Kanda 7 of 7
Translated by Classica Labs bots.
Uttara Kanda
Section 1
Muertos los rakshasas, todos los ascetas, con el fin de felicitar a Raghava, vinieron a Rama cuando hubo recobrado su reino. Kausika, y Yavakrita, y Gargya, y Galava, y Kanva, hijo de Medhatithi, que habitaban en el oriente, (vinieron allí); y el reverendo Svastyatreya, y Namuchi, y Pramuchi, y Agastya, y el venerable Atri, y Sumukha, y Vimukha, que habitaban en el sur, vinieron en compañía de Agastya. Y Nrishadgu, y Kahashi, y Dhaumya, y aquel poderoso sabio, Kauseya, que moraban en la región occidental, vinieron allí acompañados de sus discípulos. Y Vasishtha, y Kasyapa, y Atri, y Visvamitra, con Gautama, y Jamadagni, y Bharadwaja, y también los siete sabios que residían para siempre en la región septentrional, (vinieron allí). Y al llegar a la residencia de Raghava, aquellos de alma elevada, semejantes al fuego en resplandor, se detuvieron a la puerta, con la intención de comunicar su llegada (a Rama) por medio del portero. Y aquel primero de los ascetas, el justo Agastya, versado en diversas ramas del saber y conocedor de los Vedas junto con sus ramas, se dirigió al portero, diciendo: «Di al hijo de Dasaratha que nosotros, los sabios, hemos venido (aquí)». Entonces, por las palabras de Agastya, el portero, rápido y ligero, se presentó con celeridad ante Raghava, de alma elevada. Y aquel versado en la política y en las expresiones de las emociones, de dignas maneras, dotado de capacidad y de paciencia, viendo rápidamente a Rama, semejante a la luna llena en brillo, le comunicó la llegada de aquel supremo de los santos, Agastya. Oyendo de la llegada de los ermitaños, que poseían la refulgencia del sol recién salido, él respondió al portero, diciendo: «Hazlos pasar, atendiendo a su comodidad». Y viendo ante sí a los ascetas, Rama, con las manos juntas, adoró sus pies con arghyas, y con respeto consagró una vaca a cada uno, y saludándolos con mente recogida, mandó (traer) asientos (para los santos). Y habiéndose sentado, según su rango, en asientos espléndidos y soberbios de kusa o de pieles de ciervo bordadas de oro, aquellos primeros de los sabios, aquellos poderosos santos, versados en los Vedas, junto con sus discípulos y caudillos, habiendo sido (antes) preguntados por su bienestar, se dirigieron a Rama, diciendo: «Oh hijo de Raghu, oh usted, de brazos poderosos, el bienestar completo es nuestro. Por buena suerte lo vemos a usted afortunado, acabados todos sus enemigos. Por buena suerte, oh rey, Ravana, destructor de las criaturas, ha sido muerto por usted. Por cierto, oh Rama, no fue gran cosa para usted (matar) a Ravana junto con sus hijos y nietos. Provisto de su arco, puede usted, sin duda, destruir los tres mundos mismos. Por buena fortuna, oh Rama, Ravana, junto con sus hijos y nietos, ha sido muerto por usted. Por buena fortuna lo vemos hoy victorioso junto con Sita, y, oh usted, de alma justa, con su hermano Lakshmana, que (siempre) procura el provecho de usted. (Por buena fortuna), oh rey, lo contemplamos hoy en compañía de sus madres y de sus hermanos. Por buena fortuna aquellos vagabundos de la noche, Prahasta, y Vikata, y Virupaksha, y Mahodara, y el invencible Akampana, han sido todos muertos (por usted). Por buena fortuna, oh Rama, aquel que no tiene en la tierra a nadie de proporciones mayores que las suyas, Kumbhakarna mismo, fue derribado (por usted). Por buena suerte, oh Rama, aquellos sumamente poderosos vagabundos de la noche, Trisiras, y Atikaya, y Devantaka, y Narantaka, han sido muertos por usted. Por buena suerte usted se enfrentó en combate cuerpo a cuerpo con aquel primero de los rakshasas, imposible de matar aun para los celestiales, y alcanzó (al fin) la victoria. Vencer a Ravana en la batalla fue (para usted) poca cosa; pero es una buena fortuna que el hijo de Ravana, que se le había enfrentado en combate, haya sido muerto (por usted) en la batalla. Por buena fortuna usted, oh de brazos poderosos, fue liberado de (las ataduras de) aquel enemigo de los celestiales, cuya carrera se asemejaba a la del Tiempo, y alcanzó también la victoria. Al oír de la destrucción de Indrajit, lo felicitamos (por su éxito). Él era imposible de matar por todas las criaturas, y en la batalla poseía grandes poderes de ilusión. Al oír que Indrajit fue muerto, el asombro se ha apoderado de todos nosotros. Habiéndonos otorgado esta santa libertad del miedo, oh Kakutstha, oh sometedor de enemigos, usted, por buena fortuna, crecerá en victoria». Oyendo el discurso de los ascetas de almas santas, Rama, cayendo bajo el influjo de un poderoso asombro, dijo con las manos juntas: «Venerables, ¿por qué, pasando por alto a aquellos sumamente poderosos, Kumbhakarna y el vagabundo de la noche Ravana, alaban ustedes al hijo de Ravana? ¿Por qué, pasando por alto a Mahodara, y a Prahasta, y al rakshasa Virupaksha, y a Matta, y a Unmatta, y a los irreprimibles Devantaka y Narantaka, formidables héroes todos, ensalzan ustedes al hijo de Ravana? ¿Y por qué, pasando por alto a Atikaya, y a Trisiras, y a Dhumraksha, aquel vagabundo de la noche, todos dotados de excesivo poderío, ensalzan ustedes al hijo de Ravana? ¿Cuál era su poderío? ¿Y cuál su fuerza? ¿Y cuál su poder? ¿Y en virtud de qué causa superó a Ravana? Si puedo oírlo debidamente, (díganmelo). De ningún modo se lo mando. Si la cosa admite ser revelada, quisiera oírla. Les ruego que hablen. ¿Cómo fue vencido Sakra por él, y cómo obtuvo además el don? ¿Y cómo fue poderoso el hijo, y no su padre, Ravana? ¿Cómo pudo aquel rakshasa, superando a su padre, conquistar a Sakra en poderoso encuentro, y cómo obtuvo el don? Oh primero de los ermitaños, revéleme usted hoy todo esto a mí, que (lo) pregunto».
Section 2
Oyendo aquellas palabras suyas, el sumamente enérgico Kumbhayoni habló como sigue: «Atendiendo a su (de Indrajit) energía y poderío, te referiré la historia de su raza, a la luz de la cual percibirás por qué el hijo de Ravana había sido capaz de matar a sus enemigos, pero no podía él mismo ser muerto por ellos. Te describiré, oh Raghava, la raza y el nacimiento de Ravana, así como el don que le había sido conferido.
«Antiguamente, en la edad Krita, oh Rama, hubo un brahmarshi, señor (de las criaturas), hijo de Prajapati y semejante al ser mismo del Gran Padre. Sus virtudes, nacidas de la rectitud y de la excelencia de carácter, están por encima de toda descripción; solo puedo decir que, en verdad, era conocido por el nombre de hijo de Prajapati. En verdad, por ser hijo de Prajapati, era el predilecto de las deidades; así como, en virtud de sus inmaculadas perfecciones, aquel de gran alma era amado de todas las criaturas. Y con una misión religiosa, aquel primero de los ascetas, yendo a la ermita de Trinavindu, junto al poderoso monte Meru, fijó allí su morada. Y con los sentidos concentrados en el estudio de los Vedas, aquel de alma justa, yendo a la ermita, practicaba austeridades; pero sus ritos religiosos eran perturbados por ciertas muchachas. Y las hijas de los sabios y de los pannagas y las de los rajarshis, así como las de las apsaras, llegaban jugando a aquella región. Y por ser propicia allí toda estación y también por la belleza del bosque, las doncellas, acudiendo a este lugar, se solazaban siempre allí. Y a causa de la belleza de aquella región, aquellas mozas, llegando adonde estaba aquel dos veces nacido, Pulastya, solían cantar, tocar instrumentos y danzar; y así aquellas intachables beldades perturbaban los ritos de aquel ermitaño que practicaba austeridades. Con ello el poderoso asceta, enfureciéndose, dijo: “La que entre en mi vista concebirá”. Oyendo las palabras del de alma elevada, (las doncellas), temerosas de la maldición de un brahmán, dejaron de frecuentar aquel lugar. Pero la hija de Trinavindu no había oído nada de todo esto; y, yendo a la ermita, la recorrió sin miedo. Y no vio allí a ninguna de sus compañeras venida a aquel lugar. Y en aquel momento aquel sumamente enérgico y poderoso sabio, el hijo de Prajapati, con el alma santificada por el ascetismo, estaba ocupado en el estudio del Veda. Y oyendo los sonidos de la recitación védica y viendo a aquel depósito de ascetismo, su cuerpo palideció, y se mostraron en ella señales de preñez. Y viendo que aquel mal le sobrevenía, se llenó de ansiedad; y, comprendiendo la situación, dijo: “¿Qué es esto?”. Y, yendo a la ermita de su padre, se quedó allí. Y viéndola en esta condición, Trinavindu dijo: “¿Por qué tu figura es distinta de lo que solía ser?”. Con ello, con aire afligido y con las manos juntas, su hija respondió a aquel que tenía el ascetismo por riqueza: “Oh padre, no conozco causa alguna por la que haya llegado a este aspecto. Pero, buscando a mis compañeras, había ido antes, sola, a la noble ermita del Maharshi Pulastya, de espíritu purificado. Pero no encontré allí a ninguna compañera que hubiera ido allá. Y viendo este cambio a peor de mi forma, he venido aquí por miedo”. Con ello el rajarshi Trinavindu, que tenía una viva refulgencia por el ascetismo, entró en contemplación y vio la consecuencia del acto del sabio. Y llegando a conocer aquella maldición del Maharshi de espíritu purificado, él, tomando a su hija, fue a Pulastya y dijo: “Oh venerable, oh poderoso sabio, acepte usted a esta hija mía, adornada de sus perfecciones nativas, que por sí misma ha venido a usted como limosna. Ella, sin duda, lo atenderá constantemente a usted, que practica el ascetismo y tiene los sentidos fatigados”. Cuando aquel virtuoso (sabio) hubo dicho esto, el dos veces nacido, deseoso de aceptar a la muchacha (tras los debidos ritos nupciales), dijo al rajarshi: “¡Bien!”. Habiendo entregado a su hija, el rey volvió a su ermita; y la muchacha se quedó allí, complaciendo a su esposo con sus virtudes. Y aquel mejor de los ascetas quedó complacido con su carácter y su conducta. Y bien complacido (con ella), aquel sumamente enérgico dijo: “Oh tú, de bien formadas caderas, bien complacido estoy contigo y con tu riqueza de méritos, y por tanto, oh excelsa, te otorgaré hoy un hijo semejante a ti misma, que perpetuará ambas líneas, siendo célebre como Paulastya. Y puesto que habías oído el Veda recitado por mí, sin duda se llamará Visrava”. Así interpelada, aquella noble doncella, con el alma llena de deleite, en poco tiempo dio a luz a su hijo Visrava, famoso en los tres mundos y provisto de virtud y fama; versado en los Vedas, de espíritu imparcial y siempre ocupado en observar votos. Y el asceta Visrava estaba provisto de ascetismo como su padre».
Section 3
«Y el hijo de Pulastya, aquel primero de los ascetas, Visrava, en poco tiempo se ocupó en el ascetismo como su padre. Y era veraz, de excelente carácter y de sentidos dominados; estaba siempre ocupado en el estudio de los Vedas; era de espíritu santificado; no era adicto a ninguno de los placeres de la vida y era siempre estudioso de la religión. Enterado de su conducta, aquel poderoso asceta, Bharadwaja, dio a Visrava por esposa a su propia hija, Devavarnini. Y habiendo desposado religiosamente a la hija de Bharadwaja, aquel primero de los ascetas, Visrava, concibiendo el más alto deleite, comenzó a reflexionar sobre el bien de su descendencia con una inteligencia concentrada en ella. Y en ella aquel conocedor de la rectitud engendró un hijo sumamente maravilloso, dotado de energía y adornado con todas las cualidades de Brahma. Habiendo nacido él, su abuelo se regocijó, y, notando la provechosa inteligencia (del niño, pensó que) sería el señor de las riquezas. Y bien complacido, (Pulastya), en compañía de los devarshis, (pensó): “Puesto que este es vástago de Visrava y se asemeja al mismo Visrava, deberá ser conocido por el nombre de Vaisravana”. Y luego el sumamente enérgico Vaisravana, yendo al bosque del ascetismo, creció (en poder) como un fuego alimentado con oblaciones sacrificiales. Y mientras estaba en la ermita, aquel de alma elevada pensó: “Practicaré la suprema rectitud: en verdad la virtud es el camino supremo”. Y durante mil años él, con los sentidos dominados, practicó rígidas austeridades en aquel poderoso bosque, observando (todo el tiempo) las más rigurosas restricciones. Y cumplidos mil años, observó por turno las reglas relativas a cada plazo: (primero) viviendo de agua, (luego) de aire y (por último) sin alimento alguno. Así pasaron mil años como uno solo. Y entonces el sumamente enérgico Brahma, junto con Indra y los celestiales, llegando a aquella ermita, se dirigió (a Vaisravana), diciendo: “Oh hijo, estoy bien complacido contigo por esta acción tuya, oh tú, de excelentes votos. ¡Que la fortuna te sea propicia!: pide el don (que quieras), pues, oh tú, de gran alma, eres digno de un don”. Entonces Vaisravana dijo al Gran Padre, que estaba presente: “Oh reverendo, anhelo el poder de sustentar y proteger a las gentes”. Con ello Brahma, junto con las deidades, dijo alegremente con espíritu complacido: “¡Muy bien! Estoy a punto de crear el cuarto de los Protectores de las criaturas, tras Yama, Indra y Varuna, la posición que tú buscas. Alcánzala, oh tú, conocedor de la rectitud; recibe la posición de señor de las riquezas. Serás el cuarto entre Sakra, el señor de las aguas, etcétera. Y toma por vehículo este carro llamado Pushpaka, semejante al Sol mismo, y elévate así a la igualdad con los celestiales. ¡Que la fortuna te sea propicia! (Ahora) volveremos al lugar de donde habíamos venido, habiendo, hijo mío, cumplido mi deber y otorgado a ti la pareja de dones”. Habiendo dicho esto, Brahma, junto con los celestiales, fue a sus propias regiones. Habiéndose marchado a las regiones celestiales las deidades con Brahma a la cabeza, el señor de la riqueza, dueño de sí, de sentidos sometidos, con las manos juntas habló a su padre, diciendo: “Oh reverendo, he recibido del Gran Padre el don deseado, pero el excelso señor de las criaturas no me ha fijado morada alguna. Por tanto, oh señor, búsqueme usted alguna morada donde ninguna criatura pueda caer en desgracia”. Así interpelado por su hijo, aquel mejor de los ascetas, Visrava, habló, oh justo: “¡Escucha, oh excelente! En la orilla del mar del Sur hay un monte llamado Trikuta. En su cumbre hay una hermosa y amplia ciudad construida por Visvakarma, llamada Lanka, semejante a la ciudad misma del gran Indra, destinada a morada de los rakshasas, como la Amaravati de Indra. Allí, en Lanka, reside en verdad. Aquella pintoresca ciudad está rodeada por una muralla de oro y un foso, y provista de máquinas y armas; y tiene puertas de oro y lapislázuli. Antiguamente fue abandonada por los rakshasas, afligidos por el miedo a Vishnu; y quedó vacía de enjambres de rakshasas, que se habían ido a las regiones inferiores. Ahora Lanka está vacía, y no hay nadie que la señoree. Ve allá, hijo mío, a tu sabor, a hacer tu morada. Tu estancia allí no hallará tropiezo, y no ocurrirá allí perturbación de ninguna clase”. Oyendo el justo discurso de su padre, aquel de alma virtuosa, junto con millares de rakshasas regocijados y gozosos, comenzó a residir en Lanka, situada en lo alto del monte. En poco tiempo (Lanka), bajo su gobierno, abundó (en riqueza). Y aquel primero de los nairritas, el justo hijo de Visrava, bien complacido, moraba en Lanka, que tenía al Océano por foso. A veces el señor de las riquezas, de alma justa, montado en el Pushpaka, visitaba con humilde porte a su padre y a su madre. Y celebrado con himnos por huestes de deidades y gandharvas, con su mansión adornada por la danza de las apsaras, y flotando sobre rayos como el sol mismo, aquel soberano de las riquezas iba a su padre».
Section 4
Oyendo las palabras pronunciadas por Agastya, Rama se preguntó cómo antiguamente se habían engendrado rakshasas en Lanka. Y entonces, sacudiendo la cabeza, él, presa de asombro, mirando un momento a Agastya, se dirigió a Agastya, semejante al fuego, diciendo: «Oh venerable, al oír sus palabras de que antiguamente Lanka había estado en posesión de los devoradores de carne, me ha invadido un gran asombro. Habíamos oído que los rakshasas habían nacido en la raza de Pulastya. Pero ahora usted ha dicho que deben su origen a otra fuente. ¿Pero eran ellos más poderosos que Ravana, Kumbhakarna, Prahasta, Vikata y los hijos de Ravana? ¿Quién fue su progenitor? ¿Y cuál era el nombre de aquel de terrible fuerza? ¿Y por qué transgresión fueron expulsados por Vishnu? Todo esto, oh sin pecado, cuéntemelo en detalle, y disipe mi deseo de saber como el sol disipa la oscuridad».
Oyendo las palabras de Raghava, hermosas y cargadas de frase y período pulidos, Agastya, presa de sorpresa, dijo a Raghava: «El señor de las criaturas, nacido del agua, creó primero el agua. Y el nacido del loto engendró criaturas para proteger aquel elemento. Y entonces aquellas criaturas se presentaron humildemente ante el creador, diciendo: “¿Qué haremos? Estamos duramente probadas por el hambre y la sed”. El señor de las criaturas, riendo, se dirigió a ellas, diciendo: “Oh hombres, guarden cuidadosamente esta (agua)”. Con ello unos dijeron “Rakshama”, y otros “Yakshama”. Así interpelado por aquellos afligidos por el hambre y la sed, el creador dijo: “Los de entre ustedes que han dicho ‘Rakshama’ serán rakshasas; y los de entre ustedes que han dicho ‘Yakshama’ serán yakshas”. Y nacieron los hermanos, sometedores de enemigos, Heti y Praheti, señores de los rakshasas, semejantes al mismo Madhu-Kaitabha. Praheti, que era justo, se fue al bosque del ascetismo. Y Heti se esforzó al máximo por tomar esposa. Y aquel de gran alma y de alma inconmensurable desposó a la sumamente terrible hermana de Kala, llamada Bhaya. Y en ella Heti, el primero de los rakshasas y el mejor de los que tienen hijos, engendró un hijo conocido como Vidyutkesa. Y el hijo de Heti, el sumamente enérgico Vidyutkesa, que poseía el esplendor del sol, creció como un loto en el agua. Y cuando aquel vagabundo de la noche llegó a la debida juventud, su padre volvió su atención hacia su matrimonio. Y aquel mejor de los rakshasas, Heti, en interés de su hijo, pidió la mano de la hija de Sandhya, semejante a Sandhya misma en potencia. Sandhya, reflexionando que por fuerza había de ser entregada por ella, la otorgó a Vidyutkesa, oh Raghava. Habiendo obtenido a la hija de Sandhya, el vagabundo de la noche Vidyutkesa se solaza con ella como Maghavan con la hija de Puloma. Y sucedió que, al cabo de un tiempo, oh Rama, Salakatankata quedó encinta de Vidyutkesa, como las nubes son provistas de agua por el Océano. Y luego, yendo al Mandara, la rakshasi dio a luz a su hijo, que tenía el esplendor de las nubes cargadas de lluvia, como la Ganga había dado a luz al hijo engendrado por el Fuego. Y habiendo dado a luz a su vástago, se entregó de nuevo a solazarse con Vidyutkesa. Y entonces, abandonando a su hijo, comenzó a solazarse con su esposo; y el niño, que tenía sonidos semejantes al retumbar de las nubes, fue abandonado (por su madre). Y abandonado por ambos, el infante, provisto del brillo del sol otoñal, metiéndose el puño cerrado en la boca, comenzó a llorar quedamente. Y sucedió que, viajando con Parvati, Siva, montado en su toro por las regiones aéreas, oyó los sonidos del llanto. Y junto con Uma vio al hijo del rakshasa mientras lloraba. Y enviado por Parvati, cuyo corazón se movió a compasión, Bhava, destructor de Tripura, hizo que aquel vástago del rakshasa alcanzara la edad de su madre y le confirió la inmortalidad. Y para procurar el placer de Parvati, Mahadeva, indestructible e imperecedero, otorgó (al rakshasa) el poder de recorrer el aire. Y, oh hijo del rey, Uma también otorgó un don: “En adelante las rakshasis concebirán en un día, darán a luz en un día, y el niño en un día alcanzará la edad de su madre”. Y entonces el grande y de gran alma Sukesa, envanecido por haber recibido los dones, habiendo obtenido la buena ventura de manos del señor Hara, comenzó a recorrer todas partes, como Purandara al haber obtenido el cielo».
Section 5
«Viendo a Sukesa justo y provisto del don, un virtuoso gandharva llamado Gramani, de la refulgencia del fuego, que tenía una hija llamada Devavati, semejante a una segunda Sri, famosa en los tres mundos y dotada de belleza y juventud, se la otorgó a Sukesa, como si hubiera otorgado a la diosa de la fortuna de los rakshasas. Y como una persona indigente al obtener riqueza, Devavati, al obtener a su amado esposo, opulento por haber recibido el don, se regocijó (grandemente). Y en su compañía, aquel vagabundo de la noche aparecía apuesto, como un poderoso elefante nacido de Anjana en compañía de una elefanta. A su debido tiempo Sukesa, oh Raghava, engendró (en ella) tres hijos semejantes a los tres Fuegos. Y aquel señor de los rakshasas engendró (en ella) tres hijos semejantes a sus tres ojos: los rakshasas Malyavan, Sumali y aquel primero de los fuertes, Mali; semejantes todos a los tres mundos que se poseen en calma; como los tres Fuegos establecidos; fieros como tres conjuros, temibles como tres enfermedades nacidas respectivamente del Aire, la Bilis y la Flema mórbidos. Y los hijos de Sukesa, que tenían la energía de los tres Fuegos, crecieron como una enfermedad que ha sido desatendida. Y sabiendo que su padre había recibido un don en virtud de su poder procedente del ascetismo, los hermanos, firmemente resueltos, fueron al Meru a practicar penitencias. Y adoptando rígidas restricciones, los rakshasas, oh el mejor de los reyes, emprendieron austeridades terribles, capaces de despertar el miedo de todos los seres. Y practicando penitencias raras en la tierra, con verdad, sinceridad y dominio de sí, afligieron a los tres mundos con dioses, asuras y seres humanos. Entonces aquel señor, el de cuatro rostros, situado en un soberbio carro, se dirigió a los hijos de Sukesa, diciendo: “Estoy dispuesto a otorgarles dones”. Sabiendo que Brahma, rodeado de Indra y de los demás celestiales, estaba listo para otorgar dones, ellos, con las manos juntas, dijeron, temblando como árboles: “Oh dios, que ha sido adorado mediante el ascetismo, si se propone usted conferirnos un don, que seamos invencibles, capaces de matar a los enemigos, inmortales, señoriales y siempre consagrados unos a otros”. Con ello, diciendo “Así sea” a los hijos de Sukesa, el señor Brahma, que (siempre) quiere con afecto a los brahmanes, fue a las regiones de Brahma. Oh Rama, habiendo obtenido los dones, aquellos vagabundos de la noche, vueltos intrépidos por haberles sido conferido el don, comenzaron a perturbar a los celestiales y a los asuras. Y como hombres que moran en el infierno, los celestiales, los charanas y las huestes de sabios, hostigados (por los rakshasas), no hallaban libertador alguno. Y entonces, oh primero de los Raghus, los rakshasas, reunidos, dijeron gozosamente al imperecedero Visvakarma, príncipe de los artífices: “Tú, por tu propia energía, eres el arquitecto de los grandes dioses, dotado de energía, poderío y fuerza. Constrúyenos, oh tú, de gran alma, un edificio a nuestro gusto junto al Himavan, o el Meru, o el Mandara. Y levántanos una magnífica mansión semejante a la mansión misma de Mahesvara”. Con ello Visvakarma, el de brazo poderoso de los rakshasas, les habló de un edificio semejante a la Amaravati de Sakra: “En la orilla del mar del Sur hay una montaña llamada Trikuta. Hay también una segunda llamada Suvela, oh señores de los rakshasas. En el pico central de aquella montaña semejante a las nubes, inaccesible aun para las aves del aire, los cuatro lados han sido tallados con huesos. Si ustedes lo desean, puedo construir (allí) la ciudad de Lanka, de treinta yojanas de anchura y ciento de largo, rodeada por una muralla de oro y provista de puertas de oro. Moren en ella, oh irreprimibles, oh primeros de los rakshasas, como los celestiales con Indra al llegar a Amaravati. Y ocupando la ciudadela de Lanka, respaldados por innumerables rakshasas, serán invencibles para los enemigos y capaces de destruirlos”. Oyendo el discurso de Visvakarma, aquellos primeros de los rakshasas, acompañados de millares de seguidores, fueron al palacio y se establecieron en él, que tenía una fuerte muralla y un foso y abundaba en centenares de edificios de oro. Y obteniendo Lanka, los vagabundos de la noche, sumamente regocijados, comenzaron a morar en ella. En este tiempo, oh Raghava, vivía a su placer una gandharvi llamada Narmada. Oh hijo de Raghu, tenía tres hijas semejantes en esplendor a Sri, Hri y Kirti. Y aunque no era ella misma rakshasi, casó gustosa con los rakshasas, empezando por la mayor, a sus hijas de rostros semejantes a la luna llena. Y bajo la influencia de la estrella Bhagadaivata, aquellas tres excelsas hijas de una gandharvi fueron otorgadas respectivamente por su madre a los tres rakshasas eminentes. Y habiéndose desposado, oh Rama, los hijos de Sukesa comenzaron a solazarse con sus esposas, como los celestiales se solazan con las apsaras. La hermosa esposa de Malyavan se llamaba Sundari. En ella engendró, entiéndelo, a quienes siguen: Vajramushti, y Virupaksha, y el rakshasa Durmukha, y Saptaghna, y Yajnakopa, y Matta y Unmatta; y, oh Rama, nació también de Sundari una hermosa hija, Anala. Y la esposa de Sumali, de rostro semejante a la luna llena, llamada Ketumati, le era más querida que su propia vida. Oh poderoso rey, conoce por orden la descendencia que engendró Sumali en Ketumati: Prahasta, y Kampana, y Vikata, y Kalikamukha, y Dhumraksha, y Danda, y el formidable Suparsva, y Samhradi, y Praghasa, y el rakshasa Bhasakarna, y Raka, y Pushpotkata, y Kaikasi, de luminosas sonrisas, y Kumbhinasi: estos son conocidos como la descendencia de Sumali. Mali tenía por esposa a una elegante gandharvi, de ojos semejantes a pétalos de loto, de hermoso aspecto y semejante a la más magnífica de todas las yakshis. Escúchame, oh señor, mientras te menciono, oh Raghava, la descendencia que el hermano menor de Sumali engendró en ella: Anala, y Nila, y Sampati. Estos vagabundos de la noche, hijos de Mali, fueron los cortesanos de Vibhishana. Y aquellos tres primeros de los rakshasas, acompañados de centenares de hijos, vagabundos de la noche todos, envanecidos por su inconmensurable poderío, comenzaron a hostigar a los sabios, a las serpientes, a los yakshas y a los celestiales con Indra (a la cabeza). E imposibles de enfrentar (en la batalla), semejantes a la Muerte misma en energía, maravillosamente envanecidos por haberles sido conferido el don, recorriendo el mundo como el Viento, estaban siempre ocupados en perturbar los sacrificios (de los sabios)».
Section 6
«Así afligidos, las deidades, los sabios y los ascetas, llenos de miedo, buscaron la protección de aquel dios de los dioses, Mahesvara, creador y destructor del cosmos, no nacido, de forma inmanifiesta, sostén de todas las criaturas, digno de ser adorado y supremo preceptor (de todos). Y llegando a aquel enemigo de Kama y adversario de Tripura, la (Deidad) de tres ojos, los dioses, con la voz temblorosa de miedo, le expusieron con las manos juntas: “Oh reverendo, las criaturas del señor de las criaturas están siendo (duramente) atormentadas por los hijos de Sukesa, dados a hostigar a sus enemigos, hinchados de insolencia a causa del don que les confirió el Gran Padre. Nuestras ermitas, que constituían nuestros refugios, han sido despojadas de su poder de dar amparo; y expulsando a las deidades de las regiones etéreas, ellos se solazan allí como los inmortales. ‘¡Soy Vishnu!’, ‘¡Soy Rudra!’, ‘¡Soy el rey de los celestiales!’, ‘¡Soy Yama!’, ‘¡Soy Varuna!’, ‘¡Soy la Luna!’, ‘¡Soy el Sol!’: lisonjeándose de este modo, Mali y Sumali y el rakshasa Malyavan, así como los que van delante de ellos, están molestando (a los dioses), respirando exaltación de ánimo marcial. Por tanto, oh dios, le corresponde librarnos del miedo, a nosotros, que hemos sido grandemente atormentados por él. Tomando su forma terrible, mate a las espinas de los celestiales”. Así interpelado por los inmortales en masa, aquel señor, Kapardi, de color rojo azulado, reflexionando que sería injusto para él destruir a Sukesa (con sus propias manos), habló a los dioses: “No los mataré, oh dioses; no pueden ser muertos por mí. Pero les revelaré el modo en que serán destruidos. Ustedes, oh Maharshis, en el ardor de este asunto, busquen el amparo de Vishnu. Aquel señor los matará”. Con ello, saludando a Mahesvara con los sonidos de Jaya, (los celestiales), afligidos por el miedo a los vagabundos de la noche, se presentaron ante Vishnu. E inclinándose ante el dios que lleva la caracola, el disco y la maza, y rindiéndole alto homenaje, ellos, grandemente turbados, le hablaron de los hijos de Sukesa, diciendo: “Oh dios, en virtud del don (que les ha sido otorgado), los tres hijos de Sukesa, semejantes a los tres fuegos, asaltándonos, nos han privado de nuestra morada. Hay una ciudad llamada Lanka, situada en lo alto del Trikuta, (sumamente) difícil de entrar. Tomando posición en aquel lugar, los vagabundos de la noche nos persiguen en masa. Destrúyalos usted, oh matador de Madhu, para nuestro bien. Hemos buscado su amparo. Sea nuestro refugio, oh primero de los celestiales. Dedique a Yama los lotos de sus rostros, cortados (en pedazos) con su disco. Fuera de usted, no tenemos a nadie que pueda infundirnos valor cuando estamos atormentados por el espanto. Mate en el encuentro a los envanecidos rakshasas junto con sus secuaces; y así como el sol seca el rocío, disipe este miedo nuestro”. Así interpelado por las deidades, aquel dios de los dioses, Janardana, que trae el miedo a los enemigos, animando a los celestiales, les dijo: “Conozco al rakshasa Sukesa como envanecido por el don otorgado por Isana. Y conozco también a sus hijos, de los cuales Malyavan es el mayor. A aquellos peores de los rakshasas que han atropellado la dignidad de ustedes, los mataré (en la batalla) lleno de ira; por tanto, oh dioses, tengan buen ánimo”. Así interpelados por el poderoso Vishnu, los dioses, sumamente regocijados, fueron a sus respectivas regiones, ensalzando a Janardana.
«Y oyendo de la actividad de los celestiales, el vagabundo de la noche Malyavan se dirigió a sus heroicos hermanos, diciendo: “Los inmortales y los sabios, yendo a Sankara, dijeron estas palabras, deseosos de nuestra destrucción: ‘Los terribles hijos de Sukesa, envanecidos e hinchados a causa de su fuerza, que fluye del don, nos contrarían a cada paso. Hemos sido dominados por los rakshasas. Y, oh señor de las criaturas, por miedo a aquellos malvados no podemos permanecer en nuestros propios hogares. Por tanto, para hacernos bien, destrúyalos usted, oh el de tres ojos; y, oh el mejor de los que consumen, abráselos con sus rugidos’. Así interpelado por las deidades, el matador de Andhaka, oyendo su discurso, dijo, sacudiendo la cabeza y las manos: ‘Oh dioses, los hijos de Sukesa no pueden ser muertos por mí en la batalla. Pero les diré el medio por el cual pueden ser muertos. Busquen el amparo de aquel que lleva el disco y la maza en las manos y que viste un atuendo amarillo, de Janardana, Hari, el auspicioso Narayana’. Habiendo recibido este consejo de Hara, ellos, rindiendo reverencia a aquel enemigo de Kama, llegaron a la morada de Narayana y se lo comunicaron todo. Entonces Narayana habló a los celestiales con Indra a la cabeza: ‘Mataré a aquellos enemigos de los celestiales. ¡Oh dioses, desechen todo miedo!’. Oh primeros de los rakshasas, Hari prometió a los atemorizados celestiales que nos mataría. Por tanto, piensen ustedes en lo que conviene. Hiranyakasipu encontró la muerte (a manos de Hari), así como otros enemigos de los inmortales. Y Namuchi, y Kalanemi, y aquel primero de los héroes, Samhrada, y Radheya, y Vahumayi, y el virtuoso Lokapala, y Yamala, y Arjuna, y Hardikya, y Sumbha y Nisumbhaka, asuras y danavas dotados de fuerza y poseedores de terrible poderío, todos estos, de quienes, venidos al campo, nunca se había oído que fueran vencidos, que habían ejecutado centenares de sacrificios, que eran muy diestros en la ilusión, que eran versados en toda rama del saber y que eran el terror de sus enemigos, han sido destruidos por centenares y por millares por Narayana. Sabiendo esto, les corresponde hacer lo que conduzca al provecho de todos. Es dura tarea vencer a Narayana, que desea matarnos”. Con ello Sumali y Mali, oyendo las palabras de Malyavan, dijeron a su hermano mayor, como los Asvins que se dirigen a Vasava: “Hemos estudiado, ejecutado sacrificios, practicado la caridad y obtenido riquezas; y alcanzando larga salud y larga vida, hemos establecido en nuestro camino la rectitud genuina. Y con brazos que se hunden en el mar de los celestiales, hemos conquistado a nuestros enemigos sin rival. Por tanto, no tenemos miedo alguno de la muerte. Aun Narayana y Rudra, Sakra y Yama, temen siempre plantarse ante nosotros (en el campo). Y, oh señor de los rakshasas, no hay motivo para el desagrado de Vishnu hacia nosotros. La mente de Vishnu ha vacilado a consecuencia del mal causado por los celestiales. Por tanto, nos vengaremos precisamente de los dioses, de quienes ha nacido este agravio”. Habiendo deliberado juntos, aquellos poderosos reunieron a sus fuerzas. Y proclamando (su orden) de que se hicieran los preparativos, todos los principales nairritas salieron a la batalla, como los conducidos por Jambha y Vritra. Y, oh Rama, habiendo deliberado así juntos, con todos los preparativos completos, aquellos rakshasas de enormes cuerpos y formidables marcharon al conflicto, montados en carros, y elefantes, y caballos semejantes a elefantes, y mulas, y vacas, y camellos, y marsopas, y serpientes, makaras, y tortugas, y peces, y aves semejantes a Garuda mismo, leones y tigres y jabalíes y srimaras y chamaras. Y envanecidos por el orgullo de su poderío, los rakshasas marchan, dejando Lanka, y los enemigos de los celestiales fueron a las regiones celestiales para la batalla. Y percibiendo cercana la destrucción de Lanka, las deidades que habían tomado allí sus cuarteles fueron presas del miedo por todas partes y sintieron abatido el ánimo. Y montando los mejores carros, los rakshasas, por centenares y millares, con mente atenta, salieron rápidamente hacia las regiones celestiales. Y las deidades (antes mencionadas) siguieron el rastro de los rakshasas. Y por mandato de Kala comenzaron a surgir en la tierra así como en el cielo terribles presagios funestos que anunciaban la destrucción de los jefes rakshasas. Las nubes hicieron llover huesos y sangre caliente. Los océanos rebasaron sus continentes, y las montañas temblaron. Y chacales de formas terribles, con voces semejantes al rugido de las nubes, estallando en carcajadas, comenzaron a lanzar gritos espantosos. Se vio caer a las criaturas una tras otra; y poderosas bandadas de buitres, con las bocas vomitando llamas, comenzaron a girar sobre los rakshasas, como Kala mismo. Y palomas de patas rojas y sarikas se lanzaron (alrededor). Y cuervos y gatos bípedos comenzaron a gritar con voces fuertes. Pero atados firmemente con el lazo de la Muerte, los rakshasas, orgullosos de su fuerza, sin hacer caso de estos presagios, marchan adelante y no detienen su curso, yendo Malyavan y Sumali, poseedores de prodigiosa fuerza, delante de los rakshasas, como fuegos llameantes. Y así como los dioses se amparan en Dhata, los vagabundos de la noche se amparan en Malyavan, semejante a la montaña Malyavan. Y bajo el mando de Mali, aquella hueste de rakshasas, rugiendo como poderosas nubes, inspirada por el deseo de la victoria, fue a las regiones celestiales. Y el señor Narayana, oyendo de un mensajero celestial los preparativos de los rakshasas, puso su corazón en la lucha. Y provisto de armas y aljabas, montó en el vástago de Vinata. Y vistiendo su cota de malla, provista de la refulgencia de mil soles, ciñendo sus inmaculadas aljabas llenas de saetas, ceñido con su cinturón y su brillante alfanje, y provisto de su caracola, su disco, su maza, el Sarnga, la espada y otras armas superiores, aquel señor de ojos de loto, sentado en el vástago de Vinata como una verdadera montaña, partió rápidamente para procurar la destrucción de los rakshasas. Y sentado en el lomo de Suparna, Hari, de color azul pardo y vestido de atuendo amarillo, se asemejaba a una masa de nubes sobre la cresta de la montaña de oro, con relámpagos jugando a través de ella. Y celebrado con himnos por siddhas, celestiales, sabios, poderosas serpientes (semidivinas), gandharvas y yakshas, el enemigo de las huestes asuras se presentó, llevando en las manos el disco, la espada, aquella arma, el Sarnga, y la caracola. Y las huestes rakshasas, golpeadas por el viento producido por las alas de Suparna, con los pendones oscilando de un lado a otro y las armas esparcidas, temblaron como la azul cumbre de una montaña con sus peñascos sacudidos. Entonces los vagabundos de la noche, cercando a Madhava, comenzaron a atravesarlo con millares de excelentes armas aguzadas, teñidas de carne y sangre y semejantes al fuego de la disolución final».
Section 7
«Y como las nubes asaltan una montaña con aguaceros, así los rakshasas, a modo de nubes, alzando gritos, comenzaron a asaltar a Narayana, que hacía de montaña. Y Vishnu, de brillante color azul pardo, rodeado por la flor de los vagabundos de la noche de oscuros semblantes, se asemejaba a la montaña Anjana, sobre la que descargan las nubes. Y como las langostas (inundan) un campo, los mosquitos (se apiñan) en torno a una llama, los tábanos (se agolpan) alrededor de una vasija de miel o los makaras (recorren) el abismo, así las saetas disparadas por los arcos de los rakshasas, que tenían (la energía) del rayo y estaban dotadas de (la velocidad) del viento o del pensamiento, atraviesan a Hari como en la disolución universal. Y los montados en carros (lo asaltaron) con sus carros, y los montados en lomos de elefantes (lo asaltaron) con sus elefantes, y los que cabalgaban caballos (lo asaltaron) con sus caballos, y los soldados de a pie lo atacaron, situados en el cielo; y los primeros de los rakshasas, semejantes a montañas, por medio de dardos, rishtis y tomaras, suspendieron la respiración de Hari como el pranayama suspende la de un nacido dos veces. Duramente probado por los vagabundos de la noche, como el gran Océano por los peces (que en él residen), aquel invencible, tomando su Sarnga, hizo llover saetas entre los rakshasas. Y con flechas aguzadas semejantes al rayo y dotadas de la velocidad del viento, disparadas de su arco tensado al máximo, Vishnu abatió (a los rakshasas) por centenares y por millares. Y dispersando (las filas rakshasas) con su lluvia de flechas, como el viento levantado dispersa un aguacero, aquel mejor de los seres varones sopló su poderosa caracola, Panchajanya. Y soplado por Hari con todo su poderío, aquel rey de las caracolas, nacido del agua, dotado de terribles bramidos, rugió como si afligiera a los tres mundos. Y los sonidos de aquel rey de las caracolas infundieron terror a los rakshasas, como en un gran bosque un león (infunde terror en el corazón de) los elefantes en celo. Y con ello los caballos no pudieron mantenerse en su sitio, y los elefantes quedaron privados de su flujo temporal, y, despojados de su vigor ante los rugidos de la caracola, los héroes comenzaron a caer de sus carros. Y adornadas con delicadas partes emplumadas y provistas de cabezas, las saetas disparadas del Sarnga, semejantes a rayos, rasgando a aquellos rakshasas, entraron en la tierra. Y en aquel conflicto, atravesados por las flechas disparadas por el brazo de Narayana, los rakshasas comenzaron a caer al suelo como montañas heridas por el rayo. Y las heridas infligidas en los cuerpos de los enemigos por el disco de Vishnu manan sangre a torrentes, como montañas que manan corrientes de greda roja. Y los sonidos de aquel rey de las caracolas, así como los del Sarnga, combinados con los rugidos que lanzaba Vishnu mismo, se tragaron los rugidos de los rakshasas. Y Hari, por medio de sus saetas, les cortó los cuellos, y las flechas, y los estandartes, y los arcos, y los carros, y las enseñas, y las aljabas. Y como fieros rayos que brotan del sol, como torrentes que se precipitan del océano, como elefantes que bajan de una montaña o como aguaceros que descienden de las nubes, las saetas disparadas por Narayana persiguen (a los enemigos) por centenares y por millares. Y así como un elefante persigue a un tigre, un tigre a un lobo, un lobo a un perro, un perro a un gato, un gato a una serpiente o una serpiente a una rata, así el poderoso Vishnu persigue a la hueste rakshasa; y otros, (abatidos por él), quedan tendidos en el suelo cuan largos son. Entonces, habiendo despachado a millares de rakshasas, el destructor de Madhu sopló su (caracola) nacida del agua, como el soberano de los celestiales llena las nubes (de lluvia). Y agitadas por las flechas de Narayana, con los sentidos aturdidos por los bramidos de la caracola, las quebrantadas fuerzas rakshasas se dirigieron a Lanka. Y habiéndose quebrantado el ejército rakshasa a consecuencia de la paliza que recibió a manos de Narayana, Sumali, con lluvias de saetas, resistió a Hari en el encuentro; y como una niebla envuelve al Sol, lo envolvió (con sus flechas). Con ello, los rakshasas cobraron de nuevo su fortaleza. Y encendido de ira, aquel rakshasa, inflado de insolencia a causa de su fuerza, alzando un tremendo rugido, se lanzó contra su antagonista en el conflicto, pareciendo así reanimar a los rakshasas. Y como un elefante agita su trompa, aquel rakshasa, alzando su brazo adornado de ornamentos, comenzó a rugir de arrobamiento, como una masa de nubes iluminada por relámpagos. Y (Vishnu) cortó la cabeza, llameante de pendientes, del auriga del vociferante Sumali; y con ello los caballos de aquel rakshasa vagaron sin rumbo de acá para allá. Y con sus corceles desconcertados, Sumali vaga como una persona privada de paciencia cuyos sentidos están bajo una alucinación. Y mientras el carro de Sumali era arrastrado al azar por sus corceles, Mali, tomando su arco y provisto de él, se lanzó contra el carro de Vishnu y asaltó a aquel de brazos poderosos mientras descendía al campo de la lucha. Y como aves que entran en el Krauncha, las flechas disparadas del arco de Mali, adornadas de oro, alcanzaron a Hari y entraron (en su cuerpo). Y con ello, así como una persona que tiene los sentidos sometidos no pierde su equilibrio mental, Vishnu, asaltado en aquel encuentro por millares de flechas disparadas por Mali, no se turbó en lo más mínimo. Y entonces aquel creador de todos los seres, el reverendo Gadadhara, haciendo vibrar la cuerda de su arco, hizo llover andanadas de saetas sobre Mali. Y alcanzando el cuerpo de Mali, las flechas, provistas del fulgor del relámpago, beben su sangre, como serpientes que beben néctar. Y burlando a Mali, el que lleva la caracola, el disco y la maza abatió la corona de Mali, su estandarte, su arco y sus corceles. Y entonces aquel primero de los vagabundos de la noche, privado de su carro, saltó adelante, maza en mano, como un león salta desde la cima de un otero. Y con su maza golpeó en la frente a aquel señor de las aves, como el Destructor había golpeado a Isana, o como Indra golpea una montaña con su rayo. Gravemente golpeado por Mali con su maza, Garuda, retorciéndose de tormento, apartó al dios del campo de batalla. Habiendo sido apartado el dios del campo por obra de Mali y de Garuda, se alzó un gran estruendo de rakshasas rugiendo (en coro). Y oyendo los vítores de los rakshasas, el hermano menor de Indra, el reverendo Hari, sentado de lado sobre aquel señor de las aves, aunque apartado del escenario del conflicto, enfureciéndose, por deseo de matar (a Mali) le arrojó su disco. Y con ello el disco, poseedor del esplendor del disco solar y semejante a la rueda misma de Kala, inundando de resplandor todos los cielos, derribó al suelo la cabeza de Mali. Y aquella cabeza del señor de los rakshasas, terrible de contemplar, cortada (por Vishnu), vomitando sangre, cayó ante (los rakshasas), como antaño había caído la cabeza de Rahu. Y entonces las deidades, sintiendo un exceso de gozo, alzaron con todas sus fuerzas vítores leoninos, gritando: “¡Excelente, oh dios!”. Viendo muerto a Mali, Sumali y Malyavan, ardiendo de pena, huyeron precipitadamente hacia Lanka junto con sus fuerzas. Y Garuda, reanimado, se volvió y, enfureciéndose, como antes, ahuyentó a los rakshasas con el viento de sus alas. Y (unos) con sus rostros de loto cortados por el disco, (otros) con el pecho aplastado por la maza, (otros) con el cuello arrancado por el arado, (otros) con la cabeza partida por la clava, y algunos tajados por la espada, y otros atravesados por flechas, los rakshasas comenzaron a caer en masa desde el cielo a las aguas del océano. Y como el rayo con el relámpago (parte) una poderosa masa de nubes, Narayana, por medio de los rayos de sus flechas disparadas de su arco, partió a los vagabundos de la noche, con el cabello desgreñado y ondeando (al viento). Y las fuerzas, con las sombrillas desgarradas, las armas cayéndoseles, sus buenas vestiduras esparcidas, las entrañas saliéndoseles y los ojos en blanco, se volvieron incapaces de distinguir su propio bando del enemigo. Y así como (los rugidos y la vehemencia) que muestran los elefantes al ser atacados por leones, así fueron los rugidos y la vehemencia de los vagabundos de la noche y de sus elefantes, duramente asaltados por el León Primordial. Y empujados por las redes de flechas de Hari, y descargando (entretanto) sus propias lluvias de saetas, aquellos vagabundos de la noche, semejantes a las nubes de la perdición, son empujados como las verdaderas nubes de la disolución universal arrastradas por el viento. Y partidos en dos por las espadas, los primeros de los rakshasas caían como colinas (que se desploman de cabeza). Y se vio la Tierra (cubierta) de vagabundos de la noche semejantes a nubes oscuras, adornados con collares enjoyados y pendientes, que caían, como si estuviera cubierta de oscuras montañas que se desploman».
Section 8
«Estando aquella hueste duramente acosada por la espalda por Padmanabha, Malyavan se volvió, como el océano al encontrarse con su orilla. Y con los ojos enrojecidos, aquel vagabundo de la noche, enfureciéndose, sacudiendo la cabeza, se dirigió a aquel primero de los varones, Padmanabha, diciendo: “Oh Narayana, ignoras la moral de los kshatriyas, consagrada por el tiempo; y por eso, como un ser vil, nos matas cuando desistimos de la lucha y estamos atormentados por el miedo. Oh señor de los celestiales, el que comete el crimen de matar a quien desiste de la lucha no puede ir a las regiones celestiales como fruto de sus actos meritorios. Si estás empeñado en la batalla, oh portador de la caracola, el disco y la maza, ocupando mi puesto (aquí), veré (tu fuerza). Muéstramela”. Viendo detenerse a Malyavan, semejante a la montaña Malyavan, el poderoso hermano menor del soberano de los celestiales le habló: “He disipado el miedo de las deidades, aterradas por ustedes, prometiendo que acabaré de raíz con los rakshasas; y esa misma promesa la estoy cumpliendo ahora. Siempre debo dar mi vida por servir a los celestiales; y a ustedes los mataré aunque se vayan a las regiones más profundas”. Mientras aquel dios de los dioses, de ojos semejantes a lotos rojos, hablaba así, el señor de los rakshasas, con gran ira, le atravesó el pecho con un dardo. Y arrojado por la mano de Malyavan, el dardo, resonante de campanillas, aparecía hermoso en el pecho de Hari, como un relámpago en el seno de las nubes. Con ello, sacando aquel mismo dardo, el querido del Portador del Dardo, de ojos semejantes a lotos rojos, apuntando a Malyavan, se lo arrojó. Con ello el dardo despedido por la mano de Govinda, semejante al Dardo despedido por la mano de Skanda, precipitándose hacia el rakshasa como un meteoro que corre hacia la montaña Anjana, cayó sobre el ancho pecho del señor de los rakshasas, adornado con el peso de una cadena, como el trueno estalla en la cumbre de una montaña. Y rota su cota de malla, Malyavan quedó completamente privado de sentido; pero (luego), reposando un rato, se alzó de nuevo como una colina inmóvil. Entonces, tomando una jabalina de hierro negro guarnecida de muchas púas, golpeó furiosamente a aquella deidad en el pecho. Y aquel vagabundo de la noche, que se deleitaba en la batalla, asestando un puñetazo al hermano menor de Vasava, se retiró a una distancia de un arco de longitud. Y entonces se alzó en el cielo un gran tumulto de “¡Excelente!”, “¡Excelente!”. Y habiendo golpeado a Vishnu, el rakshasa golpeó también a Garuda. Con ello el hijo de Vinata, enfureciéndose, ahuyentó a los rakshasas con el viento de sus alas, como un viento vigoroso arrastra las hojas secas. Y viendo a su hermano mayor empujado por el viento producido por las alas de aquel pájaro, Sumali, junto con sus fuerzas, se dirigió a Lanka. Y empujado por la violencia del viento de las alas (de Garuda), el rakshasa Malyavan también, unido a sus propias fuerzas, partió hacia Lanka, cubierto de vergüenza. Así, oh Rama, oh el de ojos de loto, (los rakshasas) tuvieron innumerables guerreros abatidos y a sus principales caudillos muertos. Y aunque inflados de orgullo, incapaces de hacer frente a Vishnu, dejando Lanka, fueron a las regiones inferiores con sus esposas para morar allí. Oh el mejor de los Raghus, estos rakshasas de célebre poderío, emparentados con la raza de Salakatankata, permanecieron bajo el caudillaje del rakshasa Sumali. Todos aquellos excelsos rakshasas que llevaban el nombre de Paulastya y que habían sido encabezados por Sumali, Malyavan y Mali eran más fuertes que Ravana. Nadie sino el dios Narayana, que lleva la caracola, el disco y la maza, podía matar a aquellos rakshasas, enemigos de los celestiales y espinas clavadas en el costado de las deidades. Y tú eres aquel dios eterno, el Narayana de cuatro brazos, el señor imperecedero e invencible, nacido para exterminar a los rakshasas. El creador de los seres, el que siempre quiere a los que buscan su refugio, aparece de cuando en cuando para procurar la destrucción de los merodeadores que llevan a la ruina la religión de las gentes. Así, oh señor de los hombres, hoy te he relatado verazmente y por extenso el origen de los rakshasas. Ahora, oh primero de los Raghus, entiende el incomparable nacimiento y la potencia de Ravana y de sus hijos, relatados en detalle. Y aquel poderoso rakshasa, Sumali, afligido por el miedo a Vishnu, recorrió durante largo tiempo las regiones inferiores junto con sus hijos y nietos, y el señor de las riquezas residió en Lanka».
Section 9
«Al cabo de un tiempo, el rakshasa llamado Sumali, subiendo de las regiones inferiores, comenzó a recorrer toda la tierra. Y semejante a las nubes oscuras, aquel señor de los rakshasas, adornado con pendientes de oro bruñido, llevando a su hija, semejante a Sri misma sin su loto, y vagando por la tierra, vio al señor de las riquezas, que viajaba en su Pushpaka e iba a ver a su padre, aquel señor, el hijo de Pulastya. Y viendo a aquel, semejante a un inmortal y parecido al fuego, que viajaba, (Sumali), lleno de asombro, entró desde la tierra en las regiones inferiores. Y aquel de mente poderosa reflexionó así: “¿Adoptando qué medida puede procurarse el bienestar de los rakshasas, y cómo podemos crecer (en poder)?”. Y aquel señor de los rakshasas de gran mente, semejante a las nubes oscuras, adornado con bruñidos pendientes de oro, comenzó entonces a reflexionar. Y entonces el rakshasa se dirigió a su hija, llamada Kaikasi, diciendo: “Oh hija, ha llegado el tiempo en que debo darte en matrimonio. Tu juventud está a punto de pasar. (Retenido) por el miedo al rechazo, ningún aspirante a tu mano te ha buscado (hasta ahora). Pero deseosos de adquirir mérito religioso, nos esforzamos al máximo en tu interés. Hija mía, estás provista de toda perfección, como Sri misma. Ser padre de una hija es una desdicha para todo el que busca la honra. Oh hija, uno no sabe quién pedirá a su hija. Dondequiera que se otorgue una hija, la hija permanece poniendo en incertidumbre a las tres estirpes con que está emparentada. Busca, hija mía, por esposo a aquel mejor y primero de los ascetas, nacido en la línea de Prajapati, el hijo de Pulastya, Visrava, y acéptalo por ti misma (por señor). Y entonces, oh hija, como es este señor de las riquezas, así tendrás sin duda hijos semejantes al Sol mismo en energía”. Oyendo aquel discurso suyo, la hija, por la dignidad de su padre, yendo a donde Visrava practicaba penitencias, se quedó allí. Entretanto, oh Rama, aquel nacido dos veces, el hijo de Pulastya, ejecutaba el Agnihotra, como el cuarto Fuego mismo. Y sin hacer caso de aquella hora terrible, (Kaikasi), atendiendo a la dignidad de su padre, llegando ante él, se quedó (allí), con la cabeza inclinada hacia sus pies y escarbando la tierra con el dedo gordo. Y viendo a aquella de caderas bien formadas, de rostro claro como la luna llena, (aquel asceta de alma sumamente elevada), llameante de energía, la interpeló así: “Oh gentil, ¿de quién eres hija? ¿Y de dónde vienes aquí? ¿Y cuál es tu encargo? ¿Y por quién (vienes)? Oh (doncella) hermosa, dime esto con verdad”. Así interpelada, la muchacha, con las manos juntas, dijo: “Oh asceta, es usted competente para alcanzar mi intención en virtud de su propio poder. Aun así, oh brahmarshi, sepa que he venido aquí por mandato de mi padre. Me llamo Kaikasi. El resto, léalo usted mismo”. Y con ello el asceta, entrando en contemplación, dijo estas palabras: “Oh gentil dama, he conocido el propósito que hay en tu corazón. Oh tú, de andar de elefante enloquecido, reina en ti un poderoso deseo de tener descendencia. Puesto que has venido a mí en esta hora fiera, escucha, oh amable, qué clase de descendencia darás a luz. Darás a luz, oh tú, de hermosas caderas, rakshasas terribles y de semblante torvo, que se deleitan en espantosos amigos y son de actos crueles”. Oyendo su discurso, ella, inclinándose, dijo: “Oh reverendo (asceta), tales hijos de terribles costumbres no los busco de usted, que sigue el Veda. Por tanto, le corresponde favorecerme”. Así suplicado por la muchacha, Visrava, el mejor de los ascetas, se dirigió de nuevo a Kaikasi, como la luna llena se dirige a Rohini: “Oh tú, de hermoso rostro, el hijo que des a luz el último será semejante a mi linaje: será, sin duda, de alma justa”. Habiendo sido interpelada así, la muchacha, oh Rama, al cabo de largo tiempo dio a luz una descendencia muy terrible y horrenda que tenía la forma de un rakshasa, de diez cuellos, provista de grandes dientes y semejante a un montón de colirio, de labios cobrizos, veinte brazos, enormes rostros y cabello llameante. Habiendo nacido él, chacales de bocas llameantes y otras fieras comenzaron a girar por la izquierda. Y aquel dios hizo llover sangre; y las nubes emitieron sonidos ásperos. Y el Sol quedó privado de su esplendor; y los meteoros comenzaron a lanzarse a la tierra. Y la tierra tembló; y el viento sopló violentamente. Y aquel señor de las corrientes, el océano, que antes estaba en calma, se agitó. Y su padre, semejante a su abuelo, le puso nombre (diciendo): “Puesto que este ha nacido con diez cuellos, se llamará el de diez cuellos”. Después de él nació Kumbhakarna, dotado de prodigiosa fuerza, cuyas proporciones no tiene ningún otro en la tierra. Luego nació la que, de semblante espantoso, lleva el nombre de Surpanakha; el justo Vibhishana es el hijo menor de Kaikasi. Habiendo nacido aquel dotado de gran fuerza, llovieron flores del cielo, y en las regiones celestiales sonaron timbales celestiales. Y entonces se alzaron los sonidos de “¡Excelente!”, “¡Excelente!”. Y en aquel extenso bosque crecieron aquellos sumamente enérgicos, Kumbhakarna y el de diez cuellos, y se volvieron fuente de inquietud para las gentes. Y Kumbhakarna, enloquecido al extremo, devorando a poderosos santos consagrados a la religión, recorría sin cesar el triple mundo con ánimo insatisfecho. Pero el justo Vibhishana, siempre atento a la piedad, moraba allí estudiando el Veda, moderando su alimento y dominando sus sentidos. Y sucedió que al cabo de largo tiempo el dios Vaisravana, señor de las riquezas, vino a ver a su padre, montado en el Pushpaka. Viéndolo, la rakshasi Kaikasi, llameante de energía, acercándose al de diez cuellos, le expuso: “Oh hijo, mira a tu hermano Vaisravana, envuelto en refulgencia; y, aunque eres de igual hermandad, ¡mírate en este estado! Por tanto, oh el de diez cuellos, oh tú, de inconmensurable poderío, esfuérzate de modo que tú también, hijo mío, seas como Vaisravana mismo”. Oyendo aquel discurso de su madre, el poderoso de diez cuellos se llenó de grandísima malquerencia, e hizo entonces este voto: “Le prometo con verdad que seré igual a mi hermano (en energía) o que lo superaré en ella. Por tanto, deseche esta pena que hay en su corazón”. E influido por aquella pasión, el de diez cuellos, con su hermano menor, comenzó a ejecutar rígidas prácticas, con la mente fija en el ascetismo. “Debo obtener mi deseo mediante austeridades”: así fijo y resuelto, para alcanzar su fin, llegó a la sagrada ermita de Gokarna. Y allí el rakshasa de poderío sin rival, junto con su hermano menor, llevó a cabo austeridades y complació así a aquel señor, el Gran Padre. Y complacido (con él), le confirió dones que traen la victoria».
Section 10
Entonces Rama habló al asceta: «Oh brahmán, ¿cómo llevaron a cabo austeridades en aquel bosque aquellos hermanos sumamente poderosos, y qué clase de penitencias eran las suyas?». Con ello, Agastya dijo allí a Rama, de mente complacida: «Los hermanos observaron cada uno la moral propia de cada cual. Y Kumbhakarna, poniendo sus mejores energías, permaneció constantemente en el sendero de la rectitud. Y quedándose en medio de cinco fuegos en verano, practicó austeridades, y en la estación de las lluvias, empapado por el agua (que derramaban) las nubes, se sentó en la postura heroica. Y en invierno permaneció siempre en el agua. Así pasaron diez mil años de aquel que se esforzaba en favor de la religión y estaba establecido en el sendero de la honradez. Y el virtuoso Vibhishana, siempre atento a la virtud y puro de espíritu, permaneció de pie sobre una sola pierna durante cinco mil años. Y cuando hubo completado (su plazo de restricción), enjambres de apsaras danzaron, y llovieron flores, y las deidades (lo) ensalzaron con himnos. Y durante cinco mil años adoró al Sol y, con la mente concentrada en el estudio del Veda, permaneció con la cabeza y las manos alzadas. De este modo Vibhishana, como una deidad en el Nandana, pasó diez mil años observando restricciones. Y el de diez cuellos pasó diez mil años sin alimento. Al completarse cada mil años, ofrecía su propia cabeza en sacrificio al Fuego. De este modo pasó nueve mil años, y nueve de sus cabezas entraron en el Fuego. Y cuando en el décimo se disponía a cortarse la décima cabeza, el Gran Padre se presentó en aquel lugar. Y muy complacido, el Gran Padre llegó allí junto con los celestiales. “Oh el de diez cuellos”, dijo (el Gran Padre), “estoy muy complacido contigo. Oh tú, conocedor de la rectitud, pide al punto el don que deseas tener. ¿Qué deseo tuyo cumpliré? Tu esfuerzo no debe quedar en nada”. Con ello, el de diez cuellos, inclinando la cabeza ante la deidad, dijo con el corazón regocijado, con las palabras temblorosas de éxtasis: “Oh Reverendo, las criaturas no tienen otro miedo que (el de) la muerte; y no hay enemigo semejante a la muerte. Por tanto, la inmortalidad es precisamente lo que anhelo”. Así interpelado, Brahma habló al de diez cuellos: “No puedes ser inmortal. Pídeme, pues, algún otro don”. Así interpelado por el creador, Brahma, el de diez cuellos, oh Rama, de pie ante él con las manos juntas, dijo: “Oh señor de las criaturas, quisiera, oh eterno, no poder ser muerto por aves ni serpientes, yakshas, daityas, danavas ni rakshasas, ni por las deidades; pues, oh usted, a quien adoran los inmortales, no tengo inquietud alguna por ningún otro ser. En verdad, tengo por paja a criaturas tales como los hombres, etcétera”. Así interpelado por el rakshasa, el de diez cuellos, aquel de alma justa, el Gran Padre, junto con los celestiales, dijo: “Oh primero de los rakshasas, lo que dices sucederá”. Habiendo dicho esto, oh Rama, al de diez cuellos, el Gran Padre (habló de nuevo): “¡Escucha! Complacido, te conferiré un nuevo don. Oh rakshasa, oh sin pecado, aquellas cabezas tuyas que han sido ofrecidas en sacrificio y que se han hundido en el fuego volverán a ser tuyas. Y, oh plácido, te conferiré también otro don difícil de obtener: la forma que desees llevar será al instante tuya”. En cuanto hubo hablado así al rakshasa de diez cuellos, las cabezas que habían sido ofrecidas en sacrificio al fuego se alzaron de nuevo. Habiendo dicho esto al de diez cuellos, el Gran Abuelo de todas las criaturas se dirigió a Vibhishana, diciendo: “Oh Vibhishana, me has complacido, tú, cuya inteligencia está establecida en la rectitud. Por tanto, hijo mío, oh tú, de alma justa, oh tú, de excelentes votos, pide el don que quieras tener”. Con ello el virtuoso Vibhishana habló con las manos juntas: “Oh reverendo, puesto que el preceptor espiritual de todas las criaturas en persona (está complacido) conmigo, (me tengo) por provisto de toda perfección, como la Luna está rodeada de rayos. Si quiere otorgarme un don con agrado, entonces, oh usted, de excelentes votos, oiga el don que quisiera tener. ¡Que mi mente permanezca firmemente fija en la rectitud aun cuando llegue a caer en grave peligro, y que alcance el conocimiento de Brahma sin instrucción alguna! Y que todo sentido mío nacido durante la observancia de los modos particulares de vida esté en concordancia con la rectitud, de modo que practique la forma de religión (en armonía con cada modo particular de vida). Oh sumamente noble, este mejor de los dones es precisamente lo que busco, pues nada hay entre los seres que no puedan alcanzar los apegados a la rectitud”. Entonces el señor de las criaturas, regocijado de nuevo, habló a Vibhishana: “Como eres virtuoso, así sucederá todo esto en tu favor. Y puesto que, a pesar de haber nacido en la raza de los rakshasas, tus pensamientos, oh destructor de enemigos, no se originan en el pecado, te confiero la inmortalidad”. Habiendo dicho esto, se dispuso a otorgar dones a Kumbhakarna. Con ello los celestiales en masa expusieron al señor de las criaturas con las manos juntas: “A Kumbhakarna no debe usted conferirle dones, puesto que sabe de qué manera atemoriza este malvado a las gentes. Y, oh Brahma, siete apsaras en el Nandana, diez servidores de Mahendra, así como sabios y seres humanos, han sido devorados por este. Considerando lo que hizo este rakshasa cuando no había obtenido don alguno, si obtiene uno ahora se comerá los tres mundos. Usted, pues, oh señor de inconmensurable poderío, fingiendo darle un don, dele (en su lugar) embotamiento. Con ello se asegurará el bienestar de las gentes, y se mantendrá también la honra de este”. Así interpelado por los celestiales, Brahma, el Nacido del Loto, reflexionó. La diosa Sarasvati, que estaba a su lado, se agitó también de inquietud. Y quedándose junto a él, Sarasvati, con las manos juntas, dijo: “Oh dios, he venido aquí. ¿Qué obra he de ejecutar?”. Y el señor de las criaturas, teniéndola (allí), habló a Sarasvati: “¡Oh Vani! Sé la diosa de la palabra de este primero de los rakshasas, favorable a las deidades”. Habiendo dicho “Así sea”, ella entró (en la garganta de Kumbhakarna); y Prajapati dijo: “Oh Kumbhakarna, oh tú, de brazos poderosos, pide el don que quieras tener”. Oyendo esas palabras, Kumbhakarna dijo: “Oh dios de los dioses, mi deseo es dormir durante muchísimos años”. Con ello, diciendo “Así sea”, Brahma se marchó junto con los celestiales; y la diosa Sarasvati dejó también de nuevo al rakshasa. Y yéndose Brahma, acompañado de las deidades, a las regiones celestiales, Sarasvati lo abandonó, y entonces él recobró la conciencia. Y entonces el malvado Kumbhakarna pensó con tristeza: “¿Qué discurso es este que ha salido hoy de mis labios? Me parece que entonces fui aturdido por las deidades que habían venido”. Habiendo obtenido así los dones, los hermanos, dotados de energía llameante, yendo al bosque de Sleshmataka, comenzaron a morar allí en paz».
