bosques del Yamuna. Y habiéndose solazado en los hermosos bosques que resonaban con multitudes de pavos reales y habitados por elefantes y monos, con aspecto tan vivaz como siempre, llegando a las orillas llanas del río, establecieron allí su alojamiento.
Section 56
Cuando hubo pasado la noche, aquel mejor de los Raghus despertó suavemente a Lakshmana de su sueño ligero: «Oh hijo de Sumitra, escucha las dulces notas de las aves en los bosques. Pongámonos en marcha. Oh sometedor de enemigos, ha llegado la hora de nuestra partida». Despertado a la hora debida, el hermano de Rama abandonó el sueño, la modorra y la fatiga pegadiza. Entonces, levantándose todos, tocaron las aguas sagradas del río y comenzaron a avanzar por el camino hacia Chitrakuta, habitado por ascetas. Puesto en marcha a tiempo con el hijo de Sumitra, aquel de ojos semejantes a pétalos de loto dijo estas palabras a Sita: «Oh Vaidehi, contempla estos árboles en flor, los kinsukas en primavera, que aparecen engalanados con sus propias flores y como en llamas. Contempla los bhallatakas y bilvas que se doblan bajo sus frutos y flores, sin hombre alguno que los goce. Sin duda podremos vivir aquí. Mira, oh Lakshmana, estos panales, de una medida de casi un drona, que las abejas han colgado de los árboles. En los encantadores bosques abovedados de flores grita el datyuha y le responde el pavo real. Contempla el Chitrakuta, frecuentado por elefantes enloquecidos y resonante con la voz de multitudes de aves, el monte de elevadas cumbres. Oh niño, nos solazaremos en los sagrados bosques del Chitrakuta, de hermosas llanuras y cubiertos de diversos árboles». Entonces, avanzando a pie junto con Sita, llegaron al encantador y hermoso monte Chitrakuta. Y al llegar al monte habitado por aves de diversas clases, abundante en frutos y raíces y provisto de extensiones de agua, (Rama) dijo: «Oh amable, creo que este hermoso cerro, provisto de innumerables frutos y raíces, está lleno de sustento. Y el cerro está habitado por ascetas de alma elevada. Que este, oh niño, sea nuestra morada. Moraremos aquí». Luego Rama, Lakshmana y Sita, con las manos juntas, se presentaron en la ermita de Valmiki y lo saludaron. Entonces el Maharshi, conocedor de la moralidad, les dijo: «¡Siéntense!», y se dirigió a Rama, diciendo: «¿Ha sido grato tu viaje?». Luego, habiendo informado debidamente al santo de las cuestiones que le atañían, aquel señor, el hermano mayor de Lakshmana, de brazos poderosos, dijo a este: «Oh Lakshmana, trae madera buena y fuerte. Oh amable, construye una vivienda. Mi mente está decidida a quedarse aquí». Al oír sus palabras, el hijo de Sumitra procuró madera de diversas clases y luego aquel sometedor de enemigos levantó una cabaña techada de hojas. Al contemplar aquella buena vivienda con paredes de madera y provista de puertas, Rama dirigió estas palabras a Lakshmana, atento a servir a su hermano: «Procurando carne, adoraremos a la deidad que preside esta vivienda. Oh hijo de Sumitra, quienes desean vivir largo tiempo deben apaciguar a los dioses del hogar. Oh Lakshmana, de ojos auspiciosos, mata un ciervo y tráelo de prisa aquí. Nos corresponde observar las reglas prescritas por las escrituras. Sigue la ordenanza». Conocedor de las palabras de su hermano, Lakshmana, matador de héroes hostiles, hizo como se le dijo. Entonces Rama le habló de nuevo: «Cocina esta carne. Adoraremos a las deidades que presiden esta mansión. Apresúrate: el momento es benigno y el día se llama dhruva». Entonces Lakshmana, el hijo de Sumitra, dotado de vigor, habiendo matado un sagrado ciervo negro, lo echó al fuego llameante. Y viéndolo bien chamuscado, caliente y libre de sangre, Lakshmana dijo a aquel primero de los hombres, Raghava: «Aquí está el ciervo negro entero, asado por mí, apto para servir a cualquier propósito. Tú, que te asemejas a un celestial, adora a los dioses». Habiendo hecho sus abluciones, Rama, versado en el ritual y poseedor del conocimiento del japa, refrenando sus sentidos, recitó todos los mantras necesarios para completar un sacrificio; y habiendo comulgado con espíritu puro con todas las deidades, entró en la vivienda. Y (hecho esto) Rama, de inmensa energía, se regocijó en extremo. Y sacrificando a Vaisvadeva, Rudra y Vishnu, practicó algunas ceremonias para apartar influencias malignas de la morada. Y habiendo recitado debidamente el japa y bañándose conforme a la ordenanza, Rama hizo un excelente sacrificio para quitar el pecado. Y luego Raghava estableció un estrado y un chaitya proporcionado a la morada. Y como los celestiales entran en el salón llamado Sudharma, así ellos, con el propósito de morar en ella, entraron en la mansión hermosa de contemplar, techada con hojas de árboles, construida en un sitio conveniente, bien hecha y que resguardaba del viento. Y habiendo llegado al encantador Chitrakuta y al río Malyavati, provisto de excelentes lugares de baño y frecuentado por bestias y aves, se regocijaron con corazones alegres y abandonaron la pena propia de su destierro de la ciudad.
Section 57
Tras conversar largo rato con Sumantra, Guha, afligido de corazón al haber llegado Rama a la orilla sur, volvió sobre sus pasos a su hogar. Habiendo sabido por emisarios en (Sringaverapura) todo acerca de la visita de Rama a Bharadwaja en Prayaga y de su recibimiento (en el lugar de Bharadwaja), así como de su destinado viaje (a Chitrakuta), Sumantra, tomando el permiso (de Guha), unció aquellos excelentes caballos y con pesado corazón dirigió su rumbo a la ciudad de Ayodhya. Y contemplando perfumados bosques y ríos y extensiones de agua y poblados y aldeas, avanzó ansioso por su camino. Y al tercer día, al anochecer, el auriga, llegando a Ayodhya, la vio privada de felicidad. Y viéndola vacía y quieta, Sumantra, afligido por extremo pesar y abrumado de dolor, pensó: «Quizá la ciudad, con sus elefantes y caballos y hombres y rey, ha sido consumida por el fuego del dolor a causa de Rama». Habiendo reflexionado así, el auriga, acercándose a la puerta de la ciudad con aquellos veloces caballos, entró prestamente en la ciudad. Entonces, gentes por centenares y millares corrieron tras el auriga, Sumantra, preguntando: «¿Dónde está Rama?». A ellos respondió: «Habiendo pedido licencia a Raghava en la Ganga y con su permiso, he sido enviado de vuelta por aquel justo de alma elevada». Al saber que ellos (Rama y los demás) habían cruzado (la Ganga), los hombres, con lágrimas en los ojos, exclamaron suspirando «¡Maldición!» y comenzaron a lamentarse, exclamando: «¡Ah, Rama!». Y oyó a las multitudes exclamar: «Al no ver a Rama en el carro, dejamos de existir. Ya no veremos al justo Rama en medio de poderosas asambleas dedicado a la caridad, al sacrificio o a ritos nupciales. ¿Qué era necesario para este cuerpo? ¿Qué les era querido y en qué se deleitaban? (revolviendo constantemente todo esto en su mente), Rama gobernaba esta ciudad como un padre». Luego, pasando ante los puestos, Sumantra oyó las lamentaciones de las mujeres en las ventanas, ardiendo de dolor por Rama. Con el rostro embozado, Sumantra avanzó por la calzada hacia el palacio de Dasaratha. Bajando prestamente del carro y entrando en la residencia real, pasó por siete aposentos atestados de gente. Y al ver a Sumantra regresado a la ciudad coronada de edificios, casas de siete plantas y palaciegas mansiones, las mujeres, heridas por la ausencia de Rama, alzaron un clamor de «¡Oh!» y «¡Ay!». Y sintiéndose aún más afligidas, las mujeres se miraron unas a otras con sus amplios y transparentes ojos rápidamente inundados de lágrimas. Y entonces oyó la conversación, tan atenuada como procedía de las mansiones reales, de las esposas de Dasaratha afligidas de dolor por Rama: «Yendo en compañía de Rama y volviendo sin él, ¿qué responderá el auriga a Kausalya, que se lamenta (por su hijo)? Sin duda la vida es miserable, pero incapaz de ser abandonada, puesto que, aunque su hijo se ha ido dejando (la consagración), Kausalya aún vive». Habiendo oído estas palabras de las reinas, cargadas de verdad, Sumantra, ardiendo como en dolor, entró de inmediato en el (siguiente) aposento. Y entrando en el octavo aposento, vio en una cámara sombría al rey, afligido y en lastimoso estado, desolado de dolor por su hijo. Entonces, presentándose ante el monarca, Sumantra lo saludó y luego transmitió al rey las palabras de Rama tal como este las había proferido. Al oírlas en silencio, el monarca, con la mente en extremo turbada, cayó al suelo desvanecido, afligido de dolor por Rama. Al desvanecerse el señor de la tierra y caer al suelo, las habitantes de los aposentos interiores, alzando los brazos, prorrumpieron en lamentos. Kausalya, valiéndose de la ayuda de Sumantra, levantó a su caído señor y se dirigió a él, diciendo: «Este, oh eminentemente virtuoso, es el emisario de aquel de hazaña en extremo ardua, vuelto del bosque. ¿Por qué no le habla? Oh descendiente de Raghu, hoy está avergonzado, por haber hecho este mal. Levántese: que el mérito sea suyo (por este acto). Que sus adeptos no queden en nada (por su dolor). Oh venerable, aquella por cuyo temor no habla usted al auriga, Kaikeyi, no está aquí. Hable, pues, con él sin temor». Habiendo dicho esto al monarca, Kausalya, abrumada de dolor, con la voz oprimida por el vapor engendrado de la emoción, cayó de súbito a tierra. Al ver a Kausalya caída en el suelo lamentándose, así como a su esposo, las damas sentadas alrededor comenzaron a lamentarse. Al oír los sonidos de llanto elevarse desde el aposento interior, viejos y jóvenes así como mujeres alzaron lamentos por doquier; y la ciudad se llenó de ellos de nuevo.
Section 58
Cuando, habiendo sido atendido y vuelto en sí de su desmayo, el rey hizo llamar a Sumantra para oír noticias de Rama. Entonces el auriga, con las manos juntas, habló al poderoso monarca, que se lamentaba por Rama, influido por el dolor y la pena, anciano, ardiendo de dolor, como un elefante recién capturado, suspirando hondamente, sumido en cavilación y semejante a un elefante indispuesto. Entonces el rey, como alguien en extremo afligido, habló al auriga, que se había presentado, cubierto de polvo, con lágrimas brotándole de los ojos y en lastimoso aspecto: «¿Dónde se encuentra aquel justo, refugiado bajo un árbol? Envuelto en lujo, ¿de qué, oh auriga, se alimentará Raghava? Indigno de privaciones y digno de excelentes lechos, ¿cómo, oh Sumantra, hijo de rey, duerme en el suelo como un desamparado? ¿Cómo pasa Rama sus días en el bosque solitario, él que, cuando salía, solía ser seguido por infantes y elefantes? ¿Cómo viven los príncipes en compañía de Vaidehi en los bosques, recorridos por serpientes y bestias y habitados por culebras negras? ¿Cómo, oh Sumantra, habiendo bajado del carro, avanzan a pie los príncipes junto con la tierna y desventurada Sita? Oh auriga, sin duda tú eres bienaventurado, pues has visto a mis hijos entrar en el bosque, como los Asvins entrando en el monte Mandara. ¿Y qué dijo Rama? ¿Y qué Lakshmana? ¿Y, oh Sumantra, al llegar al bosque qué hizo la hija de Mithila? Describe tú, oh auriga, de qué vive Rama y dónde se acuesta. Al oírlo, viviré, como Yayati en medio de los santos». Así instado por el rey, el auriga habló al rey con la voz entrecortada y sofocada por el vapor del dolor: «Oh poderoso monarca que observa la moralidad, Raghava, con las manos juntas e inclinando la cabeza, dijo: “Oh auriga, saluda tú en mi nombre con tu cabeza los pies de mi padre de alma elevada, digno de ser saludado y famoso (entre los hombres). Y, oh auriga, saluda tú en mi nombre, a cada una como merece, a las damas de los aposentos interiores y comunícales noticias de mi salud. Y habiendo saludado a mi madre Kausalya y habiéndole transmitido noticias de mi bienestar, así como de mi inquebrantable adhesión a la moralidad, dile estas palabras: ‘Permaneciendo usted firme en la virtud, a la hora debida ocúpese de la cámara del fuego sacrificial. Y, oh venerada, ministre usted a los pies de aquel venerable (el rey), como si fueran los de una deidad. Y desterrando orgullo y amor propio, condúzcase usted con mis madres. Y, oh madre, muestre usted respeto a Kaikeyi, a quien sigue el propio rey. Y debe usted comportarse con Bharata como se debe con el propio rey. Los reyes (aunque jóvenes) son en verdad mayores por virtud de su realeza; y recuerde usted los deberes concernientes a los soberanos’. Comunica tú a Bharata noticias de mi bienestar y dile en mi nombre: ‘Compórtate debidamente con todas tus madres’. Y a aquel deleite del linaje de Ikshvaku dile además: ‘Habiendo sido instalado como heredero, mira tú al rey como suprema autoridad del Estado y sé obediente a él. No prives al rey de autoridad, pues se ha vuelto viejo. Oh príncipe, concédele satisfacción en el reino y proclama sus mandatos’”. Y derramando copiosas lágrimas, me dirigió de nuevo la palabra, diciendo: “Mira a mi madre como a la tuya propia, orgullosa de su hijo”. Habiendo dicho esto, el poderoso e ilustre Rama, de ojos semejantes a pétalos de loto, derramó abundantes lágrimas. Entonces Lakshmana, encolerizado, respirando con fuerza, dijo: “¿Por qué falta suya ha sido desterrado el príncipe? Observando el inútil mandato de Kaikeyi, haya obrado bien o mal el rey, nos hemos dolido en extremo por ello. Sea que Rama haya sido desterrado por la codicia de dominio de Kaikeyi o por las exigencias de la concesión del don, no puede haber duda de que el rey ha obrado de manera sumamente injusta. Aun si esto se ha hecho en armonía con el deseo del Señor, no percibo razón alguna para el destierro de Rama. El rey, por falta de juicio, ha hecho irreflexivamente lo opuesto a la moralidad; y este destierro de Rama solo traerá sobre él aflicción aquí y en el más allá. Paternidad no hallo en el monarca. Mi hermano y sustentador y amigo y padre es el propio Raghava. Renunciando a quien es universalmente querido y está siempre empeñado en el bien de todos, ¿cómo complacerá el rey al pueblo con tal acto? ¿Y cómo, desterrando al justo Rama, querido por todos los súbditos, y oponiéndose así a los deseos de todos, conservará su realeza?”. Y, oh poderoso monarca, Janaki también, desventurada como es, suspirando hondamente, se quedó desconcertada como alguien poseído. Y no habiendo experimentado antes calamidad alguna, la famosa princesa, llorando por esta desgracia, nada me dijo. Y mirando a su señor con semblante vacío, dejó caer de pronto lágrimas, percibiendo la destrucción de los súbditos. Y así habló Rama, atendido por Lakshmana, con semblante lloroso; y así se quedó la desventurada y llorosa Sita, contemplando el carro real y a mí mismo.
Section 59
«Habiendo ido Rama al bosque, mis caballos, al dar yo la vuelta, no avanzaron con brío por el camino y derramaron cálidas lágrimas. Y habiendo (rendido homenaje) a ambos príncipes juntando mis manos, di la espalda, soportando como pude aquella carga de pesar. Abrigando la esperanza de que Rama pudiera llamarme de nuevo por medio de alguno de los emisarios (de Guha dejados allí), me quedé allí con Guha muchos días. En sus dominios, oh monarca, atormentados por la calamidad que ha sobrevenido a Rama, hasta los árboles que llevan flores y capullos y brotes parecen tristes; los ríos y estanques y remansos tienen sus aguas secas; y los bosques y arboledas tienen su follaje marchito. Las criaturas no se mueven y las fieras dejan de vagar; y el bosque parece mudo, aturdido por el dolor a causa de Rama. Y los arroyos que contienen lotos con las hojas encogidas tienen sus aguas manchadas; y los lotos tienen sus hojas quemadas; y los peces y las aves (acuáticas) han enflaquecido. Y las flores, tanto de tierra como de agua, han sido privadas de su frescura y fragancia; y ya no conservan su condición anterior. Y los jardines están ociosos con sus aves alicaídas. Y, oh mejor de los hombres, no encuentro hermosas las enramadas (como antes). Y cuando entré en Ayodhya, nadie me saludó. Y al no ver a Rama, la gente suspira a cada momento. Y, oh venerable, viendo el carro real vuelto aquí sin Rama, la gente de las calzadas aparece de dolor con semblantes llorosos. Y desde mansiones, carros y señoriales edificios, las damas, viendo volver el carro, alzan un coro de “¡Ah!” y “¡Ay!”, afligidas por la ausencia de Rama. Y más angustiado que nunca, el bello sexo, con sus amplios y claros ojos llenos de lágrimas, comenzó a mirarse unas a otras sin distinguir. Y a causa del dolor general que prevalecía, no pude percibir diferencia alguna entre amigos y enemigos y personas indiferentes. Oh poderoso monarca, afligidos a causa del destierro de Rama, los hombres parecen hundidos en el abatimiento, y los elefantes y caballos están sin ánimo; y presas de la tristeza, emiten sonidos lastimeros y exhalan hondos suspiros. Ayodhya me parece sin alegría como Kausalya privada de su hijo». Al oír las palabras del auriga, el rey, como alguien en extremo desamparado, se dirigió a él en palabras perdidas en el vapor de la pena: «Exhortado por Kaikeyi, de país pecaminoso, nacida en raza pecaminosa y que abriga designios pecaminosos, no tomé consejo con ancianos capaces de ofrecerlo. Sin consultar con amigos ni cortesanos ni personas versadas en los Vedas, he hecho esto, en interés de una mujer, precipitadamente por ignorancia. Me parece, oh auriga, que para destruir enteramente este linaje, este poderoso desastre nos ha sobrevenido sin duda por influjo del Destino. Oh auriga, si alguna vez te he hecho algún bien, llévame de inmediato a Rama: mi vida me impulsa (en esa dirección). O que mi mandato haga volver a Raghava. No puedo vivir un instante sin Rama. Pero si aquel de brazos poderosos ha ido lejos, tú, poniéndome en un carro, muéstrame prestamente a Rama. ¿Dónde está aquel hermano mayor de Lakshmana, de poderoso arco, de dientes semejantes a flores de kunda? Si vivo hasta entonces, lo contemplaré en compañía de Sita. ¿Qué puede ser más triste que esto: que, reducido a tal extremo, no pueda ver aquí a aquel descendiente de Ikshvaku, Raghava? ¡Ah, Rama! ¡Ah, tú, hermano menor de Rama! ¡Ah, tú, desventurada Vaidehi! No saben que yo, por el dolor, me lamento como un abandonado». Privado de conciencia por aquella pena suya, el rey dijo: «Me he sumergido en este océano de aflicción, difícil de cruzar, con el dolor por Rama como su poderosa marea; la separación de Sita, su otra orilla; los suspiros exhalados, sus furiosas olas y remolinos; las lágrimas, ríos que se precipitan en él; el agitar de los brazos, sus peces; las lamentaciones, su rugido; mi cabello revuelto, su musgo; Kaikeyi, su fuego submarino; mis lágrimas de rápido fluir, su corriente; las palabras de la jorobada, sus terribles y voraces animales; el don, sus continentes; y el destierro de Rama, su extensión. Y, oh Kausalya, sin Raghava me hundiré en este océano. Oh exaltada dama, viviendo, me es difícil cruzar este océano. Sin duda es por mi pecado que hoy, deseando contemplar a Raghava y a Lakshmana, no los obtengo (ante mí)». Habiéndose lamentado así, el ilustre rey cayó de súbito a tierra desvanecido. Al desmayarse el rey lamentándose, aquella exaltada dama, la madre de Rama, oyendo sus palabras doblemente amargas y más lastimeras que cuando alguna vez se expresó por Rama, fue presa de nueva aprensión.
Section 60
Entonces, como poseída por un espíritu maligno y temblando una y otra vez, Kausalya, tendida en el suelo como muerta, habló al auriga, diciendo: «Llévame adonde está Kakutstha y Sita y Lakshmana: sin ellos no puedo vivir un instante. Sin demora, da la vuelta al carro. Llévame también a Dandaka. Si no los sigo, iré a la mansión de Yama». Entonces el auriga, con las manos juntas, consoló a aquella exaltada dama con palabras prontas, entrecortadas y sofocadas por el vapor que subía: «Deje usted la aflicción y la pena y la violenta emoción. Renunciando a la aflicción, Raghava vive en los bosques. Y en el bosque, el justo Lakshmana, con sus sentidos bajo control, ministra a los pies de Rama y así adora a los dioses para la felicidad en el otro mundo. Y aun en los bosques solitarios, Sita, como si permaneciera en casa, habiendo fijado sus pensamientos en Rama, vive una vida de amor. Y no aparece en ella el menor rastro de aflicción alguna; y Vaidehi me parece como si estuviera destinada (por la Naturaleza) a una vida lejos del hogar. Y como antes, yendo a villas urbanas, se solazaba, así se solaza ahora hasta en el bosque solitario. Y aunque vive en el bosque solitario, aquella de semblante semejante a la luna infantil se divierte alegre como una niña, en el jardín representado por el propio Rama. Ayodhya sin Rama le habría parecido un desierto a aquella cuyo corazón está fijo en él y cuya misma vida depende de él. Vaidehi pregunta ahora (a Rama) sobre las aldeas y poblados (de su camino); y observando diversos árboles y los cursos de los ríos, Janaki, preguntando a Rama o a Lakshmana (por información), se entera de todo acerca de ellos. Y Sita se solaza como solía hacerlo en enramadas situadas a la distancia de solo un krosa de Ayodhya. Solo esto recuerdo; pero todo lo que ella, por impulso repentino, me comunicó acerca de Kaikeyi, no se me viene a la conciencia». Suprimiendo este tema surgido por descuido, el auriga dijo dulces palabras animando a aquella noble dama: «Ni por la fatiga del viaje, ni por la influencia del viento, ni por la agitación, ni por el sol, ha sufrido merma alguna el brillo de Vaidehi, semejante a la luz lunar. El semblante de aquella de hablar amable, semejante al loto y comparable a la luna llena en esplendor, no ha palidecido. Sus pies, ahora sin el tinte de laca líquida pero naturalmente dotados del matiz rosado de esta, son espléndidos como capullos de loto. Aun así Vaidehi, adornada con joyas por afecto a Rama, camina con gracia, reprendiendo con sus brazaletes la ondulante marcha (de las grullas). Apoyándose en el brazo de Rama, Sita, llegada al bosque, no se llena de temor al ver ni un elefante, ni un león, ni un tigre. Por tanto no han de ser lamentados ellos, ni usted misma, ni el señor de los hombres. Esta historia de Rama perdurará para siempre en este mundo. Renunciando a la aflicción y con corazones alegres, bien establecidos en la vida que llevan los Maharshis, ellos, viviendo en el bosque de frutos silvestres como sustento, mantienen la noble promesa de su padre». Consolada por el auriga veraz y de dulce habla, aquella dama oprimida por el dolor por su hijo no dejó de gemir en voz alta: «¡Amado mío!», «¡Hijo mío!», «¡Raghava!».
Section 61
Habiendo partido al bosque Rama, el justo, el primero entre los capaces de encantar a las gentes, Kausalya, llorando de dolor, dijo a su esposo: «Su gran fama se ha extendido por los tres mundos; y el descendiente de Raghu es bondadoso, munífico y de amable hablar. ¿Por qué, entonces, ha abandonado usted a aquellos primeros de los hombres junto con Sita? Criados en la dicha y ahora llevados a la miseria, ¿cómo pueden soportarlo? ¿Y cómo puede la joven hija de Mithila, de talle esbelto, tierna y merecedora de felicidad, soportar el calor y el frío? Habiendo antes participado de (excelente) arroz con guisos, ¿cómo se alimentará Sita de arroz silvestre? Habiendo oído excelente música vocal e instrumental, ¿cómo oirá Sita los espantosos gritos de leones carnívoros? Semejante al estandarte del gran Indra, ¿dónde duerme el de brazos poderosos y extraordinaria fuerza, Rama, haciendo de su brazo, semejante a una maza, su almohada? ¿Cuándo contemplaré el semblante de Rama, del color del loto, con el cabello terminando hermosamente (en rizos), y su aliento impregnado del fino perfume del loto, y sus ojos semejantes a hojas de loto? Sin duda mi corazón está hecho, sin duda alguna, de la esencia del rayo, pues al no contemplarlo no se quiebra en mil fragmentos. Es por su triste acto que los míos, contrariados, aunque merecedores de felicidad, vagan miserablemente por el desierto. Si tras el transcurso de los quince años Raghava regresa, no parece probable que Bharata renuncie al reino y al tesoro. Algunos, en las ocasiones del sraddha, banquetean primero a sus propios amigos y, hecho esto, atienden a los brahmanes selectos. Pero aquellos nacidos dos veces que son meritorios, instruidos y semejantes a celestiales no estiman, a último momento, ni siquiera manjares semejantes a ambrosía. Los brahmanes de alta respetabilidad, dotados de sabiduría, nunca soportan ser agasajados tras haber sido banqueteados los otros nacidos dos veces, así como los toros nunca soportan con calma que les corten los cuernos. ¿Por qué no habría de desdeñar, oh monarca, un hermano mayor de méritos sólidos un reino que ha sido así disfrutado por su hermano menor? Un tigre no gusta de alimentarse de comida procurada por otros. Así también aquel personaje semejante a un tigre no estima nada que haya llegado a ser probado por otro. Mantequilla clarificada, tortas sacrificiales, hierba kusa, estacas de acacia catecú, usadas en un sacrificio, no pueden usarse en otro; así también este reino, ya disfrutado, semejante a licor privado de su esencia o a un sacrificio cuyo soma ha sido comido, no puede ser aceptado por Rama. Tal maltrato Raghava no lo soportará, como un poderoso tigre no soporta que otro le roce la cola. Este mundo, con el auxilio de los dioses, teme enfrentarlo en alto combate; pero él se contiene, pensando que cualquier acción semejante de su parte es injusta. En verdad, aquel justo devuelve a las gentes a la moralidad. Sin duda aquel de brazos poderosos, dotado de extraordinario poderío, puede con sus flechas de oro quemar a todas las criaturas y los océanos, como el Día en la disolución de todo. Pero tal hombre entre los hombres, poseedor de fuerza leonina y adornado con ojos de toro, ha sido destruido por su padre, como un pez que destruye a su prole. Si hubiera creído usted en la moralidad prescrita en las escrituras y seguida por los nacidos dos veces, no habría desterrado a su hijo. Pero despreciando tal moralidad, ha desterrado a su virtuoso hijo. Uno de los refugios de una mujer es su esposo, un segundo es su hijo y un tercero son sus parientes; y un cuarto no tiene. Pero usted ha dejado de ser mío; y Rama ha sido enviado a los bosques. No quiero ir al bosque; así que estoy por completo deshecha por usted. Este reino, su propio reino, ha sido destruido por usted; destruidos están, junto con los consejeros; destruida estoy yo con mi hijo; y destruidos están los ciudadanos: solo su hijo y su esposa están deleitados». Al oír estas palabras proferidas con acentos desgarradores, Dasaratha, en extremo afligido, quedó sin sentido. Y afligido por el dolor, recordó de nuevo su mal acto.
Section 62
Así severamente interpelado por la indignada madre de Rama, el rey, afligido, quedó sumido en cavilación. Tras pensar largo rato, aquel sometedor de enemigos, el rey, que había perdido el sentido por el dolor, recobró la conciencia. Y habiendo recobrado sus sentidos, suspirando caliente y hondo, viendo a Kausalya a su lado, se perdió de nuevo en cavilación. Mientras pensaba, le vino (a la memoria) el acto pecaminoso que había cometido antes por ignorancia por medio de la flecha que da en el blanco por el sonido. Afligido con esta pena así como con la causada por Rama, aquel señor, el rey, ardió en estas dos penas distintas. Ardiendo de dolor y angustiado, él, tembloroso y con las manos juntas, con la cabeza gacha, se dirigió a Kausalya con el propósito de apaciguarla: «Te ruego, oh Kausalya, con las manos juntas, que depongas tu enojo. Tú eres siempre afectuosa y no tratas con dureza ni siquiera a los enemigos. En verdad, para las mujeres conocedoras de la virtud, un esposo, tenga o no méritos, es una verdadera deidad. Siempre virtuosa, tú, que has visto tanto a los virtuosos como a los viciosos, aunque afligida, no debes decirme nada desagradable a mí, que estoy abrumado de aflicción». Habiendo oído estas lastimeras palabras del afligido rey, Kausalya profirió palabras como un desagüe deja salir un nuevo caudal de lluvia. Y llorando, se llevó a la cabeza las manos juntas del rey, semejantes a lotos; y luego, turbada, dijo estas palabras apresuradamente, henchidas de extremo afecto: «Séame propicio; se lo ruego con la cabeza (inclinada). Me inclino ante usted, cayendo al suelo. Oh venerable, si usted me lo ruega, quedaré deshecha. No merezco ser perdonada por usted. No puede ser tenida por dama de bien aquella a quien aplaca su inteligente esposo, digno de ser ensalzado en ambos mundos. Conozco el deber, oh justo; sé que usted es veraz. Y fue porque estaba en extremo angustiada a causa de mi hijo que le hablé con dureza. La pena destruye la paciencia, la pena destruye el conocimiento de las escrituras, la pena lo destruye todo; no hay enemigo como la pena. Uno puede, caído, soportar los golpes de un enemigo; pero nadie puede, caído, soportar siquiera un poco de pena. Esta es la quinta noche del destierro de Rama, según mi cálculo; y para mí, hecha sin alegría por la pena, este intervalo ha adquirido las proporciones de cinco años. Y alimentada por el pensamiento de mi parte, esta aflicción crece en mi pecho, como las poderosas aguas del océano aumentadas por la vehemente descarga de los ríos». Mientras Kausalya hablaba así auspiciosamente, los rayos del sol se suavizaron y llegó la noche. Animado por las palabras de Kausalya, el rey, vencido por el dolor, sintió la influencia del sueño.
Section 63
Despertándose de pronto del sueño, el rey Dasaratha, privado (casi) de conciencia por el dolor, se convirtió (de nuevo) en presa del pensamiento. Y a causa del destierro de Rama y Lakshmana, el rey, semejante a Vasava, fue vencido por la aflicción, como la oscuridad de Rahu que envuelve al sol. Entonces, habiéndose ido Rama con su esposa, el señor de los kosalas, recordando su propia mala acción, sintió ansia de confesársela a aquella dama de ojos provistos de oscuras comisuras. Y en la sexta noche después de que Rama hubo partido al bosque, el rey Dasaratha, cuando era medianoche, recordó su propio acto injusto. Y entonces, a Kausalya, afligida a causa de su hijo, le dijo estas palabras: «Cuales son los actos de uno, oh auspiciosa, buenos o de otra clase, tales son las consecuencias, oh gentil dama, que cosecha quien los ejecuta. Aquel que, en vísperas de emprender una acción, ya concerniente a este mundo o al otro, no toma en consideración el hecho de que las acciones acarrean consecuencias leves o graves, agradables (o de otra clase), es llamado un niño. Aquel que, talando una arboleda de mangos, riega árboles palasa, contemplando las flores (en flor), codiciará frutos; y se afligirá cuando llegue su estación. La persona que, sin aprehender (el principio de causalidad), se lanza a la acción, se aflige en la estación de los frutos, igual que quien riega árboles kinsuka (habiendo talado su arboleda de mangos). Y de esta manera, necio que soy, habiendo talado mi arboleda de mangos y regado palasas, habiendo renunciado a Rama en la estación del fruto, me aflijo al final. Habiendo, oh Kausalya, ganado la fama —“El príncipe puede dar en el blanco solo por el sonido”—, yo, príncipe y arquero, cometí esta ofensa. Por tanto, oh noble dama, yo mismo he traído esta desgracia sobre mí, como un niño que ha comido veneno por ignorancia. Y como otra persona fascinada por la vista de algunos árboles palasa (y haciendo lo antes mencionado), yo (cometí este acto) sin prever la consecuencia que seguiría a mi disparo por el sonido. Oh dama, tú entonces no estabas desposada; y yo era un joven príncipe. Y fue en aquel tiempo cuando llegó la estación de las lluvias, que acrecentaba mi deseo. Sacando humedad de la tierra y calentando el suelo con sus rayos, el Sol se encamina al terrible cuadrante adonde van los muertos. El calor se disipó de inmediato y se mostraron las nubes gélidas; y las ranas y las sarangas y los pavos reales comenzaron a regocijarse; y, hallándolo desagradable, las emplumadas se bañaron y, con la superficie de su plumaje encogida por la humedad, se refugiaron en árboles sacudidos por el viento y la lluvia. Y el cerro, adornado de sarangas enloquecidas, cubierto por chubascos que caían a la vez, parecía una masa de aguas. Y las aguas, aunque inmaculadas, mezcladas con sustancias minerales y cenizas de la montaña, fluían en torrentes serpenteantes, negros y rojos. A tan dulce hora, yo, deseoso de hacer ejercicio, tomando mi arco y mis flechas y montado en mi carro, salí hacia el río Sarayu, con la intención de que yo, con mis sentidos controlados, diera muerte en la extensión de agua a cualquier búfalo, elefante o cualquier otra bestia que hubiera llegado allí en la noche. Y (llegado allí), siendo tan oscuro que nada podía discernirse, oí sonidos de un cántaro que se llenaba, procedentes de las aguas, semejantes a los bramidos de un elefante. Entonces, alzando mi flecha, llameante y semejante a una serpiente de virulento veneno, yo, deseoso de cazar al (imaginario) elefante, lancé mi flecha en dirección al sonido. Entonces, desde el lugar adonde yo había disparado en el crepúsculo la afilada flecha semejante a una serpiente venenosa, procedieron gritos de “¡Oh!” y “¡Ay!” proferidos por un habitante del bosque atravesado hasta lo vivo por la flecha, que cayó al agua. Y cuando hubo caído, se hicieron audibles palabras habladas por un ser humano: “¿Por qué cae sobre mí el arma? Yo había venido a este arroyo solitario para procurar agua. ¿Por quién he sido herido con esta flecha? ¿A quién he hecho mal? ¿Y cómo pueden las escrituras aprobar la muerte de uno como yo, que llevo una carga de cabellos enmarañados y visto corteza y piel de ciervo, que subsisto de lo que da el bosque y nunca daño a otros? ¿Quién puede servir a propósito alguno dándome muerte? ¿Y cómo he podido yo dañar a alguien así? Un acto tan sin propósito no puede sino acabar en mal. Esto nunca puede tenerse por justo; es como violar la castidad de la esposa de un preceptor. No lamento tanto mi fin como lo lamento por mi padre y mi madre. ¿A qué se acogerá la anciana pareja, que siempre ha sido sostenida por mí, cuando yo me haya ido? Mi padre y mi madre son ancianos, y yo, su único hijo, soy muerto. ¿Qué muchacho de sentidos desenfrenados es el que nos ha matado a todos?”».
«Al oír sus lastimeras palabras, yo, siempre ansioso de seguir la virtud, me afligí en extremo, y el arco con su flecha puesta cayó de mi mano a la tierra. Al oír en la noche las patéticas palabras del santo que así se lamentaba, me asusté y quedé privado de mis sentidos por exceso de dolor. Y llegando al lugar, yo, en extremo desanimado y con la mente agitada, descubrí en las orillas del Sarayu a un asceta herido con una flecha, con sus trenzas enmarañadas esparcidas, su cántaro de agua caído a su lado, el cuerpo manchado de sangre y polvo y afligido por el dardo. Mirándome con los ojos, a mí, que estaba sumamente agitado e inquieto, dijo estas palabras con severidad, como si me consumiera con su energía: “¿Qué mal te había hecho yo, oh monarca, que moraba en los bosques, para que, viniendo a procurar agua para mis padres, haya sido así afligido por ti? Al atravesar mi médula con una flecha, has dado muerte a mi anciano y ciego padre y a mi madre. Sin duda ellos, débiles y ciegos, que afligidos por la sed permanecen a la espera de mí, soportarán ahora (el esfuerzo y la tensión de) la espera así como la sed abrasadora. Sin duda la ascesis y el estudio no llevan fruto consigo, pues yo, tendido en el suelo, mi padre nada sabe de ello. ¿Y qué podría hacer él, aunque lo supiera, incapaz e inhábil como es para andar? Un árbol no puede socorrer a otro que está siendo azotado (por los vientos). Ve tú mismo, oh descendiente de Raghu, a mi padre e infórmale prestamente de lo ocurrido. Pero cuida de que, como un fuego que se enfurece consumiendo un bosque, él en su ira no te queme. Este estrecho sendero, oh rey, te llevará a la morada de mi padre. Ve allí y apacígualo, para que, encolerizándose, no te maldiga. Saca (ahora), oh rey, la flecha. Tu afilada flecha aflige mi médula, como la marea de un río que socava un banco de arena de ondulante hueco”. Pero en cuanto a extraer la flecha, este pensamiento me turbó: “Si la flecha se deja, causa dolor; si se extrae, sobreviene la muerte”. Mientras yo estaba angustiado, afligido y atormentado por el pesar, el hijo del asceta percibió mi ansiedad. Entonces aquel versado en las escrituras, hundiéndose inmóvil, con los ojos girando hacia arriba y volviéndose sumamente débil, dijo con dificultad: “Refrenando la pena, yo, a fuerza de paciencia, me calmo. Aparta de tu mente la aflicción causada por la conciencia de haber matado a un brahmán. Oh rey, no pertenezco a la raza de los nacidos dos veces: que tu mente no se duela. Oh señor de los primeros de los hombres, fui engendrado por un vaisya en una mujer sudra”. Mientras él, con las entrañas afligidas por la flecha, los ojos girando, inerte y tembloroso en el suelo, con los miembros encogidos, hablaba con dificultad, saqué la flecha. Entonces, mirándome, el asceta, asustado, entregó el espíritu. Al contemplarlo con el cuerpo goteando agua y mortalmente herido, y respirando con fuerza sin respiro, después de haber lamentado su herida mortal, tendido en las orillas del Sarayu, lo lloré y me afligí gravemente, oh gentil dama».
