Kanda 4 of 7
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Kishkindha Kanda
Section 1
Dirigiéndose con Lakshmana al lago Pampa, lleno de lotos rojos y blancos y de peces, Rama, con los sentidos agitados, comenzó a lamentarse. Y al contemplar allí aquel lago, sus sentidos se estremecieron de deleite. Turbado por la pasión, habló a Saumitri, diciendo: «Mira, oh Saumitri, cuán hermosamente aparece Pampa, de agua transparente como el vaidurya, engalanada con lotos rojos y blancos en plena flor y con árboles diversos. Observa también, oh hijo de Sumitra, el pintoresco bosque que rodea el lago, donde los árboles, coronados de grandes ramas semejantes a las cumbres de una montaña, parecen otras tantas colinas. La agonía del espíritu que nace del rapto de Sita y del dolor de Bharata me ha estado moliendo a mí, que ya estaba herido de pena. En verdad contribuye a mi dicha el agradable lago Pampa, de agua fresca, salpicado de flores diversas, cubierto de lotos, de suma elegancia, ceñido de bosques variados donde abundan animales voraces y que frecuentan ciervos y aves. Este prado verde, jaspeado de amarillo y de azul, aparece de belleza realzada por las diversas flores de los árboles, como si estuviera cubierto con una manta de matices diversos. Las copas de los árboles, ricas en ramilletes floridos, están enlazadas por trepadoras de puntas en flor. Ha llegado ahora, oh Saumitri, la fragante primavera de brisas agradables, cuando prevalece grandemente la influencia de Cupido y los árboles se engalanan de frutos y flores. Mira, oh Saumitri, la belleza de los bosques, que derraman flores como las nubes derraman la lluvia. Árboles diversos que crecen sobre superficies rocosas, movidos por el viento, han estado esparciendo flores sobre la tierra. Mira, oh Saumitri, el viento juega, por así decirlo, con las flores caídas, las que caen y las que cuelgan de los árboles. Las abejas, ahuyentadas y cantando, persiguen al viento, que mueve las ramas floridas de los árboles. Al salir de las cavidades de las montañas, el viento canta, por así decirlo, y hace bailar a los árboles con las notas musicales de los cucos deleitados. El viento, haciendo chocar entre sí las copas de los árboles, las ensarta, por así decirlo, unas con otras. El viento fresco como el sándalo, de grato contacto, que siempre quita el agotamiento de la fatiga, sopla por doquier llevando consigo una fragancia pura. Los árboles de este bosque de olor a néctar resuenan, por así decirlo, con el zumbido de las abejas. Colinas coronadas de árboles floridos y pintorescos se alzan hermosas sobre esta extensión montañosa. Los árboles de copas floridas, sacudidos por las corrientes del aire y coronados de abejas, bailan, por así decirlo, al compás de melodiosas cadencias. Mira, los Karnikaras cubiertos de flores aparecen por todas partes como seres humanos adornados con joyas de oro y vestidos con paños amarillos. Esta primavera, oh Saumitri, resonante con las notas musicales de las aves, ha estado encendiendo mi dolor, a mí, que estoy sin Sita. Cupido me ha estado hiriendo aún más, a mí, que estoy herido de dolor, y los cucos me han estado desafiando, mostrando su regocijo, oh Lakshmana. En las agradables fuentes, los Datyuhas deleitados me han estado afligiendo con sus gorjeos, a mí, que estoy poseído por Cupido. En otro tiempo, mi amada, mientras estaba en la ermita, deleitada con la música de estas aves, solía alcanzar un gozo mayor al llamarme para que las oyera. Mira, aves de matices variados, emitiendo notas diversas, han estado posándose sobre los árboles, las arboledas y las enredaderas desde varios rumbos. Oh Saumitri, aves y abejas de notas melodiosas, acompañadas de sus compañeras y deleitadas en su mutua compañía, están en las orillas de este lago. Allí viven felices bandadas de buitres deleitados. Los árboles, resonantes con los lascivos murmullos de los Datyuhas y los Punskokilas, han estado encendiendo mi amor. El fuego de la primavera, que tiene por brasas los racimos de los asokas, por sonido el zumbido de las abejas y por llama el rubor de los retoños, me ha estado quemando. Oh Saumitri, ¿de qué me sirve esta vida al no contemplar a Sita, de dulces acentos, de ojos con sus pestañas y de cabellera rizada? Oh irreprochable, esta estación, cuando las arboledas se vuelven encantadoras y las comarcas fronterizas resuenan con los melodiosos cantos de los cucos, es la más querida de mi amada. Pienso que este fuego de angustia, que nace de la turbación amorosa y que la influencia de la primavera acrecienta, pronto me consumirá. Mis sentimientos amorosos alcanzarán una altura intensa, pues no contemplo a Sita ante mí, mientras que veo los hermosos árboles alrededor. Sita, lejos de mi vista, y la primavera, que seca el sudor, han estado ambas incitando mi amour. Aquella de ojos de cervatilla y la despiadada brisa primaveral, oh Saumitri, me han estado oprimiendo a mí, que estoy dominado por la ansiedad y el dolor. Estos pavos reales y pavas reales, desplegando las alas como celosías de cristal, han estado bailando de aquí para allá. Estos pavos reales enloquecidos, rodeados por las pavas reales, han estado agravando mi deseo amoroso, a mí, que ya estoy poseído por Cupido. Observa, oh Lakshmana, cómo baila con su pareja de baile sobre la extensión montañosa la pava real, turbada por sentimientos amorosos. El pavo real, desplegando sus encantadoras alas, se mueve tras su querida compañera burlándose de mí, por así decirlo, con su grito. Seguramente el rakshasa no ha traído a mi amada a este bosque de pavos reales, y por eso bailan con sus parejas en esta pintoresca tierra boscosa. Me es insoportable vivir sin Sita en esta estación de flores. Mira, oh Lakshmana, que este apego se ve incluso entre los brutos. La pava real, influida por la pasión, se acerca a su pareja. Sita, de ojos extensos, se habría acercado así a mí, influida por el amour, si no hubiera sido arrebatada. En esta estación de primavera, las flores de este bosque no me sirven de nada. Estas agradables flores de los árboles han estado cayendo inútilmente sobre la tierra junto con las abejas. Las aves, que excitan mi deseo, han estado gorjeando con deleite en bandadas, como si se dieran la bienvenida unas a otras. Seguramente Sita, bajo el dominio de otra persona, se lamenta en el mismo tono que yo, si la primavera ha llegado allí. Y aunque la primavera no haya llegado allí, ¿cómo puede Sita, de ojos semejantes a lotos en plena flor, vivir en mi ausencia? Si allí hay primavera, ¿qué puede hacer por ella, de hermosas caderas y cintura, que ya ha sido vencida por un poderoso enemigo? ¿Acaso mi querida esposa, de talle esbelto, de ojos como pétalos de loto y de dulces acentos, abandonará la vida al llegar esta primavera? Pienso, con certeza, que la casta Sita no podrá sostener su existencia en mi ausencia. El apego de Vaidehi está enteramente centrado en mí, y el mío en ella. Esta brisa fresca de grato contacto, que lleva la fragancia de las flores, me parece un tizón a mí, que pienso en mi esposa. Esa brisa me parece dolorosa en ausencia de Sita, ella que, hasta ahora, había sido considerada por mí como fuente de placer en su compañía. Esta ave lanzó un grito en el cielo en aquel momento y ahora, posada en el árbol, grita con deleite. Esta ave, al volar por el cielo, ocasionó el rapto de Sita, y esta ave me llevará hasta ella, la de ojos extensos. Oye, oh Lakshmana, las enloquecedoras notas de esas aves posadas en las copas de los árboles floridos y que entonan su melodía. Los Bhramaras se acercan a los Tilakas sacudidos por el viento, como doncellas ebrias. Este Asoka, que aviva los deseos de los enamorados, se alza aquí como si me reprendiera con sus racimos sacudidos por el viento. Allí aparecen, oh Lakshmana, esos mangos en flor, como personas agitadas por la pasión y untadas con ungüentos de sándalo. Mira, oh Saumitri, oh primero de los hombres, los kinnaras vagan en libertad por esta tierra boscosa variada, en las orillas de Pampa. Aquí los fragantes lotos rojos difunden su esplendor como el sol recién nacido. Aquí aparece hermoso el lago Pampa, de agua transparente, lleno de lotos azules y fragantes, de cisnes y de Karandavas, y abundante en lotos rojos como los rayos vírgenes del sol, con sus filamentos aplastados por las abejas. Y los hermosos bosques que rodean el lago han estado manifestando su belleza, llenos de chakravakas y de manadas de elefantes y de ciervos deseosos de beber agua. Mira, Lakshmana, la pintoresca vista de los lotos agitados por las ondas que el viento empuja de aquí para allá. No me deleito en mi vida al no contemplar a Sita, de ojos extensos como pétalos de loto y siempre amante de los lotos. ¡Oh, cuán astuto es el curso de Kama, que ha estado presentando a mi mente a aquella auspiciosa, difícil de alcanzar y de dulces acentos! Si no hubiera sido dominado por esta estación de primavera, con sus árboles en flor, habría podido soportar la presente aflicción amorosa. Los objetos que me parecían hermosos mientras estaba en compañía de Sita parecen ahora despojados de toda gracia en su ausencia. Mis ojos anhelan contemplar esos pétalos de loto, oh Lakshmana, por su parecido con los ojos de Sita. Saliendo de los árboles y rozando los filamentos, el agradable viento sopla como el aliento de Sita. Mira, oh Lakshmana, las ramas floridas de los Karnikaras en las cumbres de la montaña situada en la orilla meridional de Pampa. Este príncipe de las montañas, embellecido con metales diversos, ha estado lanzando al aire polvos de colores diversos arrastrados por el viento. Oh Saumitri, estas extensiones montañosas arden de belleza con los Kinsukas en flor y hermosos, desprovistos de hojas. Estas fragantes Malatis, Mallikas, Karavis y lotos, que crecen en las orillas de Pampa y se nutren de su agua, y Ketakis, Sindhuvaras, Vasantis, Matulingas, Purnas, arboledas de Kunda, Chiribilyas, Madukas, Vanjulas, Vakulas, Champakas, Tilakas, Nagas, Padmakas, Asokas azules, Ankolas, Kurantas, Churnakas, Paribhadrakas, y Lodhras amarillos sobre las colinas, como melenas de león, están en flor. Aparecen hermosos sobre las colinas los Chutas, Patalas, Kovidaras, Muchukundas, Arjunas, Ketakas, Uddalakas, Sirisas, Simsapas, Dhavas, Salmalis, Kinsukas, Raktas, Kuravas, Tinisas, Naktamalas, árboles de sándalo, Syandanas, Hintalas, Tilakas y Nagas en flor. Mira, oh Saumitri, muchos árboles hermosos y floridos que crecen en las orillas de Pampa y están enlazados por trepadoras de puntas floridas. Como doncellas ebrias, estas trepadoras abrazan a los árboles cercanos, cuyas ramas sacude el viento. La brisa, deleitada con sabores diversos, pasa de árbol en árbol, de montaña en montaña y de bosque en bosque. Algunos árboles fragantes, cubiertos de flores y otros de capullos, aparecen hermosamente verdes. Diciendo: “esto es dulce”, “esto es agradable” y “esto está en plena flor”, las abejas, apegadas, caen sobre los árboles. Y alzándose de nuevo, se acercan a los otros árboles que crecen en las orillas de Pampa. Esta tierra boscosa, cubierta de flores que caen espontáneamente de los árboles como una sábana, se ha vuelto agradable. Oh Saumitri, las explanadas montañosas, variegadas de flores, parecen lechos. Mira, oh Saumitri, el nacimiento de las flores en los árboles al expirar el invierno. Los árboles, como si rivalizaran entre sí, han florecido en esta estación de flores. Los árboles, oh Lakshmana, con abejas que zumban a su alrededor y con ramas floridas, se dan la bienvenida, por así decirlo, unos a otros. Este cisne ha estado jugando con su pareja en el agua límpida de Pampa, excitando mi amor. En verdad este lago, semejante al mismo Mandakini, merece las perfecciones que son conocidas por todos. Oh mejor de los Raghus, no deseo Ayodhya ni la dignidad de Indra si esa casta Sita se encontrara aquí y si pudiera vivir con ella. Renunciaré a todos los deseos y pensamientos si puedo gozar con ella en esta pintoresca y verde tierra boscosa. Estos árboles, vestidos con diversos atavíos floridos, han estado excitando mi pensamiento en este bosque, a mí, que he sido privado de mi amada. Oh Saumitri, mira este Pampa de agua fresca, envuelto por todos lados con lotos, y frecuentado por Chakravakas, Karandavas, Kraunchas, Plavas y altos ciervos. Su belleza ha sido realzada aún más por el canto de las aves. Aves diversas, deleitadas, han estado excitando mi pasión, recordándome a mi amada esposa, de semblante irreprochable, de rostro semejante a la luna y de ojos semejantes a pétalos de loto. Mira, en aquella extensión montañosa de colores diversos, los ciervos que juegan con las ciervas, y a mí, por mi parte, abandonado por Vaidehi, de ojos semejantes a los de un antílope. Estos ciervos que vagan de aquí para allá han estado afligiendo mi alma. Solo entonces alcanzaré la quietud del espíritu, si puedo contemplar a Sita en esta encantadora extensión montañosa llena de aves y de ciervos. Solo entonces tomaré aliento vital, oh Saumitri, si Vaidehi, de talle delgado, disfruta conmigo de la fina brisa de Pampa, que dispersa la fragancia de los lotos y de los Saugandhikas y siempre aplaca el dolor. Dichosos son quienes disfrutan de esta brisa silvestre de Pampa, oh Lakshmana. ¿Cómo ha estado viviendo, abandonada por mí, aquella exquisitamente fina hija de Janaka, mi amada esposa, de ojos semejantes a pétalos de loto, puesta bajo el dominio de otra persona? ¿Qué diré a aquel virtuoso y veraz rey Janaka cuando me interrogue en una asamblea sobre el bienestar de Sita? ¿Dónde está ahora aquella Sita que me siguió por la senda de la virtud, a mí, que soy desdichado y he sido desterrado a los bosques por mi padre? ¿Cómo sostendré (mi existencia), pobre de mí, oh Lakshmana, abandonado por aquella Sita que me siguió, privado de reino y de sentido? Mi corazón se hunde al no contemplar su fino rostro inmaculado, de ojos semejantes a lotos y de dulce olor. ¿Cuándo oiré de nuevo, oh Lakshmana, los dulces, incomparables y auspiciosos acentos de Vaidehi, entreverados de sonrisas y expresados en un estilo elegante y fácil? Aquella casta y exquisitamente fina doncella, aun afligida en los bosques, solía recibirme, bajo la influencia de Cupido, como si estuviera deleitada y tuviera disipadas sus penas. Oh hijo de rey, ¿qué diré a Kausalya en Ayodhya cuando me pregunte por el bienestar y el paradero de su nuera de alma elevada? Ve tú, oh Lakshmana, y reúnete con Bharata, dotado de afecto fraternal. Soy incapaz de vivir más sin aquella hija de Janaka». Entonces Lakshmana dirigió al de alma elevada Rama, que se lamentaba así, como un desvalido, las siguientes palabras, plenas de sentido e inmutables: «Abandona tu dolor, oh Rama. ¡Que la fortuna te sea propicia! No te aflijas, oh mejor de los hombres. Hasta las personas sin pecado pierden el juicio cuando las aflige el dolor. Recordando el dolor que sigue a la separación, abandona tú tu apego a tu amada. Por exceso de aceite, hasta la mecha se quema a sí misma. Oh venerable, aunque se oculte en la región bajo la tierra o en un rumbo más oscuro, Ravana no podrá respirar. Procúrate noticias de aquel rakshasa de alma viciosa; o él entregará a Sita o hallará la destrucción. Si no devuelve a Sita, sin duda lo mataré aunque entre con ella en el vientre de Diti. Consuélate tú y renuncia a tu abatimiento de ánimo, oh venerable. Sin esfuerzos suficientes, ni siquiera los hombres de energía recobran los fines perdidos. Oh venerable, poderoso es el curso de la energía. Y no hay sobre la tierra poder mayor que este. Y nada hay inalcanzable en este mundo para quien está dotado de energía. Las personas dotadas de celo jamás se desgastan en sus acciones. Y solo recurriendo a esta energía recobraremos a Janaki. ¿No percibes tú que eres de alma elevada y muy instruido? Y dejando atrás el dolor, abandona tu locura amorosa». Así interpelado por Lakshmana, Rama, con el ánimo herido de pena, alcanzó la quietud del espíritu, renunciando a la aflicción y al desconsuelo. Luego Rama, de inimaginable poderío, pasó lentamente junto al agradable y encantador Pampa, de orillas ceñidas de árboles sacudidos por el viento.
Entonces Rama, de alma elevada, abrumado de pena, siguió su camino contemplando la tierra boscosa, las fuentes y las cuevas, y dando vueltas aparte (a las palabras plenas de sentido de Lakshmana). Y Lakshmana, de alma elevada, de ánimo sereno, atento al bienestar de Rama y avanzando como un elefante enfurecido, lo animaba con consejos morales y heroicos. Al contemplar sus semblantes, extraordinariamente singulares, aquel poderoso jefe de los monos, que andaba cerca del monte Rishyamuka, se llenó de espanto y quedó inmóvil. Al observarlos andar por allí, aquel mono de alma elevada, que avanzaba lentamente como un elefante y estaba abrumado de temor y de pena, se afligió en extremo. Al divisar allí a los sumamente poderosos Rama y Lakshmana, los monos, aterrados, entraron en aquella ermita santa y agradable, digno refugio cuyo interior ellos frecuentaban siempre.
Section 2
Al contemplar a aquellos dos hermanos de alma elevada, Rama y Lakshmana, heroicos y con grandes cimitarras en las manos, Sugriva se llenó de espanto. Aquel mejor de los monos, de mente perturbada, echó la mirada en torno y no pudo quedarse (con calma) en ningún lugar. Al contemplar a aquellos dos de gran poderío, no pudo decidirse a permanecer allí, y el corazón de aquel mono aterrado se hundió. Meditando sobre lo que es más y lo que es menos importante, Sugriva, de alma virtuosa, se llenó de gran angustia junto con aquella manada de monos. Al contemplar a Rama y a Lakshmana, Sugriva, el rey de los monos, sumamente agitado por la angustia, habló a sus consejeros, diciendo: «Sin duda estos dos héroes, con falsos disfraces y vestidos de corteza, enviados por Vali, han venido aquí atravesando la fortaleza del bosque». Al contemplar a estos dos poderosos arqueros, los consejeros de Sugriva, abandonando aquella extensión montañosa, se dirigieron a otro mejor de los cerros. Entonces, avanzando con presteza, los comandantes de las diversas manadas de monos se detuvieron rodeando al rey de los monos y al jefe de los caudillos. Los monos, compartiendo así la desdicha y la dicha (de su jefe), avanzaron saltando de colina en colina y sacudiendo sus cumbres, con la velocidad (de sus cuerpos). Entonces aquellos poderosos monos, al saltar, quebraron los árboles floridos de aquella fortaleza. Aquellos mejores de los monos, brincando en torno a aquella poderosa colina, avanzaron aterrando a los ciervos, a los gatos monteses y a los tigres. Apostados sobre aquel mejor de los montes, los ministros de Sugriva, llegando ante aquel jefe de los monos, se detuvieron con las palmas juntas. Entonces Hanuman, hábil en el habla, habló a Sugriva, aterrado y temeroso de las perversas artimañas de Vali, diciendo: «Que todos los monos abandonen el miedo a Vali; en este mejor de los montes, Malaya, no hay temor de él. No veo, oh mejor de los monos, a ese perverso Vali de aspecto terrible, por temor del cual ha huido usted y por quien está angustiado. No observo aquí, oh gentil, a Vali, de alma perversa, su hermano mayor de acciones impías, a quien usted teme, y no percibo ningún terror que proceda de él. Oh jefe de los monos, verdaderamente manifiesta es su condición de mono, y es por su ligereza de corazón por lo que es usted incapaz de fijar su alma. Dotado de inteligencia y de conocimiento, ejecute todo por medio de gestos. Un rey sin juicio no puede gobernar a todas las criaturas». Al oír aquellas palabras plenas de sentido de Hanuman, Sugriva dijo en mejores acentos: «¿Quién no se aterra al contemplar a estos dos héroes de brazos poderosos, de ojos extensos, con arcos, flechas y dagas en las manos, semejantes a dos hijos de un celestial? Pienso que estos dos mejores de los hombres han sido enviados por Vali. Los reyes tienen muchos amigos. Y no es propio que yo ponga confianza en ellos. La gente debe saber que los enemigos, siempre traicioneros por naturaleza, andan con falsos disfraces. Y esos enemigos, aprovechándose de la credulidad de los otros, provocan su destrucción cuando se presenta la ocasión. Vali es eminentemente experto en despachar asuntos. Los monarcas, conocedores de muchos ardides astutos, provocan la destrucción de otros. Es propio discernirlos por medio de espías disfrazados. Oh mono, ve tú con un falso disfraz y entérate de sus intenciones, examinándolos bien por sus semblantes, gestos y palabras. Averigua su intención. Si los hallas contentos, gánate su confianza a mi favor, elogiándome una y otra vez y dándoles a conocer mis opiniones. Oh mejor de los monos, pregúntales por qué han entrado en este bosque, si percibes que estos dos arqueros son de alma pura. Determina la rectitud o la injusticia de su propósito por medio de sus gestos y de su conversación». Mandado por aquel jefe de los monos, el hijo de Maruta se propuso acercarse a Rama y a Lakshmana. Asintiendo a las palabras del aterrado e invencible Sugriva y diciendo: «Así sea», Hanuman, el mono de alma elevada, se dirigió adonde estaba el heroico Rama con Lakshmana.
Section 3
Comprendiendo las palabras de Sugriva, el de alma elevada, Hanuman avanzó, saltando desde el monte Rishyamuka, hacia los descendientes de Raghu. Entonces, renunciando a su forma de mono, el hijo de Maruta, sin confiar en ellos, tomó la apariencia de un mendicante. Acercándose a ellos con humildad, Hanuman les rindió homenaje. Y los elogió con verdad en palabras dulces y agradables. Saludando como es debido a aquellos dos héroes, cuyo poder era la verdad, aquel mejor de los monos les habló con dulces acentos, conforme a las instrucciones de Sugriva. «Ustedes son ascetas de austeridades célebres, semejantes a los rajarshis y a los celestiales y a los mejores brahmacharis; ¿por qué han venido aquí causando temor a estos ciervos y a otros animales salvajes del bosque? Contemplando en torno los árboles que crecen en las orillas de Pampa, han realzado la belleza de este lago de agua auspiciosa. ¿Quiénes son ustedes, dos figuras juveniles de brazos poderosos, vestidos de corteza, pacientes, que suspiran y turban a estos animales salvajes? Heroicos, de aspecto leonino, dotados de gran fuerza y poderío, matadores de enemigos y portadores de un arco semejante al de Sakra; de porte elegante, de semblante agradable, de poderío semejante al de un toro poderoso, con manos semejantes a las trompas de los elefantes, resplandecientes, grandes entre los hombres, jóvenes, que embellecen este jefe de las montañas con el resplandor de sus personas, dignos de poseer reinos y semejantes a los celestiales, ¿por qué han venido aquí? De ojos semejantes a pétalos de loto, heroicos, con cabellos enmarañados, parecidos el uno al otro, ¿han venido aquí desde la región celestial? En verdad el Sol y la Luna han descendido a la tierra por su propia voluntad. De amplio pecho, heroicos, de hombros leoninos, dotados de gran energía, robustos como toros rollizos y humanos aunque parecidos a los celestiales, ¿por qué no están adornados sus largos y redondos brazos, semejantes a Paridhas y dignos de todos los ornamentos? Pienso que ustedes dos son perfectamente capaces de proteger toda esta tierra, llena de bosques y océanos e intersecada por los montes Vindhya y Meru. Estos arcos suyos, pintados y lisos, parecen rayos de Indra adornados de oro. Y estas hermosas aljabas están llenas hasta el borde de flechas afiladas y mortíferas, semejantes al fuego llameante y a las serpientes. Y estas dos dagas, de proporciones poderosas, guarnecidas de oro ardiente, parecen serpientes soltadas. ¿Por qué no me responden ustedes cuando los interpelo así? Cierto jefe de los monos, heroico y virtuoso, de nombre Sugriva, ha estado viajando por esta tierra, afligido de corazón, expulsado por su hermano. He venido aquí enviado por aquel Sugriva de alma elevada; mi nombre es Hanuman, el primero de los monos. Aquel Sugriva, de alma virtuosa, desea trabar amistad con ustedes. Y sépanme su consejero: un mono, el hijo de Pavana, que vaga por doquier a voluntad y que viene aquí, bajo la apariencia de un mendicante, desde el monte Rishyamuka, por el bienestar de Sugriva». Habiendo hablado así a aquellos dos héroes, Rama y Lakshmana, Hanuman, conocedor de las palabras y hábil en el habla, no habló más. Al oír aquellas palabras, el resplandeciente Rama, con semblante deleitado, habló a su hermano menor, Lakshmana, que estaba sentado junto a él: «Este es el consejero de Sugriva, el de alma elevada, el señor de los monos, y se ha acercado a mí, solicitando mi amistad en favor de él (de Sugriva). Dale tú la bienvenida, con palabras agradables, oh Saumitri, a este mono, ministro de Sugriva, sometedor de enemigos, afectuoso y hábil en el habla. Nadie puede hablar así si no ha dominado el Rig-veda, retenido bien el Yajur-veda y se ha familiarizado a fondo con el Sama-veda. Sin duda ha estudiado bien todas las Gramáticas, pues no ha usado una sola palabra poco elegante aunque me ha dirigido varias. Y no se percibió defecto alguno en su semblante, ojos, frente, cejas ni en ninguno de sus miembros. Sus palabras, pocas, libres de toda sospecha, agradables y pronunciadas en tono suave, salieron con soltura de su garganta y de su pecho. Ha proferido acentos maravillosos, prontos, perfectos, auspiciosos y cautivadores. ¿A quién no conmueve el corazón con estas maravillosas palabras, que proceden del corazón, de la garganta y del cerebro? Hasta un enemigo que tiene la espada alzada (se conmueve). Oh sin pecado, ¿cómo cumple sus objetivos aquel monarca que no tiene un mensajero así? En verdad, aquel cuyos emisarios son tan perfectos, todas sus misiones se cumplen solo por virtud de sus palabras». Así interpelado, Saumitri, hábil en el habla, dio la bienvenida a aquel mono, consejero de Sugriva e hijo de Pavana: «Oh sabio, bien conocíamos las perfecciones de Sugriva, el de alma elevada. Encontraremos a ese rey de las manadas de monos. Oh Hanuman, oh mejor de los monos, iremos por lo que usted diga, bajo las instrucciones de Sugriva». Al oír estas hábiles palabras, aquel hijo de Pavana, deleitado, meditando dentro de sí los medios para el triunfo de Sugriva, se propuso lograr una unión amistosa entre ellos.
Section 4
Al oír aquellas palabras (de Rama) y al conocer su sentir amistoso (en relación con Sugriva), como también al ver que Rama estaba dispuesto a ayudar a Sugriva, Hanuman, sumamente deleitado, se acordó de Sugriva: «Puesto que se ha dado con este de actos exitosos y que este asunto está en marcha, Sugriva, el de alma elevada, obtendrá muy probablemente la monarquía». Entonces, transportado de alegría, aquel primero de los monos, Hanuman, respondió a Rama, diestro en el habla, con estas palabras: «¿Por qué razón, acompañado de su hermano menor, ha venido usted a este bosque denso y sin sendas, adornado con las arboledas de Pampa y lleno de diversas clases de fieras?». Al oír aquellas palabras suyas, Lakshmana, instruido por Rama, informó (a Hanuman) de todo lo concerniente a Rama, el hijo de Dasaratha: «Hubo un rey llamado Dasaratha. Dotado de resplandor y apegado a la rectitud, él, conforme a sus deberes propios, gobernó por siempre a las cuatro órdenes. No tiene a nadie que lo odie, ni él odia a nadie. Y con respecto a todas las criaturas fue como otro gran padre. Y celebró el Agnishtoma y otros sacrificios con presentes (a los brahmanes). Este es su hijo mayor, llamado Rama, famoso entre los hombres. Es el refugio de todas las criaturas y es capaz de cumplir las órdenes de su padre. Hijo mayor de Dasaratha, es el primero de todos sus hijos en mérito. Lleva las señales de la realeza y tiene la prosperidad de un reino. Privado de su reino, en compañía mía, ha venido aquí con el propósito de vivir en este bosque. Y, oh muy exaltado, a este de sentidos dominados lo sigue su esposa Sita, como al declinar el día sigue al sumamente resplandeciente Sol (su esposa) el Esplendor. Yo soy el hermano menor de este, dotado de gratitud y de saber diverso. Sometido por sus virtudes, yo, de nombre Lakshmana, me he consagrado a su servicio. Digno de felicidad y de homenaje, atento al bienestar de todos los seres, privado de riqueza y viviendo en el bosque, su esposa ha sido raptada por un rakshasa, que toma las formas que quiere. Y todavía no hemos podido (llegar a) saber quién es ese rakshasa que ha raptado a su esposa. Un hijo de Diti llamado Danu, por virtud de una imprecación, había sufrido la condición de rakshasa. Él es quien nos relató todo acerca del capaz Sugriva: “Ese sumamente poderoso tendrá conocimiento del raptor de tu esposa”. Habiendo dicho esto, Danu, resplandeciente (con un halo), se fue al cielo. Así le he relatado a usted todo tal como sucedió. Tanto Rama como yo hemos buscado el amparo de Sugriva. Habiendo dado riquezas profusas y alcanzado alta fama, este que antes fue el señor de los mundos desea ahora hacer de Sugriva su señor. Ese apegado a la virtud, ese refugio (de todos), el hijo de aquel amparo (de todos los seres), ha venido bajo la protección de Sugriva. Ese guía espiritual, que hasta hace poco era digno de ser el amparo (de todos) y que (en realidad) era el refugio (de todas las criaturas), Raghava, ha buscado el amparo de Sugriva. Ese Rama, en cuya dicha y favor los súbditos hallaban su felicidad, busca las buenas gracias de Sugriva. Famoso en los tres mundos, el hijo mayor de aquel monarca que siempre y por siempre honró a todos los reyes de la tierra, coronado de toda virtud, a saber, Rama, ha buscado la protección de Sugriva, señor de los monos. Estando Rama abrumado de pena, probado por el dolor y habiendo venido bajo su amparo, le corresponde a Sugriva, junto con los jefes de las huestes, mostrar favor a Rama». Cuando el hijo de Sumitra, derramando lágrimas, hubo hablado así, aquel hábil en el habla, Hanuman, respondió con estas palabras: «A personas de tal condición, dotadas de entendimiento, de ira dominada y sentidos sometidos, debe verlas el señor de los monos; y tales personas llegan al alcance de uno por dichosa suerte. También él ha sido expulsado de su reino y ha incurrido en la hostilidad de Vali. Y, arrebatada su esposa, mora en este bosque, con temor, habiendo sido sumamente hostigado por su hermano. Ese hijo del Sol, Sugriva, junto con nosotros, le ayudará a buscar a Sita». Habiendo dicho estas dulces y apresuradas palabras, Hanuman dijo a Raghava: «Iré (ahora) a ver a Sugriva». Cuando Hanuman hubo dicho esto, el justo Lakshmana, rindiendo debido homenaje a aquel, se dirigió a Raghava, diciendo: «Por la alegre manera en que habla este hijo del dios del viento, parece que también él busca tu servicio; y, al llegar (a esta región), también tú, Raghava, has cosechado el éxito. Habla abiertamente con una luz deleitosa en el semblante y con alegría. (Parece) que el heroico Hanuman, hijo del dios del viento, no dice nada que sea falso». Entonces aquel sapientísimo Hanuman, el hijo del dios del viento, partió, llevando consigo a los heroicos descendientes de Raghu, para (presentarlos) al monarca de los monos. Renunciando al disfraz de mendigo y tomando la forma de mono, aquel primero de los monos se fue, llevando a aquellos héroes sobre su espalda. Y luego el heroico mono, el hijo del dios del viento, de amplia fama y gran poderío, con la mente perfectamente pura, considerándose coronado de éxito y experimentando un deleite extremo, llegó a aquel mejor de los montes en compañía de Rama y de Lakshmana.
Section 5
Habiendo partido de Rishyamuka y llegado a la colina Malaya, Hanuman informó al rey de los monos de (la llegada de) los descendientes de Raghu: «Oh sumamente sabio, el que ha llegado aquí es Rama, cuyo poder es la verdad. Este es Rama, cuyo poder es la verdad, en compañía de su hermano Lakshmana. Rama, el hijo de Dasaratha, ha nacido en la estirpe de los Ikshvakus. Haciendo siempre la voluntad de su padre, ha sido enviado aquí para que la veracidad de su padre se mantenga intacta. Rama, que ha venido al bosque, es el hijo de aquel que ha propiciado a Agni con Rajasuyas y sacrificios del caballo, repartiendo dakshinas y vacas por centenares y millares, y que ha gobernado la tierra con ascetismo y habla veraz. Su hijo Rama ha venido al bosque por causa de una mujer. Mientras aquel de alma elevada, con los sentidos bajo control, moraba en los bosques, su esposa fue raptada por Ravana; y él (Rama) ha buscado (en consecuencia) su protección. Concédales usted una entrevista a los hermanos Rama y Lakshmana, ambos dignos de homenaje, que están ansiosos de su amistad, y recíbalos con respeto». Al oír las palabras de Hanuman, Sugriva, señor de los monos, haciéndose visible (a voluntad), habló con alegría a Raghava: «Señor, usted es versado en la moral y siente amor hacia todos. El hijo del dios del viento me ha descrito fielmente sus virtudes. Que usted, oh señor, esté ansioso de contraer amistad conmigo, que soy un mono, me hace honor y es mi ganancia. Si le agrada la amistad conmigo, tome usted este brazo extendido y mi mano con la suya, y átese firmemente con un voto». Al oír estas dulces palabras de Sugriva, (Rama), sumamente deleitado, estrechó la mano de Sugriva con la suya. Y trabando amistad con Sugriva, Rama, experimentando gran gozo, lo abrazó con calor. Entonces aquel sometedor de enemigos, Hanuman, dejando el disfraz de mendigo, produjo en su forma nativa un fuego con dos trozos de madera. Luego, adorando aquel fuego llameante con flores, él, bien complacido, lo colocó cuidadosamente entre ellos (Rama y Sugriva). Entonces Sugriva y Raghava dieron la vuelta alrededor del fuego; y (así) quedaron unidos en amistad. Y con corazones deleitados, ambos, el mono y Raghava, comenzaron a mirarse el uno al otro, y sin embargo no se sentían saciados. Sugriva, regocijándose en gran manera, dijo estas palabras a Raghava: «Tú eres el amigo de mi corazón. Nuestra dicha y nuestra desdicha son comunes». Luego, extendiendo una rama hermosamente florida de sala, llena de follaje, Sugriva hizo un toldo y se sentó con Raghava. Hanuman, el hijo del dios del viento, con gran alegría dio a Lakshmana una rama de sándalo, abundantemente florida. Después Sugriva, sintiendo un alto arrobamiento, con los ojos dilatados de alegría, respondió a Rama con suavidad en dulces palabras, diciendo: «Oprimido he sido, oh Rama; y aquí estoy siempre afligido de temor. Privado de mi esposa, agitado por la aprensión, he buscado refugio en esta densa espesura. Estoy afligido de espanto y atormentado por el miedo, con los sentidos desconcertados en este bosque. Agraviado he sido por Vali, mi hermano; y he incurrido en su hostilidad, oh Raghava. Y, oh exaltado, disipa tú el temor de mí, que estoy atormentado de miedo a causa de Vali. Y, oh Kakutstha, te corresponde obrar de modo que yo no quede sujeto al miedo». Así interpelado, el poderoso Kakutstha, conocedor de la rectitud y devoto de la virtud, respondió a Sugriva, sonriendo: «Oh poderoso mono, bien sé que el resultado de la amistad son los buenos oficios. Mataré a ese Vali, raptor de tu esposa. Estas flechas mías, infalibles y afiladas, semejantes al sol, emplumadas con las plumas del kanka, parecidas al rayo del gran Indra, de puntas agudas y nudos parejos, como serpientes enfurecidas, lanzadas con vehemencia, caerán sobre el impío Vali. Contempla hoy a Vali muerto con flechas afiladas, semejantes a serpientes venenosas, como una colina desgajada que yace en el suelo». Al oír aquellas palabras de Raghava, referentes a su bienestar, Sugriva, supremamente regocijado, dijo estas palabras, llenas de arrobamiento: «Oh héroe, oh león entre los hombres, por tu gracia obtendré a mi amada y mi monarquía. Oh dios entre los hombres, obra de tal modo con ese enemigo, mi hermano mayor, que no me agravie de nuevo». Los ojos izquierdos de Sita, del señor de los simios y de los vagabundos de la noche, semejantes respectivamente al loto, al oro y al fuego llameante, palpitaron cuando se trabó la amistad entre Rama y Sugriva.
Section 6
Sugriva, bien complacido, habló de nuevo a Raghava, el hijo de Raghu, diciendo: «Oh Rama, este servidor tuyo, el primero de mis consejeros, Hanuman, me ha relatado (a mí) la razón de tu llegada a este bosque solitario. Tu esposa, Maithili, hija de Janaka, separada de ti y también del inteligente Lakshmana, y llorando (por ello), fue raptada por un rakshasa. Buscando ocasiones de hacer daño, ese rakshasa, tras matar a Jatayu, te ha causado la pena que nace de la separación de la propia esposa. Pero pronto serás aliviado de la pena que nace de la separación de la propia esposa. La traeré, como a la raptada Devasruti. Oh sometedor de enemigos, ya esté en las regiones inferiores o bajo el cielo, yo, trayendo a tu esposa, te la entregaré. Oh Raghava, sabe que mis palabras son verdaderas. Oh de brazos poderosos, como veneno, tu esposa es incapaz de ser digerida ni siquiera por los dioses y los asuras con Indra (a su cabeza). Oh de brazos poderosos, abandona la pena; traeré de vuelta a tu amada. Por conjetura hallo que sin duda era la hija de Mithila a quien vi cuando era llevada por aquel rakshasa de actos terribles. Ella gritaba: “Rama, Rama, Lakshmana, Lakshmana”, y en el regazo de Ravana parecía la esposa del jefe de las serpientes. Al verme a mí, junto con mis cuatro consejeros, apostados en la colina, dejó caer su manto y sus adornos. Todo esto, oh Raghava, lo he tomado y lo guardo (conmigo). Los traeré. Te corresponde reconocerlos». Entonces Rama habló a Sugriva, de dulce hablar: «Tráelos (a ellos) de inmediato, amigo mío. ¿Por qué te demoras?». Así interpelado, Sugriva entró con presteza en una honda caverna de la montaña, con el propósito de hacer lo que era grato a Raghava. Luego, tomando el manto y los adornos, el mono los sostuvo ante Rama, diciendo esto: «¡Mira esto!». Y tomando el paño y los adornos, (Rama) tuvo los ojos llenos de lágrimas, como la luna cubierta por el rocío. Y por afecto a Sita, (Rama), con los ojos llenos de lágrimas, privado de paciencia, cayó al suelo. Y colocando los elegantes adornos sobre su pecho, suspiró una y otra vez, como una serpiente enfurecida en su agujero. Y viendo a su lado al hijo de Sumitra, Rama, derramando lágrimas sin cesar, comenzó a lamentarse lastimosamente: «Oh Lakshmana, mira este manto y estos adornos que Vaidehi, al ser raptada, dejó caer de su persona a la tierra. Seguramente Sita, al ser arrebatada, dejó caer estos sobre un césped, pues permanecen como estaban». Así interpelado, Lakshmana habló, diciendo: «No conozco sus brazaletes; no conozco sus pendientes. Pero conozco bien sus ajorcas, a causa de que siempre me inclino a sus pies». Entonces Raghava dijo estas palabras a Sugriva: «Dime, oh Sugriva, ¿en qué lugar viste a Sita, cuando ella, querida para mí como la vida, era llevada por el rakshasa de aspecto feroz? ¿Y dónde vive ese rakshasa que ha traído este alto peligro y por quien mataré a todos los rakshasas? Aquel que ha raptado a la hija de Mithila y ha despertado mi ira ha abierto ciertamente, para su propio fin, la puerta de la muerte. Cuéntame todo acerca de ese vagabundo de la noche que con engaño ha arrebatado del bosque a mi queridísima esposa. A mi enemigo, oh señor de los monos, lo enviaré hoy a las inmediaciones de Yama».
Section 7
Así interpelado por el afligido Rama, el mono Sugriva, con los acentos obstruidos por el vapor y los ojos llenos de lágrimas, dijo con las manos juntas: «No conozco la morada oculta de ese perversísimo rakshasa, ni conozco su heroísmo y su poderío, ni el linaje de ese nacido de una raza viciosa. Oh vencedor de enemigos, deja de afligirte. Te prometo con verdad que me esforzaré para que obtengas a Maithili. Matando a Ravana con sus huestes y poniendo en juego mi hombría, capaz de complacer a otros, obraré prontamente para que quedes complacido. No te abrumes de pena: convoca la entereza que hay en ti. Tal ligereza de juicio no conviene a personas como tú. También yo he experimentado un poderoso desastre nacido de la separación de mi esposa; pero no lloro de este modo, ni abandono mi entereza. Siendo un mono despreciable, no me aflijo por ella, ¿y qué diré entonces de quien es de gran alma, dotado de mansedumbre y firmeza, y grande? Te corresponde contener con paciencia tus lágrimas que caen. No te corresponde renunciar a esa paciencia que es la dignidad de las personas dotadas de la cualidad de la bondad. Las personas dotadas de firmeza de entendimiento por ayuda de su inteligencia no pierden su dominio de sí en la calamidad que sigue a la separación de los queridos, ni en ocasión de pérdida de riqueza, ni del temor causado por ladrones, fieras, etcétera, ni de la pérdida de la vida misma. El que carece de juicio, así como el que se deja abrumar por la pena, perdiendo todo dominio sobre sí, se ahogan en la aflicción como una barca que lleva una pesada carga en el agua. Yo te consuelo por el amor que te tengo. Recurre tú a la hombría. No te conviene dejar que el dolor te venza. Quienes se entregan a la aflicción no conocen la dicha; y su virtud sale de ellos. Por tanto, no te conviene afligirte. La vida incluso de aquel a quien domina la aflicción está en peligro. Por tanto, oh primero de los monarcas, abandona esa pena. Recurre por entero a la entereza. En espíritu de amigo te digo lo que es para tu bien: no te instruyo. Honra la amistad que te tengo. No te conviene llorar». Así dulcemente consolado por Sugriva, Raghava se enjugó con el extremo de su vestidura el rostro empañado de lágrimas. Y después de que aquel señor, Kakutstha, hubo recobrado su estado natural por las palabras de Sugriva, abrazó a Sugriva y le habló, diciendo: «Oh Sugriva, lo que, grato y provechoso, apropiado y conveniente, debe hacer un amigo, ha sido hecho por ti. Solicitado por ti, he recobrado, oh amigo, mi tono natural de ánimo. Un amigo así es raro, y especialmente en tal momento. Pero tú debes esforzarte por rastrear a Maithili y por provocar la destrucción de ese feroz rakshasa, el impío Ravana. Di también sin reserva lo que habré de hacer por ti. Como el grano sembrado en un campo fértil en la estación de las lluvias, todo asunto tuyo alcanzará el éxito. Oh mejor de los monos, considera tú en verdad como verdaderas las palabras que he pronunciado por afecto. Nunca he dicho falsedades antes, ni diré una (en el futuro). Esto te lo prometo. Lo juro por la verdad misma». Al oír las palabras de Raghava, y en especial su promesa, Sugriva se sintió sumamente deleitado junto con sus ministros monos. Así firmemente atados en amistad, el hombre y el mono conversaron entre sí acerca de (temas) que cada uno juzgaba oportunos, relacionados con sus alegrías y penas. Al oír las palabras de aquel ilustre monarca de reyes, aquel héroe, el más grande de los monos, consideró y sintió en su corazón como si su obra ya hubiera sido cumplida.