Section 11
«Sabiendo que estos vagabundos de la noche habían obtenido dones, Sumali con sus seguidores, desechando el miedo, se alzó de las regiones inferiores. Y llenos de grandísima ira, los consejeros de aquel rakshasa, Maricha, Prahasta, Virupaksha y Mahodara, se alzaron también. Y acompañado de sus consejeros, primeros de los rakshasas, Sumali, presentándose ante el de diez cuellos y abrazándolo, se dirigió a él, diciendo: “Por buena fortuna, oh hijo, hemos obtenido por ti el deseo que había en nuestro corazón, puesto que has recibido el mejor de los dones de aquel que es el primero de estos tres mundos. Oh tú, de brazos poderosos, aquel gran miedo nacido de Vishnu, por el que, dejando Lanka, habíamos ido a los abismos más profundos, ha sido disipado. Muchísimas veces, abatidos por aquel miedo, perseguidos (por nuestros enemigos), abandonando nuestros hogares, habíamos ido a las regiones inferiores junto con todos (nuestros parientes). Esta Lanka era nuestra ciudad, habitada por rakshasas. (Ahora) la habita tu hermano, el inteligente señor de las riquezas. Oh tú, de brazos poderosos, si mediante el dominio de ti mismo, la caridad o una súbita muestra de poderío puedes volver a poseerla, se habrá logrado una (gran) cosa; y entonces, oh hijo, serás sin duda el señor de Lanka; y esta raza rakshasa, que se ha hundido, habrá sido levantada por ti. Y, oh tú, dotado de prodigiosa fuerza, serás el señor de todos”. Entonces el de diez cuellos se dirigió a su abuelo materno, que estaba presente, diciendo: “El señor de las riquezas es nuestro superior; por tanto, no debe usted hablar así”. Habiéndolo dejado pasar así con moderación aquel digno jefe rakshasa, aquel rakshasa, comprendiendo su intención, no dijo entonces nada más. Y sucedió que, cuando Ravana hubo residido allí un tiempo, Prahasta se dirigió a él con humilde discurso: “Oh el de diez cuellos, oh (héroe) de largos brazos, no le corresponde hablar así. No hay sentimiento fraternal entre los héroes. ¡Escuche estas palabras mías! Había dos hermanas, Aditi y Diti. Y unidas por mutuo afecto, aquellas (doncellas), dotadas de belleza sin par, se convirtieron en esposas de aquel señor de las criaturas, Kasyapa. Y Aditi dio a luz a los dioses, que son los señores de los tres mundos. Y Diti dio a luz a los daityas, descendencia de Kasyapa. Oh conocedor de la rectitud, antaño esta tierra, oh héroe, que tiene el océano por vestidura y está provista de montañas, pertenecía a los daityas; y (poco a poco) se hicieron muy poderosos. Y entonces este imperecedero triple mundo fue puesto bajo el dominio de los celestiales. De modo que no es usted el único que obraría hostilmente (contra su hermano); este camino lo siguieron antaño tanto los celestiales como los asuras. Por tanto, obre conforme a mi palabra”. Así exhortado, el de diez cuellos, con el corazón regocijado, reflexionando un momento, dijo: “Muy bien”. Y lleno de regocijo, el de diez cuellos, dotado de poderío, aquel mismo día fue al bosque, acompañado de los vagabundos de la noche. Y llegando al Trikuta, aquel diestro en el habla, el vagabundo de la noche Ravana, envió a Prahasta en calidad de embajador: “Oh Prahasta, ve presto, y di al primero de los nairritas, el señor de las riquezas, con mis palabras impregnadas de mansedumbre: ‘Esta ciudad de Lanka, oh rey, pertenece a los rakshasas de alma elevada; pero tú te has establecido en ella. Esto, oh sin pecado, no es propio de ti. Por tanto, oh tú, de poderío sin rival, si la devuelves, quedaré sumamente complacido, y mantendrás también la rectitud’”. Con ello, dirigiéndose a Lanka, bien protegida por el dador de riquezas, Prahasta comunicó estas palabras al muy generoso soberano de las riquezas: “Oh tú, de excelentes votos, me ha enviado a ti tu hermano, el de diez cuellos. Oh tú, de largos brazos, oh primero de los versados en todas las ramas del saber, escucha mis palabras, oh señor de la riqueza, y lo que dice el de diez rostros: ‘Esta hermosa ciudad, oh tú, provisto de anchos ojos, estuvo antaño habitada por rakshasas de terrible poderío encabezados por Sumali; y por esa razón, oh hijo de Visrava, te pide esto’. Concédeselo, hijo mío, a él, que te lo ruega humildemente”. Oyendo estas palabras de Prahasta, el dios Vaisravana, el mejor de los diestros en el habla, le respondió, diciendo: “Mi padre me dio esto cuando había sido vaciado de vagabundos de la noche; y, oh rakshasa, he habitado este lugar, provisto de caridad, honra y otras virtudes. Ve y di al de diez cuellos: ‘Así como esta ciudad y este reino son míos, así son tuyos, oh tú, de brazos poderosos. Goza de este reino sin enemigo. ¡Que mi reino y mi riqueza no sufran nunca división estando tú presente!’”. Habiendo dicho esto, el señor de las riquezas acudió al lado de su padre y, rindiéndole reverencia, le comunicó el deseo de Ravana: “Padre mío, este de diez cuellos me ha enviado un mensajero, diciendo: ‘Devuelve la ciudad de Lanka, que antes había estado habitada por huestes de rakshasas’. Ahora, oh usted, de excelentes votos, dígame qué debo hacer”. Así interpelado, aquel primero de los ascetas, el brahmarshi Visrava, habló al señor de las riquezas, (que estaba) con las manos juntas: “Oh hijo, escucha mis palabras. El de diez cuellos, de brazos poderosos, había hablado (una vez) en mi presencia (en ese sentido). Con ello reprendí duramente a aquel malvado, y le dije una y otra vez con ira: ‘Desprecias (tu religión y tu honra). Escucha mis palabras, cargadas de religión y provecho. De corazón malvado, tú, con el entendimiento echado a perder por la concesión del don, no sabes distinguir entre los que merecen honra y los que no; y, además, por mi maldición, has adquirido una naturaleza fiera’. Por tanto, oh tú, de brazos poderosos, ve a la montaña Kailasa. Toma allí tus cuarteles junto con tus servidores, con el propósito de morar allí. Allí fluye la Mandakini, la mejor de las corrientes, con el agua cubierta de lotos de oro semejantes a soles, así como de lirios, lotos azules y otras diversas flores fragantes. Y viniendo allí con frecuencia, los celestiales con los gandharvas, las apsaras, las serpientes y los kinnaras se solazan allí siempre. Oh señor de las riquezas, no debes entrar en hostilidades con aquel rakshasa. Sabes cómo ha obtenido un gran don”. Así interpelado, Vaisravana, por la dignidad de su padre, con sus esposas y sus hijos, con sus consejeros, sus vehículos y su riqueza, fue (al Kailasa). Y Prahasta, volviendo, habló gozosamente al de diez cuellos, de alma elevada, (sentado) con sus consejeros y sus hermanos menores: “La ciudad de Lanka está (ahora) vacía. Renunciando a ella, el dador de riquezas ha salido de ella. (Ahora), entrando en ella junto con nosotros, mantenga allí su propia religión”. Así interpelado por Prahasta, el formidable de diez cuellos entró en la ciudad de Lanka con sus hermanos, sus fuerzas y sus seguidores. Y entonces, así como el señor de los celestiales asciende al cielo, aquel enemigo de los inmortales ascendió a Lanka, bien dividida por calzadas, que había sido abandonada por el señor de la riqueza. E instalado, aquel vagabundo de la noche, el de diez rostros, moró en aquella ciudad; y aquella ciudad rebosaba de vagabundos de la noche semejantes a nubes oscuras. Y el señor de las riquezas, por la dignidad de su padre, moró en un palacio situado en la colina, brillante como la luz de la luna, adornado con soberbios edificios ornamentados, como Purandara mora en Amaravati».
Section 12
«El señor de los rakshasas fue instalado junto con sus hermanos. Y entonces pensó en dar en matrimonio a su hermana rakshasi. Entonces aquel rakshasa otorgó a su hermana, la rakshasi Surpanakha, a aquel señor de los danavas y rey de los kalakas, Vidyujjihva. Y habiéndola dado en matrimonio, el rakshasa vagaba con el propósito de cazar cuando, oh Rama, acertó a ver al hijo de Diti llamado Maya. Y viéndolo acompañado de su hija, aquel vagabundo de la noche, el de diez cuellos, le preguntó, diciendo: “¿Quién eres tú, que (vagas) solo por este bosque desierto de hombres y también de ciervos? ¿Y vas acompañado de esta, que tiene los ojos de una cervatilla?”. Con ello Maya, oh Rama, respondió a aquel vagabundo de la noche, cuando le hubo preguntado esto: “Escucha. Te lo contaré todo acerca de esto. Quizá hayas oído antes de una apsara llamada Hema. Ella, como la Paulomi de Satakratu, me fue otorgada por los dioses. Y pasé mil años consagrado a ella. Han pasado trece años desde que ella se fue a un asunto de los celestiales, así como el decimocuarto año. Entonces, por mi extraordinaria destreza, construí un palacio de oro, adornado de diamantes y lapislázulis. Allí moré, afligido y triste por su separación. Desde allí, tomando a mi hija, he venido a este bosque. Esta, oh rey, es mi hija, crecida en su seno. He venido aquí con ella buscándole esposo. En verdad, ser padre de una hija es una desdicha para todo el que busca su honra. Una hija, ciertamente, permanece poniendo siempre en incertidumbre a los dos linajes. Y en esta esposa mía he engendrado también dos hijos: el primero es Mayavi y el siguiente Dundubhi. Así te he relatado verazmente todo a ti, que me lo preguntaste. Pero, hijo mío, ¿cómo puedo conocerte ahora? ¿Quién eres?”. Así interpelado, el rakshasa dijo humildemente: “De nombre el de diez cuellos, soy hijo del asceta Paulastya, que nació como tercer hijo de Brahma”. Así interpelado, oh Rama, por aquel señor de los rakshasas, aquel danava y primero de los danavas, Maya, sabiendo que era hijo del Maharshi Paulastya, deseó allí en su corazón darle a su hija. Y tomándole la mano con la suya, Maya, señor de los daityas, riendo, dijo a aquel señor de los rakshasas: “Esta hija mía, oh rey, nacida de la apsara Hema, esta hija mía llamada Mandodari, acéptala como esposa”. “Bien”, le respondió entonces el de diez cuellos, oh Rama. Y encendiendo un fuego, tomó su mano. Maya, oh Rama, conocía la maldición del sabio que pesaba sobre él. Sabiéndolo, dio a su hija atendiendo a la raza del abuelo paterno de Ravana; y le confirió también un dardo sumamente maravilloso, adquirido mediante las más rígidas austeridades, con el que hirió a Lakshmana. Habiéndose casado así, aquel señor, el señor de Lanka, volviendo a aquella ciudad, casó a sus hermanos. Y Ravana casó a la nieta de Virochana (por línea materna), llamada Vajrajvala, con Kumbhakarna. Y Vibhishana obtuvo por esposa a la justa (doncella) llamada Sarama, hija del de alma elevada Sailusha, soberano de los gandharvas. (Sarama) nació en las orillas del lago Manasa. Y mientras el lago Manasa estaba crecido de agua a la llegada de las lluvias, su madre, oyendo sus llantos, dijo con afecto: Saromavarddhata, “Oh lago, no crezcas”; y por esta circunstancia su nombre fue Sarama. Habiéndose casado así, aquellos rakshasas, tomando cada uno a su esposa, se pusieron a solazarse allí, como los gandharvas se solazan en el Nandana. Y entonces nació el hijo de Mandodari, Meghanada. A él lo llaman ustedes Indrajit. En cuanto nació, el hijo de Ravana, que antes lloraba, lanzó un tremendo rugido semejante al retumbar de las nubes. Y, oh Raghava, Lanka quedó petrificada ante su voz; y (en consecuencia) su padre mismo le puso por nombre Meghanada. Y, oh Rama, permaneciendo oculto como un fuego bajo la leña, el hijo de Ravana, regocijando (el pecho de) su padre y de su madre, creció en los elegantes aposentos interiores de Ravana».
Section 13
«Y una vez sucedió que, enviado por el señor de las criaturas, el Sueño en su forma (nativa) dominó poderosamente a Kumbhakarna. Y entonces Kumbhakarna habló a su hermano, que estaba sentado: “Oh rey, el Sueño me estorba. Hazme, pues, construir mi mansión”. Y con ello, empleados por el rey, arquitectos semejantes a Visvakarma construyeron un edificio hermoso de contemplar, que medía en diagonal el espacio liso de un yojana y dos de superficie, agradable a la vista y sin obstrucción alguna (que ocultara su belleza). Y el rakshasa hizo construir un espléndido y deleitoso edificio, adornado todo alrededor de columnas guarnecidas de oro y cristal, con escaleras compuestas de lapislázulis, provisto de redes de campanillas, con puertas de marfil y que contenía estrados adornados de diamantes y cristal, elegante de punta a cabo y duradero, como una hermosa cueva del Meru. Y allí, vencido por el sopor, el maravillosamente fuerte Kumbhakarna, tendido durante muchos miles de años, no despertó. Y mientras Kumbhakarna estaba dominado por el sueño, Dasanana, sin cortapisa, comenzó a destruir a devarshis, yakshas y gandharvas, y yendo a jardines hermosos, el Nandana, etcétera, los devastó (sin piedad). Y aquel rakshasa sembró la destrucción, como un elefante que juega agita un río, como el viento derriba los árboles o como el rayo parte los picos de las montañas. Oyendo de las acciones de Dasagriva y recordando su conducta, acorde con su raza, el justo señor de las riquezas, Vaisravana, mostrando su afecto fraternal, despachó un mensajero a Lanka, buscando el bien de Dasagriva. Y yendo a la ciudad de Lanka, se presentó ante Vibhishana. Y habiéndolo recibido con honra, este le preguntó el motivo de su visita. Y habiéndose informado del bienestar del rey así como de sus parientes, Vibhishana lo condujo ante Dasanana, sentado en su corte. Y viendo allí al rey, llameante de su propia energía, él (el mensajero), saludándolo (a Ravana) con la palabra Jaya, se quedó en silencio. Y el enviado se dirigió a Dasagriva, sentado en un soberbio lecho adornado con una costosa colcha: “Oh rey, le diré todo lo que ha dicho su hermano, digno tanto del carácter como de la raza de su padre y su madre: ‘Basta de obrar mal. Ahora debes enmendar tus caminos. Si puedes, permanece en la rectitud. He visto el Nandana devastado; y he oído de los sabios muertos y, oh rey, de los preparativos que las deidades hacen contra ti. He sido completamente desdeñado por ti; pero aunque un niño transgreda, debe con todo ser protegido por sus amigos. Contenido y dominando mis sentidos, yo, adoptando un voto terrible, había ido al seno del Himavan para practicar la rectitud. Allí vi a aquel señor de los dioses en compañía de Uma. Allí acerté a posar mi ojo izquierdo en la diosa, para saber, oh poderoso rey, quién era, y no por ninguna otra razón. Rudrani estaba entonces allí, llevando una forma sin par. Con ello, por la energía divina de la diosa, mi ojo izquierdo se quemó y pareció cubierto de polvo, y su brillo se volvió leonado. Entonces yo, yendo a otro espacioso pico de la montaña, me ocupé en observar en silencio un poderoso voto. Completado mi plazo de restricción, aquel señor de los dioses, Mahesvara, con el corazón complacido, se dirigió a mí, diciendo: Oh justo, oh tú, de hermosos votos, estoy muy complacido con este ascetismo tuyo. Yo también había observado este voto; y tú también, oh señor de las riquezas, has hecho lo mismo. No hay tercera persona que practique tal voto. Este voto es difícil de cumplir, y antaño fui yo quien lo introdujo. Por tanto, oh manso, oh señor de las riquezas, traba amistad conmigo. Y tú me has conquistado con tus penitencias. Por tanto, oh sin pecado, sé mi amigo. Y este ojo izquierdo tuyo se ha quemado por la energía de la diosa y se ha vuelto leonado por haber visto la gracia de la diosa; así, tu nombre será siempre Ekakshipingali. Entonces, por mandato de Sankara, he obtenido el privilegio de la compañía (con él). Habiendo venido aquí, he oído de tus malvados designios. Desiste, pues, de este camino impío, que tiende a mancillar tu linaje. Los celestiales junto con los sabios están cavilando sobre el medio de procurar tu muerte’”. Así interpelado, el de diez cuellos, con los ojos enrojecidos de ira, frotándose las manos y rechinando los dientes, dijo: “Oh mensajero, he entendido lo que has proferido. Ni tú ni este hermano mío por quien has sido despachado (vivirán); ni dice el guardián de las riquezas lo que es para mi bien. Y el necio me hace oír la circunstancia de haber trabado amistad con Mahesvara. Nunca perdonaré lo que has dicho. Hasta ahora lo había soportado, considerando que él, siendo mi hermano mayor y como tal mi superior, no debía ser muerto por mí. Pero ahora, oyendo sus (palabras), esta es precisamente mi resolución. Confiando en el poderío de mis brazos, conquistaré los tres mundos. Solo por causa de él despacharé al instante a los cuatro Lokapalas a la morada de la Muerte”. Habiendo dicho esto, el señor de Lanka mató al emisario con su espada y lo entregó a los malvados rakshasas para que se lo comieran. Entonces, habiendo ejecutado el Svastyayana, Ravana, subiendo a su carro, fue adonde estaba el señor de las riquezas, empeñado en conquistar los tres mundos».
Section 14
«Acompañado de sus seis consejeros, Mahodara y Prahasta, Maricha, Suka y Sarana, y el heroico Dhumraksha, ansiosos de encuentro, el apuesto Ravana, envanecido por su fuerza, salió como si consumiera a todas las criaturas con su ira. Y dejando atrás ciudades, corrientes, colinas, bosques y arboledas, llegó en un momento a la montaña Kailasa. Y oyendo que aquel malvado señor de los rakshasas, respirando gran ánimo, había llegado al monte en compañía de sus consejeros, los yakshas no pudieron plantarse ante aquel rakshasa y, sabiendo “Este es el hermano del rey”, fueron adonde estaba el señor de las riquezas. Yendo a él, le relataron por entero las acciones de su hermano. Y con permiso del dador de tesoros, salieron a la batalla. Y entonces, como la agitación del océano, se produjo un gran fermento de las fuerzas del rey de los nairritas, como si hiciera temblar la montaña. Y entonces tuvo lugar un encuentro entre los yakshas y los rakshasas; y en él los consejeros del rakshasa fueron golpeados ferozmente. Y viendo a sus fuerzas en aquel estado, Dasagriva alzó muchísimos gritos de ánimo y con ira comenzó a hablar. De los consejeros del jefe rakshasa, cada uno hizo frente a mil yakshas. Y entonces, golpeado con mazas, clavas, espadas, dardos y tomaras, el de diez cuellos se zambulló en (aquel abismo de) una hueste. Y vuelto inerte y duramente asaltado, Dasanana quedó privado de sus movimientos por andanadas de armas semejantes a torrentes de lluvia. Y aunque empapado de sangre que manaba en centenares de torrentes, él, como una montaña inundada por un aguacero, herido por las armas de los yakshas, no deja ver dolor alguno. Y aquel de alma elevada, alzando su maza, semejante a la vara misma del Tiempo, entró en aquel ejército, despachando yakshas a la morada de Yama. Y como un fuego llameante abrasa una extensa pradera de hierba abastecida de leña seca, comenzó a consumir aquel ejército yaksha. Y como el viento dispersa las nubes, el pequeño resto del ejército yaksha fue dispersado por los formidables consejeros (de Ravana), Mahodara, Suka, etcétera. Y unos fueron heridos, y (otros) quebrantados, y (otros) quedaron tendidos en el suelo cuan largos eran en el encuentro, y otros yakshas, privados de sus armas en el campo, fatigados, se desplomaron abrazándose unos a otros, como se desploman las riberas desgastadas por el agua. Y no quedó sitio alguno (en el cielo) por estar abarrotado de huestes de sabios, y de guerreros heridos que se precipitaban al conflicto y (finalmente) ascendían al cielo. Y viendo ceder a los principales yakshas dotados de gran fuerza, el señor de las riquezas, de brazos poderosos, despachó (otros) yakshas. Entretanto, oh Rama, un yaksha llamado Samyodhakantaka, acompañado de una extensa fuerza y de gran número de vehículos, despachado, se precipitó (sobre el enemigo). Y herido en el conflicto (por Samyodhakantaka) con su disco, como por Vishnu mismo, Maricha cayó al suelo desde la montaña, como un planeta cuyo mérito se ha agotado. Y recobrando en un momento la conciencia y descansando (un rato), aquel vagabundo de la noche luchó con el yaksha; y con ello, vencido, huyó. Entonces (Ravana) entró por la puerta (del palacio), guarnecida de oro y adornada de lapislázulis y plata. Y con ello, oh rey, el guardián llamado Suryabhanu trató de impedir la entrada al vagabundo de la noche, Dasagriva, cuando entraba. Y aunque se le cerró el paso, el vagabundo de la noche entró. Y cuando, oh Rama, a aquel rakshasa se le cerró el paso, no se detuvo. Y entonces, golpeado por aquel yaksha con la puerta arrancada, él, manando sangre a torrentes, parecía una colina por la que corren minerales. Y golpeado con aquella puerta, semejante en esplendor a la cumbre de una montaña, aquel héroe no sufrió daño alguno, a causa del don que había recibido del Autoexistente. Y golpeado con la misma puerta, el yaksha dejó de verse, pues su cuerpo quedó entonces reducido a cenizas. Y presenciando el poderío del rakshasa, todos comenzaron a huir; y entonces, afligidos por el espanto, fatigados y pálidos, entraron en ríos y cuevas, dejando atrás sus armas».
Section 15
«Viendo a los principales yakshas sufrir espanto por millares, el señor de las riquezas habló a un poderoso yaksha, Manichara: “Oh primero de los yakshas, mata al malvado Ravana, empeñado en el pecado, y hazte (así) el refugio de aquellos heroicos yakshas que sostienen el conflicto”. Así interpelado, el invencible Manibhadra, de brazos poderosos, rodeado de cuatro mil yakshas, comenzó la lucha. Y atacando a los rakshasas con mazas, clavas y dardos barbados, y con dardos, tomaras y garrotes, los yakshas se precipitaron sobre (sus adversarios). Y girando con rapidez y sin riesgo como halcones, lucharon ferozmente. Y (unos) decían: “Bien, dame batalla”, y (otros): “No quiero”, y (otros a su vez): “Déjame (luchar)”. Y entonces los celestiales, los gandharvas y los sabios que estudian los Vedas, contemplando el gran encuentro, se llenaron de gran asombro. Y mil de los yakshas fueron muertos por Prahasta en el conflicto; y otros mil guerreros capaces fueron muertos por Mahodara. Y, oh rey, en un abrir y cerrar de ojos Maricha, enfureciéndose y ansioso de encuentro, abatió a dos mil (soldados enemigos). ¿Dónde la lucha de franco proceder de los yakshas y dónde la lucha de los rakshasas con ayuda del poder de la ilusión? Y por eso en aquella batalla la ventaja estuvo del lado de los rakshasas. Y Dhumraksha, enfrentándose a Manibhadra en el gran conflicto, lo golpeó en el pecho con un garrote; pero él no se movió por ello. Y entonces Manibhadra asestó al rakshasa un golpe con su maza; y con ello Dhumraksha, herido en la cabeza, cayó sin sentido (al suelo). Y viendo a Dhumraksha herido y derribado, bañado en sangre, el de diez cuellos se lanzó contra Manibhadra en el encuentro. Y entonces aquel primero de los yakshas hirió a Dasanana con tres dardos mientras se lanzaba con ira. Y herido así, (Ravana) golpeó la cabeza de Manibhadra; y con aquel golpe su corona quedó hundida por un lado. Y desde aquel día aquel yaksha quedó con la cabeza hundida por un lado. Y burlado el de alma elevada Manibhadra, se alzó, oh rey, un gran alboroto en aquella montaña. Y entonces, a distancia, el señor de las riquezas, maza en mano, acompañado de Sukra, Praushthapada, Padma y Sankha, vio (a Ravana) en el campo. Y viendo a su hermano en el encuentro, con su gloria oscurecida por la maldición (que antes había sufrido), el inteligente (señor de los yakshas) habló con palabras dignas del linaje de su abuelo: “Puesto que, oh malvado, no desistes aunque te lo he prohibido, más tarde, alcanzando el fruto de esto y yendo al infierno, conocerás (la suerte que te sigue). El perverso que, habiendo bebido veneno por ignorancia, descuida adoptar las medidas apropiadas, conoce al final la consecuencia de su acto. Los dioses te han vuelto la cara a causa de cierta mala acción tuya; y reducido por ello a esta condición, no entiendes las cosas. El que deshonra a su padre, a su madre y a su preceptor espiritual recoge el fruto de su acto al caer bajo el dominio del soberano de los muertos. Considerando que este cuerpo es incierto, la persona necia que no adquiere ascetismo, al morir, va por el camino que merece. La mente de un hombre perverso no se inclina de buen grado hacia el bien; y recoge según siembra. Entre los hombres, las gentes, labrándose su propia buena fortuna, la belleza, la fuerza, los hijos, la riqueza y el valor, los obtienen en virtud de sus actos piadosos. Dado a tales actos inicuos, irás al infierno; y siendo tales tus designios, no parlamentaré contigo. Las gentes honradas deben obrar con cuidado en lo tocante a los malvados”. Reprendidos así por él, sus consejeros (de Ravana), encabezados por Maricha, golpeados, huyeron a toda prisa. Entonces Dasagriva, golpeado en la cabeza con la maza por el señor de los yakshas, no se movió de su sitio. Y entonces, oh Rama, el yaksha y el rakshasa, golpeándose uno a otro en gran encuentro, ni se aturdieron ni sintieron fatiga. Y entonces el dador de riquezas le lanzó un arma ígnea; y con ello el señor de los rakshasas la resistió con un arma Varuna. Y entonces el rey rakshasa recurrió a la ilusión rakshasi y comenzó a tomar mil formas para procurar la destrucción (de su adversario). Y el de diez cuellos tomó (sucesivamente) las formas de un tigre, un jabalí, una nube, una colina, el océano, un árbol, un yaksha y un daitya. Así llevó muchísimas formas y no se le veía en su forma nativa. Y entonces, oh Rama, empuñando un arma poderosa, el de diez cuellos, haciéndola girar, descargó aquella formidable maza sobre la cabeza del dador de riquezas. Así golpeado por él, el señor de la riqueza, burlado, cayó a la tierra cubierto de sangre, como un asoka cuyas raíces han sido cortadas. Con ello Padma y las demás deidades Nidhi, rodeando al otorgador de riqueza, lo levantaron y lo llevaron al bosque Nandana. Venciendo al dador de riqueza, el señor de los rakshasas, con el corazón regocijado, se adueñó de su Pushpaka, el carro, como señal de victoria: provisto de columnas de oro, puertas guarnecidas de lapislázulis, cubierto de redes de perlas, con árboles que daban los frutos de todas las estaciones, dotado de la celeridad del pensamiento, que recorría todas partes a voluntad, que tomaba formas a placer, capaz de surcar el cielo, con escaleras de oro y de joyas y estrados de oro bruñido, el vehículo de los dioses, imperecedero, que deleitaba la mente y la vista, sumamente maravilloso, pintado de imágenes destinadas a llenar la mente de reverencia, construido por Brahma, que contenía todos los objetos de deseo, encantador y sin par, ni frío ni caliente, que daba satisfacción en toda estación y era agradable a la vista. Y subiendo a aquel (carro), que andaba a voluntad, ganado por su poderío, aquel completamente malvado, por insolencia creciente, se tuvo por señor de los tres mundos. Y habiendo vencido a la deidad Vaisravana, descendió del Kailasa. Y habiendo obtenido la victoria por su energía, el poderoso vagabundo de la noche, que llevaba una brillante diadema y un collar, sentado en aquel soberbio carro, aparecía radiante en su corte como el Fuego mismo».
Section 16
«Oh Rama, habiendo vencido a su hermano, el señor de las riquezas, el rey de los rakshasas fue al gran bosque de juncos donde nació Mahasena. Y el de diez cuellos vio el gran bosque dorado de juncos. Provisto de redes de rayos solares y semejante a un segundo Sol, y subiendo a la montaña, estaba contemplando el corazón del bosque cuando, oh Rama, el Pushpaka quedó (de pronto) privado de su movimiento. Y el señor de los rakshasas no podía comprender cómo el carro, que había sido hecho de modo que anduviera conforme al deseo del que lo montaba, podía ver impedido su curso; y con ello, en compañía de sus consejeros, pensó: “¿Por qué no anda este Pushpaka a mi deseo sobre esta montaña? ¿De quién es obra esto?”. Con ello Maricha, el primero de los inteligentes, dijo: “Que el Pushpaka no ande no puede, señor, ser sin causa; o quizá, por no haber llevado el Pushpaka a nadie más que al dador de riquezas, ha cesado en su curso al no tener por jinete al señor de la riqueza”. Mientras hablaban así, aquel servidor de Bhava, Nandi, terrible, de color amarillo negruzco, enano, espantoso, con la cabeza rapada, de brazos cortos y robusto, llegándose a ellos, dijo (esto). Y el señorial Nandi, impávido, se dirigió al soberano de los rakshasas, diciendo: “Desiste, oh el de diez cuellos; Sankara se solaza en la montaña; y (ahora) no puede ser abordado por nadie: aves, serpientes y yakshas, dioses, gandharvas y rakshasas”. Oyendo el discurso de Nandi, (Ravana), lleno de ira, con los ojos cobrizos y los pendientes temblando, saltó del Pushpaka. Y diciendo: “¿Quién es ese Sankara?”, bajó al pie del monte y vio allí a Nandi, situado al lado de aquella deidad, apoyándose en su dardo llameante, semejante a un segundo Sankara. Y viendo a aquel que tenía rostro de mono, el rakshasa, burlándose de él, estalló en carcajadas, y parecía como si una masa de nubes lanzara rugidos. Con ello, enfureciéndose, el reverendo Nandi, el otro cuerpo de Sankara, habló a aquel rakshasa, el de diez cuellos, allí presente: “Puesto que, oh Dasanana, burlándote de mí por mi forma de mono, te has entregado a una carcajada semejante al estallido del trueno, así nacerán monos dotados de poderío, poseedores de mi forma y mi energía, para procurar la destrucción de tu raza. Y armados de dientes y garras, fieros y provistos de la rapidez del pensamiento, locos por el encuentro, rebosantes de vigor y semejantes a montañas que se mueven. Y una vez nacidos, aplastarán tu alto orgullo y tu poder junto con tus cortesanos y tus hijos. Pero, oh vagabundo de la noche, podría acabar contigo del todo ahora mismo; con todo, no debo matarte, pues ya antes has sido muerto por tus actos”. Cuando aquel dios de alma elevada hubo hablado así, sonaron timbales celestiales y una lluvia de flores cayó del cielo. Pero sin hacer caso del discurso de Nandi, aquel sumamente poderoso, Dasanana, llegando a la montaña, dijo: “Oh Gopati, arrancaré de raíz esta montaña, por cuya causa el Pushpaka quedó privado de su movimiento mientras yo viajaba. Ha de saberse por qué influjo se solaza aquí Bhavasvara como un rey. ¿No sabe que se ha presentado una ocasión de miedo?”. Habiendo dicho esto, oh Rama, Ravana, asiendo la montaña con sus brazos, la levantó de golpe; y entonces la montaña tembló grandemente. Y por temblar la montaña, temblaron también los servidores de la deidad (que en ella moraban). Y Parvati tembló también y abrazó a Mahesvara. Y entonces, oh Rama, Mahadeva, el primero de las deidades, Hara mismo, como por juego, apretó el monte con el dedo gordo del pie. Y con ello los brazos de él, semejantes a bloques de piedra, sintieron el choque, y entonces allí los consejeros de aquel rakshasa quedaron atónitos. Y el rakshasa, por la ira y el dolor que sentía en los brazos, alzó un grito que sacudió todo el triple mundo. Y sus consejeros lo tomaron por la sacudida del trueno en la disrupción universal. Y entonces los celestiales con Indra a la cabeza temblaron en su camino; y el mar se embraveció y las montañas temblaron. Y los yakshas, los vidyadharas y los siddhas preguntaron: “¿Qué es esto?”. “Propicie usted al señor de Uma, Mahadeva, el de garganta azul; pues, oh Dasanana, fuera de él no vemos refugio para usted en este asunto. Inclinándose, búsquelo como amparo. Entonces el bondadoso Sankara, complacido, le conferirá su favor”. Así interpelado por sus consejeros, el de diez rostros, inclinándose ante aquel que tiene el toro por estandarte, comenzó a ensalzarlo con diversos himnos soma; y el rakshasa pasó mil años cumplidos en lamentaciones. Y con ello aquel Señor Mahadeva, complacido, liberó las manos de Dasanana, situado en lo alto del monte, y, oh Rama, se dirigió a él, diciendo: “Oh Dasanana, estoy complacido contigo por tus himnos. Y puesto que, por haber sido lastimados tus brazos por la montaña, has proferido un alarido terrible, que llenó de horror a los tres mundos y los puso a temblar, por tanto, oh rey, tu nombre será Ravana. Y las deidades, los hombres, los yakshas y los demás que viven en la tierra te llamarán Ravana, terror de las criaturas. Así pues, oh Paulastya, por el camino que desees, y con mi permiso, oh señor de los rakshasas, vete”. Así interpelado por Sambhu, el señor de Lanka dijo por sí mismo: “Si está complacido conmigo, concédame un don a mí, que se lo pido. Ya he obtenido un don que me otorga inmunidad frente a la muerte a manos de dioses, gandharvas y danavas, rakshasas, guhyakas y nagas, y otros también que son de fuerza más que ordinaria. A los hombres no los cuento, oh dios: los tengo por insignificantes. He recibido también, oh destructor de Tripura, un largo plazo de vida de Brahma. Ahora deseo pasar el resto de mis días en paz: concédame un arma”. Así interpelado por él (por Ravana), Sankara le dio una espada sumamente refulgente, famosa como Chandrahasa; y el señor de los espectros le concedió entonces también paz para el resto de su vida. Y entregándole (la espada), Sambhu dijo: “No debes desdeñarla. ¡Si es desdeñada, volverá sin duda a mí!”. Habiendo recibido así su nombre de Mahesvara, Ravana, saludando a Mahadeva, subió al Pushpaka. Y entonces, oh Rama, Ravana comenzó a recorrer la tierra. Y encontrando oposición en algunos lugares por parte de heroicos kshatriyas dotados de energía e irreprimibles en la lucha, que se negaban a someterse, los exterminó junto con sus servidores; mientras otros hombres sabios, sabiendo invencible al rakshasa, decían al rakshasa envanecido de fuerza: “¡Hemos sido vencidos!”».
Section 17
«Y entonces, oh rey, el de brazos poderosos Ravana, recorriendo la tierra, llegó al Himavan y comenzó a recorrerlo. Y sucedió que allí vio a una doncella que llevaba una piel oscura de ciervo y guedejas enmarañadas, que llevaba la vida de una santa y llameaba como una celestial. Y viendo a la muchacha, que observaba altos votos, dotada de belleza, él, con el alma abrumada de lujuria, le preguntó riendo: “¿Cómo es, oh amable, que obras así, contrariamente a tu juventud? Este modo de vida, de cierto, no conviene a tu belleza. Tu hermosura, oh tímida, no tiene par y es capaz de enloquecer de deseo a las gentes. No te corresponde llevar un modo de vida ascético: esto convendría a una persona anciana. ¿De quién eres hija, oh gentil dama? ¿Y qué es esto (este voto) que practicas? Y, oh muchacha de hermoso rostro, ¿quién es tu esposo? El que te tiene por esposa, oh temerosa, posee mérito religioso en la tierra. Cuéntamelo todo a mí, que te lo pido. ¿Por quién te impones esta fatiga?”. Así interpelada por Ravana, aquella ilustre muchacha, que tenía el ascetismo por riqueza, habiéndolo recibido hospitalariamente en debida forma, dijo: “Mi padre se llama Kusadhvaja, un brahmarshi de inconmensurable energía, hijo de Vrihaspati, dotado de gracia y semejante al mismo Vrihaspati en inteligencia. Y mientras aquel de alma elevada se ocupaba en el estudio diario de los Vedas, nací yo como su hija engendrada por la palabra, llamada Vedavati. Cuando los dioses, los gandharvas, los yakshas, los rakshasas y los pannagas, viniendo a mi padre, me pidieron, oh primero de los rakshasas, mi padre no me otorgó a ninguno de ellos. Y te diré la razón de ello; escucha, oh tú, de largos brazos. El yerno que mi padre se proponía era nada menos que Vishnu, soberano de los celestiales y señor del triple mundo; y mi padre no quería otorgarme a ningún otro. Y oyendo esto, cierto rey de los daityas llamado Sumbhu, orgulloso de su poderío, se llenó de ira, y una noche, estando mi padre en el lecho, aquel malvado lo mató. Con ello mi desamparada madre, de excelsa rectitud, abrazando el cuerpo de mi padre, entró en el fuego. Entonces, deseando cumplir el deseo de mi padre tocante a Narayana, he puesto mi corazón precisamente en él. Habiendo hecho esta promesa, he estado llevando a cabo rígidas austeridades. Así, oh primero de los rakshasas, te lo he relatado todo. Narayana es mi esposo, y ningún otro sino aquel mejor de los seres varones; y deseosa de tener a Narayana he adoptado severas restricciones. Te conozco, oh rey. Vete, oh hijo de Paulastya. En virtud de mi ascetismo sé todo lo que sucede en estas tres regiones”. Con ello, descendiendo de la parte delantera de su carro, Ravana, afligido por las saetas de Kandarpa, se dirigió de nuevo a aquella muchacha, observante de un poderoso voto: “Oh tú, de caderas bien formadas, puesto que tal es tu intención, debes de ser muy orgullosa. Oh tú, de ojos de cervatilla, la acumulación de mérito religioso conviene a los ancianos. Tú, provista de toda perfección, no debes hablar así. Eres el dechado de estos tres mundos. Tu juventud se va gastando. Soy el señor de Lanka, oh gentil dama, conocido como Dasagriva. Sé mi esposa y goza de los placeres según tu deseo. ¿Quién es ese a quien llamas Vishnu? Oh mansa, ni en poderío, ni en ascetismo, ni en goce, ni en fuerza es mi igual aquel a quien, oh doncella, buscas”. Así interpelada, Vedavati dijo al vagabundo de la noche: “No hables así de Vishnu, señor de esta triple esfera, ante quien se inclinan todas las criaturas. Salvo tú solo, ¿quién, siendo inteligente, menosprecia (a Narayana), oh rey de los rakshasas?”. Así interpelado allí por Vedavati, el vagabundo de la noche asió a la muchacha por el cabello. Con ello Vedavati, airada, se cortó el cabello con su mano transformada en espada. Y entonces, llameando de ira y como si consumiera al vagabundo de la noche, ella, preparando una pira funeraria, se apresuró a darse muerte: “Tú, abyecto, habiendo sido ultrajada por ti, no deseo vivir. Por tanto, oh rakshasa, entraré en el fuego en tu misma presencia. Y puesto que he sido deshonrada aquí por ti, eres nefando. Naceré de nuevo para procurar tu destrucción. No está en una mujer matar a un varón empeñado en el pecado; y si profiero una maldición, me costará mi ascetismo. Pero si he hecho algo, si he dado algo, si he ofrecido oblaciones al fuego, entonces seré la casta hija de alguna persona virtuosa, aunque no nacida de vaso femenino alguno”. Habiéndose expresado así, entró en el fuego llameante; y con ello una lluvia celestial de flores cayó por todas partes desde el cielo. Oh Señor, esta es la que ha nacido como hija del rey Janaka, tu esposa, oh tú, de brazos poderosos. Tú eres el eterno Vishnu. El enemigo, dotado del esplendor de una colina, que antaño había sido muerto por la ira (de Vedavati), ha sido muerto ahora por ella, con ayuda de tu poderío sobrehumano. Y esta, de eminente rectitud, volvería a brotar en la tierra como una llama de un campo surcado por el arado. Esta, llamada Vedavati, nació en la edad Krita; y en la edad Treta, para procurar la destrucción de aquel rakshasa, nació en el linaje maithila del de alma elevada Janaka».
Section 18
«Cuando Vedavati hubo entrado en el fuego, Ravana, subiendo al Pushpaka, comenzó a recorrer la tierra. Y llegando a Usiravija, Ravana vio a un rey (llamado) Marutta que sacrificaba junto con las deidades. Y un justo brahmarshi llamado Samvartta, hermano mismo de Vrihaspati, oficiaba en el sacrificio acompañado de las deidades. Y viendo a aquel rakshasa, invencible en razón del don que había recibido, las deidades, temiendo ser vencidas por él, tomaron formas de animales. E Indra se convirtió en pavo real, y el rey de la rectitud en cuervo, y el dador de riquezas en lagarto, y Varuna en cisne; y, oh matador de enemigos, otros se convirtieron también en otros animales. Y entonces Ravana entró en aquel sacrificio como un perro impuro. Y entonces, llegándose al rey, Ravana, señor de los rakshasas, dijo: “Dame batalla, o di: Estoy vencido”. Con lo cual el rey Marutta le preguntó: “¿Quién eres tú?”. Y Ravana, riendo con desprecio, dijo: “Oh rey, me regocija que, falto de deseo de saber, no deshonres a Ravana, hermano menor del dador de riquezas. ¿Qué otro hombre hay en estas tres regiones que no conozca el poderío mío, que, venciendo a mi hermano, me he adueñado de este carro?”. Con ello Marutta habló a Ravana, diciendo: “Dichoso eres, en verdad, tú, por quien tu hermano mayor ha sido vencido en la lucha; no hay en los tres mundos persona tan digna de alabanza. Un acto que está divorciado de la rectitud y que reprueban las gentes nunca puede ser digno de alabanza. Habiendo cometido un acto infame, ¿te jactas de haber vencido a tu hermano? ¿Y practicando qué piedad recibiste por fortuna el don? Nunca antes había oído algo semejante a lo que dices. Pero, oh perverso, detente ahora. No volverás con vida. Hoy, con mis saetas aguzadas, te despacharé a la morada de Yama”. Entonces, tomando su arco y sus flechas, aquel rey de los hombres salió al encuentro; pero Samvartta se interpuso en el camino. Y aquel gran sabio dijo a Marutta palabras impregnadas de afecto: “Si escucha mi discurso, no debe luchar. Si este sacrificio de Mahesvara quedara incompleto, abrasará a su dinastía. ¿Dónde la lucha de uno iniciado en un sacrificio? ¿Y dónde la pasión de uno iniciado en un sacrificio? Y la victoria es siempre incierta; y el rakshasa es difícil de vencer”. Y con ello el señor de la Tierra, Marutta, desistió conforme a las instrucciones de su preceptor espiritual; y sereno se aplicó a completar el sacrificio, abandonando su arco con la flecha puesta. Y con ello, considerándolo vencido, Suka lo proclamó por todas partes, y de regocijo gritó en voz alta: “¡Victoria para Ravana!”. Y entonces, devorando a los Maharshis que estaban presentes en el lugar del sacrificio, Ravana, saciado de su sangre, volvió a recorrer la tierra. Habiéndose marchado Ravana, las deidades que habitan las regiones etéreas, Indra, etcétera, tomando sus formas propias, se dirigieron a aquellas criaturas. Y de gozo Indra habló al pavo real de plumaje purpúreo: “Estoy complacido contigo, oh justo. No te nacerá miedo alguno de las serpientes; y tu plumaje estará provisto de cien ojos. Y cuando yo haga llover, te llenarás de alborozo en señal de mi satisfacción contigo”. Así confirió Indra, jefe de los celestiales, un don al pavo real. Antaño, oh rey, las alas del pavo real tenían un azul uniforme. Habiendo recibido el don, el pavo real partió. Entonces, oh Rama, el rey de la rectitud dijo al cuervo, posado delante del recinto del sacrificio: “Oh ave, estoy muy complacido contigo. Escucha mis palabras mientras las profiero. Puesto que estoy complacido contigo, gozarás sin duda de inmunidad frente a las diversas dolencias a que están sujetas las aves. Y, oh ave, por mi maldición el miedo a la muerte no se te acercará; y existirás mientras las gentes no te maten. Y aquellos hombres que residen en mi dominio, aquejados de hambre, quedarán saciados junto con tus parientes cuando tú hayas comido y te hayas saciado”. Entonces Varuna se dirigió a aquel señor de las aves, el cisne que recorre las aguas de la Ganga: “Escucha mis palabras, cargadas de gozo: tu color será encantador, suave y semejante al disco lunar; y será hermoso, semejante al brillo de la espuma inmaculada. Y acercándote a mi persona, serás siempre hermoso de contemplar; y, en señal de mi complacencia, alcanzarás una satisfacción sin par”. Antaño, oh Rama, los cisnes no tenían un color de blancura uniforme. Sus alas terminaban en azul, y sus pechos llevaban el color inmaculado de la hierba tierna. Y entonces Vaisravana se dirigió al camaleón, que estaba situado en la montaña: “Tu color será de brillo dorado. Estoy complacido contigo. Tu cabeza imperecedera será siempre de color de oro. ¡Y este color dorado tuyo procederá de mi complacencia!”. Habiendo conferido así dones a aquellos en aquel lugar festivo, los celestiales, junto con el rey, terminado (el sacrificio), fueron a su morada».
Section 19
«Habiendo vencido a Marutta, aquel señor de los rakshasas, el de diez rostros, ansioso de encuentro, comenzó a recorrer las capitales de los principales monarcas (de la tierra). Y llegando a las testas coronadas más poderosas (del mundo), semejantes a Mahendra y a Varuna, el rey rakshasa dijo: “Denme batalla, o declaren: ‘Hemos sido vencidos’. Esto es lo que he resuelto. ¡De otro modo no hay escape para ustedes!”. Con ello aquellos sabios reyes, poseedores de gran fuerza y siempre fieles a la rectitud, atemorizados (por la intimidación de Ravana), deliberaron unos con otros. Y conociendo la fuerza superior del enemigo, dijeron: “Hemos sido vencidos”. Dushyanta, oh hijo, y Suratha, y Gadhi, y Gaya y el rey Pururavas, todos estos reyes dijeron: “Hemos sido vencidos”. Y entonces Ravana, soberano de los rakshasas, se presentó ante Ayodhya, gobernada por Anaranya, como Amaravati regida por Sakra. Y llegando a aquel primero de los hombres, rey semejante a Purandara mismo en poderío, Ravana dijo: “Dame batalla, o di: ‘He sido vencido’. Este es mi mandato”. El señor de Ayodhya, Anaranya, al oír las palabras de aquel malvado, enfurecido, se dirigió al jefe rakshasa, diciendo: “Oh rey de los rakshasas, te daré combate; espera. Prepárate al punto para la lucha, y yo también iré a prepararme”. Y cuando hubo oído todo (acerca de Ravana), las fuerzas de aquel primero de los reyes que habían sido destinadas a vencer (a Ravana) salieron dispuestas a procurar la destrucción del rakshasa: diez mil elefantes, un niyuta de caballos y muchos millares de carros e infantes, oh el mejor de los hombres; y aquella hueste, compuesta de infantería y carros, marchó al encuentro, cubriendo la tierra. Y entonces, oh tú, diestro en la lucha, tuvo lugar un grande y maravilloso encuentro entre el rey Anaranya y aquel señor de los rakshasas. Y aquella hueste del rey, enfrentándose a las fuerzas de Ravana, se extinguió como la mantequilla clarificada arrojada al fuego (del sacrificio). Y habiendo luchado valerosamente largo tiempo, el resto de las fuerzas reales, entrando de pronto en contacto con las llameantes filas rakshasas, fue destruido como enjambres de langostas que entran en el fuego. Y él vio el gran ejército de aquel poderoso monarca destruido por (el adversario), como cien corrientes absorbidas por un océano que avanza. Y entonces, tensando él mismo su arco, semejante al arco mismo de Sakra, aquel primero de los soberanos, fuera de sí de ira, se acercó a Ravana. Y abatidos por Anaranya, sus consejeros (de Ravana), Maricha, Suka y Sarana con Prahasta, huyeron a toda prisa como ciervos. Y entonces aquel hijo de la raza de Ikshvaku disparó ochocientas flechas a la cabeza de Ravana. Y como los aguaceros que caen en la cima de una montaña, sus saetas no infligieron herida alguna (a Ravana). Y entonces el rey, golpeado en la cabeza con una bofetada por el enfurecido rey de los rakshasas, cayó de su carro. Y el rey, privado de sentido, cayó a la tierra, con todo el cuerpo temblando, como cae en un bosque un sala herido por el fuego del cielo. Y con ello el rakshasa, riendo, habló a aquel Ikshvaku, señor de la tierra: “¿Qué es esto que has cosechado como fruto de tu encuentro conmigo? Oh rey, no hay nadie en esta triple esfera que pueda combatir conmigo. Hundido hasta ahora en la locura, no has oído de mi fuerza”. Mientras él hablaba así, el rey, cuyo aliento se agotaba rápidamente, dijo: “¿Qué puedo hacer en este asunto? En verdad, el tiempo no puede ser dominado. He sido vencido por el Tiempo; tú eres meramente un instrumento. ¿Qué puedo hacer ahora, cuando voy a perder la vida? Nunca volví la espalda a la lucha; he sido muerto luchando. Pero, oh rakshasa, te diré algo a causa de la deshonra que ha sufrido (hoy) la raza de Ikshvaku. Si he practicado la caridad, si he ofrecido oblaciones al fuego, si he llevado a cabo piadosas penitencias, si he gobernado bien a mi pueblo, ¡que se cumplan entonces mis palabras! Nacerá en el linaje del de alma elevada Ikshvaku uno llamado Rama, hijo de Dasaratha, que te privará de la vida”. Al proferir él esta imprecación, los timbales celestiales sonaron como el rugido de las nubes, y llovieron flores del cielo. Y entonces aquel mejor de los reyes fue al cielo; y cuando aquel rey se hubo ido a las regiones celestiales, el rakshasa (también) se marchó».
Section 20
«Mientras el señor de los rakshasas recorría la tierra atemorizando a todos, Narada, el primero de los ascetas, llegó a aquel bosque montado en una nube. Y con ello, saludándolo, el vagabundo de la noche, el de diez cuellos, se informó de su bienestar así como del motivo de su visita. Y aquel devarshi, el sumamente enérgico Narada, de inconmensurable esplendor, sentado en el lomo de la nube, se dirigió a Ravana, que estaba en el Pushpaka, diciendo: “Oh señor de los rakshasas, oh plácido, oh hijo de Visrava, detente. Estoy muy complacido con tu poderío y tu fama. Y así como Vishnu me había complacido destruyendo a los daityas, tú me has complacido hostigando a los gandharvas y a las serpientes. Te diré algo. Si quieres oír lo que tengo que decir, entonces, oh hijo, escucha atentamente mientras lo expongo. ¿Por qué, hijo mío, matas a estos? Tú no puedes ser muerto ni siquiera por los celestiales. Todos estos (hombres) están sujetos a la muerte; en verdad, ya están muertos. El mundo de los hombres no merece ser afligido por ti, que no puedes ser destruido por deidades, danavas, daityas, yakshas, gandharvas ni rakshasas. ¿Quién mataría a criaturas que son siempre necias respecto de su bienestar, rodeadas de grandes peligros y cercadas por la decrepitud y por centenares de dolencias? ¿Qué persona juiciosa puede poner su corazón en matar a seres humanos que están acosados por todas partes por una corriente perenne de males? No debilites a esos seres que ya están debilitados y heridos por la Divinidad con hambre, sed, vejez, etcétera, y que están abrumados de pesar y de pena. Oh tú, de brazos poderosos, oh señor de los rakshasas, mira a los hombres, aunque tienen los sentidos embotados, ocupados en la búsqueda de diversos intereses y sin entender ellos mismos sus propios caminos: unos pasan el tiempo alegremente danzando y tocando instrumentos musicales, mientras otros lloran angustiados, con las lágrimas corriéndoles de los ojos por las mejillas. Y caídos a causa de su apego a sus madres, padres e hijos, y de sus deseos tocante a sus esposas y amigos, tienen en poco los trabajos que tienen por objeto el más allá. ¿De qué sirve, pues, afligir a una raza que siempre es abatida por su propio extravío? Oh plácido, este mundo está en verdad conquistado por ti. Estos, de cierto, tendrán que ir a la morada de Yama. Por tanto, oh Paulastya, oh conquistador de capitales enemigas, somete a Yama. Vencido él, todo será sin duda vencido por ti”. Así interpelado, el señor de Lanka, llameante de energía nativa, se dirigió a Narada, riendo y saludándolo: “Oh usted, que se deleita en el juego de dioses y gandharvas y que se complace en la guerra, estoy dispuesto a ir a las regiones más profundas con el propósito de la conquista. Y conquistando los tres mundos y sometiendo a las serpientes y a los celestiales, batiré las regiones inferiores en busca de ambrosía”. Entonces el reverendo sabio Narada habló al de diez cuellos: “¿Quién, sino tú, puede en verdad emprender ese viaje? En verdad, oh irreprimible, oh destructor de enemigos, el camino que conduce a la ciudad del señor de los muertos es de difícil acceso”. Con ello, riendo, el de diez rostros dijo al santo, semejante a una masa de nubes blancas: “Esto está hecho. Por tanto, oh gran brahmán, empeñado en matar al hijo de Vivasvat, iré por este camino que conduce al rey, el vástago del sol. Y, oh señor, por ira he hecho voto de que, ansioso de encuentro, oh reverendo, conquistaré a los cuatro Lokapalas. Así pues, aquí voy a la ciudad del señor de los Pitris; y estoy resuelto a procurar la muerte de aquel que aflige a las criaturas con dolor”. Habiéndose expresado así y habiendo saludado al sabio, él, entrando por el camino del sur con sus consejeros, siguió adelante. Y el sumamente enérgico Narada, el mejor de los brahmanes, semejante a un fuego sin humo, quedándose absorto un rato, comenzó a reflexionar: “¿Cómo puede (Ravana) vencer al Tiempo, que, cuando su vida mengua, aflige con justicia a la esfera con Indra, cargada de lo móvil y lo inmóvil? ¿Cómo puede este señor de los rakshasas ir por sí mismo a aquel que, semejante a otro fuego, da testimonio de las dádivas y los actos (de las personas), aquel de alma elevada por quien, al cobrar conciencia, las gentes despliegan su actividad, y por miedo al cual estos tres mundos se desvanecen? ¿Cómo puede (Ravana) someter a aquel que ordena las cosas grandes y pequeñas, que reparte recompensas y castigos por los actos buenos y malos, y que él mismo ha conquistado los tres mundos? ¿Recurriendo a qué otro medio asegurará Ravana (la victoria)? Deseo saberlo: iré a la morada de Yama para presenciar el encuentro entre Yama y el rakshasa”.
Section 21
«Habiendo reflexionado así, aquel primero de los vipras, dotado de veloz vigor, encaminó sus pasos hacia la morada de Yama con el propósito de relatarle todo lo que había sucedido. Y allí vio (él) a aquel dios, Yama, sentado delante del fuego y ofreciendo en él los frutos buenos y malos de las acciones de ellos.
«Y viendo llegar allí al Maharshi Narada, Yama, ofreciéndole el arghya conforme a la ordenanza, se dirigió a él, diciendo, cuando estuvo sentado a sus anchas: “Oh devarshi, ¿le va bien? ¿Y decae la virtud? ¿Y por qué, oh usted, honrado por deidades y gandharvas, viene aquí?”. Con ello el reverendo sabio Narada dijo: “Escuche. (Se lo) diré; y (después de oírme hasta el fin) haga lo que convenga. Oh rey de los Pitris, aquí viene el vagabundo de la noche llamado el de diez cuellos para someterlo a su dominio, a usted, que no puede ser vencido. Y, oh señor, por esta razón he venido aquí apresuradamente, dudoso de lo que le sucederá a usted, que tiene la vara por arma”. Entretanto vieron acercarse desde lejos el carro del rakshasa, llameante y semejante al (astro) provisto de rayos cuando se ha alzado. Y disipando la oscuridad de aquella región con la refulgencia del Pushpaka, aquel sumamente poderoso (rakshasa) se adelantó. Y el de diez cuellos, de brazos poderosos, vio todo alrededor a las criaturas que cosechaban las consecuencias de sus actos buenos y malos. Y allí vio a la soldadesca de Yama junto con los seguidores de Yama, de formas fieras, de semblante torvo y terribles. Y vio a seres corpóreos que sufrían tormentos y dolor, y que lanzaban grandes gritos y agudos chillidos; devorados por gusanos y por perros feroces, y profiriendo palabras capaces de causar dolor y terror en el corazón (del que las oye); y a gentes que nadaban en el Vaitarani, que corre profusamente con sangre, y que se abrasaban a cada momento en arenas calientes; a seres injustos atravesados en un bosque de asipatra, (sumergidos) en el Raurava, en el río de borato de sodio, y (cortados) con filos de navaja; que pedían bebida y estaban afligidos por el hambre y la sed, convertidos en cadáveres, flacos, desconsolados y pálidos, con el cabello suelto, con polvo y suciedad (en el cuerpo), y que corrían angustiados con formas resecas: a estos vio Ravana en el camino por centenares y por millares. Y Ravana vio también a algunos delante de casas, ocupados en regocijarse con cantos y sones de instrumentos, como fruto de sus actos piadosos; y (vio) a los que dieron vacas regalándose con leche; al que repartió arroz alimentándose de él; al que otorgó moradas gozando de mansiones, como fruto de sus diversos actos; y a personas que vivían con doncellas adornadas de oro, gemas y joyas; y a otras gentes piadosas, llameantes de su energía nativa: a todos estos vio Ravana, señor de los rakshasas. Y con su poderío aquel poderoso liberó a los que eran atormentados por sus actos malvados. Y liberadas por aquel rakshasa, el de diez cuellos, aquellas criaturas comenzaron en un momento a gozar de su liberación, que les había llegado sin pensarlo ni esperarlo. Y liberados los muertos por el rakshasa de gran alma, los guardianes de los muertos, enfureciéndose, se lanzaron contra el soberano rakshasa. Y se alzó un gran tumulto por todos lados, de los heroicos guerreros del rey de la rectitud que se precipitaban (por todas partes). Y aquellos héroes, por centenares y por millares, asaltaron (el Pushpaka) con prasas, garrotes, dardos y mazas, lanzas y tomaras. Y enjambrándose velozmente como abejas, comenzaron a romper los asientos, los bloques, los estrados y las puertas (del carro). Y en aquel conflicto el Pushpaka, presidido por la energía divina, imposible de destruir en virtud del poder de Brahma, roto, recobró su forma anterior. Incontables eran los soldados de aquel de alma elevada, que constaban de centenares y millares de heroicos guerreros, (siempre) dispuestos a la lucha. Y según la medida de su poderío, sus consejeros (de Ravana), grandes héroes todos, así como el de diez rostros mismo con todas sus fuerzas, lucharon con árboles, peñascos y centenares de bloques de edificios. Y aquellos consejeros del señor de los rakshasas, asaltados con toda clase de armas, con los cuerpos bañados en sangre, lucharon ferozmente. Y, oh tú, de largos brazos, los excelsos consejeros de Yama y de Ravana se asaltaron duramente unos a otros con armas. Y dejando solos a los consejeros, los sumamente poderosos guerreros de Yama se lanzaron contra Dasanana con una lluvia de lanzas. Y entonces, atravesado de parte a parte por aquellas armas, con el cuerpo cubierto de sangre, el rey rakshasa parecía un kinsuka florido en el Pushpaka. Y con ello aquel poderoso, en virtud de su maestría en las armas, comenzó a lanzar dardos y mazas, prasas y lanzas, tomaras, peñascos y árboles. Y aquella terrible lluvia de árboles, rocas y armas cayó sobre el ejército de Yama, (que luchaba) en la tierra. Y quebrando aquellas armas y resistiendo (aquellas andanadas de) armas, golpearon por centenares y por millares al rakshasa, que luchaba solo. Y rodeándolo como las nubes rodean una montaña, dejaron inerte (a Ravana) por medio de bhindipalas y dardos. Y con la cota de malla desgarrada, la ira bramando ferozmente y cubierto de la sangre que corría por su cuerpo, él, abandonando su carro, se plantó en el suelo. Y entonces, provisto de su arco y empuñando sus saetas, (Ravana), recobrando el sentido en poco tiempo, creció en energía y se plantó en el campo como el Acabador. Y entonces, colocando en su arco el divino Pasupata y diciéndoles: “¡Maten! ¡Maten!”, tensó aquel arco. Y enfurecido, (Ravana), semejante a Rudra mismo, tensando en la lucha su arco hasta la oreja, disparó aquella saeta como Sankara la había disparado contra Tripura. Y el aspecto de la saeta era como un fuego devorador en verano, con humo y llamas, que abrasa un bosque. Y enguirnaldada de gloria, aquella saeta, seguida de espectros, en aquel encuentro se precipitó, reduciendo a cenizas los arbustos sueltos y los árboles que hallaba a su paso. Y abrasados por su energía, la mayor parte (de los soldados) de Vaivasvata cayeron en el campo como estandartes de Mahendra. Y con ello el rakshasa de terrible poderío, junto con sus consejeros, comenzó a alzar tremendos gritos, como si hiciera temblar la tierra».
Section 22
«Oyendo sus poderosos gritos, aquel señor Vaivasvata supo que su adversario había ganado la jornada y que su propia hueste había sido destruida. Y sabiendo que sus fuerzas habían sido muertas, él, con los ojos enrojecidos de pasión, habló apresuradamente a su auriga: “Trae mi carro”. Y con ello el auriga trajo el noble y poderoso carro y se quedó (allí), y entonces aquel sumamente enérgico subió al carro. Y delante (de su carro) estaba la Muerte, provista de prasas y mazas en las manos, que no tiene en nada a todo este triple mundo, incapaz de menguar. Y al lado (de él) estaba la vara del Tiempo en su forma nativa, el instrumento divino de Yama, semejante a un fuego llameante a causa de su propia energía. Y entonces, al contemplar al Tiempo enfurecido, que tendía a infundir terror a todas las criaturas, se agitó el triple universo, y el temblor se apoderó de los moradores del cielo. Y el auriga aguijó a los corceles, poseedores de hermoso esplendor, y llegó adonde estaba situado el señor de los rakshasas. Y en un momento aquellos caballos, semejantes al pensamiento (en celeridad) y parecidos a los corceles mismos de Hari, llevaron a Yama adonde ya había comenzado la contienda. Y viendo el espantoso carro con aquel aspecto, con la Muerte presente en él, los ministros del monarca rakshasa huyeron al punto. Y por ser comparativamente inferiores en fuerza, quedaron privados de sentido y afligidos por el miedo; y diciendo: “Aquí no estamos a la altura de la lucha”, se fueron por su camino. Pero viendo aquel carro, capaz de infundir terror a las gentes, el de diez cuellos no sintió agitación alguna, ni entró el miedo en su corazón. Y acercándose a Ravana, Yama, enfurecido, lanzó lanzas y tomaras, y comenzó a atravesar los tuétanos de Ravana. Pero Ravana, sin sentir en absoluto dolor alguno, comenzó a hacer llover flechas sobre el vehículo de Vaivasvata, semejantes a un aguacero causado por las nubes. Y de nuevo, contra su ancho pecho, aquel rakshasa, que había sufrido leve herida, no pudo resistir (las armas de Yama), centenares de poderosos dardos arrojados. Y de este modo aquel destructor de enemigos, Yama, luchó durante siete noches con diversas armas, hasta que al fin su enemigo fue rechazado y privado de sentido. Y entonces, oh héroe, tuvo lugar una gran acometida entre Yama y el rakshasa, ambos ansiosos de victoria y ambos incansables en la lucha. Y los celestiales, los gandharvas, los siddhas y los santos supremos, poniendo a Prajapati a su cabeza, se presentaron en la lucha. Y el encuentro que entonces tuvo lugar entre aquel primero de los rakshasas y el señor de los muertos fue como la conmoción universal. Y tensando su arco, semejante en esplendor al rayo de Indra, él disparó flechas que cubrieron el cielo. E hirió a la Muerte con cuatro, al auriga (de Yama) con siete, y velozmente golpeó a Yama en los tuétanos con centenares y millares de saetas. Y entonces de la boca de Yama brotaron llamas lanzadas, mezcladas de humo entre sus dientes, el fuego de su furia. Y presenciando esta maravilla en presencia de las deidades y los danavas, tanto la Muerte como el Tiempo se encendieron de ira y se llenaron de regocijo. Y la Muerte, enfureciéndose aún más, se dirigió a Vaivasvata, diciendo: “Déjeme ir. Mataré a este rakshasa pecador. Tal es mi poderío nativo: este rakshasa dejará de ser. Hiranyakasipu, el apuesto Namuchi, y Sambara, Nisandi y Dhumaketu, y el vástago de Virochana, Bali, y el daitya Sambu, aquellos poderosos monarcas, Vritra y Bana; y rajarshis versados en todas las ramas del saber, y gandharvas, y poderosas serpientes, y sabios, y pannagas, y yakshas, y enjambres de apsaras, y la Tierra misma, que contiene vastos océanos, montañas, ríos y árboles, al desenvolverse un Yuga: a todos estos, oh poderoso monarca, los he llevado a la disolución. Todos estos y muchos más, dotados de fuerza e imposibles de vencer, quedaron cercados de peligro con solo verme; ¿y qué es este vagabundo de la noche? Déjeme ir. Oh usted, conocedor de la rectitud, mataré a este. No hay nadie que, aunque sea fuerte, pueda sobrevivir después de haber sido visto por mí. En verdad, esta no es fuerza mía: este poderío me pertenece por naturaleza. Oh Tiempo, si yo lo veo, no vivirá ni un momento”. Oyendo estas palabras suyas, el poderoso rey de la rectitud habló allí a la Muerte: “Detente. Yo mismo lo mataré”. Entonces, con los ojos enrojecidos, aquel señor, Vaivasvata, blandió con la mano el infalible dardo del Tiempo; mientras junto a él yacían el formidable lazo del Tiempo y la maza en su forma nativa, semejante al fuego y al rayo. Aquel que con su sola vista arrebata la vida de las criaturas, ¿qué decir de su contacto y de su lanzamiento contra las gentes? Y tocada por aquel poderoso, aquella poderosa arma, ceñida de llamas, cobró un aumento de energía y parecía consumir al rakshasa. Y en el campo de batalla todos, afligidos por el miedo, huyeron de ella. Y contemplando a Yama con la vara alzada, los celestiales se agitaron. Y deseando Yama matar a Ravana, el Gran Padre, manifestándose, habló a Yama: “Oh Vaivasvata, oh tú, de brazos poderosos, oh tú, de inconmensurable poderío, esto de cierto no debe ser. No debes matar con tu vara al vagabundo de la noche; pues, oh primero de los celestiales, le he conferido un don, y no debes hacer falsas las palabras que he proferido. En verdad, aquel que, sea dios o ser humano, falsee mis palabras, hará falso este triple universo. No hay duda de esto. Si esta terrible arma, capaz de espantar a las tres esferas, se dispara igual contra amigos que contra enemigos, destruirá a las criaturas. Esta vara del Tiempo, de inconmensurable poderío e irresistible para las criaturas, fue creada por mí con el poder de procurar la muerte de todos los seres. Por tanto, oh manso, no debes en verdad descargarla sobre la cabeza de Ravana. Si esta cae sobre alguien, no vive ni un momento. Si al caer esta arma el de diez cuellos no muere, o si muere, de un modo u otro la consecuencia es la falsedad; por tanto, aparta tu arma alzada del señor de Lanka. Si te importan algo estos mundos, establece mi verdad”. Así interpelado, Yama respondió entonces: “Retengo esta vara. Usted es nuestro Señor. Pero como no puedo matar a este, que ha obtenido un don, ¿qué haré ahora en el campo? Por tanto, desapareceré de la vista de este rakshasa”. Habiendo dicho esto, allí mismo se desvaneció con su carro y sus caballos. Y habiéndolo vencido y hecho ilustre su nombre, (Ravana) subió de nuevo a su Pushpaka y salió de la morada de Yama. Y con el corazón regocijado, Vaivasvata, junto con las deidades encabezadas por Brahma, así como aquel gran asceta, Narada, fue a las regiones celestiales».