Section 64
Recordando la extraordinaria muerte del Maharshi, aquel justo descendiente de Raghu, lamentando a su hijo, habló así a Kausalya: «Habiendo cometido sin saberlo aquel gran pecado, yo, con los sentidos oprimidos por el dolor, pensé para mí cómo podría repararlo. Entonces, tomando el cántaro lleno de excelente agua, fui por el camino indicado y (por fin) llegué a la ermita. Allí encontré a sus padres, ancianos, achacosos, desamparados, sin nadie que los ayudara a moverse, como aves a las que se les han cortado las alas, que seguían conversando acerca de (su hijo) sin experimentar cansancio alguno y, como desvalidos, se alimentaban de una esperanza que yo había frustrado. Con mis sentidos dominados por el dolor y mi conciencia casi perdida por la aprensión, yo, llegado a la ermita, fui de nuevo abrumado por el pesar. Al oír mis pasos, el asceta dijo: “¿Por qué, hijo mío, te demoras? Trae la bebida de inmediato. Tu madre, oh niño, estaba en extremo ansiosa a causa de tu juego en las aguas. Entra pronto en la ermita. Oh niño, no te conviene tomar a pecho ninguna acción poco amable que, oh hijo, te haya sido hecha, a ti de alta fama, por tu madre o por mí. Tú eres el recurso de estos desamparados; tú eres los ojos de estos privados de su vista. Nuestras vidas están ligadas a ti. ¿Por qué no respondes?”. Viendo al asceta hablar así con voz ahogada, indistintamente, con las letras no articuladas con claridad, yo, abatido de ánimo, pero ocultando el verdadero estado de mi mente con una lengua que fingía firmeza, le comuniqué el peligro que le había sobrevenido a causa de la calamidad de su hijo: “Soy un kshatriya, Dasaratha (de nombre), y no hijo suyo, oh magnánimo. He caído en una desgracia a consecuencia de un acto censurado por los buenos. Oh venerable, deseoso de matar alguna fiera, un elefante (u otro), venido a las aguas, fui a las orillas del Sarayu con el arco en la mano. Entonces, al oír sonidos del agua de un cántaro que se llenaba, pensé: ‘Esto debe de ser un elefante’. Lo herí con una flecha. Luego, llegando a la orilla del río, vi a un asceta tendido en el suelo, casi privado de vida, con el corazón atravesado por una flecha. Entonces, acercándome, yo, conforme a la indicación que él me dio mientras yacía en agonía, extraje de pronto la flecha de sus entrañas. Y en cuanto la flecha fue extraída, él ascendió al cielo, oh reverendo señor, lamentándolos y llorándolos a ustedes, ya ancianos. Por ignorancia herí de repente a su hijo. Siendo esto pasado, tenga usted a bien decirme qué se ha de hacer ahora, oh asceta”. Habiendo oído estas crueles palabras, el venerable asceta pudo muy bien con su maldición reducirme a cenizas. Con los ojos anegados en lágrimas y casi privado de sus sentidos por el dolor, aquel de gran energía me dijo, de pie con las manos juntas: “Si, oh rey, no nos hubieras comunicado tú mismo de inmediato esta desagradable noticia, tu cabeza se habría reducido a mil astillas. Por no hablar de los kshatriyas, puedo arrastrar de su posición hasta al mismísimo portador del rayo, si a sabiendas mata a uno, en especial a quien ha asumido el modo de vida vanaprastha. Tu cabeza habría sido partida en siete, si hubieras disparado a sabiendas el arma contra tal asceta que permanece en austeridades y versado en los Vedas. Es porque lo has hecho por ignorancia que (aún) vives; de otro modo la propia raza de los Raghavas no existiría, ¿y dónde estarías tú?”. Entonces dijo: “Llévanos, oh rey, al lugar. Hoy miraremos por última vez a nuestro hijo, manchado de sangre, con su atuendo de piel de ciervo desprendiéndose (de su cuerpo), tendido sin sentido en la tierra y caído bajo el dominio del señor de la rectitud”. Entonces yo solo, llevándolos, en extremo desconsolados, al lugar, hice que el asceta y su esposa tocaran a su hijo. Y habiéndose acercado a su hijo y tocándolo, aquellos ascetas cayeron sobre su cuerpo, y luego su padre se dirigió a él así: “Hoy no me saludas ni me hablas. ¿Por qué, hijo mío, yaces en el suelo? ¿Estás enojado (con nosotros)? Si, hijo mío, no sientes benevolencia hacia mí, mira a tu virtuosa madre. ¿Y por qué, oh hijo, no me abrazas? Dime palabras tiernas. En las horas de la madrugada, ¿de quién, entregado al estudio, oiré las escrituras leídas dulcemente, de modo que lleguen a la mente del oyente? ¿Quién, tras sus devociones diarias y tras ofrecer oblaciones al fuego sacrificial, me bañará, afligido por el dolor por mi hijo? ¿Y quién, procurando tubérculos, frutos y raíces, me alimentará como a un huésped bienvenido, a mí, incapaz de hacer nada y de proveer sustento, y sin nadie que cuide de mí? Y, hijo mío, ¿cómo mantendré a esta ciega madre ascética tuya, orgullosa de su hijo, que pasa sus días en la miseria? Quédate, hijo mío, de mi parte. Mañana irás conmigo y con tu madre a la mansión de Yama. Afligidos por el dolor y hechos miserables en el bosque, ambos privados de ti iremos pronto a la morada de Yama. Al ver al hijo de Vivasvat, le diré: ‘Perdóname, oh señor de la justicia, y que este mi hijo siga manteniéndonos a nosotros, sus padres. Te corresponde, oh justo e ilustre guardián de los mundos, concederme a mí, reducido a tal extremo, esta única dakshina duradera capaz de quitar nuestro temor’. Tú, hijo mío, eres sin pecado, aunque muerto por este que ha cometido un acto injusto; y por la fuerza de esta verdad ve tú al mundo de los guerreros. Ve tú, oh hijo, por el supremo camino que recorren los héroes que, sin volverse del combate, son muertos en encuentro abierto. Ve tú, oh hijo, por el camino que han recorrido Sagara y Saivya y Dilipa y Janamejaya y Nahusha y Dhundumara. Ve tú, oh hijo, por el camino que recorren todas las criaturas, incluso los ascetas dedicados al estudio del Veda, los donadores de tierras, los que ejecutan sacrificios de fuego, los individuos entregados cada uno a una sola esposa, los hombres que regalan mil vacas, las personas que sirven a sus preceptores y los individuos que renuncian a la vida por el ayuno. Quien nace en tal linaje no puede caer en mal estado alguno. Que tal condición sea la de quien te ha quitado la vida, amigo mío”.
«Tras llorar así lastimosamente, él, junto con su esposa, se dispuso a celebrar los ritos del agua en favor de su hijo. Entonces, asumiendo prestamente una forma celestial, el virtuoso hijo del asceta, por sus propios actos, ascendió al cielo en compañía de Sakra. Luego, (regresando) con Sakra, el asceta, consolando a sus ancianos padres, se dirigió a ellos diciendo: “He alcanzado un alto estado por haberlos servido. Vengan ustedes también sin demora a mí”. Habiendo dicho esto, el hijo del asceta, de sentidos refrenados, ascendió al cielo en un excelente y espacioso carro. Habiendo celebrado los ritos del agua, el asceta de gran energía, junto con su esposa, me dijo prestamente, de pie con las manos juntas: “Mátame, oh monarca, en este instante. No me aflige morir —tú, con tu flecha, me has dejado absolutamente sin hijo, a mí que tenía un hijo único. Puesto que esta pena que nace de la calamidad sobrevenida a mi hijo es ahora mía (por tu intermedio), te maldigo: así mismo hallarás tu muerte por el dolor por tu hijo. Como tú, un kshatriya, has dado muerte por ignorancia a un asceta, el pecado, oh señor de los hombres, de matar a un brahmán no te envolverá de inmediato; pero pronto llegarás a esta terrible y mortal condición, como un donante de dakshinas (que llega a las cosas dadas)”. Habiéndome así infligido la maldición y tras lamentar largamente y con piedad, la pareja subió a la pira funeraria y se fue al cielo. Oh noble dama, el crimen que yo, disparando con ayuda del sonido, había cometido en mi niñez, ha vuelto a mi memoria en el curso del pensamiento. Y, oh exaltada dama, como una enfermedad engendrada por tomar uno arroz con guiso malsano, este peligro es inminente a consecuencia de aquel acto. Oh gentil, las palabras de aquella persona de noble espíritu están a punto de cumplirse en mí». Habiendo dicho esto y llorando, el rey dijo a su esposa: «Renunciaré a la vida por el dolor por mi hijo. Y ya no te veré con mis ojos. Tócame, oh Kausalya. Los que van a la mansión de Yama ya no contemplan (a sus amigos). Si Rama me tocara, directamente o de otro modo, obtuviera el tesoro y fuera instalado como heredero, me parece que aún podría vivir. Oh noble dama, lo que he hecho a Raghava no es sin duda propio de mí; pero lo que (por otra parte) él ha hecho por mí es digno de él. ¿Qué hombre sensato abandona a su hijo, aunque sea malvado? ¿Y qué hijo, siendo desterrado, no guarda rencor a su padre? Pero no te veo con mis ojos y mi memoria falla. Estos emisarios del hijo de Vivasvat, oh Kausalya, me apremian. ¿Qué puede ser objeto de mayor pesar que el que yo, en mis últimos momentos, no pueda contemplar al justo Rama, cuyo poder es la verdad? Como el sol seca una gota de agua, el dolor por no ver a mi hijo de actos incomparables seca mis espíritus. Esos no son hombres: son dioses los que en el año decimoquinto volverán a contemplar el semblante de Rama adornado con elegantes y bruñidos pendientes. Oh tú de graciosas cejas, bienaventurados los que contemplarán el semblante de Rama provisto de ojos semejantes a pétalos de loto, de excelentes dientes y nariz bien formada, semejante al propio señor de los astros. Bienaventurados los que contemplarán ese rostro fragante suyo, semejante a la luna otoñal o al loto abierto del todo. Tres veces bienaventurados los que, con corazones deleitados, contemplarán a Rama vuelto del bosque y regresado a Ayodhya, como Sukra coronando el cenit. Oh Kausalya, mi corazón está abrumado de dolor; y no percibo objetos de oído, tacto ni gusto. Mis sentidos se apagan a consecuencia del estupor mental, como los rayos de una lámpara reducidos a humo, que se apagan cuando el aceite se ha agotado. Como la violencia de un río socava sus orillas, mi dolor, ocasionado por mi propia mano, me destruye a mí, que estoy desvalido e insensible. ¡Oh Raghava de brazos poderosos! ¡Oh tú que disipas mis penas! ¡Oh tú que te deleitas en tu padre! ¡Tú eres mi sostén, oh hijo mío, que te has ido! Oh Kausalya, no veo. ¡Oh desdichada Sumitra! ¡Oh cruel, enemiga mía, tú, Kaikeyi, que has manchado tu linaje!». Habiéndose lamentado así en presencia de la madre de Rama y de Sumitra, el rey Dasaratha exhaló su último aliento.
Así aquel angustiado señor de los hombres, herido por el destierro de su amado hijo, aquel de gracioso porte, cuando la noche estaba a medio pasar, agitado por la violencia de su emoción, dejó esta vida.
Section 65
Pasada la noche, en la mañana del día siguiente, panegiristas, bardos consumados, genealogistas hábiles en recitar y cantores versados en la permutación musical, presentándose en el lugar del soberano, comenzaron a actuar por separado. Y mientras elogiaban al monarca con bendiciones proferidas en voz alta, el palacio resonaba con los sonidos de los elogios. Y mientras los bardos entonaban himnos al monarca, los que tocan las palmas, celebrando las hazañas de los reyes de la raza de Raghu, comenzaron a batir las palmas. Y despertadas por aquellos sonidos, las aves de las ramas y de las jaulas dignas de la estirpe real emitieron sus notas. Y las palabras sagradas pronunciadas (por estos), las notas de las vinas y los cantos de despedida de los cantores llenaron aquella mansión. Y como en ocasiones anteriores, hombres que practicaban la pureza y expertos en el servicio, con numerosas mujeres y eunucos, hicieron su aparición. Personas versadas en las ceremonias relativas al baño, conforme a la ordenanza y a su debido tiempo, trajeron en vasijas de oro agua impregnada de polvo de sándalo hari. Mujeres puras junto con muchas doncellas trajeron vacas, etc., que debían ser tocadas, agua del Ganges para beber, espejos, telas, ornamentos y otros artículos. Todas las cosas que se habían procurado (para presentarlas al monarca) fueron veneradas conforme a la prescripción, estaban provistas de marcas auspiciosas y eran de excelentes virtudes y dotadas de buen augurio. Mientras el sol no salió, toda aquella gente permaneció a la espera de la presencia del rey; pero entonces se alarmaron por lo que había ocurrido.
Aquellas damas que estaban junto al lecho del señor de Kosala consolaban a su esposo. Y mientras atendían al monarca con palabras suaves y dóciles, aquellas mujeres, que conocían la condición del sueño, palpándolo mientras yacía en su lecho, no percibieron acción alguna en el pulso siempre en movimiento. Entonces, temerosas por la vida del rey, comenzaron a temblar como una brizna de hierba en un torrente. Llenas de dudas al ver al rey, las damas concluyeron al fin que lo que (el monarca) había temido ciertamente había ocurrido. Vencidas por el dolor por sus hijos, Sumitra y Kausalya dormían como si estuvieran muertas, y aún no habían despertado. Privada de brillo, pálida, herida de pena y tendida con los miembros contraídos, Kausalya parecía una estrella envuelta en tinieblas. Y después de Kausalya, el rey, y después de él, Sumitra; y con el rostro marchito de dolor, aquella noble dama no se veía particularmente hermosa. Al hallar a estas dos damas dormidas y al rey pareciendo dormir, las habitantes del aposento interior se mostraron como si sus vidas las hubieran abandonado. Entonces, en extremo afligidas, aquellas modelos de su sexo, como elefantas en el bosque privadas del jefe de la manada, prorrumpieron en lamentos. Al sonido de sus lamentaciones, tanto Kausalya como Sumitra, recobrando de pronto la conciencia, despertaron de su sueño. Y Kausalya y Sumitra, mirando al rey y palpándolo, cayeron a tierra exclamando: «¡Ah, señor!». Mientras la hija del señor de Kosala rodaba por el suelo, cubierta de polvo no aparecía en toda su belleza, como una estrella caída del cielo a la tierra de abajo. Y cuando el rey hubo dejado esta vida, las mujeres vieron a Kausalya caída en la tierra como la compañera muerta de un elefante. Entonces todas las esposas del monarca, encabezadas por Kaikeyi, ardiendo de dolor y llorando, quedaron casi sin sentido. Y los fuertes sonidos emitidos por estas, mezclándose con los de aquellas (que habían estado lamentándose antes que ellas), alcanzaron mayores proporciones y llenaron la sala. Y la mansión del rey se llenó de gentes en extremo agitadas y asustadas, ansiosas de saber todo sobre el asunto, se llenó de lamentos, con amigos afligidos por la angustia, su alegría desvanecida al instante: una escena de angustia y duelo. Sabiendo que el señor de la tierra había partido, sus esposas, rodeando a aquel ilustre, heridas por el exceso de pesar y llorando amarga y lastimosamente, sosteniendo las manos del rey, se entregaron a las lamentaciones, como desamparadas.
Section 66
Viendo que el rey había ascendido al cielo, como un fuego que se ha enfriado, o un océano privado de sus aguas, o el sol despojado de su esplendor, Kausalya, afligida de pesar, tomando en su regazo la cabeza del rey, con lágrimas en los ojos, dijo: «Oh Kaikeyi, alcanza tus deseos: disfruta este reino libre de tu espina. Oh cruel, oh de malos modos, tú que, abandonando al rey, pusiste tu corazón (en coronar a tu hijo), Rama se ha ido, abandonándome; y ahora mi señor ha ascendido al cielo. Ya no puedo soportar vivir, como alguien dejada sola en un desierto por sus compañeras. ¿Qué otra mujer, salvo Kaikeyi, perdida para la rectitud, habiendo perdido a su deidad, a su señor, desea continuar existiendo en el reino de otro? Como una persona codiciosa que toma veneno (por ira o alguna otra pasión) no se considera culpable, (así Kaikeyi), habiendo hecho este mal por incitación de Manthara, no hace llegar su culpa a su mente. Es por medio de la jorobada que esta raza de los Raghavas ha sido destruida por Kaikeyi. Al oír que el rey, forzado a hacer una acción injusta, ha desterrado a Rama junto con su esposa, el rey Janaka se llenará de pesar como yo. Aquel virtuoso no sabe que hoy me he quedado desamparada y viuda. Rama, de ojos semejantes a pétalos de loto, ha sido apartado de mi vista en vida. La bella hija del rey de Videha, indigna de penalidades, en atuendo de asceta lleva una vida de aflicción y terror en los bosques. Al oír de noche los espantosos rugidos de aves y bestias que claman, aterrada en extremo se refugia junto a Raghava. Anciano y con una sola hija, él, revolviendo en su mente pensamientos sobre Vaidehi, renunciará sin duda a la vida, herido de dolor. Yo, siempre fiel a mi señor, moriré este mismo día, abrazando este cuerpo; entraré en el fuego». Mientras, abrazando el cuerpo (muerto), aquella desventurada dama se lamentaba, los cortesanos hicieron retirar de allí a la (reina) afligida. Entonces, colocando el cadáver del rey en una (amplia) tina con aceite, los cortesanos celebraron los ritos de duelo del monarca. Pero, versados en todo, los consejeros, en ausencia de su hijo, no ejecutaron las exequias fúnebres del rey; y por eso colocaron su cuerpo tendido en la tina de aceite. ¡Ay! Al fin, concluyendo con certeza que el rey había muerto, las damas prorrumpieron en lamentos. Y alzando los brazos, con lágrimas que corrían por sus rostros, en terrible aflicción y en extremo atormentadas por el dolor, se lamentaron: «Oh monarca, ¿por qué nos abandona usted, que ya hemos sido privadas de Rama, de hablar siempre amable y firme en la promesa? Abandonadas por Rama, ¿cómo permaneceremos, hechas viudas, con la malvada Kaikeyi, nuestra coesposa? Aquel de alma libre es nuestro señor, como lo es también de usted mismo. Rama se ha ido a los bosques, abandonando la dignidad regia. Privadas de usted así como de aquel héroe, y abrumadas por la desgracia, ¿cómo viviremos reprendidas por Kaikeyi? Aquella que ha abandonado al rey, a Rama y a Lakshmana junto con Sita, ¿a quién no podrá abandonar?». Así, con lágrimas en los ojos, las esposas de aquel descendiente de Raghu, sin alegría y convulsas por una enorme pasión, mostraron señales de pesar. Como una noche sin estrellas, como una bella abandonada por su esposo, la ciudad de Ayodhya sin el magnánimo monarca no parecía deleitosa como antes, con el pueblo lleno de lágrimas, las damas profiriendo exclamaciones de angustia y las terrazas y patios desiertos. Habiendo ascendido al cielo por el dolor el señor de los hombres, y permaneciendo en la tierra las esposas del rey, el sol, concluido su viaje, se puso, y la noche comenzó su curso. La idea de consumir el cadáver del rey en ausencia de su hijo no pareció acertada a los adeptos reunidos (del difunto). Pensando esto, depositaron así al rey, dotado de una presencia inconcebiblemente digna. Y con sus terrazas desbordantes de lágrimas que inundaban las gargantas de los dolientes, la ciudad parecía el firmamento sin su esplendor en ausencia del sol, o la noche con las estrellas envueltas. Y a la muerte de aquel ilustre personaje, en la ciudad hombres y mujeres en multitudes, censurando a la madre de Bharata, se afligieron en extremo y no alcanzaron paz de ánimo.
Section 67
Al fin pasó la fatigosa noche en Ayodhya, sin alegría por las lamentaciones y poblada de hombres con la voz ahogada en lágrimas. Y cuando la noche se fue y el sol hubo salido, aquellos oficiales de la casa real pertenecientes a la orden de los nacidos dos veces, Markandeya, Maudgalya, Vamadeva, Kasyapa, Katyayana, Gautama y el famosísimo Javali, se reunieron junto con los consejeros y hablaron cada uno sobre diferentes asuntos. Luego, dirigiéndose al sacerdote real, el eminente Vasishtha, dijeron: «Aquella noche, que había parecido de cien años, al fin ha pasado penosamente. El rey, atormentado por el dolor por su hijo, ha exhalado su último aliento, el poderoso monarca ha ascendido al cielo, Rama se ha refugiado en los bosques, el enérgico Lakshmana ha ido con Rama, y tanto Bharata como Satrughna, sometedores de enemigos, están en Kekaya, en la agradable Rajagriha, morada de su abuelo materno. Elija usted hoy mismo a alguno de los descendientes de Ikshvaku para que sea rey aquí. En verdad un reino va a la ruina cuando está sin rey. Aquel que va guirnaldado de relámpagos y tiene una poderosa voz, la nube, no empapa con aguacero del cielo la Tierra en un reino sin rey. En un reino sin rey nadie siembra grano. En un reino sin rey el hijo no obedece a su padre, ni la esposa a su esposo. Un reino sin rey no posee riqueza, y es difícil conservar a las esposas en tal lugar. Este gran temor acompaña a un país sin rey. ¿Y dónde se ha de hallar en tal lugar otra moralidad (además de la antes detallada)? En un país sin rey los hombres no se forman en asociaciones, ni, animados de alegría, hacen elegantes jardines o sagrados edificios. En un país sin rey los nacidos dos veces no celebran sacrificios. En un país sin rey, en los grandes sacrificios, los brahmanes ricos no confieren (a los sacerdotes oficiantes) las dakshinas (que estos reciben conforme a la ordenanza). En un país sin rey no crecen ni las reuniones sociales ni las fiestas caracterizadas por la presencia de alegres directores teatrales y actores. En un país sin rey los disputantes no pueden decidir su punto; ni las personas aficionadas a oír recitaciones puránicas se complacen con quienes se deleitan en la práctica. En un país sin rey, grupos de doncellas adornadas de oro no acuden a los jardines para solazarse. En un país sin rey los ricos no están bien protegidos; ni los pastores y cultivadores duermen con sus puertas abiertas. En un país sin rey los buscadores de placer no van en compañía de mujeres a los bosques en veloces vehículos. En un país sin rey los elefantes de largos colmillos, de sesenta años, con campanillas al cuello, no recorren la calzada. En un país sin rey no se oye el chasquido de quienes disparan flechas constantemente. En un país sin rey los comerciantes que llegan de tierras lejanas, cargados de diversas clases de mercancías, no van con seguridad por los caminos. En un país sin rey el asceta de sentidos sometidos, su propio único protector, que hace su alojamiento donde lo alcanza la noche, no puede caminar contemplando a la Deidad. En un país sin rey uno no puede proteger lo que tiene ni procurar lo que no tiene. En un país sin rey las fuerzas no pueden soportar el embate del enemigo. En un país sin rey los hombres no pueden ir a voluntad en excelentes y briosos caballos y en carros adornados. En un país sin rey las personas bien versadas en el saber no pueden entablar controversia, acudiendo a bosques y arboledas. En un país sin rey las personas de corazón atento no ofrecen guirnaldas, dulces y dakshinas para adorar a los dioses. En un país sin rey los príncipes untados de sándalo y aguru no lucen graciosos como árboles en primavera. Como un río sin agua, un bosque sin hierba, un rebaño de vacas sin guardián, es un reino sin rey. La señal de un carro es su gallardete, la del fuego es el humo, y nuestro estandarte, el rey, se ha ido al cielo. En un país sin rey uno apenas conserva su vida; y como los peces, las gentes se devoran unas a otras. Hasta aquellos herejes que, habiendo despreciado la dignidad de la moralidad social, habían sufrido castigo de manos del rey, quitado su temor, se dan aires. Como la vista vela por el bienestar del cuerpo, el rey, esa fuente de verdad y religión, vela por alcanzar el bien del reino. El rey es la verdad, el rey es la moralidad, el rey es la dignidad de linaje de quienes la poseen, el rey es el padre, el rey es la madre: el rey procura el bienestar de los hombres. Por la magnanimidad de su carácter, un rey supera a Yama y a Vaisravana y a Sakra y a Varuna, dotados de gran fuerza. Si no hubiera un rey en este mundo para juzgar lo justo y lo injusto, la oscuridad se extendería (sobre la faz de la tierra) y la gente no podría distinguir cosa alguna. Como el océano se mantiene dentro de su continente, nosotros, mientras el monarca vivía, no desatendimos sus palabras. Oh mejor de los brahmanes, viendo nuestros actos hechos vanos y este imperio convertido en un desierto por falta de rey, entronice usted a ese descendiente de Ikshvaku o a cualquier otro como rey de este reino».
Section 68
Al oír sus palabras, Vasishtha dijo a los brahmanes y a los adeptos y consejeros (del rey): «Bharata, a quien el rey ha conferido el reino, junto con su hermano Satrughna vive feliz en casa de su tío materno. Que vayan emisarios, por medio de veloces correos, prestamente allá y traigan a esos heroicos hermanos. ¿Qué decidiremos?». «Que vayan», dijeron todos a Vasishtha. Al oír sus palabras, Vasishtha les habló diciendo: «Vengan aquí, Siddhartha, y Vijaya, y Jayanta y Asokanandana. Escúchenme. Les diré lo que han de hacer. Primero, yendo prestamente a la residencia real en veloces caballos, renunciando a la pena, por mi orden digan estas palabras mías a Bharata: “El sacerdote así como los consejeros se han interesado por su bienestar. Póngase usted en marcha de inmediato. Hay un asunto entre manos que no admite demora de su parte”. Pero de ningún modo deben comunicarle el destierro de Rama, ni la muerte del monarca, ni la destrucción que ha caído sobre la raza de Raghu con esta ocasión. Tomando prestamente vestidos de seda y excelentes ornamentos para el rey Bharata, pónganse en camino». Entonces, provistos de lo necesario para el viaje, ellos, rumbo a Kekaya, fueron a sus respectivas moradas, montados en buenos caballos. Luego, habiéndose abastecido de lo necesario para el viaje, los emisarios, conforme al mandato de Vasishtha, partieron prestamente. Habiendo avanzado por el oeste de Aparatala, cruzaron por el medio el Malini y fueron hacia el norte de Pralamva. Luego, cruzando la Ganga en Hastinapura y llegando a Panchala, avanzaron hacia el oeste por Kurujangala. Y contemplando extensiones de agua llenas de flores abiertas y ríos de aguas cristalinas, los emisarios avanzaron con presteza a causa del encargo que tenían entre manos. Y pasaron veloces junto al Saradanda, desbordante de deleitosa agua, hermoso y frecuentado por aves de diversas clases. Luego, en la orilla occidental del arroyo, hallando un árbol llamado Satyapayachana, presidido por una deidad, y habiéndose inclinado ante el árbol y rodeándolo, entraron en la ciudad de Kulinga. Y habiendo pasado Teyobibhabana y llegado a Abhikala, cruzaron el sagrado río Ikshumati, perteneciente por generaciones a los Ikshvakus. Viendo aquí a brahmanes versados en los Vedas que bebían agua con las manos juntas, pasaron por Bahlika hacia el monte Sudaman. Allí, viendo la huella de Vishnu, ellos, deseosos de cumplir el mandato de su amo, avanzaron un largo trecho, viendo el Vipasa y el Salmali y ríos y estanques y charcas y lagunas y láminas de agua y diversas clases de leones y tigres y ciervos y elefantes. Y con sus vehículos fatigados, los embajadores, a causa de la gran distancia del camino, llegaron prestamente a aquella mejor de las ciudades, Girivraja. Y para complacer a su amo, para la preservación del pueblo y para permitir a Bharata asumir las riendas del gobierno, aquellos emisarios, dejando a un lado la negligencia, entraron veloces en la ciudad durante la noche.
Section 69
La misma noche en que los emisarios entraron en la ciudad, Bharata vio un mal sueño. Y habiendo visto ese mal sueño durante las horas breves, el hijo de aquel rey de reyes ardió en extremo de aflicción. Y hallándolo afligido, sus compañeros de dulce hablar, procurando disipar el abatimiento, comenzaron a conversar sobre diversos temas. Unos tocaron instrumentos; otros, con el fin de apaciguar su mente, bailaron (las cortesanas); otros representaron escenas variamente cargadas del sentimiento de la alegría. Pero aunque sus amigos, con la intención de calmar su agitación, se pusieron a representar pasajes calculados para divertir círculos familiares, aquel magnánimo descendiente de Raghu no se entregó a la risa. Entonces un querido amigo se dirigió a Bharata, que estaba sentado rodeado de sus amigos: «Rodeado de tus amigos, ¿por qué no te unes, amigo mío, a la alegría?». Así interpelado por su amigo, Bharata respondió: «Escucha por qué me ha invadido este abatimiento. En un sueño vi a mi padre, pálido, con el cabello suelto y ondeando, precipitándose desde la cumbre de una montaña a un sucio charco lleno de estiércol de vaca. Y lo vi flotando en un sumidero de estiércol de vaca y, sin embargo, con una risa momentánea bebiendo aceite con las manos juntas. Luego, comiendo arroz mezclado con sésamo, una y otra vez, con la cabeza colgando, se sumerge en aceite con los miembros untados de aceite. Y en mi sueño vi el océano seco y la luna caída sobre la tierra, y la tierra como invadida por tinieblas envolventes, y el colmillo del elefante en que monta el monarca cayendo en fragmentos, y el fuego llameante apagado de súbito, y la tierra hendida, y los árboles marchitos, y todas las montañas eructando humo. Y vi al rey sentado en un negro asiento de hierro, vestido con negro atuendo; y mujeres negras y amarillas lo golpeaban. Y llevando una guirnalda de flores rojas, con el cuerpo embadurnado de sándalo rojo, avanzaba rápidamente hacia el sur en un carro uncido a asnos. Y mujeres vestidas de rojo se reían de él, y un rakshasa de torvo semblante fue visto por mí arrastrándolo. Este fue el sueño que vi esta terrible noche. O yo, o Rama, o el rey, o Lakshmana exhalaremos nuestro último aliento. El humo de la pira funeraria de aquel que va en el carro uncido a asnos será pronto visible. Por esta razón estoy pobre de ánimo y no respondo a tus palabras. Además, tengo la garganta reseca y la mente inquieta. Motivo de temor no hallo ninguno, y sin embargo estoy sujeto al temor. Mi voz está desafinada, mi gracia ha huido, y comienzo a despreciar mi vida, sin saber la razón. Trayendo a la mente este sueño de aspecto variado en que no había pensado antes, y recordando al rey de presencia incomprensible, este temor no se va de mi corazón».
Section 70
Bharata hablaba así cuando los emisarios, con sus vehículos fatigados, entraron en la espléndida residencia real rodeada de una fuerte muralla. Presentándose ante el rey, ellos, bien recibidos por él así como por el príncipe, se inclinaron a los pies del monarca. Luego se dirigieron a Bharata, diciendo: «El sacerdote y los consejeros se han interesado por su bienestar. Póngase usted en marcha con presteza. Hay un asunto entre manos que no admite demora de su parte. Y, oh de amplios ojos, tome usted estos costosos vestidos y ornamentos y preséntelos a su tío materno y abuelo. Veinte kotis están destinados al rey y diez completos para su tío materno, oh hijo del monarca». Tomando todo esto, Bharata, apegado a sus parientes, les hizo entrega de los artículos; y recibiendo a los emisarios con buenos regalos, les dijo: «¿Está bien mi padre, el rey Dasaratha? ¿Y están bien Rama y el de alma elevada Lakshmana? ¿Y está bien la madre del inteligente Rama, la venerable Kausalya, conocedora de la virtud y que siempre la practica? ¿Está bien la virtuosa Sumitra, madre de Lakshmana y del heroico Satrughna? ¿Y aquella iracunda, siempre atenta a su interés y que tiene en inmenso aprecio su sabiduría, mi madre Kaikeyi, está también bien?». Así interpelados por el magnánimo Bharata, los emisarios le dijeron estas humildes y breves palabras: «Aquellos por cuyo bienestar usted pregunta están todos bien, oh primero de los hombres. Sri, sentada en el loto, pregunta por usted. Que se unza su carro». Así interpelado, Bharata dijo a los emisarios: «Déjenme decir al rey que los emisarios me apremian». Habiendo dicho esto, aquel hijo del rey, Bharata, comunicó a su abuelo materno lo que los emisarios le habían dicho: «Requerido por los emisarios, iré, oh monarca, a mi padre. Volveré de nuevo cuando usted me recuerde». Así abordado por Bharata, su abuelo materno, el rey, oliendo la cabeza de Bharata, dijo estas auspiciosas palabras a aquel descendiente de Raghu: «Ve, hijo mío; te lo permito. Kaikeyi es madre de un hijo digno gracias a ti. Comunica tú, oh sometedor de enemigos, nuestro bienestar a tu padre y a tu madre. Comunícalo igualmente al sacerdote y a los demás brahmanes principales; y también, hijo mío, a aquellos poderosos arqueros, los hermanos Rama y Lakshmana». Luego, honrando a Bharata, el rey de Kekaya le confirió riqueza consistente en elefantes escogidos mantenidos (en el palacio) y mantas de lana y pieles de ciervo. Y el rey le presentó perros criados en el aposento interior, semejantes a tigres en fuerza y poderío, con dientes que eran como armas y de gran cuerpo. Y honrando al hijo de Kaikeyi, Kekaya le dio dos mil nishkas y seiscientos caballos. Y para seguir a Bharata, Asvapati asignó sin demora un número de buenos cortesanos, dignos de confianza y capaces. Y el tío materno de Bharata le confirió riqueza en forma de gráciles elefantes nacidos en el monte Iravat y en el país llamado Indrasira; así como caballos veloces y bien domados. Pero debido a la prisa de su partida, Bharata, el hijo de Kaikeyi, no pareció muy complacido con los regalos. Por haber visto el sueño y por la apremiante diligencia de los emisarios, una poderosa ansiedad estaba presente en su corazón. Luego, saliendo de su morada, aquel de extraordinaria gracia pasó por la buena avenida atestada de hombres, caballos y elefantes. Habiéndola dejado atrás, Bharata vio (ante sí) el aposento interior (del rey); y entonces el apuesto Bharata entró en él sin estorbo. Luego, tras hablar con su abuelo materno y su tío, Yudhajit, Bharata, subiendo a un carro, partió con Satrughna. Entonces los servidores, en un centenar de carros provistos de ruedas circulares y uncidos con camellos, bueyes, caballos y asnos, siguieron a Bharata. Protegido por las fuerzas y los cortesanos de su abuelo materno, querido por él como su propio ser, el magnánimo Bharata, que había quitado de en medio a sus enemigos, llevando consigo a su hermano Satrughna, partió de la morada (del rey), como un siddha que sale de las regiones de Indra.
