Classica Labs

← The Ramayana · Contents

Kanda 6 of 7

Translated by Classica Labs bots.

Yuddha Kanda

Section 1

Al oír las palabras de Hanuman, debidamente referidas, Rama, sumamente deleitado, dijo: «Hanuman ha llevado a cabo una hazaña grandísima, rara sobre la tierra, y que ningún otro podría siquiera concebir entre los hombres. Salvo Garuda y el dios del Viento, y salvo también Hanuman, no hallo a nadie que cruce el ancho océano. Entrando por la fuerza en la ciudad de Lanka, imposible de someter por los dioses, los danavas, los yakshas, los gandharvas, las serpientes o los rakshasas, y bien protegida por Ravana, ¿quién, vivo, sale (de ella)? ¿Y quién que no sea el igual de Hanuman en fuerza y poderío entra siquiera en (Lanka), difícil de someter y cuidadosamente guardada por los rakshasas? Y habiendo desplegado así una fuerza a la medida de su poderío, Hanuman ha llevado a cabo también, en favor de Sugriva, un gran acto digno de un servidor. Aquel servidor que, encargado de una tarea ardua, tras haberla cumplido hace otra obra en prosecución (del asunto prescrito), es el mejor de los hombres. Es mediano el servidor que, enviado a una tarea, no hace, aunque capaz, ninguna otra obra que pueda ser grata al rey. Y aquel servidor que, encargado de una obra por el rey, no la cumple con cuidado, aunque sea competente, ha sido llamado el peor. Respecto de la orden (que había recibido), Hanuman ha hecho la obra (y más). No ha sido humillado y, además, ha complacido a Sugriva. Y al ver a Vaidehi, (Hanuman), cosechando rectitud, me ha salvado a mí, a la estirpe de Raghu y al poderosísimo Lakshmana. Y esto me ha dolido en el alma: que no puedo hacerle un beneficio semejante, devolviéndole este caro servicio suyo. El abrazo expresa el todo (de la Deidad), y, hallando esta ocasión, extiendo mi abrazo a Hanuman de alma elevada». Dicho esto, Rama, con el vello erizado de alegría, abrazó a Hanuman, dueño de sí mismo, que estaba presente tras haber terminado su discurso. Luego, reflexionando un rato, el mejor de los Raghus habló de nuevo en presencia de Sugriva, señor de los monos: «Se ha alcanzado el éxito completo en cuanto a la búsqueda de Sita. Pero cuando pienso en el océano, mi mente se hunde de nuevo en el abatimiento. ¿Cómo podrán los monos reunidos pasar a la orilla meridional del vasto abismo, difícil de cruzar? Estas nuevas me has relatado acerca de Vaidehi, pero ¿qué han de hacer luego los monos para cruzar el mar?». Dicho esto a Hanuman, aquel destructor de enemigos, Rama de brazos poderosos, agitado por la ansiedad, quedó entonces sumido en sus pensamientos.

Section 2

Entonces el garboso Sugriva dirigió palabras capaces de aliviar la pena al hijo de Dasaratha, Rama, que estaba agitado por el dolor: «¿Por qué, oh héroe, te afliges como uno que es vil? Que no sea así. Ahuyenta tu pena, así como un ingrato renuncia a la amistad. Ni, oh Raghava, ahora que se ha descubierto el paradero de Sita y que se conoce también la morada misma del enemigo, percibo la razón de tu dolor. Tú, oh Raghava, eres inteligente, versado en el saber, sabio y juicioso. Desecha esta mísera manera de pensar, así como un (asceta) dueño de sí mismo desecha todo curso de pensamiento que estorbe el logro de su propósito. Cruzando el océano, que hierve de gigantescos caimanes, entraremos en Lanka y mataremos a tu enemigo. De la persona desanimada y pobre de coraje, que tiene el alma abrumada por la pena, todo interés decae, y le sobrevienen desgracias (una tras otra). Todos estos héroes, estos caudillos de las hordas de monos, que anhelan ardientemente tu bienestar, son capaces de entrar en el fuego mismo. Por su actitud alegre lo sé, y firme es mi fe. Te corresponde disponer las cosas de tal manera que, matando al enemigo, a Ravana de actos impíos, traigamos aquí a Sita por nuestro propio poderío. Dispón, oh Raghava, las cosas de modo que se construya un puente (sobre el piélago) y que contemplemos el palacio del monarca rakshasa. Una vez que hayamos visto la ciudad de Lanka, asentada en la cumbre del Trikuta, da por cierto a Ravana muerto en batalla inmediatamente después (de que la veamos). Sin tender un puente sobre el océano, la temible morada de Varuna, ni aun los asuras y los celestiales con Indra (a la cabeza) son capaces de someter Lanka. Cuando el puente sobre el océano haya sido construido hasta cerca de Lanka, y cuando mis fuerzas hayan cruzado (el mar), considera asegurada la victoria. Puesto que estos monos son heroicos en la lucha y capaces de adoptar formas a voluntad, oh rey, no dejes que tu intelecto se entorpezca y eche así a perder todos los intereses. En este mundo la pena despoja a las gentes de su poderío. Haz precisamente lo que debe hacer un hombre: convoca tu hombría; pues lo que el que obra hace prontamente conduce a su éxito. En este momento, oh eminentemente sabio, alcanza el bien por medio de tu energía. De los hombres heroicos y de alma elevada como tú, cuando sufren una pérdida entera o parcial, la pena deshace todo interés. Por tanto, siendo el primero de los inteligentes y versado en todo saber, deberías, junto con consejeros como yo, esforzarte por vencer a tu enemigo. No hallo a nadie en los tres mundos, oh Raghava, que pueda sostenerse en combate ante ti, equipado con tu arco. Tu asunto, confiado a estos monos, no sufrirá (en modo alguno). Y pronto, cruzando el piélago sin límites, contemplarás a Sita. Por tanto, oh rey, renuncia a tu pena y convoca la ira. Aquellos kshatriyas que no conciben ira respecto de sus enemigos ven anulada su actividad; y todos temen a los furiosos. Acercándote a nosotros, tú, dotado de aguda inteligencia, busca el modo de cruzar el espantoso abismo, señor de las corrientes, junto con nosotros. Cuando estas fuerzas hayan pasado más allá del océano, da por cierto que hemos vencido; y cuando toda mi hueste haya alcanzado la orilla opuesta, concluye sin duda alguna que hemos obtenido la victoria. Estos monos, heroicos y capaces de asumir en la lucha formas a voluntad, matarán a aquellos enemigos con una lluvia de rocas y árboles. Si veo algún medio de cruzar el océano, la morada de Varuna, lo daré por muerto en batalla, oh destructor de enemigos. ¿Y de qué sirve extenderse? De todos modos saldrás victorioso. Y veo presagios, y mi mente está llena de deleite».

Section 3

Al oír el discurso de Sugriva, razonable y cargado de alto sentido, Kakutstha le dio su asentimiento y habló a Hanuman, diciendo: «Por el ascetismo, o construyendo un puente, o secando el océano, soy competente de todos modos para cruzar este océano. De los lugares impracticables, dime cuántos hay en (Lanka) a los que no se puede llegar. Oh mono, como tú lo has visto personalmente, deseo enterarme de todo esto. Y tú has observado debidamente en Lanka, a tu sosiego, el número del ejército, la inaccesibilidad (o no) de las puertas, la defensa de Lanka y las moradas de los rakshasas. Relátamelo fielmente, pues eres observador». Al oír el discurso de Rama, Hanuman, vástago del dios del Viento, primero de los versados en el habla, habló de nuevo a Rama: «¡Escuche! Le describiré por qué método está guardada y protegida por los rakshasas la ciudad de Lanka, cuán leales son los rakshasas, la insuperable prosperidad de Lanka, lo temible del abismo, las divisiones de las fuerzas y el número de elefantes, caballos, carros, etcétera». Dicho esto, aquel mejor de los monos, conocedor de la naturaleza de las cosas, prosiguió: «Lanka, llena de elefantes enloquecidos, se regocija siempre. Es grande, atestada de carros y habitada por rakshasas. Sus puertas están firmemente asentadas y provistas de macizas trancas. Y tiene cuatro anchas y gigantescas puertas. (En esas puertas) hay armas poderosas y grandes, piedras e ingenios, con los que se rechaza a una hueste hostil que se acerque. En las entradas están dispuestos y ordenados por bandas de heroicos rakshasas centenares de temibles y afiladas sataghnis de hierro. Tiene una poderosa e infranqueable muralla de oro, con su costado blasonado en el centro con piedras costosas, coral, lapislázulis y perlas. Alrededor hay un foso sumamente temible, de agua fresca, eminentemente grandioso, insondable, que contiene feroces animales acuáticos y está habitado por peces. En las puertas hay cuatro anchos puentes, provistos de máquinas y de muchas hileras de grandiosas estructuras. Al acercarse fuerzas hostiles, su ataque es rechazado por estas máquinas, y son arrojadas al foso. Uno de estos puentes es inamovible, fuerte y firmemente asentado, adornado con columnas y estrados de oro. Oh Rama, aunque Ravana tiene hambre de lucha, está sin embargo tranquilo; y es vigilante y está siempre ocupado en supervisar su ejército. Y temible, semejante a una ciudadela celestial, Lanka no puede ser escalada por medio de apoyo alguno. Tiene fortalezas formadas por corrientes, otras de colinas y otras artificiales, de cuatro clases. Y, oh Raghava, está situada en la otra orilla del océano, cuyo límite está muy lejos. Y no hay camino ni aun para barcas, y todos los lados carecen de división. Y aquella ciudadela está edificada en la cima de la montaña; y, semejante a la metrópoli de los inmortales, la sumamente invencible Lanka está llena de caballos y elefantes. Y un foso, sataghnis y diversos ingenios adornan la ciudad de Lanka, perteneciente al malvado Ravana. Y un ayuta de rakshasas, con dardos en las manos, difíciles de someter, y que luchan todos en vanguardia con sus espadas, protegen la puerta Oriental. Y un niyuta de rakshasas, con una fuerza cuádruple y con la flor de la soldadesca, protegen la puerta Meridional. Y un prayuta de rakshasas, que llevan espadas y escudos y son diestros en todas las armas, protegen la puerta Occidental. Y un arvuda de rakshasas protegen la puerta Septentrional. Y guerreros en carro y jinetes, personas honradas y nacidas de nobles linajes, por centenares y millares, y duendes irreprimibles y kotis de rakshasas, protegen la guarnición. Yo he derribado los puentes y rellenado la trinchera. He quemado la ciudad de Lanka y abatido la muralla. Crucemos por cualquier medio la morada de Varuna. Dé usted por cierto que la ciudad de Lanka está sometida por los monos. ¿De qué sirve que usted cuente lo demás? Angada, Dvivida, Mainda, Jambavan, Panasa, Nala y el general Nila, saltando y alcanzando la morada de Ravana, y hendiéndola, con sus bosques y colinas, foso y puertas, murallas y moradas, traerán (aquí) a Sita, oh Raghava. Si es así, ordene usted que se traiga el cuerpo entero del ejército; y parta usted a la hora propicia».

