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Sundara Kanda

Section 1

Entonces aquel sometedor de enemigos resolvió seguir el camino de los charanas, en busca del lugar donde Ravana se había llevado a Sita. Y empeñado en lograr una difícil tarea, en la cual no tenía compañero de ayuda ni nadie que resistiera al mono, con el cuello y la cabeza erguidos, semejaba al señor de las vacas. Y espantando aves, aplastando árboles con el pecho y matando a multitudes de fieras, aquel sumamente poderoso, inteligente y sereno empezó a vagar a sus anchas por prados color de lapislázuli semejantes al agua, como un león que revienta de energía. Y en la llanura de aquel primero de los montes, lleno de nagas sin par y embellecido con metales naturales y sin mezcla, rojos, azul oscuro, negros, pálidos, rojo pálido, color de loto y variados; y atestado de yakshas, kinnaras, gandharvas y pannagas semejantes a dioses, excelentemente ataviados, Hanuman, apostándose, semejaba un naga en un lago. Entonces, juntando las manos ante el Sol, Mahendra, el Viento, el Autocreado y todos los Seres, puso su corazón en su viaje. Entonces, con el rostro hacia el Este, juntando las palmas ante su Padre, aquel bienaventurado empezó a adquirir proporciones para viajar hacia el Sur. Y tal como el mar crece con ocasión de un Parva, (Hanuman), decidido a dar su salto, sintiendo exaltación, empezó, en medio de los primeros monos, a crecer en provecho de Rama. Alcanzando una magnitud inmensa, él, deseoso de cruzar el océano, presionó la montaña con los brazos y las piernas. Y maltratada por el mono, la montaña se estremeció al punto por un rato; y todas las flores cayeron en lluvia desde las copas de los árboles. Y cubierta toda de montones de flores fragantes arrojadas por los árboles, la montaña entera lucía un aspecto florido. Y afligida por aquel de poderío de primer orden, aquella montaña derramó agua, como un elefante en celo. Y duramente asediado por aquel poderoso, el monte Mahendra apagó el brillo de oro, de plata y de colirio (que le era propio). Y la montaña empezó a arrojar enormes peñascos que contenían arsénico rojo; y su centro semejaba humo que alberga una llama centelleante. Y duramente atormentadas por el mono que las acosaba, todas las criaturas que moraban en las cavernas gritaron con tonos espantosos. Y aquel poderoso coro de las criaturas, a consecuencia de la agonía de la montaña, llenó la tierra entera, todos los puntos cardinales y las arboledas. Y las serpientes, sacando sus amplias capuchas marcadas con rayas azules, vomitando fuego feroz, empezaron a morder las rocas con los colmillos. Y aquellos gigantescos peñascos, mordidos por aquellas (serpientes) enfurecidas de veneno virulento, se encendieron en llamas y se hicieron añicos en mil fragmentos. Y aquellas hierbas medicinales que crecían allí, aunque dotadas de la virtud de neutralizar el veneno, no pudieron domar la fiereza del veneno de aquellas serpientes. Entonces, figurándose que la montaña estaba siendo hendida por rakshasas Brahma, los ascetas, agitándose, así como los vidyadharas junto con sus mujeres, empezaron a huir. Y abandonando sus asientos de oro y sus jarras en los lugares de bebida, y vasos costosos, y cántaros chapados de oro, y diversos manjares para chupar y carnes de varias clases, y escudos de cuero de toro, espadas de empuñadura de oro, seres con guirnaldas al cuello, ebrios, que llevaban guirnaldas y ungüentos rojos, de ojos rojos semejantes a lotos, volaron al firmamento. Y bellas mujeres adornadas con cadenas, brazaletes, Keyuras y pulseras, atónitas, con una sonrisa se elevaron al cielo junto con sus amantes. Y al presenciar este poderoso prodigio, vidyadharas y Maharshis, montados en el cielo, contemplaban la montaña. Y oyeron las palabras de ascetas penetrados de espíritu, y de charanas y siddhas, que estaban en el cielo azul: «Este Hanuman semejante a una montaña, hijo del Viento, dotado de extremo ímpetu, está ansioso de cruzar el océano, morada de Varuna. Y emprendiendo una ardua tarea en interés de Rama y de los monos, este desea ir a la otra orilla del mar, difícil de alcanzar». Al oír este discurso de los ascetas, los vidyadharas vieron en la montaña a aquel primero de los monos de inmensurable poder. Y aquel semejante al fuego sacudió y erizó su vello; y lanzó un tremendo rugido semejante a una poderosa nube (que retumba). Y saltando, azotó su cola provista toda de pelo y de pliegues, como el rey de las aves que maneja una serpiente. Y la cola de aquel dotado de extremo ímpetu, doblada y blandida, parecía una gigantesca serpiente llevada por Garuda. Y el mono plantó sus brazos semejantes a poderosas mazas, firmes (en la montaña); y su cintura se hizo esbelta; y se contrajeron sus piernas. Y contrayendo los brazos y el cuello, aquel garboso y poderoso convocó energía y fuerza, físicas y mentales. Y mirando su camino desde lejos, Hanuman, alzando los ojos y fijando la mirada en el cielo, contuvo el aliento en el pecho. Y plantando firmemente los pies, aquel dotado de poderosa fuerza, Hanuman, primero de los monos, encogiendo las orejas hacia arriba, saltó hacia delante; y aquel mejor de los monos dijo a los monos: «Como una flecha disparada por Raghava corre como el viento, así correré yo a Lanka, gobernada por Ravana. Y si no logro hallar a la hija de Janaka en Lanka, con la misma velocidad me encaminaré a las regiones de los celestiales. Y si no hallo a Sita en Lanka, tras tomarme tanto trabajo, traeré atado al rey de los rakshasas. O bien, alcanzando el éxito completo, volveré aquí (de regreso); o bien, arrancando Lanka de raíz, con Ravana en ella, la traeré aquí». Habiendo dicho esto, el mono Hanuman, primero de los monos, dotado de velocidad, sin detenerse a pensar, saltó de pronto. Y aquel poderoso mono se consideró semejante a Suparna. Y mientras volaba, los árboles situados en aquella montaña, a consecuencia de su violento impulso, encogiendo sus ramas, rodaron por todos lados. Y arrastrando por el ímpetu de su vuelo árboles en flor llenos de avefrías enloquecidas, avanzó por el cielo despejado. Y aquellos árboles llevados por el ímpetu de su vuelo siguieron al mono por un rato, como amigos que siguen a un amigo que ha partido hacia un país lejano. Y arrancados por el impulso de sus muslos (en carrera), Salas y otros poderosos árboles siguieron a Hanuman, como un ejército sigue a su monarca. Y rodeado de innumerables árboles con las copas coronadas de flores, Hanuman, que lucía un aspecto de montaña, era maravilloso de contemplar. Y aquellos árboles que eran más pesados se hundieron en el mar salado, como se hundieron las montañas en la morada de Varuna, afligidas por el temor a Mahendra. Y esparcido de diversos brotes, yemas y flores, el mono, semejante a una masa de nubes, lucía hermoso como una colina llena de luciérnagas. Y arrancados por la fuerza de su impulso, aquellos árboles, caídas sus flores, se hundieron en el mar, como amigos que regresan a sus hogares (tras haber acompañado a su amigo parte del camino). Y soplados por el viento causado por el mono, las diversas flores variadas de los árboles, a causa de su ligereza, cayeron en lluvia sobre el mar. Y cubierto de montones de flores fragantes de diversos colores, el mono semejaba una masa de nubes embellecida por líneas de relámpagos. Y las aguas (del océano), esparcidas de flores llevadas por su movimiento, parecían el cielo guarnecido de encantadoras estrellas (que lo coronan). Y sus brazos, tendidos en el cielo, parecían serpientes de cinco capuchas que salen de una montaña. Y parecía como si estuviera bebiendo el poderoso abismo con sus multitudes de olas, o como si aquel formidable mono estuviera deseoso de sorber el cielo mismo. Y mientras recorría la órbita del aire, sus ojos, que centelleaban como relámpagos, semejaban dos cráteres encendidos en una montaña. Y los ojos de aquel primero de los de color leonado semejaban el sol y la luna situados en una vasta aureola amarilla. Y junto a su nariz cobriza, su rostro lucía cobrizo, como luce el disco solar al acercarse la tarde. Y la cola erguida del vástago del dios del Viento, empeñado en saltar, resultaba hermosa en el cielo como el estandarte alzado de Sakra. Y el sumamente sabio hijo del Viento, Hanuman, de dientes blancos, con la cola enroscada, lucía apuesto como el sol con su disco. Y a causa de que su cintura estaba profundamente cobriza, aquel poderoso mono parecía una montaña que corre un poderoso torrente mezclado con minerales y tiza roja. Y el viento que había entrado en las axilas de aquel mono leonino que cruzaba el océano, ruge como nubes. Y como un meteoro compuesto de muchos menores, que se lanza desde arriba y cae (a la tierra), se precipitó aquel primero de los monos. Y entonces aquel robusto mono, semejante al sol que recorre su carrera, semejaba un elefante enloquecido atado por la mitad, cuyo bulto ha aumentado inmensamente. Y mientras recorría las alturas, a causa del reflejo proyectado por su cuerpo (sobre el seno del abismo), el mono parecía una barca mecida por la brisa. Y dondequiera que aquel poderoso mono iba sobre el mar, el estado de las cosas parecía sufrir una violenta convulsión por el impulso impartido por su cuerpo. Y aquel poderoso mono, dotado de extrema velocidad, se precipitaba, levantando multitudes de oleadas en el mar con su pecho semejante a roca. Y el viento engendrado por el mono, así como el de las nubes, saliendo, hizo rodar violentamente el océano de espantoso sonido. Y empujando hacia arriba multitudes de altas olas desde las aguas saladas, aquel mono semejante a un tigre se precipitaba, separando la tierra y el cielo. Y aquel dotado de vehemente velocidad pasó sobre las olas del poderoso océano, semejantes al Mandara o al Meru, como si las contara. Y las aguas azotadas hasta las nubes por la fuerza (de su velocidad) parecían nubes otoñales que cubren el cielo. Y entonces ballenas, caimanes, peces y tortugas aparecieron claramente visibles, como las personas de los individuos cuando se les ha quitado el paño. Y las serpientes marinas, al ver a aquel mono semejante a un tigre avanzar por el cielo, lo tomaron por el mismo Suparna. Y la sombra del mono leonino, que medía diez yojanas de ancho y treinta de largo, parecía aún más hermosa a causa de su hazaña. Y aquella sombra, semejante a masas de nubes blancas, que caía sobre las aguas saladas y seguía al hijo del dios del Viento, parecía sumamente hermosa. Y aquel sumamente enérgico y poderoso mono, poseedor de un cuerpo gigantesco, resplandecía en el camino aéreo sin sostén, como una montaña alada. Y el abismo, junto al curso que seguía con vehemencia aquel mono semejante a un elefante, se convirtió de pronto en un cauce de agua. Y recorriendo las regiones de las aves como el monarca de la raza alada, Hanuman, empujando masas de nubes, semejaba al mismo viento. Y colosales nubes dispersadas por el mono, pálidas, carmesíes, azules y de color mangistha, lucían sumamente hermosas. Y ya entrando en las nubes, ya saliendo de ellas, parecía la luna, unas veces oculta y otras visible. Y al contemplar a aquel mono que saltaba con celeridad, dioses, gandharvas y danavas empezaron a esparcir flores (sobre él). Y mientras saltaba, el Sol no lo quemó; y el Viento le ministró, para el éxito de la obra de Rama. Y los santos entonaron sus alabanzas mientras saltaba por el cielo. Y aplaudiendo al vagabundo de los bosques, alzaron la voz del canto. Y nagas y yakshas, y diversas (razas de) rakshasas, lo elogiaron al contemplar a aquel mono semejante a un tigre, Hanuman, en el acto de saltar. Y mientras Hanuman, aquel señor de los monos, estaba empeñado en el acto de saltar, el Océano, deseando gloria a la raza de los Ikshvakus, pensó para sí: «En verdad seré censurado por todas las personas si no ayudo a este señor de los monos, Hanuman. He sido criado por Sagara, el primero de la raza de los Ikshvakus, y este mono es su consejero. Por tanto, no me corresponde cansarlo. Me conviene hacer aquello por lo cual el mono pueda descansar en mí y, aliviado, recorrer felizmente el camino restante». Habiendo llegado a esta saludable resolución, el Océano habló a aquel mejor de los montes, Mainaka, de color de oro y situado en las aguas, diciendo: «Oh señor, tú has sido colocado aquí por el rey de los celestiales como puerta exterior contra los asuras que habitan la región bajo la tierra. Tú también, desde entonces, has estado aguardando a esta puerta, inabordable para los asuras, alzándote una y otra vez, y cuyo poderío es bien conocido (para el Señor de los celestiales). Oh montaña, eres capaz de expandirte hacia arriba, hacia abajo y a tus costados. Te ordeno, por tanto, oh mejor de los montes, que te alces. Aquel mejor de los monos, el enérgico Hanuman, el autor de poderosas hazañas, empeñado en el servicio de Rama, agotado de fatiga, aguarda por encima de ti. Al ver el agotamiento de aquel jefe de los monos, te corresponde alzarte». Al oír el discurso del Océano, la montaña de oro Mainaka, cubierta de altos árboles y enredaderas, se alzó al instante de su lecho acuático. Como el Sol de brillantes rayos que sale de la extensión acuática, se elevó desde el Océano. Así ordenada por el Océano, la gran montaña, cubierta por todos lados de agua, sacó de inmediato sus picos. El cielo parecía hendido por aquellas cumbres de oro, semejantes a la salida del Sol, habitadas por Kinnaras y por grandes serpientes. Alzadas así las cumbres de oro de aquella montaña, el cielo azul oscuro adoptó el color del oro. Y con aquellos picos de oro sumamente resplandecientes, aquel mejor de los montes adquirió el brillo de mil soles. Al contemplar ante sí aquella montaña alzada en medio del Océano salado, Hanuman la consideró una barrera para siempre. Como el Viento que dispersa las nubes, aquel poderoso mono, con gran velocidad, aplastó con el pecho aquellos picos alzados. Así aplastado por aquel mono, el mejor de los montes, informado de su poderío, empezó a gritar de alegría. Entonces, con corazón gozoso, tomando semblante de hombre y apostándose en su propia cumbre, aquel jefe de los montes se dirigió a Hanuman, diciendo: «Oh mejor de los monos, en verdad has estado empeñado en esta ardua tarea. Desciende sobre mi pico y descansa. Este océano fue criado por uno nacido en la familia de los Raghus. Y al verte empeñado en provecho de Rama, te venera. La virtud mejor y eterna consiste en devolver beneficios a quien nos ha beneficiado. Empeñado en devolver beneficios a la raza de Raghu, merece respeto de ti. Y para recibirte como es debido, he sido despachado por él con el mensaje: “Habiendo recorrido cien yojanas, este mono ha quedado agotado de fatiga; que recorra el camino restante tras descansar un rato en tu cumbre. Por tanto, oh mejor de los monos, permanece aquí y descansa. Y banqueteándote con estas muchas frutas y raíces fragantes y dulces, oh primero de los monos, alíviate de la fatiga y prosigue”. Oh jefe de los monos, mi relación contigo está llena de muchas virtudes y es conocida por los tres mundos. Oh hijo de Maruta, oh mejor de los monos, sé que eres el primero de todos los monos. Hasta a un huésped común debe adorarlo quien se atiene a la virtud; ¿qué no se hará contigo, grande como eres? Oh tú, león entre los monos, tú eres el hijo de Maruta, el primero de los celestiales, y eres su igual en velocidad. Tú, que conoces la virtud, siendo adorado, el propio Maruta recibe ofrendas. Eres, por tanto, digno de mi adoración. Escucha, hay otra razón para ello. Oh venerable, en tiempos antiguos, las montañas, dotadas de alas, empezaron a recorrer todas las regiones con velocidad semejante a la de Garuda. Mientras ellas se movían así, los celestiales, los ascetas y todas las criaturas casi desfallecieron de temor a que cayeran. Muy enfurecido, por tanto, el de mil ojos, el de cien sacrificios, cortó con su rayo las alas de centenares y millares de ellas. Cuando el Señor de los celestiales, colérico, se acercó a mí con su rayo, de pronto fui arrojado por el Viento de alma elevada. Oh mejor de los monos, fui así arrojado en este océano salado y preservado ileso por tus ancestros, teniendo mis alas ocultas. Por tanto, te adoraré, y eres objeto de mi culto, oh Maruta. Y esta mi relación contigo, oh primero de los monos, está preñada de muchas virtudes. Habiendo llegado el momento de devolver beneficios, oh de alma elevada, te corresponde darnos satisfacción a mí y al océano con corazón bienaventurado. Oh mejor de los monos, alíviate de la fatiga y acepta mis afectuosas ofrendas, yo que soy digno de tu respeto. Feliz soy de verte». Así abordado por Mainaka, el mejor de los montes, Hanuman, el primero de los monos, dijo: «Complacido estoy, y me has mostrado hospitalidad de sobra. Abandona tu cólera. Los asuntos me urgen a ir pronto y el tiempo está casi agotado. Además, he prometido que no me detendré en ningún lugar intermedio». Entonces, tocando la colina con la mano, aquel sumamente enérgico mono prosiguió, sonriendo, su camino aéreo. Entonces el océano y la montaña lo miraron con respeto y lo adoraron y lo recibieron con bendiciones dignas de la ocasión. Dejando atrás la montaña y el océano y elevándose alto, avanzó por el despejado firmamento recorriendo el camino aéreo. Elevándose alto y echando la vista abajo sobre la colina, aquel primero de los monos avanzó por la senda aérea sin sostén. Al contemplar esta obra singularmente ardua de Hanuman, los celestiales, los Siddhas y los ascetas lo alabaron todos. Todos los celestiales y otros que vivían en su cumbre quedaron muy complacidos con la montaña ataviada de oro y de hermosas laderas. Y también quedó complacido Vasava, el de mil ojos. Y sumamente complacido, aquel altamente inteligente señor de Sachi mismo se dirigió a aquel mejor de los montes de pintorescas laderas, diciendo: «Sumamente encantado estoy, oh señor de las montañas, oh tú de picos de oro. “No temas”, te declaro. Prosigue, por tanto, a tus anchas, oh apacible. Mucho has ayudado a Hanuman, cruzando sin temor y sin cesar sobre cien yojanas para que él no cayera en peligro. Este mono va en interés de Rama, hijo de Dasaratha, y tú lo has recibido lo mejor que has podido. Por tanto, estoy sumamente complacido contigo». Al contemplar a aquel señor de los celestiales, el de cien sacrificios, muy satisfecho, aquel mejor de los montes alcanzó un exceso de gozo. Y habiendo recibido dones (de Indra), la Montaña ocupó de nuevo su lugar primitivo. Y Hanuman, en poco tiempo, cruzó el océano. Entonces los celestiales, junto con gandharvas, siddhas y ascetas, hablaron a Surasa, la madre de las serpientes, semejante al Sol, diciendo: «El sumamente refulgente hijo del Viento, llamado Hanuman, está cruzando el océano. Se requiere que usted le ponga obstáculos por un rato. Tomando, por tanto, el semblante de un terrible rakshasa de torvo rostro, semejante a una enorme montaña y de terribles dientes y rostro de ojos cobrizos, toque usted el firmamento. Estamos ansiosos de saber si él la derrota por algún medio o cae en la aflicción». Así interpelada, la Venerable Surasa, honrada por los celestiales, deforme y horrible y capaz de excitar el temor de todos los seres, y obstruyendo a Hanuman mientras avanzaba, dijo: «Oh primero de los monos, tú has sido ordenado como mi alimento por los propios dioses. Te devoraré: entra en mi boca. Este es el don mismo que me fue conferido por la Deidad». Habiendo hablado así con presteza, abriendo ampliamente la boca, se plantó ante el hijo del dios del Viento. Así abordado por Surasa, (Hanuman), con semblante alegre, dijo: «Rama, hijo de Dasaratha, había entrado en el bosque de Dandaka en compañía de su hermano Lakshmana y de su esposa Vaidehi. Como él había suscitado hostilidad con los rakshasas, su ilustre esposa, Sita, mientras él estaba absorto en cierta obra, fue raptada por Ravana. Por mandato de Rama, voy a ella como su enviado. Le corresponde a usted, que vive en los dominios de (Rama), prestarle su ayuda. O bien, tras haber visto a la hija de Mithila, así como a Rama de incansables hazañas, entraré en su boca. Esto se lo prometo en verdad». Así interpelada por Hanuman, Surasa, capaz de tomar las formas que quería, dijo: «Nadie me pasará sin ser devorado por mí; este es el don mismo que he recibido». Entonces, al verlo alejarse, la madre de los nagas, Surasa, deseosa de probar la fuerza de Hanuman, habló: «Oh mejor de los monos, tendrás que ir, hoy, después de entrar en mi boca. Este es el don mismo que me fue conferido por la Deidad». Habiendo dicho esto con presteza, extendiendo ampliamente su capaz boca, se plantó ante el hijo del dios del Viento. Así abordado por Surasa, aquel primero de los monos, enfureciéndose, dijo: «Extiende tu boca de tal modo que puedas contenerme». Habiendo dicho esto a Surasa, que tenía la boca de diez yojanas, Hanuman se agrandó otros tantos yojanas. Entonces Surasa agrandó su boca veinte yojanas. Y al contemplar su boca extendida con una larga lengua, maravillosamente espantosa, semejante a la propia colina y a las nubes, que medía veinte yojanas, el inteligente hijo del dios del Viento, Hanuman, creció hasta medir treinta yojanas. Entonces Surasa extendió su boca cuarenta yojanas, y entonces el heroico Hanuman alcanzó la altura de cincuenta yojanas. Y Surasa agrandó su boca sesenta yojanas; y el heroico Hanuman se elevó al punto setenta yojanas. Y Surasa ensanchó su boca ochenta yojanas; y Hanuman, semejante al Fuego, se elevó noventa yojanas. Y Surasa agrandó su boca cien yojanas. Entonces, disminuyendo su persona semejante a una nube, el hijo del dios del Viento midió en aquel momento solo un pulgar. Luego, entrando en su boca y saliendo de ella, aquel sumamente poderoso y garboso, apostándose en el cielo, habló así: «Oh descendiente de Daksha, he entrado en su boca. Me inclino ante usted. Iré adonde está Vaidehi. Su don se ha cumplido». Al verlo fuera de su boca como la Luna fuera de la boca de Rahu, la venerable Surasa habló al mono en su propia forma, diciendo: «Para lograr tu fin, ve, oh primero de los monos, oh apacible, a tu sabor. Y llevando a Vaidehi noticias tocantes al de alma elevada Raghava, encuéntrate con ella». Al presenciar aquel tercer acto de Hanuman, difícil de ejecutar, todos los seres elogiaron al mono exclamando: «¡Excelente! ¡Excelente!». Luego él, semejante al viento en ímpetu, llegó al irreprimible océano, morada de Varuna, y siguió, envolviendo el firmamento, por el camino aéreo, visitado por lluvias, recorrido por aves y gandharvas, engalanado por el arco iris; embellecido por vehículos relucientes que ruedan, tirados por leones, elefantes, tigres o aves-serpientes; presidido por personas eminentemente piadosas y justas que han ganado las regiones del cielo y que por ello parece adornado por los (cinco) Fuegos; del contacto de Asani o Vajra; (siempre) servido por el Fuego que porta las oblaciones sacrificiales; guarnecido de planetas, estrellas y luminarias astrales, y del Sol y la Luna; frecuentado por Maharshis, gandharvas, nagas y yakshas; y puro e inmaculado; el sostén del universo, habitado por Visvavasu; gobernado por los elefantes del rey de los celestiales; la órbita del Sol y de la Luna, dotada de la auspiciosidad que constituye el dosel de este mundo vivo; irreprochable; y hecho por Brahma; atestado de innumerables héroes y vidyadharas. Y el hijo del dios del Viento, Hanuman, dispersando nubes como el propio Viento, avanzó por el camino aéreo como Garuda. Y poderosas nubes, de color rojo Kalaguru, amarillas y negras, al ser dispersadas por el mono, estallaron en brillo. Y entrando una y otra vez en las nubes y saliendo de ellas, semejaba la Luna durante las lluvias, que ya entra (en las nubes) y ya sale de ellas. Y por doquier Hanuman, hijo del dios del Viento, que recorría el cielo sin sostén, parecía el monarca de las montañas provisto de alas. Y sucedió que, al verlo en el acto de saltar, una rakshasi llamada Simhika, de gran edad y capaz de tomar las formas que quería, pensó para sí: «Hoy, tras largo lapso de tiempo, tendré mi alimento. Esta poderosa criatura ha caído en mi poder tras largo tiempo». Habiendo pensado así en su mente, atrapó la sombra de (Hanuman). Al ser atrapada su sombra, el mono reflexionó: «Como una poderosa barca es retardada en su curso en el mar por viento adverso, así he sido yo, paralizado mi poderío, obstruido de pronto en mi carrera». Entonces, mirando arriba, abajo y a los lados, el mono vio una poderosa criatura surgida de las aguas saladas. Y al ver a aquella de semblante distorsionado, el hijo del dios del Viento pensó: «Esta es, sin duda, la criatura de forma maravillosa, poseedora de extremo poderío, dada a asegurarse su presa por medio de su sombra, que había sido descrita por el rey de los monos». Y concluyendo por su acto que ella era Simhika, el inteligente mono, alcanzando un cuerpo gigantesco, se acrecentó, como una masa de nubes durante las lluvias. Y al ver el cuerpo agrandado del poderoso mono, ella extendió su boca que medía el cielo y las regiones inferiores. Y rugiendo como una masa de nubes, se lanzó contra el mono. Entonces aquel inteligente y poderoso mono observó su boca deforme y enorme, su cuerpo y sus miembros articulados. Y el formidable mono, duro como el rayo, contrayéndose en un momento, se arrojó en su boca. Y los siddhas y charanas lo vieron hundirse en su boca, como la Luna llena es tomada por Rahu durante un Parva. Entonces, desgarrando sus límites con sus afiladas garras, el mono, dotado de la celeridad del pensamiento, saltó hacia delante con vehemencia. Entonces, matándola con su agudeza de vista, aguante y destreza, aquel heroico mono dueño de sí empezó de nuevo a hincharse con fuerza. Aplastado su corazón por Hanuman, ella, privada de vida, cayó al agua. El Autocreado lo había creado para lograr su destrucción. Y al ver a Simhika muerta rápidamente por el mono y caída, criaturas que recorrían el cielo se dirigieron a aquel primero de los monos, diciendo: «Terrible es la hazaña que has ejecutado hoy. Poderosa era la criatura que ha sido muerta por ti. Logra tu fin deseado sin estorbo, oh primero de los monos. Aquel, oh jefe de los monos, que, como tú, está dotado de aguante, vista aguda, sentido y habilidad, no se abate en la acción». Honrado por estas palabras y deseado bien en cuanto a su propósito, aquel mono, digno de ser honrado, partió, envolviendo el cielo, como aquel que se sustenta de serpientes. Y sucedió que, cuando casi había llegado a la otra orilla (del océano), mirando por todos lados al cabo de cien yojanas, vio una hilera de bosques. Y mientras avanzaba, aquel mejor de los monos vio una isla adornada con diversos árboles y arboledas pertenecientes al Malaya. Y recorrió con la vista el mar, y las tierras que lo bordean, y los árboles que crecen en la orilla del mar, y los rostros de las esposas del Mar. Y contemplando su propia persona semejante a una poderosa masa de nubes, y como si cerrara el cielo, aquel dueño de sí determinó su curso de acción: «Tan pronto como los rakshasas vean mi cuerpo agrandado y la vehemencia de mi movimiento, serán presa del deseo de saber acerca de mí». Así pensó aquel de gran alma. Entonces, disminuyendo aquella su persona semejante a una montaña, aquel dueño de sí, purgado de ignorancia, retomó su forma natural. Y disminuyendo aquella forma al más pequeño volumen, Hanuman permaneció en su forma nativa, como aquel despojador del poderío de Vali, Hari, después de haber dado sus tres pasos. Y así tomando diversas formas hermosas, aquel que obraba tras reflexionar, habiendo llegado a la otra orilla del océano, inalcanzable por otros, al recorrer con la vista su (inmensamente agrandada persona), redujo su cuerpo (a su tamaño anterior). Y aquel de alma elevada, semejante a un pabellón de nubes, descendió en la (primera) cumbre de la espléndida montaña Lamba, coronada de picos pintorescos y abundante en ketakas, uddalakas y cocoteros. Y llegando a la orilla del mar y contemplando Lanka en la cima de aquel primero de los montes, el mono, renunciando a su forma nativa, cayó sobre aquella montaña, agitando aves y fieras. Y habiendo saltado a viva fuerza sobre el océano que se agita con olas y está repleto de danavas y pannagas, él, descendiendo en la orilla del poderoso océano, contempló Lanka como semejante a Amaravati.

Section 2

Habiendo cruzado el océano, imposible de reprimir, aquel dotado de gran fuerza, apostado en la meseta del Chitrakuta y habiéndose refrescado, posó los ojos en Lanka. Y cubierto de lluvias de flores derramadas por los árboles, aquel mono poseedor de poderío apareció entonces allí como Pushpamaya. Y habiendo salvado cien yojanas, aquel mono dotado de poderío de primer orden no exhaló suspiros ni sintió fatiga alguna. «Soy capaz de saltar muchos centenares de yojanas. ¿Qué es, pues, este extremo del océano, que mide solo cien yojanas?». Y aquel primero de los dotados de energía y primero de los monos, dotado de velocidad, fue a Lanka, habiendo cruzado el poderoso océano. Y viendo prados azules y bosques perfumados, repletos de miel y llenos de montañas, siguió su camino por la vía central. Y aquel primero de los monos, el enérgico Hanuman, avanzó por colinas llenas de árboles y por hileras de bosques en flor. Y apostándose en aquella montaña, el vástago del dios del Viento contempló bosques, arboledas y Lanka, establecida en la frente de la montaña. Y aquel elefante de mono observó Saralas y Karnikaras, y datileras en plena flor, Piyalas, Muchulindas, Kutajas y Ketakas, Piyangus cálidos de aroma, y Nipas, y Saptachhadas; Asanas, Kovidaras y Karaviras en flor, y árboles que daban flores, llenos de cisnes y Karandavas, y cubiertos de lotos y lirios; y encantadoras colinas de recreo y diversas extensiones de agua; y vastas regiones cubiertas de diversos árboles que daban flores y frutos en todas las estaciones, y jardines sumamente hermosos de contemplar. Y acercándose a Lanka, embellecida con lirios y rodeada de un foso lleno de lotos, aquel agraciado con la auspiciosidad, aquel garboso mono, Hanuman, contempló Lanka vigilantemente guardada por Ravana a causa del rapto de Sita, con rakshasas portadores de fieros arcos que recorrían todo el contorno; aquella poderosa y cautivadora capital rodeada de una muralla de oro, llena de edificios semejantes a riscos y que parecían nubes otoñales, y de elevadas vías amarillentas; abundante en centenares de estandartes montados en las murallas y embellecida con gallardetes y banderolas, con nobles puertas de oro pintadas de plantas; y semejante a la metrópoli del mismo soberano de los celestiales. Y aquel garboso mono vio Lanka situada en la cima de la montaña, llena de espléndidos palacios blanco amarillentos, como una ciudad situada en el cielo; gobernada por el señor de los rakshasas y levantada por el propio Visvakarma. Y el mono Hanuman contempló Lanka, como si se moviera en el cielo: con sus murallas provistas de estrados por caderas, las inmensas aguas y bosques por vestido, Sataghnis y dardos por puntas de cabello, y gallardetes en sus murallas por pendientes; construida como por obra de la Mente, y edificada por el propio Visvakarma. Y llegando a la puerta del Norte, semejante a la mansión del Kailasa, que parecía hender el firmamento y sostener el cielo con elevados y gloriosos edificios, y observando el mar, a su temible enemigo Ravana, la ciudad repleta de serpientes venenosas, así como el método de defensa (desplegado en ella), el mono reflexionó: «Aun si los monos vinieran aquí, no lograrían el éxito, pues Lanka es incapaz de ser tomada en batalla ni por los propios celestiales. Aun si Raghava, de brazos poderosos, llegara a esta Lanka de aspecto terrible e inexpugnable, levantada por Ravana, ¿qué podría hacer? Oportunidad no hallo ni para la conciliación con los rakshasas, ni para (ganármelos) con dones, ni para sembrar disensiones entre ellos, ni para vencerlos en la lucha. De todos los monos, solo cuatro dotados de (excepcional) celeridad, a saber, el hijo de Vali, Nila, el inteligente rey y yo mismo, tienen el poder de llegar hasta aquí. Cuando haya averiguado si Vaidehi vive o no, pensaré en esto, tras entrevistarme con la hija de Janaka». Entonces aquel mono semejante a un elefante, apostado en la cumbre de aquella montaña, reflexionó por un rato sobre el éxito de Rama: «No puedo en esta forma lograr entrar en la ciudad de los rakshasas, guardada por taimados y poderosos rakshasas. Debo, mientras busco a Janaki, engañar a todos los rakshasas fuertes y sumamente enérgicos dotados de poderío. Para lograr este poderoso objeto, me conviene entrar en Lanka de noche, en una forma invisible, pero bien adecuada al fin que persigo». Y al contemplar la ciudad en tal estado, difícil de ser sometida por los celestiales y los asuras (juntos), Hanuman, suspirando un momento, pensó para sí: «¿Cómo puedo yo, sin ser descubierto por el impío señor de los rakshasas, Ravana, lograr ver a la hija de Janaka, Maithili? ¿Cómo puede la obra de Rama, conocedor de sí, (manejarse de modo que) no sea reducida a nada? ¿Cómo puedo ver a la hija de Janaka a solas, en secreto? Las acciones en vísperas mismas del éxito, al ser obstruidas por la estación y el lugar adversos y por obra de enviados irreflexivos, quedan en nada, como la oscuridad se disipa al salir el sol. Y respecto de lo que debe emprenderse y lo que no, hasta la decisión cierta (de un amo ayudado por sus consejeros), a causa de un mensajero descuidado, no aparece en toda su belleza: los mensajeros (necios), pero orgullosos de su saber, reducen todo asunto a nada. ¿Cómo puedo obrar de modo que mi asunto no sufra? ¿Cómo puedo evitar la temeridad? ¿Cómo puede mi salto sobre el abismo dar fruto? Si los rakshasas me ven, la obra de Rama, conocedor de sí, deseoso de la destrucción de Ravana, quedará malograda. Aun si tomo forma de rakshasa, no puedo permanecer en parte alguna sin ser descubierto por los rakshasas. ¿Qué diré de cualquier otra forma? Ni siquiera el viento, concibo, anda por aquí sin ser percibido. Nada hay aquí que sea desconocido para los rakshasas de hazañas formidables. Si me quedo aquí encarnado en mi forma nativa, hallaré la destrucción; y el interés de mi amo también sufrirá. Por tanto, empequeñeciéndome, entraré de noche en Lanka, para lograr el bienestar de Raghava, en mi propia forma. Entrando de noche en la capital de Ravana, de difícil acceso, y obteniendo entrada en cada morada, buscaré a la hija de Janaka». Habiendo así tomado su decisión, el heroico Hanuman, sumamente ansioso de ver a Vaidehi, deseó la puesta del sol. Puesto el sol, de noche el hijo del dios del Viento, contrayendo su persona, reduciéndose a las dimensiones de un gato, se volvió maravilloso de contemplar. Y al anochecer, el poderoso Hanuman, saltando, entró en la encantadora ciudad de Lanka, de bien divididas vías; provista de hileras de edificios con pilares de oro y celosías, semejante a la metrópoli de los gandharvas. Y vio aquella espléndida ciudad que contenía edificios de siete y de ocho plantas, tachonados de cristal y adornados de oro. Y las moradas de los rakshasas estaban embellecidas con estos (adornos). Y elegantes puertas de oro pertenecientes a los rakshasas daban por doquier esplendor a Lanka, adornada toda. Al contemplar Lanka, maravillosa y de inconcebible belleza, el poderoso mono, deseoso de contemplar a Vaidehi, se sintió abatido y encantado a la vez. Y él (entró en Lanka) engalanada con edificios amarillos unidos entre sí, con los arcos ornamentados de sus puertas provistos de redes de oro precioso; famosa (por todo el mundo); gobernada por el brazo de Ravana y vigilantemente guardada por vagabundos de la noche de terrible fuerza. Y como si le ministrara, la Luna, provista de muchos millares de rayos, se alzó con las estrellas en medio del cielo, derramando luz lunar sobre todas las criaturas. Y aquel heroico mono contempló la Luna, de brillo de caracola y color de leche o de tallo de loto, alzada y flotante (en el firmamento), como un cisne que nada en un estanque.

Section 3

Asumiendo la cualidad de la bondad y la energía en el monte Lamba, provisto de elevadas cumbres y semejante a largas masas de nubes, Hanuman, hijo del dios del Viento, capaz de concluir en armonía con la estación, poseedor de extrema fuerza, un elefante entre los monos, entró de noche en Lanka, opulenta de encantadores bosques y aguas, la ciudad gobernada por Ravana; embellecida con edificios semejantes a nubes otoñales; sonora como la propia Vitapavati, con elefantes enloquecidos (apostados) en sus elegantes puertas; que contenía portones blancos de arcos ornamentados; semejante a la hermosa Bhogavati, habitada y protegida por serpientes. Y llegando de pronto a aquella (ciudad) semejante a Amaravati, esparcida de nubes cargadas de relámpagos, con huestes de luminarias y tumultuosa con los rugidos de ráfagas bramantes, rodeada por una poderosa muralla de oro, resonante con el tintineo de campanillas y embellecida con gallardetes, él, sumamente exaltado, se dirigió hacia la muralla. Y al contemplar la ciudad en derredor, provista de puertas de oro; con patios cuadrangulares compuestos de lapislázuli; adornada con pavimentos enlucidos y enjoyados tachonados de toda clase de gemas, cristales y perlas; con elefantes enloquecidos de oro bruñido y de plata blanca e inmaculada; con escaleras de lapislázuli, (puertas) libres de polvo con su centro compuesto de cristal y con majestuosos salones; elegante, y con moradas contiguas que parecían alcanzar los cielos; resonante de kraunchas y pavos reales; frecuentada por cisnes; y por doquier resonante con los sonidos de trompetas y adornos. Y entonces, al contemplar la ciudad de Lanka, semejante a Vasvokasara y que parecía ascender al firmamento, el mono Hanuman se llenó de arrobo. Y viendo la deliciosa, divina y próspera ciudad de Lanka perteneciente al señor de los rakshasas, aquel dotado de poderío pensó para sí: «Esta ciudad protegida por las fuerzas de Ravana, con las manos que sostienen armas alzadas, es incapaz de ser sometida a la fuerza por cualquier otro. A este lugar pueden entrar fácilmente Kumuda y Angada, así como aquel poderoso mono, Sushena; y también Mainda y Dvivida. Y hay camino también para el vástago del Sol, y aquel mono, Kusaparva, así como aquel primero de los monos, Riksha, y para mí». Y habiendo presenciado el poderío de Raghava, así como el vigor de Lakshmana, el mono se llenó de gozo. Y aquel formidable mono contempló la metrópoli del monarca de los rakshasas, que tenía por vestido el mar; por pendientes, establos de vacas y caballerizas; por pechos, torretas montadas en las murallas para lanzar proyectiles, ataviada como una doncella; con su oscuridad disipada por brillantes luces y los poderosos planetas. Y mientras entraba, aquel poderoso mono semejante a un tigre, vástago del dios del Viento, fue recibido por la ciudad en su forma nativa. Y al ver a aquel mejor de los monos, Lanka, gobernada por Ravana, alzándose por sí misma con el semblante deformado, se plantó ante el heroico hijo del Viento; y, emitiendo un tremendo rugido, se dirigió al vástago del dios del Viento, diciendo: «Oh tú, que tienes los bosques por hogar, ¿quién eres? ¿Y con qué misión has venido aquí? Dímelo mientras aún tengas en ti tus poderes vitales. Oh mono, sin duda eres incapaz de obtener entrada en esta Lanka, protegida por las fuerzas de Ravana y cuidadosamente guardada por todos lados». Entonces el heroico Hanuman habló a la que estaba plantada ante él: «Te diré todo acerca de aquello que me preguntas. ¿Quién eres tú que, con ojos deformes, estás a la puerta de esta ciudad? ¿Y por qué, oh espantosa, me increpas con ira?». Al oír el discurso de Hanuman, Lanka, capaz de tomar las formas que quería, enfureciéndose, se dirigió al vástago del dios del Viento, diciendo: «Yo, que soy imposible de reprimir, atenida al mandato del soberano de los rakshasas, de alma elevada, protejo esta ciudad. Tú eres incapaz de entrar en esta ciudad pasando junto a mí. Tú hoy, perdiendo la vida y muerto por mí, dormirás (el sueño de la muerte). Oh mono, yo soy la Ciudad de Lanka misma. Guardo por todos los medios (todo lo que hay aquí)». Al oír las palabras de Lanka, Hanuman, hijo del dios del Viento, primero de los monos, esforzándose (por asegurar la victoria), se plantó como otra colina. Y viéndola aparecer en forma de mujer deforme, aquel primero y mejor de los monos, dotado de inteligencia, poseedor de poderío, dijo: «Contemplaré la ciudad de Lanka, coronada de torretas, murallas y arcos ornamentados; es por esto que he venido aquí. Grande es mi deseo de saber. He venido, en verdad, a ver aquí los bosques, arboledas y jardines de Lanka, así como sus principales edificios». Al oír estas palabras de él, Lanka, capaz de tomar las formas que quería, le habló de nuevo con un discurso cargado de letras disonantes: «Oh tú de entendimiento perverso, oh peor de los monos, sin (antes) vencerme a mí, no puedes hoy contemplar esta ciudad gobernada por el monarca de los rakshasas». Entonces aquel tigre de mono dijo a aquella vagabunda de la noche: «Tras ver esta ciudad, oh apacible, me iré tal como he venido». Entonces, lanzando un poderoso y terrible rugido, Lanka, llena de vehemencia, golpeó a Hanuman con la palma. Y aquel mono semejante a un tigre, el enérgico vástago del dios del Viento, al ser golpeado vigorosamente por Lanka, emitió un tremendo rugido. Y (Hanuman) cerró los dedos de su mano izquierda en un puño y, transportado de ira, se lo asestó. Y considerando que era una mujer, no cedió a la cólera excesiva. Y golpeada (por Hanuman), aquella vagabunda de la noche, de rostro deforme, vencido su cuerpo, cayó de pronto a tierra. Y el enérgico y heroico Hanuman, al verla medir su largo en el suelo, en consideración a que era mujer, se llenó de compasión. Entonces, sumamente agitada, Lanka se dirigió al mono Hanuman con humildes palabras, con las letras vacilantes: «¡Oh de brazos poderosos, sé propicio conmigo! Sálvame, oh mejor de los monos, oh apacible. Los que están dotados de fuerza y de extremo vigor guardan siempre respeto a la dignidad de las escrituras. Por tu poderío, oh mono, has vencido, oh héroe, oh tú dotado de maravillosa fuerza, a mí misma, que soy la Ciudad de Lanka. Escucha esta narración que yo, oh primero de los monos, te refiero: cómo el mismo Autocreado me confirió un don: “Cuando cierto mono, por su poderío, te someta a su dominio, entonces comprenderás que el temor ha llegado a los rakshasas”. Y ese momento, oh apacible, ha llegado para mí a consecuencia de mi encuentro contigo. La verdad decretada por el Autocreado no admite retroceso. La destrucción del injusto rey Ravana junto con todos los rakshasas ha sobrevenido a consecuencia de Sita (que fue raptada). Por tanto, oh mejor de los monos, entra tú en la ciudad gobernada por Ravana y lleva a cabo las tareas que deseas. Entrando en esta espléndida ciudad que yace bajo una imprecación, gobernada por el jefe de los rakshasas, recorriendo felizmente a tu voluntad todos los lugares, busca a la casta hija de Janaka».

Section 4

Habiendo vencido con su vigor a la excelente Ciudad de Lanka, capaz de tomar las formas que quería, aquel sumamente enérgico primero de los monos, Hanuman, dotado de prodigioso poderío, saltó de lleno sobre una muralla donde no había puerta alguna; y aquel mono semejante a un elefante, dotado de gran fuerza, entró de noche en Lanka. Y entrando en la ciudad de Lanka, aquel que (siempre) procuraba el bienestar del rey de los monos puso su pie izquierdo sobre las cabezas de sus enemigos. Y entrando de noche, el vástago del dios del Viento, dotado de fuerza, avanzó por la calle principal esparcida de flores. Y el mono ejerció su dominio en la encantadora ciudad de Lanka, que resonaba con sonidos gratos mezclados con risas y retumbaba con toques de trompeta. Y con multitudes de moradas marcadas con el rayo y el gancho y adornadas con ventanas de diamante, la encantadora metrópoli lucía espléndida, como el firmamento con nubes. Y entonces Lanka, con hermosas y variadas moradas de rakshasas, semejantes a nubes blancas y dispuestas como hojas de loto, y adornada por todos lados con estructuras sobrescritas «Vardhamana», resplandeció en toda su gloria. Y aquel garboso que servía en los intereses del rey de los monos, vagando en provecho de Rama, contempló (Lanka) adornada con guirnaldas variadas, y se deleitó sobremanera. Y yendo de casa en casa, aquel primero de los monos observó por todos lados diversas moradas de formas y colores diversos, y oyó encantadoras canciones entonadas en las tres octavas por doncellas enloquecidas de amor, semejantes a apsaras celestiales. Y oyó también el tintineo de cinturones y el entrechocar de brazaletes; y sonidos de pasos en las escaleras de edificios pertenecientes a los de alma elevada; y sonidos que procedían de manos que aplaudían; y el rugido de leones aquí y allá. Y (Hanuman) oyó allí, en las moradas de los rakshasas, Mantras recitados por personas ocupadas en ello, y por quienes se dedicaban a los estudios védicos. Y (Hanuman) vio trasgos y rakshasas vociferando y elogiando a Ravana; y poderosos enjambres de rakshasas apostados, que cubrían la calle principal. Y en el patio central halló innumerables espías del rakshasa (Ravana), unos iniciados, otros de cabellos enmarañados, otros con la cabeza rapada, y algunos vestidos de pieles de vaca, unos con paños y otros completamente desnudos; y (halló allí a personas) que llevaban puñados de darbha por armas, y (que tenían) el hogar del fuego sacrificial por brazos; y a los que llevaban en las manos mazas y armas ocultas, o sostenían varas por armas, o tenían un solo ojo o una sola tez, o tenían un solo pecho colgando; y a los de aspecto espantoso con atavío desigual; y enanos espantosos de ver; y arqueros; y espadachines; y (guerreros) que llevaban sataghnis y mazas por armas; los que llevaban excelentes parighas en las manos o resplandecían en una cota primorosa; personas no excesivamente gordas ni excesivamente flacas; no indebidamente altas ni indebidamente bajas; no sumamente claras ni sumamente oscuras; no indebidamente torcidas ni indebidamente enanas; y los deformes, o de muchas formas, o dotados de belleza, o que poseían esplendor; portaestandartes; y portabanderas. Y (Hanuman) vio también diversas armas; y a los que tenían por armas dardos y vrikshas, o llevaban pattisas y asanis, o tenían Kshepanis y lazos en las manos, vieron a aquel poderoso mono, o llevaban guirnaldas, o tenían sus personas untadas de pastas, o adornadas con nobles adornos, o vestidas de diversas clases de ropas; y a muchos que vagaban adonde les placía; y a los que sostenían jabalinas afiladas; y poderosos que llevaban Vajras; y centenares y millares de guerreros acuartelados en el patio central y empeñados en guardar vigilantemente el interior, habiendo sido dirigidos por el señor de los rakshasas, vieron al mono. Y habiendo visto aquel edificio situado ante el aposento interior, aquel poderoso mono vio la famosa mansión del jefe de los rakshasas, rematada en la cumbre de la montaña, con enormes arcos de oro sobre la puerta; rodeada por un foso enriquecido con lotos pálidos; y completamente guardada por una muralla; semejante al propio cielo; magnífica; resonante con sonidos gratos; que resonaba con el relincho de caballos y de corceles maravillosos; y adornada con carros y vehículos, carrozas y caballos finos, elefantes y elefantes de cuatro colmillos semejantes a masas de nubes blancas; y poseedora de elegantes puertas. Y el mono entró en el palacio protegido por el jefe de los rakshasas, guardado por fieras y aves enloquecidas y millares de trasgos dotados de extremo y gran poderío. Y él (Hanuman) entró en el aposento interior de Ravana, rodeado de una muralla compuesta de oro resplandeciente y Jambunada; con la cima decorada de gemas costosas y perlas; y venerado con excelente Aguru negro y sándalo.