Section 23
«Habiendo vencido a Yama, el primero de los celestiales, Ravana, que se deleitaba en la guerra, vio a sus partidarios. Y viendo a Ravana con el cuerpo bañado en sangre, maltrecho por las armas que le habían lanzado, ellos quedaron sobrecogidos de sorpresa. Y aclamándolo con vítores de victoria, los consejeros encabezados por Maricha, animados por Ravana, subieron al Pushpaka. Y entonces el rakshasa entró en la región de las aguas, morada de daityas y serpientes, bien protegida por Varuna. Y llegando a Bhogavati, la ciudad gobernada por Vasuki, sometió a las serpientes y entonces, regocijado, encaminó su curso al palacio Manimayi. Allí moraban los Nivatakavachas, que habían obtenido dones. Aquellos daityas poseían poderío y estaban dotados de fuerza, llevaban diversas armas, respiraban gran ánimo y eran invencibles en la batalla. Y los danavas y los rakshasas, enfureciéndose, se pusieron a desgarrarse unos a otros con dardos y tridentes, kulisas, hachas y pattisas. Y mientras luchaban pasó un año entero, y ningún bando obtuvo la victoria ni fue vencido. Y entonces aquel camino del triple mundo, aquel Dios, el imperecedero Gran Padre, se presentó velozmente en escena montado en su excelente carro. Y haciendo desistir de la batalla a los Nivatakavachas, el antiguo Gran Padre habló con claras palabras: “Ni siquiera los celestiales y los asuras pueden vencer a este Ravana en la batalla; ni pueden los danavas, respaldados por los dioses, destruirlos a ustedes. Vuelvan, pues, su mente a trabar amistad con el rakshasa. Todos los intereses son, en verdad, posesión común de los amigos”. Con ello Ravana trabó amistad con los Nivatakavachas en presencia del Fuego, y entonces se regocijó grandemente. Y debidamente honrado (por ellos), Dasanana pasó allí un año, sin sentir que aquel lugar fuera distinto de su propio hogar, y pasó el tiempo agradablemente. Y habiendo aprendido allí cien clases de ilusión, dirigió su curso al Rasatala, buscando la ciudad del señor de las aguas. Y entonces, yendo a la ciudad llamada Asma, regida por los kalakeyas, (Ravana) mató a los kalakeyas, dotados de terrible fuerza; y entonces con su espada abatió a su cuñado, el esposo de Surpanakha, el poderoso Vidyujjihva, poseedor de terrible fuerza, porque aquel rakshasa, en el encuentro, estaba lamiendo (los miembros de los seguidores de Ravana). Habiéndolo vencido, destruyó en un momento a cuatrocientos daityas. Y entonces el señor de los rakshasas vio la grandiosa morada de Varuna, semejante a una masa de nubes blancas y refulgente como el Kailasa mismo; y vio también a Surabhi, que conserva la leche, situada allí, de cuyos chorros de leche se produjo el océano llamado Kshiroda. Y allí vio Ravana a la madre de las vacas y del primero de los toros, de quien nace aquel hacedor de la noche, la luna de suave brillo; amparados en la cual subsisten los santos principales y los que viven de espuma, la espuma (de la leche); y de donde nacieron la ambrosía así como la Svadha de los que subsisten de la Svadha: aquella que entre los seres humanos se conoce con el nombre de Surabhi. Habiendo dado la vuelta en torno a esta maravillosa (vaca), Ravana entró en la sumamente temible morada de Varuna, guardada por diversas clases de fuerzas. Y entonces contempló la espléndida mansión de Varuna, que manaba centenares de torrentes, semejante a una masa de nubes otoñales y que tenía siempre un aspecto deleitoso. Y matando a los generales de las fuerzas, después de haber sido resistido por ellos, se dirigió a los guerreros, diciendo: “Informen ustedes rápidamente de esto a su rey: ‘Ravana ha venido aquí buscando batalla. Dale lucha, o di con las manos juntas: Me has vencido; y entonces no tendrás miedo alguno’”. Entretanto, los hijos y nietos del de alma elevada Varuna, así como los de Pushkara, salieron. Y ellos, dotados de toda virtud, acompañados de sus propias fuerzas, uncieron carros provistos de la refulgencia del Sol naciente y que andaban al deseo de quienes los montaban. Y entonces tuvo lugar, entre los hijos del señor de las aguas y los del inteligente Ravana, un gran encuentro capaz de erizar el vello de las gentes. Y en poco tiempo toda aquella hueste de Varuna fue abatida por el sumamente poderoso consejero de aquel rakshasa, Dasagriva. Y viendo a sus propias fuerzas puestas en aprieto en el conflicto, rechazadas en la lucha por redes de saetas y tendidas en el suelo, y viendo a Ravana en el Pushpaka, los hijos de Varuna se lanzaron velozmente al firmamento con sus carros de pie veloz. Y después de haber alcanzado una posición de igual ventaja (que Ravana) en el cielo, grande fue el encuentro que tuvo lugar entonces en el cielo, semejante al encuentro de las deidades y los danavas. Y haciendo retroceder a Ravana en el conflicto por medio de saetas semejantes al fuego, ellos, sumamente regocijados, lanzaron diversos gritos. Y entonces Mahodara, enfurecido al ver al rey duramente acosado, desechando el miedo y lleno de ira, comenzó a dar vueltas, ansioso de lucha. Y golpeados con su maza por Mahodara, los hijos de Varuna, que andaban a voluntad y eran semejantes al viento (en velocidad), cayeron al suelo. Y habiendo matado a aquellos guerreros y también a aquellos caballos de los hijos de Varuna, (Mahodara), viéndolos tendidos y privados de sus carros, lanzó velozmente un tremendo vítor. Y destruidos por Mahodara, sus carros y caballos, junto con sus principales aurigas, yacían por tierra. Y entonces, abandonando sus carros, los hijos del de alma elevada Varuna, situados en el cielo, no sintieron dolor alguno en virtud de su poder nativo. Y habiendo tensado sus arcos, atravesaron a Mahodara, y entonces, todos juntos, grandemente airados, contuvieron a Ravana. Como las nubes con mil torrentes hienden una montaña, así ellos, con temibles saetas semejantes a rayos y disparadas de los arcos, lo atravesaron. Con ello el de diez cuellos, encendido de ira como el fuego de la disolución, los atravesó hasta las mismas entrañas con flechas sumamente temibles. Y situado arriba, hizo llover sobre ellos mazas variadas, bhallas, pattisas, saktis y enormes sataghnis.
«Con ello, por las flechas, los infantes quedaron sumamente agotados, como elefantes jóvenes de seis años caídos en el fango. Contemplando a los hijos de Varuna así extenuados y abrumados, el sumamente poderoso Ravana rugió de regocijo como las nubes. Con ello, lanzando grandes gritos, el rakshasa, semejante a una nube, con un aguacero de diversas saetas, destruyó a la descendencia de Varuna. Con ello fueron todos vencidos y cayeron muertos al suelo, y todos sus seguidores huyeron del campo de batalla a sus hogares. Ravana les habló: “Comuniquen esto a Varuna”. A lo cual su ministro Prahasta respondió a Ravana, diciendo: “Oh gran rey, los hijos de Varuna han muerto, y el señor de las aguas, a quien está usted invitando a la batalla, se ha ido a la región de Brahma a oír cantos. Estando ausente el rey, ¿de qué sirve tomarse la molestia, oh héroe? Y todos estos heroicos hijos (de Varuna) han sido vencidos”. Oyendo estas palabras y difundiendo su propio nombre, el señor de los rakshasas, dando muestras de regocijo, salió de la morada de Varuna. Y volviendo por el camino por el que había venido, el rakshasa, situado en el firmamento, se dirigió hacia Lanka».
Section 24
«Y de nuevo viajaron por la ciudad de Asma (los seguidores de Ravana), temibles en la lucha. Allí el demonio de diez cuellos contempló una casa sumamente pintoresca, adornada de redes de perlas, con puertas coronadas de vaiduryas, columnas de oro y abundante en pavimentos. Y las escaleras de aquella pintoresca casa, semejante a la morada de Mahendra, cubiertas de cinturones, eran de cristal. Contemplando aquella excelente morada, el sumamente poderoso Ravana pensó para sí: “¿De quién es esta hermosa casa, semejante a la cumbre del Meru? Ve, oh Prahasta, y averigua pronto de quién es esta casa”. Así ordenado, Prahasta entró en aquella excelente casa; y no hallando a nadie en un aposento, entró en otro, y entrando así en siete aposentos vio al fin una llama de fuego. Había un hombre en aquella llama que, al ser visto, rió en voz alta. Oyendo aquella temible carcajada, a Prahasta se le erizó el vello. Había otro hombre en aquella llama, como desmayado, enguirnaldado de lotos de oro, imposible de mirar, como el sol, y semejante a Yama mismo. Contemplando aquello, el vagabundo de la noche salió rápidamente de la casa y se lo comunicó a Ravana. Con ello, oh Rama, habiendo descendido del Pushpaka, el demonio de diez cuellos, negro como el colirio, entró en aquella casa. (Al punto), obstruyendo la puerta, se plantó un hombre de enorme cuerpo, temible como Siva: su lengua era toda llama, sus ojos rojos, sus hileras de dientes hermosas, sus labios como el bimba, su forma apuesta, su nariz temible, su cuello como una caracola marcada con tres líneas, sus mandíbulas espaciosas, su barba espesa, sus huesos carnosos, sus dientes enormes, y su aspecto era del todo temible. Y tomando una maza de hierro, se plantó en la puerta. Contemplándolo, a Dasanana se le erizó el vello; su corazón y su cuerpo temblaron. Y viendo estos malos presagios, oh Rama, comenzó a pensar para sí. Mientras él meditaba así, aquel hombre dijo: “¿Qué estás pensando, oh rakshasa? Dímelo todo con confianza. Te conferiré la hospitalidad de la lucha, oh héroe, oh vagabundo de la noche”. Habiendo dicho esto, habló de nuevo a Ravana, diciendo: “¿Deseas entrar en conflicto con Bali, o cuál otra es tu intención?”. Ravana estaba tan abrumado que se le erizó el vello; pero recurriendo a la calma dijo: “Oh tú, el primero de los diestros en el habla, ¿quién reside en esta casa? Lucharé con él; di lo que deseas”. Él dijo de nuevo (a Ravana): “Aquí vive el señor de los danavas; es sumamente generoso, heroico, y su poder es la verdad. Está dotado de muchas cualidades, resplandeciente como Yama maza en mano o como el sol recién alzado, e imposible de vencer en el conflicto; impetuoso, invencible, victorioso, poderoso, verdadero océano de dotes, de dulce habla, sostén de los que dependen de él, amante del preceptor y de los brahmanes, siempre atento a las horas oportunas, dotado de altos poderes, veraz, de apuesta persona, hábil, dotado de todas las dotes, heroico y ocupado en el estudio de los Vedas. A veces camina a pie y se mueve como el viento; brilla como el fuego y difunde calor como el sol. Viaja con los dioses, los espíritus, las serpientes y las aves. No conoce el miedo; ¿deseas luchar con él? Si deseas luchar con Bali, oh señor de los rakshasas, oh tú, dotado de gran energía, entra rápidamente (en esta casa) y traba el encuentro”. Así interpelado, el demonio de diez cuellos entró adonde estaba Bali. Contemplando al señor de Lanka, el primero de los danavas, semejante al fuego llameante y difícil de mirar como el sol, rió. Y tomando a aquel rakshasa de la mano y sentándolo en su regazo, dijo: “Oh el de diez cuellos, señor de los rakshasas, oh tú, de largos brazos, ¿qué deseo tuyo puedo satisfacer? Dime a qué has venido aquí”. Así interpelado por Bali, Ravana dijo: “He oído, oh ilustre señor, que antaño fue usted atado por Vishnu. En verdad, soy capaz de librarlo de las ataduras”. Oyendo aquello, Bali rió y dijo: “Escucha; te relataré lo que has preguntado, oh Ravana. El hombre de color rojo que está siempre en la puerta: por él fueron antaño sometidos todos los principales danavas y otros poderosos señores; por él fui atado también yo. Es invencible como la muerte; ¿quién hay en esta tierra que pueda engañarlo? El que está en la puerta es el destructor de todos los seres, creador, preservador y señor de los tres mundos. Tú no lo conoces, ni yo tampoco. Es idéntico al pasado, al futuro y al presente, y es el señor. Él es Kali y él es el Tiempo, el destructor de todos los seres. Él es el destructor y el creador de los tres mundos, y mata a todos los seres móviles e inmóviles. Y aquel señor de todos los dioses crea de nuevo el universo, sin principio ni fin. Oh vagabundo de la noche, él gobierna y preserva todos los sacrificios, las dádivas y las oblaciones al fuego. En verdad, él es el creador y el preservador del universo; no hay nadie tan maravilloso en los tres mundos. Oh hijo de Pulastya, él ha venido guiando a los danavas antiguos, a mí y a ti como a otros tantos animales atados con cuerdas. Vritra, Danu, Suka, Sambhu, Nisumbha, Sumbha, Kalanemi, Prahlada y otros, Kuta, Vairochana, Mridu, Yamala, Arjuna, Kamsa, Kaitabha y Madhu solían dar calor como el sol, aparecer resplandecientes como los rayos, moverse como el aire y derramar aguaceros como Indra. Todos ellos celebraron muchos sacrificios y se ocuparon en austeras penitencias. Todos ellos eran de alma elevada y tenían la práctica del Yoga por gran virtud. Habiendo obtenido un inmenso caudal de riqueza, gozaron de muchos placeres, hicieron muchas dádivas, celebraron muchos sacrificios, estudiaron (muchos saberes) y gobernaron a sus súbditos. Todos eran protectores de sus deudos y parientes y matadores de enemigos; y en la batalla no había nadie igual a ellos en los tres mundos. Todos eran heroicos, de alto linaje, versados en todas las escrituras sagradas, diestros en todas las ramas del saber e indomables en la guerra. Habiendo vencido a millares de celestiales en el conflicto, los de alma elevada conquistaron las regiones. Siempre estaban ocupados en obras que no agradaban a los celestiales, y mantenían a su propia gente. Todos estaban inflados de orgullo y altivez y eran refulgentes como el sol recién alzado. Solo el glorioso Hari, el señor Vishnu, sabe cómo procurar la destrucción de los que perpetuamente asaltan a los celestiales. Él crea a todos estos, y él, procurando su destrucción, existe en sí mismo en el tiempo de la disolución. Estos jefes danavas, sumamente poderosos y de alma elevada, que tomaban formas a voluntad, han sido destruidos por el glorioso Dios. Además, todos estos héroes, de quienes se ha oído que eran irreprimibles e invencibles en la guerra, han sido desbaratados por el maravilloso poder de Kritanta”. Habiendo dicho esto, el señor de los danavas habló de nuevo al señor de los rakshasas: “Oh héroe, oh tú, dotado de gran fuerza, toma aquel disco llameante que contemplas y ven a mi lado. Te relataré entonces el medio de la liberación eterna. Haz lo que te he dicho, oh tú, de largos brazos. No te demores, Ravana”. Oyendo esto, el sumamente poderoso rakshasa fue, riendo, oh descendiente de Raghu, adonde estaba aquel celestial kundala. Ravana, orgulloso de su poderío, lo levantó fácilmente, pero no pudo moverlo de ningún modo. Y avergonzado, aquel sumamente poderoso lo intentó de nuevo. En cuanto lo hubo alzado, el rakshasa cayó al suelo, bañado en un charco de sangre, como un árbol sala arrancado de raíz. Entretanto se alzó un sonido desde el Pushpaka, y los consejeros de aquel señor de los rakshasas gritaron en voz alta. Recobrando el sentido, aquel rakshasa se levantó en un momento e inclinó la cabeza de vergüenza. Bali le dijo: “Ven, oh primero de los rakshasas, y escucha mis palabras. Oh héroe, el kundala coronado de joyas que intentaste levantar es un adorno para la oreja de uno de mis antepasados. Este cayó aquí al suelo, oh tú, dotado de gran fuerza; otro kundala fue arrojado a la cumbre de la montaña. Además de estos kundalas, también su corona fue arrojada al suelo ante el altar durante el encuentro. Antaño nadie tenía enemistad con mi antepasado Hiranyakasipu: ni el Tiempo, ni la muerte, ni la enfermedad. No tenía muerte durante el día, la noche, la tarde ni la mañana. Oh primero de los rakshasas, no sufría la muerte por arma alguna. Él creó una temible enemistad con Prahlada. Habiendo tenido lugar este conflicto con el de alma elevada y heroico Prahlada, se alzó una temible figura de hombre-león, terror de todos, oh primero de los rakshasas. Y echando aquella terrible figura sus miradas en torno, todos los mundos quedaron abrumados.
«“Con ello, tomándolo en sus brazos, lo destruyó con sus uñas. La persona que está en la puerta es este supremo Vasudeva, exento de pasión. Te relataré ahora las palabras de aquel Dios supremo; escucha, si tu corazón está lleno de pensamientos espirituales. La persona que está en la puerta ha sometido, en millares de años, a un millar de Indras, a un ayuta de dioses y a centenares de grandes rishis”. Oyendo estas palabras, Ravana dijo: “(He visto) a Kritanta, el señor de los espíritus, con la Muerte misma, con el cabello erizado. Serpientes y escorpiones son sus cabellos; su lengua es dura como el relámpago, sus dientes son temibles, sus ojos rojos, y está dotado de gran velocidad y es terror de todos los seres. Es imposible de mirar, como el sol, invencible en la batalla, y es el que castiga a los pecadores. Aun él fue vencido por mí en el conflicto. Allí no sentí el menor dolor ni miedo, oh señor de los danavas. No conozco (a esta persona); le corresponde darme razón de ella”.
«Oyendo las palabras de Ravana, Bali dijo: “Él es el señor Hari, Narayana, el protector de los tres mundos. Él es Ananta, Kapila, Jishnu y el sumamente refulgente Hombre-león. Él es Kratudhama, Sudhama, y tiene la temible maza en la mano. Él es semejante a los doce adityas, el Purana y el excelente Purusha; es semejante a las nubes rojas, el señor de los dioses y el mejor dios. Oh tú, de largos brazos, está rodeado de llamas, es gran devoto y amante de los devotos; este señor preserva el universo y lo ha creado. Y él, dotado de gran fuerza, ha procurado la destrucción en forma de Tiempo; y este Hari, con un disco en la mano, es el sacrificio y es adorado en los sacrificios. Es uno con todos los dioses, todos los seres, todos los mundos y todo el saber. Él es todas las formas, la gran forma, Baladeva, y tiene largos brazos; mata a los héroes, tiene ojos heroicos, es imperecedero y es el preceptor de los tres mundos. Todos estos sabios que anhelan la liberación final meditan en él; el que puede conocer a este Purusha no se mancha de pecados. Recordándolo, oyendo de él y adorándolo, puede obtenerse todo”. Oyendo estas palabras de Bali, el sumamente poderoso Ravana, con los ojos enrojecidos de ira, salió con el arma alzada. Contemplándolo así enardecido, el señor Hari, con una clava en la mano, pensó para sí, oh Rama: “No mataré a este pecador, para satisfacción de Brahma”; y tomando su propia forma, desapareció. Y no contemplando allí a aquel Purusha, el vagabundo de la noche salió de la morada de Varuna gritando de gozo. Se marchó por el camino por el que había venido».
Section 25
«Con ello, meditando un rato, el señor de Lanka fue a la región del sol y pasó la noche en la pintoresca cumbre del monte Meru. Y subiendo al carro Pushpaka, que tenía la velocidad de los corceles del sol, avanzó por diversos caminos y contempló al glorioso sol, dotado de todo resplandor, que todo lo purifica, que lleva keyuras de oro y vestiduras coronadas de joyas. Su hermoso semblante estaba adornado con un par de excelentes kundalas; y su persona estaba embellecida con keyuras, nishkas y guirnaldas de lotos rojos. Su cuerpo estaba ungido de sándalo rojo y radiante con mil rayos. Y contemplando a aquel primero de los dioses, el sol, aquella deidad primordial, sin fin ni medio, que tiene a Uchchaihsravas por portador, testigo del mundo y señor del universo, el primero de los rakshasas, abrumado por sus rayos, dijo a Prahasta: “Oh ministro, ve por mandato mío y comunícale mis órdenes: ‘Ravana ha llegado aquí para la batalla; ofrécele lucha’. O di: ‘He sido vencido’. Sigue uno de estos extremos”. Oyendo esas palabras, aquel rakshasa se dirigió hacia el sol y contempló a dos porteros llamados Pingala y Dandi. Y comunicándoles la resolución de Ravana, se quedó allí en silencio, abrumado por los rayos del sol. Y acercándose al sol, Dandi le comunicó todo esto. Oyendo de Dandi la intención de Ravana, el inteligente sol, enemigo de la noche, le dijo sabiamente: “Ve, oh Dandi; o vence a Ravana o dile: ‘He sido vencido’. Haz lo que desees”. Oyendo esas palabras, él se acercó al rakshasa de alma elevada y le comunicó lo que había dicho el sol. Oyendo las palabras de Dandi, el señor de los rakshasas pregonó su propia victoria y se marchó».
Section 26
«Habiendo pasado la noche en la pintoresca cumbre del monte Meru y pensando (un rato), el poderoso señor de Lanka fue a la región de la luna. (Y vio a una persona) que avanzaba sentada en un carro, rociada de ungüentos celestiales y atendida por apsaras. Y agotado por la satisfacción del deseo, era allí besado. Viendo a tal persona, su deseo de saber se encendió grandemente. Y contemplando allí a un rishi, le dijo: “Bienvenido sea usted, oh santo celestial. En verdad, ha venido en buena sazón. ¿Quién es ese desvergonzado que va sentado en un carro y atendido por apsaras? ¿No percibe el objeto de su miedo?”. Así interpelado por Ravana, Parvata dijo: “Oh hijo mío, oh tú, dotado de gran intelecto, escucha: te describiré la verdad. Por él han sido conquistados todos los mundos y ha sido propiciado Brahma. Y ahora se dirige a aquella excelente región llena de bienaventuranza para obtener la liberación final. Así como todos los mundos han sido conquistados por ti en virtud de tu ascetismo, oh señor de los rakshasas, así va él, sin duda tras ejecutar muchas acciones piadosas y beber el jugo del Soma. Oh primero de los rakshasas, eres heroico y tu poder es la verdad. Los poderosos nunca se ofenden con los piadosos”. Con ello divisó un excelente y enorme carro, lleno de todo resplandor y refulgencia y del sonido de instrumentos musicales y de canto. (Y Ravana dijo): “Oh gran rishi, ¿quién es aquella persona, dotada de gran refulgencia, que va rodeada de encantadores cantores, bailarinas y kinnaras?”. Oyendo sus palabras, Parvata, el primero de los santos, dijo de nuevo: “Es heroico y gran guerrero; nunca vuelve sin éxito de un campo de batalla. Habiendo ejecutado muchas hazañas heroicas en la batalla y matado a muchos enemigos, ha sido asaltado con muchas heridas en la lucha y ha renunciado a su vida por su señor. Habiendo destruido a muchos en la batalla, ha sido al fin muerto por sus enemigos y quizá va ahora a la región de Indra o a algún lugar semejante. Este mejor de los hombres es ahora agasajado por estos versados en el arte del canto y la danza”.
«Ravana dijo de nuevo: “¿Quién va allí, refulgente como el sol?”. Oyendo las palabras de Ravana, Parvata dijo: “La persona semejante a la luna llena, que lleva diversos ornamentos y vestiduras, a quien contemplas, oh gran rey, en el carro de oro abundante en apsaras, repartió oro. Él, dotado de gran refulgencia, va ahora en un carro de veloz curso”. Oyendo las palabras de Parvata, Ravana dijo: “Oh primero de los rishis, dígame quién, de estos reyes que van, si se le ruega, puede ofrecerme la hospitalidad de una batalla. En verdad usted es mi padre; señáleme (a tal hombre), oh usted, conocedor de la piedad”. Así interpelado, Parvata dijo de nuevo a Ravana: “Oh gran rey, todos estos reyes desean el cielo, no la batalla. Te señalaré, oh grande, a tal hombre que entrará en conflicto contigo. Hay un rey sumamente poderoso, señor de siete islas, bien conocido por el nombre de Mandhata; él entrará en encuentro contigo”. Oyendo las palabras de Parvata, Ravana dijo de nuevo: “Dígame, oh usted, de gran devoción, dónde reside este rey. Iré adonde vive este primero de los hombres”. Oyendo las palabras de Ravana, el sabio dijo de nuevo: “El hijo de Yuvanasva ha conquistado el mundo, que consta de siete islas, empezando por el mar; Mandhata, el primero de los reyes, viene precisamente a su encuentro”. Con ello (Ravana), de largos brazos, orgulloso del don que le había sido conferido en los tres mundos, contempló al heroico Mandhata, señor de Ayodhya y primero de los reyes. El rey de las siete islas avanzaba en un carro de oro, bien pintado, resplandeciente como el de Mahendra, brillando en su belleza y rociado de ungüentos celestiales. El demonio de diez cuellos le dijo: “Dame batalla”. Así interpelado, él, riendo, dijo al demonio de diez cuellos: “Si tu vida no te es cara, lucha conmigo, oh rakshasa”. Oyendo las palabras de Mandhata, Ravana dijo: “Ravana no sufrió aflicción alguna de Varuna, de Kubera ni de Yama; ¿por qué habría de sentir miedo de ti, que eres un hombre?”. Habiendo dicho esto, el señor de los rakshasas, como ardiendo de ira, dio órdenes a los rakshasas, irreprimibles en la batalla. Con ello los ministros del perverso Ravana, sumamente enfurecidos y muy diestros en la guerra, comenzaron a descargar un aguacero de flechas. Con ello el sumamente poderoso rey Mandhata, con saetas aguzadas, asaltó a Prahasta, Suka, Sarana, Mahodara, Virupaksha, Akampana y otros héroes principales. Prahasta cubrió al rey con sus flechas; pero antes de que se le acercaran, aquel primero de los hombres las hizo pedazos. Como el fuego que abrasa la hierba, la hueste de los rakshasas fue abrasada por el rey Mandhata por medio de centenares de bhusundis, vallas, bhindipalas y tomaras. Como Kartikeya, el hijo del fuego, hendió el monte Krauncha con sus saetas, así Mandhata, enfurecido, atravesó a Prahasta con cinco tomaras dotados de gran velocidad. Entonces, blandiendo una y otra vez su maza, semejante a la de Yama, golpeó con ella vehementemente el carro de Ravana. Aquella clava, semejante al relámpago, cayó vehementemente (sobre el carro de Ravana), y Ravana, como el estandarte de Sakra, fue derribado rápidamente por ella. Como la crecida de las aguas del océano salado en la luna llena, el gozo y la fuerza del rey Mandhata aumentaron grandemente. Con ello toda la hueste rakshasa, lanzando grandes gritos, se plantó rodeando por todos lados al señor de los rakshasas. Con ello, recobrando rápidamente el sentido, Ravana, terror de todas las gentes, el señor de Lanka, asaltó grandemente la persona de Mandhata. Y contemplando a aquel rey desmayado, los sumamente poderosos vagabundos de la noche se regocijaron grandemente y lanzaron rugidos leoninos. Recobrando el sentido en un momento, el rey de Ayodhya contempló a su enemigo, honrado por los cortesanos y los vagabundos de la noche. Al instante se llenó de ira; y tomando una persona resplandeciente como la del sol y la luna, comenzó a matar a la hueste rakshasa con un temible aguacero de saetas. Con sus flechas y el estruendo de ellas, todo el ejército rakshasa quedó abrumado como el abismo agitado. Con ello surgió un temible conflicto entre hombres y demonios. Y aquellos dos heroicos, de alma elevada, primeros de los hombres y de los rakshasas, sentados en asientos de guerrero y empuñando arco y dagas, entraron (en el campo). Y poseídos de gran ira, comenzaron a asaltarse uno a otro con saetas: Mandhata a Ravana, y este a su vez al rey. Asaltados uno por otro, quedaron ambos heridos. Y colocando la saeta Raudra en su arco, Ravana la disparó, y Mandhata la burló por medio de sus saetas ígneas. El demonio de diez cuellos tomó el arma Gandharva, y el rey Mandhata el arma de Brahma, que infunde terror a todos. Ravana tomó entonces la celestial arma Pasupata, temible y que acrecienta el espanto de los tres mundos, obtenida por él de Rudra en virtud de sus rígidas penitencias. Viendo esto, todos los animales, móviles e inmóviles, quedaron sobrecogidos de terror. Con ello temblaron los tres mundos, que constan de seres móviles e inmóviles; los celestiales y todas las serpientes quedaron inertes. Advertidos (de este conflicto) en virtud de la meditación, los dos primeros de los ascetas, Pulastya y Galava, los amonestaron de muchas maneras y contuvieron al rey (Mandhata) y al primero de los rakshasas. Con ello aquel hombre y aquel demonio, reconciliados uno con otro, volvieron por los caminos por los que respectivamente habían venido».
Section 27
«Habiéndose marchado aquellos dos brahmanes, Ravana, señor de los rakshasas, recorrió primero por la vía aérea diez mil leguas. Fue luego a la excelente región aérea superior, donde viven perpetuamente los ánsares dotados de muchas dotes. Su extensión se cuenta también por diez mil leguas, y allí están situadas apretadamente tres clases de nubes, a saber, Agneya, Pakshaja y Brahma. Luego se dirigió a la tercera excelente región aérea, donde residen perpetuamente los siddhas y los charanas de mente elevada y cuya extensión es también de diez mil leguas. Oh matador de enemigos, se dirigió luego rápidamente a la cuarta región aérea, donde moraban perpetuamente los duendes y los vinayakas. Fue rápidamente a la quinta región aérea, que se extiende también por diez mil yojanas, donde están la Ganga, la primera de los ríos, y los elefantes encabezados por Kumuda, que derraman las aguas. Juegan en las aguas de la Ganga y derraman sus santas aguas. Y aquellas aguas, resecadas por los rayos del sol y suavizadas por el viento, derraman santas aguas y rocíos, oh Raghava. Con ello aquel rakshasa fue a la sexta región aérea, oh tú, dotado de alto resplandor, que se extiende también por diez mil yojanas y donde mora Garuda, perpetuamente respetado por sus parientes y amigos. Fue luego a la séptima región aérea, que está diez mil leguas más arriba y donde moran los siete rishis. Y subiendo de nuevo diez mil leguas, alcanzó la octava región aérea, donde la Ganga, conocida como la Ganga del cielo, de fuertes corrientes y que lanza altos rugidos, sostenida por el aire, está situada en el camino del sol. Describiré ahora la región más alta que esa, donde reside la luna, y cuya extensión se cuenta por ochenta mil leguas. Allí mora la luna, rodeada de estrellas y planetas, de la cual proceden centenares y millares de rayos que alumbran los mundos y contribuyen al placer de todos los animales. Con ello, contemplando al demonio de diez cuellos, la luna como que (lo) abrasó rápidamente con sus fríos rayos ígneos. Y sobrecogidos de miedo a aquellos rayos, sus consejeros no pudieron soportarlos. Con ello, proclamando su victoria, Prahasta dijo a Ravana: “Oh rey, el frío nos destruye; debemos, pues, irnos de aquí. Los rakshasas han sido aterrados por los rayos de la luna; oh primero de los reyes, los fríos rayos de la luna tienen en sí la propiedad natural del fuego”. Oyendo las palabras de Prahasta, Ravana, fuera de sí de ira, habiendo alzado su arco y hecho vibrar su cuerda, comenzó a asaltarla con narachas. Con ello Brahma llegó rápidamente a la región de la luna y dijo: “Oh el de diez cuellos, oh tú, de brazos poderosos, oh hijo directo de Visrava, oh gentil, vete de aquí rápidamente; no oprimas a la luna, (pues) este sumamente refulgente rey de los nacidos dos veces desea el bienestar de todos. Te comunicaré un conjuro místico; el que lo recuerda a la hora de la muerte no llega a ella”. Así interpelado, el demonio de diez cuellos, con las manos juntas, dijo: “Si está complacido conmigo, oh dios, oh señor de los mundos, oh usted, de grandes penitencias, si desea comunicarme ese conjuro, impártamelo, oh usted, de gran piedad; recitándolo, oh grande, quede yo libre del miedo a los celestiales. En verdad, por su favor, oh señor de los celestiales, seré invencible para todos los asuras, danavas y aves”. Así interpelado, Brahma dijo al demonio de diez cuellos: “Oh señor de los rakshasas, recítalo a la hora de la muerte y no todos los días. Tomando una sarta de cuentas, debes recitar este santo conjuro, con lo cual tú, oh señor de los rakshasas, serás invencible. Y si no lo recitas, no alcanzarás el éxito. Escucha: te comunicaré el conjuro, oh primero de los rakshasas, recitando el cual obtendrás la victoria en el encuentro: ‘Salutación a usted, dios, oh señor de los dioses, oh usted, adorado por los celestiales y los asuras, oh usted, idéntico al pasado y al futuro, gran dios, oh usted, de ojos rojos: es usted un niño y toma la forma de un anciano; viste piel de tigre. Oh dios, es usted digno de ser adorado, y señor de los tres mundos. Usted es Hara, Haritanemi, Yugantadahaka y Baladeva. Usted es Ganesa, Loka-Sambhu, Lokapala, y de enormes brazos; es usted grande, el portador de un enorme dardo, de dientes temibles, y el más grande de los dioses. Usted es el tiempo, la fuerza, y tiene el cuello azul y el vientre grande; es usted el destructor de los celestiales, el primero de los ascetas y el señor de todos los seres creados. Usted es el portador de un dardo y tiene el toro por emblema; es el guía, el protector, el destructor y el preservador; tiene guedejas enmarañadas, es Mundi, Sikhandi, tiene una corona y es sumamente ilustre. Usted es el señor de los duendes y los trasgos, el alma de todo, el protector de todo, omnisciente, el destructor de todo, el creador y el eterno preceptor. Usted es señor, lleva un kamandalu en la mano, es el portador del Pinaka, y Dhurjati es usted, digno de veneración, el excelentísimo OM, el primer cantor del Saman, la muerte, el elemento de la muerte, Parijatra y observante de penitencias. Usted es un asceta, vive en una cueva y lleva en las manos una vina, un panava y una aljaba; es usted inmortal y semejante al sol recién alzado a la vista. Usted vive en un crematorio, es el ilustre señor de Uma y está por encima de toda tacha. Usted arrancó los ojos de Bhagadeva y los dientes de Pushan. Usted es el destructor de la fiebre, lleva una maza en la mano y es (la misma) disolución y el tiempo. Tiene usted una tea en la boca, tiene el fuego por emblema, es sumamente resplandeciente y señor de los hombres. Usted es el loco, hace temblar a las gentes, es el cuarto y el más respetado de los hombres; es usted un enano, Vamanadeva, y el enano que circunda el oriente. Usted es un mendigo, lleva la apariencia de un mendigo y es por naturaleza torcido; asaltó usted las manos de Indra y a los vasus. Usted es la estación, el hacedor de las estaciones, el tiempo, la miel, y tiene ojos de miel. Usted es un árbol que da frutos y flores, tiene las flechas por asiento y es adorado perpetuamente por gentes de toda condición. Usted es el protector y el creador del universo, el Purusha, eterno y cierto; el señor de todas las religiones, Virupaksha, las tres cualidades y el protector de todos los seres. Usted tiene tres ojos, toma muchas formas y es brillante como un ayuta de soles; es el señor de todos los celestiales, la primera deidad, y lleva guedejas enmarañadas que tienen la impronta de la luna; está usted unido a Brahman, es digno de que se acuda a usted e idéntico a todos los seres creados. Usted toca todas las trompas, corta todos los lazos; usted encanta y ata (a todos) y procura siempre la muerte. Tiene usted dientes floridos, es una división, el primero y el destructor de todo; tiene barbas temibles, lleva un arco, es temible y está dotado de temible poderío’. Estos ochocientos santos y excelentes nombres han sido proferidos por mí, que quitan todas las iniquidades, son santos y dan amparo a los que lo buscan; si los recitas, oh el de diez cuellos, podrás destruir a tus enemigos”».
Section 28
«Habiendo conferido este don a Ravana, el padre nacido del loto volvió rápidamente a la región de Brahma. Y habiendo obtenido el don, Ravana también regresó. Al cabo de unos días, aquel rakshasa Ravana, espanto de todas las gentes, llegó a las orillas del Océano occidental con sus consejeros. Y en la isla se vio a una persona brillante como el fuego, con el nombre de Mahajambunada, sentada allí a solas. Tenía una figura temible y era semejante al fuego de la disolución. Y contemplando a aquella sumamente poderosa persona, que era entre los hombres como el jefe de los dioses entre los celestiales, la luna entre los planetas, el león entre los sarabhas, el Airavata entre los elefantes, el Meru entre las montañas y el Parijata entre los árboles, el demonio de diez cuellos dijo: “Dame batalla”. Con ello los ojos de aquel se agitaron como planetas, y del entrechocar de sus dientes se alzó un sonido como el estallido de los rayos. Y el sumamente poderoso Dasanana rugió también con sus consejeros. Y con dardos, saktis, rishtis y pattisas asaltó una y otra vez a aquella sumamente refulgente persona, de largos brazos, aspecto temible, enormes dientes, figura torva, cuello como una caracola, ancho pecho, vientre como el de una rana, semblante como el de un león, piernas como el monte Kailasa, palmas rojas, manos rojas, que lanzaba temibles rugidos, de enorme cuerpo, dotada de la velocidad de la mente y del aire, temible, que llevaba aljaba, campanillas y abanicos de cola de yak, rodeada de una llama ardiente y que emitía una dulce nota como la emite una red de kinkinis, con una guirnalda de lotos de oro colgada al cuello, hermosa como el Rig-Veda, adornada de guirnaldas de loto, semejante a las montañas Anjana y de oro. Como el león no se conmueve por el ataque de un lobo, ni el elefante por el de un toro, ni el Sumeru por el rey de las serpientes, ni el gran Océano por la corriente de un río, así aquella gran persona no se agitó, y dijo al demonio de diez cuellos: “Oh vagabundo de la noche de mente perversa, pronto te quitaré el deseo de batalla”. Oh Rama, el poderío de aquella persona era mil veces mayor que el de Ravana, que era temible para todos los mundos. La piedad y el ascetismo, que están en la raíz de la consecución de todo entre los seres, están en sus muslos; Cupido es su órgano viril, los visvadevas están en su cintura y los Maruts a los lados de su basti; los vasus están en la parte media de su cuerpo, los océanos en su vientre, los puntos cardinales en sus costados, los Maruts en sus coyunturas; los manes están en su espalda, y el Abuelo se ha refugiado en su corazón; los actos piadosos de dar vacas, oro y tierras son su vello; los montes Himalaya, Hemakuta, Mandara y Meru son sus huesos; el rayo es su palma, el cielo su cuerpo; las nubes del crepúsculo y las de agua están en su cuello, el creador, el preservador y los vidyadharas están en sus dos brazos. Ananta, Vasuki, Visalaksha, Iravat, Kambala, Asvatara, Karkotaka, Dhananjaya, el venenoso Takshaka y Upatakshaka se han refugiado bajo las uñas de sus manos para vomitar su veneno. El fuego está en su boca, los rudras en sus hombros, las quincenas, los meses, los años y las estaciones en las hileras de sus dientes; la mitad clara y la mitad oscura del mes están en sus fosas nasales, y las corrientes del aire en los poros de su cuerpo. Sarasvati, la diosa de las palabras, es su cuello, los dos Asvins son sus orejas, el sol y la luna son sus dos ojos, oh Rama; todas las divisiones de los Vedas, los sacrificios, toda la hueste de las estrellas, las buenas palabras, la energía, el ascetismo: todo esto es sostenido por su cuerpo, que toma la forma de un hombre. Con ello aquel Purusha golpeó fácilmente a Ravana con sus manos, duras como el rayo. Asaltado por ello, Ravana cayó al punto al suelo. Contemplando caído a aquel rakshasa, y habiendo afligido a los demás, aquella enorme persona, semejante al Rig-Veda, parecida a una montaña y adornada de guirnaldas de loto, entró en la región que está bajo la tierra. Ravana se dirigió así a sus consejeros: “Oh Prahasta, oh Suka y Sarana y demás ministros, ¿adónde se ha ido de pronto aquella persona? Díganmelo”. Oyendo aquellas palabras de Ravana, los vagabundos de la noche dijeron: “Aquel hombre, que aplasta el orgullo de los celestiales y de los demonios, ha entrado aquí”.
«Como Garuda va rápidamente llevando una serpiente, así aquel perverso Ravana llegó rápidamente a la entrada de la cueva. Y Ravana, sin miedo alguno, entró en ella. Y habiendo entrado allí, vio varones semejantes al colirio rojo, que llevaban keyuras, heroicos, adornados de guirnaldas rojas, untados de sándalo rojo y adornados de diversos ornamentos de oro y joyas. Vio allí tres millones de tales personas de mente elevada, sin miedo, puras, radiantes como el fuego, que danzaban enloquecidas por las festividades. Contemplándolas, el demonio de diez cuellos, de temible poderío, no se aterró en lo más mínimo, y más bien contempló su danza, de pie en la puerta. Todas eran semejantes al ser varón que había visto antes. Todas eran del mismo color, del mismo atuendo, de la misma figura e igualmente dotadas de gran energía. Todas estaban dotadas de cuatro brazos y de gran energía. Contemplándolas, al demonio de diez cuellos se le erizó el vello, aunque le había sido conferido un don por el Autoexistente, y salió rápidamente de aquel lugar. Y vio de nuevo a otra enorme persona tendida en un lecho. Su casa, su asiento y su lecho eran todos blancos y valiosos, y dormía envuelta en fuego. Y allí estaba sentada con elegancia, con un abanico en sus manos de loto, la diosa Lakshmi, la más hermosa de los tres mundos, (como) el ornamento de ellos, casta, adornada de guirnaldas celestiales, rociada de excelente pasta de sándalo, adornada de ricos ornamentos y vestida de una preciosa vestidura. Habiendo entrado allí sin consejero alguno, el perverso Ravana, señor de los rakshasas, al contemplar a aquella casta doncella de dulces sonrisas sentada en un asiento real, poseído por el deseo, ansió tomarla de la mano, como el que, bajo el influjo de la muerte, agarra a una serpiente dormida. Contemplando a aquel señor de los rakshasas con la vestidura suelta y comprendiéndolo deseoso de tomar(la), la deidad de enormes brazos, dormida y envuelta en llamas, rió en voz alta. Y abrasado de pronto por su energía, Ravana, espanto de todas las gentes, cayó a la tierra como un árbol arrancado de raíz. Contemplando caído a aquel rakshasa, él dijo las siguientes palabras: “Levántate, oh primero de los rakshasas; no encontrarás hoy la muerte; vivirás y serás protegido, oh rakshasa, por el don del gran Patriarca. Vete, pues, oh Ravana, con confianza; no sufrirás la muerte por ahora”. Recobrando al instante el sentido, Ravana quedó sobrecogido de miedo. Y así interpelado, aquel enemigo de los celestiales se levantó y, con el vello erizado, dijo a aquella deidad sumamente resplandeciente: “¿Quién eres tú, dotado de gran energía y semejante al fuego de la disolución? Dime quién eres, oh deidad, y de dónde has venido aquí”. Así interpelada por el perverso Ravana, la deidad, sonriendo, respondió con palabras profundas como el retumbar de las nubes, diciendo: “¿Qué harás tú conmigo, oh demonio de diez cuellos? No has de ser muerto por mí ahora”. Así interpelado, el demonio de diez cuellos, con las palmas juntas, dijo: “Por las palabras del Patriarca (Brahma), no hollaré el sendero de la muerte; no hay nadie nacido entre los hombres ni entre los celestiales que pueda igualarme y desdeñar, en virtud de su poderío, el don del gran Patriarca. Sus palabras nunca pueden ser falseadas; todo gran esfuerzo es débil ante ellas; no veo en los tres mundos a ningún hombre tal que pueda hacer inútil aquel don. Oh primero de las deidades, soy inmortal; no te temo; y aunque encuentre la muerte, puede que la reciba de ti y de nadie más, oh Señor. Mi muerte a manos tuyas es gloriosa y digna de alabanza a la vez”. Con ello Ravana, dotado de temible poderío, contempló dentro del cuerpo de aquella deidad los tres mundos enteros, con las criaturas móviles e inmóviles. Los adityas, los Maruts, los siddhas, los dos Asvins, los rudras, los manes, Yama, Kubera, los océanos, las montañas, los ríos, todas las divisiones del Veda y el saber, el fuego, los planetas, las estrellas, el cielo, los siddhas, los gandharvas, los charanas, los ascetas conocedores del saber de los Vedas, Garuda y las serpientes, las demás deidades, los yakshas, los daityas y los rakshasas: todos se veían en sus formas incorpóreas en la persona de aquel gran Purusha que yacía tendido». Con ello Rama, de alma virtuosa, dijo a Agastya, el primero de los munis: «¿Quién es aquel ser varón situado en la isla? ¿Quiénes son aquellos tres kotis de seres varones? ¿Y quién es esta persona que aplasta el orgullo de los daityas y los danavas?». Oyendo las palabras de Rama, Agastya dijo: «Oh tú, que existes eternamente, oh dios de los dioses, escucha: te (lo) relataré. La persona situada en la isla es el ilustre Kapila. Todas aquellas personas que danzaban son las deidades que igualan en energía y poder a aquel inteligente Kapila. Y aquel rakshasa, empeñado en el pecado, no fue mirado por él con miradas airadas, y por eso, Rama, Ravana no quedó allí mismo reducido a cenizas. Y él, semejante a una montaña, con la persona atravesada, cayó al suelo. Como un ser astuto penetra un secreto, así él atravesó (la persona de Ravana) con sus palabras semejantes a saetas. Recobrado el sentido, sin embargo, al cabo de largo tiempo, aquel rakshasa de gran poderío volvió adonde estaban sus consejeros».
Section 29
«Mientras regresaba así, el perverso Ravana, con regocijo, raptó furtivamente en su camino a las hijas de los santos reales, de los celestiales y de los danavas. Y a toda doncella hermosa que veía, casada o soltera, aquel demonio la retenía cautiva en su carro, tras matar a todos sus amigos y parientes. De este modo subió a su carro a muchas mujeres de los nagas, los rakshasas, los asuras, los yakshas, los danavas y los hombres. Y todas ellas, afligidas, derramaban lágrimas calientes como llamas de fuego, causadas por el miedo y el fuego de la pena. Como el océano se llena con las corrientes de los ríos, así aquel carro quedó inundado de sus lágrimas, nacidas del miedo y del pesar. Y lloraban allí en el carro centenares de mujeres de los nagas, de los gandharvas, de grandes ascetas, de los daityas y de los danavas. Tenían largos cabellos, hermosas personas, semblantes semejantes a la luna llena, pechos turgentes, talle delgado como el de un abejorro negro, y eran hermosas, con la espalda como la lanza de un carro. Eran como las mujeres de los celestiales y como el oro ardiente, y estaban todas afligidas por la pena, el pesar y el terror, y eran jóvenes. Y el carro ardía por todos lados con los suspiros de aquellas doncellas, y el Pushpaka parecía la cámara donde se guarda perpetuamente el fuego. El semblante y los ojos de aquellas hermosas doncellas, sometidas al demonio de diez cuellos y afligidas por el pesar, parecían lastimosos como una cierva atacada por un león. Una pensaba: “¿Me comerá?”, y otra, herida por el pesar, pensaba: “¿Me destruirá?”. Recordando así a sus madres, padres, esposos y hermanos, todas aquellas mujeres, abrumadas de pena y pesar, se lamentaban, exclamando algunas: “¿Qué le sucederá a mi hijo en mi ausencia? ¡Ay!, ¿en qué océano de pena está hundida mi madre o mi hermano? ¡Ay!, ¿qué hará mi esposo en mi ausencia? Por tanto, oh muerte, te propicio: tómame a mí, que estoy sujeta a desdichas. ¡Ay!, ¿qué iniquidad cometí en mi nacimiento anterior, en otro cuerpo? Por eso todas nosotras, abrumadas de pena, estamos hundidas en el océano del pesar, y no veo el fin de mis desdichas. ¡Oh, maldición sobre la humanidad! No hay nada más vil que un hombre, pues son débiles. Como las estrellas desaparecen a su tiempo con la salida del sol, así nuestros esposos han sido destruidos por el poderoso Ravana. ¡Oh, sumamente poderoso es este rakshasa, y está loco por idear medios de destrucción! ¡Ay!, ocupado en tales acciones viles, no se considera maldito; es tan poderoso como perverso. Y aunque el rapto de la esposa ajena es un gran pecado, aun así aquel vil rakshasa goza de nosotras, que pertenecemos a otros. Por tanto, este perverso encontrará la muerte por sus propias acciones”. En cuanto aquellas castas doncellas profirieron estas palabras, sonaron trompas en el cielo y cayeron lluvias de flores sobre la tierra. Maldecido así por aquellas castas mujeres, consagradas a sus esposos, quedó despojado de energía y de refulgencia y parecía privado de la mente. Oyendo así sus lamentaciones y honrado por los vagabundos de la noche, aquel primero de los rakshasas entró en su ciudad, Lanka. Entretanto, la hermana de Ravana, una temible rakshasi de semblante torvo, cayó de pronto al suelo. Y habiendo levantado a su hermana y consolándola, Ravana dijo: “Dime pronto, oh buena hermana, lo que deseas decir”. Con ello aquella rakshasi, de ojos rojos como la sangre, cerrados por las lágrimas, dijo: “Oh rey, por ti, poderoso como eres, he sido hecha viuda por la fuerza. Catorce mil demonios con el nombre de kalakeyas han sido destruidos por ti, oh rey, en la batalla, y entre ellos estaba mi sumamente poderoso esposo, más querido para mí que mi vida. Ha sido muerto por ti, oh querido, un enemigo, hermano solo de nombre. He sido muerta por ti, oh rey, que eres mi hermano. ¡Por ti, rey, gozaré de la palabra ‘viuda’! Mi esposo debía haber sido salvado por ti en la batalla. Pero fue muerto por tu propia mano en la batalla; ¿no te avergüenzas de esto?”. Así interpelado por su hermana, que se lamentaba, el demonio de diez cuellos, consolándola con dulces palabras, dijo: “De nada sirve tu lamentación, querida hermana; no necesitas temer a ninguno de tus parientes. Te complaceré con esmero con dádivas, honras y favores. Loco por la guerra y deseoso de alcanzar la victoria, descargaba sin cesar un aguacero de saetas, de modo que no podía distinguir en el conflicto entre mis propios hombres y los enemigos; y así, sin saberlo, hice daño a tu esposo. Y así, hermana, tu esposo fue muerto por mí en el conflicto; haré ahora todo lo que contribuya a tu bienestar. Reside siempre al lado de tu rico hermano Khara, y él será el señor de catorce mil rakshasas. Aquel sumamente poderoso dará alimento y vestido a todos aquellos rakshasas. Es tu primo, y aquel vagabundo de la noche ejecutará siempre tus órdenes. Que aquel héroe vaya ahora rápidamente a proteger el bosque Dandaka, y el sumamente poderoso Dusana será el comandante de sus fuerzas. Y el heroico Khara obedecerá siempre tus palabras y será el señor de los rakshasas que toman formas a voluntad”. Habiendo dicho esto, el demonio de diez cuellos dio órdenes a su ejército, catorce mil rakshasas sumamente poderosos. Rodeado de aquellos rakshasas de semblante torvo, Khara, impávido, llegó rápidamente al bosque Dandaka. Allí gobernó sin espinas, y Surpanakha también residió en el bosque de Dandaka».
Section 30
«Habiendo dado así el mando de un enorme y temible ejército a Khara y consolado a su hermana, el demonio de diez cuellos quedó satisfecho y libre de inquietud. Con ello aquel sumamente poderoso señor de los rakshasas entró con sus seguidores en un excelente jardín de Lanka llamado Nikumbhila. Y allí vio, lleno de centenares de postes sacrificiales y altares, un sacrificio que se celebraba, como ardiendo en su lustre. Y contempló también a su temible hijo Meghanada, vestido con una piel de antílope y que llevaba la sikha y el kamandalu. Habiéndolo visto (allí) y abrazándolo con sus brazos, el señor de Lanka dijo: “¿Qué buscas, hijo mío? Dime la verdad”. Con ello aquel primero de los nacidos dos veces, Usanas, de austeras penitencias, deseando la prosperidad del sacrificio, dijo a Ravana, el jefe rakshasa: “Escuche: le relataré todo, oh rey; su hijo ha alcanzado los frutos de muchos sacrificios: Agnishtoma, Asvamedha, Bahusuvarnaka, Rajasuya, Gomedha y Vaishnava. Y ocupado en este sacrificio de Mahesvara, que no pueden celebrar los hombres, su hijo ha obtenido un don del mismo Pasupati.
«“Ha obtenido también poderes ilusorios, que crean oscuridad o ignorancia, a saber: el de recorrer el cielo, el de ser eterno, el de subir a un carro celestial que anda a voluntad y el de crear oscuridad. Oh señor de los rakshasas, empleados estos poderes ilusorios en un conflicto, ni siquiera los celestiales y los asuras podrán percibir su curso. Además, ha obtenido una aljaba cuyas flechas nunca se agotarán, un arco difícil de conseguir y un arma temible que destruye a los enemigos en un conflicto. Habiendo obtenido estos dones, su hijo, oh usted, de diez rostros, y yo, terminado el sacrificio, estábamos esperando para verlo”. A lo cual el demonio de diez cuellos respondió: “No han hecho bien al adorar con diversos artículos a mis enemigos, Indra y los demás. Con todo, lo hecho, hecho está; hay virtud en esto, sin duda; ven, oh gentil, iremos a nuestra casa”. Con ello, yendo allí con su hijo y con Vibhishana, el demonio de diez cuellos hizo bajar a todas aquellas doncellas, mudas de lágrimas, dotadas de señales auspiciosas, las preciosas mujeres de los celestiales, los danavas y los rakshasas. Percibiendo su perverso deseo por aquellas doncellas, el de alma virtuosa (Vibhishana) dijo: “Tú (todavía) sigues tus propios caprichos, sabiendo que las gentes son perjudicadas por estas acciones que destruyen la piedad, la riqueza y la fama. Habiendo matado a sus deudos, has traído aquí a estas hermosas doncellas; pero, desdeñándote, oh rey, Madhu se ha llevado a Kumbhinasi”. Ravana dijo: “No entiendo nada de esto. ¿Quién es ese Madhu que has nombrado?”. Lleno de ira, Vibhishana dijo a su hermano: “Escucha: ha llegado el fruto de tus acciones perversas. Había un viejo rakshasa, célebre por su sabiduría, llamado Malyavan, hermano mayor de Sumali, nuestro abuelo materno. Su nieta es Kumbhinasi, nacida de nuestra tía materna Anala; así que es en verdad nuestra hermana. Estando tu hijo ocupado en el sacrificio y yo bajo las aguas, ella fue raptada, oh rey, por el poderoso rakshasa Madhu. Kumbhakarna, oh gran rey, estaba entonces dormido. Habiendo matado a todos los poderosos rakshasas y a tus consejeros, él la había raptado, oh rey, cuando estaba en tus aposentos interiores. Aun oyendo esto, oh gran rey, lo hemos perdonado y no lo hemos matado: una doncella soltera debe ser dada a su esposo por sus hermanos, pero no ha sido así; esto es meramente el resultado de tus acciones perversas, malvado como eres. Y esto lo has recibido al instante: así lo dicen las gentes”. Oyendo las palabras de Vibhishana, Ravana, señor de los rakshasas, se agitó como un océano al recordar sus actos perversos. Y enfurecido, con los ojos rojos como la sangre, el demonio de diez cuellos dijo: “Preparen pronto mi carro y que todos los héroes de nuestro bando se aperciban. Que mi hermano Kumbhakarna y los demás principales vagabundos de la noche, armados de diversas armas, suban a sus vehículos. Habiendo matado hoy en el encuentro a ese Madhu, que no teme a Ravana, iré, rodeado de mis amigos y deseoso de batalla, a la región de los celestiales”. Con ello salieron a la batalla los principales rakshasas, cuatro mil akshauhinis de fuerza, tomando diversas armas. Al mando de ellos, Indrajit precedía al ejército, Ravana iba en medio y Kumbhakarna en la retaguardia; el de alma virtuosa Vibhishana se quedó en Lanka, ocupado en observancias piadosas. Y el resto de los principales rakshasas se dirigió hacia la ciudad de Madhu. Y todos los rakshasas fueron cubriendo el cielo, unos en asnos, otros en camellos, otros en caballos, otros en marsopas de veloz curso y otros en enormes serpientes. Y contemplando a Ravana avanzar, centenares de daityas, enemigos de los celestiales, lo siguieron. Habiendo llegado a la ciudad de Madhu y entrado en ella, el demonio de diez cuellos no vio a Madhu, pero divisó a su hermana. Con ello, temerosa del rey de los rakshasas, Kumbhinasi, con las palmas juntas, le tocó los pies con la coronilla. Habiéndola levantado, el jefe rakshasa Ravana dijo: “No temas; ¿qué puedo hacer por ti?”. A lo cual ella respondió: “Oh rey, oh tú, de largos brazos, si estás complacido conmigo, no mates hoy a mi esposo, oh dador de honras. Se dice que no hay otro miedo como este para las doncellas de alto linaje. El mayor de los miedos es el de quedar viuda. Sé veraz, oh rey de reyes; mírame a mí, que así te ruego. Tú mismo has dicho, oh rey: ‘No temas’”. Así interpelado, Ravana dijo allí a su hermana: “Dime pronto dónde está tu esposo. Iré con él a conquistar la región de los celestiales. Por piedad y amor a ti, me abstengo de matar a Madhu”. Así interpelada, aquella rakshasi, complacida, despertó a su esposo dormido, el vagabundo de la noche, y dijo: “Aquí está mi hermano, el sumamente poderoso Dasagriva. Deseoso de conquistar la región de los celestiales, te pide ayuda. Ve, pues, en su ayuda, oh rakshasa, con todos tus amigos. Te corresponde ayudar a aquel que, por afecto a mí, te ha pedido ayuda”. Oyendo esas palabras, Madhu dijo: “Así sea”. Y acercándose un poco, contempló a aquel primero de los rakshasas y dio la debida bienvenida a Ravana. Honrado así, el sumamente poderoso Dasagriva pasó una noche en casa de Madhu y luego se dispuso a partir. Con ello, llegando a la colina Kailasa, morada de Vaisravana, el señor de los rakshasas, semejante a Mahendra, acampó su ejército».
Section 31
«Tras la puesta del sol, el sumamente poderoso Ravana acampó allí su ejército. Y habiéndose alzado la luna clara, brillante como la montaña, aquel enorme ejército, armado de diversas armas, se durmió. Y tendido en la cumbre de la montaña, el sumamente poderoso Ravana divisó las cuevas embellecidas por los rayos de la luna y los árboles. Y el interior del bosque estaba embellecido por los brillantes sotos de karnikaras, con árboles kadamba y vakula, estanques de lotos plenamente abiertos, las aguas de la Mandakini, con champakas, asokas, punnagas, mandaras, mangos, patalas, lodhras, priyangus, arjunas, ketakas, tagaras, cocoteros, piyalas, panasas y otros diversos árboles. Y allí cantaban los kinnaras, poseídos por el deseo y de dulce voz, acrecentando el deleite de la mente. Y allí danzaban alegremente con sus doncellas los vidyadharas, ebrios y con los ojos enrojecidos por la bebida. Se oía en la casa del señor de las riquezas la dulce música de las apsaras reunidas, semejante al sonido de la campana. Y sacudidos por el viento, los árboles de olor de néctar hacían fragante la colina con la lluvia de flores. Y llevando la fragancia, vuelta saludable por la miel y los filamentos de las flores, el excelente viento soplaba acrecentando el deseo de Ravana. Poseído por el deseo a causa de los cantos, la riqueza de flores, la frescura del aire, la belleza de las colinas y la salida de la luna en la noche, el sumamente poderoso Ravana contemplaba una y otra vez la luna con hondos suspiros. En este tiempo pasó por aquel camino la primera de las apsaras, Rambha, adornada de excelentes ornamentos y con un semblante como la luna llena. Su persona estaba rociada de excelente pasta de sándalo; su cabello estaba adornado de flores de mandara; su cuerpo estaba embellecido con otras flores, y sus movimientos tendían a acrecentar el deseo. Sus ojos eran hermosos y sus caderas altas, adornadas con la mekhala, y eran como el refugio de Rati. Su frente y las demás partes del semblante estaban pintadas con marcas de sándalo rojo y adornadas con ornamentos de flores que crecen en las seis estaciones. Rambha parecía una segunda Sri en gracia y belleza, natural y artificial. Llevaba vestiduras verdes semejantes a las nubes; su rostro era como la luna, sus cejas como arcos excelentes, sus muslos como las trompas de los elefantes y sus palmas suaves como hojas. Ravana la vio cuando avanzaba en medio de los soldados. Habiéndose levantado, e influido por la lujuria, la tomó de la mano, ruborosa como estaba, y sonriendo dijo: “¿Adónde vas, oh hermosa doncella? ¿A quién vas por tu propia voluntad a satisfacer? ¿A quién le ha llegado su tiempo próspero, con quien vas a gozar? ¿Quién se saciará bebiendo el néctar de tu boca, que huele como el loto? ¿El pecho de quién, oh bella doncella, tocarán tus turgentes senos, hermosos como dos cántaros de oro juntos? ¿Quién hay tan hermoso como yo, Indra, Vishnu o los dos Asvins, para que pases de largo junto a mí? Descansa en esta excelente roca, oh tú, de encantador talle. No hay otro señor, fuera de mí, en los tres mundos. Y Dasanana, señor de los señores de los tres mundos, te ruega así con las palmas juntas. Búscame, pues”. Así interpelada, Rambha, temblando, con las palmas juntas, dijo: “Sea propicio; no le corresponde hablar así, pues es usted mi superior. Más bien debe protegerme si algún otro intenta oprimirme. En verdad, soy su nuera. Le digo la verdad”. Con ello el demonio de diez cuellos le dijo, mientras ella estaba con el rostro inclinado y el vello erizado con solo verlo: “Si hubieras sido la esposa de mi hijo, habrías sido mi nuera”. A lo cual Rambha respondió: “Así es, en verdad; soy, por virtud, la esposa de su hijo, oh primero de los rakshasas. Su hermano Vaisravana tiene un hijo, más querido para él que su vida, célebre en los tres mundos con el nombre de Nalakubara. En virtud es como un brahmán, en poderío iguala a un kshatriya, en la ira es el mismo fuego y en la paciencia es como la tierra. He sido así convocada por aquel hijo del Lokapala. Para él he adornado mi persona con estos ornamentos. No estoy apegada a nadie más que a él. Oh rey, oh matador de enemigos, en virtud de (este parentesco) le corresponde salvarme. Y aquel de alma virtuosa me espera ansiosamente. No debe usted poner obstáculo a esto; le corresponde dejarme ir; siga, oh primero de los rakshasas, el camino hollado por los piadosos. Es usted digno de ser reverenciado por mí, y yo soy objeto de su protección”. Así interpelado, Dasagriva respondió humildemente: “‘Soy tu nuera’, como has dicho, es digno de ser dicho por la que es esposa única. Esta es la ley eterna de los celestiales: que las apsaras no tienen esposo; no pueden ser esposas de un solo esposo”. Habiendo dicho esto, el rakshasa la violentó. Liberada de su garra, Rambha quedó despojada de sus ornamentos y de su guirnalda y se volvió como el río agitado por los elefantes. Su cabello estaba desgreñado y sus manos temblaban. Como una enredadera florida sacudida por el viento, ella, temblando, avergonzada y con las manos juntas, fue a Nalakubara y cayó a sus pies. Habiéndola visto en aquel estado, el de alma elevada Nalakubara dijo: “Oh hermosa, ¿qué es esto? ¿Por qué te has postrado a mis pies?”. Suspirando hondamente y temblando, ella, con las palmas juntas, le relató todo de principio a fin: “Oh señor, en su camino al cielo, Dasagriva ha llegado aquí y ha pasado la noche con su ejército. Mientras venía hacia usted, oh matador de enemigos, fui vista por él. Entonces, sujetándome, dijo: ‘¿Adónde vas?’. Le relaté todo con verdad. Pero poseído por la lujuria, no hizo caso de mis palabras. Le rogué de nuevo, oh señor, diciendo: ‘Soy tu nuera’. Pero desdeñando aquello, me violentó. Oh usted, de firmes votos, le corresponde perdonarme esta locura. Oh gentil, la fuerza de una mujer nunca puede igualar la de un hombre”. Oyendo de esta violencia, el hijo de Vaisravana se enfureció grandemente y entró en meditación. Habiendo averiguado la verdad en un momento, el hijo de Vaisravana, con los ojos enrojecidos de ira, tomó agua en sus palmas. Habiéndola tomado y enjuagado debidamente la boca, profirió una terrible maldición contra aquel señor de los rakshasas: “Oh hermosa, puesto que has sido violentada por él a pesar de tu resistencia, nunca podrá tomar a una doncella que no lo quiera. Siempre que, herido por la lujuria, violente a una doncella reacia, su cabeza se partirá en siete pedazos”. En cuanto fue proferida esta maldición, semejante a una llama ardiente, sonaron las trompas celestiales y cayó del cielo una lluvia de flores. Advertidos del estado de las gentes (causado por él) y de la muerte de aquel rakshasa, el patriarca Brahma y los demás dioses se regocijaron grandemente. Oyendo de aquella maldición, capaz de erizar el vello, Dasagriva se abstuvo de abrigar lujuria por las mujeres que no lo quisieran. Y oyendo de la maldición proferida por Nalakubara, todas las castas doncellas que estaban cautivas alcanzaron gran regocijo».