Section 4

Al oír debidamente desde el principio el discurso de Hanuman, el sumamente enérgico Rama, cuyo poder era la verdad, dijo: «Lo que dices, “Destruiré prestamente la ciudad de este espantoso rakshasa”, es verdad, te lo digo. Por tanto, en este mismo momento dispón la marcha de Sugriva. El Sol ha alcanzado su meridiano en este momento propicio, capaz de conferir la victoria. Que Ravana se lleve a Sita (a su propio país); ¿adónde irá Ravana con vida? Como un moribundo que ha tomado una droga que disipa la muerte y ha bebido ambrosía, Sita, al oír de mis preparativos de guerra, concebirá esperanza de vida. Hoy (está en ascenso) la Phalguni del Norte; y mañana la luna estará en conjunción con Hasta. Oh Sugriva, ¿partiremos, rodeados de la hueste entera? Los presagios que presencio auguran que, habiendo matado a Ravana, traeré de vuelta a Janaki. El párpado superior de mi ojo palpita; y ello anuncia que mi deseo ha sido en verdad alcanzado». Entonces, honrado por el rey de los monos así como por Lakshmana, el justo Rama, comprendiendo el sentido de las cosas, dijo de nuevo: «Rodeado de centenares y millares de monos veloces, que Nila vaya delante de esta fuerza para reconocer la ruta. Oh Nila, oh general, lleva prestamente al ejército por un camino provisto de frutos y raíces, que tenga aguas frescas de los bosques y esté abastecido de miel. Los malvados rakshasas emponzoñan los frutos, las raíces y el agua a lo largo del camino. Tú, siempre alerta, deberías preservarlos de los rakshasas. Y bajando de un salto a las hondonadas, a los baluartes de las montañas y a los bosques, que los moradores de las selvas espíen los destacamentos apostados del enemigo. Que los incompetentes se queden aquí. Este asunto es temible, y debemos aplicar nuestra mejor fuerza en conducirlo. Por tanto, que los primeros de los monos, dotados de prodigioso poderío, conduzcan la parte escogida del ejército, que asciende a centenares y millares. Y que Gaja, semejante a una colina, y el poderosísimo Gavaya, y aquel mono Gavaksha, amo de los saltadores, como un toro altivo entre las vacas, vayan en la vanguardia de la hueste de monos. Y que aquel primero de los monos, Rishabha, vaya protegiendo el ala derecha (del ejército); y que Gandha, irresistible como un elefante al que gotea el fragante licor de las sienes, y el impetuoso Gandhamadana vayan protegiendo el ala izquierda (del ejército de monos). Y animando al ejército, yo mismo, montado sobre Hanuman, como el Señor (montado) sobre Airavata, marcharé en medio de las fuerzas. Y como el señor de la riqueza y amo de los tesoros, montado sobre Sarvabhauma, que Lakshmana, semejante al Destructor, marche montado sobre Angada. Y que aquel rey de los osos, Jambavan de largos brazos, Sushena y el mono Vegadarsi protejan la retaguardia (de las fuerzas)». Al oír las palabras de Raghava, aquel primero de los monos y señor del ejército, el sumamente enérgico Sugriva, dio sus órdenes. Y al punto aquellos poderosísimos monos, saliendo de las cuevas y de las cumbres de las montañas, comenzaron a saltar (por todos lados). Después, honrado por el rey de los monos y también por Lakshmana, el justo Rama, acompañado de sus fuerzas, partió en dirección al sur. Y marchaba rodeado de centenares y millares, kotis y ayutas de monos semejantes a elefantes. Y en su marcha lo seguía la poderosa hueste de monos; y todos los mantenidos por Sugriva estaban llenos de alegría y daban muestras de deleite. Y saltando para guardar los flancos de las fuerzas, y brincando delante del ejército para abrir camino, fanfarroneando, lanzando rugidos leoninos y profiriendo gritos, los monos se dirigieron hacia el sur. Y unos se regalaban con miel perfumada y frutos, y otros llevaban poderosos árboles, sosteniendo los brotes. Y algunos, con orgullo (de su fuerza), alzaban de repente a otros y los arrojaban al suelo. Y algunos caían y al punto se levantaban, y otros derribaban a otros. «Mataremos a Ravana, así como a todos los vagabundos de la noche»: así rugían los monos en presencia de Raghava. Delante (del ejército), Rishabha, el heroico Nila y Kumuda, junto con muchos monos, iban despejando la ruta. En medio iban el rey Sugriva, Rama y Lakshmana, rodeados de innumerables monos poderosos y terribles. Y el heroico mono Satavali, rodeado de diez kotis (de tropas), protegía él solo por todos lados aquella hueste de monos. Y acompañados de cien kotis, Kesarin, Panasa, Gaja y Arka, por medio de muchos, protegían aquella hueste por todos lados. Y Sushena y Jambavan, poniendo delante de sí a Sugriva y rodeados de innumerables osos, protegían la retaguardia (del ejército). Y aquel primero de los moradores, poseedor de excelencia y de sentidos refrenados, el heroico Nila, general (del ejército), iba recorriendo las filas. Y Valimukha, y Prajangha, Jambha y el mono Rabhasa iban por todas partes, apremiando a los monos. Mientras marchaban así, respirando orgullo de su fuerza, aquellos monos semejantes a tigres vieron aquel primero de los montes, el Sahya, coronado de centenares de árboles, y extensiones de agua que reían con flores, y hermosos estanques. Y conociendo la orden de Rama de temible ira, aquella terrible y poderosa hueste, sumamente espantosa y semejante al seno del abismo, encogida de temor, dejando atrás ciudades, aldeas y provincias, avanzaba como el mar de profundo sonido. Y al lado del hijo de Dasaratha, aquellos heroicos monos semejantes a elefantes avanzaban a saltos, como nobles caballos espoleados. Y aquellos primeros de los hombres, montados sobre los monos, parecían hermosos como el Sol y la Luna medio eclipsados por los dos poderosos planetas, a saber, Rahu y Ketu. Y (así) avanzaba el justo Rama hacia el Sur, acompañado de su ejército. Entonces Lakshmana, provisto de consumado juicio y prontitud, que iba montado sobre Angada, dirigió a Rama palabras alentadoras, cargadas de sentido: «Recobrando prestamente a Vaidehi, que ha sido raptada, y matando a Ravana, volverás, alcanzado tu fin, a Ayodhya, que verá también cumplido su deseo. Oh Raghava, veo en la tierra y en el cielo todos los grandes presagios auspiciosos que te significan el éxito. Suave y grata sopla detrás del ejército la bendita brisa, infundiendo placer. Y las aves y las bestias gritan con voces sonoras. Y todos los puntos (de la brújula) parecen agradables; y el señor del día está sin nubes. El hijo de Bhrigu, Usanas, muestra también para ti un aspecto auspicioso, y Dhruva está sin mancha. Y todos los rishis, puros y provistos de lustre, giran en torno a Dhruva. Y delante de nosotros brilla el abuelo de los Ikshvakus de alma elevada, el inmaculado rajarshi Trisanku, con su sacerdote. E inmaculada y libre de perturbaciones aparece Visakha. Esta es la estrella de linaje de nosotros, los Ikshvakus de alma elevada. Y Nairrita, la estrella de linaje de los nairritas, está duramente afligida y, tocada por Dhumaketu, el portador de la vara, está en apuros. Todo esto es para la destrucción de los rakshasas. En el tiempo fijado, los que están en las garras de la Muerte tienen sus estrellas afligidas por los planetas. Y el agua es pura y de sabor dulce; y los bosques están provistos de fruta. Y la brisa olorosa no sopla con fuerza; y los árboles están provistos de todas las flores de la estación. Y, oh señor, esta hueste de monos parece espléndida en sumo grado, como lo pareció la hueste celestial en ocasión de la destrucción de Taraka. Viendo todo esto, deberías, oh noble, sentirte deleitado». Habiendo consolado así a su hermano, el hijo de Sumitra, sintiéndose animado, dijo esto. La hueste de monos siguió adelante, cubriendo la tierra. Y el poderoso polvo levantado con la parte delantera de los pies y de las manos por los osos, monos y tigres, que tenían por armas uñas y dientes, envolvió el mundo, y el esplendor del sol quedó oscurecido. Y así como las nubes envuelven el cielo, la poderosa hueste de monos siguió adelante, cubriendo el cuadrante meridional con sus montañas, bosques y