Section 5

Y como para servirle (a Hanuman), se alzó la Luna de millares de rayos en medio de las estrellas, envolviendo a todas las criaturas con su luminoso dosel. Y aquel mono sumamente heroico contempló la Luna del tono del brillo de la caracola, o de la leche, o del tallo de loto, alzada y flotando (en los cielos), como un cisne que nada en un estanque. Y aquel inteligente desde la tierra contempló la Luna llegar a la mitad del cielo; resplandeciendo por momentos en la luz lunar; apareciendo (espléndida) como en conjunción con el mismo Sol, y como un toro que holgazanea en su establo. Y vio a la (Luna) de rayos suaves, ahuyentando el remordimiento de todos, hinchando el mar y mostrando a todas las criaturas, alcanzar el centro del firmamento. Y aquella Lakshmi que en la tierra reside en el Mandara, al atardecer en el mar y en el loto sobre el agua, lucía sumamente hermosa, situada junto a la encantadora Luna. Como un cisne en una jaula de plata, como un león en una cueva del Mandara, como un héroe sobre un altivo elefante, apareció la Luna en medio del firmamento. Y con (la marca del) cuerno, la Luna semejaba un toro de afilados cuernos, o una poderosa colina de blanco tono con cumbres elevadas, o un elefante con los colmillos chapados en oro. Y, con su suciedad compuesta de partículas de agua fresca quitada, y la oscuridad disipada a causa de la cercanía del poderoso planeta, y con sus manchas apareciendo claras por su aspecto resplandeciente, apareció la venerable Luna, marcada con la liebre, en pleno esplendor. Y como un león al salir de su caverna, o un señorial elefante al entrar en lo más espeso de un poderoso encuentro, o un monarca al obtener un reino, apareció la Luna en pleno esplendor. Y apareció entonces la venerada Medianoche, ahuyentando la oscuridad con la Luna a la vista, cuando los (rakshasas) carnívoros dan plena libertad a su vicioso apetito de carne, y cuando cesan las disputas entre enamorados, y que hace descender el cielo mismo. Los sonidos de cuerdas, dulces al oído, se esparcieron en derredor; las mujeres duermen junto a sus maridos; y los vagabundos de la noche, dados a actos asombrosos y terribles, están del mismo modo fuera, entregados a sus juegos. Y el inteligente mono vio moradas atestadas de (rakshasas), unos ebrios de vino y otros de riqueza; y abundantes en carros y caballos y asientos de oro; y colmadas de la gracia que procede del heroísmo. Y (los rakshasas) parlamentaban, moviendo sus brazos rollizos, increpándose unos a otros y lanzándose discursos destemplados. Y (Hanuman vio) rakshasas golpeándose el pecho (a modo de desafío), hundiéndose en las personas de sus amadas, vestidos con diversos atavíos o tensando sus recios arcos. Y (él) vio gallardas doncellas untándose el cuerpo con pastas; y otras, a su vez, durmiendo; y mozas de bello rostro sonriendo; y otras suspirando fuertemente bajo el influjo de la ira. Y con gigantescos elefantes que rugían, (el lugar), honrado por personas piadosas, con sus héroes lanzando suspiros, lucía sumamente hermoso, como un lago en el que suspiran serpientes. Y en aquel aposento (Hanuman) vio a personas de comprensión imponente, dotadas de lengua suave, imbuidas del espíritu de reverencia, los primeros hombres de todo este mundo, de nombres eufónicos y vestidas con diversos atavíos. Y al contemplar a aquellas gentes bien formadas, cuya conducta era conforme a sus muchas virtudes, (Hanuman) se regocijó sobremanera. Y vio a algunos de bellas formas, y a otros deformes, y a ambos poseedores de esplendor. Y (Hanuman) vio allí a sus esposas, dignas de nobles adornos y dotadas de eminente belleza, de carácter inmaculado, poseedoras de gran potencia, semejantes a estrellas en excelencia de conducta, mostrando miradas de soslayo y otras señales de galanteo, entregadas a la grata bebida. Y en lo profundo de la noche Hanuman vio a algunas mujeres resplandecientes de belleza, afectadas a un tiempo de pudor y de dicha, al ser abrazadas por sus amantes, como pájaros que abrazan a sus parejas. Y el sensato Hanuman vio allí a otras mujeres sentadas en majestuosos salones, tendidas felizmente en el regazo de sus amantes, amadas de sus señores, atentas a la virtud, casadas, bajo el influjo de Madana. Y Hanuman vio a algunas sin sábanas, semejantes a vetas de oro, modelos entre las mujeres, del tono del oro fundido, y a algunas de tez semejante a la luna, dotadas de hermosura, privadas de sus amados. Y aquel mono sumamente heroico vio a mujeres en sus hogares que experimentaban el colmo del gozo en compañía de sus amados, queridos a sus almas; encantadoras con flores; llenas de alegría; y encadenando los corazones de sus señores con su belleza. Y Hanuman vio multitudes de rostros semejantes a la Luna a la vista, con elegantes ojos provistos de hermosas pestañas y miradas de soslayo; y multitudes de adornos semejantes a bellas líneas de relámpagos. Pero Hanuman no vio a Sita, de elevadísimo linaje, siempre fiel al camino de la rectitud; nacida en una estirpe real, semejante a una planta deliciosa y bien engendrada, de talle esbelto, brotada de la mente (del mismo Brahma); establecida en el camino eterno (de la castidad); con la mirada fija en Rama; siempre absorta en la contemplación de Rama, la mente misma de su señor, que había entrado de parte a parte en el corazón de su apuesto señor, siempre superior a todas las demás mujeres; oprimida por la pena de la separación; y con la garganta afligida por el vapor del dolor; que antes tenía la garganta engalanada con aquel mejor de los adornos, el nishka; de excelentes pestañas; de voz meliflua; semejante a una pava real que vaga por los bosques; (ahora) semejante a una difusa línea lunar, o a una veta de oro cubierta de polvo, o al color de la cicatriz de una llaga, o a una hoja de oro desprendida por el viento. Y no hallando (tras tan larga búsqueda) a la Sita del señor de los hombres, la esposa de Rama, el mono, el mejor de los versados en el habla, juzgando que había perdido de pronto su destreza en la búsqueda, quedó abrumado de tristeza.

Section 6

Vagando a su antojo por los tejados de edificios de siete plantas, aquel mono capaz de tomar la forma que quería comenzó a recorrer Lanka con presteza. Y (al fin) aquel auspicioso llegó a la mansión del jefe de los rakshasas, rodeada por una resplandeciente muralla del tono del Sol; protegida por terribles rakshasas, como un poderoso bosque por leones. Y mientras aquel primero de los monos veía la mansión, con arcos calados chapados en plata y embellecidos con oro, bellamente abundante en espléndidos patios y puertas; que contenía cornacas y héroes que no conocían la fatiga; siempre recorrida por irresistibles corceles que tiraban de carros y de primorosos vehículos cubiertos de pieles de leones y tigres, resonantes con campanas colgadas en ellos y que albergaban efigies de marfil, oro y plata; el lugar de poderosos carros y el hogar de poderosos guerreros de carro; llena por todos lados de muchos millares de diversas, bellas y finas aves y fieras; bien protegida por mansos guardianes rakshasas en las afueras; concurrida de magníficas damas de primer orden; que contenía gemas de alegres doncellas, la morada de los primeros rakshasas, sonora como el mar con los sonidos de soberbios adornos; opulenta de insignias regias y excelentes sándalos; atestada de poderosos, como un vasto bosque de leones; resonante con trompetas y tambores; y retumbante con los toques de caracolas; donde el siempre adorado vástago de los Parvas era siempre venerado por los rakshasas; solemne como el mar y resonante como el océano mismo, la poderosa mansión del (Ravana) de alma elevada; vestida de costosas joyas, esparcida de preciosas gemas, mientras aquel poderoso mono contemplaba (la residencia de Ravana), se dispuso a buscar a Sita. Y aquel poderoso mono concluyó: «Este es el adorno de Lanka, encarnado hermosamente a la vista, cubierto de elefantes, corceles y carros». Y allí, en la cercanía de la mansión de Ravana, Hanuman comenzó a recorrer las moradas de los rakshasas de una a otra, así como todos los jardines (situados allí). Y sin experimentar agitación alguna, observándolo (todo), recorrió los palacios. Entonces aquel dotado de maravilloso movimiento, de un salto entró en el palacio de Prahasta; y luego, con otro, aquel (mono) poseedor de energía entró en la morada de Mahaparsva. Entonces aquel poderoso mono entró en la morada de Kumbhakarna, semejante a una masa de nubes; y después en la de Vibhishana; y luego en la de Mahodara, y luego en la de Virupaksha; y después en la morada de Vidyujjihva, y luego en la de Vidyunmala; y entonces aquel poderoso mono, de un salto, entró en la morada de Bahudanshtra. Y entonces aquel caudillo de bandas de monos, dotado de gran velocidad, saltó a la morada de Suka, y luego a la del inteligente Sarana, y luego a la de Indrajit. Y aquel primero de los monos fue a la mansión de Jambumali y de Sumali, y (luego) a la morada de Rasmiketu y de Suryasatru. Y (luego) aquel poderoso mono saltó a la mansión de Vajrakaya; y (luego) el vástago del dios del Viento entró en la casa de Dhumraksha, y (luego) en la de Sampati, y en la del torvo Vidyudrupa, y en las de Phana, y Vighana, y Sukanabha, y Chakra, y Satha, y Kapatha, y Hrasvakarna, y Danshtra, y el rakshasa Lomasa, y Yudhyonmatta, y Matta, y el jinete Dhvajagriva, y de Vidyujjihva y Vijibha, y de Hastimukha, y de Karala, y Visala, y de Sonitaksha. El ilustre vástago del Viento, Hanuman, uno tras otro, saltó a todos estos nobles edificios. Y aquel formidable mono observó la opulencia de todos estos (rakshasas) poseedores de prosperidad. Y habiendo saltado por encima de las mansiones de todos los situados en derredor, aquel bendecido con buena fortuna llegó por fin a la propia mansión del monarca de los rakshasas. Y aquel mono semejante a un tigre, el mejor de su especie, recorriendo los alrededores, vio rakshasis de ojos espantosos, que montaban guardia por turnos junto al lecho de Ravana, llevando dardos y mazas en las manos y provistas de jabalinas y garrotes. Y (allí), en la residencia de aquel señor de los rakshasas, contempló diversas bandas de rakshasis, así como rakshasas de gigantescos cuerpos, que alzaban diversas clases de armas; y corceles de extrema rapidez, rojos, y blancos, y negros; y elefantes de primera clase, poseedores de eminente gracia, capaces de aplastar a elefantes hostiles y bien adiestrados en las artes propias de su especie, como el propio Airavata en el combate. Y allí, en aquella mansión, vio (todos estos elefantes), destructores de huestes hostiles, semejantes a nubes que vierten lluvia, o a colinas que lanzan surtidores, retumbando como nubes e invencibles en la batalla para los enemigos. Y aquel mono, hijo del dios del Viento, vio en la mansión del señor de los rakshasas, Ravana, huestes por millares; y carros de diversas formas de oro resplandeciente, provistos por todas partes de redes de oro, semejantes al sol naciente; y elegantes grutas; y galerías de pinturas; y salones de recreo, montañas compuestas de madera, cautivadoras estructuras dedicadas al galanteo y moradas para el galanteo diurno; todo ello vio en la mansión del monarca de los rakshasas. Y contempló aquella encantadora mansión semejante al Mandara, llena de lugares para pavos reales, atestada de gallardetes y astas de bandera, una verdadera mina de incontables gemas, un campo de tesoros esparcido en derredor, donde personas de intrépida calma se ocupaban en actos tendentes a la seguridad de los tesoros, semejante a la propia mansión de Kubera. Y a causa del lustre que despedían las gemas, así como de la energía del propio Ravana, aquella mansión aparecía espléndida como el Sol de rayos en toda su gloria. Y el jefe de las bandas de monos vio lechos y asientos de oro y vasijas blancas. Y Hanuman entró en la poderosa mansión, que contenía barro formado por Madha y Asava, llena de jarras con gemas, encantadora, libre de impedimentos, semejante a la propia mansión de Kama, como la morada de Kubera, resonante con los sonidos de brazaletes y los tintineos de cinturones, así como con el batir de pieles de mridanga y otros elocuentes instrumentos musicales, con palacios pegados unos a otros, atestada de centenares de mujeres (semejantes a) joyas y que contenía amplios recintos.

Section 7

Y aquel dotado de fuerza vio aquella hilera de estructuras provistas de ventanas de oro, tachonadas de lapislázuli y que contenían aves, semejantes a una masa de nubes en una estación de grandes lluvias, coronada de relámpagos y repleta de aves. Y vio diversas estructuras cercanas unas a otras, a las que excelentes caracolas, armas y arcos prestaban lustre, así como enormes y espléndidas torres pertenecientes a edificios semejantes a montañas. Y el mono contempló moradas que atesoraban diversas clases de riqueza, tenidas en estima tanto por los dioses como por los asuras, libres de todo defecto, y que habían sido ganadas (por Ravana) con su propio poder. Y (Hanuman) vio las mansiones del señor de Lanka, situadas en estricta conformidad con las leyes de la estética, pareciendo como si hubieran sido construidas por el propio Maya, y que tenían sobre la tierra toda excelencia. Y entonces vio la mansión del propio señor de los rakshasas, que superaba a las mejores estructuras, semejante a una masa de nubes erguidas, cautivadora, que se jactaba de un bello aspecto dorado, digna de su propio poder y de incomparable hermosura; que parecía como si las regiones celestiales hubieran caído sobre la tierra; resplandeciente de belleza, rebosante de incontables gemas, semejante a la frente de una montaña sembrada de las flores y el polvo de ellas, de diversos árboles, e iluminada por las primeras mujeres, que parecía una masa de nubes que contiene relámpagos, o el hechicero firmamento provisto de gracia, con excelentes cisnes flotando. Y (Hanuman) vio el carro variegado con incontables gemas, semejante a la cima de una montaña variegada con innumerables metales, o como el firmamento engalanado con la luna y los planetas, o como nubes de diversos tonos fundidas en un todo homogéneo. El lugar en el carro destinado como asiento de los muchos estaba lleno de hileras de colinas; sus colinas estaban llenas de árboles; sus árboles estaban llenos de flores; y (por último) sus flores estaban llenas de hojas y filamentos. Y (en él), donde se alzaban blancas moradas, había estanques llenos de hermosas flores, y lotos provistos de filamentos, y pintorescos bosques, y corrientes líquidas. Y el poderoso mono contempló allí el gran carro que llevaba el nombre de Pushpa, de hermoso aspecto, que giraba en el esplendor de las gemas y que había superado incluso a los carros pertenecientes a las moradas de los celestiales. Y (en aquel carro) había aves hechas de lapislázuli, y (otras) aves compuestas de plata y coral, y serpientes variegadas hechas de diversos metales preciosos, y corceles de hermoso cuerpo semejantes a los de razas superiores; y se habían construido aves de hermosos picos, y de plumaje hermoso, afilado, juguetón y recogido, que portaban flores hechas de coral y oro, semejantes al propio plumaje de Kama. Y había elefantes de hermosas trompas, que portaban filamentos, y con las trompas portando hojas de loto, ocupados (en derramar agua sobre Lakshmi); así como la diosa, hecha de hermosos brazos, sentada en un estanque con un loto en la mano. Así, entrando en aquella elegante mansión, semejante a una montaña que contiene encantadoras cavernas, (Hanuman) fue presa del asombro. Y una vez más (entrando en aquella encantadora mansión), semejante a un árbol seductor y fragante en primavera provisto de huecos, Hanuman fue presa del asombro. Entonces, recorriendo de salto en salto aquella honrada ciudad regida por los brazos del de diez rostros, él, al no hallar a la muy estimada y extremadamente afligida hija de Janaka, que había vencido su pena contemplando las virtudes de su señor, (se vio afectado de pesar). Y, al no ver a la hija de Janaka, entonces el corazón de aquel de alma elevada, honrado por el mundo por su carácter, de yo disciplinado, que siempre vagaba por el camino acorde con la moral y tenía las escrituras por vista, mientras recorría los lugares, se sintió oprimido de pena.

Section 8

Permaneciendo en aquella mansión, aquel inteligente mono, el vástago del dios del Viento, contempló aquel espléndido carro aéreo, hermoso con excelentes joyas y provisto de ventanas de oro bruñido. Y el carro, embellecido con figuras trascendentalmente hermosas, alabado por el propio Visvakarma como la cumbre (de su arte), que, elevándose en el firmamento, parecía una marca de la órbita del Sol, apareció resplandeciente. Y no había nada en aquel carro que no estuviera hecho con destreza, nada que no pareciera una joya preciosa (brotada espontáneamente en su persona), y el estilo mostrado en sus diversas partes superaba todo lo que pudiera hallarse en los carros de los propios celestiales, y todo en aquel carro estaba ejecutado en el más alto estilo de excelencia; (aquel carro) obtenido (por Ravana) en virtud del poderío brotado de la ascesis y la contemplación (de la Deidad); capaz de dirigirse adonde (su dueño) deseaba ir; que mostraba diversas clases de destreza constructiva; compuesto de materiales procurados de diversas fuentes, tales como eran dignos de un carro celestial; de rápido curso conforme al deseo de su amo; imposible de abordar; igual al viento en celeridad; la fuente de felicidad para los virtuosos, de alma elevada y piadosos, poseedores de (palabra omitida) y de elevado éxtasis; que recorría el firmamento de diversas maneras, la congerie de todas las cosas maravillosas, adornado con hileras de cámaras; cautivador para la mente; inmaculado como la Luna otoñal; provisto de espléndidas cumbres, como la cresta de una montaña; que era llevado por vagabundos de la noche, dados a grandes comilonas, que recorrían el cielo, con los rostros engalanados de pendientes; y por millares de espectros de terrible rapidez, de ojos dilatados, sin pestañeo y giratorios. Aquel heroico primero de los monos vio aquel excelente carro, hermoso con flores primaverales, más bello que el mes de primavera y provisto de flores.

Section 9

Y situado dentro de aquella excelente mansión, Hanuman, hijo del dios del Viento, vio una estructura superior y grandiosa, inmaculada y espaciosa, de medio yojana de ancho y uno de largo, perteneciente al señor de los rakshasas y abundante en muchos palacios. Y buscando a la hija de Videha, la de grandes ojos, Sita, aquel destructor de enemigos, Hanuman, recorrió todo (este edificio). Y Hanuman contempló el hermoso edificio donde los rakshasas solían morar en común. Y (al fin) aquel llegó a la propia mansión del señor de los rakshasas, que tenía elefantes de tres colmillos y de cuatro colmillos, protegida por personas con los brazos alzados y que abarcaba una amplia extensión. Y (Hanuman contempló) la residencia de Ravana, atestada de sus esposas rakshasis, así como de princesas traídas allí por la fuerza (por él), semejante al mar repleto de caimanes y makaras, abundante en timingilas y peces y serpientes, y agitado por la fuerza del viento. El mismo encantador esplendor que hay en Vaisravana o en la Luna que cabalga en rayos permanecía siempre constante y firme en la morada de Ravana. Y la prosperidad del rey Kubera, o de Yama, o de Varuna, estaba presente aquí en la casa del rakshasa, o incluso era superada por la prosperidad (de Ravana). En medio de aquella mansión el vástago del dios del Viento halló otra, excelentemente construida, que tenía innumerables elefantes enloquecidos; aquel noble carro engalanado con todas las gemas, llamado Pushpaka, que había sido construido en el cielo por Visvakarma para el propio Brahma, que Kubera obtuvo del Gran Padre mediante elevadas austeridades y del cual, venciendo a Kubera con su poderío, se apoderó el jefe de los rakshasas. Y el poderoso mono subió al espléndido carro Pushpaka, que contenía figuras de lobos, hecho de Karttaswara y Hiranya; engalanado con hileras de hermosos pilares; como resplandeciente de esplendor; por todas partes guarnecido de estrechas cámaras secretas y salones, que horadaba los cielos y semejaba el Meru o el Mandara, y como el Sol llameante; hábilmente erigido por Visvakarma; con escaleras de oro y elegantes y grandes asientos elevados, hileras de ventanas de oro y de cristal, y estrados compuestos de zafiros, esmeraldas y otras soberbias gemas; embellecido con nobles vidrumas, piedras costosas y perlas redondas, así como con terrazas enlucidas; ungido con sándalo rojo, semejante al oro y provisto de un aroma sagrado; y semejante al sol recién salido. Y situado allí, Hanuman olió el rico aroma de manjares y bebidas que se esparcía por todos lados; y como un querido amigo que huele a otro, olió también al poderoso Aire, impregnado de aroma, que parecía el Olor encarnado. Y (el Aire) dijo a Hanuman: «Ven aquí, donde está ese Ravana». Entonces (descendiendo del Pushpaka y dirigiéndose a aquel aposento donde dormía Ravana), Hanuman lo vio, grandioso y elegante; perteneciente a Ravana; de trascendente belleza; hermoso como una encantadora dama; diversificado con escaleras enjoyadas; iluminado con montones de gemas; con sus terrazas construidas de cristal; que tenía estatuas de marfil, perlas, diamantes, coral, plata y oro; adornado con pilares enjoyados y embellecido por todos lados con pilastras; y sostenido por todos lados por pilares rectos, elevados y magníficamente ornamentados, de iguales dimensiones, semejantes a prodigiosas alas, (la mansión) que parecía elevarse hasta el cielo; que contenía espaciosos y abigarrados paños de lana con las marcas de la Tierra, extensa como lo es la Tierra, con reinos y moradas; resonante con los rugidos de elefantes enfurecidos; fragante de divino perfume; provista de alegres doseles; habitada por el soberano de los rakshasas; nubosa de aguru y dhupa; inmaculada; de blancura de cisne; engalanada con flores y hojas como la vaca moteada y brillante (de Vasishtha); que traía deleite al corazón y realzaba la gracia (de todas las criaturas); que quitaba la pena; noble; y la generadora de la propia Gracia. Y apenas entró Hanuman en la mansión protegida por Ravana, esta, como una madre, regaló sus sentidos con sus objetos propios. «Esto debe de ser swarga, o la región de los inmortales, o la ciudad de Amaravati, o la suprema Siddhi», pensó el vástago del dios del Viento. Y vio las lámparas de oro (despojadas de su brillo), semejantes a jugadores derrotados a los dados por otros sumamente diestros y, por ello, sumidos en el pensamiento. Y (Hanuman) imaginó que (el aposento donde dormía Ravana) estaba en una conflagración, a causa del brillo de las lámparas, la energía de Ravana y el esplendor de los adornos. Y cuando la noche había transcurrido a medias, (Hanuman) vio millares de soberbias damas, ataviadas con diversos atavíos, que llevaban vestidos de diversos tonos y guirnaldas, las cuales, habiendo abandonado el juego y caído bajo el influjo del vino y del sueño, dormían profundamente sobre sábanas de lana. Y a causa del silencio que reinaba (en aquel aposento) embellecido con (adornos), semejaba una gran laguna de lotos donde callan los cisnes y las abejas negras. Y el vástago del dios del Viento contempló los rostros de aquellas bellas mujeres, con los ojos cerrados, con las pestañas cerradas por la languidez, y olorosos a perfume de loto. Y sus rostros parecían lotos que se abren a la expiración de la noche y cierran sus pétalos por la noche. «Estos rostros de loto, semejantes a los mismos lotos, los de seis patas los buscan siempre una y otra vez». Así pensó con discernimiento el garboso y poderoso mono; y a causa de sus perfecciones, confesó que aquellos rostros eran iguales a (los lotos) nacidos del agua. Y aquel aposento, por estar engalanado con aquellas mujeres, parecía espléndido, como el cielo otoñal y sereno decorado con las estrellas. Y rodeado por ellas, el jefe de los rakshasas semejaba la hermosa Luna cercada por las estrellas. «Aquellas estrellas que caen del firmamento al menguar su virtud se han reunido aquí en conjunto», así pensó el mono en aquel momento. Y el brillo, la forma y el esplendor de aquellas mujeres semejaban, en verdad, los de estrellas magníficamente visibles, nobles y radiantes. Y a causa de haber quedado privadas de conciencia por el sueño, provocado por la fatiga que trae la bebida (y la danza), tenían el cabello desordenado, y sus abundantes guirnaldas y hermosos adornos yacían esparcidos. Y algunos de aquellos modelos tenían corrido el lunar de belleza, y algunos, los brazaletes aflojados; algunos, las cadenas desplazadas hacia un lado. Y otras tenían rotos los collares de perlas, y sus paños escurriéndose (de sus personas), y las cadenas de sus cinturones extraviadas sin orden, semejantes a yeguas agotadas del camino. Y otras estaban sin pendientes y tenían las guirnaldas desgarradas y estrujadas, y semejaban enredaderas floridas pisoteadas en un vasto bosque por poderosos elefantes. Y las cadenas de perlas de algunas mujeres pecadoras, semejantes a rayos de luna, vueltas del revés, yacían como cisnes dormidos entre los pechos de las doncellas. Y las cadenas de lapislázuli de algunas semejaban cuervos de agua; y las finas cadenas de oro, vueltas del revés, de otras parecían gansos rojizos. Y aquellas damas semejaban ríos que tuvieran las caderas por orillas, que contuvieran cisnes y karandavas y embellecidos con gansos rojizos. Y aquellas mujeres dormidas parecían arroyos, que tenían Kinkinis por ondas, y grandes lotos de oro, y por feroces animales acuáticos las marcas de encuentro amoroso en sus personas, y las perfecciones por orillas. Y en los tiernos talles, así como en la parte alta de los pechos de algunas, los hermosos arañazos consecuencia de la presión parecían adornos. Y los extremos de los chales de algunas, agitados por el aire que soplaba junto a sus rostros, aleteaban sobre ellos una y otra vez. Y en la parte baja de los rostros de las esposas de Ravana, ellos (los extremos de los chales) parecían hermosos como alzados gallardetes de extrema elegancia, compuestos de hilo de oro de muchos tonos. Y los pendientes de algunas damas, poseedoras de un agradable brillo, agitados por el aire que respiraba junto a sus rostros, ondulaban suavemente. Y el dulce aliento de sus rostros, naturalmente fragante y oloroso a azúcar y asava, regalaba entonces a Ravana. Y por el temor nacido del sueño y de la embriaguez, algunas de las esposas de Ravana olían una y otra vez los rostros de aquellas que eran coesposas suyas, tomando los rostros por los de Ravana. Y por tener sus corazones firmemente fijos en Ravana, aquellas excelentes mujeres, con su sentido de separación suprimido, (aun siendo así tratadas), hacían lo que les era grato. Y otras mujeres, haciendo de los alegres extremos de sus chales (sus sábanas) y de sus brazos sus almohadas, yacían allí tendidas. Y algunas yacían sobre el seno de otras y otras, a su vez, sobre los brazos de estas últimas. Y algunas yacían en el regazo de otras; y otras, a su vez, sobre los pechos de estas últimas. Y reposaban sobre los muslos, los flancos, las cinturas y las espaldas unas de otras; y bajo el influjo del vino y del amor, yacían sobre las personas unas de otras. Y aquellas mujeres de elegantes cinturas, recibiendo placer del contacto con las personas de otras, dormían allí con las manos sujetas unas por otras. Y aquella guirnalda de mujeres ensartada por los hilos de sus manos parecía hermosa, como una verdadera guirnalda ensartada en un hilo, con abejas negras enloquecidas (posadas en ella). Y aquella multitud de mujeres entremezcladas parecía un conjunto de plantas florecientes en el mes de Chaitra, con sus guirnaldas formadas por el contacto de unas con otras y por el roce mutuo de sus racimos a causa de la brisa que soplaba, con las plantas rodeando los elegantes (cuellos de los árboles) y repleta de bhramaras que se perseguían unos a otros. Y aunque los adornos de aquellas mujeres que llevaban adornos, atavíos y guirnaldas estaban puestos en sus debidos lugares, sin embargo (a causa de la profusión de los propios adornos, así como por la circunstancia de que las damas dormían), era difícil discernir qué adorno pertenecía a una doncella y cuál a otra. Y parecía como si, habiendo alcanzado Ravana el reposo (por el sueño), las llameantes lámparas de oro provistas de diversos rayos contemplaran a las muchachas con ojos sin pestañeo. Hijas de rajarshis, de vipras, de daityas, de gandharvas y de rakshasas, caídas bajo el influjo del deseo, se habían convertido en sus esposas. Y todas aquellas mujeres habían sido obtenidas por Ravana porque buscaba pelea (con sus parientes), y algunas altivas damas, arrebatadas de deseo, habían venido por sí mismas a este lugar. Y no había allí ninguna mujer que hubiera sido ganada por la fuerza por (Ravana), poseedor como era de poderío; todas habían sido sometidas por sus cualidades. Y salvo la hija de Janaka, de sobrada dignidad, ninguna mujer (había sido traída) que hubiera puesto su corazón en otro o que hubiera conocido a otro antes. Y no había ninguna que, siendo su esposa, no fuera de elevada extracción; ninguna que fuera deficiente en gracia; ninguna que no fuera de intachable mérito; ninguna que no estuviera engalanada con adornos y atavío; ninguna que fuera achacosa; y ninguna que no fuera objeto del deseo de su amante. Y el señor de los monos, dotado de rectitud de sentido, pensó: «Si la esposa legítima de Raghava fuera como una de las esposas del rey de los rakshasas, le iría bien a él». De nuevo reflexionó: «Sita está coronada de castidad y otras virtudes; y el poderoso señor de Lanka, tomando una forma ilusoria, ha perpetrado con mucho esfuerzo este acto ignominioso».

Section 10

Y allí Hanuman, ocupado en mirar en derredor, vio un gran estrado hecho de cristal y embellecido con joyas, comparable a uno perteneciente a las regiones celestiales, provisto de soberbios y costosos sofás, con sus partes pintadas y compuestas de marfil, oro y lapislázuli, con doseles de gran precio. En un lugar de él vio un parasol blanco, adornado con hermosas guirnaldas, semejante al propio señor de las estrellas. Y Hanuman vio un espléndido sofá guarnecido de oro, que portaba guirnaldas de flores de asoka, llameante como fuego, en torno al cual unas personas agitaban con las manos abanicos de cola de yak provistos de pelo; repleto de perfumes de diversas clases, oloroso a rico dhupa, tendido con excelentes sábanas, cubierto con pieles de carneros y engalanado por todos lados con diademas de vistosas flores. Y aquel excelente y poderoso mono contempló allí al heroico soberano de los rakshasas, Ravana, semejante a una masa de nubes, con llameantes y brillantes pendientes, de ojos enrojecidos, de brazos gigantescos, que vestía un paño compuesto de hilos de oro, con la persona untada de fragante sándalo rojo, semejante a una nube carmesí al atardecer, cargada de relámpagos; cubierto de nobles adornos, dotado de eminente gracia, capaz de tomar las formas que quería, semejante al Mandara opulento de árboles, bosques y arbustos; durmiendo, habiendo abandonado el juego de la noche; adornado con elegantes adornos; querido de las hijas de los rakshasas, la fuente de felicidad de los rakshasas; que había cesado de beber, dormido en un resplandeciente lecho y respirando como una serpiente (que besa). Y al llegar allí, Hanuman, sumamente agitado, retrocedió, como por temor. Y luego, llegando a la escalera, el poderoso mono, situándose en un estrado en medio de las escaleras, contempló al rakshasa ebrio, semejante a un tigre. Y mientras el soberano de los rakshasas dormía, su elegante lecho semejaba una gran cascada junto a la cual se alza un elefante que exhala aroma. Y Hanuman vio los brazos del señor de los rakshasas, de cuerpo enorme, sujetos con brazaletes, tendidos (allí), como los estandartes de Indra; que habían sido heridos por los extremos de los colmillos de Airavata, cuyas rollizas partes habían sido rasgadas por el vajra y que habían sido desgarrados por el disco de Vishnu; bien desarrollados; de partes iguales y elegantes; de duras articulaciones; repletos de fuerza; con pulgares de uñas que llevaban marcas auspiciosas; con anillos (en los dedos); cubiertos; formados como garrotes; redondos; semejantes a las trompas de los elefantes; arrojados sobre el blanco lecho como serpientes de cinco capuchas; untados y adornados con fresco, fragante y excelente sándalo semejante a la sangre de liebres; oprimidos por modelos; olorosos a incienso; que resistían (en la batalla) a yakshas, y pannagas, gandharvas, dioses y danavas; y el mono vio sus brazos reposando sobre el lecho, como dos bellas y poderosas serpientes que durmieran en las entrañas del Mandara. Y con ambos brazos suyos tan bien desarrollados, el señor de los rakshasas, semejante a una colina, lucía hermoso como el Mandara con sus cumbres. Y un aliento que llevaba el aroma del mango y del Pannaga, el dulce perfume del Vakula, el sabor de manjares repletos de las seis clases de gustos y el perfume de los vinos salía de la poderosa boca del soberano de los rakshasas, llenando, por así decir, toda aquella cámara. Y (Hanuman) contempló (a Ravana), con el rostro resplandeciente de pendientes y adornado con una diadema de oro embellecida con perlas y joyas; untado de sándalo rojo y adornado con una elegante cadena; de pecho grande, ancho y bien desarrollado, con un paño de seda blanca puesto, que se le deslizaba de la persona; provisto de ojos rojos como la sangre; cubierto con costosas sábanas amarillas; que parecía una masa de injusticia; que respiraba como una serpiente o como un elefante dormido en la poderosa Ganga durante las lluvias; con cuatro lámparas colocadas sobre los pilares de oro que iluminaban los cuatro lados, como los relámpagos muestran toda la superficie de una masa de nubes. (Y Hanuman) vio también en la mansión del jefe rakshasa a las esposas de aquel de cuerpo enorme, queridas de sus esposas, tendidas a sus pies. Y aquel protector de bandas de monos las vio, con rostros semejantes a la Luna a la vista, engalanadas con elegantes pendientes, que llevaban guirnaldas inmarchitables por adorno, tendidas sobre los brazos y el regazo del señor de los rakshasas. Y el mono vio mujeres que llevaban nobles adornos, tendidas. Y vio brazaletes de oro y pendientes en los extremos inferiores de las orejas de las mujeres, engastados con diamantes y lapislázuli. Y con sus hermosos rostros semejantes a la Luna, engalanados con bellos pendientes, aquella terraza lucía hermosa, como el firmamento embellecido de estrellas. Las esposas de talle esbelto del soberano de los rakshasas, vencidas por la languidez de la bebida y del encuentro amoroso, dormían profundamente en los mismos lugares donde estaban sentadas. Y otra doncella de trascendente belleza, de bellos miembros, hábil en la danza, dormía profundamente, mostrando elegantes movimientos (durante el sueño). Y se vio a otra dormida, abrazada a una vina, como un loto de pétalos abiertos que descansara junto a una balsa. Y otra moza de ojos oscuros dormía con su mudduka en el regazo, como una madre cariñosa con un niño. Otra doncella, de hermosos miembros y busto bien formado, yacía abrazando su timbal, como una mujer que abraza a su amante, obtenido después de largo tiempo. Y una mujer de ojos de loto dormía abrazando su vina, como una doncella amorosa que abraza a su hermoso amante. Y otra muchacha, de yo contenido, dada a la danza, había caído bajo el dominio del sueño, abrazada a su vipanchi como una mujer que duerme con su amante. Y otra, de ojos ebrios, dormía profundamente abrazando su mridanga con sus encantadores, rollizos y tiernos miembros semejantes al oro. Otra mujer, de rasgos impecables, dotada de talle esbelto, vencida por el cansancio que trae la bebida, dormía con su panava sobre los extremos de su vestido inferior, sujeto firmemente con las manos. Otra mujer dormía profundamente abrazando su dindima con otra atada a la espalda, como una mujer que lleva a un tiempo a su amante y a su hijo. Otra doncella, de ojos semejantes a pétalos de loto, caída bajo el influjo del licor, dormía sujetando firmemente con las manos su aramvara. Otra mujer, embriagada de vino, fue hallada dormida con su vasija de agua volcada y, por ello, parecía una guirnalda variegada bien lavada en primavera. Otra, cayendo bajo el dominio del sopor, dormía sosteniendo con las manos sus pechos gemelos semejantes a jarras de oro. Y otra bella, de ojos de loto y rostro de luna, cayendo bajo el gobierno del sopor, (dormía), abrazando a otra dotada de caderas bien formadas. Y damas de eminente belleza dormían abrazando instrumentos musicales, como mozas que aprietan con sus pechos a (amantes) lascivos. Y aquel mono vio a aquella dama, dotada de belleza, tendida aparte en un excelente lecho, adornada con adornos que contenían perlas y joyas, y como si decorara con su gracia aquella encantadora mansión. Y el mono vio allí a Mandodari, de tono amarillo, con el esplendor del oro, objeto del deseo (de Ravana), sumamente hermosa, la señora del aposento interior, tendida. Y al ver (a Mandodari) adornada con adornos, el vástago del dios del Viento supuso: «Esta, dotada de la riqueza de la juventud y la belleza, podría ser Sita». Y demostrando gran alegría, aquel caudillo de bandas de monos se regocijó sobremanera. Y entonces (Hanuman) se golpeó los brazos con las manos, se besó la cola, exhibió señales de júbilo, retozó, cantó, se lanzó hacia los pilares, trepó hasta la cima de ellos y saltó a la tierra, manifestando su naturaleza de mono.

Section 11

Entonces, abandonando aquella línea de pensamiento, aquel poderoso mono, recobrando su ecuanimidad, emprendió otro rumbo de pensamiento tocante a Sita. «Separada de Rama, aquella dama es incapaz de dormir, o de comer, o de adornar (su persona), o de beber. Y es incapaz de relacionarse con cualquier otra persona, aunque fuese el soberano de los celestiales mismo. Y ni siquiera en todo el cielo hay nadie que sea igual a Rama. Ella es otra». Asegurándose de esto, aquel primero de los monos, ansioso de contemplar a Sita, comenzó de nuevo a recorrer aquel lugar reservado para beber. Unas estaban agotadas de jugar; otras de cantar; otras de bailar; y algunas dormían profundamente por la embriaguez. Y algunas se apoyaban en murajas, mridangas o chelikas; y algunas mujeres dormían sobre excelentes sábanas. Y aquel caudillo de bandas de monos vio (aquel lugar de bebida) lleno de millares de mujeres, adornadas con adornos, ocupadas (en su sueño) en describir la hermosura unas de otras; y explicando el sentido de las canciones; versadas en la estación y el lugar; que comprendían los significados de las palabras acordes con la estación y el lugar; y hábiles en el juego. Y en otros lugares vio también millares de soberbias y jóvenes damas dormidas profundamente, ocupadas en hablar de la hermosura unas de otras. Y aquel caudillo de bandas de monos vio (mujeres) versadas en la estación y el lugar y que comprendían los significados de las palabras acordes con la estación y el lugar. Y en medio de todas ellas el señor de los rakshasas lucía espléndido como un buey en un amplio establo en medio de majestuosas vacas. Y rodeado por ellas, el jefe de los rakshasas parecía hermoso como un gigantesco elefante en un bosque, rodeado de elefantas. Y en la morada del jefe de los rakshasas, de cuerpo enorme, aquel mono semejante a un tigre vio aquel lugar reservado para beber, provisto de todo objeto de deseo. Y en aquel lugar reservado para beber vio montones de carne de búfalos, ciervos y jabalíes, dispuestos por separado. Y aquel mono semejante a un tigre vio en capaces vasijas de oro carne de aves de corral y de pavos reales, que había quedado (tras el banquete). Y Hanuman vio la carne de jabalíes y Vadhrinasas Sulyas, ciervos y pavos reales, sazonada con cuajada y Sauvarchala; y Krikalas, y cabras de diversas clases; carne de liebre a medio comer, Ekasalyas y búfalos, todo troceado y aderezado; y manjares para lamer y para beber, picantes y suaves; y comestibles picantes y suaves; y Ragakhandavas que contenían azúcar y ácido, capaces de mejorar un paladar viciado. Y con grandes y costosos brazaletes y pulseras desperdigados y jarras esparcidas, y diversas clases de fruta y guirnaldas de flores, el pavimento alcanzaba extrema belleza. Y con lechos de elegantes junturas dispuestos (en derredor), el escenario de la francachela parecía arder sin fuego. Y con carne compuesta de muchos ingredientes, repleta de diversos sabores, sazonada con muchas sustancias y aderezada por hábiles cocineros, dispuesta por separado en el escenario de la jarana; y con nobles y agradables vinos, naturales y artificiales, asavas de azúcar y Madhvika y asavas de flores y frutas, e impregnados por separado de diversas clases de polvo fragante, el pavimento, provisto de innumerables guirnaldas, rodeado de vasijas de agua de oro y cuencos de cristal y cántaros de oro, lucía sumamente hermoso. Y el mono vio aquel primero de todos los lugares reservados para beber, que contenía jarras de plata y de oro. Y aquel poderoso mono vio vasijas de vino de oro engastadas con gemas, todas llenas de vino; y algunas con medio licor, algunas con su vino enteramente agotado y algunas llenas de licor. Y (en algunos sitios) vio diversas clases de manjares, y en otros vinos dispuestos en hileras, y en otros las vasijas de vino que quedaban a medio llenar. Y había muchos lechos de bellas que permanecían vacíos; y en algunos lugares excelentes mujeres dormían tocándose unas a otras. Y en un lugar, una mujer, vencida por la fuerza del sueño, apoderándose por la fuerza del paño de otra y envolviéndose con él, fue al lecho de aquella y se entregó al sueño. Y con su aliento, sus variegadas guirnaldas y el paño de sus personas se agitaban suavemente, como con una brisa de suave soplo. Y cargado de los olores del fresco sándalo y del dulce Sidhu, y de diversas guirnaldas y flores, y con perfumes de diversas clases, y arrobado con (el aroma de sándalos adecuados para el uso tras la ablución, y de dhupas), el aire, impregnado de excelente fragancia, soplaba allí en torno al carro Pushpaka. Y en la residencia del rakshasa había algunas mozas negras, aunque sumamente hechiceras; y algunas eran de tono oscuro; y los talles de algunas tenían un brillo dorado. Y su belleza, por haber caído bajo el gobierno del sueño y haber sido privadas de sus sentidos por Madana, semejaba la de lotos dormidos. Así vio aquel sumamente enérgico mono todo a fondo en el aposento interior de Ravana, pero no vio a la hija de Janaka. Y al ver a aquellas mujeres, aquel poderoso mono, temiendo la pérdida de la rectitud, fue presa de un gran temor. «Contemplar a una mujer, la esposa legítimamente casada de otro, mientras duerme, causa en verdad pérdida de rectitud. Mi vista jamás busca esposas ajenas; pero he contemplado a este que ha raptado la esposa de otro». Y aquel inteligente, resuelto a alcanzar un conocimiento de las cosas que pueden alcanzarse por fundamentos de juicio, reflexionó de nuevo eficazmente sobre su curso de acción: «Todas estas confiadas esposas de Ravana han sido contempladas por mí; sin embargo, no hay señales de que mi mente haya sufrido alteración alguna. En cuanto al reclutamiento de los sentidos en favor de cualquier curso de acción, bueno o malo, es en verdad la mente la causa; y en esto mi mente está rectamente dispuesta. Y no podía buscar a Vaidehi en otro lugar; pues en materia de búsqueda, la gente siempre busca mujeres entre las mujeres. Y la gente busca criaturas entre la especie a la que pertenecen: nadie busca a una dama perdida entre las ciervas. Por tanto he explorado con corazón puro todo el aposento interior de Ravana; pero a la hija de Janaka no la veo». Y Hanuman, dotado de poderío, vio a las hijas de dioses, y gandharvas y nagas; pero no vio a Janaki. Y al no verla, aquel héroe, habiendo contemplado a otras magníficas damas, saliendo de aquel lugar, se dispuso a buscar a Sita (de nuevo). Y dejando el lugar de la francachela, el garboso vástago del dios del Viento, poniendo extremo cuidado, comenzó otra vez a buscar a Sita por (otra región).

Section 12

Y permaneciendo en aquella mansión, (Hanuman), deseoso de ver a Sita, de elegante porte, fue a cenadores, y galerías de pinturas, y casas de noche; pero a ella no la halló. Y al no hallar a la amada (esposa) del hijo de Raghu, aquel poderoso mono reflexionó: «Sin duda Sita no está viva, pues aunque he buscado (a fondo), no he logrado hallar a la hija de Mithila. Y aquella joven, solícita de la preservación de su castidad y que permanecía en el camino principal de la mujer virtuosa, aquella casta, ha sido, ciertamente, muerta por este jefe de los rakshasas, que (siempre) halla deleite en la iniquidad. Y al ver a las esposas del monarca rakshasa, de formas espantosas, monstruosas, de tono lívido, de enormes rostros, de grandes y horribles ojos, la hija de Janaka ha entregado el espíritu de espanto. Al no ver a Sita y (con ello) anular mi poderío, y habiendo pasado largo tiempo el plazo fijado en compañía de los monos, no tengo modo de presentarme ante Sugriva, aquel mono que es poderoso y dado a imponer duro castigo. Habiendo buscado a fondo el aposento interior y visto a las esposas del rakshasa, no veo a la casta Sita. Por tanto, vano es el trabajo que me tomo. ¿Qué, ay, me dirán los monos reunidos cuando vaya (a ellos)? “Oh héroe, dinos lo que has hecho al ir allá”. Y no habiendo visto a la hija de Janaka, ¿qué responderé? Habiendo pasado el plazo fijado (por Sugriva), ciertamente conviene que yo ayune hasta morir. ¿Y qué dirán el anciano Jambavan, y qué dirá Angada? ¿Y qué me dirán, a su vez, los monos reunidos cuando haya cruzado el océano? Pero la perseverancia es la fuente de la buena fortuna; y la perseverancia trae la suprema felicidad. Buscaré de nuevo donde aún no he buscado. La perseverancia, ciertamente, lleva siempre a los hombres a todos los objetos provechosos. Lo que uno hace con vigor da fruto. Por tanto, haré nuevos y fervientes esfuerzos con vigor. Buscaré aquellos lugares que posee Ravana y que aún no he visto. He buscado de nuevo las galerías de pinturas y las estructuras de recreo, y los edificios, y los caminos que atraviesan jardines, así como los carros». Habiendo pensado así, Hanuman se dispuso de nuevo a buscar en las moradas subterráneas, los edificios religiosos y las mansiones de muchas plantas. Y volando hacia arriba, y bajando, y deteniéndose, y yendo a diversos lugares, y abriendo puertas y cerrando otras, y entrando y saliendo, y cayendo como si se lanzara hacia arriba, aquel poderoso mono comenzó a recorrer por todos lados. No había ni siquiera un espacio de cuatro dedos en aquel aposento interior de Ravana adonde el mono no fuera. Y vio las moradas de la nobleza, los estrados, los árboles junto a las encrucijadas, los huecos y los estanques. Y Hanuman vio allí rakshasas de diversas formas, espantosos y deformes; pero no vio a la hija de Janaka. Y Hanuman vio allí a las esposas de los vidyadharas; pero no vio a la amada de Raghava. Y Hanuman vio allí a mujeres de trascendente belleza, hijas de nagas, de rostros semejantes a la luna; pero no vio a la hija de Janaka. Y Hanuman vio allí a hijas de nagas traídas por la fuerza por el señor de los rakshasas; pero no vio a la hija de Janaka. Habiendo visto a otras bellas mujeres y al no verla a ella, el hijo de brazos poderosos del dios del Viento se sintió oprimido de tristeza. Viendo que los empeños del monarca de los monos, así como el salto sobre el océano, habían quedado en nada, el vástago del dios del Viento se sumió en el pensamiento. Descendiendo del carro aéreo, Hanuman, hijo del dios del Viento, con los sentidos privados por el pesar, se vio de nuevo presa de la ansiedad.

Section 13

Descendiendo del carro, Hanuman, de vigorosa actividad, caudillo de bandas de monos, al acercarse a la muralla, semejaba un relámpago dentro de una masa de nubes. Y habiendo recorrido las mansiones de Ravana sin ver a Janaki, el mono Hanuman dijo: «Esforzándome por el bien de Rama, he buscado de nuevo por toda Lanka; pero no veo a la hija de Videha, Janaki, que tiene todos los miembros dotados de hermosura. Y he explorado lagunas, y extensiones de agua, y estanques, y ríos, y arroyos, y pantanos, y bosques, y ciudadelas, y montañas, sí, toda esta tierra; pero a Janaki no la hallo. El rey de los buitres, Sampati, había dicho que Sita estaba en la mansión de Ravana. Pero ¿por qué no la veo (aquí)? ¿O es que Maithili Sita, hija de Janaka, nacida en el linaje de Videha, llevada a la fuerza (por Ravana) y completamente en su poder, permanece sujeta al mandato (de aquel monarca)? Imagino que mientras se llevaba a Sita, el rakshasa se lanzó hacia arriba, influido por el temor a las flechas de Rama; (y por ello, perdiendo el control de sus movimientos), ella cayó por el camino. O imagino que mientras aquella noble dama era llevada por el camino que recorren los siddhas, perdió la vida al contemplar el océano. O pienso que a causa de la vehemente velocidad que tomó Ravana, y también oprimida por sus brazos, aquella noble dama de grandes ojos ha sido privada de la vida. Ciertamente, mientras (Ravana) se elevaba más y más, la hija de Janaka, rodando (sobre el carro), cayó al mar. ¡Ay! Tratando de preservar su castidad, la desamparada Sita, que practicaba la mortificación de sí, ha sido devorada por este Ravana de mente abyecta. O aquella inocente de ojos oscuros ha sido devorada por las esposas del jefe de los rakshasas, movidas por malvados motivos. (Siempre) contemplando el rostro de Rama, semejante a la Luna llena, con ojos como hojas de loto, ella, atormentada por la pena, ha exhalado su último aliento. Lamentándose mucho con exclamaciones de “¡Oh Rama y Lakshmana!” “¡Ah, Ayodhya!”, aquella dama Vaidehi ha renunciado a su cuerpo. O, mantenida en secreto en la mansión de Ravana, aquella joven, como una cotorra hembra en una jaula, llora amargamente. ¿Cómo puede la esposa de talle esbelto de Rama, nacida en la estirpe de Janaka, provista de ojos semejantes a pétalos de loto, caer bajo el dominio de Ravana? No podré decir de la amada esposa de Rama que ha sido mancillada, o que la he visto, o tampoco que ha muerto. Decir esto es censurable; no decirlo también lo es. ¿Cuál es mi camino? Me hallo en una falsa posición. Habiendo llegado las cosas a este punto, ¿qué debo decir, ahora que ha llegado el momento?». Así pensando, Hanuman reflexionó de nuevo: «Si sin ver a Sita me dirijo a la morada del señor de los monos, ¿qué ganaré entonces como objeto de mis esfuerzos? Este mi salto sobre el océano queda en nada; así como mi entrada en Lanka y la visión de los rakshasas. ¿Y qué dirá Sugriva? ¿O los monos reunidos; o aquellos dos hijos gemelos de Dasaratha; a mí cuando haya llegado a Kishkindha? Y si, yendo allí, digo una palabra áspera a Kakutstha, “No he visto a Sita”, renunciará a su vida. Al oír palabras ásperas, terribles, insufribles, feroces y odiosas acerca de Sita, capaces de abrasar los sentidos, no seguirá existiendo. Y al verlo caer en la desdicha, con su mente expirando, el inteligente Lakshmana, firmemente apegado (a Rama), también dejará de existir. Y al oír que sus dos hermanos han muerto, Bharata también renunciará a la existencia. Y al ver muerto a Bharata, Satrughna también renunciará a su vida. Y al contemplar muertos a sus hijos, sus madres, Kausalya, Sumitra y Kaikeyi, ciertamente, entregarán sus vidas. Y al ver a Rama en aquel trance, el señor de los monos, Sugriva, agradecido y con el corazón firmemente fijo en la verdad, renunciará a su vida. Y Ruma, afligida, con el corazón desgarrado, angustiada y privada de felicidad, y tomando el hábito de asceta por el dolor de su esposo, entregará su existencia. Y oprimida por la pena que nace de Vali y abrumada de dolor, la reina Tara, también, resuelta a morir, dejará de existir. Y a consecuencia de la muerte de su padre y de su madre y de la calamidad que sobrevenga a Sugriva, el príncipe Angada también renunciará a continuación a su existencia. Y los moradores de los bosques, abrumados de dolor por (el fallecimiento de) su amo, se golpearán la cabeza con los puños cerrados y las manos. Y los monos que el famoso señor de los monos ha cuidado con afecto, con palabras suaves, dádivas y consideración, entregarán sus vidas. Y ya no en bosques, y rocas, o lugares secretos, los primeros de los monos, reunidos, se entregarán a los juegos. Y ellos, junto con sus hijos y esposas, y consejeros, angustiados por el desastre que ha caído sobre su amo, se arrojarán desde las cumbres de las montañas a lugares llanos o escabrosos. Y los monos tomarán veneno, o se ahorcarán, o entrarán en el fuego llameante, o ayunarán, o se arrojarán sobre sus propias armas. Imagino que un fuerte lamento se alzará a mi regreso (a aquel lugar); y la estirpe de Ikshvaku, así como los moradores de los bosques, hallarán la destrucción. Por tanto no me dirigiré de aquí a la ciudad de Kishkindha; ni puedo ver a Sugriva sin la hija de Mithila. Si no voy allí y permanezco aquí, aquellos maharathas de alma justa, así como los monos de veloz carrera, conservarán sus vidas por la esperanza (de oír noticias acerca de Sita). Y sin haber visto a la hija de Janaka, llevaré el modo de vida Vanaprastha, comiendo (frutos) que caigan en mis manos o en mi boca, refrenando mis sentidos y permaneciendo al pie de los árboles. Preparando una pira funeraria en una extensión lindante con el mar, abundante en frutos, y flores, y agua, entraré en el fuego llameante. Y mientras me siento a ayunar, y para efectuar la separación del yo de mi cuerpo y centrar mi identidad en el espíritu, cuervos y fieras de presa se alimentarán de mi cuerpo. Y creo que los sabios han prescrito otra vía de salida. Yo, al no ver a Janaki, entraré en el agua. Mi ilustre y excelsa guirnalda de fama, engendrada de excelentes obras, ha perecido para siempre por no haber visto a Sita. O, refrenándome, me haré asceta que vive bajo los árboles; pero no volveré sin obtener la vista de aquella doncella de ojos oscuros. Si regreso sin ver a Sita, todos los monos con Angada dejarán de existir. Incalculables son los males de poner término a mi existencia; (en cambio) si vivo, puedo alcanzar el bien. Por tanto mantendré mi vida. Si vivo, puede conducir a la felicidad». Habiendo así dado cabida en su mente a una variedad de pensamientos que lo atormentaban, aquel primero de los monos no pudo cruzar a la otra orilla (del mar de la angustia). Entonces, reuniendo energía, aquel mono semejante a un elefante, dotado de entereza, reflexionó: «O mataré a Ravana, el de diez cuellos, poseedor de gran fuerza. Sita ha sido raptada; pero con esto me vengaré. O arrojándolo repetidamente al mar, (lo tomaré) y lo presentaré a Rama, como se presenta una bestia a Pasupati». Reflexionando así, el mono, al no hallar a Sita, agitado de pesar y ansiedad, pensó: «Mientras no halle a la ilustre esposa de Rama, Sita, exploraré la ciudad de Lanka una y otra vez. Si, conforme al discurso de Sampati, traigo a Rama aquí, Raghava, al no ver a su esposa, quemará a todos los monos. (Por tanto) aquí mismo me quedaré, refrenando mi comida y mortificando mis sentidos. Todos aquellos monos principales no deben perder la vida por ningún acto al que yo pueda comprometerme. Este es el bosque asoka, extenso y que contiene poderosos árboles. Lo exploraré, pues aún no ha sido buscado por mí. Y saludando a los Vasus, a los Rudras, a los Adityas, a los dos Asvins gemelos, (y a Rama y Lakshmana), yo, aumentando la pena de los rakshasas, entraré en él. Tras vencer a los rakshasas, entregaré a Rama a la dama del linaje de Ikshvaku, como el fruto de la ascesis conferido a un asceta». Habiendo reflexionado así por un espacio, el vástago del dios del Viento, de brazos poderosos, con los sentidos agitados por la ansiedad, se alzó. «Me inclino ante Rama con Lakshmana y ante la venerada hija de Janaka, me inclino ante Rudra, e Indra, y Yama, y el dios del Viento, y me inclino ante la Luna, ante el Fuego y ante los Maruts». Habiéndose inclinado ante todos ellos, así como ante Sugriva, el vástago del dios del Viento, recorriendo con la vista todos los puntos cardinales, entró mentalmente en el bosque Asoka. Habiendo entrado mentalmente en el bosque Asoka, aquel mono, hijo del dios del Viento, reflexionó sobre lo que debía hacer a continuación. «El sagrado bosque Asoka, santificado con todo rito purificador y abundante en bosques, necesariamente ha de estar lleno de rakshasas. Y los guardianes, destinados allí para ello, sin duda protegen los árboles; y aquella venerable Alma del universo no sopla aquí con vigor. Contraigo mi persona en interés de Rama y para que Ravana no me vea. Que todas las deidades junto con los santos me concedan el éxito. Y que el venerado Brahma Autocreado, y las deidades, y los ascetas, y el Fuego, y el viento, y el muy invocado portador del Vajra, y Varuna, el de lazo en la mano, y la Luna y el Sol, los Asvins de alma elevada, y todos los Maruts (me concedan) el éxito. Y que todos los seres, y el señor de todos ellos, y otros que, aunque no especificados en las escrituras, son sin embargo visibles en el camino, me concedan el éxito. ¿Cuándo contemplaré el rostro irreprochable de aquella noble dama, de nariz saliente, de sonrisas luminosas, de ojos semejantes a pétalos de loto y resplandeciente como el sereno señor de los astros? ¡Ah! Hoy, ¿cómo (aparecerá) ante mi vista la débil y desamparada que ha sido abatida por la fuerza del ruin, abyecto y torvo (Ravana), feroz y, sin embargo, vistiendo (en el momento del rapto) un atuendo que inspiraba confianza?».