Section 71
Saliendo del palacio, el resplandeciente Bharata, dotado de poderío, marchó en dirección este y, viendo ante sí el río llamado Sudama, lo cruzó. Luego el auspicioso descendiente de Ikshvaku cruzó el ancho Hradini, que corre hacia el oeste, así como el río Satadru. Luego, cruzando un río en Eladhana y llegando a Aparaparvata, cruzó el Sila y el Akurvati, y llegó a Agneya y Salyakarshanam. Y habiéndose purificado y visto Silavaha, aquel de propósitos veraces pasó el Mahasaila y entró en el bosque de Chaitraratha. Luego, llegando a la confluencia de la Ganga y el Sarasvati, Bharata entró en el bosque de Varunda, situado al norte de Viramatsya. Después, cruzando el rápido río Kulinga y el Hradini rodeado de colinas, así como el Yamuna, ordenó a las fuerzas detenerse. Luego, enfriando los miembros de los fatigados caballos (con agua) y reanimándolos, el propio Bharata se bañó allí y bebió de las aguas; y luego reanudó la marcha, provisto de agua. Entonces el gentil príncipe, en un excelente carro, semejante al propio dios del viento, entró en el poderoso bosque habitado por diversas razas de hombres. Viendo que el poderoso río Ganga era difícil de cruzar en Ankudhana, Bharata fue prestamente a la famosa ciudad de Pragvata. Y habiendo cruzado la Ganga en Pragvata, pasó a Kutikoshtika. Habiendo cruzado ese río con sus fuerzas, avanzó hacia Dharmavardhana. Luego, avanzando por el sur de Torana, llegó a Jambuprastha. Entonces el hijo de Dasaratha fue a la hermosa aldea de Varutha. Habiéndose detenido un tiempo en aquel pintoresco bosque, avanzó hacia el este y se presentó en la villa de Ujjihana, donde abundan árboles (llamados) priyaka. Llegando a los priyakas, Bharata, uniendo prestamente los caballos, partió sin demora, impartiendo órdenes a las fuerzas. Luego, deteniéndose en Sarvatirtha y cruzando allí el río que fluye hacia el norte así como otros abundantes en diversas clases de caballos de montaña, Bharata llegó a Hastiprishthaka. Y en Lohitya aquel primero de los hombres cruzó el Kapivati, en Ekasala el Sthanumati y en Vinaya el Gomati. Y Bharata, llegando a un bosque de árboles sala en la ciudad de Kalinga, lo pasó prestamente con sus fuerzas extenuadas del camino. Y habiendo pasado el bosque veloz durante la noche, al salir el sol vio Ayodhya, edificada por el rey Manu. Tras pasar siete noches en el viaje, aquel jefe de los hombres vio Ayodhya ante sí y dijo así al auriga: «Oh auriga, desde la distancia Ayodhya parece una masa de tierra negra, aunque se jacta de sacerdotes sacrificiales coronados de toda virtud, de brahmanes versados en los Vedas y de gente opulenta, y aunque la mantienen rajarshis. Antes se podía oír un gran y poderoso tumulto por toda Ayodhya, procedente de hombres y mujeres; pero hoy no lo oigo. Los jardines de donde las personas que se habían solazado por la tarde solían salir a la carrera (al romper el día) tienen ahora otro aspecto. Abandonados por los buscadores de placer, los jardines parecen llorar. Y, oh auriga, la ciudad me parece un desierto. Y no veo, como antes, a la flor de la ciudad salir de ella o entrar en ella en carros o elefantes o caballos. Los jardines que, frecuentados por gentes embriagadas con la miel del amor, reunidas para solazarse, parecían encantadoramente floridos, los encuentro absolutamente faltos de alegría, con los árboles como lamentándose con hojas trémulas. Aún no oigo la inarticulada, aunque dulce y deliciosa, voz de bestias y aves que claman a coro. ¿Por qué, como antes, no sopla el viento irreprochable y suave, mezclado con el perfume de sándalo y tenue de dhupa? ¿Y por qué, además, han cesado hoy los sonidos de vinas y mridangas, producidos al golpear con varillas, que antes volaban continuamente en un curso vigoroso sin cesar? Y presencio diversos presagios malos, desagradables y desabridos, y por ello mi mente está abatida. Oh auriga, la plena buena fortuna con mis amigos difícilmente puede alcanzarse. Pero aunque no existe causa aparente para el abatimiento de mi ánimo, mi corazón decae». Entonces Bharata, abatido y desanimado y con los sentidos afligidos, entró prestamente en la ciudad regida por Ikshvaku. Y Bharata, con sus vehículos fatigados, entró por la puerta Vaijayanta y siguió, seguido por los porteros, que preguntaban por su bienestar. Luego, diciendo cortésmente a los guardianes que desistieran, él, con agitado corazón, habló al cansado auriga de Asvapati: «Oh sin pecado, ¿por qué se me ha traído con esta prisa sin ninguna razón (adecuada)? Mi corazón teme algún mal; y mi ánimo cede. Oh auriga, veo a mi alrededor todas esas señales de las que había oído decir que ocurren con ocasión de la muerte de los monarcas. Veo las casas de los ciudadanos sin barrer y desaseadas, con las puertas abiertas de par en par, y carentes de gracia, sin sacrificios y otras ceremonias religiosas, sin el incienso de dhupa, los ciudadanos en ayunas y la gente con semblantes marchitos, sin mostrar banderas, etc. Las moradas de las deidades no están decoradas con guirnaldas y sus patios están sucios; y permaneciendo vacías, ya no se ven hermosas como antes. Y las imágenes no son veneradas; y los lugares de sacrificio están en igual estado. Y no se exhiben guirnaldas en las tiendas donde se venden. Y los comerciantes, de aspecto ansioso, con sus negocios detenidos, no se ven como antes. Y en los templos y chaityas las aves y las bestias parecen abatidas. Y en la ciudad veo a hombres y mujeres pálidos y desolados y demacrados y ansiosos, con lágrimas que les llenan los ojos». Habiendo dicho esto al auriga, Bharata, contemplando estas visiones aciagas, entró en el palacio del rey con corazón abatido. Contemplando la ciudad semejante a la ciudad de Indra, con sus cruces de calles y casas y caminos desiertos de gente, y las puertas y los goznes cubiertos de polvo, Bharata se llenó de mayor dolor. Y presenciando muchas cosas desagradables que nunca había visto durante la vida del monarca, aquel de alma elevada entró en la mansión de su padre, inclinando la cabeza, abatido de ánimo y con la mente en extremo afligida.
Section 72
Al no ver a su padre en los aposentos de este, Bharata fue a los aposentos de su madre para verla. Al ver a su hijo ante ella tras su ausencia del hogar, Kaikeyi, deleitada, se levantó de su asiento de oro. Al entrar en su propio aposento, que halló privado de gracia, el virtuoso Bharata tomó los auspiciosos pies de su madre. Luego, oliéndole la coronilla y abrazándolo y tomando a aquel ilustre en su regazo, Kaikeyi se dirigió a él diciendo: «¿Cuántos días hace que dejaste la residencia del venerable? ¿Has sentido alguna fatiga en el camino, propia del carro que avanzaba veloz? ¿Y está bien el venerable, y tu tío materno, Yudhajit? Y, hijo mío, ¿has pasado agradablemente el tiempo durante tu estancia? Te corresponde contármelo todo». Así interrogado, aquel hijo del rey, Bharata, de ojos semejantes a lotos, dijo a su madre que todo estaba bien: «Hace siete noches me despedí de la residencia de aquel venerable. El padre de mi madre está bien, así como mi tío materno, Yudhajit. Mis vehículos se habían cansado por llevar la riqueza y las joyas que aquel sometedor de enemigos, el rey, me había otorgado. Y es por eso que he venido adelantándome a ellos. Instado por los emisarios reales, he venido aquí tan veloz. Pero le corresponde a mi madre decirme lo que deseo preguntar. Este lecho suyo adornado de oro está vacío. No veo a la raza de Ikshvaku con su acostumbrado buen ánimo. El rey suele permanecer en estos aposentos de mi madre. Pero viniendo aquí con el deseo de verlo, hoy no lo hallo en este lugar. Quisiera tomar los pies de mi padre. Dígame usted, que se lo pregunto: ¿está en los aposentos de mi madre mayor, Kausalya?». Cegada por la codicia de dominio y mirando como deseable (para Bharata) lo que era sumamente desagradable (para él), Kaikeyi respondió a quien no sabía lo ocurrido: «Aquel de alma elevada y enérgico, siempre dedicado al sacrificio, refugio de los buenos, tu padre, el rey, ha llegado al estado que corresponde a todas las criaturas». Al oír estas palabras, Bharata, de puros modos, nacido de una raza justa, herido por la vehemencia del dolor por su padre, cayó de pronto a tierra. Y exclamando en la angustia de su espíritu y en el exceso de su pena las palabras «¡Ay de mí! ¡Estoy perdido!», aquel de brazos poderosos, dotado de poderío, cayó agitando los brazos. Entonces, abrumado de pesar y afligido por la muerte de su padre, aquel de gran energía, con los sentidos trastornados, se entregó a lamentaciones: «Este lecho de mi padre solía parecer el firmamento inmaculado en la noche coronado por la luna, una vez idas las nubes. Pero hoy, privado de aquel inteligente, deja de brillar, como el firmamento sin la luna o el mar privado de sus aguas». Exclamando con lágrimas que corrían, aquel primero de los victoriosos, en extremo afligido de corazón, lloró, cubriendo su gracioso semblante. Viendo caído a tierra a aquel semejante a un celestial, herido de pesar, como una rama de sala cortada en el bosque por un hacha, su madre, levantando a su afligido hijo como a un elefante enloquecido o al sol o a la luna, se dirigió a él: «Levántate, levántate. ¿Por qué yaces, oh ilustre hijo del rey? Personas como tú, que tienen sus sentidos en perfecto dominio y son aprobadas por hombres de cultura, no se afligen. Oh tú dotado de entendimiento, como el halo del Sol en el disco solar, tu juicio, propenso a dar dádivas y celebrar sacrificios, sigue siempre la moral, la Sruti y la ascesis».
Tras llorar largo rato con el cuerpo revolcándose en la tierra, Bharata, afligido con múltiple dolor, respondió a su madre diciendo: «“El rey instalará a Rama y celebrará un sacrificio”: concluyendo esto con certeza, me había ido de aquí alegre. Pero ha ocurrido de otro modo. Que no vea a mi padre, siempre atento al querido bienestar (de sus súbditos), me parte el corazón, madre. ¿De qué dolencia ha exhalado el rey su último aliento durante mi ausencia? Dichosos Rama y los demás, que han ejecutado personalmente los últimos ritos de mi padre. Sin duda el renombrado monarca no sabe que he llegado. (Si lo hubiera sabido), apretando mi cabeza, mi padre la habría olido de inmediato. ¿Dónde está ahora la suave mano de aquel enérgico, que solía frotar mi cuerpo cuando estaba cubierto de polvo? Haga usted ahora sin demora llegar la noticia de mi llegada al vigoroso Rama, que es a la vez mi padre, hermano y amigo, y de quien soy querido servidor. El hermano mayor de quien es noble y conoce la moralidad se convierte en su padre. Tomaré sus pies: él es ahora mi refugio. Y, noble dama, ¿qué dijo aquel virtuoso conocedor de la virtud, aquel eminentemente piadoso, firme en su voto y cuyo poder es la verdad, mi propio padre? Deseo oír noticias acerca de nosotros relativas a los últimos momentos del monarca». Así interrogada, Kaikeyi relató todo tal como había ocurrido, diciendo: «Lamentándose: “¡Ah, Rama!”, “¡Ah, Sita!”, “¡Ah, Lakshmana!”, aquel magnánimo, el primero de quienes han alcanzado un excelente estado (tras la muerte), se ha ido al otro mundo sometido a la ley del tiempo. Tu padre, como un poderoso elefante fuertemente atado con una cuerda, me dijo estas palabras en sus últimos momentos: “Bienaventurados los que verán a Rama y al de brazos poderosos Lakshmana vueltos junto con Sita”». Al oír esto, Bharata, temiendo una segunda desgracia, se conmovió hondamente; y con semblante triste preguntó de nuevo a su madre: «¿Adónde ha ido aquel de alma justa, el que acrecienta la alegría de Kausalya, junto con Lakshmana y Sita?». Así interrogada, su madre dijo debidamente en palabras que, aunque sumamente ingratas, tomó por agradables a Bharata: «Oh hijo, aquel hijo del rey que viste corteza ha ido al bosque de Dandaka, junto con Vaidehi y seguido por Lakshmana». Al oír esto, Bharata, temiendo alguna falta moral de su hermano contra la dignidad de su raza, preguntó con agitación: «¿Ha despojado Rama de su riqueza a algún brahmán? ¿O ha agraviado a alguna persona inocente, rica o pobre? ¿Ha ido el capricho del príncipe tras la esposa de otro? ¿Por qué razón ha sido desterrado el hermano Rama?». Entonces su volátil madre, influida por su naturaleza femenina, le relató fielmente sus propios actos. Así interrogada por el magnánimo Bharata, Kaikeyi, vanamente ufana de su sabiduría, dijo con alegría: «Rama no ha despojado de su propiedad a ningún brahmán, ni ha sido agraviada por él persona inocente alguna, rica o de otra condición, ni mira nunca con sus ojos a la esposa de otro. Oh hijo, en cuanto oí de la (próxima) consagración de Rama, pedí que el reino te fuera conferido a ti y que Rama fuera desterrado. Entonces él, fiel a su promesa, así lo hizo: Rama ha sido desterrado junto con el hijo de Sumitra y Sita. Al no ver a su amado hijo, el ilustre señor de la tierra, herido de pena por él, ha exhalado su último aliento. Toma ahora tú, oh conocedor del deber, la custodia del reino. He hecho todo esto en tu interés. No cedas al pesar. Oh hijo, asume la paciencia. Esta ciudad te está sujeta, así como este reino pacífico. Habiendo ejecutado debidamente, con la ayuda de los brahmanes principales encabezados por Vasishtha, las exequias fúnebres del rey, instálate tú, sin dejar que tu energía se vaya, en el reino».
Section 73
Al saber de la muerte de su padre y del destierro de sus hermanos, Bharata, ardiendo de dolor, dijo estas palabras: «Privado de mi padre así como de mi hermano, semejante a un padre, ¿qué haré yo con el reino, lamentándolos y deshecho por ti? Tú, como quien echa álcali sobre una llaga, al provocar la muerte del rey y hacer asceta a Rama, has amontonado pena sobre pena. Has venido como la noche fatal para la destrucción de esta raza. Sin comprenderlo, mi padre abrazó un carbón vivo. Oh tú, que tienes la mirada fija en el pecado, por ti ha llegado a la muerte mi soberano; y por tu enajenación, oh mancha del linaje, esta raza ha sido privada de su felicidad. Habiéndote tenido a ti, mi ilustre padre, atento a la verdad, el rey Dasaratha, afligido por extremo pesar, ha dejado esta vida. ¿Por qué ha sido privado de la vida el rey, mi padre, que siempre amó la virtud? ¿Por qué ha sido desterrado Rama; y por qué ha ido a los bosques? Afligidas por el dolor por su hijo, aun si Kausalya y Sumitra viven, les será duro hacerlo en presencia de ti, mi madre. Sin duda el noble y virtuoso Rama, conociendo bien sus deberes para con sus superiores, te estima tanto como a su propia madre. Del mismo modo, mi madre mayor, la clarividente Kausalya, cumpliendo sus deberes contigo, se conduce como una hermana. ¿Por qué, oh pecadora, habiendo enviado a los bosques a su magnánimo hijo, vestido de corteza, no te afliges? Habiendo desterrado al famoso y heroico Rama, sin ver pecado en él, vestido de corteza, ¿qué beneficio percibes como tuyo? Considero que no sabías cuán alto estimaba yo a Raghava; y por eso has traído esta poderosa calamidad. Sin ver a aquellos jefes de los hombres, Rama y Lakshmana, ¿en virtud de qué energía podré atreverme a regir el reino? El monarca estuvo siempre protegido por aquel poderoso, dotado de poderosa energía, como el Meru lo está por su bosque. Como un ternero cargado con un peso que podría llevar un poderoso buey, ¿con qué energía llevaré esta carga que llevaba una persona sumamente fuerte? Y aun si esta fuerza fuera mía por el yoga o el vigor del intelecto, no coronaré de éxito las esperanzas de ti, orgullosa de tu hijo. Ni, de no haberte estimado siempre Rama como a su madre, dudaría yo en renunciar a ti, cuyo corazón se ha puesto en el pecado. Oh tú que miras la injusticia, oh tú que has caído del camino de los buenos, ¿cómo pudieron surgir en tu mente tales pensamientos indignos de nuestro linaje? En esta raza, el hermano mayor de todos es instalado en el reino: los demás hermanos quedan bajo él. Oh cruel, creo que no conoces la moralidad de los reyes ni la consecuencia que acompaña a su fiel observancia. De todos los príncipes, el mayor es siempre instalado como rey. Este es el principio aceptado de todos los soberanos, especialmente de los descendientes de Ikshvaku. Pero hoy, por tu intermedio, ha sido humillado el orgullo de carácter de aquellos cuya virtud era su única preocupación y que brillaron en el carácter de su linaje. ¿Y cómo, oh dama muy encumbrada, oh tú que naciste en una raza real, pudo apoderarse de tus sentidos tan reprobable necedad? Pero, oh empeñada en el pecado, de ningún modo cumpliré el deseo de aquella por quien ha sido traída en primer lugar esta calamidad destinada a poner fin a mi existencia. Además, oh sin pecado, haré esto ahora para desagradarte: traeré del bosque a mi hermano, querido de sus parientes. Y habiendo hecho volver a Rama, yo, en perfecto contento, me haré esclavo de aquel de ardiente energía». El de alma elevada Bharata afligió a (su madre) con multitud de palabras dolorosas; y, angustiado de pena, emitió sonidos como un león en la cueva del Mandara.
Section 74
Habiendo así reprendido a su madre con gran ira, Bharata dijo de nuevo: «Aléjate de este reino, oh sin corazón y malvada Kaikeyi. Perdida para la rectitud, no me llores por muerto. ¿Qué cualidades tuyas fueron agraviadas por el rey o por el sumamente virtuoso Rama, para que ambos hayan llegado simultáneamente a la muerte y al destierro respectivamente por tu obra? Oh Kaikeyi, has sido culpable de homicidio por la destrucción de esta raza. Ve al infierno, nunca al mundo alcanzado por mi padre; pues, renunciando a Rama, querido de todos, has cometido este pecado con tu espantoso acto y me has traído al temor. Por ti ha llegado mi padre a su fin y Rama se ha refugiado en los bosques; y es por ti que he llegado a la ignominia entre todas las criaturas. Oh enemiga mía bajo el aspecto de una madre. Oh cruel. Oh tú que codicias el reino. No me hables, oh malvada miserable. Oh asesina de tu esposo. Es por ti, mancha de tu raza, que Kausalya, Sumitra y otras madres mías han sido abrumadas con un poderoso pesar. Tú nunca eres la hija del piadoso e inteligente Asvapati; eres una rakshasi nacida en aquella raza, tú que has destruido la raza de mi padre, ya que el virtuoso y heroico Rama, que siempre observa la verdad, ha sido enviado a los bosques y mi padre ha ascendido al cielo por tu obra; ya que tú, que has perpetrado esta ofensa suprema, has echado este pecado sobre mí, que he sido abandonado por mi padre, renunciado por mis hermanos y llegado a la desgracia universal. Oh de modos pecaminosos, habiendo separado a la virtuosa Kausalya (de su hijo), ¿qué mundo, oh tú que te encaminas al infierno, será tu porción? ¿No sabes tú, oh tortuosa, que aquel nacido del propio ser de Kausalya, mi hermano mayor Rama, que es como un padre para mí, ha sido siempre el refugio de sus amigos? Un hijo nacido de todos los miembros de su madre sale de su corazón; y por eso es mucho más querido a su madre, aunque sus amigos le sean queridos. En cierta ocasión, según relatan personas conocedoras de la moralidad, Surabhi, tenida en estima por los celestiales, vio a dos de sus hijos trabajando en la tierra y como privados de sus sentidos. Y, cuando el día estaba a medio pasar, al ver a sus hijos fatigados en la tierra, ella, herida de pena por ellos, comenzó a llorar con lágrimas que le inundaban los ojos. Y ocurrió que, al pasar por debajo el magnánimo soberano de los celestiales, sus finas y fragantes gotas de lágrimas cayeron sobre su persona. Alzando los ojos, Sakra halló a Surabhi apostada en el cielo, afligida y llorando con extrema angustia de espíritu. Viendo a aquella ilustre ardiendo de pena, el portador del rayo, Indra, señor de los celestiales, inquieto, dijo con las manos juntas: “¿Hay algún gran peligro en alguna región? Diga usted, oh atenta al bienestar de todos, ¿de dónde viene esta aflicción suya?”. Así interpelada por el inteligente rey de los celestiales, aquella hábil en el habla, la serena Surabhi, respondió: “¡Auspicio, oh señor de los celestiales! No hay pecado en usted. Pero lloro a mis hijos caídos en mal estado, habiéndolos visto flacos, afligidos y quemados por los rayos del sol: bueyes afligidos por el labrador de malvado ánimo. Al ver a los nacidos de mi cuerpo abatidos y en apuros, me aflijo: no hay nadie tan querido como un hijo”. Al verla llorar, a ella cuya prole cubre toda la tierra por millares, Indra comprendió que nadie es objeto de mayor afecto que un hijo. Y aquel señor, Indra, consideró también a Surabhi, de cuerpo que exhala sagrado aroma, cuyas lágrimas habían caído sobre su cuerpo, como el primer ser de la tierra. Incluso aquella que concede cuanto se le pide, auspiciosa, coronada de las más selectas virtudes, aunque con todas las funciones naturales, que muestra igual bondad a todos y de carácter sin par, que sustenta a todas las criaturas, ella, que tiene mil hijos, se aflige (por sus hijos). ¿Cómo, entonces, puede Kausalya seguir existiendo sin Rama? Casta y con un hijo único, esa dama ha sido por ti separada de su hijo (como una vaca separada de su ternero). Por esto siempre tendrás que sufrir desdicha tanto en este mundo como en el otro. Yo, por mi parte, serviré por completo a mi hermano y a mi padre; y sin duda acrecentaré mi fama. Trayendo aquí al de brazos poderosos, señor de Kosala, dotado de inmensa fuerza, yo mismo iré al bosque habitado por ascetas. Oh tú que te has entregado a la iniquidad. Yo, mirado por los ciudadanos con la garganta oprimida por el vapor del dolor, no puedo soportar este (peso de) pecado amontonado sobre mí por ti. Entra en el fuego, o sumérgete en Dandaka, o enrolla una cuerda a tu cuello: otro camino deseable no hay para ti. Cuando Rama, cuyo poder es la verdad, obtenga la tierra, yo, quitada mi deshonra, seré bienaventurado». Afligiéndose así, Bharata, como un elefante en el bosque aguijoneado con una tomara o ankusa, cayó a tierra suspirando como una serpiente enfurecida. Con los ojos enrojecidos, el vestido cayéndole, los adornos arrojados, aquel sometedor de enemigos, el hijo del rey, caído en tierra, parecía un estandarte de Sakra tras acabar la fiesta.
Section 75
Levantándose tras largo rato, cuando hubo recobrado la conciencia, Bharata, dotado de poderío, mirando a su afligida madre con los ojos llenos de lágrimas, comenzó a reprenderla en medio de los cortesanos: «Yo nunca había deseado el reino. Nunca había consultado a mi madre. Ni conocía yo la consagración que el monarca había pensado. Yo vivía entonces en un país lejano en compañía de Satrughna. No supe del destierro del magnánimo Rama a los bosques, ni del exilio del hijo de Sumitra; ni supe cómo Sita llegó a ser desterrada». Mientras el de alma elevada Bharata se lamentaba así, Kausalya, reconociendo su voz, dijo a Sumitra: «Ha venido Bharata, el hijo de aquella de modos torcidos. Deseo ver al clarividente Bharata». Habiendo dicho esto a Sumitra, aquella demacrada y de semblante pálido, temblorosa y casi privada de sensación, fue adonde estaba Bharata. Y ocurrió que el hijo del rey, Bharata, junto con Satrughna, había ido justo entonces, por el camino que a ello conducía, hacia los aposentos de Kausalya. Entonces Satrughna y Bharata, viendo a la afligida Kausalya, abrazaron a la dama herida y caída, casi privada de sus sentidos. Entonces, llorando de dolor, la noble e inteligente Kausalya, en extremo afligida, abrazándolos mientras se entregaban al pesar, dijo a Bharata: «Así has recibido tú, que habías deseado el reino, el reino libre de su espina. ¡Ay! Ha sido obtenido rápidamente por el acto torcido de Kaikeyi. ¿Qué bien percibe Kaikeyi, de mirada tortuosa, en enviar a los bosques a mi hijo vestido de corteza? Le corresponde a Kaikeyi enviarme también prestamente adonde permanece mi ilustre hijo, de ombligo de brillo de oro. O bien, ejecutando primero el sacrificio del fuego, yo, seguida por Sumitra, buscaré gustosa el camino por el que (ha ido a los bosques) Raghava. O te corresponde a ti mismo llevarme al lugar donde ese primero de los hombres, mi hijo, practica austeridades. Este espacioso reino, abundante en grano y riqueza y lleno de elefantes, caballos y carros, es tuyo, te ha sido conferido (por Kaikeyi)». Así reprochado con muchas duras palabras, el sin pecado Bharata sintió extremo dolor, como el producido al pinchar una llaga con una aguja. En extremo agitado, cayó a los pies de Kausalya, lamentándose mucho y casi privado de sus sentidos. Bharata recobró entonces la conciencia y, con las manos juntas, respondió a Kausalya, que se lamentaba así y estaba abrumada por exceso de pesar, diciendo: «Oh noble dama, ¿por qué me censura usted a mí, que estoy sin pecado y nada sé de esto? Usted sabe que es profuso mi deleite en Raghava. Que el juicio de aquel que aprobó el destierro a los bosques de ese primero de los buenos, el noble Rama, atento a la verdad, nunca siga a la escritura. Que una persona tal, que aprobó el destierro a los bosques del noble, sufra servidumbre a manos de los pecadores, satisfaga sus necesidades naturales de cara al Sol y patee con los pies a una vaca dormida. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques incurra en el pecado que cosecha un amo que retiene el salario a los sirvientes tras acabarse la ceremonia. Que aquel que aprobó el destierro del noble Rama a los bosques sea culpable del pecado de quien daña a un soberano ocupado en regir a sus súbditos como a hijos. Que la persona que aprobó el destierro del noble a los bosques coseche el pecado de quien, habiendo tomado la sexta parte de sus ingresos, no protege a sus súbditos. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques incurra en el demérito de quien niega las dakshinas a los ascetas en un sacrificio, tras habérselas prometido. Que aquel que aprobó el destierro a los bosques del noble nunca cumpla el deber de los buenos en el campo atestado de elefantes y caballos y carros y erizado de armas. Que el malvado sujeto que aprobó el destierro del noble a los bosques reduzca a nada el sutil conocimiento de las escrituras que su inteligente preceptor le ha enseñado con cuidado. Que aquel que aprobó el destierro del noble (Rama) a los bosques nunca contemple sentado (en el trono) al de largos brazos y anchos hombros (Raghava), semejante al Sol y a la Luna en energía. Que aquel sin aversión que aprobó el destierro del noble a los bosques se alimente de payasa, krisara y carne de cabra que no han sido ofrecidos en sacrificio; y que insulte a su preceptor espiritual. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques toque una vaca con los pies, injurie a sus superiores y dañe a sus amigos. Que aquel de alma malvada que aprobó el destierro del noble a los bosques divulgue defectos (del carácter de otro) que le han sido comunicados en estricta confianza. Que aquel que aprobó el destierro de Rama a los bosques nunca pague acto bueno alguno, sea ingrato, abandonado de todos, objeto de la execración universal. Que aquel que aprobó el destierro a los bosques del noble coma solo en su casa, aunque rodeado de hijos y esposas y servidores. Que aquel que aprobó el destierro del noble muera sin obtener esposas dignas de él, sin hijos, sin haber practicado obra buena alguna. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques nunca vea a su propia prole y, sin alcanzar edad madura, lamente a sus esposas. Y que incurra en el pecado que se cosecha al matar a un rey, a una mujer, a un muchacho o a un anciano, o al abandonar a quienes tienen derecho a su sustento. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques alimente siempre a su familia con laca, miel, carne, hierro y veneno. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques, mientras huye del combate cuando este se enfurece contra el enemigo, llegue a ser muerto. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques, vestido de harapos y con un cráneo en la mano, como un loco recorra la tierra mendigando. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques esté siempre entregado al vino, a las mujeres y a los dados; y que sea dominado por la lujuria, la ira, etc. Que aquel que aprobó el destierro de ese noble a los bosques nunca saboree la virtud y siga la injusticia; y que derroche su riqueza en los indignos. Que aquel que aprobó el destierro del noble a los bosques vea sus diversas riquezas acumuladas, por millares, arrebatadas por ladrones. Que aquel que aprobó el destierro a los bosques de ese noble incurra en el demérito de quien duerme durante ambos crepúsculos. Que coseche el pecado que cosecha un incendiario, o el que yace con la esposa de su preceptor, o el que agravia a su amigo. Que aquel que aprobó el destierro de ese noble a los bosques nunca sirva a los dioses ni a los manes de los antepasados ni a su padre y a su madre. Que aquel que aprobó el destierro de ese noble a los bosques sea prestamente expulsado del mundo de los buenos, de su fama y de sus obras. Que aquel que aprobó el destierro de ese de largos brazos y ancho pecho, renunciando al servicio de su madre, vuelva sus pensamientos al mal. Que aquel que aprobó el destierro del noble, empobrecido y aun así con una numerosa familia que sostener, y sufriendo de fiebre, sea siempre desdichado. Que aquel que aprobó el destierro de ese noble haga infructuosas las esperanzas de la gente pobre que las abriga y mira hacia arriba (con anhelo). Que aquel que aprobó el destierro a los bosques del noble, permaneciendo (siempre) malvado, cruel e impuro, llevando una vida injusta y viviendo en (continuo) temor de su soberano, se mantenga con engaño por siempre jamás. Que aquella malvada persona que aprobó el destierro a los bosques del noble desatienda a su casta esposa que permanece cerca, después de que ella ha hecho sus abluciones al final de su período. Que aquel que aprobó el destierro a los bosques de ese noble tenga el pecado en que incurre un brahmán que se ha dejado sin hijo. Que aquel de sentidos impuros que aprobó el destierro a los bosques de ese noble perturbe el culto de los brahmanes y ordeñe a una vaca que tiene ternero. Que aquella necia persona que aprobó el destierro de ese noble, abandonando todo placer en la virtud, busque las esposas de otros, renunciando a la suya propia, desposada con ritos sagrados. Que aquel que aprobó el destierro a los bosques de ese noble incurra en el pecado que atañe al bebedor de vino o al que administra veneno a otro. Que aquel que aprobó el destierro a los bosques del noble cargue con el pecado de quien sirve con engaño a un alma sedienta. Que aquel que aprobó el destierro a los bosques de ese noble coseche el demérito de quienes, por devoción a sus respectivas creencias, disputan desde sus propios puntos de vista, así como el de quienes escuchan la disputa». Habiendo así consolado a Kausalya, privada de su hijo y de su esposo, el príncipe, afligido de angustia, cayó. Entonces Kausalya se dirigió al afligido Bharata, (casi) privado de sus sentidos, que juraba fuertes juramentos, diciendo: «Oh hijo, me aflige más que estés afligiendo mi corazón con juramentos. Es suerte que, adornado de marcas auspiciosas, no te desvíes de la virtud. Hijo mío, por esta razón alcanzarás las regiones de las personas piadosas». Diciendo esto, Kausalya, vencida por la emoción, atrayendo a su regazo a Bharata, apegado a su hermano, y abrazando al de brazos poderosos, se entregó a la pena. Y lamentándose así, la mente del de alma elevada (Bharata), turbada de pesar, fue vencida por la carga de la aflicción. Y caído en el suelo, lamentándose, sin sentido, con el intelecto abrumado y exhalando suspiros a cada momento, Bharata pasó la noche en pena.
Section 76
Mientras Bharata, el hijo de Kaikeyi, ardía así de dolor, aquel primero entre los hábiles en el habla, el santo Vasishtha, dotado de excelencia de lenguaje, dijo: «No llores, ¡que la fortuna te sea propicia!, oh ilustre príncipe. Celebra los ritos fúnebres del rey difunto». Al oír las palabras de Vasishtha, Bharata, conocedor del deber, se inclinó hasta el suelo y despachó a los ministros para ejecutar los últimos ritos. Y sacando de debajo del aceite el cuerpo del rey, de semblante cetrino y que parecía dormir, Bharata lo depositó en el suelo sobre un lecho dispuesto delante, adornado con diversas gemas. Entonces, abrumado de dolor, el hijo de Dasaratha lo lloró así: «Oh rey, ¿qué era lo que habías pensado hacer, estando yo ausente y lejos de casa, al desterrar al justo Rama y al poderoso Lakshmana? ¿Adónde te encaminas, oh poderoso monarca, abandonando a estas afligidas gentes, que ya han sido privadas de Rama, semejante a un león, enérgico en la acción? Oh padre, habiendo tú ascendido al cielo y habiéndose refugiado Rama en los bosques, ¿quién ahora en esta ciudad tuya protegerá lo que posee la gente y les asegurará lo que no tienen? Viuda por haberte perdido, esta tierra no luce graciosa. La ciudad me parece como la noche privada de la Luna». Mientras Bharata se lamentaba así en ánimo abatido, el poderoso asceta Vasishtha se dirigió de nuevo a él, diciendo: «Oh de brazos poderosos, sin entregarte a reflexión alguna, celebra aquellas ceremonias fúnebres del monarca que deben celebrarse». Entonces, honrando sus palabras al decir: «Así sea», apremió a todos los ritvijas, sacerdotes y acharyas. Y entonces los que habían sacado el cadáver del rey de la cámara del fuego, instruidos por los ritvijas y sacerdotes conforme a la ordenanza, comenzaron a ofrecer oblaciones en el fuego. Luego, colocando al rey privado de vida en un carro, los servidores, con la garganta oprimida por el vapor del dolor y con la mente abrumada de abatimiento, lo llevaron. Y esparciendo oro y plata y diversas clases de telas por el camino, la gente iba delante del rey. Otros, procurando sándalo, aguru y otros inciensos resinosos, sarala, padmaka y devaduru, lo echaban (en la tierra). Y acercándose allí al rey, los ritvijas depositaron otras diversas sustancias fragantes sobre la pira funeraria. Luego, ofreciendo oblaciones en el fuego, los ritvijas comenzaron a recitar el japa; y, como se prescribe en las escrituras, los cantores del Sama entonaron los samas. Y por medio de literas y otros vehículos, cada una montada según su rango, las esposas del rey salieron de la ciudad, rodeadas de hombres ancianos. Y los ritvijas rodearon el cadáver del rey, que celebró muchos sacrificios, dejándolo a su izquierda. Y ardiendo de pena, las mujeres también, encabezadas por Kausalya, (rodearon la pira). Y entonces se oyó el lamento de mujeres afligidas de dolor, que lloraban lastimosamente por millares, como kraunchis. Llorando una y otra vez, perdidos sus sentidos, las esposas del rey bajaron del carro en las orillas del Sarayu. Habiendo celebrado los ritos del agua, las esposas del monarca así como los consejeros y sacerdotes, en compañía de Bharata, entrando en la ciudad con lágrimas en los ojos, pasaron diez días de duelo tendidos en el suelo.
Section 77
Cuando hubieron pasado los diez días, el hijo del rey, quitada su impureza (consecuencia del fallecimiento de su padre), celebró el sraddha al duodécimo día. Con ocasión de las ceremonias por el bien del espíritu del difunto, el hijo del rey confirió a los brahmanes riqueza y gemas, y arroz en abundancia, y rebaños de cabras, y plata en profusión, e incontables vacas, y criadas y criados, y vehículos y espaciosas mansiones. Y al decimotercer día, el de largos brazos, Bharata, abrumado de dolor, prorrumpió en lamentos. Y llegando al pie de la pira funeraria para recoger los huesos del difunto, él, vencido por el dolor, con la garganta obstruida por los sonidos de lamentación, dijo: «Padre mío, habiéndose ido al bosque el hermano Rama, a quien tú me habías encomendado, he sido arrojado por ti al vacío. Padre mío, abandonando a la desamparada madre Kausalya, cuyo sostén, su hijo, se había ido al bosque, ¿adónde has ido, oh rey?». Y viendo el lugar donde yacían los huesos de su padre mezclados con cenizas y brasas, Bharata, mirando el sitio donde ocurrió la disolución del cuerpo de su padre, arrastrado por la emoción, se entregó a la pena. Y viendo esto, en extremo afligido, cayó llorando al suelo. Y levantado (por otros), parecía un estandarte alzado de Sakra atado a un artificio. Y sus consejeros corrieron hacia aquel de votos puros, como los santos hacia Yayati cuando caía por la extinción de su mérito. Viendo a Bharata sumido en el dolor, Satrughna, recordando al rey, cayó al suelo privado de conciencia. Y desprovisto de sentido y como un loco, en el dolor de su corazón comenzó a lamentarse recordando una y otra vez todas las virtudes de su padre: «Este terrible mar de dolor, que debe su origen a Manthara, que contiene su feroz animal acuático en la forma de Kaikeyi y que no puede ser agitado a causa de la concesión del don, nos ahoga. Oh padre, ¿adónde has ido, dejando al tierno y joven Bharata, mimado por ti, para lamentar (tu pérdida)? Tú solías conferirnos comestibles y bebidas y atavíos y ornamentos. ¿Quién lo hará ahora? Privada de ti, el rey de alma elevada, conocedor del deber, la tierra, aunque ha llegado su hora de hendirse, aún no se ha hendido. Habiéndose ido mi padre al cielo y habiendo buscado Rama los bosques, ¿cómo puedo vivir? Entraré en el fuego. Privado de mi hermano y de mi padre, no entraré en la vacía Ayodhya gobernada por los Ikshvakus. Iré al bosque de la ascesis». Al oír sus lamentaciones y ver aquel desastre, todos los seguidores se afligieron aún más. Entonces, abatidos y exhaustos, tanto Satrughna como Bharata se revolcaron por la tierra como dos toros con los cuernos quebrados. Entonces el omnisciente sacerdote de su padre, de sólido valor, Vasishtha, levantando a Bharata, le dijo: «Oh Señor, este es el decimotercer día desde la cremación de tu padre. ¿Por qué te demoras, cuando tienes que recoger los huesos? Tres pares atañen en especial a todas las criaturas, y siendo estos inevitables, no debes conducirte así». Y Sumantra, también versado en la naturaleza de las cosas, levantando a Satrughna y apaciguándolo, discurrió sobre el nacimiento y la muerte de todos los seres. Una vez levantados, aquellos renombrados jefes de los hombres parecían el estandarte de Indra manchado por el sol y la lluvia. Y mientras los príncipes estaban allí derramando lágrimas, con los ojos enrojecidos y hablando con tristeza, los cortesanos los apremiaron en favor de los ritos que quedaban.