Section 32
«Habiendo cruzado el monte Kailasa, el sumamente poderoso demonio de diez cuellos, con su ejército, llegó a la región de Indra. Y se alzó en la región de los celestiales un alboroto del ejército rakshasa, semejante al sonido del abismo agitado. Oyendo de la llegada de Ravana, Indra se estremeció en su trono y dijo a los dioses reunidos, adityas, vasus, rudras, sadhyas y Maruts: “Prepárense para luchar con el perverso Ravana”. Así interpelados por Sakra, los celestiales, sus iguales en el encuentro y dotados de gran poderío, se armaron para la lucha. Y Mahendra, temeroso de Ravana, fue lastimosamente a Vishnu y dio salida a las siguientes palabras: “¿Cómo resistiré, oh Vishnu, al rakshasa Ravana? El sumamente poderoso rakshasa ha venido aquí para la batalla. Es poderoso en virtud del don, y no por ninguna otra cosa. Es propio hacer veraces las palabras proferidas por Brahma. Así como, recurriendo al poderío de usted, destruí a Namuchi, Vritra, Bali, Nanrin y Sambara, así disponga usted algo (para su destrucción). No hay otro refugio excelente sino usted en los tres mundos, móviles e inmóviles, oh señor, oh dios de los dioses, oh matador de Madhu. Usted es el apuesto, siempre existente Narayana, del ombligo de loto. Por usted han sido establecidos los mundos, y yo, y Sakra, el señor de los celestiales. Usted ha creado los tres mundos, lo móvil y lo inmóvil, y en usted todo esto, oh gloriosa deidad, acabará en el tiempo de la disolución. Dígame la verdad, oh dios de los dioses, para que luche yo mismo; o venza usted a Ravana con su espada y su disco”. Así interpelado por Sakra, el señor Narayana dijo: “No temas; escucha lo que digo. Es invencible en virtud del don, y aquel perverso no puede ser vencido ni siquiera por los celestiales y los asuras. Irreprimible en virtud de su poderío, aquel rakshasa, con su hijo, llevará a cabo un gran propósito. Oh señor de los celestiales, aunque me lo pidas, no resistiré al rakshasa Ravana en el conflicto. Sin matar a los enemigos en el encuentro, Vishnu nunca vuelve atrás; pero es difícil cumplir mi deseo respecto de Ravana, bien protegido por el don. Con todo, te prometo, oh señor de los celestiales, oh el de cien sacrificios, que pronto seré la causa de la muerte de este rakshasa. Pronto destruiré a Ravana con su familia a su debido tiempo y daré deleite a los celestiales. Te digo la verdad, oh rey de los celestiales, oh señor de Sachi; lucha, libre de miedo, oh tú, dotado de gran fuerza, junto con los celestiales”. Con ello, habiendo salido de la ciudad, los rudras, los adityas, los vasus, los Maruts y los Asvins, bien armados con cotas de malla, aparecieron ante los rakshasas. Entretanto, en la última parte de la noche, se oía el alboroto del ejército de Ravana, que luchaba por todos lados. Habiéndose levantado y mirándose unos a otros, los sumamente poderosos rakshasas esperaron allí la batalla, regocijados. Con ello, contemplando aquel inagotable y enorme ejército al comienzo de la batalla, la hueste celestial perdió el ánimo. Con ello se produjo un conflicto, que alzaba un sonido terrible, con diversas armas, entre los rakshasas y los dioses. Entretanto salieron al encuentro los heroicos rakshasas de semblante torvo, los consejeros de Ravana. Y rodeado de Maricha, Prahasta, Mahaparsva, Mahodara, Akampana, Nikumbha, Suka, Sarana, Samhrada, Dhumaketu, Mahadamshtra, Ghatodara, Jambumali, Mahahrada, Virupaksha, Saptaghna, Yajnakopa, Durmukha, Khara, Trisiras, Karaviraksha, Suryasatru, Mahakaya, Atikaya, Devantaka y Narantaka, todos ellos dotados de gran poderío, entró allí en el campo de batalla el sumamente poderoso Sumali, abuelo materno de Ravana. Y con diversas armas de aguda punta, él, sumamente airado, comenzó a asaltar a la hueste celestial como los vientos dispersan las nubes. Afligida así por los vagabundos de la noche, la hueste de los dioses huyó en diversas direcciones, como una manada de ciervos atacada por un león. Entretanto entró en el campo de batalla el heroico y bravo Savitra, el octavo vasu, rodeado de soldados e infundiendo terror en el corazón de los enemigos. Y los dos adityas, el sumamente poderoso Tvashtri y Pushan, unidos e impávidos, entraron en la liza. Con ello se alzó con los rakshasas un terrible encuentro de los celestiales, que no podían soportar su fama en la batalla. Entonces los rakshasas, con millares de armas terribles, comenzaron a apalear a las deidades en el encuentro. Y los celestiales, a su vez, comenzaron a enviar a los formidables, poderosos y terribles rakshasas, con el golpe de armas intachables, a la morada de la Muerte. Entretanto, oh Rama, un rakshasa llamado Sumali, enfureciéndose y con diversas armas, arremetió como un loco contra la soldadesca. Como los vientos dispersan las nubes, así él, bajo el influjo de la ira, con diversas armas aguzadas, hizo estragos entre los soldados celestiales. Con ello, asaltados por un aguacero de enormes saetas, mazas, prasas y diversas armas temibles, los celestiales no pudieron mantenerse en el campo de la contienda. Estando los celestiales así afligidos por Sumali, el octavo vasu, Savitra, se plantó allí enfurecido. Y rodeado de sus propios guerreros de carro, aquel sumamente poderoso, con su poderío, rechazó a los vagabundos de la noche que golpeaban. Con ello se alzó un terrible encuentro, capaz de erizar el vello, entre Sumali y el vasu, que no se retiró del campo de batalla. Su carro, tirado por serpientes, fue derribado y destruido por el vasu de alma elevada por medio de sus enormes saetas. Habiendo destrozado aquel carro en la contienda con centenares de flechas, el vasu tomó una maza en las manos para su destrucción. Habiendo tomado aquella maza de cabeza ardiente, semejante a la vara de la Muerte, Savitra golpeó con ella a Sumali en la cabeza. Habiendo caído sobre su cabeza, aquella maza brilló como una tea, como el rayo disparado por Indra cae rugiendo sobre la cumbre de una montaña. Por el golpe de aquella maza su persona quedó reducida a cenizas, y por eso no se vio en el campo de batalla ni su hueso, ni su cabeza, ni su carne. Habiéndolo contemplado muerto en la contienda, los rakshasas, lamentándose, corrieron por todos lados y, afligidos por el vasu, no pudieron permanecer en el campo de batalla».
Section 33
«Contemplando a Sumali muerto y reducido a cenizas por el vasu, y asaltada por las deidades, la hueste rakshasa huyó en diversas direcciones. Y reuniendo a todos los rakshasas, se plantó allí el sumamente poderoso Meghanada, enfurecido, el hijo de Ravana. Como el fuego llameante que avanza hacia un bosque, aquel gran guerrero de carro se enfrentó a los enemigos en un precioso carro que andaba a voluntad. Y en cuanto él, armado de diversas armas, entró en el campo, los celestiales, con solo verlo, huyeron en todas direcciones. Nadie podía plantarse ante él, muy versado en la guerra. Con ello, contemplando a las deidades aterradas y atravesadas por saetas, Indra, el rey de los dioses, dijo: “No teman, oh celestiales; no huyan; vuelvan a la batalla; este hijo mío, que nunca ha sido vencido, va a la batalla”. Con ello el hijo de Sakra, conocido como el divino Jayanta, se dirigió al campo de acción en un maravilloso carro. Y rodeando al hijo de Sachi y enfrentándose al hijo de Ravana, las deidades comenzaron a asaltarlo. Y el encuentro entre el hijo de Mahendra, Jayanta, y el hijo de Ravana, Meghanada, y el que hubo entre las deidades y los rakshasas, fue como el que hubo entre dioses y demonios. Con ello el hijo de Ravana comenzó a asaltar con saetas emplumadas de oro al auriga de él (de Jayanta), Gomukha, hijo de Matali. El hijo de Sachi, enfurecido también, asaltó por todos lados al hijo de Ravana y a su auriga. Y el poderoso Ravani, herido de ira y con los ojos dilatados, cubrió de flechas al hijo de Sakra. Con ello el hijo de Ravana golpeó a la hueste celestial con millares de enormes cumbres de montaña, sataghnis, mazas, prasas, clavas, dagas, parasus y otras diversas armas de aguda punta. Golpeando así el hijo de Ravana al ejército de Indra, los puntos cardinales quedaron envueltos en oscuridad por su poder ilusorio. Abrumado por las flechas por todos lados, el ejército celestial, dejando a un lado a Jayanta, se agitó. Las deidades y los rakshasas no podían reconocerse unos a otros, y afligidos corrían por todos lados. Envueltos en oscuridad y con los sentidos aturdidos, los celestiales mataban a sus propios deudos y los rakshasas a sus propios hombres, y otros huían. Entretanto, un heroico y poderoso jefe daitya llamado Puloma, tomando al hijo de Sachi, desapareció. Y tomando a su propio nieto, entró en el océano; Puloma era su abuelo, pues por él fue engendrada Sachi. Y pensando que Jayanta había muerto, todas las deidades, grandemente apenadas y afligidas, huyeron por todos lados. Con ello el hijo de Ravana, enfurecido y rodeado de sus propios poderosos seguidores, persiguió a los celestiales lanzando grandes gritos. No contemplando a su hijo y observando la huida de las deidades, el rey de los celestiales dijo a Matali: “Trae mi carro”. Matali trajo el carro celestial, sumamente temible, enorme y de veloz curso, que estaba dispuesto. (Y habiendo él) subido al carro, las enormes nubes con relámpagos, empujadas por los vientos, comenzaron a lanzar grandes retumbos delante del carro. Y los gandharvas comenzaron a tocar diversos instrumentos y las apsaras comenzaron a danzar. Y tomando diversas armas, Indra, el rey de las divinidades, partió hacia el campo de acción en compañía de los rudras, los vasus, los adityas, los dos Asvins y los Maruts. Habiendo partido él para la batalla, el viento comenzó a soplar fuerte, el sol quedó despojado de su brillo y las enormes teas comenzaron a despedir llamas. Entretanto, el heroico y sumamente poderoso Dasagriva subió al carro celestial, construido por el Arquitecto de las deidades, rodeado de serpientes de enorme cuerpo capaces de erizar el vello y por cuyo aliento ardía el campo de batalla. Rodeado de demonios y vagabundos de la noche, y con el carro celestial, se enfrentó a Mahendra en el campo de batalla. Y habiendo hecho desistir a su hijo, se plantó allí él mismo. Y habiendo salido del campo de acción, el hijo de Ravana se quedó también en silencio. Con ello se alzó un encuentro entre los rakshasas y las deidades, y comenzó en el conflicto un aguacero de armas como de nubes. Y el perverso Kumbhakarna, armado de diversas armas, llegó allí; pero no sabía, oh rey, con quién se libraba el conflicto. Y por él, enfurecido, fueron asaltados los celestiales con sus dientes, sus pies, sus brazos, sus manos, saktis, tomaras y clavas o cualquier arma. Con ello el vagabundo de la noche se trabó con los sumamente poderosos rudras y fue herido en el conflicto con incesantes golpes de armas. Con ello el ejército rakshasa comenzó a luchar con los Maruts, y fueron abrumados en el encuentro por el golpe de diversas armas. Unos cayeron a tierra muertos y desgarrados, y otros quedaron sin sentido sobre el lomo de sus monturas en la batalla. Y todos se quedaron allí medio sin sentido, unos asidos al carro, otros a los elefantes, otros a los asnos, otros a los camellos, otros a las serpientes, otros a los caballos, otros a las marsopas, otros a los jabalíes, otros a animales con boca de pisacha, y otros abrazando a los pannagas. Y otros vagabundos de la noche, con los cuerpos partidos por las deidades, abandonaron su ser. Estando los rakshasas muertos y tendidos en tierra, la acción parecía maravillosa, como una pintura. Y brotó en el campo de batalla un río nacido de las armas, que tenía la sangre por aguas silenciosas y estaba infestado de cuervos y buitres. Habiendo contemplado a su propio ejército muerto por las deidades, el sumamente poderoso Dasanana, enfurecido, entró en el océano del ejército celestial y, matando a las deidades en el conflicto, se enfrentó a Sakra. Con ello Sakra tomó su enorme arco, con cuyo tañido se llenaron los diez puntos cardinales. Habiendo tensado su enorme arco, Indra golpeó a Ravana en la cabeza con flechas semejantes a la llama del fuego y a los rayos del sol. Y el jefe rakshasa Dasanana, de largos brazos, asaltó también a Indra con centenares de saetas disparadas de su arco. Trabados así uno con otro con el aguacero de temibles saetas, todos los puntos cardinales se llenaron de oscuridad, y a consecuencia de ello nada era visible».
Section 34
«Con lo cual, habiéndose hecho la oscuridad, todos los celestiales y los rakshasas, enloquecidos por su fuerza, comenzaron a luchar aplastándose unos a otros. Y en aquella oscuridad, Indra, Ravana y Meghanada, estos tres, no estaban poseídos por el influjo de la ilusión. Contemplando a todo su ejército muerto en un momento, Ravana, lleno de temible ira, lanzó terribles rugidos. Y con ira, aquel irreprimible dijo al auriga, situado en el carro: “Llévame al otro extremo de la hueste enemiga. Pronto, con el golpe de diversas armas, despacharé a las deidades a la morada de la Muerte. Mataré a Indra, Kubera, Varuna y Yama; ¿qué más decir? Pronto destruiré a todas las deidades y me pondré por encima de ellas. No te aflijas; conduce pronto mi carro. Hoy te he dicho dos veces que me lleves al extremo del ejército enemigo. Estamos ahora esperando cerca del bosque Nandana; llévame a la colina por donde sale el sol”. Oyendo sus palabras, el auriga condujo los corceles, que andaban a voluntad, a través de la hueste enemiga. Con ello, advertido de su intención, Sakra, el rey de los celestiales, situado en su carro, dijo a las deidades en el campo de batalla: “Oh deidades, escuchen mis palabras, lo que me parece mejor. Este demonio de diez cuellos debe ser vencido por nosotros mientras vive. Subido a su carro, dotado de la velocidad del viento, el sumamente poderoso avanza entre el ejército como el abismo con las olas alzadas durante el parva. No es posible matarlo ahora, pues no encontrará la muerte a consecuencia del don. Así pues, hagámoslo cautivo, y debemos esforzarnos todos con ese fin. Estando Bali cautivo, gozo de los tres mundos; y me parece propio obstruir el curso de este perverso”. Habiendo dicho esto y dejado a un lado a Ravana, Sakra fue a otro lado, oh rey, y luchó aterrando a los rakshasas en el conflicto. Dasagriva, imposible de contrariar, entró por la ruta del norte, y el de cien sacrificios por la del sur. Con ello, habiendo entrado en el ejército hasta cien leguas, el señor de los rakshasas abrumó a la hueste celestial con un aguacero de saetas. Con ello, contemplando a su propio ejército muerto, Sakra volvió sin miedo y obstruyó al demonio de diez cuellos. Entretanto, contemplando a Ravana caído en poder de Sakra, los demonios y los rakshasas gritaron en voz alta: “¡Ay, estamos perdidos!”. Con ello, subiendo a su carro, el hijo de Ravana, fuera de sí de rabia, entró en el temible flanco. Y habiendo recurrido a los poderes ilusorios que antaño le confirió Pasupati, entró en el campo enemigo y los apaleó. Habiendo dejado atrás a todas las demás deidades, persiguió a Indra, y el sumamente refulgente Mahendra divisó también al hijo de su enemigo. Y aunque asaltado por las sumamente poderosas deidades, el hijo de Ravana, despojado de su cota de malla, no abrigó miedo alguno. Habiendo abrumado al auriga que se acercaba con muchas excelentes flechas, cubrió a Mahendra con un aguacero de saetas. Con ello, habiendo dejado su carro y su auriga, Indra montó en su elefante Airavata y recorrió el campo en busca del hijo de Ravana. Siendo invisible en el firmamento en virtud de sus poderes ilusorios, y habiendo sometido a Indra a su influjo, lo golpeó con centenares de flechas. Cuando el hijo de Ravana supo que Indra estaba agotado, él, habiéndolo atado en virtud de la ilusión, se dirigió hacia su ejército. Y habiendo visto a Mahendra llevado por la fuerza del campo de batalla, las deidades pensaron: “¿Qué es esto?”. Aquel vencedor de Sakra y sometedor de enemigos, conocedor de los poderes ilusorios, no era visible, aquel por quien Indra, aunque dueño de muchas ilusiones, fue llevado por la fuerza. Entretanto los celestiales, todos enfurecidos, cubrieron a Ravana con un aguacero de saetas y lo apalearon. Y agotado en el encuentro con los adityas y los vasus, ya no era capaz de luchar más. Contemplando a su padre así afligido y asaltado a golpes en la contienda, el hijo de Ravana, aunque invisible, dijo: “Venga, oh padre; nuestra obra en el campo de batalla ha terminado; sepa que hemos alcanzado la victoria; consuélese y líbrese de angustias. En virtud de mis poderes ilusorios he hecho cautivo a Mahendra, señor de los tres mundos y de la hueste celestial, y he aplastado el orgullo de las deidades. Habiendo sometido a su enemigo en virtud de su poderío, goce de los tres mundos a su placer. ¿De qué sirve fatigarse de nuevo? Inútil es luchar otra vez”. Oyendo las palabras del hijo de Ravana, las deidades se retiraron del campo de batalla y se fueron sin Sakra. Y oyendo las dulces palabras de su hijo, el señor de los vagabundos de la noche, enemigo de los celestiales, de gran poderío y fama extendida, desistió de luchar y dijo con afecto a su hijo: “Has acrecentado la gloria de nuestra raza, desplegando tu poderío como un hombre sumamente poderoso. Has vencido a los celestiales y a su rey de poderío sin igual. Parte de aquí hacia la ciudad, llevando a Indra en tu carro y rodeado de soldados. Yo te seguiré pronto, regocijado, con mis consejeros”. Con ello, habiendo vuelto a casa con su ejército y sus carros, y llevando al rey de los celestiales, el poderoso hijo de Ravana despidió a los guerreros victoriosos».
Section 35
«Vencido así el sumamente poderoso Mahendra por el hijo de Ravana, todos los celestiales, poniendo delante al patriarca Brahma, fueron a Lanka. Habiendo encontrado a Ravana rodeado de sus hijos y hermanos, el Patriarca, situado en el firmamento, dijo con calma: “Hijo mío, Ravana, estoy complacido con tu hijo en el conflicto. ¡Oh, qué maravilloso poderío, qué fuerza, igual o mayor que la tuya! Tú has conquistado por tu propio poderío los tres mundos; tu promesa ha dado frutos; estoy complacido con ustedes, con el padre y con el hijo. Oh Ravana, este hijo tuyo es sumamente poderoso y está dotado de gran fuerza, y será célebre entre los seres con el apelativo de ‘Indrajit’, o el vencedor de Indra. Y será poderoso e irreprimible aquel rakshasa con cuya ayuda, oh rey, los celestiales han sido puestos bajo tu dominio. Libera, pues, oh tú, de largos brazos, a Mahendra, el sometedor de Paka; y, por liberarlo, ¿qué quieres de los celestiales?”. Con ello el sumamente poderoso Indrajit, el sometedor de enemigos, dijo: “Si usted lo dice así, oh dios, pido la inmortalidad”. Con ello el sumamente poderoso patriarca dijo a Meghanada: “No hay nadie perfectamente inmortal en la tierra entre los seres creados, aves, cuadrúpedos y otros seres sumamente poderosos”. Oyendo las palabras proferidas por el Abuelo, el sumamente poderoso Meghanada dijo al señor eterno: “Escuche, pues, lo que quiero a cambio de liberar a Sakra. Que se alce del fuego un carro con caballos cuando le ofrezca sacrificios, deseoso de vencer a mis enemigos en el conflicto. Y que sea inmortal mientras permanezca en aquel carro. Este es el don que he resuelto pedir. Que encuentre la destrucción, oh deidad, siempre que entre en lucha sin terminar mis ofrendas al fuego. Todos los demás, oh dios, alcanzan la inmortalidad en virtud de devotas penitencias, pero yo la adquiriré a fuerza de mi propio poderío”. A lo cual el Abuelo respondió, diciendo: “Así sea”. Con ello Meghanada liberó a Indra, y los celestiales volvieron a su propia morada. Entretanto, oh Rama, Indra se volvió lastimoso, despojado de su brillo inmortal, sobrecogido de inquietud y pensativo. Contemplándolo en aquel estado, el Abuelo de las deidades dijo: “Oh el de cien sacrificios, ¿por qué cometiste antaño aquella gran iniquidad? ¡Oh Jefe de los inmortales! ¡Oh señor! Ciertas criaturas fueron creadas por mí a fuerza de mi entendimiento; eran todas del mismo color, de la misma habla y del mismo aspecto. No había diferencia visible en su aspecto ni en sus señales. Con ello, con toda la mente, me puse a pensar en estos seres creados. Y creé una mujer distinta de ellos. Reuniendo todos aquellos miembros que eran los más excelentes entre lo creado, hice una mujer con el nombre de Ahalya. Hal significa fealdad; la nacida de Hal se llama Halya. Aquella mujer fue conocida como Ahalya porque no tenía en sí nada censurable. Yo le di ese nombre. Habiendo creado aquella mujer, estaba pensando, oh rey de los celestiales, oh primero de las deidades, a quién debía otorgarla. Orgulloso de tu dignidad, oh Sakra, oh señor, oh Purandara, la tuviste en tu mente por esposa tuya. La puse al cuidado del de alma elevada Gautama, y él me la devolvió al cabo de muchos largos años. Con ello, considerando la paciencia y el consumado ascetismo de Gautama, la casé con él. Y aquel gran asceta de alma virtuosa gozó de su compañía; y por haberla otorgado así a Gautama, todos los celestiales quedaron decepcionados. Pero, enfurecido y poseído por la lujuria, fuiste a la ermita del asceta y la viste resplandeciente como el fuego llameante. Enloquecido de lujuria y de ira, la violentaste, y fuiste visto en aquella ermita por el gran asceta. Fuiste entonces maldecido por él, enfurecido y dotado de gran refulgencia, que dijo: ‘Oh señor de los celestiales, has llegado a un cambio de circunstancias, pues, oh Vasava, has violentado sin miedo a mi esposa. Por tanto, oh Sakra, caerás bajo las armas de los enemigos en el conflicto. Y este vil deseo, oh tú, de intelecto perverso, que tú creaste primero, se extenderá sin duda entre los mortales. Quienquiera que cometa este crimen será responsable de la mitad, y la otra mitad caerá sobre ti; y en verdad tu posición no será permanente. Y quienquiera que sea el señor de los celestiales no tendrá segura su posición. Esta es la maldición que doy, que te he comunicado’. Y habiendo reprendido a su esposa, aquel de devotas penitencias le dijo: ‘Oh perversa, que tu belleza se eche a perder en las cercanías de la ermita. Estás dotada de belleza y juventud, pero tu mente es voluble; por eso no seguirás siendo la única doncella hermosa del mundo. Todos los seres creados participarán de tu belleza; tu belleza sin par ha causado este daño’. Desde entonces todos los seres creados fueron dotados de belleza. Con ello ella propició al asceta Gautama, diciendo: ‘Oh nacido dos veces, fui violentada sin saberlo por Indra, que tomó la forma de usted. No lo he cometido de buen grado, oh asceta; sea, pues, propicio conmigo’. Habiendo dicho esto Ahalya, Gautama respondió: ‘En la raza de los Ikshvakus nacerá un sumamente refulgente y poderoso guerrero de carro, conocido entre los seres como Rama; para ejecutar los ritos de un brahmán, el de brazos poderosos Vishnu, tomando forma humana, irá al bosque. Quedarás purificada cuando lo contemples, oh hermosa doncella. Él podrá purificarte de la iniquidad cometida. Cuando, habiéndolo tratado como huésped, vuelvas a mí, vivirás conmigo, oh tú, de hermoso semblante’. Habiendo dicho esto, aquel asceta volvió a su ermita. Y desde entonces la esposa de aquel asceta, que cantaba los temas de Brahman, se ocupó en austeras penitencias. Te ha sucedido todo esto a consecuencia de la maldición de aquel asceta. Por tanto, oh tú, de largos brazos, piensa en tu iniquidad pasada. Por aquella maldición y no por otra cosa, oh Vasava, has caído en poder de los enemigos. Dominando tus sentidos, emprende pronto un sacrificio en honor de Vishnu. Quedarás purificado por aquel sacrificio e irás al cielo; y tu hijo, oh señor de los celestiales, no ha sido destruido en el conflicto. Ha sido llevado al océano por su abuelo”. Oyendo esto y habiendo celebrado el sacrificio en honor de Vishnu, él volvió a la región de los celestiales y reinó allí como su rey. Te he descrito así la fuerza de Indrajit: ¿qué decir de los demás? Venció aun a Indra, el rey de los celestiales». Oyendo las palabras de Agastya, Rama, Lakshmana, los vanaras y los rakshasas dijeron todos: «¡Maravilloso es!»; y Vibhishana, que estaba al lado de Rama, dijo: «Al cabo de largo tiempo me han venido a la mente los viejos recuerdos». Con ello Rama dijo a Agastya: «Todo lo que ha dicho es verdad». Y Agastya dijo: «Rama, Ravana, la espina de las gentes, creció entonces en poder, aquel por quien, en compañía de su hijo, Indra, el señor de los celestiales, fue vencido».
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Con ello, habiéndose inclinado ante Agastya, el primero de los ascetas, el sumamente refulgente Rama, sorprendido, dijo de nuevo: «Oh brahmán, oh primero de los nacidos dos veces, cuando aquel cruel Ravana recorría la tierra, ¿estaba ella vacía de gentes? ¿No había rey ni príncipe en la tierra que le administrara castigo? ¿Estaban entonces todos los reyes despojados de su fuerza y su poderío? Y muchos reyes, (según oigo), fueron vencidos y expulsados por él con diversas armas excelentes». Oyendo las palabras de Raghava, el asceta Agastya, que poseía las seis clases de riqueza, dijo riendo, como Brahma hablando a Rudra: «Oh Rama, oh señor de la tierra, recorriendo la tierra, Ravana llegó a la ciudad de Mahishmati, semejante a la ciudad de los celestiales, donde vivía perpetuamente la deidad del fuego. Allí reinaba un rey llamado Arjuna, refulgente como el fuego que se guardaba perpetuamente en un pozo cubierto de sara. Un día el sumamente poderoso Arjuna, rey de los haihayas, fue al río Narmada con sus esposas a solazarse. Aquel mismo día Ravana, señor de los rakshasas, llegó allí y preguntó a los consejeros, diciendo: “¿Dónde está el rey Arjuna? Díganmelo rápidamente; soy Ravana; he venido a luchar con su rey. Comuníquenle primero la noticia de mi llegada”. Así interpelados por Ravana, los doctos ministros informaron al señor de los rakshasas de la ausencia del rey. Oyendo de los ciudadanos la ausencia del rey, el hijo de Visrava salió de la ciudad y llegó a la montaña Vindhya, semejante al Himalaya. Divisó la montaña, que se extendía por el firmamento como las nubes y se alzaba como hendiendo la tierra y obstruyendo el cielo. La montaña tenía mil cumbres, y los leones residían en las cuevas, y centenares de fuentes caían de ella; la montaña parecía como si riera a carcajadas, y los celestiales, los gandharvas, las apsaras y los kinnaras se solazaban allí con sus mujeres; y parecía (a consecuencia de ello) la región de los celestiales; y fluían ríos de aguas transparentes como el cristal. Y por eso parecía mil serpientes de lenguas temblorosas. Y echando sus miradas sobre la montaña Vindhya, semejante al Himalaya y de enormes cuevas, Ravana, rey de los rakshasas, llegó al río Narmada, de santas aguas, que corre rápidamente hacia el océano occidental. Sus aguas eran agitadas por búfalos, ciervos, tigres, leones, osos y elefantes afligidos por el calor. Cubriéndola, los chakravakas, los karandavas, los cisnes, los gallos de agua y los sarasas, enloquecidos, lanzaban sus notas. La encantadora Narmada parecía una hermosa doncella: tenía árboles en flor por ornamentos, chakravakas por pecho, el bosque extendido por caderas, la hilera de cisnes por mekhala, los filamentos de las flores por pasta, las espumas del agua por blanca vestidura de seda, el placer de bajar al agua por el placer del tacto y los lotos plenamente abiertos por blancos ojos. Habiendo descendido de su carro y bañado en las aguas de la Narmada, la primera de las corrientes, semejante a una hermosa, Ravana, señor de los rakshasas, con sus consejeros, se sentó en su orilla, habitada por muchos ascetas. Deleitado por su belleza y habiendo alabado grandemente a la Narmada como a la Ganga, se dirigió a sus ministros Suka y Sarana con gestos, diciendo: “Miren: habiendo empalidecido la tierra con sus muchos rayos, el sol, que despide un calor abrasador, está en el cielo. Pero al verme aquí sentado, sus rayos se han vuelto frescos como los de la luna. Por miedo a mí, aun el viento sopla con cuidado, fresco y fragante por el contacto de las aguas de la Narmada, quitándonos la fatiga. Esta encantadora Narmada, abundante en cocodrilos, peces y aves, aunque es una corriente natural, está quieta como una doncella aterrada. Heridos en conflictos con muchos reyes, sus cuerpos están untados de sangre. Por tanto, como Sarvabhauma y otros elefantes enfurecidos que bajan al agua de la Ganga, desciendan al agua de la Narmada, que confiere bienaventuranza y salud. Bañándose en esta corriente quedarán limpios de pecados. Yo también, en la orilla de este río, como los rayos de la luna otoñal, adoraré reverentemente con flores a Mahadeva, que lleva el Pinaka en las manos”. Oyendo las palabras de Ravana, Prahasta, Suka, Sarana, Mahodara, Dhumraksha y otros consejeros descendieron a las aguas de la Narmada. Y el río fue agitado por aquellos principales rakshasas semejantes a elefantes, como la Ganga por Vamana, Anjana, Padma y otros elefantes. Con ello, habiendo salido de las aguas, los sumamente poderosos rakshasas recogieron flores para las ofrendas de Ravana. Y en un momento los rakshasas reunieron montones de flores, semejantes a las nubes blancas, en las pintorescas orillas de la Narmada. Reunidas así las flores, Ravana, rey de los rakshasas, descendió a la Narmada para bañarse, como un enorme elefante en la Ganga. Y habiéndose bañado, salió recitando excelentes conjuros. Con ello, habiéndose quitado la vestidura mojada, se puso una blanca. Y para hallar un lugar donde adorar, se dirigió, con las manos juntas, hacia las orillas. Y los rakshasas, como otras tantas montañas que se mueven, lo siguieron. Y adondequiera que iba Ravana, se llevaba el linga de Siva de oro. Con ello Ravana lo colocó sobre un montón de arena y comenzó a adorarlo con diversas flores de olor de néctar y con sándalo. Y habiendo terminado la adoración de Siva, el primero de las deidades, que tiene la luna en la coronilla, el que confiere dones y quita las desdichas, el vagabundo de la noche danzó con las manos alzadas y cantó ante él».
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«No lejos de donde, en las orillas del río Narmada, aquel temible señor de los rakshasas reunía las flores, Arjuna, rey de Mahishmati y primero de los victoriosos, se solazaba con sus esposas en el agua. Y rodeado de ellas, el rey Arjuna parecía un elefante guía rodeado de mil elefantas. Para medir la fuerza de sus mil brazos, el rey de los haihayas obstruyó el curso de la Narmada. Obstruida por los brazos de Kartaviryarjuna, y habiendo inundado las orillas con sus aguas puras, la Narmada fluyó en dirección opuesta. Y las corrientes, alzándose como en la estación de las lluvias, fluían con peces y cocodrilos. Y aquella corriente, como empujada contra Ravana por Kartaviryarjuna, se llevó su colección de flores. Y habiendo abandonado su adoración, que estaba a medio terminar, Ravana miró hacia la Narmada, que parecía una doncella reacia, y vio que ella, con las corrientes crecidas, fluía hacia el oriente desde el occidente, y que las aguas más allá estaban en su estado natural, como una dama tranquila, y que las aves estaban allí posadas sin inquietud alguna. Con ello, ansioso de saber la causa de la crecida del río, el demonio de diez cuellos, con el dedo de la mano derecha, hizo señas a Suka y a Sarana. Mandados por Ravana, los dos hermanos, los heroicos Suka y Sarana, se dirigieron hacia el occidente por la vía aérea. Y yendo media legua, los dos vagabundos de la noche divisaron a un hombre que se solazaba en las aguas con algunas mujeres. Era enorme como un árbol sala, su cabello flotaba en el agua, estaba ebrio y tenía los ojos enrojecidos a consecuencia de ello. Como el Sumeru sostiene la tierra con sus mil pies, así él obstruía la corriente del río con sus mil brazos. Y estaba rodeado de mil hermosas doncellas, como un elefante por mil elefantas. Contemplando aquel temible espectáculo, los rakshasas Suka y Sarana volvieron y, acercándose a Ravana, se lo comunicaron (todo): “Oh señor de los rakshasas, una persona desconocida, enorme como un árbol sala, se solaza con mujeres obstruyendo el curso de la Narmada como un dique. Y contenidas por los mil brazos de aquel hombre, las aguas de la Narmada levantaban sin cesar altas olas”. Oyendo las palabras de Suka y Sarana, Ravana exclamó: “Este es Arjuna”, y partió a luchar con él. Habiendo partido Ravana, señor de los rakshasas, con intención hostil contra Kartaviryarjuna, el viento mezclado de polvo comenzó a soplar fuerte con sonido tumultuoso. Y las nubes comenzaron a retumbar con un aguacero de lluvia. Y el señor de los rakshasas avanzó contra Arjuna con Mahodara, Mahaparsva, Dhumraksha, Suka y Sarana. En poco tiempo el temible rakshasa, poderoso como el elefante Arjuna, llegó a las orillas de la Narmada y divisó allí a Arjuna rodeado de mujeres, como un elefante rodeado de elefantas. Con solo verlo, los ojos del señor de los rakshasas, orgulloso de su poderío, enrojecieron, y dirigiéndose a los consejeros del rey Arjuna, dijo: “Comuniquen al rey de los haihayas que Ravana, señor de los rakshasas, ha venido a luchar con él”. Oyendo las palabras de Ravana, los ministros de Arjuna se alzaron con sus armas y dijeron: “Oh buen Ravana, bien conoces el tiempo propio para luchar. Ahora nuestro rey está ebrio y se solaza con las mujeres en las aguas. Y ahora deseas luchar con él. Por tanto, oh el de diez cuellos, pasa aquí la noche, si estás empeñado en luchar. O aun si ansías entrar rápidamente en conflicto con Arjuna, mátanos primero a todos nosotros y luego lucha con el rey”. Con ello los hambrientos consejeros de Ravana mataron a algunos de los ministros del rey y devoraron a otros. Se alzó un temible alboroto en las orillas de la Narmada, de los consejeros de Ravana y de Arjuna. Los guerreros de Arjuna asaltaron a Ravana y a sus ministros con centenares de flechas, prasas, dardos, tomaras, rayos y karpanas. Los guerreros de Arjuna se pusieron terriblemente furiosos y lanzaron gritos como el rugido del abismo infestado de cocodrilos, peces y otros monstruos marinos. Con ello, enfurecidos y desplegando su propio poderío, Suka, Sarana y los demás ministros de Ravana comenzaron a destruir a los soldados de Arjuna. Con ello los emisarios, sobrecogidos de miedo, fueron al rey que se solazaba y le comunicaron los procederes de Ravana y de sus ministros. Oyendo esas palabras y diciendo a las mujeres: “No teman”, se alzó de las aguas como un elefante. Los ojos de aquel Arjuna semejante al fuego estaban enrojecidos de ira, y brillaba temiblemente como el fuego de la disolución. Y tomando rápidamente su clava, aquel que siempre usaba clavas de oro persiguió a los rakshasas como la oscuridad sigue al sol. Alzando la enorme clava y blandiéndola con sus brazos, Arjuna, recurriendo a la velocidad de Garuda, siguió adelante. Con ello se plantó allí, obstruyendo su curso, el rakshasa, lleno de ira y con una maza en la mano, como la cordillera Vindhya que se interpone en el camino del sol. Y arrojando de su mano la maza de hierro, él, con ira, comenzó a rugir como Yama. Y la punta de la maza llameaba como las puntas de las flores de asoka. Sin agitarse en lo más mínimo al contemplar aquella maza, el rey Arjuna, con su clava, burló su acción. Con ello, alzando la enorme clava, de quinientas manos de largo, el rey de los haihayas persiguió a Prahasta. Y en poco tiempo, derribado por aquella clava dotada de gran velocidad, Prahasta cayó a tierra como la cumbre de una montaña golpeada por el rayo de Indra. Contemplando caído a Prahasta, Maricha, Suka, Sarana, Mahodara y Dhumraksha huyeron del campo de batalla. Habiendo huido así todos los consejeros y estando Prahasta muerto, Ravana se dirigió rápidamente hacia Arjuna, el primero de los reyes. Con ello se produjo un terrible encuentro, capaz de erizar el vello, entre Arjuna, el de mil brazos, rey de los hombres, y Ravana, el de veinte brazos, rey de los rakshasas. Y tomando sus clavas, Arjuna y Ravana comenzaron a luchar uno con otro, lanzando gritos como el retumbar de las nubes, como dos enormes toros que luchan por una vaca, dos océanos agitados, dos montañas que se mueven, dos refulgentes adityas, dos llamas ardientes, dos elefantes orgullosos, dos leones orgullosos, y como el mismo Rudra y Kala. Como las montañas sufren muchos golpes de rayos, así soportaron ellos muchos golpes. Y todos los puntos cardinales resonaron con el sonido que procedía del golpe de sus clavas, semejante al sonido de los rayos. Puesta contra el pecho de Ravana, la clava de Arjuna hizo parecer por un momento el firmamento como oro ardiente, como lo hace el relámpago. Y golpeando una y otra vez contra el pecho de Arjuna, la clava de Ravana parecía una enorme tea. Ni Arjuna se agotaba ni Ravana. Y el conflicto prosiguió entre ellos como el encuentro entre Bala y Vasava en los días de antaño. El rey de los hombres y el rey de los rakshasas se asaltaron y se hirieron uno a otro con sus clavas, como dos toros que se golpean uno a otro con los cuernos y dos elefantes con los colmillos. Con ello, lleno de rabia, Arjuna, con todo su poderío, golpeó a Ravana en el pecho con su clava. Pero Ravana estaba bien protegido por el don del celestial, de modo que la clava cayó a tierra partida en dos pedazos, como una arrojada por un ser débil. Aun así, herido por la maza de Arjuna, Ravana, derramando lágrimas, huyó a una distancia de cuatro pies y se sentó allí. Contemplando a Ravana así abrumado, Arjuna saltó y lo atrapó, como Garuda sujeta a una serpiente y como Vishnu ató a Bali. Atado así Dasagriva, los siddhas, los charanas y los celestiales, exclamando: “¡Bien hecho! ¡Bien hecho!”, hicieron llover flores sobre Arjuna. Y el rey lanzó una y otra vez rugidos leoninos, como un tigre gozoso ruge como una nube, teniendo a un ciervo bajo su garra. Recobrando el sentido y contemplando a Ravana atado, Prahasta, con gran ira, persiguió al rey de los haihayas. Y la fuerza rakshasa se volvió tempestuosa como la crecida del océano durante las lluvias. Con ello, exclamando repetidamente: “¡Suéltalo! ¡Suéltalo! ¡Espera! ¡Espera!”, la hueste rakshasa arrojó centenares de musalas y dardos en el campo de batalla. Sin conmoverse en lo más mínimo por ello, el rey Arjuna, matador de enemigos, soportó aquellas armas de los enemigos de los celestiales. Con ello, burlando las armas de los rakshasas por medio de muchas armas temibles y excelentes, Arjuna, rey de los haihayas, los ahuyentó como los vientos dispersan las nubes. Habiendo infundido así terror a los vagabundos de la noche, él, rodeado de sus propios parientes, volvió a su propia ciudad con Ravana, llevándolo atado como Indra llevó atado a Bali. Con ello los brahmanes y los ciudadanos hicieron llover sobre él flores y arroz tostado».
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«Con ello Pulastya oyó de los celestiales la captura de Ravana, semejante a la captura del viento. Y movido por el amor a su hijo, el sumamente refulgente gran asceta se dirigió a ver al rey de Mahishmati. Avanzando por la vía aérea, aquel nacido dos veces, dotado de la velocidad del viento y del vuelo de la mente, llegó a la ciudad de Mahishmati. Como Brahma entrando en la Amaravati de Indra, entró en la ciudad, semejante a la capital de Indra y llena de ciudadanos regocijados y rollizos. Y contemplando acercarse a aquel temible rishi como Aditya caminando a pie, los guardianes comunicaron la noticia al rey Arjuna. Entendiendo por sus palabras que venía Pulastya, el rey de los haihayas, poniendo las palmas juntas sobre la coronilla, salió a recibirlo. Como Vrihaspati precediendo a Purandara, los sacerdotes reales fueron delante de él llevando el madhuparka y agua para lavar los pies. Y contemplando llegado al asceta, semejante al sol naciente, el rey Arjuna se inclinó ante él reverentemente, como Indra saludando a Mahadeva. Con ello, ofreciéndole el madhuparka, una vaca y agua para lavar los pies, el rey de los haihayas, con la voz entrecortada de regocijo, se dirigió al asceta, diciendo: “Reverendo señor, su visita es difícil de obtener. Al contemplarlo, mi ciudad de Mahishmati se ha convertido en Amaravati. Hoy he obtenido toda bienaventuranza, oh señor; hoy ha dado fruto mi observancia religiosa; hoy ha resultado dichoso mi nacimiento y hoy ha sido coronada de éxito mi devota penitencia, pues me inclino ante sus pies, que han sido adorados por los celestiales. Este reino mío, estos hijos míos, esta esposa mía y yo mismo estamos todos a su disposición; ordéneme, oh brahmán, lo que puedo hacer por usted”. Con ello, habiendo preguntado al rey por su piedad, sus ofrendas y el bienestar de sus hijos, Pulastya dijo a Arjuna, rey de los haihayas: “Oh primero de los reyes, oh usted, de ojos como pétalos de loto, oh usted, de semblante como la luna llena: puesto que ha vencido a Ravana, su poderío no tiene par en el triple mundo. Ha atado en el conflicto a mi invencible hijo, por miedo al cual el viento y el océano se quedan quietos. Habiéndose bebido las glorias de mi hijo, ha proclamado las suyas; por eso le digo, oh hijo mío, libere a Dasanana”. Oyendo este mandato de Pulastya, el rey Arjuna no profirió una sola palabra y, con sumo regocijo, dejó libre al rey de los rakshasas. Habiendo liberado a aquel enemigo de los celestiales, habiéndolo honrado con ornamentos y guirnaldas celestiales y entablado amistad con Ravana ante el fuego, deponiendo toda enemistad, y habiéndose inclinado ante Pulastya, el hijo de Brahma, se fue a su propia casa. Y liberado por la influencia de Pulastya, el sumamente poderoso Dasanana, rey de los rakshasas, aceptó su hospitalidad y, abrazado por él, volvió a casa avergonzado. Y habiendo dejado en libertad a Dasagriva, Pulastya, el hijo de Brahma y el primero de los munis, se fue a la región celestial. Oh Rama, de este modo el sumamente poderoso Ravana fue vencido por Arjuna y liberado por Pulastya. Observa, pues, oh descendiente de Raghu, que hay un hombre más poderoso que el poderoso; por tanto, el que desea su propio bien no debe desdeñar a otro. Habiendo adquirido la amistad de Arjuna, el de mil brazos, Dasanana, rey de los rakshasas, comenzó de nuevo a recorrer el mundo afligiendo a los reyes».
Section 39
«Liberado por Arjuna, y sin concebir aun así vergüenza alguna, Ravana, rey de los rakshasas, comenzó de nuevo a recorrer la tierra. Rakshasas u hombres de quienes el orgulloso Ravana oía que eran poderosos, solía acercárseles y desafiarlos a la lucha. Al cabo de un tiempo llegó a la ciudad de Kishkindha, regida por Vali, y lo desafió a él, que llevaba una guirnalda de oro, a luchar. Con ello Tara, su padre Sushena y el príncipe Sugriva dijeron al rey de los rakshasas: “Oh señor de los rakshasas, no está presente aquí el que podría resistirte. ¿Qué otro mono es capaz de plantarse ante ti? Con todo, oh Ravana, Vali volverá pronto tras ejecutar los ritos del Sandhya en la confluencia de los cuatro océanos; espera, pues, aquí un momento. Mira, oh Dasanana: allí yacen los huesos, como caracolas, de todos aquellos que vinieron antes a luchar con el poderoso rey de los monos. Oh Ravana, oh rakshasa, aunque hayas bebido néctar, perderás la vida en este mismo momento, cuando tenga lugar el encuentro con Vali. Oh Vaisravana, contempla ahora el variado universo; espera un momento, después del cual te será difícil conservar la vida. O si deseas encontrar la muerte, ve rápidamente al océano del sur y verás allí a Vali, semejante al fuego puesto sobre la tierra”. Oyendo esas palabras, Ravana, el que engrandece el triple mundo, reprendió a Tara y, subiendo a su carro florido, fue al océano del sur y divisó a Vali, de semblante rojo como el sol naciente, ocupado con toda la mente en los ritos del Sandhya. Con ello, habiendo descendido de su carro Pushpaka, se acercó a Vali con pasos silenciosos para atraparlo bajo su garra. Echando sus miradas a placer, Vali lo vio. Aunque advertido de su mala intención, no se conmovió en lo más mínimo. Y no hizo caso de él, como un león no se conmueve al contemplar una liebre, ni Garuda al contemplar una serpiente. Pensó entonces para sí: “Este perverso Ravana se acerca para atraparme; sujetándolo bajo mi axila, recorreré los tres grandes océanos. Todos verán al enemigo Ravana bajo mi axila, como una serpiente sujeta por Garuda, con los muslos, los brazos y las vestiduras sueltos”. Habiendo pensado así, Vali permaneció en silencio un rato y, recitando conjuros, esperó allí como una montaña. Con ello el rey de los monos y el señor de los rakshasas, orgullosos de su fuerza, intentaron atraparse uno a otro. Vali estaba sentado de espaldas (a Ravana); aun así, por sus pasos percibió que este había llegado al alcance de su mano, y lo atrapó al punto como Garuda sujeta una serpiente. Habiendo atrapado a Ravana, el señor de los rakshasas, que deseaba atraparlo (a Vali), y poniéndolo bajo su axila, Vali se alzó vehementemente en el firmamento. Y se fue llevándolo, arañándolo una y otra vez con sus uñas, como los vientos dispersan las nubes. Llevado así el demonio de diez cuellos, sus consejeros, para liberarlo, persiguieron a Vali por el firmamento, gritando. Siguiéndolo ellos así, Vali parecía en el cielo como el sol en medio de las nubes. Los rakshasas no pudieron alcanzar a Vali, sino que quedaron más bien agotados por el golpe de sus brazos y muslos. ¿Qué decir de los animales hechos de carne y sangre, ansiosos por sus vidas? Aun las montañas abren paso cuando va Vali. Subiendo alto al cielo, adonde ni las aves pueden llegar, Vali, señor de los monos y dotado de gran velocidad, terminó poco a poco sus ritos del Sandhya sobre los océanos. Adorado por los seres aéreos, su señor, con Ravana, fue primero al océano occidental. Y habiendo terminado allí las oraciones del Sandhya y recitado conjuros, él, con Dasanana, fue al océano del norte. Y habiendo recorrido muchos miles de leguas, aquel enorme mono, con su enemigo, terminó allí sus oraciones y luego se dirigió al océano oriental. Y habiendo recitado también allí sus oraciones, Vali, el hijo de Indra y rey de los monos, llevando a Ravana, volvió a la ciudad de Kishkindha. Habiendo cumplido sus ritos del Sandhya en los cuatro océanos y llevando a Ravana, aquel jefe de los monos estaba grandemente agotado y (por eso) descendió a los jardines de Kishkindha. Habiendo sacado a Ravana de su axila, el primero de los monos, riendo una y otra vez, dijo: “¿De dónde vienes?”. Con ello, grandemente sorprendido, Dasanana, rey de los rakshasas, con los ojos temblorosos de agotamiento, dijo al rey de los monos: “Oh rey de los monos, semejante a Mahendra, soy Ravana, rey de los rakshasas; vine aquí a luchar, pero he sido vencido por ti. ¡Ay! ¡Qué fuerza es la tuya! ¡Qué poderío! ¡Qué gravedad! Sujetándome como a un animal, has recorrido los cuatro océanos. ¡Oh héroe! ¿Qué ser heroico hay que no se agote llevándome tan vehementemente? Oh mono, la mente, el viento y Garuda: estos tres están dotados de la velocidad. Sin duda tienes tú la misma velocidad. Tu poderío ha quedado suficientemente demostrado. Pero ahora deseo, oh rey de los monos, trabar amistad contigo para siempre ante el fuego. Oh rey de los monos, desde hoy, esposa, hijos, ciudad, reino, goce, vestido y alimento serán comunes a ambos”. Con ello, habiendo encendido el fuego, el rey de los monos y el rey de los rakshasas, abrazándose, se hicieron amigos. Con ello, tomándose uno a otro de los brazos, entraron en la ciudad de Kishkindha, como dos leones que entran regocijados en una cueva. Allí, como Sugriva, pasó Ravana un mes. Después sus consejeros, deseosos de destruir el triple mundo, se lo llevaron. Oh señor Rama, te he relatado así la historia anterior. Habiendo apaleado así a Ravana, Vali trabó al fin amistad con él ante el fuego. Oh Rama, Vali tenía una fuerza grande y sin igual. Como el fuego abrasa a las langostas, así abrasaste tú a Vali».
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Con ello Rama, movido por el deseo de saber, con las palmas juntas y humildemente, se dirigió a Agastya, que residía en la región del sur, con palabras cargadas de sentido, diciendo: «Dice usted que Ravana y Vali tenían una fuerza sin igual, pero me parece que la de ellos no puede igualar la de Hanuman. El heroísmo, la liberalidad, la fuerza, la paciencia, el intelecto, el conocimiento de las leyes y los medios, el poderío y la energía existen todos juntos en Hanuman. Cuando la hueste de los monos perdió el ánimo al contemplar el océano, Hanuman, consolándola, cruzó el abismo, que se extiende por cien leguas. Habiendo humillado a la diosa que preside Lanka y habiendo contemplado allí a Sita, la consoló. ¿Qué más decir? Hanuman, él solo, mató al comandante en jefe de Ravana, al hijo del ministro, a sus servidores y a uno de sus hijos. Liberado del arma de Brahma, Hanuman amonestó a Ravana y redujo Lanka a cenizas, como el fuego abrasa la tierra. Lo que yo mismo he visto ejecutar a Hanuman en el conflicto está por encima del poder de Kala, de Vasava y aun del señor de las riquezas. Es por la fuerza de los brazos de aquel hijo del dios del Viento por lo que he obtenido Lanka, a Sita, a Lakshmana, la victoria, el reino y a mis amigos. Más aún: si Hanuman, el amigo del rey de los monos, Sugriva, no hubiera estado en mi compañía, ¿quién habría podido traer noticias de Sita? ¿Por qué Hanuman, aunque deseaba el bien de Sugriva, no redujo a cenizas a Vali, como a otras tantas enredaderas, con ocasión de su querella con Sugriva? Me parece que Hanuman no era entonces consciente de su propio poderío. Y por eso se rebajó a presenciar las desdichas de Sugriva, el rey de los monos, que le era más querido que su vida. Oh usted, a quien adoran los inmortales, descríbame con verdad esta acción de Hanuman». Oyendo aquellas bienintencionadas palabras de Raghava, el asceta Agastya le dijo en presencia de Hanuman: «Oh primero de los Raghus, lo que has dicho de Hanuman es todo verdad. En cuanto a fuerza, velocidad e intelecto, no hay nadie que pueda igualar a Hanuman. Oh sometedor de enemigos, en los días de antaño Hanuman fue maldecido por los ascetas, cuyas maldiciones nunca quedan sin fruto, en el sentido de que nunca sería consciente de toda su fuerza. No soy capaz de describirte la maravillosa hazaña infantil que Hanuman ejecutó en su niñez. Pero si estás, oh Raghava, muy ansioso de oírla, la relataré; escucha con mente sosegada. El padre de Hanuman, Kesarin, reinaba en la montaña Sumeru, que se asemeja al oro por la influencia del sol. Kesarin tenía una esposa bien conocida por el nombre de Anjana, a la que estaba grandemente apegado. El dios del Viento engendró en Anjana un excelente hijo. Yendo a un denso bosque a recoger frutos, la excelente doncella dio a luz a Hanuman, semejante a la punta de un árbol sala, y se marchó. Afligido por el hambre a causa de la ausencia de la madre, Hanuman, recién nacido, lloró como Kartikeya, el comandante en jefe de los celestiales, en el bosque de saras. En este tiempo, habiéndose alzado el sol, semejante a las flores de yava, Hanuman, para alcanzar un fruto, saltó. Deseoso de atrapar el sol recién alzado, Hanuman, semejante a él, comenzó a saltar en medio del firmamento. Habiendo subido así al cielo el niño Hanuman, los celestiales, los danavas y los yakshas exclamaron sorprendidos: “La velocidad con que va el hijo de Marut no la poseen ni el Viento, ni Garuda, ni la mente. Si tiene tal vehemencia en su niñez, ¡qué gran fuerza tendrá en su juventud!”. Saltando así su propio hijo, el viento, refrescado por el contacto de la nieve, comenzó a seguirlo mientras avanzaba por el cielo, no fuera que los rayos del sol lo abrasaran. Subiendo alto en el cielo por travesuras infantiles, y habiendo recorrido muchos miles de leguas con ayuda de su padre, Hanuman se acercó al sol. Considerando que era un mero niño y por tanto no manchado por pecado alguno, y que una gran obra divina sería llevada a cabo por él en el futuro, el sol no abrasó a Hanuman. Aquel mismo día en que Hanuman saltó para atrapar el sol, Rahu también intentó apoderarse de él. Habiendo llegado a lo alto del carro del sol, Hanuman tocó a Rahu; y él, el que reprime los rayos de la luna, se volvió en consecuencia al contemplar al sol así atrapado. Y yendo a la casa de Indra, el hijo de Simhika, con ira y con el ceño fruncido, le dijo, mientras estaba rodeado de los celestiales: “¡Oh Vasava! ¡Oh matador de Bala y de Vritra! Para quitarme el hambre me diste el sol y la luna; ¿por qué los has dado entonces a otro? A causa del parva vine a devorar el sol, pero vino otro Rahu y se apoderó de él”. Oyendo las palabras de Rahu, el rey de las deidades, que llevaba una guirnalda de oro, con el entendimiento turbado, avanzó, a lomos de su elefante jefe Airavata, enorme como la cumbre de la colina Kailasa, del que siempre goteaba el jugo temporal, de cuatro colmillos, rugiente y adornado de campanillas de oro, hacia Hanuman y el sol, con Rahu delante de él. Habiendo dejado atrás a Indra, Rahu fue rápidamente allí, pero huyó al contemplar al enorme Hanuman, semejante a la cumbre de una montaña. Con ello, dejando a un lado el sol y deseoso de atrapar a Rahu, el hijo de Simhika, tomándolo por un fruto, Hanuman saltó de nuevo al cielo. Contemplando acercarse a Hanuman, que había dejado el sol, Rahu, del que solo se veía el semblante, desistió y se volvió. Y considerando a Indra como su salvador, gritó una y otra vez: “¡Indra! ¡Indra!”. Entendiéndolo todo por las lastimeras voces de Rahu, Indra dijo: “No temas, pronto lo mataré”. Con ello, contemplando al enorme Airavata y tomándolo por un fruto mayor, Maruti corrió hacia él. Avanzando así tempestuosamente, cuando se alzó por encima de la cabeza de Indra, Hanuman pareció en un momento temible como el fuego de la disolución. Pero sin enfurecerse grandemente, el señor de Sachi, el de mil ojos, con el rayo en la mano, golpeó a Hanuman, que corría. Apaleado por el rayo de Indra, Hanuman cayó y se rompió la mandíbula izquierda. Abrumado así por el golpe del rayo de Indra, el dios del Viento se enojó con el rey de los celestiales y se resolvió a causar daño a todos los seres creados. El viento, que todo lo abarca, sin difundirse, entró en una cueva con su hijo. Como Vasava aflige a todas las criaturas deteniendo los aguaceros, así el viento sumió a todos los animales en un sufrimiento insoportable obstruyendo todas las excreciones. A causa de la ira del dios del Viento, su aliento quedó completamente obstruido, y las coyunturas, como atravesadas, se volvieron duras como la madera. El Svadha, el Vashatkara y todas las observancias religiosas del triple mundo quedaron detenidos por la ira del dios del Viento. Así los tres mundos parecían como sobrecogidos de pesar. Con ello los afligidos celestiales, gandharvas, asuras y hombres acudieron al Patriarca Brahma con el fin de procurar el bienestar de los seres creados. Y con los vientres hinchados por la obstrucción del viento, los celestiales, con las manos juntas, dijeron: “Oh señor de los seres creados, usted ha creado cuatro clases de seres y nos ha dado el viento para preservar nuestra vida. Pero no sabemos por qué el viento, señor de nuestro ser, nos aflige obstruyendo nuestros movimientos, como a mujeres confinadas en un aposento interior. Afligidos así por el viento, hemos venido a buscar su amparo, oh usted, que quita las desdichas; quítenos las aflicciones que siguen a la obstrucción del viento”. Oyendo esas palabras de los seres creados, su señor (el Patriarca Brahma) dijo a su vez: “Escuchen por qué el viento, enfurecido, ha obstruido el curso de todos los seres. Oyendo las palabras de Rahu, Indra, rey de los celestiales, ha apaleado al hijo del dios del Viento. Por eso se ha ofendido. Preservando a los seres corpóreos, el viento, que no tiene persona, pasa a través de todos ellos. Sin viento el cuerpo se vuelve como la madera. Por tanto, el viento constituye la vida, la felicidad y el universo entero. Renunciando al viento, el mundo no puede alcanzar la felicidad. Abandonado por el viento y con el aliento obstruido, miren: el mundo parece hoy como madera seca. Vayamos, pues, allí donde espera el viento, el que nos causa aflicciones. Si no complacemos al hijo de Aditi, encontraremos todos la destrucción”. Con ello el Patriarca Brahma, los celestiales, los gandharvas, las serpientes, los guhyakas y otros seres creados fueron adonde esperaba el viento con su propio hijo, apaleado por el rey de los celestiales. Con ello, contemplando a aquel niño en el regazo del dios del Viento, semejante al oro y a Vaisvanara, Brahma, el de cuatro rostros, los celestiales, los gandharvas, los rishis, los yakshas y los rakshasas se movieron todos a compasión».
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Oyendo toda la historia, Rama, el descendiente de Raghu, dijo a Agastya: «Oh Reverendo señor, Riksharaja es el nombre del padre de Vali y Sugriva, pero no me ha dicho el nombre de su madre. Con todo, deseo saber quién fue su madre, dónde estaba su residencia y cómo recibieron esos nombres; favorézcame con el relato». Habiendo dicho esto Rama, Agastya dijo: «Oh Rama, te relataré en breve todo lo que oí de Narada cuando vino a mi ermita. Una vez, mientras viajaba, aquel asceta sumamente piadoso llegó a mi ermita; lo adoré y le di la bienvenida debidamente; y cuando le pregunté por deseo de saber, él, sentado a sus anchas, dijo: “Escucha, oh gran asceta, el primero de los piadosos: hay una montaña llamada Meru, sumamente pintoresca, hecha de oro y grandemente encantadora. El pico central es muy querido por los celestiales, y en él está situada la hermosa sala de asamblea de Brahma, que se extiende por cien leguas. La deidad de cuatro rostros, nacida del loto, reside siempre allí. Y de sus ojos, mientras practicaba el Yoga, gotearon lágrimas. En cuanto el Patriarca Brahma las enjugó con sus manos sobre el suelo, nació de aquellas lágrimas un mono. Oh primero de los hombres, en cuanto fue producido aquel mono, el de alma elevada Brahma lo consoló con dulces palabras y dijo: ‘Ve a aquella montaña principal donde residen perpetuamente los celestiales. Oh primero de los monos, viviendo de muchos frutos y raíces en aquella pintoresca montaña, debes vivir siempre junto a mí. Y mientras vivas de este modo un tiempo, serás coronado de bienaventuranza’. Habiendo dicho esto Brahma, oh Raghava, el primero de los monos saludó a aquel dios de los dioses, poniendo la cabeza a sus pies, y dijo a aquella deidad primordial, creador de los seres y señor del universo: ‘Oh dios, usted me pone bajo sus mandatos; en verdad los seguiré’. Habiendo dicho esto al Patriarca, aquel mono fue al punto a un bosque abundante en frutos y flores. Viviendo allí de frutos y recogiendo miel y diversas flores, venía cada día a Brahma al atardecer. Oh Rama, de este modo solía hacer una ofrenda de excelentes frutos y flores a los pies de Brahma, el dios de los dioses. Recorriendo de este modo la montaña, pasó muchos largos años. Pasado algún tiempo de este modo, oh Raghava, Riksharaja, el primero de los monos, afligido por la sed, fue a la excelente montaña Meru. Hay allí un estanque de agua pura, resonante con las notas de diversas aves. Habiendo sacudido sus crines con el corazón regocijado, Riksharaja vio su reflejo en las aguas. Contemplando allí su propia imagen, aquel jefe de los monos, sobrecogido de ira e inquietud, pensó: ‘¿Qué enemigo jurado mío vive en las aguas? Destruiré la excelente morada de ese perverso’. Pensando así para sí, aquel mono, por veleidad, saltó al lago. Y de nuevo saltó fuera de él. Y en el momento de salir, oh Rama, aquel mono principal se halló transformado en forma de mujer, que era sumamente encantadora, garbosa y hermosa. Sus caderas eran anchas, sus cejas hermosas y sus cabellos negros y rizados; su semblante era hermoso y sonriente, su pecho alto y su belleza sin par. Y apareció encantadora en las orillas del lago, iluminando todos los puntos cardinales, aquella mujer que agitaba la mente de todos y era hermosa en el triple mundo, como la simple Sastilata, como Rama sin loto, como los puros rayos de la luna, como Parvati, más hermosa aún que Lakshmi. En este tiempo volvía por aquel camino Indra, el guía de los celestiales, tras haber adorado los pies de Brahma. Y el sol también, viajando, llegó allí. Ambos a la vez divisaron aquella forma de mujer y quedaron poseídos por el deseo. Más aún: todo su cuerpo, en cuanto la vieron, se estremeció, y la firmeza de su mente se tambaleó. Con ello Indra engendró en ella un hijo llamado Vali, pues nació de sus cabellos, y el sol engendró en ella otro hijo, que fue llamado Sugriva, pues nació de su cuello. Nacidos así los dos sumamente poderosos monos, Indra volvió a su región tras conferir a Vali una inagotable guirnalda de oro. Y habiendo puesto a Hanuman, el hijo del dios del Viento, al servicio de Sugriva, el sol volvió también al cielo. Oh rey, habiéndose alzado el sol después de aquella noche, Riksharaja obtuvo de nuevo su propia y verdadera forma de mono. Habiendo recobrado así su forma de mono, hizo beber miel, como néctar, a sus dos sumamente poderosos hijos, monos principales que tomaban formas a voluntad y tenían ojos leonados. Con ello, tomándolos, llegó a la morada de Brahma. Contemplando a su hijo Riksharaja con sus hijos, Brahma, el Abuelo de los celestiales, lo consoló de diversos modos. Luego dio orden al mensajero celestial, diciendo: ‘Por mandato mío, oh emisario, ve a la sumamente pintoresca ciudad de Kishkindha. Aquella ciudad de oro, grande y encantadora, es digna de Riksharaja. Allí viven muchos miles de monos, además de otros que toman formas a voluntad. Abunda en diversas joyas, es invencible, está habitada por los cuatro varnas, es santa y sagrada. Por mandato mío, Visvakarma ha construido la celestial y pintoresca ciudad de Kishkindha. Instala allí a Riksharaja, el primero de los monos, con sus hijos; y habiendo invitado a los monos principales y a otros y recibiéndolos cortésmente, ponlo en el trono. Al contemplar a este jefe de los monos, dotado de inteligencia, le estarán todos sometidos’. Habiendo dicho esto Brahma, el emisario celestial, con Riksharaja delante, se dirigió a la sumamente pintoresca ciudad de Kishkindha. Y habiendo entrado allí con la velocidad del viento, él, por mandato del Patriarca, coronó rey al mono principal Riksharaja. Y rociado conforme a las ceremonias de la instalación, y adornado de una corona y de diversos otros ornamentos, él, con el corazón regocijado, se ocupó en gobernar a los monos. Todos los monos que residían en la tierra, que consta de siete continentes insulares y está limitada por el océano, quedaron bajo su dominio. Así Riksharaja fue a la vez padre y madre de Vali y Sugriva. ¡Que la fortuna te sea propicia! Los doctos que escuchan esta historia y la hacen oír a otros, que contribuye a acrecentar su deleite, ven cumplidos todos sus deseos y objetos. Te he descrito debidamente y por extenso todos los sucesos, y he contado las historias relativas al nacimiento de los reyes de los monos y de los rakshasas”».