Section 14

Tras reflexionar un rato y encontrarse mentalmente con ella, aquel sumamente enérgico saltó desde la muralla de la mansión de Ravana a la (del bosque Asoka). Y con todo su cuerpo lleno de deleite, aquel poderoso mono, apostado en la muralla, vio diversos árboles que tenían las copas provistas de flores por la primavera y las demás estaciones: salas y asokas, bhavyas, champakas, udalakas y nagas, y los que llevaban frutos semejantes a las bocas de los monos, y los relativos a bosques de mango, con centenares de plantas. Y (Hanuman) saltó al jardín como una flecha disparada del arco. Entrando en el soto, variegado por todas partes, resonante con las notas de las aves, lleno por todos lados de árboles de oro y de plata, multicolor de aves y fieras, que contenía hermosos conjuntos de árboles semejantes al Sol naciente, el poderoso Hanuman vio el lugar rodeado de diversas clases de árboles, con frutos y flores; frecuentado por coeles enloquecidos y bhramaras, con criaturas que expresaban felicidad con sus movimientos, aves y fieras rebosantes de ánimo, resonante con los gritos de pavos reales, provisto de diversas especies de aves. Y mientras buscaba a aquella hija del rey, sobremanera bella e irreprochable, aquel mono despertó a los monos que dormían dulcemente. Y azotados por el viento causado por las alas de las aves al volar hacia arriba, diversos y variegados árboles derramaron flores. Y en medio del bosque Asoka, Hanuman, hijo del dios del Viento, cubierto de flores, lucía hermoso como una colina sembrada de flores. Y todas las criaturas, al contemplar a aquel mono envuelto entre los árboles y lanzándose por todos lados, lo tomaron por la primavera. Y cubierta de varias masas de flores desprendidas de los árboles, la Tierra parecía hermosa como una doncella ataviada con adornos. Y sacudidos de diversas maneras por el movimiento del ligero y veloz mono, los árboles derramaban flores de muchos tonos. Y con sus hojas y copas desgarradas y sus flores y frutos marchitos, los árboles parecían jugadores derrotados, privados de sus ropas. Y sacudidos por Hanuman, que se movía con vehemencia, aquellos excelentes árboles coronados de frutos soltaron rápidamente frutos, flores y follaje. Y movidos por el vástago del dios del Viento, los árboles, con sus troncos dejados y abandonados por las aves, eran incapaces de albergar criatura alguna. Y como jóvenes bellas con el cabello desordenado, su pasta desgastada, sus labios superiores de bellos dientes chupados de su humedad y con sus personas desgarradas con uñas y dientes, parecía el bosque Asoka con sus árboles destrozados, y él mismo triturado con la cola, las manos y las piernas (de Hanuman). Y aquel mono con su vehemencia dispersó los matorrales en racimos, como el viento que dispersa violentamente las nubes en la estación de las lluvias. Y recorriendo aquel lugar, el mono vio hermosos pavimentos, enjoyados, de plata y de oro. Y vio allí diversas lagunas llenas de excelente agua y con escalones incrustados de joyas. Su suelo arenoso estaba lleno de perlas y corales, y el fondo estaba hecho de cristal. Y sus orillas estaban adornadas con diversos árboles de oro. Estaban embellecidas con lotos abiertos, nenúfares, Chakravakas y Natyuhas, y llenas de las notas de cisnes y Sarasas. Estaban rodeadas por todos lados de grandes estanques con árboles en sus orillas y agua clara y dulce como el néctar. Estaban entrelazadas con centenares de enredaderas, cubiertas de flores Santana y llenas de diversos sotos y Karaviras que servían de ventanas. Y entonces aquel primero de los monos contempló allí una montaña, la más pintoresca del mundo, semejante a nubes, de elevadas cumbres, cubierta por todos lados de picos y llena de moradas serranas y diversos árboles. Y aquel mono contempló allí un río que caía de la montaña como una doncella que cae del regazo de su amado. Y las ramas de los árboles que tocaban el agua (de la corriente) semejaban a una bella doncella a la que sus queridas compañeras impidieran abandonar la compañía de su amado. Y aquel gran mono contempló más abajo la corriente que se volvía atrás, semejante a la doncella que, complacida, regresa junto a su amado. Y aquel primero de los monos, Hanuman, el hijo de Maruti, contempló, a cierta distancia, estanques llenos de lotos y de diversas aves. Y vio un gran estanque artificial lleno de agua fresca, con escaleras incrustadas de excelentes joyas y sus orillas arenosas llenas de perlas. Estaba embellecido (por todos lados) con diversos animales, diversos árboles y grandes mansiones hechas por el propio Visvakarma. Estaba adornado en derredor con bosques artificiales y todos los árboles de allí llevaban flores y frutos, extendiendo sus ramas como sombrillas y con pavimentos de oro y de plata bajo ellos. Y aquel gran mono contempló allí un árbol Simsapa de oro rodeado por todos lados de pavimentos de oro. Y vio la gleba, los arroyos de la colina y muchos árboles de oro semejantes al fuego. Por el lustre de todos aquellos árboles aquel heroico mono parecía hecho de oro, como el Sol por el contacto del monte Sumeru. Y habiendo visto aquellos bellos árboles de oro, sacudidos por el viento y produciendo un sonido como el de un Kinkini, con copas floridas y hojas nuevas, quedó sumamente asombrado. Y trepando a aquel árbol Simsapa, envuelto en hojas, aquel mono, dotado de velocidad, reflexionó: «Quizá pueda ver a Vaidehi, atormentada por el dolor, ansiosa de contemplar a Rama y vagando de un lado a otro a su placer. Ciertamente este es el pintoresco bosque Asoka de aquel de alma viciosa, embellecido con sándalo, Champakas y Vakulas. Aquí hay un hermoso estanque abundante en lotos, concurrido de aves, y sin duda vendrá aquí aquella real esposa Janaki. Ella es la amada reina de Raghava y experta en pasear por el jardín. Y separada de Rama, ciertamente vendrá aquí Janaki. O ella, que tiene los ojos de una joven gacela y es diestra en vagar por el bosque, atormentada por el pensamiento de Rama, vendrá aquí. O ella, de bellos ojos y aficionada a recorrer el bosque, torturada por el dolor a causa de la separación de Rama, frecuenta siempre este bosque. Antes de esto, la casta y venerable esposa de Rama, la hija de Janaka, solía amar siempre a las aves y animales del bosque. (Ha llegado la mañana) y sin duda la bella y elegante hija de Janaka, aficionada a hacer las abluciones matinales, vendrá a este río de agua pura a hacerlas. En verdad es este hermoso bosque de Asoka la digna morada de la amada y casta esposa de Rama, el señor de los hombres. Si aquella de rostro de luna respira, sin duda vendrá a este río de agua fresca». Habiendo llegado allí y aguardando ansiosamente la aparición de la esposa de aquel señor de los hombres, el de alma elevada Hanuman, ocultándose (en el árbol Simsapa) envuelto en flores y hojas, lo contempló todo.

Section 15

Apostado en el árbol, lanzando sus miradas en derredor en busca de Sita y mirando hacia la tierra, contempló todo el bosque de (Asoka). Estaba embellecido con enredaderas Santanaka y diversos árboles, fragante de olores celestiales y adornado por todos lados. Semejaba el Nandana o el jardín celestial, y estaba lleno de diversos animales y aves, palacios y mansiones; resonaba con las notas de Kokilas; adornado con los estanques que abundaban en nenúfares de plata y lotos; lleno de muchos asientos y cobertores y diversas casas de espaciosos patios; adornado con hermosas flores de todas las estaciones y árboles que daban frutos. Y la belleza de los Asokas florecientes semejaba el resplandor del Sol. Y allí situado, Maruti contempló árboles como desprovistos de hojas a causa de los centenares de aves, adornados con diversas flores, que acudían allí. Y vio allí la tierra tocada por árboles Asoka, los que quitan la pena, con flores que brotaban desde las raíces y que se inclinaban con su peso. Y todo el cuadrante estaba como en llamas con la belleza de los floridos Karnikaras y Kinsukas. Y aparecían hermosos muchos Punnagas floridos, Saptaparnas, Champakas y Udalakas de raíces profundamente extendidas. Y había un millar de árboles Asoka, algunos de los cuales eran como oro, otros como la llama del fuego y otros como colirio azul oscuro. Era como el jardín del Nandana o como el de Kubera, o quizá superaba a ambos en excelencia. Y envuelto en una encantadora gracia celestial inconcebible y teniendo flores por estrellas, aquel bosque parecía un segundo cielo. Y cubierto de centenares de flores semejantes a perlas, el bosque parecía el quinto océano. Y aquel jardín estaba embellecido con flores de todas las estaciones y árboles de olor a miel, y lleno de diversas notas y diversos animales y aves. Y aquel fragante jardín se volvía más encantador con diversas otras fragancias. Y aquel primero de los monos contempló en aquel jardín de Asoka un palacio redondo, situado a lo lejos, fragante como la montaña Gandhamadana y alto como el señor de las montañas. (El palacio) era blanco como la colina Kailasa y estaba construido sobre mil pilares. Todas sus escaleras eran de coral y sus pavimentos de oro ardiente. Su belleza era como si ardiera por todas partes y robara la vista a los que lo miraban. Era inmaculado y, por su altura, tocaba el firmamento. Y entonces contempló allí a (Sita), que vestía un paño sucio, desdichada, muy consumida por el ayuno, suspirando una y otra vez y rodeada por una banda de rakshasis. Era (sin embargo) inmaculada como los rayos de la luna en el primer día lunar. Y su elegante belleza podía percibirse con gran dificultad, como la llama del fuego envuelta en humo. Y vistiendo un paño amarillo hecho jirones y sucio y despojada de todo adorno, parecía un tallo de loto sin lotos. Oprimida, torturada por la pena, debilitada y casta como era, parecía Rohini poseída por Ketu. Estaba muy consumida por el ayuno, abatida por la pena y los pensamientos angustiosos, perturbada de dolor y desdichada, y sus ojos estaban siempre llenos de lágrimas. Separada de sus parientes y allegados y sin ver a Rama y Lakshmana sino a las rakshasis, parecía una cierva rodeada de perros. Con su trenza de largo cabello, semejante a una serpiente negra, cayéndole sobre la espalda, parecía como si la Tierra estuviera llena de bosques azul oscuro tras la desaparición de las lluvias. Sita era digna solo de la felicidad y nunca había conocido la desdicha, y por ello estaba (ahora) muy oprimida de pesar. Y al contemplar a aquella de ojos amplios, vuelta pálida y débil, Hanuman, por diversos argumentos concluyentes, reflexionó para sí: «Ha de ser Sita, pues esta doncella se parece exactamente a aquella a quien vi cuando fue raptada por Ravana, que tomaba formas a voluntad. Con el rostro de la luna llena, bellas cejas y pecho redondo, es como si disipara la oscuridad de todos los cuadrantes por virtud de su gracia. Su garganta era amarilla y sus labios eran como Bimbas. Era de mediana estatura y todos sus miembros estaban bien formados. Tenía ojos semejantes a pétalos de loto y era como la amada esposa de Manmatha, Rati, y adorable para toda la creación como los rayos de la luna llena». Aquella de hermosa persona estaba sentada en la tierra como una asceta con los sentidos refrenados. Y suspiraba una y otra vez como la tímida nuera del señor de las serpientes. Enredada en una poderosa red de pesar, su gracia estaba muy mermada y parecía la llama del fuego envuelta en humo. Era como la Smriti de significados dudosos, la riqueza caída, el respeto perdido, la esperanza sin deseo de ganancia, la Sidhi de muchos tropiezos, el entendimiento empañado y la fama manchada con falsos rumores. Aquella inocente estaba muy afligida por no poder servir a Rama y, con los ojos de una joven cierva, oprimida por las rakshasis, lanzaba sus miradas de acá para allá. Y con semblante descontento, con pestañas azul oscuro y rizadas y ojos llenos de lágrimas, suspiraba una y otra vez. Digna de llevar adornos pero ahora sin ninguno, desdichada, cubierta de execraciones, parecía los rayos de las estrellas envueltos por nubes azul oscuro. Y al contemplar a Sita en aquel lastimoso trance, como el saber por falta de práctica, (Hanuman) quedó perplejo de dudas. Y al verla sin adornos, apenas pudo reconocerla, como las palabras de diversos sentidos sin el conocimiento de la gramática. Y al contemplar a aquella irreprochable hija del rey, de ojos amplios, Hanuman, por diversos razonamientos, reflexionó: «Sin duda ha de ser Sita. Veo en su persona todos estos adornos de los que Rama me habló en el momento de mi partida. Contemplo en sus orejas excelentes pendientes y Svadanshtras bien colocados y en sus brazos adornos enjoyados vueltos azul oscuro por la suciedad del uso constante. En verdad estos son los adornos de que me habló Rama. No percibo los que ella se había quitado. Pero estos son los restantes; no hay la menor duda de ello. Los monos habían visto, en la colina, su excelente paño amarillo hecho de fibras de oro. Habían visto también sus excelentes adornos que, quitados por ella, cayeron a la tierra con un sonido. Su paño se ha hecho jirones por el uso constante, pero su gracia no se ha vuelto peor que su color. Esta, de rostro dorado, ha de ser la amada reina de Rama, que, aunque separada de él, no ha desaparecido de su mente. Esta es aquella doncella por quien Rama, abrasado a un tiempo por el afecto, la compasión, la pena y el amor, afecto a causa de que su amada esposa fue raptada, compasión por su incapacidad de proteger a una dependiente de él, pena por la pérdida de su amada esposa y amor por su querida. En verdad, por la gracia de su persona, por sus miembros bien desarrollados y por la belleza de Rama, parece que esta venerable doncella de ojos azul oscuro ha de ser su esposa. Ella tiene su mente fija en él, y él en ella, y por esto ella y el (Rama) de alma virtuosa han seguido manteniendo su ser. En verdad mi amo Rama ha llevado a cabo una poderosa tarea, pues aún respira en su separación, sin consumirse en pena». Y habiendo contemplado a Sita en este trance, aquel hijo del dios del Viento se acercó a Rama en la mente y derramó alabanzas sobre su amo.

Section 16

Y habiendo elogiado a Sita, digna de ser alabada, y a Rama, querido por sus logros, aquel primero de los monos se entregó de nuevo a la meditación. Y habiendo reflexionado por algún tiempo, el poderoso Hanuman, con los ojos llenos de lágrimas, se lamentó por Sita (en los siguientes términos): «Nadie puede resistir el curso del destino, pues Sita, siendo la esposa del venerable hermano de Lakshmana, siempre obediente a sus mayores, ha sido abrumada de dolor. La venerable doncella conoce el poderío de Rama y del inteligente Lakshmana, y por ello no está del todo abatida, como el río Ganga al acercarse la estación de las lluvias. En cuanto a carácter, edad, conducta, familia y otras señales auspiciosas, son iguales, y por ello Raghava merece a Vaidehi y esta de ojos azul oscuro es suya». Y habiéndola visto, de tono dorado y conducente a la felicidad de las gentes como la Diosa de la riqueza, Hanuman se acercó a Rama en su mente y dijo: «Por esta (doncella) fueron muertos el poderoso Vali y Kavandha, igual a Ravana en poderío. (Por ella también) fue destruido en batalla el terriblemente poderoso rakshasa Viradha, por Rama desplegando su energía, como Sambara muerto por Mahendra. (Fue por ella) que catorce mil rakshasas de terribles obras fueron destruidos en Janasthana con flechas semejantes a la llama del fuego. Y Khara fue muerto en batalla, y Trisiras fue desbaratado y el poderoso Dusana, por Rama, conocedor de sí. Y fue por ella que Sugriva, conocido en todo el mundo, obtuvo la riqueza de los monos, difícil de adquirir y acumulada por Vali. Y es por esta (doncella) de ojos amplios que he cruzado al resplandeciente señor de los ríos y he visto esta ciudad. Y me parece que habría sido muy justo que Rama hubiera vuelto por ella toda la tierra ceñida por los océanos. Si se comparan el reino sobre los tres mundos y la hija de Janaka, el primero no iguala la centésima parte de Sita. Esta Sita, la hija del Janaka de alma elevada, el piadoso rey de Mithila, firmemente apegada a su esposo, surgió, cubierta de polvo, de la tierra, en un campo abierto por un surco. Es la conocida nuera mayor del rey Dasaratha, de carácter adorable y poderío sin trabas. Y ella es la amada esposa del piadoso y agradecido Rama, conocedor de sí, y ha sido puesta bajo el control de las rakshasis. Renunciando a todos los lujos y sin considerar lo más mínimo las desdichas, movida por el amor de su esposo, entró en el bosque solitario. Y satisfecha con frutos y raíces y siempre ocupada en el servicio de su esposo, vivió en el bosque tan deleitada como lo estaba en su casa. Y aquella de tono dorado, nunca habituada a las aflicciones y que solía conversar siempre con semblante alegre, sufre ahora incomparables desdichas. Como un sediento que anhela una morada donde pueda hallar de beber, Raghava jadea por verla, dotada de elevado carácter y oprimida por Ravana. Como un monarca que había perdido su reino se deleita grandemente cuando lo recobra, sin duda Raghava, de igual modo, se alegrará cuando la recobre. Ella también ha mantenido su ser con la esperanza de ver de nuevo a Rama, separada como está de sus amigos y privada de todas las comodidades y lujos. A estas rakshasis y a estos árboles envueltos de frutos y flores, ciertamente no los contempla, sino que está ocupada con todo su corazón solo en meditaciones tocantes a Rama. El esposo realza la belleza de una mujer más que el vestido (y por ello Sita), hermosa como es, no parece bella en ausencia de su esposo. Ciertamente mi amo Rama ha llevado a cabo un acto difícil, pues ha seguido manteniendo su vida en su separación sin consumirse en pena. Mi corazón está muy dolorido al saber que ella, de ojos azul oscuro, semejantes a pétalos de loto, digna de felicidad, ha sido poseída por la pena. Ella, paciente como la Tierra, de ojos semejantes a lotos, que antes estaba protegida por Raghava y Lakshmana, es ahora guardada bajo los árboles por rakshasis de ojos terribles. Hostigada por continuas desdichas, la hija de Janaka ha perdido toda su belleza como un nenúfar aplastado por la escarcha, y ha llegado a un lastimoso estado como una cierva separada de su pareja. Las ramas de los árboles Asoka, inclinadas con flores, parecen aumentar su pena, así como la Luna de muchos millares de rayos al expirar el invierno». Habiendo reflexionado así y llegado a la conclusión de que era Sita, aquel poderoso caudillo de monos, dotado de velocidad, se situó en aquel árbol.

Section 17

Entonces la Luna, blanca como un nenúfar y de aspecto claro, avanzó lejos en el firmamento, como un ganso que atraviesa aguas azules. Con ánimo de hacerse amiga de él, la Luna de claros rayos roció al hijo del dios del Viento con frescos haces. Y entonces contempló a Sita, de rostro semejante a la luna, sumida en pena como una barca cargada hundida en el agua. Mientras contemplaba a Vaidehi, Hanuman, el hijo de Maruta, observó a cierta distancia a cierto número de rakshasis de rostro torvo. Algunas tenían una oreja, otras un ojo, otras tenían grandes orejas, otras estaban sin orejas; algunas tenían orejas formidables y algunas tenían la nariz proyectada hacia arriba. Y algunas tenían la parte superior del cuerpo desmesuradamente larga y voluminosa, algunas tenían un cuello largo y delgado, algunas tenían el cabello desgreñado, y algunas tenían la persona tan espesamente cubierta de vello que parecía envuelta en una manta. Algunas tenían orejas largas, algunas tenían la frente larga, algunas tenían el vientre largo, algunas tenían los pechos largos; algunas tenían labios largos; algunas tenían los labios y el mentón pegados, algunas tenían un rostro largo y algunas tenían rodillas largas. Una era de baja estatura, algunas eran altas, algunas torcidas, algunas de rostro torvo, algunas enanas, una era de color terriblemente oscuro; algunas tenían el rostro desfigurado; algunas tenían ojos cobrizos y un rostro temible. Algunas eran de aspecto terrible, algunas de color cobre, algunas negras, algunas airadas y algunas aficionadas a pelearse entre sí; y algunas tenían en las manos dardos de hierro, martillos y mazos. Algunas tenían rostro como el de un jabalí, algunas rostro como el de un ciervo, algunas como el de un tigre, algunas como el de un búfalo, algunas como el de una cabra y algunas como el de un chacal; algunas tenían piernas como las de un camello, algunas las de un elefante, algunas las de un caballo y algunas tenían la cabeza colocada sobre el pecho. Una tenía solo una mano, algunas solo una pierna. Algunas tenían orejas como las de un caballo, algunas como las de una vaca, algunas como las de un asno, algunas como las de un elefante y otras tenían orejas como las de un león. Algunas tenían narices muy grandes, algunas torcidas y otras no tenían ninguna; algunas tenían narices como las de un elefante y otras tenían la nariz en la frente. Algunas tenían las piernas como las de los elefantes, algunas tenían piernas muy enormes; algunas las tenían como las de una vaca, algunas tenían en las piernas mechones de pelo como pilares, algunas tenían una cabeza terriblemente enorme, algunas tenían grandes pechos y otras tenían vientres espaciosos. Algunas tenían rostros y ojos más allá de las proporciones ordinarias. Algunas tenían un rostro y una lengua largos. Y algunas tenían rostro de cabra, algunas de elefante, algunas de vaca, algunas de jabalí, algunas de caballo y algunas de asno. Algunas de las rakshasis eran de rostro torvo y algunas de natural fogoso, pendencieras, y tenían dardos y mazas en las manos. Y algunas terribles rakshasis de rostros desfigurados tenían cabellos de color humo. Y todas bebían vino continuamente, siempre aficionadas al licor y a la carne, y todos sus cuerpos estaban salpicados de sangre por vivir de sangre y carne. Y aquel primero de los monos halló a todas aquellas rakshasis de rostro torvo sentadas en torno a aquel poderoso árbol envuelto en ramas. Y el garboso Hanuman observó al pie de aquel árbol a aquella venerable e irreprochable hija del rey Janaka. Estaba privada de todo resplandor, torturada por la pena, y todos sus cabellos estaban manchados de suciedad. Parecía una estrella caída sobre la tierra al menguar la virtud. Y famosa como era en todo el mundo por su castidad, le era difícil ahora ver a su esposo. No tenía excelentes adornos; su apego a su esposo era el único adorno. Estaba prisionera del señor de los rakshasas y, separada de todos sus amigos, parecía una elefanta separada de su manada y atada y atacada por un león, y como los rayos de la Luna envueltos por nubes al expirar la estación de las lluvias. Su belleza estaba muy marchita (a consecuencia de la separación de su esposo), como un instrumento de cuerdas por falta de quien lo toque. Y siempre ocupada en el bienestar de su esposo, era del todo indigna de ser puesta bajo el control de los rakshasas. Hundida en el abismo de la pena y rodeada por aquellas rakshasis, parecía en el bosque de Asoka como Rohini poseída por Rahu. Y Hanuman la contempló allí como una enredadera despojada de flores. Y con la persona manchada de suciedad y privada de todo adorno, parecía, en su gracia oculta, un loto cubierto de barro. Y el mono Hanuman contempló a aquella doncella, de ojos de joven antílope, vestida con un paño sucio y hecho jirones. Y aunque el rostro de aquella venerable estaba privado de toda gracia, su corazón no perdió su altura a causa del poderío de su esposo. Y Sita, de ojos azul oscuro, estaba protegida por virtud de su propio carácter. Y al contemplar a Sita, de ojos de joven antílope, aterrada y lanzando sus miradas de acá para allá como una cierva y quemando con su aliento los árboles envueltos de hojas, como una masa de pena y una convulsión de dolor, de miembros bien proporcionados y que parecía hermosa sin adornos, Maruti alcanzó un exceso de deleite. Y al contemplarla de ojos ebrios, Hanuman derramó lágrimas de deleite y se inclinó ante Raghava. Y habiendo ofrecido su homenaje a Rama y Lakshmana, el poderoso Hanuman, sumamente deleitado de ver a Sita, permaneció allí oculto.

Section 18

Y contemplando el bosque lleno de árboles floridos y deseando tener una vista completa de ella, él casi pasó la noche. Y a aquella hora avanzada de la noche oyó los cantos de los Vedas por los rakshasas, versados en las seis partes suplementarias de los Vedas, ocupados en la celebración de ritos sacrificiales y conocedores de Brahma. Y entonces el poderoso rakshasa de diez cabezas, de enormes brazos, despertó con los sonidos de aquellos instrumentos auspiciosos, gratos a los oídos. Y al despertar, aquel grande y poderoso señor de los rakshasas, con el paño y las guirnaldas aflojados, comenzó a pensar en Vaidehi. Y aquel rakshasa, hinchado de orgullo, estaba apasionadamente apegado a ella, y así no pudo refrenar el amor que había en él. Y así, adornado con todos los adornos, él, lanzando sus miradas a los caminos que contenían puertas enjoyadas y de oro, y apareciendo lleno de gracia, entró en el bosque de Asoka, lleno de diversos árboles que contenían frutos y flores de todas las estaciones y de estanques; embellecido con diversas flores; variegado con aves ebrias y maravillosas; lleno de diversos lobos hermosos; concurrido de diversos ciervos y cubierto de frutos caídos en la tierra. Y cien doncellas seguían en el séquito del hijo de Pulastya como las doncellas de los celestiales y de los gandharvas siguen a Mahendra. Y entre aquellas bellas, unas llevaban abanicos de cola de yak y otras abanicos. Y algunas, que llevaban agua en jarras de oro, encabezaban el séquito, mientras otras, que llevaban el trono de oro cubierto con un cobertor, lo seguían. Y una doncella favorita llevaba en la mano derecha un cuenco enjoyado lleno de vino. Y otra, que llevaba el parasol blanco de varillas de oro semejante a la luna llena y al ganso, seguía en el séquito. Y de este modo las excelentes esposas de Ravana, con los ojos adormecidos por el sueño y el vino, seguían a su heroico esposo como los relámpagos siguen a la nube. Sus collares y keyuras estaban desplazados, la pasta desvanecida, el cabello desordenado, y tenían gotas de sudor en el rostro. Con el sueño y la embriaguez se tambaleaban aquellas bellas de hermosos semblantes, con los cabellos de guirnaldas deshechas y las personas mojadas de transpiración. Y de este modo aquellas amadas esposas (de Ravana), de ojos ebrios, seguían, por amor y reverencia, a su esposo. Y su poderoso esposo, puesto bajo el control del amor y con la mente firmemente apegada a Sita, avanzaba lentamente. Y aquel mono, hijo de Maruta, oyó el sonido de los kanchis y nupuras de aquellas excelentes doncellas. Y el mono Hanuman contempló también a Ravana, de obras extraordinarias y de inconcebible poderío y fuerza, en la puerta. Todo su cuerpo se veía por todos lados a la luz de las lámparas encendidas con aceite perfumado y llevadas delante por las rakshasis. Estaba inflamado de amor, orgullo y altivez, y sus ojos amplios eran cobrizos y ociosos. Y parecía el propio Cupido que acabara de aparecer a la vista, dejando atrás su arco y sus flechas. Y sujetando su excelente manto, cubierto de flores, lavado, engastado de joyas y blanco como la espuma del néctar batido, lo puso en su debido lugar. Y Hanuman, ocultándose en el árbol, en medio de muchas hojas y flores, trató de reconocerlo mientras se acercaba. Y al contemplarlo, aquel primero de los monos vio al muy famoso rey Ravana, rodeado de sus esposas, de excelente belleza y jóvenes, entrar en aquel bosque de goce lleno de aves y animales. Había en aquel bosque un guardián llamado Sankukarna, sumamente poderoso, que llevaba diversos adornos y era dado a la bebida. Y por él fue visto aquel señor de los rakshasas, el hijo de Visrava. Y aquel sumamente enérgico mono contempló a aquel (Ravana) resplandeciente, rodeado de excelentes doncellas, como la luna cercada de estrellas. Y al contemplarlo, el mono reflexionó: «Este ha de ser Ravana, pues es la persona a quien vi durmiendo en un excelente aposento en aquella ciudad». Pensando esto, aquel sumamente resplandeciente hijo de Maruta, Hanuman, saltó (alto a otra rama). Y resplandeciente como era, aquel sumamente inteligente mono se ocultó en una rama cubierta de hojas, incapaz de sostenerse ante el resplandor de aquel rakshasa. Y Ravana avanzó de aquel modo, ansioso de contemplar a Sita, de ojos azules, de pecho amplio, excelentes caderas y un mechón de cabello negro.

Section 19

Y entonces, al contemplar a Ravana, el señor de los rakshasas, dotado de juventud y belleza y adornado con un excelente vestido, aquella excelente e irreprochable hija de un rey, Vaidehi, tembló como un plátano sacudido por el viento. Y habiéndose cubierto el vientre con las piernas y el pecho con las manos, aquella de encantador color y ojos amplios gritó en voz alta. Y llegando allí, el de diez cuellos contempló a Vaidehi, guardada por las rakshasis, desdichada, torturada por la pena, como una barca hundida en un océano. Sujeta a duras penitencias, ella, sentada en la tierra desnuda, parecía la rama de un árbol caída al suelo. Sus miembros, donde solía llevar adornos, estaban cubiertos de suciedad y, aunque digna de adornos, aparecía sin ninguno, como un loto cubierto de barro y por ello brillaba muy confusamente. Y avanzaba, por así decir, hacia aquel león de rey, Rama, conocedor de sí, en el carro de su mente tirado por los caballos de la resolución. Y sin contemplar el fin de su pena, aquella doncella, apegada a Rama, se mantenía sola, reducida a un esqueleto y abrumada de pensamientos angustiosos y de pena. Y estaba turbada como la nuera del señor de las serpientes, de curso impedido por medio de encantamientos, y abatida por la pena como Rohini poseída por Ketu. Y aunque nacida en una familia piadosa, de buena conducta y buen natural y casada conforme a sus ritos, parecía haber brotado de una estirpe baja y haberse casado conforme a sus viles ceremoniales. Parecía como una gran fama que desaparece, como el respeto desatendido, como el intelecto que mengua y la esperanza defraudada; como un altar sagrado pisoteado, como un mandato real desobedecido, como los cuadrantes quemados por una tea; como ofrendas a Dios mancilladas; como el disco de la luna llena herido por la oscuridad, un loto afligido, un ejército sin caudillo; como los rayos de la luna envueltos en tinieblas, como un río de agua somera, como un altar sacrificial poseído por un paria, como la llama del fuego extinguida; como aves acuáticas aterradas y lotos perturbados y pétalos aplastados por las trompas de los elefantes. Y con su gracia muy menguada por la ausencia de su esposo, parecía un río cuyo contenido líquido se hubiera secado. Y sin limpiar sus miembros parecía una noche oscura. Y aquella de hermosos miembros, tierna y digna de vivir en una morada enjoyada, abatida por la pena, parecía un tallo de loto seco recién arrancado de su lecho. Y ella, como la nuera del señor de los elefantes, capturada, separada de su manada y atada a un pilar, estaba abrumada de pena y suspiraba una y otra vez. Un largo mechón de cabello azul oscuro, sin el menor cuidado, le caía por la espalda; y con él parecía la tierra cubierta de bosques azul oscuro al expirar la estación de las lluvias. Con ayunos y pena, ansiedad y temor, estaba muy debilitada y consumida, y había dejado de comer y se había acogido solo a la ascesis. Abatida por la pena, parecía estar ofreciendo plegarias a aquel primero de los Raghus por la destrucción del de diez cuellos, como las que se ofrecen a las deidades con las manos juntas. Y al contemplar a la irreprochable Maithili, de ojos amplios con hermosas pestañas, sumamente apegada a Rama y llorando, Ravana la tentó para su propia destrucción.

Section 20

Entonces Ravana, con dulces palabras y gestos, expresó su propio deseo a Sita, desdichada, privada de gozo, rodeada de rakshasis y que llevaba la vida de una asceta. «Oh tú, de muslos como las trompas de los elefantes, ya que, al contemplarme, has ocultado tu pecho y tu vientre, quizá temes exponer tu persona ante mí. Te anhelo, oh tú de ojos amplios; estímame, oh querida mía, oh tú dotada de todas las prendas y grata a todas las personas. Oh Sita, aquí no hay ningún ser humano ni ningún rakshasa que tome formas a voluntad; renuncia, pues, a todo temor de mí. Oh tímida doncella, ciertamente es virtud de los rakshasas que siempre frecuenten a las esposas de otros o las obtengan por la fuerza. A pesar de esto, oh Maithili, no te toco, pues tú no estás bajo el influjo del amor; pero yo estoy completamente bajo su dominio. No me temas, oh venerable doncella; confía en mí, oh amada mía, y apégate a mí. No cedas a la pena. Un solo mechón de cabello, yacer en la tierra y un ayuno inútil: estas cosas no te sientan bien. Al alcanzarme, oh Maithili, disfruta de excelentes guirnaldas, sándalo, adornos, vinos costosos, lechos, asientos, canciones, danza y música. Eres una joya de mujer; no permanezcas, pues, con este aspecto. Ponte, pues, tus adornos. ¿Cómo permanecerás sin adornos al obtenerme, oh tú de hermosa figura? Esta tu bella juventud se va pasando, y, como la corriente de un río, una vez ida no vuelve atrás. Oh tú de hermoso aspecto, habiéndote creado, el artista de los dioses, el hacedor de bellezas celestiales, ha cesado en su obra, pues no hallo en nadie quien iguale tu belleza. ¿Quién hay, oh Vaidehi, que pueda resistir el influjo del amor al obtenerte a ti, dotada de belleza y juventud? (¿Qué decir de otros?) Incluso Brahma, el Abuelo de los celestiales, se conmueve. Oh tú de rostro semejante a la luna y labios bien formados, cualquier miembro tuyo que contemplo, en él hallo mi mirada fija. Oh Maithili, conviértete en mi esposa y renuncia a este engaño. Conviértete en la primera reina de todas mis excelentes esposas. Oh tímida, todas las joyas que he reunido de los tres mundos y todo mi reino te los conferiré. Oh juguetona doncella, para tu satisfacción conquistaré toda la tierra, ceñida de muchas ciudades, y se la otorgaré a Janaka. No hallo a nadie en esta tierra que pueda resistir mi poderío. Contempla mi poderío sin igual en la batalla. Los celestiales y los asuras son incapaces de resistirme, derrotados como fueron por mí en batalla y derribados sus gallardetes. Deséame, pues, hoy, vístete con excelentes ropas y adórnate con adornos bellamente brillantes. Contemplaré tu deslumbrante belleza cuando estés adornada de adornos. Por compasión hacia mí, embellécete con adornos, oh tú de semblante bello. Oh tímida doncella, disfruta a tu placer de toda clase de comodidades y lujos y, como desees, confiere riqueza y tierras a otros. Confiando en mí, pide los objetos que deseas y mándame como una doncella sin modales. Pidiéndome favores, satisfarás los deseos de tus amigos. Oh gentil dama, oh tú de gran renombre, observa mi prosperidad. ¿Qué harás con Rama, que viste corteza, (oh tú de grata presencia)? Rama ha cesado en sus empeños por ganar la victoria. Ha perdido toda su belleza, vive en el bosque, está ocupado en observancias y siempre yace en la tierra. Temo que no esté vivo todavía. Oh Vaidehi, Rama no podrá verte, como los rayos de la luna cubiertos por nubes azules precedidas de Valakas. Raghava nunca te recobrará de mis manos, como Hiranyakasipu no pudo recobrar a su esposa Kirti de Indra. Oh tú de hermosos dientes, oh tú de hermosos ojos, oh juguetona doncella, oh tímida, me robas la mente como Garuda atrapa serpientes. Al contemplarte, vistiendo un paño de seda hecho jirones, esbelta y sin adorno alguno, no hallo apego alguno en mis propias esposas. Oh hija de Janaka, ejerce tu supremacía sobre todas mis esposas, que viven en mi serrallo y están dotadas de todas las prendas. Oh tú de cabello negro, todas mis esposas son las primeras en belleza en los tres mundos. Y todas te servirán como las apsaras sirven a la Diosa de la riqueza. Oh tú de hermosas cejas y caderas bien formadas, disfruta conmigo a tu placer de toda la riqueza y los bienes de Kubera. Oh venerable doncella, en ascesis, fuerza o poderío, riqueza o fama, Rama no es mi igual. Bebe, pues, a tu placer, disfruta y come. Te conferiré riqueza y toda la tierra. Satisface en mí todos tus deseos, oh bella doncella, y que tus amigos queden satisfechos en ti. Y adornada con un hermoso collar de oro, oh tímida dama, recorre conmigo a tu placer los bosques situados en la orilla del océano y llenos de árboles floridos y de abejas negras».

Section 21

Al oír aquellas palabras de aquel terrible rakshasa, Sita, abatida por la pena y de voz débil, respondió lentamente. Torturada por la pena, entregada a la ascesis y llorando, Sita comenzó a temblar. Y aquella excelente doncella, consagrada a su esposo, comenzó a pensar en él. Colocando delante una ramita, aquella de hermosa sonrisa dijo: «Aparta de mí tu mente y ponla en tus propias esposas. Como un pecador indigno de rogar por la emancipación final, no te corresponde esperar obtenerme. Consagrada a un solo esposo, jamás perpetraré un acto tan inicuo. He nacido en una (familia) elevada y he sido casada en una familia piadosa». Habiéndose dirigido así a Ravana, la conocida Vaidehi, volviéndole la espalda, le habló de nuevo, diciendo: «No debo vivir contigo, pues soy esposa de otro y casta. Ten siempre los ojos puestos en la religión y sigue la senda de la piedad. Como tus propias esposas, las de otros son dignas de ser protegidas por ti, oh vagabundo de la noche. Tomándote a ti mismo por ejemplo, goza con tus propias esposas. Ciertamente, los de mente viciosa, los de sentidos agitados, que no se satisfacen con sus propias esposas, son llevados a la desdicha por las esposas de otros. (Me parece que) no hay hombres piadosos aquí, y aunque los haya, tú no los sigues, pues tienes un entendimiento tan adverso, contrario a la práctica y el uso humanos. O bien la gente juiciosa ha dicho la verdad, pero tú, para la destrucción de la estirpe de los rakshasas, considerándola falsa, no la has seguido. La riqueza, el reino y las ciudades, todo queda en nada cuando se pone en manos de un rey vicioso e iletrado. Habiéndote obtenido a ti (por tanto) como rey, y solo por tu necedad, esta ciudad de Lanka, abundante en joyas, pronto será arruinada. Oh Ravana, todos se deleitan en la destrucción de aquel ser irreflexivo que provoca su propia destrucción y se ocupa en perpetrar malas obras. Y de este modo, cuando tú, el perpetrador de actos viciosos, halles tu fin, aquellas personas que han sido tiranizadas por ti dirán con deleite: “¡Oh! Dichosos somos, pues este terrible (rakshasa) ha hallado su fin”. Con riqueza o bienes no podrás tentarme. Como los rayos del sol le pertenecen a él, así yo soy solo de Raghava. Habiendo reclinado mi cabeza sobre los hermosos brazos de aquel señor de los hombres, ¿cómo la reclinaré de nuevo sobre los de otro? Como el conocimiento del Dios único, monopolizado solo por los brahmanes, yo soy la esposa solo de aquel señor de la tierra, conocedor de las verdades superiores y que se casó conmigo conforme a los piadosos ceremoniales. ¡Que la fortuna te sea propicia, oh Ravana! Llévame junto a Rama, abatida por la pena como estoy, como una elefanta que espera ansiosamente en el bosque es llevada al señor de los elefantes. Te conviene hacerte amigo de Rama, aquel mejor de los hombres, si deseas mantener tu imperio y no quieres provocar tu propia destrucción. El mundo sabe que Rama conoce bien los preceptos de la religión y es bondadoso con los que buscan su amparo. Busca su amistad, si deseas mantener tu vida. Propícialo, pues, a él, que es bondadoso con los que dependen de él, y te corresponde llevarme respetuosamente a él. Hallarás tu bienestar si de este modo me entregas a aquel mejor de los Raghus. Y poderoso es el desastre que caerá sobre ti si sigues cualquier otro proceder. El rayo, incluso una vez arrojado, puede dejarte; la Muerte misma puede pasarte por alto; pero no hay salvación para ti si Raghava, el señor de los hombres, se enfurece. Oirás el terrible sonido de la vibración del arco de Rama, como el sonido del rayo arrojado por Indra. Pronto caerán aquí flechas que llevan los nombres de Rama y Lakshmana, de cabezas ígneas como las de las serpientes. Y cubiertas de hojas de kanka, sin duda cubrirán toda la ciudad y la devastarán destruyendo a todos los rakshasas. Como Garuda arranca a las serpientes, Rama, semejante a Garuda, arrancará a tus rakshasas semejantes a serpientes. Y como Vishnu recobró a la resplandeciente Sri (la Diosa de la riqueza) de los asuras, cruzando los tres mundos con tres pasos, mi esposo, el conquistador de enemigos, me recobrará de ti. Janasthana ha sido devastado, la hueste de los rakshasas ha sido muerta, y tú has quedado impotente. En verdad has perpetrado una obra impía. Oh rakshasa, habiendo salido aquellos dos leones entre los hombres a indagar sobre el ciervo ilusorio, fui raptada por ti, que entraste en la ermita vacía, oh ser vil. Y como un perro incapaz de sostenerse ante un tigre, te habría sido imposible aguardar allí en presencia de Rama y Lakshmana. Si entablas combate con ellos, tu riqueza y tus amigos no te servirán de nada (y serás desbaratado), como el asura Vritra, de una sola mano, por Indra, de dos manos. Pronto mi esposo, con la ayuda de Lakshmana, te sacará la vida con flechas, como el sol seca con sus rayos el agua somera. Ya vayas a la morada de Kubera, ya te acojas, aterrado, a la asamblea de Varuna, serás ciertamente destruido por el hijo de Dasaratha, como un poderoso árbol derribado por el rayo».

Section 22

Al oír aquellos ásperos acentos, aquel señor de los rakshasas respondió a Sita, de hermosa presencia, con las siguientes palabras desagradables: «Generalmente se halla en la tierra que cuanto más corteja un hombre a una mujer, tanto más cae ella bajo su influjo. (Pero contigo), cuanto más bondadosamente me he comportado contigo, tanto más ásperamente he sido tratado. En verdad mi amor por ti mantiene a raya la ira, como un buen auriga refrena al corcel que se desvía. Oh, poderoso es el amor para los hombres, pues aquella sobre quien cae este amor, aunque sea objeto de ira, se convierte en objeto de bondad y afecto. Oh tú de hermoso semblante, es por esta razón que no te destruyo, aunque tú, que te entregas a una falsa ascesis, eres digna de ser muerta y deshonrada. Oh Maithili, por todas y cada una de aquellas palabras ásperas que has usado conmigo, mereces la muerte». Habiendo hablado así a Vaidehi, Ravana, el señor de los rakshasas, con la ira sometida, habló de nuevo a Sita: «Esperaré esos dos meses que he fijado como pacto, tras los cuales tendrás que compartir mi lecho, oh tú de hermosa presencia. Y si aun entonces te niegas a considerarme tu esposo, mis cocineros desmenuzarán tus miembros con acero y te servirán como mi comida matinal». Al contemplar al señor de los rakshasas reconvenir de este modo a la hija de Janaka, las hijas de los celestiales y de los gandharvas se apenaron sobremanera. Unas con los labios, otras con los ojos y otras con gestos del rostro, todas consolaron a Sita, así angustiada por aquel rakshasa. Y así consolada por ellas, y orgullosa de su buena conducta y del heroísmo de su esposo, Sita se dirigió así a Ravana, el señor de los rakshasas: «Ciertamente no hay persona en esta ciudad que desee tu bien y por ello te impida una obra tan impía. ¿Quién hay en los tres mundos que siquiera me desee en la mente, a mí, que soy la esposa del (Rama) de alma virtuosa, como la Sachi de Indra? Oh tú, el más vil de los rakshasas, por usar esas palabras viciosas hacia la esposa de Rama, de inconmensurable poderío, ¿adónde irás para escapar de la venganza? Como un elefante enfurecido que encuentra a una liebre en el bosque, tú, ¡oh vil!, liebre como eres, te encontrarás con aquel Rama semejante a un elefante. No te avergüenzas de injuriar a aquel señor de los Ikshvakus mientras no entres en su campo de visión. ¡Oh ruin! ¿Por qué no caen a tierra tus ojos torvos, terribles y cobrizos, que me miran con tanta malicia? Oh miserable vicioso, yo soy la esposa de aquel (Rama) de alma virtuosa y nuera de Dasaratha; ¿por qué, al usar estas viles palabras hacia mí, no se te cae la lengua? Oh tú de diez cuellos, podría reducirte al instante a cenizas si no fuera por el mandato de Rama y mis observancias ascéticas. No habrías podido raptarme en presencia del sumamente inteligente Rama. Y sin duda esto ha sido dispuesto por Dios para tu destrucción. Eres heroico y hermano de Kubera y grande en poderío; ¿por qué, entonces, me tomaste a hurtadillas tras alejar a Rama de la ermita?». Al oír aquellas palabras de Sita, Ravana, el señor de los rakshasas, haciendo girar sus ojos torvos, miró hacia la hija de Janaka. Era como una masa de nubes azules, y sus brazos y cuellos eran largos y amplios. Estaba dotado de andares de elefante y sus lenguas y ojos eran agudos y llameantes. La cima de su corona temblaba, y tenía encantadoras guirnaldas en torno al cuello y la persona untada de pasta. Llevaba guirnaldas y ropas de color carmesí y sus encantadores brazos estaban adornados con adornos. Ceñido con un tahalí en torno a la cintura, parecía el Mandara rodeado por una serpiente en el tiempo del batido del océano. Con sus dos rollizos brazos, aquel señor de los rakshasas parecía la colina Mandara con sus dos enormes cumbres. Y adornado con un par de Kundalas semejantes al Sol recién salido, parecía una colina cubierta por dos árboles asoka envueltos de flores y hojas carmesíes. Era como el árbol Kalpa y la primavera encarnada. Y aunque adornado, parecía terrible como un Chaitya en el crematorio. Y con los ojos al rojo vivo de ira, suspirando una y otra vez como una serpiente y lanzando sus miradas sobre Sita, Ravana se dirigió de nuevo a ella, diciendo: «Oh tú que sigues la ascesis, este tu voto carece de sentido y está fuera de los límites de la moral. Hoy mismo te destruiré, como el Sol disipa la oscuridad con sus rayos». Habiéndose dirigido así a Maithili, el hostil rey Ravana lanzó sus miradas hacia las rakshasis de rostro torvo. Y entre aquellas rakshasis, unas tenían enormes orejas, otras orejas como las de las vacas, otras orejas tan largas como brazos, otras orejas largas y otras no tenían ninguna. Y algunas tenían piernas como las de un elefante; otras como las de una vaca y otras piernas cubiertas de vello. Y algunas tenían un ojo, otras una pierna, otras piernas enormes y otras no tenían ninguna. Y algunas tenían cabezas y cuellos enormes, y algunas pecho y vientre fuera de proporción, y algunas rostros y ojos más grandes que los humanos. Algunas tenían enormes lenguas y uñas. Y algunas carecían de nariz. Y algunas tenían rostros de león, otras rostros como los de las vacas y otras los de jabalíes. Y lanzando su mirada hacia tales rakshasis, dijo: «Ustedes, rakshasis, esfuércense todas por poner a Sita, la hija de Janaka, bajo mi control. Con buena o mala conducta, con conciliación o con dádivas, con amenazas o con halagos, esfuércense de modo que el alma de Vaidehi se incline hacia mí». Y habiendo ordenado así una y otra vez, aquel señor de los rakshasas, abatido por el amor y la ira, se dirigió a Sita rugiendo ferozmente. Y entonces, acercándose rápidamente y abrazando al de diez cuellos, una rakshasi llamada Dhanyamalini le habló: «Diviértase conmigo, oh gran rey. ¿Qué hará usted con ella, oh señor de los rakshasas, un ser humano, desdichada y de semblante pálido? Oh gran rey, sin duda los celestiales no han destinado para el goce de ella todos aquellos objetos que usted ha procurado con su poderío. Y además, el que desea a una dama renuente abrasa su propia persona, y el que desea a una doncella dispuesta alcanza un exceso de deleite». Habiendo dicho esto, la rakshasi se llevó a Ravana por la fuerza. Y aquel rakshasa también, semejante a una masa de nubes, riendo, se volvió atrás. Y aquel de diez cuellos se alejó a grandes pasos como si sacudiera toda la tierra y entró en la morada (de su reina), semejante al resplandeciente Sol. Y rodeando a Ravana, aquellas hijas de celestiales, gandharvas y nagas entraron en una excelente morada. Y habiendo reconvenido y dejado atrás a la firme y piadosa Sita, de persona temblorosa, Ravana, poseído por el amor, entró en su propio palacio.