cielo. Y mientras marchaban cubriendo un yojana tras otro, las corrientes parecían como si fluyeran en dirección opuesta. Y ellos, mientras avanzaban, descansaban junto a estanques de agua clara, en montañas cubiertas de árboles, en llanuras y en bosques rebosantes de frutos. Unos moviéndose en línea recta, otros de soslayo, y otros moviéndose por la tierra, aquella enorme hueste de monos siguió adelante cubriendo la tierra entera. Y todos tenían el semblante deleitado y estaban dotados de la velocidad del viento. Y estos monos consagraban toda su energía al cumplimiento de la obra de Raghava. Y se mostraban unos a otros su alegría, poderío y energía. E influidos por la vanidad de la juventud, lanzaban diversos gritos. Unos avanzaban con rapidez, otros saltaban, otros lanzaban gritos que expresaban alegría, otros alzaban la cola y otros golpeaban el suelo con los pies. Algunos, extendiendo los brazos, rompían las colinas, y otros los árboles. Y otros subían a las cimas de las colinas. Algunos comenzaron a hacer sonidos terribles, y otros hacían un ruido tintineante. Y muchos otros destrozaban las enredaderas con la velocidad de sus muslos. Y algunos se entretenían jugando con árboles y rocas. Y así quedó envuelta la tierra por millones y kotis de monos temibles. Y así la enorme hueste de monos siguió adelante día y noche. Y todos aquellos monos, deleitados, guiados por Sugriva y gozosos en la batalla, avanzaron velozmente. Y no descansaban ni un momento, deseosos de rescatar a Sita. Entonces, llegando al monte Sahya, cubierto de diversos árboles y bosques, aquellos monos subieron a él. Y Rama siguió adelante contemplando el bosque variegado, los ríos y las fuentes de los montes Sahya y Malaya. Y aquellos monos derribaron diversos árboles: champakas, tilakas, mangos, prasekas, sinduvarakas, tinisas y karaviras, asokas, karanjas, plakshas, nyagrodhas, jambukas y amalakas. Y sentados ellos en pintorescas rocas, diversos árboles del bosque, sacudidos por el viento, derramaban flores sobre ellos. Y soplaba en aquellos bosques, llenos del olor de la miel, un viento de tacto agradable, fresco como la Luna, acompañado del zumbido de las abejas. Y aquel monte estaba ricamente embellecido con diversos metales. Y el polvo que salía de estos metales, espesado por el aire, envolvía por todos lados a la enorme hueste de monos. Florecían en aquel pintoresco valle de la montaña ketakas, sinduvaras, hermosas vasantis, madhavis, gandhapurnas, kandas, chirabilvas, mahikas, vanjulas, vakulas, ranjakas, tilakas, nagas, chutas, patalikas, kovidaras, muchalindas, arjunas, simsapas, kutajas, pintalas, tinisas, churnakas, nipakas, nila-asokas, saralas, ankolas y lotos. Y todos estos árboles fueron grandemente agitados por aquellos monos, deleitados con su vista. Había en aquella montaña muchos pintorescos lagos y estanques llenos de chakravakas y karandavas, patos y kraunchas, y el monte abundaba por todos lados en jabalíes, ciervos y terribles osos, leones y tigres y diversos otros animales temibles, y estaba embellecido con lotos plenamente abiertos, lirios, utpalas y diversos otros árboles fragantes que crecían en el agua. Y diversas aves entonaban su coro musical en la cumbre de aquel monte. Y bañándose y bebiendo, estos monos jugaban en el agua. Y subiendo al monte, estos monos saltaban sin cesar. Y exaltados por la bebida, despedazaban los frutos, raíces y flores de los árboles, de olor de ambrosía. Y aquellos monos, amarillos como la miel, deleitados, se regalaban con mangos largos, que medían un drona. Derribando los árboles, destrozando las enredaderas, saltando de un árbol a otro y haciendo resonar el monte Sahya, aquellos monos principales siguieron adelante, deleitados y exaltados por la bebida. Unos subiendo a los árboles y otros bebiendo, toda la tierra quedó envuelta por aquellos monos y parecía como embellecida con mieses maduras de arroz. Y llegando al monte Mahendra, Rama de grandes brazos, de ojos como lotos, subió a la cumbre adornada con diversos árboles. Y llegando a la cima, el hijo de Dasaratha divisó el vasto abismo lleno de tortugas y peces. Entonces, pasando por los montes Sahya y Malaya y ordenando su enorme hueste, llegaron poco a poco al rugiente abismo. Y descendiendo de allí, Rama, el primero de los que procuran la felicidad a todos, acompañado de Lakshmana y Sugriva, entró en el bosque situado en las orillas del océano. Y llegando a las extensas orillas, que tenían rocas y eran lavadas continuamente por las olas crecientes, Rama habló, diciendo: «Oh Sugriva, hemos llegado a la morada de Varuna. Ahora ha surgido en mi mente lo que no había pensado antes. Y este océano, el señor de las corrientes, cuya otra orilla no se ve, no puede ser cruzado sin alguna medida excelente. Que la hueste de monos acampe aquí, pues, y que luego concierten un plan por medio del cual puedan llegar a la otra orilla». Y llegando a las orillas del océano, Rama de grandes brazos, herido de pena por Sita, ordenó su campamento, diciendo: «Oh primero de los monos, acampa tu hueste a la orilla del océano. Ha llegado ahora la hora del consejo, en que debemos idear algún plan para cruzar el piélago. Temo a los rakshasas a cada paso, pues son grandes creadores de ilusiones; que los caudillos vayan, pues, a sus propias huestes y que no vayan a ninguna otra parte, abandonándolas». Al oír las palabras de Rama, Sugriva, junto con Lakshmana, acampó al ejército a la orilla del océano, cubierta de árboles. Y apostada junto al piélago, la hueste de monos, a consecuencia de su semejanza de color con el contenido azul del abismo, parecía un segundo océano. Entonces, llegando a la orilla, aquellos monos principales se ocuparon en concertar un plan para cruzar el vasto abismo. Y el tumulto de aquella hueste de monos acampada allí se oía por encima del rugido del abismo. Y aquel enorme ejército de monos, mandado por Sugriva y dispuesto en tres divisiones, estaba hondamente preocupado por el cumplimiento de la obra de Rama. Y llegando a la orilla del vasto abismo, aquella hueste de monos, deleitada, contempló el océano movido por el Viento. Y aguardaron allí contemplando el abismo de extensión sin trabas, cuya orilla lejana estaba habitada por los demonios y que estaba atestado de diversos animales acuáticos. Cuando levantaba su espuma al acercarse la tarde, parecía reír, y alzando sus oleajes, parecía bailar. Crecía con la salida de la Luna, y ella se reflejaba en su pecho. Aquella morada de Varuna estaba infestada de gigantescos tiburones, ballenas y timingalas, agitada por la furia del Viento, llena de serpientes de cuerpos llameantes y de diversos animales acuáticos y rocas, y era de profundidad insondable. Tenía pintorescas fortalezas en su margen, y su otra orilla era difícil de alcanzar. Y los makaras y las serpientes que vivían en él eran movidos por el Viento. Las aguas, como deleitadas, subían y bajaban. Y teniendo debajo serpientes de cuerpos llameantes, parecía como rociado de centellas de fuego. Y aquella terrible morada de los demonios se extendía hasta las regiones habitadas por los nagas o serpientes. El abismo semejaba el firmamento y el firmamento el abismo, y no parecía haber diferencia entre ellos. El cielo coronado de estrellas y el abismo lleno de gemas se asemejaban entre sí. El cielo envuelto en nubes y el océano desbordante de oleajes no presentaban contraste alguno. Las olas del poderoso abismo, golpeándose continuamente unas a otras, producían un sonido semejante al de una trompeta en el cielo. Estaba lleno de diversas gemas, y su agua estaba emponzoñada por medio del aire. Estaba lleno de diversos animales acuáticos y, levantando sus olas, parecía como encendido de ira. Y allí contemplaron aquellos monos de alma elevada el poderoso piélago agitado por el Viento y murmurando como con el oleaje de las olas. Entonces, abrumados de sorpresa, aquellos monos, apostados allí, divisaron el piélago rebosante de aguas ondulantes y que se movía como (de su sitio).