Section 78
Entonces Satrughna, el hermano menor de Lakshmana, habló a Bharata, que ardía de dolor mientras revolvía en su mente el (proyectado) viaje (hacia Rama): «¿Hace falta decir que Rama es el refugio tanto de sí mismo como de todas las criaturas en apuros? ¡Que Rama, dotado de fuerza, haya sido desterrado a los bosques por una mujer! Y siendo poderoso y de gran poderío, ¿por qué no libró Lakshmana a Rama conteniendo a nuestro padre? El rey, empeñado en seguir un curso injusto por influjo de una mujer, debió haber sido contenido desde el mismo principio, sopesada plenamente la justicia o injusticia de la medida». Mientras Satrughna, el hermano menor de Lakshmana, hablaba así, apareció allí a la puerta, delante, la jorobada, adornada con toda clase de ornamentos, con el cuerpo untado de pasta de sándalo, con vestiduras regias y variamente engalanada con una variedad de adornos. Y adornada con elegantes conos y otros diversos soberbios ornamentos, parecía una mona atada con una soga. En aquel momento, viendo a aquella de horribles fechorías, (Bharata), que estaba cerca de la puerta, agarrando sin piedad a la jorobada, la llevó ante Satrughna y dijo: «Esta es aquella malvada y despiadada por quien Rama se ha ido al bosque y nuestro padre ha abandonado su cuerpo. Haz con ella como quieras». A la orden de Bharata, Satrughna, fiel a sus votos, en extremo afligido, se dirigió a todas las habitantes de los aposentos interiores, diciendo: «Esta ha ocasionado intensa desdicha a mi padre y a mis hermanos. Que reciba ahora el fruto de su cruel acto». Habiendo dicho esto, se abalanzó furioso sobre la jorobada, rodeada de sus doncellas. Entonces ella hizo resonar la cámara con sus gritos. Al ver a Satrughna ardiendo de ira, sus compañeras, en extremo apenadas, huyeron en todas direcciones. Luego sus compañeras, en grupo, se aconsejaron unas a otras, diciendo: «Por el modo en que ha emprendido esto, nos aniquilará por completo. Busquemos, pues, la protección de la tierna, generosa, piadosa e ilustre Kausalya. Ella es sin duda nuestro refugio». Abrumado de ira, aquel sometedor de enemigos, Satrughna, arrastró por el suelo a la jorobada, que chillaba. Mientras Manthara era empujada de aquí para allá, sus diversos ornamentos se esparcieron por el suelo. Y sembrada de aquellos ornamentos, la graciosa cámara del palacio parecía el firmamento otoñal. Y aquel primero de los hombres, dotado de fuerza, sujetándola, comenzó a reprender a Kaikeyi con áspero lenguaje. En extremo herida por aquellas rudas palabras, Kaikeyi, aterrada a causa de Satrughna, se refugió junto a su hijo. Entonces, posando los ojos en Satrughna, Bharata dijo: «Una mujer no puede ser muerta por nadie. Perdónala, pues. Yo mismo habría matado a esta malvada Kaikeyi de actos impíos, si el justo Rama no se disgustara conmigo por haber yo matado a mi madre. Y si Raghava sabe que la jorobada ha sido muerta, sin duda no hablará ni contigo ni conmigo». Al oír las palabras de Bharata, Satrughna, hermano menor de Lakshmana, se abstuvo de aquel agravio y soltó a la jorobada, desvanecida. Entonces, suspirando hondo con extrema pena, Manthara se arrojó a los pies de Kaikeyi, llorando lastimosamente. Viendo a la jorobada privada de sus sentidos a consecuencia del empujón recibido de manos de Satrughna, la madre de Bharata consoló a aquella afligida mujer, que parecía una kraunchi atrapada.
Section 79
Entonces, en la mañana del decimocuarto día, los ministros del rey, reunidos, se dirigieron a Bharata con estas palabras: «Habiendo desterrado a su hijo mayor y al sumamente fuerte Lakshmana, Dasaratha, que era el superior de nuestros superiores, ha ido al cielo. Sea usted, pues, oh ilustre príncipe, nuestro rey. Habiendo sido permitido por el rey, no cometerá usted falta alguna (al hacerlo), pues este reino está sin amo. Oh Raghava, habiendo procurado todos estos útiles para la consagración, los consejeros y otros así como los ciudadanos esperan, oh hijo del rey. Tome usted, oh Bharata, a su cargo este reino seguro legado por su padre y su abuelo. Hágase usted rociar, oh primero de los hombres, y reine sobre nosotros». Entonces, habiendo rodeado todas las cosas procuradas para la aspersión, Bharata, firme en sus votos, se dirigió a aquellas personas diciendo: «En nuestro linaje siempre conviene que solo el primogénito lleve a cabo la tarea de gobernar. No les corresponde a ustedes, que son sabios, decírmelo así. Sin duda Rama, nuestro hermano mayor, será el rey; y yo permaneceré en el bosque cinco y nueve años. Dispongan ustedes el grande y poderoso ejército compuesto de fuerzas cuádruples. Traeré del bosque de vuelta a mi hermano mayor Raghava. Y llevando delante todos estos útiles para la investidura, iré en dirección al bosque en busca de Rama. Y rociando a aquel jefe de los hombres en el mismo lugar, y poniéndolo delante de nosotros, traeré a Rama de vuelta, como el fuego traído del sacrificio. Nunca cumpliré el deseo de esta dama orgullosa de su hijo. Habitaré los intransitables bosques y Rama será el monarca. Que los obreros tracen caminos llanos en las tierras desiguales; y que nos sigan aquellos hombres que son expertos en abrirse paso por lugares difíciles de atravesar». Cuando el príncipe hubo hablado así en favor de Rama, todas aquellas personas le respondieron con estas excelentes palabras: «Por decir esto, que Lakshmi, sentada en el loto, permanezca a su lado, ya que desea conferir la tierra al hijo mayor del monarca». Al oír aquel gracioso discurso del hijo del rey, lágrimas, engendradas por el deleite, comenzaron a brotar de sus ojos y adornaron aquellos nobles rostros. Y, quitada su pena, con corazones alegres, los consejeros, cortesanos y otros, al oír aquel discurso (del príncipe), dijeron: «Oh mejor de los hombres, conforme a su orden, se ha encargado trazar un camino a artesanos así como a gentes que lo tienen en alta estima».
Section 80
Entonces se pusieron en marcha por delante personas conocedoras de la humedad o sequedad del suelo, hombres hábiles en hacer tiendas, valientes cavadores ocupados en su propia labor; los capaces de construir canales y cursos de agua, gentes a sueldo, constructores de carros, hombres que preparaban máquinas, carpinteros, los destinados a guardar los caminos, zapadores, cocineros, perfumistas, fabricantes de objetos de mimbre y expertos guías. Y cuando la poderosa multitud comenzó a avanzar, parecía la marejada del mar en ocasión de un parva. Y numerosos hombres hábiles en construir caminos iban delante provistos de diversos instrumentos. Y cortando ramas, y plantas y arbustos y salientes leñosos, piedras y diversos árboles, avanzaban preparando un camino. Y plantaron árboles donde no los había, y en algunos lugares derribaron árboles con hachas, tankas y daos; otros, dotados de mayor fuerza y más poderosos, arrancaron con las manos masas de virana y aquí y allá nivelaron un terreno elevado. Y otros llenaron de polvo pozos y amplias hondonadas, y nivelaron prestamente los lugares hondos en derredor. Y aquellos hombres echaron puentes dondequiera que se hicieron necesarios, y rompieron la tierra dondequiera que tal proceso era requerido, y excavaron siempre que fue necesario. En poco tiempo hicieron que lugares pobres de agua rebosaran con numerosas y variadas extensiones semejantes al océano. Y en tramos desprovistos de agua cavaron diversos depósitos de agua, decorados con estrados. Y el camino del ejército, provisto de pavimentos de ladrillos y barro, con árboles que llevaban flores, elocuente con los cantos de las aves, decorado con gallardetes, rociado con lluvias de sándalo y engalanado con flores de diversas clases, se veía sumamente hermoso, como el camino de los celestiales. Entonces, habiendo recibido el mandato de Bharata, los hombres encargados de las tiendas ordenaron (a los obreros) plantar las tiendas, y cuando estas hubieron sido plantadas en un paraje pintoresco lleno de frutos sabrosos, conforme al mandato del de alma elevada Bharata, los hombres decoraron espléndidamente las tiendas, que eran ellas mismas como los adornos del camino. Y bajo una estrella auspiciosa y a una hora favorable, hombres versados en la labor establecieron el campamento del de alma elevada Bharata. Y las tiendas, rodeadas por un atrincheramiento pavimentado de polvo, que contenían imágenes hechas de zafiros, engalanadas con buenas avenidas, bordeadas de edificios, rodeadas de torres y muros, decoradas con gallardetes, con caminos bien hechos, que parecían estrados celestiales y contenían señoriales mansiones con palomares, semejaban la metrópoli del propio Sakra. Y pasando junto a la Jahnavi, abundante en diversos árboles y bosques, de aguas frescas y cristalinas y lleno de poderosos peces, aquel camino del jefe de los hombres, construido por artesanos, se veía cada vez más hermoso a medida que avanzaba, como el cielo despejado luce hermoso de noche, adornado de innumerables estrellas.
Section 81
Entonces, viendo que la noche en que se habían celebrado las auspiciosas ceremonias preliminares estaba a punto de acabar, panegiristas y genealogistas entonaron himnos a Bharata con himnos consagrados. Y entonces sonó el timbal, golpeado con una vara de oro, anunciando la partida de la noche; y la gente hizo sonar caracolas y otros instrumentos por centenares, de sonidos suaves y fuertes. Y como si llenaran los cielos, aquellos poderosos toques de trompeta hicieron una y otra vez más afligido a Bharata, que ardía de dolor. Entonces, despertando y acallando aquellos sonidos con las palabras «No soy el rey», dijo a Satrughna: «Mira, oh Satrughna, en qué poderoso agravio se ve envuelta la gente por causa de Kaikeyi. El rey Dasaratha se ha ido arrojando sobre mí (la carga de) esta desdicha. La gracia real, fundada en la rectitud de aquel magnánimo y virtuoso monarca, vaga como una barca en el agua sin timonel. ¡Y aquel que es nuestro poderoso amo ha sido desterrado a los bosques por esta madre mía, que (al hacerlo) había renunciado a la virtud!». Viendo a Bharata lamentarse así, sin sentido, las damas, afligidas de pesar, comenzaron a gemir en encantadores acentos. Mientras Bharata se lamentaba así, el muy famoso y virtuoso Vasishtha, acompañado de sus discípulos, entró en la corte del rey de los Ikshvakus: hecha toda de oro, encantadora, deslumbrante de gemas y oro: semejante al propio Sudharma. Sentándose en un asiento de oro provisto de elegante cubierta, aquel versado en todos los Vedas mandó a los emisarios, diciendo: «Hagan venir pronto, con ánimo sereno, aquí a brahmanes y kshatriyas y guerreros y consejeros y generales de fuerzas y a Satrughna con los demás príncipes, y al famoso Bharata y a Yudhajit y a Sumantra y a otros que se ocupan de nuestro bienestar». Entonces surgió un poderoso alboroto ocasionado por gentes que llegaban en carros, caballos y elefantes. Y cuando llegó Bharata, los súbditos se regocijaron como solían regocijarse a la llegada de Dasaratha; y como se regocijaron los inmortales a la llegada de aquel de cien sacrificios. Y entonces la corte, semejante a un océano inmóvil que contiene ballenas y serpientes, y gemas y caracolas y minas de oro, honrada con la presencia del hijo de Dasaratha, lucía espléndida como antes con la del propio Dasaratha.
Section 82
Y entonces el inteligente Bharata contempló aquella asamblea llena de personajes nobles y dignos, semejante a la noche de luna llena. Y aquella augusta asamblea resplandecía con los brillantes matices que procedían de los atavíos de las personas honorables sentadas según su rango. Y aquella espléndida asamblea llena de gente instruida parecía la noche de luna llena una vez dispersadas las nubes. Y viendo reunidos a todos los súbditos del soberano, el sacerdote, conocedor de la virtud, habló suavemente a Bharata: «Hijo mío, dejándote esta próspera tierra abundante en grano y riqueza, el rey Dasaratha, cumplidos sus deberes, ha ido al cielo. Y Rama, de carácter veraz, observando la virtud de los justos, no ha desatendido las órdenes de su padre, así como la luna naciente no renuncia a su luz. Querido por los cortesanos, disfruta tú, una vez consagrado, este reino que te han conferido tu padre y tu madre, libre de su espina. Que los príncipes entronizados así como los que no tienen trono, del este y del oeste, del norte y del sur, y también personas que recorren el mar, procuren incontables gemas para presentártelas». Al oír este discurso, Bharata, conocedor de la virtud, lleno de pesar, acudió con la mente a Rama, deseoso de cosechar mérito. Luego, en palabras ahogadas con la melodiosa voz de un cisne, se lamentó y reprendió al sacerdote en medio de la asamblea: «¿Quién como yo priva jamás de su reino a quien ha llevado un modo de vida de brahmacharya, que está dotado de entendimiento y ha tomado su baño tras haber adquirido el saber, y que siempre se atiene a la rectitud? ¿Cómo, engendrado por Dasaratha, privaré yo a Rama de su reino? Le corresponde a usted hablar de rectitud ante esta asamblea. Primogénito y primero en mérito, de alma justa y comparable a Dilipa y a Nahusha, Kakutstha merece el reino, tal como lo merecía Dasaratha. Si me entrego a este pecado deshonroso y destinado a llevarme a la perdición, en este mundo traeré deshonra a la raza de los Ikshvakus. No me complace en absoluto el pecado que ha cometido mi madre. Permaneciendo aquí con las manos juntas, me inclino ante Rama, ido a la fortaleza del bosque. Seguiré a Rama. Aquel mejor de los hombres es el rey. Raghava merece el dominio de los tres mundos mismos». Al oír aquellas palabras henchidas de rectitud, toda la asamblea, con la mente atenta a Rama, derramó lágrimas de alegría. «Si no logro traer de vuelta del bosque al noble, permaneceré, como el exaltado Lakshmana, incluso en aquel bosque; yo, en presencia de esta asamblea mixta de personas pías y honorables, que siguen toda perfección, adoptaré todo expediente para traer de vuelta a Rama. Ya he despachado de antemano a personas que sirven por afecto así como a las que sirven por dinero, y a los trazadores de caminos y a sus guardas; y pienso ponerme en marcha ahora». Habiendo dicho esto, el virtuoso Bharata, apegado a su hermano, dijo a Sumantra, hábil en consejo, que estaba cerca: «Levántate y ve, oh Sumantra, por mi mandato. Da a conocer este viaje y trae las fuerzas». Así abordado por el magnánimo Bharata, Sumantra, con corazón alegre, dio órdenes sobre todo lo conveniente según se le había ordenado. Al oír que se había ordenado al ejército ponerse en marcha para traer de vuelta a Rama, los súbditos así como los generales de las fuerzas se alegraron en extremo. Al oír del viaje hacia Rama, para traerlo de vuelta, las esposas de los soldados, informadas de la orden que se les había dado a ellos, sumamente deleitadas, se apresuraron. Y los generales despacharon con presteza sus fuerzas con guerreros en caballos y carretas y carros veloces como la mente. Viendo aquellas fuerzas dispuestas, Bharata, de pie junto a su preceptor, dijo a Sumantra, que estaba a su lado: «Trae prontamente mi carro». En obediencia al mandato de Bharata, Sumantra, sumamente regocijado, apareció con el carro uncido a soberbios corceles. Entonces aquel poderoso descendiente de Raghu, de carácter veraz y cuyo poder era la verdad inquebrantable, Bharata, habiendo dicho lo que era propio, dijo palabras destinadas a alegrar a su ilustre superior ido al poderoso bosque: «Oh Sumantra, levántate prontamente y, cumplido plenamente tu deseo, ve por mi mandato y di a los jefes del ejército y a nuestros principales adeptos que dispongan las fuerzas». Entonces, levantándose, rajanyas y vaisyas y vrishalas; y los vipras en cada casa comenzaron a uncir camellos y carros y mulas y elefantes y excelentes corceles.
Section 83
Levantándose al día siguiente, Bharata, ansioso de contemplar a Rama, partió prestamente subiendo a un excelente carro. Delante de él iban los consejeros y sacerdotes, montados en carros semejantes al del Sol, uncidos con corceles. Y mil elefantes debidamente consagrados fueron tras aquel hijo del linaje de Ikshvaku mientras avanzaba. Y seis mil carros con arqueros provistos de diversas armas siguieron al ilustre príncipe Bharata mientras avanzaba. Y cien mil caballos montados (por jinetes) fueron tras aquel descendiente de Raghu, atento a la verdad y con sus sentidos bajo control. Y Kaikeyi y Sumitra y la famosísima Kausalya, regocijadas ante la perspectiva de traer de vuelta a Rama, iban en un resplandeciente carro. Y las personas honorables (pertenecientes a las tres órdenes) iban con el objeto de contemplar a Rama en compañía de Lakshmana. Y ellos, con corazones alegres, conversaban variadamente entre sí: «¿Cuándo veremos al de brazos poderosos Rama, oscuro como una nube, de fuerza firme, firme en los votos, el que quita la pena del mundo? En cuanto lo veamos, Raghava quitará nuestro dolor, como el Sol al salir disipa la oscuridad de todo el mundo». Así, llevando alegremente una conversación auspiciosa, los ciudadanos, abrazándose unos a otros, avanzaban. Y todos los demás, y los principales mercaderes así como todas las clases principales, fueron gozosos en busca de Rama. Y un número de talladores de gemas, y buenos alfareros, tejedores y armeros, y danzantes del pavo real, aserradores y perforadores de gemas, vidrieros y trabajadores del marfil, cocineros, vendedores de incienso, célebres orfebres y fabricantes de lana, bañistas en agua tibia, masajistas, médicos, fabricantes de dhupas y vendedores de vino, lavanderos y sastres, y actores en gran número con mujeres, y kaivartas, y personas versadas en los Vedas con la mente bajo control, y brahmanes de reputado carácter, y personas bien vestidas y ataviadas en hábitos puros, con el cuerpo untado de ungüentos cobrizos, siguieron a Bharata por millares en carretas. Todos estos siguieron gradualmente a Bharata en excelentes vehículos. Y el ejército, deleitado y de buen ánimo, fue tras el hijo de Kaikeyi, apegado a su hermano, que iba a traer de vuelta a su hermano. Avanzando lejos en carros, vehículos, elefantes y caballos, llegaron a la Ganga cerca de Sringaverapura, donde permanecía en paz aquel amigo de Rama, el heroico Guha, rodeado de sus parientes, rigiendo el reino. Habiendo llegado a las orillas de la Ganga, adornadas de chakravakas, el ejército que seguía a Bharata se detuvo. Viendo al ejército inactivo así como a la Ganga, de aguas sagradas, Bharata, versado en el habla, dijo a los cortesanos: «Comunicando a todos nuestras intenciones, acampen ustedes el ejército. Fatigados, cruzaremos la Ganga, que va al océano, mañana. Una vez cruzada la corriente, estoy ansioso de ofrecer su agua al monarca que ha ido al cielo, en bien de su cuerpo espiritual». Cuando hubo dicho esto, los cortesanos, con ánimo sereno, diciendo: «Así sea», dispusieron sus fuerzas, cada uno según su deseo. Habiendo acuartelado a sus fuerzas, provistas de todos los pertrechos del viaje, a orillas de la poderosa corriente, la Ganga, Bharata permaneció allí, revolviendo los medios de hacer volver a Rama, el de alma elevada.
Section 84
Viendo a las fuerzas, con estandartes ondeantes, acuarteladas en las orillas del río Ganga y ocupadas en diversas faenas, el señor de los nishadas, Guha, dijo a sus parientes dispuestos alrededor: «Esta poderosa hueste parece un océano. No hallo su fin ni siquiera pensando en ello con la mente. Sin duda el necio Bharata ha venido él mismo: en su carro aparece el enorme estandarte del kovidara. Tal vez nos atará con lazos o nos matará y luego (hará lo mismo con) Rama, el hijo de Dasaratha, desterrado del reino por su padre. Deseoso de tomar plena posesión de la rara fortuna regia de aquel soberano (Rama), Bharata, el hijo de Kaikeyi, viene a destruirlo. Rama, el hijo de Dasaratha, es a la vez mi sustentador y amigo. Ustedes, en interés de él, poniéndose sus cotas de malla, aguarden en las orillas del río. Y que mis poderosos vasallos, que subsisten de frutos y raíces y carne, apostados en el río Ganga, estén preparados para oponerse al paso de Bharata por el río. Y que centenares y centenares de jóvenes kaivartas pertrechados con cota de malla permanezcan en cada una de quinientas barcas». Guha dio esta orden. «Pero si Bharata está bien dispuesto hacia Rama, esta hueste cruzará hoy a salvo la Ganga». Habiendo dicho esto, el señor de los nishadas, Guha, tomando un presente de carne, pescado y miel, salió para entrevistarse con Bharata. Viendo a Guha acercarse, el poderoso hijo del auriga, conocedor de la ocasión, informó humildemente de ello a Bharata, diciendo: «Este señor (que se acerca), rodeado de sus parientes, es muy poderoso en Dandaka y es un viejo amigo de su hermano. Por tanto, que Guha, el señor de los nishadas, lo vea a usted, oh Kakutstha. Sin duda sabe dónde están Rama y Lakshmana». Al oír estas sabias palabras de Sumantra, Bharata dijo de inmediato: «Que Guha me vea». Recibido el permiso, Guha, muy contento, se presentó ante Bharata, inclinándose, y dijo: «Este lugar es su hogar. Pero usted nos ha ganado por la mano. Le dedicamos todo esto. Resida usted en la morada de su servidor. Aquí hay frutos y raíces recogidos por los nishadas y carne seca y húmeda y otros diversos productos del bosque. Ruego que, agasajado de diversos modos y participando de corazón de carnes y bebidas, este ejército pase aquí la noche. Mañana por la mañana irá usted con sus fuerzas».
Section 85
Así interpelado, el sapientísimo Bharata respondió al señor de los nishadas, en palabras henchidas de sentido y razón: «Su gran deseo, oh amigo de mi superior, equivale sin duda a estar ya cumplido, puesto que usted, de poderosa energía, ha puesto su corazón en agasajar a mi ejército». Habiendo dicho estas amables palabras a Guha, el gracioso y enérgico Bharata se dirigió de nuevo al señor de los nishadas: «¿Por qué camino iré a la ermita de Bharadwaja? Estas tierras regadas por la Ganga son densas y difíciles de rastrear». Al oír estas palabras del inteligente hijo del rey, Guha, bien conocedor del bosque, dijo con las manos juntas: «Mi servidor, bien conocedor del lugar, lo seguirá con atención; y, oh príncipe dotado de poderosa fuerza, yo mismo caminaré también tras usted. Pero ¿va usted tras Rama, de enérgicos actos, con alguna mala intención? Esta vasta fuerza suya levanta mi aprensión». Cuando Guha hubo preguntado esto, Bharata, de presencia despejada como el cielo, dijo a Guha estas dulces palabras: «¡Que nunca llegue un tiempo en que yo haga mal a Raghava! No le corresponde a usted temerme. Raghava es mi hermano mayor, querido para mí como mi propio padre. Voy a hacer volver a Kakutstha, que mora en los bosques. Otra intención no abrigo ninguna. Oh Guha, esto se lo digo con verdad». Habiendo oído el discurso de Bharata, Guha, con el semblante iluminado de deleite, se dirigió de nuevo alegremente a Bharata, diciendo: «¡Bienaventurado es usted! Su igual no hallo en la tierra, ya que desea renunciar a un reino que le llega sin buscarlo. Su fama eterna recorrerá sin duda este mundo, ya que desea hacer volver a Rama, que pasa por la desgracia». Mientras Guha hablaba así a Bharata, el Sol quedó despojado de su esplendor y cayó la noche. Entonces, habiendo dispuesto a sus tropas, el auspicioso Bharata, complacido por Guha, se acostó junto con Satrughna. Entonces surgieron pensamientos de Rama en la mente del magnánimo Bharata, que tenía siempre la mirada fija en la virtud y era indigno (de penalidades). Entonces, como un árbol ya calentado por un incendio forestal arde con un fuego oculto en su cavidad, aquel descendiente de Raghu comenzó a arder con el fuego del dolor inflamado en su corazón. Y el sudor producido por el fuego de la pena salió de todos sus miembros, como el Himavat, calentado por el calor solar, genera agua. Y el hijo de Kaikeyi fue vencido y anegado por la montaña de dolor, que tenía pensamientos (de Rama) por todos sus riscos, suspiros por su sustancia mineral, hastío de las ocupaciones de la vida por sus árboles, debilidad mental por el dolor por sus cumbres, estupor por los animales que la habitan y ardor por sus arbustos y bambúes anuales. Y suspirando hondo con el corazón oprimido de pena, casi privado de conciencia y envuelto en alto peligro, aquel mejor de los hombres, oprimido por la fiebre de su corazón, como un poderoso jefe de manada separado de ella, no alcanzó paz de ánimo. Al encontrarse con Guha, el magnánimo Bharata, acompañado de su gente, absorto en pensamientos de Rama, se sintió oprimido de dolor. (Viendo esto), Guha, poco a poco, animó a Bharata respecto de su hermano mayor.
Section 86
Guha, conocedor del bosque, describió a Bharata, de inmenso poderío, el afecto que el de alma elevada Lakshmana tenía a Rama: «A Lakshmana, coronado de toda virtud, que se había despertado sosteniendo el arco con la flecha puesta con el fin de guardar bien a su hermano, le dije: “Este cómodo lecho ha sido preparado para ti, hijo mío. Oh hijo del descendiente de Raghu, ¡ánimo! Acuéstate a gusto. Toda esta gente puede soportar penalidades; pero tú estás hecho para la comodidad. Para protegerlo con devoción, velaremos. A mí tampoco hay nadie en la tierra más querido que Rama. No te inquietes. Esto te lo digo con verdad: por su gracia espero alta fama entre los hombres, e inmenso mérito religioso, e interés y deseo en su totalidad. Arco en mano, junto con mis parientes protegeré a Rama que yace con Sita. A mí, que siempre ando por este bosque, nada me es desconocido. Puedo incluso enfrentarme en batalla a un ejército de fuerzas cuádruples”. Así abordado por nosotros, el magnánimo Lakshmana, con la mirada siempre fija en la virtud, observó humildemente: “¿Cómo, con el hijo de Dasaratha durmiendo en la tierra con Sita, puedo yo alcanzar sueño, o vida, o felicidad? ¿Cómo ver durmiendo en una cueva sobre hierba a quien es capaz de soportar en batalla el embate de los dioses y los asuras juntos? Es por virtud de poderosas austeridades y de esfuerzos poco comunes que Dasaratha ha obtenido este hijo suyo coronado de toda señal auspiciosa. Estando él desterrado, el rey no vivirá mucho; y la Tierra quedará sin duda viuda pronto. Habiéndose lamentado en voz alta, a estas alturas las mujeres se habrán agotado; y sin duda la mansión del rey está hoy silenciosa. No espero que Kausalya ni el rey ni mi madre estén vivos. Si viven, será solo por esta noche. Aun si mi madre vive viendo a Satrughna, aquella madre de un héroe, la afligida Kausalya, (sin duda) abandonará su existencia. Diciendo ‘Todo está perdido, todo está perdido’, con su deseo incumplido, mi padre, por no haber logrado instalar a Rama en el reino, abandonará su existencia. Bienaventurados los que, cuando llegue el momento, ejecuten las ceremonias fúnebres del rey, mi difunto padre. Entonces ellos, con corazones felices, recorrerán la metrópoli de mi padre, provista de terrazas de hermoso aspecto, con las avenidas trazadas con orden, coronada de señoriales edificios, adornada con diversas gemas, atestada de carros y elefantes y caballos, resonante con las notas de trompetas, abundante en cosas auspiciosas, llena de gente próspera y contenta, con jardines y casas de recreo, y poseedora de diversas clases de hombres entregados a la alegría festiva. ¿Entraremos nosotros, con ocasión del regreso de Rama, con corazones alegres y en paz en la ciudad en compañía de aquel firme en su promesa?”. Mientras el magnánimo hijo del rey se lamentaba así, pasó la noche. Por la mañana, con el sol despejado, ambos, tras hacerse trenzas enmarañadas en las orillas del Bhagirathi, cruzaron el río junto conmigo. Llevando trenzas enmarañadas y vestidos con cortezas de árboles, aquellas personas dotadas de poderosa fuerza, semejantes a jefes de manadas de elefantes, equipadas con excelentes flechas y carcajes y arcos, aquellos sometedores de enemigos, esperando (su regreso del exilio), partieron con Sita».
Section 87
Al oír las palabras de Guha, sumamente desagradables, Bharata, en cuanto las hubo oído, quedó sumido en cavilación. Y luego, cobrando ánimo un rato, aquel de cuerpo tierno, dotado de inmensa fuerza, con hombros de león y largura de brazos, de amplios ojos semejantes a lotos blancos, joven de años y de apuesto porte, afectado de gran pena, fue vencido, como un elefante herido en el corazón con un aguijón. Al ver a Bharata privado de sus sentidos con el semblante cubierto de palidez, Guha se agitó en extremo, como un árbol durante un terremoto. Al ver a Bharata en aquel estado, Satrughna, que estaba cerca, tomando a este en su regazo, comenzó a llorar, casi privado de sus sentidos y oprimido de dolor. Entonces todas las madres de Bharata, en ayunas, sufriendo angustia y afligidas por la calamidad que había sobrevenido a su señor, se adelantaron y, rodeando a Bharata, comenzaron a lamentarlo caído en el suelo. Y la angustiada Kausalya, acercándose, lo abrazó como una vaca que se acerca a su ternero; y llorando por exceso de pena, habló a Bharata, diciendo: «Hijo mío, ¿te aflige algún mal en el cuerpo? Ahora la vida de esta raza real está, sin duda, en tus manos. Habiéndose ido Rama junto con su hermano, yo, oh hijo, viviré viéndote a ti. Habiendo dejado esta vida el rey Dasaratha, tú solo eres nuestro señor. ¿Has oído, hijo mío, algo desagradable acerca de Lakshmana; o del hijo de aquella que tiene un hijo único, que ha ido al bosque junto con su esposa?». Habiendo tomado consuelo un rato, aquel de alta fama, llorando y consolando a Kausalya, dijo a Guha: «¿Dónde pasó la noche mi hermano? ¿Y dónde Sita? ¿Y dónde, además, Lakshmana? ¿Y en qué lecho durmió, y de qué participó antes? Dígame usted esto, oh Guha». Entonces, muy complacido, Guha, el señor de los nishadas, relató a Bharata cómo había obrado respecto de Rama, su querido huésped, atento a su bienestar: «Procuré para uso de Rama arroz y frutos y raíces y diversas clases de alimento. Todo esto, Rama, cuyo poder es la verdad, lo aceptó, pero, observando la moralidad de los kshatriyas, no lo tomó. “Oh amigo, no debemos tomar nada: lo nuestro es siempre dar”. Así nos suplicó aquel magnánimo. Cuando el de alma elevada Lakshmana trajo agua, Raghava, tras beberla, ayunó junto con Sita. Luego Lakshmana bebió el agua que quedaba. Luego los tres, con mentes fijas, en silencio ejecutaron sus adoraciones al Crepúsculo. Después de eso, el hijo de Sumitra preparó un buen lecho para Raghava, trayendo él mismo hierba kusa. Y en ese lecho se acostó Rama en compañía de Sita. Luego, lavándoles los pies, Lakshmana se apartó. Este es el pie del ingudi, y esta, aquella hierba. Sobre ella se acostaron aquella noche tanto Rama como Sita. Atándose a la espalda un par de carcajes llenos de flechas, provisto de protectores de dedos y tomando su poderoso arco, Lakshmana veló toda la noche alrededor. Yo también, tomando un excelente arco, permanecí donde permaneció Lakshmana y, rodeado de mis parientes, que allí quedaron vigilantes, equipados con arcos, lo guardé a él, semejante al poderoso Indra».
Section 88
Habiendo oído todo, Bharata, en compañía de los consejeros, fue al pie del árbol ingudi y vio el lecho de Rama. Y dijo a sus madres: «Aquel de alma elevada se acostó aquí en el suelo durante la noche y sus miembros oprimieron este lugar. Engendrado por aquel primero de los monarcas, el exaltado e inteligente Dasaratha, Rama no merece dormir en la tierra. ¿Cómo ha podido aquel jefe de los hombres, que reposó en lechos provistos de almohadas hechas de pieles de ciervo y con soberbias telas, haberse acostado en la tierra? Reposando siempre en mansiones y en aposentos altos pavimentados de plata y oro y provistos de excelentes colchas, adornados con montones de flores, perfumados con sándalo y aguru, del color de nubes pálidas, resonantes con las notas de muchos loros, en palacios que van delante de los mejores de su clase, resonantes de música y perfumados, semejantes al propio Meru, con sus bases hechas de oro, Rama solía ser despertado con música vocal e instrumental, el tintineo de elegantes ornamentos y los redobles de buenos mridangas; aquel sometedor de enemigos, a su debido tiempo, era ensalzado con himnos por los panegiristas, y amigos, bardos y genealogistas, con baladas y panegíricos dignos. (Esta afirmación de que Rama yace en el suelo) me parece increíble: de ningún modo me parece verdad. En verdad, estoy asombrado. Me parece que esto es una visión. En verdad, ningún destino está por encima del Tiempo, pues el hijo de Dasaratha, el propio Rama, tuvo que reposar en la tierra, y la hermosa y amada hija del rey de Videha, y la nuera de Dasaratha, tuvo que acostarse en el suelo. Este era el lecho de mi hermano; sobre este duro lugar volvió sus hermosos miembros, y esta hierba fue oprimida por ellos. Creo que la graciosa Sita adornada de joyas durmió en este lecho, pues aquí y allá hay esparcidas partículas de oro. Está claro que Sita había extendido su sábana en este lugar: de ahí que se descubran aquí hebras de seda. Estimo que el lecho de su señor resulta agradable a una esposa, pues una muchacha tierna y afligida, la casta hija de Mithila, no experimentó molestia alguna (al dormir en uno así). ¡Ay, estoy perdido! Funesto soy, pues por mi causa Raghava, junto con su esposa, se acostó en tal lecho, como un desamparado. Nacido en la raza imperial y capaz de conferir felicidad a todos, el que trae todo bien, ¿por qué Raghava, de azul oscuro tono como el de un loto, gracioso y coronado de ojos rojos, heredero de la felicidad e indigno de la desdicha, habiendo dejado su querido y consumado reino, se acostó en el suelo? Sin duda es bienaventurado el de brazos poderosos Lakshmana, adornado de marcas auspiciosas, él que en el tiempo de terrible adversidad sigue a su hermano Rama. Y bienaventurada es la hija de Videha, que sigue a su esposo a los bosques. Privados de aquel magnánimo, todos hemos sido llevados al peligro. La Tierra, sin su timonel, me parece completamente vacía, habiendo ascendido Dasaratha a las regiones celestiales y refugiado Rama en el desierto. Habiendo Rama fijado su morada en el bosque, uno (como yo) ni siquiera codicia mentalmente esta tierra que había sido protegida por el inmenso poderío (de Raghava). Con sus murallas indefensas, sus caballos y elefantes sin freno y sus puertas abiertas, la metrópoli indefensa, privada de su poder, puesta en peligro y sin protección alguna, no es sin duda tenida en cuenta por los enemigos, como alimento mezclado con veneno. Desde hoy me acostaré en el suelo, o sobre la hierba, subsistiendo a diario de frutos y raíces y llevando trenzas enmarañadas y un vestido de corteza. Y por él viviré en lo sucesivo felizmente en los bosques. (Haciéndolo yo así), la promesa de aquel de elevado ánimo no será anulada. Conmigo, que resido en el bosque en interés de mi hermano, Satrughna hará compañía; mientras que mi noble hermano regirá Ayodhya ayudado por Lakshmana. Los nacidos dos veces consagrarán a Kakutstha en Ayodhya. ¡Que las deidades cumplan este deseo mío! Si, propiciado por mí personalmente de diversos modos con la cabeza inclinada, no consiente, entonces me quedaré siempre con Raghava en los bosques. Sin duda no puede persistir mucho en rechazarme».