Section 23

Habiendo hablado así a Maithili y dado órdenes a la hueste de las rakshasis, Ravana, terror de sus enemigos, se marchó. Y después de que aquel señor de los rakshasas se hubo marchado y entrado en su aposento interior, las horrendas rakshasis se acercaron a Sita. Y acercándose a Sita, aquella terrible hueste, casi desfallecida de ira, se dirigió a Vaidehi con las siguientes palabras ásperas: «No estimas en mucho, Sita, que vayas a ser la esposa elegida de aquel grande Ravana de alma elevada, el hijo de diez cuellos de Pulastya». Entonces otra rakshasi llamada Ekajata, con los ojos vueltos cobrizos de ira, dirigiéndose a Sita, de pequeño ombligo, dijo: «Pulastya es el cuarto de los seis Prajapatis, hijo de Brahma nacido de su mente y célebre en todo el mundo. Y el glorioso asceta llamado Visrava fue el hijo nacido de la mente de Pulastya, resplandeciente como los Prajapatis. ¡Oh doncella de grandes ojos! De Visrava vino Ravana, terrible para sus enemigos. Y te conviene convertirte en la consorte de aquel señor de los rakshasas. No desprecies las palabras que te digo, oh tú de hermosa presencia». Entonces otra rakshasi llamada Harijata, de ojos de gato, haciéndolos girar de ira, dijo: «Te conviene ser la esposa de aquel señor de los rakshasas que hirió en batalla a los treinta y tres celestiales y a su señor. ¿No deseas ser la esposa de aquel que es heroico, de poderío indomable y que no vuelve la espalda en la batalla? Y apartándose con desdén de su amada esposa, muy estimada, el poderoso rey Ravana te desea a ti. Y dejando su aposento interior, enriquecido con millares de mujeres y adornado con diversas joyas, Ravana te adorará». Y entonces siguió otra rakshasi llamada Vikata: «El rey que con su terrible poderío sometió en batalla a los gandharvas y nagas se ha puesto a tu lado. Oh necia doncella, ¿por qué no deseas ser la consorte de aquel señor de los rakshasas de alma elevada, Ravana, dotado de riqueza y bienes?». Y entonces siguió otra rakshasi llamada Durmukhi: «¿Por qué no te acercas a él, oh tú de ojos amplios, por cuyo temor el sol no brilla y el viento no sopla? Oh dama, ¿por qué no deseas ser la consorte de Ravana, el señor de los rakshasas, a cuya orden los árboles derraman flores y las colinas y las nubes vierten agua? ¿Por qué no te decides a ser la esposa de Ravana? Oh doncella, oh venerable dama, hemos hablado así por tu bien. Accede a nuestra petición o sin duda morirás».

Section 24

Entonces todas aquellas rakshasis, de rostros terribles, acosaron una y otra vez a Sita con reproches ásperos y groseros: «¿Por qué no deseas, oh Sita, vivir en su aposento interior, del agrado de todos y abundante en costosos lechos? Oh mujer, estimas en mucho ser la esposa de un hombre. Apártate de Rama; tu deseo jamás será satisfecho. Pasa felizmente tus días con nuestro señor, Ravana, el jefe de los rakshasas, que hace suyos los tesoros de los tres mundos. Eres una mujer, oh tú de hermosa presencia, y por eso tu capricho se aferra a Rama, oh tú de semblante irreprochable, que es un hombre privado de su reino, abrumado de desastres y con sus deseos frustrados». Al oír las palabras de aquellas rakshasis, Sita, de ojos de loto, con los ojos llenos de lágrimas, dijo: «Lo que todas ustedes han dicho, y que es contrario al uso humano y vicioso, no halla lugar en mi mente. Una mujer no puede ser la esposa de un rakshasa. Cómanme si quieren; jamás seguiré sus palabras. Pobre o privado de su reino, el que es mi esposo es mi preceptor. Siempre estoy consagrada a él, como Suvarchala al Sol. Como la gran Sachi al lado de Sakra, Arundhati de Vasishtha, Rohini de la Luna, Lopamudra de Agastya, Sukanya de Chyavana, Savitri de Satyavan, Srimati de Kapila, Madayanti de Saudasa, Kesini de Sagara y Damayanti, la hija del rey Bhima, de su esposo Nala, permaneceré siempre consagrada a mi esposo Rama, el primero de los descendientes de Ikshvaku». Al oír las palabras de Sita, todas aquellas rakshasis enviadas por Ravana, casi fuera de sí de ira, la cubrieron de nuevo de reproches ásperos y groseros. Y Hanuman permaneció todo el tiempo sin habla y oculto en el árbol Simsapa. Y aquel mono oyó a todas aquellas demonias reconvenir a Sita de este modo. Y ellas, movidas por la ira, se acercaron a la temblorosa Sita y, rodeándola, se lamieron una y otra vez sus largos y ardientes labios. Y tomando al instante lanzas, sumamente airadas, la amenazaron, diciendo: «No es digna de tener a Ravana, el señor de los rakshasas, por señor». Así reconvenida por aquellas terribles rakshasis, aquella excelente doncella, derramando lágrimas, se acercó al árbol Simsapa. Y Sita, de grandes ojos, rodeada por las rakshasis, permaneció allí sumida en la pena. Y todas aquellas horrendas demonias derramaron reproches desde todos lados sobre ella, muy consumida, de semblante desdichado y que vestía un paño sucio. Entonces una demonia de rostro torvo, airada, de dientes horrendos y un enorme vientre que le colgaba, llamada Vinata, habló, diciendo: «Oh Sita, ya has mostrado bastante apego a tu esposo. Pero, oh gentil dama, el exceso de cualquier cosa tiende al mal. Estamos satisfechas. ¡Y que la fortuna te sea propicia! Has obrado dignamente como una mujer. Oye, oh Maithili, lo que digo por tu bien. Acepta a Ravana, el señor de la hueste de los rakshasas, como tu esposo. Resiste poderosamente a sus enemigos como Vasava, el señor de los celestiales; es caritativo, bondadoso con todos y de dulce habla. Y abandonando a Rama, un pobre sujeto, toma a Ravana (por esposo). Con tu persona rociada de pasta celestial y adornada con excelentes adornos, conviértete desde hoy, oh Vaidehi, oh tú de hermosa presencia, en la reina de todos los mundos, como la Sachi del señor de los celestiales y la svaha del fuego. ¿Qué harás con Rama, oh Vaidehi, pobre y de vida limitada? Esto es lo que digo, y si no lo sigues, todas nosotras nos daremos al instante un banquete contigo». Y entonces otra rakshasi llamada Vikata, de pechos largamente colgantes, atormentada por la ira y apretando el puño, se dirigió, rugiendo, a Sita: «Oh necia hija del rey de Mithila, hemos soportado todas tus necias palabras solo por compasión y porque eres un ser débil. No conducirá a tu bienestar si no oyes nuestras palabras. Has sido traída aquí, al otro lado del océano, difícil de alcanzar para otros. Has entrado en la terrible morada de Ravana, oh Maithili, y has sido encerrada en su aposento, guardado por todas nosotras. Y ni siquiera el propio Purandara puede salvarte. Oye, pues, oh Maithili, mis palabras bienintencionadas. ¿Por qué derramas lágrimas? Renuncia a tu inútil pena. Sé feliz y alegre, renunciando a tu continua melancolía. Diviértete, oh Sita, a tu placer, con el señor de los rakshasas. Sabemos con certeza, oh tímida doncella, que la juventud de las mujeres es muy pasajera. Y mientras tu juventud no se marchite, pasa felizmente tus días, oh tú de ojos ebrios, con el señor de los rakshasas, en pintorescos jardines y bosques de montaña. Toma, oh bella doncella, a Ravana, el señor de los rakshasas, por esposo, y millares de mujeres serán puestas a tu servicio. Si no sigues lo que digo, oh Maithili, te arrancaré el corazón y me daré un banquete con él». Entonces otra rakshasi de rostro torvo, llamada Chandodari, blandiendo su terrible lanza, dijo: «Al contemplar a esta Sita, de ojos de joven antílope y con el pecho temblando de miedo, mi ardiente deseo, pues estoy encinta, ha sido darme un banquete con sus grandes ojos, su hígado, su bazo, sus rollizas manos, su corazón, sus otros miembros y su cabeza». Entonces otra rakshasi llamada Praghasa dijo: «Le estrujaré la garganta a esta mujer cruel. ¿Qué hacen ustedes ahí sentadas? Ustedes contarán entonces al rey que la mujer ha muerto. Y sin duda él dirá: “Cómansela ustedes”». Y entonces otra rakshasi llamada Ajamukhi dijo: «No me gustan las peleas. Dividámosla todas en porciones iguales. Traigan pronto nuestra bebida favorita y diversas guirnaldas». Luego siguió otra rakshasi llamada Surpanakha: «Estoy plenamente de acuerdo con lo que ha dicho Ajamukhi. Traigan pronto vino, el que quita todas las penas. Dándome un banquete de carne humana bailaré ante la reina Nikumbhila». Así amenazada por aquellas rakshasis de rostro torvo, Sita, semejante a la hija de un celestial, renunciando a la paciencia, comenzó a llorar.

Section 25

Y mientras aquellas horrendas rakshasis la amenazaban así con reproches groseros y ásperos, la hija del rey Janaka comenzó a llorar. Y así interpelada por aquellas rakshasis, Vaidehi, de alma sometida, sumamente aterrada, dijo, con la voz ahogada por el vapor: «Una mujer jamás puede ser la esposa de un rakshasa. Cómanme si quieren; jamás seguiré sus palabras». Y rodeada por las rakshasis y amenazada por Ravana, Sita, semejante a la hija de un celestial, abatida por la pena, no pudo consolarse. Y temblando, se apartó de su presencia como una cervatilla extraviada rodeada de lobos. Y acogiéndose a una rama florida de un árbol Asoka, ella, sumida en la pena, pensó en su señor. Con lágrimas bañó su hermoso pecho y, oprimida por el infortunio, no pudo alcanzar la otra orilla del océano de la pena. Como un plátano sacudido por la brisa, tembló y cayó temblando (a tierra). Y por el miedo a las rakshasis, sus mejillas perdieron su color nativo. Y temblando ella misma, su bonito y largo mechón de cabello tembló también y parecía una serpiente que se moviera de acá para allá. Abrumada de pena y fuera de sí de ira, la hija del rey de Mithila lloró y exclamó apenada: «¡Oh madre Kausalya! ¡Oh reina Sumitra! Verdadero es el dicho de los sabios de que la muerte nunca se acerca a destiempo al varón ni a la mujer. De lo contrario, no habría vivido ni un momento, separada de Rama y oprimida por las rakshasis como estoy. Limitada es mi virtud, y por ello he de morir la muerte de una pobre criatura abandonada, como una barca arrastrada por la ráfaga en medio del océano. Privada de la vista de mi esposo y torturada por las horrendas demonias, me hundiré, oprimida de infortunios, como las orillas de un río lavadas por el agua. ¡Oh, dichosos los que han posado sus ojos en mi agradecido señor de dulce habla, de andares de león, de ojos semejantes a pétalos de loto! Y separada de Rama, de alma sometida, me es tan difícil respirar como al que ha bebido un veneno virulento. ¡Qué poderosa iniquidad había perpetrado yo en mi existencia anterior para haber caído en este terrible desastre! Deseo renunciar a mi vida bajo esta carga de pena; pero, ¡ay!, estoy rodeada de las rakshasis y no puedo reunirme con Rama. ¡Oh, maldita es esta sometida vida humana, que no pueden renunciar a ella ni siquiera a su placer!».

Section 26

Diciendo esto, la hija del rey Janaka se bañó el rostro de lágrimas y, bajando la cabeza, comenzó a lamentarse. Y comenzó a rodar por la tierra como un potro, como si estuviera loca, poseída por un demonio y hubiera perdido el sentido. «Yo, la esposa de Rama, que fue atraído lejos por el rakshasa (Maricha) que tomaba formas a voluntad, fui apresada y llevada por Ravana. Cautiva de los rakshasas, sujeta a sus terribles amenazas y burlas, sumida en la pena y la ansiedad, no deseo conservar mi vida. ¿De qué me sirven la riqueza, los adornos y la vida a mí, que vivo en medio de los rakshasas y separada de Rama, el del poderoso carro? Ciertamente mi vida está hecha de piedra, imperecedera e inmortal, pues no se parte ni siquiera con esta poderosa pena. ¡Ay de mí, que soy impura y vil, y mi vida es viciosa, pues todavía respiro en ausencia de mi señor! ¿Qué decir de fijar mi capricho en ese vagabundo de la noche, si ni siquiera mi pie más vil lo tocará? Aquel (demonio) que me corteja de este modo terrible no se conoce a sí mismo, ni su propia estirpe, ni que yo lo aborrezco tanto. ¿Qué más les diré a ustedes? Jamás consentiré en el ruego de Ravana, aunque se me desgarre miembro a miembro o se me queme en el fuego. Raghava es agradecido, veraz, sabio y bondadoso. Temo que sea por mi mala suerte que no siente compasión por mí. ¿No me recobrará aquel que, él solo, mató a los millares de rakshasas en Janasthana? He sido capturada por Ravana, un rakshasa de débil poderío. Ciertamente mi señor es capaz de matar a este Ravana en combate. ¿No me recobrará aquel Rama por quien fue muerto en el bosque de Dandaka Viradha, el primero de la cuadrilla de los rakshasas? Aunque situada en medio del océano, Lanka es inaccesible para otros, pero las flechas de Raghava llegarán también aquí. (No acierto a discernir) por qué Rama, de firme poderío, no me recobra a mí, su amada esposa, que he sido llevada por el rakshasa. Me parece que Rama no sabe que estoy aquí, pues de lo contrario, poderoso como es, no habría soportado este insulto. Aquel señor de los buitres que podría haber informado a Raghava de que fui llevada por el rakshasa fue muerto por Ravana en la batalla. Oh, grande fue la obra hecha por aquel que, anciano como era, se dispuso por mí a provocar la destrucción de Ravana. Si Raghava pudiera saber que estoy aquí, él, sumamente airado, habría limpiado la tierra de rakshasas con sus flechas. Habría quemado entonces la ciudad de Lanka, secado el abismo y borrado el nombre y la fama de Ravana. Y de cada hogar arruinado se habrían alzado los gemidos y gritos de las viudas rakshasas, semejantes a los míos. E indagando, junto con Lakshmana, pronto reducirá Lanka a este trance. Y, observado por ellos, el enemigo no vivirá ni un momento. Y en nada de tiempo Lanka tomará el aspecto de un crematorio, con todas sus calles principales envueltas en el humo que sale de las piras funerarias y llena de buitres. Y pronto se cumplirá este deseo mío. Todas estas palabras mías suenan ahora improbables, pero todas indican la desgracia de ustedes. Además, por estos malos presagios que se ven aquí, parece que Lanka pronto quedará privada de su gracia. Muerto el señor de los rakshasas, el vicioso Ravana, sin duda Lanka, despojada de riqueza, parecerá una viuda. Esta Lanka, que ahora está llena de ceremonias piadosas, a la muerte de los rakshasas y de su amo parecerá una mujer sin esposo. Ciertamente oiré pronto los gritos y gemidos, en cada casa, de las hijas de los rakshasas consumidas por la pena. Si aquel heroico Rama, de ojos azul oscuro, llega a saber que estoy en la morada de los rakshasas, la ciudad de Lanka será quemada con sus flechas, quedará herida de oscuridad y privada de gracia, y todos los primeros de los rakshasas serán destruidos. El plazo que fijó el vil y cruel Ravana ha llegado. Y aquel miserable vicioso ha resuelto destruirme ahora. No hay crimen que no puedan perpetrar aquellos demonios viciosos. Poderoso es el desastre que surgirá a causa de este crimen; los rakshasas, que viven de carne, no saben lo que es la virtud. Ciertamente el rakshasa me servirá como su comida matinal. ¿Qué haré sin mi señor de hermosa presencia? Privada de la presencia de mi esposo, abatida por la pena y sin contemplar a Rama, de ojos azul oscuro, pronto hallaré la muerte. Rama, el hermano mayor de Bharata, no sabe que todavía estoy viva, pues de lo contrario él y Lakshmana habrían registrado el mundo entero por mí. O, renunciando a su cuerpo en esta tierra por la pena que siente por mí, el heroico hermano mayor de Lakshmana se ha dirigido a la región celestial. Dichosos los celestiales, gandharvas, siddhas y poderosos ascetas que contemplan a mi heroico Rama de ojos de loto. O aquel sumamente inteligente asceta real, deseoso de asegurar la piedad y libre de las cuitas de la vida, no tiene necesidad de una esposa como yo. O la gente tiene apego a lo que ve, y este desaparece en cuanto el objeto está fuera de la vista. Los ingratos son capaces de renunciar a su amor, pero no Rama. O puede haber alguna necedad en mí. O al menguar mi buena suerte he sido separada del excelente Rama. La muerte me es preferible a la vida, pues he sido separada del heroico Rama de alma elevada, de carácter intachable y destructor de enemigos. O aquellos dos hermanos, los primeros de los hombres, dejando a un lado sus armas y viviendo de frutos y raíces, andan errantes por el bosque. O aquellos dos heroicos hermanos, Rama y Lakshmana, han sido muertos a traición por el Ravana de alma viciosa, el señor de los rakshasas. En este tiempo de angustia anhelo con todo mi corazón la muerte; (pero, ¡ay!) ni siquiera la muerte se me acerca en esta mi desdicha. ¡Oh, dichosos aquellos grandes ascetas de alma elevada, fieles a la verdad y con los sentidos bajo control, que no tienen objetos de amor ni de desagrado! No se afligen de desdicha por sus objetos de amor ni de pena por aquellos a quienes no aman. Están libres de ellos, y yo me inclino ante aquellos de alma elevada. Abandonada por el amado Rama, conocedor de sí, y puesta bajo el control de Ravana, renunciaré a mi vida».

Section 27

Así interpeladas airadamente por Sita, algunas de aquellas rakshasis, fuera de sí de ira, fueron a contar esto al Ravana de alma viciosa. Y acercándose a Sita, aquellas demonias de rostro torvo se dirigieron de nuevo a ella con palabras groseras y ásperas: «Oh vil Sita, oh tú, resuelta a cometer pecado, nosotras, las rakshasis, devoraremos hoy tu carne hasta quedar plenamente satisfechas». Al contemplar a aquellas viles demonias amenazar a Sita, una matrona rakshasa, sabia y anciana, llamada Trijata, gritó: «Oh viles demonias, cómanse sus propias personas, pero no devoren a Sita, la hija de Janaka y la estimada nuera del rey Dasaratha. Anoche soñé un sueño terrible que me erizó el vello. Y en aquel sueño preví la caída de la estirpe de los rakshasas y la conquista de su esposo». Y así interpeladas por Trijata, aquellas demonias, atormentadas por la ira y aterradas, se dirigieron a ella con las siguientes palabras: «Relata (a nosotras) qué clase de sueño soñaste anoche». Y al oír aquellas palabras que salían de las bocas de las rakshasis, Trijata comenzó a describir el sueño que tuvo al final de la noche: «Vi a Rama, que llevaba guirnaldas y vestía de blanco, ir en un carro celestial, junto con Lakshmana, hecho de marfil, que atravesaba las regiones etéreas, tirado por cien corceles. Vi en mi sueño esta noche que Sita, vestida del más puro blanco, apareciendo sobre una colina blanca como la nieve batida por las olas del océano, se había reunido por fin con Rama, como la luz unida al Sol. Y vi de nuevo a Rama y Lakshmana aparecer resplandecientes, sentados sobre un enorme elefante de cuatro colmillos, semejante a un toro. Entonces aquellos dos (hermanos), resplandecientes como el Sol por su propio resplandor, y que llevaban guirnaldas y ropas blancas, aparecieron junto a la hija de Janaka. Y Janaki, de ojos de loto, en la cima de la colina situada en el firmamento, cayó primero en el regazo de su esposo y luego se situó en el cuello del elefante guiado por su esposo. Luego vi a Sita frotando el Sol y la Luna con sus dos manos. Y entonces aquel mejor de los elefantes, con aquellos dos príncipes y Sita, de grandes ojos, sobre él, se alzó por encima de Lanka. Vi de nuevo a Rama, vestido de blanco y adornado con guirnaldas, ir junto con Lakshmana en un carro tirado por ocho bueyes blancos. Vi de nuevo a aquel sumamente enérgico, el mejor de los hombres, Rama, cuyo poder era la verdad, junto con su hermano Lakshmana y Sita, huir a las regiones del Norte, subiendo a un carro celestial florido semejante (en brillo) al Sol. Y vi también a Ravana, rapado y trasquilado, untado de aceite, vistiendo un paño carmesí, bebiendo miel, llevando una guirnalda de flores karavira, caer a tierra desde el carro florido. Y arrastrado por una mujer, rapado, vistiendo un paño rojo y guirnaldas y rociado de pasta carmesí, Ravana fue visto de nuevo por mí yendo en un carro tirado por asnos. Y bebiendo aceite, riendo y bailando, aquel de sentidos agitados, olvidándose de sí, corrió en el carro hacia el Sur. Y vi de nuevo a Ravana, el señor de los rakshasas, abatido por el miedo, caer sin cabeza a tierra. Y luego, alzándose de pronto y profiriendo palabras obscenas e incoherentes como un maníaco, Ravana, abrumado de miedo y de asombro, y embriagado, cayó en una masa de inmundicia, hedionda y semejante al mismo infierno. Y avanzando de nuevo hacia el Sur, entró en un lago desprovisto de lodo y de agua. Y una mujer oscura, vestida con un paño carmesí y embadurnada de lodo, arrastró al demonio de diez cuellos, enroscándose en torno a su cuello. Luego siguieron el poderoso Kumbhakarna y todos los hijos de Ravana, rapados y trasquilados y untados de aceite. Y todos se dirigieron hacia el sur: el demonio de diez cuellos sobre un jabalí, Indrajit sobre una marsopa y Kumbhakarna sobre un camello. Vi solo a Vibhishana, con un parasol blanco y acompañado de cuatro cortesanos, recorrer el firmamento. Y se oía en la gran asamblea sonido de música e instrumentos de cuerda. Y todos los rakshasas, que vestían ropas y guirnaldas carmesíes, bebían aceite. Vi la regia y pintoresca ciudad de Lanka, con sus corceles, carros y elefantes, ahogada en el océano, con sus puertas y arcos ornamentados rotos. Y en Lanka, cubierta de polvo, las mujeres rakshasas, riendo y haciendo un sonido terrible, se ocupaban en beber aceite. Vi a todos los principales rakshasas, Kumbhakarna y los demás, de tono oscuro y vestidos con ropas carmesíes, sumergidos en un abismo de estiércol de vaca. Aléjense, pues, a cierta distancia, y verán que Raghava recobrará a Sita. Y atormentado por la ira, las destruirá a todas ustedes junto con los rakshasas. Raghava jamás tolerará que su estimada y amada esposa, que vivía en el bosque, sea objeto de burlas y amenazas por parte de ustedes. Basta, pues, de palabras ásperas; consuelen a la dama y rueguen humildemente que las perdone. Esto creo oportuno. Ciertamente ella, libre de desgracia, se reunirá con su amado y excelente esposo, acerca del cual, en su desdicha, he soñado tal sueño. ¡Rakshasis! La han amenazado; imploren su perdón; basta de palabras ásperas. Ciertamente de Raghava procederá el poderoso desastre de los rakshasas. Si Maithili, la hija del rey Janaka, queda complacida con ustedes (por implorar su perdón), podrían salvarse del poderoso desastre. No percibo ninguna marca inauspiciosa en la persona de esta dama de grandes ojos. Por la palidez de su semblante parece que ha sido vencida por la desgracia. Y vi (en mi sueño) a esta venerable doncella, indigna de desgracia alguna, situada en el firmamento. En verdad percibo ante mí la consecución del fin de Vaidehi, la destrucción del señor de los rakshasas y la conquista de Raghava. Miren allí: su ojo izquierdo, amplio como un pétalo de loto, danza al oír este grato sueño que anuncia la consecución de su propio fin. Y su brazo izquierdo danza también de gozo, de repente. Y su excelente y hermoso muslo izquierdo, semejante a la trompa de un elefante, danza también, como indicando que ella, en fecha no lejana, se reunirá con Raghava. Y las aves, entrando una y otra vez en sus nidos, y sumamente deleitadas, derraman sus notas anunciando la llegada de una ocasión feliz». Entonces aquella modesta dama, sumamente deleitada por la futura conquista de su esposo, dijo: «Si esto es verdad, las salvaré a todas ustedes».

Section 28

Al oír aquellas desagradables palabras de Ravana, el señor de los rakshasas, Sita, torturada por la pena a causa de su esposo, se aterró como una elefanta vencida por un león en la linde de un bosque. Amenazada por Ravana y rodeada por las rakshasis, aquella tímida doncella se lamentó como una muchacha abandonada en un bosque solitario: «En verdad dicen los sabios que la muerte en este mundo no llega a destiempo. De lo contrario, ¿habría vivido yo, viciosa como soy, un solo momento, tan duramente amenazada? Ciertamente mi mente, privada de felicidad y llena de desdicha, es firme; si no, ¿por qué no se parte en pedazos como la cumbre de una colina golpeada por un rayo? Ni tengo yo la culpa de esto; soy digna de ser muerta por este demonio de presencia nada hermosa. Como un brahmán no puede impartir instrucción en los Vedas a gentes de otras castas, así yo no entregaré mi mente a Ravana. Si aquel señor de las gentes no viene dentro del plazo fijado, ciertamente aquel vil señor de los rakshasas desmenuzará mis miembros con sus flechas, como un cirujano que corta los miembros de un embrión. Dos meses pasarán en nada de tiempo y tendré que sufrir el dolor de la muerte, abrumada de pena como estoy, como un ladrón confinado en el cepo, por orden del soberano, para recibir la muerte a la mañana siguiente. ¡Rama! ¡Lakshmana! ¡Oh Sumitra! ¡Oh madre de Rama! ¡Oh madres mías! Estoy vencida en este océano de pena, como una barca arrastrada de acá para allá por la ráfaga en medio de un océano. En verdad, por mí, aquellos dos poderosos hijos del rey, semejantes a leones, han sido muertos por (este demonio), resplandeciente como el relámpago, que tomó la apariencia de un ciervo. Desdichada como soy, ciertamente fui tentada entonces por la muerte que llevaba la forma de un ciervo, y así perdí neciamente a Rama y Lakshmana, los hijos del venerable padre. ¡Oh Rama, de votos veraces, de largos brazos, de rostro de luna llena! ¡Oh vida mía! Ocupado como está usted en el bienestar de las gentes, ¿no percibe que estoy a punto de ser muerta por los rakshasas? ¡Ay! Esta mi devoción a mi esposo, mi indulgencia, mi yacer en la tierra desnuda, mi observancia de votos religiosos, mis virtudes de esposa, se pierden como el servicio prestado a un ingrato. En vano son mis ritos piadosos, y en vano es mi devoción a mi esposo, pues no lo contemplo a usted, estoy pálida y débil en su ausencia y he abandonado toda esperanza de verlo. Y cumpliendo debidamente el mandato de su padre y regresando victorioso del bosque, se divertirá usted sin temor con muchas doncellas de grandes ojos. (Pero yo), oh Rama, para mi propia destrucción, estuve consagrada a usted en alma y corazón. ¡Oh, infructuosas son mi ascesis y mi virtud de esposa! ¡Ay, qué desgracia! Renunciaré a esta mi desdichada vida. Deseo acabar rápidamente con mi ser por medio del veneno o de un arma afilada. Pero no hay nadie en esta ciudad de los rakshasas que me traiga este veneno o esta arma». Lamentándose así con diversos acentos y recordando a Rama con todo su corazón, Sita, con el rostro marchito y temblando, llegó al árbol más grande, envuelto de flores. Y pensando así, Sita, abatida por la pena, tomó en la mano su trenza de cabello y pensó: «Pronto me ahorcaré con esta trenza y alcanzaré la morada de la Muerte». Y aquella de tierna persona llegó al árbol y, sujetando una rama, comenzó a pensar en Rama, en Lakshmana y en la gloria de su estirpe. Y en su persona se percibieron muchas señales auspiciosas, bien conocidas por todos, que quitan la pena, fomentan la paciencia y anuncian la llegada del bienestar futuro.

Section 29

Como sirvientes que atienden a una persona rica, diversos presagios auspiciosos acudieron a Sita, de persona irreprochable y hermosa, torturada por la pena y privada de gozo. Y el gran ojo izquierdo de aquella dama de hermosos cabellos, de pupilas oscuras, extremos blancos y espesas pestañas, comenzó a danzar como un loto sacudido por un pez. Y su hermosa, redonda y rolliza mano izquierda, que antes, rociada de costoso aguru y sándalo, solía servir de almohada a Rama, comenzó a danzar ahora una y otra vez tras largo tiempo. Y su bien formado y rollizo muslo izquierdo, semejante a la trompa de un elefante, danzando, anunció que pronto contemplaría a Rama. Y el paño de tono dorado, ahora cubierto de polvo, de aquella doncella de hermosa persona, de dientes como granos de granada, se deslizó un poco de su lugar. Y animada por aquellos y diversos otros presagios auspiciosos, alcanzó el gozo, como una semilla estropeada por el viento y el sol que brota de nuevo en la estación de las lluvias. Y su rostro, de labios rojos como frutos de Bimba, bellos ojos, cejas que se extendían hasta las orejas, pestañas rizadas y dientes blancos, pareció de nuevo hermoso, como la Luna liberada de la plena presa de Rahu. Su pena y su agotamiento se disiparon, el dolor se apaciguó y su corazón se llenó de gozo. Y ella, con su rostro, parecía hermosa como una noche de luna embellecida por los rayos de la Luna.

Section 30

Y el poderoso Hanuman oyó desde el principio hasta el fin (los lamentos) de Sita, la historia del sueño de Trijata y las amenazas de las rakshasis. Y al contemplar a la venerable doncella, que vivía en el bosque de Asoka como una doncella celestial en el jardín del Nandana, el mono entró en un laberinto de pensamientos angustiosos. «Por fin mis ojos vigilantes han visto a aquella que han estado buscando en vano los millares y millones de monos en todas las direcciones y cuadrantes. En verdad la he visto hoy, ocupado como he estado como espía para estimar la fuerza del enemigo y recorriendo en secreto todos los lugares. He visto minuciosamente la ciudad de los rakshasas y la fuerza de Ravana, el señor de los rakshasas. Ahora queda consolar a la esposa de Rama, de incomparable poder y bondadoso con todos, que jadea por su señor. Consolaré a esta doncella, de rostro de luna llena, que nunca antes había visto la pena y que no alcanzará pronto su fin. Y si me voy sin aliviar a esta casta dama, casi sin sentido por la pena, seré culpado de descuido del deber. Y si me voy, la hija del rey, la famosa Janaki, no hallando medio de salvación, ciertamente renunciará a su vida. Es digna de ser consolada, como el (Rama) de grandes brazos, de rostro de luna llena y ansioso de contemplar a Sita. No es propio hablar ante los rakshasas. ¿Qué haré, entonces? Estoy en muy grande aprieto. Si no la consuelo en esta parte final de la noche, sin duda renunciará a su vida. ¿Cómo responderé a Rama, sin haber consolado a Sita, de hermoso talle, cuando me pregunte: “¿Qué mensaje hay de mi Sita?”? Y si me voy rápidamente de aquí sin ninguna información sobre Sita, sin duda Kakutstha me abrasará hasta dejarme sin vida con el fuego de sus ojos airados. Y si insto a mi señor el rey (Vibhishana) a traer sus huestes aquí por Rama, en vano será su esfuerzo. Y aprovechando la ocasión cuando esté libre de sus guardianas demoníacas, la consolaré en su terrible angustia. Y, pequeño mono como soy, hablaré en sánscrito, que los hombres se deleitan en usar. Y si hablo sánscrito como un brahmán, Sita se aterrará, creyéndome Ravana. Debo, pues, usar la lengua de un hombre común, o de lo contrario no podré consolar a la dama de persona irreprochable. Y al contemplar mi forma de mono y oír mi lengua humana, podría asustarse de nuevo, aterrada como ha estado antes por la banda de los rakshasas. Y creyéndome Ravana, que toma formas a voluntad, aquella dama de grandes ojos y alto espíritu pedirá socorro lastimeramente. Y al hacer Sita un ruido repentino, aquellas terribles rakshasis, semejantes a la propia Muerte y armadas con diversas armas, llegarán allí al punto. Y entonces, lanzando sus miradas en derredor y descubriéndome, aquellas demonias sumamente poderosas y de rostro torvo tratarán de matarme o de capturarme. Y al contemplarme saltar de rama en rama y de tronco en tronco de los grandes árboles, se alarmarán sobremanera. Y divisando mi aspecto mientras recorro el bosque, aquellas rakshasis, sumamente aterradas, llenarán el bosque con sus gritos salvajes. Y entonces llamarán (en su ayuda) a todas aquellas rakshasis ocupadas en guardar la morada del señor de los rakshasas. Y ellas, sumamente agitadas, llegarán aquí con vehemencia, armadas con dardos, flechas, cimitarras y diversas otras armas. Y rodeado por ellas por todos lados, si mato a aquella hueste de demonios, cansado, no podré saltar sobre el océano. Y si aquella hueste de diestros demonios logra hacerme cautivo, yo también estaré en sus manos y Sita seguirá ignorando mi propósito. O los rakshasas, perniciosos como son, matarán a la hija de Janaka, y allí se malogrará la gran obra de Rama y Sugriva. Y Janaki vive en este lugar secreto, ceñido por el océano, guardado por todos lados por los rakshasas, difícil de alcanzar y con todos los accesos a él cerrados. Si soy muerto o capturado por los rakshasas en batalla, no hallo a nadie que pueda ayudar a Rama en su empresa. Muerto yo, no hallo ningún mono que pueda saltar cien leguas a través del mar. Soy capaz de destruir a millares de rakshasas, pero entonces no podré alcanzar la otra orilla del gran océano. La victoria o la derrota es incierta en una batalla; no me agrada (por tanto) emprender un (acto) tan incierto. ¿Qué hombre sabio hunde la certeza en la incertidumbre? Es un gran pecado en mí (lo reconozco) hablar con Sita; pero ella morirá si no hablo con ella. Las obras casi cumplidas, cuando se confían a un emisario irreflexivo, por lo general se malogran, fuera de tiempo y de lugar, como la oscuridad ahuyentada por la aparición del sol. Todas aquellas obras que generalmente se emprenden tras deliberar debidamente sobre su conveniencia e inconveniencia, por lo general se malogran por aquellos emisarios que se enorgullecen de su saber. ¿Qué haré para que mi obra no sufra daño, no se me culpe de necedad y mi cruce del océano no resulte infructuoso? ¿Qué haré para que Sita me escuche sin aterrarse?». Pensando en esto, el inteligente Hanuman llegó a una conclusión: «No la perturbaré si hablo (de repente) de Rama, de acciones incansables, querido por ella y a quien está firmemente apegada. Pronunciando el nombre de Rama, el primero de los Ikshvakus, de alma sometida, y alabando su piedad y su fama con dulces acentos, me las arreglaré para que Sita los oiga y los crea». Contemplando a la esposa de aquel señor de la tierra de alma elevada y entregándose a esta serie de pensamientos, Hanuman, apostado en una rama del árbol, pronunció las siguientes dulces palabras.

Section 31

Meditando así, el sumamente inteligente mono habló con acentos dulces y en un tono tal que pudieran ser oídos por Vaidehi: «Reinó un rey noble y piadoso llamado Dasaratha, sumamente glorioso entre los Ikshvakus, el señor de los carros de guerra, los corceles y los elefantes. Libre de envidia, de alto espíritu, bondadoso, cuyo poder era la verdad, el primero de la estirpe de Ikshvaku, rico y acrecentador de riqueza; dotado de señales regias; sumamente hermoso; el primero de los reyes; famoso en todo el mundo de muchos océanos; el que confería felicidad y él mismo feliz. Su hijo mayor y más amado fue Rama, brillante como la Luna, sabio y el primero de los que conocen la ciencia del arco tensado. Era el protector de su propio carácter, de sus propios parientes, de todo el mundo de la creación y de la virtud, y sometedor de enemigos. Y desterrado por mandato de su anciano y veraz padre, aquel héroe, junto con su esposa y su hermano (Lakshmana), se dirigió al bosque. Y mientras recorría el bosque cazando, mató a muchos heroicos rakshasas que tomaban formas a voluntad. Y habiendo oído de la destrucción de los rakshasas de Janasthana y de Khara y Dusana, el ilusorio Ravana, que tomaba formas a voluntad, engañando a Rama en el bosque, le robó a su consorte, la hija de Janaka. Y recorriendo el país en derredor en busca de la irreprochable y venerable Sita, Rama halló un firme amigo en Sugriva. Y provocando la destrucción de Vali, Rama, el conquistador de ciudades ajenas, confirió el reino de los monos al Sugriva de alma elevada. Y por decreto de Sugriva, millares de monos que toman formas a voluntad han estado buscando a aquella venerable dama en diversas direcciones. Y por consejo de Sampati, y por aquella dama de grandes ojos, he saltado cien leguas a través del abismo. Por fin la he hallado. Y tales eran la forma, la gracia y las señales que Raghava me mencionó». Habiendo dicho esto, el primero de los monos calló. Y grandemente asombrada quedó Sita al oír aquellas palabras. Entonces aquella tímida dama, de hermoso cabello rizado, alzando su rostro cubierto de cabellos, miró hacia el árbol Simsapa. Y al oír las palabras del mono y lanzando sus ojos a todas las direcciones y cuadrantes, Sita alcanzó un exceso de deleite, ocupada en pensamientos tocantes a Rama. Y mirando en derredor y hacia arriba, contempló, semejante al sol naciente, al hijo del dios del Viento, dotado de intelecto inconcebible, el ministro del rey de los monos.

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Y al contemplar a aquel mono de color leonado, semejante a una masa de relámpagos y que vestía un paño blanco, oculto en el árbol, la mente de Sita se agitó grandemente. Y vio allí al humilde mono de dulce habla, que parecía hermoso como un conjunto de flores de Asoka abiertas y tenía ojos semejantes al oro ardiente. Y observando a aquel primero de los monos, sentado humildemente, aquella hija del rey de Mithila, de nuevo grandemente asombrada, pensó: «Este mono es el más terrible de su raza y por ello difícil de alcanzar y de mirar». Pensando esto, se hundió de nuevo en el miedo. Y abatida por la pena, se lamentó de nuevo con acentos lastimeros, exclamando: «¡Oh Rama! ¡Oh Lakshmana!». Y lloró en silencio y quedamente. Y entonces, al contemplar a aquel mejor de los monos acercarse a ella humildemente, la bella hija del rey de Mithila pensó: «¿Es esto un sueño lo que mis ojos han visto?». Y miró de nuevo hacia aquel hijo del dios del Viento, el primero de los monos, el mejor de los dotados de inteligencia, de rostro enorme y desfigurado, sumamente dotado y que llevaba el vestido mencionado antes. Y al contemplarlo, Sita casi se quedó sin aliento de miedo. Y recobrando pronto el sentido, la doncella de grandes ojos pensó de nuevo: «He visto hoy un sueño muy inauspicioso; ver un mono en sueños es tenido por inauspicioso por los sabios. Que la fortuna sea propicia a Rama, a Lakshmana y a mi Padre, el rey Janaka. No es un sueño; no he dormido, consumida de pena y de cuitas como estoy. Lejos de mi señor, de rostro de luna llena, no tengo felicidad. Pensando siempre en Rama y pronunciando su nombre, cada cosa que veo y cada sonido que oigo lo traen a mis ojos o a mis oídos. Y por eso su forma, que aparece en mi mente, me aflige hoy a mí, que estoy enteramente sumida en pensamientos de él. Y pensando siempre en él, lo veo ante mí y oigo sus palabras. Me parece que esto no es sino un fantasma de la mente. Y pensando esto, todavía contemplo lo mismo. Pero un objeto imaginario nunca puede tener forma. Y todavía hallo una forma distinta que me habla. Gloria a Vachaspati, a Indra, al Brahma existente por sí mismo, al señor del fuego, y que ellos concedan que la criatura que ha hablado ante mí sea real y no imaginaria».

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Entonces, bajando del árbol, Hanuman, el sumamente resplandeciente hijo del Viento, de rostro rojo como el coral y vestido con humilde atuendo, se acercó a Sita y, juntando reverentemente las palmas, se dirigió a ella con las siguientes dulces palabras: «¿Quién es usted, oh de ojos como pétalos de loto y que viste un paño de seda sucio, que está ahí aguardando, sujetando una rama del árbol? ¿Por qué fluyen de sus ojos las lágrimas de la pena, como gotas de agua que caen de pétalos de loto? ¿Quién es usted, oh la más bella de rostro, entre los celestiales, asuras, nagas, gandharvas, rakshasas, yakshas y kinnaras? ¿Reclaman los Rudras su nacimiento, oh bella doncella? ¿O los veloces dioses que cabalgan la tormenta? ¿O los Vasus? Me parece usted de estirpe celestial. ¿Es usted Rohini, la mejor y más perfecta de las estrellas, que, arrancada de la Luna, ha caído de la morada de los celestiales? ¿Quién es usted, oh bendita dama, oh de ojos irreprochables? ¿Es usted, oh doncella de ojos de loto, la bendita Arundhati, que ha huido con ira o celoso orgullo del lado de su señor (Vasishtha)? ¿O, oh hermosa doncella, quién es el hijo, el padre, el hermano o el esposo ido de este mundo por quien llora usted? Sin embargo, por sus lágrimas y suspiros, por la tierra que pisa y por invocar el nombre de un monarca, parece que usted no es una celestial. Pero por las señales de su persona parece que es usted la consorte o la hija de un rey. ¿Es usted aquella Sita, le pregunto, que fue robada y llevada por Ravana desde Janasthana? ¡Que la fortuna le sea propicia! Por su miserable estado, su belleza sin rival y su atuendo de asceta, es usted, a mi parecer, ciertamente, la reina de Rama». Al oír aquellas palabras de Hanuman y grandemente deleitada por el nombre de Rama, Vaidehi le habló: «Soy la nuera de Dasaratha, conocedor de sí, el primero de los reyes del mundo y destructor de la hueste enemiga, y la hija de Janaka, el rey de Videha de alma elevada. Mi nombre es Sita y soy la consorte del sumamente inteligente Rama. Viví doce años en la morada de Raghava, disfrutando de toda comodidad terrena y satisfaciendo todo deseo. Y al comienzo del decimotercer año, el rey, aconsejado por su sacerdote, dispuso la instalación del descendiente de los Ikshvakus (Rama) en el trono. Y mientras se reunían los artículos para la instalación, la reina Kaikeyi se dirigió a su señor diciendo: “No beberé ni comeré en días, y este será el fin de mi existencia si Rama es instalado. Si no desea usted falsear el voto que me hizo, oh el mejor de los reyes, que Rama se dirija entonces al bosque”. El monarca era veraz y, recordando su voto y oyendo las desagradables y viles palabras de Kaikeyi, perdió el sentido (de pena). Y entonces el anciano rey, fiel a la verdad, llorando, pidió a su hijo mayor el reino. El apuesto Rama prefirió el mandato de su padre a la instalación y, resolviéndolo en su interior, prometió obedecer sus palabras. Rama, cuyo poder es la verdad, nunca, por su vida, retira lo que da, nunca dice una falsedad y siempre dice la verdad. Y dejando a un lado su costoso atavío, el sumamente glorioso (Rama) renunció con todo su corazón al reino y me confió a su madre. Pero yo, vistiendo el atuendo de una asceta, me puse rápidamente delante de él. Separada de él, no deseo vivir ni siquiera en la región celestial. Y el gran hijo de Sumitra, acrecentador del gozo de los amigos, para seguir a su hermano mayor, se vistió de corteza y kusa. Y así, fieles al mandato de nuestro padre y tomando firmes votos, entramos en un bosque lúgubre nunca visto antes. Mientras aquel de resplandor no mitigado vivía así en el bosque de Dandaka, yo, su consorte, fui robada por el rakshasa de alma viciosa, Ravana. Él me ha concedido bondadosamente una tregua de dos meses, tras la cual seré muerta».

Section 34

Al oír aquellas palabras de Sita, abatida por la pena, Hanuman, el primero de los monos, respondió con palabras tranquilizadoras: «Oh venerable dama, por decreto de Rama vengo a usted como mensajero. Él está sano y salvo, oh Vaidehi, y ha preguntado por su bienestar. Oh venerable dama, Rama, el hijo de Dasaratha, el maestro de los Vedas y el primero de los versados en los Vedas, ha preguntado por su bienestar. Y el sumamente resplandeciente Lakshmana, el amado seguidor de su esposo, consumido por la pena, inclina ante usted su reverente cabeza». Al oír del bienestar de aquellos dos leones entre los hombres, la venerable dama, con todo su cuerpo exaltado de arrobo, habló de nuevo a Hanuman, diciendo: «En verdad me parece cierto el sabio dicho de las gentes de que una vez en cien años aparece el verdadero gozo a un hombre vivo». Sita alcanzó en aquel momento un gozo tan maravilloso como el que habría obtenido en compañía (de Rama y Lakshmana). Y conversaron confiadamente el uno con el otro. Al oír aquellas palabras de Sita, torturada por la pena, Hanuman, el hijo del dios del Viento, se acercó un poco más a ella. Cuanto más se acercaba Hanuman, tanto más sospechaba Sita que era Ravana. «¡Ay! ¡Ay! ¿Por qué le he hablado? Es Ravana, que ha aparecido de nuevo con un nuevo disfraz». Y soltando la rama de Asoka, aquella de persona irreprochable, abrumada de pena, se sentó en la tierra. Entretanto, el mono de brazos poderosos se inclinó ante la hija de Janaka, pero ella, exaltada de miedo, no volvió a lanzar sus miradas hacia él. Y al contemplarlo inclinarse ante ella, Sita, de rostro semejante a la luna, suspirando, habló a aquel mono con dulces acentos: «Si eres el mismo Ravana, que, cambiando tu forma por arte mágica, quieres afligirme de nuevo, esta tu vil acción no te corresponde. Eres sin duda aquel Ravana a quien vi en Janasthana con atuendo de mendicante, renunciando a su propia forma; oh vagabundo de la noche, oh tú que tomas formas a voluntad, no te corresponde afligirme a mí, que soy desdichada y estoy consumida por los ayunos. Pero no, no puedes ser (el demonio) de quien sospecho, pues siento tal gozo al verte. Y que la fortuna te sea propicia si eres el mensajero de Rama. Te pregunto, oh primero de los monos, algo acerca de Rama que me sea grato. Oh mono, relata las glorias de mi querido Rama. (Así) estás sacudiendo mi mente, oh apacible, como el agua que derriba las orillas de un río. ¡Ay! Este sueño me ha procurado un inmenso placer, pues yo, que he estado separada de mi señor por tan largo tiempo, he contemplado a este mono enviado por Raghava. No me hundo si puedo contemplar en sueños al heroico Raghava junto con Lakshmana; pero hasta el sueño tiene celos de mi bienestar. Ni tengo esto por un sueño. Contemplar a un mono en sueños no conduce a la prosperidad, mientras que yo la he alcanzado. ¿O es extravío mental? ¿O he sido poseída por un demonio? ¿O me he vuelto loca? ¿O es el vapor sofocante que flota sobre las arenas y parece a lo lejos agua? No, no es locura, pues el extravío de la mente es la señal de la locura; no he perdido el sentido y me percibo claramente a mí misma y al mono». Pensando así de muchas maneras y sopesando la fuerza (del mono y del rakshasa), Sita lo tomó por el señor de los rakshasas, que toma formas a voluntad. Y habiendo llegado a esta decisión, la hija de Janaka, Sita, dejó de hablar con aquel mono. Y advertido del pensamiento de Sita, Hanuman, el hijo del dios del Viento, (respondió) con palabras dulces para ella y que acrecentaban su deleite: «Brillante como el sol que ilumina el cielo y querido como la luna para todos los ojos, él complace a todos sus súbditos con dádivas como las de Vaisravana. Está dotado de poderío como el muy famoso Vishnu, veraz y de dulce habla como Vachaspati. Apuesto, grato a la vista y hermoso como el propio Kandarpa, muestra su ira en el lugar debido, el primero de los hombres, el del poderoso carro. Todo el mundo de la creación (vive a salvo) a la sombra de los brazos de aquel de alma elevada. Pronto verá usted las consecuencias que cosechará aquel por quien, tomando la forma de un ciervo, Raghava fue alejado de la ermita y usted fue robada de aquel lugar solitario. Y pronto aquel poderoso (héroe) destruirá a Ravana en la batalla con ígneas flechas disparadas con ira. He sido enviado por él como mensajero a usted. Consumido por la pena en su separación, ha preguntado por su bienestar, así como el sumamente resplandeciente Lakshmana, acrecentador del gozo de Sumitra, que se inclina reverentemente ante usted. El rey de las huestes de monos, llamado Sugriva, amigo de Rama, también ha preguntado por su bienestar, venerable dama. Rama, Sugriva y Lakshmana la tienen siempre en sus mentes. Dichosos somos, oh Vaidehi, de que todavía viva usted, sujeta como está a las rakshasis. Pronto contemplará usted a Rama, y a Lakshmana, del poderoso carro, y a Sugriva, de poderío no mitigado, en medio del millón de huestes de monos. Soy el ministro de Sugriva, llamado Hanuman. He entrado en esta ciudad de Lanka tras cruzar el gran océano. Y por medio de mi poderío y poniendo mis pies sobre la cabeza del Ravana de alma viciosa, he venido aquí a verla. No soy aquel (Ravana) por quien me toma usted, oh venerable dama. Renuncie a su sospecha y confíe en mis palabras».