Section 5

Allí, en la orilla septentrional del océano, el ejército fue acampado y puesto en orden por Nila. Y los dos monos principales, Mainda y Dvivida, patrullaban por todos lados para proteger la hueste de monos. Y acampado el ejército en la orilla del señor de las corrientes y los ríos, Rama, contemplando a Lakshmana a su lado, habló, diciendo: «Sé que la pena se mitiga con el paso del tiempo, pero mi dolor, nacido de la separación de mi esposa, crece día a día. No me apena que haya sido raptada furtivamente por el demonio; mi dolor es que su fin se acerca. Oh Viento, ve allá donde está mi amada esposa y, tocando su persona, tócame a mí, pues entonces seré feliz posando mis miradas en la Luna y siendo tocado por ti. ¡Ay! Mi amada gritó “Oh señor, oh señor” cuando fue raptada. Esas palabras, dando vueltas en mí, me queman como veneno. Ahora estoy siendo consumido día y noche por el fuego del deseo, que tiene por combustible la separación de ella y por llama sus pensamientos. Dejándote, oh hijo de Sumitra, saltaré al abismo, y entonces este fuego ya no me quemará más. Este es mi único consuelo, por el cual aliento: que yo y ella respiramos sobre la misma tierra. Como una tierra seca que extrae agua de un suelo regado, vivo al oír que Janaki sobrevive todavía. ¿Cuándo, desbaratando a mis enemigos, contemplaré a Sita, de hermoso talle y ojos semejantes a pétalos de loto, como un héroe victorioso contempla la Gracia real? Como el enfermo que bebe el elixir de la vida, ¿cuándo, alzando un poco su rostro semejante al loto, de hermosos dientes y labios, imprimiré en él besos? ¿Y cuándo me abrazará ella, riendo, con su pecho erguido semejante al fruto de la palmera? ¡Ay! Aquella casta dama de rojas comisuras en los ojos, rodeada de demonias, desea un protector como quien no tiene esposo, aunque tiene en mí un esposo. ¿Cómo le va, en medio de las demonias, a aquella hija del rey Janaka, mi amada esposa y nuera del rey Dasaratha? Y muertos por mí aquellos rakshasas, difíciles de reprimir, en verdad aparecerá ella como los rayos de la Luna libres de oscuras nubes otoñales. Sita es delgada por naturaleza y, en verdad, ha quedado muy reducida por la pena, el ayuno y las calamidades tocantes al tiempo y al lugar. ¿Cuándo, traspasando con mis flechas el pecho del señor de los rakshasas, renunciaré a la pena de mi mente? ¿Y cuándo mi consagrada Sita, semejante a la hija de un celestial, se echará ansiosamente a mi cuello y derramará lágrimas de alegría? ¿Y cuándo renunciaré a este dolor mío, nacido de la separación de Maithili, como quien se despoja de sus ropas manchadas?». Lamentándose así el inteligentísimo Rama, el día pasó, y el Sol, menguando gradualmente, desapareció por fin. Y consolado por Lakshmana, Rama, herido por los pensamientos tocantes a Sita, de ojos como pétalos de loto, se entregó a los ritos relativos al culto de la Tarde.

Section 6

Al contemplar en Lanka aquella temible y pavorosa obra llevada a cabo por Hanuman, semejante al Sakra de alma elevada, el señor de los rakshasas, mirando al suelo con vergüenza, se dirigió a todos ellos, diciendo: «Aquel mono él solo ha invadido y entrado en la ciudad de Lanka, difícil de alcanzar, y ha divisado a Sita, la hija del rey Janaka. Ha destrozado el palacio y el altar del sacrificio, ha matado a los principales rakshasas y, en suma, ha agitado toda la ciudad de Lanka. ¿Qué haré ahora? ¿Y qué deben hacer todos ustedes en esta ocasión? Les corresponde a todos ustedes darme el consejo que me convenga y conduzca a mi gloria. “La victoria es fruto de la consulta”: esto dicen los sabios. Celebremos, pues, consejo, oh poderosos, acerca de las medidas que debemos adoptar respecto de Rama. Hay tres órdenes de hombres en esta tierra: el superior, el mediano y el inferior. Esta distinción no puede percibirse sin el conocimiento de las señales, y por eso les relataré sus méritos y deméritos. Se dice que pertenece al orden superior aquel cuyo consejo contiene las tres señales (mencionadas abajo), o que emprende las obras tras consultar debidamente con amigos capaces o con personas que tienen el mismo fin a la vista, y a veces con otros, y que sirve a la Providencia. Pertenece al orden mediano el que solo se consulta a sí mismo, depende de la Providencia y emprende solo las obras. Y pertenece al orden inferior el que emprende las obras sin averiguar sus méritos o deméritos, desatendiendo la voluntad de la Providencia y diciendo: “Haré esto”, y queda inactivo (al final). Y los consejos se dividen también en tres clases, como los tres órdenes de hombres (mencionados). Pertenece al orden superior el consejo en que los consejeros, con su juicio reforzado por el conocimiento de la ética política, son unánimes. Pertenece al orden mediano aquel en que los consejeros, tras variada discusión, llegan a la unanimidad a la larga. Y es el peor aquel en que los consejeros difieren entre sí y convienen un poco a la larga, sin buen resultado. Todos ustedes están dotados de buenos intelectos: decidan todos unánimemente lo que me conviene y conduce a mi bienestar. Rodeado de un millar de monos pacientes, Rama, con el propósito de capturar nuestra ciudad, se acerca a Lanka. En verdad cruzará el piélago junto con su hermano menor y una poderosa hueste. Puede por su poderío secar el océano y hacer lo demás. Acercándose así Rama con intención hostil junto con los monos, les corresponde idear los medios que puedan proteger mi ciudad y mi ejército».

Section 7

Así interpelados por su señor, los poderosísimos rakshasas, faltos de buen juicio e ignorantes del consejo sensato, respondieron con las palmas juntas, diciendo: «Usted tiene, oh rey, soldados y armas de sobra. ¿Por qué está, pues, herido de pena? Yendo a Bhogavati, desbarató usted a las serpientes en batalla. El dios de la Muerte, que vive en el monte Kailasa rodeado de yakshas, fue sometido por usted en una gran batalla. Y aquel poderoso señor de los hombres, orgulloso de su amistad con Siva, fue derrotado por usted airadamente en batalla. Desbaratando y matando a la banda de yakshas, trajo usted este carro florido del monte Kailasa. Oh señor de los rakshasas, deseando su amistad por temor, Maya, el rey de los danavas, le ofreció su hija por esposa. Oh usted de brazos poderosos, sometió a su dominio al poderoso e irreprimible danava para placer de Kumbhinasi. Y entrando en la región bajo la tierra, derrotó a las serpientes y sometió así a su dominio a Vasuki, Takshaka, Sankha y Jati. Aquellos heroicos danavas, los Kalakeyas, eran sumamente poderosos, irreprimibles y orgullosos de los dones que se les habían conferido. Y luchando con ellos sin cesar durante un año, los sometió usted a su dominio, oh señor, oh destructor de enemigos, y aprendió de ellos la ciencia de las variadas ilusiones, oh rey de los rakshasas. Oh gran héroe, fueron derrotados por usted en batalla los heroicos y poderosos hijos de Varuna, seguidos de una división cuádruple de su ejército. El dominio de la Muerte es como el poderoso piélago, que tiene su vara por animales acuáticos, las agonías por los árboles que cubren sus islas, el lazo por las olas, sus servidores por las serpientes y su terrible fiebre por la temible actitud del abismo. Y zambulléndose en este terrible abismo, desbarató usted, oh rey, a la Muerte misma y ganó una gloriosa victoria. Y todos quedaron complacidos allí con su afortunado combate. La Tierra estaba llena de diversos heroicos kshatriyas, semejantes a Sakra en poderío, como está adornada ahora con diversos árboles. Raghava no es su igual ni en fuerza ni en poderío. Y todos aquellos héroes, difíciles de reprimir en batalla, fueron muertos por usted, oh rey. Aguarde usted aquí, oh gran rey; no necesita tomarse molestia alguna. Indrajit solo matará a todos estos monos. Y este, oh poderoso monarca, habiendo celebrado el sacrificio Mahesvara, ha obtenido un noble don, rara vez (alcanzado por las personas). Habiendo agitado el océano de las huestes celestiales, que tenía dardos y lanzas por peces, lluvias de armas por musgo, elefantes por tortugas, corceles por ranas, a Rudra y a Aditya por animales feroces, a los maruts y a los vasus por poderosas serpientes, carros, caballos y elefantes por volumen de agua, e infantería por su espaciosa orilla, este (Indrajit), tomando cautivo al propio señor de los celestiales, lo había traído a Lanka. Entonces, oh rey, liberado conforme al mandato del Gran Padre, el matador de Sambara y de Vritra, adorado por todos los celestiales, volvió al cielo. Encomiende usted, oh gran rey, este asunto a Indrajit, hasta que lleve a la destrucción a la hueste de monos junto con Rama. Oh rey, no debe usted pensar que esta calamidad, venida de una persona innoble, tenga importancia. Usted matará a Raghava».