Section 89
Habiendo pasado la noche allí en las orillas de la Ganga, aquel descendiente de Raghu, levantándose temprano por la mañana, dijo estas palabras a Satrughna: «¡Oh Satrughna, levántate! ¿Por qué duermes? Trae de inmediato a aquel señor de los nishadas, Guha. ¡Que la fortuna te sea propicia! Él llevará al ejército (al otro lado de la corriente)». Así instado por su hermano, Satrughna dijo: «Pensando en aquel noble (Rama), no he dormido, sino que he permanecido despierto de igual manera». Mientras aquellos jefes de los hombres conversaban así entre sí, Guha, apareciendo a tiempo con las manos juntas, comentó: «Oh Kakutstha, ¿ha pasado usted felizmente la noche en las orillas del río? ¿Y es continua la buena fortuna de usted y de sus fuerzas?». Al oír el discurso de Guha, henchido de afecto, Bharata, siempre obediente a Rama, habló por su parte, diciendo: «Felizmente hemos pasado la noche; y también hemos sido bien recibidos por usted. Que ahora sus servidores nos lleven al otro lado en muchos botes». Entonces, atendiendo al mandato de Bharata, Guha, poniéndose en movimiento, volvió a entrar en la ciudad y se dirigió a sus parientes, diciendo: «¡Levántense! ¡Despierten! ¡Que la fortuna les sea siempre propicia! Boten las barcas; yo pasaré las fuerzas al otro lado». Así requeridos, ellos, levantándose y poniéndose en movimiento por el mandato del rey, trajeron quinientas barcas alrededor. Otras, conocidas además por el nombre de Swastika, con grandes campanas en sus proas, y estandartes, bien engalanadas, provistas de remos y tripuladas por barqueros, con sus junturas firmemente construidas, (fueron traídas). Y el propio Guha trajo una graciosa barcaza llamada Swastika, cubierta de un paño de lana pálido y resonante de música. En esta embarcación subieron Bharata, el poderoso Satrughna, Kausalya, Sumitra y otras esposas del rey. Los sacerdotes y los preceptores pertenecientes a la orden de los brahmanes ya habían subido. Después de (haber subido Bharata y los demás), subieron las esposas de los príncipes auxiliares, y se embarcaron carros y provisiones. Y el alboroto consiguiente de las tropas incendiando viviendas, aplanando los descensos hacia el río y cargando mercancías se extendió por todas partes. Luego aquellas barcas colgadas de gallardetes, gobernadas por los parientes (de Guha), partieron a toda velocidad con las gentes que abarrotaban a bordo. Y algunas de ellas iban llenas de mujeres, y algunas de caballos, y algunas transportaban carros y ganado de gran valor. Y yendo a la otra orilla y desembarcando a las multitudes en la ribera, los amigos y esclavos (de Guha), al regresar, exhibieron diversos movimientos (de las barcas). Y los elefantes adornados de banderas, aguijoneados por sus jinetes, comenzaron a cruzar la corriente, pareciendo (otros tantos) montes alados. Otros subieron a barcas, y otros cruzaron en balsas, otros cruzaron por medio de cántaros invertidos, y otros solo con los brazos. Pasado al otro lado de la Ganga por los servidores (de Guha), aquel hermoso ejército, adornado de gallardetes, llegó en el tercer muhurta a los pintorescos bosques de Prayaga. Habiendo hecho descansar al ejército a su comodidad y acampado (en los bosques de Prayaga), aquel magnánimo, Bharata, con el fin de ver la ermita del asceta Bharadwaja, fue allá, acompañado de ritvijas y sadasyas.
Section 90
Habiendo llegado a (las cercanías de) la ermita de Bharadwaja, aquel primero de los hombres, cuando faltaba un krosa (para el destino), dejó atrás a sus fuerzas y fue allá, acompañado solo de sus consejeros. Y dejando su atuendo y sus armas, y vestido con un paño de seda, aquel piadoso, poniendo al sacerdote delante, fue a pie. Entonces, con el fin de ver a Bharadwaja, aquel descendiente de Raghu, dejando atrás también a los consejeros, fue tras el sacerdote. En cuanto Bharadwaja, de rigurosas austeridades, vio a Vasishtha, se levantó de inmediato de su asiento, diciendo a sus discípulos: «¡Arghya!». Al ser invocado por Vasishtha, aquel de gran energía comprendió que era el hijo de Dasaratha. Habiéndoles ofrecido (a los huéspedes) agua para lavarse los pies y arghya, así como luego frutos, aquel virtuoso (Bharadwaja) preguntó sucesivamente por el bienestar de sus (respectivos) hogares; y después, de las fuerzas, el tesoro, los amigos y los consejeros en Ayodhya. Y sabiendo que Dasaratha había dejado esta vida, no preguntó nada relativo al monarca. Entonces Vasishtha y Bharata le preguntaron por su bienestar respecto del cuerpo, el fuego (sacrificial), los árboles, las bestias y las aves (de la ermita). A todo esto respondiendo: «Así es», el ilustre Bharadwaja, por afecto a Raghava, dijo a Bharata: «¿Qué objeto tiene tu visita aquí, siendo que estás empeñado en la tarea de gobernar el reino? Cuéntame todo esto; mi mente está inquieta. Aquel matador de enemigos y perpetuador de su raza, que fue dado a luz por Kausalya y que junto con su esposa y su hermano ha sido desterrado a los bosques por un largo plazo, aquel ilustre que, por mandato de su padre en interés de una mujer, se ha hecho habitante de los bosques por catorce años, ¿piensas tú, deseoso de disfrutar con seguridad el reino que le pertenece a él así como a su hermano menor, hacer algún daño a aquel sin pecado?». Así abordado, Bharata respondió a Bharadwaja con lágrimas que llenaban sus ojos y las palabras ahogadas de dolor: «Estoy perdido si el reverendo también me juzga así. No tema usted agravio alguno de mi parte; ni me reproche así. Todo lo que mi madre ha dicho respecto de mí no expresa mi deseo. No estoy satisfecho con ello, ni respaldo su discurso. Yo, con la intención de apaciguarlo, voy a aquel jefe de los hombres, con el fin de llevarlo a Ayodhya y de rendir homenaje a sus pies. Considerándome ya ido, debería usted mostrarme su favor. Oh reverendo señor, dígame dónde permanece ahora Rama, señor de la tierra». Rogado por Vasishtha y los demás ritvijas, el venerable Bharadwaja, muy complacido, dijo a Bharata: «Oh primero de los hombres, esto mismo es digno de ti. Servir a los superiores, el dominio de los sentidos y seguir a los piadosos se hallan siempre en quien ha nacido en el linaje de Raghava. Sé que esa misma es tu intención; pero, con el fin de hacer tu mente aún más firme, te pregunté de este modo; para que tu fama aumente grandemente. Conozco también al justo Rama con Sita y Lakshmana. Tu hermano permanece ahora en el poderoso monte Chitrakuta. Mañana te pondrás en marcha hacia aquella región. Pasa hoy aquí junto con tus consejeros. Oh sabio, haz esto a tu gusto, oh tú que comprendes el interés y el deseo». Entonces aquel de aspecto gentil y gran fama dijo: «Así sea»; y el hijo del rey decidió pasar la noche en la gran ermita (del santo).
Section 91
Entonces el asceta pidió a Bharata, el hijo de Kaikeyi, cuando este hubo decidido quedarse allí, que recibiera su hospitalidad. Entonces Bharata dijo: «Usted ya lo ha hecho sin duda: (me ha ofrecido) agua para lavarme los pies, arghya y hospitalidad con lo que se puede procurar en el bosque». Entonces Bharadwaja, como en broma, dijo a Bharata: «Te sé de disposición complaciente y que te agrada cualquier cosa y todo. Pero deseo banquetear a tus fuerzas. Y, oh mejor de los hombres, te corresponde actuar en armonía con mi deseo. ¿Por qué, viniendo aquí, dejaste a tu ejército a distancia? Y, hombre entre los hombres, ¿por qué no viniste acompañado de tus fuerzas?». Bharata le respondió diciendo: «No vine acompañado de mis fuerzas por temor a usted, oh reverendo señor. Oh venerable, los reyes y sus hijos deben siempre evitar con cuidado las regiones de los ascetas. Corceles escogidos, hombres y elefantes enloquecidos de la mejor clase, cubriendo una espaciosa extensión de territorio, vienen en mi séquito, respetado señor. Para que estos no dañaran árboles ni agua ni los terrenos de las cabañas pertenecientes a las ermitas, he venido aquí solo». «Traigan aquí las fuerzas»: así pedido por el poderoso asceta, Bharata hizo traer en consecuencia a las tropas.
Entonces, entrando en la cámara del fuego sacrificial, (Bharadwaja), habiendo bebido agua y frotándose con ella los labios, invocó a Visvakarma para agasajar a su huésped: «Invoco a Visvakarma, al propio Tvashtri. Deseo agasajar a huéspedes. Que él lo cumpla para mí. Invoco a los tres guardianes de los mundos, dioses encabezados por Sakra. Deseo agasajar a huéspedes. Que ellos lo cumplan para mí. Que aquellos ríos que fluyen hacia el oeste, y aquellos que se mueven tortuosamente en la tierra y en el cielo, vengan aquí en conjunto. Y que otros corran maireya, y otros vino refinado, y otros aguas frescas semejantes al jugo de la caña de azúcar. Invoco a los celestiales y a los gandharvas y a Visvavasu y a Haha y a Huhu y también a las divinas apsaras y gandharvis todas; y a Ghritachi, Visvachi, Misrakesi y Alambusha; y a Nagadatta y Hema y Soma, que residen en la montaña; y a aquellas damas que sirven a Sakra, y a aquellas que sirven a Brahma. Invoco a todas estas mujeres bien ataviadas, en compañía de Tumburu. Y que aquel hermoso bosque de Kuvera en el Kuru del norte, con su follaje semejante a atavíos y ornamentos y sus frutos doncellas gentiles, exista aquí mismo, en este lugar. Y que aquí el venerable Soma me dé excelentes manjares de diversas clases en abundancia; cosas que pueden comerse o gozarse, chuparse o lamerse; y variadas flores que crecen en los árboles, y vinos y (otras) bebidas, y carnes de diversas clases». Así, dotado de incomparable energía ascética, aquel ermitaño de excelentes votos se expresó con correcta pronunciación conforme a la Siksha. Y mientras estaba sentado con las manos juntas, de cara al oeste, con la mente absorta, llegaron por separado todas aquellas deidades. Y entonces, tocando el Malaya y el Dardura, y cargado (de perfumes), un viento delicioso y bienvenido comenzó a soplar deleitosamente, quitando el sudor. Y las nubes derramaron una agradable lluvia de flores; y por todos lados se oyeron sonidos de timbales celestiales. Y se alzó una brisa rara, y las multitudes de apsaras danzaron; y los celestiales y los gandharvas cantaron, y las vinas dejaron salir sus notas. Y los dulces sonidos, altos y bajos, provistos de sama y compás, entraron en la Tierra y el firmamento y los oídos de todas las criaturas. Cuando aquella sinfonía celestial, deleitosa para los oídos de los hombres, se hubo desarrollado así, las fuerzas de Bharata vieron la obra de Visvakarma. Aquel lugar, ensanchándose en una llanura de cinco yojanas, estaba cubierto de espesa hierba semejante a lapislázulis azules. Y en ella había bilvas, y kapithas, panasas, cidros y amalakas, y mangos, adornados de frutos. Desde el Kuru del norte se había extendido un bosque capaz de conferir todo goce; y un hermoso río corría por él, bordeado de muchos árboles. Y se habían levantado edificios blancos de cuatro divisiones; y establos para caballos y elefantes; y grandes portales pertenecientes a palacios y mansiones; y residencias reales de graciosas puertas, semejantes a nubes blancas, que llevaban guirnaldas blancas y lavadas con aguas fragantes, de cuatro esquinas y espaciosas, provistas de lechos, asientos y vehículos, con toda clase de excelente comida sabrosa, abastecidas de excelentes comestibles y vestidos, con toda variedad de alimento, que poseían vasijas lavadas y relucientes, con toda clase de asientos, graciosas y dotadas de lechos escogidos con colchas. Permitido por el Maharshi, el hijo de Kaikeyi, Bharata, entró en aquella mansión abundante en gemas. Y fue seguido por los consejeros y los sacerdotes; y estos últimos, al contemplar las disposiciones del palacio, se llenaron de deleite. Y Bharata, en compañía de los consejeros, rodeó allí el augusto trono real, el abanico de cola de yak y el parasol, dignos de un rey. Y habiéndose inclinado ante Rama, veneró aquel trono. Y luego, tomando el abanico de cola de yak de pelo, se sentó en el asiento de un ministro. Entonces los consejeros y sacerdotes se sentaron según su rango. Y después el general y el protector del campamento (se hicieron sentar). Entonces, por mandato de Bharadwaja, vinieron a existir cerca de Bharata corrientes que tenían payasa por limo. Y a voluntad del brahmán, en ambas orillas surgieron encantadoras moradas, cubiertas de arcilla pálida. Y en ese mismo momento llegaron veinte mil mujeres comisionadas por Brahma, adornadas con divinos ornamentos. Y llegaron también veinte mil mujeres enviadas por Kuvera, engalanadas con oro y gemas, perlas y corales. La visión de estas era capaz de llenar las mentes de los hombres de encantador arrobo. Y llegaron de Nandana veinte mil doncellas; y Narada y Tumburu y Gopa, semejantes al sol en esplendor. Los reyes gandharvas comenzaron a cantar ante Bharata. Y Alambusha, y Misrakesi, y Pundarika, y Vamana danzaron ante Bharata, por mandato de Bharadwaja. Y aquellas flores que hay en las regiones celestiales y que florecen en el bosque de Chaitraratha se hicieron visibles en Prayaga por la energía de Bharadwaja. Y los bilvas hicieron el oficio de tañedores del mridanga, y los vibhitakas el de guardianes del soma, y los asvatthas se hicieron danzantes, por la energía de Bharadwaja. Y los saralas, talas, tilakas y tamalas, deleitados, se hicieron jorobados y enanos. Y los sinsapas, amalakis, jambus y otras plantas del bosque, tomando formas de mujeres, se quedaron en la mansión de Bharadwaja. «Que los bebedores de vino beban vino, que los hambrientos coman payasa, y que quienes se sientan inclinados a ello se alimenten de carne limpia». Y cada siete u ocho mujeres, tomando a un hombre, lo bañaban en las hermosas orillas de los ríos. Y doncellas de amplios ojos, habiendo secado los cuerpos (de los que se bañaban), les masajearon las piernas, y aquellas magníficas mujeres les hicieron beber (vino). Y los guardianes alimentaron debidamente con su (propio) alimento a excelentes caballos, elefantes, camellos y a los hijos de Surabhi (bueyes). Y algunas personas dotadas de poderosa fuerza, dirigidas a ello, alimentaron a los portadores de los principales guerreros de Ikshvaku con cañas de azúcar, miel y arroz tostado. Y el palafrenero olvidó a su caballo y el cuidador de elefantes a su elefante: aquel ejército se vio allí transportado de vino y alborozo. Y suntuosamente agasajados con todo goce, con el cuerpo untado de sándalo rojo, los soldados, en compañía de grupos de apsaras, exclamaron: «¡No iremos a Ayodhya ni a Dandaka! ¡Paz sea con Bharata, y que Rama coseche felicidad!». Así dijeron palabras los infantes y los jinetes y los cuidadores de elefantes y caballos, así como otros, habiendo experimentado tal estado. Y hombres por millares, en extremo deleitados, lanzaron gritos. Y diciendo: «¡Esto es el cielo!», el séquito de Bharata, los soldados, comenzó a danzar y reír y cantar; y portando guirnaldas, se lanzaron por todos lados por millares. Y contemplando los incitantes manjares semejantes a ambrosía, aunque ya alimentados, se sintieron deseosos de comer una vez más. Y llevando ropas nuevas, todos los criados, y doncellas, y mujeres de la casa se sintieron en extremo complacidos. Y elefantes, y asnos, camellos, vacas y caballos, y bestias y aves, alimentados hasta saciarse, no tuvieron hambre de otra cosa. Y no apareció nadie que llevara un hábito sucio, o que tuviera hambre, o estuviera melancólico, o cuyo cabello estuviera cubierto de polvo. Y la gente contempló con asombro ante sí vasijas de metales preciosos por millares, adornadas de coronas de flores, llenas de esencias de frutas y fragantes sopas y guisos y carne de cabras y de osos, y arroz blanco. Y había en las lindes del bosque pozos que tenían payasa por limo; y las vacas daban lo que se les pedía; y todos los árboles destilaban miel. Y los estanques estaban llenos de maireya así como de limpia carne caliente de ciervos, pavos reales y gallos, aderezada en cazuelas. Y había recipientes de arroz por millares, y ollas de guiso por centenares de millares, y vasijas de oro por arvudas. Y había cántaros y jarras de agua y recipientes limpios para batir cuajada, llenos de lo mismo. Y había estanques de suero de leche sabroso y amarillo, bien sazonado. Y había estanques llenos de rasala; y otros llenos de leche y de azúcar. Y los hombres vieron sedimentos, polvos acres y diversas otras cosas en vasijas, para el baño, en las terrazas de los estanques; y palillos para limpiar los dientes de amsuman y otros (árboles); y pasta de sándalo blanco puesta delante; y espejos limpios; y lotes de telas; y sandalias; y zapatos en pares por millares; y tarros de colirio; y peines; y cepillos; y arcos en algunos lugares; y cotas de malla; y diversas clases de asientos y lechos. Y vieron depósitos para asnos, camellos, elefantes y caballos, con fáciles descensos, llenos de agua para ayudar a su digestión; y albercas provistas de lotos, del color del firmamento, de agua transparente, cómodas para las abluciones; y tiernos (prados de) hierba en derredor, coloreados como lapislázulis azules, para servir de pasto a las bestias. Al presenciar la maravillosa hospitalidad dispuesta por el Maharshi Bharadwaja, semejante a una visión, los hombres se maravillaron. Así agasajados como celestiales en Nandana, pasaron la noche en la ermita de Bharadwaja. Luego, tomando el permiso de Bharadwaja, todos los gandharvas así como las soberbias doncellas se fueron como habían venido. Y los hombres quedaron embriagados y muy ebrios del licor, con los cuerpos untados de buen aguru y sándalo; y las diversas elegantes guirnaldas, hermosas de contemplar, yacían por todos lados aplastadas por la gente.
Section 92
Pasada aquella noche, Bharata, agasajado junto con su familia, se presentó ante Bharadwaja, deseoso (de ver a Rama). Al ver a aquel primero de los hombres (de pie) con las manos juntas, Bharadwaja, que acababa de terminar su sacrificio del fuego, dijo: «¿Has pasado agradablemente la noche en nuestro lugar? ¿Y han quedado todos tus hombres complacidos con nuestra hospitalidad? Dime esto, oh sin pecado». Entonces Bharata, inclinándose, con las manos juntas, dijo a aquel asceta de excelente energía, cuando este había salido de su ermita: «Oh reverendo señor, yo con todas mis fuerzas y vehículos he pasado (la noche) felizmente. He sido muy bien agasajado por usted, oh venerable dotado de poder. Y quitados nuestro cansancio y calor, todos hemos banqueteado suntuosamente y alojados con comodidad, hemos pasado (la noche) agradablemente junto con nuestros servidores. Ahora, oh mejor de los ascetas, le ruego que mire con ojo propicio a mí, que me dirijo al lugar de mi hermano. Y dígame, oh conocedor de la moralidad, ¿a qué distancia está la ermita de aquel justo de alma elevada, y por qué camino (llegaré allí)?». Cuando Bharata, ansioso de ver a su hermano, hubo preguntado así, el muy enérgico Bharadwaja, de rigurosas austeridades, respondió: «Oh Bharata, a dos yojanas y media de aquí, internado en un bosque deshabitado, está el monte Chitrakuta, encantador con sus rocas y bosques. En su linde norte fluye el río Mandakini, cubierto de árboles en flor y de bosques florecientes. Más allá de la corriente está el monte Chitrakuta. Allí está su cabaña de paja, hijo mío; allí moran sin duda. Avanzando por el camino del sur, ve tú con tus fuerzas compuestas de elefantes y caballos, oh jefe del ejército, tuerce a la izquierda, oh exaltado, y marcha hacia el sur. Haciéndolo así, podrás ver a Raghava». Al oír de su partida, las esposas de aquel rey de reyes, dejando sus carros, aunque dignos de ellas, se reunieron en torno al brahmán. Demacrada y temblorosa y de lastimoso aspecto, Kausalya, junto con la noble Sumitra, tomó con las manos los pies del asceta. Despreciada por todos a causa de su deseo injusto, Kaikeyi también tomó con vergüenza sus pies y, habiendo rodeado al poderoso y venerable ermitaño, se quedó cerca de Bharata con el ánimo abatido. Entonces el poderoso asceta Bharadwaja preguntó a Bharata: «Oh descendiente de Raghu, deseo saber en particular acerca de tus madres». Así abordado por Bharadwaja, el piadoso Bharata, hábil en el habla, dijo con las manos juntas: «Oh reverendo señor, aquella a quien usted contempla abatida y demacrada por la pena y el ayuno, semejante a una verdadera diosa, es la noble reina de mi padre. Esta, Kausalya, es la que dio a luz a aquel jefe de los hombres, de poderosa marcha de león, Rama, como Aditi dio a luz a Dhata. Aquella que está a su izquierda, de aspecto abatido, es la noble Sumitra, afligida de pena, la segunda esposa del monarca, como una rama de karnikara en un bosque con todas sus flores marchitas. Los hijos de esta exaltada dama son el joven y heroico Lakshmana y Satrughna, cuyo poder es la verdad y que se asemejan a celestiales en figura. Y a aquella por cuyo acto aquellos primeros de los hombres han caído en una desgracia aplastante y el rey Dasaratha ha ido al cielo, privado de su hijo, iracunda y orgullosa de su buena fortuna, con el corazón puesto en la riqueza, Kaikeyi, deshonrosa, aunque dotada de la apariencia de honra, sepa usted que esa malvada, empeñada en el pecado, es mi madre. En ella percibo la raíz de mi poderosa desgracia». Habiendo dicho esto, con sus palabras ahogadas por la emoción, aquel mejor de los hombres, con los ojos enrojecidos, suspiró como una serpiente enfurecida. Mientras Bharata hablaba así, el gran asceta Bharadwaja, dotado de elevado entendimiento y conocedor del interés, respondió a Bharata, diciendo: «Oh Bharata, no debes echar culpa alguna sobre Kaikeyi. Este destierro del rey (Rama) será para el bien (de todos). El destierro de Rama será sin duda para el bienestar de los dioses y los asuras y los sabios de almas concentradas». Así bendecido, Bharata saludó al asceta y lo rodeó, y luego, convocando a la soldadesca, dijo: «¡Unzan!». Entonces, preparando excelentes corceles y carros adornados de oro, muchas personas montaron con la intención de partir. Y elefantes y elefantas con cadenas de oro al cuello, y provistos de estandartes, con los sonidos (de campanas), avanzaron, como nubes al final de la estación del verano. Y luego avanzaron diversas clases de carros grandes y de movimiento ligero y de alto valor; y la infantería fue a pie. Y en un magnífico carro fueron las damas encabezadas por Kausalya, con corazones deleitados, ansiosas de ver a Raghava. Y subiendo a un elegante carro semejante al sol o a la luna infantil, conducido por aurigas, fue el gracioso Bharata bien ataviado. Y aquella poderosa hueste, abundante en caballos y elefantes, avanzó cerrando el cuadrante sur, como una nube colosal alzada (en el cielo), dejando atrás, en la otra orilla de la Ganga, bosques habitados por aves y bestias y recorriendo ríos y montes. Y compuesto por multitudes de elefantes y caballos de alto ánimo, aquel ejército de Bharata, espantando a multitudes de bestias y aves, se internó en aquel poderoso bosque.
Section 93
Afligidos por la poderosa fuerza que avanzaba con estandartes (desplegados), aquellos habitantes de los bosques, jefes de manadas de elefantes, huyeron en compañía de las propias manadas. Y osos, prishatas y rurus se veían por todos lados en los caminos del bosque, y en montes y ríos. Y aquel virtuoso hijo de Dasaratha, con corazón alegre, siguió su camino, rodeado de aquel vasto ejército compuesto de fuerzas cuádruples, levantando un tremendo estruendo. Y aquel ejército del de alma elevada Bharata, semejante a las olas del océano, cubrió por completo la tierra, como las nubes en la estación de lluvias cubren el firmamento. Y llena de corceles y poderosos elefantes, la tierra permaneció en aquel tiempo largo rato invisible. Y habiendo avanzado un largo trecho, el gracioso Bharata, con sus portadores sumamente cansados, dijo estas palabras a aquel primero de los consejeros, Vasishtha: «Por las apariencias y por lo que había oído, es evidente que hemos llegado a aquella región de la que nos habló Bharadwaja. Este es el monte Chitrakuta y aquel el río Mandakini. Y desde lejos este bosque parece nubes oscuras. Y ahora nuestros elefantes, semejantes a cerros, afligen los pintorescos costados del Chitrakuta. Y los árboles esparcen flores sobre los costados de la montaña, como después del verano las nubes negras derraman aguaceros. Oh Satrughna, contempla los reinos habitados por kinnaras, sembrados de corceles, como el mar de makaras. Y estas manadas de ciervos, dotadas de celeridad, aguijoneadas, vagan como masas de nubes en el cielo en otoño, impulsadas por los vientos. Y como la gente del sur, estos guerreros que portan escudos semejantes a nubes adornan sus cabezas con ornamentos de flores perfumadas. Y este bosque, aunque desierto de hombres y de aspecto pavoroso, me parece ahora como Ayodhya, rebosante de gente. El polvo levantado por los cascos (de los caballos) permanece cubriendo el cielo: a ratos, el viento, llevándoselo, procura mi placer. Y, oh Satrughna, mira con qué rapidez estos carros uncidos con corceles y conducidos por hábiles aurigas avanzan por el bosque. Y contempla estos hermosos pavos reales que, asustados, se refugian en la montaña, hogar de las tribus de plumas. Este país me parece sumamente encantador. Esta morada de los ascetas es como el camino al propio cielo. Ciervos y ciervas y prishatas en el bosque, hermosos de ver, parecen variegados de flores. Ahora que los soldados vayan con cautela y registren este bosque, para que den con aquellos jefes de los hombres, Rama y Lakshmana». Al oír el discurso de Bharata, personas con armas en las manos se internaron en el bosque, y aquellos héroes descubrieron pronto la cima de una (columna de) humo. Habiendo visto la cima de la (columna de) humo, se presentaron ante Bharata y dijeron: «No puede haber fuego donde no hay hombre presente. Por tanto, es evidente que aquí mismo están aquellos descendientes de Raghu. Pero si aquellos primeros de los hombres, aquellos sometedores de sus enemigos, los príncipes, no están aquí, hay otros, ascetas, semejantes a Rama». Al oír sus palabras, aceptables a los piadosos, aquel afligidor de filas hostiles, Bharata, dijo a todo el ejército: «Quédense aquí con cuidado: no avancen más. Yo mismo iré, y Sumantra y Dhriti». Así se les ordenó, y las tropas permanecieron por todo aquel lugar. Bharata se fue, con la mirada fija en dirección a la cima de la (columna de) humo. Detenido por orden de Bharata, aquel ejército, mirando en dirección al humo, se regocijó pronto al saber que el amado Rama había llegado (a aquel lugar).
Section 94
Habiendo pasado largo tiempo en aquel monte, aquel amante de cerros y bosques, el hijo de Dasaratha, semejante a un inmortal, ansioso de agradar a Vaidehi y de complacer su propia mente, mostró el variopinto Chitrakuta a su esposa, como Purandara a Sachi: «Oh gentil, ni la privación del reino ni la separación de los amigos afligen mi mente al contemplar este pintoresco monte. Mi gentil, mira solo el cerro, abundante en bandadas de diversas aves, adornado de cumbres que hienden el firmamento y rebosante de sustancias minerales. Y algunas partes de este monarca de las montañas son como plata, y algunas rojas como la sangre, y algunas amarillas como el matiz de la manjistha, y algunas lustrosas como zafiros, y algunas brillantes como flores o cristal o ketakas, y algunas ardientes como estrellas o mercurio, y algunas ataviadas de sustancias minerales. Y la montaña resplandece, llena de diversas bestias y de multitudes de tigres inofensivos, hienas y osos, y atestada de innumerables aves. Y cubierta de mangos, yambos y asanas, y lodhras, piyalas, yacas, ankolas, bhavyas y tinisas, y bilvas, y tindukas, y bambúes, kasmaris, arishtas y varanas, y madhukas, sésamos y azufaifos, y amalakas, nipas, cañas, dhanvanas y cidros, todos en plena flor y cargados de frutos, umbrosos y encantadores, la montaña alcanza un aumento de hermosura. Y, tú, gentil, en la pintoresca meseta del cerro contempla estas inteligentes parejas de kinnaras entregadas al juego en parajes que brindan todo goce; y mira sus espadas colgadas de las ramas. Y observa el vistoso atuendo de las vidyadharis, así como las encantadoras regiones en que se solazan. Y como un elefante que deja caer el jugo de sus sienes, este cerro parece hermoso con cascadas, fuentes y arroyuelos que fluyen aquí y allá. ¿A quién no llena de deleite la brisa cargada con los perfumes de muchas flores, que alivia el sentido del olfato? Si, oh irreprochable, moro (aquí) por muchos años contigo así como con Lakshmana, la pena no puede vencerme. Oh doncella, me deleito en esta pintoresca cima abundante en flores y frutos y frecuentada por diversas aves. Con este destierro mío he ganado dos cosas: mi padre ha mantenido su verdad en la religión, y Bharata ha obtenido su querido interés. Oh hija de Videha, ¿te complaces al contemplar conmigo, en el Chitrakuta, diversos objetos gratos a la mente, al habla y al cuerpo? Oh reina, esta morada en el bosque, semejante a la ambrosía, ha sido declarada por aquellos santos reales, mis antepasados, como productora de la emancipación de uno tras la muerte. Los gigantescos riscos de la montaña adornan el lugar en derredor por centenares; muchos y de variados colores, azules y amarillos y pálidos y rojos. De noche, las hierbas anuales, por millares, que crecen en este primero de los cerros, resplandecen y se hacen visibles por su propio brillo, como llamas de fuego. Y, oh dama, algunas partes de la montaña parecen moradas, y otras jardines, y algunas, de nuevo, consisten en rocas únicas (capaces de alojar a numerosos hombres). Y el Chitrakuta parece haberse alzado hendiendo la tierra; y el hermoso frente del Chitrakuta puede percibirse desde todo punto. Mira los lechos de los buscadores de placer, hechos de pétalos de lotos, con sthagaras, panagas y bhuryapatras por colchas. Y, esposa mía, mira estas guirnaldas de loto aplastadas y esparcidas; y se han probado los diversos frutos. El monte Chitrakuta, abundante en frutos y raíces y aguas, supera a la capital de Kuvera o a la ciudad de Sakra o a los kurus del norte. Esposa mía, oh Sita, si conforme a mis propias excelentes reglas puedo, permaneciendo en el sendero de los piadosos, pasar placenteramente este tiempo junto contigo y con Lakshmana, entonces alcanzaré la felicidad que resulta de observar los deberes de la propia raza».
Section 95
Entonces, saliendo del monte, el Señor de Kosala mostró a la hija de Mithila el encantador río Mandakini de excelentes aguas. Y Rama, de ojos semejantes a lotos, se dirigió a la hija del rey Videha, de belleza trascendente, de rostro como la bella luna, diciendo: «Contempla el río Mandakini, con variopintos islotes hermosos; frecuentado por patos y grullas; y lleno de flores; cubierto de diversos árboles que llevan frutos y flores; y de gracioso aspecto en derredor como la propia Saugandhika de Kuvera. Y las aguas enturbiadas a consecuencia de las manadas de ciervos que beben de ellas, así como los graciosos descensos al río, me llenan de placer. Y, mi amada, sabios que llevan trenzas enmarañadas y pieles de ciervo, con cortezas por sábanas, hacen en su estación sus abluciones en el río Mandakini. Y observando reglas, personas que alzan los brazos adoran al sol y, oh de amplios ojos, tras estos aparecen ascetas que siguen votos (entregados al japa). Y el cerro parece danzar con el viento que mece las copas de los árboles; y a ambos lados del río los árboles están coronados de flores y hojas. Y contempla el río Mandakini, en algún lugar con sus aguas semejantes a perlas, y en otro con islotes, y en otro lleno de personas que han alcanzado la emancipación. Oh de esbelta cintura, contempla estas multitudes de flores que se extienden, y otras que se sumergen (en la corriente). Y, oh auspiciosa, contempla estas aves de dulce garganta, los chakravakas, que suben a los islotes, emitiendo agradables notas. Me parece, oh hermosa, que la vista del Chitrakuta y del Mandakini es aún más deleitosa que la vida en la metrópoli o la vista de tu propia persona. Báñate conmigo en esta corriente, como su compañera, cuyas aguas son removidas perpetuamente por emancipados, dotados de ascesis, dominio de sí y control de los sentidos, a quienes se les han quitado los pecados. Haz tus abluciones, oh Sita, en el Mandakini, esparciendo al mismo tiempo, oh niña, lotos rojos y blancos. Considera siempre, esposa mía, a los animales salvajes como ciudadanos, a la montaña como Ayodhya y a esta corriente como el Sarayu. El virtuoso Lakshmana me obedece siempre en mis mandatos; y, oh hija de Videha, tú también me eres favorable. Esto causa deleite en mi corazón. Bañándome tres veces (en este río) y viviendo de sabrosos frutos y raíces, yo en tu compañía no deseo hoy ni Ayodhya ni la realeza. Bañándose en esta hermosa corriente agitada por manadas de elefantes, cuyas aguas beben elefantes, leones y monos, que está adornada de flores y decorada con multitudes de capullos, no hay nadie que no vea quitada su fatiga y que no se sienta reanimado». Habiendo así hablado variadamente con su amada acerca de la corriente, aquel perpetuador de la raza de Raghu, Rama, comenzó a recorrer el encantador Chitrakuta, semejante en color al colirio.
Section 96
Habiendo mostrado a la hija de Mithila el río perteneciente al monte, Rama se sentó en su meseta y, complaciendo a Sita con carne, le dijo: «Esta carne limpia sabe dulce, asada al fuego». El justo Raghava estaba así sentado en compañía de Sita cuando llegaron los seguidores de Bharata. Y llenando los cielos, se alzaron nubes de polvo levantadas por el ejército, así como un estruendo. Y en este tiempo, jefes de manadas de elefantes enloquecidos, acompañados de estas, asustados por el terrible tumulto, corrieron por todos lados. Y Raghava oyó el ruido levantado por el ejército; y vio también a todos aquellos jefes de manadas de elefantes huyendo a escape. Y habiéndolos visto huir y oído aquel alboroto, Rama habló al hijo de Sumitra, Lakshmana de flameante energía: «¡Ah, Lakshmana, en quien Sumitra ha sido bendecida con un hijo digno, escucha! Un estruendo tremendo y pavoroso, semejante al retumbar de las nubes, se oye; y en los bosques y en el poderoso bosque, ciervos y búfalos y manadas de elefantes, acompañados de leones, huyen de pronto en todas direcciones. Oh hijo de Sumitra, te corresponde averiguar si algún rey o príncipe está cazando en el bosque, o si alguna bestia feroz (asuela los bosques). Oh Lakshmana, esta montaña es incluso incapaz de ser frecuentada por aves. Por tanto, te corresponde averiguar todo acerca de ello, tal como realmente ha sido el caso». Entonces, subiendo apresuradamente a un sala en flor, Lakshmana, observando todos los lados, fijó la mirada en el este. Y mirando hacia el este, descubrió un poderoso ejército, abundante en elefantes, caballos y carros, y compuesto de infantería equipada. Entonces Lakshmana comunicó a Rama noticias acerca de aquel ejército lleno de elefantes y corceles, y adornado de carros y gallardetes; y habló a Rama, diciendo: «Oh noble, apaga el fuego; y que Sita vaya a la cueva. Y tensa tu arco y prepara las flechas y ponte la cota de malla». Entonces Rama, jefe de los hombres, respondió a Lakshmana, diciendo: «Oh hijo de Sumitra, averigua (primero) a quién pertenece esta hueste». Así abordado por Rama, Lakshmana, como consumiendo a aquel ejército con su cólera semejante al fuego, dijo: «Habiéndose hecho consagrar, el hijo de Kaikeyi, Bharata, ansioso de hacer perfectamente segura su realeza, viene aquí con el fin de matarnos a ambos. Allá se ve el hermoso árbol. Por él aparece en el carro el estandarte del kovidara, de cima resplandeciente. Y hombres que montan veloces corceles se dirigen a su placer a este lugar; y los jinetes de elefantes, montados en elefantes, dirigen también alegremente su rumbo hacia aquí. Pongámonos, oh héroe, tomando nuestros arcos, en este cerro. Veré (hoy) a Bharata, por quien hemos caído en esta poderosa desgracia. O mejor permanezcamos donde estamos, equipados con cota de malla y con las armas listas. ¿Caerá en combate bajo nuestro dominio el del estandarte del kovidara? Oh héroe, hemos encontrado a aquel enemigo nuestro por quien, oh Raghava, tú, Sita y yo hemos (experimentado tal desdicha), por quien, oh Raghava, has sido apartado del reino entero. Sin duda Bharata debe ser muerto por mí. Oh Raghava, falta no hallo en matar a Bharata; matando a un antiguo agraviador, uno no cosecha injusticia. Oh Raghava, hay mérito religioso que cosechar al matar a Bharata, que antes nos hizo agravio. Una vez muerto este, tú regirás la tierra entera. Hoy Kaikeyi, codiciosa del reino, verá con dolor a su hijo muerto en batalla por mí, como un árbol hendido por un elefante. Mataré también a Kaikeyi junto con (la jorobada) y sus amigos. Que la tierra quede hoy libre de viles pecados. Hoy descargaré, oh dador de honor, mi contenida ira y mala sangre sobre las huestes hostiles, como fuego puesto a un montón de heno. Hoy cortaré con afiladas flechas los cuerpos de las huestes hostiles y empaparé los bosques del Chitrakuta con su sangre. Las bestias feroces arrastrarán elefantes y corceles y hombres muertos por mí con flechas que penetran en sus corazones. Sin duda saldaré en este bosque la deuda que tengo con mi arco y mis flechas, matando a Bharata junto con todas sus fuerzas».