Section 8
Sugriva, regocijado por las palabras de Rama, dijo a aquel héroe, el hermano mayor de Lakshmana, que estaba bien complacido: «Soy, sin duda, digno de ser favorecido por los dioses, pues tú, perfecto y provisto de virtudes, eres mi amigo. Con tu ayuda, oh Rama, se puede, oh sin pecado, obtener el reino de los celestiales; ¿qué decir del propio reino, oh señor? Yo, que he ganado en presencia de Agni a un amigo (a ti) nacido de la estirpe de Raghava, soy, oh Raghava, digno de ser honrado por mis amigos y parientes. También tú aprenderás poco a poco que soy un amigo adecuado para ti; pero no puedo hablarte de las cualidades que moran en mí. Oh libre, la felicidad de los amigos de alma elevada y dominio de sí como tú abunda y es duradera. Los amigos piadosos miran la plata, el oro y los elegantes adornos de los amigos piadosos como propiedad común. Rico o pobre, feliz o desdichado, bueno o malo, un amigo es el mayor refugio (de su amigo). Al presenciar tal afecto, la gente puede, oh sin pecado, abandonar la comodidad de la riqueza e incluso su tierra natal por el bien de sus amigos». Entonces el apuesto Rama, ante el inteligente Lakshmana, semejante a Vasava, dijo a Sugriva, de grata presencia: «Así es». Al día siguiente, viendo a Rama y también al poderoso Lakshmana sentados en el suelo, Sugriva paseó vivamente los ojos por el bosque. Y cerca de allí aquel señor de los monos descubrió un árbol Sala, que llevaba unas pocas hermosas flores, con su riqueza de follaje, adornado de abejas negras. Entonces, arrancando una hermosa rama llena de hojas, Sugriva la extendió (sobre la tierra) y luego se sentó con Raghava. Y al verlos sentados, Hanuman, quebrando una rama de Sala, hizo sentar humildemente a Lakshmana. Viendo a Rama sentado a su gusto en aquel mejor de los montes, abundante en flores de Sala, y alegre como el océano, Sugriva, por amor, habló a Rama con dulces y excelentes palabras, cuyas letras vibraban de deleite: «Agraviado por mi hermano, yo, privado de mi esposa y sumamente angustiado, y agitado por el temor, vivo en este primero de los montes, Rishyamuka. Y, oh Raghava, con los sentidos extraviados, habiendo sido oprimido por Vali y habiendo incurrido en su enemistad, estoy afligido de temor y atormentado de espanto. Oh tú, que quitas el temor a todas las criaturas, te corresponde, a mí, que estoy atormentado por el miedo y desamparado, extender tu favor». Así interpelado, aquel siempre enérgico, conocedor de la rectitud y devoto de ella, Kakutstha, sonriendo, dijo a Sugriva: «Los beneficios hacen amigos, mientras que los agravios denotan enemigos. Hoy mismo mataré al que te ha privado de tu esposa. Oh exaltado, estas flechas emplumadas, de energía extrema, nacidas del bosque de Kartikeya, adornadas de oro, provistas de plumas del kanka, semejantes al rayo del gran Indra, de nudos lisos y puntas afiladas, son como serpientes enfurecidas. Contemplarás a tu hermano y enemigo, que se llama Vali, muerto por mis flechas y yaciendo como una colina desprendida». Al oír las palabras de Raghava, Sugriva, señor de las huestes, sintió un exceso de alegría y exclamó: «¡Muy bien, muy bien!». «Oh Rama, abrumado estoy de pena. Tú eres el amparo de quienes están afligidos por la pena. Habiéndote hecho mi amigo, te expreso mi dolor. Yo te he hecho mi amigo en presencia de Agni al darte mi mano. Eres más querido para mí que la vida misma. Esto te lo juro por la Verdad. Habiéndote hecho mi amigo, yo, inspirado de confianza, me desahogo contigo. La pena que está en mi corazón debilita constantemente mi mente». Habiendo llegado hasta aquí, él, con los ojos llenos de lágrimas y las palabras vacilantes a causa del vapor, no pudo hablar en voz alta. Y Sugriva contuvo de pronto, ante Rama, la fuerza de las lágrimas, como la marea de un río. Y habiendo contenido sus lágrimas y enjugado sus hermosos ojos, aquel enérgico, suspirando hondamente, continuó de nuevo: «En otro tiempo, oh Rama, fui privado de mi reino y reprochado en lenguaje áspero por el fuerte Vali. Y él se llevó también a mi esposa, más querida para mí que la vida; y mis amigos han sido encarcelados y atados. Ese perverso individuo, oh Raghava, busca mi vida. Muchos monos comisionados por él han sido muertos por mí. Fue, oh Raghava, a consecuencia de este temor por lo que, cuando te vi (por primera vez), no salí. Este es todo el temor que me oprime. Mis partidarios son solo estos, encabezados por Hanuman. Por esto, aunque reducido a los mayores apuros, he podido conservar la vida. Estos simios afectuosos me protegen por todos lados. Van cuando yo voy y se quedan cuando yo me quedo. ¿Para qué extenderme? En breve, Vali, mi hermano mayor, famoso por su poderío, es mi enemigo. Incluso por su muerte mi presente dolor sería quitado. Tanto mi vida como mi dicha están ligadas a su muerte. Te he comunicado, oh Rama, el modo en que mi dolor podría ser quitado. Ya en la alegría, ya en la pena, un amigo es el refugio de su amigo». Al oír estas palabras, Rama dijo a Sugriva: «¿Por qué surgió la hostilidad entre tú y Vali? Deseo oír esto (relatado) fielmente. Habiendo conocido la causa de la hostilidad entre ustedes y averiguada tu fuerza y tu debilidad, yo, oh mono, comprendiendo la irritación que ha sobrevenido, procuraré tu dicha. Grande es mi ira al oír que has sido humillado; y como un aguacero en la estación de las lluvias mi cólera aumenta, sacudiendo mi mismo corazón. Habla tú con alegría y confianza mientras yo ajusto la cuerda a mi arco. Tan pronto como mi flecha salga, tu enemigo será vencido». Así interpelado por Kakutstha, el de alma elevada, Sugriva, junto con los cuatro (otros) monos, experimentó un deleite extremo. Entonces, con semblante alegre, Sugriva comenzó a desplegar al hermano mayor de Lakshmana la causa de su hostilidad.
Section 9
«Mi hermano mayor, de nombre Vali, destructor de enemigos, fue en otro tiempo muy honrado tanto por mi padre como por mí. A la muerte de nuestro padre, los consejeros, diciendo: “Este es el hijo mayor”, lo hicieron a él, que era bien amado (de todos), señor de los monos en el reino. Mientras él gobernaba el reino que había pertenecido a su padre y a su abuelo, yo, en todo momento, con humillación, permanecí como un sirviente. Había uno dotado de energía, llamado Mayavi. Era el hijo mayor de Dundubhi. En otro tiempo surgió una poderosa hostilidad entre él y Vali. Y ocurrió que una noche, cuando todos se habían dormido, (Mayavi), llegando a Kishkindha, comenzó a emitir rugidos con gran cólera y desafió a Vali a un encuentro. Mi hermano, que estaba profundamente dormido, al oír aquellos espantosos alaridos, no pudo soportarlos, sino que salió de inmediato con vehemencia. Y cuando salía con ira, con el propósito de matar a aquel primero de los asuras, recibió la oposición de sus esposas y también la mía, que me humillé ante él. Pero apartándolas, aquel sumamente poderoso salió. Entonces, por afecto, yo también salí con Vali. Y al vernos, a mi hermano y a mí, presentes desde lejos, el asura, presa del pánico, huyó con rapidez. Y mientras él se precipitaba con miedo y cuando habíamos avanzado más, la luna, al salir, descubrió el camino. Y el asura, llegando a un agujero espacioso e inexpugnable cubierto de hierba (en la superficie), entró en él a toda prisa; y nosotros nos quedamos allí. Viendo a su enemigo entrar en el agujero, Vali, vencido por la ira y con los sentidos agitados, me habló diciendo: “Quédate tú, oh Sugriva, con cuidado, en la boca del agujero, mientras yo, entrando, mato a mi enemigo en la batalla”. Al oír su discurso, aquel sometedor de enemigos fue rogado por mí (para que me permitiera entrar en la cueva con él). Pero haciéndome jurar tocando sus pies, entró en la cueva. Y después de que entró en la cueva, y mientras yo permanecía en su boca, transcurrió un espacio de más de un año completo. Y presa de pena (reflexioné): “Como no veo a mi hermano, debe de haberse perdido”; y mi mente se alarmó, temiendo su muerte. Después de largo tiempo vi salir de la cueva sangre espumosa. Entonces me afligí en gran manera. Y también llegaron a mis oídos rugidos de asuras; pero no pude oír los gritos de mi superior, empeñado en el combate. Y concluyendo por estas señales que mi hermano había sido muerto, yo, cerrando la boca de la caverna con una peña, enorme como una colina, y afligido de pena, tras cumplir sus ritos del agua, volví (de regreso) a Kishkindha, oh amigo mío. Y aunque yo oculté con cuidado (el asunto), los consejeros lo oyeron todo. Allí ellos, reunidos, me instalaron (en el reino). Y mientras yo gobernaba el reino con justicia, ocurrió que, tras haber matado a su enemigo, el danava, aquel mono (Vali) llegó a Kishkindha. Entonces, viéndome instalado, él, con los ojos enrojecidos de cólera, matando a mis consejeros, me dirigió duras palabras. Y aunque yo era capaz de castigarlo, mi mente, influida por el sentido de la dignidad de mi hermano, no se inclinó hacia ese pecado. Habiendo matado a su enemigo, entró entonces en su ciudad; y yo, honrando a aquel de alma elevada, lo saludé debidamente. Él, sin embargo, no pronunció con corazón alegre su bendición. Y, oh señor, yo, inclinándome, toqué sus pies con mi corona; sin embargo, por ira, Vali no me extendió su gracia.
Section 10
«Entonces, deseando mi bienestar, me esforcé por aplacar a mi hermano airado, exaltado por la cólera, que estaba sentado (allí): “Por buena suerte has vuelto sano y salvo, y has matado al enemigo. Oh tú que alegras a los desamparados, tú eres el único protector de mí, que estoy sin amparo. Sostengo este parasol provisto de muchas varillas, semejante a la luna naciente, y también este abanico de cola de yak que contiene pelo; acepta tú mi servicio. Oh rey, sufriendo grandemente, permanecí un año entero en la boca de la cueva. Y al ver salir sangre de la cueva, tuve el corazón agitado por la pena y los sentidos sumamente abrumados. Entonces, cerrando la boca de la caverna con una cumbre de montaña y volviendo de aquel lugar, regresé de nuevo a Kishkindha. Al verme entrar en estado abatido, los ciudadanos y los consejeros me instalaron, pero no se hizo con mi voluntad. Por tanto, te corresponde perdonarme. Tú eres el rey, oh digno de honor; y yo soy, como antes, siempre (tu servidor). Se me confió el poder regio a causa de tu ausencia. Este reino, que consta de cortesanos y ciudadanos, permanece ahora libre de sus espinas. Fue establecido en mí como un depósito. Y yo lo protegí como tal. No te encolerices, oh apacible, oh destructor de enemigos. Te lo suplico con la cabeza inclinada y, oh rey, con las manos juntas. Con el fin de impedir que alguien quisiera conquistar este reino vacante (de su gobernante), los ciudadanos y los consejeros, unánimemente, por la fuerza, me confiaron la autoridad regia”. Mientras yo decía esto con suavidad, el mono, reprochándome, me dijo: “¡Maldición sobre ti!”, y me censuró grandemente. Y reuniendo a los súbditos y a los consejeros predilectos, me dirigió, ante amigos, palabras sumamente impropias: “Ustedes saben que en otro tiempo, una noche, el poderoso asura Mayavi, enfurecido, me desafió (a un combate) deseoso de un encuentro conmigo. Al oír su discurso salí del palacio y me siguió este horrible hermano mío. Entonces, viéndome con uno que me ayudaba y comprobando que habíamos llegado hasta él, aquel poderoso asura huyó, presa del miedo. Y huyendo, (al fin) entró con presteza en un enorme agujero. Sabiendo que había entrado en aquella espantosa y vasta cueva, hablé a mi hermano, de presencia torcida: ‘Sin matar (a este asura) no puedo volver al palacio. Espera tú en la boca de la cueva mientras yo lo mato’. Este está apostado aquí: pensando así, entré en aquella cueva inaccesible. Y mientras buscaba (al asura), pasó un año entero. Y aquel perverso individuo que había suscitado mi alarma a causa de su desaparición fue (al fin) muerto por mí en un día, junto con sus amigos. Entonces, mientras emitía alaridos en la región subterránea, la cueva se llenó de su sangre y resultó difícil salir de ella. Habiendo matado con facilidad a mi poderoso enemigo, no pude hallar la salida de la caverna, pues su boca había sido cerrada. Entonces, mientras yo gritaba una y otra vez: ‘Sugriva, Sugriva’, me afligí en extremo por no recibir respuesta alguna. Entonces arrojé la piedra, después de golpearla muchas veces con mis piernas. Luego, saliendo por su boca, he venido a esta ciudad. Buscando mi reino, el astuto Sugriva me había encerrado allí, olvidando el amor fraterno”. Diciendo esto, aquel mono, el desvergonzado Vali, me desterró con un solo paño puesto. Oh Raghava, he sido derrotado por él y privado de mi esposa. Y por temor a él he vagado por toda la tierra, con sus bosques y mares. Y afligido por haber sido privado de mi esposa, he entrado (al fin) en este mejor de los montes, Rishyamuka, al que, por cierta razón, Vali es incapaz de acercarse. Así te he mencionado la gran causa de esta hostilidad; oh Raghava, inocente como soy, he venido a dar con esta poderosa desgracia. Oh tú, que inspiras el temor de todas las criaturas, castigando a Vali te corresponde concederme tu gracia, a mí, que estoy atormentado de miedo por causa de Vali, oh héroe». Así interpelado, aquel enérgico, conocedor de la rectitud, sonriendo, comenzó a dirigirse a Sugriva en palabras llenas de moral: «Estas flechas mías, afiladas, semejantes al sol y que nunca fallan, caerán furiosamente sobre el perverso Vali. Mientras no veas a ese ladrón de tu esposa, solo mientras tanto vivirá el impío Vali, de vil carácter. Por lo que yo mismo siento, veo que te has hundido en un mar de pena. Pero yo te libraré; y obtendrás tanto a tu esposa como este reino». Al oír aquel discurso suyo, capaz de acrecentar la alegría y la hombría, Sugriva, rebosante de gozo, pronunció aquellas palabras henchidas de alto sentido.
Section 11
Al oír las palabras de Rama, capaces de acrecentar la alegría y la hombría, Sugriva lo honró en gran manera y lo elogió, diciendo: «Enfurecido, tú, con tus afiladas y flameantes flechas, capaces de penetrar en los puntos vitales, puedes abrasar los mundos, como el sol en la disolución universal. Oyendo con atención de mí la fuerza, el poderío y la entereza de Vali, averigua tú después lo que conviene. Antes de que salga el sol, Vali puede recorrer con facilidad el océano de poniente a oriente y de sur a norte. Ascendiendo a las cumbres de las montañas, Vali, dotado de poderío, lanza hacia arriba sus picos y luego los sostiene de nuevo con presteza. Y mostrando su fuerza, Vali aplasta con vehemencia en los bosques diversos árboles robustos. Hubo uno que tomó la forma de un búfalo, de nombre Dundubhi, semejante en esplendor a la cumbre del Kailasa. Aquel dotado de poderío tenía la fuerza de cien elefantes. Aquel perverso, de cuerpo gigantesco, hinchado por su poderío y cegado por la dádiva que había recibido, fue una vez a aquel señor de las corrientes, el Mar. Pasando más allá del Mar, con olas sobre él y que contenía montones de gemas, dijo al poderoso abismo: “Dame batalla”. Entonces el Océano, de alma justa y poderoso, se alzó y, oh rey, dijo estas palabras a aquel asura, a quien la Muerte había impulsado: “Oh tú, que eres hábil en el combate, no soy capaz de ofrecerte batalla; pero escúchame a mí, que te diré quién ofrecerá el combate. Hay un monarca de montañas en un poderoso bosque, gran refugio del ascetismo, hacedor del bien (de todos), un asura, celebrado con el nombre de Himavan, que contiene grandes cascadas y está provisto de muchas fuentes y cuevas. Él puede procurarte tu incomparable placer”. Concluyendo que el océano tenía miedo, aquel primero de los asuras se presentó en el bosque de Himavan, como una flecha disparada desde un arco. Entonces Dundubhi comenzó a derribar muchas peñas blancas semejantes a los primeros de los elefantes, y lanzó gritos. Entonces, semejante a nubes blancas, apacible y poseedor de una figura agradable, Himavan, apostado sobre la cumbre, habló: “Oh Dundubhi, oh tú, que estás apegado a la rectitud, no te conviene afligirme. Soy el refugio de todos aquellos ascetas que no son expertos en las artes militares”. Al oír aquellas palabras de aquel inteligente señor de las montañas, Dundubhi, con los ojos enrojecidos, dijo: “Si, temiéndome y por eso falto de energía, eres incapaz de combatir conmigo, nombra tú a quien esté dispuesto a combatir conmigo, que deseo entrar en conflicto”. Al oír estas palabras, Himavan, de alma virtuosa y hábil en el habla, habló a aquel gran asura, agitado de ira: “Oh sumamente sabio, vive en Kishkindha, de incomparable belleza, el poderoso y garboso mono, el hijo de Sakra, de nombre Vali. Aquel poderoso sabio, diestro en la guerra, es capaz de combatir contigo en igualdad de condiciones, como Namuchi con Vasava. Acude presto a él, si deseas un conflicto. Siempre es experto en hazañas militares y es difícil de reprimir”. Al oír las palabras de Himavan, Dundubhi, inflamado de ira, fue a Kishkindha, la capital de Vali. Tomando la figura de un terrible búfalo, de cuernos afilados como una nube cargada de agua que vaga por el cielo en la estación de las lluvias, y acercándose a la puerta de Kishkindha, aquel sumamente poderoso lanzó un terrible rugido, sacudiendo la tierra como el sonido de un timbal. Como un elefante derribó, por soberbia, los árboles de alrededor, y desgarró la tierra con sus pezuñas, rascándola con sus cuernos. Vali estaba en las habitaciones de las mujeres en aquel momento y, incapaz de soportar el sonido, salió con sus esposas, como la Luna con las estrellas. Entonces aquel señor de los monos y de otros animales salvajes habló abiertamente a Dundubhi, diciendo: “Oh Dundubhi, ¿por qué obstruyes la puerta de esta mi ciudad y lanzas un terrible rugido? ¿Conoces mi poderosa fuerza? Salva tú tu propia vida”. Al oír aquellas palabras de aquel inteligente señor de los monos, Dundubhi, con los ojos enrojecidos, habló: “Oh héroe, no te conviene hablar así ante tus esposas. Entra tú en conflicto conmigo y tu poderío será averiguado después. O reprimiré mi cólera por esta noche y goza tú, oh mono, hasta la salida del Sol. Abrazando a todos los monos, invitando a todos tus amigos, honra tú, que eres el señor de las manadas de monos, a estos con dádivas. Contempla Kishkindha y haz reyes a tus hijos. Y goza tú con tus esposas; seré yo quien aplaste tu orgullo. Aquel que destruye a una persona que está entregada a la bebida, descuidada, extenuada y privada de armas, y a uno como tú, hundido en el abismo de la voluptuosidad, comete el pecado que sigue a la destrucción de un embrión”. A lo cual respondió Vali, riendo, a aquel perverso señor de los asuras, dejando a un lado a todas sus esposas, encabezadas por Tara: “Si no temes combatir, no me consideres solo como uno entregado a la bebida. Considera tú este mi apego como un trago en este conflicto, para ser bebido por los héroes”. Diciendo esto, Vali, tomando su guirnalda de oro, que le había conferido su padre Mahendra, se aprestó para el combate. Sujetándolo por los cuernos, Vali, aquel señor de los monos, lanzando un terrible rugido, arrojó a Dundubhi, semejante a una montaña. Y bramando con voz de trueno, Vali (lo) aplastó. Y la sangre comenzó a gotear de los poros de sus oídos. Ambos deseaban someterse el uno al otro; y así surgió un terrible conflicto entre Vali y Dundubhi. Entonces combatió Vali, igual a Sakra en poderío, con los puños, las rodillas, las piernas, las piedras y los árboles. Y así hubo una escaramuza entre el jefe de los monos y el asura. Y en este conflicto la fuerza del asura fue grandemente reducida, mientras que la del hijo de Sakra fue muy acrecentada. Alzando a Dundubhi, lo arrojó al suelo. Y en aquella espantosa escaramuza Dundubhi fue grandemente reducido. Y hubo una profusión de sangre que caía de los oídos de aquel aplastado. Entonces aquel de brazos poderosos cayó a la tierra y exhaló su último aliento. Y alzando con sus brazos a aquel sin vida, el poderoso Vali lo arrojó con gran fuerza a la distancia de una yojana. Mientras era así arrojado con fuerza, gotas de sangre, cayendo de su boca, impulsadas por el viento, cayeron sobre la ermita del gran santo Matanga. Oh grande, al contemplar allí las gotas de sangre, el gran asceta, airado, pensó dentro de sí: “¿Quién podrá ser el autor de este rociamiento de sangre? ¿Quién es esa persona de alma perversa, de mente viciosa y estúpida, que me ha rociado de pronto con sangre?”. Diciendo esto, aquel mejor de los santos salió (de la ermita) y contempló un búfalo sin vida tendido en la tierra, como una enorme montaña. Y percibiendo, por virtud de su ascetismo, que esto había sido cometido por un mono, lanzó una poderosa maldición sobre el autor (de aquel inicuo hecho): “No entrará aquí aquel que ha mancillado la santidad de mi bosque con lluvias de sangre. Y seguramente será muerto (al entrar). Sin duda dejará de existir aquel perverso, si pone el pie a una yojana en torno de mi ermita, él que ha derribado estos árboles al arrojar el cuerpo del asura. Sus consejeros o cualquiera relacionado con él que recurra a este mi bosque (encontrará el mismo destino). No vivirán aquí; oyendo esto de mí, que tomen sus propios caminos. Y aun si viven aquí, sin duda los maldeciré también a ellos. Este mi bosque es protegido por mí cada día como a mi propio hijo, y los monos están siempre acostumbrados a destruir sus hojas, árboles y raíces. Los perdono hoy; pero si hallo alguno mañana, será convertido en piedra durante muchos millares de años”. Al oír aquellas palabras del santo, la manada de monos salió (del bosque). Y al contemplarlos (salir del bosque), Vali habló: “¿Por qué se han acercado a mí todos ustedes, los moradores del bosque de Matanga? ¿Está todo bien con ustedes?”. Entonces ellos relataron a Vali, que llevaba una guirnalda de oro, la causa de la maldición del santo sobre él y sobre otros monos. Al oír aquellas palabras, Vali se acercó a aquel gran asceta y lo solicitó con las manos juntas. Desdeñándolo, el asceta entró en su ermita, y Vali quedó abrumado por el temor de la maldición. Oh señor de los hombres, temeroso de la maldición, aquel jefe de los monos se propuso acudir al monte Rishyamuka. Sabiendo con certeza, oh Rama, que no entrará en este bosque, he vivido aquí con mis ministros, libre de temor y de pena. Aquí está el montón de los huesos de Dundubhi, muerto a causa de su propia soberbia, semejante a una enorme montaña. Estos son los siete enormes árboles Sala, revestidos de ramas, que Vali pudo despojar de hojas simultáneamente por virtud de su poderío. Te he relatado, oh Rama, su incomparable poderío. Dime ahora, oh héroe, ¿cómo puedes destruirlo en el conflicto?». A Sugriva, que hablaba así, Lakshmana, sonriendo, respondió: «¿Haciendo qué confiará usted en (la capacidad de Rama) para destruir a Vali?». Entonces Sugriva le dijo: «Estos siete árboles Sala, ante ti, el poderoso Vali los atravesó en otro tiempo, todos a la vez, con una sola flecha. Si Rama puede apuntar solo a uno de estos con una sola flecha y si puede, oh Lakshmana, arrojar los huesos de este búfalo muerto a una distancia de doscientos arcos, consideraré muerto a Vali». Habiendo hablado así a Rama, Sugriva, de ojos rojos como sangre, pensó aparte por un momento y habló de nuevo a Kakutstha: «Es heroico y orgulloso de su poderío; su heroísmo y su fuerza son conocidos por todo el orbe. Es un poderoso mono e incapaz de ser reprimido en una batalla. Sus acciones son tales que superan el poder de los celestiales. Dándoles vueltas dentro de mí y aterrado, he acudido a este monte Rishyamuka. Y pensando en aquel señor de los monos, invencible e irreprimible, no me atrevo a dejar este Rishyamuka. Y agitado por el temor y la angustia, por eso he estado vagando en este poderoso bosque junto con mis devotos consejeros, encabezados por Hanuman. Y habiendo hallado en ti un amigo digno y sincero, oh mejor de los hombres, oh tú, que eres amoroso con tus amigos, he tomado tu amparo como al mismo Himavan. Conozco el poderío de mi sumamente poderoso y perverso hermano, pero nunca he presenciado el tuyo en un conflicto, oh Raghava. No te comparo con Vali, ni te desdeño ni te intimido; sin duda me han alarmado mucho sus terribles acciones. Oh Raghava, tus palabras, tu paciencia y tu figura son las pruebas de tu heroísmo; en verdad hablan de tu valor, como el fuego oculto por las cenizas». Al oír aquellas palabras de Sugriva, el de alma elevada, Rama, sonriendo, habló a aquel mono, diciendo: «Oh mono, si no confías en mi valor, pronto crearé tu confianza acerca de mis capacidades guerreras». Habiendo hablado así a Sugriva y consolándolo, el sumamente poderoso Raghava, de brazos poderosos, hermano mayor de Lakshmana, alzando con facilidad con el dedo pulgar el cuerpo seco de aquel asura, Dundubhi, lo arrojó a una distancia de diez yojanas. Al contemplar el cuerpo de aquel asura arrojado así, Sugriva se dirigió de nuevo al heroico Rama, ante Lakshmana y la manada de monos, con las siguientes palabras plenas de sentido: «Amigo, en otro tiempo este cuerpo estaba húmedo y corpulento, y mi hermano Vali, loco de voluptuosidad, lo arrojó con gran dificultad. Y oh Raghava, ahora está despojado de carne y por eso es ligero como la hierba y, en consecuencia, ha sido arrojado por ti con facilidad, oh descendiente de Raghu. ¿Y no soy capaz de averiguar quién es el más poderoso? Hay una gran diferencia, oh Raghava, entre un cuerpo húmedo y uno seco. Todavía hay duda, oh venerable, sobre cuál de ustedes es el más poderoso. En verdad tu fuerza se manifestará en la perforación de uno de estos árboles Sala. Habiendo encordado el arco semejante a la trompa de un elefante y tensándolo hasta tus orejas, dispara tú esta poderosa flecha. No hay duda alguna de que esta flecha lanzada por ti atravesará este árbol Sala. No hay necesidad de más discusión; haz tú, oh rey, lo que te parezca propio para mí, pues has contraído amistad conmigo con un voto solemne. Como el sol entre los planetas, como el Himalaya entre las montañas, como el león entre los cuadrúpedos, tú eres el primero de los hombres en poderío».
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Al oír aquellas agradables palabras de Sugriva, el sumamente resplandeciente Rama, para crear su confianza, tomó su arco. Aquel que confiere honores a otros, sosteniendo su terrible arco y una flecha, la lanzó hacia el Sala, llenando todos los rumbos de un sonido. La flecha, clara como el mismo oro, arrojada por aquel de poderosa fuerza, perforando los árboles, penetró en la extensión montañosa y en las siete regiones de la tierra. Y aquella flecha, dotada de maravillosa velocidad, tras atravesar todos los árboles, entró de nuevo en la aljaba. Habiendo contemplado aquellos siete árboles perforados por la flecha de Rama, aquel jefe de los monos llegó a un exceso de asombro. Entonces Sugriva, sumamente alegre y deleitado con sus acciones, inclinando la cabeza hasta la tierra y tendiendo su adornada persona en el suelo, se dirigió con las manos unidas a aquel heroico descendiente de Raghu, Rama, el primero entre los versados en el saber religioso, con las siguientes piadosas palabras: «Oh mejor de los hombres, oh señor, qué decir de Vali: tú eres capaz de destruir con tus flechas, en el conflicto, incluso a los celestiales encabezados por Indra. Oh Kakutstha, ¿quién puede mantenerse ante ti en una batalla, tú que has atravesado con una sola flecha los siete árboles, la montaña y la tierra? Al obtenerte como amigo, semejante a Mahendra y a Varuna, mi pena ha sido quitada y he llegado a un exceso de deleite. Destruye tú, oh Kakutstha, aun hoy mismo, por mi bienestar, a mi hermano Vali. Esto te ruego con las manos juntas». Entonces, abrazando a Sugriva, de grato semblante y semejante a Lakshmana, el sapientísimo Rama le habló, diciendo: «Pronto iremos a Kishkindha. Ve tú delante, Sugriva, y desafía a la batalla a tu falso hermano Vali». Entonces, avanzando con presteza hacia Kishkindha, la capital de Vali, todos se detuvieron a esperar en aquel denso bosque, ocultándose bajo los árboles. Con el propósito de llamar a Vali, Sugriva, atándose firmemente el paño (alrededor de la cintura), lanzó un terrible rugido, como si desgarrara el cielo (con él). Al oír el terrible estruendo de su hermano, el poderoso Vali, sumamente airado, salió de su ciudad, como el Sol de las costas occidentales (donde se pone). Entonces surgió un poderoso conflicto entre Vali y Sugriva, como los planetas Mercurio y Marte que combaten entre sí en el cielo. Los dos hermanos, agitados por la ira, se golpearon con las palmas, semejantes a Asani, y con los puños, semejantes al diamante. Entonces Rama, con el arco en la mano, contempló a aquellos dos héroes que se parecían el uno al otro, como dos Asvins. Y Raghava no lanzó aquella flecha mortal hasta que pudo averiguar con certeza quién era Vali y quién era Sugriva. Entretanto, derrotado por Vali, Sugriva huyó y, al no ver a Raghava, se dirigió hacia Rishyamuka. Y fatigado, agotado por los golpes y con la persona bañada en sangre, él, seguido de Vali, airado, entró en aquel poderoso bosque. Al verlo entrar en aquel bosque, el sumamente poderoso Vali no pudo perseguirlo allí por temor a la maldición, pero dijo: «Hoy quedas liberado». Y Raghava también, con su hermano y Hanuman, entró en aquel bosque, donde estaba el jefe de los monos, Sugriva. Al ver acercarse a Rama con Lakshmana, Sugriva, herido de vergüenza y fijando la mirada en la tierra, le habló con abatimiento con las siguientes palabras: «Llamándome con “llama tú (a Vali)”, mostrando tu valor y haciendo que yo fuera golpeado por el enemigo, ¿qué conducta impropia has mostrado conmigo? Debiste hablarme entonces con verdad, oh Raghava: “No destruiré a Vali”, y yo no habría ido allí». Hablando así con abatimiento Sugriva, el de alma elevada, Raghava le habló de nuevo, diciendo: «Oye tú, oh Sugriva, oh venerable, por qué no lancé entonces mi flecha. Por los adornos, el vestido, la estatura y los movimientos, tú y Vali son exactamente iguales, oh Sugriva. Por la voz, por las palabras, por las miradas o por el valor, oh mono, no pude discernir ninguna distinción. Oh mejor de los monos, sorprendido así por la semejanza de sus semblantes, no pude lanzar aquella flecha destructora de enemigos y de rápido curso. Tanto temí por tu parecido con Vali que pensé que acaso la flecha mortal te destruyera. Oh héroe, oh señor de los monos, si alguna desgracia te sobreviene, a ti, que ya estás abrumado de miserias, por mi ignorancia o puerilidad, será conocida por todo el orbe. Poderoso es el pecado que nace de la destrucción de quien ha recibido refugio. Yo mismo, Lakshmana y aquella exquisitamente fina doncella, Sita, estamos todos a tu servicio; tú eres nuestro único refugio en este bosque. Entra, por tanto, de nuevo en el conflicto y no temas, oh mono. Y contempla incluso, en este mismo momento, a Vali, que se mueve sin descanso sobre el pecho de la tierra, herido por mi flecha. Haz tú alguna marca en tu persona, oh señor de los monos, por la cual yo pueda reconocerte cuando estés empeñado en un duelo (con tu hermano). Oh Lakshmana, cortando esta auspiciosa flor Gaja, ponla tú en torno al cuello de Sugriva, el de alma elevada». Entonces aquel de gran garbo, con la guirnalda alrededor del cuello, parecía una nube. Y apareciendo con una figura elegante y atento a las palabras de Rama, entró de nuevo con él en Kishkindha.
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Entonces Rama, el de alma elevada, junto con Sugriva, avanzó desde el monte Rishyamuka hacia Kishkindha, sostenida por el poderío de Vali, alzando su poderoso arco de cresta dorada y tomando sus flechas de batalla, semejantes a Aditya. El poderoso Sugriva, inclinándose, avanzó delante de Rama, el de alma elevada, y de Lakshmana. Los seguían el heroico Hanuman, el poderoso Nala y Nila, y el sumamente poderoso Tara, el jefe de la manada de monos. Contemplaron, mientras avanzaban, árboles doblados bajo el peso de las flores, ríos de agua clara que fluían hacia el océano, hondonadas de montaña, colinas, cuevas, cavidades, cumbres principales y encantadores arroyuelos. Contemplaron en su camino estanques llenos de agua clara como el Vaidurya y embellecidos con lotos, en flor y en capullo, y que resonaban con los gritos de Karandavas, cisnes, gansos, Vanjulas, aves acuáticas, Chakravakas y diversas otras aves. Observaron en torno, en la tierra boscosa, ciervos que andaban sin temor en libertad y pacían hierba tierna. Contemplaron espantosos elefantes salvajes de blancos colmillos, que andaban solos, destructores de las orillas de los ríos y enemigos de los estanques. Y observando a muchos monos enfurecidos como elefantes, semejantes a otras tantas montañas movibles que hendían las extensiones montañosas cubiertas de polvo, y a muchas otras fieras y aves, los seguidores de Sugriva siguieron su camino. Mientras avanzaban con presteza, Rama, el descendiente de Raghu, contemplando el bosque lleno de árboles, habló a Sugriva, diciendo: «Estos árboles, bordeados de bosquecillos de plátanos, densos como un cúmulo de nubes, parecen nubes en el cielo. Grande es mi deseo de saber, oh amigo, qué son estos. Y deseo que tú disipes mi deseo de saber». Al oír las palabras de Raghava, el de alma elevada, Sugriva comenzó a describir aquel gran bosque: «En esta extensa ermita, oh Raghava, que quita la fatiga (de los viajeros), llena de jardines y de árboles y abundante en frutos deliciosos, raíces y agua, moraron siete santos, que dominaban sus sentidos. Aquellos siete santos, que moraban en la montaña, pasaban días y noches en el agua con la cabeza hacia abajo y, pasadas siete noches, solían vivir del aire. De este modo, tras pasar setecientos años, subieron corporalmente al cielo. Por virtud de su ascetismo, esta ermita está amurallada por árboles y es incapaz de ser conquistada ni siquiera por Indra, los celestiales y los asuras. Ni las aves ni otros animales salvajes entran en esta ermita; quien entra en ella por error nunca regresa. Se oye, oh Raghava, el sonido del arreglo de las apsaras, sus dulces acentos de alas, y el de su música y sus tambores; y aquí se difunde la fragancia celestial. Aquí arde el fuego Treta; y el humo y la nube, oscuros como las alas de una paloma, envuelven las copas de los árboles. Y allí aparecen los árboles, con las copas saturadas de humo y envueltas en nubes, como otras tantas colinas de Vaidurya. Tributa tú, oh Raghava, oh de alma virtuosa, homenaje a ellos junto con tu hermano Lakshmana, con el corazón concentrado y las palmas juntas. No reposa pecado alguno en las personas, oh Rama, de quienes se inclinan ante aquellos santos que dominan su ser». Entonces Rama, junto con su hermano menor Lakshmana, rindió homenaje a aquellos de alma elevada. Y tras haber rendido homenaje (a la sagrada memoria de aquellos grandes), el virtuoso Rama, su hermano (menor) Lakshmana, Sugriva y los otros monos siguieron su camino con corazones deleitados. Y andando una larga distancia desde aquella ermita de los siete grandes, contemplaron Kishkindha, difícil de conquistar y ocupada por Vali. Entonces Rama, su hermano menor y los monos, tomando sus armas, entraron, para llevar a cabo la destrucción de sus enemigos, en la ciudad (de Kishkindha) erigida por el poderío del hijo de Indra.
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Todos ellos, acudiendo con presteza a Kishkindha, la capital de Vali, se detuvieron a esperar en el denso bosque, ocultándose tras los árboles. Echando la mirada en torno por el bosque, Sugriva, de enorme cuello y aficionado a los bosques, se enfureció en extremo. Lanzando un terrible estruendo y desgarrando el cielo con su grito, (Sugriva), rodeado de sus parientes, desafió (a Vali) a la batalla. Entonces, rugiendo como una enorme nube precedida por un poderoso viento, Sugriva, dotado de andar leonino y semejante al Sol recién salido, al hallar a Rama experto en el asunto, le habló, diciendo: «Has llegado a Kishkindha, la capital de Vali, adornada de oro, llena de gallardetes e instrumentos y rodeada de monos. Cumple tú tu promesa, oh héroe, la que habías hecho antes, de llevar a cabo la destrucción de Vali, como la estación que llena de frutos las enredaderas». Así interpelado por Sugriva, el virtuoso Raghava, matador de enemigos, le habló con las siguientes palabras: «Arrancando la enredadera Gaja, Lakshmana la ha colocado en torno a tu cuello como emblema (para distinguirte). Pareces más hermoso, oh héroe, con esta enredadera en torno al cuello, como el sol en el cielo engalanado por las estrellas. Yo, oh mono, con el disparo de una sola flecha en el conflicto, destruiré tu temor y la enemistad que procede de Vali. Muéstrame tú, oh Sugriva, a tu enemigo bajo el aspecto de un hermano. Herido (por mi flecha), Vali rodará en el polvo en el bosque. Y si, recobrando la vida, se presenta ante tu vista, abandona tú este campo, colmándome de insultos. Tú viste siete Talas hendidos por una sola flecha mía; considera, pues, a Vali destruido hoy por mi poderío en el conflicto. Aunque caído antes en la aflicción, jamás dije una falsedad, guiado siempre por una inclinación a adquirir virtud. Como la deidad de los cien sacrificios, que hace que los arrozales den sus frutos mediante copiosos aguaceros, cumpliré mi promesa a fuerza de mi poderío. Abandona, pues, toda duda acerca de ello. Llama tú a Vali, que lleva una guirnalda de oro. Haz tú tal sonido, oh Sugriva, que haga salir a ese jefe de los monos (de su ciudad). Ha sometido su aliento, está orgulloso de la victoria y es aficionado a la guerra; tú no pudiste reprimirlo antes. Sin duda ese Vali saldrá, dejando la compañía (de sus esposas). Al oír el grito de guerra de su enemigo, nunca lo soportará, especialmente porque se jacta de su poderío ante sus esposas». Al oír las palabras de Rama, Sugriva, de tez amarilla dorada, lanzó un terrible rugido, como si hendiera el cielo. Aterradas por aquel sonido, las vacas, perdiendo la compostura, van de un lado a otro como doncellas oprimidas por el descuido de sus reyes (en protegerlas). Y los ciervos huyen como caballos derrotados en una guerra. Y las aves caen a la tierra, como planetas que pierden su pureza. Entonces, confiando en las palabras de Rama, aquel hijo de Surya (el Sol), con su energía acrecentada por su poderío, semejante al océano agitado por el viento, comenzó a rugir como una nube.
Section 15
Mientras residía en las habitaciones de las mujeres, Vali oyó el estruendo de aquel Sugriva, el de alma elevada, su hermano colérico. Y al oír aquel poderoso rugido, que sacudía todo el mundo de la creación, su orgullo fue aplastado en un instante y él llegó a un exceso de ira. Entonces Vali, de tez dorada, sumamente agitado por la cólera, perdió al instante el resplandor de su persona, como el sol poseído por Rahu. Y con aspecto terrible por sus dientes y con ojos semejantes al fuego ardiente a causa de la ira, parecía un estanque con sus lotos arrancados con sus tallos y fibras. Y al oír aquel sonido insoportable, el mono salió con presteza, como si hendiera la tierra con las huellas de sus pies. Abrazándolo con calor y mostrando su afecto, Tara, temerosa y mortificada, le habló con las siguientes palabras, que presagiaban su futuro bienestar: «Abandone usted, oh héroe, esta su ira, que viene como el curso de un río, como quien, dejando de lado la guirnalda que usó en la noche, se levanta del lecho. Oh jefe de los monos, entre usted en conflicto con él mañana. Oh héroe, su enemigo es muy insignificante y por eso no habrá menoscabo de su parte. Que usted salga apresuradamente no me agrada; oiga por qué lo detengo. En otro tiempo este Sugriva lo desafió a usted con ira a la batalla y, derrotado y herido por usted, huyó. Ese que fue derrotado y hostigado por usted en otro tiempo lo está llamando ahora. En verdad ha suscitado mi temor. Su orgullo, su energía y su terrible estruendo indican que no hay nada insignificante (en el fondo). No pienso que Sugriva haya venido aquí sin alguien que lo ayude. Sin duda se ha amparado en alguien y, asegurado ese amparo, ha estado lanzando tan terrible estruendo. Ese mono es astuto por naturaleza y está dotado de inteligencia. Y Sugriva no deseará la amistad de nadie sin haber puesto a prueba su poderío. Escuche, oh héroe, le relataré hoy las palabras auspiciosas que oí antes del príncipe Angada. Él me ha relatado todo acerca de Sugriva, lo que oyó de sus emisarios mientras viajaban por el bosque. Los dos heroicos hijos del rey de Ayodhya, Rama y Lakshmana, incapaces de ser derrotados en una batalla y nacidos en la estirpe de los Ikshvakus, han acudido a los bosques. Para llevar a cabo el bienestar de Sugriva, esos dos héroes, difíciles de reprimir, han venido aquí. Él es el sostén de su hermano en la batalla; Rama ha surgido como el fuego de la disolución y es el sometedor del poderío de los enemigos. Es el refugio de los santos y el amparo principal de los afligidos. Es el protector de los oprimidos por sus enemigos y el único poseedor de fama. Está dotado de saber e inteligencia y siempre se atiene a los mandatos de su padre. Como el Himalaya, el rey de las montañas, que contiene metales diversos, es la mina de perfecciones diversas. Por tanto, no le conviene a usted entrar en conflicto con aquel Rama, de alma elevada, incomparable en poderío y difícil de vencer en la batalla. Escuche, oh héroe, deseo decirle algo más; no quiero suscitar su ira. Confiera usted de inmediato a Sugriva la dignidad de heredero (de su trono). Oh héroe, oh rey, no riña con su hermano menor. Considero que es para su bienestar trabar amistad con Rama y recobrar el afecto de Sugriva, renunciando a todos sus sentimientos hostiles. Este su hermano menor, aun permaneciendo a distancia, debe ser siempre mantenido por usted. Ya por usted o a distancia, es siempre su mejor amigo; no encuentro igual suyo en la tierra. Confiriéndole dones y honores, recíbalo de vuelta. Y renuncie usted a su enemistad y deje que se siente a su lado. Pienso que aquel Sugriva de grueso cuello es su mejor amigo; no hay otro recurso para usted que asegurarse la amistad de su hermano. Si desea usted proceder conforme a mi deseo, si me considera alguien que desea su bien, haga lo que le pido por su bienestar. Séale grato oír mis palabras benéficas. No le conviene ceder a la influencia de la ira; su conflicto con ese hijo del rey de Kosala, dotado del poderío de Sakra, no conducirá a su bienestar». Entonces Tara habló a Vali estas palabras convenientes y bien intencionadas, pero no lo satisficieron a él, poseído por Kala, como estaba, en vísperas de su destrucción.