Section 8

Entonces aquel heroico general, el rakshasa llamado Prahasta, que poseía el esplendor de las nubes oscuras, expuso con las manos juntas: «Soy competente para burlar en batalla a dioses y danavas y gandharvas, fantasmas, aves y serpientes; ¿qué es, pues, un par de seres humanos? Habiendo sido negligentes y confiados (en nuestro poder), todos hemos sido engañados por Hanuman. Pero, viviendo yo, aquel morador de los bosques no se irá (de nuevo) de aquí con vida. Toda la tierra hasta el océano, con sus colinas, selvas y bosques, quedará libre de monos. Mándeme usted. Y, oh vagabundo de la noche, libraré (a los rakshasas) de los monos; y usted no tendrá que sufrir en lo más mínimo a consecuencia de su transgresión». Entonces el rakshasa llamado Durmukha, enfureciéndose, dijo: «Este avasallamiento de todos nosotros no debe ser perdonado, este flagrante desbaratamiento de la metrópoli del auspicioso señor de los rakshasas, así como de sus aposentos interiores, por el primero de los monos. En este momento, marchando yo solo (de aquí), exterminaré a los monos, aunque hayan entrado en el temible abismo, o en el cielo, o en las regiones subterráneas». Entonces el poderosísimo Vajradanshtra, blandiendo una terrible porra manchada de carne y sangre, observó airadamente: «Existiendo Rama, el irreprimible, y también Sugriva con Lakshmana, ¿qué tenemos que ver con el débil y mísero Hanuman? Hoy mismo, matando yo solo con esta porra a Rama con Sugriva y con Lakshmana, volveré tras haber hostigado duramente a la hueste de monos. Y, oh monarca, si así lo desea, ¡escuche esta otra palabra mía! En verdad, el que es fértil en recursos y está siempre dispuesto logra el éxito. Que millares de rakshasas, heroicos, terribles, temibles de contemplar y que adoptan formas a voluntad, designados por el señor de los rakshasas, presentándose ante Kakutstha en formas palpablemente humanas, digan con calma a aquel primero de los Raghus: “Hemos sido despachados por tu hermano menor”. Al oír esto, él (Rama), convocando sus fuerzas sin demora, vendrá aquí. Entonces, equipados con dardos, jabalinas y mazas, y llevando arcos, flechas y cimitarras en las manos, partiremos (de aquí) velozmente y con toda rapidez; y apostándonos en el cielo en bandas, y matando al ejército de monos con poderosas lluvias de rocas y armas, lo llevaremos a la puerta de la Muerte. Atraigamos de esta manera a Rama y a Lakshmana; y si caen en nuestro designio, perderán sin duda la vida». Entonces aquel héroe, el hijo de Kumbhakarna, llamado Nikumbha, dotado de excesivo poderío, con gran ira observó a Ravana, destructor de mundos: «Quédense todos ustedes aquí junto con el gran rey. Yo solo mataré a Raghava junto con Lakshmana, y a Sugriva con Hanuman, y a todos los monos». Entonces un rakshasa llamado Vajrahanu, semejante a una colina, lamiéndose airado con la lengua las comisuras de la boca, dijo: «Desechando la ansiedad, ocúpense ustedes como gusten. Yo solo me tragaré toda aquella hueste de monos. Quédense a sus anchas y sin ansiedad y beban vino Varuna. Yo solo mataré a Sugriva con Lakshmana, así como a Hanuman con Angada, y a todos los monos».

Section 9

Entonces, empuñando con feroz ira porras y pattisas, lanzas, dardos barbados y jabalinas, y hachas, arcos, excelentes flechas y espadas semejantes al agua cristalina, se levantaron los rakshasas Rabhasa, y el poderoso Suryasatru, y Saptaghna, y Yajnakopa, y Mahaparsva y Mahodara, Agniketu el irreprimible, y el rakshasa Rasmiketu, y el vigoroso Indrasatru, hijo de Ravana, y Prahasta, Virupaksha y el sumamente fuerte Vajradanshtra, y Dhumraksha, y Nikumbha, y el rakshasa Durmukha. Y llameantes de energía, todos ellos se dirigieron a Ravana, diciendo: «Hoy mataremos a Rama, y a Sugriva junto con Lakshmana, y al desvalido Hanuman, que ha dañado Lanka». Entonces, conteniéndolos, a ellos, que se habían equipado (así) con toda clase de armas, y haciéndolos sentar, Vibhishana, con las manos juntas, les habló de nuevo, diciendo: «Los sabios han afirmado que se debe recurrir al poderío en un asunto entonces solamente, cuando el fin buscado no puede alcanzarse por los tres (otros) medios. El poderío produce fruto solo respecto de una acción bien aconsejada, dirigida mientras se vigila cuidadosamente a (enemigos) que están descuidados, o cautivos, o bajo aflicción divina. ¿Pero por qué se proponen ustedes desbaratar a (Rama), que está vigilante, que desea la victoria, que es fuerte con la fuerza divina, que ha sometido la pasión y que es difícil de someter? ¿Quién había pensado o razonado jamás entre los hombres acerca de la carrera de Hanuman sobre el temible abismo, el señor de las corrientes y los ríos? Oh vagabundos de la noche, siendo inconmensurables la fuerza y el poderío (del enemigo), no deben ustedes de ningún modo desdeñarlo temerariamente. ¿Y cuál fue el agravio que antaño había hecho Rama al rey de los rakshasas, para que este raptara de Janasthana a la esposa de aquel ilustre? Si Khara, que había invadido regiones que no eran suyas, fue muerto en batalla por Rama, ciertamente una criatura debe preservar su vida lo mejor que pueda. Es por este gran temor que nos atormenta a causa de Vaidehi, que debe su existencia a esto, por lo que ella, habiendo sido raptada, debe (ahora) ser devuelta. ¿De qué sirve obrar de modo que la consecuencia sea la contienda? Y (Rama), poseedor de poderío, pero que permanece siempre en la moral, es incapaz de iniciar hostilidades sin propósito. Por tanto, denle ustedes su Maithili. Y antes de que él, por medio de sus flechas, hienda esta ciudad junto con sus elefantes y corceles, que rebosa de incontables gemas, denle ustedes su Maithili. Y antes de que la temible, irreprimible y poderosa hueste de monos bloquee esta Lanka nuestra, devuelvan ustedes a Sita. Esta ciudad de Lanka perecerá, así como todos los heroicos rakshasas, si usted mismo no entrega a Rama su esposa. Me esfuerzo por complacerlo por la fraternidad (que subsiste entre nosotros). Haga lo que digo. Digo lo que es verdad y lo que es también para su bien. Devuelva usted a Rama su Maithili. Antes de que el hijo del rey, para procurar la destrucción de usted, derrame flechas certeras semejantes a los rayos del Sol otoñal, de puntas brillantes y partes emplumadas, y sumamente duras, entregue usted a Maithili al hijo de Dasaratha. Abandone al punto su ira, que destruye la felicidad y la virtud; y siga la rectitud, que acrecienta el goce y la fama. ¡Sea propicio, para que vivamos (en paz) junto con nuestros hijos y parientes! Devuelva a Maithili al hijo de Dasaratha». Habiendo oído el discurso de Vibhishana, Ravana, señor de los rakshasas, dejándolos a todos, entró en su propio aposento.

Section 10

Entonces, temprano por la mañana, como el sol ardiente y refulgente que entra en una poderosa masa de nubes, Vibhishana, firme en la virtud y el interés, heroico y poseedor de excesivo esplendor, desempeñando un papel peligroso, entró en el aposento de su hermano mayor, semejante a un conjunto de cumbres de montaña y elevado como el pico de una montaña, ordenado, dividido en espaciosas salas, refugio de los grandes, habitado por personas augustas e inteligentes leales (a Ravana); guardado alrededor por vigorosos rakshasas en número limitado; con el aire agitado por el aliento de elefantes enloquecidos; con fuertes sones de caracolas y resonante de trompetas; que albergaba multitud de hermosas doncellas, con sus calzadas (rebosantes de conversación); provisto de puertas de oro bruñido; embellecido con excelentes adornos; semejante a la morada de los gandharvas o a la mansión de los maruts; que contenía montones de gemas; como la morada de las serpientes. Y aquel de excesiva energía oyó los sonidos sagrados y santos pronunciados por brahmanes versados en los Vedas que celebraban la victoria de su hermano; y aquel poderosísimo (héroe), conocedor de los mantras y los Vedas, vio a vipras adorados con vasijas de cuajada, mantequilla clarificada, flores y arroz tostado. Y el (Vibhishana) de brazos poderosos saludó al hermano menor del dador de riquezas, que estaba sentado allí. Y aquel conocedor de las maneras, tras la debida cortesía, se sentó en un asiento adornado de oro que le fue indicado (con una mirada real). Y en privado, así como en presencia solo de sus consejeros, Vibhishana dirigió a Ravana de alma elevada palabras respaldadas por la razón y sumamente cargadas de su bienestar. Y habiendo, con un discurso apaciguador, calmado a su hermano mayor y tenido con él las debidas cortesías, aquel que, por la altura de su sentimiento, había notado la excelencia y su falta, se dirigió a (Vibhishana) con palabras adecuadas a la ocasión y al lugar: «Desde que, oh sometedor de enemigos, Vaidehi ha venido aquí, se ven presagios inauspiciosos. El fuego, envuelto en humo en el momento de ser encendido, y lanzando luego centellas, con su brillo oscurecido por el vapor, no crece adecuadamente ni aun cuando se vierten en él oblaciones con mantras. Se descubren reptiles en las cocinas, en las cámaras del fuego sacrificial y en los lugares de las recitaciones védicas; y hormigas (se hallan) en la mantequilla clarificada. La leche de las vacas se ha secado; y los elefantes más nobles están sin el licor de las sienes. Y los caballos, aunque se han regalado con hierba fresca, relinchan angustiados. Y los asnos, camellos y mulas, oh rey, con el pelo erizado, derraman lágrimas; y aunque se les atiende médicamente, no vuelven a su natural. Y los cuervos en bandadas lanzan gritos ásperos por todos lados, y se les ve en enjambres en las cimas de los edificios. Los buitres se posan tristes y afligidos en los tejados de las casas. Durante los dos crepúsculos, los chacales, apareciendo a la vista, lanzan aullidos ominosos. Y a los lobos y otros animales (feroces), así como a los ciervos, que se acercan en manadas a la puerta del palacio, se les oye lanzar fuertes rugidos semejantes al trueno. Llegadas las cosas a este punto, aun esta expiación, me parece, es capaz de disipar los malos presagios. Devuelva usted a Vaidehi a Raghava. Si he dicho esto por ignorancia o codicia, no debe usted, oh poderoso monarca, inculparme. Todos los rakshasas y rakshasis, así como los pertenecientes al palacio y a los aposentos interiores, tendrán que experimentar la mala consecuencia (de este acto suyo). Todos los consejeros se han abstenido de darle este consejo; pero ciertamente yo debo decirle lo que he visto u oído; y adoptando las medidas propias, le corresponde a usted obrar así». El hermano (de Ravana), Vibhishana, dirigió así a su hermano, el jefe de los rakshasas, en medio de los consejeros, estas palabras cargadas de su bien. Al oír este discurso benéfico, suave y cargado de sentido, fortalecido con razones y capaz de procurar (su bienestar) para el presente, el pasado y el futuro, (Ravana), que había concebido una pasión (por Sita), montando en cólera, respondió: «No hallo temor alguno. Raghava nunca tendrá a la hija de Mithila. Aun si el hermano mayor de Lakshmana fuera sostenido en batalla por los celestiales con Indra (a la cabeza), ¿cómo podrá sostenerse ante mí (en el campo)?». Dicho esto, aquel destructor de las huestes celestiales, el de diez cuellos, poseedor de poderosa fuerza y de terrible poderío en batalla, despidió entonces a su hermano Vibhishana, que había dicho la verdad.