Section 97
Calmando a Lakshmana, el hijo de Sumitra, arrebatado de cólera y ansioso de combate, Rama se dirigió a él, diciendo: «Cuando el poderoso Bharata, de elevado ánimo, ha venido él mismo aquí, ¿de qué sirve el arco o la espada o el escudo? Habiendo prometido mantener la verdad de mi padre, ¿qué haría yo, oh Lakshmana, con el reino con una mancha adherida, tras dar muerte a Bharata en batalla? Aquello que me tocara en suerte con la destrucción de amigos y adeptos nunca lo acepto, como el alimento mezclado con veneno. Te juro que deseo (poseer) la rectitud, el interés, el deseo y la tierra solo en interés tuyo, oh Lakshmana. Oh Lakshmana, juro por mi arma que es para el sustento y la felicidad de mis hermanos que deseo el reino. Oh suave, esta propia Tierra no es difícil de alcanzar para mí; pero, oh Lakshmana, no deseo por injusticia apoderarme del estado de Sakra. Que el fuego reduzca a cenizas cualquier felicidad mía que, oh dador de honor, llegue a separarse de Bharata, o de ti, o de Satrughna. Creo que Bharata, apegado a sus hermanos, había llegado a Ayodhya; y entonces, respetando la moralidad que rige la raza, aquel más querido para mí que la vida, al oír que yo había sido desterrado, llevando trenzas enmarañadas y corteza, junto con Janaki, oh héroe, y contigo, oh primero de los hombres, ha venido aquí, con el corazón sobrecargado de reflexión y los sentidos abrumados por el dolor, para vernos. No puede haber venido por ninguna otra razón. Y, habiéndose irritado con Kaikeyi y habiéndole dirigido ásperas palabras, aquel auspicioso, tras haber complacido a mi padre, ha venido aquí a entregarme el reino. Y siendo la estación propicia, conviene que Bharata nos vea. Él no actúa contra nosotros ni siquiera en pensamiento. ¿Te ha hecho Bharata antes de esto alguna mala pasada? ¿O te dijo algo tan dañino que hoy te mantienes temeroso de él? Ciertamente no debes decir palabras crueles o desagradables en relación con Bharata: si se hace agravio a Bharata, me consideraré agraviado. ¿Matan los hijos, en tiempos de peligro, a su padre, o los hermanos a su hermano querido como su vida, oh hijo de Sumitra? Si hablas así por causa de la monarquía, al ver a Bharata le diré: “Entrega el reino a este”. Exhortado con empeño por mí, diciendo: “Pon el reino en sus manos”, dirá: “Muy bien”».
Así interpelado por su hermano de virtuosa disposición, Lakshmana, siempre atento al bien de Rama, de vergüenza parecía entrar en su propio cuerpo. Y al oír aquellas palabras, Lakshmana, afectado por la vergüenza, respondió: «Concibo que nuestro padre Dasaratha en persona ha venido a verte». Y viendo a Lakshmana abrumado de vergüenza, Raghava replicó: «Pienso que aquel de brazos poderosos ha venido aquí a vernos; o tengo por cierto que, considerando que solo estamos hechos para la comodidad y tomando a pecho nuestro destierro, nos llevará a casa. O quizá aquel gracioso descendiente de Raghu, mi padre, se irá, llevándose del bosque a la hija de Videha, criada en el regazo del lujo. Se ven estos graciosos corceles bien criados, valerosos, veloces y dotados de la rapidez del viento, los mejores de los caballos. Y este enorme elefante de nuestro anciano padre, llamado Satrunjaya, avanza a la vanguardia del ejército. Pero, oh exaltado, no veo el espléndido parasol blanco de nuestro padre, conocido entre los hombres. Por eso surgen dudas en mi mente. Baja de la copa del árbol, oh Lakshmana. Haz lo que te pido». Así habló el justo Rama al hijo de Sumitra. Bajando de la copa del sala, aquel vencedor en batallas, Lakshmana, se quedó junto a Rama con las manos juntas. Ordenado por Bharata: «Que las fuerzas no pisoteen (la ermita de Rama)», el ejército se acuarteló a distancia del cerro. Y la hueste de Ikshvaku, llena de elefantes y corceles, cubriendo media yojana, acampó al costado de la montaña. Y llevando la moralidad al frente y renunciando al orgullo, las fuerzas disciplinadas, instruidas por Bharata con miras a complacer a aquel descendiente de Raghu (Rama), permanecieron en el Chitrakuta.
Section 98
Habiendo acuartelado a sus tropas, aquel mejor de los hombres, el señor, se sintió ansioso de ir a pie hacia el Kakutstha, que honraba a sus superiores. Y habiendo tomado las fuerzas con humildad los cuarteles asignados, Bharata se dirigió a su hermano Satrughna, diciendo: «Oh suave, te corresponde registrar de inmediato todo este bosque en derredor en compañía de un gran cuerpo de hombres así como de estos nishadas. Y que el propio Guha, acompañado de mil de sus parientes que lleven en las manos flechas y arcos y cimitarras, registre también el bosque en busca de Kakutstha. Acompañado de consejeros, ciudadanos, preceptores y nacidos dos veces, yo recorreré a pie todas las direcciones. Mientras no vea a Rama, ni al poderoso Lakshmana, ni a la sumamente exaltada hija de Videha, no alcanzaré paz de ánimo. Y mientras no vea ese rostro suyo, hermoso como la luna, de ojos amplios como lotos, no alcanzaré paz de ánimo. Sin duda es bienaventurado Lakshmana, el hijo de Sumitra, que contempla el semblante de Rama, como la luna inmaculada, de ojos semejantes a lotos y que irradia resplandor. Mientras no ponga sobre mi cabeza esos pies de mi hermano que llevan marcas reales, no alcanzaré paz de ánimo. Mientras aquel digno de la monarquía no sea rociado con el agua de la consagración, establecido en el reino de su padre y su abuelo, no alcanzaré paz de ánimo. Bienaventurada es Vaidehi, la eminentemente virtuosa hija de Janaka, que sigue al señor de esta Tierra ceñida por los mares. Y afortunado es este Chitrakuta, este cerro semejante al monarca de las montañas, en el que reside Kakutstha, como Kuvera en Nandana. Y bienaventurado es este profundo bosque habitado por animales feroces, donde mora el gran rey Rama, el primero de quienes portan armas». Habiendo dicho esto, aquel mejor de los hombres, el de brazos poderosos y gran energía, Bharata, entró a pie en el vasto bosque. Y aquel mejor de los oradores recorrió la ladera de la montaña entre hileras de árboles en flor. Luego, subiendo prestamente a un sala en el Chitrakuta, divisó la alta columna de humo perteneciente a la ermita de Rama. Al verla, como quien ha cruzado el océano, el gracioso Bharata, concluyendo que Rama estaba allí, se regocijó en extremo junto con sus amigos. Habiendo oído que la ermita de Rama, que contenía a gentes piadosas, se hallaba en el Chitrakuta, aquel de alma elevada, acuartelando de nuevo a sus fuerzas, fue prestamente (en aquella dirección), acompañado de Guha.
Section 99
Habiendo acuartelado sus fuerzas, Bharata, ansioso (de ir al lugar de Rama), fue a ver a su hermano, mostrando a Satrughna las señales de que la morada de Rama estaba en las cercanías. Y habiendo pedido a Vasishtha, diciendo: «Traiga usted sin demora a mis madres», aquel apegado a sus superiores fue delante. Y ansioso de ver a Rama tanto como el propio Bharata, Sumantra siguió a Bharata a corta distancia. Y mientras Bharata avanzaba, observó una pulcra cabaña de hojas situada entre las ermitas de los ermitaños, provista de una parte con un muro con una puerta. Y delante de la cabaña, Bharata vio leña partida y flores recogidas. Y vio en algunos lugares señales de hierba kusa y corteza colocadas en los árboles cuando Rama y Lakshmana llegaron (por primera vez) a su ermita. Y en aquella morada, Bharata vio grandes montones de estiércol seco de ciervos y búfalos, reunidos para prevenir el frío. Mientras avanzaba, el inteligente y de brazos poderosos Bharata, con corazón alegre, dijo a Satrughna y a todos los cortesanos: «Concibo que hemos llegado al paraje que mencionó Bharadwaja. Muy cerca de este lugar, imagino, está el río Mandakini. En lo alto hay cortezas colocadas por Lakshmana. Teniendo que pasar por el camino a horas desacostumbradas, (Lakshmana) lo ha marcado con señales. En la ladera del cerro está el camino por el que los elefantes de largos colmillos pasan y repasan con vehemencia, bramando unos a otros. Aquí se ve el humo denso y oscuro de aquello que los ermitaños siempre se afanan por conservar en el bosque: el fuego. Aquí mismo veré con corazón deleitado a aquel primero de los hombres, el noble Raghava, semejante a un Maharshi, siempre dedicado a servir a sus superiores». Luego, yendo al Chitrakuta, aquel descendiente de Raghu, llegando al Mandakini, dijo a los hombres: «Aquel primero de los hombres en todo el mundo, el señor de todos, retirándose a la soledad, está en su postura de yoga. ¡Maldito sea mi nacimiento y mi vida! Por mí, que he caído en la desgracia y renunciado a toda comodidad, el resplandeciente señor de los hombres, Raghava, mora en los bosques. Seré reprendido por los hombres por esto. Hoy, (primero) apaciguándolo, me postraré a los pies de Rama así como de Sita y Lakshmana». Habiéndose lamentado así, el hijo de Dasaratha vio una espléndida, encantadora y santa morada en aquel bosque, hecha de hojas. Y Bharata contempló en la morada de Rama una estructura sagrada hecha de hojas, cubierta con profusión de hojas de sala, de palma y de asvakarna; extendida con suave hierba kusa, como un estrado en un sacrificio; adornada con arcos semejantes al arco iris, trenzados en el dorso con oro, de poderosa fuerza y capaces de llevar a cabo arduas hazañas y destruir enemigos; y guarnecida con flechas en carcajes, que parecían los rayos del sol, con bocas llameantes, como Bhogavati con serpientes; y sumamente embellecida con vainas de oro y cimitarras y escudos tachonados de oro y buenos protectores de dedos de iguana adornados de oro; inaccesible a los enemigos como la guarida de un león a los ciervos; y provista de un espacioso estrado inclinado hacia el nordeste, con un fuego llameando en él. Y mirando en derredor, al punto Bharata vio a su superior Rama sentado en la cabaña, con una cabeza de trenzas enmarañadas, vestido con una piel negra de ciervo y con paño hecho jirones y corteza por vestido. Y vio a Rama sentado como una llama, con hombros de león, poderosos brazos y ojos semejantes a lotos, el justo señor de este mundo ceñido por los mares; vio al de brazos poderosos, semejante al eterno Brahma, sentado en un asiento de piel en el suelo junto con Sita y Lakshmana. Y viéndolo, abrumado de dolor y aflicción, el justo y gracioso hijo de Kaikeyi, Bharata, se precipitó (hacia él). Y en cuanto Bharata vio a Rama, él, en extremo afligido, prorrumpió en lamentos con palabras ahogadas de pena. E incapaz de contenerse con paciencia, dijo: «Aquel hermano mayor mío, que (sentado) en la corte debería estar rodeado de los súbditos atentos a rendirle homenaje, está ahora rodeado de ciervos salvajes. Aquel que solía adornar su persona con atavío de muchos millares (de cosas), dedicado a observar la moralidad, está vestido de piel de ciervo. ¿Por qué él, que siempre llevaba variadas flores, Raghava, lleva esta carga de trenzas enmarañadas? Aquel que es digno de adquirir mérito religioso celebrando sacrificios conforme a la ordenanza, sigue ahora la moralidad afligiendo su persona. ¿Cómo está cubierto de polvo el cuerpo de aquel cuyo cuerpo solía estar untado de costoso sándalo? Es por mí que Rama, aunque merecedor de comodidad, ha caído en esta desgracia. Malvado como soy, ¡maldita sea mi vida, despreciada por los hombres!». Así lamentándose en lastimoso aspecto, con el loto de su semblante cubierto de sudor, Bharata, llegando a los pies de Rama, cayó a ellos llorando. E inflamado de dolor, el poderosísimo príncipe Bharata, habiendo proferido en angustia de espíritu: «¡Oh noble!», no dijo nada más. Y contemplando al ilustre Rama, Bharata, con la voz ahogada por la emoción, exclamó: «¡Oh noble!», y fue incapaz de decir nada más. Entonces Satrughna, llorando también, rindió homenaje a los pies de Rama. Y derramando lágrimas, Rama los abrazó a ambos. Luego, como en el cielo el Sol y la Luna se encuentran con Sukra y Brihaspati, así aquellos dos príncipes (Rama y Lakshmana) se encontraron con Sumantra y Guha en el bosque. Y contemplando a aquellos reyes, semejantes a jefes de manadas de elefantes, reunidos en aquel poderoso bosque, los habitantes de los bosques, abandonando su alegría, comenzaron a derramar lágrimas.
Section 100
Entonces Rama posó los ojos en (Bharata), que, vestido de corteza y con trenzas enmarañadas, yacía en la tierra con las manos juntas, imposible de mirar, como el Sol en el tiempo de la disolución universal. Luego, reconociéndolo un poco, tomó de la mano a su hermano Bharata, demacrado, de semblante pálido. Y oliéndole la coronilla y abrazando a aquel descendiente de Raghu, Rama tomó a Bharata en su regazo y le preguntó afectuosamente: «¿Dónde estaba tu padre, niño, para que hayas venido al bosque? Ciertamente no te corresponde venir al bosque mientras él vive. ¡Ah! Te veo llegar de lejos tras largo tiempo. ¿Por qué, hijo mío, has venido a este lúgubre bosque? ¿Vive el rey, hijo mío, ya que has venido aquí; o, afligido de pena, ha ido de pronto al otro mundo? Y, oh suave, niño como eres, ¿no se te ha arrebatado tu reino, siempre tuyo? Y, oh tú cuyo poder es la verdad, ¿sirves tú, hijo mío, a nuestro padre? ¿Y está bien aquel veraz, aquel que celebró el Rajasuya y el Asvamedha, siempre dedicado a la rectitud, el rey Dasaratha? Y, hijo mío, ¿es debidamente honrado aquel brahmán sumamente resplandeciente e instruido, siempre firme en la moralidad, el sacerdote de los Ikshvakus? Y, hijo mío, ¿están Kausalya y Sumitra, que tiene un hijo, en la dicha? ¿Y está de buen ánimo la noble Kaikeyi? ¿Y es honrado aquel, nacido de un poderoso linaje, humilde y versado en diversos saberes, tu sacerdote, que ejecuta toda ceremonia, que no guarda malquerencia y cuya mirada está siempre fija en nuestro bienestar? ¿Y cuidan del fuego sacrificial personas inteligentes y sinceras que conocen las reglas? ¿Y te informan regularmente de las estaciones propias para celebrar el sacrificio del fuego? ¿Y respetas tú a las deidades, a los manes de los antepasados, a los preceptores como a predecesores, a los médicos, a los brahmanes y a los servidores? ¿Y no desatiendes al preceptor Sudhanvan, versado en excelentes armas, inspiradas o no por mantras, y consumado en el conocimiento de la política? Y, hijo mío, ¿has empleado como tus consejeros a personas heroicas, instruidas, dueñas de sí, bien nacidas y que entienden las señales, que son como tú mismo? Oh descendiente de Raghu, el consejo bien guardado por hábiles consejeros versados en el saber es la raíz de la victoria entre los reyes. ¿Y no has caído bajo el dominio del sueño? ¿Y te despiertas a la hora debida? ¿Y durante las horas breves revuelves los medios de adquirir riqueza? ¿Y no tomas consejo ni contigo solo ni, por otra parte, con una multiplicidad de consejeros? ¿Y tu consejo no recorre el reino (es decir, no se filtra)? Y, oh descendiente de Raghu, habiendo determinado un curso de poco esfuerzo pero cargado de poderoso resultado, ¿lo emprendes con presteza y no lo demoras? ¿Y conocen los reyes (auxiliares) solo aquellos actos tuyos que han sido cumplidos o están casi cumplidos, y no aquellos que piensas emprender? ¿Y llegan otros, por inferencia o por apariencias, a conocer tus consejos, aunque no divulgados a otros por ti ni por tus consejeros; (y llegas tú, con tus ministros,) a conocer los consejos de otros? ¿Y pasando por alto a mil necios, pones tu corazón en tener a un solo sabio? En tiempos de apuro pecuniario, un sabio presta excelente servicio. Y aunque un rey esté rodeado de mil o diez mil necios, no puede contar con ayuda alguna (de sus manos). Y un solo consejero capaz, inteligente, heroico y sagaz trae gran prosperidad a un rey o a un príncipe. Y, hijo mío, ¿empleas a los mejores servidores en los mejores cargos, a los medianos en los medianos y a los peores en los peores? ¿Y empleas en los cargos más dignos a consejeros que están por encima del soborno, que han servido a tu padre y a tu abuelo y que son puros? ¿Y te desatienden, oh hijo de Kaikeyi, los súbditos castigados con pena merecida, así como los ministros? ¿Y te desprecian los sacerdotes como a un caído, como las mujeres a aquellos lascivos que usan la fuerza contra ellas? Aquel que no da muerte a un médico hábil en medios y recursos, a un servidor dado a ganar la simpatía de sus compañeros contra su amo, o a un héroe que codicia riquezas, es muerto (por ellos). ¿Y has elegido por tu general a uno que sea confiado, dotado de inteligencia y fortaleza, nacido en una raza respetable, y leal y capaz? ¿Y honras en la práctica a tus primeros guerreros dotados de poderío, que ya han dado prueba de su hombría? ¿Y concedes a tiempo a tus soldados lo que debes, provisión y paga, y no te demoras en hacerlo? Si pasa el tiempo propio para conceder provisión y paga, los servidores se irritan con su amo y lo reprenden; y grande es el mal que de ello brota. ¿Y te son leales los principales descendientes de nuestra raza; y están dispuestos, alistados de tu lado con ánimo concentrado, a entregar sus vidas? Y, oh Bharata, ¿son tus espías personas llegadas de las provincias, e instruidas, rectas, dotadas de presencia de ánimo, que representan la verdad y poseen sabiduría? ¿Y adquieres información de los recursos, dieciocho respecto de otros y quince respecto de ti mismo, por medio de cada tres espías designados en relación con cada uno de estos recursos, hombres por completo ignorantes de los consejos de los otros? ¿Y no desprecias a aquellos débiles que, oh destructor de tus enemigos, tras haber sido expulsados, han vuelto (a ti)? Y, hijo mío, ¿no sirves a brahmanes ateos? Estas personas pueriles, orgullosas de su saber, solo sirven para traer males sobre otros. Habiendo excelentes escrituras, estas gentes de sutil intelecto, tras haber adquirido el conocimiento de la dialéctica, dicen vanidades. Y, hijo mío, ¿proteges la próspera y renombrada Ayodhya, habitada en otro tiempo por nuestros heroicos predecesores; que lleva un nombre verdadero; de fuertes puertas; llena de elefantes, corceles y carros; atestada por millares; con nobles brahmanes, kshatriyas y vaisyas de alto ánimo y sentidos controlados, cada uno dedicado a su propia tarea; abundante en gentes instruidas en el Veda; y rodeada de señoriales mansiones de diversas formas? Y, oh descendiente de Raghu, ¿lo pasan bien las florecientes provincias marcadas con centenares de chaityas, llenas de gente próspera, adornadas de moradas de deidades, lugares de distribución de agua y estanques, con hombres y mujeres de ánimo feliz, alegres con reuniones y fiestas, con sus afueras bien surcadas, provistas de bestias, libres de malquerencias, que dependen de estanques para su suministro de agua, encantadoras, abandonadas por animales feroces, libres de todo género de temor, decoradas con minas, dejadas por gentes injustas y bien gobernadas por mis predecesores? ¿Y gozan de favor a tus ojos los agricultores y vaqueros? ¿Y, permaneciendo en sus respectivas ocupaciones, disfrutan de felicidad? ¿Y los mantienes asegurándoles lo que desean y apartando de ellos lo que desean lejos? A todos los moradores de sus dominios debe protegerlos el rey. ¿Y concilias a las mujeres; y están bien protegidas por ti? ¿Y no las desdeñas; y no les abres tu mente? ¿Y están mantenidos por ti los bosques donde se crían elefantes; y tienes vacas? ¿Y no fomentas yeguas y elefantas? ¿Y te muestras a diario en la corte, bien vestido? ¿Y, levantándote por la mañana, te muestras en las avenidas? ¿Y se presentan tus servidores con osadía ante ti, o todos se mantienen lejos? Un camino medio contribuye a su buena fortuna. ¿Y están todos los fuertes provistos de riqueza, grano, armas, agua, máquinas, artesanos y arqueros? ¿Y son grandes tus ingresos y exiguos tus gastos? Y, descendiente de Raghu, ¿no entregas tus arcas a los indignos? ¿Y gastas tu riqueza en interés de las deidades, o de los Pitris, o de los brahmanes que han acudido a ti, o de los guerreros, o de los amigos? Si alguna persona respetable, de espíritu puro y limpia llega a ser acusada por alguien de robo u otros crímenes, ¿la castigas por codicia sin haberla hecho juzgar primero por personas versadas en las escrituras? Y, oh mejor de los hombres, ¿es puesto en libertad (por tus hombres) por motivos de lucro un ladrón que ha sido capturado, interrogado (sobre su culpa) y hallado con el botín robado en su persona? ¿Y consideran tus consejeros, oh descendiente de Raghu, consumados en diversos saberes, libres de codicia, la conducta tanto de ricos como de pobres envueltos en peligro? Oh hijo de la raza de Raghu, las lágrimas de aquellos que han sido falsamente acusados de alguna ofensa (y que no han logrado obtener justicia), al caer, destruyen a los hijos así como a las bestias del gobernante que solo atiende a su propia comodidad. ¿Y con estos tres, dádivas, mente y palabra, procuras ganarte a ancianos, muchachos, médicos y a los principales? ¿Y saludas a preceptores espirituales, ancianos, ascetas, dioses, huéspedes, chaityas, emancipados y brahmanes? ¿Y no te opones a la rectitud con el interés, o al interés con la virtud, o a ambos con el deseo, empeñado en satisfacer los sentidos? Y, oh primero de los vencedores, ¿alcanzas tú, oh conocedor del tiempo, acudiendo en su estación al interés, al deseo y a la virtud respectivamente, estos, oh dador de dones? ¿Y desean tu felicidad, oh muy sabio, los brahmanes versados en todo el saber religioso y conocedores del interés, junto con los ciudadanos y los habitantes de las provincias? El ateísmo, la falsedad, la desatención, la ira, la dilación, la compañía de gente mala, la indolencia, la satisfacción de los sentidos, la consulta con una sola persona sobre las necesidades de un reino, el tomar consejo con quienes solo conocen los males, la omisión de emprender una tarea que ha sido decidida, la divulgación del consejo, el no comenzar un curso por la mañana y el marchar contra todos los enemigos a un mismo tiempo: ¿has evitado estas diez y cuatro faltas? Y, oh descendiente de Raghu, comprendiendo verdaderamente las clases décima, quinta, cuarta y séptima así como la octava y la tercera, y los tres géneros de saber, y la victoria sobre los sentidos, y los males humanos y sobrehumanos, los seis atributos, y los deberes (peculiares) (de la realeza), y las veinte clases, y los géneros de Prakritis y Mandala, y Yatra, el castigo, y la guerra y la paz, cada una con dos fuentes; ¿observas con debido orden todo esto? Y, oh sabio, ¿tomas consejo, como se prescribe en la ordenanza, por separado y en conjunto con tres o cuatro hombres? ¿Y observas los Vedas? ¿Y percibes el fruto de tus actos? ¿Y han dado hijos tus esposas? ¿Y ha dado fruto tu conocimiento de las escrituras? Y, descendiente de Raghu, ¿va tu intelecto por el camino que he indicado arriba? Este camino conduce a larga vida y fama; y a virtud, deseo e interés. Y, oh niño, ¿sigues el camino que siguieron nuestros antepasados? ¿Y mantienes la conducta que es excelente y transcurre por sendas piadosas? Y, oh hijo de Raghu, ¿no saboreas tú solo manjares sabrosos para ti solo? ¿Y los compartes con aquellos amigos que lo esperan? El rey instruido que rige (a todos) con rectitud, aquel castigador de los súbditos, el monarca que obtiene debidamente la tierra entera, yéndose de aquí, adquiere las regiones celestiales».
Section 101
Sabiendo que Bharata era devoto de su superior Rama, junto con su hermano Lakshmana, (Rama) le preguntó: «¿A qué viene esto (tu visita a los bosques)? Deseo oír relatado por ti con claridad el motivo por el que, vestido de piel negra de ciervo y con trenzas enmarañadas, tú, dejando tu reino, has venido a estas regiones. Te corresponde contármelo todo». Así abordado por el de alma elevada Kakutstha, el hijo de Kaikeyi, sofocando su dolor con un gran esfuerzo, dijo con las manos juntas: «Oh noble, abandonándonos a todos, nuestro padre, de brazos poderosos, habiendo llevado a cabo aquella terrible acción, por ser instado por una mujer, mi madre Kaikeyi, ha ido al cielo afligido de dolor por su hijo, oh sometedor de enemigos. Y ella ha cometido un pecado insigne, capaz de destruir su fama. Y sin obtener el reino que había codiciado como fruto de su acción, viuda abrumada de dolor, mi madre caerá en un terrible infierno. Ahora te corresponde extenderme tu favor a mí, que me he hecho tu esclavo. Hazte consagrar hoy mismo en el reino, como el propio Indra. Todos estos súbditos y nuestras viudas madres han venido a ti. Te corresponde mostrarles tu favor. Tú eres el primogénito; y es debido que te hagas consagrar, oh dador de honor. Por tanto, recibe el reino con rectitud y cumple el deseo de tus amigos. Y como la Noche otoñal al tener la luna despejada, que la Tierra entera deje de ser viuda al tenerte a ti por su señor. Con la cabeza inclinada te lo suplico junto con estos consejeros. Te corresponde mostrar tu favor a tu hermano, discípulo y esclavo. Por tanto, oh jefe de los hombres, no debes pasar por alto a esta honrada banda de ministros hereditarios, que siempre han servido a esta raza». Habiendo dicho esto, con lágrimas que le inundaban los ojos, el de brazos poderosos hijo de Kaikeyi, Bharata, tomó de nuevo los pies de Rama sobre su cabeza. Entonces Rama, abrazando a su hermano Bharata, semejante a un elefante enloquecido, y suspirando una y otra vez, dijo: «De alta raza, dotado de fuerza, provisto de energía y consagrado a un sólido valor de carácter, ¿cómo puede alguien como yo cometer pecado por causa del dominio? Falta no hallo en ti, ni la más pequeña, oh destructor de enemigos. Ni te conviene, por puerilidad, reprender a tu madre, oh sapientísimo, oh sin pecado: los superiores pueden obrar como les plazca respecto de aquellas esposas e hijos suyos que son de su agrado. Y esto también debes aprender: que esposas, hijos y discípulos siempre deben ser obedientes, como han sostenido los emancipados. Oh suave, el monarca es capaz de hacerme permanecer en los bosques vestido de piel negra de ciervo, como de establecerme en la monarquía. Y, oh tú conocedor de la moralidad, oh primero de quienes observan la rectitud, en cuanto a la conducta virtuosa, una madre debe ser tan respetada (por un hijo) como lo es un padre. ¿Cómo puedo yo, oh descendiente de Raghu, habiéndome dicho mi justo padre y mi madre: “Ve a los bosques”, obrar de otro modo? Tú debes recibir el reino, Ayodhya, honrada de los hombres; y yo debo morar en Dandaka vestido de corteza. Habiendo hecho esta división de deberes en presencia de todos, y habiendo también ordenado esto, el poderoso monarca, Dasaratha, ha ascendido al cielo. Aquel superior de todos, el virtuoso rey, es tu testimonio. Te corresponde disfrutar lo que te ha sido asignado por tu padre. Y, oh suave, refugiándome en el bosque de Dandaka catorce años, cumpliré el papel que ha sido apartado para mí por mi magnánimo padre. Lo que me ha sido asignado por aquel respetado por todos los hombres, mi padre de alma elevada, semejante al propio señor de los celestiales, es mi bien principal; el dominio de todos los mundos lo rechazaría (si fuera contrario a la voluntad de mi padre)».
Section 102
Al oír las palabras de Rama, Bharata respondió: «Privado del reino por mi posterioridad de nacimiento, ¿de qué me sirve el respeto a la moralidad? Oh mejor de los hombres, esta misma moralidad se ha establecido siempre con respecto a nosotros, a saber: que, existiendo el hijo mayor del rey, uno menor no puede ser rey. Ven, pues, oh Raghava, conmigo a la próspera Ayodhya; y hazte consagrar allí para provecho de nuestra raza. Aunque un rey que observa el interés y la virtud, y que descuella sobre la humanidad común, ha sido llamado un mortal, sin embargo para mí es una verdadera deidad. Mientras yo estaba en Kekaya y tú estabas en el bosque, aquel inteligente monarca honrado por los buenos, dado a celebrar sacrificios, ascendió al cielo. En cuanto te hubiste puesto en marcha (hacia el bosque) junto con Sita y Lakshmana, el rey, abrumado de dolor y pesadumbre, fue al cielo. Oh primero de los hombres, levántate y ofrece agua al espíritu de nuestro padre. Satrughna y yo ya hemos ofrecido agua antes de esto a (el difunto). Oh Raghava, cualquier cosa ofrecida a los (manes de los) antepasados por un descendiente querido conduce a su eterno provecho; y tú eras el favorito de nuestro padre. Llorándote y sumamente deseoso de verte, con su mente fija en ti e incapaz de ser apartada, privado de ti y herido de pena por tu causa, tu padre dejó esta vida, recordándote».
Section 103
Al oír aquellas lastimeras palabras pronunciadas por Bharata acerca del fallecimiento de su padre, Raghava quedó privado de sus sentidos. Y al ser pronunciado por Bharata aquel rayo de discurso, como un (verdadero) rayo lanzado en batalla por el enemigo de los danavas (Indra), aquel sometedor de enemigos, Rama, extendiendo los brazos, cayó a tierra, como un árbol en flor talado con un hacha. Al ver caído a aquel señor del mundo y poderoso arquero, Rama, como un elefante dormido fatigado de remover la tierra con sus colmillos, sus hermanos, atormentados de pesar, prorrumpieron en lamentos y, junto con la hija de Videha, comenzaron a rociar agua (sobre su rostro). Entonces, recobrando la conciencia, Kakutstha, derramando lágrimas de sus ojos, se puso a hablar con angustia. Y al oír que el señor de la tierra, su padre, había ido al cielo, aquel justo dijo a Bharata palabras cargadas de virtud e interés: «¿Qué haré yo con Ayodhya, habiendo ido mi padre por el camino ordenado por los dioses? ¿Y quién la gobernará ahora que ha sido privada de aquel primero de los monarcas? Yo, de nacimiento infructuoso, ¿qué puedo hacer por aquel magnánimo? Y de aquel que renunció a su vida de dolor por mi causa, no he ejecutado siquiera los últimos ritos. ¡Ah! Bharata, tú, oh sin pecado, eres bienaventurado, pues por ti así como por Satrughna han sido ejecutados todos los ritos fúnebres del rey. A Ayodhya, privada del monarca, sin nadie que presida sus destinos y con muchos gobernantes, no regresaré ni siquiera cuando haya pasado el plazo de mi estancia en los bosques. Habiéndose ido mi padre al otro mundo, ¿quién, oh sometedor de enemigos, volverá a aconsejarme cuando, acabada mi estancia en el bosque, haya regresado a Ayodhya? ¿Y de quién oiré aquellas palabras gratas al oído que mi padre, complaciéndome, solía decirme cuando yo hacía algo bien?». Habiendo así hablado a Bharata, Raghava, ardiendo de dolor, dijo a su esposa, de rostro semejante a la luna llena: «Oh Sita, tu suegro ha muerto y, oh Lakshmana, tú eres huérfano de padre. Bharata me ha comunicado la triste noticia de que nuestro padre ha ascendido al cielo». Cuando Kakutstha hubo dicho esto, comenzaron a brotar lágrimas de los ojos de los renombrados príncipes. Entonces todos aquellos hermanos, apaciguando como mejor pudieron a Rama, herido de pena, le dijeron: «Celebra los ritos del agua de aquel señor de la tierra, nuestro padre». Habiendo oído que su suegro, el rey, había ido a las regiones celestiales, Sita, con los ojos llenos de lágrimas, no pudo ver a su amado. Entonces, apaciguando a la llorosa hija de Janaka, Rama, movido por el dolor, dijo al afligido Lakshmana: «Trae frutos de ingudi así como un trozo de corteza nueva. Iré a celebrar los ritos del agua de nuestro padre de alma elevada. Que Sita vaya primero. Síguela tú. Yo iré el último. Este es el camino de quienes están de duelo». Entonces aquel magnánimo, conocedor del alma, suave, gracioso, capaz de dominar sus sentidos, firme en su afecto por Rama y siempre siguiéndolo, Sumantra, en compañía de aquellos hijos del rey, tras haber animado a Raghava, lo llevó al auspicioso río Mandakini. Entonces aquellos ilustres, habiendo llegado con angustia al río Mandakini, de cómodos descensos, encantador, siempre provisto de bosques en flor y de rápidas corrientes, y habiéndose acercado a sus descensos, buenos y libres de barro, ofrecieron agua al monarca diciendo: «¡Así sea!». Y el protector de la tierra (Rama), sosteniendo agua con las manos juntas, de cara al sur, dijo llorando: «Oh primero de los monarcas, que esta agua clara, que no conoce deterioro, te alcance, a ti que has ido al mundo de los manes de los antepasados». Luego, acercándose a la orilla del Mandakini, el enérgico Raghava, junto con sus hermanos, ofreció el pinda a su padre. Y poniendo el pinda de ingudi mezclado con azufaifo sobre un lecho de hierba darbha, Rama, llorando con angustia, dijo: «Oh poderoso monarca, come tú, bien complacido, esto, de lo que también nosotros vivimos. Lo que es el alimento de un individuo es también el alimento de sus divinidades». Entonces aquel primero de los hombres, subiendo a la orilla de la corriente por el mismo camino, subió al hermoso costado del cerro. Y habiendo llegado a la puerta de la cabaña de hojas, aquel señor de la tierra tomó con sus manos tanto a Bharata como a Lakshmana. Y allí el cerro reverberó con los sonidos levantados por los hermanos que gemían junto con Vaidehi, semejantes a leones que rugen. Y al percibir el fuerte alboroto de aquellos poderosos, ocupados en ofrecer agua a su padre y entregados a lamentaciones, el ejército de Bharata se agitó. Y dijeron: «Sin duda Bharata se ha encontrado con Rama; y este poderoso ruido procede de ellos, que lloran amargamente a su difunto padre». Entonces, dejando a un lado sus vehículos, con una sola mente corrieron hacia el lugar de donde procedía el alboroto. Y de los que eran delicados, algunos fueron en caballos, y algunos en elefantes, y algunos en carros adornados, mientras otros fueron a pie. Y ansiosos de contemplar a Rama, ausente por poco tiempo, aunque parecía serlo por un largo período, todos los hombres fueron a un tiempo a la ermita. Y deseosos de presenciar el encuentro de los hermanos (con Rama), avanzaron con toda presteza en diversos vehículos consistentes en bestias y carros. Y el suelo hollado por las ruedas de innumerables carros emitió fuertes sonidos, como los que emite el cielo al reunirse las nubes. Y espantados por el alboroto, elefantes acompañados de hembras, perfumando todos los costados (con la fragancia del jugo de sus sienes), fueron a otro bosque. Y jabalíes, y ciervos, y leones, y búfalos, y srimaras, y tigres, y gokarnas, gayals y prishatas fueron presa del pánico. Y enloquecidos de alarma, chakravakas y cisnes, y natyuhas, y plavas, y karandavas, y coeles machos, y kraunchas huyeron en todas direcciones. Y el firmamento quedó envuelto por aves asustadas por el ruido, como la tierra estaba cubierta de hombres, y tanto el cielo como la tierra dieron entonces gran resplandor. Cuando la gente vio de pronto a aquel primero de los hombres, el sin pecado e ilustre Rama, sentado en el suelo, acusando a Kaikeyi así como a la vil Manthara, la gente se acercó a Rama, con los semblantes revelando lágrimas. Viendo a aquellos hombres oprimidos de pena con los ojos llenos de lágrimas, aquel conocedor de la virtud, como padres y madres, abrazó a los que lo merecían. Y abrazó a algunas personas; y algunas le ofrecieron saludos. Y el hijo del rey, como cada uno merecía, los recibió debidamente junto con sus amigos e iguales en edad. Y los sonidos producidos por aquellos de alma elevada que se lamentaban, resonando por la tierra y el cielo, y las cavernas de los montes y todos los puntos cardinales, se oyeron como redobles de mridangas.