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Oyendo este excelente tema pauránico en compañía de sus hermanos, Raghava quedó grandemente sorprendido. Con ello, oyendo las palabras del rishi, dijo: «Por su favor he escuchado el sumamente sagrado tema, oh primero de los munis. Estaba grandemente encendido de deseo de saber en este asunto. No me sorprende en lo más mínimo saber, oh nacido dos veces, que aquellos dos hijos de los celestiales fueran dos sumamente poderosos monos principales, puesto que su origen es divino». Habiendo dicho esto Rama, Agastya dijo: «Oh tú, de largos brazos, así se produjo en los días de antaño el nacimiento de Vali y Sugriva. Oh rey, te relataré ahora de nuevo otro tema divino. Oh Rama, te describiré ahora por qué raptó Ravana a Sita. Escúchalo atentamente. Oh Rama, en la edad de oro, habiéndose inclinado ante el hijo del Patriarca, el veraz rishi Sanat Kumara, sumamente refulgente, resplandeciente como el sol, brillante en su brillo nativo y sentado en su propio lugar, Ravana, señor de los rakshasas, dijo: “¿Quién es ahora entre los celestiales valiente y poderoso, con cuya ayuda los celestiales pueden vencer a sus enemigos, y a quien los nacidos dos veces adoran a diario y en quien meditan los devotos? Oh usted, que tiene la piedad por riqueza, oh usted, dotado de las seis clases de riqueza, descríbame esto bondadosamente”. Advertido de la intención de Ravana, el santo Sanat Kumara, que lo veía todo por su devoción, le dijo por amor: “Escucha, hijo mío. Los doctos adoran debidamente en sus sacrificios a aquel Hari, respetado por las gentes y que bebe el néctar, que es el señor del universo, cuyo origen no conocemos, que es adorado a diario por los celestiales y los asuras, que es el sumamente poderoso Narayana, de cuyo ombligo ha nacido Brahma, el creador del mundo, y que ha creado el universo, que consta de seres móviles e inmóviles. Los yoguis meditan en él y celebran sacrificios en su honor conforme a los Puranas, los Vedas, el Pancharatra y otros rituales. Él vence siempre en el encuentro a daityas, danavas, rakshasas y todos los demás enemigos de los celestiales, y todos ellos lo adoran”. Oyendo esas palabras del gran asceta Sanat Kumara, Ravana, señor de los rakshasas, inclinándose, respondió: “Muertos por Hari, ¿a qué estado llegan los daityas, los danavas y los rakshasas? ¿Y por qué los destruye Hari?”. A lo cual Sanat Kumara respondió: “Quienes son muertos por los celestiales residen eternamente en la región de estos. Y desterrados de allí, vuelven a nacer en la tierra. Así, por la desdicha y la felicidad adquiridas en su existencia anterior, pasan por nacimientos y muertes. Oh rey, todos los monarcas muertos por Janardana, el que lleva el disco y señor del triple mundo, alcanzaron la región de él; aun su ira se vuelve como un don”. Oyendo aquellas palabras proferidas por el gran asceta Sanat Kumara, el vagabundo de la noche Ravana, lleno de regocijo y sorpresa, se puso a meditar cómo entraría en conflicto con Hari».
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«Pensando así el perverso Ravana, el gran asceta dio de nuevo salida a sus palabras: “Oh tú, de largos brazos, lo que has deseado en tu mente se cumplirá en el gran encuentro. Sé feliz y espera algún tiempo”. Oyendo esto, el de largos brazos (Ravana) dijo de nuevo al asceta: “Dígame por extenso cuáles son sus señales”. Oyendo las palabras del señor de los rakshasas, el asceta respondió: “Escucha, te lo relataré todo, oh primero de los rakshasas. Aquella gran deidad todo lo penetra, es diminuta, invisible, siempre existente y manifiesta en el universo, que consta de criaturas móviles e inmóviles. Está presente en la región celestial, en la tierra, en la región que está bajo la tierra, en las montañas, en los bosques, en todos los objetos inmóviles, en todos los ríos y en todas las ciudades. Él es el Om, la verdad, la Savitri y la tierra. Es conocido como la deidad Dharadhara (sostén de la tierra) y Ananta. Él es el día, la noche, la mañana y la tarde, Yama, la luna, Kala, el viento, Brahma, Rudra, Indra y el agua. Él hace manifiesto el mundo y lo hace brillar; los crea, los destruye y los gobierna. Él juega, es eterno, el señor de los hombres, Vishnu, el Purana y el único destructor del mundo. ¿De qué sirve hablar más, oh Dasanana? Él abarca los tres mundos, lo móvil y lo inmóvil. Vistiendo una vestidura amarilla como los filamentos del loto, Narayana, semejante en color al loto azul oscuro, resplandece como las nubes en el firmamento acompañadas del relámpago. Y cubriendo su persona, Lakshmi, en forma de guerra, está situada en su cuerpo como el relámpago en las nubes. Los celestiales, los asuras o los nagas: ninguno es capaz de posar en él sus miradas. Solo puede verlo aquel con quien él está complacido, oh hijo mío; ni por los frutos de los sacrificios, ni por el ascetismo, ni por el dominio de sí, ni por las dádivas, ni por los sacrificios, ni por ninguna otra cosa puede uno contemplar a la Ilustre Deidad. Solo pueden verlo aquellos que se han consagrado a él, ellos mismos, su vida y su ser, y que, en virtud del conocimiento discriminativo, han quemado sus pecados. Si estás dispuesto a contemplarlo, escucha; si gustas, te lo describiré todo por extenso. Al fin de la edad de oro y al comienzo del Treta Yuga, la deidad Narayana tomará forma humana para beneficio de los hombres y los celestiales. Le nacerá a Dasaratha, de la raza de Ikshvaku, un hijo con el nombre de Rama, que gobernará la tierra. Rama será sumamente refulgente, sumamente poderoso y en paciencia semejante a la tierra; y los enemigos en el encuentro no podrán mirarlo, como no pueden mirar al sol. De este modo el señor Narayana aparecerá en forma humana. Por mandato de su padre, el piadoso y de mente elevada Rama morará en el bosque de Dandaka en compañía de su hermano. Su esposa, la hermosa Lakshmi, será célebre con el apelativo de Sita. Nacerá como hija de Janaka, rey de Mithila, y saldrá de la tierra. En belleza no tendrá par en la tierra, estará dotada de señales auspiciosas y seguirá siempre a Rama como una sombra, como los rayos siguen a la luna. Estará adornada de buena conducta, será casta y paciente; y Sita y Rama aparecerán siempre juntos como los rayos del sol. Ravana, te he relatado así todo acerca de Narayana, el gran Brahman, eterno e incomprensible”. Oh Raghava, oyendo esas palabras, el sumamente poderoso señor de los rakshasas comenzó a concertar planes para entrar en conflicto contigo. Meditando una y otra vez las palabras de Sanat Kumara, y regocijado, comenzó a viajar en busca de batalla». Oyendo esas palabras, Rama, con los ojos dilatados de sorpresa, se maravilló grandemente. Y regocijado, dijo de nuevo a Agastya, el primero de los sabios: «Relate usted las historias antiguas».
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El sumamente refulgente e ilustre Agastya, nacido de una vasija, se dirigió de nuevo al humilde Rama como el gran Patriarca nacido del loto habló a la Gran Deidad; dijo a Rama, cuyo poder era la verdad: «Escucha». Diciendo esto, el sumamente refulgente Agastya comenzó a narrar la última parte de la historia. El santo de mente elevada, con el corazón regocijado, describió a Rama todo lo que había oído y narrado: «Oh Rama de mente elevada, de largos brazos, por esta razón el perverso Ravana raptó a Janaki, la hija del rey Janaka. ¡Oh tú, de largos brazos! ¡Oh tú, de muchas glorias! ¡Oh invencible! Narada me contó esta historia en la cumbre de la montaña principal, el Meru. Oh Raghava, aquel sumamente refulgente me narró la última parte de esta historia en presencia de los celestiales, los gandharvas, los siddhas, los ascetas y otros grandes hombres. Oh señor de reyes, oh dador de honras, escucha aquella historia que quita la iniquidad monstruosa. Oyendo esto, oh tú, de largos brazos, los rishis y los celestiales, con el corazón regocijado, dijeron al asceta Narada: “El que escuche reverentemente esta historia cada día será bendecido con hijos y nietos y honrado en la región de los celestiales”».
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«Con ello, deseoso de alcanzar victorias, Ravana, señor de los rakshasas, orgulloso de su fuerza, comenzó a recorrer la tierra en compañía de los heroicos rakshasas. A quienquiera que, entre los daityas, los danavas y los rakshasas, le dijeran que era poderoso, solía desafiarlo a la batalla. Oh rey de la tierra, habiendo recorrido así el mundo entero, el demonio de diez cuellos vio al santo Narada, que volvía a su propia región desde Brahmaloka. Como un segundo sol, avanzaba a través de las nubes. Ravana, con el corazón regocijado, se acercó a él y se dirigió al santo celestial Narada con las palmas juntas, diciendo: “Oh usted, dotado de las seis clases de riqueza, ha visto muchas veces todas las criaturas, desde Brahma hasta un insecto. Dígame, oh grande, ¿los habitantes de qué mundo son más poderosos? Deseo luchar con ellos según mi deseo”. A lo cual, pensando un momento, el santo celestial Narada respondió: “Oh rey, hay un continente insular cerca del océano de leche. Todos los habitantes que viven allí están dotados de fuerza: refulgentes como los rayos de la luna, de enorme cuerpo, sumamente poderosos, y tienen una voz profunda como el retumbar de las nubes. Son todos grandemente hermosos, pacientes y de enormes brazos. Oh rey de los rakshasas, he visto en Svetadvipa hombres tan poderosos como los que deseas ver en esta tierra”. Oyendo las palabras de Narada, Ravana dijo: “Oh santo celestial, ¿por qué son poderosos los habitantes de Svetadvipa? ¿Y cómo llegaron a vivir allí aquellos de alma elevada? Oh señor, relátemelo todo por extenso. Usted observa el universo entero como un mirobálano en la palma de la mano”. Oyendo las palabras de Ravana, el santo celestial dijo: “Oh señor de los rakshasas, los habitantes de Svetadvipa están perpetuamente consagrados a Narayana con toda la mente y lo adoran con fervor. Tienen siempre el corazón y la mente consagrados a él y son todos de alma elevada. Habiendo entregado su vida y su alma a Narayana, han sido bendecidos con su morada en Svetadvipa. Los que mueren en el encuentro por obra del arco tensado de Vishnu, el que lleva el disco y preservador del mundo, alcanzan la región celestial. Ni por el sacrificio, ni por la devota penitencia, ni por el dominio de sí, ni por excelentes dádivas puede obtenerse la región celestial llena de bienaventuranza”. Oyendo las palabras de Narada, el demonio de diez cuellos se llenó de sorpresa y, meditando un rato, dijo: “Entraré en conflicto con él”. Con ello, invitando a Narada, se dirigió a Svetadvipa. Pensando largo tiempo, y deseoso de presenciar aquel maravilloso encuentro, Narada fue allí rápidamente. Siempre era amigo del juego y de la guerra. Llenando todos los puntos cardinales de temibles rugidos leoninos, Ravana con todos los rakshasas avanzó hacia Svetadvipa. Después de que Narada hubo llegado allí, el ilustre Dasanana fue a aquel continente insular, fuera del alcance aun de los celestiales. Golpeado por el calor radiante de aquel continente insular, el carro Pushpaka del poderoso Ravana no pudo sostenerse allí, como las nubes dispersadas por el viento. Habiendo llegado a aquel temible continente insular, los consejeros del señor de los rakshasas dijeron con miedo a Ravana: “Oh señor, estamos todos aturdidos y fuera de nosotros de miedo. No podemos de ningún modo quedarnos aquí; ¿cómo lucharemos?”. Diciendo esto, los rakshasas huyeron en todas direcciones. Y Dasanana despidió también con ellos su carro de oro, el Pushpaka. Habiendo despedido así su carro y tomando una figura temible, entró él solo en Svetadvipa. Al entrar, fue visto por las mujeres de allí. Una de ellas, tomándolo de la mano y sonriendo, dijo: “¿Por qué has venido aquí? ¿Quién eres? ¿Quién es tu padre? ¿Y a qué has venido aquí? Dilo claramente”. Oyendo esas palabras, oh rey, Ravana, con ira, dijo: “Soy el hijo del asceta Visrava; me llamo Ravana; he venido aquí deseoso de luchar; pero no veo a nadie aquí”. Habiendo dicho esto el perverso Ravana, todas las jóvenes doncellas rieron suavemente. Pero una de ellas, enfurecida, levantó a Ravana como a un niño, como por juego, y lo arrojó entre sus compañeras. Y dirigiéndose a otra, dijo: “Mira, he atrapado a este negro Ravana, de veinte brazos y diez rostros, como a un pequeño insecto”. Con ello Ravana, agotado de ser arrojado, pasó de una mano a otra. Arrojado así, el docto y poderoso Ravana, con ira, mordió severamente las palmas de aquella hermosa. Abrumada de dolor, aquella doncella lo soltó. Con ello otra, tomando a aquel jefe rakshasa, se alzó en el firmamento. Ravana, enfureciéndose de nuevo, la desgarró con sus uñas. Y soltado por aquella doncella, el aterrado vagabundo de la noche cayó en las aguas del abismo. Las mujeres que habitaban aquel continente insular arrojaron de este modo una y otra vez a Ravana. Contemplándolo así afligido, el sumamente refulgente Narada danzó de gozo y sorpresa. Oh tú, de largos brazos, advertido de esto, el perverso Ravana raptó a Sita con el fin de encontrar la muerte a tus manos. Tú eres Narayana, que lleva el disco, la caracola y la clava; tienes en tus manos el arco, un loto, el rayo y otras armas; eres adorado por todas las deidades; estás adornado con la señal mística Srivatsa, adorado por todos los celestiales, tienes un ombligo de loto, eres un gran asceta y Hrishikesa, que declara la ausencia de miedo a todos los devotos. Has tomado forma humana para procurar la destrucción de Ravana. ¿No te reconoces a ti mismo como Narayana? Oh grande, no te olvides de ti; recuerda tu verdadero ser. El Patriarca Brahma dijo que eres más sutil que lo sutil. Tú eres las tres cualidades, los tres Vedas y las regiones: la de los celestiales, la de los mortales y la región que está bajo la tierra. Tu obra se manifiesta en el tiempo, pasado, presente y futuro; eres el observador de los tres Vedas y el destructor de los enemigos de los celestiales. Con tus tres pasos recorriste en los días de antaño los tres mundos. Naciste de Aditi como el hermano menor de Indra para atar a Bali. Tú eres el eterno Vishnu. Para extender tus favores a la humanidad has nacido como hombre. Oh primero de los celestiales, la obra de las deidades ha sido cumplida. El perverso Ravana, con sus hijos y parientes, ha sido muerto. Los rishis, que tienen la piedad por riqueza, y todas las deidades han quedado complacidos. Oh primero de los dioses, todo esto ha sido obra de tus favores, y el universo entero ha quedado en paz. Sita es la personificación misma de Lakshmi, nacida de la tierra. Por ti ha nacido en la raza de Janaka. Llevándola a Lanka, Ravana la protegió con cuidado como a su madre. Rama, te he relatado así la historia entera. Oyéndola del rishi Sanat Kumara, el longevo Narada me la describió. Dasanana siguió al pie de la letra las instrucciones de Sanat Kumara. Quienquiera que escuche esta historia en el tiempo del sraddha, el arroz ofrecido por él, volviéndose inagotable, llega a sus manes». Oyendo este tema celestial, Rama, el de ojos de loto, junto con sus hermanos, quedó grandemente sorprendido. Y con los ojos dilatados de regocijo, los monos con Sugriva, los rakshasas con Vibhishana, los reyes con sus consejeros y todos los demás piadosos brahmanes, kshatriyas, vaisyas y sudras reunidos contemplaron regocijados a Rama. Con ello el sumamente refulgente Agastya dijo a Rama: «Oh Rama, todos te hemos visto y hemos sido honrados; ahora partiremos». Diciendo esto, ellos, honrados, se fueron a sus respectivas moradas. Puesto el sol, Rama, el primero de los hombres, despidió a los monos y a su rey y cumplió debidamente el rito del Sandhya. Poco a poco cayó la noche, y él entró en el aposento interior.
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Debidamente instalado así Kakutstha, que se conocía a sí mismo, pasó la primera noche, acrecentando el deleite de los ciudadanos. Al alba, los bardos llegaron al palacio para despertar al rey. Y aquellos cantores, bien adiestrados y de voz musical como los kinnaras, comenzaron a ensalzar al heroico rey, para acrecentar su gozo: «Despierte, oh gentil héroe, que acrecienta el gozo de Kausalya, oh primero de los hombres. Estando usted dormido, el universo entero quedará postrado de sueño. En poderío es usted como Vishnu, en belleza como los dos Asvins, en intelecto como Vrihaspati y en la capacidad de gobernar como el Patriarca Brahma. Su paciencia iguala la de la tierra, su refulgencia iguala la del sol, su velocidad iguala al viento y su gravedad se asemeja al abismo. Es usted firme como una estaca, manso como la luna. Ningún rey como usted floreció antes, ni seguirá otro. Oh primero de los hombres, es usted irreprimible, siempre piadoso y ocupado en procurar el bienestar a sus súbditos. La fama y la riqueza nunca lo abandonarán. Oh Kakutstha, en usted residen perpetuamente la gracia y la riqueza». Así lo ensalzaron los panegiristas con diversas dulces palabras, y Raghava se levantó. Como Hari se levanta del lecho de serpientes, así Rama, ensalzado de este modo, se levantó de su lecho, cubierto con una colcha blanca. Tomando vasijas blancas llenas de agua, millares de servidores bien adiestrados esperaban ante el de alma elevada (Rama). Lavándose la boca, purificado y ofreciendo oblación al fuego, entró en la santa estancia de la deidad tutelar, muy honrada por los Ikshvakus. Y allí, habiendo adorado debidamente a los celestiales, a los manes y a los brahmanes, él, rodeado de hombres, llegó al aposento exterior. Y llegaron allí los principales sacerdotes, encabezados por Vasishtha, y los ministros, todos resplandecientes como el fuego. Y se sentaron en torno a Rama los reyes kshatriyas venidos de diversas provincias, como los celestiales se sientan rodeando a su señor Indra. El ilustre Bharata, Lakshmana y Satrughna comenzaron a honrarlo, y él parecía un sacrificio conducido con himnos védicos. Y los servidores, con los ojos cerrados, se sentaron en torno a él. Los veinte heroicos monos encabezados por el sumamente poderoso Sugriva comenzaron también a honrarlo. Como los guhyakas honran a Kubera, así Vibhishana, acompañado de cuatro rakshasas, lo atendía. Todos los que estaban adelantados en el estudio de los Vedas, nacidos de familias respetables y doctos, se inclinaron ante el rey bajando la cabeza. Como el rey celestial Indra honrado por los santos, así el rey Rama era perpetuamente honrado por los refulgentes santos, los reyes, los monos y los rakshasas. Parecía en aquel tiempo más hermoso que Indra. Y en aquella asamblea recitaban temas religiosos personas conocedoras de los Puranas.
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Así pasaba sus días el de largos brazos Rama, atendiendo a todas las obras de administración relativas a la ciudad y las provincias. Pasados algunos días, él, con las manos juntas, dijo a Janaka, rey de Mithila: «Usted es nuestro único refugio; hemos sido criados por usted, y con ayuda de su temible poderío hemos podido destruir a Ravana. Oh rey, el parentesco entre las familias de Ikshvaku y de Mithila no tiene igual y es deleitoso. Tomando las joyas, diríjase a su propia ciudad, y Bharata lo seguirá como ayuda». Diciendo «Así sea», el rey Janaka habló a Rama: «Oh rey, me he deleitado viéndote a ti y a tus corteses modales. Las joyas reunidas para mí las confiero a mis dos hijas». Habiéndose marchado el santo real Janaka, Rama, con las manos juntas y humildemente, dijo a su tío materno Kaikeya: «Oh rey, este reino, yo mismo, Bharata y Lakshmana estamos todos a su disposición. El anciano rey quizá se haya afligido por su larga ausencia. Le corresponde, pues, oh rey, ir allí hoy. Que Lakshmana lo siga con inmensa riqueza y diversas joyas». Accediendo a su petición, Yudhajit dijo: «Oh Raghava, que las joyas y la riqueza sean inagotables contigo». Con ello Rama primero lo saludó y le dio la vuelta, y luego Yudhajit, hijo de Kekaya, se fue a su reino en compañía de Lakshmana, como Indra (partiendo hacia casa) en compañía de Vishnu tras la destrucción del asura Vritra. Habiéndose despedido de su tío materno, Rama abrazó a su amigo Pratardana, el impávido rey de Kasi, y dijo: «Has mostrado tus sentimientos fraternales y tu regocijo haciendo los preparativos de mi instalación en compañía de Bharata. Oh rey, parte ahora para tu ciudad, Varanasi, sumamente pintoresca, bien guardada, ceñida por fuertes murallas por todos lados y con puertas bien adornadas». Diciendo esto, Rama, el descendiente de Kakutstha, se levantó de su asiento y lo abrazó cordialmente. Habiéndose despedido de Rama, que acrecentaba el deleite de Kausalya, el rey de Kasi, con sus seguidores, se dirigió sin miedo y rápidamente a su propia ciudad. Habiéndose despedido del rey de Kasi, Rama, con semblante sonriente y dulces palabras, dijo a los trescientos reyes reunidos: «Bien protegidos por su propio poderío, han mostrado todos ustedes su gran amor por mí. Por su piedad, su veracidad, su sagacidad y su fuerza ha sido muerto el perverso Ravana. En verdad, yo soy meramente el instrumento de la destrucción de Ravana; él ha sido muerto por la fuerza de ustedes. Oyendo que Sita, la hija de Janaka, había sido raptada del bosque, el de mente elevada Bharata los trajo a todos ustedes; pero, por fortuna, no se vieron obligados a pasar por desdichas. De mente elevada como son, estaban todos dispuestos para esta obra. Hace mucho que han venido aquí. Me parece mejor que se dirijan a sus respectivas moradas». A lo cual los reyes, grandemente regocijados, respondieron: «Oh Rama, por su buena fortuna ha salido usted victorioso y ha sido instalado en el trono; por su buena suerte ha recobrado a Sita y ha sido vencido el enemigo Dasanana. Que lo contemplemos, oh Rama, victorioso y libre de todos los enemigos, es nuestro gran provecho y deleite. Los elogios que nos ha prodigado son naturales en usted. Usted es Rama, que siempre complace a las gentes. Es usted digno de alabanza, pero no sabemos cómo alabarlo. Con su permiso partiremos ahora hacia nuestras respectivas provincias, pero usted residirá siempre en nuestros corazones. Oh usted, de largos brazos, oh gran rey, que tenga perpetuamente tal amor por nosotros que hallemos lugar en su corazón». A lo cual Rama respondió, diciendo: «Así sea». Con ello los reyes, sumamente regocijados y deseosos de partir, se despidieron de Rama con las palmas juntas y, honrados por él, partieron hacia sus respectivos reinos.
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Habiendo agitado la tierra con millares de elefantes y caballos, los reyes partieron hacia diversas regiones. Y, dispuestos a ayudar a Rama, muchas akshauhinis de soldados con numerosos corceles aguardaban en Ayodhya por orden de Bharata. Aquellos reyes, orgullosos y poderosos, se decían unos a otros: «No nos enfrentamos a Ravana, el enemigo de Rama; Bharata nos convocó inútilmente después de la destrucción de Ravana. Si nos hubieran traído antes, en verdad lo habríamos matado. Habríamos combatido a placer al otro lado del océano, bien protegidos por el poderío de Rama y Lakshmana y libres de toda turbación». Así regocijados, todos aquellos príncipes reunidos partieron hacia sus respectivos reinos, hablando de estos y de otros diversos temas. Y, llegados ilesos a sus célebres ciudades, que abundaban en gentes regocijadas, riqueza, cosechas y joyas, enviaron a Rama, para su satisfacción, diversos presentes de gemas. Además de esto, le entregaron innumerables caballos, vehículos, elefantes enfurecidos, sándalo, excelentes ornamentos, joyas, perlas, corales, hermosas siervas y diversos carros. Y, tomando todas aquellas joyas, el sumamente poderoso Bharata, Lakshmana y Satrughna regresaron a su propia ciudad. Llegados a la pintoresca ciudad de Ayodhya, aquellos primeros de los hombres hicieron presente de diversas joyas a Rama. Habiendo aceptado gozosamente aquellos dones, Rama a su vez los regaló al triunfante rey Sugriva, a Vibhishana y a los demás rakshasas y monos con cuya ayuda había alcanzado la victoria. Y aquellos sumamente poderosos monos y vagabundos de la noche llevaron en la cabeza y en los brazos las joyas que Rama les había conferido. Habiendo puesto en su regazo al de largos brazos Angada y a Hanuman, el poderoso guerrero de carro, Rama, el de ojos de loto, dijo a Sugriva: «Angada es tu buen hijo y Hanuman es tu sabio consejero. Oh Sugriva, estos se ocupan siempre de mi bienestar y de darme buenos consejos. Por ti, pues, oh rey de los monos, debo honrarlos de diversas maneras». Dicho esto, el ilustre Rama se quitó de los brazos valiosos ornamentos y adornó con ellos a Angada y a Hanuman. Luego, habiendo dado la bienvenida y echado miradas amorosas a los sumamente poderosos y principales monos, como Nila, Kesarin, Kumuda, Gandhamadana, Sushena, Panasa, Mainda, Dvivida, Jambavan, Gavaksha, Dhumra, Balimukha, Prajangha, Sannada, Darimukha, Dadhimukha, Indrajanu y otros, se dirigió a todos ellos con dulces acentos, diciendo: «Son ustedes todos mis amigos, como mis miembros y mis hermanos. Oh habitantes de los bosques, me han salvado del océano del peligro. Bienaventurado es el rey Sugriva y bienaventurados los amigos como ustedes». Diciendo esto, Rama, el primero de los hombres, les confirió debidamente muchas ropas preciosas y ornamentos y los abrazó a todos. Los monos vivieron allí muy felices, regalándose con miel fragante, carne bien guisada y diversos frutos y raíces. Así pasaron más de un mes, pero les pareció un instante a causa de su devoción a Rama. Él también pasaba felizmente el tiempo con los monos que toman formas a voluntad, los sumamente poderosos rakshasas y los poderosos osos. Así los regocijados monos y rakshasas pasaron el segundo mes del invierno. Gozando de deleite, pasaron así felizmente sus días en la ciudad de Ayodhya, obrando por el bienestar de Rama.
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De este modo pasaban sus días en Ayodhya los monos, los osos y los rakshasas. Entonces el sumamente refulgente Rama, el descendiente de Raghu, dijo a Sugriva: «Oh gentil, dirígete a la ciudad de Kishkindha, difícil de alcanzar para los celestiales y los asuras, y reina allí sin turbación con tus consejeros. Oh tú, de largos brazos, mira siempre a Angada con ojos amorosos. Protege amorosamente, oh Sugriva, al sumamente poderoso Hanuman, a Nala, a tu suegro Sushena, al poderoso Tara, al irreprimible Kumuda, al poderoso Nila, al heroico Satavali, a Mainda, a Dvivida, a Gaya, a Gavaksha, a Gavaya, a Sarava, al irreprimible y poderoso rey de los osos Jambavan, a Gandhamadana, al valeroso Rishabha, a Supatala, a Kesarin, a Sarabha y a Sumbha: a estos y a otros heroicos monos que consagraron su vida a mi servicio. No obres nunca de modo que les desagrade». Dicho esto, y habiendo abrazado a Sugriva una y otra vez, Rama se dirigió a Vibhishana con dulces acentos: «Sé que conoces la piedad; los ciudadanos, tus consejeros y tu hermano Kubera también te aman; ve, pues, y gobierna Lanka piadosamente, oh rey; no abrigues nunca ninguna intención vil; los reyes honrados siempre gozan de la tierra. Y mi única petición, oh rey, es que me recuerdes con amor a mí y a Sugriva. Parte ahora, libre de pesar». Oyendo las palabras de Rama, los osos, los monos y los rakshasas exclamaron repetidamente «¡Gloria a Rama!» y dijeron: «Oh Rama, de largos brazos, su entendimiento se asemeja al del Nacido de Sí Mismo, su poderío es igualmente maravilloso y su belleza es también par excellence». Dicho esto por los monos y los rakshasas, Hanuman, inclinándose, dijo a Rama: «Que mi amorosa reverencia esté siempre en usted, oh rey; que mi devoción a usted permanezca inquebrantable, oh héroe; y que mi mente no se apegue a ninguna otra cosa. Que mi vida permanezca en mi cuerpo mientras las historias de Rama corran sobre la tierra. Que esto no resulte de otro modo. Oh primero de los hombres, oh descendiente de Raghu, que las apsaras me hagan oír siempre las historias de usted. Oh héroe, como los vientos dispersan las nubes, así disiparé mi inquietud escuchando sus historias, semejantes al néctar». Habiendo dicho esto Hanuman, Rama se levantó de su trono y, abrazando afectuosamente a Hanuman, dijo: «Oh primero de los monos, lo que has dicho se llevará a efecto sin duda. Mientras mis historias corran sobre la tierra, tu fama perdurará y la vida estará en tu cuerpo. Y mientras exista el mundo se contarán mis historias. Ni aun con el sacrificio de mi vida puedo librarme de la deuda de un solo buen servicio de los muchos que me has hecho, oh mono; y quedaré para siempre en deuda contigo por tu último beneficio. Que se consuman más bien en mí, pues los hombres, en tiempo de peligro, se hacen dignos de que se les devuelvan los beneficios». Dicho esto, Rama se quitó del cuello una cadena engastada de zafiros brillantes como los rayos de la luna y la puso en torno al cuello de Hanuman. Como el monte Sumeru embellecido por la luna que sale sobre su cumbre, Hanuman, el primero de los monos, parecía hermoso con la cadena puesta sobre el pecho. Y, oyendo las palabras de Raghava, los sumamente poderosos monos, uno por uno, saludaron a Rama tocándole los pies y se fueron. Tanto Sugriva como Vibhishana, de alma virtuosa, abrazaron a Rama, y los tres quedaron fuera de sí, deshechos en lágrimas. Y los demás monos y rakshasas se conmovieron todos hasta las lágrimas y el pesar al despedirse de Rama. Habiendo recibido así favores del de alma elevada Raghava, los monos se fueron a sus propias casas como criaturas corpóreas que abandonan sus cuerpos. Entonces los rakshasas, los osos y los monos, habiéndose inclinado ante Rama, la gloria de la familia de Raghu, y con los ojos llenos de lágrimas por su separación, se fueron a las tierras de donde procedían.
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Habiéndose despedido de los osos, los monos y los rakshasas, el de largos brazos Rama comenzó a vivir felizmente en compañía de sus hermanos. Entonces él y sus hermanos oyeron desde el aire estos dulces acentos: «Oh gentil Rama, míreme con semblante regocijado. Oh señor, sepa que soy Pushpaka, que vengo de la morada de Kubera. Oh primero de los hombres, por orden de usted fui allá para llevarlo a él. Pero él me dijo: “Habiendo matado en batalla al irreprimible Ravana, el de alma elevada Rama, el primero de los hombres, te ha conquistado. Me he regocijado grandemente con la destrucción del de alma viciosa Ravana, con sus parientes, sus hijos y sus amigos. Oh gentil, el gran Rama te ha conquistado en Lanka; te permito, pues, que lo transportes. Eres el vehículo adecuado para recorrer todas las regiones. Pero mi ferviente deseo es que lleves a Rama, el descendiente de Raghu. Ve, pues, allá a placer, sin ningún pesar”. Oyendo esta orden del de alma elevada Kubera, he venido a usted. Acépteme sin temor. Estoy por encima de la conquista de todos los mundos. Por orden de Kubera recorreré con valor todas las regiones, cumpliendo los mandatos de usted». Oyendo las palabras de Pushpaka, el sumamente poderoso Rama dijo al carro que regresaba, detenido en el firmamento: «Oh primero de los carros, Pushpaka, si así es, ven aquí; puesto que el señor de la riqueza lo ha ordenado así, no seré culpable de mala conducta». Dicho esto, y habiéndolo adorado con arroz seco, flores fragantes e incienso, Rama, el de largos brazos, se dirigió a Pushpaka: «Ve ahora, y ven aquí siempre que me acuerde de ti. Mientras avanzas por el firmamento, oh gentil, no te aflijas por nuestra separación. Y que no se obstruya tu curso mientras recorres todas las regiones». Adorado por Rama y diciendo «Así sea», Pushpaka partió en la dirección que deseaba. Y, habiéndose desvanecido así el santo carro Pushpaka, Bharata, con las palmas juntas, dijo a Rama, el deleite de los Raghus: «Oh héroe, durante tu divino gobierno hemos visto hablar como hombres a muchas criaturas y objetos no humanos. Durante todos estos meses desde tu instalación, los súbditos no han padecido enfermedad alguna. Ni aun los animales más ancianos han encontrado la muerte. Las mujeres han dado a luz a sus hijos sin riesgo alguno, y todas las gentes están rollizas y regocijadas. El deleite de los ciudadanos se ha acrecentado grandemente, oh rey. Indra ha derramado a su debido tiempo lluvias semejantes al néctar. El viento es siempre deleitoso y saludable. Oh rey de los hombres, los habitantes de la ciudad y de las provincias dicen todos: “Ojalá tengamos siempre un rey así”». Oyendo aquellos dulces acentos pronunciados por Bharata, Rama, el primero de los reyes, se regocijó grandemente.
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Habiendo despedido al dorado Pushpaka, el sumamente poderoso Rama entró en el bosque de Asoka, embellecido por árboles de sándalo, aguru, mango, sándalo oscuro y devadaru, y cubierto de champaka, aguru, naga, kesara, madhuka, panasa, sarja, parijata semejantes a un fuego sin humo, lodhra, nipa, arjuna, naga, saptaparna, muktaka, mandara, kadali y diversas enredaderas; abundante en árboles de priyangu, kadamba, vakula, jambu, granado y kadali, con diversas flores, pintoresco, con muchos frutos, fragante, adornado de hojas nuevas y engalanado con otros diversos árboles. Había muchos árboles de profuso follaje y flores, cubiertos de enloquecidas abejas negras, como si los hubieran construido arquitectos. El suelo del bosque estaba matizado y embellecido por los cuclillos, ornamentos de los mangos, por las abejas negras y por diversas aves de diversos colores. Entre los árboles que embellecían el bosque, unos eran de color de oro, otros radiantes como la llama del fuego y otros semejantes al colirio rojo. Había diversas flores que esparcían fragancia y formaban guirnaldas. Y había diversos estanques llenos de agua pura. Las escalinatas de aquellos estanques eran de coral y el fondo de cristal. Y estaban todos llenos de lotos y nenúfares. Estaban embellecidos por los chakravakas, y sus orillas, engalanadas con árboles y flores matizados. Y el bosque estaba rodeado de muros de piedra, y dentro moraban muchas aves sardula semejantes a vaiduryas. Todos los árboles del bosque estaban llenos de flores. Y las rocas de allí, cubiertas de las flores que caían de los árboles, parecían el firmamento embellecido de estrellas. Y el bosque de Asoka de Rama era como el Nandana de Indra y el Chitraratha de Kubera, hecho por Brahma. Habiendo entrado en el rico bosque de Asoka, que abundaba en muchos asientos, casas y enredaderas, Rama se sentó en un excelente asiento, cubierto de una hermosa colcha y bien construido. Como Purandara con Sachi, tomó a Sita de la mano, la hizo sentarse y beber el vino destilado en la provincia de Mira. Y en un instante los servidores le trajeron carne bien guisada y diversos frutos. Embriagadas, las hermosas apsaras, muy diestras en el arte del canto y de la danza, comenzaron a danzar ante Rama en compañía de las kinnaris. El de alma virtuosa Rama, el primero de los que saben complacer, satisfizo a aquellas hermosas doncellas adornadas de diversos ornamentos. Y, sentada Sita a su lado, parecía el refulgente Vasishtha en compañía de Arundhati. Grandemente regocijado, Rama, semejante a un celestial, complacía cada día a Sita, semejante a una doncella celestial. Así pasaban felizmente sus días Sita y Raghava. Y así se pasó el deleitoso invierno, que daba todos los goces. Gozando de diversas cosas, el de alma elevada Rama y Sita pasaron diez mil años. Una vez, habiendo cumplido todas las ceremonias religiosas en la primera parte del día, Rama, para pasar la tarde, entró en el aposento interior. Sita, también, habiendo cumplido todas las ceremonias religiosas, atendió primero al servicio de sus suegras. Luego, vistiendo una tela de hermoso color y adornada de diversos ornamentos, Sita apareció ante Rama como Sachi cuando se acerca al rey de los celestiales en el cielo. Y, contemplando en su esposa los signos auspiciosos del embarazo, Rama alcanzó un deleite excesivo. Entonces dijo a la hermosa Sita, semejante a una doncella celestial: «Oh Vaidehi, se manifiestan en ti los signos del embarazo. ¿Qué deseos tuyos podemos satisfacer?». Sonriendo un poco, la hija de Janaka dijo: «Oh Raghava, deseo contemplar las santas ermitas. Deseo saludar a los sumamente refulgentes rishis que viven de frutos y raíces y residen a orillas de la Ganga. Deseo grandemente, oh Rama, pasar aunque sea una noche en la ermita de los rishis que viven de frutos y raíces». A lo cual respondió Rama, de acciones incansables, diciendo: «Así sea. Créeme, oh Vaidehi, que sin duda irás allí mañana». Habiéndose dirigido así a Maithili, la hija de Janaka, Rama, el descendiente de Kakutstha, salió entonces del aposento interior y entró en el del medio, lleno de sus amigos.
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Habiendo tomado Rama asiento allí, los experimentados consejeros que lo rodeaban comenzaron a referir muchas historias entretenidas. Vijaya, Madhumatta, Kasyapa, Mangala, Kula, Surajni, Kalya, Bhadra, Dantavaktra y Sumagadha comenzaron todos, regocijados, a introducir muchas pláticas entretenidas ante el de alma elevada Rama. Entonces Rama, de paso, se dirigió a ellos diciendo: «Oh Bhadra, ¿cómo hablan los habitantes de la ciudad y de las provincias de Sita, de Bharata, de Lakshmana, de Satrughna y de la madre Kaikeyi? Los reyes, cuando se desvían de las sendas de la justicia, se vuelven objeto de censura en las casas de los hombres y aun en los bosques». Habiendo dicho esto Rama, Bhadra respondió con las manos juntas: «Oh rey, los ciudadanos dicen muchas cosas buenas de usted; además, se extienden en sus propias casas sobre muchas cosas relativas a la conquista que usted alcanzó con la destrucción del demonio de diez cuellos». Oyendo las palabras de Bhadra, Rama dijo: «Sin ocultar nada, relátame todo desde el principio tal como es: qué cosas buenas y malas han dicho los ciudadanos. Oyendo las opiniones buenas y malas de los ciudadanos, desistiré de las malas acciones y me ocuparé en las buenas. Cualesquiera acciones viciosas mías de que hablen los súbditos en las ciudades y las provincias, relátamelas con confianza y sin temor». Oyendo los dulces acentos de Rama, Bhadra, con mente sosegada y las palmas juntas, dijo: «Oiga, oh rey, le relataré todas aquellas cosas desagradables que las gentes repiten con frecuencia en los patios, los mercados, los caminos públicos, los bosques y los jardines. “En verdad Rama ha llevado a cabo una obra maravillosamente difícil; nuestros antepasados, los celestiales, los danavas: ninguno oyó hablar de construir un puente sobre el océano. Rama ha matado al irreprimible Ravana con su ejército y ha atraído a su lado a los monos, los osos y los rakshasas. Habiendo derrotado a Ravana en el encuentro, Rama ha liberado a Sita, pero, sin enojarse en lo más mínimo por haber sido ella tocada por Ravana, la ha traído a su propia ciudad. Ravana puso a Sita a la fuerza en su regazo; ¿cómo puede, pues, Rama gozar de deleite en su compañía? Habiéndola llevado a la ciudad de Lanka, Ravana la tuvo en el bosque de Asoka, y Sita quedó bajo el poder de las rakshasis. Aun así, Rama no ha concebido odio hacia Sita. Desde ahora también nosotros toleraremos la mala conducta de nuestras esposas, pues los súbditos siempre siguen los pasos de su rey”. Oh rey, así hablan los súbditos de muchas cosas en las ciudades y las provincias». Oyendo aquellas palabras de Bhadra, Raghava se afligió grandemente y preguntó a sus amigos, diciendo: «¿Así hablan de mí los súbditos?». Entonces, bajando la cabeza y saludándolo, todos dijeron a Raghava, de mente abatida: «En verdad, así hablan los súbditos». Entonces Kakutstha, el matador de enemigos, oyendo todas aquellas palabras, despidió a sus amigos.
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Habiendo despedido a sus amigos y determinado lo que había de hacer, Rama, el deleite de los Raghus, ordenó al portero, que estaba sentado cerca, diciendo: «Trae aquí con presteza a Lakshmana, el hijo de Sumitra, dotado de señales auspiciosas, al gran Bharata y al irreprimible Satrughna». Oyendo las palabras de Rama y poniendo las palmas juntas sobre la cabeza, el portero llegó a la casa de Lakshmana y entró en ella sin obstáculo. Y, habiéndolo saludado, dijo con las palmas juntas al de alma elevada Lakshmana: «El rey desea verlo; vaya allá pronto». Entonces, enterado de la orden de Raghava y diciendo «Así sea», Saumitri subió a su carro y se dirigió rápidamente a la morada de Rama. Habiendo visto partir a Lakshmana, el portero fue humildemente a Bharata y, habiéndolo bendecido con las manos juntas, dijo: «El rey desea verlo». Oyendo del portero la orden de Rama, el sumamente poderoso Bharata se levantó al punto de su asiento y partió a pie. Viendo partir a Bharata, el portero fue con presteza a Satrughna y, con las manos juntas, dijo: «Venga, oh primero de los Raghus; el rey desea verlo». Oyendo las palabras del portero, Satrughna bajó la cabeza y, levantándose con presteza, se dirigió hacia Rama. Entonces, regresando, el portero comunicó a Rama, con las manos juntas, la llegada de sus hermanos. Entretanto Rama estaba sumido, abatido, en ansiosa meditación, con la corona inclinada. Informado de la llegada de los príncipes, ordenó al portero: «Trae pronto aquí a los príncipes. Mi vida depende de ellos. Son mi vida más querida». Recibida la orden de Rama, los príncipes, vestidos de ropas blancas, entraron allí con las palmas juntas y la mente sosegada. Habiendo entrado, vieron que el semblante de Rama estaba despojado de belleza, como la luna poseída por Rahu, el sol poniente o el loto marchito, y que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Habiéndose acercado a él rápidamente y saludado sus pies, se sentaron allí ansiosos. Entonces, habiéndose enjugado las lágrimas y abrazándolos, levantó a los príncipes y los instó a tomar asiento. Luego dijo: «Ustedes lo son todo para mí; constituyen mi vida; oh príncipes, gobierno el reino ganado por ustedes; son todos doctos, piadosos e inteligentes. Cumplan los deberes que les señale». Habiendo dicho esto Rama, el descendiente de Kakutstha, ellos, con ansiedad y atención, aguardaron las órdenes del rey.
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Todos los príncipes aguardaban con el corazón abatido cuando Rama, con el semblante marchito, se dirigió a ellos diciendo: «¡Que la fortuna les sea propicia! No obren contra mi deseo. Oigan lo que los ciudadanos han estado diciendo de mí y de Sita. Los ciudadanos, así como los habitantes de las provincias, han estado colmándome de censuras. Esas acusaciones me han traspasado hasta las mismas entrañas. He nacido en la ilustre familia de los Ikshvakus de alma elevada. Sita también ha nacido en la santa familia del gran Janaka; gentil Lakshmana, tú sabes cómo en el solitario bosque de Dandaka Sita fue robada por Ravana y cómo lo maté yo. Ya entonces me asaltó la inquietud acerca de Sita, de cómo podría llevarla a casa, puesto que había residido en la casa de los rakshasas. Para asegurar mi confianza, Sita, en presencia de ustedes mismos, entró en el fuego. En aquel tiempo, oh Saumitri, el fuego, que lleva las oblaciones del sacrificio, y el viento del cielo declararon ante los celestiales la inocencia de Sita. En presencia de todos los rishis y los dioses, el Sol y la Luna proclamaron la inocencia de la hija de Janaka. Indra, el rey de los celestiales, en persona me entregó a la casta Sita en la isla de Lanka. Mi mente sabe que Sita es casta para siempre. Así, en aquel tiempo volví a Ayodhya con Sita. Pero ahora un gran pesar, nacido de la censura de los ciudadanos y los aldeanos, ha traspasado mi corazón. Aquel que tiene mala fama sobre esta tierra, mientras esa mala fama perdure, es contado entre los viles. Aun los celestiales hablan mal del mal nombre, en tanto que la fama es adorada en todas las regiones. Por eso los de alma elevada se esfuerzan al máximo por adquirir reputación. Oh primero de los hombres, qué decir de la hija de Janaka: por miedo a un mal nombre puedo renunciar aun a mi vida y a ustedes. Vean, pues, en qué gran abismo de pesar y de infamia he caído. Hasta ahora nunca había experimentado un dolor tan poderoso. Tú, oh Lakshmana, mañana por la mañana, subiendo al carro que conduce Sumantra, llévate a Sita a otro país. Hay una pintoresca ermita del de alma elevada Valmiki, situada junto al Tamasa, al otro lado del río Ganga. Oh deleite de los Raghus, vuelve pronto, dejando a Sita en aquel lugar encantador; cumple mis palabras. No digas nada acerca del destierro de Sita, oh Saumitri; si me pides que desista de esto, me será aún más desagradable. Por mi vida y mis brazos, no me hagan ninguna petición acerca de esto. Si la hacen, solo pondrán en peligro mi bienestar y los consideraré siempre mis enemigos. Si obedecen mis mandatos, honren ahora mis palabras. Llévense a Sita de aquí. Antes de esto Sita me había comunicado su intención de contemplar las ermitas de los ascetas a orillas de la Ganga. Que ese deseo suyo quede ahora satisfecho». Mientras decía esto, los ojos del de alma virtuosa Rama se cubrieron de lágrimas. Suspirando hondamente como un elefante, él, con el corazón herido de dolor, se retiró a sus propios aposentos en compañía de sus hermanos.
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Pasada la noche, Lakshmana, con el corazón abatido y el semblante marchito, se dirigió a Sumantra diciendo: «Oh auriga, unce pronto corceles de veloz carrera a un excelente carro y pon en el carro un excelente asiento para Sita. Por orden del rey llevaré a Sita a la ermita de los ascetas siempre ocupados en acciones piadosas. Trae pronto el carro aquí». Obedeciendo el mandato, y trayendo un hermoso y santo carro tirado por corceles de primera y con excelentes asientos, dijo a Saumitri, el que acrecienta el honor de sus amigos: «Oh señor, aquí está el carro dispuesto; satisfaga ahora su deseo». Oyendo las palabras de Sumantra, Lakshmana, el primero de los hombres, se acercó a Sita en el aposento interior y dijo: «Oh reina, usted pidió al rey que le mostrara la ermita; el rey también se lo prometió, y ahora me ha ordenado que la lleve allá. Sígame, pues, por orden del rey. Por mandato de él la llevaré al bosque donde moran muchos ascetas». Oyendo las palabras del de alma elevada Lakshmana, Janaki alcanzó un deleite excesivo y se puso ansiosa por partir. Tomando diversas joyas y ropas costosas, dijo a Lakshmana en el momento de su partida: «Daré estos ornamentos, estas ropas costosas y estas riquezas a las ascetas». Diciendo «Así lo haremos», él hizo subir a Sita al carro y, recordando la orden de Rama, partió, llevado por corceles de veloz carrera. Entonces Sita dijo a Lakshmana, el que acrecienta la prosperidad: «Oh descendiente de Raghu, contemplo muchos agüeros funestos. Me tiemblan el ojo derecho y el cuerpo. Mi mente se va abatiendo. Está herida de inquietud y por eso me he vuelto desasosegada. Veo la tierra vacía de toda felicidad. Oh tú, que amas a tus hermanos, ¿le ha ocurrido alguna calamidad a tu hermano? ¿Están bien todas mis suegras y los súbditos?». Diciendo esto, Sita, con las manos juntas, comenzó a rezar a los dioses. Oyendo esto, Lakshmana se inclinó ante ella tocando el suelo con la coronilla y, aunque grandemente afligido, dijo como si estuviera regocijado: «Todo está bien». Luego, habiendo llegado a la ermita situada a orillas del Gomati, Lakshmana pasó allí la noche. Al alba se levantó y pidió al auriga que preparara el carro, diciendo: «Como el poderoso Mahadeva, sostendremos las aguas de la Bhagirathi sobre nuestra cabeza». Entonces Sumantra unció al carro los caballos, dotados de la veloz carrera de la mente, y con las manos juntas dijo a Sita: «Suba al carro». A ruego del inteligente auriga, Sita subió con Lakshmana a aquel excelente vehículo. En un instante la hija de Janaka, de ojos espaciosos, llegó a las orillas de la Ganga, que quita todos los pecados. Alcanzando antes del mediodía las corrientes de la Bhagirathi, Lakshmana, al verla, lloró en voz alta. Entonces, viendo a Lakshmana tan afligido, Sita, conocedora de la piedad, se inquietó y dijo: «¿Por qué lloras, Lakshmana? He llegado a las orillas de la Jahnavi, que tanto tiempo he deseado. Así pues, este es tiempo de regocijo; no me causes dolor ahora. Oh primero de los hombres, pasas tus días y tus noches en compañía de Rama. Lo has dejado solo por dos días: ¿te aflige esto? Lakshmana, Rama me es también más querido que la vida, pero no estoy tan afligida; no te dejes, pues, abrumar por el dolor. Llévame al otro lado de la Ganga para que pueda contemplar a los ascetas y darles ropas y ornamentos. Luego, después de saludarlos debidamente y pasar una noche, volveremos a la capital. Estoy también ansiosa por ver a Rama, de ojos como pétalos de loto, pecho como el de un león, el primero de los hombres». Oyendo las palabras de Sita y enjugándose los hermosos ojos, Lakshmana, el matador de enemigos, mandó llamar a los barqueros. En cuanto fueron llamados, dijeron con las manos juntas: «La barca está dispuesta». Habiendo traído entonces una barca para cruzar la santa Ganga, Lakshmana, con la mente sosegada, la llevó al otro lado.
Section 56
Habiendo conducido primero a Sita a la espaciosa y bien adornada barca que gobernaban los pescadores, Lakshmana subió él mismo. Luego ordenó a Sumantra que esperara allí con el carro y, fuera de sí de pesar, ordenó a los marineros que avanzaran. Luego, habiendo llegado a la otra orilla de la Bhagirathi, Lakshmana, con voz apagada y las palmas juntas, dijo a Sita: «Oh hija del rey de Videha, esto me ha traspasado el corazón como un dardo: que mi hermano, haciéndome instrumento de esta acción, me haya hecho objeto de censura entre los hombres. La muerte y el dolor que la acompaña son mejores que la acción en que estoy ocupado. Séame propicia, oh hermosa dama; no me tenga por responsable de esto». Diciendo esto, el humilde Lakshmana comenzó a llorar y a pedir la muerte. Viéndolo tan abrumado por el dolor, Sita le dijo: «¿Qué sucede, Lakshmana? No entiendo nada. Dímelo todo claramente. Te veo fuera de ti (de dolor); ¿va todo bien en el reino? En nombre del rey, revélame la causa de tu pesar». Habiéndose dirigido Sita así a él, Lakshmana, con el corazón abatido y voz contenida, dijo: «Oh venerable reina, he guardado en mi corazón todas aquellas palabras que dijo el rey antes de entrar en su palacio, afligido e impaciente al oír en la asamblea el informe de la censura acerca de usted, oh hija del rey Janaka. Todas aquellas palabras están en verdad más allá de toda descripción, y por eso desisto de repetirlas. Solo digo esto: que, temeroso de la calumnia de los ciudadanos, él la ha repudiado, aunque su pureza quedó suficientemente probada ante mí. Pero no por eso se considere culpable en modo alguno. Rama me ha ordenado que la deje cerca de la ermita con el pretexto de satisfacer su deseo, pues está usted encinta. No dé ya rienda suelta al pesar inútilmente. Allí está la santa ermita de los santos, a orillas de la Jahnavi. Allí vive Valmiki, el primero de los santos, gran amigo de nuestro padre Dasaratha. Oh hija de Janaka, acercándose a aquel santo de alma elevada, pase usted felizmente sus días, teniendo siempre a Rama en su mente. Satisfaga a las deidades, oh casta dama. Esto la coronará de buena fortuna».
Section 57
Oyendo las despiadadas palabras de Lakshmana, la hija de Janaka, grandemente afligida, cayó a tierra. Y, permaneciendo sin sentido por algún tiempo, Sita, con los ojos llenos de lágrimas, dijo a Lakshmana: «En verdad, oh Lakshmana, el gran Dispensador creó este cuerpo para padecer miserias, y todas mis aflicciones se han manifestado hoy en forma visible. Me parece que cometí una gran iniquidad en mi existencia anterior, o que separé a un esposo de su esposa, y por eso Rama me ha repudiado, aunque soy pura y casta. Oh hijo de Sumitra, la aflicción de residir en el bosque me pareció antes un placer, porque sabía que podría servir a los pies de Rama. Pero ¿cómo viviré, oh gentil, en la ermita, separada de todos mis deudos y allegados? Y, afligida, ¿a quién expresaré mi pesar? ¿Qué respuesta daré a los ascetas cuando me pregunten: “Hija, ¿por qué te ha repudiado el de alma elevada Raghava? ¿Qué pecado has cometido?”? Oh Saumitri, ¿debería sin más renunciar a mi vida en las aguas de la Jahnavi? Pero desisto de ello, porque traería el fin del linaje de mi esposo. Oh Saumitri, cumple las órdenes que has recibido. Abandonando a esta desdichada criatura, satisface las órdenes del rey. Pero oye lo que digo. Sin hacer distinción alguna, inclínate en mi nombre, con las manos juntas, ante mis suegras y pregunta luego por el bienestar del reino. Después, saludando al piadoso rey, dirígete a él en mi nombre, diciendo: “Usted sabe, oh Raghava, que Sita es pura, siempre consagrada a usted y ocupada en su bienestar. Ella sabe muy bien que, temeroso de un mal nombre, usted la ha repudiado. Es deber de ella poner fin a la mala fama de usted y a la censura, pues usted es el excelente refugio de ella”. Dile además a aquel rey asentado en la rectitud que trate a los ciudadanos como a sus hermanos, que adquiera piedad protegiendo debidamente a sus súbditos, pues esta es la mayor moralidad y por ella puede adquirirse excelente fama. Dile que no me aflijo por mi persona; mi mayor pesar es que los ciudadanos me hayan vilipendiado. El esposo es el dios de la mujer, su amigo y su guía espiritual. Es justo, pues, procurar el bienestar del esposo aun a costa de la vida. Comunícale esto en breve a Rama, oh Lakshmana, en mi nombre. Vete ahora, y mira: se manifiestan en mí los signos del embarazo». Habiendo dicho esto Sita, Lakshmana, con el corazón desconcertado, la saludó tocando el suelo con la cabeza; no pudo hablar más. Luego, lamentándose en voz alta y dando la vuelta en torno a ella, tras meditar un poco, dijo: «¿Qué me está diciendo, oh venerable dama? Oh usted, que no tiene pecado, hasta ahora no he visto parte alguna de su hermosa persona sino los pies. Este es un bosque solitario y, además, el venerable Rama no está presente aquí: en estas circunstancias, ¿cómo puedo poner mis ojos en usted?». Habiéndose dirigido así a Sita, Lakshmana mandó traer de nuevo una barca y, subiendo a ella, ordenó a los barqueros que partieran. Luego, habiendo llegado a la otra orilla, fuera de sí de pesar y dolor, subió rápidamente al carro. Y, volviendo la mirada atrás mientras avanzaba, vio que Sita, en la otra orilla de la Ganga, vagaba enloquecida como quien no tiene a nadie que cuide de ella. Mirando una y otra vez, cuando Sita vio que Lakshmana y el carro habían pasado más allá del alcance de su vista, quedó abrumada de inquietud y dolor. Hundida en el dolor y agobiada por el peso del pesar al no contemplar a Rama, el primero de los ilustres, la casta Sita comenzó a llorar en voz alta en el bosque que resonaba con las notas de los pavos reales.
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Viendo a Sita lamentarse así, los hijos de los rishis de allí se acercaron con presteza al gran Valmiki, bien asentado en el ascetismo. Y, saludándolo, le comunicaron todos los lamentos de Sita y dijeron: «Oh gran señor, no sabemos de qué gran hombre es esposa la que, hermosa como la misma Lakshmi y nunca vista antes, llora en voz alta tan lastimeramente. Es mejor que usted la vea una vez. Aquella hermosa dama, como una diosa caída del cielo, aguarda desconcertada a orillas del río. La vimos sola, llorando en voz alta, abrumada de pesar y dolor, como si no tuviera a nadie que cuidara de ella. Una dama como ella no debería verse sometida a tal condición. No nos pareció una mujer. Recíbala debidamente. Está cerca de la ermita y por eso ha venido a buscar su amparo. Oh ilustre señor, busca un protector: protéjala usted». El piadoso Valmiki podía percibirlo todo en virtud de su ascetismo; y, cerciorándose de la verdad de las palabras de los muchachos de los rishis por el poder de su entendimiento, se acercó a Sita con pasos rápidos. Y los discípulos siguieron a aquel asceta de mente elevada. Luego, avanzando un poco a pie con el arghya en las manos, el sabio Valmiki llegó a las orillas del río y vio que la esposa de Raghava se lamentaba como una mujer desamparada. Habiendo alegrado un poco a la afligida Sita en virtud de su propia refulgencia, el gran asceta Valmiki se dirigió a ella con estos dulces acentos: «Oh casta dama, tú eres la nuera de Dasaratha, la amada esposa de Rama y la hija de Janaka; tu venida aquí es auspiciosa. Estoy enterado, en virtud del ascetismo y la meditación, del objeto de tu venida. Oh gran señora, sé también plenamente que eres casta en todos los sentidos. En verdad, soy consciente de todos los sucesos de los tres mundos. Con los ojos del ascetismo percibo, oh hija de Janaka, que eres inocente. Has venido a mi amparo, oh Vaidehi: consuélate. Oh hija, los piadosos ascetas viven en torno a mi ermita. Cuidarán de ti diariamente como de su hija. Acepta ahora este arghya y, confiando en mí, aparta tu dolor. No te aflijas por nada; considera que has llegado a tu propio hogar». Oyendo las maravillosas palabras del gran asceta, Sita le tocó humildemente los pies y dijo: «Se cumplirá su deseo». Diciendo esto, siguió al asceta con las manos juntas. Viendo acercarse al gran asceta y a Sita, las esposas de los rishis, regocijadas, se aproximaron a ellos y dijeron: «Venga, oh primero de los rishis; ha llegado aquí después de mucho tiempo. Todas nos inclinamos ante usted; ordene lo que hemos de hacer». Oyendo sus palabras, el gran Valmiki respondió con dignos acentos: «Esta Sita es la esposa del inteligente Rama, la nuera de Dasaratha y la hija de Janaka. Ha llegado ahora a nuestra ermita. Es casta e inocente, y aun así su esposo la ha repudiado. Así pues, debemos protegerla todos. Es digna de su reverencia, sobre todo siendo esta la orden mía, la de su preceptor. Así pues, cuiden todas ustedes de ella con gran afecto». Habiendo confiado el cuidado de Sita a las manos de las ascetas, el gran e ilustre asceta Valmiki, seguido de sus discípulos, se dirigió con presteza hacia su santa ermita.
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Viendo al gran asceta Valmiki conducir así a Sita a su propia ermita, el corazón de Lakshmana quedó desconcertado de dolor. Entonces dijo al experto auriga Sumantra: «Considera el dolor de Rama por la separación de Sita. Su esposa, la hija de Janaka, es perfectamente pura; ¿qué puede haber más doloroso que el que Rama viva solo, habiéndola repudiado? Es claro para mí, oh Sumantra, que esta separación de Rama ha sido causada por la influencia del destino, pues es difícil sobreponerse al azar. Aun aquel Rama que, enojado, es capaz de matar a los celestiales, los gandharvas, los asuras y los rakshasas, se ha consagrado a la adoración del destino. Antes Rama pasó por miserias residiendo en el bosque de Dandaka, por orden de su padre, durante catorce años. Pero este destierro de Sita me parece sumamente doloroso y despiadado en extremo. Oh auriga, la opinión de los ciudadanos no es en modo alguno justa; ¿qué ganaremos, pues, cometiendo por la fama una acción tan mala como el destierro de Sita?». Oyendo aquellas palabras de Lakshmana, el sabio Sumantra respondió reverentemente: «No se aflija por Sita, oh Saumitri. Antes, en presencia de su padre, los brahmanes refirieron este relato del destierro de Sita: “Rama será privado de toda felicidad y separado de su querida esposa; más aún, el de alma virtuosa Rama, de largos brazos, bajo la influencia del tiempo, renunciará a usted, a Sita, a Satrughna y a Bharata”. Oh Lakshmana, cuando el rey Dasaratha preguntó a Durvasas acerca del futuro de usted, este respondió de la manera dicha. Yo le he dicho lo mismo. No lo comunique a Satrughna, a Bharata ni a nadie. Oh primero de los hombres, Durvasas dijo esto a Dasaratha ante mí, Vasishtha y otros grandes hombres. Oyendo las palabras del rishi, Dasaratha, el primero de los hombres, me dijo: “Oh auriga, no reveles este secreto a nadie”. Oh gentil, no es justo en modo alguno falsear las palabras del rey Dasaratha. Siempre cumpliré con sumo cuidado sus órdenes. No es justo revelar este misterio ante usted. Aun así lo hago, porque su deseo de saber se ha encendido grandemente. Aunque este misterio fue comunicado antes por el rey Dasaratha y aunque no es justo revelarlo a nadie, aun así lo expreso ante usted para que, al oírlo, no se deje dominar por el pesar; pues el destino es difícil de vencer. Y es por la influencia de ese destino por lo que usted ha encontrado tal pesar y dolor. Sin embargo, no revele este secreto a Satrughna ni a Bharata». Oyendo estas graves e importantes palabras de Sumantra, Lakshmana le ordenó que lo relatara.
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Así solicitado por el de alma elevada Lakshmana, Sumantra comenzó a revelar el misterio del relato de Durvasas: «En los días de antaño, el gran asceta Durvasas, hijo de Atri, residió durante un año en la santa ermita de Vasishtha. En aquel tiempo su padre, el sumamente refulgente e ilustre Dasaratha, con el propósito de ver a su sacerdote de alma elevada Vasishtha, fue allá. Vio al gran asceta Durvasas, que ardía como el sol en su refulgencia, sentado a la derecha de Vasishtha. Entonces saludó humildemente a aquellos dos principales ascetas. Y ellos también, dándole la bienvenida, lo recibieron debidamente con asiento, agua para lavarse los pies, arghya, frutos y raíces. Luego vivió allí en compañía de los ascetas. Entonces, al mediodía, todos aquellos ascetas allí sentados comenzaron a tratar de diversos temas agradables. En un intervalo, Dasaratha, con las manos juntas y los brazos levantados, dijo al de alma elevada hijo de Atri, Durvasas, cuya riqueza era el ascetismo: “Oh ilustre señor, ¿cuánto tiempo seguirá existiendo mi familia? ¿Cuál es la extensión del plazo de vida concedido a Rama y a mis otros hijos? ¿Cuánto tiempo vivirán los descendientes de Rama? ¿Y cuál será el fin de mi linaje? Relátemelo todo”. Oyendo las palabras del rey Dasaratha, el sumamente refulgente Durvasas respondió: “Oiga la historia antigua, oh rey. Durante el encuentro entre los celestiales y los asuras, los demonios, acosados por los celestiales, buscaron el amparo de la esposa de Bhrigu, el sacerdote de usted. Habiéndoles prometido ayuda la esposa de Bhrigu, vivieron allí sin temor. Viendo a los demonios así ayudados por la esposa de Bhrigu, Hari, el rey de los celestiales, enojado, le cortó la cabeza con su afilado disco. Y, enojado al ver muerta a su esposa, Bhrigu lanzó una maldición sobre Vishnu, el matador del linaje de los enemigos, diciendo: ‘Fuera de ti de cólera, has matado a mi esposa, que no merecía ser muerta; por tanto, oh Janardana, nacerás en la región de los mortales. Y allí permanecerás separado de tu esposa durante muchos largos años’. Habiendo lanzado esta maldición, Bhrigu se dolió grandemente y, propiciado por su adoración, Vishnu, amante de sus discípulos, dijo: ‘Habiendo matado a Ravana y a otros, quedaré sujeto a esta imprecación para provecho de la humanidad’. Oh dispensador de reyes, el sumamente refulgente Vishnu, así maldecido por Bhrigu en los días de antaño, ha nacido como hijo de usted en este nacimiento y ha sido celebrado con el nombre de Rama. Oh dispensador de honores, en verdad Rama gustará los frutos de la maldición de Bhrigu. Reinará en Ayodhya por largo tiempo. Todos sus seguidores serán felices y prósperos. Habiendo reinado once mil años, Rama irá a la región de Brahma. Nadie podrá vencerlo. Celebrará muchos sacrificios del caballo con profusos dones y establecerá muchas familias reales. Engendrará en Sita dos hijos”. Habiendo relatado así a Dasaratha el pasado y el futuro de su familia, el sumamente refulgente gran asceta Durvasas guardó silencio. Callado él, el gran rey Dasaratha, habiéndose inclinado ante los dos ascetas de alma elevada, regresó de nuevo a su ciudad, Ayodhya. Yo había oído allí todas estas palabras del gran asceta Durvasas. Hasta ahora yacen en mi corazón. Las palabras de los rishis nunca resultarán vanas. Según las palabras del rishi, Rama instalará en Ayodhya a los dos hijos de Sita, y no en ningún otro lugar. En estas circunstancias, oh Lakshmana, no debe afligirse por Sita ni por Rama; en interés de ellos, sea paciente». Oyendo aquellas maravillosas palabras del auriga Sumantra, Lakshmana se puso sumamente feliz y lo ensalzó una y otra vez. Mientras conversaban así uno con otro en el camino de regreso, el sol se puso. Por ello pasaron aquella noche a orillas del Kesini.
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Habiendo pasado la noche a orillas del Kesini, el poderoso guerrero de carro Lakshmana se levantó temprano por la mañana y prosiguió de nuevo su viaje (a casa). Y llegó al mediodía a la ciudad de Ayodhya, llena de diversas joyas y de ciudadanos regocijados y rollizos. Pero el de alma elevada Lakshmana se afligió grandemente, herido por el pensamiento de qué habría de relatar al acercarse a los pies de Rama. Mientras avanzaba con este pensamiento, vio el sumamente pintoresco palacio de Rama, semejante a los rayos de la luna. Habiendo bajado de su carro a la puerta del palacio, Lakshmana, el primero de los hombres, con el rostro bajo y el corazón afligido, entró sin obstáculo en el palacio. Entrando allí, vio a su hermano mayor Rama sentado, abatido, en un excelente asiento, con los ojos llenos de lágrimas. Grandemente dolido ante aquella vista, Saumitri le tocó los pies y con las palmas juntas dijo: «Oh venerable señor, obedeciendo tus mandatos he dejado a la hija de Janaka en la santa ermita de Valmiki, cerca de las orillas de la Ganga. Habiendo dejado a aquella ilustre y pura dama en el linde de la ermita, he venido de nuevo a servir a tus pies. No te aflijas, oh primero de los hombres, pues tal es el curso del tiempo. Las personas inteligentes como tú no se afligen. Donde hay crecimiento hay decadencia, donde hay prosperidad hay ruina y donde hay nacimiento hay muerte. Por tanto, no es justo el apego a la esposa, los hijos, los amigos y las riquezas, pues con seguridad sobrevendrá la separación de ellos. Puesto que puedes dominarte a ti mismo y a tu mente, ¿no habrías de poder soportar este leve dolor de la separación? Los hombres principales como tú nunca se dejan abrumar por todas estas cosas. Oh Raghava, de nuevo serás censurado por la gente. Por miedo a esa calumnia, oh rey, has repudiado a Maithili. Y si te afliges por esa esposa, tu calumnia echará sin duda hondas raíces en el reino. Recóbrate, pues, con paciencia, oh primero de los hombres. Abandona esta flaqueza y no te aflijas». Habiendo dicho esto el inteligente Lakshmana, hijo de Sumitra, Rama, el descendiente de Kakutstha, amante de sus amigos, dijo con gran deleite: «Has dicho la verdad, oh Lakshmana, oh primero de los hombres. Me he regocijado grandemente, oh héroe, de que hayas cumplido mis órdenes. Oh gentil Saumitri, mi dolor y mi pesar se han disipado con esas agradables palabras tuyas».