Section 35

Al oír el relato de Rama de boca de aquel mejor de los monos, Vaidehi habló con dulces acentos, suaves y bajos: «¿Dónde encontraste a Rama? ¿Cómo llegaste a conocer a Lakshmana? ¿Cómo se encontraron los monos y los hombres en términos de hermandad? Relátame de nuevo, oh mono, las señales regias que adornan las personas de Rama y Lakshmana, y entonces abandonaré toda pena. Relátame la forma y la gracia de Rama, sus muslos y sus brazos, así como los de Lakshmana». Así interpelado por Vaidehi, Hanuman, el hijo del dios del Viento, comenzó a dar una descripción exacta de Rama: «Si, por mi buena suerte, oh Vaidehi, oh de ojos como pétalos de loto, conociéndome (como su mensajero), me pide que describa la persona de su señor así como la de Lakshmana, se las relataré. Oiga, oh dama de grandes ojos, qué señales regias he notado en las personas de Rama y Lakshmana. Oh hija de Janaka, Rama tiene ojos como pétalos de loto y un rostro semejante a la luna llena, y está dotado de gran belleza y bondad. En resplandor es como el Sol, en paciencia como la tierra, en intelecto como Brihaspati y en fama como Vasava. Es el protector del mundo de la creación y de sus propios parientes. Sigue lo recto en todos sus caminos, nunca se desvía de sus deberes regios y es destructor de enemigos. Oh dama, sostiene la dignidad de las gentes de las cuatro castas; confiere honores a las gentes y las preserva. Es venerado por todos como el Sol, observa votos ascéticos, conoce bien el momento en que deben ser honrados los santos y está versado en la naturaleza y el procedimiento de las acciones. Está bien instruido en los deberes regios y se atiene a los mandamientos de los brahmanes; es sabio, dotado de buen carácter, humilde y destructor de enemigos. Es maestro del Veda Yajur y es adorado por los bien versados en los Vedas; es diestro en la ciencia del arco tensado, en los Vedas y en los Vedangas. Es ancho de hombros, de grandes brazos, tiene un cuello como una caracola y un hermoso rostro. Su garganta es rolliza y sus ojos son rojos, y es famoso en todo el mundo con el nombre de Rama. Tiene la voz de un clarín, es de tono fresco y sumamente poderoso, tiene los miembros igualmente proporcionados y un color verde. Sus tres miembros (muslo, puño y muñeca) son duros, y otros tres (ceja, brazos y escroto) son largos; y tres (las puntas de los cabellos, los escrotos y las rodillas), iguales; y tres (ombligo, abdomen y pecho), elevados. Y tres (los ángulos de los ojos, las uñas y las palmas) son de color cobre; tres son frescos y tres (voz, ombligo y andar) son graves. Su vientre y su garganta tienen tres pliegues de piel. La planta del pie, las líneas que hay en ella y los pezones están igualmente curvados. Su cuello, sus ojos y su espalda son cortos. Tiene tres remolinos de cabello en la cabeza. Tiene cuatro líneas en el pulgar, que indican su dominio de los cuatro Vedas. Su cuerpo tiene cuatro codos de alto; brazos, muslos y mejillas son rollizos; cejas, las cavidades de la nariz, ojos, orejas, labios, pezones, muñecas, rodillas, escrotos, caderas, manos y pies están todos igualmente proporcionados. Cuatro dientes a cada lado de cada fila están dotados de las señales auspiciosas de los Sastras. Sus andares son como los de un león, un tigre, un elefante o un toro. Sus labios y mandíbulas son carnosos y elevados. Su nariz es larga; palabras, rostro, uñas, vello y piel son todos frescos; sus dos brazos, dos meñiques, dos muslos y dos piernas son largos; su cara, ojos, boca, lengua, labios, paladar, pezones, uñas y pies son como lotos; su pecho, frente, cuello, brazos, ombligo, pies, espalda y orejas son amplios. Está dotado de gracia, fama y resplandor. Su linaje paterno y materno es puro. Su axila, vientre, pecho, nariz, hombros y frente son elevados; sus dedos, cabellos, vello, uñas, piel, barba, vista e intelecto son finos y agudos. Raghava, con una debida división de su tiempo, se ocupa en adquirir piedad, riqueza, emancipación y deseos. Es veraz y apuesto, acumula riqueza y con ella protege a sus súbditos. Conoce las divisiones del tiempo y del país y es querido por todos. Su hermanastro Saumitri está dotado de incomparable poderío y es su igual en apego, belleza y prendas. La persona de aquel apuesto es de tono dorado, mientras que la del muy famoso Rama es verde. Y aquellos dos leones entre los hombres no tenían otro deleite que verla a usted. Y registrando el mundo entero en busca de usted, nos encontraron en el bosque. Y recorriendo la tierra por usted, contemplaron a Sugriva, de hermosa presencia, el señor de los monos, al pie del monte Rishyamuka cubierto de árboles, desterrado por su hermano mayor y acogido allí por su temor. Y nosotros servíamos a aquel veraz Sugriva, el señor de los monos, expulsado del reino por su hermano mayor. Y al contemplar a aquellos dos mejores de los hombres, vestidos de corteza y con arcos en las manos, aquel mejor de los monos, abatido por el miedo, saltó hacia arriba y se situó en la cresta de la colina. Luego me envió a ellos. Y entonces, por decreto de Sugriva, yo me acerqué con las palmas juntas a aquellos dos primeros de los hombres, dotados de belleza y señales regias. Y ellos quedaron complacidos conmigo al ser informados de los hechos reales. Y entonces, poniendo a aquellos dos mejores de los hombres sobre mi espalda, llegué a la cima de la colina y comuniqué la verdad al Sugriva de alma elevada. Y conversando entre sí, aquellos dos señores de los hombres y de los monos alcanzaron gran deleite. Y se consolaron mutuamente narrando sus respectivas desgracias. Y Rama consoló entonces a Sugriva, expulsado por su sumamente poderoso hermano mayor Vali a causa de su esposa. Entonces Lakshmana relató a Sugriva, el señor de los monos, la pena de Rama, de acciones incansables, a consecuencia de haber sido usted llevada (por Ravana). Y al oír las palabras de Lakshmana, el señor de los monos palideció, como el radiante Sol poseído por Rahu. Y reuniendo todos aquellos adornos que usted arrojó a la tierra cuando era llevada, los caudillos de las huestes de monos, deleitados, los trajeron ante Rama. Pero no pudieron averiguar su paradero. Y todos aquellos adornos que fueron entregados a Rama fueron recogidos por mí cuando cayeron tintineando al suelo; Rama estaba fuera de sí de pena. Y poniéndolos en su regazo, el divino Rama se lamentó con diversos acentos. Y ellos inflamaron más la pena de Dasarathi. Y abrumado de pena, aquel de alma elevada se tendió en el suelo. Y consolándolo con diversas palabras, lo levanté de nuevo. Y mirando una y otra vez con Saumitri aquellos costosos adornos, Raghava se los entregó a Sugriva. Raghava arde de pena, oh venerable dama, en su ausencia, como una montaña volcánica que arde con un fuego perpetuo. Por usted, el insomnio, la pena y la ansiedad afligen a Raghava como tres fuegos que abrasan el templo del fuego. Raghava se estremece por su separación como una enorme montaña sacudida por un terrible terremoto. Oh hija de un rey, recorre libremente muchos hermosos bosques, ríos y fuentes, pero no halla deleite en parte alguna. Oh hija del rey Janaka, provocando la destrucción de Ravana con todos sus parientes y allegados, Raghava, el primero de los hombres, pronto la recobrará. Y así Rama y Sugriva concertaron un pacto amistoso para lograr la destrucción de Vali y para indagar acerca de usted. Y entonces, regresando a Kishkindha con aquellos dos heroicos príncipes, el señor de los monos mató a Vali en batalla. Y destruyendo a Vali con su poderío en batalla, Rama hizo a Sugriva rey sobre todos los monos y los osos. Y de este modo, oh dama, se hizo la alianza entre Rama y Sugriva. Y sepa que yo soy Hanuman, su mensajero, que ha venido a usted. Recobrando su propio reino, Sugriva convocó a todos los poderosos monos y los despachó a diversos cuadrantes en busca de usted. Y los sumamente poderosos monos, semejantes a montañas, mandados por aquel señor de los monos, se dirigieron a todas las regiones de la tierra. Y aterrados por los decretos de Sugriva, aquellos monos han estado desde entonces registrando la tierra entera por usted. Y yo soy uno de ellos. Y el hermoso y poderoso hijo de Vali, llamado Angada, ha partido con tres ejércitos a sus órdenes. Y muchos fueron los días y las noches que pasamos, abrumados de pena y habiendo perdido el camino en aquella mejor de las montañas, el Vindhya. Abandonamos toda esperanza de lograr nuestro fin, y nuestro plazo fijado casi había expirado. Y por temor a aquel señor de los monos nos dispusimos a poner fin a nuestras vidas. Recorriendo las fortalezas de la montaña, los ríos y las fuentes, y sin hallar a su venerable persona, estábamos dispuestos a acabar con nuestra existencia. Y en la cresta de aquella colina nos entregamos al ayuno. Y al contemplar a aquellos primeros de los monos entregados al ayuno, Angada, sumido en la pena, se lamentó, oh Vaidehi, mencionando su rapto, la destrucción de Vali de aquel modo, nuestros ayunos y la muerte de Jatayu. Mientras aguardábamos así, dispuestos a morir y abandonando toda esperanza de cumplir el mandato de nuestro amo, apareció, como causa de nuestro éxito, el poderoso y fuerte buitre, el hermano de Jatayu, llamado Sampati. Y al oír de la destrucción de su hermano, dijo con ira: “¿Por quién y dónde ha sido muerto mi hermano menor? Deseo oír esto de ustedes, los primeros de los monos”. Y Angada le relató, en verdad, la destrucción de Jatayu en Janasthana, por usted, a manos de aquel rakshasa de rostro torvo. Y al oír de la muerte de Jatayu, el hijo de Aruna quedó afligido de pena y nos informó, oh doncella exquisitamente fina, de su estancia en la morada de Ravana. Y al oír aquellas palabras de Sampati, que acrecentaban nuestro deleite, todos nosotros, encabezados por Angada, dejamos aquel lugar. Y saltando desde la cresta de la montaña Vindhya llegamos a la excelente orilla del Océano. Sumamente ansiosos de contemplarla y deleitados, aquellos rollizos monos encabezados por Angada llegaron a las orillas del océano. Y exaltados por un fuerte deseo de verla, se entregaron de nuevo a pensamientos angustiosos. Y al contemplar el océano, las huestes de monos perdieron el ánimo. Y disipando su temor, salté cien leguas a través del abismo y entré de noche en Lanka, infestada de demonios. He visto a Ravana, y a usted abatida por la pena. Oh de persona irreprochable, se lo he relatado todo por orden. Hábleme, oh venerable dama; soy el mensajero de Dasarathi. Sepa que soy el hijo del dios del Viento, el consejero de Sugriva, ocupado en el servicio de Rama, y que he venido aquí por usted. Todo va bien con su Kakutstha, el primero de los que usan armas, así como con Lakshmana, oh venerable dama, dotado de señales auspiciosas, ocupado en la veneración de sus mayores y en el bienestar de su señor. Por decreto de Sugriva he llegado aquí yo solo. Y yo, recorriendo solo y tomando formas a voluntad, he venido a este cuadrante meridional para hallar su paradero. Por mi buena suerte podré, con noticias de usted, quitar la pena de aquellas huestes de monos que se lamentan por usted. Por mi buena fortuna, mi cruce del océano no ha resultado infructuoso. Seré alabado allí, oh venerable dama, pues he podido verla. Y el sumamente poderoso Raghava pronto la recobrará, destruyendo, con todos sus hijos y amigos, a Ravana, el rey de los rakshasas. Hay una colina, oh Vaidehi, llamada Malyavan, la primera de todas las montañas. Allí vive mi padre, el gran mono Kesarin. Mandado por los ascetas celestiales, se dirigió una vez desde allí al monte Gokarna, y en el santo vado del señor de los ríos provocó la destrucción del (asura) Sambasadana. Oh Vaidehi, nací, en el campo, de aquel mono. Y soy conocido en todo el mundo como Hanuman por mis propias acciones. Para crear su confianza, oh Vaidehi, he relatado las prendas de su señor. Y sin duda, usted será pronto llevada, oh venerable dama, por Raghava». Formada su confianza por estos razonamientos y diversas señales, Sita, consumida por la pena, lo tomó por el mensajero de Rama. Y Janaki alcanzó un exceso de deleite y derramó lágrimas de gozo de sus ojos de rizadas pestañas. Y el hermoso rostro de aquella dama de grandes ojos, de ojos amplios, pareció como la Luna liberada de la presa de Rahu. Entonces lo tomó por un verdadero mono y nada más. Entonces Hanuman le habló de nuevo a ella, de hermosa presencia: «Le he relatado todo esto. Consuélese, oh Maithili. Dígame ahora qué he de hacer y qué le place. Pronto partiré de aquí. Cuando el asura Sambasadana fue destruido en combate por aquel mejor de los monos a deseo de los ascetas celestiales, yo nací del Viento, oh Maithili. Parezco un mono, pero soy su igual en poderío».

Section 36

El sumamente resplandeciente hijo del dios del Viento, Hanuman, para crear la confianza de Sita, se dirigió de nuevo a ella con las siguientes palabras: «Oh gran dama, soy un mono, el mensajero del sumamente inteligente Rama. Contemple este precioso anillo con el nombre de Rama grabado, dado por su señor de alma elevada y traído como señal para crear su confianza. Cobre ánimo, y ¡que la fortuna le sea propicia!; pronto habrá un fin para su pena». Y tomando el anillo que solía adornar el dedo de su señor y mirándolo, Janaki pareció haber recobrado realmente a su señor. Y su bello rostro, de grandes ojos, pareció, de deleite, como la Luna liberada de la posesión de Rahu. Y sumamente deleitada por las noticias de su esposo, aquella modesta doncella, acogiendo afectuosamente a Hanuman, aplaudió a aquel gran mono: «Oh primero de los monos, eres valiente, poderoso y sabio, pues tú solo has herido esta morada de los rakshasas. Has saltado, con tu loable poderío, cien leguas a través del océano, la morada de los monstruos marinos, tomándolo por un Goshpada. Oh primero de los monos, no te considero un mono ordinario, pues no te importa ni temes a Ravana. Oh mejor de los monos, eres digno de mi acogida, pues has sido despachado por Rama, conocedor de sí. Rama, difícil de alcanzar, no te habría enviado, especialmente a mí, sin una prueba de tu poderío. Por mi buena suerte, ¿va todo bien con el virtuoso y veraz Rama y con el sumamente poderoso Lakshmana, acrecentador del gozo de Sumitra? Y si Kakutstha vive intacto de mal, ¿por qué entonces no quema la tierra ceñida por el océano con su ira, como el fuego de la disolución? O bien son capaces de desbaratar a los celestiales en una batalla, pero me parece que, por mi mala suerte, el fin de mis desdichas no ha llegado todavía. ¿Está Rama muy dolido? ¿Se aflige? ¿Hace aquel primero de los hombres preparativos para mi rescate? ¿Ha olvidado su obra, abrumado por el miedo y la pobreza de corazón? ¿Cumple todavía aquel hijo del rey sus deberes viriles? ¿Complace todavía aquel destructor de enemigos, deseoso de alcanzar la victoria, a sus amigos con indulgencia y dádivas, y trata a sus enemigos con castigo, sembrando discordias entre ellos, y con otros recursos? ¿Gana todavía amigos y se reúnen los amigos en torno a él? ¿Acoge a sus amigos y lo honran ellos más? ¿Invoca aquel hijo del rey las bendiciones de los celestiales? ¿Ha alcanzado la virilidad y la ayuda de los celestiales? ¿Ha perdido Raghava todo su afecto por mí por vivir yo lejos de él? ¿Me salvará de este desastre? ¿No se ha debilitado con este desastre Rama, siempre habituado a la felicidad y desacostumbrado a la desdicha? ¿Está siempre informado del bienestar de Kausalya, Sumitra y Bharata? ¿No está Raghava, digno de honores, fuera de sí de pena en mi ausencia? ¿No me rescatará Rama? ¿No enviará Bharata, siempre consagrado a su hermano, una akshauhini de terribles soldados al mando de sus ministros para mi rescate? ¿No vendrá el garboso Sugriva, el señor de los monos, a ayudarme con huestes de monos de enormes dientes y uñas? ¿No abrasará con sus flechas a los rakshasas el heroico Lakshmana, acrecentador del gozo de Sumitra, versado en el uso de las armas? ¿No contemplaré pronto que aquel Ravana con sus parientes ha sido destruido en batalla por Rama con terribles armas? ¿No se ha marchitado en mi ausencia el rostro (de Rama), de tono dorado y olor a loto, como un loto secado por los rayos del sol en agua somera? ¿Conserva todavía la paciencia en su corazón aquel que, renunciando a su reino por la virtud y dirigiéndose a pie conmigo incluso al bosque, no fue abatido por el miedo ni la pena? Su amor por su madre, su padre o cualquier otra persona no es mayor ni igual a su amor por mí. Oh mensajero, conservaré mi vida mientras no oiga algo acerca de mi amado». Habiéndose dirigido a aquel señor de los monos con estos acentos tan juiciosos y dulces, aquella hermosa y venerable dama calló, con ánimo de oír de nuevo de él gratos relatos acerca de Rama. Y al oír las palabras de Sita, el terriblemente poderoso Maruti, poniendo las palmas juntas sobre la cabeza, dijo: «El Rama de ojos de loto no sabe que usted está aquí, y por eso no ha podido rescatarla, como Purandara recobró a Sachi. Y al oír de usted por mí, pronto vendrá Raghava, ayudado por un gran ejército de monos y osos. E impidiendo el curso del abismo sereno y construyendo, por medio de sus terribles flechas, un puente a través de él, Kakutstha despojará a la ciudad de Lanka de todos los rakshasas. Y sin duda Rama los destruirá, aunque los celestiales, o la propia Muerte, se interpongan en su camino. Oh venerable dama, abatido por la pena en su ausencia, Rama está inquieto como un elefante herido por un león. Puedo jurar, oh venerable dama, por los montes Mandara, Malaya, Vindhya, Sumeru, Dardura y por todos los frutos y raíces, que contemplará usted, como la salida de la luna llena, el rostro de Rama, de hermosos ojos, bello, de labios como el Bimba y embellecido con hermosos kundalas. Pronto contemplará usted, oh Vaidehi, a Rama en el monte Prasravana, como el autor de cien sacrificios sentado en el lomo del elefante (Airavata). Raghava no toma carne ni bebe miel; toma cada día al atardecer arroz hervido y aquellos frutos silvestres que sancionan los Sastras. Su corazón está tan apegado a usted que no aparta de su cuerpo ni siquiera moscas, insectos y serpientes. Rama está siempre entregado a meditaciones, abrumado de pena, y no tiene otro pensamiento que verla. Rama no tiene sueño, e incluso cuando duerme, aquel mejor de los hombres despierta exclamando con dulces acentos: “¡Oh Sita!”. Siempre la saluda suspirando y diciendo: “¡Oh amor mío!”, cada vez que contempla algún fruto, flor u otro objeto del gusto de las damas. Oh venerable dama, siempre se lamenta exclamando “¡Oh Sita!”, y aquel hijo del rey de alma elevada, para recobrarla, se ha acogido a observancias ascéticas». Al oír acerca de Rama, Sita se deleitó grandemente, y se apenó igualmente al oír de su pesar. Y pareció como la salida de la luna y la aparición de las nubes al mismo tiempo en una noche otoñal.

Section 37

Al oír aquellas palabras, Sita, de rostro semejante a la luna, habló de nuevo a Hanuman palabras juiciosas y piadosas: «Oh mono, lo que has dicho, que Rama no está apegado a ninguna otra cosa y está consumido por la pena, es como néctar mezclado con veneno. Ya en el goce de vastas riquezas, ya sumido en el abismo de las desdichas, la Muerte arrastra al hombre, atándolo ásperamente con una cuerda. Oh mejor de los monos, las gentes no pueden frustrar el curso del destino. Contémplanos, pues, a mí, a Rama y a Saumitri, sumidos en desdichas. No sé cuándo alcanzará Raghava la otra orilla del océano de la pena, desplegando su poderío, como el que cruza a nado el océano cuando la barca se ha hundido. No sé cuándo me verá mi señor, destruyendo a los rakshasas, matando a Ravana y devastando la ciudad de Lanka. Dile que venga antes de que expire este año, pues hasta entonces viviré. Este es el décimo mes y aún quedan dos meses, oh mono, y ese es el plazo fijado por el cruel Ravana. Fue rogado con mucho empeño por su hermano Vibhishana para que me devolviera, pero no prestó atención a sus ruegos. Ravana no desea devolverme (a Rama), pues ha caído bajo el influjo de la Muerte, que lo busca en la batalla. La hija mayor de Vibhishana, oh mono, llamada Kala, me ha relatado esto, enviada por su madre. Hay un rakshasa principal, firme, anciano, inteligente e instruido, dotado de buen carácter, llamado Avindhya y muy respetado por Ravana, que le dijo que la destrucción de la estirpe de los rakshasas procedería de Rama, pero el de alma viciosa no prestó atención a sus bienintencionadas palabras. Espero, oh primero de los monos, que mi esposo me recobre pronto, pues pura es mi alma y él está dotado de muchas prendas. Raghava tiene en sí, oh mono, energía, virilidad, fuerza, bondad, gratitud y poderío. Él provocó, sin ayuda de su hermano, la destrucción de los catorce mil rakshasas en Janasthana. ¿Qué enemigo no se turba ante esto? Los rakshasas, causantes de desastres, jamás pueden compararse con aquel mejor de los hombres. Conozco su poderío como Sachi conoce el de Indra. Oh mono, Rama, el Sol, con sus rayos semejantes a flechas, secará el agua, los rakshasas hostiles». Diciendo esto, se vio abrumada de pena a causa de Rama, y Hanuman le habló de nuevo a ella, que tenía el rostro bañado en lágrimas: «En cuanto Raghava oiga de mí, se dirigirá rápidamente aquí seguido por un enorme ejército de monos y osos. O la liberaré hoy mismo de la garra de aquel rakshasa y de estas desdichas. Póngase sobre mi espalda, oh de persona irreprochable. Y llevándola sobre mi espalda, saltaré sobre el océano. Soy capaz de llevar la ciudad de Lanka incluso con Ravana. La devolveré hoy, oh Maithili, a Raghava en el monte Prasravana, como el fuego lleva a Indra las ofrendas sacrificiales. Contemplará usted hoy, oh Vaidehi, a Rama junto con Lakshmana, haciendo preparativos (para la destrucción de su enemigo), como Vishnu ocupado en la destrucción de los demonios. (Y observará) a aquel sumamente poderoso, ansioso de contemplarla y sentado como Purandara en la cumbre de aquella primera de las montañas. Póngase sobre mi espalda, oh venerable dama; no lo desdeñe, oh hermosa dama, y reúnase así con Rama como Rohini restituida a la Luna. En el tiempo que tardaremos en hablar así, alcanzará usted a Rama como Rohini restituida a la Luna. Póngase, pues, sobre mi espalda, y cruzaré el océano navegando por el camino etéreo. Oh bella, llevándola de este lugar, ninguno de los habitantes de Lanka podrá seguirme. Del mismo modo que he venido aquí regresaré por el firmamento, oh Vaidehi, llevándola sobre mi espalda». Al oír aquellas sorprendentes palabras de aquel mejor de los monos, Maithili, con todo su cuerpo exaltado de gozo, habló de nuevo a Hanuman: «Hanuman, ¿cómo te atreves a llevarme a tan larga distancia? Oh señor de las huestes de monos, esto atestigua tu condición de mono. Oh primero de los monos, pequeño de cuerpo como eres, ¿cómo deseas llevarme de aquí junto a mi esposo, el señor de los hombres?». Al oír las palabras de Sita, el garboso hijo del dios del Viento, Hanuman, reflexionó aparte: «Este es mi primer insulto. La dama de ojos de loto no conoce mi poderío ni mi fuerza. Vaidehi debe saber, pues, que puedo tomar formas a voluntad». Pensando así, Hanuman, el primero de los monos y destructor de enemigos, se mostró a Sita en su verdadera forma. Y saltando del árbol, aquel mejor de los monos comenzó a agrandarse para crear la confianza de Sita. Su persona parecía la colina Mandara y el fuego llameante. Y aquel mejor de los monos, de rostro cobrizo, uñas y dientes como el rayo y enorme cuerpo semejante a una montaña, apareció ante Sita y dijo: «Soy capaz de llevar esta Lanka con su señor, las montañas, bosques, jardines, edificios, murallas y puertas. Confíe, pues, en mí, oh venerable dama, y no sospeche. Y, oh Vaidehi, quite la pena de Rama así como la de Lakshmana». Al contemplar al hijo engendrado por el propio dios del Viento, Hanuman, semejante a una enorme montaña, Sita, la hija de Janaka, de ojos semejantes a pétalos de loto, dijo: «Oh gran mono, conozco tu fuerza y tu valentía, tu movimiento semejante al aire y tu maravillosa energía semejante al fuego. ¿Qué hombre ordinario puede venir aquí cruzando el océano incomparable? Oh señor de las huestes de monos, comprendo que eres capaz de regresar y que podrás llevarme. Pero debo considerar ahora cómo puede llevarse a cabo la obra. Oh primero de los monos, no debo ir contigo. Quizá pierda el sentido con tu velocidad semejante al aire. Cuando, moviéndote terriblemente, avances alto en el firmamento, quizá entonces me caiga. En cuanto caiga al océano, infestado de peces y otros animales, seré para ellos un excelente alimento. Oh destructor de enemigos, no podré acompañarte. Pues al verte llevar a una mujer, sin duda sospecharán de ti. Y al hallarme robada, aquellos terriblemente poderosos rakshasas mandados por el Ravana de alma viciosa te seguirán. Oh héroe, llevándome y rodeado por aquellos heroicos rakshasas con mazas y dardos en las manos, te verás acosado de peligros. Y en el cielo los rakshasas estarán armados con armas y tú estarás sin ninguna. ¿Cómo podrás luchar y protegerme al mismo tiempo? Y cuando estés ocupado en combate con aquellos rakshasas de terribles obras, yo, oh primero de los monos, abatida por el miedo, caeré de tu espalda. Oh primero de los monos, aquellos terribles y poderosos rakshasas podrán vencerte un poco. Y cuando seas vencido en batalla, caeré, y aquellos viciosos rakshasas me arrebatarán de tus manos o me destruirán. La victoria o la derrota es incierta en una batalla. Me veré así afligida por aquellos rakshasas que lanzan terribles rugidos, y tus empeños serán infructuosos, oh mejor de los monos. Eres capaz de destruir a los rakshasas muy fácilmente (lo admito), pero la fama de Rama quedará entonces mancillada si tú provocas su destrucción. O los rakshasas, llevándome, me guardarán en un lugar tan secreto que ni los monos ni Raghava podrán averiguar mi paradero. Y todos tus preparativos por mí serán así inútiles. Y poderoso será el resultado de que Rama venga contigo. Oh de grandes brazos, la vida de Raghava, de poderío no mitigado, las de sus hermanos y las de tu estirpe real dependen todas de mí. Y cuando abandonen sus esperanzas de liberarme, ellos, consumidos de pena y ansiedad, renunciarán a sus vidas junto con los monos y los osos. Oh mono, guiada por mi amor a mi esposo, no deseo tocar voluntariamente la persona de nadie sino la de Rama. Cuando Ravana tocó por la fuerza mi persona, no tuve otra ayuda, pues estaba entonces sin mi señor y por ello sujeta a otra persona. Si Rama puede llevarme de aquí, destruyendo al de diez cuellos con todos los rakshasas, llevará a cabo entonces la acción digna. He oído del poderío del (Rama) de alma elevada, invencible en la batalla, y lo he visto yo misma. No hay nadie entre los celestiales, gandharvas, nagas y rakshasas que pueda igualarlo en un combate. Al contemplar a aquel sumamente poderoso Raghava en un combate, semejante a Vasava en poderío, con un arco maravilloso y seguido por Lakshmana, ¿quién puede resistir su poderío, semejante al fuego llameante? Oh primero de los monos, ¿quién puede resistir en un combate a Raghava, seguido por Lakshmana, que se mueve como un elefante enfurecido y derrama flechas como los rayos del sol en el tiempo de la Disolución? Oh mejor de los monos, trae rápidamente aquí a mi amado junto con Lakshmana y el señor de las huestes de monos. Oh heroico mono, satisfáceme pronto a mí, que estoy abatida por la pena a consecuencia de mi larga separación de Rama».

Section 38

Al oír aquellas palabras, aquel primero de los monos, diestro en el habla, se deleitó grandemente y se dirigió de nuevo a Sita con las siguientes palabras: «Oh venerable dama, oh de auspiciosa presencia, lo que ha dicho habla bien de la naturaleza femenina y de la modestia de una casta doncella. Y por ser usted mujer, no es capaz de cruzar sobre mi espalda el océano que se extiende más de mil leguas. El segundo argumento que ha presentado, que no tocará el cuerpo de ninguna otra persona sino el de Rama, oh Janaki, oh dotada de modestia, en verdad le corresponde a usted, que es la esposa de aquel de alma elevada. ¿Quién sino usted, oh venerable, puede dar expresión a tales palabras? En verdad oirá Kakutstha de principio a fin, oh venerable dama, sus acciones ante mí y todo lo que ha dicho. Por muchas razones di rienda suelta a tales palabras, oh dama: estoy ansioso de lograr el fin de Rama, y mi corazón está derretido de afecto. Es muy difícil entrar en esta ciudad de Lanka, e igualmente duro cruzar el océano, pero soy capaz de hacer todo esto, y por eso pronuncié todas aquellas palabras. Deseo llevarla hoy mismo al descendiente de Raghu. Es por mi devoción a él y mi respeto por usted que dije eso, y por nada más. Si no desea ir conmigo, oh de persona irreprochable, deme una señal tal que pueda crear la confianza de Raghava». Así interpelada por Hanuman, Sita, semejante a la hija de un celestial, pronunció suavemente palabras con sus letras ensartadas en el vapor de la pena: «Menciona a mi querido señor (con mis palabras) lo que me sucedió mientras vivía en la ermita al pie del monte Pratyanga, situado al noreste del Chitrakuta, abundante en raíces, frutos y agua. “A no mucha distancia de aquel lugar frecuentado por los ascetas fluía la sagrada corriente del Mandakini. Mientras recorríamos aquella región boscosa, fragante con el olor de muchas flores, usted, con su persona mojada a consecuencia de sus juegos en el agua, se sentó en mi regazo. Un cuervo, en aquel momento, ansioso de alimentarse de mi carne, me desgarró el pecho con su pico. Y lo amenacé con un guijarro. Pero siguió desgarrándome el pecho como si se hubiera posado allí para alimentarse de mi carne, y por eso no se fue volando. Enfurecida con aquel pájaro, al tratar de apretar el paño en torno a mi cintura, este cedió un poco, y usted, levantándose de su asiento y mirándome, se rió de ello. Y yo me enfurecí grandemente con su risa y me avergoncé, y, herida por el cuervo, me acerqué a usted. Entonces, cansada como estaba, me senté en su regazo y, atormentada por la ira, fui consolada por usted, que reía. Entonces yo, con el rostro bañado en lágrimas, me froté suavemente los ojos. Y fui vista por usted, oh mi señor, de aquel modo, grandemente enfurecida con el cuervo. Oh Raghava, dormí un rato en su regazo por el agotamiento, y usted, a su vez, durmió en el mío, oh hermano mayor de Bharata. Entretanto, aquel cuervo, acercándose de nuevo de repente, me desgarró el pecho con su pico cuando desperté y me levantaba de su regazo, oh Raghava. Entonces Raghava despertó con el derramamiento de sangre. Al contemplar mi pecho herido, aquel héroe de grandes brazos, airado como una serpiente, suspirando, dijo: ‘Oh tú, de muslos como la trompa de un elefante, ¿quién te ha herido el pecho? ¿Quién quiere jugar con una airada serpiente de cinco capuchas?’. Entonces, lanzando sus miradas en derredor, divisó al cuervo, posado frente a mí con las garras embadurnadas de sangre. Aquel cuervo, el mejor de los pájaros, era el hijo del señor de los celestiales disfrazado. Y dotado de velocidad semejante al aire, entró rápidamente en el interior de la tierra. Entonces aquel héroe de grandes ojos, el mejor de los inteligentes, con los ojos girando de ira, resolvió destruir a aquel cuervo. Y tomando una brizna de Kusa de su asiento, la ató a un arma de Brahma. Y aquella brizna, de cara al pájaro, apareció con su faz llameante, como el fuego que destruiría el mundo. Y arrojó aquella brizna ardiente contra el cuervo. Y esta persiguió al cuervo alto en el firmamento. Así perseguido, aquel cuervo, para salvarse, atravesó diversas regiones. Y siendo entonces abandonado por su padre (Indra) y los grandes ascetas, él, recorriendo los tres mundos, se acogió por fin al amparo de él (de Rama). Y, poniéndose en la tierra, buscó su amparo, y Kakutstha, por misericordia, lo salvó, aunque digno de ser muerto. Y le habló a él, sumamente consumido, de semblante pálido y tendido en la tierra: ‘Es imposible hacer infructuosa esta arma de Brahma. Por tanto, di tú (qué ha de hacerse)’. Luego destruyó el ojo derecho del cuervo. Habiendo entregado su ojo, se salvó. Luego, inclinándose ante Rama así como ante el rey Dasaratha, el cuervo, liberado por aquel héroe, se fue a su propia morada. Usted había lanzado en mi favor el arma de Brahma incluso contra un cuervo. ¿Por qué entonces, oh señor de la tierra, perdona usted a aquel que me arrebató de su lado? Oh primero de los hombres, dispénseme su bondad, capaz de inspirar esperanza. Oh señor, teniendo un señor en usted, (ahora) parezco como si no tuviera ninguno. Que la bondad es una virtud principal lo he oído incluso de usted; y sé que es usted sumamente enérgico y poseedor de gran fuerza y alto valor, no sujeto a consideraciones de tiempo y espacio, incapaz de ser agitado; usted en gravedad se asemeja al océano y es como aquel señor de la tierra provisto de mares, Vasava. Oh Raghava, siendo así el primero de los versados en las armas, poderoso y poseedor de fuerza, ¿por qué no dirige usted su arma contra los rakshasas?”. Ni los Nagas, ni los gandharvas, ni los dioses, ni los Maruts son competentes para resistir la acometida de Rama en la batalla. Si aquel poderoso todavía guarda alguna consideración por mí, ¿por qué no acaba de raíz con los rakshasas por medio de afiladas flechas? ¿Y por qué, tomando el permiso de su hermano, aquel sometedor de enemigos, el heroico Lakshmana, dotado de gran fuerza, no me libera? Si aquellos primeros de los hombres son en verdad iguales a Indra y al Viento, e incapaces de ser reprimidos incluso por los celestiales, ¿por qué me desatienden? Sin duda debo de ser culpable de algún gran crimen, pues, aunque capaces, aquellos sometedores de enemigos no me miran». Al oír las lastimeras palabras de Vaidehi, pronunciadas con ojos llorosos, aquel caudillo de bandas de monos, el sumamente enérgico Hanuman, dijo: «Oh exaltada, juro por la verdad que Rama aparta su rostro (de toda obra) a consecuencia de la pena por usted. Y estando Rama presa del dolor, Lakshmana arde de pena. Ahora que he podido verla, no es tiempo de pesar. Oh auspiciosa, incluso ahora presenciará usted el fin de este infortunio. Llenos de esperanza por haberla visto yo, aquellos primeros de las personas, aquellos poderosos príncipes, reducirán los mundos a cenizas. Y, oh de ojos amplios, matando en batalla al malvado Ravana con sus aliados, Raghava la llevará de vuelta a su palacio. Dígame ahora qué comunicaré a Raghava, y al sumamente poderoso Lakshmana, y al enérgico Sugriva, y a todos los monos reunidos». Así interpelada, Sita le habló de nuevo, diciendo: «Inclinando la cabeza de mi parte, pregunta por el bienestar de aquel protector de los hombres a quien dio a luz Kausalya. De mi parte, y a causa de mis palabras, pregunta por el bienestar de aquel que, renunciando a guirnaldas y gemas de toda clase, y a amadas doncellas de trascendente belleza, y a una riqueza tal como es difícil de obtener en esta espaciosa tierra, y que, honrando e inclinándose ante su padre y su madre, siguió a Rama; en quien Sumitra tiene un hijo excelente; de aquel justo que, abrazando la causa de su hermano, renunciando a la felicidad escogida, sigue a su hermano al bosque, sirviéndole; que tiene hombros de león, largos brazos, es inteligente y de presencia agradable; que se comporta con Rama como si fuera su padre, y conmigo como si yo fuera su madre; de aquel heroico Lakshmana, que no supo cuándo fui raptada; servidor de los mayores, coronado de auspiciosidad, que es competente y refrena su lengua; que es el primero de los queridos del hijo del rey y digno de mi suegro; que es más querido (para Rama) incluso que yo misma; de Lakshmana, hermano de Rama; aquel enérgico que emprende incluso tareas para las que no basta, y al ver al cual Raghava ha olvidado a su difunto padre: a él, por causa de mis palabras, has de preguntarle por su bienestar. Lakshmana es siempre apacible y puro, y querido de Rama. Háblale de modo que, oh mejor de los monos, quite mis desdichas. Oh caudillo de bandas de monos, lleva a buen éxito esta empresa. Por este esfuerzo preliminar tuyo, Raghava se tomará trabajos en mi favor. Y esto también dirás una y otra vez a aquel héroe, mi señor: “Oh hijo de Dasaratha, mantendré esta vida un mes más; y esto le juro por la verdad: que no viviré más allá de este mes. Oh héroe, así como Vishnu rescató a Kausiki de las regiones inferiores, le corresponde a usted rescatarme a mí, que he sido confinada ignominiosamente por el impío Ravana”». Entonces, diciendo: «Entrega esto a Raghava», Sita dio a Hanuman una noble y excelente joya para la cabeza, que estaba atada en su atavío. Luego, tomando aquella mejor de las gemas, el héroe trató de colocarla en su dedo, pero no le entró. Y tomando la gema, inclinándose ante Sita y rodeándola, aquel primero de los monos permaneció a su lado con humilde porte. Y experimentando arrobo por haber visto a Sita, se presentó mentalmente ante Rama y ante Lakshmana, engalanado de señales auspiciosas. Y tomando aquella costosa y soberbia gema que, por virtud de algún poder, la hija del rey Janaka había logrado ocultar (a la mirada de las rakshasis), Hanuman, sintiéndose deleitado como uno a quien sacude el viento que sopla en la cima de la primera de las montañas y que luego se aparta de él, se dispuso a partir.

Section 39

Habiendo entregado la gema, Sita dijo a Hanuman: «Esta señal es muy bien conocida por Rama. Al ver esta gema, aquel héroe, Rama, recordará a tres personas: a su madre, a mí y al rey Dasaratha. Tú, oh primero de los monos, serás comisionado de nuevo para este asunto. Piensa qué harás después, cuando se te haya encomendado esta tarea. Oh primero de los monos, eres capaz de lograr esta obra. Por tanto, piensa qué proceder suyo (de Rama) quitará (mi) desdicha. Oh Hanuman, soportando trabajos, sé tú instrumento para quitar mi desdicha». Diciendo «Así sea», el vástago del dios del Viento, de terrible poderío, inclinando la cabeza, se dispuso a partir. Viendo que (Hanuman) estaba a punto de partir, aquella exaltada, la hija de Mithila, se dirigió a aquel mono, hijo del dios del Viento, con palabras ahogadas por el vapor de la pena: «Oh Hanuman, comunica buenas noticias a Rama y a Lakshmana, a Sugriva con sus consejeros y a todos los monos ancianos. Y, oh mejor de los monos, conforme a la rectitud, comunica buenas nuevas (a Rama). Y te corresponde esforzarte para que Raghava, de brazos poderosos, me rescate de este mar de pena. Y, oh Hanuman, habla de modo que el ilustre Rama me libere mientras aún estoy viva; y así cosecharás rectitud. Siempre exhalando altos ánimos, Dasarathi, al oír mis palabras, alcanzará un acceso de virilidad para mi liberación. En cuanto Raghava oiga palabras que encierran noticias de mí, aquel héroe resolverá debidamente desplegar su poderío». Al oír este discurso de Sita, Hanuman, hijo del dios del Viento, con las manos juntas alzadas a la cabeza, dijo: «Pronto vendrá Kakutstha, rodeado de los primeros monos y osos, y, venciendo al enemigo en la lucha, quitará su pena. No hallo a nadie, ni entre los hombres, ni entre los asuras, ni entre los celestiales, que se atreva a permanecer ante él cuando dispara sus flechas. Por usted, en especial, puede hacer frente en combate incluso al Sol, a Indra, más aún, al propio Yama, aquel vástago del Sol. Por usted se prepara a conquistar la Tierra ceñida por el océano; y la victoria, oh hija de Janaka, será de Rama». Al oír sus palabras excelentemente dichas y enteramente verdaderas, Janaki las honró grandemente y habló (como sigue). Y mirándolo una y otra vez mientras se preparaba para partir, Sita, por afecto, honró el discurso que había sido pronunciado (por Hanuman) por apego a su amo: «Si lo deseas, oh héroe, quédate aquí un día, oh sometedor de enemigos. Habiendo descansado en algún rincón oculto, partirás mañana. Oh mono, (si te quedas), tu cercanía quitará por un momento la enorme pena de mí, de escasa suerte. Pero aun si te vas (pasando aquí el día de hoy), tengo, oh mono semejante a un tigre, dudas sobre tu regreso; y, por consiguiente, dudas, ciertamente, sobre mi vida. Y la pena consiguiente a no verte me abrasará grandemente, así, oh mono, como la pena abrasa una y otra vez a quien ya está consumido por el dolor. Y, oh héroe, oh señor de los monos, también tengo ante mí esta duda. ¿Cómo, ay, cruzará el poderoso señor de los monos, aunque respaldado por los monos y los osos, el poderoso océano, difícil de cruzar, y (cómo lo cruzarán) aquellas fuerzas compuestas de osos y monos o aquellos hijos del mejor de los hombres? En los tres mundos, el vástago de Vinata, tú y el dios del Viento tienen solos el poder de cruzar el abismo. Entonces, para el cumplimiento de esta obra, difícil de lograr, ¿qué, oh héroe, oh mejor de los versados en los asuntos, qué camino ves para su éxito? O tú solo, oh destructor de héroes hostiles, bastas sobradamente para el cumplimiento de este propósito; y cosecharás, en forma de fama, el fruto de tu hazaña. Pero si (Rama) mismo, junto con todas sus fuerzas, venciendo a Ravana y (recobrándome) en batalla, regresara victorioso a su propia ciudad, eso sería digno de él. Si, bloqueando Lanka con su ejército, aquel que aflige a las huestes hostiles, Kakutstha, me llevara (de aquí), eso sería digno de él. Adopta, pues, tales medios que el guerrero heroico de alma elevada tenga ocasión de desplegar su poderío». Al oír aquellas palabras cargadas de sentido y razón e imbuidas de afecto, Hanuman, a modo de respuesta, dijo suavemente: «Oh reverenda dama, aquel primero de los monos, el señor de los osos y los monos, Sugriva, poseedor de la verdad, ha tomado una resolución en su favor. Aquel destructor de rakshasas, oh hija de Videha, rodeado de millares de millones de monos, vendrá aquí sin demora. Y monos sumamente poderosos y fuertes, poseedores de poderío y que van lejos con la rapidez del pensamiento, están a sus órdenes. Nada puede impedir sus cursos, ya hacia arriba, ya hacia abajo, ya en ambas direcciones; y aquellos de inconmensurable energía nunca experimentan desaliento en las empresas más arduas. Fortalecidos por sus elevados ánimos, estos, acogiéndose al camino aéreo, han circunvalado muchas y muchas veces la Tierra, que contiene montañas y prados. Hay (en aquel ejército) moradores de los bosques, unos iguales y otros superiores a mí. Y junto a Sugriva no hay ninguno que sea inferior a mí. Y puesto que incluso yo he llegado a este lugar, ¿qué diré de aquellos dotados de inmenso poder? Ni se envía a los (monos) superiores a recados; solo se envía a los inferiores. Entonces, oh exaltada, no necesita afligirse: que se vaya su pesar. Aquellos caudillos de manadas de monos vendrán a Lanka de un salto; y, como el Sol y la Luna nacientes, aquellos hombres semejantes a leones, respaldados por grandes números, vendrán a su lado, montados en mi espalda. Aquellos héroes y primeros de los hombres, Rama y Lakshmana ambos, llegando a la ciudad de Lanka, la destruirán por medio de sus flechas. Y matando a Ravana junto con sus partidarios, el hijo de Raghu, tomándola a usted, oh modelo entre las mujeres, regresará a su propia ciudad. Por tanto, cobre ánimo, ¡que la fortuna le sea propicia! Permanezca deseando ansiosamente el momento. No pasará mucho tiempo antes de que contemple a Rama, semejante al fuego llameante. Muerto el señor de los rakshasas junto con sus consejeros y amigos, se reunirá usted con Rama, así como Rohini se reúne con la Luna. Oh venerable, pronto contemplará usted la otra orilla de su desdicha, oh Maithili; y verá a Ravana muerto por Rama con la fuerza de su brazo». Habiendo así consolado a la hija de Videha, Hanuman, hijo del dios del Viento, habló de nuevo a Vaidehi, diciendo: «Pronto contemplará usted a aquel destructor de enemigos, Raghava, de alma sometida, y también a Lakshmana, portador del arco, llegar a la puerta de Lanka. Y pronto contemplará usted a los heroicos monos reunidos, dotados del poderío de leones y tigres y del esplendor del monarca de los monos, y que tienen uñas y dientes por armas. Y contemplará usted, oh noble, innumerables compañías de monos escogidos, semejantes a colinas y nubes, rugiendo en las mesetas del Malaya en Lanka.

«Como un elefante atormentado por un león, Rama, afligido en las entrañas por las espantosas flechas de Manmatha, no alcanza sosiego. No llore, oh exaltada, de pesar. ¡Que el miedo no se apodere de su corazón! Así como Sachi se reúne con Sakra, usted, oh auspiciosa, se reunirá con su señor. ¿Quién es mayor que Rama? ¿Y quién es igual a Saumitri? Y estos hermanos, semejantes al Fuego y al Viento, son su ayuda. Oh reverenda, no tendrá que morar mucho tiempo en este lugar sumamente espantoso habitado por los rakshasas. La llegada de su amado no está lejana. Permanezca simplemente aguardando (como mejor pueda) durante el tiempo que transcurra entre esto y mi encuentro con Rama».

Section 40

Al oír el discurso del vástago de alma elevada del dios del Viento, Sita, semejante a una hija de los celestiales, dijo con palabras cargadas de su bien: «Así como la Tierra, con el grano a medio camino de la cosecha, se alegra al recibir lluvias, así me he alegrado yo, oh mono, al verte a ti, que hablas dulcemente. Dispénsame tu bondad de modo que, alcanzado mi deseo, pueda tocar a aquel semejante a un tigre con mi cuerpo consumido por la pena. Y, oh primero de los monos, presenta esta señal a Rama, y dile también como señal que él, airado, había clavado el dardo que destruyó un solo ojo del cuervo. Y dile también: “Habiéndose borrado mi (primer) tilaka, usted pintó junto a mi mejilla otro hecho de arsénico rojo; esto debe recordarlo usted. ¿Por qué, oh dotado de poderío, semejante al gran Indra o a Varuna, desatiende usted a la raptada Sita, sentada en medio de los rakshasas? Esta joya para la cabeza la había conservado con cuidado. En mi desgracia, oh sin pecado, solía inspirarme alegría con la vista de ella, semejante a usted. De esta hermosa (gema) nacida del agua me separo. En adelante, abrumada de pena, no podré vivir. Solo por usted soporto desdichas insufribles, palabras que parten el corazón y la compañía de los rakshasas. Oh destructor de enemigos, mantendré mi ser un mes más. Más allá de eso, oh hijo del rey, privada de usted, no viviré. Este rey rakshasa es espantoso. (Siendo así), si oigo que usted se demora, no viviría ni un momento”». Al oír el discurso de Vaidehi, patético y pronunciado con lágrimas, el sumamente enérgico Hanuman, hijo del dios del Viento, dijo: «Reverenda mía, le juro por la verdad misma que Rama descuida todo asunto por la pena que siente por usted. Y estando Rama abrumado de infortunio, Lakshmana arde de pena. Ahora que he logrado verla tras infinitos afanes, no es tiempo de lamentación. Oh bella, en este mismo momento presenciará usted el fin de su infortunio. Aquellos príncipes irreprochables, primeros de los hombres, cobrando valor por haberla visto yo, reducirán Lanka a cenizas. Y, oh de ojos amplios, matando en batalla a Ravana junto con sus amigos, los hijos de Raghu la llevarán de vuelta a su propio palacio. Ahora, oh dama sin falta, debe usted darme una señal tal que Rama la reconozca con certeza y que lo complazca mucho más». «¡Ah!» (respondió Sita), «ya te he provisto de una excelente señal. Este adorno, oh Hanuman, examinado cuidadosamente por Rama, oh héroe, hará creíbles tus palabras». Entonces, tomando aquella mejor de las gemas, aquel garboso primero de los monos, inclinando la cabeza ante aquella exaltada, se dispuso a partir. Al ver a aquel caudillo de los monos resuelto a saltar, rebosante de energía, con su persona agrandada, la hija de Janaka, con el rostro lloroso, habló con aire desconsolado, con sus acentos ahogados por el vapor de la pena: «Oh Hanuman, comunica noticias de mi buena salud a aquellos hermanos semejantes a leones, Rama y Lakshmana, a Sugriva junto con sus consejeros y a todos (los monos). Y te corresponde disponer las cosas de modo que Raghava, de brazos poderosos, me rescate de este mar de pena. Yendo a Rama, dale a conocer la feroz corriente de mi pena, así como las injurias de estos rakshasas. ¡Que la fortuna te sea propicia, oh mono sumamente heroico!». Así provisto de las intenciones de la princesa, el mono, habiendo logrado su objeto y exaltándose sobremanera en su corazón, repasó la pequeña obra que aún le quedaba y se dispuso a dirigirse al norte.

Section 41

Habiendo sido honrado por ella (Sita) con excelentes palabras, el mono, avanzando, dejó aquel lugar, pensando: «Es una pequeña obra la que queda. He contemplado a esta dama de ojos oscuros. Dejando a un lado tres medios, veo que habré de recurrir al cuarto. Ningún tratado con los rakshasas puede servir al fin. Tampoco pueden prevalecer las dádivas con los ricos. Ni es posible sembrar discordias entre personas orgullosas de su fuerza. Entonces, el despliegue de poderío me parece aplicable en este caso. Sin recurrir al poderío, no hallo modo de asegurar el éxito en este asunto. Si los rakshasas hallan caídos en batalla a sus primeros héroes, puede que templen su (ardor marcial). El que, habiendo logrado su propósito (principal), lleva a cabo muchos más sin malograr el primero, tiene derecho a obrar. El que hace una pequeña obra ciertamente no es un hacedor; el que sabe lograr el éxito de diversas maneras es el único capaz de asegurarlo. Aunque mi única comisión era hacer esto, si me dirijo a la morada del señor de los monos tras haber averiguado la fuerza de los nuestros y la del enemigo en el campo, entonces habré cumplido el mandato de mi amo. ¿Cómo puede hacerse que mi llegada (a este lugar) dé buen fruto? ¿Cómo puedo provocar por la fuerza un enfrentamiento con los rakshasas? ¿Y cómo puede hacerse que el de diez cuellos, en batalla, forme una justa estimación de la fuerza respectiva de mí y de sus fuerzas? Entrando en contacto con el de diez cuellos, con sus tres órdenes, sus fuerzas y sus aurigas, leyendo la intención que hay en su corazón, así como su fuerza, regresaré felizmente de aquí. Este soto del cruel (demonio), semejante al propio Nandana, que contiene diversos árboles y plantas y cautiva la vista y el corazón, lo destruiré, así como el fuego destruye un bosque seco. Arrasado este soto, Ravana montará en cólera. Entonces el monarca de los rakshasas convocará un ejército compuesto de caballos, elefantes y poderosos carros, equipado con tridentes, hachas de hierro y otras armas, y poderoso será el encuentro que tendrá lugar. Y yo, con poderío intacto, batallando con aquellos terroríficos rakshasas y aniquilando aquella hueste despachada por Ravana, viajaré alegremente a la morada del rey de los monos». Entonces, furioso como el Viento, el vástago del dios del Viento, poseedor de espantoso poderío, se puso a derribar los árboles con impetuosa violencia. Entonces aquel héroe, Hanuman, devastó aquel jardín de las doncellas, que resonaba con los rugidos de elefantes enloquecidos y estaba lleno de diversos árboles y arbustos. Y con sus árboles aplastados y sus estanques dañados, con sus hermosas cumbres hechas añicos y sus lagunas, elocuentes con las notas de las aves, desgarradas por todas partes, con ramitas cobrizas y marchitas esparcidas (en todas direcciones) y con sus árboles y plantas privados de su lozanía, aquel bosque ya no era hermoso, como si hubiera sido quemado por un incendio forestal; y sus plantas semejaban doncellas a las que se les cae el vestido. Y aquel magnífico bosque, con sus cenadores y sus galerías de pinturas destruidos, y con sus animales feroces, fieras y aves gritando con acentos angustiados, y sus estructuras rocosas y otras mansiones derribadas, quedó privado de su hermosura. Y aquel soto del aposento interior perteneciente a las doncellas del de diez cuellos, con sus multitudes de árboles asoka y plantas esparcidos desordenadamente, quedó, en verdad, por el poder del mono, convertido en un espectáculo compuesto de plantas, etc., propio para despertar el pesar del espectador. Entonces, habiendo hecho lo que era sumamente desagradable a la mente del señor del mundo de gran alma, aquel mono, deseoso de enfrentarse solo a una vasta hueste, se plantó junto a la entrada principal, llameante de resplandor.