Section 16
Después de que Tara, de rostro semejante a la luna, hubo hablado así, Vali, reprochándola, dijo: «Oh tú, de exquisita hermosura, mi hermano, y especialmente mi enemigo, ruge bajo y con altivez; ¿y cómo lo soportaré? Oh tímida doncella, los héroes que nunca han sido derrotados y nunca han huido del campo de batalla prefieren hallar la muerte antes que soportar esta ignominia. Soy incapaz de soportar este orgulloso estruendo de Sugriva, de cuello defectuoso, que desea entrar en conflicto conmigo. Temiendo peligro por parte de Raghava, no necesitas albergar ansiedad alguna por mi causa. ¿Por qué ha de perpetrar iniquidad aquel Rama, de alma virtuosa y agradecido? Vuelve, pues, con mis otras esposas. ¿Por qué me sigues de nuevo? Ya has mostrado tu amistad y tu respeto por mí. Yo, acudiendo allí, solo combatiré con Sugriva. Aplastaré su orgullo y no lo destruiré. Lo trataré con misericordia en la batalla, como tú deseas, y, golpeado con puños y árboles, huirá. Sin duda ese de alma viciosa no podrá resistir mi orgullo y mi hábil destreza en la guerra. Oh Tara, ya has mostrado tu apego a mí al darme buenos consejos. Por mi vida, regresa tú con los otros miembros de mi casa; yo volveré solo después de lograr la derrota de mi hermano en la batalla». Entonces Tara, diestra y de dulces acentos, abrazando a Vali, le dio la vuelta alrededor, con lágrimas que le corrían de los ojos. Y tras haber cumplido el Sastayana, o sea la ceremonia de bendición, aquella dotada de conocimiento de los mantras y deseosa del éxito de Vali, fue, abrumada de pena, a las habitaciones interiores en compañía de otras mujeres. Después de que Tara partió a sus propios aposentos con sus compañeras, él salió de la ciudad suspirando como una serpiente enfurecida. Y el veloz Vali, sumamente colérico, suspirando, echó la mirada en torno con el fin de contemplar a su enemigo. Y aquel sumamente resplandeciente divisó a Sugriva, de tez amarilla dorada, ceñidamente vestido, firme sobre la tierra y brillante como oro ardiente. Y al contemplar a Sugriva apostado así, el sumamente airado Vali, de brazos poderosos, se ciñó bien las vestiduras. Sumamente poderoso y estrechamente vestido, él, apretando los puños, avanzó hacia Sugriva y esperó la acción. Sugriva también, apretando el puño y sumamente colérico, avanzó hacia Vali, que llevaba una guirnalda de oro. Y al contemplar a Sugriva, adiestrado en la guerra, con los ojos enrojecidos de ira, avanzar con rapidez, Vali dijo: «Mira, he apretado este terrible puño, juntando bien mis dedos; y un solo golpe mío te quitará la vida». Interpelado así por Vali, Sugriva, agitado por la cólera, le habló, diciendo: «Este mi puño te golpeará en la cabeza quitándote la vida». Entonces Sugriva, golpeado por Vali, se encolerizó y se acercó a él con rapidez, y comenzó a vomitar sangre como una montaña que tiene manantiales. Y también Vali fue derribado por Sugriva, que sin temor tomó un árbol Sala, como una montaña golpeada por un rayo. Así herido por el árbol y abrumado por el golpe del Sala, se turbó como una barca muy cargada en medio de un océano. Y estos (dos hermanos), dotados de poderosa fuerza y poderío y del movimiento de Suparna, y de enormes personas, combatieron el uno con el otro como el Sol y la Luna en el cielo. Eran hostiles el uno al otro y estaban empeñados en hallar sus mutuos puntos oscuros. Y Vali, dotado de fuerza y poderío, llevaba ventaja en el conflicto, y aquel sumamente poderoso hijo del Sol, Sugriva, fue superado. Y con el orgullo aplastado por Vali y la fuerza muy reducida, Sugriva, con ira, lo señaló a Rama. Entonces tuvo lugar un poderoso conflicto entre ellos, como el de Vritra y Vasava, con árboles de ramas, colinas, uñas duras como rayos, puños, rodillas, piernas y brazos. Y estos dos monos, que vagaban por el bosque, combatieron el uno con el otro, con las personas bañadas en sangre y rugiendo como nubes. Y Raghava contempló una y otra vez los puntos débiles de aquel jefe de los monos, Sugriva, que iba perdiendo poco a poco su fuerza. Y al contemplar a aquel jefe de los monos sumamente angustiado, el sumamente poderoso y heroico Rama fijó la mirada en su flecha, con la destrucción de Vali en vista. Y ajustando a su arco una flecha semejante a una serpiente, la tensó como la Muerte que extrae su ciclo del tiempo. Aterrados por el sonido de su tensar del arco, las aves y las fieras, consternadas como en la víspera de la disolución, huyeron hacia rumbos diversos. Y una poderosa flecha, como un rayo y semejante al fuego llameante, arrojada por Rama, se posó sobre el pecho de Vali. Herido por aquella flecha, aquel sumamente poderoso jefe de los monos, dotado de poderío, cayó sobre la tierra. Como el estandarte de Sakra en la luna llena de Asvina, Vali, con la garganta ahogada de vapor, perdiendo todo sentido y suspirando con fuerza, cayó muerto al suelo. Como el gran dios Hara emitió fuego con humo por la boca, así aquel mejor de los hombres, como la Muerte, arrojó una flecha excelente, llameante y destructora de enemigos, semejante al oro y a la muerte misma. Entonces, bañado en sangre, aquel hijo de Vasava cayó sin sentido al suelo, en el conflicto, como un asoka en flor que crece en una colina y como el estandarte de Sakra derribado sobre la tierra.
Section 17
Entonces Vali, adiestrado en la guerra, herido por la flecha de Rama, cayó al suelo como un árbol talado. Adornado de oro ardiente, tendió a lo largo de todo su cuerpo sobre la tierra, como el estandarte del Señor de los celestiales, aflojado y arrojado (fuera del carro). Postrado en tierra aquel señor de los monos, su reino parecía el cielo privado de la Luna. Aunque derribado a la tierra, ni la vitalidad, ni el resplandor, ni el poderío abandonaron el cuerpo de aquel de alma elevada. Aquella excelente guirnalda de oro y coronada de joyas que le había conferido Sakra mantenía la vitalidad, el resplandor y el poderío de aquel señor de los monos. Adornado con aquella guirnalda de oro, aquel heroico señor de las manadas de monos parecía una nube vespertina. Aunque derribado al suelo, su belleza parecía como dividida en tres, a saber, su guirnalda, su cuerpo y la flecha que le atravesaba el corazón. La flecha lanzada del arco de Rama, que le señalaba el camino a la región celestial, fue un excelente medio para aquel héroe. Al contemplar al de ancho pecho y brazos poderosos Vali, el hijo de Mahendra, que llevaba una guirnalda de oro y tenía el semblante llameante y los ojos amarillos, así derribado a la tierra, semejante a un fuego sin llama en el campo de batalla, como Yayati, caído de la morada de los celestiales al menguar su piedad, como un árbol que cae a la tierra en el tiempo de la Disolución, difícil de reprimir como el mismo Mahendra, incapaz de ser resistido como Upendra, Rama, seguido de Lakshmana, se acercó y lo contempló. Y rindiendo respeto a aquel héroe caído en la tierra como un fuego sin llama, y mirándolo una y otra vez, aquellos dos sumamente poderosos hermanos, Rama y Lakshmana, se le acercaron. Y al contemplar a aquel sumamente poderoso Raghava y a Lakshmana, Vali les habló con las siguientes palabras audaces y piadosas. Y entonces Vali, de poderío mitigado, de vitalidad menguante, inmóvil y tendido en el suelo, habló a Rama, orgulloso de la guerra, diciendo estas palabras plenas de sentido: «¿Qué mérito has cosechado al destruirme a mí, que no estaba empeñado en combate contigo? Yo estaba agitado por la ira, empeñado en un conflicto (con otra persona), y por ti he hallado la destrucción. La gente habla muy bien de ti, oh Rama, sobre esta tierra, describiéndote como nacido de una familia elevada, dotado de hombría y poderío, siempre empeñado en el bienestar de tus súbditos, compasivo, enérgico, de firme resolución y conocedor del tiempo. El castigo, el dominio de las pasiones, el perdón, la piedad, la firmeza, la verdad, el poderío y la supresión de los malvados: todas estas son las virtudes regias. Y conociendo tu elevada estirpe y todas estas tus perfecciones, me acerqué a Sugriva con intención hostil, aunque Tara me lo impedía. Antes de verte, había pensado dentro de mí: “Sin duda Rama no me destruirá, empeñado como estoy con otra persona y por eso no preparado para combatir con él”. Ahora te conozco como alguien que ha despojado su alma mediante actos impíos, que finge religión siendo en verdad una persona irreligiosa, que recurre a todas las obras viciosas, como un pozo cubierto de hierba, injusto mientras pasa bajo el manto de la honestidad y la religión, como un fuego oculto. No te he hecho ningún agravio ni en tu reino ni en tu ciudad. Ni he pasado de largo ante ti. ¿Por qué, entonces, me has destruido a mí, que soy un mono que siempre vaga por los bosques, que vive de frutos y raíces y que he venido aquí a combatir con otra persona? Parece que eres de padre regio y de semblante bello. Y, oh rey, hay señales de piedad en tu persona. ¿Quién, nacido en la estirpe de los kshatriyas, versado en el saber religioso, con sus dudas disipadas y con señales de piedad en su persona, perpetra un hecho tan inicuo? Tú has nacido en la familia de los Raghus y eres conocido por todo el orbe como piadoso. Estando revestido de rectitud, ¿por qué cometes un acto tan injusto? El castigo, la caridad, el perdón, la piedad, la veracidad, la firmeza, el poderío y el castigo de los inicuos son las virtudes de un rey, oh príncipe. Somos, oh Rama, fieras salvajes que vagan por el bosque y viven de raíces y frutos; nuestra naturaleza es así; pero tú eres un hombre, oh rey. La tierra, el oro y la plata son las causas de la discordia. Pero ¿quién hay tan avaro que se interese por nuestras moradas del bosque y nuestros frutos? La virtud regia consiste en administrar con humildad y libertad la disciplina, el favor y el castigo. Los reyes de ningún modo deben seguir sus caprichos. Pero tú eres colérico e inestable por naturaleza, caprichoso, perfectamente estrecho de miras en el cumplimiento de tus deberes regios, y usas tu arco y tus flechas (en cualquier parte y en todo momento). No tienes apego a la virtud ni comprensión de las cosas rectas, y te guían siempre tus pasiones, aunque eres un señor de los hombres. Oh Kakutstha, habiéndome destruido sin pecado con tu flecha y perpetrando un acto tan deshonroso, ¿cómo lo relatarás a los piadosos? Quienes cometen traición, destruyen a los brahmanes y a las vacas, quienes son ladrones y están siempre empeñados en la destrucción de animales, y quienes son ateos y se casan antes de que sus hermanos mayores estén casados, todos van al infierno. Los villanos, los avaros, quienes matan a sus amigos y se fugan con las esposas de su preceptor visitan siempre la tierra de los viciosos. Y no hay la menor duda de ello. Mi piel no es digna de tu contacto, y mis huesos y pelos deben ser siempre evitados por los virtuosos. Y mi carne no es digna de ser comida por personas de tu piedad. Un erizo, un puercoespín, una iguana, una liebre y una tortuga: estos cinco animales solamente, que tienen cinco dedos, son dignos de ser comidos por los kshatriyas y los brahmanes, oh Raghava. Los sabios, oh Rama, no tocan mi piel ni mis huesos, y mi carne no es digna de ser tomada; soy ese (mono) de cinco dedos que ha sido muerto por ti. ¡Ay! Desdeñando las palabras bien intencionadas y veraces de Tara, me he puesto bajo el dominio de Kala (la Muerte). Oh Kakutstha, la Tierra te ha obtenido como esposo, como una doncella de buen natural que es desposada con un marido que ha abandonado su propia religión. ¿Cómo eres tú, que eres malvado, estrecho de miras, mentiroso y siempre empeñado en causar la desgracia ajena, nacido de los lomos de Dasaratha, el de alma elevada? He sido muerto por un elefante, Rama, que desprecia la virtud de los piadosos, rompe la cuerda del carácter y descuida el aguijón de la religión. Perpetrando este acto aciago e impropio, censurado por los dignos, ¿qué dirás a los piadosos cuando regreses en su compañía? El poderío que has mostrado hacia mí, descuidado, oh Rama, nunca lo empleas para la supresión de los inicuos. Oh hijo de rey, si hubieras combatido conmigo abiertamente, habrías visto sin duda la morada de la Muerte, muerto por mí. Oh Rama, como una serpiente que destruye a personas dormidas, tú, que estás bajo el dominio del vicio, me has matado a mí, que soy difícil de reprimir, manteniéndote fuera de mi vista en la batalla. He sido muerto por ti, que deseas lograr el bienestar de Sugriva. Si me hubieras dado a conocer antes tu propósito, yo te habría conseguido a tu Maithili en el curso de un día, y habría traído, por el cuello, a ese rakshasa de alma viciosa, Ravana, el raptor de tu esposa, sin poner fin a su vida en la batalla. Ya fuera en el hondo océano o en la región bajo la tierra, traeré a tu Maithili como a una Asvatari. Es perfectamente propio que Sugriva herede mi reino a mi ascensión al cielo. Y es igualmente impropio que yo haya sido muerto viciosamente por ti en la batalla. Todos, a su tiempo, hallan la muerte, y por eso no hay nada de qué lamentarse por mí. Pero piensa tú en una respuesta apropiada que darás a la gente (cuando se te pregunte la causa de mi destrucción)». Habiendo dicho esto, aquel hijo, de alma elevada, del jefe de los monos, sumamente angustiado, herido por la flecha (de Rama) y con el semblante reseco, guardó silencio, fijando la mirada en Rama, semejante al sol.
Section 18
Y así Rama fue interpelado por Vali, herido y sin sentido, con aquellas palabras modestas, piadosas y auspiciosas. Y así reprochado, habló a aquel excelente señor de los monos, dotado de virtud y de otras perfecciones, semejante al Sol privado de su brillo, a una nube que ya ha descargado sus aguas y a un fuego apagado: «Sin conocer la virtud, el saber, la pasión ni la costumbre, ¿por qué me censuras como a un niño? ¿Por qué te propones dirigirme así la palabra, por ligereza, a causa de tu condición de mono, sin consultar a tus sabios ancianos reconocidos por los preceptores? Esta tierra, abundante en colinas y bosques, pertenece a los Ikshvakus. Junto con ella se les confirió el poder de administrar el favor y el castigo a las fieras, a las aves y a los seres humanos. El recto, virtuoso y veraz rey Bharata, conocedor de la virtud, del saber y de la pasión y siempre empeñado en administrar el favor y el castigo, gobierna este reino. De ese rey se dice que es conocedor del tiempo y del lugar; en él moran la modestia, la veracidad, el poderío y el amor a la disciplina. Nosotros y otros reyes, mandados por él a practicar la piedad, hemos estado viajando por este vasto mundo deseosos de multiplicar la virtud. Ese primero de los monarcas, Bharata, amante de la virtud, que gobierna toda esta tierra, ¿quién osa perpetrar una iniquidad? Firmes en la excelente virtud que es nuestra y poniendo sobre nuestras cabezas los mandatos de Bharata, consideraremos cómo castigaremos a quienes se extravían (del sendero de la virtud). Tú has oprimido la virtud y perpetrado una grave iniquidad. Te has puesto bajo el dominio de tus pasiones y te has desviado del camino de los deberes regios. El hermano mayor, el padre y el instructor: estos tres deben ser siempre considerados como un padre si transitan los senderos de la virtud y la moral. Un hermano menor, un hijo y un seguidor perfecto deben ser siempre considerados como hijos. Y la virtud está siempre en el fondo de todas estas consideraciones. Oh mono, la religión de los buenos es en verdad muy sutil y puede abarcar grandes cosas; el alma inmortal puede entender lo que es bueno o malo. Veleidoso como eres, ¿cómo puedes comprender lo que es propio, consultando a tus compañeros monos, igualmente necios y ligeros de corazón, como quien, nacido ciego, guiara a otro igual? Te hablo con franqueza: no es solo la ira lo que me ha llevado a provocar tu destrucción. Considera tú por qué te he matado: has arrebatado la esposa de tu hermano, renunciando a esa virtud siempre existente. Tú, perpetrador de muchas malas acciones, has tomado a Ruma, la esposa de tu hermano, el de alma elevada Sugriva. Oh mono, has violado así el sendero de la virtud. Y así te he castigado a ti, que has arrebatado a la esposa de tu hermano mayor. Oh tú, jefe de las manadas de monos, no hallo otra alternativa que castigar a quien obra contra la humanidad y viola las sagradas sanciones de la costumbre. Soy un kshatriya de elevada estirpe. No puedo tolerar tu conducta inmoral. Los Sastras sancionan la destrucción de quien, bajo la influencia de la pasión, arrebata a su propia hija, a su hermana y a la esposa de su hermano menor. Este es el mandato de Bharata, el señor de la tierra, y hemos estado cumpliendo sus órdenes. Has desatendido la virtud. Un sabio, que vive en la virtud, no puede dejar ir a quien ha pasado por alto las sanciones de la moral. Bharata ha sancionado la destrucción de los lascivos; y nosotros, oh señor de los monos, siguiendo sus órdenes, aunque es apropiado, para llevar a cabo la destrucción de uno como tú, que ha despojado a la virtud y a la moral. Como a Lakshmana, he trabado amistad con Sugriva. Y con el fin de recobrar su esposa y su reino, él resolvió empeñarse en mi bienestar. Yo también prometí lo mismo ante los monos. ¿Y cómo puede un hombre de mi posición descuidar el cumplimiento de su promesa? Por estas causas de muy gran importancia, favorecido por la virtud, te he administrado este castigo merecido. Apruébalo tú ahora. Tu derrota está del todo conforme con las sanciones de la moral, y ayudar a los amigos es uno de los códigos de la religión. Oye: Manu ha compuesto un par de dísticos que tienden a la purificación del carácter y que son muy estimados por los virtuosos y por mí. Quienes, perpetrando iniquidad, soportan con entereza el castigo infligido por su soberano alcanzan la morada de los celestiales, purificados como los piadosos. Las personas quedan libres de sus pecados cuando, confesando sus crímenes, son castigadas o perdonadas. Pero el monarca que no castiga al perpetrador de un mal acto es visitado por un poderoso pecado. En otro tiempo una iniquidad, como la perpetrada por ti, fue cometida por un devoto, que fue castigado severamente por mi antepasado Mandhata. Y otros señores de la tierra castigan del mismo modo a los autores de malas acciones. Y aún más: los perpetradores de crímenes se someten ellos mismos a penitencias y así quedan liberados de sus pecados. Por tanto, no te arrepientas más, oh mejor de los monos. El castigo que te he infligido está en consonancia con las sanciones de la moral. No somos dueños de nosotros mismos. Oye, oh mejor de los monos, hay otro argumento (para tu destrucción); y al oírlo, oh gran héroe, te conviene abandonar tu ira. Muchas personas que viven de carne, ya sea poniéndose al acecho o abiertamente, atrapan e hieren con red, lazo y trampa a muchos ciervos, aterrados y confiados, que echan a correr o riñen con sus compañeros, cuidadosos o descuidados. No tienen culpa en esto, y yo no albergo, oh mejor de los monos, mortificación ni ira por ello. E incluso muchos ascetas reales, versados en el saber religioso, salen de caza; y por eso has sido muerto por mí con una flecha, oh mono, en el conflicto. Y estoy justificado al matarte, ya combatas o no, puesto que eres un mono. No hay duda, oh mejor de los monos, de que los monarcas confieren la vida y la piedad, auspiciosas y difíciles de alcanzar. Por tanto, no conviene a nadie injuriarlos, censurarlos ni usar palabras impropias con ellos, pues son los celestiales que andan sobre esta tierra bajo la semejanza de un hombre. Sin conocer la virtud y encolerizándote, ¿por qué me censuras a mí, que sigo la religión de mis antepasados?». Así interpelado por Rama, Vali, grandemente mortificado e informado del principio de la religión, no observó falta alguna en Raghava. Entonces aquel señor de los monos habló a Rama, con las manos juntas, diciendo: «No hay la menor duda, oh mejor de los hombres, en todo lo que usted ha dicho. Una persona inferior de ningún modo puede dirigirse impropiamente a su superior. Por tanto, no le conviene a usted, oh Raghava, censurarme por aquellas desagradables palabras que usé con usted, por necedad. Usted ha adquirido un dominio práctico de los principios de la religión y está siempre empeñado en el bienestar de sus súbditos. Su eterno poder de averiguar el crimen y de aplicarle su merecido castigo es perfectamente claro. Considéreme usted el primero de los pecadores y uno que se ha desviado del camino de la moral. Condúzcame usted, con palabras piadosas, a una tierra mejor». Vali, con la garganta ahogada de vapor, habló una y otra vez a Rama, con acentos lastimeros, diciendo: «No me lamento tanto por mí, por Tara o por otros amigos como por mi hijo Angada, el mayor, que lleva un Angada de oro. Criado por mí desde su misma infancia, con mi separación se consumirá, como un estanque cuyo contenido líquido ha sido bebido por un elefante. Es mi único hijo, querido y nacido de Tara. Un mero niño, de entendimiento inmaduro como es, aquel de poderosa fuerza debe ser siempre protegido por usted, oh Rama. Mire con favor a Sugriva y a Angada. Usted es su protector y el castigador que los castiga por sus pecados. Oh rey, oh señor de los hombres, le conviene considerar a Sugriva y a Angada bajo la misma luz con que considera a Bharata y a Lakshmana. Le conviene disponer las cosas de modo que Sugriva no desatienda a aquella casta Tara, que solo es culpable de mi locura. Quien es favorecido por usted, se atiene a sus mandatos y obra conforme a su corazón puede adquirir un reino, alcanzar el cielo y gobernar la tierra. Deseando que usted provocara mi destrucción, entré en conflicto con mi hermano Sugriva, aunque Tara me lo impedía». Habiendo hablado así a Rama, el señor de los monos se detuvo. Entonces Rama consoló a Vali, de claro entendimiento, con las siguientes palabras morales, aceptables a los santos: «Oh mejor de los monos, no nos consideres, ni a nosotros ni a ti mismo, censurables. Somos más versados que tú en los principios de la religión. Quienes son expertos en el modo de averiguar el crimen y castigarlo nunca pierden su virtud: uno que aplica el castigo al criminal y el criminal que lo recibe. Y por eso, al recibir el castigo (de mí), has quedado libre de tus pecados y has adquirido un conocimiento de la religión. Abandona, por tanto, tu pena, tu ilusión y el temor que se esconde en tu corazón. Es imposible para ti, oh primero de los monos, resistir el curso de la disposición. No hay la menor duda, oh señor de los monos, de que Angada será criado por mí y por Sugriva del mismo modo que lo fue por ti». Al oír estas dulces, serenas y piadosas palabras de Rama, el de alma elevada, el sometedor de los enemigos en la batalla, el mono le habló de nuevo con las siguientes palabras plenas de sentido: «Oh señor, oh usted que tiene el poderío de Mahendra, lo apaciguo por haberlo insultado con palabras impropias, falto de sentido como estaba, herido por las flechas. Perdóneme usted, oh señor de los monos».
Section 19
Interpelado así con palabras razonables, aquel señor de los monos, tendido en el suelo y herido por las flechas, no dio respuesta. Con los miembros desgarrados por piedras, golpeado con árboles y herido por la flecha de Rama, quedó sin sentido ante la proximidad de la muerte. Su esposa Tara oyó que Vali, el primero de los monos, había sido muerto en el conflicto por la flecha de Rama. Al oír la desgarradora noticia de la muerte de su marido, ella, encinta, salió de la cueva de la montaña con el corazón turbado. Y al contemplar a Rama con un arco en la mano, los poderosos monos, seguidores de Angada, huyeron aterrados. Entonces Tara observó a aquellos monos que huían aterrados como ciervos separados de su manada, que han perdido a su rey. Y la casta dama, atormentada de pena, habló a aquellos monos, temerosos de Rama, heridos por flechas y agitados por el dolor, diciendo: «Oh monos, ¿por qué se van muriendo de terror y angustia, abandonando a aquel primero de los reyes ante quien solían combatir? ¿Ha sido muerto Vali por Rama, que esperaba a distancia con flechas veloces y de largo alcance, rogado por Sugriva para obtener el reino?». Al oír las palabras de aquella esposa del mono, ellos, que tomaban las formas que querían, se dirigieron a aquella doncella con palabras dignas de ser dichas en aquella ocasión: «Oh usted, que tiene vivo a su hijo, regrese y críe a su hijo Angada. La Muerte misma, bajo la semejanza de Rama, ha arrebatado a Vali. Fue muerto por flechas (de Rama), semejantes a rayos, como golpeado por el mismo trueno, tras atravesar árboles y grandes piedras (arrojados por Vali). Muerto aquel rey de los monos, que tenía el poderío de Sakra, esta hueste de monos ha estado echando a correr, abrumada de consternación. Que los héroes defiendan la ciudad e instalen a Angada en el trono. Y una vez instalado él, los monos servirán al hijo de Vali. Oh usted, de hermoso semblante, los monos entrarán en esta fortaleza, aunque es un lugar predilecto de usted. Aquí moran muchos vagabundos del bosque, sin esposas y con esposas. Y en verdad les tenemos miedo, avaros como son, y privados antes de sus riquezas por nosotros». Al oír aquellas palabras de los monos, que yacían a poca distancia, aquella dama, sonriendo dulcemente, les habló palabras dignas de ella misma: «Muerto aquel gran señor de los monos, mi marido, ¿qué haré yo con mi hijo, mi reino y mi propia persona? Me pondré a los pies de aquel de alma elevada, que ha sido muerto por la flecha de Rama». Habiendo dicho esto, (Tara) avanzó, abrumada de pena, llorando y golpeándose la cabeza con las manos. Mientras avanzaba, divisó a su marido tendido en el suelo, como el destructor de los señores de los monos que nunca han sido derrotados en un campo de batalla, que arrojaba montañas como Vasava arroja rayos; que emitía un rugido como una enorme nube ayudada por un poderoso viento; semejante a Sakra en poderío y como una nube acompañada de lluvia; el sometedor de los sometedores; un poderoso héroe derrotado por otro igualmente poderoso; como un león muerto por un tigre por la carne; adorado por todos los hombres; como un chaitya adornado con gallardetes y altares, dispersado y quebrado por Garuda con el fin de matar serpientes. Y divisó a Rama reclinando su persona sobre un poderoso arco, a su hermano menor y al hermano menor de su marido. Pasando junto a ellos y llegando a su marido, y al contemplarlo muerto en la batalla, ella, perdiendo el sentido, cayó al suelo. Y levantándose entonces de nuevo como quien despierta del sueño, al contemplar a su marido enguirnaldado por la muerte, gritó con fuerza, exclamando: «¡Oh hijo de venerable padre!». Y al contemplar a Tara, semejante a una elefanta, y a Angada, que se lamentaban así, Sugriva llegó a un exceso de pena.
Section 20
Al contemplar a su marido tendido muerto en el suelo con las flechas de Rama que destruyen la vida, Tara, de rostro semejante a la luna, acercándose, lo abrazó. Y viéndolo muerto con flechas como un elefante, semejante a un señor de las montañas y a un árbol desarraigado, Tara, atormentada de pena, comenzó a lamentarse: «Oh héroe, oh primero de los monos, oh poderoso, oh terrible en la guerra, ¿por qué no me da hoy la bienvenida, a mí, que soy culpable de alguna iniquidad ante usted? Levántese, oh mejor de los monos, y échese en un lecho mejor; los monarcas no se tienden en la tierra. Oh señor de la tierra, en verdad la tierra es su esposa predilecta; pues, renunciando a mí, usted, aunque muerto, la sirve con su cuerpo. Es evidente, oh héroe, que mientras estaba empeñado en un conflicto legítimo, usted había creado otra ciudad de Kishkindha en la región de los celestiales. Todos sus goces conmigo en los bosques de olor a néctar han llegado a su fin. Muerto usted, señor de las manadas de monos, estoy privada de gozo y de esperanza y me he hundido en el abismo de la pena. Sin duda mi corazón es extraordinariamente duro, pues al verlo a usted en el suelo no se ha partido en mil pedazos, abrumado de pena. La esposa de Sugriva fue arrebatada y desterrada por usted, y este es el resultado de su acción, oh primero de los monos. Oh señor de los monos, por su ignorancia usted desatendió todas mis bienintencionadas palabras, que le dije atenta a su bienestar y provecho. Oh venerable, hoy cautivará usted los corazones de las diestras apsaras, orgullosas de su juventud y belleza. Sin duda usted ha sido puesto por la fuerza bajo el dominio de Kala, puesto que ha sido derrotado por Sugriva, aunque está por encima del dominio de otros. Destruyendo a Vali a destiempo, mientras estaba empeñado en un conflicto con otra persona, y perpetrando tal acto inicuo, Kakutstha nunca se ablanda. Sin estar habituada antes a las desdichas, ¿cómo soportaré yo, digna de compasión, como una desamparada, mi viudez y mi pena? ¿Cómo será considerado por su tío, enloquecido de cólera, el heroico y joven Angada, criado en el lujo y la dicha? Dirige tú para siempre, oh hijo mío, tus miradas hacia tu piadoso padre, pues desde ahora te será difícil verlo de nuevo. Consuele usted a su hijo, favorézcame con órdenes, huela su cabeza, pues va a viajar a una tierra extranjera. Al destruirlo, Rama ha llevado a cabo una gran acción, pues con ello ha quedado liberado de su voto a Sugriva. Oh Sugriva, alcanza tú tus fines y recobra a tu Ruma; libre de ansiedad gobierna tú tu reino: tu enemigo, tu hermano, ha sido muerto. Oh señor de los monos, ¿por qué no me da la bienvenida, a mí, su amada esposa, que me lamento así? Mire, sus otras esposas también están de duelo de la misma manera». Al oír los lamentos de aquella mona, otras, tomando a Angada, afligidas y abrumadas de pena, comenzaron a llorar lastimosamente: «Oh héroe, teniendo a Angada en sus brazos, ¿por qué emprende usted un viaje para siempre a una tierra extranjera, dejando atrás (a su hijo) Angada? No le conviene (dejar de lado) a su querido hijo, dotado de perfecciones diversas y vestido con un encantador y hermoso paño. Oh de brazos largos, oh señor de los monos, si lo he ofendido de algún modo, perdóneme usted, tras averiguar mi falta. Oh héroe, toco sus pies con mi cabeza». Lamentándose así lastimosamente con otras monas, Tara, de semblante irreprochable, colocándose donde estaba Vali, resolvió poner fin a su existencia con ayunos.
Section 21
Entonces, al contemplar a Tara caída (en el suelo) como una estrella desprendida del cielo, Hanuman, el señor de las manadas de monos, la consoló una y otra vez: «Los animales, sin agitarse, alcanzan la dicha o la desdicha como resultado de sus acciones llevadas a cabo (en su existencia anterior) por méritos o deméritos. ¿Por qué se lamenta usted por otros, siendo usted misma objeto de lamento? ¿Por qué siente usted compasión por los pobres, siendo usted misma desdichada? En este cuerpo, semejante a una burbuja, ¿quién hay que se lamente por otro? Le corresponde ahora, oh usted que tiene vivo a su hijo, cuidar al príncipe Angada y pensar en aquellos deberes que le quedan por cumplir a usted (tras la muerte de Vali). Sepa usted que la vida y la muerte de los animales es muy inestable. Es, por tanto, propio llevar a cabo lo que tiende al bienestar de la vida futura. No le conviene a usted, oh sabia doncella, lamentarse como otros. Hasta aquel que (en vida) estaba rodeado de millares de monos que abrigaban esperanzas ha hallado su fin destinado. Este héroe cumplió sus deberes regios conforme a las sanciones de la moral y estaba dotado de diversas perfecciones propias de un rey, como la conciliación, la caridad y el perdón. Ha alcanzado la tierra de los reyes, y no le corresponde a usted lamentarse por él. Oh irreprochable doncella, todos estos primeros de los monos, este su hijo Angada y este reino del jefe de los monos le pertenecen a usted. Envíe usted pronto, oh señora apasionada, a estos dos (Angada y Sugriva), agitados por el dolor como están (para el cumplimiento de los ritos fúnebres de Vali). Y atenido a sus mandatos, que Angada gobierne la tierra. Que Angada lleve a cabo todas aquellas ceremonias que deben cumplir los hijos conforme a los Sastras y que son para el bien del rey; este es el momento de la celebración de esos ritos fúnebres. Tras celebrar las ceremonias fúnebres del señor de los monos, instale usted a Angada. Y al ver a su hijo así establecido en el trono, podrá usted apaciguar su pena». Al oír aquellas palabras de Hanuman, Tara, atormentada de pena por la pérdida de su señor, habló al que estaba allí presente: «Preferiría morir con este héroe que ha sido muerto antes que tener cien hijos como Angada. Yo misma no puedo gobernar este reino ni puedo conferirlo a Angada. Tal deber recae ahora en su (de Angada) tío Sugriva. Oh Hanuman, no considere usted que yo conferiré este reino a Angada; oh mejor de los monos, el padre es amigo del hijo (en este respecto), no la madre. No hay otro recurso para mí, tendiente a mi bienestar en este mundo y en el otro, que tomar refugio en este señor de los monos. Me corresponde servir este lecho al que ha recurrido el héroe, muerto (y tendido ante mí)».
Section 22
Vali, que andaba al borde de la muerte, echando la mirada en torno y suspirando débilmente, divisó ante sí a su hermano menor Sugriva. Dando la bienvenida a aquel señor de los monos con acentos claros, Vali le habló con afecto, diciendo: «Oh Sugriva, no tomes a pecho la conducta impropia que he mostrado hacia ti, atraído por una necedad inevitable, sujeto como estaba al pecado. Pienso, oh hermano, que no es nuestra suerte gozar al mismo tiempo la doble dicha del afecto fraternal y del disfrute del reino, o ¿por qué ha sucedido de otro modo? Adquiere tú hoy este reino de las selvas y considérame como quien ha partido a la morada de la Muerte. Pronto renunciaré a mi vida, a mi reino, a mi exquisita gracia y a mi irreprochable fama. Te corresponde, oh héroe, oh rey, cumplir lo que te diga en este trance, por difícil que pueda ser. Mira a Angada caído en el suelo con lágrimas en los ojos, un niño pequeño, incapaz, criado en el lujo y merecedor de dicha. Mantén tú a este mi hijo, más querido que mi vida, como a tu propio hijo, nacido de tus lomos, satisfaciendo todas sus necesidades en mi ausencia. Oh mejor de los monos, como yo, tú eres su padre, protector, dador de dones y quitador del temor. Este garboso hijo de Tara te iguala en poderío y te precederá en la destrucción de los rakshasas. Este joven Angada, hijo de Tara, dotado de energía y fuerza, llevará a cabo hazañas convenientes mostrando su poderío en la batalla. La hija de Sushena es maravillosamente experta en discernir cosas sutiles y en dar consejos en tiempo de peligro. Cumple tú, sin la menor duda, lo que la casta dama te indique que hagas; pues el consejo de Tara nunca queda sin efecto. Te corresponde servir a Raghava sin temor, o serás visitado por el pecado: al ser él insultado, tú serás dañado. Oh Sugriva, ponte tú esta guirnalda celestial de oro: en ella mora la generosa Sri, que me abandonará después de mi muerte». Así interpelado por Vali, por afecto fraternal, Sugriva, renunciando a la alegría, palideció de nuevo como la Luna poseída por Rahu. Renunciando a sus sentimientos hostiles, interpelado así por Vali y cumpliendo con energía sus palabras, Sugriva aceptó la guirnalda de oro tal como (él) lo ordenó. Y concediendo (a Sugriva) aquella guirnalda de oro y contemplando a su hijo ante sí, Vali, resuelto a morir, habló a Angada, diciendo: «Ponte tú ahora bajo el dominio de Sugriva, averiguando el tiempo y el lugar, soportando la desdicha por tu bienestar y por el agravio. Oh tú, de brazos largos, Sugriva no te considerará mucho si permaneces del mismo modo en que fuiste criado por mí antes. Oh matador de enemigos, nunca te mezcles con los enemigos de Sugriva, y ponte siempre bajo el dominio de Sugriva, con los sentidos dominados y atento al bienestar de tu amo (Sugriva). No cultives demasiada amistad ni te falte en ella, pues ambos extremos son fuentes de desastres. Sigue, por tanto, el justo medio». Después de decir esto, sus ojos se dilataron, sus dientes se abrieron y su aspecto se volvió espantoso. Y, gravemente dolorido por las flechas, exhaló su último aliento. Y entonces los monos, los primeros de los que andan saltando, habiendo perdido a su jefe, se lamentaron y gritaron. A la partida de aquel jefe de los monos a la tierra de los celestiales, Kishkindha quedó privada de su señor, y jardines, colinas y bosques fueron todos vueltos solitarios. Muerto aquel mejor de los monos, que libró un espantoso combate con los Gandharvas de alma elevada, todos los otros monos quedaron de semblante pálido. «Vali entró en un terrible conflicto con el de brazos poderosos Golabha y combatió durante quince años, noches y días sin descanso. Y en el decimosexto año Golabha fue muerto. Llevando a cabo la destrucción de aquel perverso Gandharva, Vali, de dientes terribles, nos salvó a todos del temor. ¿Cómo ha sido muerto hoy?». Como vacas incapaces de gozar de paz en un poderoso bosque lleno de leones, muerto su jefe, estos vagabundos del bosque no pudieron alcanzar la felicidad por la muerte de aquel señor de los monos. Entonces Tara, hundida en el abismo del desastre, mirando el rostro de su señor muerto, cayó al suelo abrazando a Vali, como una enredadera que se aferra en busca de apoyo a un árbol poderoso pero quebrado.
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Entonces, besando el rostro de aquel señor de los monos, Tara habló de nuevo a su señor muerto, conocido por todo el mundo, diciendo: «Oh héroe, desatendiendo mis palabras, usted yace en la tierra desigual, dura y llena de guijarros. Oh señor de los monos, la tierra le es más querida que yo, pues yace allí abrazándola y no me da la bienvenida. Oh héroe, oh querido, oh bravo señor, es asombroso que Dios, bajo la semejanza de Rama, se haya puesto bajo el dominio de Sugriva; hasta ahora será considerado un héroe. ¿Por qué no despierta usted al oír los lamentos de los osos y de los monos que solían servirlo a usted, poderoso, y los de Angada y los míos? ¡Ay! Usted yace en este lecho de los héroes, muerto en la batalla, donde en otro tiempo yacían sus enemigos destruidos por usted. Oh usted, nacido de una familia pura, oh usted, aficionado a la guerra, oh querido mío, oh dador de honores, ¿adónde ha partido, dejándome sin marido? Que los sabios no confieran en adelante sus hijas a los héroes. ¡Ay! Míreme usted a mí, la esposa de un héroe, hecha viuda en un instante. Quebrantado está mi honor y destruida mi dicha, y me he hundido en el hondo abismo de la pena. ¡Sin duda este mi firme corazón no se parte en cien pedazos al ver muerto a mi marido! Usted es mi amigo, mi querido esposo y un gran héroe, y ha hallado la destrucción, golpeado por otro hombre. Una mujer sin marido es siempre llamada viuda por los sabios, aunque tenga un hijo y abundantes riquezas. Oh héroe, usted yace en un charco de sangre que sale de su propia persona, como su propio lecho con una sábana teñida de rojo. Su cuerpo está por todos lados manchado de sangre y de polvo, y soy incapaz de abrazarlo con mis brazos, oh mejor de los monos. Sin duda Sugriva ha satisfecho hoy su intención hostil, él, cuyo temor ha sido quitado por una flecha disparada por Rama. Partiendo usted a la tierra de los muertos, yo solo lo he estado mirando, impedida de tocar su persona por la flecha que le atraviesa el corazón». Entonces Nila sacó aquella flecha de la persona de (Vali), como una serpiente llameante oculta en una cueva de la montaña. Resplandeció la flecha extraída de su cuerpo como los rayos del Sol, apostado sobre la cumbre de la colina Poniente. Y de todas sus heridas brotaron arroyos de sangre, como aguaceros de cobre fundido y de otros metales que caen de una montaña. Y (Tara) lavó con lágrimas el cuerpo de su heroico marido, cubierto de polvo y herido por armas. Al contemplar a su marido así muerto y manchado de sangre, ella habló a su hijo Angada, de ojos cobrizos, diciendo: «Mira este terrible estado de decadencia de tu padre. Aquí está el fin de sus hostilidades, acumuladas por sus actos impíos. Oh hijo mío, inclínate tú ante tu padre regio, el dador de honores, que ha partido a la morada de la Muerte, con una persona llameante como el Sol naciente». Así interpelado, Angada se levantó y, diciendo: «Yo (toco los pies de mi padre)», abrazó los pies de su padre con sus rollizos brazos. (Entonces Tara dijo): «Diciendo: “Vive largo tiempo”, ¿por qué no da usted la bienvenida a Angada, hoy como antes, a él, que se ha inclinado ante usted? Estoy con mi hijo, de pie junto a usted, que está muerto, como una vaca con su ternero, a la que un león ha matado al toro. ¿Cómo ha estado usted, sin mí, su esposa, bañado en el agua de las flechas de Rama, al final de su sacrificio semejante a una batalla? ¿Por qué no veo aquí aquella predilecta guirnalda de oro suya, que le fue conferida por el señor de los celestiales, complacido en una batalla? La gracia regia no lo ha abandonado, oh dador de honores, aunque está muerto, como los rayos no abandonan al rey de las montañas, aun después de que el Sol se ha puesto. Usted no obró según mis saludables palabras, ni pude yo impedírselo. Y ahora estoy destruida con mi hijo, junto con usted, en la batalla. En verdad Sri (la diosa de la riqueza) me ha abandonado».