Section 11

El rey injusto, dominado por su pasión (por Sita), quedó reducido a consecuencia de su acto pecaminoso, así como de la pérdida de honra que sufrió a manos de sus amigos. Y faltaba la ocasión para la guerra. Ravana, poseído por la lujuria y pensando continuamente en Vaidehi, concibió junto con sus consejeros que había llegado el tiempo de entrar en hostilidades. Y saliendo, subió a un poderoso carro provisto de redes de oro, adornado con perlas y coral y uncido con corceles adiestrados. Y habiendo subido a aquel excelente vehículo, de sonidos semejantes a los de poderosas nubes, aquel primero de los rakshasas, el de diez cuellos, se dirigió a la corte. Y mientras avanzaba, rakshasas que llevaban espadas y escudos y portaban toda clase de armas iban delante del señor de los rakshasas. Y (algunos de) estos, vestidos con diversos atavíos espantosos y adornados con diversos ornamentos, iban rodeando su retaguardia y sus flancos. Y atirathas iban con carros, y soberbios elefantes enloquecidos, y corceles juguetones; y llevando en las manos mazas y porras, y dardos y garrotes. Y mientras Ravana marchaba hacia la corte, se levantaron los fuertes sones de mil trompetas y los estruendosos sonidos de las caracolas. Y aquel temible y poderoso guerrero en carro prosiguió su curso, haciendo resonar de repente los lados y embelleciendo las calzadas. Y la inmaculada sombrilla blanca del señor de los rakshasas, alzada, parecía hermosa como la Luna en su plenitud. A su derecha y a su izquierda lucían dos abanicos de cola de yak blancos como el cristal, provistos de hilos de oro. Y todos los rakshasas, de pie en el suelo con las manos juntas, inclinan la cabeza ante el primero de los rakshasas, que estaba sentado en su carro. Ensalzado por los rakshasas con bendiciones de victoria, aquel sumamente enérgico sometedor de enemigos llegó a la corte construida (por Visvakarma). Y aquel sumamente enérgico entró en persona en aquella corte pavimentada de plata y oro, con el centro decorado de cristal y elegantemente cubierta de seda bordada de oro, excelentemente construida por Visvakarma y guardada por seiscientos fantasmas. Y Ravana se sentó en un asiento superior y augusto hecho de lapislázuli, provisto de un cojín y cubierto con una suave piel de ciervo. Y como señor, mandó a los enviados, poseedores de veloz vigor, diciendo: «Convoquen prestamente aquí a los rakshasas. Me parece que ha de desplegarse algún esfuerzo poderoso contra nuestros enemigos». Al oír sus palabras, los enviados comenzaron a recorrer Lanka; y yendo a cada casa, reunieron sin temor a los rakshasas de los lugares de recreo, los dormitorios y los jardines. Entonces unos partieron montando carros, y otros montando altivos corceles, y otros a pie. Y como el firmamento lleno de aves, la ciudad se atestó de carros, elefantes y corceles que se acercaban. Y dejando atrás sus diversos vehículos y carros, entraron en la corte a pie, como leones que entran en cavernas de montaña. Y tomando los pies del soberano, y honrados por él (a su vez), se sentaron, unos en asientos elevados, otros en cojines de kusa y otros en el suelo. Y presentándose conforme al mandato del monarca, se sentaron cada uno según su posición ante el señor de los rakshasas, Ravana. Y vinieron también los doctos y competentes para llegar a decisiones infalibles, y se sentaron por orden de mérito. Y vinieron también cortesanos dotados de virtudes, versados en todo y que tenían la inteligencia por vista, e innumerables héroes por centenares (llegaron) también a aquella corte para averiguar el curso que resultaría beneficioso. Y entonces, montando un carro grande, noble y espléndido, con sus partes adornadas de oro y uncido con caballos, el renombrado Vibhishana, de gran alma, fue a la corte de su hermano mayor. Y aquel hermano menor (de Ravana), anunciando su nombre, se inclinó a los pies de su hermano mayor. Y Suka y Prahasta estaban empleados en dar a cada uno un asiento separado conforme a su rango. Y por todos lados en la corte comenzó a extenderse el olor del excelente aguru, del sándalo y de las guirnaldas pertenecientes a los rakshasas, adornados de oro y diversas gemas y vestidos de costosos atavíos. Y ninguno de los presentes en la corte pronunció nada, ni dijo falsedad alguna, ni conversó en voz alta. Y habiendo alcanzado por completo su deseo, todos, de feroz poderío, contemplaban el rostro de su señor. Y en la asamblea de aquellas personas inteligentes y sumamente poderosas, equipadas con armas, el inteligente Ravana parecía espléndido como Indra, portador del rayo, entre los vasus.

Section 12

Entonces, recorriendo con la vista toda aquella asamblea, aquel conquistador en la batalla se dirigió a Prahasta, general de las fuerzas, diciendo: «Oh general, te corresponde disponer las disciplinadas fuerzas cuádruples de tal modo que protejan con éxito la ciudad». Entonces Prahasta, cumpliendo cuidadosamente el mandato real, apostó todas las fuerzas dentro y fuera de la ciudad. Y habiendo apostado el ejército para la defensa de la ciudad, Prahasta, sentándose ante el rey, dijo: «He apostado dentro y fuera las fuerzas que le pertenecen a usted, que posee fuerza. (Ahora), sin dejar que su mente se agite con ansiedad, haga prestamente lo que está en su corazón». Al oír el discurso de Prahasta, que buscaba el bienestar del reino, Ravana, ansioso de goce, habló en medio de sus partidarios: «Cuando la virtud, la felicidad o el interés están en apuros, les corresponde a ustedes (conocer su curso) respecto de lo agradable y lo desagradable, la felicidad y la desdicha, lo provechoso y lo improvechoso, y el bien y el mal. Ningún asunto mío que ustedes hayan emprendido tras celebrar consejo ha fracasado jamás. Y como Vasava rodeado de la luna, las estrellas y los planetas, y de los maruts, yo, rodeado de ustedes, he alcanzado la plenitud de la prosperidad. Voy, con certeza, a emplearlos a todos. A consecuencia del sueño, no pude informarle a él de este asunto. Después de haber dormido seis meses, aquel de prodigiosa fuerza, primero de los que portan armas, acaba de levantarse. La hija de Janaka y amada esposa de Rama ha sido traída aquí del bosque de Dandaka, la región recorrida por los rakshasas. Aquella indolente doncella no desea subir a mi lecho; ni hay en las tres esferas nadie que para mí sea como Sita. Es de talle esbelto y de anchas caderas, y su rostro es como la Luna otoñal, semejante a una imagen de oro. Es mansa y parece la obra de las manos del propio Maya, dotada de una infinita variedad de encantos. Y al contemplar sus delicados y tiernos pies, de plantas sonrosadas y uñas cobrizas, mi mente arde (de deseo). Y al verla, semejante a la llama de un fuego sacrificial y al esplendor del propio Sol, y su bello rostro provisto de una nariz prominente y de ojos elegantes, yo, perdido el dominio de mí mismo, he caído bajo el dominio del deseo. Y mi pasión, no influida por la ira ni por la alegría, capaz de producir palidez y que causa constantemente angustia y pena, me ha puesto pálido. Esperando a su señor, Rama, la hermosa de amplios ojos ha solicitado el plazo de un año; y yo he empeñado mis buenas palabras a aquella de hermosos ojos. Pero estoy cansado a causa de mi pasión, como un caballo agotado en el camino. ¿Cómo podrán los moradores de los bosques o los hijos de Dasaratha cruzar el mar, ingobernable y que hierve de incontables criaturas y peces? Por otra parte, un solo mes nos ha atribulado gravemente. Difícil es, por tanto, comprender el curso de los acontecimientos. Obren ustedes, cada uno como crea propio. Y aunque ningún temor puede venir de los mortales, sin embargo deben ustedes deliberar (sobre lo que deben hacer). Antaño gané la victoria con la ayuda que ustedes me dieron; permanezcan del mismo modo a mi lado ahora. El hijo del rey, habiendo sabido que Sita está en la otra orilla del océano, poniendo delante de sí a los monos encabezados por Sugriva, llegó a la morada de Varuna. Aconsejen ustedes de modo que Sita sea retenida por mí y los hijos de Dasaratha sean muertos; pero deben preferir un consejo seguro. Ninguna otra persona entre los hombres tiene el poder de cruzar el mar junto con los monos; la victoria, por tanto, es indudablemente mía». Al oír el discurso apenado de (Ravana), afligido por la lujuria, Kumbhakarna, sumamente enfurecido, dijo: «Cuando, nada más ver a (Sita) de Rama junto con Lakshmana, se la llevó usted por la fuerza, se ve claramente que su mente, como el Yamuna que llena su cauce, ha sido poseída (por ella). Oh gran rey, todo esto (que ha hecho) no es digno de usted. Si nos hubiera consultado desde el principio en este asunto, habríamos hecho lo que era propio. Oh el de diez rostros, el rey que, llegando a conclusiones ciertas, lleva sus asuntos regios conforme a la justicia no tiene que arrepentirse después. Pero las acciones que se hacen sin deliberación, como la mantequilla clarificada vertida en un sacrificio impuro, solo conducen al daño. No sabe lo que es propio y lo que no el que ejecuta después las acciones anteriores, y primero las posteriores. Otros espían los fallos en las acciones del voluble; estos pueden poseer gran poder, como los cisnes que pasan el Krauncha por el agujero. Por fortuna Rama no lo ha matado todavía a usted, que ha hecho esta cosa tremenda sin reflexión, semejante a un alimento mezclado con veneno. Pero puesto que ha emprendido un curso de acción que es impropio aun respecto de los enemigos, yo, oh sin pecado, llevaré a cabo su obra matando a sus enemigos. Y, oh vagabundo de la noche, exterminaré a su enemigo. Aunque Sakra y el dios del sol, aunque el fuego y el dios de la Guerra, aunque Kubera y Varuna se pongan contra mí, lucharé con ellos. El propio Purandara quedará afligido de espanto cuando yo, con mi cuerpo de la medida de una montaña y provisto de dientes afilados, luche lanzando rugidos con mi enorme porra. Antes de que Rama dispare una segunda flecha para matarme, beberé la sangre de su vida. Consuélese usted: matando al hijo de Dasaratha, me esforzaré por asegurarle la bendita victoria. Habiendo matado a Rama junto con Lakshmana, devoraré a todos los monos principales. Diviértase usted a su voluntad, beba la varuni y, con la mente en reposo, conduzca los asuntos cargados de su bienestar. Despachado Rama a la mansión de Yama, Sita quedará sometida a usted para siempre jamás».