Section 42

Entonces, a causa de los gritos de las aves y de los sonidos de los árboles que se rompían, todos los moradores de Lanka fueron presa de la trepidación a consecuencia del espanto. Y agitados por el miedo, aves y fieras corrieron (por todos lados); y presagios que anunciaban el mal para los rakshasas comenzaron a aparecer (por doquier). Y rakshasis de rostro torvo, despertando de su sueño, vieron aquel bosque devastado y a aquel heroico y poderoso mono. Y al observarlas, aquel mono de brazos poderosos y fuerte, dotado de inmensa fuerza, agrandó sus dimensiones, capaces de infundir terror a los rakshasas. Y al contemplar a aquel mono sumamente fuerte, semejante a una montaña, las rakshasis preguntaron a la hija de Janaka, diciendo: «¿Quién es este? ¿Y de dónde y por qué ha venido aquí? ¿Y por qué conversó contigo? Dinos esto, tú de ojos amplios. Oh afortunada, no temas nada. Y, oh tú de ojos de rabillos oscuros, ¿qué conversación ha tenido este contigo?». Entonces la casta Sita, perfecta en todas sus partes, respondió: «¿Qué poder tengo yo de leer a los rakshasas, capaces de tomar las formas que quieren? Ustedes saben quién es y qué hace. Las serpientes, sin duda, conocen el camino de las serpientes. Y, además, estoy muy asustada, ni sé quién es aquel. Lo tengo por un rakshasa que ha venido aquí por su capacidad de tomar cualquier forma». Al oír las palabras de Vaidehi, las rakshasis huyeron a toda prisa. Unas se quedaron, y otras partieron a informar a Ravana del asunto. Y ante Ravana, las rakshasis de rostros deformes le informaron del horrendo y espantoso mono: «Oh rey, en el corazón del bosque asoka hay un mono de cuerpo terrorífico que, poseedor de inconmensurable poder, permanece allí tras haber conversado con Janaki. Ni, aunque interrogada por nosotras muchas y muchas veces, la hija de Janaka, Sita, de ojos de cierva, quiere decirnos quién es el mono. Puede ser el emisario de Vasava o de Vaisravana; o puede haber sido enviado por el propio Rama, por afán de averiguar el paradero de Sita. Y es él quien, con una forma maravillosa, ha destruido su encantador cenador del interior, lleno de fieras de diversas clases. Y no hay rincón que no haya sido destruido por él; y solo el lugar donde está la exaltada Janaki ha quedado intacto por él, ya sea por preservar a Janaki o por cansancio, no se sabe. Pero ¿qué cansancio puede tener él? Es ella la que ha sido preservada por él. Y aquel crecido árbol simsapa, opulento de elegante follaje, bajo el cual la propia Sita ha (descansado siempre), ha sido respetado por él. Le corresponde ordenar que se inflija duro castigo a aquel de forma feroz que, habiendo conversado con Sita, ha arrasado su bosque. ¿Quién, oh soberano de los rakshasas, que no tenga cortada la vida, conversa con Sita, que le ha cautivado a usted el corazón?». Al oír los discursos de las rakshasis, Ravana, señor de los rakshasas, con los ojos girando de rabia, se inflamó como el fuego de una pira funeraria. Y como caen gotas de aceite encendido de una lámpara llameante, cayeron gotas de lágrimas de los ojos del enfurecido Ravana. Y aquel sumamente enérgico ordenó a sus heroicos servidores, semejantes a él mismo, castigar a Hanuman. Y de aquella mansión salieron rápidamente ochenta mil de aquellos servidores, que llevaban en las manos mazas y mazos, de enormes vientres y grandes dientes, de formas espantosas y poseedores de una fuerza desmesurada, todos ansiosos de entablar el combate y apresar a Hanuman. Y habiendo llegado cerca de aquel mono que estaba en la entrada principal, aquellos espíritus henchidos se abalanzaron, como los insectos se abalanzan a una llama. Y equipados con mazas variegadas, y garrotes, y angadas de oro, y flechas semejantes al Sol, se acercaron a aquel primero de los monos. Y pertrechados de mazas, hachas y jabalinas, y llevando dardos barbados y lanzas en las manos, rodearon de pronto a Hanuman y permanecieron ante él. Y el garboso y enérgico Hanuman también, semejante a una colina, agitando la cola sobre el suelo, lanzó tremendos rugidos. Y alcanzando poderosas proporciones, Hanuman, hijo del dios del Viento, blandió la cola, llenando Lanka de sonidos. Y con los sonidos de su agitar, así como con los resonantes que él mismo profería, las aves comenzaron a caer del cielo. Y proclamó en voz alta: «¡Victoria al sumamente fuerte Rama y al poderoso Lakshmana! ¡Y victoria al rey Sugriva, protegido de Raghava! Soy el servidor del soberano de Kosala, Rama, de obras incansables; (soy) Hanuman, el destructor de huestes hostiles, vástago del dios del Viento. Y mil Ravanas no pueden hacerme frente en combate cuando arroje peñascos y árboles por millares. En presencia misma de todos los rakshasas, habiendo asolado la ciudad de Lanka y rendido mi reverencia a Maithili, me iré, logrado mi fin». Quedaron aterrados ante sus rugidos; y contemplaron a Hanuman, elevado como una nube del atardecer. Y sabiendo ya con certeza que el mono había sido despachado por su amo, los rakshasas comenzaron a asaltarlo con diversas clases de armas terribles. Rodeado por todos lados por aquellos héroes, aquel sumamente poderoso, que estaba junto a la entrada principal, tomó una terrorífica tranca. Y tomando aquella tranca, como el vástago de Vinata maneja una serpiente que se lanza, mató a aquellos vagabundos de la noche. Y empuñando (la tranca), el hijo del dios del Viento comenzó a recorrer el firmamento y a destruir (a los rakshasas), como el (dios) de mil ojos que destroza a los daityas con su rayo. Y habiendo matado a aquellos rakshasas, que eran los servidores de Ravana, el heroico vástago del dios del Viento, primero de los héroes, deseoso de lucha, se plantó a la puerta. Entonces ciertos rakshasas, saliendo del campo con miedo, informaron a Ravana de la destrucción de todos sus servidores. Al oír que una poderosa hueste de los rakshasas había sido muerta, el rey, con los ojos girando de ira, ordenó al hijo de Prahasta, de incomparable poderío e invencible en la batalla.

Section 43

Habiendo matado a los servidores, Hanuman, tras reflexionar un rato, pensó: «He destrozado el bosque, pero no he destruido el edificio dedicado a las deidades de los rakshasas. Por tanto, hoy mismo demoleré esta estructura». Habiendo pensado así en su corazón, aquel primero de los monos, Hanuman, hijo del dios del Viento, desplegando su fuerza, saltó al edificio Chaitya, elevado como una cumbre del Meru. Y habiendo subido al edificio semejante a una montaña, aquel caudillo de bandas de monos, poseedor de maravillosa energía, parecía otro Sol salido (en el cielo). Y habiendo destrozado aquel soberbio edificio, el irreprimible Hanuman, llameante de auspiciosidad, semejaba (la montaña) Pariyatra. Y agrandando sus dimensiones por su energía, el vástago del dios del Viento se puso sin temor a golpearse los brazos con las manos, llenando así Lanka con los sonidos. Y ante aquellos sonidos de brazos golpeados, capaces de dejar sordo al que los oía, las aves comenzaron a caer allí, así como los guardianes de la mansión religiosa, con los sentidos abrumados. «¡Victoria a Rama, versado en las armas! ¡Y a Lakshmana, dotado de inmensa fuerza! ¡Y victoria al rey Sugriva, que está protegido por Raghava! Hanuman, hijo del dios del Viento, destructor de huestes hostiles, es el esclavo de Rama, de obras incansables. Y ni mil Ravanas pueden hacerme frente en combate cuando arrojo piedras y árboles por millares. Habiendo destruido la ciudad de Lanka y rendido mis respetos a la hija de Mithila, yo, logrado mi objeto, partiré en presencia de todos los rakshasas». Habiendo hablado así, aquel de persona prodigiosa, sentado en el Chaitya, lanzó tremendos rugidos que infundían terror a los rakshasas. A consecuencia de aquel poderoso grito, cien guardias adscritos al Chaitya salieron, tomando diversas armas, dardos barbados, cimitarras y hachas; y rodearon al vástago del dios del Viento mientras este seguía agrandando su cuerpo. Y se enfrentaron a aquel primero de los monos con diversas mazas, y hachas, y Angadas de oro, y flechas semejantes al Sol. Y aquellas multitudes de rakshasas, enfrentándose a aquel mejor de los monos, semejaban un extenso y poderoso remolino en la Ganga. Entonces el hijo del dios del Viento, el poderoso Hanuman, enfureciéndose, arrancando violentamente un enorme pilar del edificio, chapado en oro y de cien bordes, comenzó a hacerlo girar (en el aire). Y el fuego así generado allí quemó todo el edificio. Al ver aquel edificio en llamas, el garboso caudillo de los monos, habiendo matado a los cien rakshasas, como Indra mata a los asuras con su rayo, permaneciendo en el cielo, dijo: «Millares de monos fuertes, de alma elevada y principales como yo, habiendo sido creados y permaneciendo bajo el mando de Sugriva, incluidos nosotros así como otros monos, recorren todo el mundo. Algunos están dotados de la fuerza de diez elefantes, algunos de la fuerza de cien, algunos tienen el poderío de mil elefantes, y algunos la fuerza de elefantes contados por manadas. Algunos son iguales en fuerza al Viento, y hay allí algunos caudillos de monos que no tienen límite a su fuerza. Rodeado de monos de esta clase, que tienen uñas y dientes por armas, por centenares y millares y kotis y ayutas, viene nuestro Sugriva, el destructor de todos (los enemigos). Ni esta ciudad de Lanka, ni ustedes, ni tampoco Ravana existirán, habiendo creado hostilidad con aquel héroe de alma elevada de la estirpe de Ikshvaku».

Section 44

Mandado por el señor de los rakshasas, el hijo de Prahasta, el poderoso Jambumali, de grandes dientes, salió arco en mano. Y llevaba una guirnalda y un atavío rojos, con un collar colgado del cuello y elegantes pendientes; y era enorme y terrible, con los ojos girando, invencible en el encuentro. E impetuosamente tensó un elegante arco, semejante al arco de Sakra, que rugía como el vajra y el rayo. Y todo el firmamento, y todos los lados y cuadrantes, se llenaron de pronto con los poderosos sonidos de aquel arco mientras era tensado. Y al verlo acercarse en un carro uncido de asnos, Hanuman, dotado de vigor, se regocijó y gritó a la vez. Entonces el sumamente enérgico Jambumali traspasó con flechas afiladas a aquel poderoso mono, Hanuman, que estaba sentado en una tabla torcida de la puerta que servía de percha a las palomas. Traspasó el rostro de aquel señor de los monos con flechas (en forma) de media luna, su cabeza con una de cabeza hecha como un gancho y sus brazos con diez narachas. Y traspasado por las flechas, su rostro cobrizo parecía hermoso como un loto rojo otoñal abierto, alcanzado por los rayos solares. Y su rostro, naturalmente rojo, pintado de sangre, parecía encantador como un majestuoso loto rojo en el cielo, lavado con la miel del asoka rojo. Herido por las flechas, el formidable mono se enfureció. Y divisó un enorme y gigantesco peñasco junto a él. Entonces, arrancándolo al punto, aquel dotado de celeridad y fuerza lo arrojó (a su enemigo). Y el enfurecido rakshasa lo contuvo con diez flechas. Viendo su acción hecha infructuosa, el enérgico Hanuman, de terrorífico poderío, arrancando un gran sala, comenzó a hacerlo girar (en el aire). Al ver al sumamente fuerte mono haciendo girar el árbol sala, el sumamente poderoso Jambumali disparó muchas flechas. Y partió el sala por medio de cuatro flechas, e hirió al mono en el brazo con cinco, en el pecho con una y con diez entre las tetillas. Con su cuerpo cubierto por entero de flechas, (Hanuman), montando en furiosa pasión, tomando la misma tranca, comenzó de nuevo a blandirla con rapidez. Y aquel terrorífico, dotado de extrema impetuosidad, habiendo hecho girar la tranca con maravillosa rapidez, la dejó caer sobre el amplio pecho de Jambumali. Y (al punto) no se vio allí ni su cabeza, ni sus brazos, ni sus muslos, ni su arco, ni su carro, ni sus corceles, ni sus flechas en aquel lugar. Y aquel poderoso guerrero de carro, Jambumali, muerto rápidamente, cayó a tierra como un árbol cuyo tronco ha sido aplastado. Al oír que Jambumali así como sus sumamente poderosos servidores habían sido muertos, Ravana se transportó de cólera, y sus ojos se enrojecieron de ira. Y muerto el poderoso hijo de Prahasta, el señor de los vagabundos de la noche, con los ojos enrojecidos girando de rabia, mandó rápidamente a los hijos de sus consejeros, dotados de vasta energía y poderío (a enfrentarse a Hanuman en batalla).

Section 45

Entonces, ordenados por el señor de los rakshasas, los hijos de sus consejeros, siete (en número), semejantes en esplendor al fuego, salieron de aquella mansión. Y rodeados de un poderoso ejército, provistos de arcos, dotados de maravillosa fuerza y consumados en las armas, los primeros de los versados en las armas, ardiendo cada uno por la victoria, con poderosos carros uncidos de corceles, cubiertos de redes de oro, que llevaban gallardetes y estandartes y producían sonidos como los que proceden de las nubes, tensando exultantes con inconmensurable poderío arcos adornados de oro, semejantes a nubes cargadas de relámpagos, aquellos guerreros salieron. Al saber que los servidores habían sido muertos, sus madres, junto con sus amigos y parientes, fueron vencidas por la pena. Y rivalizando entre sí en ansia, aquellos (guerreros), adornados con ornamentos de oro bruñido, se enfrentaron a Hanuman, que estaba en la puerta. Y con sus carros lanzando rugidos, los rakshasas, derramando lluvias de flechas, recorrían (el campo), semejantes a nubes durante la estación de las lluvias. Y cubierto por aquellas lluvias de flechas, Hanuman quedó con su persona oculta, como el monarca de las montañas escondido por un aguacero. Y aquel mono de veloz carrera, recorriendo el cielo sin nubes, esquivó aquellas flechas de aquellos héroes, así como la impetuosidad de sus carros. Y aquel héroe, haciendo travesuras con aquellos arqueros, parecía el Viento dominador jugando con las nubes portadoras de arcos. Y lanzando un grito espantoso, y llenando con ello de espanto a aquella vasta hueste, el enérgico Hanuman se abalanzó sobre aquel ejército rakshasa. Y aquel sometedor de enemigos mató a unos con manotazos, y a otros los desgarró con las uñas, y a otros los mató a golpes, y a otros con (la presión de) su pecho. Y algunos cayeron al suelo en el mismo lugar ante los sonidos que él profería. Y al ser muertos o caer en la tierra, aquel ejército, afligido por el espanto, comenzó a huir en todas direcciones. Y los elefantes rugían con tonos espantosos, y los corceles caían a tierra. Y la Tierra quedó cubierta de cajas rotas, astas de bandera y sombrillas (pertenecientes a los carros), así como de los propios carros. Y se vieron en el camino ríos que corrían sangre, y Lanka profirió diversos gritos espantosos. Y habiendo matado a aquellos crecidos rakshasas, aquel sumamente poderoso y heroico mono de terrorífico poder, deseoso de enfrentarse de nuevo a otros rakshasas, volvió sobre sus pasos a la misma entrada.

Section 46

Al saber que los hijos de los consejeros habían sido muertos por el mono de alma elevada, el de diez cuellos, reprimiendo la aprensión que había en su corazón, recobró el equilibrio de su mente. Y ordenó a cinco de los primeros caudillos de sus fuerzas, el heroico Virupaksha, Yupaksha, el rakshasa Durdhara, Praghasa y Bhasakarna, versados en la política, dotados de la velocidad del Viento en el combate y alerta en toda ocasión, que tomaran cautivo a Hanuman: «Generales, tomando una poderosa hueste con corceles, elefantes y carros, castiguen a ese mono. Y al llegar ante ese morador de los bosques, conviene que obren con cautela, y deben llevar a cabo esta obra conforme al lugar y la estación. Por sus actos, no lo tengo por un mono. Es un gran ser dotado de extraordinario poderío en todo sentido. Mi mente no está satisfecha de que sea un mono. Puede haber sido traído a la existencia por Indra, mediante el poder ascético, para dañarnos. Respaldado por ustedes, he derrotado a (deidades), y nagas, y yakshas, y gandharvas, y asuras, y Maharshis. Y, ciertamente, ellos han tratado en esto de hacernos algún mal. Por tanto, no hay duda acerca de esto: tómenlo por la fuerza. Y, generales, vayan, tomando una poderosa fuerza con corceles, elefantes y carros. Castiguen a este mono. Este mono de poderío deliberado no debe ser desatendido por ustedes. He visto monos de inmenso poderío: Vali con Sugriva y el sumamente poderoso Jambavan, y Nila el general, y otros con Dvivida a la cabeza. Su velocidad no es espantosa, ni su energía, ni su poderío, ni su inteligencia, ni su fuerza, ni su valor, ni su capacidad de cambiar de forma. Por tanto, deben tenerlo por algún gran ser que está en la forma de un mono. Esforzándose al máximo, castíguenlo. Estos tres mundos juntos, con Indra, los celestiales y los mortales, son incapaces de sostenerse largo tiempo ante ustedes en el campo de batalla. Aun así, una persona versada en la política, aunque ansiosa de asegurar la victoria en la batalla, debe preservarse cuidadosamente, pues el éxito en la guerra es inestable». Entonces ellos, poseedores de la energía del fuego, aceptando las palabras de su amo, se lanzaron vehementemente, acompañados de carros, elefantes enloquecidos, veloces corceles, armas agudas y afiladas y fuerzas de toda clase. Entonces aquellos héroes vieron a aquel resplandeciente y poderoso mono, que brillaba con su esplendor nativo como el sol naciente, poseedor de gran fuerza e inmensa velocidad y grandeza de alma, sentado a la puerta. Y en cuanto lo vieron, ellos, asustados por su aspecto, lo asaltaron con sus respectivas armas terribles. Y Durdhara disparó a la cabeza de Hanuman cinco flechas de hierro blanco con cabezas amarillas, que poseían el lustre de las hojas de loto. Traspasado en la cabeza por aquellas flechas, el mono, rugiendo, saltó al cielo, haciendo resonar los diez puntos cardinales. Entonces el sumamente poderoso y heroico Durdhara, montado en un carro, con su arco encordado, avanzó, derramando innumerables flechas por centenares. Entonces, así como el viento ahuyenta las nubes que vierten lluvia al final de la estación de las lluvias, el mono, permaneciendo en el cielo, resistió (a su antagonista) mientras este seguía derramando sus flechas. Y duramente acosado por Durdhara, el hijo del dios del Viento lanzó de nuevo gritos, y aquel poderoso también se agrandó. Entonces, lanzándose muy alto en el aire, el mono descendió de pronto sobre el carro de Durdhara con extrema vehemencia, como una masa de relámpagos que cae sobre una montaña. Entonces, destrozados sus ocho corceles y rotas las ruedas y la lanza de su carro, Durdhara, dejando el carro, cayó a tierra privado de vida. Al verlo caído en la tierra, aquellos irreprimibles sometedores de enemigos, Virupaksha y Yupaksha, enfureciéndose, saltaron. Y saltando de pronto, por medio de mazas descargaron golpes en el pecho del mono, que estaba en el cielo despejado. Entonces, resistiendo la furiosa acometida de aquellos dotados de energía hirviente, aquel sumamente poderoso descendió a la tierra con la violencia del (pájaro) de hermosas plumas. Luego, alcanzando y arrancando un árbol sala, aquel mono, el vástago del dios del Viento, mató a ambos heroicos rakshasas. Al saber que aquellos tres habían sido muertos por el mono dotado de velocidad, el poderoso e impetuoso Praghasa, riendo con desdén, avanzó (al encuentro). Y el enérgico Bhasakarna también avanzó con rabia, tomando un dardo. Y (ellos), reuniéndose, Praghasa asaltó al famoso mono semejante a un tigre con un hacha de filo agudo, y Bhasakarna (atacó) al mono semejante a un elefante con una jabalina. Y con sus miembros heridos por ellos y su pelo mojado de sangre, aquel mono, semejante en esplendor al sol infante, se enfureció furiosamente. Y aquel mono semejante a un elefante, el heroico Hanuman, arrancando un pico de montaña, con fieras, serpientes y árboles (en él), mató a aquellos rakshasas; y, aplastados por aquella cumbre de montaña, quedaron reducidos a polvo. Caídos aquellos cinco generales, el mono mató a las fuerzas restantes. Y como el de mil ojos destruyó a los asuras, el mono destruyó corceles con corceles, elefantes con elefantes, guerreros con guerreros y carros con carros. Y con caballos y elefantes, veloces corceles, con ruedas rotas y poderosos carros, y rakshasas muertos, todos los caminos quedaron bloqueados. Y habiendo destruido en batalla a los heroicos generales con todas sus fuerzas y vehículos, aquel héroe, del mismo modo, descansó a la puerta como el propio Kala ocupado en destruir a las gentes, cuando ha obtenido un respiro.

Section 47

Al oír que los cinco generales habían sido muertos por Hanuman solo, con sus vehículos y seguidores, el rey, mirando al príncipe Aksha, que estaba dispuesto y ansioso de ir a la batalla, le ordenó salir al campo. Y aquel poderoso, de arco adornado de oro, al ser mandado (por Ravana) con una mirada, se levantó como el fuego al ser alimentado con mantequilla clarificada por los primeros de los regenerados en el terreno sacrificial. Y aquel mejor de los nairritas, poseedor de poderío, subiendo a un carro semejante en resplandor al sol infante y rodeado por todas partes de redes de oro bruñido, salió en busca de aquel poderoso mono. Y (aquel guerrero), semejante en poderío a un inmortal, salió subido en aquel carro, obtenido con prolongada ascesis, embellecido con una red de oro resplandeciente, provisto de gallardetes, con un estandarte tachonado de gemas, bien uncido con ocho excelentes corceles de la rapidez del pensamiento, imposible de dominar ni por los celestiales ni por los asuras, competente para recorrer terreno escabroso, del lustre del relámpago, que recorría el cielo, completamente guarnecido, equipado con aljabas, con espadas sujetas a los estandartes en ocho direcciones, con dardos y lanzas dispuestos en sus debidos lugares, espléndido con todo objeto en plena medida, que llevaba hilos de oro, que vestía el brillo del sol y de la luna y poseía el resplandor del sol. Y llenando el firmamento y la tierra con sus montañas de sonidos que procedían de corceles, elefantes y poderosos carros, él, acompañado de sus fuerzas, se presentó ante el capaz mono, que estaba sentado a la puerta. Y llegando ante el mono, Aksha, de mirada de león, con ojos que denotaban consideración, contempló a Hanuman, semejante al Fuego en la ocasión de la disolución universal al final de un yuga, resuelto a destruir a las criaturas, y que estaba sentado e influido a la vez por la sorpresa y la consideración. Y considerando seriamente la impetuosidad del mono de alma elevada, así como su poderío frente a un enemigo, y también su propia fuerza, creció (en fuerza) como el Sol al expirar un Yuga. Y enfureciéndose, (Aksha), permaneciendo sereno en el campo, con el alma concentrada, desafió con tres flechas afiladas a Hanuman, difícil de resistir en el combate y de poderío digno de presenciarse. Y hallando al mono orgulloso e incansable, capaz de vencer a su enemigo y poseedor de elevados ánimos, Aksha tomó su arco y sostuvo sus flechas en las manos. Y vistiendo una coraza de oro, angadas y pendientes, y poseedor de ígneo vigor, se trabó con el mono; y su encuentro fue algo sin par en esta tierra, propio para suscitar el respeto incluso de los celestiales y los asuras. Y al presenciar el poderoso combate del príncipe y del mono, la Tierra profirió gritos, y el Sol no quemaba, y el Viento no soplaba, y las montañas temblaron, y el firmamento resonó, y el océano se agitó. Y aquel héroe, diestro en apuntar, encajar y disparar flechas, disparó a la cabeza del mono tres flechas emplumadas de fina punta, chapadas en oro junto a las plumas y semejantes a serpientes venenosas. Y con sus ojos giratorios bañados en sangre a consecuencia de haberle caído las flechas en la cabeza, Hanuman, semejante a un Sol recién salido que tuviera flechas por rayos, lucía espléndido como el Sol guirnaldado de luz. Y viendo en batalla a aquel hijo del primero de los monarcas, con sus excelentes armas alzadas y su hermoso arco, aquel mejor de los consejeros del señor de los monos se regocijó y, resuelto al encuentro, se agrandó. Y con la ira acrecentada, aquel dotado de energía y poderío, como el (Sol) adornado de rayos en la cresta del Mandara, comenzó a abrasar con los rayos ígneos de sus ojos a Aksha junto con sus fuerzas y vehículos. Y así como una masa de nubes derrama lluvia sobre una colina alta, el rakshasa que derramaba flechas, semejante a las nubes, con el arco por arco iris, disparó flechas contra aquel primero de los monos, semejante a una montaña. Y entonces el mono, de sonidos como los de las nubes, al contemplar en batalla a Aksha, de terrorífico poderío en el combate y fuerte en energía, fuerza y flechas, lanzó gritos por la exaltación de su ánimo. Y como un elefante se acerca a un hoyo profundo cubierto de hierba, (Aksha), por un espíritu de puerilidad, exaltado en el combate por su poderío, con la ira acrecentada y ojos semejantes a la sangre, se acercó al mono en el campo. Y mientras Aksha seguía derramando flechas apresuradamente, aquel que profería rugidos semejantes al retumbar de las nubes, de aspecto terrible a causa de sus brazos y muslos lanzados en derredor, se lanzó al cielo con exuberante energía. Y cuando saltó, aquel fuerte y poderoso, primero de los rakshasas, aquel guerrero de carro y el mejor de los escogidos guerreros de carro, se abalanzó sobre (Hanuman), derramando flechas sobre él, como una nube que derrama granizo sobre una montaña. Y lanzándose en medio de las flechas como el viento y burlándolas así, el heroico mono, de espantoso poderío en el combate y dotado de la velocidad del pensamiento, comenzó a recorrer el camino del aire. Y presenciando con ojos de consideración cómo Aksha, aquel resuelto a la contienda, tomando su arco, cubría el cielo con diversas excelentes flechas, el vástago del dios del Viento se sumió en el pensamiento. Herido en el brazo con flechas por aquel noble príncipe de alma elevada, aquel de brazos poderosos, capaz de apreciar adecuadamente la naturaleza de las acciones, pensó en el poderío de (Aksha) en la batalla: «Este sumamente poderoso, dotado del esplendor del sol infante, hace obras terribles imposibles de hacer para un muchacho; y me repugna matar a uno que se ha mostrado igual a toda hazaña marcial. Este es de alma elevada, poderoso en energía, de yo concentrado y capaz de soportar extremas penalidades en la guerra; sin duda, por virtud de sus acciones, es digno de ser honrado por nagas, yakshas y ascetas. Con su mente fortalecida por el poderío y la esperanza, aquel primero de los héroes me mira a mí, que estoy en primera línea. El poderío de este (guerrero) de mano ligera, a mi parecer, hace temblar incluso los corazones de los celestiales y los asuras. Si lo desatiendo, ciertamente me vencerá, pues su poderío en la batalla crece (deprisa). Por tanto, he de matarlo: no es propio tolerar un fuego que crece». Reflexionando así sobre la fuerza de su enemigo y habiendo decidido su línea de acción, aquel poderoso, dotado de gran fuerza, reunió energía y puso su corazón en matarlo (a su antagonista). Y permaneciendo en el camino que recorre el aire, aquel heroico mono, el vástago del dios del Viento, con sus manotazos mató a sus ocho poderosos y excelentes corceles, capaces de soportar presión y adiestrados en diversos movimientos circulares. Y asaltado con éxito por el consejero de aquel señor de los monos, el carro, con su asiento destrozado, su lanza rota y privado de sus corceles, cayó a tierra desde el cielo. Entonces, abandonando aquel carro, el poderoso guerrero de carro saltó al cielo con su arco y empuñando su sable, y (semejaba) a un asceta de feroz energía, consecuencia de las austeridades, que sube al cielo renunciando a su cuerpo. Entonces el mono, poseedor de la energía y el vigor del Viento, acercándose a él mientras recorría el aire que recorren el rey de las aves, el Viento y los siddhas, lo agarró por fin firmemente de las piernas. Y así como el primero de las aves, Garuda, tomando una poderosa serpiente, la hace girar, aquel primero de los monos, semejante a su padre en poderío, haciendo girar a Aksha en el combate, lo dejó caer violentamente en la tierra. Y con los brazos, los muslos y el pecho aplastados, sangrando (con los huesos y los ojos destrozados, las articulaciones partidas y los tendones rotos), el rakshasa yacía en la tierra, muerto por el vástago del dios del Viento. Y atormentándolo (a Aksha) en la tierra, aquel poderoso mono causó gran espanto al soberano de los rakshasas; y fue contemplado por los Maharshis reunidos y por los que recorren órbitas y por todos los seres con yakshas y pannagas, venidos a verlo. Y muerto el príncipe, aquel mono fue contemplado por los celestiales con Indra, que habían sido presa de extremo asombro. Y habiendo matado en batalla al príncipe Aksha, semejante a un hijo de los celestiales y de ojos rojos como la sangre, el héroe se acercó (de nuevo) a la misma puerta y aguardó allí como Kala, resuelto a destruir a todas las criaturas.

Section 48

Muerto el príncipe Aksha por Hanuman, el monarca de los rakshasas de gran alma, exaltado por la ira, reprimiendo sus sentimientos, ordenó a Indrajit, semejante a un celestial (que saliera al campo contra el enemigo): «Tú eres el primero de los que portan armas; y has afligido incluso a los dioses y a los asuras (en batalla); tus obras han sido presenciadas por los celestiales con Indra; y has obtenido un arma incluso del Gran Padre. Y enfrentándose (en combate) al poder de tus brazos, todos los celestiales con los Maruts, encabezados por el propio señor de los celestiales, no pudieron sostenerse en el campo. Y no hay nadie en estos tres mundos (salvo tú) que no caiga bajo el influjo de la fatiga en la batalla. Y estás preservado por el poderío de tus brazos y protegido también por tu mérito ascético; y siendo diestro en el conocimiento de la estación y el lugar, tú, a mi parecer, eres el primero de todos ellos en inteligencia. Y no hay obra que no puedas llevar a cabo en el campo; y no hay nada en el consejo, alcanzable razonando por las líneas que prescriben las escrituras, a cuya altura no estés; y no hay nadie en todos los tres mundos que no conozca tu fuerza y tu poderío en las armas. Y tu energía ascética es como la mía, así como tu poderío y tu fuerza en las armas en la batalla. Y teniéndote en el combate, mi mente, segura (de la victoria), no experimenta pesar. Muertos han sido todos los servidores, así como Jambumali y aquellos cinco generales, los heroicos hijos de mis consejeros, y las henchidas fuerzas, incluidos corceles, elefantes y carros. Y yace Mahodara, y el príncipe Aksha también ha sido muerto. Oh destructor de enemigos, mi mente no sintió en ellos la misma confianza que siento en ti. Y viendo muerta esta poderosa hueste, así como el poderío y la energía del mono, y tomando en consideración tu propia fuerza, despliega tu energía conforme a tu fuerza. Y al acercarte al escenario (del combate), oh primero de los que portan armas, viendo tu propia fuerza y la del enemigo, esfuérzate de modo que este, que (ahora) descansa tranquilamente por haber causado una carnicería (en las huestes hostiles), se debilite. Oh héroe, el ejército no puede servir de nada aquí; pues las huestes huyen (ante) Hanuman o quedan reducidas a nada. Ni sirve usar armas de terrorífico poder, semejantes al rayo. Nada puede resistir la acometida del vástago del dios del Viento; y este, semejante al fuego, es imposible de matar con armas. Pensando bien (en tu mente en lo que he observado), con vistas al logro del éxito, recuerda con mente atenta la virtud divina de este arco y, dirigiéndote (a la batalla), esfuérzate por vencer al enemigo, burlando sus ataques. Oh primero de los inteligentes, (que te envíe a la batalla) ciertamente no es propio; sin embargo, este proceder lo respaldan los kshatriyas y los que siguen la moral de los reyes. Oh sometedor de enemigos, uno debe ser versado en diversas ramas del saber así como diestro en la guerra. El que ansía la victoria en la lucha debe conocer diversas ramas del conocimiento».

Al oír las palabras de su padre, (Indrajit), dotado de poderío celestial, resuelto a luchar, lo circunvaló al instante. Encendido por el deseo de lucha y exaltado de energía, Indrajit, elogiado por los rakshasas amigos, partió a la batalla. Y aquel sumamente resplandeciente y apuesto hijo del señor de los rakshasas, de ojos amplios semejantes a pétalos de loto, salió como la crecida del océano durante un parva. Entonces Indrajit, de poderío insoportable, igual al señor de los celestiales, subió a un carro tirado por cuatro caballos de dientes afilados y semejantes a Garuda en velocidad. Y aquel maestro del carro y primero de los arqueros, versado en el uso de todas las armas, el mejor de los que usan espadas, avanzó pronto en su carro adonde estaba Hanuman. Y al oír el sonido de su carro y la vibración de su arco, aquel heroico mono alcanzó un exceso de deleite. Y tomando un arco y dardos afilados, Indrajit, versado en las reglas de la guerra, avanzó hacia Hanuman. Y cuando salió a la batalla, sumamente deleitado, con flechas en las manos, todos los cuadrantes se oscurecieron y los chacales comenzaron a lanzar gritos terribles. Y llegaron los Nagas, los Yakshas, los Maharshis, los planetas, y los siddhas, y las aves, cubriendo el firmamento, y, sumamente deleitados, comenzaron a hacer ruido. Y al contemplar aquel carro, de bandera como la de Indra, acercarse muy rápidamente, el mono comenzó a lanzar terribles rugidos y a agrandarse. E Indrajit también, sentado en el carro celestial y con un arco pintado, comenzó a tensarlo, emitiendo un sonido semejante al del trueno. Entonces se trabaron en combate aquellos dos sumamente poderosos (héroes), dotados de movimientos veloces y sin temor en la batalla, el mono y el hijo del señor de los rakshasas, como los señores de los celestiales y de los asuras. Y burlando las flechas de aquel héroe del poderoso carro, consumado arquero y guerrero acabado, el mono de inconmensurable poder, agrandándose, comenzó a recorrer el firmamento. Entonces el heroico (Indrajit), destructor de enemigos, comenzó a disparar incesantemente flechas grandes, agudas, bien emplumadas, pintadas de oro y de curso veloz como el rayo. Y al oír de nuevo el ruido de su carro, los sonidos de tambores, clarines y timbales de guerra y las vibraciones del arco, saltó de nuevo (al cielo). Y burlando la puntería de (Indrajit), que siempre tenía el ojo puesto en él, aquel gran mono recorría el espacio a distancia de aquellas flechas. Y haciendo de nuevo frente a las flechas y extendiendo las manos, el hijo del dios del Viento saltó de nuevo. Y aquellos dos héroes, dotados de movimientos veloces y versados en el arte de la guerra, se entregaron a un combate admirado por todos los seres. Y Hanuman no pudo hallar los defectos del rakshasa, ni aquel de alma elevada pudo descubrir los puntos débiles del hijo del dios del Viento. Y estos dos, dotados de poderío celestial, trabados en combate, se volvieron insoportables el uno para el otro. Y al verlo ileso aunque apuntado con flechas infalibles, el (Indrajit) de alma elevada, controlando sus sentidos, se entregó a una profunda y devota meditación (para comprender la verdadera identidad de Hanuman). Entonces aquel hijo del señor de los rakshasas fijó sus pensamientos en aquel primero de los monos y, hallándolo imposible de matar, comenzó a idear planes para atarlo. Y aquel héroe, primero de los versados en el uso de las armas, disparó contra aquel mejor de los monos la poderosísima arma que le había conferido Brahma, el Gran Padre de los celestiales. Y sabiéndolo imposible de matar, Indrajit, versado en el uso de las armas, ató con aquella arma al hijo de grandes brazos del dios del Viento. Y atado por aquel rakshasa con el arma, el mono quedó inmóvil y cayó a tierra. Y pensando que estaba atado con un arma de Brahma, no sintió el menor dolor a consecuencia de la bendición de Brahma. Y aquel heroico mono comenzó a pensar en los dones que le había conferido el Gran Padre de los celestiales. Y pensando que el arma había sido conferida por el Autocreado y consagrada con sagrados mantras, Hanuman comenzó a pensar en los dones conferidos por el Gran Padre: «A consecuencia del poder del Señor de la creación, soy incapaz de librarme de estas ataduras». (Sabiendo esto por medio de la devota meditación, reflexionó de nuevo): «Esto ha sido ordenado por Él, y he de soportar este dolor por algún tiempo». Pensando bien en el poder del arma, el don del Gran Padre y su propio poderío para librarse de las ataduras, el mono siguió el mandato del Gran Padre: «No temo, aunque atado por esta arma, pues estoy protegido por Brahma, Indra y el dios del Viento. Será mejor que sea llevado por los rakshasas, pues cosecharé un beneficio muy grande con mi conversación con el señor de los rakshasas. Que me lleven, pues, los enemigos». Habiendo resuelto esto, el (mono) considerado, destructor de enemigos, permaneció inmóvil. Y despiadadamente atado por los enemigos y reconvenido por ellos, comenzó a gemir lastimeramente. Y al contemplar inmóvil a aquel destructor de enemigos, los rakshasas lo ataron con algodón y corteza. Y él se dejó gustosamente atar e increpar por sus enemigos, pensando que podría conversar con el señor de los rakshasas si este, por deseo de saber, quería verlo. Atado con corteza, aquel poderoso (mono) quedó libre de la atadura del arma, pues la fuerza de atadura de un arma de Brahma se anula cuando hay cualquier otra atadura. Y al contemplar a aquel mejor de los monos atado con corteza y liberado de la atadura del arma, Indrajit reflexionó que la fuerza de atadura del arma de Brahma quedaba sin poder cuando había cualquier otra atadura: «¡Ay! (Aquellos rakshasas) han hecho infructuosa mi poderosa hazaña. No conocen la acción de los mantras. Y burlada el arma de Brahma, ninguna otra arma puede lograr nada; y así todos nosotros hemos sido puestos en un trance crítico». Liberado del arma, Hanuman no dio señal alguna de su liberación, aunque era arrastrado por los rakshasas y dolorido por las ataduras con que lo habían atado. Y el mono Hanuman fue arrastrado por aquellos crueles rakshasas, de golpes mortales, en dirección al señor de los rakshasas. Y viendo a (Hanuman) libre del arma (de Brahma) pero atado con la corteza de los árboles, él (Indrajit) mostró al sumamente poderoso y heroico mono al rey junto con sus partidarios. Y los rakshasas relataron al soberano de los rakshasas todo lo tocante a aquel primero de los monos escogidos, semejante a un elefante enloquecido, que estaba atado. «¿Quién es? ¿Y de quién es hijo? ¿Y de dónde? ¿Y cuál es su misión? ¿Y quién lo respalda?»: así conversaban los heroicos rakshasas al contemplar a Hanuman. Y otros decían: «Mátenlo», «Quémenlo», «Cómanselo». Los rakshasas, enfureciéndose, se decían así unos a otros. Habiendo recorrido cierto trecho, aquel de gran alma vio allí a antiguos servidores sentados a los pies del señor de los rakshasas, así como una mansión embellecida con incontables joyas. Y el sumamente enérgico Ravana vio a aquel primero de los monos arrastrado de acá para allá por rakshasas de formas espantosas. Y aquel mejor de los monos también vio a aquel señor de los rakshasas, dotado de fuerza y energía y semejante al resplandeciente sol. Y con sus ojos enrojecidos girando, el de diez cuellos, mirando a aquel mono, ordenó a sus principales consejeros, que se jactaban de alto linaje y noble carácter (que interrogaran al recién llegado). E interrogado por turnos por ellos sobre su misión y propósito, así como sobre el motivo fundamental (de su incursión), aquel primero de los monos respondió: «Mensajero soy; vengo (de parte de Sugriva)».

Section 49

Y asombrado por su hazaña, aquel de espantoso vigor, Hanuman, con los ojos enrojecidos de ira, miró fijamente al señor de los rakshasas: llameante de vistoso y precioso oro, con una espléndida diadema tachonada de perlas; (adornado) con excelentes adornos que contenían diamantes y gemas costosas, que parecían haber sido forjados por la mente; vestido de lino costoso; untado de pasta de sándalo rojo y bellamente pintado con diversos y variados dibujos; de espléndido aspecto con sus ojos vistosos aunque terribles; de dientes relucientes, afilados y largos, con labios colgantes; y aquel héroe (vio) a aquel de gran energía, radiante con diez cabezas, como el Mandara con sus cumbres que contienen serpientes; semejante a una masa de colirio azul; con el pecho engalanado con una cadena; con el rostro poseedor del lustre de la luna; semejante a una nube junto al Sol recién salido; con sus espantosos brazos ceñidos de keyuras, engalanados con excelente pasta de sándalo, brillantes de angadas y semejantes a serpientes de cinco cabezas; sentado en un soberbio asiento, sobre una amplia, variegada y alegre sábana embellecida con cristales y tachonada de gemas; atendido por todos lados por doncellas vistosamente adornadas que llevaban abanicos provistos de pelo; el exaltado por su fuerza, rodeado de cuatro rakshasas, sus consejeros versados en el misterio del consejo, a saber, Durdhara, Prahasta, el rakshasa Mahaparsva y el ministro Nikumbha, como el mundo entero ceñido por los cuatro mares, y alentado por otros consejeros, bellos de forma y versados en el consejo, así como el soberano de los celestiales por los celestiales. Y Hanuman contempló al señor de los rakshasas, de inmensa energía, rodeado (por todos lados por sus consejeros), como una nube cargada de agua en una cumbre del Meru. Y sufriendo extremos trabajos a manos de los rakshasas de espantoso poderío, (Hanuman), presa de un poderoso asombro, contempló al señor de los rakshasas. Y al ver al soberano de los rakshasas, de espléndido aspecto, Hanuman, desconcertado por su resplandor, reflexionó mentalmente: «¡Ah, la forma! ¡Ah, la paciencia! ¡Ah, la fuerza! ¡Ah, el esplendor! ¡Ah, la entera auspiciosidad del rey de los rakshasas! Si el señor de los rakshasas no fuera impío hasta lo sumo, este bien podría ser el protector mismo de las regiones celestiales con Sakra. Pero a consecuencia de los actos crueles y despiadados de este, que son la aversión de todos, todos los mundos, con dioses y demonios, lo temen. Este, airado, se atreve a convertir esta tierra en un océano entero». Al contemplar la potencia del rey rakshasa de inconmensurable poderío, el inteligente mono dio así cabida a una variedad de pensamientos.

Section 50

Al ver ante sí al de ojos leonados, Ravana, de brazos poderosos, espanto (de los mundos), quedó abrumado de feroz ira. Y mirando a aquel primero de los monos ceñido de poder, con el alma atormentada por la aprensión, (pensó): «¿Es este el venerable Nandi, venido aquí en persona, por quien yo, por haberme burlado de él, fui antaño maldecido en el Kailasa? ¿O es este, que lleva la forma de un mono, el hijo de Vali, Vana?». Y con los ojos cobrizos de rabia, el rey preguntó a su primer consejero, Prahasta, con palabras cargadas de sentido y adecuadas a la ocasión: «Pregunta a este de mente malvada de dónde es. ¿Y qué lo llevó a arrasar el soto, y cuál era su objeto al intimidar a los rakshasas? ¿Y cuál ha sido su propósito al entrar en mi metrópoli, imposible de someter, y por qué luchó también (con mis servidores)? Pregunta al de mente malvada acerca de esto». Al oír el discurso de Ravana, Prahasta dijo: «¡Cobra ánimo! ¡Que la fortuna te sea propicia! No necesitas alarmarte, oh mono. Si has sido enviado a la residencia de Ravana por Indra, dinos sinceramente todo. Que no sea tuyo ningún temor, oh mono. Serás liberado. Si perteneces a Vaisravana, o a Yama, o a Varuna, y has entrado en esta ciudad nuestra disfrazando (tu forma propia), o si has sido despachado por Vishnu, ardiente por la victoria, (dinos esto sinceramente). Tu poderío no es ciertamente el de un mono; solo tu forma es la de un mono. Revela esto (a nosotros) fielmente, oh mono, y recobrarás tu libertad. Pero si dijeras algo falso, tu vida lo pagará caro. O dinos por qué has entrado en la mansión de Ravana». Así interpelado entonces, aquel primero de los monos dijo al señor de los rakshasas: «No soy de Sakra, ni de Yama, ni de Varuna. No tengo amistad con Dhanada, ni he sido despachado por Vishnu. Esta es mi raza; y he venido aquí, un mono, para obtener la vista del jefe de los rakshasas. Y es para alcanzar la vista del señor de los rakshasas que he destruido su soto sin par; y es por esto que, buscando lucha los poderosos rakshasas, yo, para la preservación de mi persona, los he resistido en combate. Soy incapaz de ser muerto con armas incluso por los propios celestiales y asuras. Este don lo he recibido también del Gran Padre. Es porque deseaba ver al rey que he permitido que esta arma me sujetara. Aunque los rakshasas me han traído (aquí así), estoy libre de toda arma (que me sujete). Vengo ante usted por cierto asunto de Rama. Sabiéndome mensajero de Raghava, dotado de inconmensurable poderío, escuche, oh señor, mis palabras, propias para procurar su provecho».

Section 51

Al ver al de diez cuellos, de poderosa energía, aquel primero de los monos, dotado de fuerza, le dirigió con calma palabras llenas de sentido: «He venido ante usted por orden de Sugriva, oh señor de los rakshasas. Su hermano, el rey de los monos, pregunta por su bienestar. Escuche el deseo de su hermano, el de alma elevada Sugriva, y sus palabras cargadas de recto sentido y capaces de procurar el bien de uno aquí y en el más allá. El rey Dasaratha, señor de carros, elefantes y corceles, es amigo de todos, como un padre, y está dotado del esplendor del soberano de los celestiales. Su hijo mayor, de brazos poderosos y señorial, el predilecto (de su padre), ha entrado, conforme a la orden de su padre, en el bosque de Dandaka con su hermano Lakshmana y su esposa Sita. Su nombre es Rama, y es sumamente enérgico y permanece siempre en la senda de la virtud. Su esposa, la célebre Sita, hija de Videha, el rey Janaka de alma elevada, o murió o fue raptada en Janasthana. Buscando a aquella excelsa dama, el hijo del rey, acompañado de su hermano menor, llegando al Rishyamuka, se encontró con Sugriva. Y Sugriva prometió que emprendería la búsqueda de Sita, y Rama (por su parte prometió) que conferiría a Sugriva el reino de los monos. Y entonces, matando a Vali en batalla, el hijo del rey estableció a Sugriva como señor de los monos. Usted conoció antaño a aquel primero de los monos, Vali. Aquel mono fue muerto en batalla por él (Rama) con una sola flecha. Y entonces el señor de los monos, Sugriva, fiel a su voto, ansioso por buscar a Sita, despachó monos en todas direcciones. Y millares y centenares y niyutas de monos están explorando todos los lados, abajo y arriba en el cielo. Y unos son como la prole de Vinata, y otros como el Viento; su curso no puede ser resistido; y aquellos heroicos monos están dotados de fuerza y celeridad. Yo, Hanuman de nombre, soy el hijo del dios del Viento. Por Sita, yo, deseoso de verla, he venido aquí saltando sobre el piélago, que mide cien yojanas completos. Y mientras vagaba, llegué a ver a la hija de Janaka en su casa. Usted conoce la rectitud y el interés, y ha alcanzado la prosperidad por su ascetismo. Por tanto, oh eminentemente sabio, no debe usted retener a la esposa de otro. Las acciones opuestas a la rectitud, que acarrean incontables males y causan exterminio, mal sientan a personas de su clase. ¿Quién hay, aun entre los celestiales y los asuras, capaz de sostenerse ante las flechas disparadas con ira por Lakshmana y Rama? No hay nadie, oh rey, en los tres mundos, capaz de alcanzar sosiego después de infligir daño a Raghava. Siguiendo la senda de la virtud y el provecho, preste oído a mi discurso, cargado de bien para los tres tiempos; y devuelva a Janaki a aquel primero de los hombres. He visto a esta excelsa dama, cosa que era difícil de lograr. En cuanto a lo que queda por hacer, Rama mismo lo llevará a cabo. He contemplado a aquella Sita abrumada de pena, a quien, aunque semejante a una serpiente de cinco capuchas en su mansión, usted no conoce. Y así como el alimento bien mezclado con veneno, una vez tomado, no puede ser digerido, esta no puede ser sometida ni siquiera por los celestiales y los asuras. No es propio destruir el mérito religioso cosechado sufriendo extrema mortificación, así como la prolongación de la vida (alcanzada por los mismos medios). Usted se tiene, en virtud de su ascetismo, por imposible de destruir por los celestiales y los asuras; y en esto su gran mérito (inherente a sus austeridades) es la causa. Pero Sugriva no es un dios, ni un yaksha, ni un rakshasa. Raghava, oh rey, es un mortal, y Sugriva es el señor de los monos. ¿Cómo podrá usted, oh rey, salvar su vida de ellos? Aquel que, confiando en su fuerza, se entrega a procederes viles no puede contar con sus actos rectos, sino que lo siguen sus actos malvados. La virtud destruye el vicio, (pero un vicio como el suyo destruye toda virtud). Usted, sin duda, ha obtenido el fruto de su rectitud, y el fruto también de esta iniquidad lo cosechará sin demora. Y tomando a pecho la matanza de Janasthana y la muerte de Vali, así como la amistad de Rama con Sugriva, comprenda usted su propio bien. Yo, solo como soy, puedo a mi voluntad destruir Lanka con sus corceles, elefantes y carros; pero aquel cuyo enviado soy no ha decidido aún sobre este punto. Rama, en presencia de los de ojos leonados, ha prometido en verdad la aniquilación del enemigo por quien Sita ha sido duramente oprimida. Ni el propio Purandara, si agravia a Rama, puede escapar impune; ¿qué diré de personas como usted? A esa que usted conoce como Sita, que mora en su morada, conózcala como la Noche Fatal que traerá la destrucción sobre toda Lanka. Por tanto, ¡guárdese de echarse usted mismo al cuello el lazo fatal en forma de Sita! Mire más bien por su bienestar. Verá esta ciudad, coronada de edificios y tiendas, en llamas alimentadas por la ira de Rama y consumida por la energía de Sita. No lleve a la destrucción a sus amigos y ministros, y parientes, y hermanos e hijos, y todo su bienestar, sus goces y esposas y esta Lanka. Oh soberano de los rakshasas, escuche fielmente estas palabras mías, de un mono, siervo y enviado de Rama. Aboliendo todos los mundos con sus criaturas, objetos móviles e inmóviles, el ilustre Rama es capaz de crearlos de nuevo. Ni entre los celestiales ni entre los asuras, yakshas, rakshasas, ni serpientes, vidyadharas, nagas, gandharvas ni bestias, siddhas, los primeros de los kinnaras, ni todas las aves, en ninguna parte entre clase alguna de seres en todo tiempo respira quien pueda medirse con Rama, igual al propio Vishnu en poderío. Habiendo hecho tal agravio al primero de todos los seres, a aquel león de monarca, Rama, su vida está en grave peligro. Ni las deidades ni los daityas, ni los primeros de los vagabundos de la noche, ni los gandharvas y vidyadharas, ni los nagas, ni los yakshas, pueden sostenerse en combate contra Rama, guía de estos tres mundos. Y ni Brahma, el autocreado, de cuatro rostros, ni Rudra de tres ojos, destructor de Tripura, ni el augusto Indra, generalísimo de los celestiales, pueden sostenerse en combate ante Rama». Al oír el discurso desagradable pero excelente del audaz y sin par mono, el de diez cuellos, con los ojos girando de ira, ordenó la muerte de aquel poderoso mono.