Section 24
Al contemplar a Tara sumergida en un hondo y poderoso océano de pena, el hermano menor de Vali quedó abrumado de arrepentimiento por la indebida destrucción de su hermano. Y viendo su rostro lleno de lágrimas, el de alma elevada (Sugriva), atormentado de pena y arrepentimiento, se acercó lentamente a Rama junto con sus seguidores. Y acercándose a él, que tenía un arco en la mano y flechas semejantes a serpientes, famoso y con señales auspiciosas en su persona, habló a Raghava, sentado allí, diciendo: «Oh señor de los hombres, has cumplido tu promesa llevándola a la práctica; y en cuanto a mí, miserable, oh hijo de rey, me abstendré hoy de todo disfrute. Esta reina que se lamenta lastimosamente, estos súbditos y séquito que se lamentan, abrumados de pena, muerto este rey, ¿cómo puede agradarme el reino? Oh Rama, por ira y pasión, y a causa de haber sido insultado por él, yo deseé en otro tiempo provocar la destrucción de mi hermano. Pero muerto aquel señor de las manadas de monos, mejor de los Ikshvakus, estoy verdaderamente traspasado hasta lo vivo de angustia. Prefiero vivir para siempre en el monte Rishyamuka, ganándome el sustento de una u otra manera, antes que alcanzar el cielo destruyendo (a Vali). Este sumamente intelectual y de alma elevada me dijo: “Anda libre a tu gusto; no deseo destruirte”. Tales palabras eran verdaderamente propias de él, oh Rama. Y estas palabras y esta acción me convienen a mí (vil como soy). ¿Cómo puede un hermano, oh Rama, por avaro que sea, saborear la destrucción de su hermano cualificado, comparando la dicha de un reino con el dolor (que sigue a la muerte de su hermano)? Él no quiso matarme, para que su grandeza no se echara a perder; pero ¡ay!, por mi perverso entendimiento, yo perpetré una iniquidad al quitar la vida a mi hermano. Cuando él me golpeó con ramas de árboles, mientras yo huía y lloraba, él, consolándome, solo dijo: “No hagas esto de nuevo”. Él mantuvo todo el tiempo sus sentimientos fraternales, su honestidad y su piedad; pero (ay de mí) yo he mostrado mi ira, mi pasión y mi condición de mono. Oh amigo, como el señor de los celestiales, que perpetró pecado al destruir a Visvarupa, yo, por haber provocado la destrucción de mi hermano, he sido visitado por este pecado, incomprensible, evitable, indeseable e invisible. El pecado de Indra fue compartido por la tierra, el agua, los árboles y las mujeres; pero ¿quién hay que soporte y desee participar del pecado de este mono? Perpetrando un acto tan impropio e irreligioso, que tiende a la decadencia de mi familia, no merezco el respeto de mis súbditos ni la condición de heredero; ¡qué decir del reino, oh Raghava! Soy el perpetrador de un pecado vil y deshonroso, censurado por todos en este mundo. Y como una corriente de lluvia que desciende, esta poderosa pena me ha vencido. Este poderoso y enfurecido elefante de un pecado, que tiene por cuerpo la destrucción de un hermano, y por trompa, cabeza, ojos y colmillos el arrepentimiento, me ha estado aplastando como a las orillas de un río. ¡Ay, oh mejor de los reyes! Este insoportable pecado ha estado expulsando de mi corazón todos los sentimientos piadosos, como la aleación que se escapa del oro descolorido cuando se funde en el fuego, oh Raghava. Pienso, para mí, oh Raghava, que estos poderosos monos y Angada están casi medio muertos (de pena). Un hijo de buen natural y obediente es raro. ¿Dónde se hallará igual a Angada? Oh héroe, no hay tierra alguna donde pueda yo encontrar de nuevo a mi hermano. El heroico Angada no vivirá hoy; y si vive, su madre vivirá para criarlo. Sin duda, sin su hijo, ella no vivirá mucho. Por tanto, entraré en este fuego llameante con el fin de ponerme al mismo nivel que mi hermano y su hijo, y todos estos poderosos monos se empeñarán en la búsqueda de Sita, atenidos a tus mandatos. Oh hijo de rey, todos ellos cumplirán tus órdenes incluso en mi ausencia; ordéname, por tanto, (que entre en el fuego), a mí, que soy el destructor de mi propia raza, que he perpetrado una iniquidad y no merezco vivir más». Al oír las palabras del hermano menor de Vali, que se lamentaba así, Rama, el heroico descendiente de Raghu y matador de enemigos, quedó estupefacto por algún tiempo con lágrimas en los ojos. Entretanto, Rama, paciente como el protector del mundo, movido por el deseo de saber, miró una y otra vez hacia la lamentante Tara, hundida en el abismo del desastre. Entonces los principales consejeros levantaron a la valiente esposa del señor de los monos, de hermosos ojos, que yacía en la tierra abrazando a su marido. Y arrebatada a su marido y temblando, vio a Rama, con arco y flechas en la mano, ardiendo como el Sol por virtud de su propio resplandor. Y al contemplarlo dotado de todas las señales regias, de hermosos ojos y nunca visto antes, aquella de ojos de cervatilla pensó dentro de sí: «Este gran personaje debe de ser Kakutstha». Y la venerable Tara, agitada de pena y abrumada de desastres, lamentándose, se acercó con presteza a aquel de alma elevada, semejante al señor de los celestiales y difícil de abordar. Y habiendo llegado ante el de alma pura Rama, que había logrado plenamente sus fines en la batalla, Tara, de ánimo elevado, con el cuerpo agitado de pena, le habló, diciendo: «Usted es inconmensurable, difícil de abordar, sumamente piadoso, prudente, de sentidos dominados y de fama creciente, indulgente como la tierra y de ojos rojos como sangre. Tiene arco y flechas en la mano, es sumamente poderoso y de cuerpo recio. Y renunciando a la gracia humana, ha asumido la gracia de una persona celestial. Máteme con esa misma flecha con la que fue muerto mi querido. Y así muerta, oh héroe, estaré cerca de él, pues Vali no gusta de la compañía de ninguna otra mujer sino de mí. Oh usted, de ojos semejantes a limpios pétalos de loto, este (héroe), al partir a la morada de los celestiales y no verme allí, no se deleitará en la compañía de las Apsaras, vestidas de atavíos variados y coronadas de coronas de color cobrizo. Aun en la tierra de los celestiales, oh héroe, Vali palidecerá de pena por mi separación, como usted en el pintoresco valle del Señor de las montañas, separado de la hija del rey de Videha. Usted sabe bien que un hombre apuesto sufre grandemente por la separación de su esposa; y sabiendo esto, máteme, y Vali no será atormentado de pena por mi ausencia. De alma elevada como es usted, piensa que, al matarme, será visitado por un pecado que nace de la destrucción de una mujer. Pero máteme, oh hijo de rey, sabiéndome el alma de Vali, y no será responsable de destruir a una mujer. Según los Vedas y otros diversos textos sagrados, las esposas están inseparablemente mezcladas con sus maridos. Y los sabios dicen que no hay en este mundo otro don mejor que el de una esposa. Usted, oh héroe, me conferirá religiosamente a mi querido, y por este don se salvará del pecado que sigue a matarme. No le conviene no matarme, a mí, que estoy agitada por la pena, sin mi señor, arrebatada a él y reducida a tal (lamentable) situación. Oh señor de los hombres, no puedo vivir mucho sin aquel sumamente inteligente señor de los monos, de andar de elefante y que llevaba una excelente guirnalda de oro». Así interpelado, aquel señor de alma elevada, consolando a Tara, le habló las siguientes palabras bienintencionadas: «No se pierda usted, oh esposa de un héroe. Todo este mundo de la creación es guiado por la disposición de Dios. Y por Él se administra la desdicha o la dicha, como dice la gente. Estos tres mundos no pueden descuidar sus disposiciones y están enteramente sujetos a Él. Su hijo alcanzará la condición de heredero del trono, y usted gozará de ello una excelente alegría. Esto ha sido decretado por el Todopoderoso. Las esposas de los héroes jamás se ablandan». Así consolada por aquel (Rama) de alma elevada, dotado de poderío y matador de enemigos, Tara, la esposa de un marido heroico y vestida de elegante prenda, cesó de lamentarse.
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Entonces Kakutstha, con Lakshmana, igualmente afligido, habló consolando a Sugriva, y a Tara junto con Angada: «La pena y los lamentos no tienden al bienestar del difunto. Por tanto, les corresponde a ustedes llevar a cabo las ceremonias posteriores. Ustedes han satisfecho la práctica del mundo con una profusa efusión de lágrimas. No es propio retrasar el cumplimiento de las acciones señaladas. El Tiempo es la causa primera en este mundo y la fuente del cumplimiento de las acciones. Y es el Tiempo el que lleva a los hombres a las acciones. Nadie es señor de otra persona, y nadie la lleva a las acciones. Los seres están sujetos a sus acciones de la existencia anterior, y el Tiempo los ayuda. Ni siquiera el Ser eterno puede resistir los caminos del Tiempo. Él nunca decae y nadie más puede resistir el curso del Tiempo. No tiene amigo, ni causa, y nadie puede vencerlo. No tiene pariente ni relación; ni siquiera está sujeto a sí mismo. Los sabios pueden percibir la obra del Tiempo. La piedad, la riqueza y el deseo están todos sujetos a él. Vali, el señor de los monos, ha alcanzado su propio verdadero estado, cosechando los frutos de sus acciones, adquiridos por virtud de sus perfecciones regias, a saber, el perdón y la caridad. La morada de los celestiales, que fue conquistada por este de alma elevada por su piedad anterior, ha sido ahora ocupada por él tras dejar su cuerpo. Este es el mejor curso del Tiempo que ha alcanzado el señor de las manadas de monos. No más lamentos, por tanto; lleva a cabo tú las acciones que conviene llevar a cabo en esta ocasión». Después de que Rama hubo hablado así, Lakshmana, matador de enemigos, se dirigió a Sugriva, ofuscado de pena, con las siguientes palabras sensatas: «Sugriva, celebre usted los ritos fúnebres de Vali junto con Tara y Angada. Reúna usted para la cremación mucha leña seca y sándalo celestial. Consuele usted al desventurado Angada, que está fuera de sí de pena. No se conduzca usted como una persona ignorante, pues esta ciudad está ahora bajo usted. Que Angada traiga vestidos, guirnaldas, perfumes, mantequilla clarificada, aceite y otros artículos necesarios. Oh Tara, ve tú y trae pronto unas andas; pues la presteza es una virtud especial en una ocasión como esta. Que se vistan los monos que puedan llevar estas andas. Solo los poderosos y capaces llevarán a Vali». Habiendo hablado así a Sugriva, Lakshmana, acrecentador de la dicha de Sumitra y destructor de enemigos, se detuvo ante su hermano mayor. Y al oír las palabras de Lakshmana, el consejero entró respetuosamente en la cueva con el fin de traer las andas. Y tomando aquellas andas, llevadas por los monos y dignas de ser llevadas por los héroes, salió de nuevo de la cueva. Tenían un trono celestial y eran como un carro de guerra, y llevaban pintados árboles y aves. Estaban pintadas por todos lados con las figuras de soldados de a pie, tenían ventanas enrejadas y eran como el carro de los Siddhas, espaciosas y artísticamente y sólidamente construidas por artesanos con hermosas tallas, como una colina de madera. Estaban ornamentadas con excelentes adornos y hermosas guirnaldas, rociadas con sándalo rojo y bordeadas de fuertes costillas. Estaban cubiertas de flores y guirnaldas de lotos, incrustadas de preciosos paños y tenían el color del Sol naciente. Al contemplar tales andas, Rama habló a Lakshmana, diciendo: «Dirige tú pronto el servicio fúnebre de Vali». Entonces Sugriva, junto con Angada, colocando a Vali sobre las andas, comenzó a lamentarse.
Y colocando sobre ellas el cuerpo sin vida de Vali, lo cubrió con diversos adornos, guirnaldas y vestidos. Entonces Sugriva, el rey de los monos, dio órdenes para la celebración de los ritos fúnebres de Vali: «Que los monos vayan delante, esparciendo muchas joyas preciosas, y que las andas los sigan. Que los monos celebren las exequias de nuestro señor con tal grandeza como corresponde a las riquezas de los reyes sobre esta tierra». Con el fin de celebrar las ceremonias fúnebres de Vali, los consejeros y otros monos, habiendo perdido a su rey y abrazados a Angada, avanzaron llorando. Y otros monos súbditos los siguieron. Y todas las otras monas, encabezadas por Tara, habiendo perdido a su señor, se lamentaron, exclamando una y otra vez: «¡Oh héroe, oh héroe!». Y ellas, lamentándose así lastimosamente, siguieron a su señor. Y en respuesta a los lamentos de las monas, colinas y bosques, por así decirlo, se lamentaban por todos lados. Los monos, que andaban por el bosque, hicieron piras en las orillas de los arroyos de las colinas y en solitarios rincones de agua. Entonces, bajando de sus hombros las andas, aquellos primeros de los monos se colocaron en un rincón, abrumados de pena. Y Tara, al contemplar el cuerpo de su marido sobre las andas, puso su cabeza en su regazo y se lamentó, abrumada de pena: «¡Oh señor de los monos! ¡Oh mi señor! ¡Oh mi querido! ¡Oh usted, acostumbrado a los lujos! ¡Oh usted, de brazos largos! ¡Oh mi amado! Míreme. ¿Por qué no mira usted a estos monos, atormentados de pena? Oh dador de honores, su semblante parece como si brillara de alegría; aunque está muerto, parece como si estuviera vivo, con el color del Sol poniente. Oh mono, la Muerte misma, bajo la semejanza de Rama, lo está atrayendo a usted, ella que con una sola flecha en la batalla nos ha dejado a todas viudas. Oh mejor de los reyes, estas monas no pueden ir saltando. ¿No percibe usted que han viajado tan lejos a pie? Esas sus esposas, de rostros semejantes a la luna, tienen siempre en vista su bienestar. ¿Por qué no dirige usted, oh mejor de los monos, sus miradas hacia ellas y hacia Sugriva? Oh rey, estos sus consejeros, sus esposas encabezadas por Tara y todos estos ciudadanos se lamentan en torno a usted. Oh matador de enemigos, despache usted a sus consejeros a la ciudad, y todas nosotras gozaremos en este bosque, inflamadas por el amour». Las otras monas, agitadas de pena, levantaron a Tara, que se lamentaba así, agitada de dolor por la muerte de su marido. Entonces Angada, junto con Sugriva, abrumados de pena, llorando, colocó el cuerpo de su padre sobre la pira funeraria. Y prendiendo debidamente el fuego, dio la vuelta alrededor de su padre, que emprendía un viaje para siempre. Habiendo cremado debidamente el cuerpo de Vali, los primeros de los monos llegaron a un río de agua auspiciosa con el fin de celebrar la ceremonia del agua. Y todos estos monos, junto con Sugriva y Tara, colocando a Angada ante ellos, rociaron agua. Y el sumamente poderoso Kakutstha, igualmente afligido que Sugriva, igualmente abatido, llevó a cabo debidamente las ceremonias fúnebres de Vali. Entonces, tras cremar a Vali, dotado de poderío sin igual, muerto con una flecha del primero de los Ikshvakus y semejante a fuego llameante, Sugriva se presentó ante Rama, que estaba en compañía de Lakshmana.
Section 26
Y entonces aquellos primeros de los monos esperaron allí, rodeando a Sugriva, agitado de pena y vestido con paño mojado. Y todos ellos, acercándose a Rama, el de brazos poderosos y acciones incansables, se colocaron con las manos juntas como los grandes ascetas en torno al Abuelo (de los celestiales). Entonces Hanuman, el hijo de Maruta, semejante a una colina de oro y con un semblante semejante al Sol naciente, habló con las manos juntas, diciendo: «Por su ayuda, oh Kakutstha, oh señor, este gran reino ancestral de los sumamente poderosos monos, de dientes afilados, incapaz de ser adquirido por los de alma elevada, ha sido alcanzado (por Sugriva). Mandado por usted, él, junto con sus amigos, entrando en esta ciudad, cumplirá los deberes regios. Y, debidamente bañado, lo adorará a usted en particular con guirnaldas, joyas, perfumes y oshadhis. Le conviene entrar en esta agradable cueva de la montaña y satisfacer a estos monos instalando (a Sugriva en el trono)». Así interpelado por Hanuman, el sumamente inteligente Raghava, hábil en el habla y matador de enemigos, respondió: «Oh gentil Hanuman, atenido al mandato de mi padre, no entraré en aldea ni ciudad durante estos catorce años. Que Sugriva, el primero de los monos, entre en esta magnífica cueva celestial, y que todos ustedes lo instalen presto en el trono». Habiendo hablado así a Hanuman, Rama habló a Sugriva, diciendo: «Conocedor de las costumbres como eres, instala tú a este generoso y heroico Angada, dotado de poderío y honrador de las costumbres, como heredero del trono. Este valiente y mayor hijo de tu hermano mayor, Angada, es verdaderamente digno de ser heredero. Oh gentil, este mes de Sravana, que es el primero de aquellos cuatro meses que componen la estación de las lluvias, ha comenzado, y por eso no es el momento de instituir indagación alguna acerca de Sita. Entra, pues, en tu auspiciosa ciudad, y yo viviré en esta montaña junto con Lakshmana. Agradable es en verdad esta cueva de la montaña, espaciosa, llena de aire, agua y muchos lotos. Te empeñarás en esfuerzos para provocar la destrucción de Ravana después de que comience Kartika. Este no es el momento propio, oh gentil; entra, pues, en tu propia ciudad. Y, instalado en el trono, acrecienta la alegría de tus amigos». Así mandado por Rama, Sugriva, el primero de los monos, entró en la agradable ciudad de Kishkindha, erigida por Vali. Rodeando a aquel señor de los monos, millares de ellos entraron en la ciudad. Al contemplar al señor de los monos, los súbditos se inclinaron ante él, bajando las cabezas hasta el suelo. Dando la bienvenida a los súbditos y levantándolos, el sumamente poderoso Sugriva entró en las agradables habitaciones interiores de su hermano. Al entrar él en la ciudad, sus amigos instalaron en el trono al sumamente poderoso primero de los monos, Sugriva, como los celestiales que colocan (en el reino) al de mil ojos. Los monos trajeron para él un parasol de oro de color cobrizo, abanicos de cola de yak blancos, un magnífico cetro de oro, joyas diversas, semillas variadas y drogas medicinales, raíces y flores de higueras glomeradas, vestidos blancos, pasta de sándalo blanco, guirnaldas fragantes, flores que crecen en el agua y en la tierra, sándalo celestial y perfumes diversos, grano tostado, oro, miel de Priyangu, mantequilla clarificada, cuajada, piel de tigre, un par de excelentes sandalias, gorochana y arsénico rojo. Llevando todas esas cosas, vinieron dieciséis doncellas, sumamente deleitadas. Entonces aquellos monos complacieron a los primeros de los nacidos dos veces con joyas, vestidos y comestibles, con el fin de instalar a aquel mejor de los monos. Y estos, conocedores de los mantras, arrojaron mantequilla clarificada, santificada por mantras, en el fuego llameante que ardía sobre un lecho de Kusa. Y colocándolo en un excelente trono mirando al oriente, pronunciando debidamente mantras en aquella sala de oro situada sobre la cumbre del pintoresco palacio y embellecida con magníficos cobertores y guirnaldas, y recogiendo agua pura de ríos diversos, lugares sagrados y océanos, aquellos primeros de los monos la guardaron en jarros de oro. Gaya, Gavaksha, Gavaya, Sarava, Gandhamadana, Mainda, Dvivida, Hanuman y Jambavan instalaron a Sugriva con auspiciosos cuernos de toro y jarros de oro según los ritos prescritos por los Sastras y sancionados por los grandes santos, como los celestiales que instalan al de mil ojos con agua pura y fragante. Instalado así Sugriva, estos primeros de los monos, de alma elevada, por centenares y millares, comenzaron a clamar de deleite. Atenido a las palabras de Rama, Sugriva, el señor de los monos, abrazando a Angada, le confirió la condición de heredero del trono. Y estando así instalado Angada, aquellos mejores de los monos, sumamente deleitados, adoraron a Sugriva, el de alma elevada, ensalzándolo una y otra vez. Establecidos así Angada y Sugriva, todos ellos, sumamente deleitados, alabaron una y otra vez a Rama y a Lakshmana, los de alma elevada. Y la ciudad de Kishkindha, llena de gente robustamente constituida y adornada con gallardetes y banderas, parecía hermosa en la cueva de la montaña. Comunicando a Rama, el de alma elevada, la noticia de la instalación, el sumamente poderoso señor de las huestes de monos (Sugriva), recobrando a su esposa Ruma, recobró el reino como el señor de los celestiales.
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Instalado Sugriva y entrados los monos en la cueva, Rama, junto con su hermano menor, llegó a la colina Prasravana, resonante con el ruido de tigres y ciervos, llena de leones terribles, cubierta de árboles diversos, enredaderas y enramadas, habitada por osos, monos, Gopuchyas y gatos, semejante a un cúmulo de nubes y siempre auspiciosa. Rama, junto con Saumitri, escogió para su morada una espaciosa cueva situada en la cumbre de aquella colina. Habiendo hecho la condición anterior con Sugriva, Rama, el descendiente de Raghu, de alma pura, habló a su humilde hermano menor Lakshmana, acrecentador de la riqueza, las siguientes palabras sensatas, dignas de ser dichas en aquella ocasión: «Oh Saumitri, oh matador de enemigos, en esta agradable y espaciosa cueva de la montaña, llena de aire, pasaremos la estación de las lluvias. Oh hijo de rey, esta cumbre de la colina es excelente y pintoresca, embellecida con piedras blancas, negras y cobrizas, llena de metales diversos y de ranas de río, cubierta de árboles diversos y agradables enredaderas, resonante con las notas musicales de aves diversas y los gritos de pavos reales y embellecida con diversos árboles floridos, como Malati, Kundas, Sindhuvara, Sirisa, Kadamba, Arjuna y Sarja. Oh hijo de rey, este estanque lleno de lotos en plena flor estará siempre cerca de nuestra cueva. Esta cueva será digna de nuestra morada, oh gentil, con su parte nororiental baja y la occidental alta. Hay, oh Saumitri, a la entrada de la cueva, una piedra plana, hermosa y espaciosa, negra como el colirio. Mira, oh hermano mío, al norte, la cumbre de la colina, semejante al colirio y a una nube que se alza. Aparece al sur una hermosa colina blanca semejante al Kailasa, llena de metales diversos. Mira ante la cueva el arroyo sin barro, que fluye hacia el oriente como el Jahnavi en la montaña Trikuta. Este riachuelo parece una doncella adornada y vestida, llena de árboles diversos, como: Sándalo, Tilaka, Sala, Tamalas, Atimuktas, Padmaka, Saralas, Asokas, Vaniras, Timidas, Vakulas, Ketakas, Hintalas, Tinisas, Nipas, Vetasas, Kritamalakas, que crecen en sus orillas. Este riachuelo, resonante con las notas diversas de centenares de aves diversas, lleno de Chakravakas apegados unos a otros, atestado de gansos y Sarasas, de pintorescas orillas y joyas diversas, ríe, por así decirlo, por todos lados. Aquí aparece cubierto de lotos violeta, aquí de lotos rojos y allí de nuevo de celestiales nenúfares blancos. Este agradable y pintoresco arroyo está lleno de diversas aves acuáticas y Chakravakas y es servido por muchos santos. Mira allí las hileras de agradables árboles de sándalo y esos Kakubhas que han crecido, por así decirlo, como una emoción del ánimo. Pintoresco es en verdad este lugar, oh matador de enemigos, y viviremos felices aquí, oh hijo de Sumitra. A no mucha distancia, oh hijo de rey, de este lugar se halla la agradable ciudad de Sugriva, Kishkindha, llena de bosques. Oye, pues, oh mejor de los conquistadores, el sonido de la música y el clamor de los monos mezclado con el sonido de Mridangas. Sin duda se regocija Sugriva, el primero de los monos, al recobrar a su esposa, recuperar su reino y alcanzar el esplendor regio». Habiendo dicho esto, Raghava, junto con Lakshmana, moró en aquella colina Prasravana, abundante en cuevas y enramadas. No alcanzó una felicidad suprema aunque vivía en aquella agradable colina llena de muchas cosas. Pensando en el rapto de su esposa, más querida que su vida, al contemplar en particular la puesta del Sol, no se dormía, aunque se acostara en el lecho por la noche. Su hermano menor Lakshmana, igualmente afligido, habló a Kakutstha, que así se lamentaba, agitado de pena y casi fuera de sí de dolor por la pérdida de Sita, diciendo: «No te conviene lamentarte así, agitado de pena; no te es desconocido que las personas que así se lamentan se agotan poco a poco. Oh Raghava, tú estás consagrado a las acciones piadosas y al servicio de la Divinidad en este mundo, y eres piadoso, enérgico y crees en la existencia de Dios. Sin ser perseverante no podrás destruir en el conflicto a tu enemigo, ese terrible y astuto rakshasa. Abandona tu pena y recurre a la energía, y podrás matar a ese rakshasa con toda su familia. Qué decir de la destrucción de Ravana: tú eres, oh Kakutstha, capaz de desarraigar la tierra con sus océanos, bosques y colinas. Han comenzado las lluvias; espera tú el otoño, cuando llevarás a cabo la destrucción de Ravana con su reino y sus parientes. Yo también estoy excitando tu energía latente, como el fuego oculto en las cenizas con oblaciones». Dando la bienvenida a los auspiciosos y bienintencionados acentos de Lakshmana, Raghava le habló de nuevo con las siguientes palabras afectuosas: «Oh Lakshmana, verdaderamente te convienen tus palabras, afectuoso, devoto, veraz y atento a mi bienestar como eres. Renunciando a esta pena que se interpone en el camino de todo asunto, convocaré, aún más, esta mi energía en la ocasión de mostrar mi poderío. Viviré aquí, aguardando el otoño y atenido a tus palabras, y aguardando también el agrado de Sugriva y las claras corrientes de los ríos. Los héroes que reciben favores siempre los devuelven; los ingratos pierden la amistad de los honestos». Considerando muy sensatas las palabras de Rama y dándoles por eso la bienvenida, Lakshmana, con las manos juntas, habló a Rama, de grácil apariencia, mostrando su propia inteligencia: «Oh señor de los hombres, apruebo plenamente todo lo que has dicho. El jefe de los monos se empeñará pronto en nuestro servicio. Resuelto a la destrucción de tu enemigo, pasa aquí esta estación de lluvias aguardando el otoño. Dominando tu cólera y aguardando el otoño, pasa tú conmigo estos cuatro meses en esta colina llena de ciervos, capaz como eres de llevar a cabo la destrucción de tu enemigo».
Section 28
Entonces, tras llevar a cabo la destrucción de Vali, instalar a Sugriva y morar en la cumbre de la colina Malyavana, Rama habló a Lakshmana, diciendo: «Este es el tiempo, el comienzo de la estación de las lluvias; contempla el cielo envuelto en nubes semejantes a otras tantas colinas. El cielo, que bebe el contenido líquido del océano por medio de los rayos del Sol y que estuvo enceinte durante nueve meses, da a luz aguaceros. Ascendiendo al cielo por los peldaños de las nubes, se puede adornar al Sol con guirnaldas de Kutajas y de Arjunas. Como una herida cubierta con un paño desgarrado, el cielo está envuelto en nubes frescas, cobrizas por los rayos del Sol poniente y amarillas en otro extremo. El cielo, que tiene por aliento suaves brisas, rociado de rayos vespertinos semejantes al sándalo y cubierto de nubes amarillas, parece, por así decirlo, uno herido por el amour. La tierra, afligida de sudor y llena de agua nueva, emite vapor como Sita atormentada de pena. Las brisas de olor a Ketaka pueden beberse en la cavidad formada al juntar las manos, como agua fría descargada por las nubes y mezclada con alcanfor. Esta colina, con Arjunas y Ketakas en flor y libre de sus enemigos como Sugriva, ha sido bañada con aguaceros. Estas colinitas, que tienen nubes por pieles oscuras de ciervo, fuertes aguaceros por cordones sagrados y cuevas llenas de aire, parecen otros tantos brahmanes que han terminado sus estudios. El cielo, golpeado por truenos como otros tantos látigos de oro, gime, por así decirlo, bajo una honda agonía del espíritu. Pienso que el relámpago, que brilla entre las nubes violeta, parece la pobre Vaidehi en el regazo de Ravana. Estos rumbos, envueltos en nubes y que por eso tienen ocultas la Luna y las estrellas, son en verdad muy agradables para quienes están bajo la influencia de Cupido. Mira, oh Saumitri, en las cumbres de la colina los Kutajas floridos envueltos en el vapor que sube de la tierra, alegrados por la llegada de la estación de las lluvias y excitando mi amour, a mí, que estoy herido de pena. (En esta estación) el polvo es regado, el aire está saturado de rocíos, todos los males del verano cesan, los reyes ya no emprenden marchas regias y quienes viajan por tierra extranjera regresan a sus hogares nativos. Los Chakravakas junto con sus parejas avanzan, deseosos de vivir en el Manasa Sarovara; y a causa de las lluvias incesantes, los carros y otros vehículos no pueden pasar por los caminos. En algún lugar oculto, en otro abierto, el cielo, cubierto de nubes, parece un vasto océano, ceñido aquí y allá por colinas. Pasan veloces los arroyos de las colinas, resonantes con los gritos de pavos reales, arrastrando con la corriente flores de Sarja y de Kadamba y con su contenido cobrizo mezclado con los metales de la montaña. La gente (en esta estación) vive de muchas dulces manzanas rosa; y los mangos maduros, de colores diversos, sacudidos por el viento, caen a la tierra. Las nubes, semejantes a las cumbres de una montaña, que tienen relámpagos por gallardetes y grullas por guirnaldas, murmuran como elefantes enfurecidos en un campo de batalla. Las tierras boscosas, con sus verdes pastos sumergidos en agua, con pavos reales que bailan en torno de alegría y nubes que descargan sin cesar sus volúmenes de agua, parecen más hermosas al atardecer. (En esta estación) las nubes, rodeadas de grullas y muy cargadas de agua, se mueven constantemente, a veces posándose en las altas cumbres de las montañas y emitiendo un sonido de murmullo. Y hileras de grullas, aficionadas a las nubes, que se alzan en el cielo, deleitadas y movidas por el viento, parecen una guirnalda de lotos blancos tendida a lo largo del firmamento. Y la tierra, cubierta de hierba verde y variegada de insectos recién nacidos, parece una doncella vestida con una manta blanca salpicada aquí y allá de laca. (En esta parte del año) el sueño va venciendo poco a poco al gran dios Narayana, el río fluye veloz hacia el océano, las deleitadas grullas se acercan a las nubes y las doncellas se dirigen hacia sus amantes. Los pavos reales bailan en los lindes del bosque, los árboles Kadamba están cubiertos de flores, los toros se han apegado a las vacas y la tierra se ha vuelto encantadora con cereales y bosques. Los ríos fluyen; las nubes descargan aguas; los elefantes enfurecidos emiten terribles rugidos; las tierras boscosas se van volviendo más encantadoras; las personas separadas de sus esposas se van volviendo más angustiadas; los pavos reales bailan de deleite y los monos están muy consolados por la llegada de Sugriva al reino. Junto a las fuentes de los bosques, los elefantes enfurecidos, deleitados con la fragancia de las flores de Ketaka y enloquecidos por el ruido de las cascadas, emiten terribles rugidos junto con los pavos reales. Las abejas negras, que acuden a las ramas de los árboles Kadamba y abrumadas por los aguaceros, derraman lentamente, por así decirlo, su jugo temporal, a saber, la miel de las flores recogida por ellas poco antes. Las ramas de los manzanos rosa, que contienen muchos frutos semejantes a un montón de carbón, parecen así como si las abejas negras bebieran su jugo. Las densas nubes, adornadas con relámpagos como gallardetes y que emiten terribles rugidos, parecen otros tantos elefantes enloquecidos tras la lucha. El señor de los elefantes enfurecido, siguiendo el rastro y vagando por las colinas y los bosques, al oír el murmullo de las nubes y tomarlo por el estruendo de otro elefante, ha dado media vuelta, con el fin de entrar en conflicto con él. En algún lugar zumban las abejas, en otro bailan los pavos reales, en otro andan los elefantes enfurecidos, y de este modo la tierra boscosa ha tomado aspectos diversos. Parece un lugar de bebida, cubierto de Kadambas, Sarjas, Arjunas y lotos que crecen en tierra, lleno de agua semejante a miel y del baile y los gritos de pavos reales enloquecidos. Las aves, con las alas descoloridas, mojadas por el agua, deleitadas y sedientas, beben las gotas de agua clara que caen sobre las hojas y que descarga el Señor de los celestiales. El sonoro zumbido de las abejas, acompañado por el sonido gutural de las ranas y por los murmullos de las nubes, semejante al sonido de Mridangas, ha comenzado en el bosque, por así decirlo, una música organizada. A veces bailando, a veces lanzando fuertes gritos, a veces apoyándose contra las copas de los árboles, los pavos reales, de exteriores bellamente adornados, han comenzado música en el bosque. Y levantándose de su perpetuo sueño por el murmullo de las nubes, las ranas, tomando formas diversas y emitiendo sonidos diversos, lanzan gritos, angustiadas por las nuevas lluvias de agua. Los ríos, que llevan Chakravakas por pecho y dejan atrás sus viejas orillas, se acercan, arrebatados, a su propio señor con diversos regalos nuevos. Las nubes, cargadas de aguas nuevas, que entran en contacto con las violeta, aparecen como tales; y a veces, tocando las colinas quemadas por el fuego del bosque, parecen colinas de hondas raíces. Los elefantes andan por esta encantadora tierra boscosa, que lleva la fragancia de Nipas y de Arjunas y tiene sus céspedes verdes llenos de Indragopas y con pavos reales deleitados que bailan en torno. Las abejas negras, deleitadas, beben miel, abrazando los filamentos nuevos y angustiados por los aguaceros de los lotos y las flores de Kadamba. (En esta estación) los elefantes están enfurecidos, los toros deleitados, los leones se han vuelto más poderosos, las colinas son encantadoras, los reyes están desprovistos de toda actividad y el Señor de los celestiales está entregado al juego con las nubes. Las nubes que andan por el firmamento y descargan fuertes aguaceros rugen como el océano; y los ríos, estanques y charcas inundan la tierra con sus contenidos de agua. (En esta estación) se desatan fuertes aguaceros, el viento sopla poderosamente y los ríos, rompiendo sus orillas, fluyen veloces bloqueando los caminos. Las montañas muestran, por así decirlo, su propia belleza y gracia, como si estuvieran bañadas por los jarros semejantes a nubes, conferidos por el señor de los celestiales y traídos por el viento, como un rey rociado por hombres. El cielo está envuelto en nubes y no se pueden ver ni el sol ni las estrellas; la tierra está satisfecha con las nuevas lluvias; y los rumbos, cubiertos de oscuridad, no se pueden ver. Las altas cumbres de las montañas, lavadas por los aguaceros y embellecidas por cascadas que se extienden lejos, semejantes a perlas, parecen más hermosas. Las pesadas cascadas de las montañas, aflojando las rocas y extendiéndose sobre las cuevas llenas de los gritos de pavos reales, parecen un collar de perlas. Y las cascadas de rápida corriente de las montañas, lavando las cumbres de las colinas y semejantes a perlas, se depositan en la cueva al pie. Y gotas de agua semejantes a las perlas de los collares usados por las doncellas celestiales caen por todos lados. La puesta del Sol es anunciada por las aves que se dirigen a sus nidos, los lotos que palidecen y las Malatis que florecen. Las marchas regias han cesado todas, y los soldados que ya han marchado esperan en el camino: la hostilidad y los caminos han sido igualmente bloqueados por el agua. Este mes de Bhadra es el tiempo de estudio para aquellos brahmanes que cantan los Sama Vedas. Habiendo techado todas sus casas y almacenado su alimento, Bharata, el rey de Kosala, se ha puesto a celebrar sacrificios de Ashadha. El río Sarayu está ahora rebosante de agua. Al verme regresar, como si la misma Ayodhya hiciera un ruido deleitoso. Claramente manifiestas están ahora todas las señales de la estación de las lluvias, y Sugriva, libre de sus enemigos, establecido en el vasto reino y recobrando a sus esposas, ha alcanzado la mejor felicidad. Y yo, oh Lakshmana, voy menguando cada día como las orillas de un río, separado de mi esposa y privado de mi vasto reino. Inmensa es mi pena, inaccesible es esta estación de las lluvias y poderoso es mi enemigo, Ravana; pienso que me es imposible provocar la derrota de mi enemigo. Por lo inadecuado de la estación (para marchar contra mi enemigo) y por ser inaccesibles los caminos, no puedo en modo alguno pedir a Sugriva (que marche), aunque está dispuesto a atenerse a mi mandato. Además, tras mucha aflicción, ha recobrado a sus esposas, y mi servicio es de muy grande dificultad; por eso no deseo pedir ahora a ese jefe de los monos. Sin duda Sugriva pensará en los beneficios (que ha recibido de mí) tras gozar de reposo por algún tiempo, cuando llegue el momento de la acción. Por tanto, oh Lakshmana, viviré aquí, aguardando el agrado de Sugriva y las claras corrientes de los ríos (el otoño). Los héroes que reciben beneficios siempre los devuelven. Los ingratos pierden la buena voluntad de los grandes». Así interpelado, Lakshmana, con las manos juntas, respetando mucho sus palabras, habló al apuesto Rama, señalando su propio bien: «Sin duda aquel señor de los monos cumplirá todos tus deseos. Pasa, pues, aquí la estación de las lluvias, aguardando el otoño».
Section 29
Al contemplar el claro firmamento, libre de nubes y relámpagos, lleno de Sarasas y rociado con los encantadores rayos de la Luna, Hanuman, el hijo de Maruta, versado en el saber religioso y en la economía política y conocedor de los efectos propios del tiempo o la estación, acercándose al señor de los monos, le habló con diversas palabras sensatas, razonables y agradables, bienintencionadas, verdaderas y que enseñaban los medios de adquirir el perdón, la piedad y la riqueza. Sugriva, adquiridas ya las riquezas, se ha vuelto descuidado en la acumulación de rectitud y de riqueza, sigue el camino de los viciosos y está entregado a la satisfacción de los apetitos sensuales, con todas sus acciones detenidas y los deseos alcanzados, y dado a los goces con doncellas. Habiendo alcanzado todos sus deseos y anhelos, su propia esposa y la tan deseada Tara, Sugriva juega con ellas, de día y de noche, sin aflicción alguna, como el Señor de los celestiales con Gandharvas y Apsaras. Poniendo todos los asuntos regios en manos de los consejeros, sin atenderlos, y confiando plenamente en su capacidad, vive como quien está bajo la influencia de las pasiones: «Usted ha alcanzado su reino, su fama y su vasta riqueza ancestral. Ahora le corresponde cumplir sus deberes para con sus amigos. En verdad aumentan su reino, su fama y su poderío quien conoce lo oportuno del tiempo y hace el bien a sus amigos. Oh rey, en verdad alcanza un vasto reino quien tiene la misma riqueza, soldadesca y cuerpo que sus amigos. Le conviene a usted, por tanto, que está coronado de buen carácter y que sigue un camino irreprochable, llevar a cabo el bienestar de su amigo (como usted prometió). Quien no se empeña en el servicio de sus amigos, renunciando a todo asunto, queda falto de toda energía y envuelto en problemas innecesarios. Y quien se empeña en el servicio de su amigo después de pasada la estación propia, nada hace por su bienestar, aunque lleve a cabo una gran cosa. Oh matador de enemigos, pronto habrá pasado el tiempo para cumplir el servicio de su amigo; lleve usted, por tanto, a cabo el bien de Raghava, a saber, la búsqueda de Vaidehi. Oh rey, Rama, conocedor de lo oportuno del tiempo y sabio como es, no se lo advierte a usted, aunque el momento propio ha pasado; y aunque tiene prisa, lo está esperando a usted. Raghava y también Lakshmana, que son los instrumentos de su logro de este vasto reino, y sus amigos desde hace tanto tiempo, son personas de incomparable poderío por virtud de sus perfecciones sin igual. Él ya ha cumplido su servicio, y le conviene ahora, oh señor de los monos, ordenar a los primeros de los monos que se empeñen en su servicio. Empeñarse fuera de estación en un servicio no solicitado no es censurable; pero aplazar el cumplimiento de una acción a su debido tiempo después de prometerla es en verdad objeto de censura. Oh señor de los monos, usted se empeña incluso en el servicio de quien no le hace bien alguno; entonces, ¿por qué no ha de empeñarse en el beneficio de Rama, que lo ha favorecido llevando a cabo la destrucción (de Vali) y asegurándole su reino? Oh señor de los monos y los osos, en verdad usted está dotado de poderío y fuerza; ¿por qué no se prepara para satisfacer los mandatos de Dasarathi? El mismo Dasarathi es capaz de someter a los celestiales, asuras y grandes serpientes; solo está aguardando el cumplimiento de su promesa. Él ha prestado un gran servicio con riesgo de su vida; por eso encontraremos a Vaidehi, ya esté en esta tierra o en el firmamento. Hasta los celestiales, danavas, gandharvas, asuras, Maruts y yakshas le temen en el campo de batalla; ¡qué decir de los insignificantes rakshasas! Oh señor de los monos, le conviene por tanto hacer el bien por todos los medios al poderoso Rama, que lo benefició antes. Oh señor de los monos, ¿quién hay entre nosotros que no vaya a su mandato al agua, al cielo o a la región bajo la tierra? Oh irreprochable, hay más de un koti de invencibles monos bajo usted; ordene, ¿quién irá y hacia qué rumbo?». Al oír estas palabras de Hanuman, dichas en ocasión muy propia, el inteligente Sugriva decidió su ánimo a un digno fin. Entonces el sumamente inteligente Sugriva ordenó al siempre activo Nila que reuniera soldados de diversos rumbos: «Dispón de modo que todas mis huestes y soldados con sus comandantes vengan pronto aquí. Trae pronto aquí, a mi mandato, a todos los monos enérgicos y de rápido curso y a los comandantes que extienden sus conquistas hasta el fin de la tierra. (Después de su llegada) inspecciona tú mismo y cuenta a todos esos monos. Quien no llegue aquí dentro de quince días será castigado con la pérdida de su vida. No hay necesidad de escrutar mis órdenes. Atenido a mi orden, ve tú, junto con Angada, a todos los monos ancianos». Habiendo dispuesto así, aquel mejor de los monos entró en las habitaciones interiores.