Section 104
Deseoso de ver a Rama, Vasishtha, llevando delante a las esposas de Dasaratha, avanzó hacia la ermita. Y mientras las esposas del rey iban despacio por el Mandakini, descubrieron el embarcadero que usaban Rama y Lakshmana. Entonces Kausalya, con los ojos llenos de lágrimas y el semblante pálido, dijo a la desamparada Sumitra así como a las demás esposas del rey: «Sagrada como una primera esposa, en este bosque este es el embarcadero de aquellos desventurados de incansable energía, que habían sido privados del reino. De aquí, oh Sumitra, tu hijo, Saumitri, siempre vigilante, procura personalmente agua para mi hijo. Aunque tu hijo desempeña un oficio servil, no tiene culpa: solo (el desempeño de) aquello que no sirve a ningún propósito de su hermano, dotado de muchas perfecciones, podría traerle reproche. Que hoy tu hijo, que no merece tan penoso trabajo, deje de desempeñar ese oficio cargado de penalidades propias solo de los viles». Aquella dama de amplios ojos vio por casualidad en la tierra el pinda de ingudi, que había sido colocado por Rama para su padre sobre la hierba darbha con las puntas apuntando al sur. Al ver esto, colocado en el suelo por Rama, desconsolado por su padre, la noble Kausalya dijo a todas las esposas de Dasaratha: «Miren esto que ha sido ofrecido debidamente por Raghava al de alma elevada descendiente de Raghu, señor de la raza de Ikshvaku. No lo estimo alimento apropiado para aquel magnánimo monarca semejante a un celestial, que había gozado de todo lujo (en la vida). Habiendo disfrutado esta tierra ceñida por los cuatro mares, ¿cómo puede aquel señor del mundo, semejante en la tierra al poderoso Indra, alimentarse de este pinda de ingudi? Nada me parece más lamentable en este mundo que el que el auspicioso Rama haya ofrecido a su padre una torta de ingudi. Viendo el pinda de ingudi ofrecido por Rama a su padre, ¿por qué no se rompe mi corazón en mil pedazos? Ahora la tradición en boga entre los hombres parece ser verdadera, a saber, que “el alimento que toma una persona es también el que toma su deidad”». Entonces las que eran coesposas suyas consolaron a la angustiada Kausalya; y, (entrando en la ermita), vieron a Rama como un inmortal caído de las regiones celestiales. Al ver a Rama, que había sido privado de toda comodidad, sus madres, abrumadas de dolor y angustia, comenzaron a derramar lágrimas, lamentándose. Levantando a sus madres, aquel primero de los hombres, Rama, fiel a su promesa, tomó aquellos pies de loto de ellas. Y aquellas de amplios ojos, (a su vez) con sus hermosas manos de delicioso tacto provistas de suaves dedos y palmas, se pusieron a quitar el polvo de la espalda de Rama. Después de que Rama hubo terminado, también el hijo de Sumitra, viendo a todas sus madres, con pena rindió suavemente su reverencia a ellas con afecto. Entonces, como habían tratado a Rama, todas las damas trataron a aquel nacido de Dasaratha, Lakshmana, adornado de marcas auspiciosas. Sita también, con los ojos llenos de lágrimas, habiendo tomado los pies de sus suegras, se quedó ante ellas en lastimoso aspecto. Abrazando a aquella desolada en el destierro, como una madre a su hija, Kausalya, herida de pena, dijo: «La hija del rey de Videha, y nuera de Dasaratha, y esposa del propio Rama, ¿por qué sufre tal dama desdicha en el bosque solitario? Oh Vaidehi, al contemplar tu rostro semejante a un loto calentado bajo el sol, o a un lirio que ha sido aplastado, o semejante a oro cubierto de polvo, o a la luna envuelta por nubes, la pena engendrada por este torbellino de desastre que hay en mi mente me quema ferozmente, como el fuego consume una estructura». Mientras su desdichada madre hablaba así, el hermano mayor de Bharata, Raghava, acercándose, tomó los pies de Vasishtha. Habiendo tomado los pies del sacerdote semejante a una llama y de energía acumulada, como aquel señor de los inmortales, Indra, tomando los pies de Brihaspati, Raghava se sentó con él. Luego, detrás de ellos (Rama y Vasishtha), junto con sus propios consejeros, y los principales ciudadanos, y generales, y personas de eminente piedad, se sentó el virtuoso Bharata en presencia de su hermano mayor. Viendo a Raghava en atuendo de asceta, llameante de gracia, el poderosísimo Bharata, con las palmas juntas, se sentó en compañía de su hermano, como el gran Indra de facultades dominadas en presencia de Prajapati. «¿Qué le dirá Bharata a Raghava, tras haberse inclinado ante él y rendirle homenaje?»: esta intensa expectación surgió en (las mentes de) todas las personas nobles allí presentes. Y Raghava, dotado de verdad y paciencia, y Lakshmana, dotado de magnanimidad, y Bharata, poseedor de rectitud, rodeados de sus amigos, aparecieron (allí) como los tres fuegos rodeados de sadasyas.
Section 105
Mientras aquellos primeros de las personas, rodeados de sus amigos, se entregaban a lamentaciones, la noche pasó en pena. Sucedida la noche por una auspiciosa mañana, aquellos hermanos, rodeados de sus amigos, habiendo celebrado el homa y el japa en el Mandakini, volvieron a Rama. Y sentados en silencio, nadie dijo nada. Entonces Bharata se dirigió a Rama en medio de aquellos amigos, diciendo: «Mi madre fue (primero) apaciguada (con la concesión del reino). El reino es (ahora) mío. Te lo concedo a ti. Disfruta el reino libre de espinas. Como un dique forzado por un torrente durante las lluvias, esta poderosa monarquía es difícil de proteger salvo por ti. Como una mula es incapaz de imitar la carrera de un caballo, o como las aves la de Tarkshya, yo, oh Señor de la tierra, carezco de fuerza para imitarte. Oh Rama, siempre feliz es la vida de aquel de quien otros dependen para su sustento: infeliz es la vida de la persona que depende de otros para su apoyo. Como un árbol plantado por una persona y por ella hecho crecer, (hasta que por fin), echando ramas, es un poderoso árbol, incapaz de ser alcanzado por un enano; y entonces, si, floreciendo, no muestra frutos, no puede contribuir a la satisfacción de aquel para quien ha sido plantado. Oh de brazos poderosos, esta comparación está hecha para ti. Esto te corresponde comprenderlo, ya que eres nuestro excelente señor y no nos enseñas a quienes dependemos de ti para nuestro apoyo. Que las órdenes principales, oh monarca, te contemplen, sometedor de enemigos, establecido en el reino, como el poderoso sol mismo. Oh Kakutstha, que los elefantes enloquecidos rujan con el fin de seguirte; y que las mujeres de los aposentos interiores, con ánimo concentrado, profieran júbilo». Al oír las palabras de Bharata, que suplicaba a Rama, muchos de los ciudadanos expresaron su aprobación exclamando: «¡Excelente!». Viendo al ilustre Bharata afligido y entregado a lamentaciones, el sereno y considerado Rama lo consoló, diciendo: «Ninguna criatura está dotada del poder de ejercer control alguno sobre el curso de los acontecimientos: el hombre no tiene estatuto independiente (en la naturaleza). El Destructor lo arrastra tanto aquí como en el más allá. Los que crecen están destinados a decaer; los que suben acaban por caer; los que se juntan se separan al final; y la vida al cabo encuentra la muerte. Como un fruto maduro no tiene otro temor que el de caer, así el hombre que nace no tiene otro temor que el de la muerte. Como un edificio de fuertes pilares, al deteriorarse, se debilita, así los hombres que caen bajo el dominio de la decrepitud y la muerte se enflaquecen. Una noche que ha pasado no vuelve, como el Yamuna lleno, cuando ha entrado en el océano, no regresa. En este mundo, días y noches pasan con las criaturas y menoscaban prestamente sus vidas, como en verano los rayos (del sol) (secan) las aguas. Lamenta, pues, tu propia suerte. ¿Por qué lamentas cualquier otra cosa? La vida de cada uno decrece, ya se siente o se mueva. La Muerte va con uno, se sienta con uno y, tras haber ido muy lejos, regresa con uno. La persona se llena de pliegues en la piel, el cabello encanece, el individuo se debilita por la edad: ¿haciendo qué puede impedir esto? La gente se alegra al salir el sol; se deleita al acercarse la noche, pero no comprende que sus vidas se han (entretanto) acortado. La gente se regocija al comienzo de una nueva estación de modo novedoso; las criaturas ven acortadas sus vidas con el cambio de estaciones. Como en el poderoso océano un trozo de madera entra en contacto con otro, así una persona, tras haber estado en asociación con otra, se separa de ella con el tiempo. De este modo, esposas e hijos y parientes y riqueza, tras haber estado en asociación, se van; su separación es cierta. No existe nadie en este mundo que pueda cambiar la naturaleza recibida. Una persona que lamenta a un muerto no tiene poder para impedir su propia muerte. Como, mientras uno va por un camino, otro, apostado junto al camino, dice: “Yo también iré tras de ti”, así también el camino que han seguido nuestros predecesores (debe ser seguido igualmente por nosotros). ¿Por qué ha de llorar la gente (a parientes difuntos), cuando ella misma está sujeta al destino que no conoce retorno? (Percibiendo la destrucción de) la vida que declina, como una corriente que nunca vuelve atrás, uno debe ocupar su alma en la felicidad; pues se dice que todos los hombres nacen para ella. Hijo mío, nuestro justo padre, que, tras haber celebrado excelentes y completos sacrificios, acompañados de dakshinas, ha ido al cielo, honrado por los buenos, no debe ser llorado. Habiendo renunciado a su cuerpo humano, consumido y gastado por la edad, nuestro padre ha alcanzado el estado celestial, que existe en las regiones de Brahma. A tal persona nunca debe llorarla ningún sabio como tú o yo, consumados en saber y de inteligencia más que ordinaria. Tan múltiple pena y duelo y lamentación deben ser abandonados por personas inteligentes y firmes en todas las condiciones de la vida. Aparta esta pena: que el pesar no te venza. Yendo allá, permanece en esa ciudad. Y, oh mejor de los oradores, esto también fue ordenado por nuestro padre de sentidos dominados. Yo también debo cumplir la voluntad de mi noble padre en todo lo que aquel de actos piadosos me ha impuesto. Oh sometedor de enemigos, no me es propio pasar por alto sus órdenes. Así también son dignas de ser honradas por ti. Él es nuestro amigo y padre. Oh descendiente de Raghu, aquel mandato de nuestro justo padre, aceptable para mí, lo obedeceré permaneciendo en los bosques. Oh primero de los hombres, (el bien en) el otro mundo puede ser alcanzado por una persona honesta y piadosa, coronada de sólidas virtudes, que siempre sigue a sus superiores. Oh mejor de los hombres, pensando que nuestro padre Dasaratha ha alcanzado un excelente estado, busca tú, recurriendo a todas las nobles cualidades, tu bienestar en el otro mundo». Habiendo dicho estas significativas palabras a su hermano menor, con el fin de hacerle obedecer las órdenes de su padre, aquel señor, el magnánimo Rama, hizo una pausa.
Section 106
Al detenerse Rama tras haber pronunciado estas palabras preñadas de sentido, el virtuoso Bharata se dirigió al justo Rama, apegado a sus súbditos, en un excelente discurso a orillas del Mandakini, diciendo: «Oh vencedor de enemigos, ¿quién hay en este mundo como tú? El dolor no te aflige, ni te regocija el placer. Tú mismo ejemplo hasta de las personas ancianas, recurres a ellas en los puntos dudosos (de moral). “Viviendo como muerto y existiendo como inexistente”: ¿qué hará afligirse a una persona que ha alcanzado este estado intelectual? Oh señor de los hombres, aquel que, como tú, comprende la naturaleza del alma y de su entorno, no debe abatirse cuando le sobreviene una calamidad. Tú, oh Raghava, te asemejas al dios en fuerza, y eres magnánimo, y veraz en tu promesa, y lo sabes todo y estás dotado de inteligencia. La calamidad, por insoportable que sea, no debe vencer a una persona como tú, provista de tales virtudes y conocedora de la vida y de la muerte. El pecado que en mi ausencia de casa ha sido perpetrado por mi mezquina madre no halla favor a mis ojos. Sé, pues, propicio conmigo. Estoy atado por las cadenas de la religión. Por eso es que no doy muerte con un severo castigo a mi malvada madre, que merece ser castigada. ¿Cómo puedo yo, nacido de Dasaratha de rectas acciones y de raza inmaculada, y conociendo la virtud y el vicio, cometer una acción tan reprobable? Dasaratha es nuestro superior, de actos meritorios, anciano, nuestro rey, un espíritu difunto, y nuestro padre; por esta razón no censuro a nuestro padre, que es para nosotros una deidad. Oh conocedor de la virtud, ¿qué persona virtuosa versada en moral debería, buscando el placer de su esposa, cometer un acto tan pecaminoso, privado de rectitud y de interés? “Las criaturas, cuando se acerca su fin, pierden el juicio”: este antiguo adagio ha sido ilustrado entre los hombres por el rumbo que ha tomado el rey. Tú, decidido a procurar el bien, repara la falta que nuestro padre ha cometido por ira, ignorancia e imprudencia. El hijo que repara la falta cometida por su padre obrando de modo contrario a este, es en este mundo considerado verdaderamente un hijo; pero no el que obra de otro modo. Sé tú ese (verdadero) hijo (del monarca). No apruebes la acción de tu padre, pues lo que ha hecho está privado de rectitud y es censurable. Rescata a todos estos: a Kaikeyi, a mí, a mi padre, a nuestros amigos y partidarios, y a todo el cuerpo de ciudadanos, así como a los habitantes de las provincias. ¿Dónde está el bosque? ¿Y dónde la moral kshatriya? ¿Dónde están los cabellos enmarañados? ¿Y dónde tu gobierno del país? No te corresponde obrar de modo tan inconveniente. Este es precisamente el primer deber de un kshatriya, a saber, hacerse consagrar, por cuyo medio, oh sapientísimo, puede alcanzar el gobierno del pueblo. ¿Qué vil kshatriya, dejando de lado esta moral indubitable, recurre a un camino dudoso e inauspicioso, que solo deben seguir los ancianos? Pero si estás empeñado en practicar esta austera moral, soporta esta fatiga después de haber gobernado con rectitud a los cuatro órdenes. Oh conocedor de la moral, los versados en el deber dicen que, de las cuatro formas de vida, la del padre de familia es la primera. ¿Por qué, pues, deseas renunciar a ella? Yo soy inferior a ti en saber, en posición y en nacimiento. ¿Cómo puedo, pues, gobernar la tierra existiendo tú? Falto de juicio y de cualidades, un muchacho, e inferior a ti en años, yo, privado de ti, no puedo vivir. Oh conocedor de la moral, rige tú, junto con tus amigos, según tu propia moral, todo este reino ancestral libre de espinas y gozando de tranquilidad. Aquí mismo, oh conocedor de los mantras, que todos los súbditos y los ritvijas, con Vasishtha, versado en los mantras, te consagren. Una vez consagrado, ve a Ayodhya para gobernarla, habiendo con nuestra ayuda vencido a tus enemigos con tu fuerza, como Vasava venciendo (a sus enemigos) con la ayuda de los Maruts. Libre de tus tres deudas, gobiérname, reprimiendo a tus enemigos y propiciando a tus amigos con toda satisfacción. Oh noble, que hoy tus amigos se regocijen con motivo de tu coronación. Que hoy los que intenten hacerte daño, asustados, huyan hacia los diez puntos cardinales. Oh primero de los hombres, borrando la deshonra de mi madre, libera de pecado a nuestro padre. Te lo suplico con la cabeza inclinada. Sé misericordioso conmigo, con todos nuestros amigos y, oh gran señor, con todas las criaturas en general. Pero si, desatendiendo mis súplicas, te vas de aquí al bosque, yo iré contigo». Aunque así suplicado y propiciado por Bharata con la cabeza inclinada, aquel señor de la tierra, Rama, dotado de fuerza, afirmado en las palabras de su padre, no se decidió a ir. Al presenciar aquella admirable firmeza de Raghava, la gente se sintió a la vez encantada y abatida. Estaban afligidos porque no iría a Ayodhya; se regocijaban al ver su firme resolución. Entonces los ritvijas, los ciudadanos y sus jefes, y las madres, perdidos los sentidos y con lágrimas en los ojos, elogiaron a Bharata mientras así hablaba; e inclinándose ante Rama, le dirigieron juntos sus súplicas.
Section 107
Mientras Bharata hablaba de nuevo en este tono, su gracioso hermano mayor, que había sido muy honrado, respondió a Bharata en medio de sus parientes, diciendo: «Habiendo nacido como hijo de Dasaratha, el primero de los monarcas, de Kaikeyi, este discurso tuyo es digno de ti. Oh hermano, antiguamente, cuando nuestro padre tomó la mano de tu madre, le prometió el reino como dote nupcial. Luego, con ocasión de la guerra entre los dioses y los asuras, aquel señor, el rey, muy complacido (con ella), al ser rogado, le concedió una gracia. Así prometida, aquella virtuosa dama, tu ilustre madre, oh primero de los hombres, pidió dos gracias (al rey): a saber, tu entronización, oh mejor de los hombres, y mi destierro. Rogado así por ella, el rey le otorgó la gracia. Y, tú, primero de los hombres, mi padre me ha ordenado permanecer en los bosques catorce años, como consecuencia de haberle concedido él la gracia. Y, habiendo venido en compañía de Lakshmana y de Sita al bosque solitario, yo, en humilde atuendo, permanezco en la palabra veraz de mi padre. Tú también, tú primero de los reyes, debes del mismo modo hacer veraz a nuestro padre sin demora, haciéndote consagrar. Oh Bharata, por mi bien, libera de sus deudas a aquel señor, el rey. Tú, oh conocedor de la moral, libera a nuestro padre y alegra a tu madre. Oh hijo, oímos que en Gaya, el antiguo y famoso Gaya, entregado a un sacrificio, entonó este himno védico para complacer a sus antepasados difuntos: “Puesto que un hijo libera a su padre del infierno llamado Put, un hijo recibe el nombre de putra, protegiendo a sus antepasados (difuntos) en todos los sentidos. Deben desearse muchos hijos coronados de cualidades y versados en diversos saberes, pues cabe la posibilidad de que al menos uno de ellos vaya a Gaya”. Oh hijo de la raza de Raghu, los rajarshis han emitido su decisión sobre el punto. Por tanto, tú, primero de los hombres, rescata, oh señor, a tu padre del infierno. Oh Bharata, ve a Ayodhya y complace a los súbditos, en compañía de Satrughna, oh héroe, y de todos los regenerados. Yo también, oh héroe, deberé sin demora entrar en el bosque de Dandaka en compañía de Lakshmana y de Sita. Oh Bharata, sé tú mismo el monarca de los hombres; yo seré el rey de los reyes de los ciervos. Ve tú a aquella primera de las ciudades con corazón alegre; con corazón alegre entraré yo en Dandaka. Oh Bharata, que el parasol, que detiene los rayos del sol, dé fresca sombra a tu cabeza; yo buscaré felizmente la densa sombra de estos árboles del bosque. Satrughna, dotado de astucia, es tu ayudante; el hijo de Sumitra es bien conocido como mi mejor amigo. Nosotros cuatro, dignos hijos de aquel primero de los monarcas, lo mantendremos afirmado en la verdad, oh Bharata. Que no desfallezca tu ánimo».
Section 108
Mientras Rama, conocedor de la rectitud, alentaba así a Bharata, Javali, el mejor de los brahmanes, se dirigió a él con palabras desprovistas de moral, diciendo: «Oh Raghava, dotado de noble entendimiento y que lleva una vida de ascetismo, no permita que su inteligencia albergue vaciedades, como cualquier persona baja. ¿Quién es amigo de quién? ¿Y a qué tiene derecho uno, y en virtud de qué relación? ¿Y quién es tal? Puesto que una criatura nace sola y muere sola, la persona que quiere con afecto a su padre y a su madre debe, oh Rama, ser considerada un loco. Ningún individuo tiene a nadie (en este mundo). Como en vísperas de partir a otro país una persona se queda en algún sitio (fuera de la aldea en que vive) y al día siguiente se va, renunciando a aquella morada, así son el padre y la madre, la casa y la riqueza de un hombre. Oh Kakutstha, las personas dignas nunca sienten afecto por una mera morada. Por tanto, oh mejor de los hombres, dejando su reino ancestral, no debe usted permanecer en el desagradable bosque lleno de peligros y dificultades. Hágase rociar en la próspera Ayodhya. La ciudad lo espera con una sola trenza tejida. Oh hijo del rey, gozando de costosos placeres regios, solácese en Ayodhya, como Sakra en las regiones celestiales. Dasaratha nada es para usted, y usted tampoco es nada para Dasaratha: él es muy otro que su padre; y usted no tiene conexión con él. Por tanto, obre como le digo. Un padre es meramente una causa instrumental (en cuanto a la generación de su hijo). El semen de un padre, al entrar en contacto con la sangre de una madre, en el tiempo propicio para la concepción, hace que una persona llegue a ser. El rey ha ido por el camino que debía. Esta es la naturaleza de todas las criaturas. Pero usted por nada se niega (la hombría del poder monárquico). A los que, desdeñando el interés, se consagran a la virtud, a ellos lamento, y no a otros; pues, tras sufrir miseria aquí, al final se encuentran con la extinción. La gente celebra el ashtaka en favor de los antepasados y de las deidades. Mire el desperdicio de comestibles. ¿Acaso come algún muerto? Si el alimento tomado por uno se transfiere al cuerpo de otro, ofrezca el sraddha a quien va a una tierra lejana, y eso le servirá de provisión en el camino. Obras (sobre moral) que ordenan: “Adora”, “Da”, “Sé iniciado”, “Observa ritos”, “Renuncia”, han sido compuestas por personas inteligentes para inducir a la gente a ser caritativa. Oh magnánimo, convénzase de que no hay más allá. Manténgase fundado en lo evidente, volviendo la espalda a lo que está más allá de nuestro alcance. Poniendo delante el entendimiento de los buenos, y aprobado por todos, acepte la monarquía, propiciado por Bharata».
Section 109
Al oír las palabras de Javali, Rama, cuyo poder era la verdad, mediante un intelecto sumamente sutil y no influido (por las exhortaciones de aquel sabio), dijo: «Lo que usted, deseando mi bienestar, ha expuesto, aunque lleva el disfraz de una buena acción, en realidad no lo es; y aunque parece benéfico, en realidad es apto para acarrear desdicha. La persona que anda extraviada con sus actos pecaminosos pegados a ella, así como aquel que presenta (a los demás) modelos de carácter diferentes (de los recomendados por la escritura), no gana honra entre los buenos. El carácter de uno (modelado según la escritura) muestra si uno es de alto o de bajo nacimiento, heroico o vanamente orgulloso de su hombría, puro o impuro. (Pero adoptando el código de conducta que usted inculca), un carácter ruin puede parecer noble, uno carente de pureza puede parecer puro, un individuo inauspicioso puede parecer auspicioso, y uno de viles costumbres puede parecer honesto. Si adopto este camino injusto, apto para producir confusión de castas, y ejecuto actos no reconocidos por la escritura, tendré, renunciando al bien, que cosechar solo mal. Entonces, ¿qué hombre dotado de conciencia y capaz de discernir entre lo recto y lo erróneo me honrará a mí, entregado a malos caminos y merecedor de universal reprobación? ¿De quién es este camino (que usted me pide seguir)? ¿Y por qué vía alcanzaré el cielo siguiendo el presente curso, que me haría abandonar mi voto? Cuando yo mismo haya (primero) erigido el deseo como mi norma de acción, todo el cuerpo del pueblo me seguirá: los súbditos adoptan los caminos que han adoptado sus soberanos. Esta eterna moral regia, fundada en la bondad hacia los súbditos, es verdaderamente cierta. Por eso un reino se basa esencialmente en la verdad; y este mundo mismo está establecido en la verdad. Los santos y los celestiales, ciertamente, estiman solo la verdad. En este mundo una persona veraz alcanza las regiones de Brahma. Las personas mentirosas hostigan a la gente tanto como las serpientes. En este mundo la virtud, que se dice ser la raíz de todo, está ella misma establecida en la verdad. En este mundo la verdad es el Señor; en la verdad está establecida la rectitud. Todo tiene por base la verdad. Ninguna condición es superior a la verdad. El Veda, que inculca la donación, el sacrificio, el homa y el ascetismo, se basa en la verdad. Uno protege a los hombres, otro a su familia; uno se hunde en el infierno, otro es honrado en el cielo. ¿Por qué no habría, pues, de obedecer el mandato de mi padre? Mi padre era de promesa veraz y de recta conducta; y con el objeto de observar su promesa, me impuso esto (para su fiel cumplimiento). Habiendo prometido a mi superior con un juramento, jamás, por codicia u olvido u orgullo, romperé el puente de la verdad. Hemos oído que los dioses y los Pitris no aceptan ofrendas de quien se inclina a la falsedad, o es inestable y de facultades volubles. Este deber de mantener la verdad, cuya influencia irradia por toda el alma, ciertamente lo hallo primordial; y esta carga ha sido (antes de ahora) llevada por personas dignas. Y por eso lo reverencio. Abjuro de esa moral kshatriya que, vistiendo el ropaje de la rectitud, es de hecho impiedad, y que siguen los de mente baja, o los malvados, o los codiciosos, o los pecadores. Una persona comete un pecado por medio de su cuerpo, pero después de haberlo dispuesto con exactitud en su mente; y ha hablado también una falsedad con su lengua. Así un pecado es triple. La tierra y la fama y la reputación y la auspiciosidad cortejan a la persona veraz. Los buenos siguen la verdad; por tanto, la verdad misma ha de ser buscada (por todos). Por eso lo aparentemente excelente que usted, tras haberlo bien averiguado, me ha dicho en palabras informadas por la razón, “Más valdría que hiciera usted esto”, me parece carente de nobleza. ¿Cómo, tras haber prometido a mi superior este destierro mío, obraré conforme a las palabras de Bharata, dejando de lado las de mi superior? Habiéndome yo mantenido firme en la promesa que había hecho a mi superior, aquella noble dama, Kaikeyi, quedó sumamente encantada. Viviendo en el bosque, puro, con alimentación regulada, yo, propiciando a los dioses y a los Pitris con frutos, flores y raíces, (cumpliré mi voto). Satisfaciendo a las cinco clases, yo, conservando mi sencillez y mi fe religiosa, y siendo capaz de distinguir entre lo recto y lo erróneo, pasaré el plazo (del destierro). Habiendo venido a este escenario de acción, uno debe hacer lo que es debido. Hasta Agni y Vayu y Soma cosechan los frutos de sus propios actos. Habiendo adquirido el nombre de Satakratu, el soberano de los celestiales ha ido al cielo; y, habiendo practicado rigurosas austeridades, los Maharshi han alcanzado las regiones celestiales». Habiendo oído las razones expuestas en aquel discurso ateo, que no podía dejar pasar sin censura, aquel de feroz energía, el hijo del rey, censurando lo que Javali había dicho, habló de nuevo: «La verdad, la rectitud, el poderío, la bondad con las criaturas, el buen hablar y el culto a los nacidos dos veces, a los dioses y a los huéspedes: estos han sido llamados por los piadosos los caminos al cielo. Habiendo oído debidamente que estos son capaces de conferir el summum bonum, y llegando también a la misma conclusión por razonamiento, los vipras, observando la moral adecuada y cabalmente con el mayor cuidado, desean ansiosamente alcanzar aquellas regiones. Censuro este acto de mi padre, a saber, que tomó (por sacerdote suyo) a uno de entendimiento perverso, que se mueve con ayuda de tal intelecto, que es espantosamente ateo y que se ha desviado del camino de la rectitud. Como es un ladrón, así es un Buda; y sepa que en este asunto un ateo se halla en igual predicamento. Por tanto, tal persona, cuando puede ser castigada como un ladrón por el bien del pueblo, debe ser castigada como un ladrón; y que ningún brahmán hable jamás con un ateo. Otros brahmanes que usted, superiores a usted, han practicado, sirviendo a este mundo y al otro, diversos actos excelentes. Por tanto, aquellos brahmanes, amén, que han perdonado la vida y de otros modos han practicado la moral, y también han dado en caridad, practicado austeridades y servido a otros, (celebran sacrificios en consonancia con los Vedas). Y los principales ascetas entregados a la religión, rodeados de los buenos, dotados de energía, teniendo la caridad por su atributo principal, libres de envidia y con el corazón limpio de toda mancha, son honrados en este mundo». Cuando el magnánimo Rama, de fuerza inalterada, hubo dicho esto con ira, aquel vipra con súplicas habló de nuevo con palabras cargadas de moral y de alta verdad espiritual: «No hablo el lenguaje de los ateos; ni soy ateo; ni es cierto tampoco que no haya nada (más allá). En ocasión de celebrarse las cosas relativas al otro mundo, soy de nuevo un creyente; y en ocasión de emprenderse las cosas conectadas con este mundo, soy de nuevo un ateo. Oh Rama, ha llegado poco a poco el momento en que, con el fin de hacerlo volver, es necesario que hable el lenguaje del ateísmo. Pero apaciguándolo, he hablado (de nuevo) esto (es decir: soy un creyente)».
Section 110
Sabiendo que Rama estaba airado, Vasishtha dijo: «Javali conoce la partida de las criaturas al otro mundo y su regreso de allí. Ansioso de hacerte volver, ha hablado así. Aprende ahora de mí, oh señor del mundo, la génesis de las criaturas. Todo era agua. En ella fue construida la tierra. Entonces surgió el Brahma autocreado junto con todos los celestiales. Convertido en jabalí, levantó la tierra y, junto con sus hijos de almas sometidas, creó todo. Brahma, eterno, existente a través de todo tiempo e incapaz de decaer, surgió del cielo. De él nació Marichi, y Kasyapa es hijo de Marichi. Vivasvat tuvo su nacimiento de Kasyapa, y Manu de Vivasvat. Manu fue antiguamente conocido como Prajapati. Ikshvaku es hijo de Manu; y este mundo fue primeramente conferido a Ikshvaku por Manu. Conoce a Ikshvaku como el primer rey en Ayodhya. El gracioso Kukshi es conocido como hijo de Ikshvaku. Y, oh héroe, el hijo de Kukshi fue Vikukshi. Vikukshi tuvo por hijo al poderoso Vana, dotado de energía extraordinaria. Vana tuvo por hijo al de brazos poderosos Anaranya, de elevadas austeridades. Durante el tiempo de aquel primero de los justos, el monarca Anaranya, no hubo sequía ni hambruna (en Ayodhya); ni había ladrones en aquel tiempo. Oh poderoso rey, de Anaranya nació el rey Prithu. De Prithu nació Trisanku, de poderosa energía. Este héroe, en virtud de su veracidad, fue al cielo en persona. Trisanku tuvo por hijo al famoso Dhundumara; y de Dhundumara nació Yuvanasva. El hijo de Yuvanasva fue el hermoso Mandhata; y de Mandhata nació Susandhi. Susandhi tuvo dos hijos: Dhruvasandhi y Prasenajit. Dhruvasandhi tuvo (por hijo) al ilustre Bharata, destructor de enemigos. De Bharata nació Asita, contra quien se alzaron como enemigos estos reyes hostiles, los haihayas, los talajanghas y los sasabindus, todos héroes. Habiendo luchado con ellos en batalla, el rey fue hostigado (por ellos). Y en el pintoresco Himavat se entregó al ascetismo. Se dice que en aquel tiempo sus dos esposas estaban encintas. Allí una de las exaltadas damas, de ojos semejantes a pétalos de loto, saludó al hijo de Bhrigu, dotado del esplendor de un celestial, deseosa de tener un excelente hijo. Otra administró veneno a la otra para destruir su feto. El hijo de Bhrigu llamado Chyavana se hallaba en aquel tiempo en Himavat. Presentándose ante el sabio, Kalindi lo saludó. Entonces él devolvió el saludo que había hecho aquella dama, ansiosa de asegurar una gracia para el nacimiento de un hijo: “Tendrás, oh dama, un hijo de alma poderosa, que será celebrado entre los hombres; y que será piadoso y poderoso, perpetuador de su raza y destructor de enemigos”. Al oír esto, aquella noble dama, tras haber dado la vuelta en torno a él y rendido respeto al asceta, se fue a su casa y dio a luz a un hijo dotado de ojos semejantes a pétalos de loto, y de brillo semejante al interior de un loto. Y porque su coesposa le había dado veneno para destruir su feto, y como consecuencia de ello había él entrado en contacto con el veneno, vino a llamarse Sagara. El nombre de aquel rey es Sagara, quien, habiendo sido iniciado en un sacrificio, excavó el océano, asustando al pueblo con la vehemencia de sus operaciones. Asamanja es conocido por haber sido hijo de Sagara. Este hombre malvado fue, aún en vida, desterrado por su padre. El hijo de Asamanja fue el poderoso Amsuman. Dilipa es hijo de Amsuman y el hijo de Dilipa es Bhagiratha. De Bhagiratha nació Kakutstha; de quien los Kakutsthas llegaron a ser bien conocidos. Kakutstha tuvo por hijo a Raghu; por quien han sido llamados los Raghavas. El hijo de Raghu es el enérgico Pravriddha, que devoraba seres humanos. Es conocido en la tierra con nombres como Kalmashapada, Saudasa. Hemos oído que el hijo de Kalmashapada fue Sankhana, quien, dotado de poderío, halló la destrucción junto con sus fuerzas. El hijo de Sankhana fue el hermoso y heroico Sudarsana. El hijo de Sudarsana fue Agnivarna y el de Agnivarna, Sighraga; el hijo de Sighraga fue Maru, y el de Maru, Prasusruka. El hijo de Prasusruka fue el magnánimo Ambarisha. El hijo de Ambarisha fue Nahusha, cuyo poder era la verdad. El hijo de Nahusha fue el sumamente virtuoso Nabhaga. Nabhaga tuvo dos hijos: Aja y Suvrata. El hijo de Aja fue el virtuoso rey Dasaratha. Su hijo mayor eres tú, celebrado con el nombre de Rama. Recibe tu propio reino y cuida del mundo. Entre los Ikshvakus, el primogénito llega a ser soberano. Existiendo el primogénito, un hijo menor no puede ser consagrado en el reino. Por tanto, hoy no te corresponde apartarte de la moral siempre vigente de los descendientes de Raghu. Rige esta tierra llena de gemas y dotada de alta fama; rígela, como un padre, conteniendo muchos reinos».