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Oyendo aquellas maravillosas palabras de Lakshmana, Rama se regocijó grandemente y dijo: «Oh tú, de mirada auspiciosa, estás dotado de gran intelecto y eres según mi corazón; un amigo como tú es raro en un tiempo así. Pero, oh hermoso Saumitri, enterado de mi intención, cumple mis palabras. Oh gentil hijo de Sumitra, por no haber atendido a los asuntos del Estado durante estos cuatro días, me siento traspasado hasta las mismas entrañas. Llama, pues, aquí a los hombres o las mujeres, sacerdotes o consejeros, que hayan venido por algún asunto. En verdad, el rey que no atiende diariamente a los asuntos de su Estado cae en el espantoso infierno donde no sopla el viento. He oído, oh primero de los hombres, que vivió en los días de antaño un rey sumamente ilustre, veraz y de mente pura, siempre consagrado a los brahmanes, de nombre Nriga. Una vez, en el sagrado lugar de peregrinación de Pushkara, aquel rey confirió a los brahmanes un koti de vacas con sus terneros, adornadas con ornamentos de oro. Por accidente, en aquella ocasión, una vaca con su ternero que pertenecía a un brahmán pobre, que vivía de escasos medios, fue regalada junto con las demás vacas. Padeciendo hambre y sed, el dueño de aquella vaca perdida viajó largo tiempo por muchos lugares buscándola. Luego, habiendo llegado a la provincia de Kanakhala, divisó su propia vaca en la casa de un brahmán. La vaca estaba bien cuidada y el ternero había crecido. Entonces el brahmán llamó a la vaca por el nombre que él le había dado, diciendo: “Savala, ven”. La vaca lo oyó y, reconociendo la voz del brahmán, lo siguió. Y él iba delante de ella, ardiendo como el fuego. Y el brahmán en cuya casa había estado tanto tiempo la vaca la persiguió con presteza y, acercándose al asceta, dijo: “Esta vaca es mía. El rey Nriga me la confirió”. Así surgió una gran disputa entre los dos doctos brahmanes. Y, disputando así, ambos se acercaron al que había regalado la vaca. Y, aunque aguardaron largo tiempo a la puerta, no obtuvieron permiso para entrar en el palacio. Ante esto ambos se enojaron grandemente y lanzaron espantosas maldiciones, diciendo: “Puesto que no nos has concedido audiencia aunque hemos estado aguardando aquí largo tiempo, por nuestra maldición permanecerás invisible, convertido en lagarto. En ese estado vivirás en una cueva durante muchos cientos y miles de años. Cuando Vishnu, tomando forma humana, nazca en la familia de Vasudeva, de los yadavas, y acreciente su gloria, te librará de la maldición. Inmediatamente antes del advenimiento del Kali Yuga, el rishi Nara Narayana, dotado de gran poderío, descenderá a la tierra para aliviarla de su carga”. Habiendo lanzado así la maldición sobre el rey, los rishis guardaron silencio. La vaca era vieja y débil, de modo que ambos, de mutuo acuerdo, la confirieron a otro brahmán. Oh Lakshmana, el rey Nriga padece todavía aquella espantosa maldición. Es la necedad del rey lo que se pone de manifiesto en el desacuerdo mutuo de los que acuden por sus asuntos. Tráeme con presteza a todos los que han venido por algún asunto. Pues en verdad los reyes se benefician de la administración justa. Ve, pues, en persona, oh Lakshmana, y mira quién ha venido por algún asunto».
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Oyendo las palabras del sumamente refulgente Rama, Lakshmana, conocedor del saber discriminativo, respondió con las manos juntas, diciendo: «Oh Kakutstha, por una falta muy sencilla lanzaron los dos brahmanes aquella maldición sobre el rey Nriga, espantosa como la vara de Yama. ¿Puedo preguntarte, oh primero de los hombres, qué dijo aquel rey a los brahmanes cuando fue así maldecido?». A lo cual Rama respondió diciendo: «Oh gentil, oye lo que dijo el rey Nriga cuando fue maldecido. Oyendo la partida de los brahmanes, mandó llamar a su sacerdote, a su ministro, a los ciudadanos y a los súbditos y, lleno de pesar, dijo: “Oigan todos atentamente mis palabras. Habiendo lanzado sobre mí una espantosa maldición, el jovial santo Narada y el asceta Parvata se han ido con presteza, como el viento, a la región de Brahma. Pongan, pues, hoy mismo en el trono al príncipe Vasu, y que los arquitectos me preparen una cueva agradable. Viviendo en ella agotaré la maldición de los brahmanes. Que los arquitectos caven una cueva para protegerme de las lluvias, otra contra la aflicción del invierno y otra contra los rigores del verano. Que acrecienten lo pintoresco de aquellas cuevas plantando muchos árboles de ramas profusas, con frutos y flores. Mientras el tiempo no cambie, pasaré felizmente mis días en la cueva. Que se planten árboles floridos en media legua por todos lados a mi alrededor”. Habiendo hecho aquellos arreglos y puesto a Vasu en el trono, el rey Nriga dijo: “No te desvíes de la senda de la moralidad, oh hijo mío, y gobierna debidamente a los súbditos según la costumbre de los kshatriyas. Has visto con tus propios ojos la maldición que me han echado los brahmanes, enojados por una falta mía muy leve. No te lamentes por mí. Hijo mío, el tiempo es el señor de la felicidad y del pesar; es por la influencia del tiempo por lo que he caído en semejante desastre. Las criaturas han de encontrar lo que el destino les tiene guardado; han de ir adonde están destinadas y han de adquirir lo que les está reservado. Las acciones anteriores son la raíz de todo esto; así pues, no te aflijas, oh hijo mío”. Oh primero de los hombres, habiendo dado este consejo a su hijo, el sumamente ilustre rey Nriga fue a vivir en la cueva dulcemente fragante. Habiendo entrado en la cueva llena de muchas joyas, el rey de alma elevada comenzó a pasar sus días en el cumplimiento de la maldición lanzada por los dos brahmanes».
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«Así te he dado relación de la maldición lanzada sobre Nriga. Escucha, si deseas oír algún otro tema». Habiendo dicho esto Rama, Lakshmana respondió: «No me sacio con el relato de esas maravillosas historias, oh rey». Oyendo la respuesta de Lakshmana, Rama, el descendiente de Ikshvaku, comenzó de nuevo con temas impregnados de moralidad: «Vivió un rey sumamente piadoso y poderoso de nombre Nimi. Era el duodécimo de los hijos de Ikshvaku. Aquel poderoso rey construyó cerca de la ermita de Gautama una pintoresca ciudad como la de los celestiales. El nombre de aquella hermosa ciudad era Vaijayanta, y el sumamente ilustre santo real solía vivir allí. Habiendo levantado así una ciudad sumamente pintoresca, pensó en adorar a la deidad celebrando un sacrificio para satisfacción de su padre. Habiéndolo resuelto así e invitado a su padre Ikshvaku, el hijo de Manu, dio primero la bienvenida al santo celestial. Nimi, el descendiente de Ikshvaku, dio luego la bienvenida a los santos Atri, Angiras y Bhrigu, cuya riqueza era el ascetismo. Entonces Vasishtha dijo a Nimi, el primero de los santos reales: “Ya me ha requerido Indra. Aguarde, pues, mientras su sacrificio no haya terminado allí”. Tras la partida de Vasishtha, el gran Gautama se ocupó en cumplir los deberes de Vasishtha. Y el de alma elevada Vasishtha también se ocupó en el sacrificio de Indra. Por otra parte, habiendo reunido a todos los brahmanes, el gran rey comenzó a celebrar el sacrificio, que se extendió por cinco mil años, cerca de su ciudad, junto al Himalaya. Luego, terminado el sacrificio de Indra, llegó al rey el intachable e ilustre rishi Vasishtha. Hallando a Gautama ocupado en su lugar, se enojó sobremanera. Entonces aguardó allí algún tiempo para ver al rey. Aquel día el santo real Nimi estaba profundamente dormido. Y, no viendo al rey, el de alma elevada Vasishtha se enojó grandemente y dijo: “Puesto que, oh rey, has contratado a otro descuidándome a mí, tu cuerpo quedará sin sentido”. Entonces, oyendo la maldición de Vasishtha, el rey se levantó. Allí, fuera de sí de ira, dijo: “Estaba inconsciente en el sueño, y aun así, manchado de cólera, has lanzado contra mí la ardiente maldición, como una segunda vara de Yama. Por tanto, oh asceta, tu persona quedará sin sentido por largo tiempo”. Habiéndose maldecido así uno al otro el rey y el asceta bajo la influencia de la cólera, quedaron al punto privados de sus cuerpos».
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Oyendo las palabras del refulgente Rama, Lakshmana, el matador de enemigos, dijo con las manos juntas: «Habiendo dejado así sus cuerpos, ¿cómo los recobraron aquel brahmán adorado por los celestiales y el rey?». Así interpelado por Lakshmana, Rama, el descendiente de los Ikshvakus y el primero de los hombres, respondió: «Habiendo renunciado a sus personas, tanto Nimi como el piadoso Vasishtha, cuya riqueza era el ascetismo, se transformaron en aire. Entonces, privado así de su cuerpo, el sumamente refulgente y gran asceta Vasishtha fue al Patriarca Brahma con el propósito de obtener de él otro. Fundido en el aire, él, conocedor de la religión, se inclinó ante su padre y dijo: “¡Oh ilustre dios de los dioses! ¡Oh usted, nacido del loto! Por la imprecación de Nimi he sido ahora privado de mi cuerpo y convertido en aire. Oh señor, el estado de no tener cuerpo es sumamente penoso para todos. El que no tiene cuerpo no puede hacer obra alguna; concédame, pues, por su favor, otro cuerpo”. A lo cual Brahma, el Nacido de Sí Mismo, de poderío no mitigado, respondió: “Oh grande, entra en la energía vital de Mitra y Varuna; y aun entonces, oh primero de los nacidos dos veces, no nacerás de mujer y, siendo grandemente piadoso, alcanzarás el rango de patriarca”. Habiendo dicho esto el Patriarca Brahma, Vasishtha, saludándolo y dando la vuelta en torno a él, fue a la región de Varuna. En aquel tiempo Mitra, junto con Varuna, reinaba en el reino de Varuna, adorado por todos los celestiales. Entretanto, rodeada de sus compañeras, llegó allí a su placer la principal de las apsaras. Viendo a la juguetona y hermosa Urvasi, Varuna alcanzó un exceso de deleite. Entonces expresó su intención de vivir con aquella reina de las apsaras, de rostro como la luna y ojos de loto. Ante esto Urvasi, con las manos juntas, dijo: “Oh señor de los celestiales, el propio Mitra ya me ha invitado para lo mismo”. Herido de deseo, Varuna dijo a Urvasi: “Descargaré mi energía vital en esta vasija si no deseas vivir conmigo”. Oyendo aquellas dulces palabras del Patriarca Varuna, Urvasi se complació sumamente y dijo: “Haga lo que ha dicho. Ahora mi cuerpo está en posesión de Mitra, pero mi mente está apegada a usted, y usted lo está igualmente a mí”. Habiendo dicho esto Urvasi, Varuna descargó su energía vital en la vasija. Entonces Urvasi se acercó a Mitra. Y él, sumamente enojado, le dijo: “Yo te invité primero; oh tú, de acciones viciosas, ¿por qué, renunciando a mí, te has procurado a otro? Por esta vil acción vivirás, por mi maldición, en la tierra de los mortales durante algún tiempo. El santo real Pururavas, rey de Kasi, es hijo de Budha. Ve a él, tú, de intelecto vicioso; él será tu esposo”. Entonces, puesta así bajo la influencia de la maldición, Urvasi fue a Pururavas. El rey Pururavas era hijo engendrado de Budha. Reinaba en la primera de las ciudades, Pratishthana. Engendró en Urvasi un hijo sumamente poderoso y hermoso de nombre Ayu. Nahusha, poderoso como Indra, era hijo de Ayu. Cuando Indra, el rey de los celestiales, fue asaltado con el rayo por el asura Vritra, Nahusha gobernó su reino durante cien mil años. De este modo Urvasi, de hermosos dientes, ojos y cejas, permaneció en la tierra muchos años y luego regresó a la región de Indra, cumplido el plazo de la maldición».
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Oyendo este maravilloso y celestial tema, Lakshmana quedó sumamente complacido y dijo a Rama: «Oh Kakutstha, ¿cómo recobraron sus cuerpos, después de haber estado sin cuerpo, aquel nacido dos veces adorado por los celestiales y el rey?». Oyendo las palabras de Lakshmana, Rama, cuyo poder era la verdad, comenzó a relatar la historia de Vasishtha: «Oh primero de los Raghus, de la energía vital que los de alma elevada Mitra y Varuna descargaron en la vasija surgieron dos principales santos brahmanes. Primero se levantó de allí el ilustre rishi Agastya y, diciendo “No soy hijo tuyo”, se fue, dejando a Mitra. Antes de que la energía vital de Varuna fuera arrojada en la vasija, Mitra había descargado la suya a causa de Urvasi, y esa fue la fuente del nacimiento de Agastya. En la vasija en que se había descargado la energía de Mitra puso Varuna también la suya, y ambas energías se mezclaron. Luego, pasado algún tiempo, de las energías de Mitra y Varuna surgió el refulgente Vasishtha, el sacerdote de Ikshvaku. Oh gentil, el sumamente refulgente Ikshvaku nombró a aquel intachable rishi sacerdote de nuestra familia en cuanto nació. Así te he descrito la historia del nacimiento de Vasishtha, dotado de un cuerpo maravilloso. Oye ahora lo que sucedió al rey Nimi. Y, viendo al rey Nimi sin cuerpo, el inteligente rishi lo inició en los ritos del sacrificio. Y aquellos principales nacidos dos veces, con los ciudadanos y servidores reunidos, comenzaron a proteger aquel cuerpo con ungüentos, guirnaldas y ropas. Entonces, al final del sacrificio, Bhrigu dijo: “Oh rey, estoy complacido con usted; le devolveré los sentidos”. Entonces los celestiales, sumamente complacidos, se dirigieron a la conciencia de Nimi diciendo: “Oh santo real, acepta dones; ¿dónde pondremos tu conciencia?”. Entonces, interpelada por los celestiales, la conciencia dijo: “Que viva yo en los ojos de los celestiales”. Ellos accedieron y dijeron: “Oh señor de la tierra, por ti sus ojos se moverán en un instante. El cansancio que sus ojos experimenten por moverte tú como el aire se disipará en ese instante”. Dicho esto, los celestiales se fueron a sus respectivas regiones, y los rishis de alma elevada, habiendo llevado el cuerpo de Nimi al terreno del sacrificio y consagrándolo como un remolino, comenzaron a batirlo con gran energía, acompañándose de encantamientos. Mientras así se ocupaban en batir el remolino con el propósito de tener un hijo de Nimi, surgió un hijo de devotas austeridades. Se le llamó Mithi porque se originó del manthana; se le llamó Janma por haber surgido del janana, y Vaideha por haber nacido de Videha. De este modo nació Janaka, el primer rey de los videhas. Su otro nombre era Mithi, y su familia fue célebre como la de los maithilas. Oh gentil, así te he relatado los maravillosos nacimientos, a consecuencia de la maldición, del gran asceta Vasishtha y del santo real Nimi».
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Habiendo dicho esto Rama, Lakshmana, el matador de enemigos, ardiendo en su refulgencia nativa, dijo: «Oh primero de los reyes, este antiguo relato del asceta Vasishtha y del rey Nimi es sumamente sorprendente y maravilloso. Pero Nimi es un rey kshatriya y un héroe; además, aunque había sido iniciado, no perdonó al de alma elevada Vasishtha». Así interpelado, Rama, el jefe de los kshatriyas, dijo al refulgente Lakshmana, conocedor de todos los Sastras: «Oh héroe, el perdón no se ve en todos los hombres. Oh Saumitri, oye atentamente la insoportable cólera que perdonó el rey Yayati, acogiéndose a la cualidad de la bondad. Yayati, el que acrecentaba la prosperidad de las ciudades, era hijo de Nahusha. Tenía dos hermosas esposas, una de las cuales era Sarmishtha, nieta de Aditi, la hija de Vrishaparvan. Ella era la más amada de las dos; su otra esposa era Devayani, nieta de Usanas. Esta no era querida por su esposo. Ambas dieron a luz un hijo cada una, y ambos hijos eran hermosos y atentos. Puru nació de Sarmishtha y Yadu de Devayani. Puru era el hijo favorito del rey, tanto a causa de su madre como de sus gracias personales. Ante esto Yadu, grandemente afligido, dijo a su madre: “Nacida en el linaje del ilustre Bhargava, de acciones incansables, está usted pasando aflicciones de la mente e insultos insoportables; por tanto, oh madre, entremos ambos en el fuego. Que el rey pase muchas noches con Sarmishtha, la hija de un demonio. Usted podrá soportar los insultos, pero yo nunca los toleraré. Permítamelo: en verdad renunciaré a mi vida”. Habiendo dicho esto el hijo, llorando y con angustia, Devayani se enojó grandemente y pensó en su padre. En cuanto su hija pensó en él, Bhargava llegó allí con presteza y, viéndola sin sentido y privada de alegría, dijo: “Hija, ¿qué sucede?”. Habiéndose dirigido así repetidamente el refulgente padre a su hija, Devayani, enojada, respondió: “Oh primero de los ascetas, entraré en el fuego o en el agua, o beberé veneno; de ningún modo conservaré esta vida mía. Usted no sabe las miserias e insultos a que he estado sometida. Brahmán, cuando se descuida un árbol, también se afligen los que viven en él. Habiéndome desdeñado el rey, en verdad también usted ha sido desdeñado”. Oyendo las palabras de su hija, Bhargava, enojado, dijo al rey Yayati: “Eres de mente viciosa, oh hijo de Nahusha; me has deshonrado, y por eso en tu juventud quedarás sujeto a la decrepitud y a los achaques de la vejez”. Habiendo lanzado así la maldición y consolado a su afligida hija, el sumamente ilustre rishi Bhargava se fue a su propia morada. Habiendo dado así consuelo a su hija, aquel principal brahmán, refulgente como el sol, regresó de allí».
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«Yayati, el hijo de Nahusha, se afligió grandemente al oír la ira del preceptor Sukra. Entonces, alcanzado por los achaques de la vejez por la imprecación del santo, dijo a su hijo Yadu: “Oh Yadu, tú conoces la religión; toma, pues, esta decrepitud por mí; me satisfaré con diversos goces. Oh primero de los hombres, todavía no me he saciado de los goces mundanos; por eso volveré a tomar sobre mí esta decrepitud después de haber gozado de todos los objetos de los sentidos”. Oyendo aquellas palabras de Yayati, el primero de los hombres, Yadu respondió: “Que su hijo predilecto, Puru, tome sobre sí esta decrepitud. Oh rey, usted me ha privado de todas las cosas; más aún, no me permite acercarme a usted. Que la tome ese Puru con quien usted come y vive”. Oyendo las palabras de Yadu, Yayati dijo a Puru: “Oh tú, de grandes brazos, toma la decrepitud por mí”. Oyendo las palabras de Yayati, Puru, con las manos juntas, dijo: “Siempre estoy dispuesto a satisfacer sus mandatos; y me siento favorecido y honrado por este mandato suyo”. Oyendo aquellas palabras de Puru, Yayati se complació sumamente, alcanzó un exceso de deleite y le transfirió luego su propia decrepitud. Entonces, recobrando su juventud, el rey reinó sobre la tierra muchos miles de años, celebrando millares de sacrificios. Luego, pasado largo tiempo, Yayati dijo a Puru: “Oh hijo mío, tráeme la decrepitud que guardé en depósito contigo; que me asalte ahora. Te la transferí como depósito. Por eso la tomaré de nuevo ahora; no te aflijas en modo alguno por ello. Me he complacido grandemente de que hayas satisfecho mis mandatos. Complacido, te instalaré ahora en el trono real”. Habiéndose dirigido así a su hijo Puru, el rey Yayati dijo con enojo a Yadu, el hijo de Devayani: “Tú, vicioso rakshasa, has nacido de mí en forma de kshatriya; si no, ¿por qué habrías de desobedecer mis órdenes? Por esto nunca serás rey. Soy tu padre y tu preceptor, y aun así me has desdeñado. Serás padre de espantosos rakshasas, oh tú, de mente viciosa; tus descendientes quedarán degradados de la raza lunar y tus hijos serán igualmente de mente viciosa como tú”. Habiendo maldecido así a Yadu, el santo real Yayati honró a Puru, el que acrecentaba la prosperidad del reino, con la instalación, y luego se retiró a vivir en los bosques. Luego, pasado largo tiempo, exhaló su último aliento y fue a la morada de los celestiales. El sumamente ilustre Puru reinó piadosamente en la primera de las ciudades, Pratishthana. Yadu engendró miles y miles de rakshasas y, degradado de la familia real, reinó en una ciudad llamada Kraunchavana, difícil de alcanzar. De este modo, según la costumbre de los kshatriyas, el rey Yayati tomó sobre sí la imprecación del preceptor Sukra, pero no lo perdonó. Así te lo he relatado todo. Oh gentil, seguiremos el ejemplo de estos hombres ilustres. Y en tal caso no seremos degradados como el rey Nriga». Mientras Rama, de semblante como la luna, hablaba así, las estrellas se hicieron menos numerosas en el firmamento, y el oriente, herido por los primeros rayos del sol, parecía una doncella vestida con una prenda teñida con el tinte de las flores.
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Luego, habiendo cumplido los ritos matinales, Rama, el de ojos de loto, se sentó muy temprano en su trono real y, en compañía de brahmanes y ciudadanos, se ocupó en atender a los asuntos del Estado. La asamblea constaba del sacerdote Vasishtha, el santo Kasyapa, ministros versados en política, otros preceptores religiosos, moralistas, miembros y reyes. La asamblea de Rama, de acciones incansables, parecía la de Mahendra, Yama y Varuna. Rama dijo a Lakshmana, dotado de señales auspiciosas: «Oh Saumitri, de largos brazos, ve a la puerta de la ciudad a recibir a los que han venido aquí por algún asunto». Por orden de Rama, Lakshmana, dotado de señales auspiciosas, llegó a la puerta y llamó a los que habían venido allí por algún asunto. Pero nadie dijo que lo hubiera traído allí asunto alguno. Pues no había en el reino ni enfermedad ni pobreza. Durante el gobierno de Rama la tierra estaba llena de granos y de oshadhis. Ni los niños, ni los jóvenes, ni las personas de mediana edad encontraban la muerte. La tierra era gobernada piadosamente, de modo que no había obstáculo alguno. Así, durante la administración de Rama no se veía a nadie que pidiera justicia. Lakshmana, con las manos juntas, dijo a Rama: «Nadie ha venido por ningún asunto». Ante esto Rama, con el corazón regocijado, respondió: «Ve, oh Saumitri, y mira si alguien ha venido por algún asunto. Si la política real se adopta debidamente, la impiedad no puede sostenerse en ninguna parte. Es por temor al rey por lo que las gentes se protegen unas a otras. Y, aunque las leyes instituidas por mí protegen a los súbditos como otras tantas flechas, aun así, oh tú, de largos brazos, ocúpate en gobernar a los súbditos». Así interpelado, Lakshmana salió de la casa y vio que un perro aguardaba a la puerta. Mirando a su alrededor, ladraba una y otra vez. Viéndolo en aquel estado, el valeroso Lakshmana dijo: «Oh generoso señor, ¿qué asunto te ha traído aquí? Relátalo con confianza». Oyendo las palabras de Lakshmana, el perro respondió: «Deseo relatarlo a Rama, de acciones incansables, que es el refugio de todas las criaturas y que declara la ausencia de temor a todos». Oyendo las palabras del perro, Lakshmana entró en el hermoso palacio para relatarlo a Rama. Y, habiéndoselo comunicado a Rama, salió y dijo al perro: «Si tienes algo verdadero que decir, puedes venir y comunicárselo al rey». Oyendo las palabras de Lakshmana, el perro dijo: «No podemos entrar en las casas de las divinidades, de los reyes y de los brahmanes, ni podemos ir allí donde están el fuego, Indra, el sol o el viento, pues somos los más viles de nacimiento; por eso no puedo entrar allí. Pues el rey es la personificación de la virtud, y en especial el rey Rama es veraz, versado en la ciencia de la guerra y siempre ocupado en el bienestar de todos los seres. Conoce perfectamente dónde han de aplicarse las seis cualidades; es maestro de la moralidad, lo sabe todo, lo ve todo y es el mejor de los hermosos. Él es la luna, la muerte, Yama, Kubera, el dador de riquezas, el fuego, Indra, el sol y Varuna. Oh Saumitri, vaya y comunique al rey que protege a sus súbditos que sin su permiso no deseo ir allí». Entonces el sumamente refulgente y noble Lakshmana entró en el palacio y dijo a Rama: «Oh tú, de largos brazos, oh tú, que acrecientas el gozo de Kausalya, he comunicado tus órdenes; te relataré en breve todo lo que a ello se refiere; óyelo. Aquel perro, como un mendigo, aguarda a la puerta tus órdenes». A lo cual Rama respondió: «Trae aquí con presteza al que aguarda a la puerta por su asunto».
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Oyendo las palabras de Rama, el inteligente Lakshmana mandó llamar inmediatamente al perro e informó a Rama, quien, al verlo, dijo: «Comunícame tu deseo; no tengas miedo». Entonces, contemplando al rey Rama, el perro, que tenía la cabeza partida, dijo: «El rey es el protector de los animales y su señor. El rey está despierto cuando los súbditos duermen, y los protege. Administrando debidamente las leyes, el rey protege la piedad. Sin su amparo los súbditos encuentran la destrucción. El rey es el señor y el padre del universo entero. Él es el tiempo, él es el Yuga y él es la creación, móvil e inmóvil. Se le llama Dharma porque lo sostiene todo. Es el Dharma (la virtud) el que sostiene a toda la humanidad. Es por el Dharma por lo que se preservan los tres mundos. Es el Dharma, o la virtud, el que frustra a los enemigos. Es la virtud la que gobierna debidamente a los súbditos. Por eso se llama a la virtud Dharana, o la que sostiene. La virtud de la preservación es la mayor y da frutos en la vida futura. No hay entre los seres nada tan difícil de adquirir como la virtud. La caridad, la bondad, el honrar a los piadosos y la conducta inocente constituyen las principales virtudes, pues por ellas se procura el bienestar de esta vida y de la siguiente. Oh Raghava, oh usted, de votos firmes, es usted el ejemplo de los ejemplos. Conoce usted la conducta de los piadosos. Es usted como un océano, el refugio de todas las virtudes. Oh primero de los reyes, por ignorancia le he dicho tantas cosas. Con la cabeza baja, le ruego que se dé por satisfecho. No se ofenda conmigo». Oyendo aquellas sabias palabras del perro, Rama dijo: «¿Qué haré por ti? Dilo con confianza». A lo cual el perro respondió, diciendo: «Es por la piedad por lo que un rey gobierna su reino; es por la virtud por lo que un rey protege a sus súbditos, se vuelve refugio de todos y quita el temor a sus hombres. Teniendo esto presente, oh Rama, oiga lo que digo. En la casa de cierto brahmán vive un mendigo de nombre Sarvarthasiddha (es decir, el que tiene satisfechos todos sus deseos). Y, aunque soy inocente, me ha herido sin motivo». Oyendo aquellas palabras, Rama envió a su mensajero, quien trajo a Sarvarthasiddha, versado en todas las materias. Entonces, contemplando a Rama en la asamblea, aquel refulgente y principal nacido dos veces dijo: «Oh intachable Rama, dígame qué he de hacer por usted». A lo cual Rama dijo: «Oh nacido dos veces, usted ha herido a este perro. ¿Qué ofensa cometió contra usted para que lo golpeara severamente con una vara? La cólera es un enemigo que quita la vida. La cólera es un enemigo de dulce hablar con la apariencia de un amigo. Es la primera de las pasiones y es como una daga afilada. Y es la cólera la que lo roba todo. Hurta todo lo adquirido por el ascetismo, los sacrificios y los dones. Es justo, pues, matar la cólera por todos los medios. Las pasiones corren desbocadas por todos lados como otros tantos corceles sumamente malvados. Es mejor, saciado de todos los objetos de goce, gobernarlas con la paciencia. Con la mente, las acciones, las palabras y los ojos ha de ocuparse el hombre en el bienestar de las gentes. No ha de herir a nadie ni ha de entregarse a cosa alguna. El daño que puede causar una mente no dominada está más allá del alcance de una daga afilada, de una serpiente pisada y de un enemigo siempre enojado. Aun la naturaleza de quien ha aprendido la humildad no merece confianza. El que oculta su naturaleza revela él mismo su verdadero ser». Habiendo dicho esto Rama, de acciones incansables, Sarvarthasiddha, el primero de los nacidos dos veces, dijo: «Vagando el día entero en busca de limosna, estaba sumamente enojado y golpeé a este perro. Estaba sentado en medio del camino y le pedí una y otra vez que se apartara. Entonces, apartándose y deteniéndose de mala gana, se quedó temeroso a un lado del camino. Oh descendiente de Raghu, en aquel momento estaba herido por el hambre y lo golpeé por su conducta viciosa. Oh rey de reyes, soy culpable en esto, y usted ha de castigarme. Oh señor de reyes, aplíqueme el castigo; así quedaré libre del temor al infierno». Entonces Rama preguntó a todos los ministros, diciendo: «¿Qué ha de hacerse ahora? ¿Qué castigo ha de infligírsele? Podemos proteger a los súbditos si sabemos aplicar un castigo proporcionado al delito». Ante esto Bhrigu, Angiras, Kutsa, Vasishtha, Kasyapa y otros ascetas, los principales predicadores, los ministros, los ciudadanos y otros sabios conocedores de los Sastras allí presentes dijeron: «Un brahmán no ha de ser castigado con la muerte». Habiendo dicho esto los sabios conocedores de las leyes, los ascetas se dirigieron a Rama diciendo: «Oh Raghava, un rey es el gobernante de todos, y en especial tú. Tú eres el que impone el castigo en los tres mundos, el eterno Vishnu». Habiendo dicho esto todos ellos, el perro comenzó: «Usted dijo solemnemente: “¿Qué haré por ti?”. Por tanto, si está usted complacido conmigo y desea conferirme dones, nombre a este brahmán jefe de familia». Entonces, así honrado y complacido, y subiendo a un elefante, él partió para ocupar su nuevo y digno puesto. Ante esto los consejeros de Rama, sorprendidos, dijeron: «Oh usted, de gran refulgencia, no ha sido castigado. Antes bien, usted le ha conferido un don». Oyendo las palabras de los ministros, Rama dijo: «Ustedes no conocen la verdad real de todo esto; el perro la conoce bien». Interpelado por Rama, el perro dijo: «Oh Raghava, yo fui el jefe de la familia de Kalanjara. Después de la adoración de las deidades y los brahmanes y de dar de comer a los servidores, varones y mujeres, solía tomar mi alimento. Solía repartir debidamente las cosas, y mi mente no estaba apegada en lo más mínimo al pecado. Solía guardar con gran cuidado los objetos pertenecientes a las deidades tutelares; era humilde, de buen natural y ocupado en el bienestar de todos los animales. Aun así, he caído en esta espantosa y miserable condición. Oh Raghava, este brahmán es colérico por naturaleza e impío, hiere a los demás y es impaciente, cruel, áspero de palabra e ignorante, y por eso degradará a siete generaciones arriba y abajo. De ningún modo podrá cumplir los deberes de jefe de familia. Aquel a quien usted desee llevar al infierno con sus hijos, sus bestias y sus amigos debe ser ocupado en servir a los brahmanes y a las vacas. Pese a todas sus buenas acciones, es destruido el que roba la riqueza de un brahmán, de una deidad, de una mujer o de un niño, y las riquezas que él mismo ha dado. Oh Raghava, el que hurta las riquezas de un brahmán o de una deidad cae en un infierno llamado Vichi. Aun el que piensa en su mente en robarla va una y otra vez al infierno». Oyendo las palabras del perro, los ojos del refulgente Rama se dilataron de sorpresa. El perro volvió al lugar de donde había venido. En su nacimiento anterior el perro había sido de mente elevada; ahora está maldito por haber nacido en un estado degradado de existencia. Luego, yendo al fin a Varanasi, el perro hizo voto de ayuno.
Section 71
Vivieron largo tiempo un buitre y un búho en una montaña que se extendía sobre las orillas de un río, resonante con las notas de los cuclillos y llena de leones, tigres y diversas aves, situada en un bosque agradable que abundaba en árboles, cerca de la ciudad de Ayodhya. Una vez, el vicioso buitre, alegando que el nido del búho era suyo, comenzó a disputar con él. Oh venerable señor, entonces ambos dijeron: «Rama, el de ojos de loto, es el rey de todas las gentes; vayamos a él, y él decidirá a quién pertenece el nido». Habiéndolo convenido así, el buitre y el búho, impacientes de rabia y disputando el uno con el otro, se presentaron ante Rama y le tocaron los pies. Contemplando a aquel señor de los hombres, el buitre dijo: «Oh preservador de la humanidad, es usted el primero de los celestiales y los asuras. Oh usted, de gran refulgencia, está dotado de inteligencia y saber mayores que los de Vrihaspati y Sukracharya. Conoce usted las buenas y las malas condiciones de las criaturas. En belleza es usted como la Luna, e irreprimible como el Sol. En gloria es usted como el Himalaya, en gravedad como el Océano, en poderío como el Patriarca, en paciencia como la Tierra y en velocidad como el Viento. Oh Raghava, es usted el preceptor de la creación móvil e inmóvil, dotado de toda clase de riquezas, ilustre, libre de espíritu vengativo, invencible, victorioso y maestro de todos los Sastras y las leyes. Oh primero de los hombres, oiga. Tengo una petición que hacerle. Oh Raghava, yo me había construido un nido; este búho lo ocupa ahora como suyo; por tanto, oh rey, sálveme». Habiendo dicho esto el buitre, el búho comenzó: «Es verdad, oh rey, que en él están las porciones de la Luna, Indra, el Sol, Kubera y Yama, pero hay en él también una porción de hombre. Pero usted es la misma deidad omnipresente, Narayana. Usted, movido por su propio ser, juzga imparcialmente a todas las criaturas; por eso se manifiesta bien en usted una porción de mansedumbre, y por eso las gentes lo llaman a usted una porción de la Luna. Oh patriarca, en la cólera, el castigo, el don y el temor, es usted nuestro dador, destructor y protector: por eso se le llama Indra. En energía es usted como el fuego, irreprimible para todas las criaturas, y porque derrama su lustre sobre todas las criaturas se le llama el Sol. Es usted el mismo señor de las riquezas, o aun superior a Kubera; como Padma junto al señor de las riquezas, Sri está siempre a su lado. Porque cumple usted las funciones de Kubera, es usted el dador de riqueza para nosotros. Oh Raghava, mira usted a todas las criaturas, móviles e inmóviles, con ojo imparcial; considera a sus amigos y a sus enemigos con imparcialidad, y protege debidamente a sus súbditos. Oh Raghava, la muerte persigue a aquel con quien usted se ofende, y por esta razón las gentes lo llaman “el sumamente poderoso Yama”. Oh primero de los reyes, porque es usted indulgente con todas las criaturas y un rey bondadoso, las gentes cantan las glorias de usted como las de un hombre sobre la tierra. El rey es la fuerza de los débiles y desamparados, el ojo de los ciegos y el refugio de los que no tienen amparo. Usted es también nuestro rey; escuche, pues, nuestra petición. Oh rey, este buitre, entrando en mi nido, me oprime. Solo usted, oh primero de los hombres, es el divino juez que castiga a la humanidad». Oyendo aquellas palabras, Rama mandó llamar a sus consejeros. Los ministros de Dasaratha y de Rama, Drishti, Jayanta, Vijaya, Siddhartha, Rashtravardhana, Asoka, Dharmapala, el sumamente poderoso Sumantra y otros, eran versados en las leyes, de mente elevada, conocedores de todos los Sastras, inteligentes, nacidos de familias respetables y diestros en el consejo. Habiéndolos convocado a todos y subiendo a su carro Pushpaka, fue al lugar en cuestión y, descendiendo allí, preguntó al buitre: «¿Cuánto tiempo hace que se hizo este nido? Dímelo, si lo recuerdas». A lo cual el buitre respondió: «Desde el tiempo en que nació por primera vez la humanidad y se extendió por las cuatro regiones del globo vivo yo en este nido». El búho dijo: «En el tiempo en que la tierra fue adornada (por primera vez) con árboles se construyó este nido mío». Oyendo estas palabras, Rama dijo a los consejeros: «No es asamblea aquella asamblea donde no hay amigos, ni son ancianos los que no tratan de temas religiosos. No es religión aquella religión donde no hay verdad, y no es verdad aquella verdad donde hay hipocresía. Son mentirosos los consejeros que no dan a su tiempo las respuestas debidas sobre los asuntos en que están bien informados. El que responde a una pregunta bajo la influencia de la pasión, la cólera o el temor se ata con mil lazos de Varuna, y al cabo de un año entero queda libre de un solo pecado». Oyendo estas palabras, los ministros dijeron a Rama: «Oh usted, de gran mente, lo que ha dicho el búho es verdad; el buitre no ha dicho la verdad. Usted es la prueba de esto, oh gran rey, pues el rey es el último refugio de todos, la raíz de los súbditos y la religión eterna. El que es castigado por el rey no queda condenado a un estado degradado. En verdad, se salva del temor al infierno y alcanza un estado mejor». Oyendo las palabras de los ministros, Rama dijo: «Oigan lo que se menciona en los Puranas. Antiguamente el Sol, la Luna, el firmamento con las estrellas, la tierra con las montañas y los bosques, los tres mundos, lo móvil y lo inmóvil, estaban bajo el agua. En aquel tiempo solo existía Narayana, como un segundo Sumeru. En el vientre de Narayana estaba la tierra con Lakshmi. Habiendo destruido la creación y entrado en el agua, el sumamente refulgente Vishnu, idéntico a las almas de las criaturas, yació allí dormido durante muchos largos años. Viendo dormido a Vishnu tras la destrucción del universo, y sabiendo que Vishnu tenía el aliento detenido, el gran asceta Brahma entró en su abdomen. Entonces brotó del ombligo de Vishnu un loto dorado. Aquel gran señor, el asceta Brahma, se originó de él y se ocupó en austeras penitencias con el propósito de crear la tierra, el aire, las montañas, los árboles, los hombres, los reptiles y todos los animales nacidos de matriz o de huevo. En aquel tiempo se originaron de los oídos de Narayana dos valerosos y espantosos demonios de nombre Madhu y Kaitabha. Viendo allí al Patriarca, se enojaron grandemente y lo persiguieron. Ante esto el Nacido de Sí Mismo gritó espantosamente. Despertado por aquel sonido, Narayana se puso a luchar con Madhu y Kaitabha y los mató con su disco. Y con su sangre se inundó la tierra entera. Entonces, purificando de nuevo la tierra, Hari, preservador del mundo, la cubrió de árboles. Y se crearon también diversas hierbas. Y la tierra se llamó Medini porque se llenó del medas, la médula de Madhu y Kaitabha. Por esto sostengo, oh ministros, que esta casa no pertenece al buitre, sino al búho. Por tanto, este vicioso buitre debe ser castigado, pues este malvado, de mente viciosa, robando el nido ajeno, oprime al otro». En el intervalo se oyó en el cielo una voz que declaraba los hechos verdaderos: «Oh Rama, no mate al buitre, pues ya ha sido reducido a cenizas por la fuerza del ascetismo de Gautama. Oh señor de los hombres, este buitre, en su nacimiento anterior, fue un rey heroico, veraz y puro de nombre Brahmadatta. Una vez un brahmán de nombre Gautama, la misma personificación de Kala, llegó a la casa de Brahmadatta en busca de alimento y dijo: “Oh rey, comeré en su casa durante más de cien años”. Entonces, ofreciendo con sus propias manos a aquel refulgente brahmán agua para lavarse los pies, el rey Brahmadatta hizo los preparativos para su comida. Por accidente, se mezcló carne en el alimento del de alma elevada Gautama. Enojado por ello, el asceta lo maldijo con una espantosa maldición y dijo: “Oh rey, conviértete en buitre”. El rey dijo: “Séame propicio, oh usted, de grandes votos; no me maldiga así. Por ignorancia he cometido esta ofensa. Oh grande, oh intachable, obre de modo que esta maldición tenga fin”. Ante esto, comprendiendo que la ofensa la había cometido el rey sin saberlo, el asceta dijo: “Oh rey, en la raza de los Ikshvakus nacerá un rey de nombre Rama. Oh primero de los hombres, quedará usted libre de la maldición cuando él lo toque”». Oyendo la voz del cielo, Rama tocó a Brahmadatta. Entonces, abandonando su forma de buitre y tomando un hermoso cuerpo ungido de perfumes celestiales, él ensalzó a Rama y dijo: «Oh usted, conocedor de la piedad, por su favor he sido salvado del espantoso infierno; aquí ha terminado mi maldición».
Section 72
Mientras Rama y Lakshmana se ocupaban (cada día) en conversar así, llegó la noche primaveral, ni cálida ni fría. Y sucedió que una mañana clara, habiendo cumplido sus primeros ritos del día, Kakutstha, que entendía los modos de los ciudadanos, se puso ansioso por presentarse en un lugar desde el cual pudiera observar a los ciudadanos. En ese momento entró Sumantra y se dirigió a él, diciendo: «Oh rey, detenidos a la puerta, aguardan allí unos ascetas, Maharshis, encabezados por Bhargava y Chyavana. Y, oh poderoso monarca, ansiosos de verlo, aquellos moradores de las orillas del Yamuna, muy complacidos, me han enviado (aquí), oh tigre entre los hombres». Oyendo sus palabras, el justo Rama respondió: «Que entren los excelsos nacidos dos veces». Ante esto, honrando el mandato real, el portero, con las manos juntas, trajo a aquellos ascetas a quienes es difícil acercarse. Y, en número de más de cien, ardiendo en su refulgencia nativa, aquellos ermitaños de alma elevada entraron en la residencia real. Y presentaron a Rama diversos frutos en profusión y vasijas llenas de las aguas santificadas de todos los lugares santos. Entonces, aceptando las aguas de los lugares santos así como las diversas clases de frutos, aquel de brazos poderosos habló a los grandes ascetas: «Tomen ustedes estos asientos a su gusto». Oyendo el discurso de Rama, todos los Maharshis se sentaron en aquellos asientos de oro, hermosos y elegantes. Y, viendo allí sentados a los santos, aquel conquistador de capitales hostiles, Raghava, conteniéndose, con las manos juntas, dijo: «¿Cuál es la razón de su visita? ¿Qué debo cumplir necesariamente por ustedes? Soy digno de recibir órdenes de los Maharshis, y debo procurar sin reparo todo lo que les plazca. Y toda esta monarquía y la vida que reside en mi corazón, todo esto es para los regenerados. Esto se lo digo en nombre de la verdad». Oyendo sus palabras, los sabios de feroces austeridades que habitaban las orillas del Yamuna prorrumpieron en un estallido de aplausos. Y aquellos de alma elevada, sumamente regocijados, dijeron: «Sobre la tierra, oh corona de los hombres, esto solo puede esperarse de ti y de nadie más. Han pasado muchos reyes de gran poder que, considerando la (posible) gravedad de la empresa, no pudieron decidirse a prometer nada de antemano. Pero tú, sin conocer la tarea, te has obligado con una promesa por la gloria de los brahmanes. Y tú, sin duda, lograrás llevar a cabo la obra; y te corresponde librar a los sabios de un gran espanto».
Section 73
Cuando los sabios hubieron hablado así, Kakutstha dijo: «Oh ascetas, díganme cuál es la obra que habré de llevar a cabo por ustedes. Su temor será disipado». Mientras Kakutstha hablaba así, Bhargava dijo: «Oh señor de los hombres, oye el origen del temor que amenaza a nuestro país. Oh rey, antiguamente, en la edad Krita, hubo un vástago de gran alma de Diti, el poderoso asura Madhu, hijo mayor de Lota. Era bien dispuesto hacia los brahmanes, bondadoso con los que buscaban su amparo y dotado de alta inteligencia. Las sumamente generosas deidades se deleitaban grandemente en él. Y, a modo de honrarlo, Rudra confirió un don maravilloso a Madhu, dotado de poderío y siempre atento a la religión. Y, sacando un dardo del suyo propio, de energía terrible, dotado de gran fuerza y provisto de extremo esplendor, aquel de alma elevada, muy complacido, se lo entregó (a Madhu) y le habló: “Has practicado una rectitud excelente y sin rival, que te ha ganado mi favor, y (por eso) yo, sumamente complacido, te otorgo esta arma escogida. Mientras tú, oh poderoso asura, no asaltes a los celestiales y a los vipras, esta será tuya; de otro modo quedará en nada. Reduciendo a cenizas a la persona que entre temerariamente en conflicto contigo, este dardo volverá a tu mano”. Habiendo obtenido así el don de Rudra, el poderoso asura, inclinándose de nuevo ante Mahadeva, se dirigió a él diciendo: “Oh reverendo, que este excelente dardo sea posesión de mi familia. Oh dios, usted es el señor de los inmortales”. Ante esto el señor de todos los seres, la poderosa deidad Siva, respondió a Madhu cuando hubo hablado así: “Esto no será. Pero, para que tu ruego no quede en nada, digo bondadosamente en tu favor que uno de tus hijos empuñará este dardo. Mientras lo empuñe, aquel que tenga el dardo en la mano será incapaz de ser destruido por criatura alguna”. Habiendo obtenido este don maravilloso del dios, Madhu, el primero de los asuras, hizo construir una espléndida ciudad. Su amada esposa, la excelsa y majestuosa Kumbhinasi, es hija de Visvavasu y de Anala. Su hijo, el sumamente poderoso, malvado y feroz Lavana, se entregó desde su niñez a un curso de vida pecaminoso. Viendo a su hijo entregado a un curso impío, Madhu quedó abrumado de pesar, pero no le dijo nada. Y, abandonando este mundo, entró en la región de Varuna; y, entregando el dardo a Lavana, le comunicó todo lo relativo al don que había obtenido. Y, en virtud del poder del dardo, él oprime los tres mundos, y en especial a los ascetas; tal es el poder de Lavana, y tal es su dardo. Habiendo oído todo esto, oh Kakutstha, eres capaz (de reparar nuestro agravio). Tú eres nuestro principal recurso. Oh Rama, los sabios han suplicado ya a muchos monarcas, oh héroe, que los libren de este temor, pero todavía no hemos hallado libertador. Oyendo, oh hijo, que Ravana con todas sus fuerzas y vehículos ha sido destruido (por ti), sabemos que no respira sobre la tierra otro rey capaz de librarnos. Por eso nuestro ruego es que nos libres a nosotros, afligidos por el temor de Lavana. Así, oh Rama, te hemos dado a conocer la ocasión del temor que ha surgido. Eres capaz de hacerle frente. Tú, de poderío no menguado, haz lo necesario».
Section 74
Así interpelado (por los sabios), Rama les respondió con las manos juntas: «¿De qué vive? ¿Cuáles son sus costumbres? ¿Y dónde vive Lavana?». Oyendo las palabras de Raghava, los sabios le informaron del modo en que Lavana había crecido en poder: «Su alimento son todas las criaturas, en especial los ascetas; su manera de vivir se rige por la ferocidad, y su morada constante es Madhuvana. Matando constantemente miles y miles de leones, tigres y ciervos, y aves y seres humanos, se procura su alimento diario (con su carne). Y, como el Destructor en la ocasión de la disolución universal, aquel que posee una fuerza gigantesca se alimenta también de otras criaturas». Oyendo esto, Raghava habló a los grandes ascetas: «Mataré a ese rakshasa. Que se aparte su espanto». Habiéndose obligado así con aquella promesa a los ascetas de feroz energía, el hijo de Raghu habló junto con sus hermanos: «¿Qué héroe matará a Lavana? Decídanlo ustedes. ¿Sobre quién recaerá este deber? ¿Lo hará el de brazos poderosos Bharata o el inteligente Satrughna?». Así interpelado por Raghava, Bharata dijo: «Yo lo mataré. Que se me confíe esta tarea». Oyendo el discurso de Bharata, impregnado de entereza y valor, el hermano menor de Lakshmana se puso en pie, dejando su asiento de oro. Y Satrughna, saludando al rey, expuso: «El de brazos poderosos segundo hijo de Raghu ha llevado ya a cabo una gran obra: antes gobernó Ayodhya, vacía del noble, llevando en su corazón el pesar relacionado con su regreso. Padeciendo muchas penalidades, oh rey, aquel ilustre pasó sus días acostado en un lecho de pesar, viviendo de frutos y raíces y vistiendo harapos. Habiendo sufrido tal miseria, el hijo de Raghu no debe ser expuesto a padecer molestias mientras, oh rey, su servidor está a mano». Diciendo esto Satrughna, Raghava dijo de nuevo: «Que así sea. Cumple tú mi mandato. Te instalaré en la hermosa ciudad de Madhu; o, si lo deseas, prescinde y confía esta tarea a Bharata, oh tú, de largos brazos. Heroico y cumplido, eres competente para fundar una ciudad junto al Yamuna así como provincias florecientes. El que, teniendo el dominio de un pueblo, no lo provee de rey, va al infierno. Así pues, si aceptas mis palabras, entonces, matando al hijo de Madhu, el pecador Lavana, gobierna el reino con rectitud. Oh héroe, no has de decir nada después de lo que he dicho. Sin duda, un hermano menor joven debe obedecer los mandatos de su hermano mayor. Acepta, oh Kakutstha, la instalación que te confiero, precedida de las fórmulas religiosas prescritas, pronunciadas por los vipras encabezados por Vasishtha».
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Así interpelado por Rama, el sumamente enérgico Satrughna quedó poderosamente embargado de vergüenza y respondió lentamente: «Oh señor de los hombres, esto no parece estar en consonancia con la moralidad. ¿Por qué, existiendo un hermano mayor, habrías de instalar a uno menor? Debo, oh mejor de los hombres, cumplir tu mandato, pues, oh excelso, tu mandato nunca puede ser pasado por alto por mí. Oh héroe, he oído de ti, así como de la Sruti (lo tocante a la moralidad en cuestión). Cuando mi segundo hermano ya había hecho voto (de matar a Lavana), no debía yo haber dado la respuesta que he dado. Al decir “Mataré en batalla al espantoso Lavana”, he incurrido en un discurso injusto. Y es por esta transgresión por lo que, oh poderoso, habré de someterme a este procedimiento impropio. Pero, aunque este curso es injusto y acarrea la perdición, siendo deseado por mi hermano mayor, ciertamente no debo dar respuesta alguna. Y, oh Kakutstha, no daría una segunda respuesta, para no hacerme acreedor, oh dispensador de honores, con una segunda réplica, a un nuevo castigo. En este asunto, oh jefe de los hombres, cumpliré incluso tu deseo. Ordena tú, oh descendiente de Raghu, de modo que el pecado no sea mío (por haber obedecido tu mandato)». Así interpelado por el heroico y de alma elevada Satrughna, Rama, regocijado, habló a Bharata y a Lakshmana: «Provean ustedes con cuidado las cosas necesarias para la coronación: este mismo día instalaré a aquel primero de los hombres, el descendiente de Raghu. Y por orden mía convoquen a los purodhasas, oh Kakutstha, y a los ciudadanos, a los ritvijas y a los consejeros». Recibido el mandato real, los poderosos guerreros de carro hicieron en consecuencia. Y los kshatriyas y los brahmanes entraron en la mansión real con el sacerdote, así como con las cosas requeridas para la instalación. Y entonces comenzó la auspiciosa aspersión del de alma elevada Satrughna, que alegró (los corazones de todos en) el palacio de Raghava. Y, una vez instalado, Kakutstha se asemejaba al Sol; era como Skanda, instalado antiguamente por los celestiales encabezados por Indra. Y, cuando Satrughna hubo sido instalado por Rama, de hazañas incansables, los ciudadanos así como los brahmanes de vasto saber védico experimentaron un exceso de gozo. Y Kausalya, Sumitra, Kaikeyi y las demás esposas del rey entonaron salutaciones festivas en el palacio. Y, habiendo sido instalado Satrughna, los sabios de alma elevada que moraban a orillas del Yamuna pensaron que Lavana había sido muerto. Entonces, poniendo en su regazo al instalado Satrughna, Raghava, ensalzando su poderío, le dirigió dulces palabras: «Oh conquistador de capitales hostiles, esta divina flecha que nunca yerra es tuya. Con ella, oh hijo de Raghu, tú, oh plácido, matarás a Lavana. Oh Kakutstha, este dardo se forjó cuando, invisible para los celestiales y los asuras, la divina (deidad) nacida de sí misma e invencible reposaba sobre el poderoso piélago, y cuando la creación estaba oprimida por Madhu y Kaitabha así como por otros rakshasas. Él, abrumado de rabia y deseoso de crear los tres mundos, creó esta mejor de las flechas, invencible para todos los seres, para la destrucción de los malvados, y los destruyó en batalla por medio de esta misma flecha. Y, habiendo acabado con Madhu y Kaitabha con este primero de los dardos, se pusieron a crear los mundos. Cuando, oh Satrughna, quise antiguamente matar a Ravana, no disparé esta flecha, pensando que, si la disparaba, causaría grandes estragos en las criaturas. Guardando en su morada aquel grande y temido (dardo) que el de alma elevada Tryambaka confirió a Madhu para la destrucción de los enemigos, y adorándolo siempre, Lavana anda de un lado a otro y se procura (para sí) excelente sustento cuando alguien lo desafía, deseoso de reducirlo (a su antagonista) a cenizas. Por tanto, oh primero de los hombres, antes de que entre en la ciudad debes plantarte a la puerta obstruyendo su paso. Oh tú, de largos brazos, debes invitarlo a la batalla cuando esté sin armas, y de ese modo podrás destruirlo. Y por ningún otro medio puede ser muerto. Si logras esto, en verdad será muerto. Oh hijo mío, así te he dicho el modo en que ha de frustrarse el dardo. Es imposible superar el poderío del hermoso Nilakantha».
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Habiéndose dirigido así a Satrughna, Rama lo alabó una y otra vez y dijo: «Oh primero de los hombres, que te sigan cuatro mil caballos, dos mil carros, cien excelentes elefantes, tiendas con diversos artículos y cantores. Oh primero de los hombres, oh Satrughna, parte con un niyuta de monedas de oro y plata y con las riquezas y vehículos necesarios. Obra de tal modo, oh héroe, que los soldados estén bien alimentados y regocijados y no se disgusten contigo. Complácelos con dulces palabras, pues los servidores, cuando hacen frente a los enemigos, no tienen consigo amigos ni esposas, y así se complacen, oh Raghava, cuando reciben suficiente alimento y presentes. Oh Satrughna, habiendo enviado delante un enorme y bien contento ejército, parte tú después hacia Madhuvana. Debes avanzar tan sin temor que Lavana, el hijo de Madhu, no sepa que vas al encuentro. Oh primero de los hombres, no será muerto por ningún otro recurso que el que te he dado a conocer. Si percibe de antemano a cualquier enemigo, sea quien sea, Lavana en verdad lo destruirá. Cuando lleguen las lluvias tras el fin del verano presente, debes matarlo, pues ese es el tiempo apropiado para destruir a aquel de mente viciosa. Pues entonces andará sin temor, dejando su dardo, entendiendo que nadie vendrá a luchar con él durante las lluvias. Que solo los soldados partan ahora, con los ascetas delante; el verano todavía no ha terminado del todo, y este es el tiempo en que podrán cruzar la Ganga sin dificultad alguna. Después, habiendo acampado tu ejército en la otra orilla de la Ganga, debes avanzar solo y con presteza con tu arco». Oyendo aquellas palabras de Rama y convocando a sus sumamente poderosos y principales guerreros, Satrughna dijo: «Partan todos ustedes y deténganse en los lugares que conocen bien. No opriman a nadie». Habiendo ordenado así a los poderosos guerreros, el sumamente poderoso Satrughna se inclinó ante Kausalya, Sumitra y Kaikeyi. Luego, habiendo dado la vuelta con las manos juntas en torno a Rama, Lakshmana y Bharata, saludó reverentemente los pies de los sacerdotes. Y entonces, con el permiso de Rama y habiendo dado la vuelta en torno a él, el sumamente poderoso Satrughna salió. Habiendo despachado así delante un enorme ejército compuesto de elefantes y caballos escogidos, Satrughna, el que acrecentaba la gloria de la raza de Raghu, se despidió de Rama. Y todos le mostraron el debido respeto.
Section 77
Habiendo despachado así su ejército y aguardado en Ayodhya un mes, Satrughna, el matador de enemigos, partió solo. Habiendo pasado dos noches en el camino, llegó a la santa y pintoresca ermita del gran asceta Valmiki. Y, habiéndose inclinado ante aquel muni de alma elevada, dijo con las palmas juntas: «Oh ilustre señor, deseo quedarme aquí este día; he venido aquí por un asunto de nuestro señor Rama. Mañana por la mañana partiré hacia el espantoso Oeste». Oyendo las palabras del de alma elevada Satrughna, Valmiki, el primero de los ascetas, respondió diciendo: «Oh tú, de gran renombre, quédate aquí sin vacilación alguna. Oh gentil, esta ermita pertenece a los descendientes de la raza de Raghu. Toma sin temor tu asiento y el agua para lavarte los pies». Luego, tomando el agua para lavarse los pies y alimentándose de frutos y raíces, Satrughna alcanzó un gran deleite. Y después preguntó al gran asceta Valmiki, diciendo: «Oh gran asceta, ¿a quién pertenecen los objetos de sacrificio que hay al este, cerca de esta ermita?». A lo cual Valmiki respondió: «Satrughna, oye, te diré de quién era este terreno de sacrificio en los días de antaño. Hubo un rey de nombre Saudasa, uno de tus antepasados. Su hijo Viryasaha fue un rey sumamente poderoso y piadoso. El heroico Saudasa era aficionado a la caza desde su niñez. Una vez, mientras cazaba, divisó dos rakshasas en el bosque. Había oído hablar de ellos muchas veces antes; tenían forma de tigres, de figura espantosa, y no se saciaban devorando muchos miles de ciervos. El rey Saudasa vio a aquellos dos rakshasas y halló el bosque despojado de toda criatura. Y, enojado por ello, mató a uno de ellos. Habiéndolo matado y quedando tranquilo, Saudasa, el primero de los hombres, se puso a mirar a aquel rakshasa. Su compañero, grandemente afligido, le dijo: “Oh vicioso, sin falta alguna has matado a mi compañero; por eso te aplicaré el castigo que mereces”. Habiendo dicho esto, el rakshasa desapareció de allí. Luego, con el tiempo, el príncipe Viryasaha llegó a ser rey. Saudasa se ocupó en celebrar un poderoso sacrificio del caballo en las cercanías de esta ermita. Vasishtha ofició como sacerdote en aquel sacrificio. Continuó durante muchos ayutas de años. Por sus inmensas riquezas, el sacrificio parecía uno celebrado por los celestiales. Entonces, cuando el sacrificio estaba a punto de terminar, el susodicho rakshasa, recordando su antigua enemistad, tomó la forma de Vasishtha y dijo al rey Saudasa: “Oh rey, hoy terminará el sacrificio; aliménteme, pues, sin demora con carne”. Oyendo las palabras del rakshasa disfrazado de brahmán, el rey ordenó a sus expertos cocineros, diciendo: “Preparen pronto platos de carne tales que satisfagan a mi preceptor Vasishtha”. Ordenados por el rey, los cocineros se retiraron reverentemente, y el rakshasa, tomando su forma, presentó los platos ante el rey. El rey y la reina ofrecieron aquellos platos al asceta Vasishtha, quien, tras serle servidos, percibió que eran de carne humana y, terriblemente enojado, dijo: “Oh rey, que sea tu alimento esto que me has ofrecido; esto no resultará de otro modo”. Enojado al oírlo, el rey Saudasa tomó agua en las palmas y estaba a punto de maldecir a Vasishtha cuando su reina, impidiéndoselo, dijo: “Oh rey, el ilustre gran asceta Vasishtha es nuestro preceptor y sacerdote, y por eso no debe usted maldecirlo”. Oyendo aquellas palabras de su reina, el rey Saudasa arrojó aquella poderosa agua sobre sus propios pies, que al punto se volvieron oscuros. Desde entonces el ilustre rey Saudasa fue conocido también con el nombre de Kalmashapada. Luego el rey con su esposa se inclinó una y otra vez a los pies de Vasishtha y le informó de lo que había hecho el rakshasa con la apariencia de un brahmán. Oyendo las palabras del rey y enterado de que aquel vil acto lo había cometido el rakshasa, Vasishtha dijo: “Oh rey, aun lo que he dicho con enojo no resultará vano. Sin embargo, le confiero este don: que al cabo de doce años quedará usted libre de esta maldición y, por mi favor, no guardará recuerdo alguno de su condición durante esos doce años”. Habiendo padecido así las consecuencias de la maldición, Saudasa, el matador de enemigos, obtuvo de nuevo su reino y gobernó a sus súbditos. Oh descendiente de Raghu, el terreno de sacrificio por el que me has preguntado pertenece al rey Saudasa». Habiendo oído así la espantosa historia del rey Saudasa y saludado al asceta Valmiki, Satrughna entró en una choza de paja.
Section 78
La misma noche en que Satrughna se alojó en una choza de paja, Sita dio a luz dos hijos gemelos. A medianoche los muchachos de los munis acudieron a Valmiki y le comunicaron esta auspiciosa nueva, diciendo: «Oh ilustre señor, la amada esposa de Rama ha dado a luz dos hijos; protéjalos usted de modo que los malos espíritus no puedan dañarlos». Oyendo aquellas palabras, el sumamente refulgente Valmiki fue allá y alcanzó un gran deleite al contemplar a aquellos dos sumamente refulgentes hijos, semejantes al sol recién salido y a los celestiales. Entonces dispuso remedios contra la opresión de fantasmas y trasgos. Tomando kusa (la parte superior de la hierba) y lava (la parte inferior), el gran asceta Valmiki hizo aquellos preparativos. Y, dando la kusa santificada con mantras en las manos de las ancianas, dijo: «Froten con esto la persona del niño mayor»; y, dándoles la lava, dijo: «Froten con esto la persona del hermano menor. Y de acuerdo con esto llamaré Kusa al primer hijo y Lava al segundo, y con esos nombres serán celebrados sobre la tierra». Entonces, tomando reverentemente de las manos de Valmiki la kusa y la lava, los medios de protección, las ancianas se ocuparon en guardarlos. Oyendo que Sita había dado a luz sin dificultad alguna dos hijos y que ancianas ascetas se ocupaban en protegerlos, y oyendo a medianoche el canto de las glorias de Rama, Satrughna pensó para sí: «Bienaventurado es que Sita haya dado a luz dos hijos». Y con este gozo la larga noche de Sravana pasó para él en un instante. Habiendo cumplido los ritos matinales al término de la noche y despedido del asceta Valmiki, Lakshmana partió hacia el oeste. Y, habiendo pasado siete noches, llegó por fin a la ermita de los piadosos rishis que vivían a orillas del Yamuna. Acogiéndose allí, entabló una agradable conversación con Chyavana y otros ascetas. Habiendo permanecido allí la noche y conversado con aquellos ascetas, el de alma elevada y heroico príncipe de los Raghus, Satrughna, se regocijó grandemente.
Section 79
Entonces, cuando llegó la noche, Satrughna interpeló al hijo de Bhrigu, Chyavana, diciendo: «Oh brahmán, ¿cuán poderoso es Lavana? ¿Y cuál es la fuerza de su dardo? ¿Qué personas han sido destruidas antes por este dardo en combate?». Oyendo las palabras del de alma elevada descendiente de Raghu, Satrughna, el sumamente refulgente Chyavana respondió diciendo: «Oh descendiente de Raghu, Lavana ha llevado a cabo muchas obras con este dardo; entre ellas, oye lo que hizo Mandhata, nacido en la raza de Ikshvaku. El antiguo rey de Ayodhya era conocido en los tres mundos con el nombre de Mandhata. Era hijo de Yuvanasva, sumamente poderoso y fuerte. Habiendo puesto el mundo entero bajo su sujeción, el rey Mandhata se ocupó en la conquista de la región celestial. Estando él ocupado en hacer preparativos para conquistar el mundo de los dioses, el jefe celestial Indra, con los demás inmortales, se aterró grandemente. Con esta pretensión subió el rey Mandhata a la región celestial: ocupar la mitad del trono y del reino de Indra y que los celestiales lo adoraran. Enterado de esta viciosa intención suya, Indra, el matador de Paka, lo consoló con dulces palabras, diciendo: “Oh primero de los hombres, ni siquiera en la tierra de los hombres has podido llegar a ser el verdadero rey. Sin someter perfectamente la tierra, ¿cómo deseas señorear el reino celestial? Si el mundo entero está bajo tu sujeción, oh héroe, sé instalado en el trono celestial con toda la hueste de tus servidores y soldados”. Habiendo dicho esto Indra, el de alma elevada Mandhata respondió: “Oh Sakra, ¿quién sobre esta tierra ha desobedecido mis órdenes?”. A lo cual Indra respondió: “Oh tú, sin pecado, el vagabundo de la noche Lavana, hijo de Madhu, que vive en Madhuvana, no está bajo tu dominio”. Oyendo aquellas espantosas y desagradables palabras de Indra, el rey bajó la cabeza de vergüenza y guardó silencio. Entonces, habiendo saludado a Indra de aquel modo, se marchó de allí y volvió a la tierra. Oh matador de enemigos, con el corazón enojado, con ejército y vehículos, fue a someter a Lavana, el hijo de Madhu, y le envió un emisario desafiándolo a la batalla. El embajador, llegado allí, dirigió muchas palabras desagradables a Lavana, y el vagabundo de la noche lo devoró. Por otra parte, viendo la tardanza de su regreso, el rey Mandhata, enojado, comenzó a asaltar al rakshasa Lavana con flechas por todos lados. Riendo salvajemente, Lavana tomó el dardo en la mano y lo arrojó para destruir al rey con sus seguidores. Entonces, cobrando poder, el dardo redujo a cenizas al rey con sus servidores y su ejército y volvió a Lavana. De este modo fue muerto el de alma elevada rey Mandhata con su enorme ejército. Oh gentil héroe, incomparable y grande es la fuerza del dardo. En verdad matarás a Lavana mañana por la mañana. Segura es tu victoria si Lavana no puede tomar su dardo. Las gentes quedarán tranquilas si logras la destrucción de Lavana. Oh primero de los hombres, te describiré luego el incomparable y espantoso poderío del de alma viciosa Lavana y de su dardo. Oh rey, con grandes esfuerzos mató Lavana a Mandhata, y no fácilmente. Oh tú, de mente elevada, mañana por la mañana destruirás sin duda a Lavana. Saldrá en busca de carne sin tomar su dardo. Y en ese momento, oh señor de los hombres, serás en verdad coronado con la victoria».