Section 30
Habiendo entrado Sugriva en su palacio y estando el cielo despejado de nubes, Rama, atormentado de pena, al pasar la estación de las lluvias y contemplar el firmamento amarillo, el claro disco de la Luna, la noche otoñal rociada con los rayos de la Luna, al señor de los monos herido por el amour, el rapto de la hija de Janaka y la estación casi expirada, quedó abrumado de pena y sin sentido. Y recobrando el sentido después de algún tiempo, el sumamente inteligente rey Raghava comenzó a pensar en Vaidehi, aunque siempre estaba presente en su mente. Y al contemplar el cielo claro, libre de relámpagos y nubes y lleno del ruido de los Sarasas, Raghava comenzó a lamentarse lastimosamente, apostado en la cumbre de la colina adornada con metales de color dorado. Y al contemplar el cielo otoñal se entregó a la meditación sobre su amada esposa: «¿Cómo se complacerá hoy aquella doncella de voz de Sarasa, que, mientras jugaba en la ermita, solía gorjear como los Sarasas para invitarlos? Al contemplar los árboles Asana, como cubiertos de flores doradas, y no verme a mí, ¿cómo se complacerá aquella doncella? ¿Cómo se complacerá hoy aquella exquisitamente fina doncella de dulce voz, que antes solía despertar con los sonidos de los patos machos? Al oír el ruido de sus compañeros, los Chakravakas, ¿cómo vivirá aquella de ojos extensos semejantes a lotos? Sin aquella de ojos de cervatilla, hoy no alcanzo la felicidad, aunque ande en libertad junto a estanques, arroyos, charcas y en bosques y selvas. Sin duda Cupido, estimulado por la llegada del otoño, la afligirá aún más a causa de mi separación y de sus encantos personales». Así se lamentaba aquel mejor hijo de rey, como el pájaro Saranga que solicita agua al señor de los celestiales. Y el apuesto Lakshmana, que regresaba de las pintorescas cumbres de la montaña donde había permanecido en busca de frutos, vio a su hermano mayor. Y al contemplar en aquel bosque solitario a su hermano, atormentado por pensamientos angustiosos, difíciles de soportar y casi fuera de sí (de pena), Saumitri, de ánimo elevado, movido por la pena de su hermano, le habló con gran abatimiento, diciendo: «Oh venerable, ¿qué has perpetrado al ponerte bajo el dominio de las pasiones y derrotar tu hombría? Tu honda y devota meditación ha sido hurtada por tu pena; y es por la contemplación religiosa como tu pena terminará ahora. Oh hermano, tras cumplir las ceremonias del baño y demás, y adquirida la paz, somete tú todo tu tiempo a tu dominio por virtud de la concentración del alma; y siendo de fuerza inmitigada, recurre al poder y a la ayuda, las notas clave para el cumplimiento de tu gran objeto. Oh señor de los hombres, Janaki, teniéndote a ti por esposo, no es capaz de ser poseída fácilmente por otros. Oh héroe, ¿quién que llega a una llama de fuego no se quema?». Entonces Rama habló a Lakshmana, dotado de señales regias, dirigiéndole palabras naturales y resueltas y diciendo: «Lo que has dicho es sensato, bienintencionado, sancionado por la política y habla de piedad, riqueza y perdón. Por tanto, sin la menor duda, debe ser cumplido por mí. Me corresponde empeñarme en la contemplación acerca de la verdad eterna respecto de la Divinidad y en las observancias ascéticas. O si no, oh príncipe, no es propio pensar en los frutos de una acción difícil, muy desarrollada y enérgica». Entonces, pensando en Maithili, de ojos semejantes a pétalos de loto, Rama habló a Lakshmana con el semblante reseco: «Habiendo satisfecho la tierra con una profusa descarga de agua, producido cosechas y terminado así su obra, el de mil ojos está sentado en silencio. Oh hijo de rey, las nubes, que murmuraban un sonido largo y hondo y se acercaban a las colinas y los árboles, se han calmado tras descargar sus contenidos líquidos. Habiendo oscurecido de azul los diez rumbos, las nubes, semejantes a lotos azules, se han calmado, como elefantes sin jugo temporal. Oh gentil, los fuertes vendavales acompañados de lluvias, cargados de agua y fragantes con flores de Kutaja y de Arjuna, empujados de aquí para allá, se han vuelto ahora silenciosos. Oh inocente Lakshmana, los sonidos de las nubes, los elefantes, los pavos reales y las fuentes han cesado todos. Las colinas, de cumbres variegadas, lavadas por densas nubes y por eso libres de suciedad e impurezas, parecen elegantes rociadas por los rayos de la Luna. Sin duda ha llegado el otoño, repartiendo su gracia en las ramas de los árboles Saptachhada, en los rayos del Sol y de la Luna con las estrellas y en el andar de los excelentes elefantes. Sin duda la gracia otoñal ha recurrido a muchas cosas. Y ha aparecido más profusamente en los lotos abiertos por los primeros rayos del Sol. Perfumado de dulzura con la flor de los árboles Saptachhada, tomando prestadas las notas musicales de las abejas, siguiendo al viento y sometiendo el orgullo de los elefantes enfurecidos, el otoño parece muy elegante. Los cisnes juegan con los Chakravakas, de alas espléndidamente espaciosas, aficionados a Cupido, incrustados con los filamentos de los lotos y que llegan a las orillas de los ríos. La gracia otoñal parece más elegante, dividida en los elefantes enfurecidos, en las vacas orgullosas y en arroyos de claras corrientes. Al contemplar el cielo despojado de nubes, sin mostrar la belleza de sus colas y renunciando a su apego a sus amadas parejas, a los entretenimientos y a la belleza, los pavos reales están todos, por así decirlo, entregados a la meditación en el bosque. Las tierras boscosas arden, por así decirlo, con muchos pintorescos y perfumados árboles Priyaka, de color dorado y con las copas bajas por el peso de las flores. El andar de los elefantes, vuelto ocioso por una profusa descarga de jugo temporal, aficionados a los bosques y a los nenúfares, que huelen la fragancia de las flores de los árboles Saptachhada y van acompañados de sus parejas, se ha vuelto lento. El cielo está claro como una espada; los arroyos se han vuelto de corrientes débiles; el viento, fresco y perfumado con la fragancia de nenúfares blancos comestibles, sopla; y los rumbos se han vuelto libres de oscuridad. El barro ha sido secado por los rayos del Sol y la tierra está llena de polvo; este es el tiempo de preparación de los reyes enemigos (para entrar en conflicto). Los toros, con su belleza realzada por el otoño y con el cuerpo cubierto de polvo, deleitados, enfurecidos y por eso deseosos de entrar en escaramuza, han estado lanzando terribles rugidos en medio de las vacas. Las elefantas, que se mueven lentamente, aficionadas, apasionadas y acompañadas de otros miembros, han estado siguiendo a sus apasionados compañeros en el bosque, abrazándolos. Dejando atrás sus excelentes adornos, las colas, los pavos reales, al llegar a las orillas de los ríos, han ido alejándose con abatimiento y con el corazón deprimido, como si los Sarasas los reprendieran. Tras aterrar a los Karandavas y a los Chakravakas con sus poderosos rugidos, los elefantes, de trompas hendidas y agitados una y otra vez, han estado bebiendo agua en los estanques llenos de lotos en plena flor. Los patos machos han estado saltando deleitados a los ríos, sin barro, cubiertos de arenas, llenos de agua clara, repletos de vacas y resonantes con las notas de los Sarasas. Ahora ha cesado el ruido de los ríos, las nubes, las fuentes, el agua, los fuertes vientos, los pavos reales y las ranas sin alegría. Y las serpientes venenosas de colores variegados, que han vivido bastante tiempo durante las lluvias sin alimento, han salido, a la llegada del otoño, de sus guaridas, hambrientas, en busca de su presa. La tarde teñida de rojo ha abandonado el firmamento, deleitada por el contacto de los rayos de la Luna y abriendo un poco sus ojos, las estrellas. Con la Luna naciente por su elegante semblante, las estrellas por sus excelentes ojos abiertos y los rayos por una pieza de vestido blanco, la noche parece una doncella vestida de paño blanco. Tras alimentarse de arroz blanco maduro, las excelentes hileras de Sarasas deleitados vuelan rápidamente al cielo como una guirnalda bien ensartada sacudida por el viento. El agua del lago, lleno de patos machos dormidos y de nenúfares, parece el cielo en la noche, libre de nubes y lleno de la Luna llena y de las estrellas. Los estanques, que tienen los patos machos esparcidos de aquí para allá por cinturones y están engalanados con lotos en plena flor y nenúfares, parecen otras tantas doncellas adornadas con diversos adornos. El sonido que levanta el viento en el alba, como el de una flauta acompañada por la música de una trompeta, mezclado con el ruido de las cuevas y de los toros, se multiplica, por así decirlo, el uno al otro. Las orillas de los ríos son vestidas por las flores recién abiertas, sacudidas por las suaves brisas, y por los kasas, como limpios paños de seda lavados. Las abejas negras, audaces, aficionadas a beber miel, vueltas amarillas por los filamentos de los lotos y las flores de Asana, deleitadas y acompañadas de sus parejas, siguen al viento en el bosque. El agua clara, las flores que se abren, el ruido de los Kraunchas, el arroz blanco maduro, las suaves brisas y la Luna clara anuncian la llegada del Otoño, el que quita las lluvias. Los ríos, que tienen peces por cinturones, se han vuelto de curso lento, como doncellas que se mueven lentamente en el alba, gozadas por sus maridos. Las desembocaduras de los ríos, llenas de Chakravakas, cubiertas de plantas acuáticas y vestidas de Kasas, parecen los semblantes de doncellas untados con pigmentos amarillos. El poderosísimo Cupido ha tomado su terrible arco en este bosque lleno de flores de Asana, semejantes a flechas, y del zumbido de abejas deleitadas. Habiendo satisfecho a la gente con una profusa descarga de agua, llenado los ríos y las charcas y cubierto la tierra de cosechas, las nubes han desaparecido abandonando el cielo. Los ríos, en esta estación de otoño, han ido mostrando poco a poco sus orillas. Oh tú, de excelente aspecto, los estanques (en esta estación) parecen exquisitamente finos, llenos de aves Kurara y de Chakravakas. Oh hijo de rey, este es el tiempo de preparación de los reyes enemigos, deseosos de derrotarse unos a otros. Oh hijo de rey, este es el mejor tiempo para las marchas regias, pero no veo a Sugriva prepararse con ese fin. Aparecen sobre las cumbres de las colinas las flores de Asanas, Saptaparnas, Kovidaras, Bandhujivas y Tamalas. Mira, oh Lakshmana, las orillas de los ríos llenas de cisnes, Sarasas, Chakravakas y Kuraras. Herido como estoy de pena, estos cuatro meses, la estación de las lluvias, me parecieron como cien años, al no ver a Sita. Como los Chakravakas que siguen a sus parejas, Sita, tomando el terrible bosque de Dandaka por un jardín pintoresco, solía seguirme allí. Oh Lakshmana, Sugriva no está inclinado a mostrar compasión alguna hacia mí, que estoy separado de mi amada esposa, privado de mi reino, desterrado y herido de pena. Considerándome como alguien sin nadie que lo respalde, privado de su reino, insultado por Ravana, desdichado, de una tierra lejana, bajo la influencia del amor y que por eso busca su ayuda, (Sugriva no ha sentido piedad de mí). Oh sometedor de enemigos, oh tú, de excelente aspecto, por estas razones he sido insultado por aquel rey de los monos de alma viciosa, Sugriva. Habiendo señalado el tiempo para instituir indagaciones acerca de Sita, aquel de mente perversa lo ha olvidado ahora, con el acceso de su nueva dignidad. Ve tú, por tanto, a Kishkindha y háblale de mí a ese necio señor de los monos, Sugriva, entregado a los placeres rústicos. Y dile: “Quien rompe la promesa hecha a un poderoso benefactor que solicita su favor es considerado por la gente como vil. Es un verdadero héroe y una persona excelente quien verifica sus palabras, sean buenas o malas. Ingratos son quienes, tras alcanzar sus fines, no se empeñan en el servicio de aquellos de sus amigos que no han cumplido sus objetivos; ni siquiera quienes viven de carne cruda se alimentan de su sangre después de su muerte”. Y pregúntale si desea contemplar en el campo de batalla el arco de oro semejante a un relámpago. Y pregúntale más, si desea oír el terrible restallar de mi arco, semejante al ruido del trueno, cuando estoy enfurecido en la batalla. Oh héroe, oh hijo de rey, cuando se entere de mi poderío ayudado por ti, ¿no recapitulará en su mente (que puede ser destruido por nosotros como Vali)? Oh conquistador de ciudades de enemigos, ¿acaso no piensa ese señor de los monos, tras cumplir su objeto, en las condiciones bajo las cuales se trabó nuestra amistad? ¿Acaso no piensa ese señor de los monos que ha pasado cuatro meses en goces, habiendo prometido y señalado la estación, tras las lluvias, (para hacer) indagaciones acerca de Sita? ¿Acaso Sugriva no siente piedad de nosotros, que estamos atormentados de pena, estando él entregado a la bebida con amigos y consejeros? Ve tú, oh héroe, oh tú, de poderosa fuerza, y relata a Sugriva estas mis airadas palabras: “Oh Sugriva, no descuides tu promesa ni sigas el camino recorrido por Vali. Yo maté a Vali solo con mi flecha en el campo de batalla; pero si te desvías del sendero de la verdad, te destruiré junto con tus parientes y familiares”. Oh mejor de los hombres, relátale pronto todos aquellos beneficios que cosecharemos por sus acciones, pues la estación propia está casi pasada. Oh mejor de los monos, cumple tu promesa recordando la existencia eterna de la virtud. ¿No contemplas el espíritu de Vali en la morada de la Muerte, muerto por la flecha disparada por mí?». Al contemplar a su hermano mayor así enfurecido y lamentándose, Lakshmana, de espíritu ardiente, el mejor de los hombres, se enfureció con Sugriva.
Section 31
Lakshmana habló de nuevo a su hermano mayor, el de ánimo elevado, el hijo de rey, influido por la pasión, herido de pena y abatido, con las siguientes palabras: «Ese mono no seguirá las acciones de los piadosos, no pensará en el gran fruto (el acceso al reino) cosechado por nuestra amistad; no gozará de las riquezas del reino de los monos, porque no tiene el entendimiento recto para cumplir su promesa. Por el menoscabo de su entendimiento a consecuencia de tu favor, está entregado a los placeres rústicos y ha olvidado devolver tus beneficios. Oh héroe, que muerto divise a su hermano mayor Vali. No es propio conferir el reino a ese de mente perversa. No puedo soportar el estallido de mi ira; sin duda mataré hoy a ese mentiroso Sugriva. Que el hijo de Vali, con otros principales monos, se empeñe en la búsqueda de aquella hija de un rey». Al verlo levantarse del asiento con el arco en la mano y sumamente agitado de cólera, y al oírlo anunciar así su intención acerca de la destrucción de Sugriva, Rama, matador de enemigos, le habló las siguientes palabras humildes, dignas de ser dichas en aquella ocasión: «Personas como tú sobre esta tierra no perpetran el crimen de destruir a sus amigos. Es en verdad un gran héroe y una persona excelente quien somete la ira por su recto entendimiento; oh Lakshmana, no es propio que provoques la destrucción de tu amigo; sigue tú tu antigua amistad y tus buenos sentimientos. Evitando las palabras duras, dirígete tú a Sugriva, que ha violado su promesa, con palabras suaves». Así debidamente aconsejado por su hermano mayor, aquel mejor de los hombres, el heroico Lakshmana, matador de enemigos, entró en la ciudad. Entonces el sumamente inteligente Lakshmana, de recto entendimiento y siempre atento al bienestar de su hermano, tomando un arco semejante al de Indra, parecido a la cumbre de una colina y terrible como la misma Muerte, entró, agitado de ira, en la morada del rey de los monos, como la colina Mandara. Inteligente como Brihaspati y siempre atenido al mandato de su hermano mayor, Lakshmana, revolviendo en su mente lo que debía decir y también las respuestas de Sugriva, y envuelto en el fuego de la ira nacida de la agitación del amour de su hermano, y por eso disgustado, avanzó veloz como el aire. Y siguió avanzando, derribando con su velocidad árboles Sala, Tala y Asvakarna, arrojando a un lado las cumbres de las montañas y otros árboles, rompiendo rocas en pedazos con los pies y avanzando a zancadas muy rápidas como un elefante de rápido curso. Y aquel mejor de los Ikshvakus contempló aquella espléndida ciudad del rey de los monos, difícil de entrar, rodeada de manadas de monos y de montañas. Y con los labios hinchados de ira contra Sugriva, Lakshmana contempló a los terribles monos que andaban fuera de la ciudad. Al contemplar a aquel mejor de los hombres, Lakshmana, los monos semejantes a elefantes entraron en la fortaleza montañosa y tomaron las cumbres de la colina y enormes árboles. Y al observarlos armados, Lakshmana se inflamó doblemente de ira, como fuego atizado con leña. Y al contemplar a Lakshmana, sumamente enfurecido, terrible como la misma Muerte en el tiempo de la disolución, los monos, heridos de temor, huyeron, por centenares, hacia rumbos diversos. Entonces aquellos primeros de los monos, entrando en el palacio de Sugriva, le comunicaron la ira y la llegada de Lakshmana. Aquel jefe de los monos, amoroso, apegado a Tara, no prestó atención a las palabras de aquellos primeros de los monos. Entonces aquellos terribles monos, semejantes a colinas, elefantes y nubes, salieron de la ciudad por mandato del ministro. Algunos de ellos tenían dientes y uñas afilados, algunos eran de aspecto torvo, algunos tenían dientes como los de los tigres, algunos tenían la fuerza de diez elefantes, algunos tenían la fuerza de cien elefantes y algunos la de mil elefantes. Entonces Lakshmana, airado, divisó la ciudad de Kishkindha, difícil de entrar y rodeada de poderosos monos con árboles en las manos. Y pasando por encima del foso alrededor de los muros de la ciudad, aquellos monos de aspecto terrible se apostaron abiertamente. Y meditando sobre el error de Sugriva y el interés de su hermano, el dueño de sí Lakshmana, heroico, siguió adelante. Suspirando con calor y con fuerza, aquel mejor de los hombres, Lakshmana, de ojos enrojecidos, parecía un fuego humeante. Parecía una terrible serpiente de cinco bocas, que tuviera por lengua la punta de la flecha, por capucha extendida el arco y por veneno su propio poderío. Al contemplarlo como el fuego llameante de la disolución y como el señor de las serpientes enfurecido, Angada, por temor, se afligió en extremo. Entonces el muy famoso Lakshmana, con los ojos enrojecidos de ira, habló a Angada, diciendo: «Oh niño, informa tú a Sugriva de mi llegada. Oh conquistador de enemigos, dile: “Lakshmana, el hermano menor de Rama, herido de pena por el desastre de su hermano, ha venido a ti y aguarda a la puerta. Si te place, cumple tu promesa”. Diciendo estas palabras, regresa presto, oh hijo mío, oh conquistador de enemigos». Al oír las palabras de Lakshmana, Angada, abrumado de pena, acercándose a su tío, dijo: «Saumitri ha llegado aquí». Muy agitado por las duras palabras, Angada, con semblante pálido y abatido, salió con presteza y, acercándose, tocó primero los pies del rey y después, con reverencia, los pies de Ruma. Aquel de poderío extremo tocó primero los pies de su tío, luego saludó de nuevo a su madre y después, tocando los pies de Ruma, les relató todo por entero. Aquel mono, poseído por el amour y bajo la influencia del licor, dormido, no pudo oír (lo que Angada había dicho). Al contemplar a Lakshmana sumamente enfurecido, los monos, poseídos por el miedo, comenzaron a hacer ruido como si le dieran la bienvenida. Ellos, acercándose a Lakshmana, comenzaron a lanzar un terrible rugido como el trueno y semejante al estruendo de leones y al ruido de cascadas. Por aquel terrible sonido despertó aquel jefe de los monos, de ojos cobrizos, agitado, adornado con guirnaldas y poseído por el licor. Al oír las palabras de Angada, los dos consejeros de Sugriva, inteligentes y de aspecto magnífico, junto con él, se acercaron a aquel señor de los monos. Y aquellos dos ministros, Yaksha y Prabhava, para darle consejos oportunos, informaron (a aquel jefe de los monos) de la llegada de Lakshmana. Satisfaciendo a Sugriva con palabras que señalaban su bienestar, sentándose junto a él, hablaron a aquel señor del viento, semejante al rey de los celestiales, diciendo: «De aquellos dos grandes y veraces hermanos, Rama y Lakshmana, que han nacido como hombres, dignos de alcanzar un reino y que han ganado para usted su reino, Lakshmana, con un arco en la mano, aguarda a su puerta. Y temiéndolo, los monos, temblando, lanzan terribles rugidos. Ese Lakshmana, hermano de Raghava, que tiene por cochero las palabras y por carro la perseverancia, se ha acercado a usted por mandato de su hermano. Oh rey irreprochable, por ese Lakshmana ha sido despachado ante usted Angada, el predilecto de Tara. Oh rey de los monos, aquel sumamente poderoso, con los ojos llenos de ira, aguarda a su puerta, como abrasando con sus ojos a todos los monos. Oh rey, vaya usted presto ante él con sus hijos y amigos y, inclinándose ante él con la cabeza baja, apacigüe su cólera. Y cumpla usted, oh rey, con ánimo sereno, lo que el virtuoso Rama le ha ordenado hacer y cumpla así su promesa».
Section 32
Al oír las palabras de Angada y también la ira de Lakshmana, el dueño de sí Sugriva, junto con sus consejeros, dejó su asiento. Ponderando el peso y la levedad de la presente ocasión, aquel experto en consejos y atenido a su parecer habló a los expertos consejeros, diciendo: «No le he hecho ningún agravio ni le he dicho palabra impropia alguna. No sé por qué Lakshmana, hermano de Raghava, se ha ofendido conmigo. A Lakshmana le han informado falsamente de mi debilidad imaginaria mis enemigos, que siempre buscan mis lados oscuros. Les corresponde a todos ustedes averiguar ahora presto, según su saber y recto entendimiento, (la causa de la ira de Lakshmana). No temo a Lakshmana ni a Raghava; pero los amigos enfurecidos sin causa producen invariablemente temor. Es fácil trabar amistad pero muy difícil sostenerla; pues, por la veleidad de nuestras mentes, una causa muy leve produce la separación. No le he hecho bien alguno proporcionado a lo que Rama, el de alma elevada, hizo por mí; y es por esta razón por lo que le temo». Así interpelado por Sugriva, Hanuman, el primero de los consejeros de los monos, habló, según su propio entendimiento, diciendo: «No es de extrañar, oh señor de los monos, que usted no haya olvidado el beneficio inesperado (que había recibido de manos de Rama). Para llevar a cabo su bienestar, Vali, poderoso como el Señor de los celestiales, fue destruido sin temor por el heroico Raghava. No hay la menor duda de que Raghava, por amor, está enfurecido con usted y ha despachado a su hermano menor Lakshmana, acrecentador de prosperidad. Oh usted, primero de los conocedores del tiempo, ha llegado el auspicioso otoño, verde con flores de Saptachhada, y usted, entregado a los goces, no lo percibe. El cielo, con las nubes quitadas, está lleno de estrellas y planetas claros. Los rumbos, los estanques y los ríos están todos claros. Oh mejor de los monos, al hallarlo a usted olvidadizo, Lakshmana ha venido aquí para informarle de que ha llegado el momento propio. Oiga usted con paciencia todas estas duras palabras de Rama, el de alma elevada, atormentado de pena y separado de su esposa, que Lakshmana le relatará. Usted ha obrado impropiamente con él, y no hallo nada que tienda a su bienestar sino que usted satisfaga a Lakshmana con las manos juntas. A los reyes deben dirigirse con palabras auspiciosas sus consejeros, que siempre les ministran consejos oportunos. Y es por esta razón por lo que me dirijo a usted con estas palabras sensatas. Raghava, tomando su arco, enfurecido, puede someter a todo el mundo, habitado por los celestiales, Asuras y Gandharvas. Recordando su servicio anterior, no le conviene a usted, agradecido como es, excitar la ira de aquel a quien se debe complacer de nuevo. Inclinándose ante él, con sus hijos y amigos, cumpliendo usted su promesa, oh rey, busque su amparo, como una esposa que se pone bajo el dominio de su marido. Oh señor de los monos, no le conviene a usted descuidar, ni siquiera en pensamiento, los mandatos de Rama y de su hermano menor; pues usted conoce plenamente el poderío de Raghava, semejante al del señor de los celestiales y superior al poder humano».
Section 33
Entonces Lakshmana, matador de enemigos, mandado, entró, por mandato de Rama, en la agradable ciudad de Kishkindha, situada en medio de cuevas. Al contemplar a Lakshmana, los sumamente poderosos monos, de enormes personas, que aguardaban a la puerta, se pusieron todos con las manos juntas. Y al ver al hijo de Dasaratha sumamente enfurecido y suspirando una y otra vez, los monos guardaron silencio y no lo interrumpieron. El apuesto Lakshmana divisó aquella enorme, pintoresca y celestial cueva adornada con joyas y jardines floridos. Estaba llena de edificios palaciegos, joyas diversas y árboles floridos, que producían en todo tiempo los frutos deseados. Estaba embellecida con monos de buen aspecto, hijos de los celestiales y de los Gandharvas, que llevaban guirnaldas y vestidos celestiales y tomaban las formas que querían. Era fragante con el dulce olor del sándalo, del Aguru y de los lotos, y sus caminos principales eran igualmente fragantes con el olor de la miel. Y Lakshmana contempló allí muchos edificios espaciosos como las colinas Vindhya y Meru y ríos de agua clara. Y observó también las pintorescas moradas de Angada, Mainda, Dvivida, Gavaya, Gavaksha, Gaja, Sarava, Vidyunmali, Sampati, Suryaksha, Hanuman, Viravahu, Subahu, Nala, Kumuda, Sushena, Tara, Jambavan, Dadhivaktra, Nila, Sunetra y Supatala, semejantes a nubes oscuras adornadas con excelentes guirnaldas, llenas de arroz, joyas y hermosas doncellas. Sin obstáculo, el sumamente poderoso Saumitri entró en la pintoresca morada de Sugriva, como el Sol que entra en un cúmulo de densas nubes. La morada de aquel señor de los monos era como el palacio del Señor de los celestiales, adornada con las cimas de edificios blancos semejantes a las cumbres de la colina Kailasa y con árboles floridos que producían en todo tiempo frutos deseados; cubierta de hermosos árboles de frescas sombras y que llevaban frutos y flores celestiales semejantes al oro fundido. Y aquel de alma virtuosa, cruzando las siete salas llenas de vehículos y asientos, contempló los aposentos secretos (de aquel jefe de los monos), que tenían muchos lechos de oro y de plata con excelentes cobertores y finos asientos. No bien hubo entrado en las habitaciones interiores, oyó un sonido musical, bien medido y acompañado por la música del instrumento de cuerdas. Y aquel sumamente poderoso contempló en la morada de Sugriva a muchas hermosas doncellas orgullosas de su juventud y belleza, nacidas de familias respetables, adornadas con espléndidos adornos, ocupadas en ensartar excelentes guirnaldas. Y observó a los sirvientes de Sugriva, bien alimentados, contentos, sin prisa en ofrecer sus servicios y sin espléndidos adornos. Al oír los sonidos de los cinturones de las mujeres y sus Nupuras, el apuesto Lakshmana se sintió sumamente avergonzado. Y sumamente airado por el sonido de los adornos, el héroe llenó todos los rumbos con el restallar de su arco. Lakshmana, de brazos poderosos, se quedó en silencio en un rincón, pensando en su conducta impropia de entrar en el gineceo (de Sugriva), aunque estaba agitado de ira por el descuido de Sugriva del servicio de Rama. Entonces Sugriva, el señor de los monos, enterado de la llegada de Lakshmana por el restallar de su arco y aterrado, tembló sobre su trono y pensó aparte: «Sin duda ha venido Saumitri, aficionado a su hermano, cuya llegada fue anunciada antes por Angada». Informado antes por Angada de su llegada y asegurado doblemente por el restallar del arco, aquel mono llegó a saber de la llegada de Lakshmana y palideció. Entonces Sugriva, el primero de los monos, agitado de temor, habló a la hermosa Tara con las siguientes palabras bienintencionadas: «Oh hermosa señora, ¿sabes por qué ha llegado aquí enfurecido el hermano menor de Rama, de natural apacible? Oh irreprochable señora, ¿percibes alguna causa de la ira del príncipe? Sin duda aquel mejor de los hombres no se enfurece por una causa leve. Considerando bien, infórmame presto si he cometido algún acto impropio hacia Rama. Oh señora hermosa, acércate a él en persona y apacígualo con palabras suaves. Al verte a ti, aquel de alma pura no se agitará de ira; los grandes hombres nunca se conducen con rudeza hacia las mujeres. Acercándote a él, consuélalo, y después yo veré a ese conquistador de enemigos, de ojos semejantes a pétalos de loto». Entonces Tara, con los pies vacilantes y los ojos extraviados por el vino, con las cadenas de oro de su cinturón ondeando (en torno a sus caderas), adornada con señales auspiciosas, buscó la presencia de Lakshmana con la mirada baja. Al contemplar a Tara, la reina del señor de los monos, Lakshmana, el hijo de rey de alma elevada, conteniendo su ira ante la llegada de una mujer, se quedó con la cabeza gacha, conduciéndose como un asceta. Renunciando al pudor bajo la influencia del licor y hallando complacido al hijo del rey, Tara habló a Lakshmana palabras audaces y amorosas, para consolarlo: «Oh hijo de rey, ¿cuál es la causa de su ira? ¿Quién hay que no haya obedecido sus mandatos? ¿Quién puede estar sin ansiedad al ver fuego en un bosque lleno de árboles secos?». Al oír las suaves palabras de Tara, Lakshmana, impertérrito, habló de nuevo, manifestando grandemente su amistad: «Oh usted, atenta al bienestar de su marido, ¿no percibe que su marido va perdiendo poco a poco la piedad y la riqueza, entregado a los goces amorosos? Oh Tara, su marido no piensa en nosotros, que estamos movidos por la pena, sino que está entregado solo a los goces sensuales, rodeado de parásitos. (Habiendo prometido que instituiría indagaciones acerca de Sita después de cuatro meses), aquel señor de los monos casi ha pasado todo el período, influido por el licor y entregado a los goces con usted. Para el logro de la piedad y la riqueza, beber no es un camino propio. Es por beber que las personas pierden la piedad, la riqueza y el deseo. Quien no devuelve los servicios de su benefactor pierde la piedad. Quien pierde la amistad con un amigo cualificado pierde la riqueza. Es el mejor amigo quien está dotado de riqueza y es veraz; y su marido ha abandonado a tal amigo, dotado de estas dos cualidades. Y por eso no se atiene a la virtud de preservar la amistad. Oh usted, experta en asuntos, siendo así, aconséjenos qué debemos hacer». Al oír las dulces palabras de Lakshmana, conformes a la piedad y la riqueza, Tara le habló de nuevo acerca del asunto de Rama, todavía sin cumplir, con palabras que inspiraban confianza: «Oh hijo de rey, este no es el momento de mostrar su ira; no es propio enojarse con los propios amigos. Oh héroe, le conviene soportar el error de quien tiene a la vista su bienestar. Oh príncipe, ¿quién, dotado de excelentes virtudes, se enfurece con uno de menor mérito? Oh príncipe, ¿quién, como usted, descendiente del ascetismo, se agita de ira contra la virtud del perdón? Conozco (la causa de) la ira del amigo de ese heroico mono. Conozco el tiempo de la acción. Conozco lo que usted ha hecho por nosotros. Conozco lo que nosotros le debemos a usted. Y, oh primero de los hombres, conozco también la fuerza irresistible de Kama. Sé por quién ha sido cautivado Sugriva y que su corazón no está ahora en la obra. Como usted ha caído bajo el gobierno de la ira, su mente no ha sentido la influencia del deseo. Hasta un ser humano que ha concebido amor no se detiene ante lugar, tiempo o interés. Perdone a ese señor de la raza de los monos, su hermano, influido por la carnalidad, que está por usted y que, por la urgencia de la lujuria, ha desterrado la vergüenza. Hasta los Maharshis, que hallan deleite en la religión y el ascetismo, al poner sus corazones en satisfacer la lujuria, (a la postre) quedan firmemente atados por la ignorancia. Pero este es un mono, volátil por naturaleza, y además ha estado gozando de estado regio; ¿por qué no habría de obrar así él?». Habiendo hablado así a Lakshmana, de inteligencia inconmensurable, con palabras llenas de alto sentido, aquella mona, con los ojos caídos de languidez, habló de nuevo con tristeza de este modo, por el bien de su marido: «Oh primero de los hombres, aunque Sugriva ha caído bajo el dominio del deseo, ha dado antes órdenes, para asegurar su bien, de hacer preparativos. Y monos por centenares y millares y kotis, que habitan montañas diversas, dotados de poderío extremo, han llegado ya (aquí). Venga usted, por tanto, oh de brazos poderosos. (Habiendo corrido hacia las habitaciones interiores), usted no ha sufrido en su carácter. Pues para el bueno, mirar a las esposas de otros con espíritu amistoso no puede traer injusticia». Permitido por Tara, aquel sometedor de enemigos, de brazos largos, urgido por (la debida) rapidez, entró en las habitaciones interiores. Allí, sentado en un soberbio asiento cubierto con una costosa alfombra, halló a Sugriva, semejante al mismo sol, con la persona adornada de nobles joyas, de presencia digna, famoso, con alegres guirnaldas y atavío, invencible como el gran Indra. Y rodeado de damas adornadas con elegantes joyas y coronas, Sugriva, con los ojos aún más enrojecidos por la cólera, parecía el mismo Destructor. Entonces, abrazando profundamente a Ruma, el héroe de ojos grandes, de color de oro fino, sentado en un excelente asiento, vio al poderoso Saumitri de ojos extensos.
Section 34
Al ver a aquel primero de los hombres, Lakshmana, agitado de cólera, entrar sin impedimento, Sugriva fue presa de tristeza. Y al ver al hijo de Dasaratha, colérico, jadeante, resplandeciente de energía y ardiendo a causa de la calamidad que había sobrevenido a su hermano, aquel jefe de los monos se levantó de un salto, dejando su asiento de oro, como el poderoso estandarte adornado del gran Indra. Y cuando Sugriva se levantó, Ruma y las otras mujeres se levantaron, como estrellas que aparecen en el cielo cuando ha salido la luna llena. Y con los ojos enrojecidos y las manos juntas, el garboso Sugriva vino (ante Lakshmana) y se quedó allí como un poderoso árbol kalpa. Y el colérico Lakshmana habló a Sugriva, que estaba entre mujeres, teniendo a Ruma por segunda, y semejante a la luna con las estrellas, diciendo: «El rey que es noblemente dotado por herencia, y es bondadoso, que ha sometido sus sentidos, y es agradecido y veraz, obtiene renombre en este mundo. ¿Y quién es más perverso que ese rey que, arraigado en la injusticia, hace falsas promesas a amigos atentos a su bienestar? Quien dice una falsedad con referencia a un caballo se hace culpable de la muerte de cien caballos; quien se compromete con una falsedad relativa a una vaca cosecha el demérito de matar a mil vacas; y quien profiere una falsedad tocante a una persona se destruye a sí mismo y a sus parientes. Ese individuo ingrato que, habiendo obtenido primero un beneficio de manos de sus amigos, no lo retribuye, es, oh señor de los monos, digno de ser muerto por todas las criaturas. Al ver a un miserable ingrato, el colérico Brahma cantó el (anterior) sloka, reverenciado por todos los mundos. Compréndelo tú, oh mono. Los piadosos procuran liberación al matador de vacas, al bebedor de vino, al ladrón y al violador de votos; pero para la persona ingrata no hay liberación alguna. Tú eres innoble, ingrato y mentiroso, oh mono, pues, habiendo sido antes beneficiado por Rama, no retribuyes sus servicios. Beneficiado por Rama, tú, ansioso de pagar su bondad, deberías esforzarte en la búsqueda de Sita. Pero, de falsas promesas, te has estado entregando a groseros goces; y Rama no te conoce por una serpiente que croa como una rana. Miserable pecador y de alma perversa, has obtenido el reino de los monos por mediación del eminentemente virtuoso, bondadoso y de alma elevada Rama. No reconoces los buenos oficios que te ha prestado el de alma elevada Raghava; y por eso, muerto con flechas afiladas, pronto verás a Vali. El camino que recorrió Vali, muerto, aún no se ha estrechado. Desiste tú a tiempo, oh Sugriva; no camines tras las huellas de Vali. No contemples las flechas, semejantes a rayos, disparadas del arco de aquel mejor de los Ikshvakus. Entonces, alcanzando la dicha, pasarás tus días en paz. Y no descuides tú mentalmente el asunto de Rama».
Section 35
Cuando el hijo de Sumitra, Lakshmana, resplandeciente de energía, hubo hablado así, Tara, de rostro bello como la luna, le dijo: «Oh Lakshmana, no debe usted hablar así; y este señor de los monos no merece oír este duro discurso de sus labios, en especial. Sugriva no es ingrato, ni astuto, ni despiadado; ni, oh héroe, trafica con falsedades; ni es engañoso. Ni el heroico mono, oh héroe, ha olvidado el bien, imposible de hacer por otros en la batalla, que el héroe Rama ha hecho en su favor. Y, oh afligidor de enemigos, por la gracia de Rama, Sugriva ha alcanzado aquí fama y el duradero imperio de los monos, así como a Ruma y a mí. Habiendo yacido miserablemente antes, Sugriva, ahora que ha alcanzado esta suprema dicha, no atiende a sus deberes urgentes, como el asceta Visvamitra. Apegado a Ghritachi, oh Lakshmana, el piadoso y poderoso asceta Visvamitra tomó diez años por un día; y aquel mejor de los conocedores del tiempo, Visvamitra, de poderosa energía, no percibió que había llegado el tiempo (para hacer cierto acto). ¿Qué decir de otras personas? Oh Lakshmana, le corresponde a Rama perdonar a quien tiene todas las exigencias del cuerpo, que está fatigado y que no está satisfecho con los placeres de Kama. Ni, oh Lakshmana, le conviene a usted, sin averiguar el exacto sentido de las cosas, quedar de pronto sujeto a la ira, como cualquier persona inferior. Oh jefe de los hombres, las personas dotadas de la cualidad de la bondad, como usted, no se dejan caer bajo el dominio de la pasión sin (antes) darles las vueltas necesarias a los asuntos. Imploro su favor con ánimo concentrado, usted que conoce la moral. Abandone la poderosa pena que brota de su ira. Esta es mi convicción: que para lograr el bienestar de Rama, Sugriva puede renunciar a Ruma y a mí, a Angada, al reino, a la riqueza, al grano y a los animales. Matando a ese peor de los rakshasas, Sugriva traerá a Raghava con Sita, como la luna acompañada por Rohini. Sin matar a centenares, a millares de kotis, y a treinta y seis ayutas, millares y centenares de irreprimibles rakshasas que toman las formas que quieren, (Rama) no puede matar a Ravana, por quien ha sido raptada Maithili. Son incapaces, oh Lakshmana, de ser muertos (por Rama) en la batalla, a menos que sea apoyado (por otros). Ravana es un guerrero astuto, y por eso hay especial necesidad de Sugriva. Ese sabio señor de los monos, Vali, me había dicho todo esto. No sé cómo Ravana había asegurado esta hueste; digo lo que había oído de Vali. Para prestarle a usted ayuda, los primeros de los monos han sido despachados para convocar al conflicto a numerosos principales monos. Aguardando a estos poderosos y sumamente fuertes, para lograr el fin de Raghava, este señor de los monos no sale (todavía). Las cosas, oh Saumitri, han sido arregladas de antemano tan satisfactoriamente por Sugriva que hoy mismo el poderoso se reunirá con todos esos monos. Hoy mismo miles de millones de osos y millares de golangulas, así como innumerables kotis de monos resplandecientes de energía, se unirán a usted. Por tanto, oh sometedor de enemigos, deponga su ira. Al ver este su rostro agitado de cólera y sus ojos que parecen llagas rojas, las esposas de los mejores de los monos no experimentan paz, y las agita el temor que las atormentaba hace poco».
Section 36
Interpelado humildemente con estas palabras informadas de moral, el hijo de Sumitra, recobrando su natural mansedumbre, las aceptó. Al aceptar él el discurso, el señor de los monos se quitó de encima, como un paño mojado, el temor que había concebido a causa de Lakshmana. Entonces Sugriva, señor de los monos, arrancó la vistosa y variada guirnalda de su cuello, poderosa con muchas virtudes, y quedó privado de energía. Y aquel amo de todos los monos, Sugriva, alegrando a Lakshmana, de temible poderío, le observó humildemente: «Tú, hijo de Sumitra, por el favor de Rama he recobrado mi suerte perdida, mi fama y esta eterna monarquía de los monos. Oh hijo de rey, ¿quién es capaz de pagar, siquiera en parte, una acción como la de aquel divino (Rama), renombrado por sus propios actos? Por virtud de su energía natural, y con mi sola ayuda, el justo Raghava recobrará a Sita y matará además a Ravana. ¿Qué necesidad de ayuda tiene quien con una sola flecha hendió siete árboles gigantes, una montaña y la Tierra? Oh Lakshmana, ¿de qué sirve la ayuda a aquel cuyo sonido del arco tensado hizo temblar a la Tierra con sus montañas? Oh mejor de los hombres, cuando aquel primero de los hombres salga para matar a su enemigo, Ravana, junto con los que van delante de él, yo lo seguiré. Si por mi confianza, o presumiendo de nuestra amistad, he transgredido en algo, (Rama) debe excusar a su servidor, pues no hay servidor que no transgreda». Cuando Sugriva, de alma elevada, hubo dicho esto, Lakshmana quedó muy complacido y habló con amor: «Teniéndolo a usted, en especial, dotado de humildad, mi hermano, oh monarca de los monos, es fuerte en todo sentido, oh Sugriva. Tal es su fuerza, oh Sugriva, y tal su abnegación, que usted es plenamente digno de gozar de la buena fortuna del rey de los monos. Oh Sugriva, con su ayuda, el pujante Rama matará presto a su enemigo. De esto no hay la menor duda. Oh Sugriva, lo que usted, virtuoso, agradecido y que nunca se aparta del combate, ha dicho es justo y propio. ¿Qué persona conocedora, excepto, oh primero de los monos, usted y mi hermano mayor, puede hablar así? Semejante al mismo Rama en fuerza y poderío, usted, oh jefe de los monos, ha sido ordenado por los dioses como su ayuda. Pero, oh héroe, salga usted presto conmigo y consuele a su amigo afligido por el rapto de su esposa. Y usted, amigo mío, perdone la dura palabra que, al oír las expresiones de Rama hundido en la pena, le he dicho».