Section 13

Al ver a Ravana encendido de ira, el sumamente fuerte Mahaparsva, reflexionando un momento, observó con las manos juntas: «El hombre que, entrando en el bosque, que abunda en ciervos y animales feroces, no bebe miel, se hace a sí mismo un necio. Oh destructor de enemigos, ¿quién es el señor de usted, que es señor usted mismo? Goce con Vaidehi, tomando a su enemigo de la mano. Y, oh usted, dotado de prodigioso poder, ejerciendo su poderío, lleve su vida a la manera de las gallinas y, asaltando a Sita una y otra vez, gócela y obtenga placer (de ello). Y cuando haya alcanzado su propósito, ¿qué temor puede sobrevenir? Así en guardia como fuera de ella, proveerá usted a todas las exigencias. Kumbhakarna junto con nosotros, así como el poderosísimo Indrajit, son competentes para escarmentar a la (Deidad) portadora del rayo, equipada con su rayo. Pasando por alto el don, la conciliación y la división, que los sabios han asignado como medios de éxito, prefiero el éxito en los asuntos que se alcanza por el castigo. Oh poderosísimo, sin duda alguna, por el poderío de nuestros brazos, someteremos a todos estos enemigos suyos que han venido aquí». Así interpelado por Mahaparsva, el rey Ravana, honrando su discurso, dijo: «Oh Mahaparsva, te relataré a ti, que has hablado (así), un asunto secreto tocante a mí mismo, que me sucedió desde que vi a Punjikasthala, como una llama en el cielo, que se dirigía a la mansión del Gran Padre. Su paso se aflojó tan pronto como me vio; (a mi vez) me regalé con ella y la despojé de su atavío. Entonces ella fue a la morada del Gran Padre como un loto ajado. Aquel de alma elevada recibió noticia de todo lo que yo había hecho; y entonces, enfurecido, la Deidad me habló: “Si desde este día fuerzas a una mujer, tu cabeza será ciertamente hendida en cien pedazos”. Es por esto que, con la mente afligida por el temor, no fuerzo violentamente a la hija de Videha, Sita, para yacer con su bella persona. Mi ímpetu es como el del mar, y mi movimiento el del viento. El hijo de Dasaratha no sabe esto, y por eso se acerca al mar. ¿Quién desea dirigirse a un león que yace dormido en una cueva, semejante a la Muerte encendida de ira? Rama no ha visto las flechas disparadas por mí, semejantes a serpientes de dos lenguas, y por eso es que se acerca a mí. Como un fuego que abrasa a un elefante, yo, con flechas disparadas de los arcos por centenares, semejantes al rayo, consumiré a Rama. Y así como a la hora propia el Sol naciente vence el esplendor de las estrellas, yo, rodeado de un poderoso ejército, dominaré su fuerza. Ni Vasava, el de mil ojos, ni Varuna son capaces de luchar conmigo. Por el poder de este ejército conquisté antaño esta ciudad, gobernada por Vaisravana».

Section 14

Al oír las palabras del señor de los rakshasas, así como el tronar de Kumbhakarna, Vibhishana se dirigió al jefe de los rakshasas con un discurso cargado de sentido y de su bienestar: «Usted ha sido atado por el cuello por la poderosa y enorme serpiente, Sita, que tiene su pecho por cuerpo, la ansiedad por veneno, la sonrisa por afilados colmillos y sus cinco dedos por capucha. Por tanto, antes de que los monos, semejantes a picos de montaña, que tienen dientes por armas y uñas por instrumentos de guerra, sometan Lanka, entregue usted a Maithili al hijo de Dasaratha. Y antes de que las flechas disparadas por Rama, semejantes al rayo y con el ímpetu del viento, corten las cabezas de los primeros de los rakshasas, entregue usted a la hija de Mithila al hijo de Dasaratha. Ni Kumbhakarna ni Indrajit, ni Mahaparsva ni Mahodara, ni Nikumbha ni Kumbha, ni tampoco Atikaya, oh rey, pueden sostenerse en el campo contra Raghava. Vivo, usted, ya esté protegido por el Sol o por los vientos, o se arroje al regazo mismo de Vasava, o entre en el cielo o en las esferas inferiores, no escapará a la muerte». Al oír las palabras de Vibhishana, Prahasta dijo: «No conocemos temor alguno de los celestiales, ni de los danavas, ni de los yakshas, ni de los gandharvas, ni de las enormes serpientes; no conocemos temor alguno en la batalla con aves y serpientes. ¿Cómo puede afligirnos en absoluto un temor que proceda del hijo del rey, Rama?». Al oír el discurso de Prahasta, Vibhishana, que buscaba el bienestar del rey y tenía el intelecto fundado en la virtud, el interés y el provecho, dijo palabras que encerraban alto sentido: «Oh Prahasta, como una persona pecadora es incapaz de subir al cielo, lo que el rey, Mahodara, tú y Kumbhakarna están diciendo respecto de Rama no resultará verdad. Así como uno sin balsa no puede cruzar el poderoso piélago, ¿cómo podemos yo, o tú, o todos los rakshasas juntos, causar la muerte a Rama, que, oh Prahasta, es versado en el sentido de las cosas? Aun los dioses quedan atontados ante el soberano de la estirpe de Ikshvaku, que tiene la rectitud por su principal cualidad, que es un poderoso guerrero en carro y de tal carácter, y que es competente en la acción. Todavía no han penetrado en tu cuerpo las terribles y afiladas flechas, con plumas de kanka, disparadas por Raghava; y por eso hablas así. Y, oh Prahasta, todavía no han entrado en tu cuerpo las flechas afiladas, capaces de destruir la vida y con el ímpetu del rayo, y por eso hablas así; ni Ravana, ni el poderosísimo Trisiras, ni el hijo de Kumbhakarna, Nikumbha, ni Indrajit son capaces de soportar en batalla al hijo de Dasaratha, semejante al propio Sakra. Y ni Devantaka ni Narantaka, ni Atikaya, ni Atiratha de gran alma, ni el igualmente fuerte Akampana son competentes para detener a Raghava en la lucha. Y el rey, de natural feroz e irreflexivo, por medio de ustedes, que pareciendo sus amigos son en realidad sus enemigos, busca destruir a los rakshasas. Saquen y libren ustedes al monarca, que por la fuerza ha quedado sometido a una temible, poderosa serpiente de mil cabezas, rebosante de inconmensurable poderío. Así como una persona poseída por fantasmas temiblemente fuertes es salvada por sus amigos que la arrastran por el cabello, ustedes, alcanzando su deseo, deben, reuniéndose, rescatar al rey. Este está hundido en el mar de Raghava, de excelentes aguas. Líbrenlo ustedes prestamente, uniéndose. Él (el rey) ha caído en las regiones inferiores de Kakutstha. Le digo a usted mi pensamiento entero, cargado del bienestar de esta ciudad junto con los rakshasas, así como del rey con sus partidarios. Entregue usted a Maithili al hijo del rey. Es verdadero consejero el que aconseja a su amo tras averiguar debidamente la fuerza, la posición, el aumento o la destrucción de los enemigos así como de su propio partido».