Section 80
Ocupados así en conversar acerca de cómo alcanzaría la victoria sin peligro alguno, Satrughna pasó la noche en un instante. Llegada la clara mañana, el heroico Lavana salió de su ciudad a recoger alimento. Entretanto, habiendo cruzado el río Yamuna, el heroico Satrughna, con el arco en las manos, se plantó a la puerta de la ciudad de Madhu. Luego, regresando al mediodía con muchos miles de animales, el vagabundo de la noche Lavana, de acciones espantosas, divisó a Satrughna plantado a la puerta con un arma en la mano. Entonces dijo: «¿Qué harás con esa arma? Oh vil criatura, enojado he devorado muchos miles de personas que empuñaban armas como tú. Ahora percibo que también tú has sido poseído por Kala. Oh hombre vil, estoy plenamente saciado. ¿Cómo has de entrar tú, por tu propia voluntad, en mi boca?». Habiendo dicho esto Lavana, riendo una y otra vez, el gran héroe Satrughna derramó lágrimas de cólera. Estando el de mente elevada Satrughna fuera de sí de rabia, de toda su persona brotó un lustre ardiente. Sumamente enojado, dijo al vagabundo de la noche: «Oh tú, de intelecto vicioso, deseo trabarme contigo en combate singular. Soy hijo del gran rey Dasaratha, hermano del inteligente Rama, y mi nombre es Satrughna. Mato a todos mis enemigos y he venido aquí a destruirte. Deseo ahora luchar contigo: entra en combate singular. Eres el enemigo de todos los animales. No podrás sobrevivir a mis manos». Habiendo dicho él esto, el rakshasa, riendo en voz alta, respondió a aquel primero de los hombres: «Tu entendimiento está desconcertado. Por la influencia del destino has caído bajo mi poder. El rakshasa Ravana era hermano de mis tías, oh tú, de entendimiento vicioso. Oh vil criatura, fue por su esposa por lo que Rama lo mató. Es por odio por lo que he tolerado la destrucción de la familia de Ravana y los he perdonado a todos ustedes. Son todos ustedes hombres viles; he matado y vencido a todos los de su familia que han pasado, y destruiré a todos los que viven y a los que vendrán a la existencia. Oh tú, de intelecto vicioso, si lo deseas lucharé contigo. Aguarda aquí mientras no traiga mi arma. Quédate aquí hasta que yo te mate con ella». A lo cual Satrughna respondió al punto: «¿Adónde irás mientras yo viva? Los hombres prácticos nunca dejan escapar a los enemigos que salen por su propia voluntad. El que invita a un enemigo a la batalla bajo la influencia de un entendimiento pervertido es muerto como un cobarde. Contempla este mundo de criaturas a tu entero contento, pues con diversas armas afiladas te despacharé a la morada de Yama, a ti, que eres el enemigo de los tres mundos y de Raghava».
Section 81
Oyendo las palabras del de alma elevada Satrughna, Lavana se enojó grandemente y le pidió una y otra vez que aguardara. Y, batiendo las manos y rechinando los dientes, desafió a la lucha a aquel primero de los Raghus, Satrughna. Y Satrughna, el matador de los enemigos de los celestiales, dijo al espantoso Lavana, dando salida a estas palabras: «Satrughna no había nacido cuando venciste a otros reyes; ve, pues, a la morada de la Muerte, asaltado por mis dardos. Oh tú, de alma viciosa, como los celestiales contemplaron muerto a Ravana, así los rishis y los doctos brahmanes te contemplarán a ti, destruido por mí. Oh rakshasa, en verdad el bien coronará las ciudades y las aldeas cuando caigas abrasado por mis flechas. Como los rayos del sol entran en el loto, así las flechas, duras como el rayo, disparadas por mis manos, entrarán en tu corazón». Fuera de sí de ira al oír aquellas palabras de Satrughna, Lavana arrojó un enorme árbol contra su pecho. Y Satrughna lo hizo cien pedazos. Viendo frustrada su acción, el rakshasa tomó de nuevo muchos árboles y los arrojó contra Satrughna, quien, con trescientas o cuatrocientas flechas curvas, los cortó todos en pedazos, uno por uno. Entonces, cuando el poderoso Satrughna lo asaltó con flechas, el rakshasa no sintió el menor dolor. Antes bien, riendo en voz alta, el valeroso rakshasa arrancó un árbol y lo golpeó con él en la cabeza. Con aquel golpe quedó herido y como muerto. Y, al caer allí aquel héroe, se levantó un terrible clamor entre los rishis, los celestiales, los gandharvas y las apsaras. Entonces, creyendo muerto a Satrughna, el vagabundo de la noche no entró en su casa, aunque tuvo la oportunidad; y, además, viéndolo caído y destruido, no tomó su dardo. Comenzó entonces a llevarse el alimento recogido. Recobrando el sentido en un instante, Satrughna, con un arma en la mano, se plantó a la puerta de la ciudad, y los rishis comenzaron a alabarlo. Entonces, habiendo tomado él una excelente flecha de puntería infalible, las diez regiones se llenaron de su brillo nativo. Su punta era como el rayo y su velocidad la misma, y parecía el Meru y el Mandara; sus junturas estaban todas curvadas. Nadie podía vencerla en batalla. Estaba untada de sándalo rojo semejante a la sangre, y sus plumas eran hermosas. Viendo aquel dardo semejante al fuego de la disolución, y espantoso como los señores de los danavas, las montañas y los asuras, las criaturas se aterraron grandemente. Más aún, turbados, los celestiales, los asuras, los gandharvas, los santos, las apsaras y todas las demás criaturas del mundo se acercaron al Gran Patriarca, el dispensador de dones, y dijeron: «Ha llegado el temor de los celestiales y la destrucción de las criaturas». Oyendo aquellas palabras, el Patriarca Brahma respondió: «Aunque es fuente de gran temor, no es espantoso para los celestiales». Luego dijo con dulces acentos: «Oigan, oh celestiales: Satrughna ha tomado esta flecha para la destrucción de Lavana. Por su energía hemos quedado todos abrumados. Esta refulgente y siempre existente flecha la hizo la Deidad Primordial, Vishnu, el señor de las criaturas. Hijos míos, la ardiente flecha que temen la hizo el de mente elevada Vishnu para matar a los demonios Madhu y Kaitabha. Y solo Vishnu conoce su energía. Este Satrughna es la primera porción de la persona de Vishnu; vayan todos ustedes de aquí y contemplen la destrucción del primero de los rakshasas, Lavana, a manos del de alma elevada y heroico Satrughna, el hermano menor de Rama». Oyendo las palabras del Patriarca Brahma, los celestiales llegaron al campo de batalla de Satrughna y Lavana y vieron que la flecha, sostenida por las manos de Satrughna, ardía como el fuego de la disolución. Viendo el firmamento cubierto de celestiales, Satrughna, el descendiente de Raghu, lanzando rugidos de león, miró una y otra vez hacia Lavana. Y, enardecido de nuevo por el de alma elevada Satrughna, y enojado, Lavana acudió al encuentro. Entonces, tensando su arco hasta las orejas, Satrughna, el más cumplido de los arqueros, disparó su flecha contra el espacioso pecho de Lavana. Y, traspasándole el corazón, aquella flecha entró con presteza en el Rasatala. Y, habiendo entrado en el Rasatala, aquella flecha, honrada por los celestiales, volvió de nuevo al descendiente de Raghu. Y, traspasado por aquel dardo, el vagabundo de la noche Lavana cayó a tierra como una montaña herida por el rayo. Muerto el rakshasa, aquella enorme flecha celestial pasó a poder de Rudra ante los dioses. Habiendo disipado el temor de los tres mundos con un solo dardo, aquel heroico Raghu, Satrughna, hermano menor de Lakshmana, sosteniendo excelente arco y flecha, parecía el Sol de mil rayos que disipa la oscuridad. Entonces, cantando las glorias de Satrughna, los celestiales, los rishis, los pannagas y las apsaras dijeron: «Oh hijo de Dasaratha, es en verdad una fortuna que tú, renunciando al temor, hayas alcanzado la victoria y que el rakshasa Lavana haya sido vencido como una serpiente».
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Muerto Lavana, los celestiales encabezados por Agni e Indra dijeron con dulces acentos a Satrughna, el sometedor de enemigos: «Oh hijo, es una fortuna que hayas sido coronado con el éxito tras matar al rakshasa Lavana. Acepta, pues, dones, oh primero de los hombres, oh tú, de votos firmes. Oh tú, de largos brazos, todos los que pueden conferir dones han llegado aquí; todos desean tu victoria; el vernos no queda sin fruto». Oyendo las palabras de los celestiales, el de grandes brazos y dueño de sí Satrughna se puso las manos sobre la cabeza y dijo: «Que esta pintoresca y encantadora ciudad de Madhu, construida por los celestiales, sea mi capital; este es el único don excelente que puedo pedir». Los celestiales, con el corazón regocijado, dijeron al descendiente de Raghu: «Tu deseo se cumplirá, y en verdad tu ciudad se convertirá en una pintoresca capital con el nombre de Surasena». Habiendo subido al firmamento los celestiales de alma elevada diciendo esto, el sumamente refulgente Satrughna trajo allí a los soldados que estaban acampados a orillas de la Ganga. Cuando los soldados llegaron allí, al oír las órdenes de Satrughna, él se ocupó en hacer los campamentos en el mes de Sravana. De este modo, por la intrepidez de la hueste celestial que tomó forma de país, aquella hermosa y pintoresca ciudad se levantó en el curso de doce años. Todos los campos de allí se llenaron de cosechas, e Indra comenzó a derramar lluvias a su debido tiempo. Y, protegidos por la fuerza de los brazos de Satrughna, todos los hombres de allí se volvieron valerosos y quedaron libres de enfermedades. Aquella ciudad a orillas del Yamuna parecía hermosa como la media luna y estaba llena de patios, tiendas, calles, hermosas casas, hombres de los cuatro órdenes y diversos artículos de comercio. Satrughna se ocupó entonces en embellecer con diversas obras ornamentales las espaciosas casas blancas que Lavana había construido antes. Contemplando la ciudad salpicada de diversos jardines excelentes y lugares de recreo, prósperamente llena de celestiales y de hombres, de diversos artículos de comercio y de mercaderes llegados de diversos países, Satrughna, el hermano menor de Bharata, alcanzó la satisfacción de su deseo y un exceso de deleite. Habiendo levantado así la hermosa ciudad, resolvió para sí: «Ha llegado el duodécimo año. Contemplaré ahora los pies de Rama». Entonces, habiendo erigido la ciudad, semejante a la región de los celestiales y llena de diversos hombres, el rey Satrughna, el que acrecentaba la raza de Raghu, se determinó a contemplar los pies de Rama.
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Entonces, cumplido el duodécimo año, Satrughna, con unos pocos servidores, soldados y seguidores, deseó partir hacia Ayodhya, protegida por Rama. Habiendo impedido que lo acompañaran su ministro y sus principales generales, partió con cien carros y caballería. Y, habiendo contado siete etapas en el camino, el sumamente ilustre descendiente de Raghu, Satrughna, llegó a la ermita de Valmiki. Y, habiéndose inclinado a los pies del principal de los munis, aquel primero de los hombres tomó de sus manos agua para lavarse los pies y el arghya, y aceptó su hospitalidad. El gran asceta Valmiki dirigió al de alma elevada Satrughna muchas dulces palabras. Refiriéndose primero a la destrucción de Lavana, dijo: «Matando a Lavana has llevado a cabo una obra muy difícil. Oh gentil, oh primero de los hombres, Lavana había matado en combate a muchos cientos de reyes sumamente poderosos con sus ejércitos y vehículos. Y tú has matado con facilidad a aquel rakshasa de alma viciosa, Lavana. Por tu poderío el mundo entero ha quedado libre de temor. Con gran dificultad había matado Rama a Ravana, pero tú, sin molestia alguna, has llevado a cabo esta gran obra. Muerto Lavana, los celestiales se han regocijado grandemente; más aún, se ha procurado el bienestar del universo entero y de todas las criaturas. Oh Raghava, oh primero de los hombres, presente en la asamblea de Vasava, presencié debidamente el combate de ambos. Oh Satrughna, también yo me he regocijado grandemente; por eso te huelo la coronilla, pues esta es la mejor expresión del amor». Diciendo esto, el de mente elevada Valmiki le olió la coronilla e hizo los preparativos para recibirlo a él y a sus seguidores. Después de la comida, Satrughna, el primero de los hombres, escuchó temas relativos a Rama, puestos en notas musicales. Aquellos temas estaban compuestos describiendo las primeras acciones de Rama. Estaban compuestos en sánscrito, ajustados a la melodía de un instrumento musical, adornados con todas las señales de la música vocal y dispuestos con acompañamiento de notas. Satrughna, el primero de los hombres, los oyó de principio a fin, preñados de verdad y compuestos de aquellas palabras. Y, al oírlo, quedó fuera de sí de gozo y sus ojos se llenaron de lágrimas. Y, permaneciendo aturdido algún tiempo y recobrando después el sentido, comenzó a respirar hondamente por exceso de sorpresa. Oyó en aquel canto los sucesos pasados como cosas que estaban ocurriendo. Y, oyéndolo, sus seguidores, con la cabeza baja y apesadumbrados, dijeron: «¡Maravilla!»; y, diciendo esto, comenzaron a conversar unos con otros: «¡Ay! ¿Dónde estamos? ¿Es esto un sueño? Hemos estado oyendo en esta ermita lo que no habíamos visto antes. ¡Qué maravilla que en un sueño oigamos un canto tan excelente!». Así grandemente sorprendidos, dijeron a Satrughna: «Oh primero de los hombres, pregunte usted particularmente acerca de esto a Valmiki, el primero de los ascetas». Estando todos así presos del deseo de saber, Satrughna dijo: «No es justo, oh soldados, que lo interroguemos de este modo. Hay muchas maravillas semejantes en la ermita de este asceta. No es, pues, decoroso preguntarle acerca de esto por deseo de saber». Habiéndose dirigido así a los soldados e inclinado ante el asceta, Satrughna, el descendiente de Raghu, entró en sus propios aposentos.
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Luego, yéndose a acostar, Satrughna comenzó a meditar en aquel excelente tema relativo a Rama, que trataba de diversos asuntos, y no conciliaba el sueño. En verdad, el de mente elevada Satrughna pasó la noche en un instante escuchando aquel encantador canto puesto en notas musicales. Pasada la noche, cumplió primero los ritos matinales y luego, con las manos juntas, se dirigió al primero de los ascetas, Valmiki, diciendo: «Oh ilustre señor, estoy ansioso de ver a Rama, el que acrecienta el deleite de la raza de Raghu. Y mi deseo es que usted, con los demás ilustres rishis, me conceda permiso para ello». Habiendo dicho esto Satrughna, el matador de enemigos, el gran asceta Valmiki lo abrazó y lo despidió. Él estaba sumamente ansioso de contemplar a Rama y, saludando al primero de los munis, partió con presteza hacia Ayodhya. Luego, habiendo entrado en la sumamente pintoresca ciudad de Ayodhya, el apuesto descendiente de los Ikshvakus, Satrughna, llegó adonde aguardaba el de largos brazos y sumamente refulgente Rama. Divisó allí a Rama en medio de los consejeros, como Indra entre los inmortales, ardiendo en su propia refulgencia. Y, habiéndose inclinado con las manos juntas ante Rama, cuyo poder era la verdad, Satrughna dijo: «Oh gran rey, he cumplido todos tus mandatos; he matado al vicioso Lavana y he llenado su ciudad de súbditos. Oh descendiente de Raghu, han pasado doce años sin ti; no deseo vivir más tiempo separado de ti. Ten, pues, compasión de mí, oh Kakutstha, de poderío no mitigado. Sin ti no puedo vivir para siempre en una provincia extranjera, como un niño sin madre». Habiendo dicho él esto, Rama lo abrazó y dijo: «No te aflijas, oh héroe. Esta no es acción decorosa para los kshatriyas. Los reyes, oh Raghava, nunca se cansan de vivir en tierra extranjera. Según la moralidad de los kshatriyas, su mayor deber consiste en gobernar a los súbditos. Oh heroico y primero de los hombres, ven de cuando en cuando a Ayodhya a verme y vuelve a tu propia ciudad. En verdad me eres más querido que la vida. Pero gobernar el reino es un deber ineludible. Quédate, pues, oh Kakutstha, conmigo siete noches, y después vuelve a tu ciudad con tus servidores, tu ejército y tus vehículos». Oyendo aquellas palabras morales y encantadoras de Rama, Satrughna respondió abatido, diciendo: «Se cumplirá tu orden». Entonces Satrughna, muy diestro en el uso de los arcos, permaneció con Rama siete noches y luego se dispuso para la partida. Entonces, habiéndose despedido de Bharata y de Lakshmana, el de alma elevada Satrughna, cuyo poder era la verdad, partió con presteza hacia su ciudad en un enorme carro. Los de alma elevada Lakshmana y Bharata lo siguieron a pie durante algún trecho.
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Habiéndose despedido de Satrughna, Rama, el descendiente de Raghu, se regocijaba grandemente gobernando piadosamente a sus súbditos en compañía de Bharata y Lakshmana. Pasados algunos días de este modo, un aldeano, un anciano brahmán, llegó a la puerta del palacio con un cadáver. Aquel brahmán, herido de afecto, se lamentaba una y otra vez con diversos acentos lastimeros, exclamando: «¿Qué crimen atroz cometí en mi nacimiento anterior para verme obligado a presenciar la muerte de mi hijo? Hijo mío, todavía no habías cumplido catorce años. Para mi desdicha has encontrado una muerte prematura. En verdad, por el dolor de tu pérdida, oh hijo mío, yo y tu madre seremos pronto arrebatados por la muerte. No recuerdo haber dicho nunca una falsedad, ni haber herido a un animal, ni haber perpetrado ningún otro crimen. Por tanto, por alguna otra acción pecaminosa, este niño, sin cumplir los deberes de hijo para con sus padres, ha ido a la morada de la muerte. Salvo bajo el gobierno de Rama, nunca he visto ni oído hablar de la espantosa muerte de un niño así, que no ha alcanzado la edad. En verdad, Rama ha perpetrado una gran iniquidad por la cual los niños, durante su administración, encuentran una muerte prematura. En otros gobiernos los niños no tienen temor de semejante muerte prematura. Por tanto, oh rey, confiera usted la vida a este niño muerto. De lo contrario, con mi esposa renunciaré a la vida a esta puerta, como quien no tiene señor. Oh Rama, manchado por el pecado que acarrea la destrucción de un brahmán, viva usted largo tiempo feliz con sus hermanos. Oh usted, de gran poderío, hasta ahora hemos vivido felices en su reino. Y ahora, oh Rama, bajo su dominio, nos aflige el pesar de la muerte de nuestro hijo. Hemos caído bajo la influencia de Kala; así, en su reino no hay para nosotros la menor felicidad. Habiendo alcanzado a Rama por señor, el reino de los Ikshvakus de alma elevada ha llegado a la condición de uno que no tiene amo, puesto que durante el gobierno de Rama se ha producido la muerte de un niño. Pues, cuando un rey gobierna impíamente, los súbditos sufren calamidades por su pecado. Y, cuando un rey sigue malos caminos y no gobierna a los súbditos con rectitud, las gentes encuentran una muerte prematura. Por tanto, cuando un rey no reprime los crímenes cometidos por las gentes, sea en las ciudades o en las provincias, sobreviene el temor de la muerte prematura. Es evidente, pues, que sin duda el pecado del rey ha aparecido en las ciudades y las provincias. Y por esa razón este niño ha encontrado la muerte». Abrumado de pesar, aquel anciano brahmán reconvino una y otra vez al rey con estas palabras lastimeras, y luego cubrió el cuerpo muerto (de su hijo).
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Oyendo aquellas dolorosas palabras del brahmán, Rama se afligió grandemente y mandó llamar a Vasishtha, a Vamadeva, a sus hermanos, a los ciudadanos y a los consejeros. Entonces, habiendo entrado en el aposento en compañía de Vasishtha, ocho brahmanes bendijeron al rey Rama, semejante a un celestial, diciendo: «Que la victoria te corone». Habiendo tomado asiento Markandeya, Maudgalya, Vamadeva, Kasyapa, Katyayana, Javali, Gautama y Narada, estos ocho principales brahmanes, Rama los saludó con las manos juntas. Y mostró la debida cortesía a su ministro, a los ciudadanos, a los rishis y a todos los demás. Entonces, acomodados en sus asientos todos los sumamente refulgentes rishis, Rama narró debidamente ante ellos el caso del brahmán y dijo: «Este brahmán aguarda a la puerta del palacio». Oyendo aquellas palabras del abatido rey, Narada, en presencia de todos los demás rishis, respondió: «Oye, oh rey, por qué este niño ha encontrado una muerte prematura. Y, oyéndolo, oh descendiente de Raghu, resuelve lo que creas justo. Oh rey, en la edad de oro solo los brahmanes se ocupaban en el ascetismo. En aquella edad, salvo los brahmanes, ninguna otra casta llevaba la vida de ermitaño. Y por esto los brahmanes eran la casta más alta, refulgentes en el ascetismo, libres de ignorancia, por encima de la muerte y conocedores de las tres edades. Luego, al final de la edad de oro, el entendimiento de los brahmanes se relajó y comenzó el Treta Yuga. En esta edad nacieron los kshatriyas, dotados del poder adquirido por el ascetismo anterior. Y aquellos hombres, entregados a austeras penitencias, que nacieron en la edad Treta, eran más poderosos y mayores devotos que los de la edad anterior. En la edad de oro los brahmanes eran más poderosos que los kshatriyas. Pero en la edad Treta los brahmanes y los kshatriyas eran igualmente poderosos. Así, en la edad Treta, no viendo una preeminencia de los brahmanes mayor que la de los kshatriyas, Manu y otros guías religiosos de aquel tiempo compusieron el Sastra que describe y establece las cuatro divisiones de las castas. De este modo la edad Treta fue fecunda en las virtudes de los cuatro varnas y en muchos sacrificios piadosos, y estuvo libre de iniquidades. Pero, atacada un poco por la iniquidad, apareció sobre la tierra una porción de pecado. Y, volviéndose impías, las gentes perdieron su fuerza. Y, por las casas y las tierras que habían sido propiedad de la edad anterior, las gentes del Treta Yuga fueron poseídas por la envidia, fruto de la cualidad de la oscuridad. Y, con el desvanecimiento de la piedad sobre la tierra durante el Treta, apareció el sucio pecado de la mentira. Y, extendiendo esta iniquidad un paso, el plazo de la vida de las gentes, por los pecados, quedó limitado. Y, descendiendo a la tierra el pecado de la mentira, las gentes, para evitar la extinción de la vida a consecuencia de ello, se volvieron veraces y se ocuparon en muchas observancias piadosas. Durante la edad Treta los brahmanes y los kshatriyas se ocupaban en austeras penitencias, y los vaisyas y los sudras en servirlos. Y la mayor piedad de los vaisyas y los sudras en aquel tiempo consistía en servir a los brahmanes y a los kshatriyas, y en especial para los sudras la más alta religión era servir a las gentes de todos los varnas. Oh primero de los reyes, al final de la edad Treta, estando los vaisyas y los sudras plenamente dominados por el pecado de la mentira, también los brahmanes y los kshatriyas se debilitaron. Y, introducido entre los seres el segundo pie de la impiedad, comenzó la edad Dvapara. Oh primero de los hombres, durante esta edad, cortadas dos piernas de la piedad, la impiedad y la mentira se multiplicaron. Y en el Yuga llamado Dvapara los vaisyas se ocuparon en devotas penitencias. De este modo, en tres edades, los tres varnas se ocuparon gradualmente en prácticas ascéticas. La piedad del ascetismo quedó gradualmente establecida, por Yugas, en tres varnas. Pero, oh primero de los hombres, en estos tres Yugas los sudras no tenían derecho a las virtudes de las devotas penitencias. Oh primero de los hombres, la casta degradada, los sudras, se han entregado durante tu gobierno a austeras penitencias. Y en el Kali Yuga el ascetismo quedará establecido en los sudras. Oh rey, aun en el Dvapara las devotas penitencias de los sudras se consideraban impiedad, ¡qué decir de la edad Treta! Oh rey, un sudra, bajo la influencia de un entendimiento vicioso, ha comenzado devotas penitencias dentro de tu reino. Y por esa razón este niño ha encontrado la muerte. La calamidad sobreviene en el reino donde una persona de mente viciosa comete una iniquidad, y aquel vicioso y el rey van en verdad con presteza al infierno. El rey que gobierna piadosamente a sus súbditos recibe la sexta parte de su estudio, su ascetismo y sus buenas acciones. Puesto que el rey tiene derecho a la sexta parte de todo, ¿por qué no habría de proteger plenamente a sus súbditos? Por tanto, oh jefe de los hombres, reúne todas las noticias de tu reino. Y aplícate luego a reprimir los vicios dondequiera que los halles. Y con ello, oh primero de los hombres, la piedad de los súbditos aumentará, el plazo de su vida se prolongará y este niño recobrará la vida».
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Oyendo las dulces palabras del santo celestial Narada, Rama se regocijó grandemente y, dirigiéndose a Lakshmana, dijo: «Oh gentil, consuela a aquel primero de los nacidos dos veces y pon el cuerpo muerto del niño en una tinaja llena de aceite. Que este cuerpo sea protegido con aceite de dulce aroma, para que no se corrompa en modo alguno. Cuida de que no se desfigure, de que no se aflojen sus junturas y de que no se le caigan los cabellos». El sumamente ilustre Rama, el descendiente de los Ikshvakus, ordenó así a Lakshmana, dotado de señales auspiciosas, y luego pensó en su carro y deseó que viniera pronto a él. Comprendiendo su intención, el carro dorado apareció ante él en un instante y, saludándolo, dijo: «Oh usted, de largos brazos, ha llegado su carro». Oyendo las dulces palabras de Pushpaka, el rey Rama saludó a los grandes ascetas, subió al carro con su ardiente arco, su carcaj y su daga y dejó a Bharata y a Lakshmana a cargo de la ciudad. Y, buscando aquí y allá a aquel devoto sudra, Raghava se dirigió hacia el oeste. Y, no viéndolo allí, fue al norte, limitado por el Himalaya. Y tampoco allí divisó al asceta sudra, ni se veía allí la menor iniquidad. Entonces, regresando de aquella región, el rey recorrió de un extremo a otro todo el oriente. Y, sentado en el carro Pushpaka, vio que la región oriental era transparente como un espejo y que no había allí ni el más leve toque de pecado. Del oriente Raghava se dirigió hacia el sur y divisó un gran estanque junto al monte Saivala. A orillas de aquel estanque un asceta practicaba las más austeras penitencias, con las piernas hacia arriba y la cabeza hacia abajo. Entonces, acercándose a él, Rama dijo: «Oh tú, de buenos votos, bienaventurado eres; te pregunto ahora, oh tú, sumamente refulgente y envejecido en el ascetismo, en qué varna has nacido. Hago esta pregunta por deseo de saber. Soy hijo del rey Dasaratha y mi nombre es Rama. ¿Para qué pasas por tan duras austeridades? ¿Es el cielo o alguna otra cosa lo que pides? Oh asceta, deseo oír el propósito por el cual practicas tan duras penitencias. ¿Eres brahmán, o un irreprimible kshatriya, o de la tercera casta, vaisya, o sudra? Di la verdad y serás coronado de buena fortuna». Oyendo las palabras de Rama, el asceta, cuyo rostro estaba vuelto hacia abajo, declaró su nacimiento degradado y le comunicó para qué practicaba observancias ascéticas.
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Oyendo las palabras de Rama, de acciones incansables, el asceta, con el rostro hacia abajo, dijo: «Oh sumamente ilustre Rama, he nacido en la raza de los sudras; y con el propósito de alcanzar con mi cuerpo la región de los celestiales paso por estas austeras penitencias. Oh Kakutstha, nunca diré una falsedad, puesto que deseo conquistar la región de los dioses. Soy sudra y mi nombre es Sambuka». Habiendo dicho esto el asceta sudra, Rama sacó de la vaina una hermosa espada afilada y le cortó con ella la cabeza. Y, muerto aquel sudra, Indra, Agni y los demás celestiales lo alabaron una y otra vez y derramaron flores. Y, grandemente regocijados, los celestiales dijeron a Rama, cuyo poder era la verdad: «Oh usted, de gran mente, ha llevado a cabo admirablemente esta obra digna de un dios. Oh matador de enemigos, pida ahora un don. Oh descendiente de Raghu, muerto por usted, este sudra ha podido alcanzar la morada de los celestiales». Oyendo las palabras de las deidades, Rama, cuyo poder era la verdad, dijo con las manos juntas a Purandara, el de mil ojos: «Si los celestiales están complacidos, pido este don: que el hijo del nacido dos veces sea devuelto a la vida. Confiéranme ustedes este don; este es el objeto que deseo. Es por mi conducta inicua por lo que este único hijo del brahmán ha encontrado una muerte prematura. Devuélvanle ustedes la vida. He prometido ante aquel principal nacido dos veces que devolvería la vida a su hijo; no me hagan, pues, mentiroso». Oyendo las palabras de Rama, los principales celestiales dijeron regocijados: «Regrese usted, oh Kakutstha. El niño brahmán recobrará inmediatamente la vida y se reunirá con su padre, su madre y sus amigos. Oh Raghava, con la muerte del sudra el niño ha recobrado la vida. Quede tranquilo; ¡que la fortuna le sea propicia! Oh primero de los hombres, también nosotros regresamos con el corazón regocijado. Oh Raghava, deseamos contemplar la ermita del gran santo Agastya. Habiendo sido iniciado, aquel sumamente refulgente santo brahmán ha vivido dentro de las aguas durante doce años; su voto ha terminado ahora. Oh Kakutstha, iremos ahora a dar la bienvenida a aquel muni. Síganos usted también para ver a aquel santo». Diciendo «¡Así sea!» a las palabras de los celestiales, aquel descendiente de Raghu subió a su carro dorado Pushpaka. Y, habiendo subido a espaciosos carros, los celestiales partieron hacia la ermita de Agastya, nacido de un kumbha. También Rama los siguió. Entonces, viendo presentes a los celestiales, el de alma virtuosa Agastya, joya del ascetismo, les dio una bienvenida especial. Habiendo aceptado su adoración y adorado a su vez a aquel gran muni, los inmortales, regocijados, partieron hacia sus moradas con sus seguidores. Habiéndose marchado los celestiales, Rama descendió de Pushpaka y saludó a aquel refulgente y primero de los rishis, Agastya. Y, habiendo recibido la debida hospitalidad, se sentó allí. Entonces el sumamente refulgente y principal asceta Kumbhayoni dijo: «Oh Raghava, me he regocijado grandemente con tu venida. Por mi buena fortuna te he visto hoy. Oh Rama, te amo porque estás dotado de muchas cualidades. Oh rey, eres mi venerable huésped. Estaba pensando en ti. Los celestiales me informaron de que venías tras haber matado al asceta sudra. Has observado la piedad y has devuelto la vida al niño muerto del brahmán. Pasa esta noche conmigo, oh Raghava. Tú eres el apuesto Narayana. En ti está asentado el universo entero. Eres el señor de todas las criaturas y el eterno Purusha. Irás a tu ciudad mañana por la mañana en tu carro Pushpaka. Este ornamento, oh gentil, lo ha hecho el arquitecto de los celestiales; su hechura es muy hermosa y deslumbra con su propio lustre. Aceptándolo, oh Kakutstha, satisface mi deseo. Se dice que uno alcanza los mejores frutos si hace presente a su deidad de los mejores objetos que recibe de otro. Tú eres la única persona digna de usar este ornamento. Solo tú eres capaz de conferir los mejores frutos. Tú proteges a Indra y a los demás celestiales. Por tanto, te ofrezco debidamente este ornamento. Oh rey, acéptalo». Entonces, meditando en los deberes de los kshatriyas, el heroico Rama, el primero de los inteligentes, dijo: «Oh ilustre señor, solo los brahmanes pueden aceptar presentes; ¿cómo pueden hacerlo los kshatriyas? Recibir dones es la función de los brahmanes; para los kshatriyas es motivo de censura. Además, recibir presentes de un brahmán es sumamente culpable. Dígame, pues, cómo puedo aceptar este ornamento». Oyendo las palabras de Rama, el gran santo Agastya respondió diciendo: «Oh Rama, oh hijo de Dasaratha, al principio de la edad de oro las gentes no tenían rey; pero Vasava era el gobernante de los celestiales. Por eso, para obtener un rey, los hombres se acercaron a Brahma, el dios de los dioses, y dijeron: “Oh deidad, usted ha puesto a Indra como gobernante de los celestiales; por tanto, oh señor de las criaturas, confiéranos también a nosotros un rey que sea el primero entre los hombres; adorándolo quedaremos libres de todos los pecados. No viviremos sin rey: tal es nuestra firme resolución”. Entonces el Patriarca Brahma mandó llamar a Indra y a las demás deidades y dijo: “Den todos ustedes una porción de sus respectivas energías”. Entonces las deidades dieron cada una una porción de sus propias energías. Entonces Brahma hizo un kshupa, o sonido, y de él se originó un rey con el nombre de Kshupa. Y en su persona puso Brahma en iguales proporciones las energías de las deidades. Después hizo a Kshupa el primer rey de los hombres. En virtud de la porción de la energía de Indra, el rey Kshupa puso la tierra bajo su dominio; por la de la energía de Varuna nutrió su propio cuerpo; por la porción de Kubera confirió riquezas a sus súbditos; y por la de Yama los gobernó. Por tanto, oh Rama, en virtud de la porción de Indra, acepta este ornamento y confiéreme la salvación». Oyendo las palabras del muni, Rama tomó de él aquel brillante ornamento celestial que ardía como los rayos del Sol. Y, habiendo tomado aquel excelente ornamento, Dasarathi preguntó al gran santo Kumbhayoni, diciendo: «¿De dónde ha obtenido usted este ornamento celestial de maravillosa hechura? ¿Quién se lo ha dado? Brahmán, se lo pregunto así por deseo de saber. Es usted la mina de muchas maravillas». A lo cual Agastya respondió, diciendo: «Escucha, oh Rama, cómo obtuve este ornamento en la edad Treta».
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«Oh Rama, en la edad Treta había un enorme bosque que se extendía cien yojanas, despojado de animales y de hombres. En aquel bosque solía yo practicar mis austeras penitencias. Una vez comencé a recorrer todo el bosque, deseoso de ver bien todos sus rincones. Y vi que era imposible averiguar cuán agradable era aquel bosque. En todos los lugares había árboles con profusión de dulces frutos y raíces. En medio divisé un estanque que se extendía un yojana. No había musgo en aquella agua profunda, tranquila, clara y dulce; había lotos y nenúfares, y cisnes, karandavas, chakravakas y muchas otras aves acuáticas jugaban en las aguas. Oh señor de las criaturas, no lejos de aquel estanque vi una antigua y santa ermita, pero no había criatura ni animal alguno en torno a ella. Era verano, y pasé aquella noche en aquella ermita. A la mañana siguiente, dejando el lecho, llegué a las orillas del estanque y vi en las aguas un cuerpo muerto, rollizo. Ninguno de sus miembros estaba pálido, y su belleza no se había echado a perder. Viéndolo y de pie en la orilla, comencé a meditar sobre él. Y pensé: “¿Qué es esto?”. En un momento divisé un hermoso carro, veloz como la mente y tirado por gansos. Y vi en aquel carro a una persona celestial. Lo atendían apsaras adornadas de ornamentos celestiales y de ojos de loto. Unas cantaban, otras danzaban y otras tocaban el mridanga, la vina y otros instrumentos musicales, y otras abanicaban su rostro como un loto con valiosos abanicos de cola de yak, de oro, deslumbrantes como los rayos de la luna. Oh Rama, el primero de la raza de Raghu, como la luna que abandona la cumbre del monte Sumeru, aquella criatura celestial bajó de su asiento en el carro y se puso a devorar el cuerpo muerto. Y, habiendo tomado bastante carne, bajó a las aguas y cumplió debidamente la ablución. Y después aquel ser celestial se dispuso de nuevo a subir al carro. Oh primero de los hombres, viendo a aquel ser celestial a punto de subir, lo interpelé diciendo: “¿Quién es usted? Veo que tiene una forma celestial; ¿por qué, entonces, ha tomado un alimento tan abominable? Oh usted, adorado por los inmortales, las personas como usted no deben tomar tales comidas. Oh gentil, me ha asaltado un gran deseo de saber y deseo oírlo todo. Que viva usted de un cuerpo muerto no me parece agradable”. Oh rey, llanamente y por deseo de saber le hice estas preguntas. Y, oyéndolas, el ser celestial me lo relató todo».
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«Oh Rama, oyendo mis palabras, preñadas de sólido razonamiento, aquel ser celestial dijo con las manos juntas: “Oiga, oh brahmán, de qué causa inevitable ha procedido este incidente feliz y a la vez doloroso. Florecía en los días de antaño un rey de Vidarbha, sumamente ilustre y poderoso, de nombre Sudeva, conocido en los tres mundos. Él era mi padre. Sus dos reinas le dieron a luz dos hijos. Mi nombre es Sveta, y el nombre de mi hermano menor era Suratha. Tras la muerte de mi padre, los súbditos me instalaron en el trono, y los goberné piadosa y cuidadosamente durante mil años. Por alguna razón llegué a ser informado de cuál era la extensión de mi vida. Y, cuando percibí que el plazo de mi vida casi había expirado, entré en la vida de vanaprastha. Y, habiendo puesto en el trono a mi hermano Suratha, entré en un denso bosque, vacío de hombres y animales, no lejos de este estanque, para practicar devotas penitencias. Y practiqué austeridades largo tiempo cerca de este estanque. Habiendo practicado duras penitencias en este bosque durante tres mil años, alcancé por fin la región de Brahma. Y, aunque había llegado a la región de Brahma, todavía me asaltaban el hambre y la sed. Y poco a poco me fui cansando con ello. Entonces, acercándome al patriarca Brahma, el señor de los tres mundos, dije: ‘Oh Brahma, aquí no hay hambre ni sed; ¿por qué, entonces, he quedado bajo su dominio? ¿De qué iniquidad mía es este el fruto? Oh deidad, dígame de qué he de vivir’. A lo cual el patriarca respondió: ‘Oh hijo de Sudeva, vive cada día de carne de dulce sabor. Oh Sveta, solo atendiste al crecimiento de tu persona cuando practicaste rígidas penitencias. Oh tú, de gran mente, nada crece cuando nada se siembra. Solo practicaste penitencias ascéticas, pero no hiciste ningún don de caridad. Es por esa razón, oh hijo mío, por lo que, aun en el cielo, te asaltan el hambre y la sed. Así pues, vive ahora de tu propio cuerpo muerto, nutrido con diversos alimentos. Con esto podrás mantener tu ser. Oh Sveta, quedarás libre de esta aflicción cuando el irreprimible y gran santo Agastya llegue a aquel bosque. Oh gentil, aun a los inmortales puede dar la salvación; ¿qué maravilla es que te libre de las miserias del hambre y la sed?’. Oh primero de los nacidos dos veces, desde el momento en que oí aquellas palabras del gran Brahma, el dios de los dioses, me he ocupado en esta obra maldita de alimentarme de mi propio cuerpo muerto. Oh brahmán, durante muchos largos años he vivido de este cadáver, y aun así no he acabado todavía con él. Oh santo, también yo obtengo satisfacción de él; ahora comprendo que usted es el ilustre Agastya, nacido de un kumbha, pues ningún otro es capaz de venir aquí; sálveme, pues, de este dolor a mí, que estoy afligido por grandes miserias. Oh primero de los nacidos dos veces, oh gentil, tome este ornamento; ¡que la fortuna le sea propicia! Séame propicio. Oh brahmán, le confiero oro, riquezas, diversas ropas, manjares, excelentes ornamentos y otros diversos objetos de deseo y goce. Oh primero de los munis, sálveme con compasión”. Oyendo aquellas palabras del ser celestial, que movían a piedad, acepté este ornamento con el fin de salvarlo. Y en cuanto tomé este ornamento desapareció aquel cuerpo humano del santo real. Y, disuelto el cuerpo, el santo real Sveta, grandemente regocijado, se fue felizmente a la tierra de los inmortales. Es por esta razón, oh Kakutstha, por lo que aquel santo real, semejante a Indra, me confirió este maravilloso ornamento celestial».
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Oyendo las maravillosas palabras del gran santo Kumbhayoni, Rama, por su gran deseo de saber y por la importancia del asunto, le preguntó de nuevo, diciendo: «Oh brahmán, ¿por qué estaba aquel denso bosque, en el que el rey Sveta solía practicar duras penitencias, despojado de aves y animales? ¿Y cómo fue él a aquel bosque, vacío de hombres y animales, para someterse a penitencias? Deseo oír la verdad». Oyendo las palabras de Rama, presa del deseo de saber, el sumamente refulgente santo Agastya dijo: «Oh Rama, antiguamente, en la edad de oro, Manu era el rey. Su hijo era Ikshvaku. Habiendo instalado al irreprimible Ikshvaku, Manu dijo: “Sé tú el señor de las criaturas”. Diciendo “Así sea”, Ikshvaku aceptó el mandato. Entonces, grandemente regocijado, Manu dijo a su hijo: “Me he complacido sumamente contigo. En verdad llegarás a ser un príncipe muy generoso. Gobernarás a los súbditos aplicándoles el castigo debido, pero no los castigues sin falta alguna. Si el castigo que un rey inflige al culpable es justo, se vuelve instrumento para llevar al cielo al que lo da. Por tanto, oh hijo mío, de grandes brazos, sé particularmente cuidadoso en cuanto al castigo, pues por él adquirirás gran piedad”. Habiendo aconsejado así a Ikshvaku, Manu se fue regocijado a la región de Brahma. Tras la partida de Manu, el refulgente Ikshvaku pensó en los medios de crear progenie. Entonces, cumpliendo muchos ritos piadosos, el hijo de Manu engendró cien hijos. Oh descendiente de Raghu, el menor de todos aquellos hijos resultó estúpido e ignorante y no respetaba a sus hermanos mayores. Y, pensando que por eso debía ser castigado, llamó a este hijo “Danda”. Luego, no hallando otra provincia digna de Danda, le asignó la región entre el Vindhya y el Saivala. Danda llegó a ser rey de aquel pintoresco valle. Y, habiendo levantado allí una hermosa ciudad, la llamó Madhumanta y nombró sacerdote suyo a Sukracharya, de votos firmes. Habiendo establecido así su reino, Danda, con su sacerdote, comenzó a señorear sobre él, lleno de gentes sanas y regocijadas, como el señor de los celestiales en su región. Oh Rama, como Mahendra gobierna su reino del cielo bajo la guía de Vrihaspati, el preceptor de los celestiales, así Danda, el nieto de Manu, gobernó su propio reino con la ayuda de Usanas».
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Habiendo relatado esta historia a Rama, el gran santo Agastya dijo de nuevo: «Oh Kakutstha, habiendo sometido sus pasiones, el rey Danda reinó sin turbación de este modo durante muchos largos años. Entonces, en la primavera, en el mes de Chaitra, el rey llegó a la pintoresca ermita del preceptor Sukra. En aquel momento la hija de Sukra, sin igual en belleza y gracia, paseaba por el bosque. El rey vio a aquella joya de muchacha y, herido de lujuria e inquieto, se acercó a ella y dijo: “Oh tú, de hermosa cintura, oh bella dama, ¿de quién eres hija? Oh tú, de rostro como la luna, me han asaltado las flechas de Cupido, y por eso te interpelo así”. Oyendo las palabras del de alma viciosa Danda, enloquecido de lujuria, la hija de Sukra dijo humildemente: “Oh rey de reyes, soy la hija del preceptor Sukra, de acciones incansables, y mi nombre es Araja. Vivo en esta ermita; oh rey, no me toque por la fuerza, pues soy doncella y por tanto estoy bajo la tutela de mi padre. Además, mi padre es mi preceptor, y usted es también su discípulo. Enojado, lo maldecirá con una maldición. Oh primero de los hombres, si abriga algún deseo por mí, pídamela honrada y piadosamente a mi padre. De lo contrario, sufrirá a la larga espantosas consecuencias. Cuando se enciende de ira, mi padre puede reducir a cenizas aun los tres mundos. Oh usted, de persona intachable, si se lo pide, mi padre quizá me entregue en manos de usted”. Habiendo dicho esto Araja, el rey Danda, enloquecido de lujuria, poniendo las palmas juntas sobre la cabeza, dijo: “Sé propicia conmigo, oh tú, de hermosa persona; no te demores ni un momento. Mi corazón estalla por ti, oh tú, de rostro como la luna. Por alcanzarte puedo tomar sobre mí aun mi propia destrucción o una espantosa iniquidad. Búscame, oh bella dama; estoy fuera de mí por ti”. Dicho esto, el rey la violó por la fuerza. Habiendo perpetrado tan gran iniquidad, regresó con presteza a su propia ciudad, Madhumanta. Araja lloraba en voz alta en el bosque, no lejos de la ermita, y aguardaba a su padre, que se había ausentado para visitar a los celestiales».
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«Entonces, habiéndolo oído todo acerca de Araja de boca de un discípulo, él, rodeado de sus alumnos, llegó a su propia ermita y la vio allí abatida, manchada de polvo, como los rayos matinales de la luna poseída por un planeta. Estaba herido de hambre y se enojó grandemente al ver a su hija en aquel estado miserable, como si abrasara los tres mundos con su rabia. Dirigiéndose a sus alumnos, dijo: “Presencien hoy la espantosa calamidad que, nacida de mi ardiente ira, caerá sobre el vicioso Danda, que pisa la senda de la inmoralidad. Este vil ha puesto las manos en la llama ardiente, y por eso encontrará la destrucción junto con sus seguidores. Puesto que aquel ser vil ha perpetrado un crimen tan espantoso, sufrirá en verdad sus consecuencias. Dentro de siete noches, el malvado y vicioso Danda, con su hijo, sus soldados y su séquito, encontrará la muerte. Derramando polvo, Indra destruirá, en una extensión de cien yojanas, el territorio de este rey vicioso. Y todas las criaturas móviles e inmóviles, dondequiera que estén, serán destruidas con esta lluvia de polvo. Todos los animales, hasta donde se extienda el territorio de este Danda, serán destruidos dentro de siete noches”. Dicho esto, con los ojos enrojecidos de ira, Usanas, el hijo de Bhrigu, dijo a los moradores de su ermita: “Vayan todos ustedes y aguarden fuera de este reino”. Oyendo las palabras del preceptor Sukra, los moradores dejaron la ermita y vivieron en un lugar más allá del límite de los territorios de Danda. Habiéndose dirigido así a los moradores de la ermita, el gran santo dijo a Araja: “Oh desdichada muchacha, aguarda con mente devota en esta ermita. Sin inquietud alguna, oh Araja, aguarda el momento en las pintorescas orillas de este estanque que se extiende un yojana. Dentro de siete noches, quienquiera que se te acerque será destruido con esta lluvia de polvo”. Oyendo las palabras del santo brahmán y preceptor Sukra, Araja dijo afligida a su padre: “Así se hará”. Entonces Sukracharya se fue y vivió en otro lugar. Según las palabras del santo, todo el reino de Danda, con sus servidores, su ejército y sus vehículos, fue destruido dentro de siete noches. Rama, en la edad de oro, la provincia entre los montes Vindhya y Saivala que comprendía los territorios de Danda, maldecida por el santo brahmán a consecuencia de la iniquidad del de alma viciosa, quedó reducida a un desierto. Desde entonces lleva el nombre de bosque de Dandaka. Y se llama también Janasthana porque los ascetas solían practicar austeridades allí. Oh Raghava, así te he relatado todo lo que me preguntaste. Oh héroe, ha llegado el tiempo de cumplir los ritos vespertinos. Mira, oh primero de los hombres: habiéndose bañado, los grandes santos, por todos lados, con tinajas llenas de agua, adoran al sol. Habiendo aceptado la adoración en forma de himnos védicos cantados por brahmanes versados en los Vedas, el ilustre Aditya está a punto de ponerse. Por tanto, oh Rama, cumple tú la ceremonia».
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Oyendo las palabras del gran santo, Rama, para cumplir la adoración vespertina, fue al estanque lleno de apsaras; y, habiendo cumplido la adoración, regresó de nuevo a la ermita del de alma elevada Agastya. Entonces el gran asceta le ofreció como alimento muchos kandas sustanciosos, raíces, oshadhis y el santo arroz sali. Y, tomando aquel arroz cocido semejante al néctar, Rama, el primero de los hombres, se regocijó grandemente y pasó allí la noche. Habiéndose levantado por la mañana y cumplido las ceremonias necesarias, se acercó al asceta para despedirse y, saludándolo, dijo: «Oh gran rishi, le pido permiso para ir a mi propia morada. Permítamelo. Oh usted, de alma elevada, he sido sumamente favorecido y bendecido al contemplarlo. Vendré de nuevo en otra ocasión para librarme de los pecados». Oyendo aquellas maravillosas palabras de Rama, Agastya, cuya riqueza era el ascetismo, dijo regocijado: «Oh Rama, estas palabras, dispuestas en letras encantadoras, son sumamente maravillosas. Oh descendiente de Raghu, tú eres el purificador de todas las criaturas. Oh Rama, el que te contempla, aunque sea un momento, se vuelve puro y digno de ir al cielo. Aun las principales deidades lo adoran. Los que sobre la tierra te echan miradas espantosas caen al punto bajo el poder de Yama y se ven obligados a ir al infierno. Oh primero de los Raghus, tú eres el purificador de todas las criaturas; las gentes se vuelven perfectas aunque solo canten tus glorias. Kakutstha, ve ahora con tranquilidad y sin temor, y gobierna tu reino con rectitud. Oh Rama, tú eres el refugio del mundo». Oyendo las palabras del gran y veraz rishi, el sabio Rama, con las manos juntas, lo saludó a él y a los demás rishis, y con aire sereno subió al carro dorado Pushpaka. Como los inmortales dan la bienvenida al Jefe de las deidades, así los rishis derramaron bendiciones sobre Rama desde todos lados mientras partía. Y, sentado en el carro, parecía la luna tras el fin de la estación de las lluvias. Luego, saludado por los aldeanos en el camino, llegó a Ayodhya al mediodía y descendió en el aposento del medio. Y, habiendo permitido marcharse al encantador carro que va a voluntad, dijo: «Ve ahora; ¡que la fortuna te sea propicia!». Luego dijo al portero: «Ve con presteza y, habiendo comunicado mi llegada a Lakshmana y a Bharata, tráelos aquí».
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Por orden de Rama, de acciones incansables, los porteros fueron a los príncipes y les comunicaron (la llegada). Viendo presentes a Bharata y a Lakshmana, Rama los abrazó y dijo: «He cumplido, como lo prometí, la obra del excelente nacido dos veces. Deseo ahora celebrar un sacrificio Rajasuya, fuente de gloria religiosa, destructor de todos los pecados, inagotable y sin fin. Por tanto, con ustedes, que son como mi propio ser, deseo ocuparme en el sumamente excelente y eterno sacrificio Rajasuya. Oh matador de enemigos, celebrando el Rajasuya alcanzó Mitra la dignidad de Varuna. Y, habiendo celebrado el mismo sacrificio, Soma, conocedor de la piedad, estableció eterna fama en los tres mundos. Consulten, pues, conmigo hoy mismo lo que es justo. Considérenlo con cuidado y díganme lo que es auspicioso y productivo de bienestar a la larga». Oyendo las palabras de Raghava, Bharata, muy diestro en el arte de la palabra, dijo con las manos juntas: «Oh piadoso señor, en ti están asentadas la piedad, la tierra y la fama. Oh tú, de poderío no mitigado, como las deidades honran al patriarca, así los demás reyes te tienen en reverencia. Oh rey, todas las criaturas móviles e inmóviles te consideran su padre. Oh tú, de gran fuerza, eres el refugio de todos los animales y del universo. Por tanto, ¿de qué te sirve un sacrificio así? En tal sacrificio todas las familias reales encuentran la ruina. Todos los reyes orgullosos de su hombría, encendidos de gran ira con ocasión de este sacrificio, traerán la ruina sobre todos. Oh primero de los hombres, la tierra entera ha sido puesta bajo tu sujeción; no es justo, pues, devastarla». Oyendo aquellos dulces acentos de Bharata, Rama, cuyo poder era la verdad, alcanzó un deleite incomparable y se dirigió al que acrecentaba el deleite de Kaikeyi con palabras bondadosas, diciendo: «Oh tú, libre de pecados, me he regocijado grandemente contigo. Oh primero de los hombres, para la preservación de la tierra has dado salida, sin vacilación alguna, a palabras preñadas de hombría y de piedad. Oh tú, conocedor de la piedad, según tus sabios consejos desisto de celebrar este sacrificio Rajasuya. Los sabios nunca deben emprender aquellas obras que causan aflicción a las gentes. Oh hermano mayor de Lakshmana, es justo tomar sabios consejos aun de un niño».
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Terminada la conversación entre Rama y Bharata, Lakshmana, con palabras razonables, dijo al primero: «Oh venerable señor, entre los sacrificios el Asvamedha es el mejor y el que quita todos los pecados; mi ruego es, pues, que tu deseo se vuelva hacia este grande y sumamente purificador sacrificio. Se dice en los Puranas que Purandara, manchado por el pecado que acarrea matar a un brahmán, fue purificado de nuevo celebrando un sacrificio del caballo. Oh tú, de largos brazos, antiguamente, durante la guerra entre los dioses y los demonios, florecía un asura sumamente honrado de nombre Vritra. La anchura de su cuerpo era de cien yojanas, y su altura, de trescientos yojanas. Considerando a todos bajo su sujeción, solía mirarlos con afecto. Era piadoso, agradecido, y no hacía nada sin la debida deliberación. Y, pisando sendas piadosas, solía gobernar a sus súbditos con sumo cuidado. Durante su administración la tierra producía todos los objetos deseados; las raíces y los frutos eran sabrosos y las flores fragantes. Sin ser cultivada, la tierra solía dar cosechas. De este modo, durante muchos largos años gobernó un reino próspero y maravilloso. Entonces se determinó a practicar una dura penitencia. Consideraba el ascetismo como lo mejor de todo y tenía todas las demás cosas por meras ilusiones. Habiéndolo resuelto así y puesto en el trono a su hijo Madhuresvara, Vritra se ocupó en austeridades, causando terror a todas las deidades. Ocupado él así en el ascetismo, Indra, grandemente aterrado, se acercó a Vishnu y dijo: “Oh usted, de largos brazos, en virtud de su ascetismo Vritra está a punto de conquistar todos los mundos. Es piadoso, de modo que no puedo someterlo. Oh ilustre señor, si sus poderes ascéticos crecen más, nos veremos obligados a vivir bajo su dominio para siempre desde la creación. No descuide, pues, por más tiempo a este sumamente generoso asura. Enojado usted, oh señor de las deidades, Vritra no vivirá ni un momento. Oh Vishnu, desde el tiempo en que logró propiciarlo a usted, ha obtenido la soberanía de los tres mundos. Séanos, pues, propicio ahora; salvo usted, nadie puede librar a este mundo de espinas y traerle el sosiego. Oh Vishnu, todas las deidades lo aguardan a usted; ayúdelas matando a Vritra. Oh usted, de gran mente, siempre es usted la ayuda de estas deidades de alma elevada. Es imposible que ningún otro lleve a cabo la obra presente. Usted es el refugio de los desamparados”».
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Oyendo las palabras de Lakshmana, Rama, el matador de enemigos, dijo: «Oh tú, de votos firmes, describe por extenso la destrucción de Vritra». Oyendo las palabras de Raghava, Lakshmana, el que acrecentaba el deleite de Sumitra, retomó aquel tema: «Oyendo las palabras de Indra y de las demás deidades, Vishnu respondió: “Desde antes estoy ligado al de alma elevada Vritra por los lazos de la amistad. Por esto, ni aun por la satisfacción de ustedes lo mataré (yo mismo). Por otra parte, he de procurarles una excelente felicidad. Los dividiré yo mismo a ustedes en tres clases, y entonces en verdad su rey podrá destruir a Vritra. De esas tres porciones, la primera podrá matarlo”. Habiendo dicho esto Vishnu, el dios de los dioses, las deidades respondieron diciendo: “Oh matador de demonios, sin duda lo que ha dicho resultará verdadero; ¡que la victoria lo corone! Partimos ahora a matar a Vritra. Oh deidad sumamente generosa, haga ahora poderoso a Vasava infundiéndole su propia energía”. Entonces los sumamente poderosos inmortales, encabezados por Indra, entraron en el bosque donde el gran asura Vritra practicaba austeridades. Llegando allí, observaron que el principal de los asuras esparcía rayos por todas partes, fruto de su propia refulgencia, como si devorara los tres mundos y abrasara las regiones. Viendo a aquel primero de los asuras, las deidades se aterraron grandemente y comenzaron a pensar en planes con los que pudieran matarlo sin ser vencidas. Mientras pensaban así, Indra, el de mil ojos, tomando un rayo, lo arrojó contra la cabeza de Vritra. Al caer sobre la cabeza de Vritra aquel espantoso y ardiente rayo, semejante al fuego de la disolución, los tres mundos se agitaron. Entonces, pensando que había perpetrado una iniquidad al matar a Vritra, que estaba ocupado en el ascetismo, Indra, por temor, huyó al otro lado del Lokaloka, perpetuamente envuelto en tinieblas. Y el pecado que acarrea la destrucción de un brahmán, persiguiéndolo con vehemencia, entró en su persona. De este modo Indra quedó sujeto a espantosas aflicciones. Viendo muerto al enemigo y huido Indra, las deidades encabezadas por el fuego cantaron una y otra vez las glorias de Vishnu, el señor de los tres mundos, diciendo: “Oh gran dios, usted es el refugio de los tres mundos. Usted es el primogénito y el padre del universo. Para proteger a todas las criaturas ha tomado esta forma de Vishnu. Usted ha matado a este Vritra, pero el pecado de matar a un brahmán ha caído sobre Indra. Por tanto, oh excelente Purusha, disponga usted las cosas de modo que quede libre de pecados”. Oyendo las palabras de los celestiales, Vishnu dijo: “Que su jefe celebre un sacrificio en mi honor, y con ello quedará limpio del pecado. Si el matador de Paka celebra un sacrificio del caballo, será de nuevo instalado sin temor como jefe de las deidades”. Habiendo dirigido estas palabras semejantes al néctar a las deidades y siendo glorificado por ellas, Vishnu, el dios de los dioses, regresó a su morada».
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Habiendo descrito así por extenso y terminado la historia de la destrucción de Vritra, Lakshmana dijo: «Muerto el poderoso Vritra, terror de las deidades, el matador, Indra, asaltado por el pecado del brahmanicidio, quedó desconcertado y sin saber cuál era su deber. No sabiendo qué hacer, fue al otro lado del monte Lokaloka y permaneció allí algún tiempo como una serpiente enroscada. Y de nuevo, a consecuencia de la separación de Indra, el mundo entero se agitó, los bosques se secaron y la tierra quedó sin agua. Por haberse secado los ríos y faltar la lluvia, todas las criaturas se impacientaron. De este modo, llegado el tiempo de la destrucción de las criaturas, los celestiales, heridos de inquietud, se ocuparon en celebrar el sacrificio según la orden anterior de Vishnu. Con los rishis y los ritvijas se acercaron temerosos a Purandara y, viéndolo asaltado por el pecado del brahmanicidio, se ocuparon, poniéndolo a él a la cabeza, en celebrar un sacrificio del caballo. Tras el sacrificio, el pecado salió de la persona de Indra y, dirigiéndose a las deidades de alma elevada, dijo: “Determinen todos ustedes adónde iré ahora”. Entonces, sumamente complacidas, las deidades respondieron: “Divídete en cuatro porciones”. Oyendo las palabras de los celestiales de alma elevada, ella se dividió en cuatro partes y, deseando una morada aparte, dijo: “Con una porción viviré a mi placer en los ríos llenos de agua durante las lluvias e impediré a las gentes ir allí. Con mi segunda porción viviré perpetuamente en las tierras como ushara; les digo la verdad. Con mi tercera porción viviré tres noches cada mes en las mujeres jóvenes, orgullosas de su juventud, para que los hombres no vivan con ellas. Y con mi cuarta porción entraré en las personas de los que maten a brahmanes inocentes”. Oyendo aquellas palabras, las deidades dijeron: “Lo que has dicho se cumplirá. Haz lo que deseas”. Entonces los celestiales, regocijados, adoraron a su jefe, libre de pecados y coronado de victoria. Y, instalado de nuevo Vasava en el trono, el universo entero quedó en paz. Entonces Indra adoró a Vishnu en la forma de aquel maravilloso sacrificio. Oh descendiente de Raghu, tal es el poder de un sacrificio del caballo». Oyendo las encantadoras palabras de Lakshmana, el enérgico y de alma elevada rey Rama, poderoso como Indra, se regocijó grandemente.
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Oyendo las palabras de Lakshmana y sonriendo, el sumamente refulgente descendiente de Raghu, Rama, diestro en el arte de la palabra, respondió: «Lakshmana, oh primero de los hombres, has relatado con verdad la historia de la destrucción de Vritra y los frutos del sacrificio del caballo. Oh gentil, he oído que antiguamente, en la provincia de Bahlika, el apuesto rey Ila, hijo del patriarca Kardama, era sumamente piadoso. Oh primero de los hombres, habiendo puesto la tierra entera bajo su dominio, el sumamente ilustre rey Ila solía gobernar a sus súbditos como a sus propios hijos. Oh descendiente de Raghu, aterrados, las generosas deidades, los ricos daityas, los sumamente poderosos nagas, los irreprimibles rakshasas, los gandharvas y los yakshas solían adorarlo perpetuamente. Cuando el de alma elevada Ila se enojaba, los tres mundos solían convulsionarse de terror. Y, aunque tan sumamente poderoso, el sumamente ilustre rey de Bahlika nunca se desvió de la senda de la moralidad ni descuidó a sus deidades, sino que solía administrar inteligentemente todos los asuntos. Una vez, en la pintoresca estación de la primavera, Ila, de brazos poderosos, con su ejército y sus vehículos, entró en un bosque encantador y, con el pretexto de la caza, mató cientos y miles de ciervos. No se satisfizo el rey de alma elevada con matar solo ciervos. Mató millones de otros diversos animales. Ocupado así en la caza, el rey Ila llegó adonde había nacido Kartikeya. En aquel momento, en aquella fuente de las colinas, se solazaba en compañía de sus seguidores el irreprimible dios de los dioses, la deidad de tres ojos, con la hija del jefe de las montañas. Deseoso de complacer a la diosa Uma, su señor, cuyo emblema es el toro, se solazaba con apariencia de mujer. En aquella tierra del bosque, todos los animales y árboles machos se habían transformado en aquel tiempo en el otro sexo. Cazando, el rey Ila, hijo de Kardama, llegó a aquel lugar y vio a todos los animales y árboles cambiados en formas femeninas. E inmediatamente el rey y su ejército fueron cambiados en formas semejantes. Hallándose en aquel estado, el rey Ila se afligió grandemente y, pensando que la desgracia se debía a la influencia del dios de los dioses, el señor de Uma, se aterró grandemente. Entonces, con sus seguidores y su ejército, el rey se acogió al amparo de la deidad de alma elevada y garganta roja. Entonces el gran dios, el dispensador de dones, con la diosa, dijo sonriendo: “Levántate, oh hijo de Kardama, oh tú, de gran fuerza; oh gentil, pídeme cualquier otro don que no sea el de recobrar tu hombría”. Así decepcionado por la gran deidad, el rey Ila, transformado en mujer, se afligió grandemente y no pidió ningún otro don. Herido de gran pesar, el rey saludó de todo corazón a la hija del jefe de las montañas y dijo: “Oh diosa, usted es la protectora de todos; confiere dones a todos; el verla a usted no queda sin fruto. Tenga, pues, compasión de mí”. Entonces, conocedora de la intención de aquel rey, la diosa, con el consentimiento de Hara, dijo: “La mitad del don que nos pidas a ambos te la concederá Mahadeva, y la otra mitad te la concederé yo. Pídeme, pues, la mitad”. Oyendo aquel excelente y maravilloso don, el rey se regocijó grandemente y dijo: “Si está usted complacida conmigo, oh diosa, confiérame este don: que durante un mes sea yo una mujer dotada de una belleza maravillosa en los tres mundos y durante otro mes sea un varón”. Entonces, comprendiendo el deseo del rey, la hermosa diosa Parvati dijo misericordiosamente: “El don te será concedido según tu deseo. Oh rey, cuando alcances la figura de varón, no recordarás nada de tu forma femenina. Y cuando tomes la encantadora figura femenina olvidarás todo lo de tu estado varonil”. Oh Lakshmana, en virtud de este don, el rey Ila durante un mes solía volverse hombre y durante el siguiente solía volverse mujer, encantadora en los tres mundos, con el nombre de Ila».
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Habiendo oído de Rama la historia del rey Ila, Lakshmana y Bharata quedaron grandemente sorprendidos. Y, con las manos juntas, pidiendo al noble rey Rama más pormenores, dijeron: «¿Cómo pudo el rey Ila someterse a esas aflicciones en forma de mujer? ¿Y cómo solía comportarse en su forma de varón?». Oyendo aquellas palabras nacidas del deseo de saber, Rama se puso a relatar toda la historia tal como la había oído antes, diciendo: «En el primer mes, tomando su forma femenina, de ojos de loto, que encantaba a los tres mundos, solía solazarse en el bosque, que abundaba en arboledas, en compañía de sus compañeras, transformadas en la misma forma. Habiendo despedido todos sus vehículos, solía solazarse en el valle de la montaña. Vagando así, Ila divisó un día a Budha, un haz de rayos, semejante a la luna llena, en un pintoresco estanque lleno de aves, a cierta distancia de la montaña. Por compasión hacia todas las criaturas, Budha practicaba en aquel tiempo, dentro de las aguas, austeridades duras, gloriosas y deseadas. Oh hijo de Raghu, al verlo, Ila quedó grandemente sorprendida y, con sus compañeras, comenzó a agitar las aguas. En cuanto Budha la vio, lo asaltaron las flechas de Cupido. No pudiendo dominarse, se impacientó dentro de las aguas y pensó: “Esta doncella es mucho más hermosa aún que las muchachas celestiales. Nunca antes he visto una belleza semejante entre los celestiales, los nagas, los asuras y las apsaras. Si no ha sido casada antes, es mi digna esposa”. Con esta resolución, Budha salió de las aguas y, yendo a su ermita, mandó llamar a las bellas. Todas lo saludaron. Entonces el de alma virtuosa Budha las interpeló diciendo: “¿De quién es hija esta hermosa muchacha que está entre ustedes, y a qué ha venido aquí? No se demoren: díganmelo pronto”. Oyendo aquellas dulces palabras suyas, las mujeres dijeron: “Esta bella doncella es nuestra señora suprema. No tiene esposo. Viajando, ha venido aquí con nosotras”. Oyendo aquellas llanas palabras, Budha pensó en el saber por el cual uno puede percibirlo todo. Y, informado por él de todo lo relativo al rey Ila, dijo: “Vivan todas ustedes en esta montaña, siendo kimpurushas; hagan aquí sus respectivas moradas. Les daré siempre frutos y raíces. Oh mujeres, tendrán por esposos a todos los kimpurushas”. Según las palabras de Budha, vivieron en aquella montaña como kimpurushas. De este modo fueron procreados muchos kimpurusha-budhas».