Section 37
Así interpelado por Lakshmana, el de gran alma, Sugriva dijo a Hanuman, que estaba a su lado: «A los que moran en las cumbres de Mahendra, Himavan, Vindhya y Kailasa; en Mandara, los picos de Pandu y las cinco colinas; en montañas que lucen el color del sol naciente y siempre brillantes; y a los que habitan el Occidente, más allá del mar; en montañas en las mansiones del sol, semejantes al cielo del atardecer; y a aquellos terribles primeros de los monos que habitan en Padmachala, a esos monos que, semejantes a nubes como el colirio y con la fuerza del señor de los elefantes, moran en la colina Anjana; a los monos que poseen el esplendor del oro y habitan las cavernas de Mahasaila; a los que frecuentan las laderas del Meru, así como a los que moran en las montañas Dhumra; y a los que, con los colores del sol naciente, moran en la montaña Maharuna y beben el vino maireya; y a los que moran en grandes, bellos y fragantes bosques y en pintorescas ermitas en derredor, situadas en los linderos de los bosques, tráelos tú de inmediato a todos estos, a todos los primeros de los monos del mundo, por medio de dones y conciliación y por mediación de monos más veloces que de ordinario. Sé que aquellos monos que he despachado primero están dotados de gran velocidad; mas, para urgirles prisa, envía tú a otros primeros de los monos. Trae tú directamente aquí a esos jefes de monos que están entregados a la lujuria o son remolones. A esos perversos que, hallando falta en el mandato real, no (acudan) a mi orden dentro de diez días, hay que matarlos. Que esos centenares, millares y kotis de monos leoninos que se atienen a mi mandato partan (de aquí) a mi orden. Que (monos) semejantes a nubes o montañas cubran el cielo; y que los primeros de los monos de formas terribles marchen de aquí a mi orden. Que todos los monos de la tierra, conocedores del movimiento, apresurándose y convocando velocidad a mi orden, traigan a todos los monos». Al oír las palabras del rey de los monos, el hijo del dios del Viento despachó poderosos monos en todas direcciones. Despachados por el rey, los monos, recorriendo la esfera de las aves y de las estrellas, pasaron de inmediato por el firmamento. Y en océanos y montañas, en bosques y estanques, los monos empezaron a enviar a todos los simios en nombre de Rama. Al oír el mandato de aquel rey de reyes, Sugriva, semejante a la Hora de la muerte, los monos, concibiendo temor de Sugriva, partieron. Y monos semejantes al colirio (en color), en número de tres kotis, dotados de enorme poder, partieron de la colina Anjana hacia el lugar donde estaba Raghava. Y diez kotis con el esplendor del oro fundido, habitantes de la montaña donde se pone el sol, partieron. Y mil kotis, del color de la melena del león, vinieron de las cumbres de Kailasa. Y de los que moraban en el Himalaya, que se sustentaban de frutas y raíces, en número de mil y kotis, aparecieron mil. Y millares de terribles monos de hechos terribles, del color del carbón, en número de kotis, se lanzaron de pronto desde el Vindhya. Y no existe registro del número de los que habitan las riberas del océano de leche, y de los moradores de los bosques de tamala, así como de los que se sustentan de cocos. Y, como si bebiera el sol, la poderosa hueste de monos vino de bosques, cuevas y ríos. Y sucedió que aquellos monos heroicos que habían ido a azuzar a otros hallaron un poderoso árbol en el Himavan. En aquel monte sagrado, en días de antaño, tuvo lugar un agradable sacrificio de Mahesvara. Allí los monos hallaron gratas frutas y raíces nacidas de los arroyos de las oblaciones sacrificiales, semejantes a ambrosía. Quien participa de aquellas excelentes frutas y raíces nacidas de los ingredientes sacrificiales no siente hambre durante un mes. Aquellos primeros monos, alimentándose de frutas, reunieron esas sabrosas frutas, raíces y hierbas medicinales. Y para lograr el bien de Sugriva, acudiendo allá, los monos trajeron flores olorosas del recinto sacrificial. Y todos aquellos primeros de los monos, llevando consigo a todos los monos de la tierra, partieron aprisa a la vanguardia de las manadas. Y en poco tiempo aquellos simios de rápido paso llegaron prestamente a Kishkindha, donde estaba el mono Sugriva. Y tomando las hierbas curativas y las frutas y raíces, los monos las entregaron a Sugriva y dijeron: «Habiendo atravesado montañas, ríos y bosques, todos los monos de la tierra encaminan sus pasos hacia usted en obediencia a su mandato». Al oír esto, Sugriva, señor de los monos, se complació y con corazón alegre aceptó todos aquellos presentes.
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Habiendo aceptado todos aquellos presentes, (Sugriva), tras apaciguar a los monos, los despidió. Habiendo despedido a los millares de simios que habían cumplido su tarea, se consideró a sí mismo y al poderoso Raghava como quienes habían asegurado el éxito. Entonces Lakshmana, con dulces palabras, habló al sumamente fuerte jefe de los monos, Sugriva, alegrándolo: «Si le place a usted, oh sereno, saldré de Kishkindha». Al oír el suave discurso de Lakshmana, Sugriva, sumamente encantado, dijo: «Así sea. Vamos. Me atengo a tu mandato». Habiendo dicho esto a Lakshmana, de marcas auspiciosas, Sugriva despidió a las mujeres con Tara a la cabeza. Entonces Sugriva, con voz fuerte, convocó a los primeros de los monos, diciendo: «Vengan (acá)». Al oír sus palabras, aquellos monos que podían presentarse ante las mujeres lo hicieron con las manos juntas. A ellos, que se habían presentado, dijo el rey, de esplendor semejante al del Sol: «Ustedes, monos, traigan acá un carro». Al oír sus palabras, monos que unían el vigor con la presteza trajeron un carro hermoso de ver. Al ver traído el carro, el señor de los monos dijo al hijo de Sumitra: «Oh Lakshmana, sube presto». Habiendo dicho esto, Sugriva, en compañía de Lakshmana, subió rápidamente al carro de oro semejante al sol, uncido con numerosos corceles. Con un parasol pálido sostenido sobre la cabeza, con blancos abanicos de cola de yak ondeando en derredor, con caracolas y trompetas que sonaban, elogiado por los bardos, Sugriva partió, habiendo obtenido la suprema auspiciosidad regia. Y rodeado de centenares de simios de ánimo altivo y de gente armada, se encaminó adonde Rama estaba. Y habiendo llegado al excelente lugar que era la morada de Rama, aquel de gran energía descendió del carro junto con Lakshmana. Y habiendo llegado ante Rama, Sugriva (se quedó) con las manos juntas. Y cuando Sugriva hubo juntado las manos, los monos también lo hicieron. Y al contemplar la poderosa hueste de los monos semejante a un estanque lleno de capullos de loto, Rama quedó complacido con Sugriva. Y levantando al rey de los monos, que había inclinado la cabeza a los pies de Rama, Raghava lo abrazó por amor y estima. Habiendo abrazado a Sugriva, aquel justo le dijo: «Siéntate». Y al ver a Sugriva sentado en el suelo, Rama dijo: «Aquel, oh mejor de los monos, es rey que, oh héroe, a su debido tiempo sigue la rectitud, el placer y el provecho, dividiéndolos siempre (entre todos). Quien, renunciando a la rectitud y al bien, se dedica solo al placer, es como un hombre que, quedándose dormido en la copa de un árbol, despierta cuando ha caído. Ese rey es verdaderamente virtuoso que, ocupado en desarraigar a los enemigos y en favorecer a los amigos, atiende a los tres fines. Oh destructor de enemigos, ha llegado el tiempo del esfuerzo; reflexiona tú, oh señor de los monos, junto con tus ministros monos». Así interpelado, Sugriva dijo a Rama: «Oh de brazos poderosos, mi suerte perdida, mi renombre y todo el reino de los monos los he recobrado por tu don, debido a tu gracia y a la de tu hermano, oh primero de los vencedores. Quien, habiendo recibido un buen oficio, no lo retribuye, cosecha oprobio entre las personas. Estos centenares de primeros monos, oh destructor de enemigos, han venido aquí trayendo consigo a todos los monos del mundo. Oh Raghava, osos y monos, heroicos golangulas, conocedores de selvas y bosques y fortalezas, y de formas terribles, y monos que son hijos de divinidades, que toman las formas que quieren, se detienen en el camino, oh Raghava, rodeados de sus propios ejércitos. Y, oh héroe, oh sometedor de enemigos, monos rodeados de centenares, y centenares de millares, y kotis, y ayutas, y sankus, y arvudas, y centenares de arvudas, y madhyas, y antyas, esperan (aquí). Y samudras y parardhas de monos, jefes de manadas, que habitan el Meru y el Vindhya, semejantes a nubes o colinas, y en poderío semejantes al gran Indra, están en camino hacia ti, oh rey. Se unirán a ti para combatir al demonio en el campo; y, matando a Ravana en la lucha, traerán a la hija de Mithila».
Entonces el pujante hijo del señor de la Tierra, al presenciar los preparativos hechos por el heroico mono, que permanecía bajo su mando, pareció un loto azul abierto.
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Mientras Sugriva hablaba así con las manos juntas, aquel mejor de los justos, Rama, lo abrazó con sus brazos y luego respondió: «Que Indra derrame lluvias no es ningún prodigio, ni que este Sol de mil rayos disipe la oscuridad del cielo; ni tampoco, oh apacible, que la Luna con sus rayos haga la noche clara. (Y de modo semejante) los amigos como tú traen deleite, oh sometedor de enemigos. Oh apacible, que todo lo que es elegante se albergue en ti no es extraño. Sé, oh Sugriva, que siempre dices lo que es para mi bien. Ayudado por ti, amigo mío, venceré en la batalla a todos mis enemigos. Siendo tú mi amigo y mi aliado, debes ayudarme. Ese peor de los rakshasas se ha llevado a Maithili para atraer la destrucción sobre sí mismo, así como Anuhlada raptó a Sachi, la hija de Puloma, engañando a su padre. A ese Ravana lo mataré dentro de poco con mis flechas afiladas, así como aquel matador de enemigos, el de cien sacrificios, mató al altivo padre de Paulomi». De pronto aparecieron nubes de polvo, y los ardientes y fieros rayos del sol quedaron ocultos en el cielo. Y oscurecidos por la penumbra, todos los rumbos se desconcertaron. Y la tierra entera, con sus montañas, bosques y selvas, tembló. Entonces todo el suelo quedó cubierto de innumerables monos dotados de gran fuerza, de dientes afilados y semejantes a reyes de hombres. Entonces, rodeado de jefes de manadas de monos y de séquitos que sumaban centenares de kotis, y de jefes de monos de ríos, montañas y mares, dotados de prodigiosa fuerza, y de otros simios que habitaban los bosques, de voces semejantes a nubes —y monos del color del sol naciente, o blancos como la luna, o del color de los filamentos del loto, o pálidos, que tenían sus moradas en la montaña Dorada—, en total diez mil kotis, apareció el garboso y heroico mono llamado Satavali. Entonces, con el esplendor de la colina Dorada, fue visto el pujante padre de Tara al frente de muchos millares de kotis. Entonces llegó el padre de Ruma, aquel señor, el suegro de Sugriva, acompañado de otros millares de kotis (de monos) —semejantes a los filamentos del loto, de rostro como el del sol joven, inteligente, el primero de los monos—, supremo entre todos ellos. Y el padre de Hanuman, el garboso Kesarin, apareció en compañía de muchos millares de monos. Y Gavaksha, soberano de los golangulas, dotado de temible poder, apareció rodeado de millares de kotis de monos. Y Dhumra de los osos, dotado de terrible velocidad, destructor de enemigos, apareció rodeado de dos mil kotis. Y el jefe de manadas llamado Panasa, de extremo poderío, vino acompañado de tres kotis, poderosos y terribles. Y el jefe de manadas llamado Nila, de enorme cuerpo, semejante a una masa de colirio azul, apareció con diez kotis. Entonces el sumamente poderoso Gavaya, jefe de manadas, con el esplendor de la montaña Dorada, llegó con cinco kotis. Y aquel poderoso jefe de manadas, Darimukha, vino rodeado de millares de kotis y tomó su puesto junto a Sugriva. Y Mainda y Dvivida, hijos de los Asvins ambos, de poderosa fuerza, aparecieron con kotis sobre millares de kotis de monos. Y el poderoso y heroico Gaya (vino), rodeado de tres kotis. Y el rey de los osos, llamado Jambavan, (vino), rodeado de diez kotis, y se puso bajo el mando de Sugriva. Y (el mono) llamado Rumana, poseedor de energía y fuerte, vino rápidamente, rodeado de cien kotis de poderosos monos. Entonces, seguido por detrás de centenares y millares de kotis, vino el mono Gandhamadana. Entonces vino el joven príncipe Angada, en poderío semejante a su padre, acompañado de mil padmas y cien sankhas. Entonces apareció a lo lejos, acompañado de cinco kotis de monos dotados de terrible poderío, Tara, con el esplendor de una estrella. Y luego apareció Indrajanu, el heroico mono y jefe de manadas, señor de once kotis, rodeado de ellos. Luego siguió Rambha, semejante al sol naciente, acompañado de un ayuta, mil y cien. Luego apareció a la vista el robusto mono llamado Durmukha, heroico señor de manadas, rodeado de dos kotis. Y Hanuman se mostró, rodeado de mil kotis de monos, semejantes a picos de Kailasa, de temible vigor. Y el sumamente enérgico Nala vino atendido por cien kotis, mil y cien monos que vivían en árboles. Entonces, rodeado de diez kotis (de monos), vino el garboso Darimukha ante el de alma elevada Sugriva, desde un país limítrofe con un río. Y Sarava, Kumuda, Vahni, el mono Rambha, y muchos otros monos, señores de manadas, que pasaban de toda cuenta, que tomaban las formas que querían, vinieron cubriendo la tierra entera con sus montañas y bosques. Y todos los monos del mundo, unos venían y otros se alojaban. Y monos, unos chorreando, otros saltando y otros rugiendo, se reunieron en torno a Sugriva, como nubes que se reúnen en torno al sol. Y, gritando en varios tonos, primeros monos provistos de armas, con las cabezas inclinadas, hablaron humildemente a aquel señor de los monos, Sugriva. Y otros primeros de los monos, reuniéndose debidamente, vinieron ante Sugriva con las manos juntas. Sugriva, de pie con las manos juntas, informó con presteza a Rama de la llegada de los jefes de los monos con gran premura; y luego les habló (a ellos), diciendo: «Oh jefes de los monos, apostando debidamente las fuerzas cerca de arroyos de montaña y de todos los bosques, que quien conoce el ejército averigüe quiénes han venido y quiénes no».
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Entonces aquel señor de los monos, el afortunado Sugriva, habló a Rama, león entre los hombres y destructor de huestes hostiles, diciendo: «Aquellos primeros de los monos, dotados de fuerza y capaces de tomar cualquier forma a voluntad, y poseedores del esplendor del poderoso Indra, que habitan en mis territorios, han venido y se han apostado. Y estos monos, terribles y semejantes a daityas y danavas, van acompañados de poderosos monos de terrible poderío, que han mostrado su virtud en muchos campos, y son de renombre famoso en la batalla y poderosos, y han vencido la languidez, y son célebres en poderío e íntegros en su profesión. Oh Rama, estos kotis de simios que han llegado, habitantes de la tierra y del agua y de diversas regiones montañosas, están a tu servicio. Todos se atienen a tu mandato; todos están atentos al bienestar de su amo y, oh sometedor de enemigos, son capaces de lograr tu fin. Y en compañía de muchos millares e innumerables que han mostrado su habilidad en muchos campos, han venido monos terribles y semejantes a daityas y danavas. Si, oh león entre los hombres, concibes que el tiempo está maduro, dímelo (a mí). Te corresponde mandar a esas fuerzas, que permanecen bajo tu dominio. Aunque conozco muy bien la tarea en que han de emplearse, aun así debes ordenarles lo que han de llevar a cabo». Cuando Sugriva hubo hablado así, el hijo de Dasaratha, Rama, abrazándolo con sus brazos, dijo: «Oh apacible, averigua tú si la hija de Videha está viva o no; y averigua también el país donde, oh tú dotado de eminente sabiduría, vive Ravana. Habiendo dado con Vaidehi y con la morada de Ravana, fijaré entonces el tiempo junto contigo. Oh señor de los monos, yo no soy el amo en este asunto, ni Lakshmana; tú eres la causa de esta empresa y también, oh monarca de los monos, el señor. Ordena tú, por tanto, oh señor, a estos lo que han de hacer en mi favor. Oh héroe, tú conoces ciertamente mi asunto. Mi segundo amigo (siendo Lakshmana el primero), tú eres potente, sabio, conocedor de la oportunidad, versado en el provecho y atento a nuestro bienestar». Así interpelado, Sugriva, en presencia de Rama y del inteligente Lakshmana, dijo a un jefe de manadas y señor de simios llamado Vinata, que tenía el esplendor de una colina, resplandeciente y que emitía sonidos como los de las nubes: «Oh primero de los monos, acompañado de simios semejantes al sol y a la luna, tú que conoces el tiempo, el lugar y la moral, y eres sagaz en decidir el curso de acción, rodeado de centenares y millares de simios activos, marcha hacia la región del Oriente, provista de bosques, selvas y colinas. Allí, en fortalezas de montaña, y en selvas y ríos, busca tú a la hija de Videha, Sita, así como la morada de Ravana. Y mientras buscas en derredor a la amada esposa de Rama, Sita, nuera de Dasaratha, debes buscar en la hermosa Bhagirathi, y en la Sarayu, y en la Kausiki; en la Kalindi, y en la encantadora Yamuna, y en la poderosa colina que la bordea; y en la Sarasvati, y en el Sindhu, y en el Sona de agua semejante al rubí; y en la Mahi y la Kalamahi, guarnecidas de bosques y colinas, las grandes regiones: los brahmamalas, los videhas y los malavas, y los kasikosalas, y los magadhas, y los pundras, y los angas; y tierras nativas de gusanos de seda y que contienen minas de plata; y montañas y ciudades engastadas en el mar. Busca también en las casas de Mandara, pertenecientes a gente de orejas semejantes a paños que llegan hasta el labio inferior, y de bocas semejantes a hierro, de un solo pie y a la vez veloces; y cuyos descendientes nunca degeneran; y a antropófagos; y a cazadores que habitan en islas, de cabello erizado, de color de oro, agradables y que se sustentan de pescado crudo; y a criaturas, formas de hombre tigre, terribles de contemplar; y, ustedes, habitantes de los bosques, busquen con cuidado esos lugares accesibles por riscos y saltos, y la isla de Yava, adornada con siete reinos diversos, y la isla de Suvarna, y Rupayaka, frecuentada por mineros de oro. Y, yendo más allá de la isla de Yava, (se llega a) la colina llamada Sisira, que perfora los cielos con sus picos y está habitada por dioses y demonios. En todas estas fortalezas de montaña, cascadas y bosques, busquen juntos a la renombrada esposa de Rama. Luego, llegando a las rápidas aguas rojas que van bajo el nombre de Sona, y encaminándose a la otra orilla del océano, morada de siddhas y charanas, busquen en derredor a Ravana en compañía de Sita en los dulces parajes sagrados y en los pintorescos bosques. Y deben explorar selvas, arroyos nacidos en las montañas, tierras salvajes sujetas a tormentas y montañas que contienen cavernas. Luego les corresponde examinar horribles islas del océano, que se agitan con las olas, terribles, resonantes, de porte altivo a causa de los vientos. Allí asuras de enormes cuerpos, hambrientos desde hace largo tiempo, con permiso de Brahma, capturan criaturas que acuden a las sombras. Y llegando con destreza a ese gran mar, semejante a nubes en la disolución universal, habitado por poderosas serpientes, que emite fuertes sonidos, y allí, tras pasar el terrible mar de aguas rojas llamado Amarillo, verán un poderoso salmali nudoso. Allí, construida por Visvakarma, semejante a un pico, gigantesca, semejante a Kailasa, (se alza) la mansión del vástago de Vinata, llamado Mandeha. Allí, torvos rakshasas llamados Mandehas, semejantes a colinas, de formas diversas, capaces de inspirar temor, cuelgan de cabeza en las rocas. Día tras día, al salir el sol, estos rakshasas, calentados (por los rayos solares) y heridos de muerte por la energía de Brahma, (cuelgan) una y otra vez (de los riscos). Entonces tú, oh difícil de reprimir, avanzando, verás el mar llamado Kshiroda, del color de pálidas nubes y semejante a un collar por las ondulaciones (de su superficie). En él están las poderosas montañas blancas que van con el nombre de Rishabha, cubiertas de árboles que dan flores olorosas; así como el estanque conocido con el nombre de Sudarsana, lleno de cisnes y de brillantes lotos de plata de filamentos de oro. Deseosas de recreo, acuden a este estanque tropas encantadas de vibudhas y charanas, yakshas, kinnaras y apsaras. Dejando atrás el Kshiroda, oh monos, verán poco después el mar Jalada, que infunde terror a todos los seres. Allí preside aquella poderosa Energía de él, nacida de la ira, (encarnada en) la boca de una mula. Este asombroso (universo), que contiene cosas móviles e inmóviles y está lleno de gran ímpetu, es el alimento de esta Energía. Allí se oyen los gritos de débiles criaturas que habitan el mar, que empezaron a lamentarse al ver la boca de la mula. Al norte del mar Svadu se extienden trece yojanas (de tierra), llamadas Jatarupasila, sumamente espaciosas y con el esplendor del oro. Allí, oh monos, verán a aquella serpiente, la sostenedora de la Tierra, semejante a la luna y de ojos amplios como pétalos de loto, sentada en la cima del monte, aquella adorada por todas las deidades, de mil cabezas, el dios Ananta, vestido de azul. Y junto al estrado (que hay allí), en lo alto del monte, está la palmera de oro, plantada por aquel de alma elevada, que es como un estandarte. El jefe de los celestiales la erigió en la región del Oriente. Después está la hermosa montaña Naciente. Su pico de oro, que mide cien yojanas, alcanza los cielos y se alza noblemente, con montañas en su base; y luce hermosa con salas, palmeras, tamalas y karnikaras en flor, de oro, espléndidos y semejantes al sol. Allí, extendiéndose un yojana en derredor y elevándose diez, está el pico llamado Saumanasa, todo ciertamente de oro. Allí, en otro tiempo, con ocasión de invadir la tierra con tres pasos, aquel primero de las personas, Vishnu, plantando su primer pie, plantó el otro en la cima del Meru. El sol, habiendo pasado por Jambudvipa por el norte y llegando a aquella poderosa y eminente cima (Saumanasa), se hace de nuevo visible a los moradores de Jambudvipa. Allí se ven aquellos Maharshis Valakhilyas, llamados Vaikhanasas, del color del sol, que llevan una vida ascética. Esta es la isla de Sudarsana, ante la cual todas las criaturas inspiran energía y se les concede la vista. Deben buscar a Ravana con Vaidehi en derredor de la cima de aquella montaña, así como en sus selvas y bosques. (Aquí) el primer crepúsculo, envuelto en la gloria de la colina de oro y en la del Sol de alma elevada, aparece rosado. Como esta es la primera puerta de la Tierra y del Cielo, y como el sol sale primero en esta región, se la llama el Oriente. Busquen en el pecho de su montaña, y en las fuentes y cuevas, a Ravana en compañía de Vaidehi. Más allá está la región oriental, sumamente intransitable, frecuentada por los celestiales, cubierta de oscuridad y sin sol ni luna. Busquen a Janaki en todas esas rocas, bosques y arroyos, así como en los lugares que no he mencionado. Oh primeros de los monos, los monos son capaces de avanzar hasta aquí. Más allá, de la región sin sol y sin límite, nada sé. Encontrando a Vaidehi y (llegando a) la mansión de Ravana, regresen, tras llegar a la colina Naciente, cuando se haya completado un mes. No se queden más de un mes. Si lo hacen, serán muertos por mí. Habiendo logrado su fin, regresen, tras haber encontrado a Maithili. Habiendo explorado con destreza (la región) amada de Mahendra, chapada de bosques, ustedes, monos, tras haber dado con Sita, la amada esposa de aquel descendiente de Raghu, desistan, alcanzando la dicha».
Section 41
Entonces, habiendo despedido a aquella poderosa hueste de monos, Sugriva despachó hacia el Sur a otros capaces de llevar a cabo las diversas tareas que se les encomendaban. Y nombrando al sumamente poderoso Angada jefe de aquellos heroicos monos, aquel héroe, señor de las bandas de monos, conocedor de los países que se debían explorar, despachó a héroes dotados de velocidad y poderío, encabezados por Angada, Nila el hijo del Fuego, y el mono Hanuman, y el sumamente enérgico Jambavan, hijo del Gran Padre, y Suhotra, y Sarari, y Saragulma, Gaya, Gavaksha y Gavaya, Sushena, Vrishabha, Mainda, Dvivida y Gandhamadana, y Ulkamukha y Ananga, hijos del Fuego ambos. Y el señor de los monos empezó a describir a los jefes de los monos aquellas regiones de aquellos rumbos que eran de difícil acceso. «Verán el Vindhya de cien cumbres, cubierto de diversos árboles y arbustos, y el pintoresco río Narmada, frecuentado por poderosas serpientes; y el Godavari, y aquel poderoso río, el cautivador Krishnaveni, y los mekhalas y los utkalas, y las ciudades de Dasarna; y Avravanti y Avanti, y los vidarbhas y los nishtikas y los encantadores mahishakas. Y verán también a los matsyas y los kalingas y los kausikas en derredor, y la selva de Dandaka, con montañas, ríos y cavernas; y el río Godavari, y a los andhras, y los paundras, los cholas, los pandyas y los keralas. Luego se encaminarán a la montaña Ayomukha, chapada de mineral, de cumbres atractivas, elegante, provista de pintorescos bosques en flor, la poderosa montaña que tiene arboledas de excelente sándalo. Al pie de la montaña Malaya, dotada de extrema energía, verán el noble arroyo Kaveri, de aguas agradables, donde se divierten tropas de apsaras. (Allí) verán a aquel primero de los santos, Agastya, semejante al sol. Con permiso de aquel complacido de alma elevada, cruzarán el gran río Tamraparni, abundante en caimanes. Como una joven mujer con respecto a su amante, ella (Tamraparni), con sus aguas y también con sus islotes ocultos bajo hermosos bosques de sándalo, se baña en el mar. Avanzando (desde allí), los monos verán las grandes puertas de oro pertenecientes a las murallas de la capital de los pandyas. Luego, al llegar al océano, averiguarán su capacidad, o no, de cruzarlo. En el seno de las profundidades de allí, Agastya ha colocado aquel primero de los montes, el encantador Mahendra, de pintorescas mesetas, de oro y hermoso, con una parte de él hundida en el gran océano. Por siempre, el de mil ojos visita en los Parvas esta montaña adornada con diversos árboles y enredaderas en flor; hermosa con divinidades, y santos, y los primeros de los yakshas y apsaras; frecuentada por multitudes de siddhas y charanas; y de sobrepujante belleza. En su otra orilla hay una isla que se extiende por cien yojanas, inaccesible a los hombres y de espléndido aspecto. Explórenla en derredor. Allí, en particular, deben buscar a Sita por todos los medios. Ese país pertenece al impío Ravana, digno de ser muerto, el señor de los rakshasas, semejante en esplendor al de mil ojos. En medio del mar del Sur que le pertenece a él (Ravana), hay una rakshasi llamada Anga, que consigue su presa lanzando su sombra. Habiéndose (por su búsqueda) satisfecho acerca de esos países donde podrían sospechar que está Sita, avancen, disipadas sus dudas, más allá de eso, (Lanka), y busquen a la esposa de ese monarca dotado de energía ilimitada. En el mar que se extiende por cien yojanas, una colina encantadora llamada Pushpitaka, morada de siddhas y charanas, semejante a los rayos del sol o de la luna, que descansa sobre las aguas del océano, luce espléndida, perforando los cielos con sus picos gigantescos. De esta (montaña), hay una cumbre particular de oro, a la cual se acerca el sol. No puede ser contemplada por el ingrato ni por el ateo. Inclinando las cabezas ante esta colina, que los monos sigan buscando. Dejando atrás a aquella irreprimible, (llegarán a) una montaña de difícil acceso, que se extiende por catorce yojanas, llamada Suryavan. Pasando también por ella, (verán) una montaña llamada Vidyut, llena de árboles, hermosa en todas las estaciones y que da todos los frutos deseados. Allí, alimentándose de excelentes y costosas frutas y raíces y bebiendo deliciosa miel, que los monos pasen más allá de ella. Está la colina llamada Kunjara, grata al ojo y a la mente, donde Visvakarma había construido la morada de Agastya. Allí (se alza) aquel majestuoso edificio de oro, adornado con diversas gemas, que se extiende por un yojana y mide diez de altura. En ella también está aquel palacio que es la morada de las serpientes; de amplios caminos, incapaz de ser capturado, guardado en derredor y protegido por terribles serpientes y culebras de afilados dientes y veneno virulento; donde mora Vasuki, el sumamente terrible rey de las serpientes. Avanzando con cuidado, deben explorar aquel palacio de Bhogavati; así como cualquier lugar oculto que pueda haber allí. Yendo más allá de aquel lugar, (verán) la poderosa montaña llamada Rishabha, en forma de toro, llena de todas las gemas y dotada de gracia, donde se producen excelentes sándalos Gosirshaka, Padmaka y Harisyama, y que en efulgencia semeja el fuego. Pero, al ver ese sándalo, no deben hacer pregunta alguna en modo alguno: ciertos gandharvas llamados Rohitas están de guardia sobre aquel bosque, los señores de los gandharvas, en esplendor semejantes a cinco soles: Sailusha, Gramani, Siksha, Suka y Babhru. Después de eso, (Rishabha), en el extremo de la Tierra está la morada de personas de actos piadosos, cuyos cuerpos están compuestos del Sol, la Luna y el Fuego. Y allí residen personas que han ganado las regiones celestiales. Después de eso están las espantosas regiones de los manes de los antepasados, a las que no deben acercarse. Esta es la metrópoli de Yama, cubierta de profunda penumbra. Oh heroicos jefes de monos, ustedes pueden buscar hasta aquí. Más allá no hay curso para los dotados de movimiento. Habiendo examinado todos estos, así como otros que puedan caer dentro de su alcance, les corresponde, tras haber averiguado el paradero de Vaidehi, regresar (aquí). Quien, regresando dentro de un mes, diga: “He visto a Sita”, pasará sus días en la dicha, disfrutando de una opulencia como la mía propia y entregado a todos los placeres. Me será más querido que la vida misma, y ninguno más querido (para mí) que él; y aunque cometa innumerables agravios, aun así será mi amigo. Poseedores de inmensurable fuerza y poderío, y nacidos de linajes coronados de íntegras virtudes, esfuércense varonilmente de modo tan glorioso que la hija del rey sea recobrada».
Section 42
Habiendo despachado a aquellos monos en dirección sur, Sugriva habló al mono llamado Sushena, semejante a una masa de nubes. Acercándose a su suegro, el padre de Tara, poseedor de terrible poderío, el rey, inclinándose y con las manos juntas, le habló. Y Sugriva ordenó al hijo del Maharshi, Maricha, y al poderoso simio Archishmat, rodeados por los heroicos primeros de los monos, que poseían el esplendor de Mahendra, dotados de sentido y vigor, y semejantes en brillo al mismo vástago de Vinata; e hijos de Marichi, los Marichas, los poderosos Archirmalyas, todos estos hijos del santo, (marchar) hacia el Occidente, diciendo: «Jefes de los monos, que doscientos mil monos conducidos por Sushena (partan) a buscar a Vaidehi. Oh primeros de los monos, exploren los saurashtras, los bahlikas, los chandrachitras y (otras) provincias populosas y hermosas y vastas ciudades, y Kukshi, densa de Punnagas y llena de Vakulas y Uddalakas; así como las regiones cubiertas de árboles Ketaka; y arroyos auspiciosos que llevan sus aguas frías hacia el poniente; y los bosques de ascetas; y montañas que albergan selvas. Habiendo explorado allí regiones semejantes a desiertos, y fríos acantilados que se alzan altos, y el Occidente, cubierto de cordilleras y de sumamente difícil acceso, y avanzando un poco más hacia el oeste, les corresponde contemplar el mar. Y avanzando, oh monos, verán (el océano), cuyas aguas abundan en ballenas y caimanes, oh monos. Entonces los simios se divertirán en regiones cubiertas de Ketakas y densas de Tomalas y bosques de cocoteros. Allí buscarán a Sita y la mansión de Ravana, en colinas y bosques de las orillas del mar; y (explorarán) Murachipattana, y la deliciosa Jatapura, y Avanti, y Angalapa, así como el bosque (llamado) Alakshita, y vastas monarquías y emporios. Hay una poderosa montaña donde el Sindhu desemboca en el mar, llamada Somagiri, con cien cumbres y árboles altos. En sus mesetas hay ciertas aves (llamadas) Sinhas. Estas levantan a sus nidos ballenas y elefantes. Los orgullosos elefantes llevados a los nidos y que permanecen en las cumbres de la montaña, de rugido semejante al de las nubes, tras haber sido gratificados (con alimento), recorren esta extensa meseta llena de agua. Los monos, capaces de tomar las formas que quieren, deben buscar rápidamente su cumbre de oro, que se alza hasta el cielo y está llena de árboles elegantes. Avanzando más, los monos verán la cumbre de oro del Pariyatra, que se alza desde el mar y se extiende por cien yojanas. Allí moran en derredor, en un cuerpo, veinticuatro kotis de gandharvas ascetas, semejantes al fuego, terribles, que practican la impiedad y semejantes a llamas de fuego. Los monos de terrible poderío no deben presentarse ante ellos, ni tomar fruta alguna de aquel país. Esos héroes son difíciles de abordar; y son veraces y poseedores de gran poder. Y allí ellos, de terrible poderío, guardan sus frutas y raíces. Allí deben buscar sin falta a Janaki. No tienen temor alguno de ellos; solo sigan su natural condición de monos. Allí, de color de lapislázuli, abundante en diversas clases de árboles y plantas, hay una poderosa colina de base de diamante llamada Vajra; hermosa, famosa, que mide cien yojanas de altura y de área. Allí que los monos exploren con cuidado las cuevas. En el cuarto lado del Océano hay una montaña llamada Chakravan. Allí Visvakarma forjó el disco (llamado) Sahasrara. Allí, matando a Panchajana y al danava Hayagriva, el Mejor de los varones obtuvo el disco, así como la caracola. En aquellas hermosas mesetas y enormes cuevas, deben buscar por todas partes a Ravana con la hija de Videha. Hundida en las profundidades del mar hay una montaña grandísima llamada Varaha, de picos de oro, que mide sesenta y cuatro yojanas. En ella hay una ciudad llamada Pragjyotisha, toda de oro. Allí mora el perverso danava llamado Naraka. Allí busquen por todas partes a Ravana junto con Vaidehi en las hermosas mesetas y enormes cuevas. Pasando más allá de aquel primero de los montes, cuya vista revela el secreto de que sus entrañas están cargadas de oro, (llegarán a) la montaña Sarvasauvarna, provista de fuentes y cascadas. Al llegar a ella, elefantes, jabalíes, leones y tigres rugen sin cesar por todos lados, exaltados por los ecos que han producido sus propios gritos. Esta es la montaña llamada Megha, donde el apuesto sometedor de Paka, de caballos verdes, Mahendra, fue instalado rey por los dioses. Habiendo pasado por aquella montaña protegida por Mahendra, se encaminarán a sesenta mil colinas de oro, de color del sol naciente, que resplandecen por todos lados y están embellecidas por árboles dorados en flor. En medio de ellas está establecido como rey Meru, el mejor de los montes. En otro tiempo el Sol, muy complacido, otorgó un don a esta montaña, y se dirigió a ella diciendo: “Por mi gracia todas las colinas que están bajo tu protección serán de oro día y noche; y también aquellos dioses, gandharvas y danavas que moren en ti se llenarán de reverencia por mí y además alcanzarán una gloria dorada”. Al llegar a la excelente montaña Meru, los visvadevas, los vasus, los Maruts y los celestiales adoran al Sol en el crepúsculo occidental. Adorado por ellos, el Sol, volviéndose invisible, se encamina a la colina Poniente. En media muhurta, el Sol pasa rápidamente por esta (montaña), que mide, como lo hace, diez mil yojanas. En su cumbre se alza un edificio, semejante al sol (en esplendor), formado de moradas palaciegas construidas por Visvakarma y engalanado de buenos árboles repletos de diversas aves, la residencia del de alma elevada Varuna, que lleva el lazo en la mano. Entre el Meru y la colina Poniente se alza una palmera alta que tiene diez cabezas. De oro y elegante, resplandece sobre un estrado abigarrado. En todos estos lugares, de difícil acceso, así como en ríos y estanques, deben buscar a fondo a Ravana junto con Vaidehi. Allí mora el justo y famoso Merusavarni, santificado por virtud de su propio ascetismo y semejante al mismo Brahma. Inclinando la cabeza hasta la tierra, deben preguntar al Maharshi Merusavarni, semejante al sol, acerca de la hija de Mithila. A la partida de la noche, el sol disipa la oscuridad del mundo hasta aquí, y luego entra en la colina Poniente. Oh primeros de los monos, los monos son capaces de avanzar hasta aquí. Más allá de esto, de lo que carece de sol y no tiene límite, nada sé. Habiendo dado con Vaidehi y con las mansiones de Ravana, y llegado a la colina Poniente, regresen cuando se haya cumplido el mes. No deben quedarse más de un mes; y si lo hacen, deberán ser muertos por mí. Y con ustedes va aquel héroe, mi suegro. Ustedes, atendiendo a sus órdenes, deben escuchar todo lo que él diga. Mi suegro, de brazos poderosos, dotado de gran fuerza, es mi preceptor espiritual. Todos ustedes, poseedores de poderío, constituyen ciertamente la medida con que averiguar la sabiduría o no de un curso de acción. Haciendo de este también una medida, exploren la región occidental. Habiendo retribuido el bien que se nos ha hecho, lograremos nuestro fin. Determinen también qué otra cosa es agradable (a Rama) y, en consonancia con lugar, estación y provecho, debe ser hecha por ustedes en este asunto». Entonces aquellos monos, los jefes de los monos encabezados por Sushena, tras oír el hábil discurso de Sugriva, partieron hacia la región protegida por Varuna.
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Habiendo dirigido a su suegro a que marchara hacia el Occidente, aquel mejor de los monos, el omnisciente rey Sugriva, señor de los simios, habló entonces al heroico mono llamado Satavali palabras llenas de bien para sí mismo y para Rama: «Rodeado de centenares y millares de moradores del bosque como tú, en compañía de los vástagos de Yama y de los consejeros en conjunto, entra tú, oh tú poseedor de poderío, en la región del norte, provista de la Himasaila, y busca por doquier a la ilustre esposa de Rama. Habiendo llevado a cabo satisfactoriamente esta tarea y logrado lo que es caro al hijo de Dasaratha, quedaremos, oh mejor de los que alcanzan el éxito, libres de nuestras deudas. El de alma elevada Raghava nos ha hecho bien. Si podemos servirlo a nuestra vez, nuestra vida quedará coronada de éxito. Hasta la vida de quien lleva a cabo la obra de alguien con quien el primero no tiene obligación es exitosa; ¿qué decir, entonces, de quien ha servido antes a alguien? Pensando en esto, quienes están atentos a nuestro bienestar deben obrar de modo que Janaki sea descubierta. Y este primero de los hombres es digno de ser honrado por todas las criaturas; y Rama, conquistador de capitales hostiles, ha hallado también deleite en nosotros. Dotados de sentido y de poderío, exploren estos muchos lugares inaccesibles, ríos y montañas. Habiendo buscado allí a los mlechchhas, los pulindas, los surasenas, los prasthalas, los bharatas, los kurus y los madrakas, y los varadas, así como las ciudades de los kambojas, los yavanas y los sakas, exploren el Himavan. Y en regiones de lodhras y padmakas, y en bosques de devadaru busquen a fondo a Ravana junto con la hija de Videha. Luego, al llegar a la ermita de Soma, frecuentada por dioses y gandharvas, diríjanse a la montaña llamada Kala, que posee espaciosas mesetas. En aquellas poderosas montañas, así como en otras y en sus cuevas, busquen a aquella exaltada dama, la irreprochable esposa de Rama. Habiendo pasado más allá de aquella poderosa montaña que contiene oro en su seno, les corresponde ir a la montaña llamada Sudarsana. Luego (está) la montaña llamada Devasakha, hogar de las tribus emplumadas; abundante en diversas aves y embellecida con árboles diversos. En sus regiones de oro, fuentes y cuevas, busquen a Ravana junto con la hija de Videha. Más allá de ella, (llegarán a) una tierra vacía, que mide cien Yojanas, sin montañas, ni ríos, ni árboles, y desprovista de todo ser viviente. Pasando presto aquella tierra desierta, capaz de erizar los cabellos, se sentirán encantados al llegar al pálido Kailasa. Allí (verán) la encantadora mansión de Kuvera, semejante a pálidas nubes, de oro bruñido, construida por Visvakarma; donde (está) el espacioso estanque rebosante de lotos y lirios, frecuentado por cisnes y karandavas y visitado por tropas de apsaras. Allí el rey Vaisravana, señor de los yakshas, reverenciado por todas las criaturas, el apuesto dador de riquezas, se recrea junto con los guhyakas. En las estribaciones pertenecientes al Kailasa, semejante a la luna, así como en sus cavernas, busquen a fondo a Ravana en compañía de Vaidehi. Y al llegar a la montaña Krauncha, deben, alertas de espíritu, entrar en su inaccesible caverna; pues esta es bien conocida como difícil de entrar. Allí moran ciertos Maharshis, de alma elevada, de efulgencia semejante a la del sol, de formas completamente divinas, que son buscados por las propias deidades. Y deben explorar a fondo las otras cuevas de Krauncha, sus mesetas y picos; sus pasos y laderas. (Luego está) el Manasa sin árboles, morada de aves, escenario de las austeridades de Kama. Camino allí no hay para criaturas, ni para dioses, ni para rakshasas. Eso también deben explorarlo ustedes, aquella montaña con llanuras y mesetas. Yendo más allá del Krauncha, (verán) la montaña llamada Mainaka. Allí está la residencia del danava Maya, levantada por él mismo. También el Mainaka con sus llanuras, mesetas y bosques debe ser buscado por ustedes. Por todas partes hay moradas de mujeres de rostros semejantes a los de los caballos. Yendo más allá de aquella parte, (llegarán a) la ermita habitada por siddhas, donde hay ascetas: valakhilyas, siddhas y vaikhanasas. Saludando a esos siddhas, que han sido limpiados de sus pecados por su ascetismo, deben preguntarles con humilde actitud acerca de Sita. Allí está el estanque Vaikhanasa, lleno de lotos de oro, y recorrido por elegantes grullas del color del sol naciente. El vehículo de Kuvera, el elefante conocido (con el nombre de) Sarvabhauma, recorre siempre aquel país en compañía de elefantas. Yendo más allá de aquella extensión de agua, (llegarán a) un cielo vacío de estrellas, donde el sol y la luna se han apagado; y aquella tierra es visible por los rayos, como del sol, que proceden de (las personas de) seres divinos autoluminosos, que reposan allí tras lograr el éxito en las austeridades. Dejando atrás aquella región, (llegarán a) un arroyo llamado Sailoda. En ambas orillas hay bambúes llamados Kichaka. Estos llevan a los siddhas a la otra orilla y los traen de nuevo. Allí (se ven) los kurus del norte, la morada de quienes han adquirido mérito religioso. Y allí hay estanques con sus aguas coronadas de lotos de oro. Hay ríos por millares con copiosas hojas azules de lapislázuli. Y los estanques de aquí, semejantes al sol tierno, están embellecidos con grupos de lotos de oro rojo. Y aquella región está por doquier llena de gemas costosas y joyas, y bosques de lotos azules de filamentos espléndidos como el oro, y de perlas redondas y joyas costosas. Y los ríos de allí tienen islotes cubiertos de oro; y están poblados de encantadoras colinas de oro, brillantes como el fuego, provistas de toda clase de piedras preciosas. Y los árboles de allí, frecuentados por aves, dan flores y frutos a diario; y, cargados de jugos sabrosos, que difunden soberbios perfumes y de delicioso tacto, otorgan todo deseo. Otros excelentes árboles dan vestidos de diversas clases, y adornos engalanados con perlas y lapislázulis, codiciados por igual por varones y mujeres. Y otros excelentes árboles dan frutos aptos para ser tomados en todas las estaciones. Y otros excelentes árboles dan preciosos lechos engalanados con joyas costosas y provistos de cobertores abigarrados. Y otros árboles dan encantadoras guirnaldas, y costosas bebidas, y diversas clases de viandas. Y mujeres adornadas con toda perfección, y dotadas de juventud y belleza, y gandharvas y kinnaras, y siddhas y nagas y vidyadharas, de resplandeciente esplendor, se divierten allí sin cesar en compañía de mujeres. Y todos de actos justos, y todos entregados a deportes amorosos, y todos provistos de deseo y provecho, moran en aquel lugar en compañía de sus mujeres. Y allí se oyen continuamente los sonidos de instrumentos y la voz del canto mezclada con dulce y alegre risa, capaz de cautivar a todas las criaturas. Nadie está abatido allí; ni nadie allí carece de objeto deseable alguno; y día tras día las deliciosas cualidades hallan allí su desarrollo. Más allá de eso está el océano del Norte. En el seno (de las profundidades) está la montaña llamada Somagiri, de oro y de grandes dimensiones. Aunque sin el sol, sin embargo, por el brillo de la montaña Soma, la tierra resplandece con toda la belleza y realidad de una calentada por el sol. Allí aquella Alma del Universo, el adorable Sambhu, cargado de los espíritus de los once Rudras, aquel señor de los dioses, Brahma, mora, rodeado por los brahmarshis. No pueden avanzar al norte de los kurus; ni hay camino en aquella región para ninguna otra criatura. Y aquella montaña se llama Soma, incapaz de ser penetrada aun por los dioses. Al divisarla, deben volver presto. Oh primeros de los monos, los monos son capaces de avanzar hasta aquí. Más allá de eso, de regiones sin sol y sin límite nada sé. Deben buscar todos estos que he descrito (a ustedes); y deben también volver su atención a otros además, que he omitido mencionar. Ustedes que son comparables al viento o al fuego, al llevar a cabo la obra de ver a la hija de Videha, harán lo que se tiene por sumamente querido al hijo de Dasaratha y también muy grato a mí. Entonces, habiendo logrado el éxito, ustedes, junto con sus amigos, honrados por mí y coronados de toda virtud, oh monos, con sus enemigos muertos, recorran la tierra en compañía de sus esposas, el sostén de todos los seres».