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Al oír las palabras del mono de alma elevada, Ravana, privado de sus sentidos por la ira, ordenó que se le diera muerte. Respecto a la muerte de aquel que había proclamado su propia condición de enviado, ordenada por el malvado Ravana, Vibhishana no estuvo de acuerdo (con la decisión). Y sabiendo que el señor de los rakshasas estaba airado y que aquel asunto era inminente, Vibhishana, resuelto a obrar conforme a la justicia, comenzó a reflexionar sobre qué debía hacerse. Habiendo llegado a una decisión, aquel diestro en el hablar, rindiendo homenaje a aquel conquistador de enemigos, su hermano mayor, le habló con palabras eminentemente buenas: «Oh señor de los rakshasas, perdóneme y renuncie a su ira. Concédame su favor y escuche estas palabras mías. Los señores de la tierra dotados de integridad, que conocen lo alto y lo bajo, nunca dan muerte a los mensajeros. Quitar la vida al mono, oh rey, es contrario a la moral y repugnante al uso social; y es también indigno de usted. Usted entiende la moral, es agradecido y versado en la moral de los soberanos, y sabe distinguir entre lo alto y lo bajo entre los seres, y conoce incluso el sentido primordial de las cosas. Si personas de discernimiento como usted caen bajo el gobierno de la pasión, mero esfuerzo inútil son las fatigas que se sufren para dominar las escrituras. Por tanto, oh destructor de enemigos, aplaque su ánimo. Oh señor de los rakshasas, difícil de abordar, considere qué es propio o no, y entonces imponga castigo al enviado». Al oír el discurso de Vibhishana, Ravana, señor de los rakshasas, vencido por una poderosa ira, respondió: «Oh destructor de enemigos, matar al pecador no causa pecado. Por tanto mataré a este mono, obrador de iniquidad». Al oír estas palabras fundadas en la injusticia, malas en todo sentido y dignas de los viles, aquel primero de los inteligentes, Vibhishana, dijo palabras de suprema importancia: «Oh señor de Lanka, sea propicio. Oh soberano de los rakshasas, escuche un discurso que contiene el significado de la virtud y el provecho. Oh rey, un enviado no ha de ser muerto cuando desempeña sus funciones propias. Esto lo dicen los justos en todas partes a todos. Ciertamente este es un enemigo crecido; y ha perpetrado un daño inmenso (contra nosotros). Pero, dicen los buenos, los enviados no han de ser muertos, aunque muchos son los castigos que se han asignado a los mensajeros. La desfiguración del cuerpo, los azotes, el rapado de la cabeza, uno de estos o todos combinados, son, se dice, los castigos que deben infligirse a los enviados. Pero no he oído que el castigo de muerte sea pena del enviado. ¿Por qué uno como usted, que tiene la inteligencia amansada respecto de la rectitud y el provecho, y es capaz de proceder con decisiones ciertas sobre los méritos o deméritos de las cosas, cae bajo el dominio de la pasión? Los que poseen poder nunca ceden a la ira. Ni en la discusión religiosa, ni en los asuntos sociales, ni en la apropiación del recto sentido de las escrituras, hay nadie que pueda acercársele, oh héroe. En verdad usted es el primero entre los celestiales y los asuras. Invencible para los propios dioses y asuras dotados de poderío, gran ánimo e inteligencia, ha puesto usted en fuga muchas veces en batalla a los jefes de los celestiales y a los monarcas. Aquellos héroes que hasta ahora han abrigado mentalmente enemistad contra uno como usted, enemigo de deidades y daityas, heroicos, valientes e invencibles, no han sido privados por usted de sus vidas. Ni veo bien alguno que probablemente pueda resultarnos de la muerte de este mono. Que su venganza caiga sobre los que han despachado al mono. Honrado o no, este ha sido comisionado por otros. Abogando por un interés que no es el suyo e identificándose con otro, un enviado no merece que se le dé muerte. Oh rey, si este es muerto, ningún otro que recorre el cielo se nos mostraría. Por tanto, oh tomador de capitales hostiles, no busque matar a este. Debería usted emplearse contra los celestiales con Indra (a la cabeza). Muerto él, no veo a otro que, oh usted que ama la guerra, pueda mover a aquellos altivos hijos de un rey a tomar las armas contra usted. Y, oh portador de alegría al corazón, no es propio de usted, invencible para los celestiales y asuras dotados de poderío, gran ánimo e inteligencia, defraudar a los nairritas (en su ansia de encuentro). Ellos están consagrados a su bien, y son heroicos y atentos a su bienestar, nacidos en linajes de altas y ardientes virtudes, y dotados de inteligencia, la flor de los que portan armas, y han sido mantenidos por usted. Por tanto, que una parte de las fuerzas, habiendo recibido su orden, marche hoy y traiga (aquí) a aquellos necios príncipes. Conviene que muestre usted su poderío ante los enemigos». Entonces el señor de los vagabundos de la noche, aquel potente enemigo de los celestiales y primero de los monarcas rakshasas, dando libre curso a su intelecto, aceptó las excelentes palabras de su hermano menor.

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Al oír aquellas palabras suyas, el de diez cuellos, de alma elevada, dirigió a su hermano un discurso acorde con la ocasión y el lugar: «Bien has hablado; matar a un mensajero es impropio. Pero que sea castigado con cualquier escarmiento salvo la muerte. Ciertamente la cola es un ornamento predilecto para un mono. Por tanto, que se le prenda fuego a la cola enseguida; y una vez consumida esta, que se vaya. Entonces sus mejores amigos, parientes y conocidos lo verán abatido, con su persona deformada». Y el señor de los rakshasas ordenó: «Con la cola en llamas, que lleven a este por toda Lanka, la de las terrazas». Al oír sus palabras, los rakshasas, crueles por la ira, cubren su cola (la de Hanuman) con viejos trozos de tela de algodón. Entonces, así como el fuego en un bosque crece al hallar leña seca, el poderoso mono creció en dimensiones al serle envuelta la cola. Y habiendo empapado (la tela) en aceite, le prendieron fuego. Entonces, con el alma dominada por la rabia y el odio, y el semblante como el sol naciente, los azotó con su cola llameante. Y aquellos vagabundos de la noche, aquellos rakshasas, viejos y jóvenes y mujeres, volviendo a apresar a aquel primero de los monos, se alegraron sobremanera. Y aquel héroe (estando atado) concibió un propósito acorde con la ocasión: «Aunque esté atado, los rakshasas no pueden en verdad medirse conmigo. Rompiendo estas ataduras, saltando hacia arriba, volveré a matar a estos. Aunque, conforme al mandato de su amo, estos de mente malvada me han atado, no han podido ajustar cuentas conmigo. Puedo matar a todos estos rakshasas en batalla; pero soporto este (maltrato) para no estropear el (puro deleite) que Rama obtendrá de mi hazaña. Recorreré una vez más Lanka. Sea así. De noche no pude examinar satisfactoriamente las fortificaciones. Ciertamente he de contemplar Lanka cuando la noche haya partido. Que me aten de nuevo. Los rakshasas me causan dolor prendiendo fuego a mi cola; pero mi mente no se fatiga». Entonces los rakshasas, regocijándose grandemente, se marcharon llevando a aquel poderoso mono dotado de fuerza, un elefante (en poderío) entre los monos. Y tocando caracolas y trompetas, y pregonándolo con diversas acciones, aquellos rakshasas de crueles hechos llevaron a (Hanuman) por la ciudad (de Lanka). Y conducido por aquellos rakshasas, aquel sometedor de enemigos, Hanuman, sintió deleite, y recorriendo la poderosa metrópoli de los rakshasas, el temible mono examinó carros variegados, patios cercados, terrazas bien ordenadas, calles atestadas de edificios, encrucijadas, callejuelas y los interiores de las viviendas. Y en las terrazas y en las calzadas los rakshasas pregonan al mono, diciendo: «Este es un espía». Estando en llamas la cola de Hanuman, rakshasis de ojos espantosos comunicaron a aquella excelsa dama la noticia de esta gran desgracia: «Oh Sita, el mono de cara cobriza con quien habías conversado es llevado de un lado a otro con la cola en llamas». Al oír estas crueles palabras, semejantes a la pérdida de la vida, Vaidehi, ardiendo de pena, se acercó al Fuego. Y deseando el bienestar del poderoso mono, aquella dama de grandes ojos, con mente atenta, comenzó a rogar a aquel portador de las ofrendas sacrificiales: «Si he servido a mi señor, si tengo virtud, si tengo mérito ascético, si he sido esposa de uno solo, muéstrate entonces fresco para Hanuman». Entonces, como si comunicara el bienestar del mono a aquella de ojos como los de un cervatillo, el Fuego llameó, y el padre de Hanuman, aunque acompañado de fuego y de una cola, sopló helado ante aquella venerable, infundiendo salud (a Hanuman). Llameándole la cola, el mono reflexionó: «Este fuego está llameando. ¿Por qué entonces no me quema entero? Lo veo de excesivo brillo, y sin embargo no me causa dolor. (Al contrario), en la punta de mi cola parece una masa de hielo. O esto se debe claramente al poder de Rama, como el prodigio (que presencié) mientras saltaba sobre el piélago: la montaña bajo el señor de las corrientes. Si el Océano y el inteligente Mainaka pudieron mostrar tal consideración por Rama, ¿qué no hará el Fuego (por él)? El fuego no me quema por la (absoluta) bondad de Sita, por el poderío de Raghava y por (su) amistad con mi padre». Entonces el mono elefantino reflexionó de nuevo un rato: «¿Por qué uno como yo había de dejarse atar por viles rakshasas? Por tanto, conviene que, mostrando mi poderío, vengue (este agravio)». Entonces aquel impetuoso y poderoso mono rompió sus ataduras y, saltando furiosamente al cielo, el terrible mono lanzó un grito. Y luego el garboso hijo del dios del Viento llegó a la puerta de la ciudad, semejante a un monte, donde no había rakshasas. Y tras haber alcanzado la magnitud de una montaña, al punto aquel dueño de sí mismo se empequeñeció y se despojó de sus ataduras. Y habiéndose liberado, el garboso volvió a hacerse como una montaña; y mirando alrededor, vio una tranca apoyada contra la puerta. Y aquel de brazos poderosos, el hijo del dios del Viento, tomando aquella tranca de hierro bruñido, mató de nuevo a los guardias. Y habiendo matado a los centinelas, aquel de terrible poderío, coronado de una guirnalda luminosa forjada de su cola llameante, y semejante al sol enguirnaldado de gloria, volvió una vez más los ojos sobre Lanka.

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Echando los ojos sobre Lanka, el mono, alcanzado su deseo, agrandando su persona y rebosante de ánimo, consideró cómo dar el golpe de gracia a sus esfuerzos: «¿Qué me queda por hacer aquí ahora para acabar este asunto, que pueda afligirlos más? He arrasado el bosque, he matado a los rakshasas escogidos y he destruido por la fuerza una parte del ejército. Ahora queda demoler las fortificaciones. Destruidas las fortificaciones, mi obra verá sus fatigas coronadas de alegría. Sufriendo un leve trabajo en este asunto, veré mis penas provistas de fruto. A aquel portador de las ofrendas sacrificiales que llamea en mi cola, es mi deber propiciarlo con estos excelentes edificios». Entonces aquel poderoso mono, con la cola encendida y semejante a una nube (luminosa) con relámpagos, comenzó a recorrer el frente de las viviendas de Lanka. Y aquel mono de mente tranquila, mirando (alrededor), recorrió una casa tras otra, y jardines y majestuosos edificios. Y aquel dotado de excesivo ímpetu, semejante en fuerza al Viento, saltando, prendió fuego a la morada de Prahasta. Luego Hanuman, dotado de poderío, saltando, prendió a la mansión de Mahaparsva un fuego semejante al de la disolución universal. Y (luego) el poderoso mono, lanzándose, prendió fuego a la de Vajradanshtra; y (luego) aquel sumamente enérgico prendió fuego a la de Suka y a la del inteligente Sarana. Y el caudillo de las bandas de monos quemó del mismo modo la mansión de Indrajit; y luego quemó las moradas de Sumali y Jambumali; y la mansión de Rasmiketu y la de Suryasatru, y la de Hrasvakarna, y la del rakshasa Romasa; y las casas de Yuddhonmatta, y de Matta, y del rakshasa Dhvajagriva, y del tranquilo Vidyujjihva, y de Hastimukha; y de Karala, y de Visala, y de Sonitaksha; y la mansión de Kumbhakarna, y la de Nikumbha, y la residencia de Yajnasatru y la de Brahmasatru. Y dejando a salvo la morada de Vibhishana, aquel sumamente enérgico, primero de los monos, quemó poco a poco (todas las casas de allí). Y en aquellas costosas mansiones y moradas, aquel famoso, primero de los monos, quemó toda la riqueza de aquellas personas opulentas. Habiendo pasado las moradas de todos, aquel poderoso y auspicioso se acercó a la residencia del señor de los rakshasas, Ravana. Y en aquella primera de las mansiones, adornada con diversas gemas, semejante al Meru o al Mandara, engalanada con diversas cosas auspiciosas, prendió en ella el fuego que llameaba en la punta de su cola. Y el heroico Hanuman ruge, semejante a una nube (que aparece) al fin de un Yuga. Y ayudado por el viento, aquel poderosísimo e impetuoso (Fuego) llameó, como el fuego en la ruina de todo, y el fuego cobró energía. Y esparciendo el viento el fuego llameante por todas aquellas moradas, aquellas mansiones provistas de redes de oro, que contenían perlas y gemas, enjoyadas y magníficas, quedaron despojadas de su esplendor. Y los edificios agrietados comenzaron a desplomarse en tierra, como las mansiones de los siddhas que caen del firmamento al agotarse su rectitud. Y se levantó un poderoso alboroto de aquellos rakshasas cuando, privados de su buena fortuna, desesperando de preservar sus moradas, corrían en todas direcciones: «En verdad es el Fuego mismo quien ha venido aquí en forma de mono». Y mujeres que gritaban con niños de pecho se arrojaron de repente (al fuego). Y algunas bellas de cabello desgreñado, rodeadas por todos lados de fuego, al caer de las moradas, parecían hermosas como relámpagos del firmamento. Y él (Hanuman) vio diversas clases de metales, mezclados con diamantes, y coral, y lapislázulis, y perlas y plata, corriendo en arroyos desde las mansiones. Y así como el Fuego no se harta de leña y paja, Hanuman nunca sintió en absoluto saciedad de matar a aquellos primeros de los rakshasas. Y la Tierra no podía contener a los rakshasas muertos por Hanuman. Y así como Rudra había quemado Tripura, el impetuoso mono de alma elevada, Hanuman, quemó Lanka. Y elevándose hasta la cima del monte de Lanka, el fuego de terrible energía encendido por el impetuoso Hanuman extendió ampliamente sus lenguas. Y ayudado por el Viento, el Fuego sin humo en las moradas, con sus llamas alimentándose de los cuerpos de los rakshasas, que hacían de ofrendas sacrificiales, extendió su magnitud tocando el horizonte, semejante a la conflagración encendida en la disolución universal. Y poseyendo la feroz energía de un koti de soles, el poderoso Fuego, rodeando por completo a Lanka entera, creció (en volumen), hendiendo el Huevo mundano con diversos sonidos semejantes a truenos. Y el Fuego de terrible poder, con sus llamas semejantes a flores de Kinsuka, elevándose hasta el cielo, y las nubes causadas por masas de humo que se alzaban del fuego extinguido, de color semejante a lotos azules, parecían sumamente hermosos. «O bien es Indra el Grande, portador del rayo, jefe de los celestiales, o Yama mismo, o Varuna, o el dios del Viento, o el Fuego engendrado por el tercer ojo de Rudra, o el Sol, o Dhanada, o Soma. Este no es un mono; este es en verdad Kala mismo. ¿O es este el Fuego aniquilador de rakshasas de Brahma mismo, el Gran Padre de todos, el Dispensador de cuatro rostros de los destinos del mundo, venido aquí con la forma de un mono? ¿O es esta la Energía de Vishnu, inconcebible, inefable, infinita y única, y de poder insuperable, venida ahora aquí en su propia naturaleza ilusoria, asumiendo forma de mono?». Al ver aquella ciudad súbitamente consumida, con sus almas, moradas y árboles, los rakshasas de nota, reunidos, conversaban así unos con otros. Y entonces Lanka, súbitamente consumida con rakshasas, caballos, carros, serpientes, bandadas de aves, bestias y árboles, comenzó a lamentarse tumultuosamente y en alta voz con aspecto desamparado: «¡Oh padre! ¡Oh hijo! ¡Oh amor! ¡Oh amigo! ¡Oh señor de mi vida y de mi cuerpo! Todo nuestro mérito religioso ha sido abolido». Entregándose a diversas lamentaciones, los rakshasas crearon así un poderoso y espantoso alboroto. Y con las llamas rodeándola, y sus primeros héroes caídos, y sus guerreros destruidos, Lanka, vencida por el poder de la ira de Hanuman, quedó como si hubiera sido marchitada por una imprecación. Entonces Hanuman, de poderosa mente, contempló a los rakshasas aterrados, trémulos y abatidos, y a Lanka marcada por el fuego y por llamas brillantes, así como el Autonacido contempla el mundo destruido por su furia. Y devastando el bosque lleno de muchos árboles excelentes, matando en combate a muchos terribles rakshasas y quemando la ciudad de Lanka, llena de pintorescas casas, el mono Hanuman, hijo del dios del Viento, se detuvo allí. Y destruyendo a muchos rakshasas, derribando muchos árboles en el bosque y prendiendo fuego a las casas de los rakshasas, el (mono) de alma elevada se entregó a pensamientos tocantes a Rama. Entonces todos los celestiales alabaron grandemente al de alma elevada, excelente y poderoso hijo del dios del Viento, primero de los heroicos monos, dotado de la velocidad del Viento. Y todos los celestiales, los primeros de los ascetas, los Gandharvas, los Vidyadharas, los Pannagas y todos los demás grandes héroes alcanzaron un exceso de deleite. Y habiendo devastado el bosque, matado a los rakshasas en combate y quemado la gran ciudad de Lanka, el gran mono apareció allí. Y sentado en la cumbre variegada de una espléndida y alta mansión, el primero de los monos, esparciendo los rayos de su cola ardiente, parecía el sol de muchos rayos. Y habiendo consumido la ciudad de Lanka, el gran mono apagó el fuego de su cola en el océano. Entonces, al contemplar Lanka reducida a cenizas, los celestiales junto con los gandharvas, los siddhas y los grandes ascetas quedaron presa del asombro.

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Al contemplar Lanka reducida a cenizas y devastada, y a los demonios aterrados, el mono Hanuman comenzó a reflexionar. Y agitado por el temor y el remordimiento, reflexionó: «¡Qué poderosa iniquidad he perpetrado quemando Lanka por mi propia voluntad! Dichosos aquellos de alma elevada que dominan su ira a fuerza de su propio buen juicio, como el fuego apagado por el agua. ¿Qué iniquidad hay que no pueda ser perpetrada por el airado? Pueden incluso matar al venerable y vilipendiar al piadoso con ásperas palabras. El airado no puede decidir qué debe decirse y qué no. No hay vicio que no pueda ser cometido por ellos, y no hay nada que no pueda ser dicho por ellos. Es persona cabal aquel que puede someter su ira naciente por medio del perdón, como la serpiente deja su piel gastada. ¡Ay, qué desgracia la mía, que soy de mente viciosa, desvergonzado y perpetrador de una poderosa iniquidad! Sin pensar en Sita, he matado a mi señor con el fuego. En verdad la venerable Janaki ha sido quemada, puesto que toda la ciudad de Lanka ha sido devastada por el fuego. Y quemada ella, he echado a perder neciamente la obra de mi señor. He frustrado el gran objeto por el que tanto he trabajado. Al quemar Lanka, no he salvado a Sita. Haber quemado Lanka es sin duda una nimiedad, pero en mi ira he perdido mi gran objeto. En verdad Janaki ha sido consumida, puesto que no veo lugar en Lanka que no haya sido asolado por el fuego; de hecho la ciudad entera ha quedado reducida a cenizas. Puesto que he cometido tal daño bajo el influjo de mi entendimiento perverso, me corresponde renunciar aquí a mi vida. Saltaré a esta llama o a un fuego submarino, o entregaré mi cuerpo mortal a los animales que infestan el océano. Pues, vivo, no podré mirar a la cara a aquel señor de los monos, ¿y cómo me mostraré, habiendo echado a perder por completo su obra, ante aquellos primeros de los hombres? He dado, por mi culpable pasión, un ejemplo de la temeraria naturaleza de los monos, bien conocida en los tres mundos. ¡Maldición sobre esta actividad nacida de (la cualidad de) la pasión, que es fuente de incompetencia y temeridad!, puesto que, aun siendo capaz, no protegí a Sita. Habiendo hallado Sita la destrucción, ambos dejarán de existir; y dejando ellos de existir, Sugriva morirá junto con sus amigos. ¿Y al oír estas nuevas, cómo vivirán el justo Bharata, apegado a su hermano (Rama), y Satrughna? Y extinguida la virtuosa estirpe de Ikshvaku, sin duda todos los súbditos quedarán abrumados de pena. Por tanto, a mí, de suerte maldita, se me ha arrebatado la cosecha de virtud y provecho; y estando bajo el influjo de la funesta pasión, soy la causa de la destrucción de las criaturas». Mientras reflexionaba así, se acordó de los presagios auspiciosos que había presenciado antes: «O puede que aquella de miembros encantadores haya sido preservada por su propia energía. La bendita puede no haber hallado su fin, pues el fuego no quema al fuego. Y el Fuego no debería tocar a la esposa de aquel virtuoso de inconmensurable energía, que está protegida por su propia virtud. Y que aquel portador de las ofrendas sacrificiales no me haya quemado se debe al poder de Rama y a la virtud de Vaidehi. ¿Y por qué había de hallar la destrucción la que es una verdadera diosa para los tres hermanos, Bharata y los demás, y la que ha encantado la mente de Rama? ¿Y cuando aquel Señor por doquier inagotable, cuyo oficio es quemar, no ha consumido mi cola, por qué había de quemar a la excelsa dama?». Entonces Hanuman, con asombro, pensó de nuevo en la visión de la montaña dorada bajo el agua: «En virtud de su ascetismo, su veracidad y su devoción a su señor, es ella quien puede consumir al Fuego, pero el Fuego no puede quemarla». Y mientras Hanuman pensaba en la magnitud del mérito religioso de aquella venerable dama, oyó allí la conversación de los charanas de alma elevada: «¡Ah! Ardua es la hazaña que Hanuman ha logrado en verdad. Ha creado una terrible y feroz conflagración en la morada del rakshasa. Las mujeres de los rakshasas, acompañadas de niños y ancianos, huyen a toda prisa; y a consecuencia del alboroto parece como si (Lanka) se lamentara por sus cavernas montañosas. Quemada está esta ciudad de Lanka con sus torreones, murallas y puertas; y nos asombra que Janaki no haya sido quemada». Estas palabras semejantes a la ambrosía oyó Hanuman (en aquel momento); y su mente se llenó de alegría. Y en parte por los presagios auspiciosos que había presenciado, y en parte por el discurso de los santos, Hanuman quedó deleitado (sin medida). Entonces el mono, alcanzado su fin, sabiendo que la hija del rey estaba ilesa, se dispuso a regresar tras verla una vez más.

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Entonces, viendo a Janaki sentada al pie del árbol Simsapa, (Hanuman), saludándola, dijo: «Por fortuna la veo a usted ilesa». Entonces, mirándolo una y otra vez cuando estaba a punto de partir, Sita dijo a Hanuman con palabras impregnadas de afecto por su esposo: «Si te place, hijo mío, quédate, oh sin mancha, hoy aquí en algún lugar retirado. Mañana, habiéndote repuesto, partirás. Tu cercanía, oh mono, me distrae por un rato, a mí de escasa suerte, de mi inconmensurable pena. Te irás, oh poderoso mono; pero antes de que vuelvas, es dudoso, oh primero de los monos, que yo viva. Y, oh héroe, el no verte me probará duramente a mí, que he caído de una desgracia en otra mayor y que, con la mente trastornada, he sido atormentada por el dolor. Y, oh héroe, esta poderosa duda está (siempre) presente ante mí. ¿Cómo aquel sumamente poderoso, o aquella hueste de monos, o aquellos dos hijos de aquel hombre de hombres, aunque respaldados por poderosos monos, cruzarán el océano imposible de cruzar? Tres seres tienen el poder de saltar sobre el abismo: la prole de Vinata, tú y el dios del Viento. ¿Qué medio ves, pues, tú, versado en los asuntos, en este asunto presente, difícil de llevar a cabo, por el cual pueda alcanzarse el fin? Oh destructor de héroes hostiles, solo tú eres del todo competente para llevar a cabo esta tarea; y alcanzarás fama por tu creciente poderío. Pero si, bloqueando Lanka con sus fuerzas, aquel afligidor de enemigos, Kakutstha, me lleva (de aquí), entonces eso será digno de él. Dispón, pues, las cosas de modo que aquel poderoso héroe de alma elevada en el combate obre como le corresponde». Al oír su discurso razonable, afectuoso y cargado de sentido, aquel héroe, Hanuman, respondió: «Oh noble dama, aquel señor y primero de los monos, Sugriva, dotado de fuerza, está resuelto en su favor. Y aquel amo de los monos, Sugriva, oh Vaidehi, rodeado de millares y kotis de monos, vendrá aquí prontamente (con ese fin). Y aquellos mejores de los hombres, aquellos héroes, Rama y Lakshmana, viniendo juntos, afligirán Lanka con sus flechas. Y matando al rakshasa con sus propios partidarios, el hijo de Raghu, oh sumamente bella, la llevará en breve de vuelta a su palacio. Oh gentil doncella, consuélese. Permanezca aguardando la hora. Pronto verá a Ravana muerto en batalla por Rama. Muerto el señor de los rakshasas junto con sus hijos, consejeros y amigos, usted se reunirá con Rama como Rohini se reúne con la Luna. Al punto vendrá Kakutstha, acompañado de los primeros de los monos, y él, venciendo (a Ravana) en combate, disipará su pena». Habiendo consolado así a la hija de Videha, Hanuman, hijo del dios del Viento, poniendo su corazón en la partida, saludó a Vaidehi. Y habiendo calmado a Vaidehi y mostrado su fuerza insuperable, habiendo dejado desconsolada la ciudad, burlado a Ravana, exhibido su terrible poder y saludado a Vaidehi, Hanuman se dispuso a regresar, cruzando el medio del mar. Entonces aquel sometedor de enemigos, el poderoso mono, ansioso por ver a su señor, subió al Arishta, primero de los montes; (como cubierto) con una sábana de azules bosques de altos padmakas, y con nubes tendidas en el espacio entre los picos, y mostrado con amor por la alegre luz del Sol; que parecía estar mirando con los minerales esparcidos que le servían de ojos; que parecía recitar en alta voz a consecuencia del solemne sonido de las aguas, cantar claramente por sus muchas fuentes y estar de pie con los brazos alzados por medio de los devadarus; que parecía llorar angustiado a causa de las cascadas que resonaban por todas partes; que parecía temblar a consecuencia de los verdes bosques otoñales que ondeaban, y tocar el caramillo por los kichakas que sonaban con la brisa; elocuente; con las primeras de las serpientes venenosas que parecían exhalar ira en suspiros; que parecía absorto en contemplación a causa de las cavernas cubiertas de nieve y de aspecto solemne por ello; como si se moviera por medio de colinas que parecían sus piernas de nube; que parecía bostezar en el cielo con picos que se elevaban hacia los cielos, sembrado de cumbres y engalanado con innumerables cuevas; rodeado de salas, palmeras, tamalas, karnas y bambúes; engalanado con extensos y floridos sotobosques; abundante en diversas bestias y adornado con corrientes minerales, con numerosos arroyuelos, atestado de grupos de peñascos; frecuentado por Maharshis, y yakshas, y gandharvas, y kinnaras y serpientes; impracticable a consecuencia de las plantas y los árboles; con cavernas que albergaban leones; lleno de tigres y otras (bestias feroces); y provisto de árboles de frutos y raíces sabrosos. Y el vástago del dios del Viento, primero de los monos, subió a aquella montaña. Y en la hermosa llanura de aquella montaña, los peñascos, triturados con estruendo bajo la pisada de aquel que ardía por contemplar a Rama, exaltado por un exceso de alegría, quedaron esparcidos por todas partes. Y subiendo a aquel señorial monte, el poderoso mono se agrandó, deseoso de ir de la orilla meridional a la septentrional de las aguas saladas. Y llegando a la cima de la montaña, aquel héroe, hijo del dios del Viento, echó los ojos sobre el espantoso piélago habitado por terribles serpientes. Y aquel primero de los monos, vástago del dios del Viento, fue (mentalmente) del sur al norte, como si fuera el aire. Y entonces aquel mejor de los montes, duramente oprimido por el mono, comenzó a emitir gritos y, con diversas criaturas (sobre él), se hundió bajo la Tierra, con sus picos tambaleándose y sus árboles derrumbándose. Y abatidos por la violencia de sus muslos, los árboles cargados de flores, destrozados como si los destruyera el arma de Sakra, cayeron a tierra. Y los espantosos aullidos de poderosos leones doloridos, que habitaban las cuevas, entraban en el oído, traspasando los cielos. Y las vidyadharis, con los atavíos cayéndoseles y los adornos desordenados, se elevaron de repente de la montaña al cielo. Y serpientes sumamente poderosas y fuertes, de virulento veneno, de lenguas llameantes, con las capuchas y los cuellos torturados, comenzaron a revolcarse (por la tierra). Y kinnaras y serpientes, gandharvas, yakshas y vidyadharas, abandonando afligidos aquel primero de los montes, se refugiaron en el cielo. Y aquella hermosa montaña, atormentada por aquel poderoso, se hundió también en las regiones inferiores con sus altos árboles y cumbres. Y aquella montaña, que (hasta entonces) había medido diez yojanas de extensión y treinta de altura, quedó a ras de la tierra. Y deseoso de cruzar las aguas saladas, cuyas orillas amenazaban (olas) resonantes, el mono se elevó al cielo.

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Y saltando como una colina alada, aquel dotado de energía, el incansable Hanuman, comenzó a nadar en el océano del firmamento, que tenía por lotos y lirios abiertos a las serpientes, los yakshas y los gandharvas; a la Luna por su hermoso Kumuda; y al Sol por sus Karandavas; encantador de contemplar; que tenía a Tishya y Sravana por sus cisnes, las nubes por sus musgos y hierbas, a Punarvasu por su poderoso pez, al de cuerpo rojo por su enorme animal acuático, a Airavata por su espaciosa isla, a Svati por su juguetón cisne, las brisas por sus olas y la luz de la luna por sus frescas aguas. Y como si se tragara el firmamento y tocara al señor de las estrellas, aboliendo el cielo adornado de estrellas y el disco solar, y hendiendo las nubes, el infatigable Hanuman comenzó a cruzar aquel mar. Y (por todos lados) poderosas masas de nubes, negras, carmesíes, azules, de color de manjishtha y de un rojo verdoso, parecían sumamente hermosas. Y ora entrando en las nubes, ora saliendo de ellas, él, haciéndose una y otra vez visible y perdiéndose de vista, parecía la Luna. Y vestido de blanco ropaje, recorriendo diversas nubes, el cuerpo del héroe era (alternativamente) visible e invisible, como la Luna en el cielo. Y el hijo del dios del Viento siguió por el cielo, dispersando las nubes y descendiendo una y otra vez. Y lanzando poderosos sonidos, aquel sumamente enérgico, dotado de una potente voz como la de las nubes, habiendo matado a los primeros de los rakshasas y hecho famoso su nombre, habiendo llenado la ciudad de lamentaciones y afligido a Ravana, habiendo angustiado a los poderosos héroes y rendido homenaje a Vaidehi, prosiguió de nuevo su curso por el medio del océano. Y tocando el Mainaka, primero de los montes, aquel dotado de poderío avanzó a toda prisa como un dardo de hierro soltado de una cuerda. Y acercándose y contemplando desde lejos aquel poderoso monte, el Mahendra, semejante a las nubes, aquel temible mono comenzó a rugir. Y con una voz vigorosa semejante a la de las nubes, aquel mono, rugiendo, llenó todos los cuadrantes con sus altos gritos. Y llegando a aquel lugar, él, ansioso por contemplar a sus amigos, lanzó tremendos rugidos y comenzó a blandir la cola. Y mientras seguía rugiendo por la senda recorrida por Suparna, el firmamento con el disco solar parecía desgarrarse con sus gritos. Y (sucedió que) aquellos poderosos y heroicos (monos) que se habían apostado antes en la orilla septentrional del océano, ansiosos por ver al vástago del dios del Viento, oyeron los sonidos que procedían de la impetuosa velocidad de Hanuman, semejantes al retumbar de nubes agitadas por los vientos. Y todos aquellos moradores de los bosques, (que estaban) desanimados, oyeron los rugidos de aquel primero de los monos, semejantes al rugir de nubes que derraman lluvia. Y al oír aquellos sonidos mientras él seguía gritando, aquellos monos (sentados) alrededor, ansiosos por ver a su amigo, se pusieron sumamente ansiosos. Y aquel mejor de los monos, Jambavan, con corazón gozoso, dirigiéndose a todos los monos, dijo: «Hanuman ha tenido éxito completo. No hay duda de esto. Si no hubiera tenido éxito, no lanzaría gritos como estos». Y al oír los sonidos producidos por los violentos movimientos de los brazos de aquel (héroe) de alma elevada, así como los gritos de aquel de gran alma, los monos, llenos de deleite, saltaron por todos lados. Y ellos, ansiosos por tener la vista de Hanuman, fueron gozosamente de cima en cima de los montes y de pico en pico. E impulsados por la alegría, los monos permanecían asidos a una rama en la copa de un árbol, agitando sus limpios ropajes. Y así como ruge el viento en una caverna, rugió el poderoso Hanuman, hijo del dios del Viento. Y al ver a aquel poderoso mono, semejante a una masa de nubes, que descendía, aquellos monos se quedaron de pie juntando las manos. Y entonces el impetuoso mono, semejante a un monte, habiendo saltado de aquella montaña, descendió en la cima de aquella (otra) montaña llena de árboles. Y rebosante de deleite, (Hanuman) se dejó caer junto a una fuente, como una colina a la que se le han cortado las alas. Entonces, con corazones gozosos, todos los monos principales se quedaron rodeando al de alma elevada Hanuman. Y rodeándolo, experimentaron un exceso de deleite y se acercaron al recién llegado con rostros gozosos. Y trayendo frutos y raíces, los monos honraron a aquel jefe de los monos, el vástago del dios del Viento. Y unos, llenos de deleite, lanzaban gritos, y otros alzaban ululatos; y los primeros de los monos trajeron ramas de árboles. Y aquel poderoso mono, Hanuman, saludó a sus superiores y a los ancianos, encabezados por Jambavan, así como al príncipe Angada. Y honrado por los monos, como bien merecía, y complacido por ellos, (él) dijo brevemente: «He visto a la excelsa dama». Y tomando de la mano al hijo de Vali, lo hizo sentar en un encantador paraje del bosque perteneciente al monte Mahendra. Entonces, preguntado (por ellos), Hanuman se dirigió a aquellos primeros de los monos: «He visto a la hija de Janaka en el bosque Asoka. Aquella intachable está custodiada por espantosas rakshasis. La muchacha lleva una sola trenza de cabello y arde por alcanzar la vista de Rama. Está desfallecida a consecuencia del ayuno, y sucia, lleva el cabello enmarañado y está demacrada». Al oír las palabras «He visto», semejantes a la ambrosía, del vástago del dios del Viento, todos los monos se llenaron de regocijo. Y entonces algunos de los poderosos rugieron, y otros gritaron, y otros fanfarronearon, y otros alzaron ululatos, y otros bramaron (en respuesta). Y algunos monos elefantinos alzaron de alegría la cola, y otros azotaron con sus largas y anchas colas. Y otros, transportados de alegría, saltando a la cima de la montaña, tocaron a aquel primero de los monos, el hermoso Hanuman. Y cuando Hanuman hubo terminado, Angada dijo estas excelentes palabras en medio de los heroicos monos: «No hay nadie, oh mono, que se te asemeje en fuerza y poderío. Puesto que, habiendo saltado sobre el espacioso piélago, has vuelto (aquí), tú eres, oh excelente mono, el único dador de nuestras vidas. Por tu gracia es que, alcanzado nuestro fin, nos reuniremos con Raghava. ¡Oh, tu fidelidad! ¡Oh, tu poderío! ¡Oh, tu fortaleza! Por fortuna has visto a aquella excelsa, la ilustre esposa de Rama; por fortuna Kakutstha renunciará a la pena que le causa la separación de Sita». Entonces, rodeando a Angada, Hanuman y Jambavan, los monos, sumamente regocijados, se sentaron sobre una espaciosa piedra. Y habiéndose sentado sobre la espaciosa roca, los monos se mostraron ansiosos por oír lo del salto sobre el piélago y lo de cómo (Hanuman) vio Lanka, a Sita y a Ravana. Y se quedaron con las manos juntas, mirando anhelantes el rostro de Hanuman. Y el garboso Angada estaba allí, rodeado de muchos monos y honrado por ellos, así como el señor de los celestiales es honrado en el cielo por los celestiales. Cuando el famoso y renombrado Hanuman, y Angada, con brazaletes en los brazos, se hubieron sentado, la elevada y poderosa cumbre de la montaña quedó iluminada de esplendor.

Section 58

Entonces, en la cumbre del monte Mahendra, aquellos poderosos monos, encabezados por Hanuman, se regocijaron sobremanera. Y cuando los monos de alma elevada, deleitados, se hubieron sentado, Jambavan, con el corazón alegre, preguntó a aquel vástago del Viento, el dichoso Hanuman, todo acerca de su proceder: «¿Cómo has visto a la venerable? ¿Cómo le va allí? ¿Y cómo se conduce con ella el cruel de diez cuellos? Relátanos sinceramente todo esto, oh poderoso mono. ¿Cómo pudiste dar con la excelsa dama? ¿Y qué dijo ella en respuesta (a tus preguntas)? Sabido el verdadero estado de las cosas, decidiremos qué ha de hacerse. Y dinos también qué hemos de revelar, al llegar allí, a aquel dueño de sí mismo, y qué hemos de guardar para nosotros». Así instado por él, aquel (Hanuman), con el vello erizado, inclinando la cabeza ante aquella venerable, Sita, respondió: «A la vista de ustedes salté con la mente concentrada, ansioso por alcanzar la orilla meridional del océano. Mientras viajaba, surgió en el camino un gran impedimento. Vi un hermoso y noble pico dorado que se alzaba obstruyendo mi camino. Hallé la montaña como un obstáculo para mi curso. Acercándome al grandioso y espléndido monte dorado, pensé para mí: “Voy a hender este”. Y la cumbre, semejante al sol, de aquella poderosa montaña, Prahasta, fue hendida en mil fragmentos por mi cola. Viendo su propia condición, aquella poderosa montaña, alegrando mi corazón, me dirigió el dulce discurso: “Oh hijo, conóceme como tu tío. Soy amigo del Viento, famoso como Mainaka, y vivo en el gran abismo. Antaño todas las primeras de las montañas estaban provistas de alas. Y (una vez) comenzaron a recorrer la tierra a su antojo, causando devastaciones. Al oír la conducta de las montañas, aquel poseedor de las seis clases de riquezas, Indra el Grande, dominador de Paka, con su rayo cortó por millares las alas de las montañas. En aquel tiempo, hijo mío, yo, habiendo sido librado por tu padre, el dios del Viento de alma elevada, fui arrojado a la morada de Varuna. Oh sometedor de enemigos, he de ayudar a Raghava. Rama es el primero de los justos y posee un poderío como el del propio Mahendra”. Habiendo oído esto del Mainaka de gran alma, informé a la montaña de mi misión, y mis pensamientos siguieron su curso. Habiéndome dado su permiso, el Mainaka de gran alma, la montaña que había tomado la forma de un hombre, desapareció y, asumiendo su forma de montaña, se fue al vasto mar. Y yo, convocando mi mejor celeridad, comencé a recorrer el resto de mi camino. Y habiendo avanzado velozmente largo trecho por la senda, vi a la excelsa dama Surasa, madre de las serpientes. Y aquella venerable, apostada en el mar, dijo: “Por los celestiales, oh mejor de los monos, has sido asignado como mi alimento. Por tanto te comeré. Has sido destinado a mí por los dioses”. Así interpelado por Surasa, yo, permaneciendo en actitud humilde con las manos juntas y el semblante pálido, pronuncié estas palabras: “Rama, el apuesto hijo de Dasaratha, sometedor de enemigos, ha entrado en los bosques de Dandaka en compañía de su hermano Lakshmana y de Sita. Su esposa Sita ha sido raptada por el malvado Ravana. Por mandato de Rama voy a ella como enviado. En este asunto, usted, oh casta, debería ayudar a Rama. O bien, habiendo visto a la hija de Mithila, así como a Rama de hechos incansables, vendré a su boca; esto se lo prometo sinceramente”. Así interpelada por mí, Surasa, que adopta formas a su voluntad, dijo: “Nadie puede escapar de mí. Este es precisamente el don que he recibido”. Habiendo sido así interpelado por Surasa, alcancé la magnitud de diez yojanas; y luego al punto me dilaté otros diez. Pero ella abrió la boca más que mi magnitud. Viendo su boca extendida, me empequeñecí de nuevo, y al instante me reduje otra vez a la medida de un pulgar. Y entrando velozmente en su boca, salí inmediatamente. Entonces la excelsa Surasa me habló de nuevo en su forma nativa: “Alcanzado tu fin, ve, oh apacible, oh primero de los monos, según tu placer. Procura el encuentro de Vaidehi con Raghava de alma elevada. Bendito seas, oh de brazos poderosos. Estoy muy complacida contigo, oh mono”. Entonces fui alabado por todos los seres con: “¡Excelente!”, “¡Excelente!”. Entonces, como Garuda, salté de nuevo al aire. Pero luego mi sombra fue atrapada por alguien, aunque no vi a nadie. Y privado de mi velocidad, miré los diez puntos cardinales; pero no hallé allí nada que pudiera privarme de mi rapidez. Entonces pensé: “¿Qué obstáculo es este que ha surgido de repente respecto de mi curso? ¿No hallo aquí forma alguna?”. Y mientras estaba así afligido, mi mirada cayó hacia abajo. Entonces vi allí una espantosa rakshasi tendida boca arriba sobre las aguas. Y riendo (con desdén), aquella torva me dijo estas palabras inauspiciosas a mí, que estaba inerte aunque impávido: “¿Adónde vas, oh tú de cuerpo gigantesco? Deseado por mí, que estoy hambrienta, conviértete en mi alimento y satisface este cuerpo privado de sustento durante largo tiempo”. Diciendo “Bien”, acepté su discurso, agrandando mi cuerpo a voluntad más allá de la capacidad de su boca; y su enorme y espantosa boca se abrió de par en par para comerme. Ella no me comprendió, ni que yo había alterado mi forma. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, contrayendo mi vasta forma, yo, arrancándole el corazón, me lancé al cielo. Entonces, agitando los brazos, aquella terrible cayó en las aguas saladas. Desgarrado el corazón de aquella casta, semejante a una colina, oí el manso discurso de personas de gran alma que habían venido allí por sí mismas: “Esta espantosa rakshasi, Simhika, ha sido muerta velozmente por Hanuman”. Habiéndola matado, yo, recordando de nuevo la demora que se había producido en mi obra, emprendí el gran camino y por fin vi la orilla meridional del mar, cubierta de montañas, donde está situada la ciudad de Lanka. Puesto el sol, entré en la ciudad de los rakshasas, su hogar, sin ser advertido por los rakshasas de terrible vigor. Acababa de entrar cuando cierta mujer, lanzando violentas carcajadas y con el esplendor de las nubes al fin de un Kalpa, se presentó ante mí. Y golpeando con mi puño izquierdo cerrado a aquella (forma) sumamente espantosa, que tenía llamas por cabellos, que había intentado quitarme la vida, y venciéndola (así), entré (en Lanka) al anochecer. Entonces aquella, espantada, se dirigió a mí, diciendo: “Yo, oh héroe, soy la Ciudad de Lanka. Vencida he sido por tu poderío. Conquistarás en todas partes a todos los rakshasas”. Allí vagué toda la noche (buscando a la hija de Janaka) y (por fin) entré en los aposentos interiores de Ravana; pero a aquella de talle delicado no la hallé. Y no hallando a Sita en la morada de Ravana, fui arrojado a un mar de pena; y no hallé cómo cruzarlo. Y mientras me apenaba, vi una mansión con un encantador soto rodeado por una muralla de oro excelente. Y saltando la muralla, vi un soto colmado de árboles; y (por fin) vi en medio de un bosque asoka un gran Simsapa. Y subiendo al árbol, vi un paraje dorado de plátanos; y junto al árbol Simsapa divisé a aquella de belleza trascendente, de un azul oscuro, de ojos semejantes a pétalos de loto, con el rostro marchito a consecuencia del ayuno, vestida con la misma única pieza de tela, el cabello cubierto de polvo, los miembros demacrados por el calor de la pena y el dolor, Sita, siempre consagrada al bienestar de su señor; rodeada de crueles y deformes rakshasis que vivían de sangre y carne, como una cierva cercada por tigresas. Y logré presentarme muy velozmente ante aquella, amenazada a cada momento en medio de las rakshasis, que llevaba una sola trenza de cabello; desconsolada; pensando siempre en su señor; con los miembros descoloridos por yacer en el suelo, como un loto al acercarse el invierno; de ojos semejantes a los de un cervatillo; que había apartado el rostro de todos los goces ofrecidos por Ravana y que había resuelto poner fin a su existencia. Viendo a aquella dama, la ilustre esposa de Rama, en aquella condición, yo, viéndola, permanecí en aquel mismo árbol Simsapa. Entonces oí en la mansión de Ravana sonidos fuertes y solemnes mezclados con el tintineo de cinturones y ajorcas. Entonces, sumamente agitado, cambié mi forma propia y permanecí como un ave en una parte oscura del árbol Simsapa. Entonces las esposas de Ravana, junto con el propio Ravana, de excesiva fuerza, vinieron al lugar donde estaba Sita. Y al ver al señor de los rakshasas, la sumamente hermosa Sita contrajo los muslos y cubrió con los brazos sus llenos pechos. Y al ver a Sita azorada y sumamente agitada, lanzando miradas arriba y abajo, sin hallar alivio alguno y temblando desamparada, el de diez cuellos le dijo, a ella que sufría extrema angustia: “Sin decir nada, me postro (aquí). Oh bella, mírame. Si, oh altiva, no me honras por orgullo de corazón, yo, oh Sita, dentro de dos meses veré tu sangre”. Al oír estas palabras del malvado Ravana, Sita, sumamente airada, dijo estas excelentes palabras: “Oh el peor de los rakshasas, habiendo usado un lenguaje impropio hacia la esposa de Rama, de inconmensurable poderío, y nuera de Dasaratha, señor del linaje de Ikshvaku, ¿cómo no se te ha caído la lengua? ¡Maldito sea el poderío de ti, que, oh miserable, me raptaste mientras mi esposo estaba lejos, y sin ser visto por aquel de alma elevada! Tú nunca eres como Rama; no eres digno siquiera de ser su esclavo. Raghava es invencible, veraz, heroico y (aun) hambriento de guerra”. Así interpelado con ásperas palabras por Janaki, el de diez cuellos se inflamó de ira, como el Fuego en una pira funeraria. Y con sus malvados ojos girando de rabia, alzó el puño cerrado de su mano derecha para matar a la hija de Mithila; pero entonces las mujeres lanzaron un grito de “¡Oh!” y “¡Ay!”. Y levantándose en medio de las mujeres, la esposa del de mente malvada, la excelente, llamada Mandodari, lo contuvo. Y le dijo suaves palabras a él, dominado por la lujuria: “Oh usted, que se asemeja a Indra el Grande en poderío. Diviértase hoy conmigo. Janaki no es superior a mí. Y, oh señor, diviértase con las hijas de los celestiales y de los gandharvas, y con las hijas mismas de los yakshas. ¿Qué hará usted con Sita?”. Entonces aquel sumamente poderoso vagabundo de la noche fue levantado prestamente y llevado (de vuelta) a su residencia. Habiendo partido el de diez cuellos, las rakshasis de rostros temibles se pusieron a injuriar a Sita con palabras crueles y ásperas. Pero Janaki estimó su discurso como una brizna de paja; y su furia se perdió en Sita. Desistiendo de sus inútiles injurias, las rakshasis que se regalan con carne comunicaron a Ravana el poderoso propósito de Sita. Entonces todas ellas, frustradas en su esperanza, privadas de energía y cansadas, cayeron bajo el dominio del sueño. Y dormidas ellas, Sita, consagrada al bienestar de su señor, lamentándose lastimeramente, con aspecto desamparado, y herida de extremo dolor, lloró profusamente. Entonces, incorporándose en medio de ellas, Trijata habló: “Devórense sin demora a ustedes mismas; pero nunca (devoren) a Sita de ojos oscuros, la casta hija de Janaka y nuera de Dasaratha. En verdad he visto un sueño sombrío, capaz de erizar el cabello, (que presagia) la destrucción de los rakshasas y la victoria del esposo de esta. Para protegernos a nosotras, las rakshasis, de Raghava, supliquemos a Vaidehi. Esto es precisamente lo que me agrada. Si relatamos tal sueño a la afligida, ella, liberada de sus diversos pesares, alcanzará la cima de la alegría. Propiciada por nuestras reverencias, la hija de Janaka, Maithili, rescatará a las rakshasis de un poderoso temor”. Entonces aquella pudorosa doncella, regocijada ante la perspectiva de la victoria de su esposo, dijo: “Si todo esto resulta cierto, entonces con seguridad (hallarán ustedes) socorro de mis manos”. Presenciando tan dura condición de Sita, comencé a reflexionar; y mi mente no alcanzó sosiego ni libertad de pensamientos. Y busqué medios de dirigirme a Janaki. Y comencé por ensalzar la estirpe de Ikshvaku. Al oír las palabras que pronuncié, embellecidas con descripciones de las virtudes de los rajarshis, aquella excelsa dama respondió con los ojos cubiertos de lágrimas: “¿Quién eres? ¿Y cómo has hallado, oh primero de los monos, tu camino hasta aquí? ¿Y qué afecto tienes por Rama? Esto te corresponde relatármelo”. Al oír su discurso, yo también dije: “Oh venerable, su esposo, Rama, ha hallado un aliado en uno dotado de terrible fuerza, llamado Sugriva, temible, el poderosísimo señor de los monos. Conózcame como Hanuman, su servidor, despachado aquí por su esposo, Rama de acciones incansables. Oh famosa doncella, aquel sumamente resplandeciente hijo de Dasaratha, el primero de los hombres, ha enviado como prenda este anillo. Deseo saber, oh venerable dama, qué mandato suyo he de obedecer ahora. ¿La llevo a usted ante Rama y Lakshmana, en la orilla septentrional del Océano?”. Al oír esto y meditándolo en su interior, Sita, la hija de Janaka, respondió: “Desbaratando a Ravana, que Raghava mismo me lleve de aquí”. E inclinando mi cabeza ante aquella venerable e intachable dama, le pedí una prenda que pudiera procurar el agrado de Raghava. A lo cual respondió Sita: “Oh tú de brazos poderosos, toma esta excelente joya, por la cual serás tenido en gran estima por Rama”. Dicho esto, aquella mejor de las bellas me dio la excelente joya y, agitada por la ansiedad, me relató la historia del cuervo (para información de Rama). Entonces, resuelto a volver aquí, yo, con la mente firme, circunvalé a aquella venerable dama y me incliné ante ella. Y meditándolo en su interior, ella respondió de nuevo: “Hanuman, relata esto a Raghava de tal manera que los héroes Rama y Lakshmana, junto con Sugriva, vengan aquí al instante. De lo contrario, me quedan dos meses más de vida. Raghava no me verá, y abandonaré la vida como quien no tiene esposo”. Al oír aquellos lastimeros acentos me encendí de ira y al punto resolví destruir la ciudad de Lanka. Entonces mi cuerpo creció como una montaña y, deseoso de entrar en combate, comencé a devastar el bosque. Todo el bosque quedó devastado; las aves y los ciervos se dispersaron de miedo, y las rakshasis, de rostros terribles, despertando, contemplaron todo aquello. Y viéndome en el bosque, todas ellas, reuniéndose, llevaron al instante el mensaje a Ravana: “Oh rey, oh usted de gran poderío, este su bosque y castillo ha sido derribado por el mono de alma viciosa, que no conoce su fuerza. Oh rey, ha sido impulsado por su sentido vicioso a hacerle daño. Ordene usted su decapitación para que no regrese”. Al oír esto, el señor de los rakshasas despachó una banda escogida de demonios llamados Kinkaras. Yo despaché con mi maza en un instante a ochenta mil de ellos tan pronto como entraron en el bosque con dardos y mazas. Y los pocos que se salvaron fueron muy rápidamente a Ravana y le relataron la destrucción de los soldados por mí. Entonces pensé en destruir el palacio Chaitya y destruí con la columna a todos los rakshasas apostados allí. Encendido de ira, destruí aquel palacio, el mejor de toda la ciudad de Lanka. Entonces (Ravana) despachó a Jambumali, el hijo de Prahasta. Con mi feroz maza destruí a aquel poderoso rakshasa, versado en el arte de la guerra, junto con su séquito y rodeado de una banda de terribles demonios de torvo aspecto. Al oír esto, Ravana, el señor de los rakshasas, envió a los poderosísimos hijos de los ministros, seguidos de un regimiento de infantería. Pero yo los despaché a la morada de la Muerte por medio de mi dardo. Y al oír la destrucción en batalla de los hijos de los ministros, de débil poderío, Ravana envió a cinco heroicos comandantes. Pero yo los maté a todos junto con sus huestes. Entonces el demonio de diez cuellos envió a la batalla a su poderosísimo hijo Aksha, seguido de cierto número de rakshasas. Tan pronto como el principesco hijo de Mandodari, versado en el arte de la guerra, se elevó en lo alto del firmamento, lo agarré de las piernas y, haciéndolo girar cien veces, lo reduje a polvo. Y al oír la derrota de Aksha, Ravana, atormentado por la ira, envió a su segundo hijo, el poderosísimo Indrajit, imposible de reprimir en batalla. Y desbaratando a aquel mejor de los rakshasas con su hueste, alcancé un exceso de deleite. Aquel héroe de gran poderío y de brazos poderosos, con cierto número de otros orgullosos héroes, había sido despachado por Ravana con gran confianza. Y contemplando mi insoportable poderío y a sus propios soldados muertos, se marchó prestamente tras encadenarme con su arma de Brahma. Entonces los otros rakshasas me ataron con una cuerda y me llevaron ante Ravana. Y entonces fui recibido por el Ravana de alma viciosa y se me preguntó por qué había venido a Lanka y matado a los rakshasas. A lo cual respondí: “He hecho todo esto por Sita. Para contemplarla he venido aquí, oh héroe. Soy el mono Hanuman, hijo engendrado por Maruta mismo. Conózcame como embajador de Rama y ministro de Sugriva. Y en embajada de Rama he venido aquí ante usted. Escuche mi misión: le refiero, oh señor de los rakshasas, el mensaje que el jefe de los monos me ha mandado comunicarle. Oh gran héroe, Sugriva ha preguntado por su bienestar y me ha encargado comunicarle estas bienintencionadas palabras, que conducen a la adquisición de la piedad, la riqueza y los deseos. Mientras vivía yo en el monte Rishyamuka, cubierto de enormes árboles, hice amistad con Raghava, temible en el combate. Él me ha dicho, oh rey: ‘Mi esposa ha sido raptada por un rakshasa. Te corresponde prometerme tu ayuda en esto’. Y en presencia del fuego, Rama, junto con Lakshmana, contrajo amistad conmigo, que había sido privado de mi reino por Vali. Y me ha hecho señor de todos los monos tras matar a Vali en combate con una sola flecha. Nos corresponde, por tanto, ayudarlo por todos los medios. Y en virtud de este pacto he despachado a Hanuman ante usted como enviado. Traiga, pues, prestamente a Sita y devuélvala a Raghava antes de que los heroicos monos lo desbaraten a usted. ¿Quién no conoce el poderío de los monos, que en los días de antaño solían visitar a los celestiales, invitados? Con estas palabras me ha despachado ante usted el rey de los monos”. Y entonces él me miró como si me quemara con las miradas de sus ojos airados. Y el demonio de alma viciosa, Ravana, de terribles hechos, ordenó mi destrucción, sin conocer mi poderío. Entonces Vibhishana, el hermano de alma elevada de aquel señor de los rakshasas, intercedió en mi favor de esta manera: “Oh usted, primero de los rakshasas, cambie su resolución. El camino que sigue está fuera de los límites de la política real. La destrucción de un enviado no está sancionada por la moral real, oh rakshasa. Ellos comunican simplemente el mandato de sus amos. Oh usted de poderío incomparable, no hay sanción para la destrucción de un mensajero aunque perpetre una poderosa iniquidad. A veces, sin embargo, han sido desfigurados”. Así interpelado por Vibhishana, Ravana ordenó a todos los demonios, diciendo: “Quemen la cola de este mono”. Al oír su mandato, los rakshasas, de armadura bien protegida y terrible poderío, envolvieron mi cola con fibras de algodón, seda y yute. Y luego, golpeándome con los puños cerrados, prendieron fuego a mi cola. Aunque atado y encadenado con muchas cuerdas, no sentí la menor angustia, pues estaba muy ansioso por contemplar la ciudad durante el día. Y entonces, encadenándome, prendiendo fuego a mi cola y pregonándome por las calles públicas, aquellos heroicos rakshasas llegaron a la puerta de la ciudad. Y entonces, contrayendo de nuevo mi enorme persona y librándome de las cadenas, me quedé de nuevo en mi estado prístino. Y tomando dardos de hierro, maté a todos los rakshasas de allí. Y saltando con gran velocidad la puerta de la ciudad, yo, con mi cola ardiente, quemé toda la ciudad, desde el palacio hasta su puerta exterior, como el fuego de la disolución que devasta la creación entera. Y no me turbé en lo más mínimo por ello. “En verdad Janaki ha sido destruida, pues no veo nada en Lanka que no haya sido quemado; en efecto, la ciudad entera ha quedado reducida a cenizas. Con seguridad he quemado a Sita al quemar la ciudad de Lanka, y así he frustrado la gran obra de Rama”. Mientras reflexionaba así, abrumado de pena, oí los acentos auspiciosos de los Charanas, que excitaron mi asombro: “Janaki no ha sido quemada”. Al oír aquellas maravillosas palabras recobré el sentido. Me convencí entonces, por una señal auspiciosa, de que Janaki no había sido quemada, pues yo no quedé reducido a cenizas aunque mi cola ardía. Mi corazón se llenó de alegría y el viento esparció su deliciosa fragancia. Y en virtud de aquellos presagios manifiestos, de mi confianza en el poderío de Rama, y en Sita, y de la voz de los ascetas, quedé sumamente deleitado en el corazón. Y contemplando de nuevo a Vaidehi, la dejé. Y entonces, subiendo al monte Arishta, comencé a saltar, deseoso de contemplarlos a ustedes. Y siguiendo la ruta del Viento, del Sol, de la Luna, de los gandharvas y de los siddhas, los he contemplado a todos ustedes. Por la gracia de Rama y el poderío de ustedes he cumplido el encargo de Sugriva. Les he relatado así lo que hice en Lanka, y ahora les toca a ustedes cumplir el resto».