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Habiendo oído el origen de los kimpurushas, tanto Bharata como Lakshmana dijeron a Rama: «Esta es una historia maravillosa». Entonces el sumamente ilustre Rama, el primero de los piadosos, comenzó de nuevo con la historia de Ila, el hijo del patriarca: «Viendo que las kinnaris se alejaban, Budha, el primero de los ascetas, dijo sonriendo a la hermosa Ila: “Oh tú, de hermosa presencia, soy el hijo predilecto de la luna; oh bella, mírame con deleite”. Oyendo las palabras del sumamente refulgente y hermoso Budha en la pintoresca tierra del bosque, vacía de hombres y animales, Ila dijo: “Oh gentil, no estoy sujeta a nadie; me entrego a ti por mi propia voluntad. Oh hijo de Soma, puedes mandarme lo que desees”. Oyendo aquellas maravillosas palabras, el hijo de la luna, poseído de lujuria, comenzó a vivir con ella. Y, viviendo en compañía de Ila, de hermoso semblante, Budha, poseído de deseo, pasó el mes entero de Madhu como un momento. Luego, al término de un mes, el apuesto rey Ila, hijo del patriarca, despertó del sueño y, viendo a Budha, el hijo de Soma, ocupado en austeridades con las manos levantadas en medio de las aguas, dijo: “Oh ilustre señor, entré en este denso bosque con mis seguidores; ahora no los veo en ninguna parte. ¿Adónde han ido?”. Oyendo las palabras del santo real, que había perdido todo recuerdo, Budha lo consoló con dulces palabras y dijo: “Todos sus seguidores han sido destruidos por una lluvia de enormes rocas; usted, temeroso de la tormenta, estaba también dormido en la ermita. Ya no tiene usted nada que temer. Por tanto, oh héroe, consolado y renunciando a toda inquietud, viva aquí felizmente, alimentándose de frutos y raíces”. Confortado por aquellas palabras, el de mente elevada rey Ila, herido de angustia a consecuencia de la destrucción de sus servidores, respondió abatido: “Oh brahmán, renunciaré a mi propio reino. Separado de mis servidores, no podré vivir ni siquiera un momento. Deme usted permiso para ello. Oh brahmán, mi hijo mayor, el sumamente ilustre Sasabindu, el primero de los piadosos, será el dueño de mi reino. Oh brahmán, renunciando a mis servidores y a las esposas de mi país, no podré aguardar aquí. Por tanto, oh sumamente refulgente, no me dé una orden tan desagradable como la de permanecer aquí”. Oyendo aquellas maravillosas palabras del rey Ila, Budha, consolándolo, dijo: “Aguarde aquí. No se aflija, oh sumamente poderoso hijo de Kardama. Si vive usted aquí durante un año, yo procuraré su bienestar”. Oyendo las palabras de Budha, de acciones incansables, el rey Ila deseó quedarse a vivir allí. Entonces, volviéndose hombre el mes siguiente, comenzó a practicar penitencias ascéticas. Luego, en el noveno mes, Ila, de hermosa cintura, dio a luz un hijo sumamente refulgente, de nombre Pururavas, nacido de los lomos de Budha y tan apuesto como él. Y ella entregó aquel sumamente poderoso hijo a su padre, Budha. Luego, al cabo de un año, habiendo recobrado Ila la forma de varón, Budha le procuró deleite por medio de diversas palabras».
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Habiendo descrito así Rama el maravilloso nacimiento de Pururavas, el ilustre Bharata y Lakshmana le preguntaron de nuevo diciendo: «Oh primero de los hombres, dinos qué hizo después Ila tras vivir un año en compañía del hijo de Soma». Oyendo sus dulces palabras, Rama comenzó de nuevo con la historia del hijo de Kardama y dijo: «A su vez, habiendo recobrado su hombría el heroico Ila, el sumamente ilustre e inteligente Budha, bien informado del nacimiento y muy diestro en el arte de la palabra, mandó llamar al sumamente generoso Samvartta, a Chyavana, hijo de Bhrigu, a Arishtanemi, el primero de los munis, a Durvasas, capaz de procurar deleite, y a otros amigos dotados de paciencia, y dijo: “Saben todos ustedes bien cómo este Ila, de brazos poderosos, hijo de Kardama, llegó a esta peculiar condición”. Entonces, mientras aquellos de alma elevada conversaban sobre este asunto, el sumamente refulgente Kardama llegó a la ermita. Pulastya, Kratu, Vashatkara y el sumamente refulgente Omkara llegaron allí siguiéndolo. Grandemente regocijados por su llegada, todos dieron su opinión individual para procurar el bienestar del rey de Bahlika. Por el bienestar de su hijo, el patriarca Kardama dijo: “Oigan, oh nacidos dos veces, cómo puede asegurarse el bienestar del rey Ila. Para esta enfermedad no hallo otra buena medicina que el señor de Uma. Y, salvo el Asvamedha, no hay otro sacrificio más grato a la deidad de alma elevada. Celebremos, pues, todos aquel difícil sacrificio en favor de este rey”. Entonces el discípulo de Samvartta, el santo real Marutta, conquistador de las ciudades de los enemigos, reunió todos los objetos para el sacrificio. Entonces, en las cercanías de la ermita de Budha, se celebró aquel poderoso sacrificio. Y con él el Gran Rudra alcanzó el deleite y dijo a los nacidos dos veces, en presencia del rey Ila: “Oh primeros de los nacidos dos veces, me he regocijado grandemente con este sacrificio y con su devoción. Díganme ahora qué puedo hacer por este rey de Bahlika”. Oyendo las palabras de Mahadeva, los brahmanes, habiéndolo propiciado con gran devoción, pidieron la hombría de Ila. Entonces, regocijado, el sumamente refulgente Mahadeva, habiéndole conferido la hombría, desapareció. De este modo, terminado el sacrificio del caballo y desaparecido Mahadeva, los clarividentes y principales nacidos dos veces se fueron a sus respectivas ermitas. Y, habiendo puesto a su hijo mayor Sasabindu como rey del país de Bahlika, el rey Ila levantó otra ciudad en el país del medio. Con el tiempo Ila alcanzó la excelente región de Brahma, y su hijo Pururavas obtuvo aquel reino de Pratishthana. Oh primero de los hombres, tal es el poder del sacrificio del caballo, que el rey Ila, aunque convertido en mujer, recobró la hombría en virtud de él».
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Habiéndose dirigido así a sus dos hermanos, Rama, el descendiente de Kakutstha, de poderío no mitigado, dijo de nuevo a Lakshmana, con palabras preñadas de moralidad: «Oh Lakshmana, habiendo invitado a Vasishtha, el primero de los nacidos dos veces, conocedor de todos los ritos del Asvamedha, a Vamadeva, a Javali y a Kasyapa, y habiendo consultado debidamente con ellos, soltaré un caballo dotado de todas las señales». Oyendo las palabras de Rama, Lakshmana, de poderío no mitigado, invitó a todos aquellos brahmanes y se acercó a Rama. Viéndolos, Rama los saludó tocándoles los pies. Y los brahmanes también, viendo a Raghava, semejante a un celestial irreprimible, le dieron la bienvenida con bendiciones. Entonces Rama, con las manos juntas, hizo a aquellos principales nacidos dos veces preguntas relativas al sacrificio Asvamedha. Y, oyendo las palabras de Rama, ellos también, saludando a la deidad Rudra, comenzaron a hablar con elogio de la ceremonia del sacrificio del caballo. Y, informado por los brahmanes de muchas virtudes inauditas del Asvamedha, Rama se regocijó grandemente. Y, conforme al deseo de ellos, dijo a Lakshmana: «Oh tú, de largos brazos, envía pronto un emisario al de alma elevada Sugriva, comunicándole: “Ven aquí a gozar de las fiestas en compañía de todos aquellos sumamente poderosos monos y osos que están a tus órdenes; ¡que la fortuna te sea propicia!”. Cuida de que Vibhishana, de poderío sin igual, el rey de los rakshasas, rodeado de sus seguidores que van a voluntad, esté presente en el sacrificio del caballo. Que los grandes reyes que desean mi bienestar estén presentes con sus seguidores en el sacrificio. Oh Lakshmana, invita también con cuidado, para presenciar la ceremonia, a los demás piadosos reyes extranjeros que me son amigos. Oh tú, de largos brazos, invita también a los rishis cuya riqueza es el ascetismo y a los demás brahmanes piadosos que viven en diversas provincias. Invita también a actores y cantores. Ordena que se haga un espacioso terreno de sacrificio a orillas del río Gomati, en el bosque de Naimisha. Oh tú, de largos brazos, aquella parte del país es la más apropiada y santa. Y que se celebren por todas partes ceremonias que invoquen la paz. Oh tú, conocedor de la piedad, invita pronto a cientos de súbditos, para que todos ellos, habiendo presenciado la ceremonia en el bosque de Naimisha, vuelvan regocijados y honrados. Oh tú, de largos brazos, que Bharata vaya delante con un millón de bestias que lleven arroz, semilla de sésamo, frijoles, garbanzos, legumbres, masha (una especie de frijol), sal, aceite, mantequilla clarificada y cien kotis de monedas de plata y de oro. Que sigan a Bharata mercaderes para instalar tiendas en el camino, actores, danzarines, cocineros y muchas mujeres jóvenes. Que los soldados vayan delante de él. Y que el sumamente ilustre Bharata, con los niños, los ancianos, los brahmanes, los ciudadanos, los servidores, los tesoreros, las madres, las esposas y la imagen de oro de mi esposa que ha de ser iniciada en el sacrificio, vaya delante». Por orden de Rama, Bharata, con Satrughna, dispuso alojamientos sumamente valiosos, alimento, bebida y ropas. Y los sumamente poderosos monos con Sugriva y los brahmanes se ocuparon en la obra de la distribución. Y Vibhishana, rodeado de diversos rakshasas y mujeres, se ocupó en el servicio de los rishis de alma elevada, entregados a duras penitencias.
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Habiendo despachado con presteza por delante todos los objetos del sacrificio, Rama, el hermano mayor de Bharata, soltó un caballo negro, dotado de todas las señales y digno del sacrificio, y puso a Lakshmana con los ritvijas a cargo de él. Entonces Kakutstha, de brazos poderosos, en compañía de sus soldados, se dirigió al bosque de Naimisha y, contemplando el maravilloso terreno del sacrificio, alcanzó un exceso de deleite y dijo: «Ha quedado sumamente encantador». Y, mientras permanecía en el bosque de Naimisha, todos los reyes le enviaron presentes, y Rama también los correspondió. Y se ofrecieron diversos alimentos, bebidas y ropas a los reyes cuando llegaron allí con profusos presentes. Bharata, con Satrughna, se ocupó en atender a los reyes. Los monos de alma elevada, con Sugriva, dueños de sí, se ocuparon en atender a los brahmanes. Vibhishana, en compañía de muchos rakshasas, con mente recogida, comenzó a servir a los rishis cuya riqueza era el ascetismo. Y el sumamente poderoso Rama, el primero de los hombres, destinó casas valiosas al alojamiento de los reyes de alma elevada. Con estos debidos arreglos comenzó el sacrificio del caballo. Lakshmana se ocupó en cuidar del caballo del sacrificio. De este modo Rama, león entre los reyes, emprendió la celebración del sacrificio del caballo. Y en aquel Asvamedha de Rama se dieron presentes a las gentes hasta que quedaron satisfechas. No se oía en aquel tiempo otro sonido que el de «¡Den! ¡Den!». En verdad, en el sacrificio del caballo del de alma elevada Rama se repartieron a las gentes, hasta su más plena satisfacción, dulces y otras cosas. Ciertamente, antes de que las palabras salieran de los labios de los mendigos, los monos y los rakshasas los satisfacían con dones. Y todos los ascetas allí presentes, que viven para siempre y cuya riqueza es el ascetismo, no podían pensar en ningún otro sacrificio, acompañado de tan profusos presentes, que hubieran visto antes. En aquel sacrificio, los que deseaban oro lo obtenían, los que deseaban bienes los conseguían y los que anhelaban joyas las recibían. De este modo se dieron ante todos oro, joyas y ropas en abundancia. Los ascetas dijeron: «Nunca antes hemos visto un sacrificio como este, ni el de Indra, ni el de Soma, ni el de Yama, ni el de Varuna». Y, presentes en todas partes, los rakshasas y los vanaras dieron riquezas y ropas en abundancia aun a los que no las querían. Y, aunque este sacrificio de Rama, león entre los reyes, dotado de todas las señales, continuó durante un año, su tesoro acumulado no se agotó, sino que más bien aumentó.
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Emprendido aquel sacrificio, cuyo igual nunca se había visto antes, el ilustre asceta Valmiki llegó allí con sus discípulos. Y, contemplando este maravilloso sacrificio semejante al de los celestiales, sus seguidores, los rishis, hicieron encantadoras chozas en un rincón solitario, no lejos de allí. Dentro de la sumamente encantadora choza de Valmiki pusieron su pintoresco carro, lleno de frutos y raíces. Entonces Valmiki dijo a sus discípulos Lava y Kusa: «Canten con cuidado y con deleite todo el Ramayana en las santísimas ermitas de los rishis, en los hogares donde los brahmanes mantienen el fuego perpetuo, en las calles y los palacios, a la puerta de la casa de Rama, en el recinto del sacrificio y ante todos los ritvijas. Y, comiendo todos aquellos dulces frutos que hay en la cumbre de la montaña cerca de nuestra ermita, ocúpense en cantar el dulce Ramayana. Si comienzan a cantar después de tomar todos aquellos dulces frutos, no experimentarán cansancio al cantar ni perderán la medida. Si Rama, el señor de la tierra, los invita a cantar el Ramayana, pueden cantarlo allí sin temor, con la debida medida, ante los ascetas reunidos. Durante el día canten, con su dulce voz, veinte secciones de las muchas que he dispuesto en el Ramayana, que consta de muchos slokas. No abriguen el menor anhelo de riquezas: ¿de qué sirve la riqueza a los ascetas que viven perpetuamente de frutos y raíces? Si Rama les pregunta por el padre de ustedes, pueden decir: “Ambos somos discípulos del de alma elevada Valmiki”. Oh Kusa y Lava, en su debido modo canten el dulce canto con encantadora murchana, acompañados de las dulces notas de la vina. Antes de comenzar el canto, sin desatender al rey, inclínense reverentemente ante él. Moralmente el rey es el padre de todos. Canten, pues, ambos, con deleite y con mente recogida, temprano por la mañana, el tema con voz dulce y acompañados de la música del instrumento de cuerda». Habiendo dado así sus consejos, el sumamente generoso y gran asceta Valmiki, hijo de Prachetas, guardó silencio. Así mandados por el asceta, los hijos de Janaki, Lava y Kusa, los matadores de enemigos, salieron de allí diciendo: «Así lo haremos». Como los dos Asvins siguiendo los preceptos morales de Sukra, los dos príncipes, guardando en su mente aquellos maravillosos consejos de Valmiki, pasaron la noche con el corazón presa del deseo de saber.
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Entonces, pasada la noche, habiéndose bañado y cumplido el homa, Lava y Kusa, en consonancia con la orden del rishi, comenzaron el canto. Aquel canto lo había compuesto el primer preceptor (Valmiki), nunca oído antes; constaba de sonidos que se originan en seis lugares, contenía todos los metros, muchas pruebas, y estaba acompañado de la música de un instrumento de cuerda. Oyendo tal canto de los muchachos, Rama quedó presa del deseo de saber. Entonces, dejando por algún tiempo los asuntos e invitando al gran asceta Valmiki, a los reyes, a los doctos, a las personas versadas en el Nyaya, los Puranas y la ciencia de las palabras, a todos los ancianos, a los nacidos dos veces, a los conocedores de los signos de la música, a los brahmanes deseosos de oír el Ramayana, a las personas muy leídas en la quiromancia, a los gandharvas, a los ciudadanos, a todos los que dominaban el uso de las palabras, las letras y los samasas, a los que habían estudiado bien los metros, a los bien informados en la ciencia de la música, a los versados en astronomía, a los entendidos en el conocimiento de los ritos y las ceremonias, a los expertos en la senda de los negocios, a los lógicos cuya fama se había extendido a lo largo y a lo ancho, a los versados en razonamientos y argumentos, a los poetas, a los historiadores, a los brahmanes védicos, a los pintores y a los cantores, Rama pidió amorosamente a Lava y a Kusa que cantaran el canto ante la asamblea. Sentado allí el auditorio y ocupado en conversar unos con otros, aquellos dos muchachos del muni comenzaron el canto, acrecentando el deleite de todos. Maravilloso y encantador era su canto, y el auditorio no se saciaba en modo alguno de oírlo. Grandemente regocijados, los sumamente refulgentes ascetas y reyes los miraban una y otra vez, como si se los bebieran con los ojos. Y todos se decían atentamente unos a otros: «Ambos se parecen a Rama, como una burbuja se parece a aquella de la que surge. No se habría percibido la menor diferencia entre ellos y Rama si no hubieran estado vestidos de corteza y no llevaran el cabello enmarañado». Mientras los ciudadanos y los aldeanos hablaban así unos con otros, Kusa y Lava cantaron veinte secciones a partir de la primera, indicada por Narada. Habiendo oído hasta la vigésima sección, Rama, amante de sus hermanos, dijo a Lakshmana por la tarde: «Oh Kakutstha, confiere pronto a estos dos de alma elevada dieciocho mil monedas de oro y todas las demás cosas que deseen». Entonces, cuando Lakshmana se dispuso al punto a darles las monedas de oro por separado, Kusa y Lava, sin aceptarlas, dijeron sorprendidos: «Somos moradores del bosque y vivimos de raíces y frutos: ¿qué haremos con ellas (las monedas)? Viviendo en el bosque, ¿qué haremos con el oro?». Oyendo aquellas palabras, Rama y el auditorio quedaron grandemente embargados de deseo de saber y de sorpresa. Entonces, ansioso de conocer el origen del poema, el sumamente refulgente Rama preguntó a los dos muchachos del muni, diciendo: «¿Cuál es la prueba de la historia de este poema? ¿Cuán grande es la fama del que lo ha compuesto? ¿Qué principal asceta es el autor de este gran poema?». Habiéndoles preguntado así Rama, aquellos dos muchachos del muni dijeron: «El ilustre Valmiki es el autor de este poema. Ha descrito en este poema la historia sin fin de usted. Ha venido hace poco al sacrificio de usted. El gran asceta Valmiki ha compuesto este poema, que consta de cien historias y veinticuatro mil slokas. Oh rey, aquel asceta de mente elevada es nuestro preceptor. Ha descrito las acciones de usted en seis libros, a partir del primero, que constan de quinientas secciones. Todas las buenas acciones cumplidas por usted desde su nacimiento han quedado registradas en él. Oh poderoso guerrero de carro, oh rey, si desea oírlo entero, óigalo con deleite cuando tenga tiempo, en compañía de sus hermanos menores». Diciendo «Así será», Rama los despidió, y ellos también, regocijados, fueron adonde estaba Valmiki, el primero de los munis. Entonces, habiendo oído aquel encantador canto en compañía de los ascetas y los reyes, el de mente elevada Rama se dirigió al lugar de los asuntos. Oyó el Ramayana cantado por Kusa y Lava, dotado de las características musicales, compuesto de secciones, vocales y consonantes y encantador con el acompañamiento de la música de un instrumento de cuerda.
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Rama oyó aquel sacratísimo tema durante muchos largos días en compañía de los ascetas, los reyes y los vanaras. Y, comprendiendo por la historia que Kusa y Lava eran hijos de Janaki, Rama, mencionando su nombre, dijo ante la asamblea: «Envíen un buen emisario al ilustre Valmiki y que comunique a los ascetas que, si Janaki está libre de pecado y ha llevado una vida pura en el bosque, dé prueba de su pureza con el permiso del gran asceta. Que los emisarios averigüen bien la intención del asceta en esto, y si Sita está dispuesta de corazón a presentar pruebas. Para sostener su pureza así como la mía, que Maithili, la hija de Janaka, jure ante la asamblea». Oyendo aquellas maravillosas palabras de Rama, los emisarios fueron con presteza a Valmiki y, saludando a aquel de alma elevada, que ardía en su refulgencia y era de lustre incomparable, le comunicaron con dulces palabras todo lo que Rama había dicho. Oyendo las palabras de los mensajeros y comprendiendo la intención de Rama, el asceta dijo: «Lo que Rama ha dicho se cumplirá. ¡Que la fortuna les sea propicia! El esposo es el mayor dios para las mujeres. Así pues, Sita cumplirá sus mandatos». Habiendo dicho esto el gran asceta, los sumamente poderosos emisarios, acercándose a Rama, le comunicaron lo que había dicho el muni. Oyendo las palabras del de alma elevada Valmiki, Rama se regocijó grandemente. Dirigiéndose a los rishis y reyes reunidos, dijo: «Los rishis con sus discípulos, los reyes con sus seguidores y todos los demás que lo deseen verán jurar aquí a Sita». Oyendo las palabras del de alma elevada Rama, todos los rishis de alma elevada comenzaron a hablar de él con elogio y dijeron: «Oh primero de los hombres, tal acción es digna de ti y de nadie más». Entonces, habiendo dispuesto que Sita jurara al día siguiente, Rama, el matador de enemigos, los despidió a todos. Y, habiendo dispuesto que Sita pasara por la prueba al día siguiente, el de mente elevada y generoso rey Rama se despidió de todos los reyes y rishis.
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A la mañana siguiente Rama, presente en el terreno del sacrificio, mandó llamar a los rishis: Vasishtha, Vamadeva, Javali, Kasyapa, Visvamitra, que practicaba penitencias desde hacía largo tiempo, Durvasas, Pulastya de duras austeridades, Salastri, Bhargava, Markandeya, de larga vida, el sumamente ilustre Maudgalya, Gargya, Chyavana, Satananda, conocedor de las religiones, el refulgente Bharadwaja, Vasuprava, hijo de Agni, Narada, Parvata, el gran Gautama y otros ascetas de votos firmes, que se reunieron con la mente poseída del deseo de saber. Los sumamente poderosos rakshasas y monos llegaron también allí por deseo de saber. Además, miles y miles de kshatriyas, vaisyas, sudras y brahmanes de firmes penitencias llegaron también allí de diversas partes para presenciar la prueba de Sita. Llegados allí, todos se sentaron inmóviles como montañas. Entonces Valmiki, el primero de los ascetas, llegó allí con presteza acompañado de Sita. Con el rostro bajo, las palmas juntas, los ojos llenos de lágrimas y meditando en Rama en su mente, Sita, siguiendo al rishi, llegó ante la asamblea. Se levantó de la asamblea un gran clamor de elogios cuando vieron a Sita siguiendo a Valmiki como la Sruti sigue a Brahma. Entonces los miembros de la asamblea, heridos de pesar, hicieron un sonido tumultuoso. Entre los visitantes, unos alababan a Rama, otros alababan a Sita y otros los ensalzaban a ambos. Entonces, habiendo entrado en aquella enorme asamblea en compañía de Sita, el gran asceta Valmiki se dirigió a Rama, diciendo: «Oh hijo de Dasaratha, por temor a la calumnia la repudiaste cerca de mi ermita, aunque Sita es pura y sigue los caminos de la moralidad. Oh Rama, de votos firmes, temes la censura de las gentes. Sita está dispuesta a dar testimonio (de su pureza) para disipar la calumnia del público; dale misericordiosamente permiso para ello. Te digo la verdad, oh Rama: estos irreprimibles hermanos gemelos son tus hijos, oh descendiente de Raghu. Soy el décimo hijo de Prachetas; así que, lejos de decir una falsedad, ni siquiera brota en mi mente. Sé, pues, la verdad: que estos gemelos son tus hijos. He practicado austeras penitencias durante muchos miles de años; juro ahora ante ti que, si esta Maithili resulta tocada por algún pecado, no cosecharé el fruto de mis observancias ascéticas de muchos miles de años. Nunca antes he perpetrado un crimen, ni con la mente, ni con el cuerpo, ni con la palabra. Si Maithili resulta libre de pecado, podré entonces gustar los frutos de la piedad. Oh descendiente de Raghu, hallando a Sita pura de mente y en los cinco elementos del cuerpo, la llevé junto al manantial del bosque. Además, esta Sita, de conducta pura, libre de pecados y que siempre considera a su esposo como su deidad, dará testimonio hoy. Has temido la calumnia pública. Oh hijo de rey, poseída tu mente por el temor del escándalo público, repudiaste a esta Sita de carácter puro, que siempre considera a su esposo como un dios; lo he sabido en virtud de mi saber discriminativo».
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Habiendo dicho esto el gran rishi Valmiki, Rama, contemplando a la hija de Janaka, semejante a una celestial, en medio de la asamblea, dijo con las manos juntas: «Oh grande, usted conoce la piedad. Por sus palabras libres de pecado me he convencido de que Janaki es de conducta pura. Aun así, oh brahmán, lo que usted ha ordenado se cumplirá; que Sita presente testimonio de la pureza de su carácter. Porque Vaidehi pasó antes por una prueba en la ciudad de Lanka ante los celestiales, la traje a casa. Oh brahmán, el vilipendio de las gentes es muy poderoso. Aunque sé que Janaki no ha sido tocada por pecado alguno, aun así la he repudiado. Perdóneme, pues. Sé que estos hermanos gemelos, Kusa y Lava, son mis hijos. Sin embargo, si Janaki da prueba de su propia pureza ante la asamblea, quedaré grandemente satisfecho». Enterados de la intención de Rama en cuanto a la prueba de Sita, todos los celestiales llegaron allí para la ocasión. Los adityas, los vasus, los rudras, los visvadevas, los Maruts, los sadhyas, los siddhas, los nagas y los rishis, poniendo a Brahma delante, llegaron todos allí. Y, contemplando a los celestiales y a los rishis allí reunidos, Rama dijo de nuevo a Valmiki: «Oh primero de los munis, las palabras de los rishis de alma elevada están libres de pecado; por tanto, solo por las palabras de usted consideraré a Sita de conducta pura. Aun así, todos han venido aquí ansiosos de presenciar la prueba de Sita. Por eso me regocijaré grandemente si Janaki ofrece ante ellos algún testimonio de su carácter puro». En cuanto se pronunciaron aquellas palabras, un aire dulce, fragante y fresco, testigo de la virtud y del vicio, soplando suavemente, avivó el gozo de la asamblea. Las gentes llegadas de diversos países comenzaron a presenciar con toda atención este suceso maravilloso e impensado. En la edad de oro solo soplaba el viento celestial, y ahora sopló aun en el Treta Yuga, y en verdad fue motivo de extrema sorpresa. Entonces, contemplando a todas las gentes allí reunidas, la hija de Janaka, vestida con una tela roja, con el rostro y la mirada bajos y las palmas juntas, dijo: «Nunca he pensado en mi mente en otra persona que en Rama; por la fuerza de esta virtud, que la diosa Vasundhara me dé lugar. Siempre he rogado con la mente, el cuerpo y la palabra por el bienestar de Rama, y en virtud de ello, que la diosa Vasundhara me dé lugar en su seno». En cuanto Sita juró de este modo, tuvo lugar un suceso maravilloso. Del interior de la tierra se levantó un trono celestial y excelente. Lo llevaban sobre la cabeza los nagas de poderío no mitigado, de personas celestiales y adornados de joyas y ornamentos celestiales. Habiendo extendido los brazos y tomado a Maithili, la diosa tierra le dio la bienvenida y la puso en el trono. Y, mientras, sentada en el trono, entraba en la tierra, quedó cubierta por continuas lluvias de flores celestiales. Ensalzándola en aquel momento, los celestiales dijeron: «¡Oh, sumamente digna de alabanza es tu conducta, oh Sita!». Presentes en el firmamento y contemplando a Sita entrar en la Tierra, los celestiales la ensalzaron una y otra vez con diversas palabras. Los rishis, los reyes y los demás hombres principales presentes en el recinto del sacrificio expresaron repetidamente su sorpresa. Viendo así disipada la censura de Sita, todos los animales, animados o inanimados, en la tierra o en el cielo, se regocijaron grandemente. Unos gritaban de gozo, otros permanecían en silencio y otros, inmóviles, miraban a Rama o a Sita. De este modo, contemplando la entrada de Sita en la Tierra, los ascetas se regocijaron grandemente. Alcanzando todos ellos el mismo estado de mente, el universo entero quedó poseído por un momento del estado de igualdad.
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Habiendo entrado Sita en el Rasatala, todos los monos y los rishis la ensalzaron repetidamente ante Rama. Herido de pesar y dolor y bajando la cabeza, Rama, con los ojos llenos de lágrimas, el rostro bajo y la mente abatida, se sentó. Y, poseído de dolor y de cólera y derramando lágrimas, lloró algún tiempo y luego dijo: «Mi mente está a punto de ser poseída por un dolor que nunca antes había experimentado, pues en mi misma presencia la hermosa Janaki, como la misma Lakshmi, ha desaparecido de la vista. Antes, en mi ausencia, Janaki fue llevada una vez a la ciudad de Lanka, al otro lado del gran océano, y yo la traje de vuelta; ¿qué maravilla es que la recobre del Patala? Oh diosa Vasudha, pon pronto a Sita ante mi vista; de lo contrario, encendido de ira, te daré los frutos de tu negligencia. Eres mi suegra, puesto que el santo real Janaka obtuvo a Sita de tu seno mientras te cultivaba con la reja del arado. Devuélveme, pues, a mi Sita, o dame una región de los celestiales: deseo vivir con Sita. Estoy fuera de mí por ella: devuélveme, pues, a Sita. Si no me devuelves a Sita, oh Vasudha, anegaré la tierra con las aguas, habiendo asaltado, destruido y ahogado en el agua tu enorme circuito con sus montañas y bosques». Habiendo dado salida Rama a aquellos acentos bajo la influencia de la ira, el patriarca Brahma, con el consentimiento de los celestiales, dijo: «Oh Rama, de votos firmes, oh matador de enemigos, no debe afligirse así. Recuerde su anterior estado de Vishnu y los consejos. No le habría recordado este secreto si no fuera por la necesidad presente. Recuerde ahora una vez más su nacimiento de Vishnu. Por naturaleza Sita es pura, casta y siempre dependiente de usted. Y, en virtud de su ascética dependencia de usted, ha ido a la región de los nagas. Volverá usted a encontrarla en el cielo. Oiga lo que le comunico ante la asamblea. Quedará informado de todo escuchando este excelente poema que describe sus propias acciones, oh héroe. Valmiki ha descrito aquí todas las miserias y los goces que usted ha experimentado desde que usted nació y lo que sucederá en el futuro tras la entrada de Sita en el Patala. Oh Rama, este primer poema épico, el Ramayana, ha sido compuesto describiendo sus obras. Nadie sino usted es digno de la fama de este poema. Oh Raghava, oh sumamente ilustre, oiga con los rishis el Uttarakanda, la última parte de este poema. Oh descendiente de Raghu, no es digno de ser oído por nadie sino por los que son los primeros de los santos reales». Habiendo dicho esto, la deidad Brahma, el señor de los tres mundos, con las demás deidades, se fue a la región de los inmortales. Los ascetas de alma elevada y sumamente refulgentes que vivían en la región de Brahma y estaban presentes en la asamblea, obteniendo el permiso de Brahma, aguardaron allí para oír la carrera futura de Rama en el Uttarakanda. Oyendo las palabras del gran Patriarca, impregnadas de bienestar, el sumamente refulgente Rama dijo a Valmiki: «Oh ilustre señor, los rishis que viven en la región de Brahma han llegado a desear oír mi historia futura. Que se emprenda, pues, mañana por la mañana». Habiéndolo dispuesto así, y habiendo tomado consigo a Kusa y a Lava y despedido a la gente reunida, entró en su palacio y pasó la noche llorando por Sita.
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Pasada la noche, y habiendo invitado a los principales ascetas, Rama dijo a sus hijos que cantaran el poema sin temor. Entonces, habiendo tomado asiento los rishis de alma elevada, Kusa y Lava comenzaron la última parte del Uttarakanda. Habiendo entrado Sita en el Patala por la fuerza de su voto, y terminado el sacrificio, Rama quedó abatido de espíritu. En ausencia de Janaki el mundo entero le parecía vacío. Abrumado ahora de dolor, perdió toda paz de la mente. Habiendo conferido diversos dones a los reyes, los rakshasas, los monos y los principales brahmanes, Rama los despidió y, meditando en la ausencia de Sita, entró en Ayodhya. Y desde el tiempo en que Sita entró en el Patala no tomó otra esposa. Y, habiendo hecho una imagen de oro de Sita, se ocupó en la celebración de diversos sacrificios. De este modo, durante mil años celebró muchos sacrificios del caballo, muchos Vajapeyas con profusión de oro, Agnisomas, Atiratras, innumerables Gomedhas y otros diversos sacrificios. Ocupado Rama en gobernar el reino y en cumplir muchos ritos piadosos, pasó largo tiempo. Y, estando bajo su sujeción, los osos, los monos, los rakshasas y los reyes le procuraban siempre deleite. Por las lluvias a su debido tiempo había abundancia de alimento en su reino. Las regiones eran puras y deleitosas. Los ciudadanos y los aldeanos eran felices y sanos. Nadie encontraba una muerte prematura. En efecto, durante su gobierno se disiparon todas las calamidades. Luego, al cabo de muchos años, la ilustre Kausalya, madre de Rama, rodeada de sus hijos y nietos, exhaló su último aliento. Cumpliendo muchas observancias piadosas, Kaikeyi la siguió y obtuvo la paz en la tierra de los inmortales. Aquellas nobles damas, unidas con el rey Dasaratha en el cielo, se regocijaron grandemente y obtuvieron todas las virtudes. Además, habiendo adorado a las deidades y a los manes con ocasión de la ceremonia de sraddha de su padre, el de alma elevada Rama distribuyó muchas joyas y se ocupó en la celebración de un sacrificio muy difícil. De este modo, habiendo celebrado muchos sacrificios y multiplicado las obras piadosas, pasó muchos miles de años en felicidad.
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Una vez Yudhajit, rey de Kekaya, envió al de alma elevada Rama a Gargya, hijo de su propio preceptor Angiras, un santo brahmán de poderío no mitigado; y con él envió, en prenda de afecto, presentes de diez mil caballos, innumerables mantas, diversas joyas, diversas ropas y colchas bien lavadas. Oyendo la llegada del gran santo Gargya con los susodichos valiosos presentes enviados por su tío materno Yudhajit, el inteligente Rama, con sus hermanos, salió como un krosa a recibirlo y lo adoró de modo especial, como el señor de los celestiales honra a Vrihaspati. Habiendo dado así la bienvenida a aquel primero de los rishis y aceptado los valiosos presentes enviados por su tío materno, preguntó al asceta por su bienestar en todas las cosas. Entonces, sentado el gran rishi, dijo: «Es usted el primero de los diestros en el arte de la palabra, como el mismo preceptor de los celestiales. Puesto que ha venido usted en persona, mi tío debe de haberle encomendado un mensaje muy importante». Oyendo aquellas palabras de Rama, el gran santo le comunicó el objeto de su venida, diciendo: «Oh tú, de largos brazos, si te place, oye qué palabras amorosas ha dicho tu tío materno Yudhajit, el primero de los hombres: “Los gandharvas, que empuñan armas y son expertos en la guerra, guardan aquella hermosa provincia, que abunda en frutos y raíces, a orillas del río Sindhu. Oh héroe, aquellos gandharvas son hijos de Sailusha, sumamente poderosos y tres kotis en número. Habiendo izado tu bandera de victoria y conquistado aquella sumamente pintoresca ciudad de los gandharvas, incluye ese reino en tus bien asentados territorios. Nadie puede entrar allí. Oh tú, de largos brazos, no te lo pido para daño alguno tuyo. Que aquel sumamente encantador país sea de tu agrado”». Oyendo las palabras de su tío materno comunicadas por el gran santo, Rama, con deleite, dijo: «Lo que usted ha mandado se cumplirá». Diciendo esto, miró hacia Bharata y, regocijado y con las manos juntas, dijo al rishi: «Oh brahmarshi, estos dos príncipes son hijos de Bharata, y sus nombres son Taksha y Pushkala. Bien protegidos por el tío Yudhajit y precedidos por Bharata con su ejército y sus seguidores, someterán a los gandharvas y se dividirán el reino entre ellos. Habiendo establecido dos reinos e instalado allí a sus dos hijos, Bharata, el primero de los piadosos, volverá a mí».
Habiéndose dirigido así al brahmarshi, Rama dio sus órdenes a Bharata y dio la bienvenida a los dos príncipes. Entonces, bajo los auspicios de estrellas favorables, poniendo a Gargya delante, Bharata, con los príncipes y el ejército, salió de la ciudad de Ayodhya. Y el ejército de Rama, invencible aun para los celestiales, avanzó desde la ciudad durante un mes, como una hueste celestial bajo el mando de Indra. Los animales que viven de carne y los rakshasas de enormes cuerpos, ansiosos de sangre, siguieron a Bharata. Además, muchos miles de aves que se mueven por el cielo, leones, tigres y jabalíes iban delante del ejército. El ejército, compuesto de súbditos regocijados y sanos, pasando medio mes en el camino, llegó con buena salud al reino de Kekaya.
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Oyendo la llegada de Bharata con el ejército, Gargya y Yudhajit, rey de los kekayas, se regocijaron grandemente. Y con un enorme ejército salieron con presteza a conquistar a los gandharvas. Entonces el sumamente poderoso y ágil Bharata y Yudhajit, con los soldados y los seguidores, llegaron a la ciudad de los gandharvas. Habiendo oído la venida de Bharata, los sumamente poderosos gandharvas se congregaron y lanzaron rugidos de león. Entonces comenzó la batalla, capaz de erizar el vello, y continuó durante una semana. De ningún lado hubo victoria ni derrota. Por todas partes corrían ríos de sangre, y en ellos flotaban cuerpos humanos. Las dagas, las saktis y los arcos eran como las orillas del río. Entonces, enojado, Bharata, el hermano menor de Rama, disparó contra los gandharvas una espantosa flecha llamada Sangharata, semejante al fuego de la disolución. Habiéndolos atado a todos con el lazo de la muerte y destrozado con la Sangharata, Bharata despachó a todos los gandharvas a la morada de la muerte. Ni aun los celestiales podían recordar si había sucedido antes un encuentro tan espantoso. En un momento fue muerta la enorme hueste de los gandharvas. Tras la destrucción de los gandharvas, el hijo de Kaikeyi, Bharata, fundó dos excelentes y prósperas ciudades en la provincia de Gandharva. Y puso a Taksha en Takshasila y a Pushkala en Pushkalavati. Ambas ciudades estaban llenas de profusas riquezas y joyas y cubiertas de diversos jardines. En cuanto a sus muchos ornamentos, ambas parecían rivalizar entre sí. Por las compras y ventas justas y por la conducta de las gentes, las ciudades se volvieron sumamente encantadoras. Ambas estaban llenas de jardines y vehículos. Hileras de tiendas estaban bien dispuestas junto a las calles en ambas ciudades. Ambas estaban adornadas con muchos excelentes objetos de fantasía, casas pintorescas, encantadores palacios y muchos hermosos y altos árboles tala, tamala, tilaka y vakula. Habiendo levantado aquellas dos ciudades en cinco años, el hermano menor de Rama, Bharata, de brazos poderosos, hijo de Kaikeyi, regresó a Ayodhya. Y, como Vasava saluda a Brahma, adoró al de alma elevada Raghava, la misma personificación de la virtud, y le comunicó debidamente la destrucción de los gandharvas y la fundación de las dos ciudades. Y, oyendo las palabras de Bharata, Rama alcanzó un exceso de deleite.
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Oyendo las maravillosas palabras de Bharata, Rama y Lakshmana se regocijaron grandemente. Y entonces Rama dijo a Lakshmana: «Oh Saumitri, tus dos hijos, Angada y Chandraketu, son versados en las religiones, perfectamente capacitados para gobernar el reino y sumamente poderosos. Por eso los instalaré en el trono. Oh gentil, halla un país tal que estos dos diestros arqueros puedan recorrerlo sin obstáculo, y donde, si se establece un reino, no turbe la paz y la felicidad de otros reyes». Terminado el discurso de Rama, Bharata respondió: «El país de Karupada es sumamente pintoresco y está libre de toda espina. Que se funde allí la ciudad para Angada. Y que el hermoso país de Chandradyuti sea el reino de Chandraketu». Rama aprobó las palabras de Bharata y, habiendo puesto bajo su sujeción el país de Karupada, se lo dio a Angada. Levantó una hermosa y bien protegida ciudad para Angada. Y en el país de Malla levantó para Chandraketu una ciudad llamada Chandrakanti, sumamente pintoresca y semejante a la ciudad de los celestiales. Entonces, grandemente regocijados, Rama, irreprimible en la batalla, Lakshmana y Bharata, habiendo cumplido la ceremonia de la instalación, les ordenaron ir a sus respectivas ciudades. Angada partió hacia el oeste y Chandraketu hacia el norte. Lakshmana, el hijo de Sumitra, fue con Angada, y Bharata acompañó a Chandraketu. Habiendo pasado un año en la ciudad de Angada y viendo a su hijo bien asentado en el reino, Lakshmana regresó a Ayodhya. Y Bharata, según su deseo, habiendo pasado más de un año en la ciudad de Chandrakanti, volvió a Ayodhya y saludó los pies de Rama. Los piadosos Lakshmana y Bharata, ambos hermanos, estaban grandemente apegados a Rama; y, aunque pasaban sus días en otro lugar, no experimentaban dolor alguno a consecuencia de la separación de sus hijos. Observando todas las virtudes de este modo, Rama, el primero de los piadosos, Bharata y Lakshmana gobernaron a los súbditos durante diez mil años. Habiendo pasado sus días en la ciudad de Ayodhya, la misma ciudad de la virtud, los tres hermanos, que parecían hermosos como el fuego ardiente que recibe oblaciones en un gran sacrificio, alcanzaron el gozo en la plenitud del tiempo.
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De este modo, habiendo pasado algún tiempo el virtuoso Rama, Kala, tomando la forma de un asceta, llegó a la puerta del palacio. Y, viendo al inteligente Lakshmana a la puerta, dijo: «Comunica (a Rama) que he venido aquí por un asunto importante. Soy el mensajero del gran santo Atibala, de refulgencia incomparable. Oh tú, de gran fuerza, por un asunto particular he venido aquí a ver a Rama». Oyendo las palabras del gran santo, Saumitri fue con presteza a Raghava y le comunicó la llegada del asceta, diciendo: «Oh tú, de gran refulgencia, observando los deberes reales, ¡que alcances la victoria en ambos mundos! Un embajador radiante como el sol en virtud de su ascetismo ha venido aquí para visitarte». Oyendo las palabras de Lakshmana, Rama dijo: «Trae aquí con presteza a ese sumamente refulgente asceta que trae un mensaje». Entonces, diciendo «Así sea», Saumitri condujo al refulgente asceta hasta la casa de Rama. Y, habiéndose acercado a Rama, el primero de los Raghus, el asceta, ardiendo en su propia energía, le dijo con dulces acentos: «Oh gran rey, que la prosperidad lo corone». Y, habiéndole dado la bienvenida con agua y arghya, el sumamente refulgente Rama le preguntó por su bienestar. Preguntado por Rama acerca de su bienestar, aquel primero de los ascetas, diestro en el arte de la palabra, se sentó en un asiento hecho de oro. Entonces, dándole la bienvenida, Rama dijo: «Comuníqueme las palabras de aquel que lo ha enviado». Así interpelado por Rama, león entre los reyes, el asceta dijo: «Si desea procurar el bienestar de los celestiales, mi ferviente deseo es que hablemos de ello en un lugar solitario. Y, si tiene alguna consideración por las palabras de aquel primero de los ascetas, disponga que quienquiera que nos oiga o nos vea mientras conversemos en un lugar solitario sea muerto por usted». Entonces Rama le prometió que así se haría y dijo a Lakshmana: «Oh tú, de largos brazos, despidiendo al portero, aguarda tú a la puerta. Cuando hable con este asceta en esta estancia solitaria, quienquiera que nos oiga o nos vea será muerto por mí». Habiendo puesto así a Lakshmana a la puerta, Rama dijo a aquel rishi: «Oh gran santo, dígame lo que él le ha comunicado. Oh muni, ¿cuál es su intención y por qué rishi de alma elevada ha sido enviado aquí? Dígamelo todo sin temor alguno. Estoy ansioso de oírlo».
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Entonces el gran santo dijo: «Oiga, oh rey, oh usted, dotado de gran energía, a qué he venido aquí. Oh usted, de gran fuerza, el gran Patriarca me ha enviado a usted. Oh héroe, soy su hijo. Usted, en su nacimiento anterior, me engendró en Maya: soy Kala, el destructor de todo. El señor Brahma, padre de todas las criaturas, ha dicho que usted prometió preservar los tres mundos. Antiguamente, cuando, habiendo matado a todos los animales por su Maya, dormía usted en las aguas del poderoso piélago, nací yo. Después creó usted al Ananta de enorme cuerpo, que vive en las aguas como rey de las serpientes. Luego creó usted a dos sumamente poderosos asuras llamados Madhu y Kaitabha. En aquel tiempo, habiéndose esparcido por todas partes los huesos de aquellos dos asuras, esta tierra, que contiene muchas montañas, fue llamada Medini. Habiéndome procreado en su ombligo de loto, deslumbrante de brillo celestial, me empleó usted en la obra de la generación. Tomé el encargo y procreé a los hombres; pero, no hallando otro medio de preservarlos, lo adoré a usted, el señor del universo, y dije: “Oh señor, usted debe proteger a las criaturas, pues es mi padre y el dador de energía, y por tanto irreprimible”. Entonces, para concertar los medios de preservación de las criaturas, renunció usted a su forma irreprimible y tomó la forma de Vishnu. Y, naciendo del poderoso hijo de Aditi, se ocupó usted en acrecentar el deleite de mis hermanos. Solía usted proteger a las deidades siempre que las asaltaba alguna calamidad. Oh señor del universo, es por esa razón por lo que, viendo la destrucción de las criaturas, nació usted en la tierra para matar al demonio de diez cuellos. Y en aquel tiempo prometió usted que viviría en la tierra de los mortales durante once mil años. Entonces tomó usted una forma humana para cumplir su deseo. Ahora ese plazo ha madurado, y este es el tiempo apropiado para informarle de ello. Oh gran rey, aguarde en esta tierra de los mortales si desea gobernar a las gentes algún tiempo más. Y, si desea ir a la región de los inmortales, señoree de nuevo sobre las deidades en su forma de Vishnu y que queden libres de inquietud. Oh héroe, el Patriarca le ha enviado esta noticia». Oyendo aquellas incomparables palabras del Patriarca de boca de Kala, el destructor de todo, Rama dijo sonriendo: «Me he complacido y alegrado grandemente con tu venida aquí, oh hijo mío. Descendí a la tierra para procurar el bienestar de los tres mundos. ¡Que la fortuna te sea propicia! Iré ahora al lugar de donde he venido aquí. Estaba pensando en esto cuando viniste. Por tanto, no tengo duda en ello. Oh señor de la destrucción, los inmortales dependen de mí, de modo que estaré con ellos en todas las obras. El Gran Patriarca ha dicho la verdad».
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Mientras Rama y Kala conversaban así uno con otro, el gran asceta Durvasas llegó a la puerta para ver a Rama y, acercándose a Lakshmana, dijo: «Oh Saumitri, llévame pronto ante Rama; mi tiempo se va, así que llévame a mí primero». Oyendo las palabras del asceta, Lakshmana, el matador de enemigos, adorando los pies de aquel de alma elevada, dijo: «Oh ilustre señor, tenga la bondad de mencionar su asunto. ¿Cuál es su objeto? Ordéneme lo que he de hacer. Rama está ocupado en un asunto, así que tenga la bondad de aguardar aquí algún tiempo». Oyendo aquellas palabras, aquel primero de los rishis, Durvasas, impaciente de rabia, dijo con los ojos rojos como la sangre: «Oh Saumitri, si no vas en este mismo momento a comunicar a Rama mi llegada, lanzaré mi maldición sobre ti, sobre Rama, sobre Bharata, sobre Satrughna, sobre sus hijos y sobre sus nietos. Maldeciré también tu reino y tus ciudades. No puedo contener por más tiempo mi creciente ira». Oyendo aquellas espantosas y resueltas palabras del rishi, Lakshmana pensó para sí: «Mi propia destrucción es mucho más deseable que la de todos». Habiéndolo resuelto así, Lakshmana se acercó a Rama y le comunicó la noticia. Oyendo las palabras de Lakshmana y despidiéndose de Kala, Rama salió pronto y vio al hijo de Atri. Y, habiendo saludado a aquel grande y poderoso asceta, dijo con las manos juntas: «¿Cuál es su asunto?». Oyendo las palabras de Rama, el sumamente poderoso Durvasas, el primero de los munis, dijo: «Oye, oh Rama, amante de la virtud. Durante mil años he observado el voto del ayuno. Ha terminado hoy, así que dame tanto alimento como sea posible». Oyendo aquellas palabras, Rama se regocijó grandemente y dio el alimento debido a aquel asceta. Y, regalándose con aquel dulce alimento semejante al néctar, Durvasas, el primero de los rishis, dio las gracias a Rama y se fue a su propia ermita. Entonces, recordando las palabras de Kala, Rama se afligió grandemente. Y, pensando en aquellas espantosas palabras, quedó abrumado de dolor. Y, con el corazón abatido y el rostro bajo, permaneció en silencio algún tiempo. Entonces, pensando en las palabras de Kala y determinando que toda calamidad caería sobre él, aquel sumamente ilustre descendiente de los Raghus se armó de paciencia.
Section 118
Entonces, viendo a Rama con la cabeza baja y abatido como la luna poseída por Rahu, Lakshmana, con deleite y con dulces palabras, dijo: «No te aflijas por mí, oh tú, de brazos poderosos. Tal es el curso del tiempo; los movimientos de las criaturas están determinados por sus acciones anteriores, buenas o malas. Oh gentil, cumple tu promesa matándome sin vacilación alguna. Oh Kakutstha, los que no pueden cumplir sus promesas van al infierno. Oh gran rey, si tienes algún amor o afecto por mí, cumple tu promesa matándome sin temor». Oyendo aquellas palabras de Lakshmana, la mente de Rama se conmovió grandemente. Entonces, habiendo convocado allí a sus sacerdotes y ministros, les comunicó su promesa y la llegada de Durvasas. Oyéndolo, los ministros y los sacerdotes guardaron silencio. Entonces Vasishtha, de refulgencia no mitigada, dijo: «Oh sumamente ilustre Rama, de brazos poderosos, sabía de antes, en virtud de mi ascetismo, esta tu destrucción presente y tu separación de Lakshmana. El tiempo es poderoso; no falsees tu promesa. Las promesas no cumplidas traen la destrucción de la virtud. Y, menguada la virtud, en verdad los tres mundos, con los celestiales, los santos y las creaciones móviles e inmóviles, serán destruidos. Por tanto, oh primero de los hombres, protege el universo soportando la separación de Lakshmana, en interés de la preservación de los tres mundos». Todos los demás ministros y sacerdotes estuvieron de acuerdo con las palabras de Vasishtha. Entonces, oyendo sus consejos morales, Rama dijo a Lakshmana ante la asamblea: «Oh Lakshmana, no es justo obrar contra la moralidad; por eso te repudio, pues los piadosos sostienen que la destrucción y el repudio son una misma cosa». Diciendo esto Rama, Lakshmana no fue a su propia casa, sino que, con los ojos llenos de lágrimas, se marchó de allí. Habiendo llegado a las orillas del Sarayu y enjuagado la boca, se quedó allí de pie con las palmas juntas. Y, habiendo cerrado todos los pasajes, no respiró más. Ocupado así en penitencias Lakshmana, el hermano menor de Rama, con el aliento contenido, las apsaras, Indra y las demás deidades y los rishis derramaron flores sobre él. Entonces, fuera de la vista de los hombres, habiendo tomado dentro de su cuerpo al sumamente poderoso Lakshmana, el rey de los celestiales entró en su propia ciudad. Entonces, viendo llegado a su ciudad a Lakshmana, la cuarta porción de Vishnu, los celestiales se regocijaron grandemente y se ocuparon en adorarlo.
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Habiendo repudiado a Lakshmana y herido de pesar y dolor, Rama dijo a sus ciudadanos y ministros: «Habiendo puesto al piadoso y heroico Bharata en el trono de Ayodhya, iré hoy a los bosques. Reúnan allí sin demora todos los objetos de la instalación. Seguiré el camino que ha recorrido Lakshmana». Oyendo las palabras de Raghava, los súbditos, con la cabeza baja, permanecieron inmóviles como otros tantos cadáveres. Oyendo las palabras de Rama, Bharata quedó también estupefacto y, hablando mal del reino, dijo: «Oh rey, juro por la verdad que, lejos del reino, no deseo vivir ni en el cielo sin ti. Oh rey, de estos dos príncipes, Kusa y Lava, pon a Kusa en Kosala y a Lava en el Kosala del Norte. Y que emisarios de rápido andar vayan a Satrughna y le comuniquen la noticia de nuestra partida». Oyendo aquellas palabras de Bharata y viendo a los súbditos heridos de pesar, con la cabeza baja, Vasishtha dijo: «Mira, oh Rama, los súbditos se han echado por tierra. Enterado de su intención, satisface, pues, su deseo». Levantando a los súbditos según las palabras de Vasishtha, Rama dijo: «¿Qué bien puedo hacer por ustedes?». Oyendo las palabras de Rama, dijeron: «Oh rey, lo seguiremos adondequiera que vaya. Si tiene algún amor o afecto por los ciudadanos, permítales que sigan el buen camino de usted con sus esposas y sus hijos. Oh señor, si no nos abandona, vayamos todos adondequiera que usted vaya, sea un bosque, una región intransitable, un río o un océano. Oh gran rey, con esto nos regocijaremos grandemente. Solo pedimos este don. Nuestro deleite consiste en seguirlo a usted en todo». Observando una devoción tan firme de los ciudadanos, Rama accedió a ello. Entonces, habiendo cumplido sus deberes, instaló a Kusa en el reino de Kosala y a Lava en el país del norte. Habiendo instalado así a los de alma elevada y heroicos Kusa y Lava, y conferido a cada uno de ellos mil carros, un ayuta de elefantes, un ayuta de caballos y diversas joyas y riquezas, los estableció en sus respectivos reinos. Habiendo dispuesto así a los príncipes, despachó un emisario a Satrughna.
Section 120
Despachados por Rama, emisarios de rápido andar llegaron con presteza a Mathura. Viajando continuamente durante tres noches y tres días, llegaron allí y comunicaron la noticia a Satrughna. Habiéndole informado del repudio de Lakshmana, de la promesa de Rama y del séquito de los ciudadanos, dijeron: «El inteligente Rama ha levantado para Kusa la espaciosa ciudad de Kusavati al pie de la cordillera del Vindhya. Para Lava se ha levantado la ciudad de Sravanti, y los poderosos guerreros de carro Rama y Bharata, dejando Ayodhya vacía de hombres, se han dispuesto a ir al cielo». Habiéndole comunicado con presteza esta noticia, los emisarios descansaron. Luego pidieron a Satrughna que partiera pronto. Viendo la espantosa destrucción de su linaje, Satrughna mandó llamar a sus súbditos y sacerdotes y les informó de todo. Les comunicó también su propia destrucción junto con sus hermanos. Entonces el rey Satrughna se determinó a instalar a sus dos hijos en el reino. Subahu fue puesto en el trono de Mathura, y Satrughati llegó a ser rey de Vidisha. Habiendo establecido así a Subahu en Mathura y a Satrughati en Vidisha, el gran héroe Satrughna subió a su carro y fue a Ayodhya. Y allí vio al gran Rama, vestido de ropas de seda, ardiendo como el fuego en medio de los ascetas. Entonces, recordando su deber, saludó a Rama, conocedor de la piedad, y con las manos juntas dijo: «He puesto a mis dos hijos en el trono de mi reino. Ahora he resuelto seguirte, oh rey. Oh héroe, no me ordenes otra cosa. Solo pido no desatender tu mandato». Entonces, comprendiendo la firme resolución de Satrughna, el descendiente de Raghu accedió. Inmediatamente después de haber dicho esto Rama, los monos que toman formas a voluntad, los osos y los rakshasas comenzaron a reunirse allí. Enterados de la determinación de Rama de ir al cielo, los monos nacidos de los celestiales, los rishis y los gandharvas, poniendo a Sugriva delante, llegaron allí a ver a Rama. Y todos dijeron: «Oh Rama, oh primero de los hombres, si va usted al cielo abandonándonos a todos, será como arrojar sobre nosotros la vara de Yama». El sumamente poderoso Sugriva, también, saludando a Rama, dijo: «Oh señor de los hombres, habiendo puesto a Angada en el trono, he venido aquí. Me he determinado a seguirte, oh rey». Oyendo las palabras de los monos, Rama dijo que su deseo se cumpliría. Luego dijo a Vibhishana, el rey de los rakshasas: «Mientras las gentes respiren, oh Vibhishana, oh sumamente poderoso señor de los rakshasas, conservarás tu cuerpo en Lanka. Mientras existan la luna, el sol y la tierra, y mientras corra mi historia, tu reino existirá. Por amistad cumpliste mis mandatos y llevaste a cabo mis obras. Gobierna piadosamente a tus súbditos. No debo decir nada más. ¿Qué más te diré, oh sumamente poderoso señor de los rakshasas? Adora a Jagannatha (el señor del mundo), la deidad tutelar de la raza de Ikshvaku». Habiéndose dirigido así al rey de los rakshasas, que siempre obedecía el mandato de Raghava, Kakutstha dijo a Hanuman: «Está dispuesto que vivas para siempre; observa ahora tu promesa. Mientras mi historia corra por el mundo, vive felizmente por orden mía». Así interpelado por el de alma elevada Raghava, Hanuman alcanzó un gran deleite y dijo: «Mientras el sagrado tema corra por el mundo, viviré aquí cumpliendo los mandatos de usted». Luego dijo a Jambavan, el hijo de Brahma, a Mainda, a Dvivida y a otros cinco que estaban en su compañía: «Mientras exista el Kali Yuga, vivan todos ustedes». Habiéndose dirigido así a todos ellos, Kakutstha dijo a los osos y a los monos: «Vengan todos ustedes conmigo».
Section 121
Pasada la noche, el sumamente ilustre Rama, de pecho espacioso y ojos como pétalos de loto, dijo al sacerdote: «Que las brillantes sombrillas, el Agnihotra y el Vajapeya, que lucen bien en el gran camino, vayan delante con los brahmanes». Entonces el sumamente refulgente Vasishtha dispuso debidamente todas las ceremonias necesarias para ir al otro mundo. Entonces, vistiendo una tela fina, sosteniendo hierba kusa entre los dedos y recitando himnos védicos, se dirigió a las orillas del Sarayu. Habiendo abandonado todas las acciones de los sentidos y sufrido las penas de ir a pie, salió de la ciudad sin hablar, como el sol ardiente. A su derecha iba Sri, de manos de loto; a su izquierda, la diosa Tierra, y delante de él, el poder de la destrucción. Diversas flechas, enormes arcos y dagas, tomando formas, lo seguían. Y fueron también con él los cuatro Vedas en forma de brahmanes, la Gayatri que todo lo protege, el Omkara y el Vashatkara. Los rishis de alma elevada y los grandes asuras siguieron al de alma elevada Rama hasta las puertas abiertas del cielo. Todas las siervas, viejas y jóvenes, las damas del serrallo acompañadas de servidores sin hombría, Bharata y Lakshmana acompañados de sus esposas, lo siguieron con el Agnihotra. Todos aquellos de alma elevada, reunidos allí con el Agnihotra, siguieron a Kakutstha con sus esposas y sus hijos. Los ministros y los servidores, con sus hijos, sus bestias y sus amigos, siguieron regocijados a Rama. Entonces todos los súbditos, sanos y regocijados, fueron tras Raghava, atraídos por sus cualidades y limpios de sus pecados. Todas las mujeres y los varones, con sus bestias, sus aves y sus amigos, siguieron regocijados a Raghava. Bañados y regocijados, todos los monos, sanos y gozosos, siguiendo a Rama, hacían un continuo tumulto. No había nadie abatido, afligido o desdichado; todos parecían maravillosamente felices y regocijados. Cuando Rama salió de la ciudad, quienquiera que llegaba a verlo lo seguía, deseoso de ir al cielo. Los osos, los monos, los rakshasas y todos los ciudadanos lo siguieron con gran devoción y mentes recogidas. Y todos los demás animales que estaban fuera de la vista de todos en la ciudad fueron tras Raghava, que partía hacia el cielo. Todas las criaturas móviles e inmóviles, todas las que contemplaban a Kakutstha lo seguían. Todos los seres de Ayodhya, todo lo que respira, aun lo más diminuto, acompañaron a Rama.
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Habiendo andado así más de medio yojana, el descendiente de Raghu divisó el Sarayu, de aguas santas, que corría hacia el oeste. Y, habiendo cruzado hasta cierto punto aquel río de olas crecientes, Rama, con sus seguidores, llegó al lugar donde había de abandonar su persona. Entonces, en aquel momento, Brahma, el Abuelo de todos, rodeado de todas las deidades de alma elevada y con cien kotis de carros celestiales, llegó allí donde Kakutstha se había dispuesto a ir al cielo. El camino aéreo estaba lleno de lustre, pero su brillo se acrecentó aún más con la refulgencia nativa de los habitantes de los cielos, que siempre cumplen acciones piadosas. Soplaban vientos santos, fragantes y deleitosos, y caían en profusión flores celestiales de las manos de las deidades. El lugar se llenó del ruido de cientos de clarines tocados por los gandharvas y las apsaras. Y entonces Rama se dispuso a descender a las aguas del Sarayu. Entonces el Patriarca pronunció desde el firmamento estos acentos: «Venga, oh Vishnu; ¡que la fortuna le sea propicia! Por nuestra buena fortuna viene usted aquí. Oh Raghava, oiga: oh usted, de brazos poderosos, entre aquí con sus hermanos, semejantes a los celestiales en brillo, en la forma que más le plazca, sea la del cielo o su propia forma de Vishnu. Usted es el refugio de las criaturas; nadie lo conoce. Está usted más allá del alcance del pensamiento; es grande, inmortal e imperecedero; nadie lo conoce salvo Maya, de ojos espaciosos, su antigua esposa. Entre aquí usted mismo en la forma refulgente que más le plazca». Oyendo las palabras del Patriarca y determinándolo todo, el de mente elevada Rama entró allí corporalmente con sus hermanos en su forma de Vishnu. Entonces todos los celestiales, los sadhyas y los Maruts, encabezados por Indra y Agni, adoraron a aquella deidad, Vishnu. Así lo hicieron todos los rishis celestiales, los gandharvas, las apsaras, los suparnas, los nagas, los yakshas, los demonios, los danavas y los rakshasas. Entonces, ensalzándolo, los celestiales dijeron: «Nuestra región está ahora libre de pecados, y todos aquí se han regocijado y se han cumplido todos sus deseos». Entonces el sumamente refulgente Vishnu dijo al Patriarca Brahma: «Le corresponde a usted, oh usted, de buenos votos, asignar a estas gentes sus regiones apropiadas. Estos ilustres me han seguido por amor. Son dignos de mi respeto, pues son mis devotos y han renunciado a sus personas por mí». Oyendo las palabras de Vishnu, el señor Brahma, padre de todas las criaturas, dijo: «Todas estas gentes que han venido aquí irán a la región llamada Santanaka. Esta región está destinada aun a aquel que, nacido en el estado más degradado, piensa en todos los objetos como Vishnu. No hay duda de que alcanzarán esta región los que por devoción lo han seguido a usted y han renunciado a sus personas. Esta región tiene todos los atributos de la región de Brahma y está junto a ella. Los monos y los osos entrarán en sus respectivas formas celestiales. Entrarán en las deidades de las que respectivamente se originaron. Sugriva entrará en la región del Sol. Y obtendrán las formas de sus respectivos padres entre los celestiales presentes». Habiendo dicho esto el señor de las deidades, todos los que estaban presentes en el santo lugar de peregrinación de Gopratra descendieron a las aguas del Sarayu con los ojos llenos de lágrimas de gozo. Habiéndose bañado allí, abandonado con deleite sus vidas y renunciado a sus formas humanas, subieron a los carros celestiales. Y, habiendo alcanzado las aguas del Sarayu, cientos de los nacidos en la raza de las aves alcanzaron la tierra de los inmortales, obteniendo las respectivas formas celestiales (que habían tenido antes). Y en aquellas formas celestiales parecían refulgentes como las deidades. Y, yendo a las aguas del Sarayu, todos los objetos, móviles e inmóviles, habiéndose bañado allí, fueron a la excelente región celestial. Habiendo renunciado a sus cuerpos en sus aguas, todos los osos, los monos y los rakshasas alcanzaron la tierra de las deidades. Habiendo establecido así en el cielo a todos los que llegaron allí, el padre de las criaturas, con las deidades, regocijado y feliz, se fue al más alto cielo.
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Esta historia termina con el Uttara. Es tenida en reverencia por Brahma, fue compuesta por Valmiki y pasa por la primera de todas con el nombre de Ramayana. Entonces, como antes, Vishnu, que comprende los tres mundos y todos los objetos, móviles e inmóviles, se estableció de nuevo, como antes, en la tierra de los inmortales. Entonces los celestiales, los gandharvas y los grandes rishis solían oír felizmente cada día en el cielo este poema del Ramayana. En la ceremonia de sraddha, los sabios deben cantar este Ramayana, sagrado como los Vedas, que quita los pecados y acrecienta la vida y la prosperidad. Leyendo aunque sea un solo verso de este poema, el que no tiene hijo lo obtiene, el que no tiene riquezas las consigue, y las gentes quedan libres de todos los pecados. Leyendo aunque sea un sloka, las gentes quedan libres de todos los pecados que cometen cada día. Deben conferirse ropas, vacas y oro a aquel que canta este poema, pues, complacido él, todas las deidades quedan satisfechas. Quienquiera que lea esta historia del Ramayana, que confiere larga vida, es honrado en este mundo junto con sus hijos y sus nietos, así como en la tierra de los muertos. Quienquiera que lea este Ramayana, sea por la mañana, al mediodía o por la tarde, nunca se cansará. La pintoresca ciudad de Ayodhya permaneció vacía de hombres durante muchos largos años, pero fue poblada de nuevo bajo el gobierno del rey Rishabha. Valmiki, hijo de Prachetas, compuso este poema, que confiere larga vida, junto con la historia futura de la deidad y el Uttara Kanda. Aun Brahma lo admitió.