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Sugriva había declarado su convicción de que confiaba particularmente en Hanuman. Y convencido de la capacidad de aquel mejor de los monos para llevar a cabo la obra, Sugriva, aquel señor de todos los moradores de los bosques, muy complacido, habló a Hanuman, hijo del dios del Viento, diciendo: «Oh primero de los monos, ni en la tierra, ni en el cielo, ni en las regiones etéreas, ni tampoco en el agua, encuentro obstáculo alguno para tu curso. Los mundos enteros con asuras, gandharvas, nagas, hombres y dioses, con océanos, y la tierra y las regiones de abajo, te son bien conocidos. Y tu movimiento, ímpetu, energía y rapidez son, oh héroe, oh poderoso simio, como los de tu padre, el poderoso dios del Viento; y no existe criatura en la tierra que sea como tú en energía. Piensa tú, por tanto, cómo puede ser recobrada Sita. En ti, oh tú versado en política, hay fuerza, y ingenio, y valor, y política, y conducta en consonancia con la estación y el lugar». Entonces, comprendiendo que el éxito de la tarea dependía de Hanuman, y sabiendo también quién era Hanuman, Raghava reflexionó: «Este señor de los monos está confiado en todo sentido respecto de Hanuman; y el propio Hanuman está aún más confiado de lograr éxito en la obra. Aquel que ha sido probado por su acción y a quien su amo ha considerado el más digno, habiendo sido encomendado en este asunto, el éxito en la obra es cierto». Entonces, al contemplar a aquel mono que era el más apto para la tarea, aquel sumamente enérgico, (Rama), con la mente y los sentidos exaltados, considerándose ya coronado de éxito, sintió el exceso de alegría. Y, muy complacido, aquel sometedor de enemigos entregó a Hanuman un anillo inscrito con su nombre, como señal para la hija del rey. «Por esta señal, oh primero de los monos, la hija de Janaka podrá verte sin temor, como a uno que ha venido de mi parte. Tu firmeza, oh héroe, y tu íntegro poderío, así como lo dicho por Sugriva, me hablan grandemente de éxito». Entonces, tomando aquel (anillo) y alzando las palmas juntas a su cabeza, aquel primero y mejor de los monos, saludando los pies (de Rama), se fue. Luego, llevando consigo aquella poderosa hueste de monos, aquel héroe, el hijo del Viento, semejaba la luna de disco brillante en el cielo, adornada por las estrellas, después de haberse marchado las nubes. «¡Oh tú de fuerza excesiva! Me refugio en tu poder. ¡Oh tú dotado del poderío del primero de los leones! Esfuérzate tú, oh hijo del Viento, oh Hanuman, convocando la gran fuerza de la que eres dueño, de modo que obtengamos a la hija de Janaka».
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Reuniendo a todos los monos, aquel primero de los monos, el rey Sugriva, les habló a todos acerca del éxito de la obra de Rama. «Los jefes de los monos, conociendo el severo mandato de su señor, deben buscar en todos estos lugares». Entonces, cubriendo la tierra como langostas, partieron marchando. Esperando noticias de Sita, Rama permaneció aquel mes en las cercanías de aquella cascada, en compañía de Lakshmana. Y aquel heroico mono Satavali partió rápidamente hacia las regiones del norte cubiertas por el monarca de las montañas. Y aquel jefe de manadas de monos, Vinata, avanzó hacia la región oriental. Y aquel mono, Hanuman, jefe de manadas de monos, en compañía de Tara, Angada y otros, fue al Sur, habitado por Agastya. Y aquel señor de los monos, Sushena, león entre los monos, fue a la terrible región occidental, protegida por Varuna. Entonces, habiendo despachado debidamente (a sus fuerzas) en todas direcciones, aquel general de las huestes de monos, complacido, se entregó al recreo. Así despachados por el rey, los jefes de los monos avanzaron aprisa, cada cual hacia su región destinada. Y los monos dotados de gran fuerza gritaron, aullaron, rugieron, vociferaron, se lanzaron y alzaron fuertes ululatos. Así despachados por el rey, los jefes de manadas de monos dijeron: «Traeremos de vuelta a Sita y mataremos a Ravana. Yo solo mataré a Ravana empeñado en el combate. Y matándolo (a él), llevaré yo hoy mismo, presto, a la hija de Janaka, que tiembla de fatiga, (diciéndole): “Descanse usted”. Yo solo recobraré a Janaki incluso de las regiones inferiores. Desarraigaré árboles y hendiré montañas. Partiré la tierra y agitaré el abismo». (Y algunos dijeron): «Puedo, sin duda, salvar un yojana de un solo salto»; y otro dijo: «Puedo salvar cien»; y otro más: «Puedo más de cien. Y ni en la tierra, ni en el mar, ni en las montañas, ni en los bosques, ni en las regiones inferiores, puede obstruirse mi curso». Así hablaron los simios, orgullosos de su fuerza, cada uno en presencia del soberano de los monos.
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Tras haberse marchado los jefes de los monos, Rama dijo a Sugriva: «¿Cómo es que conoces todas las regiones de esta tierra?». Entonces, el dueño de sí Sugriva, inclinándose profundamente, dijo a Rama: «Escucha mis palabras. Lo relataré todo. Cuando Vali persiguió al danava Dundubhi, que tomaba la forma de un búfalo, hacia el monte Malaya, Mahisha entró en una cueva de aquel monte. Y Vali también, deseoso de matar al asura, entró en Malaya. Y yo fui dejado de pie a la boca, en humilde actitud; y Vali no salió, aunque transcurrió un buen año. Entonces la cueva se llenó de sangre que brotaba con violencia. Al ver esto, me quedé pasmado y agitado por el veneno de la pena a causa de mi hermano. Y yo, perdiendo el juicio, pensé que mi superior había sido muerto sin duda. Y puse un risco enorme como una colina a la boca de la cueva. (Y pensé): “Mahisha, incapaz de salir, tendrá que hallar su fin”. Y desesperando de la vida de él (de Vali), volví sobre mis pasos a Kishkindha. Y obteniendo el espacioso reino junto con Tara y Ruma, empecé a pasar mis días en paz en compañía de sus consejeros. Entonces vino aquel primero de los monos, tras haberlo matado a él (a Mahisha). Entonces yo, influido por el temor, en consideración a su dignidad, le entregué su monarquía. Pero Vali, con los sentidos agitados por el dolor, ansioso de matarme, en compañía de sus consejeros, me persiguió a mí, que eché a correr. Acosado y perseguido de cerca por Vali, recorrí con la vista diversos arroyos, bosques y ciudades. Y recorrí con la vista la tierra como la huella de una pezuña de vaca, o como la imagen reflejada de un espejo, o como un tizón girado (en el aire). Luego, encaminándome al Este, veo diversos árboles, y montañas, y encantadoras cuevas, y diversos estanques. Y allí contemplo la montaña Naciente adornada de oro, y aquella morada diaria de apsaras, el mar de leche. Y perseguido por Vali, y huyendo, de pronto giré en redondo, y luego de nuevo, mi señor, me fui. Y cambiando esa dirección, me encaminé de nuevo al Sur, poblado de árboles pertenecientes al Vindhya y embellecido con bosques de sándalo. Entonces, viendo a Vali en la montaña entre los árboles, desde el sur, perseguido por Vali, me dirigí a la región occidental. Y contemplando diversos países y llegando a aquel primero y mejor de los montes, el Asta, me volví al norte; y (pasé) el Himavan, y el Meru, y el mar del Norte. Pero, perseguido por Vali, no hallo refugio alguno. Entonces habló Hanuman, dotado de entendimiento: “Oh rey, ahora recuerdo cómo aquel señor de los monos, Vali, fue maldecido por Matanga en esta misma ermita. Si Vali entra (en esta ermita), su cabeza se parte en cien. Allí moraremos felices, sin ansiedad”, oh hijo de rey; entonces fuimos a la montaña Rishyamuka, y Vali no entró allí por temor a Matanga. Así, oh rey, vi yo en verdad todo el mundo. Y desde aquel lugar vine a esta cueva».
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Los primeros monos, habiendo sido ordenados por el rey de los monos, fueron presto en todas direcciones a sus destinos con el propósito de ver a Vaidehi. Y por todas partes exploran extensiones de agua, y arroyos, y prados, y ejidos, y ciudades, y regiones hechas intransitables por torrentes. Y los jefes de manadas de monos buscan todos aquellos países descritos por Sugriva, que contienen montañas, bosques y selvas. Ocupados durante el día en la búsqueda de Sita, de noche los monos buscan el suelo (para dormir). En cada lugar, de día llegando a árboles que gozan siempre de toda estación y están coronados de frutos, los monos preparaban sus lechos de noche. Contando aquel día como el primero, los primeros monos, tras haber transcurrido el mes, abandonando toda esperanza, llegaron a la Fuente y se encontraron con el rey de los monos. Y habiendo explorado las regiones orientales, como se les había indicado, el sumamente fuerte Vinata, sin haber podido ver a Sita, regresó en compañía de sus consejeros. Y entonces aquel poderoso simio, Satavali, abatido de ánimo, llegó con sus fuerzas, tras haber buscado por todo el Norte. Y habiendo buscado en el Occidente en compañía de sus monos, Sushena, al cumplirse el mes, se presentó ante Sugriva. Y llegando ante Sugriva, sentado con Rama detrás de la Fuente, y saludando a aquel, Sushena dijo a Sugriva: «Han sido buscadas todas las montañas, y los bosques profundos, y los arroyos, y las islas que el océano alberga en su seno, y las diversas provincias. Y también han sido buscadas todas las cuevas que han sido descritas por usted; y han sido buscadas todas las arboledas entrelazadas con plantas; y matorrales; y terrenos difíciles y desiguales. Y enormes animales han sido buscados y muertos (por nosotros). Y todos los lugares impracticables los hemos explorado una y otra vez. Oh señor de los monos, poseedor de gran fuerza y de noble cuna, es Hanuman quien podrá averiguar el paradero de la hija de Mithila. Y el hijo del Viento, Hanuman, ha seguido incluso el camino por el que Sita ha ido».
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El mono Hanuman, en compañía de Tara y Angada, partió rápidamente hacia la región asignada por Sugriva. Y habiendo avanzado lejos junto con todos aquellos primeros de los monos, exploró las cuevas y bosques del Vindhya; lugares inaccesibles a causa de arroyos que se interponían ante las montañas; y estanques; y regiones llenas de árboles; y diversas montañas pobladas de árboles silvestres. Y habiendo buscado en todas direcciones, los monos no pudieron hallar a Maithili, la hija de Janaka, Sita. Y sustentándose de diversas frutas y raíces, quedaron vencidos de fatiga tras buscar terribles bosques sin agua, quietos y deshabitados, así como otros bosques de naturaleza semejante. Y habiendo buscado aquel país, así como poderosos bosques que contenían cuevas, aquellos jefes de manadas de monos exploraron sin temor otros lugares de difícil acceso, donde los árboles carecen de fruto y no tienen flores ni follaje; donde los arroyos no tienen agua y donde hasta las raíces son escasas; donde no hay búfalos, ni ciervos, ni elefantes, ni tigres, ni aves, ni ningún otro de los animales que se encuentran en los bosques. Y allí no hay ni árboles, ni plantas anuales, ni trepadoras, ni hierbas; y en aquel lugar no hay agradables estanques de hojas frescas y llenos de lotos abiertos; y ha sido abandonado por las abejas negras. Allí mora un Maharshi, de nombre Kandu, asceta eminentemente piadoso y veraz, irascible e irreprimible a causa de su práctica de autodisciplina. En aquel bosque su hijo, un muchacho de diez años, habiéndosele agotado las arenas, exhaló su último aliento; y por eso el poderoso asceta ha caído bajo el influjo de la pasión. Y maldecido por aquel de alma elevada, todo el poderoso bosque ha quedado inapropiado para albergar (criatura alguna); difícil de entrar; y desprovisto de aves y fieras. Buscan con cuidado los linderos de sus bosques, las cuevas de las montañas y los nacimientos de sus arroyos. Y aquellos de alma elevada, dedicados al bien de Sugriva, no hallaron a la hija de Janaka, ni a su raptor, Ravana. Y entrando (en un bosque), vieron a un terrible asura, oculto entre los arbustos y plantas, de hechos espantosos y que no abrigaba temor ni siquiera de los dioses. Y al ver a aquel terrible asura, sentado como una colina y semejante a una montaña, todos se ciñeron los paños. Y aquel fuerte, diciendo a los monos: «Destruidos están ustedes», y alzando el puño cerrado, se lanzó tras ellos con ira. Y cuando se arrojó de pronto, Angada, el hijo de Vali, sabiendo: «Este es Ravana», le propinó una bofetada. Golpeado por el hijo de Vali, aquel asura, vomitando sangre por la boca, cayó a tierra como una colina derribada. Y cuando hubo exhalado su último aliento, los monos, exaltados por la victoria, buscaron a fondo aquella caverna de la montaña. Y cuando se hubieron satisfecho de que la cueva había sido buscada por completo, los moradores de los bosques entraron en otra temible caverna de montaña. Y tras haber buscado también (aquel lugar), salieron fatigados; y con corazones desalentados se sentaron a distancia bajo la sombra de un árbol.
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Cuando el sumamente sabio Angada, fatigado, habló a todos los monos, animándolos: «Bosques, y montañas, y ríos, e impenetrables yermos, y valles, y cavernas de montaña han sido buscados a fondo. Pero a Janaki no hemos logrado hallarla en parte alguna, ni a ese perverso individuo, el rakshasa que ha raptado a Sita. Y hemos gastado gran parte del plazo que había sido asignado por Sugriva, de severos mandatos. Por tanto, desterrando la languidez, la tristeza y la somnolencia invasora, busquen todos juntos en derredor. Busquen de tal modo a Sita que sea hallada (por nosotros). Se dice que el ánimo alto, la habilidad y la diligencia en la acción conducen al éxito. Por eso les hablo así a ustedes. Moradores del bosque, rebusquen hoy este impenetrable bosque; renunciando a la pena, busquen de nuevo por esta selva. Quienes actúan ven sin duda el fruto de sus esfuerzos; pero si las personas ceden una vez a la pena, no pueden recobrar de nuevo el vigor. Oh monos, el rey Sugriva es irascible e inflige duros castigos. Hay que temerle siempre, así como al de gran alma Rama. Les digo esto por su bien. Obren en consecuencia, si lo desean. Y expresen también qué otra cosa son capaces de hacer». Al oír las palabras de Angada, Gandhamadana dijo con palabras francas, débiles de sed y de fatiga: «Lo que Angada nos ha dicho es digno de él, y es beneficioso y bueno. Sigan su discurso. Busquemos de nuevo colinas, cuevas y rocas, bosques vacíos y cascadas de montaña, conforme a lo que ha dispuesto el de alma elevada Sugriva. Que todos en un cuerpo rebusquen el bosque y las cavernas de la montaña». Levantándose allí, los poderosos monos empezaron de nuevo a recorrer el Sur, cercano a los bosques pertenecientes al Vindhya. Y los monos ascendieron la colina Plateada, semejante al firmamento otoñal, elegante y provista de cumbres y valles. Y ansiosos por ver a Sita, aquellos excelentes monos empezaron a buscar en el bosque de lodhras y en los bosques de saptaparnas. Y ascendiendo a su cima, aquellos dotados de inmenso poderío, sintiendo fatiga, no pudieron hallar a Vaidehi, la amada esposa de Rama. Y habiendo recorrido con la vista aquella colina de muchas grutas, hasta donde podía alcanzar el ojo, los monos, mirando en derredor, descendieron (la eminencia). Y habiendo descendido a la tierra, los monos, desconcertados y perdiendo el conocimiento, descansaron un rato al pie de un árbol. Y habiéndoseles pasado un poco la fatiga, los monos, tras haberse refrescado un rato, se prepararon de nuevo a explorar todo el Sur. Y los jefes de los monos, encabezados por Hanuman, habiéndose puesto en marcha (en la búsqueda), empezaron a recorrer todo el Vindhya.
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El mono Hanuman, en compañía de Tara y Angada, busca las cuevas y bosques del Vindhya: cavernas en derredor frecuentadas por leones y tigres, y en vastas cascadas inaccesibles en aquel primero de los montes. Y llegaron a la cumbre suroccidental de la montaña. Y mientras permanecían allí, su plazo (señalado) no había expirado. Y aquel espacioso país, que consistía en cuevas, grutas y bosques, era difícil de buscar. Y allí el vástago del dios del Viento buscó por toda la montaña. Y cada uno aparte, permaneciendo a no gran distancia de los otros, Gaya, Gavaksha y Gavaya, Sarava, Gandhamadana, Mainda, Dvivida y Hanuman, Jambavan, el joven príncipe Angada y Tara, a la vista del bosque, tras haber buscado el Sur, tierras cubiertas de cordilleras, estaban buscando (por allí) cuando divisaron una cavidad sin cercar, de difícil entrada, llamada Vrikshavila, guardada por un danava. Y probados por el hambre y la sed, agotados de fatiga, en busca de agua, hallaron aquella cavidad rodeada de árboles y plantas. Y, con los cuerpos empapados y enrojecidos de polvo de loto, kraunchas y cisnes y grullas y chakravakas salieron de la cavidad. Y acercándose a aquella fragante e inaccesible cueva, aquellos monos superiores quedaron asombrados y se pusieron ansiosos (por entrar en ella). Y con la mente llena de dudas, aquellos vigorosos primeros de los monos se acercaron con gusto a aquella cueva, abundante en diversos animales, semejante a la residencia del señor de los daityas, deslumbrante, y terrible, e impenetrable por todos lados. Entonces Hanuman, el hijo del dios del Viento, poseedor del esplendor de una cumbre de montaña, conocedor de selvas y bosques, dijo a los simios de torvo semblante: «Habiendo explorado el Sur, (que contiene) países envueltos en cadenas de montañas, todos nos hemos fatigado, pero no hemos logrado hallar a la hija de Mithila. Y de aquella cueva de allá salen bandadas de cisnes y grullas y kraunchas y chakravakas, empapados de agua. Sin duda aquí hay un pozo o una extensión de agua. Y a la boca de la cueva hay estos árboles frescos». Habiendo dicho esto Hanuman, todos los monos entraron en la cueva cubierta de oscuridad, sin sol ni luna, capaz de erizar el vello. Y viendo leones, y aves y fieras (que andaban en derredor), aquellos monos semejantes a tigres entraron en aquella cueva cubierta de oscuridad. Y (allí) ni su alcance de vista, ni su vigor, ni tampoco su poderío fueron frustrados; y su velocidad semejaba el viento, y su vista permaneció sin merma aun en la oscuridad. Y aquellos primeros de los monos se lanzaron a la cavidad; y vieron desplegada (ante ellos) una excelente y encantadora escena. Y abrazándose unos a otros en aquella temible cueva poblada de diversos árboles, pasaron cien yojanas. Y privados de sentido, y probados por la sed, y desconcertados, y sedientos de agua, descendieron por un tiempo vigilantes en la oscuridad por la cueva. Y demacrados, con rostros abatidos, y agotados, aquellos monos desesperando de sus vidas vieron (por fin) luz. Y aquellos apacibles, llegando a un lugar libre de oscuridad, vieron árboles de oro, poseedores del brillo del fuego llameante. Y salas y palmeras, y tamalas, punnagas, vanjulas, y dhavas, champakas, árboles naga, karnikaras en flor; con variados racimos y ramitas de oro, y copas de manojos, y plantas, embellecidos con adornos de oro, semejantes al sol infantil, sobre estrados compuestos de lapislázuli; árboles de oro de cuerpos resplandecientes, de colores de lapislázuli púrpura; y plantas de loto frecuentadas por aves; y (lugares) rodeados de grandes árboles de oro, como el sol infantil; y estanques con grandes peces de oro y lotos, que contenían aguas agradables: todo esto vieron allí. Y los monos vieron allí vehículos tanto de oro como de plata, y elegantes moradas en derredor veladas con redes de perlas, con balcones de oro, con el suelo pavimentado de oro y plata y provistas de lapislázulis. Y por todos lados vieron árboles que daban frutos y flores semejantes al coral; y abejas negras de oro, y miel por doquier, y diversos asientos espaciosos y lechos por allí engalanados de oro y joyas. Y buscando en aquella cueva, los sumamente resplandecientes monos heroicos vieron montones de vasijas de oro, de plata y de metal de campana; y montones de excelente aguru y sándalo; y frutas y raíces puras; y vehículos costosos y diversas clases de miel sabrosa; y cargas de costosos vestidos; y lotes de paños de lana variados y pieles de ciervo; así como a una mujer, de cerca. Y la hallaron allí, vestida de una piel de ciervo negra, una asceta, de alimento restringido, como si resplandeciera de energía. Asombrados, los monos se sentaron en conjunto. Y entonces Hanuman le preguntó: «¿Quién es usted? ¿Y a quién pertenece esta cueva?». Y Hanuman, semejante a una colina, inclinándose ante la anciana con las manos juntas, le preguntó, diciendo: «¿Quién es usted? Y dígame, ¿a quién pertenecen este edificio y la cueva, así como todas estas joyas?».
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Habiendo dicho esto a aquella mujer vestida de un trozo de piel de ciervo negra, Hanuman preguntó a aquella asceta sumamente religiosa que practicaba oficios piadosos: «Habiendo entrado temerariamente en esta cueva envuelta en tinieblas, hemos sido agobiados por el hambre y la sed, y estamos sumamente débiles. Y, habiendo entrado en esta poderosa cueva bajo la tierra, nos ha entrado sed. Y al ver todos estos maravillosos fenómenos, nos hemos afligido y desconcertado, y hemos perdido el sentido. ¿A quién pertenecen estos árboles de oro semejantes al sol infantil; y las frutas y raíces puras; y las casas y vehículos de oro y plata, velados en redes de joyas y provistos de ventanas de oro? ¿Y por la energía de quién son estos árboles de oro (de aquí), que dan flores, coronados de frutos, gratos a la vista y que exhalan rico olor? Y lotos de oro brotan en agua lúcida: ¡cómo se descubren en ella peces de oro junto con tortugas! ¿Han brotado estos de su poder, o deben su existencia a la energía ascética de algún otro? Le corresponde a usted relatarnos todo esto a nosotros, que lo ignoramos todo». Así interpelada por Hanuman, la asceta que practicaba la rectitud y se ocupaba del bienestar de todos los seres respondió a Hanuman: «Oh primero de los monos, hay uno llamado Maya, esparcidor de ilusiones. Por él ha sido construida toda esta arboleda de oro mediante su maravilloso poder de construcción. Quien ha levantado esta excelente arboleda de oro y esta encantadora mansión fue en otro tiempo el Visvakarma de los principales danavas. Tras haber practicado austeridades durante mil años en este vasto bosque, obtuvo un don del Gran Padre, en virtud del cual había alcanzado consumado dominio en su arte, así como absoluto control sobre los materiales requeridos en él. Habiendo llevado a cabo todo, aquel poderoso, dueño de todo goce, moró por un tiempo felizmente en este poderoso bosque. Entonces, habiendo concebido pasión por una apsara llamada Hema, Purandara, que blande vigorosamente su rayo, lo mató a golpes. Entonces Brahma otorgó a Hema este hermoso bosque y esta mansión de oro, con el privilegio perpetuo de gozar aquí de todo placer. Yo, llamada Svayamprabha, la hija de Merusavarni, guardo esta casa de Hema, oh primero de los monos. Hema, hábil en danza y canto, es mi querida amiga. Habiendo recibido su bendición, guardo este vasto bosque. ¿Cuál es su misión? ¿Y por qué han llegado ustedes a estos bosques solitarios? ¿Y cómo han logrado ver este bosque inaccesible? Habiendo participado de estas frutas y raíces dispuestas para el uso, y bebido, relátenme ustedes todo esto».
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Entonces, a todos los jefes de los monos, después de que hubieron descansado, la asceta, dedicada a prácticas justas, dijo ansiosa estas palabras: «Oh monos, si su dolor se ha ido a causa del alimento de frutas del que han participado, y también si es apropiado que yo lo oiga, escucharía su narración». Al oír sus palabras, Hanuman, el hijo del dios del Viento, con toda franqueza empezó a relatar todo fielmente. «El Soberano de todo este mundo, semejante a Mahendra o a Varuna, Rama, el apuesto hijo de Dasaratha, entró en los bosques de Dandaka, en compañía de su hermano Lakshmana, así como de su esposa, Vaidehi. Su esposa ha sido raptada por la fuerza por Ravana. Su amigo es aquel heroico rey, el mono llamado Sugriva. Por aquel monarca de los primeros monos hemos sido despachados (aquí). Y nosotros, uniéndonos a estos primeros monos encabezados por Angada, hemos venido al Sur, protegido por Yama y habitado por Agastya. Y se nos ha encomendado: “Busquen todos al rakshasa Ravana, que toma las formas que quiere, junto con la hija de Videha, Sita”. Habiendo buscado por el bosque así como por el océano del Sur, nos sentamos, hambrientos, al pie de un árbol. Y con semblantes pálidos, todos nosotros, absortos en el pensamiento, nos hundimos en un ancho mar de ansiedad que no podíamos cruzar. Y echando la vista en derredor, divisamos una enorme cueva cubierta de árboles y plantas y envuelta en tinieblas. Y (sucedió que) de esta (cueva) salieron cisnes, empapados de agua, con gotas de agua en las alas, y kuravas emplumados y grullas. “Entremos aquí”, dije yo a los monos. Y ellos también llegaron a esa conclusión. Y entonces ellos, poniéndose en movimiento, entraron en la cueva. Y asiéndose firmemente de las manos unos a otros, hicieron de inmediato su entrada en la cueva cubierta de oscuridad. Esta es nuestra misión; y es por este quehacer que hemos venido. Y habiendo llegado ante usted, hambrientos y exhaustos, nosotros, que habíamos sido duramente probados por el hambre, hemos sido atendidos con frutas y raíces, conforme al código que rige la hospitalidad. Y puesto que usted ha salvado a los monos, que estaban cansados y sufrían de hambre, dígame: ¿qué beneficio le harán los monos a cambio?». Así interpelada por los simios, la omnisciente Svayamprabha respondió a los jefes de los monos, diciendo: «Complacida estoy con los monos de rápido pie. Pero para quien está ocupada en mis deberes no hay obra que se desee». Así abordado con excelentes palabras llenas de ascetismo y rectitud, Hanuman habló a aquella de ojos intachables, diciendo: «Todos nosotros nos refugiamos en usted, que practica la piedad. El plazo que había sido fijado por el de alma elevada Sugriva respecto de nosotros se agotará todo en esta cueva. Por tanto, le corresponde a usted librarnos de este lugar. Y le corresponde salvarnos, agobiados por el temor a Sugriva, quien, por haber nosotros llegado a desobedecer el mandato de Sugriva, nos quitará la vida. Y, además, oh usted que practica la rectitud, grande es la tarea que hemos de llevar a cabo. Pero si nos quedamos aquí, esa obra nuestra quedará sin cumplir». Así interpelada por Hanuman, la asceta dijo: «Una vez que se entra, es difícil para cualquiera regresar (de aquí) con vida. Pero por la potencia de mi ascetismo, adquirida mediante la autodisciplina, libraré a todos los monos de esta guarida. Oh primeros de los monos, cierren los ojos. Nadie es capaz de salir de este lugar sin cerrar los ojos». Entonces ellos, ansiosamente deseosos de salir, cerraron la vista con las manos de dedos tiernos. Y los monos de gran alma, con los rostros cubiertos con las palmas, fueron liberados por ella de la guarida en un abrir y cerrar de ojos. Y entonces la piadosa ermitaña les habló allí. Y cuando hubieron salido de la temible guarida, animándolos, dijo: «Esta es la hermosa montaña Vindhya, llena de diversos árboles y hierbas. Esta es la colina Prasravana; y este es el gran abismo. ¡Que la fortuna les sea propicia! Me voy a mi morada, oh primeros de los monos». Habiendo hablado así, Svayamprabha entró en aquella cautivadora cueva.
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Entonces vieron el océano, morada de Varuna, sin orillas, resonante, repleto de terribles oleajes. Explorando la fortaleza de montaña de Maya, pasaron el mes que había señalado el rey. Luego, sentándose al pie de la montaña Vindhya, que contiene árboles en flor, en aquel momento aquellos de alma elevada se entregaron a reflexiones. Y al ver árboles primaverales que se doblaban bajo la carga de flores y rodeados de centenares de plantas, fueron presa de la aprensión. Y sabiendo cada uno que había aparecido la primavera, ellos, habiéndose agotado el plazo señalado para su tarea, se dejaron caer al suelo. Entonces, con palabras suaves, honrando como era debido a los simios ancianos y a los demás moradores de los bosques, aquel mono de hombros de león o de toro y de brazos robustos y anchos, el joven príncipe Angada, dotado de alta sabiduría, habló: «Hemos salido por el mandato del monarca de los monos. Mientras permanecíamos en la cueva, pasó un mes entero, oh monos. ¿Por qué no entienden esto ustedes? Partimos comprometiéndonos a que nuestro plazo de búsqueda no llegara más allá del fin de Kartika; pero este ha expirado. Ahora, ¿qué debe hacerse a continuación? Habiendo recibido las órdenes (del rey), ustedes, conocedores de la moral, atentos al bienestar de su amo, expertos en toda obra, incomparables en la ejecución y renombrados en toda región, han salido, mandados por el señor de los monos. Ahora, habiendo fracasado en alcanzar nuestro objeto, hallaremos la muerte. No hay duda alguna acerca de esto. ¿Quién, habiendo fracasado en cumplir el mandato del rey de los monos, goza de reposo? Ahora todos los moradores del bosque deben ayunar hasta la muerte. De natural severo, Sugriva, establecido como nuestro amo, no nos perdonará cuando volvamos allá después de habernos desviado así. Al no haber sido hallada Sita, Sugriva, sin duda, cometerá este pecado. Por tanto, es propio que, abandonando a nuestros hijos, y esposas, y riquezas, y hogares, hoy mismo nos sentemos a morir de hambre. La muerte en este lugar es preferible al castigo desigual (que hemos de recibir de manos de Sugriva). Y, además, no he sido instalado heredero por Sugriva: he sido rociado por aquel primero de los reyes, Rama, de energía infatigable. Abrigando enemistad contra mí desde antiguo, el rey, al ver este desliz, debe de estar firmemente decidido a quitarme la vida mediante una severa sentencia. ¿De qué sirve permitir que mis amigos presencien mi desastre en el último momento de mi existencia? Por tanto, aun en esta orilla sagrada del mar me sentaré a morir de hambre». Al oír hablar así al tierno príncipe, todos aquellos primeros monos observaron patéticamente: «Sugriva es duro por naturaleza, y Raghava ama entrañablemente a su esposa. Habiendo pasado el tiempo señalado, al vernos (venir) sin haber logrado éxito en la tarea, y al vernos llegar sin haber obtenido una vista de Vaidehi, (Sugriva) nos matará ciertamente por el deseo de hacer lo que es agradable a Raghava. Quienes han transgredido no pueden acercarse al lado de su amo. Habiendo venido aquí como los principales servidores de Sugriva, o veremos a Sita u obtendremos noticias acerca de ella, o bien, oh héroe, nos encaminaremos a la mansión de Yama». Al oír las palabras de los monos afligidos de temor, Tara dijo: «De nada sirve entregarse a la pena. Si les agrada, entremos todos en la cueva y moremos allí. Este lugar, abundante en flores y aguas, comidas y bebidas, que ha sido producido por el poder de la ilusión, es incapaz de ser abordado. Aquí no tenemos temor de Purandara, ni de Raghava, ni del rey de los monos». Al oír las bienvenidas palabras de Angada, los monos, convencidos, dijeron: «Disponga usted hoy mismo las cosas de modo que no seamos muertos».
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Cuando Tara, brillante como la luna, hubo hablado así, Hanuman sintió como si Angada ya hubiera privado (a Sugriva) de su reino. Hanuman consideró al hijo de Vali dotado de inteligencia de ocho elementos; de poder de cuatro clases; y de las catorce virtudes; siempre cargado de energía, fuerza y poderío; creciendo en gracia como la luna durante la quincena luminosa; semejante a Brihaspati en inteligencia; y en poderío, a su propio padre; y siempre atento a los consejos de Tara, como Purandara escucha los consejos de Sukra. Y Hanuman, versado en todas las ramas del saber, al hallar a Angada remiso en el asunto de su amo, empezó a infundirle temor. Él, rico en palabras, poniendo a contribución el segundo de los cuatro medios, había creado división entre aquellos monos. Al estar ellos divididos, él (Hanuman) se puso a avivar la aprensión de Angada con diversos discursos cargados de temor, referentes a castigos. «Oh hijo de Tara, usted es sin duda más capaz de combatir que su propio padre; y es también capaz de sostener el reino de los monos tan firmemente como él. Pero, oh primero de los monos, los monos son siempre inconstantes de carácter. Privados de sus esposas e hijos, no soportarán su mandato. Y nunca se pondrán de su lado. Esto se lo digo en presencia de todos. Y le diré algo más. Usted, ni por las virtudes de la conciliación, la caridad y lo demás, ni por el castigo, logrará atraer a su lado a este Jambavan, o a Nila, o al poderoso simio Suhotra, o a mí. Un fuerte que agravia a otro que es débil puede vivir; por tanto, una persona débil, ansiosa de su propia conservación, nunca debe agraviar (a un individuo fuerte). Usted considera que esta cueva puede servirle de protectora, por haber oído de ella (dicho por Tara); pero hendirla es solo trabajo ligero para las flechas de Lakshmana. En otro tiempo fue hendida un poco por Indra, con su rayo arrojado (contra ella); pero ahora Lakshmana la perforaría como un tallo de hoja, por medio de sus agudas flechas. Lakshmana tiene muchas flechas de hierro como el rayo de Indra o el del cielo, capaces de hendir hasta montañas. Oh sometedor de enemigos, no bien se establezca usted aquí, los monos, tomando una decisión, lo abandonarán. Recordando a sus esposas e hijos, siempre ansiosos (por causa de Sugriva), anhelando la felicidad doméstica y afligidos (por su lamentable situación), le darán la espalda. Entonces, abandonado por sus parientes así como por amigos que buscan su bien, usted será presa del espanto aun ante una brizna de hierba que tiembla. Si usted opone resistencia (a Sugriva), las flechas afiladas de Lakshmana, terribles, de excesiva impetuosidad y poderoso ímpetu, e incapaces de ser frustradas, estarán ansiosas de matarlo. Por el contrario, si usted, en humilde actitud, se presenta (ante él) junto con nosotros, él lo establecerá en el reino, en consideración a que usted es el siguiente heredero. Un soberano justo, firme en su voto, limpio y veraz en su promesa, su tío, que abriga afecto por usted, no lo castigará de modo alguno. Y él ama a su madre, y su vida es para ella; y ella no tiene otro hijo. Por tanto, oh Angada, venga con nosotros».
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Al oír el discurso de Hanuman, pronunciado con mansedumbre, cargado de moral y que honraba a Sugriva, Angada dijo: «La firmeza, y la santidad mental, la misericordia, la franqueza, el poderío y la paciencia no están en Sugriva. Quien, mientras vive su hijo, se apropia de la amada reina de su hermano mayor, madre de él por la moral, es odiado de todos los seres. ¿Cómo puede él conocer la moral, quien pudo tapar la boca de la cueva, cuando se le había pedido, por parte de su hermano que había ido a una misión marcial, que la guardara? ¿El buen oficio de quién recuerda él, que pudo olvidar al renombrado Raghava mismo, de poderosas hazañas, tras haberle tomado la mano en nombre de la verdad? ¿Cómo puede cosechar mérito religioso quien nos ordenó buscar aquí a Sita por temor a Lakshmana y no por temor a la injusticia? ¿Qué persona noble, en especial, nacida en su linaje, depositará ya confianza en aquel impío de alma inestable que ha atropellado la moral? Meritorio o no, ¿cómo puede Sugriva, habiendo instalado en el reino a mí, hijo (de su enemigo) y enemigo nacido en su linaje, permitirme vivir? ¿Cómo puedo yo, cuyos consejos han sido revelados, que he transgredido y que he sido privado de mi poder, vivir, regresando a Kishkindha como un abandonado y débil? Por causa de su reino, Sugriva, taimado, astuto y cruel, me pondrá en confinamiento solitario. Para mí, ayunar hasta la muerte es mejor que estar confinado y sufrir la consiguiente miseria. Concédanme su permiso, y vayan a sus hogares, oh monos. Juro ante ustedes que al palacio nunca regresaré. En este mismo lugar ayunaré hasta la muerte; pues la muerte es buena para mí. Inclinándose ante el rey así como ante el poderoso Raghava, deben comunicar mi bienestar a Sugriva, señor de los simios, y mi salud y paz a mi madre Ruma. Y les corresponde también consolar a mi madre, Tara. Naturalmente cariñosa con su hijo y rebosante de ternura, aquella desamparada, al oír de mi muerte en este lugar, renunciará sin duda a la vida». Habiendo dicho esto, Angada, saludando a los ancianos, con el rostro abatido entró en la tierra cubierta de hierba. Cuando hubo entrado, aquellos primeros monos, heridos de pena, derramaron llorando cálidas lágrimas de los ojos. Y censurando a Sugriva y elogiando a Vali, ellos, rodeando a Angada, decidieron morir de hambre. Tomando a pecho el discurso del hijo de Vali, aquellos primeros monos, sorbiendo agua, se sentaron mirando al Este. Y sentándose al borde del agua sobre hierba que apuntaba al sur, los primeros monos, deseando el cese, pensaron dentro de sí: «Esto mismo nos conviene». Y mientras hablaban del destierro de Rama y de la muerte de Dasaratha, la carnicería de Janasthana, la muerte de Jatayu, el rapto de Vaidehi, la matanza de Vali y la ira de Rama, los monos fueron presa del temor. Cuando aquellos monos semejantes a cumbres de montaña hubieron entrado, lanzaron gritos que, semejantes al retumbar de nubes, haciendo resonar el cielo, hicieron reverberar aquella montaña con sus arroyos.
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Cuando los monos se hubieron sentado en aquella montaña con la intención de poner término a su existencia por medio del ayuno, un rey de los buitres llegó por casualidad a aquella región. Y aquella ave de larga vida se llamaba Sampati, el hermoso hermano de Jatayu, famoso por su fuerza y poderío. Saliendo de una caverna de la poderosa montaña Vindhya, él, al ver a los monos sentados, muy complacido, dijo: «En verdad el hombre cosecha el fruto de sus actos anteriores; y por eso este alimento ordenado para tal fin me llega después de largo tiempo. Me alimentaré de estos monos, uno por uno, matándolos uno tras otro». Mirando a aquellos simios, el ave se expresó así. Al oír este discurso del ave que codiciaba su alimento, Angada habló débilmente a Hanuman: «¡Mira! Por la simplicidad de Sita este, el mismo hijo del Sol, Yama, ha venido a este lugar a exterminar a los monos. La obra de Rama no ha sido hecha, ni el mandato real. Y este desastre ha llegado sin ser previsto por los monos. Ustedes han oído en detalle todo lo que, inspirado por el deseo de hacer lo que es bueno para Vaidehi, hizo aquí ese rey de los buitres, Jatayu. De este modo, todas las criaturas, hasta la especie bruta, procuran el bienestar de Rama, renunciando a sus vidas, como lo hacemos nosotros. Es por el amor y la ternura que le tienen a (Rama) que las personas se hacen bien unas a otras. Y por eso el justo Jatayu, entregando su vida por propia voluntad, ha hecho el gusto de Rama. Nosotros también, vencidos por la fatiga y (casi) muriendo, hemos venido a este bosque; pero a la hija de Mithila no la hallamos. Dichoso aquel rey de los buitres, que fue muerto por Ravana en la batalla. Se ha librado del temor a Sugriva y ha alcanzado también el estado supremo. A causa de la muerte de Jatayu y de la del rey Dasaratha, así como por el rapto de Vaidehi, (las vidas de) los monos han caído en peligro. La morada de Rama y Lakshmana en el bosque con Sita, la muerte que dio Raghava a Vali con una flecha, la matanza de innumerables rakshasas por el enfurecido Rama y (finalmente) este contratiempo: todo esto debe su origen a la concesión del don a Kaikeyi». Al ver a los monos tendidos en la tierra y al oír sus palabras lastimeras que describían su pena, aquel rey de los buitres, de gran alma, con la mente agitada, dijo (esto). Y al oír las palabras que salían de la boca de Angada, el buitre de afilado pico y noble tono dijo: «¿Quién es el que, haciendo temblar mi mente, habla de la muerte de mi hermano Jatayu, más querido para mí que la vida? ¿Cómo ocurrió en Janasthana la lucha entre el rakshasa y el buitre? Es después de largo tiempo que hoy oigo el nombre de mi hermano. Deseo descender de esta fortaleza de montaña. Me ha complacido mucho escuchar, después de largo tiempo, la celebración de las virtudes de mi hermano menor, conocedor de cualidades y digno de ser ensalzado en razón de su poderío. Oh primeros de los monos, deseo oír de la destrucción de Jatayu, que moraba en Janasthana. ¿Y cómo pudo Dasaratha, cuyo amado hijo mayor es Rama, querido de sus superiores, ser amigo de mi hermano? No puedo moverme a causa de haber sido quemadas mis alas por los rayos solares. Pero deseo que ustedes me bajen de esta montaña».