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Habiéndolo relatado todo, Hanuman, el hijo del dios del Viento, comenzó de nuevo, diciendo: «Fructífero es el empeño de Raghava y la energía de Sugriva, pues sumamente complacido he quedado con la conducta de Sita. Oh heroicos monos, Sita ha llevado la vida de una doncella sumamente casta. Ella puede sostener la creación animada en virtud de su ascetismo y quemarla con su ira. Ravana, el señor de los rakshasas, también está muy adelantado en ascetismo, en virtud del cual no ha sido destruido aunque ha tocado la persona de Sita. Ni siquiera la llama del fuego, aunque se la toque con las manos, puede hacer lo que la hija de Janaka puede llevar a cabo con su ira. Les he relatado lo que había sucedido. Ahora nos corresponde contemplar a Vaidehi junto con aquellos dos hijos de un rey, tras dar órdenes a todos los monos encabezados por Jambavan y los demás. Yo solo soy capaz de destruir la ciudad de Lanka junto con los rakshasas y su señor, Ravana. ¡Cuánto más podré lograr si me acompañan heroicos monos como ustedes, poderosos, dueños de sus propias mentes, bien armados, capaces y deseosos de ganar la victoria! Mataré a Ravana en combate junto con sus hijos, hermanos, ejército y séquito. Destruiré a todos los rakshasas y burlaré todas las armas de Indrajit que le confirieron Brahma, Rudra, el Viento y Varuna, aunque sean invisibles en la batalla. Sin el permiso de ustedes, mi poderío ha quedado detenido. Colinas y montañas, arrancadas y arrojadas por mí sin cesar, pueden destruir incluso a los celestiales; ¿qué decir de aquellos vagabundos de la noche? Aunque el océano desborde sus orillas y el monte Mandara se mueva de su sitio, la hueste enemiga no puede asustar a Jambavan en combate. Y en especial el heroico mono, el hijo de Vali, es capaz él solo de destruir a toda la hueste de los rakshasas. Hasta el monte Mandara queda debilitado por la velocidad de los muslos del mono de alma elevada Nila; ¿qué decir de los rakshasas en combate? ¿Qué héroe hay entre los celestiales, asuras, yakshas, gandharvas, serpientes y aves que pueda igualar en batalla a Mainda o a Dvivida? No hallo a nadie que pueda oponerse en el campo de batalla a los dos mejores monos, los hijos de los Asvins, dotados de gran velocidad. Por mí solo ha sido devastada la ciudad de Lanka, quemada y reducida a cenizas. Y yo había pregonado allí por las calles públicas: “¡Que la victoria corone a los poderosísimos Rama y Lakshmana, y que el rey Sugriva, protegido por Raghava, avance en prosperidad! Soy el servidor del rey de Kosala, el hijo engendrado por el propio dios del Viento, y mi nombre es Hanuman”. Así lo he pregonado por todas partes. (Y contemplé allí), en el bosque Asoka del Ravana de alma viciosa, al pie de un árbol Simsapa, a la casta Sita, esperando en gran miseria. Estaba rodeada de rakshasis, consumida por la pena y la ansiedad, y era como los rayos de la Luna despojados de su brillo al ser envueltos por las nubes. Y Vaidehi, de hermoso talle y consagrada a su esposo, no hacía caso de Ravana, orgulloso de su poderío, y por ello estaba confinada por él. Y aquella hermosa hija del rey de Videha estaba consagrada por todos los medios a su señor y tenía todos sus pensamientos centrados en él, como Paulomi consagrada a su señor Purandara. Y la vi en aquel jardín, vestida con una sola pieza de tela manchada de suciedad, rodeada de rakshasis y reconvenida de cuando en cuando por aquellas feas demonias. Con una sola trenza de cabello, mísera, absorta en pensamientos tocantes a su señor, yacía en la tierra despojada de toda gracia, como un loto al aparecer el invierno. No tenía el menor apego por Ravana y estaba resuelta a poner fin a su existencia. Y ganándome de algún modo su confianza, me dirigí a aquella doncella de ojos de cervatilla y le relaté toda la historia. Y al oír de la amistad entre Rama y Sugriva, alcanzó un exceso de deleite. Ella es de buena conducta y consagrada a su señor por excelencia, y dichoso es el demonio de diez cuellos, de alma elevada, de que ella no lo haya destruido (aún). Y Rama será solo un instrumento para procurar su destrucción. Ella ha quedado en verdad muy reducida y consumida por la separación de su señor. Su persona ha quedado quebrantada como el saber que mengua cuando se cultiva el primer día de una quincena lunar. Así vive allí la gran Sita, consumida por la pena. Hagan ustedes ahora lo que crean propio».

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Al oír sus palabras, el hijo de Vali, Angada, habló, diciendo: «Estos dos monos, los hijos de los Asvins, son muy poderosos y dotados de gran velocidad, y están especialmente orgullosos a consecuencia del don que les confirió el Gran Abuelo. Antaño, para honrar a los Asvins, el Abuelo de todos los mundos hizo a estos dos monos imposibles de matar por nadie. Y aplastando a la poderosa hueste de los celestiales, estos dos héroes dotados de gran poderío, enloquecidos de altivez a consecuencia del don, bebieron el néctar. Y estos dos, si se encienden de ira, son capaces de destruir toda la ciudad de Lanka con sus caballos, carros y elefantes. ¡Qué decir de otros monos! ¡Yo mismo soy capaz de destruir pronto la ciudad junto con los rakshasas y el poderoso Ravana! Y no hay la menor maravilla en ello si me ayudan poderosos héroes monos como ustedes, dueños de sí mismos, bien armados, capaces y deseosos de ganar la victoria. He oído que Lanka fue quemada solo por el hijo del dios del Viento. Ustedes son todos famosos por su hombría; no les corresponde decir ante Rama: “Hemos visto a la venerable dama, pero no hemos podido traerla”. Oh primeros de los monos, no hay nadie entre los celestiales o los asuras que pueda igualarlos a ustedes ni en el salto ni en el poderío. Y por tanto, ganando Lanka, matando a Ravana junto con su hueste de rakshasas en combate y tomando a Sita, vayamos, deleitados y cumplidos nuestros fines. ¿Qué otra cosa nos queda por hacer sino traer a la hija del rey Janaka, una vez que la turba de rakshasas sea muerta por Hanuman? Y colocaremos a la hija de Janaka entre Rama y Lakshmana. ¿De qué sirve causar molestias a los demás moradores de Kishkindha? Nos corresponde, por tanto, ir solos a Lanka y, tras matar al mejor de los rakshasas, ver a Sugriva, Rama y Lakshmana». Entonces Jambavan, el primero de los monos, sumamente deleitado, dirigió a Angada, que estaba así resuelto, las siguientes palabras cargadas de sentido: «Oh gran mono, oh tú del mejor entendimiento, lo que has dicho no es (creo) propio, pues hemos sido despachados por ellos para explorar el cuadrante meridional, pero no se nos ha mandado, ni por el rey de los monos ni por el inteligentísimo Rama, traerla. Y no le agradará aunque la rescatemos. Y mencionando su propio linaje, aquel mejor de los reyes, Raghava, prometió ante todos los monos principales que él mismo rescataría a Sita. ¿Cómo falsearía ahora su propia palabra? ¿De qué sirve emprender en vano esta obra, que no conducirá a su agrado? E inútil será la exhibición del poderío de ustedes, oh primeros de los monos. Vayamos, pues, adonde están Rama con Lakshmana y el sumamente resplandeciente Sugriva, y relatémosles la obra que nos proponemos. Lo que tú has juzgado, oh príncipe, nos agrada. Y aun así ustedes deberían atender a la resolución de Rama y procurar su fin».

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Todos los heroicos monos, encabezados por Angada y el gran mono Hanuman, aprobaron grandemente las palabras de Jambavan. Y estos monos principales, encabezados por el hijo del dios del Viento, partieron saltando desde la cumbre del monte Mahendra. Y estos poderosísimos, de enormes cuerpos, semejantes al monte Mandara, cubrieron el firmamento como tantos elefantes enloquecidos. Llevaban, por así decirlo, con sus propias miradas al poderosísimo Hanuman, dotado de gran velocidad, dueño de sí mismo y adorado por los Siddhas. Estaban resueltos a cumplir el fin de Rama y adquirir gloria para sí mismos. Sus deseos estaban satisfechos y su mente elevada a consecuencia de haber contemplado a Sita y quemado Lanka. Todos ellos estaban ansiosos por comunicar esta grata noticia, por entrar en combate, y estaban resueltos a procurar el bienestar de Rama. Y saltando y subiendo al cielo llegaron al Madhuvana, preservado por Sugriva, semejante al jardín celestial, cubierto de muchos árboles, pintoresco e imposible de devastar por nadie. Y el tío materno del jefe de los monos Sugriva, el heroico Dadhimukha de alma elevada, custodia siempre aquel pintoresco y espacioso jardín del señor de los monos. Ellos estaban sumamente agitados por la ansiedad. Y al contemplar aquel gran vergel, aquellos monos de color amarillo se deleitaron grandemente y pidieron miel al príncipe. Y el príncipe permitió respetuosamente a estos monos mayores, encabezados por Jambavan, beber miel. Y así mandados por el inteligente príncipe, el hijo de Vali, aquellos monos subieron a los árboles infestados de abejas y, regalándose con frutos y raíces fragantes, quedaron sumamente deleitados y embriagados. Y entonces aquellos monos, fuera de sí de alegría por habérseles permitido beber miel, comenzaron a bailar de acá para allá. Unos cantaban, otros reían, otros bailaban, otros se inclinaban, otros recitaban, otros caminaban de acá para allá, otros saltaban y otros hablaban sin ton ni son. Unos saltaban unos sobre otros, otros reñían entre sí, otros saltaban de un árbol a otro, y otros brincaban a tierra desde las copas de los árboles. Unos se elevaban con gran velocidad desde la tierra hasta las copas de los enormes árboles; unos cantaban, otros se les acercaban riendo; unos lloraban y otros se les acercaban llorando. Unos arañaban con las uñas y otros les devolvían los golpes. Y así toda la hueste de monos quedó aturdida por la embriaguez. No había entre ellos ninguno que no estuviera borracho ni ninguno que no estuviera henchido de orgullo. Entonces, al ver todos los frutos comidos y los árboles despojados de hojas y flores, el mono Dadhimukha se encendió de ira e intentó detenerlos. Y aquel heroico mono anciano, el guarda del jardín, fue a su vez increpado por ellos, que estaban sumamente embriagados. Entonces el muy animoso mono resolvió de nuevo proteger el jardín de sus devastaciones. Usó palabras ásperas, sin temor, hacia algunos, golpeó a los débiles con la palma, riñó con algunos y consoló a otros con palabras apaciguadoras. Ellos estaban sumamente exaltados por la bebida y, al ser detenidos por la fuerza por Dadhimukha, perdiendo todo temor, comenzaron a tironearlo. Y arañándolo con las uñas, mordiéndolo con los dientes, aplastándolo con las palmas y los pies, ellos, borrachos, casi lo dejaron muerto y devastaron el bosque de mangos.

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Entonces Hanuman, el primero de los monos, les habló, diciendo: «Oh monos, beban ustedes miel sin ser molestados. Yo mismo frustraré a los que los estorben». Al oír sus palabras, Angada, el mejor de los monos, deleitado, dijo: «Beban miel, oh monos; hemos de seguir el consejo de Hanuman, que ya ha sido coronado por el éxito. Hemos de seguirlo aunque nos lleve a una acción indigna; ¿qué decir de esta, que es sumamente apropiada?». Al oír estas palabras de Angada, los monos principales alcanzaron un exceso de deleite y lo elogiaron una y otra vez. Y adorando a Angada, su príncipe, aquellos monos avanzaron por el camino que conducía al Madhuvana, como árboles arrastrados por una corriente. Y entrando en aquel vergel, atacaron por la fuerza a los servidores de allí. Hanuman había visto a Maithili, y los demás habían oído de ella por él; y aquellos monos, renunciando por ello a todo temor y obteniendo permiso, bebieron miel y se regalaron con diversos frutos dulces. Y ellos, entregados a beber miel, atacando a los guardas que se acercaban por centenares, les dieron una buena paliza. Algunos monos, recogiendo miel con las manos, que medían un Drona, la bebían; otros, reuniéndose gozosamente en banda, la echaban a perder; mientras otros monos de color amarillo la bebían y la rociaban. Y algunos, fuera de sí por la embriaguez, golpeaban a otros con lo que les sobraba, mientras otros aguardaban al pie de los árboles, asidos a sus ramas. Y algunos, agotados de beber, extendían hojas y se tendían sobre ellas; y algunos, borrachos y deleitados, derribaban a otros a golpes con loca furia. Y algunos perdían el paso. Unos rugían y otros entonaban gozosamente la música de las aves. Algunos de los monos, ebrios de miel, dormían en la tierra; algunos se reían de otros con descaro y otros gritaban en alta voz. Algunos decían lo contrario de lo que habían hecho, y otros le daban una interpretación distinta. Y todos los servidores del jardín y los criados de Dadhimukha fueron reprimidos por aquellos terribles monos con censuras y lanzados al cielo por las corvas. Y aterrados, huyeron en distintas direcciones. Y agitados por la ansiedad, se acercaron a Dadhimukha y dijeron: «Mandados por Hanuman, los monos han devastado por la fuerza el Madhuvana, y nosotros fuimos lanzados por ellos a lo alto del cielo». Al oír la destrucción del vergel, Dadhimukha, sumamente enfurecido, consoló a todos los monos: «Vayan ustedes delante; yo los seguiré pronto y reprimiré por la fuerza a todos aquellos monos, sumamente exaltados por el orgullo y por beber la excelente miel». Al oír estas palabras de Dadhimukha, aquellos monos principales y heroicos avanzaron con él hacia el Madhuvana. Y Dadhimukha avanzaba con gran velocidad en medio de ellos, empuñando un enorme árbol. Y todos sus servidores, tomando árboles y peñascos de montaña, avanzaron airados adonde estaban aquellos monos principales. Y mordiéndose los labios de ira y reconviniéndolos una y otra vez, aquellos monos comenzaron a reprimirlos por la fuerza. Y al ver a Dadhimukha sumamente enfurecido, todos los monos, encabezados por Hanuman, se acercaron a él con gran ímpetu. Y mientras el poderoso Dadhimukha, de enormes brazos, avanzaba impetuosamente hacia ellos con un enorme árbol, Angada, airado, lo agarró de la mano. Estaba fuera de sí por la embriaguez y por eso no le mostró la menor clemencia, aunque él (Dadhimukha) era venerable para él. Y así, con gran ímpetu, lo molió contra el polvo. Sus brazos y muslos quedaron rotos y su semblante desfigurado, y aquel gran héroe, el primero de los monos, bañado en un charco de sangre, permaneció sin sentido por algún tiempo. Y entonces, librándose de ellos con algún ardid, aquel mono principal se dirigió a un rincón y habló a sus servidores, diciendo: «Vayamos todos allá donde vive con Rama nuestro señor, Sugriva de ancho cuello. Le relataré todos los procederes injustos de Angada, y en verdad aquel rey airado castigará a todos estos monos. El pintoresco Madhuvana es el vergel predilecto de Sugriva de alma elevada. Fue disfrutado por sus antepasados y ni siquiera se acercan a él los celestiales. E imponiendo castigo a estos monos, ansiosos de beber miel y casi medio muertos, Sugriva los matará, así como a sus amigos y parientes. Esos de alma viciosa merecen ser muertos, puesto que han transgredido el mandato real. Y entonces mi ira, nacida de la impaciencia, dará fruto». Habiendo hablado así a los guardas del bosque, el poderosísimo Dadhimukha saltó a lo alto del firmamento y se fue con ellos. Y en un instante llegó adonde estaba el inteligentísimo mono Sugriva, el vástago del sol. Y contemplando a Rama, a Lakshmana y a Sugriva, y el terreno llano, descendió del cielo. Y descendiendo del cielo, aquel grande y heroico Dadhimukha, señor de todos los monos ocupados en proteger el bosque, poniendo las palmas juntas sobre la frente y con semblante mísero, inclinó su cabeza a los pies de Sugriva.

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Y al ver a aquel mono poner la cabeza a sus pies, el jefe de los monos, con mente ansiosa, se dirigió a él, diciendo: «Levántate, levántate; ¿por qué te has postrado a mis pies? Declaro que no tienes nada que temer; di la verdad. ¿Por temor de quién has venido aquí? Te corresponde sugerir el proceder adecuado. ¿Va todo bien en mi vergel, el Madhuvana? Anhelo saberlo todo, oh mono». Así interpelado esperanzadamente por Sugriva de alma elevada, Dadhimukha, dotado de una inteligencia de muy alto orden, se levantó y habló: «Ni usted mismo ni Vali, el señor de los monos, oh rey, permitieron que aquel vergel fuera usado libremente por los monos; pero ahora ha sido devastado por ellos. Yo los detuve junto con estos servidores, pero, desatendiéndome, bebieron y se regalaron allí a su placer. Fueron detenidos, oh señor, en su acto de devastación por estos guardas, pero aquellos monos, sin hacerme el menor caso, se regalaron allí. Algunos de ellos traspasaron los límites de la buena conducta, otros comieron a su placer, y todos (nos) miraron ceñudos. Y cuando estos servidores, insultados por ellos, se airaron grandemente, fueron expulsados del jardín por aquellos poderosos y enfurecidos monos. Y fueron duramente asaltados por aquellos muchos millares de heroicos monos, encendidos de ira y de ojos enrojecidos. Algunos tuvieron los brazos rotos, otros las corvas aplastadas, y algunos de ellos fueron lanzados al cielo. Viviendo usted, su señor, estos héroes son golpeados, y todo el Madhuvana está siendo disfrutado libremente por ellos». El inteligentísimo Lakshmana, destructor de enemigos, se dirigió a Sugriva, el primero de los monos, mientras era así informado, diciendo: «Oh rey, ¿por qué ha venido a usted este mono, el guarda del bosque, y qué pena lo ha llevado a proferir estas expresiones?». Así interpelado por Lakshmana de alma elevada, Sugriva, diestro en el arte del habla, respondió: «Oh venerable Lakshmana, el heroico mono Dadhimukha dice que los belicosos monos encabezados por Angada han bebido miel. No se habrían entregado a tan injusto proceder si hubieran fracasado en su misión. Con seguridad han logrado el éxito, puesto que se han empeñado así en devastar el vergel. Por esto los guardas fueron golpeados en las corvas por obstruir su jolgorio, y por esto llegaron al extremo de desatender al poderoso mono Dadhimukha. Yo mismo nombré a este mono señor de mi vergel. En verdad Hanuman ha divisado a la venerable Sita, y nadie más. No hay otro sino Hanuman que sea el instrumento de esta obra, pues aquel mejor de los monos tiene en sí un alto intelecto, conoce el arte del éxito, está dotado de valor, fuerza y poderío y es versado en los Sastras. Segura es de tener éxito aquella obra cuyos espíritus rectores son el poderoso Jambavan y Angada, y cuyo obrero es Hanuman. En verdad aquel vergel ha sido devastado por estos héroes encabezados por Angada. Y explorando el cuadrante meridional, aquellos monos principales han vuelto y han entrado gozosamente en el Madhuvana. Y todo el vergel ha sido recorrido y disfrutado por aquellos monos, y los servidores golpeados y heridos en las corvas. Para comunicarme esta noticia ha venido aquí este mono de conocido poderío y dulces acentos, llamado Dadhimukha. Oh tú de brazos poderosos, oh hijo de Sumitra, en verdad han contemplado a Sita, puesto que los monos, apenas de vuelta, se han entregado a beber miel. Oh mejor de los hombres, son todos monos bien conocidos, y sin haber divisado a Vaidehi no se habrían entregado a la destrucción de aquel vergel que nos fue conferido como don por los celestiales». Al oír estas palabras de Sugriva, gratas a los oídos, Lakshmana, de alma virtuosa, junto con Raghava, quedó sumamente complacido. Y al oír esto de Dadhimukha, Sugriva, sumamente gratificado, se dirigió de nuevo a aquel señor del bosque, diciendo: «Sumamente complacido estoy, puesto que ellos, habiendo tenido éxito, han recorrido este bosque. Y el proceder insultante de los que tienen éxito es también perdonable. Ve pronto allá y protege aquel vergel, y envía aquí a todos aquellos monos encabezados por Hanuman. Junto con estos dos descendientes de Raghu, anhelo saber pronto de estos monos encabezados por Hanuman, orgullosos como leones, lo que han concertado para recobrar a Sita». Y al contemplar a estos dos príncipes sumamente deleitados y con los ojos dilatados de alegría, el rey de los monos pensó que el cumplimiento de la gran obra estaba cerca y quedó, por ello, sumamente deleitado.

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Así interpelado por Sugriva, el mono Dadhimukha, deleitado, se inclinó ante él, ante Raghava y ante Lakshmana. Y adorando a Sugriva y a los poderosísimos descendientes de Raghu, saltó al cielo junto con otros heroicos monos. Se fue con la misma velocidad con que había venido y, saltando del cielo a la tierra, entró en el vergel. Y entrando en aquel bosque, contempló a todos los caudillos de los monos pasando gozosamente las horas, habiendo orinado, efecto de la miel. Y acercándose a ellos, el héroe, con las manos juntas y deleitado, se dirigió a Angada con las siguientes palabras: «Oh gentil, no se ofenda usted, pues estos monos, protegiendo el jardín, enfurecidos, lo detuvieron sin saberlo. Oh usted de gran fuerza, está usted rendido por su largo viaje; beba su propia miel; usted es nuestro príncipe y el amo de este jardín. Le corresponde perdonarnos nuestra ira, nacida de la ignorancia. Como antes su padre, usted mismo y Sugriva son los señores de estas huestes de monos, oh usted, primero de ellos, y nadie más. Oh príncipe inocente, he relatado todo esto a su tío. Cuando le describí la llegada de todos estos moradores del bosque, así como la suya acompañado de ellos, y la destrucción de este jardín por todos ustedes, no se ofendió en lo más mínimo, sino que se deleitó. Y exaltado de alegría, su tío Sugriva, el señor de la tierra y de los monos, dijo: “Envíalos a todos aquí prestamente”». Al oír aquellas palabras de Dadhimukha, Angada, el primero de los monos y diestro en el habla, se dirigió a todos ellos, diciendo: «Oh caudillos de las huestes de monos, temo que Rama haya oído todo esto. Dadhimukha lo relata todo gozosamente, y de ahí lo infiero. Y terminada nuestra obra, oh destructor de enemigos, no nos corresponde permanecer aquí (más tiempo). Todos ustedes han bebido miel a su placer y no queda nada, y deben ir ahora adonde está el rey de los monos, Sugriva. Oh monos principales, haré lo que ustedes, en banda, deseen que haga. En las acciones estoy subordinado a todos ustedes. No tengo derecho a mandar, aunque soy príncipe. Todos ustedes son de acciones consumadas; no es propio reprimirlos por la fuerza». Al oír aquellas dulces palabras del príncipe Angada, los monos respondieron gozosamente, diciendo: «Oh rey, oh primero de los monos, ¿quién más puede hablar así siendo amo? Cualquier otro, creemos, está orgulloso de su riqueza. Tales palabras le sientan solo a usted y a nadie más. Su humildad habla de su grandeza futura. Todos estamos ansiosos por ir allá donde está Sugriva, el rey de los monos. En verdad le decimos, oh primero de los monos, que sin su permiso ninguno de nosotros es capaz de dar un solo paso». Dirigiéndose ellos así a él, Angada respondió: «Muy bien, vayamos todos». Diciendo esto, saltó al cielo y fue seguido por todos aquellos monos, que nublaron el firmamento como con piedras lanzadas por un ingenio. Y poniendo delante de sí a Angada y a Hanuman, los monos, saltando impetuosamente al cielo, rugieron como nubes empujadas por el viento. Y acercándose Angada, Sugriva, el señor de los monos, habló a Rama de ojos de loto, herido de pena, diciendo: «¡Que la fortuna te sea propicia! Consuélate. La venerable dama ha sido hallada; no hay la menor duda de ello. De lo contrario no habrían venido, pues el plazo ya ha pasado. Lo infiero (además) de la alegría de Angada, oh tú de auspiciosa presencia. Sin haber tenido éxito en su misión, el príncipe de grandes brazos, Angada, el primero de los monos, no habría venido a mí. Si los monos se hubieran entregado a tan injusto proceder sin haber tenido éxito en su misión, Angada habría tenido un aspecto mísero y su mente habría estado abrumada de pena y olvido. Y sin haber contemplado a la hija del rey Janaka, no se habrían atrevido a destruir el Madhuvana, obtenido y preservado por mis antepasados. Consuélate, oh Rama, por quien Kausalya se ha convertido en madre de un buen hijo. Oh tú, que observas rigurosamente todo voto u obligación religiosa, en verdad Hanuman ha contemplado a la venerable dama, y nadie más. Ningún otro ser es instrumento tan calificado para lograr este fin. Oh tú de excelente intelecto, Hanuman conoce el arte del éxito, está dotado de intelecto, perseverancia y valor y es versado en los Sastras. No puede fracasar la obra que es llevada a cabo por Jambavan y Angada y presidida por Hanuman. No te cargues de ansiedad, oh tú de poderío no mitigado. Estos monos han venido aquí exaltados por el orgullo y la bebida. No habrían venido con tal grandeza si hubieran fracasado. Por haber destrozado el vergel y bebido miel lo he inferido así». Entonces oyó en el cielo los gozosos sonidos de los monos, orgullosos por la obra de Hanuman, que se dirigían a Kishkindha y como si anunciaran su éxito. Entonces, al oír el ruido de estos monos, Sugriva, su jefe, sumamente deleitado, alzó la cola. Y poniendo delante de sí a Angada y a Hanuman, aquellos monos avanzaron para contemplar a Rama. Y aquellos héroes encabezados por Angada, deleitados y embriagados, descendieron ante Raghava y el señor de los monos. Y Hanuman, de brazos poderosos, inclinando la cabeza, relató a Raghava el bienestar espiritual y físico de Sita. Y al oír de Hanuman las dulces palabras de que había contemplado a Sita, Rama y Lakshmana quedaron sumamente deleitados. Y confirmado así por el hijo del dios del Viento, Lakshmana, sumamente complacido, miró respetuosamente a Sugriva. Y también Raghava, destructor de enemigos, exaltado de alegría, dirigió miradas respetuosas a Hanuman.

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Entonces, llegando al monte Prasravana, rodeado de un bosque variegado, inclinando la cabeza ante el poderoso Rama y ante Lakshmana, poniendo delante de sí a su príncipe (Angada) e inclinándose ante Sugriva, los monos comenzaron a relatar la historia de Sita. Y describieron a Rama el confinamiento de Sita en el serrallo de Ravana, las reconvenciones de las demonias, su inquebrantable apego a su señor y el plazo fijado (por el rakshasa para su destrucción). Y al oír del bienestar de Vaidehi, Rama dijo: «Oh monos, ¿dónde vive la venerable Sita? ¿Y cómo es su apego hacia mí? Relátenmelo todo». Al oír aquellas dolorosas palabras de Rama, los monos pidieron a Hanuman, conocedor del paradero de Sita, que se lo describiera todo. Al oír sus palabras, Hanuman, el hijo del dios del Viento, versado en el arte del habla, inclinando la cabeza en nombre de Sita y hacia la dirección meridional (donde ella vive), comenzó a relatar cómo había logrado contemplar a Sita. Y entregando a (Rama) la joya celestial engastada en una hoja de oro y ardiente con su propio resplandor, Hanuman, con las manos juntas, comenzó: «Ansioso por contemplar a Sita, la hija del rey Janaka, yo, surcando el piélago que se extiende más de cien yojanas, seguí mi camino y poco a poco llegué a Lanka, la capital del Ravana de alma viciosa. Lanka está situada en la orilla meridional del océano del sur. Y vi allí a Sita, en los aposentos interiores de Ravana. Centrando en usted todos sus pensamientos, respira aquella doncella, oh Rama. La vi injuriada una y otra vez por las demonias. Está custodiada en aquel jardín por las rakshasis de torvo aspecto. Y aquella venerable dama, oh héroe, siempre acostumbrada a la felicidad, está ahora herida de pena en su ausencia. Confinada en los aposentos interiores de Ravana, bien vigilada por aquellas demonias, con una sola trenza de cabello y mísera, solo se ocupa de pensamientos tocantes a usted. Yace en la tierra, despojada de toda gracia, como un loto al aparecer el invierno. No tiene el menor apego por Ravana y está resuelta a poner fin a su existencia. Oh Kakutstha, oh príncipe inocente, tras indagar por algún tiempo, hallé a aquella venerable dama consagrada a usted, y narrando las glorias de la estirpe de Ikshvaku, oh primero de los hombres, me gané poco a poco su confianza, y dirigiéndome a ella se lo relaté todo. Y al oír de la amistad entre usted y Sugriva, se deleitó grandemente. Y mantiene inquebrantable su respeto por usted, y todas sus acciones son por usted. Oh gran hombre, oh mejor de los hombres, contemplé a la hija de Janaka en este trance, entregada a duras austeridades y siempre consagrada a usted. Oh usted de gran inteligencia, oh Raghava, ofreciéndome (esta joya) como prenda, ella quiso que le relatara a usted lo ocurrido en el monte Chitrakuta respecto del cuervo. Y Janaki, dirigiéndose a mí, dijo: “Oh hijo del dios del Viento, describe a Rama todo lo que has visto aquí. Y relatándolo todo ante Sugriva, preséntale esta joya, que he guardado con gran cuidado. He conservado con gran cuidado esta excelente joya de gran resplandor. Recuérdale la marca que me hizo en la frente con arsénico rojo. Oh mono inocente, sumamente deleitada estoy al contemplar la brillante joya que él ha enviado por medio de ti. Respiraré solo por un mes; más allá de eso nunca viviré, sometida como estoy a los demonios”. Así me habló Sita, reducida a un esqueleto, que observa piadosas prácticas, encerrada en los aposentos interiores de Ravana y de ojos como los de una cierva. Se lo he descrito todo, oh Raghava; disponga usted lo necesario para tender un puente sobre el océano». Y considerando a aquellos dos príncipes muy consolados, el hijo del dios del Viento entregó aquella prenda a Raghava y lo describió todo de principio a fin.

Section 66

Así interpelado por Hanuman, Rama, el hijo de Dasaratha, poniendo aquella joya sobre su pecho, lloró con Lakshmana. Y contemplando aquella excelente joya, Raghava, herido de pena, con los ojos llenos de lágrimas, habló a Sugriva, diciendo: «En verdad mi corazón se derrite al contemplar esta joya, como la leche gotea de las ubres de una vaca al contemplar a su ternero. Esta joya le fue conferida a Sita por mi suegro en el momento de nuestra boda, y para realzar su belleza ella la llevaba en la cabeza. Y esta joya, obtenida del lecho del océano, le fue conferida a él (Janaka) por el inteligente Sakra, sumamente deleitado por haber sido adorado en un sacrificio. Oh gentil, esto me trae de nuevo a la mente el recuerdo de mi padre y de mi suegro, el rey de Videha. Esta excelente joya parecía hermosa en la coronilla de mi amada, y me parece que, al contemplarla, he recobrado, por así decirlo, a mi amada esposa. Relátame una y otra vez, oh gentil, lo que Vaidehi ha dicho, como si me rociaras con el agua de sus palabras, a mí, que soy como uno privado de sentido. ¿Qué mayor pena puede haber, oh Saumitri, que contemplar la joya obtenida del océano, pero no a Vaidehi? En verdad Vaidehi vive largo tiempo si respira un mes. Pero, oh héroe, yo no puedo vivir ni un momento sin aquella de ojos de un azul oscuro. Llévame allá donde has contemplado a mi amada esposa. No puedo vivir ni un momento, ahora que he recibido noticias de ella. ¿Cómo vive aquella tímida doncella de hermoso talle, aterrada, en medio de las terribles y torvas rakshasis? En verdad su semblante no parece hermoso, como la luna otoñal envuelta en nubes, aunque libre de la oscuridad. Relátame en verdad, oh Hanuman, lo que Sita te ha dicho. Viviré de estas palabras, como los enfermos se curan con la medicina. Oh Hanuman, ¿qué te ha dicho mi amada esposa, de dulce habla y sumamente hermosa, separada de mí? ¿Cómo respira, atravesando una serie de calamidades?».

Section 67

Así interpelado por Raghava de alma elevada, Hanuman le relató todo lo que Sita había dicho: «Oh primero de los hombres, la venerable Janaki relató como prenda todos los incidentes del monte Chitrakuta de principio a fin. Durmiendo felizmente con usted, Janaki despertó un día antes, y entretanto un cuervo le hirió el pecho con el pico. Oh Rama, usted dormía entonces en el regazo de Sita, y aquel cuervo afligió de nuevo a la venerable dama. Y la hirió de nuevo. Y bañada en sangre y sufriendo terribles dolores, aquella venerable dama lo despertó a usted. Oh destructor de enemigos, oh usted de brazos poderosos, al ver su pecho herido, usted, airado como una serpiente, habló diciendo: “Oh tímida doncella, ¿quién te ha herido el pecho con sus uñas? ¿Quién ha jugado con una serpiente airada de cinco cabezas?”. Y echando sus miradas alrededor, usted contempló un cuervo que encaraba a la venerable dama con las uñas afiladas embadurnadas de sangre. Aquel cuervo, el mejor de las aves, era el hijo de Sakra. Y entró prestamente en la tierra con la velocidad del viento. Entonces, con los ojos girando de ira, usted, oh héroe de brazos poderosos, oh primero de los inteligentes, resolvió destruir aquel cuervo. Y tomando una brizna de kusa de su asiento, la puso sobre el arma de Brahma. Y llameó como el fuego de la disolución ante aquel cuervo. Y usted soltó aquella ardiente kusa hacia aquel pájaro. Y entonces aquella ardiente kusa persiguió al cuervo. Y abandonado aun por los celestiales, que estaban aterrados, y recorriendo los tres mundos, no halló refugio. Entonces volvió de nuevo a usted, oh sometedor de enemigos. Y buscando su amparo, se postró en el suelo. Y, oh Kakutstha, usted lo salvó, aunque merecía ser muerto. Y pensando que era impropio frustrar la puntería del arma, usted, oh Raghava, destruyó el ojo derecho del cuervo. Entonces, inclinándose ante usted y ante el rey Dasaratha, aquel cuervo, despidiéndose, se fue a su región. “Oh Raghava, usted es el primero de los diestros en el uso de las armas, poderoso y dotado de un excelente carácter; ¿por qué no descarga armas contra los rakshasas? Los celestiales, los gandharvas, los asuras, los maruts, ninguno de ellos está calificado, oh Rama, para igualarlo a usted en combate. Si usted, dotado de gran poderío, tiene algún afecto por mí, destruya prestamente a Ravana en combate con flechas bien armadas. ¿Y por qué Lakshmana, sometedor de enemigos y mejor de los hombres, obteniendo los mandatos de su hermano, no me protege, oh Raghava? Aquellos dos mejores de los hombres, dotados del resplandor del Viento y del Fuego, e imposibles de reprimir aun por los celestiales, me están desatendiendo. En verdad he perpetrado una poderosa iniquidad, puesto que aquellos dos destructores de enemigos, siendo capaces, no me protegen”. Al oír aquellos dulces y lastimeros acentos de Vaidehi, hablé de nuevo a aquella venerable dama, diciendo: “En verdad puedo jurarle por usted misma, oh venerable dama, que Rama está duramente herido de pena en su ausencia. Y también Lakshmana se aflige pesadamente al contemplarlo cargado de dolor. No le corresponde afligirse más, puesto que he logrado hallarla. En este mismo momento verá usted el fin de su pena. Y aquellos dos príncipes, primeros de los hombres y destructores de enemigos, movidos por la energía al oír que la he visto, reducirán Lanka a cenizas. Y matando en combate al terrible Ravana con sus deudos y parientes, Raghava, en verdad, oh excelente doncella, la llevará de vuelta a su propia ciudad. Oh usted de persona intachable, confiérame una prenda tal que pueda ser reconocida por Rama y conduzca a su agrado”. Entonces, echando sus miradas alrededor, ella sacó de su ropa una excelente joya, digna de ser engastada en su trenza, y me la confirió, oh usted de gran fuerza. Y, oh usted, el más predilecto de la estirpe de Raghu, tomando para usted aquella gema con mis manos e inclinándome ante ella, me dispuse prestamente a partir. Y entonces, viéndome dispuesto a partir, agrandarme y a punto de saltar al firmamento, Sita, la hija del rey Janaka, mísera, bañada en lágrimas, abrumada de pena y con la voz ahogada por el dolor, habló, diciendo: “Dichoso eres, oh gran mono, pues contemplarás a Rama de grandes brazos y ojos de loto, y al famosísimo Lakshmana, el hermano menor de mi señor”. Y así interpelado por Maithili, dije: “Póngase prestamente sobre mi espalda, oh venerable dama, oh usted, hija del rey Janaka, y pronto le mostraré, oh gran dama, oh usted de ojos de un azul oscuro, a su señor junto con Sugriva y Lakshmana”. A lo cual ella respondió: “No es este el curso piadoso, oh gran mono, oh tú, primero de tu raza, que yo, por mi propia voluntad, me ponga sobre tu espalda. Y aunque antes de esto fui tocada por el demonio, oh héroe, fue porque no pude evitarlo, sometida como estaba a las circunstancias. Ve tú mismo, oh primero de los monos, adonde están aquellos dos príncipes”. Dirigiéndose a mí con estas palabras, dijo de nuevo: “Oh Hanuman, relata mi bienestar a Rama y a Lakshmana, de poderío leonino, y a Sugriva, acompañado de sus seguidores. Descríbelo de tal manera que Raghava, de grandes brazos, me salve de este océano de pena. Narra a Rama esta mi terrible pena y la aflicción que me causan las demonias. ¡Que la fortuna te sea propicia en tu camino, oh primero de los monos!”. Así dio expresión la venerable Sita a estos lastimeros acentos. Al oír estas palabras, crea usted que todo va bien con ella.

«Entonces, oh primero de los hombres, por amor a usted y estimándome por su amistad, aquella venerable dama se dirigió de nuevo a mí, diciendo: “Di así todo a Rama, el hijo de Dasaratha, para que me lleve pronto de aquí, matando a Ravana en batalla. Oh héroe, oh destructor de enemigos, si te place, puedes aliviarte de la fatiga viviendo en un rincón secreto, y luego partir mañana. Oh mono, en tu compañía olvido por un momento el peso de mi pena, desdichada como soy. Oh tú, dotado de gran poderío, partiendo tú, aguardaré tu regreso, pero dudo mucho que viva hasta entonces. Me consumiré con el temor de no volver a contemplarte, mísera y herida de pena como estoy. Y así quedaré, en adelante, abrumada por una pena más poderosa. Oh héroe, además, abrigo una grave duda acerca de tus auxiliares, los monos y los osos. No sé cómo cruzarán el poderoso piélago la hueste de monos y osos y aquellos dos príncipes. Oh mono inocente, de todas las criaturas solo tres están calificadas para cruzar el océano: tú, Garuda y el Viento. Oh tú, primero de los diestros en el habla, ¿qué has resuelto acerca del cumplimiento de esta ardua obra? Cierto es que solo tú estás calificado para cumplir esta obra, oh tú, destructor de héroes enemigos, pero tal manifestación de tu poderío solo acrecentará tu gloria. Pero si Rama, obteniendo la victoria, puede llevarme de aquí a su propia ciudad, ello redundará en su gloria. No le corresponde al heroico Raghava llevarme a hurtadillas, como Ravana, que me capturó en el bosque bajo un disfraz. En verdad será obra digna de él si Kakutstha, sometedor de la hueste enemiga, puede llevarme cercando la ciudad de Lanka con su ejército. Inicia, pues, esa obra como corresponde a aquel héroe de alma elevada, y que él muestre su poderío”. Al oír estas palabras sensatas, razonables y afectuosas, le di la última respuesta, diciendo: “Oh venerable dama, Sugriva, el primero de los monos, el señor de las huestes de monos y osos, dotado de hombría, ha resuelto rescatarla. Tiene bajo su mando a cierto número de monos poderosos y valerosos, dotados de gran poderío y de curso tan veloz como la imaginación. Su curso nunca es frustrado, ya vayan hacia arriba o hacia abajo, o se muevan tortuosamente. Nunca se agotan en sus acciones, sumamente valerosos y de inconmensurable poderío. Y aquellos grandes y poderosos monos, que recorren el aire, han circunvalado una y otra vez la tierra. Sugriva tiene muchos monos iguales a mí y mayores que yo, pero ninguno de fuerza inferior. Si yo he cruzado el piélago, ¿qué decir de estos poderosos héroes? Los héroes principales nunca son enviados en una misión, sino solo los de mérito inferior. No más lamentos, oh venerable dama. Aparte usted su pena. Y de un solo salto estos caudillos de las huestes de monos alcanzarán Lanka. Oh gran doncella, estos dos príncipes, poniéndose sobre mi espalda, vendrán a usted como el Sol y la Luna nacientes. Pronto contemplará ante la puerta de Lanka a Raghava, destructor de enemigos, semejante a un león, y a Lakshmana con un arco en la mano. Y pronto observará en banda a los heroicos monos, dotados de la fuerza de leones y tigres, que tienen uñas y dientes por armas. Y pronto oirá el rugido de los monos principales en la cumbre del monte Malaya, semejante al retumbar de las nubes. Y pronto contemplará a Raghava, destructor de enemigos, instalado junto con usted en el trono de Ayodhya tras volver del bosque”. Y aquella hija del rey de Mithila, aunque pesadamente cargada de pena en su ausencia, quedó grandemente consolada y complacida por mis auspiciosas palabras, que presagiaban el cumplimiento de su deseo».

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