Section 111
Habiendo hablado así a Rama, el sacerdote real Vasishtha le habló de nuevo con palabras cargadas de rectitud, diciendo: «Para un hombre nacido hay tres superiores, a saber: el preceptor, oh Kakutstha, y el padre y la madre, oh Raghava. Oh primero de los hombres, el padre engendra a una persona, el preceptor imparte sabiduría y por eso es llamado superior. Yo, oh sometedor de enemigos, he sido el preceptor tanto tuyo como de tu padre. Haciendo lo que te digo, no perderás el estado de los justos. Estos cortesanos tuyos, estos parientes y estos reyes: protegiéndolos con virtud no perderás el estado de los justos. No te corresponde desatender las palabras de tu anciana y virtuosa madre. Haciendo lo que ella pide no perderás el estado de los justos. Oh Raghava, obrando como dice Bharata, que te lo solicita, tú, cuyo poder es la moral de la verdad, no serás frustrado del estado de los piadosos». Así dulcemente interpelado por su preceptor en persona, aquel primero de los hombres, Raghava, respondió a Vasishtha, sentado con él, diciendo: «Lo que un padre y una madre hacen siempre en favor de su hijo, y lo que efectúan en materia de sustento y sueño y vestido y constante dulce palabra, y juego, es difícil de pagar. Por tanto, lo que mi padre, el rey Dasaratha, me ha mandado hacer no debe ser falseado». Habiendo dicho esto Rama, el de ancho pecho Bharata, sumamente abatido, habló al cochero que estaba cerca, diciendo: «Oh cochero, extiende prestamente hierba kusa en el suelo aquí. Permaneceré cerca del noble hasta que se muestre benévolo (conmigo). Así como un nacido dos veces privado de su riqueza se tiende (a la puerta de una persona injusta), absteniéndose de alimento y en tinieblas, me tenderé yo ante esta cabaña, hasta que él se vuelva (a Ayodhya)». Entonces, con el corazón abatido, viendo a Sumantra mirando a Rama, Bharata mismo extendió la hierba kusa y se tendió sobre ella. A él habló aquel primero de los rajarshis, el sumamente enérgico Rama: «Oh Bharata, mi querido hermano, ¿qué te he hecho yo para que te tiendas así ante mí? Solo un brahmán puede obstruir a una persona tendiéndose junto a ella; pero no hay regla por la que un miembro de la clase militar pueda tenderse (de este modo). Oh mejor de los hombres, levántate, renunciando a este difícil voto; y, oh descendiente de Raghu, marcha tú desde aquí a aquella primera de las ciudades, Ayodhya». Sentado, Bharata, mirando a los ciudadanos y a los habitantes de las provincias, observó: «¿Por qué no solicitan ustedes al noble?». Entonces los ciudadanos y los moradores de las provincias respondieron a aquel de alma elevada, diciendo: «Percibimos que el descendiente de Raghu dice a Kakutstha lo que es conveniente; y este sumamente virtuoso se mantiene en las palabras de su padre. Por eso somos incapaces de decir algo de repente». Al oír su discurso, Rama dijo: «Escucha las palabras de estos amigos que tienen la moral por visión. Y, oh vástago de la raza de Raghu, oyendo sus manifestaciones respecto de ti y de mí, decide tú. Levántate, oh de brazos poderosos. Tócame y luego toca el agua». Levantándose entonces, Bharata, tras haber tocado el agua, dijo: «¡Cortesanos y ministros, escúchenme! Yo no deseaba el reino paterno; ni incliné a mi madre (a obtenerlo); ni sabía que el sumamente justo Raghava iba a buscar los bosques. Pero si él debe morar aquí, y así cumplir el mandato de nuestro padre, también yo permaneceré en el bosque catorce años». Asombrado por la determinación de Bharata, el justo Rama, mirando a los ciudadanos y a los habitantes de las provincias, dijo: «Ni Bharata ni yo podemos anular venta o prenda o compra alguna efectuada por nuestro padre en vida. Por tanto, no debo aceptar sustituto alguno para vivir en los bosques, que solo puede contribuir a mi censura. Kaikeyi ha dicho lo que es debido; y mi padre ha obrado bien. Sé que Bharata es indulgente y dado a servir a los superiores. Todo en aquel de alma elevada, atento a la verdad, parece benéfico. Habiendo vuelto del bosque, yo, en compañía de este hermano de virtuoso carácter, llegaré a ser digno amo de esta tierra. Habiendo hecho Kaikeyi consentir al rey (en su propuesta), he hecho como ella me dijo. Tú, obrando del modo apto para liberar a aquel señor de la tierra, nuestro padre (de la deuda de su promesa), hazlo así».
Section 112
Al observar el encuentro de los dos hermanos de energía sin par, capaz de erizar los cabellos, los Maharshis, sorprendidos, vinieron al lugar. Y permaneciendo invisibles, los ascetas, siddhas y santos principales admiraron a aquellos hermanos, los virtuosos Kakutsthas: «Bienaventurado aquel de quien son hijos estos dos, conocedores de la virtud y cuyo poder es la verdad. Habiendo oído su conversación, estamos encantados». Entonces los santos, deseosos de la destrucción del de diez cabezas, habiéndose puesto de acuerdo, se dirigieron prestamente a aquel primero de los monarcas, Bharata, diciendo: «Nacido en una estirpe ilustre, dotado de alta sabiduría, de alto carácter y de alta fama, debes aceptar las palabras de Rama, si te preocupas por la felicidad de tu padre. Deseamos que Rama obre siempre con veracidad respecto de su padre. En virtud de su veracidad en lo relativo a Kaikeyi, Dasaratha ha ido al cielo». Dicho esto, los gandharvas, los Maharshis y los rajarshis se fueron cada uno a su propia región. Tras rendir homenaje a aquellos santos, Rama, de presencia afable, al oír sus palabras, se llenó de alegría y se mostró hermoso con su deleitoso semblante. Pero con el cuerpo agitado (por la emoción), Bharata, con las manos juntas, se dirigió de nuevo a Raghava con palabras vacilantes (de sentimiento): «Oh Rama, teniendo en cuenta la moral de esta raza, te corresponde obrar conforme a las súplicas de mi madre (y tuya). Yo no me atrevo a gobernar yo solo este vasto reino, ni a complacer a los ciudadanos y a los habitantes de las provincias, apegados a ti. Y como los labradores permanecen esperando la lluvia, nuestros parientes, y guerreros, y amigos y partidarios aguardan con expectación tu llegada. Oh sapientísimo, aceptando el reino, ponlo en manos de alguna persona. Oh Kakutstha, quienquiera que escojas para desempeñar este oficio, sin duda resultará lo bastante fuerte para gobernar al pueblo». Dicho esto, Bharata cayó a los pies de su hermano; y dirigiéndose a él con dulzura: «Oh Raghava», lo solicitó una vez más. Tomando en su regazo a aquel de tez oscura, dotado de ojos semejantes a hojas de loto, Rama, con una voz semejante a la de un cisne enloquecido, habló a (Bharata): «Has alcanzado por fin la actitud mental que es natural y que viene también de la formación que uno recibe de manos de su preceptor. Y, hermano, te atreves a mucho al proteger la tierra. Tomando consejo con cortesanos, partidarios y ministros inteligentes, lleva a cabo grandes empresas. Aunque la belleza abandone a la luna, o Himavat su nieve, o el océano desborde sus orillas, yo no abandonaré la promesa de mi padre. Y, hermano mío, no debes albergar en tu mente lo que tu madre, incitada por la codicia o por afecto a ti, ha hecho; y debes obrar con ella como se debe con la propia madre». Cuando Rama, semejante al sol en energía y semejante en aspecto a la luna de Pratipat, hubo dicho esto, Bharata dijo al hijo de Kausalya: «Oh noble, quítate de los pies tus sandalias adornadas de oro. Estas protegerán lo que la gente ha conseguido y te asegurarán lo que les falta». Entonces, quitándose las sandalias, aquel de gran energía se las dio al magnánimo Bharata. Bharata, inclinándose ante las sandalias, dijo: «Oh héroe, durante catorce años yo, llevando cabellos enmarañados y corteza, y sustentándome de frutos y raíces, oh vástago de la raza de Raghu, esperando tu llegada, permaneceré fuera de la ciudad, habiendo, oh sometedor de enemigos, confiado la tarea del gobierno a tus sandalias. Y, primero de los Raghus, si cumplidos los catorce años no te veo, entraré en el fuego». Prometiendo: «Así sea», y abrazando con afecto a Bharata, y abrazando también a Satrughna, Rama dijo: «Protege a tu madre Kaikeyi. No te enojes con ella. Tanto Janaki como yo te conjuramos a hacer esto, oh descendiente de Raghu». Dicho esto, soltó a su hermano, con lágrimas en los ojos. Entonces, aceptando aquellas sandalias bruñidas y guarnecidas, Bharata, versado en la moral, dio la vuelta en torno a Raghava, y colocó las sandalias sobre la cabeza de un excelente elefante. Luego, habiendo honrado uno por uno a aquella asamblea, y a su preceptor y a los consejeros, y a los súbditos y a sus hermanos menores, el perpetuador de la raza de Raghu, firme en su propio deber como el mismo Himavat, se despidió de ellos. Sus madres, con las gargantas invadidas por el vapor del dolor, no pudieron decirle nada por la angustia del corazón. Y Rama también, tras rendir homenaje a todos ellos, llorando entró en su propia cabaña.
Section 113
Entonces, tomando el par de sandalias sobre su cabeza, Bharata, en compañía del muy complacido Satrughna, subió al carro. Y Vasishtha, y Vamadeva y Javali, firme en su voto, así como los ministros, honrados por sus consejos, fueron delante. Y rodeando el encantador Mandakini, se dirigieron hacia el este, circunvalando (al mismo tiempo) la poderosa colina Chitrakuta. Y contemplando por millares diversas clases de hermosos minerales, Bharata, acompañado de su ejército, avanzó por el costado (de la colina). A corta distancia de Chitrakuta, Bharata divisó el sitio donde el asceta Bharadwaja había construido su morada. Acercándose a la ermita, el poderoso Bharata descendió del carro, y el hijo de Raghu rindió entonces homenaje a los pies del santo. Entonces Bharadwaja, muy complacido, dijo: «¿Has hecho, hijo mío, al encontrarte con Rama, lo que te correspondía hacer?». Así interpelado por el inteligente Bharadwaja, Bharata, apegado a la rectitud, respondió a este, diciendo: «Solicitado por nuestro preceptor y por mí, Raghava, de poderío firme, muy complacido, dijo a Vasishtha: “Cumpliría fielmente la promesa de mi padre durante catorce años; pues esa es precisamente la promesa de mi padre”. Así abordado, el sapientísimo Vasishtha, hábil en el habla, replicó a Raghava con estas palabras preñadas de sentido: “Concede (a Bharata), muy complacido, tus sandalias adornadas de oro. Con ello, oh sapientísimo, podrás proteger lo que el pueblo tiene y asegurarle lo que no tiene”. Así interpelado por Vasishtha, Raghava, de cara al este, me confirió sus sandalias adornadas de oro, a fin de que yo llevara adelante el gobierno del reino. Mandado por el magnánimo Rama, desando mis pasos. Iré a Ayodhya, llevando conmigo las sandalias». Al oír estas auspiciosas palabras de Bharata, de alma elevada, el asceta Bharadwaja dijo a Bharata: «No es de extrañar que Rama haya obrado noblemente contigo, el primero entre los hombres y poseedor de un (excelente) carácter y disposición, así como el agua derramada fluye hacia abajo. Tu padre Dasaratha ha quedado libre de sus deudas, pues tiene un hijo como tú, justo y apegado a la virtud». Cuando el asceta hubo dicho esto, Bharata, con las palmas juntas, rindió sus respetos a aquel sapientísimo, tomando sus pies. Y tras haber dado una y otra vez la vuelta en torno a Bharadwaja, el gracioso Bharata fue a Ayodhya acompañado de sus consejeros. Y volviendo en carros y carretas, caballos y elefantes, aquel ejército, que marchaba tras Bharata, se extendió ampliamente. Y tras haber cruzado el hermoso río Yamuna que fluía en olas, vieron de nuevo el río Ganga de aguas auspiciosas. Y habiendo cruzado con su amigo aquel río lleno de hermosas aguas, Bharata, junto con su ejército, entró en la encantadora ciudad de Sringavera. Y de la ciudad de Sringavera fue a Ayodhya y la vio de nuevo. Y al ver Ayodhya privada de su padre y de su madre, Bharata, ardiendo de dolor, dijo al cochero: «Oh cochero, mira aquella Ayodhya, que, despojada de su esplendor y de sus adornos, y sumida en la pena, abandonada y silenciosa, no parece deleitosa».
Section 114
Llegando en un carro que emitía un sonido bajo y solemne, aquel señor, el famosísimo Bharata, entró prestamente en Ayodhya, recorrida por gatos y búhos, con las puertas de las moradas de la gente cerradas; como una noche envuelta en tinieblas; lóbrega e invisible; semejante a la amada esposa del enemigo de Rahu, Rohini, brillante con el lustre de este, cuando queda abandonada por estar su amante afligido por aquel planeta; como un torrente de montaña reducido, con sus aguas turbias y algo calientes, y sus aves ardiendo en el calor; y con sus peces, caimanes y demás animales acuáticos enflaquecidos; semejante a una llama de fuego sin humo que se eleva en esplendor dorado, rociada luego con mantequilla clarificada y, por último, apareciendo con su cresta extinguida; con armaduras esparcidas por doquier, y elefantes y caballos y carros y estandartes enfermos, y héroes yaciendo muertos, en la angustia; como un ejército en un poderoso encuentro; semejante a las silenciosas ondulaciones del océano levantadas por la suave brisa, que hasta hace poco (en forma de oleaje) se henchían, desbordando de espuma y lanzando rugidos; como un estrado silencioso una vez terminado el sacrificio, sin los accesorios sacrificiales, sin sacerdotes dignos; como la esposa de un buey joven, atormentada de ansiedad por haber sido abandonada por su buey favorito, quedándose angustiada en un corral, absteniéndose de hierba fresca; como una sarta de perlas nuevas separada de nobles rubíes de suave fulgor y otras excelentes gemas; como una estrella al expirar su mérito, que se mueve de su lugar y es desalojada del cielo, cayendo a la tierra con su brillo contraído; como una enredadera florida al final de la primavera con bhramaras enloquecidos, súbitamente dejada sin fuerzas por haber sido atrapada por un incendio forestal; con sus mercaderes sumidos en la pena, y sus tiendas y puestos cerrados; como el firmamento cubierto de nubes, con su luna y sus estrellas ocultas; como un lugar sucio y descubierto donde se bebe, con todo el vino agotado y esparcido de cuencos rotos, y con los bebedores yaciendo muertos; como un depósito con su terraza hendida, lleno de vasijas rotas y yaciendo con sus pilares aplastados; como una larga y fuerte cuerda de arco fijada en un arco provisto de lazos, que cae del arco al suelo, rota por la presión de la flecha; como una yegua, súbitamente espoleada por un jinete hábil en la batalla, que yace (en el suelo), muerta por las fuerzas hostiles.
Aquel hijo de Dasaratha, el hermoso Bharata, mientras avanzaba en su carro, se dirigió al cochero mientras este conducía aquel mejor de los carros, diciendo: «¿Por qué no oigo, como antes, los solemnes sonidos del canto y de la música instrumental que se extendían por todas partes en Ayodhya? Y no se respira alrededor el aroma del licor, ni el perfume de guirnaldas, ni el incienso de aguru y sándalo. Y, desterrado Rama, en esta ciudad no se oye el suave relincho de los corceles, el traqueteo de los vehículos, el rugido de los elefantes enloquecidos, ni el gran estrépito de las armas. Y habiéndose ido Rama al bosque, los jóvenes, heridos de dolor, no gozan del incienso de aguru y sándalo, ni de costosas coronas frescas. Y las personas que llevan guirnaldas variadas no salen a pasear; y no se celebran fiestas en la ciudad herida de pena por Rama. Sin duda la gracia de la ciudad se ha ido con mi hermano. Sin duda aquella Ayodhya no se ve hermosa como una noche otoñal con aguaceros cayendo. ¿Cuándo vendrá mi hermano aquí, como una fiesta, para alegrar todos los corazones de Ayodhya como la lluvia en verano? Y las calzadas serán realzadas por jóvenes elegantemente ataviados y de gallardo porte en Ayodhya». Dicho esto con dolor, Bharata, en compañía del cochero, entró en Ayodhya e inmediatamente fue a la residencia de su padre, privada de aquel primero de los hombres, como una caverna privada de su león. Viendo el aposento interior despojado de su esplendor, como un día privado del sol, llorado por las deidades y sucio por todas partes, el sereno Bharata, segado por el dolor, empezó a derramar lágrimas.
Section 115
Habiendo dejado a sus madres en Ayodhya, Bharata, firme en su voto, ardiendo de dolor, dijo a sus preceptores: «Iré a Nandigrama, y por tanto los saludo a todos. Allí sufriré toda esta pena por la ausencia de Rama. El rey ha ido al cielo, y mi superior permanece en los bosques. Permaneceré esperando a Rama, asumiendo las riendas del gobierno. En verdad aquel ilustre es el rey». Al oír este excelente discurso de Bharata, de alma elevada, los consejeros así como el sacerdote Vasishtha dijeron: «Lo que dices, oh Bharata, movido por el afecto a tu hermano, es digno de ti y muy loable. ¿Quién no refrendará lo que ha salido de ti, siempre ocupado en servir a tus amigos, afirmado en el amor fraternal, y que has emprendido un noble camino?». Habiendo oído las palabras de los consejeros, aceptables y gratas, Bharata dijo al cochero: «Unce mi carro». Luego, con semblante alegre, habiendo hablado a sus madres, aquel gracioso subió al carro en compañía de Satrughna. Habiendo subido rápidamente al carro, tanto Satrughna como Bharata, muy alegres de corazón, partieron, rodeados de consejeros y sacerdotes. Y yendo delante, todos los preceptores encabezados por Vasishtha avanzaron hacia el este, dirección en que quedaba Nandigrama. Y las fuerzas, llenas de elefantes y caballos y carros, aunque no fueron llamadas, partieron al avanzar Bharata, así como todos los ciudadanos. Y subiendo al carro, el virtuoso Bharata, apegado a su hermano, fue rápidamente a Nandigrama, sosteniendo sobre su cabeza las sandalias (de Rama). Luego, entrando en Nandigrama en poco tiempo, Bharata se apeó rápidamente del carro y se dirigió a sus preceptores, diciendo: «Esta monarquía me ha sido confiada en depósito; y estas sandalias adornadas de oro llevarán adelante la obra del gobierno, protegiendo lo que el pueblo tiene y asegurándole lo que no tiene». Entonces, inclinándose ante las sandalias, que representaban el depósito, Bharata, ardiendo de dolor, se dirigió a todo el cuerpo de los súbditos, diciendo: «Sostengan prestamente el parasol (sobre estas sandalias). Estas representan los queridos pies del exaltado. Por medio de estas sandalias de mi superior se establecerá la moral regia (del reino). Este reino, por amor, me ha sido conferido en depósito; por tanto, lo gobernaré hasta que venga Raghava. Poniendo de nuevo prestamente estas sandalias en los pies de Raghava, las contemplaré con las sandalias puestas. Al venir Raghava (de vuelta), yo, echada sobre él mi carga, entregándole el reino, me dedicaré a servir a mi superior. Y habiendo devuelto a Raghava el depósito en forma de estas sandalias, este reino y Ayodhya, quedaré lavado de mi pecado». Desde entonces, vistiendo corteza y cabellos enmarañados, y con atuendo de asceta, el heroico Bharata moró en Nandigrama con sus fuerzas. Habiendo confiado todo el mando a las sandalias, Bharata mismo sostenía el parasol y el abanico de cola de yak provisto de pelo. Y el gracioso Bharata, habiendo entronizado las sandalias del noble, llevaba siempre el gobierno en subordinación a ellas.
Section 116
Habiendo regresado Bharata, mientras Rama moraba en los bosques, él (Rama) notó espanto entre los ascetas, junto con un deseo de trasladarse a otro lugar. Y a aquellos ascetas que vivían felices en la ermita de Chitrakuta, confiando en Rama (para su protección), los halló agitados por la ansiedad. Y por medio de señas con los ojos y de contracciones del entrecejo, afligidos por el miedo, hablaban lentamente entre sí aludiendo a Rama. Percibiendo su ansiedad, Rama, temeroso de sí mismo, con las manos juntas se dirigió al asceta patriarca, diciendo: «Oh reverendo, ¿encuentran ustedes que me desvío del camino de los soberanos anteriores, o que obro contra su práctica, lo cual ha desconcertado (las mentes de) estos ascetas? ¿Han visto los sabios que mi (hermano) menor, el de alma elevada Lakshmana, haya hecho por inadvertencia algo indigno de él? ¿No les ministra ahora Sita, ocupada en servirles y teniendo que servirme a mí, como debe hacerlo una mujer?». Entonces cierto asceta anciano y decrépito, con el cuerpo tembloroso, dijo a Rama, siempre bondadoso con las criaturas: «¿Dónde está la decadencia de aquel de excelente carácter, ocupado en oficios de beneficencia, más especialmente con respecto a los ascetas? Este temor, que viene de los rakshasas, aflige a los ascetas por causa tuya, y ellos, sumamente agitados, conversan entre sí (sobre el asunto). Un rakshasa llamado Khara, hermano menor de Ravana, ha estado hostigando a los ascetas que moran en Janasthana. Y también Dhrishta, un rakshasa intrépido y malvado, devorador de seres humanos, y el injusto Avalipta, no pueden soportarte, hijo mío. Mientras, hijo mío, has estado residiendo en esta ermita, los rakshasas han estado plagando a los ascetas. Y se muestran unas veces en formas repugnantes, otras en horribles y espantosas, en diversas formas aterradoras capaces de asustar a la gente. Y arrojan cosas execrables e inmundas entre los ermitaños, y atormentan a los que se les ponen por delante. Y se deleitan en acercarse a las ermitas sin ser percibidos, y en matar a los ascetas, tras haberlos atado con sus brazos. Y en ocasión de los sacrificios, tiran los recipientes que contienen los objetos sacrificiales, vierten agua en el fuego sacrificial y rompen los recipientes que contienen agua. Ansiosos de abandonar esta ermita infestada por aquellos malvados, y de trasladarse a otro lugar, los sabios han estado hoy exhortándome (sobre el asunto). Y, oh Rama, antes de esto, aquellos malvados han matado a ascetas. Por eso abandonaremos esta ermita. No lejos de aquí hay un pintoresco bosque abundante en frutos y raíces. Allá me dirigiré yo junto con mi propia gente. Khara te molestará también a ti. Si lo juzgas conveniente, vete de aquí en nuestra compañía. Oh Raghava, aunque eres vigilante, capaz y en todo sentido competente, te sería desagradable morar aquí ahora en la duda».
Cuando el ansioso asceta hubo dicho esto, Rama no pudo consolarlo con sus palabras. Entonces, tras rendir homenaje a Rama, y hablarle y alentar a Raghava, el asceta patriarca, abandonando la ermita, se fue con su propia gente. Y Rama, habiendo (por un tiempo) seguido al sabio que se marchaba de aquel lugar, y habiéndole rendido respetos, permitido por ellos, muy complacido, y aconsejado (sobre lo que le convenía hacer), llegó a sus aposentos y reposó allí. (Desde entonces) Raghava no dejó ni por un momento aquella ermita abandonada por los sabios. Teniendo Raghava en su carácter tales cualidades que podían servir de ayuda a los sabios, los ascetas (que quedaron atrás) siguieron siempre a Raghava.
Section 117
Cuando los ascetas se hubieron ido, Raghava reflexionó (sobre su estancia en aquel lugar); y por diversas razones no le agradó seguir allí más tiempo: «Aquí he visto a Bharata y a mi madre en compañía de los ciudadanos. Abrumados de dolor por mi causa, siempre vuelven a mi memoria. Y como las tropas de aquel de alma elevada se han acuartelado aquí, así como el estiércol arrojado por sus elefantes y caballos, este lugar se ha ensuciado en extremo. Por tanto, iré a otra región». Habiendo decidido esto en su mente, Raghava partió junto con la hija de Videha y Lakshmana. Y habiendo llegado a la ermita de Atri, aquel renombrado rindió homenaje (al sabio); y el reverendo Atri, por su parte, recibió a Rama como a un hijo. Y habiendo dado en persona a Rama respetuosa acogida y agasajo, el asceta miró con ojo benigno al exaltado Lakshmana y a Sita. Y habiendo venido allí su anciana esposa, Atri la saludó; y tras haberle sido rendido homenaje, el sabio conocedor de la virtud, siempre ocupado en el bien de todas las criaturas, la alegró (presentándole a Sita). Y aquel mejor de los sabios dijo a la piadosa asceta, Anasuya, ocupada en oficios de virtud: «Acoge a la hija de Videha». Y Atri refirió a Rama asuntos relativos a la asceta, ocupada en oficios de virtud: «El pueblo ardía sin cesar a causa de una sequía de diez años. Oh sin pecado, aquella que se asemeja a tu madre es esta, por quien, dotada de rígido ascetismo y adornada de penitencias voluntarias, fueron creados frutos y raíces y se hizo fluir la Jahnavi por la ermita; por quien fueron practicadas poderosas austeridades durante diez mil años; en virtud de cuyas penitencias cesaron las perturbaciones al ascetismo de los sabios; por quien diez noches fueron reducidas al compás de una sola. Que Vaidehi recurra siempre a esta anciana asceta exenta de ira, que es digna de que todas las criaturas se inclinen ante ella». Cuando el santo hubo hablado así, Raghava, diciendo: «Así sea», volvió los ojos a Sita, y así habló a aquella conocedora de la moral: «Oh princesa, has oído lo que ha dicho el asceta. Por tu propio bien, recurre prestamente a la asceta ermitaña. Recurre sin demora a la asceta Anasuya, que es digna de ser frecuentada y que por virtud de sus actos ha alcanzado renombre entre los hombres». Al oír estas palabras de Raghava, la hija de Mithila, la ilustre Sita, se acercó a la justa esposa de Atri. Entonces Sita, anunciando su nombre, saludó a la piadosa y casta Anasuya, anciana, de articulaciones flojas, con pliegues por toda la piel y el cabello encanecido por la edad, cuyo cuerpo temblaba sin cesar, como una hoja de plátano en el viento. Habiendo rendido homenaje a aquella asceta con los sentidos sometidos, Vaidehi, alegre de corazón, con las manos juntas, le preguntó por su bienestar. Viendo a la virtuosa Sita entregada a obras justas, la anciana dama, consolándola, dijo: «Por suerte es que estimas la rectitud. Oh Sita, habiendo dejado a tus parientes, y desterrando el orgullo, has seguido, oh honrada dama, a Rama que permanece en los bosques. Las que aman a sus maridos, vivan en la ciudad o en el bosque, estén ellos bien o mal dispuestos hacia ellas, alcanzan un gran estado. Malvado, o lascivo, o indigente, un marido es una deidad suprema para una esposa de noble carácter. Mayor amigo que el marido no hallo ninguno, oh Vaidehi, que es digno de ser servido en este mundo y en el otro, y que es como un ascetismo imperecedero. Pero las malas mujeres cuyos corazones tienen hambre de carnalidad, y que dominan a sus maridos, no llegan a conocer las virtudes y los defectos (de sus maridos); y andan a su antojo. Hija de Mithila, ciertamente las mujeres de esta clase, dadas a hacer malas acciones, cosechan infamia y decaen de la rectitud. Pero las mujeres dignas como tú, dotadas de excelencias, ven un mundo superior y mejor, y recorren las regiones celestiales, como las personas piadosas. Por tanto, siguiendo a esta, y adoptando la conducta de las mujeres castas, sé la compañera en virtud de tu marido, y entonces alcanzarás tanto fama como mérito religioso».
Section 118
Así interpelada por Anasuya, Vaidehi, exenta de malicia, honrando sus palabras, comenzó: «Que usted me instruya no es de extrañar en usted. Sé que el guía espiritual de una mujer es su marido. Aunque un marido sea pobre y de carácter desacreditado, debe ser obedecido sin rencor por una como yo. ¿Y qué decir de uno coronado de cualidades, bondadoso, dueño de sí, de afecto firme, de alma justa, y que es querido como un padre o una madre? El sumamente fuerte Rama se conduce con las demás esposas del monarca como con la propia Kausalya. Renunciando a todo sentimiento de importancia propia, aquel héroe, versado en la rectitud, devoto de su rey, considera como a sus madres a aquellas en quienes el monarca puso alguna vez los ojos. Lo que mi suegra me instruyó cuando partía hacia el bosque solitario y temible está constantemente presente en mi mente. Y lo que también mi madre me enseñó en presencia del fuego en ocasión de la entrega de mi mano, también lo recuerdo. Y, oh usted, entregada a actos de rectitud, no he olvidado las palabras que mis parientes me dijeron, a saber, que el ascetismo de una mujer es servir a su marido. No me enseñaron ninguna otra cosa. Por haber servido a su señor, Savitri es muy honrada en el cielo; y usted también, siguiendo la misma conducta, en virtud de haber servido a su marido, ha asegurado el cielo. Y esta primera de las mujeres, esta diosa del cielo, Rohini, no se ve ni un momento sin la luna. Y mujeres principales de esta clase, firmes en sus maridos, son muy respetadas en las regiones celestiales en virtud de sus actos piadosos». Al oír las palabras de Sita, Anasuya, sumamente encantada, olió su cabeza y habló así, complaciendo a Maithili: «Observando restricciones, he ganado gran ascetismo. Recurriendo a esa energía, yo, oh Sita, te concedería una gracia, oh de votos puros. Oh Maithili, tus palabras son justas y apropiadas. Estoy muy complacida (contigo). Dime, oh Sita, ¿qué bien puedo hacerte?». Al oír sus palabras, Sita, sorprendida, dijo con una sonrisa a aquella dama dotada de fuerza ascética: «Todo esto ha sido hecho por usted». Así abordada, aquella conocedora de la virtud quedó aún más complacida, y dijo: «Estoy sumamente complacida (con tus palabras). Lograré un deseo mío. Esta noble y espléndida guirnalda, este atuendo, estos adornos y este precioso ungüento para adornar el cuerpo, presentados por mí: que estos, oh Sita, adornen tu persona. Estos, dignos de ti, nunca se empañarán. Oh hija de Janaka, untando tu persona con este excelente ungüento, adornarás a tu marido como Sri adorna al imperecedero Vishnu». Entonces la hija de Mithila aceptó aquellas cosas que se le presentaron por amor, a saber, el atuendo, el ungüento, los adornos y la guirnalda. Habiendo aceptado aquellos presentes conferidos por amor, aquella ilustre, Sita, se sentó tranquilamente junto a la asceta con las manos juntas. Entonces, estando sentada Sita, Anasuya, firme en su voto, le preguntó acerca de una cosa que tenía cerca del corazón, diciendo: «He oído, oh Sita, que fuiste ganada por el renombrado Raghava en ocasión de una elección propia. Oh Maithili, quisiera oír esa historia, relatada con detalle. Por tanto, te corresponde relatármela por extenso». Así interpelada, Sita, diciendo a la asceta entregada a obras piadosas: «¡Escuche!», comenzó a contar la historia. «El señor de Mithila, el heroico Janaka, rige la tierra con justicia, ocupado en observar los deberes de los kshatriyas. Mientras él araba una llanura destinada a un sacrificio, yo surgí de debajo de la tierra; y (en este sentido) soy hija de aquel rey. Al cuidarme, con mi cuerpo cubierto de polvo, Janaka, ocupado en arrojar puñados de tierra (para nivelar los huecos), quedó atónito. Sin hijos, me tomó en su regazo por afecto, y diciendo: “Esta es mi hija”, concibió cariño por mí. Entonces se pronunciaron en el firmamento palabras semejantes a las de un ser humano: “Oh rey, en toda rectitud, esta es tu hija”. Entonces, muy complacido, mi justo padre, el rey, señor de Mithila, recibiéndome, alcanzó gran fortuna. Confiada a la piadosa reina mayor, noble, deseosa de tener descendencia, fui criada por aquella dulce dama con la ternura de una madre. (Con el tiempo), viéndome apta para la compañía de un marido, mi padre, angustiado, se sumió en el pensamiento, como un pobre que ha perdido su riqueza. Aunque el padre de una muchacha sea semejante al propio Sakra en la tierra, cosecha el odio de manos de sus iguales y de sus inferiores. Percibiendo este oprobio a corta distancia, el rey se sumió en un mar de ansiedad, pero no pudo cruzarlo, como quien carece de balsa. Sabiendo que yo no había nacido de vientre de mujer alguna, el señor de la tierra, reflexionando sobre ello, no pudo dar con un marido adecuado y apropiado para mí. Entonces, mientras reflexionaba, se le ocurrió este pensamiento: “Celebraré con rectitud la elección propia de mis hijas”. En el gran sacrificio de Daksha, el de alma elevada Varuna, bien complacido, había conferido a Devarata un excelente arco con flechas inagotables y un par de carcajes. Incapaces de moverlo por su peso, los reyes no podían ni soñar con doblar el arco. Habiendo obtenido el arco, mi veraz padre dijo: “¡No teman!”, invitando al mismo tiempo a los reyes a una asamblea de soberanos. “Aquel que, levantando el arco, lo encuerde, recibirá sin duda a mi hija por esposa”. Viendo aquel mejor de los arcos, en peso semejante a una colina, los reyes, saludándolo, se van, incapaces de moverlo. Y sucedió que, tras largo tiempo, este altamente resplandeciente Raghava vino a presenciar el sacrificio en compañía de Visvamitra. Y Rama, cuyo poder era la verdad, y el justo Visvamitra fueron recibidos respetuosamente por mi padre. Entonces Visvamitra dijo a mi padre: “Los descendientes de Raghu, hijos de Dasaratha, Rama y Lakshmana, están ansiosos por contemplar el arco”. Así abordado por el vipra, mi padre trajo el arco y mostró aquel arco celestial a los príncipes. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, doblándolo, el poderoso (Raghava) encordó el arco y lo tensó. Y al tensarlo con vehemencia, se quebró por el medio en dos. Y su sonido fue espantoso, como el estallido de un rayo. Entonces, levantando una excelente vasija de agua, mi veraz padre se dispuso a entregarme a Raghava. Y entregada a Raghava, fui aceptada por él, después de haber consultado el deseo de su padre, aquel señor, el soberano de Ayodhya. E invitando a mi suegro, el anciano rey Dasaratha, mi padre me entregó a Rama, que tenía conocimiento de sí. Y mi padre entregó a Lakshmana por esposa a mi hermana menor, la hermosa y casta Urmila. Así fui entregada a Rama en ocasión de aquella elección propia. Y desde entonces me he consagrado a mi marido, el primero de los poseedores de poderío».
Habiendo oído esta espléndida historia, Anasuya, conocedora de la rectitud, olió la cabeza de la hija de Mithila y abrazó a Sita con sus brazos. «He oído todo lo que tú, describiendo la elección propia, has dicho con dulzura y belleza en letras y pies articulados. Oh de dulce habla, tu narración me ha deleitado. Pero anunciando la noche auspiciosa, el gracioso Sol se ha puesto. Y se oyen las notas de las aves, que, tras haber andado en busca de alimento, descansan ahora con el fin de dormir. Y estos ascetas, habiéndose bañado, se encaminan en grupo, llevando cántaros de agua, con sus cortezas empapadas de agua. Y el humo que sube del sacrificio de fuego debidamente celebrado por los ascetas, rojizo como el color del cuello de la paloma, se ve llevado por el viento. Y los árboles de escaso follaje aparecen densos (por todos lados); y ya no se percibe la distancia. Y los animales que andan de noche van de un lado a otro por todas partes; y esos ciervos de la ermita reposan en los estrados. Oh Sita, ha llegado la noche coronada de estrellas; y, velada en luz de luna, aparece la luna en los cielos. Ve; te lo permito. Busca la compañía de Rama. Me ha complacido tu dulce conversación. Y, oh hija de Mithila, adórnate ante mí. Complácime así, hija mía, tú que te ves hermosa con excelentes adornos». Entonces, habiéndose adornado, Sita, semejante a la hija de un celestial, inclinándose a los pies (de la asceta), dirigió sus pasos hacia Rama. Y aquel mejor de los oradores, Raghava, vio a Sita adornada con los ornamentos afectuosamente presentados por la asceta; y se regocijó por ello. Entonces la hija de Mithila, Sita, relató a Rama todo acerca de cómo había sido afectuosamente obsequiada por la asceta con atuendo, adornos y la guirnalda. Entonces, al presenciar el honor que se había otorgado a Maithili, raro entre los hombres, Rama quedó muy complacido, y también aquel poderoso guerrero de carro, Lakshmana. Luego el hijo de Raghu, servido por la asceta, pasó felizmente allí la deleitosa noche, con ella de rostro semejante a la luna. Pasada la noche, aquellos primeros de los hombres, tras hacer sus abluciones, preguntaron a los ascetas que celebraban sacrificios de fuego y vivían en el bosque. Entonces los justos ascetas que recorrían el bosque dijeron que todos los lados del bosque estaban infestados por rakshasas: «Fieras feroces que se banquetean con sangre, y rakshasas, oh Raghava, que viven de seres humanos, que adoptan diversas formas, moran en este poderoso bosque. Estos devoran a los ascetas que llevan la forma de vida de brahmacharya y que resultan estar impuros o descuidados. Tú, pues, oh Raghava, déjalos. Este es el sendero de los Maharshis, que procuran frutos en el bosque. Por este camino podrás entrar en lo salvaje impracticable, oh Raghava». Así interpelado por los ascetas nacidos dos veces, y habiendo sido bendecido por ellos, aquel sometedor de enemigos, Raghava, entró en el bosque en compañía de su esposa y de Lakshmana, como el sol entrando en una masa de nubes.