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Al oír sus acentos que vacilaban de pena, los jefes de manadas de monos, alarmados por su acción, no depositaron confianza en su discurso. Sentados con el propósito de ayunar hasta morir, los monos, al ver al buitre, pensaron dentro de sí con terror: «Nos comerá a todos. Si nos come, a nosotros que nos hemos sentado a ayunar hasta morir, lograremos el éxito y alcanzaremos pronto nuestro fin». Entonces aquellos jefes de los monos resolvieron así. Y descendiendo de la cumbre de la montaña, Angada habló al buitre: «Hubo un señor de los monos llamado Riksharaja, dotado de poderío. Ese rey, oh ave, fue mi abuelo. Tuvo dos hijos virtuosos, ambos sumamente poderosos: Vali y Sugriva. Mi padre, Vali, fue famoso por sus hazañas en el orbe. Y sucedió que aquel poderoso monarca de toda esta tierra, descendiente de los Ikshvakus, el grande y apuesto guerrero de carro, Rama, hijo de Dasaratha, atento al mandato de su padre, acogiéndose al camino de la rectitud, entró en los bosques de Dandaka en compañía de su hermano Lakshmana y su esposa Vaidehi. Y su esposa fue raptada por la fuerza de Janasthana. Y el amigo del padre de Rama, el rey de los buitres llamado Jatayu, vio a la hija de Videha, Sita, mientras era llevada por el cielo. Y tras haber derribado a Ravana de su carro y puesto a Maithili en el suelo, (aquel buitre) viejo y vencido por la fatiga fue (al fin) muerto por Ravana en la batalla. Así muerto por el poderoso Ravana, el buitre, habiendo recibido de Rama (mismo) los ritos fúnebres, ha alcanzado un excelente estado. Entonces Raghava hizo amistad con mi tío, el de alma elevada Sugriva; y mató también a mi padre. Mi padre había excluido a Sugriva del reino junto con sus consejeros; pero Rama, tras matar a Vali, lo instaló a él (a Sugriva). Y establecido en la monarquía por él (Rama), Sugriva es (ahora) el amo de los monos y rey de todos los primeros monos. Por él hemos sido enviados. Despachados aquí por Rama, hemos buscado a Sita en derredor, pero a Vaidehi no la hemos hallado, como no se halla el esplendor solar de noche. Y sucedió que, habiendo explorado con cuidado el bosque de Dandaka, entramos por ignorancia en una cueva que yacía abierta ante nosotros. Esa cueva, debe usted saber, fue construida por la energía ilusoria de Maya. Y allí pasamos un mes, el plazo que había sido fijado por el monarca. Cumpliendo los mandatos del rey de los monos, nosotros, habiéndonos pasado del plazo que se había señalado, nos hemos sentado aquí por temor con el propósito de ayunar hasta la muerte. Estando aquel Kakutstha agitado de cólera, así como Sugriva junto con Lakshmana, nosotros, encaminándonos allá, perderemos la vida».
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Cuando los monos, a quienes casi se les había ido la vida, hubieron dicho estas lastimeras palabras, el buitre, con solemnes acentos, con lágrimas en los ojos, dijo a los monos: «Oh monos, ustedes han dicho que mi hermano menor, llamado Jatayu, ha sido muerto en la batalla por el poderoso Ravana. A causa de mi edad y de la falta de alas, yo, aunque oigo esto, lo soporto. Ni tengo hoy fuerza para saldar cuentas tocantes a la enemistad de mi hermano. En otro tiempo, mientras estábamos empeñados en la destrucción de Vritra, él y yo, ardiendo por la victoria, remontamos el cielo cerca del sol llameante, guirnaldados de gloria. Desde allí, girando con ímpetu, fuimos a las regiones celestiales por el camino etéreo. Y sucedió que, al llegar a la mitad del sol, Jatayu desfalleció. Al presenciar a mi hermano severamente herido por los rayos solares y sumamente atontado, yo, por cariño, lo cubrí de sombra con mis alas. Entonces, con mis plumas chamuscadas, caí sobre el Vindhya, oh primeros de los monos; y permaneciendo aquí, no pude saber las circunstancias que le han sobrevenido a mi hermano». Así interpelado por el hermano de Jatayu, Sampati, el sumamente sabio príncipe Angada respondió: «Si usted es en verdad el hermano de Jatayu, habiendo oído lo que he relatado, díganos (a nosotros) si sabe algo tocante a la morada de ese rakshasa. Díganos si sabe algo acerca de ese miope, el peor de los rakshasas, Ravana, si mora lejos o cerca». Entonces, alegrando a los monos, el sumamente enérgico hermano mayor de Jatayu habló palabras dignas de él: «Oh monos, mis plumas han sido quemadas; y soy un buitre despojado de fuerza. Por tanto, ayudaré bien a Rama con mis palabras. Conozco los reinos de Varuna, y los mundos Trivikrama de Vishnu, las guerras de los dioses y los asuras, y el batido para la ambrosía. Y aunque la edad me ha privado de energía, y aunque mi vida cuelga floja de mí, aun así, si esta es la obra de Rama, debo hacerla yo primero. He visto a una mujer joven y hermosa, adornada con todos los adornos, llevada por el perverso Ravana, mientras la dama (todo el tiempo) gritaba: “¡Oh Rama!”, “¡Oh Rama!”, “¡Oh Lakshmana!”. Y quitándose los adornos de la persona, los arrojaba al suelo. Su paño de seda semejaba el esplendor solar en la cima de una montaña; y ella misma, junto al oscuro rakshasa, parecía el relámpago en el firmamento (junto a las nubes). Por su relato acerca de Rama, concluyo que debe de ser Sita. Ahora escúchenme mientras les hablo de la morada de ese rakshasa. Hijo de Visrava y hermano de Vaisravana, el rakshasa llamado Ravana reside en la ciudad de Lanka. Y la encantadora ciudad de Lanka, levantada por Visvakarma, yace a cien yojanas plenas de aquí, en una isla en el mar; provista de puertas de oro, llena de estrados abigarrados, señoriales palacios que brillan como oro; y rodeada de grandes murallas del color de la luz del sol. Allí permanece Vaidehi, abandonada y vestida de un paño de seda, confinada en el aposento interior de Ravana y cuidadosamente guardada por rakshasis. En Lanka, protegida en derredor por el mar, verán a la hija de Janaka, Maithili. Al fin del océano, tras cien yojanas plenas, al llegar a su orilla meridional, verán a Ravana. Oh monos, diríjanse presto allá con vigor. Percibo por mi conocimiento que, tras haber visto (aquel lugar), ustedes volverán. El primer curso pertenece a alcaudones de cola bífida y a otros que viven de grano; el segundo, a los que viven de animales y frutas; el tercero lo recorren las bhashas; el cuarto, los kraunchas, los kuvaras y los halcones; el quinto, los buitres; el sexto pertenece a cisnes dotados de juventud y belleza; y el siguiente, a los Vainateyas. Hemos derivado nuestro origen de Vainateya. (Al despacharlos a ustedes allá), vengaré el vil acto perpetrado por el caníbal, así como el agravio hecho por Ravana a mi hermano. Descansando aquí, veo a Ravana y a Janaki. Tenemos excelente clarividencia Sauparna. Por esta razón, así como por la energía consiguiente a que nos alimentemos de ciertas clases de carne, nosotros, oh monos, podemos ver un poco más allá de cien yojanas. Por eso (la Deidad) ha ordenado para nosotros tal alimento, cargado del poder de hacer ver desde gran distancia. Y siendo la morada de los gallos y otros bajo los árboles, su vista está limitada a la medida que requieren para ver. Busquen medios de cruzar las aguas saladas. Habiendo encontrado a Vaidehi, vuelvan, tras haber logrado el éxito. Deseo que ustedes me lleven al océano, morada de Varuna. Ofreceré agua a (los manes de) mi hermano de alma elevada, que ha ido al cielo». Entonces aquellos héroes, los monos poseedores de energía extrema, llevaron al lugar designado, en la orilla del océano, a Sampati, cuyas alas habían sido chamuscadas. Luego, llevando de vuelta a aquel señor de los buitres al mismo lugar, los monos, provistos de información (acerca de Sita), experimentaron gran gozo.
Section 59
Entonces, al oír aquel discurso de ambrosía del rey de los buitres, los jefes de los monos, encantados, siguieron parlamentando (sobre aquel tema). Entonces Jambavan, primero de los monos, junto con todos los monos, levantándose de pronto del suelo, habló al rey de los buitres, diciendo: «¿Dónde está Sita? ¿Por quién ha sido vista? ¿Y quién se ha llevado a la hija de Mithila? Díganos usted todo acerca de esto, y (así) pruebe el camino de estos moradores de los bosques. ¿Quién hay que no preste atención a la fuerza de las flechas de Dasarathi y de Lakshmana, que vuelan con el ímpetu del rayo?». Entonces, animando a aquellos monos, que se habían levantado de sus posturas de ayuno y que estaban todo atención para oír noticias acerca de Sita, él (Sampati), muy complacido, dijo estas palabras: «Escuchen cómo llegué a saber del rapto de Vaidehi, Sita, en este lugar; y quién fue el que me dijo dónde está aquella de ojos amplios. Durante largo tiempo yací aquí, viejo y de débil vida y energía. Ese mejor de las aves, mi hijo llamado Suparsva, viniendo a mí, a la hora debida me sustentaba con alimento. Los gandharvas son sumamente lascivos; las serpientes, sumamente coléricas; el temor es excesivo en los ciervos; y nosotros tenemos hambre excesiva. En cierta ocasión mi hijo, saliendo hacia el amanecer a procurarme alimento a mí, que sufría de hambre y (por ello) lo ansiaba, volvió por la tarde sin carne alguna. Herido (por mi discurso pronunciado) a causa de no haber recibido alimento, aquel acrecentador de mi gozo, pidiéndome perdón, dijo estas palabras cargadas de verdad: “Padre, alzando el vuelo a la hora debida para procurar carne, (fui) y me detuve obstruyendo el paso del monte Mahendra. Allí estuve mirando hacia abajo, obstruyendo el camino de millares de criaturas que recorrían el mar. Allí vi a alguien semejante a una masa de colirio triturado, que se iba llevando a una mujer semejante en esplendor al sol naciente. Al verlos, yo había resuelto que le sirvieran a usted de alimento, cuando él humildemente, en actitud pacífica, pidió paso. Hasta entre los ruines no hay en la tierra quien pueda matar a quienes adoptan una actitud apacible. ¡Qué diré, ay, de superiores como yo! Y convocando presteza, siguió su camino como si empujara el cielo con su energía. Entonces los moradores del aire y otros seres me adoraron. Y los Maharshis me dijeron: ‘Por suerte Sita aún vive’. ‘Él, junto con una mujer, habiendo pasado por ti, ciertamente augura buena fortuna para ti’. Entonces aquellos eminentemente hermosos siddhas me hablaron así: ‘Este es Ravana, el rey de los rakshasas’, me dijeron. Y yo (me quedé), contemplando a la esposa de Rama, hijo de Dasaratha, que arrojaba sus adornos y vestido de seda, abrumada por el poder de la pena, con los cabellos desgreñados, gritando los nombres de Rama y Lakshmana. Esta, oh padre, es la razón de que yo pase el tiempo”. Ese mejor de los hábiles en el habla, Suparsva, me dijo todo esto. Aun oyendo esto, no pude pensar en desplegar poderío. ¿Cómo puede un ave privada de alas emprender cosa alguna? Pero escuchen. Les diré de qué soy capaz mediante el habla, el intelecto y el mérito, y en qué pueden ustedes ejercer su hombría. Haré lo que les sea agradable con mis palabras y mi intención. Lo que es obra de Dasarathi es también mía. De esto no hay duda. Ustedes, primeros en inteligencia, fuertes, intelectuales e incapaces de ser vencidos por los mismos dioses, han sido despachados por el monarca de los monos. Y las flechas de Rama y de Lakshmana, provistas de plumas de kanka, son capaces de afligir o salvar los tres mundos. Y aunque el de diez cuellos está dotado de fuerza y energía, para ustedes que son competentes nada es difícil de lograr. No hay necesidad de demora. Tomen una decisión. Personas como ustedes no ceden a la pereza en la empresa».
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Cuando el buitre hubo ofrecido oblaciones de agua a los manes de su hermano difunto y terminado sus abluciones, los jefes de los monos se sentaron en aquella encantadora montaña, rodeándolo. E inspirado de confianza (en las palabras de Nishakara), Sampati, de deleite, dijo a Angada, que estaba sentado, rodeado de todos los monos: «Guardando silencio, escuchen ustedes, oh monos, con atención lo que digo. Les diré con verdad cómo llegué a conocer a Maithili. Afectado mi cuerpo por el calor solar y quemadas mis alas por los rayos del sol, oh sin pecado, caí en otro tiempo en esta cumbre del Vindhya. Al recobrar los sentidos tras seis noches, durante las cuales estuve insensible, miré en derredor con desconcierto, pero no pude reconocer cosa alguna. Entonces, mirando de cerca océanos y montañas, ríos y estanques, y bosques y países, mis pensamientos volvieron a mí. Y al ver este lugar abundante en aves alegres, que contiene bosques y está coronado de cumbres, concluí sin duda que era el Vindhya en las orillas del mar del Sur. Y aquí había una ermita sagrada, honrada hasta por los celestiales, y aquí moraba un santo llamado Nishakara, de feroces austeridades. Y después de que Nishakara, conocedor de la virtud, hubo ido al cielo, yo, privado de aquel santo, pasé ocho mil años en esta montaña. Descendiendo con dificultad de la cima desigual del Vindhya, llegué de nuevo a la tierra cubierta de hierba de puntas agudas. Estaba ansioso de ver al santo; y (por eso), con mucho trabajo llegué hasta él; y Jatayu y yo vimos a aquel santo muchas y muchas veces. Una brisa fragante soplaba en torno a la ermita; y no se hallaba árbol que no diera flores y frutos. Acercándome a la santa ermita, yo, deseoso de contemplar al venerable Nishakara, aguardé al pie de un árbol. Entonces a lo lejos vi al santo, resplandeciente de energía e irreprimible, que regresaba hacia el norte. Y como las criaturas se reúnen en torno a un dador, osos y Srimaras, tigres, leones y diversos reptiles iban rodeándolo. Y sabiendo que el santo había llegado (a su hogar), los animales se fueron, como se van las fuerzas junto con los consejeros cuando el soberano ha entrado (en su palacio). El santo se alegró al verme. Entonces, volviendo a entrar en su ermita por breve espacio, salió y me preguntó por mi misión. “Oh apacible, a causa de haberse alterado tus plumas, no puedo reconocerte. Tus dos alas han sido calcinadas por el fuego; y tus poderes en tu frágil cuerpo (están en el mismo estado). En otro tiempo vi a dos buitres semejantes al viento en velocidad, reyes de los buitres, hermanos, que tomaban las formas que querían. Tú eres, lo sé, el mayor, oh Sampati; y Jatayu es menor que tú. Tomando formas humanas, ustedes me habían asido los pies. Ahora, ¿qué dolencia te ha atacado? ¿Y por qué se te han caído las plumas? ¿Y quién te ha infligido este castigo? Dime tú todo esto a mí, que te lo pregunto”».
Section 61
Entonces Sampati relató al asceta todo acerca de su temible, ardua y temeraria acción de seguir al sol. «Oh reverendo señor, a causa de que mi cuerpo sufre de llagas, yo, con los sentidos desconcertados de vergüenza y fatigado, no puedo pronunciar palabras. Por orgullo de poder de vuelo, yo y Jatayu, embriagados de vanidad, empezamos a surcar el cielo a lo lejos, con la mira de probarnos mutuamente el poderío, obligándonos con el voto de que seguiríamos al Sol mientras no entrara en aquella poderosa montaña Poniente, y de comparecer ante los ascetas en la cumbre del Kailasa. Y sumergiéndonos a la vez (en el abismo aéreo), vimos en la tierra de abajo ciudades separadas semejantes a ruedas de carro; y aquí el sonido de instrumentos musicales; y allá el tintineo de adornos. Y (en algunos lugares) contemplamos a muchas doncellas vestidas de rojo, ocupadas en cantar. Y lanzándonos rápidamente al cielo y acercándonos al camino del Sol, vimos un bosque entremezclado de céspedes. Y vimos la tierra cubierta de riscos y masas de rocas e intersecada por arroyos semejantes a hilos. Y el Himavan, y el Vindhya, y aquella poderosa montaña, el Meru, aparecían en la tierra como elefantes en un estanque. Entonces empezamos a sudar y a llenarnos de pesar; y el temor se apoderó de ambos. Y nos desconcertamos y nos desmayamos espantosamente. Y no conocíamos el sur, ni el oeste, ni la región presidida por el Fuego; y el mundo, que aún ardía al fin de un yuga, nos parecía como si hubiera sido consumido por completo. Y mi mente, junto con mis ojos, se debilitó. Y entonces, fijando con todas mis fuerzas mis ojos y mi mente (en el sol), pude por un violento ejercicio de mi energía contemplar el sol. Y el sol, resplandeciente, nos parecía como la tierra en extensión. Entonces, sin preguntarme, Jatayu se dejó caer a la tierra. Al verlo, descendí de inmediato del cielo, y Jatayu no fue quemado por haber sido protegido por mis alas. Y chamuscado por la agitación caí por el camino aéreo. Supuse que Jatayu cayó en Janasthana. Y yo mismo, con las alas calcinadas y vuelto inerte, caí sobre el Vindhya. Privado de mi reino, de mi hermano, de mis alas y de mi poderío, yo, deseando poner término a mi existencia, me arrojaré de cabeza desde esta cumbre de la montaña».
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«Habiendo dicho esto a aquel primero de los ascetas, yo, herido de pena, empecé a llorar. Entonces, tras reflexionar por un rato, aquel reverendo dijo: “Tus alas, junto con otras dos más pequeñas, volverán a crecer; y también tu vista, energía, poderío y fuerza. Y habiéndolo oído, y habiéndolo visto además por poder ascético, sé que va a ocurrir una gran hazaña. Habrá un rey de nombre Dasaratha, acrecentador de la raza de los Ikshvakus. Tendrá un hijo llamado Rama, dotado de extrema energía. Y él (Rama) irá al bosque en compañía de su hermano Lakshmana; aquel cuyo poder es la verdad, por haber sido comisionado a tal efecto por su padre. Un demonio llamado Ravana, el señor de los rakshasas, incapaz de ser muerto por los dioses o los danavas, se llevará a la esposa de él (de Rama) en Janasthana. Y aunque tentada por viandas y objetos de goce y deseo, aquella famosa y sumamente virtuosa, sumida en la pena, no probará esas cosas. Y sabiendo que la hija de Videha (ha estado ayunando muchos días), Vasava ofrecerá a Vaidehi payasa semejante a ambrosía, difícil de obtener hasta para los dioses. Al recibir ese alimento, Maithili, sabiendo que había venido de Indra, tomó un poco de él de la superficie y lo dejó caer a la tierra para Rama. ‘Ya vivan mi esposo y también su hermano menor, ya hayan alcanzado la divinidad, que este alimento les sirva a ellos’. Los enviados de Rama, habiendo sido despachados allá, vendrán aquí. Tú debes relatarles todos los hechos relativos a la reina de Rama. No te vayas de aquí de modo alguno; y en tal caso, ¿adónde, además, te encaminarías? Quédate tú aquí según la estación y el lugar. Recobrarás tus alas. Yo podría hoy mismo proveerte de alas. Pero, quedándote aquí en esta condición, podrás lograr el bienestar de los mundos. Hasta tú harás ese acto en favor de aquellos hijos del rey, de los brahmanes, de los preceptores espirituales, de los ascetas y de Vasava. Yo también deseo contemplar a los hermanos Rama y Lakshmana. No deseo conservar esta vida por mucho tiempo. Renunciaría a mi vida”. Ese Maharshi, conocedor de la naturaleza de las cosas, me dijo esto».
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«Habiéndome alabado con estas y muchas otras palabras, y despidiéndose de mí, aquel hábil en el habla entró en su propia morada. Saliendo suavemente de la cueva de aquella montaña, yo, ascendiendo al Vindhya, los estaba esperando. El espacio cubierto por el tiempo que media entre entonces y hoy es de poco más de cien años; y guardando en mi corazón el discurso de aquel asceta, he estado aguardando la estación y el lugar. Habiendo partido él en su gran viaje, al haber ido Nishakara al cielo, yo, distraído con diversos pensamientos, he sido consumido por la pena. Mi creciente intención de acabar conmigo mismo la he reprimido en consideración a las palabras del asceta. La razón que él me había impartido para conservar mi vida ha disipado mis penas, como un fuego llameante (disipa la oscuridad). Y conociendo el poderío del impío Ravana, dije con ira a mi hijo, versado en el habla: “Al oír su lamento, y sabiendo que estaban privados de Sita, ¿por qué no la libraste?”. Mi hijo no hizo este buen oficio a Dasaratha, influido por el afecto hacia él». Mientras hablaba así en medio de los monos, sus alas brotaron en presencia de los moradores del bosque. Entonces, al ver su persona provista de plumas crecidas del color del sol naciente, experimentó incomparables arrobos y se dirigió a los monos, diciendo: «Por la gracia de aquel rajarshi de inmensurable energía, mis alas, que habían sido quemadas por los rayos del sol, han crecido de nuevo. Hoy he recobrado la fuerza y el poderío que poseía cuando aún estaba presente mi juventud. Esfuércense de todos modos. Se encontrarán con Sita. Y mi recobrar mis alas nos infunde (a nosotros) confianza en cuanto al éxito». Habiendo dicho esto a todos los monos, aquel viajero del cielo y mejor de las aves, Sampati, ansioso de comprobar su poder de vuelo, se alzó volando desde las cumbres de la montaña. Al oír sus palabras, aquellos poderosos monos, con el vigor (acrecentado), viendo ante sí el éxito, sintieron el colmo de la alegría. Entonces aquellos primeros de los monos, en vigor semejantes al Viento, al hallar ocasión de desplegar su poderío, empeñados en buscar a la hija de Janaka, avanzaron hacia la región coronada por Abhijit.
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Habiendo oído todo esto relatado por el rey de los buitres, los monos, que poseían la fuerza de leones, llenos de deleite, dieron saltos y lanzaron un rugido. Al oír de Sampati que Ravana iba a ser muerto, los monos, alegrándose, llegaron al océano, con el deseo de ver a Sita. Y llegando a aquel país, estos que poseían terrible poderío contemplaron (el mar) que reflejaba la imagen de todo este poderoso mundo. Y llegando al lado septentrional del mar del Sur, aquellos sumamente poderosos y heroicos monos se acamparon allí. Y viendo el mar, aquí como dormido, allá como juguetón y en otro lugar con oleadas que medían montañas; y frecuentado por los primeros de los danavas que habitan las regiones inferiores; y capaz de erizar los cabellos, aquellos poderosos monos fueron presa de la tristeza. Y viendo el mar, imposible de cruzar como el cielo, todos los monos empezaron a lamentarse, diciendo: «¿Qué hay que hacer?». Y aquel mejor de los monos, (Angada), al ver al ejército abatido por la vista del mar, empezó a consolar a los monos afligidos de temor. «No debemos entregarnos a la pena. La pena es dañina. La pena destruye a una persona como una serpiente colérica a un muchacho. Quien, cuando ha llegado el momento de desplegar su poderío, se entrega a la aflicción, debilitándose en energía, no logra su objeto». Pasada aquella noche, Angada, en compañía de los monos, unidos a los ancianos, de nuevo tomó consejo con ellos. Y aquella hueste de monos que rodeaba a Angada semejaba la hueste de los Maruts que rodea a Vasava. ¿Quién, salvo el hijo de Vali (apostado) en un lugar y en otro Hanuman, podría ser capaz de aquietar esa fuerza? Entonces, saludando a los ancianos así como al ejército, el garboso Angada, sometedor de enemigos, habló palabras cargadas de sentido: «¿Qué persona, dotada de extrema energía, saltará ahora sobre el océano? ¿Quién servirá a ese sometedor de enemigos, Sugriva, siempre atento a la verdad? ¿Qué mono puede saltar cien yojanas? ¿Quién librará a los jefes de manadas de un gran temor? ¿Por el favor de quién nosotros, coronados de éxito y hechos felices, volviendo de este lugar, veremos a nuestras esposas, y a nuestros hijos, y nuestros hogares? ¿Por el favor de quién nos encontraremos gozosos con Rama, y con el poderoso Lakshmana, y con aquel morador de los bosques, Sugriva? Si algún mono entre ustedes es capaz de saltar sobre las profundidades, que nos confiera de inmediato dakshina en forma de liberación del temor». Al oír el discurso de Angada, nadie dijo nada. Y aquella hueste de monos vaciló. Entonces aquel primero de los monos se dirigió de nuevo a aquellos monos, diciendo: «Todos ustedes son los primeros de los fuertes y de poderío firme. Y han nacido en linajes irreprochables y son siempre honrados (por el rey). ¿Y aun así ninguno de ustedes puede prometer emprender este viaje? Oh mejores de los monos, desplieguen sus respectivos poderes de salto».
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Al oír el discurso de Angada, aquellos primeros monos, uno tras otro, empezaron a hablar acerca de su respectiva competencia para recorrer el espacio: Gaya, y Gavaksha, y Gavaya, y Sarava, y Gandhamadana, y Mainda, y Dvivida, y Angada, y Jambavan. Y Gaya dijo: «Puedo saltar diez yojanas». Y Gavaksha dijo: «Iré veinte yojanas». Y el mono Sarava dijo a aquellos monos: «Oh monos, iré treinta yojanas». Y el mono Vrishabha dijo a aquellos monos: «Iré, sin duda, cuarenta yojanas». Y el sumamente enérgico mono Gandhamadana dijo: «Iré, con certeza, cincuenta yojanas». Y el mono Mainda dijo a los monos allí: «Me comprometo a saltar sesenta yojanas». Y entonces el sumamente enérgico Dvivida dijo: «Iré, con certeza, setenta yojanas». Y el sumamente poderoso Sushena, poseedor de fuerza, primero de los monos, dijo: «Declaro que en movimiento soy igual a ochenta yojanas». Mientras hablaban así, el más anciano de todos ellos, Jambavan, saludándolos, respondió: «En otro tiempo teníamos poder de movimiento. Pero ahora hemos envejecido sobremanera. Aunque esto es así, no podemos pasar por alto este asunto, pues tanto Rama como el rey de los monos (al enviarnos) han quedado seguros del éxito. Ahora comprendan el curso que es el nuestro. Iré noventa yojanas. No hay duda alguna acerca de esto». Esto dijo Jambavan a aquellos monos escogidos. «Pero (en otro tiempo) mi poderío en el salto no era tal, por cierto. Antaño, en el sacrificio del hijo de Virochana, el eterno Señor Vishnu, cuando hubo cubierto el universo entero con tres pasos, fue circunvalado por mí. Pero yo, que fui todo esto, he envejecido, y mi vigor se asienta débilmente sobre mí. En mi juventud, sin embargo, mi fuerza era sumamente grande e incomparable. Ahora solo puedo, con mi propia energía, recorrer hasta aquí. Pero tal salto no traerá éxito a nuestra empresa». Después de esto, saludando al poderoso mono Jambavan, el sabio Angada habló con recto sentido, diciendo: «Puedo cruzar este poderoso centenar de yojanas; pero no hay certeza en cuanto a mi poder de volver». Entonces Jambavan, conocedor del habla, dijo a aquel primero de los monos: «Oh primero de los leoninos, conocemos tu poder de movimiento; eres capaz de recorrer cien mil yojanas, así como de volver. Pero decimos que aun esto es lo que conviene. Hijo mío, el amo no debe ser mandado de ningún modo por sus servidores. Oh primero de los monos, todos estos deben ser mandados por ti. Tú eres nuestra esposa, y (al mismo tiempo) ocupas la posición de nuestro esposo. El amo es la esposa del ejército. Este es el camino del mundo, ¡oh sometedor de enemigos! Oh sometedor de enemigos, tú eres la raíz de este asunto. Por tanto, hijo mío, debes ser siempre mantenido por nosotros como una esposa. La raíz de cualquier obra debe ser preservada. Esta es la política de los versados en negocios. Existiendo la raíz, todas las virtudes, obteniendo fruto, ciertamente alcanzan el éxito. Tú, oh tú cuyo poder es la verdad, eres el instrumento de esta empresa, y, oh sometedor de enemigos, provisto de sentido y vigor, eres la ocasión en ella. Y, oh primero de los monos, tú eres a la vez nuestro superior e hijo de nuestro superior; y acogiéndonos a ti, podemos lograr nuestro objeto». Entonces aquel poderoso mono, Angada, hijo de Vali, respondió al sumamente sabio Jambavan, cuando este hubo hablado: «Si no voy yo, ni ningún otro poderoso mono, entonces deberíamos sin duda sentarnos de nuevo a ayunar hasta la muerte. Sin cumplir el mandato del inteligente señor de los monos, nosotros, encaminándonos allá, no nos veremos con vida. Él es extremo tanto en mostrar favor como en la ira. Desobedeciendo su orden, hallaremos destrucción al ir allá. Y su ira no tomará otro curso. Por tanto, le corresponde a usted, capaz de ver las consecuencias, reflexionar». Así interpelado por Angada, aquel poderoso y heroico mono Jambavan respondió a Angada con excelentes palabras, diciendo: «Ese asunto, oh héroe, no perderá una pluma. Despacharé incluso a aquel que logrará el éxito». Entonces aquel heroico mono ordenó al primero de los monos, el sumamente heroico mono Hanuman, que estaba aparte, convencido (de la sabiduría de la decisión de Jambavan).
Section 66
Al contemplar la hueste de monos que constaba de muchos centenares y millares, abatida, Jambavan habló así a Hanuman: «Oh héroe entre la multitud de monos, mejor de los versados en todas las ramas del saber, que permaneces aparte en silencio, ¿por qué no hablas? Oh Hanuman, tú eres semejante en energía y fuerza, igual a Sugriva, monarca de los monos, y a Rama y Lakshmana. El hijo de Arishtanemi, el poderoso Vainateya, famoso con el sobrenombre de Garutman, es el primero de las aves. Muchas y muchas veces he visto a ese sumamente poderoso, de brazos poderosos, dotado de fuerza de voluntad, levantar serpientes en el océano. La fuerza que hay en sus alas es igual al poder y a la virtud de tu brazo. Tu energía y poderío no son superados por él. Y tu fuerza, y tu entendimiento, tu energía y tu vigor, oh primero de los monos, (son conocidos entre todas las criaturas). ¿Por qué no te dispones tú, provisto de todo lo que es noble o grande, (para esta hazaña)? Aquella primera de las apsaras, la famosa Punjikasthala, más famosa con el nombre de Anjana, es la esposa del mono Kesarin. Famosa por los tres mundos e incomparable en la tierra por virtud de su belleza, por una imprecación, hijo mío, nació en la raza de los monos, capaz de tomar las formas que quería. En cierta ocasión, aquella hija del señor de los monos de alma elevada, Kunjara, dotada de juventud y belleza, adornada con una deliciosa guirnalda y vestida de seda, tomando forma humana, vagaba por la cumbre de una montaña, semejante a una masa de nubes en la estación de las lluvias. Y sucedió que, mientras aquella de ojos amplios estaba de pie en la cumbre del monte, el Viento le hurtó suavemente su elegante paño amarillo de orillas carmesí. Y tuvo una vista de su rostro hermoso y fino, junto con sus pechos bien desarrollados. Y no bien el Viento vio a aquella ilustre de caderas amplias y talle esbelto, y cuyos miembros todos eran encantadores, quedó de lleno vencido por el deseo. Y con todo su cuerpo poseído por Manmatha y privado de sí, el Viento abrazó a aquella irreprochable con sus largos brazos. Entonces, influida por el temor, aquella de excelentes votos dijo: “¿Quién es el que desea poner manos violentas sobre mi castidad?”. Al oír las palabras de Anjana, el Viento respondió: “No te agravio, oh tú de caderas bien formadas. Que no entre el temor en tu corazón. Como, oh famosa doncella, al abrazarte he entrado mentalmente en tu seno, darás a luz a un hijo, inteligente y dotado de poderío. Y, dotado de gran fuerza y poseedor de extrema energía y de vasto vigor, me igualará en saltar y brincar”. Así interpelada, oh poderoso mono, tu madre, oh de brazos largos, oh primero de los monos, te dio a luz en una cueva. Y en aquel poderoso bosque, tú, niño, deseoso de comer, al ver el Sol salido y tomándolo por una fruta, saltaste y brincaste al cielo. Y, oh poderoso mono, yendo tres mil yojanas, tú, herido por su energía, no sentiste pobreza de espíritu. Y, al verte precipitarte por los cielos, oh poderoso mono, Indra, enfureciéndose, arrojó su rayo contra ti. Entonces, rompiéndote la mandíbula izquierda, tú (caíste) sobre la cumbre del monte. Por esta circunstancia, tu nombre ha sido conocido como Hanuman. Al presenciar que te habían rechazado, aquel portador de perfumes mismo, el Viento, que rompe todo ante sí, en cólera no sopló por los tres mundos. Entonces, todos los dioses, señores del universo, influidos por el temor a causa de que el mundo triple se agitaba, empezaron a aplacar al colérico Viento. Y al ser aplacado el Viento, Brahma le otorgó un don, diciendo: “Oh niño, oh tú de verdadero poderío, (tu hijo) será incapaz de ser muerto en la batalla por medio de armas”. Y al verlo no sufrir ningún daño (grave) a consecuencia del impacto del rayo, el de mil ojos, complacido en su alma, concedió también a (ti) un excelente don, oh señor, diciendo: “Tu muerte ocurrirá según tu voluntad”. Tú, dotado de terrible vigor, eres el hijo de Kesarin por su esposa; y, semejante al Viento en energía, has brotado de sus lomos. Tú eres el hijo del Viento, hijo mío, igual a él en el poder de saltar. Ahora estamos sin vida. Y ahora tú, dotado de destreza y vigor, y como otro rey de los monos, estás ante nosotros. En ocasión de que Vishnu envolvió la tierra con tres pasos, yo, oh hijo, había circunvalado la tierra con sus montañas, bosques y selvas veintiuna veces. Entonces, comisionados por los dioses, habíamos reunido plantas anuales que, arrojadas al abismo, hicieron salir la ambrosía tras el batido. En aquel tiempo era grande nuestra fuerza. Pero ahora he envejecido, y mi poderío me ha dejado. Ahora te tenemos a ti, provisto de toda virtud. Por tanto, poseedor de vigor, disponte tú y salta sobre (el océano). Tú eres el más calificado de todos. Toda esta hueste de monos está ansiosa de contemplar tu poderío. Oh formidable mono, ¡levántate! Salta sobre el poderoso océano. Tu movimiento, Hanuman, supera al de todos los seres. Todos los monos están abatidos. ¿Por qué, oh Hanuman, lo pasas por alto? Despliega tu vigor, oh tú dotado de poderoso ímpetu, como Vishnu cruzando los tres mundos en tres pasos». Exhortado por el primero de los monos, aquel famoso por su discurso, aquel mono, el vástago del dios del Viento, alegrando a las huestes de monos, tomó (una) forma (apropiada) para cruzar el océano.
Section 67
Al ver a aquel primero de los monos agrandar su persona para cruzar cien yojanas, y de pronto lleno de energía, (los monos) renunciaron de inmediato a la pena y, llenos de deleite, lanzaron ululatos y se pusieron a elogiar al poderoso Hanuman. Y, atónitos, ellos, (de pie) en derredor, lo contemplaban gozosos; como contemplaron las criaturas a Narayana cuando, extendiendo sus tres pasos, se preparaba (para la hazaña siguiente). Y, elogiado por ellos, el maravilloso y poderoso Hanuman creció; y, blandiendo su cola de gozo, ganó fuerza. Y mientras, ensalzado por los primeros monos ancianos, se llenaba de efulgencia, su belleza era grande. Como un león se llena de vigor en una cueva abierta, así el hijo del dios del Viento se llenó de energía. Y el rostro de él, mientras aquel inteligente se llenaba de fuerza, estaba encendido como una sartén o como fuego sin humo. Levantándose en medio de los monos, Hanuman, con el vello erizado de gozo, saludando a los monos ancianos, dijo: «El Viento, amigo del Fuego, destroza las cumbres de las montañas; y, soplando siempre en el ojo del cielo, está poseído de fuerza y es de (poder) inmensurable. Engendrado de sus lomos, yo soy el hijo del Viento de veloz carrera y de alma elevada, que corre rápido. Soy su igual en todas estas dotes. Puedo, sin detenerme una sola vez, circunvalar mil veces la extensa montaña Meru, que hiende el cielo. Y, golpeando el océano con mis brazos, puedo inundar el mundo con sus montañas, ríos y lagos. Azotado por la fuerza de mis piernas y muslos, ese hogar de Varuna, el mar, del que han brotado los feroces animales acuáticos, desborda sus continentes. Y por una vez que aquel señor de las aves, el vástago de Vinata, que vive de serpientes, recorre el firmamento, yo puedo recorrerlo mil veces. Y puedo tocar al Sol llameante y resplandeciente antes de que, comenzando su jornada desde la colina Naciente, ascienda a la colina Poniente. Y, oh primeros de los monos, puedo, lanzándome con fiereza, volver otra vez sin tocar la tierra. Y puedo saltar más allá de estrellas y planetas, sorber los océanos y hendir la tierra. Y, mono que soy, puedo, saltando, triturar montañas; y, saltando, puedo secar el poderoso océano. Y, cuando salte por el cielo, flores de diversos arbustos y árboles me seguirán hoy. Y entonces mi curso, (moteado de flores), semejará el cielo mismo (tachonado de estrellas). Y, oh monos, entonces todas las criaturas me verán, ya recorriendo el profundo firmamento, ya lanzándome hacia arriba, ya descendiendo a la otra orilla. Semejante al Mahameru, me contemplarán ustedes, oh monos, abriéndome camino, cubriendo el cielo, como si devorara los cielos. Yo, saltando y concentrando mi energía, dispersaré las nubes, sacudiré las colinas y sorberé el océano. La fuerza del hijo de Vinata, o la del dios del Viento, o la mía, (supera la de toda otra criatura). Nadie, salvo el soberano de las aves o el sumamente poderoso Viento, puede seguirme en el vuelo. En un abrir y cerrar de ojos me extenderé por el cielo sin sostén, como el rayo que se lanza de las nubes. Y en el momento de saltar sobre el océano, mi forma semejará la del enérgico Vishnu cuando asumió la energía triple. Percibo por mi inteligencia, (y mi movimiento mental concuerda), que contemplaré a Vaidehi. Por tanto, oh monos, alégrense. En ímpetu semejante a Garuda, iré, concibo, un Ayuta yojanas. Puedo, convocando de pronto energía, traer aquí ambrosía de las mismas manos de Vasava o del propio Brahma. Saltaré de lleno sobre Lanka. Esta es mi impresión». Llenos de deleite, los monos allí, asombrados, ven a aquel primero de los monos, dotado de inmensurable poder, que ruge. Y, al oír su discurso, capaz de quitar la pena de los parientes, aquel mejor de los monos, Jambavan, transportado de gozo, dijo: «¡Oh héroe! ¡Oh hijo de Kesarin! ¡Oh vástago del Viento! La enorme pena de tus parientes ha sido destruida por ti, hijo mío. Y estos primeros de los monos reunidos, que desean tu bienestar, llevarán a cabo con ánimo atento actos que propicien tu dicha, de modo que tengas éxito en tu empresa. Y por la gracia de los santos, y con el permiso de los monos ancianos, y por la bendición de los superiores, salta tú sobre el poderoso océano. Hasta que regreses, nos mantendremos sobre una pierna. Las vidas de todos estos moradores del bosque irán contigo». Entonces aquel mono semejante a un tigre dijo a aquellos moradores de los bosques: «Nadie en este mundo sería capaz de sostener mi ímpetu en el acto de saltar. Aquí están estas cumbres, firmes y espaciosas, de esta montaña, el Mahendra, frecuentadas por riscos. Me lanzaré hacia delante desde estas cumbres del Mahendra, salpicadas de árboles y adornadas con masas de mineral. Y cuando salte sobre cien yojanas, estas poderosas cumbres sostendrán mi ímpetu». Entonces aquel igual al Viento, ese mono, el hijo del dios del Viento, aplastador de enemigos, ascendió aquel primero de los montes, el Mahendra, cubierto de diversos árboles y flores, provisto de céspedes, recorrido por ciervos, que contiene plantas y flores, con árboles que dan frutos y flores a diario; que tiene tigres y leones y elefantes enfurecidos; que bulle de aves enloquecidas y abunda en fuentes. Ascendiendo (el Mahendra), aquel primero de los monos, dotado de extrema fuerza y semejante a Mahendra mismo en poderío, empezó a recorrer de una poderosa cumbre a otra. Entonces, golpeada por los brazos de aquel de alma elevada, aquella poderosa montaña empezó a gritar, como un poderoso elefante enloquecido atormentado por un león. Y el agua brotó de las masas de rocas esparcidas en derredor. Y aquella poderosa montaña tenía a sus ciervos y elefantes afligidos de espanto; y sacudidos sus árboles gigantes; y sus espaciosas altiplanicies abandonadas por varias parejas de gandharvas ocupados en beber y retozar, y por las aves que huían, y por bandadas de vidyadharas; y sus enormes serpientes angustiadas, y sus acantilados y picos desplomándose. Y con sus serpientes que silbaban, con los cuerpos medio salidos (de sus agujeros), la montaña parecía resplandecer con estandartes desplegados. Y el montón de riscos abandonado por santos agitados de temor y turbación se veía lastimoso, como un caminante dejado en un vasto bosque por sus compañeros. Y aquel inteligente, de gran alma y heroico mono, destructor de héroes hostiles, dotado de velocidad, concentrando su alma en su energía, fue mentalmente a Lanka.