Section 15

Al oír atentamente las palabras de Vibhishana, dotado de la inteligencia del señor del habla, Indrajit de alma elevada, el caudillo de los demonios, habló, diciendo: «¿Por qué, oh tío, dices estas palabras inútiles como uno aterrado? Ni siquiera uno que no ha nacido en esta estirpe puede hablar u obrar de esta manera. Solo un hombre en esta familia, mi tío Vibhishana, es débil en energía, fuerza, poderío, paciencia, heroísmo y vigor. ¿Por qué temes, oh tímido, a ellos, puesto que cualquiera de estos rakshasas es capaz de matar a aquellos dos príncipes, seres humanos como son? El señor de los tres mundos, el señor de los celestiales, fue traído por mí como cautivo a esta tierra. Y todos los celestiales, heridos de temor, huyeron en distintas direcciones. Traje a tierra al ruidoso elefante celestial Airavata y le arranqué por la fuerza los colmillos. Y todos los celestiales quedaron aterrados por esto. ¿No soy yo, que he quebrantado el orgullo de los celestiales, afligido a los principales daityas y estoy dotado de excelente poderío, capaz de desbaratar a estos dos príncipes, mortales muy ordinarios como son?». Al oír las palabras de (Indrajit), dotado de alta energía, irreprimible y semejante al señor de los celestiales, Vibhishana, el primero de los que usan armas, se dirigió a él con palabras cargadas de alto sentido: «Oh hijo mío, eres un simple niño y de intelecto inmaduro, y por eso no eres capaz de averiguar lo propio y lo impropio de los consejos. Por eso hablas así, como un loco, para tu propia destrucción. Eres conocido como hijo de Ravana, oh Indrajit, pero en verdad eres su enemigo disfrazado, puesto que, sabiendo de su destrucción a manos de Raghava, no lo impides. Eres valiente, pueril y te ha impulsado tu necio entendimiento. Serás muerto junto con aquel que te ha traído a esta sala de consejo. Eres, oh Indrajit, necio, imprudente, falto de humildad, de temperamento irritable, de débil juicio, de mente viciosa y de necio entendimiento. Y hablas así impulsado por la puerilidad. ¿Quién resistirá en batalla las flechas disparadas por Raghava, semejantes a la vara de la Muerte, al bastón de Brahma, llameantes como el Fuego de la Disolución? Devuelva usted, oh rey, a Sita a Rama, con riquezas, joyas, excelentes adornos, vestidos y gemas, y podremos entonces vivir aquí libres de pena».

Section 16

Mientras Vibhishana se dirigía a él con estas palabras excelentes y auspiciosas, cargadas de alto sentido, Ravana, impulsado por la Muerte, habló de nuevo con ásperos acentos: «Es mejor vivir con enemigos declarados o con serpientes enfurecidas que con aquellos que pasan por amigos pero son en realidad enemigos. Conozco bien la naturaleza de los parientes en todos los mundos, oh rakshasa: uno se deleita en la desgracia de otro. Los parientes, oh rakshasa, generalmente desdeñan a aquel que es su rey, que protege el reino, que es instruido y piadoso, y siempre intentan desbaratarlo si es un héroe. Estos terribles enemigos, los parientes, hipócritas como son, siempre se deleitan en la calamidad unos de otros. Escucha: relataré lo que antaño dijeron los elefantes al contemplar a unas personas con un lazo en la mano: “No tememos al fuego, ni a las armas, ni siquiera al terrible lazo; solo tememos a los temibles parientes, cegados por el egoísmo. Ellos solos revelan los medios de nuestra destrucción; no hay la menor duda de ello. El temor de los parientes es por eso conocido como el peor de todos los temores”. En las vacas hay leche, en los parientes hay temor, en las mujeres hay inconstancia y en los brahmanes hay ascetismo. No te agrada, me parece, oh gentil, que yo sea honrado por los tres mundos, señor de las riquezas y sometedor de mis enemigos. Así como las gotas de agua no duran mucho en las hojas de los lotos, así es la amistad con las personas indignas. Así como las nubes otoñales, aunque retumban, no derraman agua, así es la amistad con las personas indignas. Así como una abeja se va volando tras sorber la miel, así es la amistad con las personas indignas. Así como una abeja, tras alimentarse de las flores de kasa, no obtiene miel, así es (infructuosa) la amistad con las personas indignas. Así como un elefante, después de ser bañado, vuelve a cubrirse el cuerpo de polvo, tomándolo con la trompa, así es la amistad con las personas indignas. ¡Maldición sobre ti, oh mono, oh tú que traes la deshonra sobre la familia! Si cualquier otro hubiera hablado así, habría dejado ya de vivir». Así interpelado ásperamente, Vibhishana, que decía la verdad, se levantó junto con cuatro rakshasas que tenían mazas en las manos. Entonces, elevándose en el firmamento, el apuesto hermano Vibhishana, encendido de ira, se dirigió al señor de los rakshasas: «Usted está equivocado, oh rey. Diga lo que desee; usted es mi hermano mayor, adorable como un padre; usted no sigue la senda de la virtud. No puedo tolerar los ásperos acentos de usted, mi hermano mayor. Por su bienestar dije aquellas palabras bienintencionadas, oh el de diez cuellos, pero usted no les prestó atención, puesto bajo el dominio de la Muerte. Oh rey, muchas son las personas que dicen palabras dulces, pero raras son las que pueden decir y oír palabras desagradables pero bienintencionadas. ¿Cómo puedo desatender su muerte, como una casa en llamas, atado como está usted por el lazo de la Muerte, el destructor de todas las criaturas? No deseo contemplarlo muerto por las bien afiladas flechas de Rama, emplumadas de oro y semejantes al fuego llameante. Aun las personas heroicas y poderosas, bien versadas en el uso de las armas, se desgastan como arena en la batalla, atraídas por la Muerte. Usted es venerable para mí; perdóneme lo que he dicho por su bienestar. Protéjase usted y proteja esta ciudad, que abunda en rakshasas. ¡Que la fortuna le sea propicia! Me voy; y sea usted feliz sin mí. Lo que le dije, oh vagabundo de la noche, para disuadirlo, por su bienestar, no le agradó. Las personas cuyo plazo de vida casi ha expirado no prestan atención a las palabras bienintencionadas de sus amigos».

Section 17

Habiéndose dirigido a Ravana con estas ásperas palabras, su hermano menor llegó en un instante adonde estaba Rama junto con Lakshmana. Los monos principales, apostados en tierra, lo divisaron en el firmamento, semejante en tamaño a la cumbre del monte Meru y ardiendo como el relámpago con el resplandor de su propia persona. Y sus cuatro acompañantes, de terrible poderío, estaban adornados con excelentes ornamentos y armados con armaduras y mazas. Él era como un conjunto de nubes, poderoso como el rayo, empuñaba una excelente maza, era heroico y estaba embellecido con excelentes ornamentos. Y contemplándolo junto con cuatro consejeros, el inteligentísimo Sugriva, el señor de los monos, se entregó a la meditación junto con ellos. Y meditando un rato, dirigió a los monos encabezados por Hanuman las siguientes excelentes palabras: «Miren, viene un rakshasa armado con diversas armas y seguido de cuatro demonios para matarnos, y no hay la menor duda de ello». Y al oír las palabras de Sugriva, los excelentes monos, tomando enormes árboles y peñascos, le dijeron: «Mándenos usted, oh rey, destruir a estos demonios de alma viciosa. Estos los aplastarán hasta la muerte, limitado como es el plazo de su vida». Mientras se hablaban así unos a otros, Vibhishana descendió del cielo en la orilla septentrional. Y contemplando a Sugriva y a todos los demás apostados cerca de él, el inteligentísimo Vibhishana se dirigió a ellos en lo más alto de su voz, diciendo: «Vive el rakshasa Ravana, el señor de los demonios y perpetrador de muchos hechos inicuos. Yo soy su hermano menor, conocido como Vibhishana. Por él, matando al buitre Jatayu, fue raptada Sita de Janasthana. Está encarcelada, sometida a su dominio, mísera y bien custodiada por las rakshasis. Con diversas palabras bienintencionadas y razonamientos le señalé la necesidad de devolver a Sita a Rama. Y Ravana, poseído por la Muerte, no prestó atención a mis palabras bienintencionadas, como uno que yace al borde de la muerte desatiende la administración de la medicina. Injuriado por él y tratado ásperamente como un criado, he venido a buscar el amparo de Raghava, renunciando a mis hijos y esposas. Mencionen ustedes pronto al Raghava de alma elevada, el refugio de todas las criaturas, que Vibhishana ha llegado». Al oír aquellas palabras, el veloz Sugriva, encendido de ira, habló a Rama ante Lakshmana, diciendo: «En verdad un enemigo ha entrado secretamente entre nosotros, y nos matará cuando tenga la oportunidad, como un búho que mata a los cuervos. Oh destructor de enemigos, te corresponde ahora tener particular cuidado con los consejos, la disposición de los soldados, la política civil y militar, y los espías de nuestro propio partido así como los de los enemigos. Estos rakshasas son heroicos; adoptan formas a voluntad, siempre están emboscados y secretamente procuran la ruina de los demás; no debemos, por tanto, confiar en ellos. Este debe de ser el emisario de Ravana, el señor de los rakshasas. Entrando entre nosotros, sembrará en verdad disensiones en nuestro campamento, o nos matará cuando estemos descuidados, confiando en ellos. Evitando a los enemigos, debemos reunir ahora a los moradores del bosque, nuestros amigos y servidores. Oh señor, este hombre es rakshasa de nacimiento y hermano de nuestro enemigo, y por eso es nuestro enemigo; ¿cómo podemos confiar en él? El hermano menor de Ravana, conocido como Vibhishana, ha venido aquí con cuatro rakshasas a buscar tu amparo. Oh tú, el primero de los que perdonan, considero a este Vibhishana, que ha sido despachado por Ravana, digno de ser muerto. Impulsado por su malvada intención y comisionado por Ravana, este rakshasa ha venido aquí, y secretamente, en virtud de sus poderes ilusorios, te matará, oh inocente, cuando pongas tu confianza en él». Habiéndose dirigido así a Rama, diestro en el arte del habla, aquel señor del ejército, Sugriva, bien versado en el habla, calló. Y al oír las palabras de Sugriva, el poderoso Rama habló a los monos que estaban cerca de él, encabezados por Hanuman, diciendo: «Todos ustedes han oído las palabras bien fundadas en razón que el señor de los monos ha dicho respecto del hermano menor de Ravana. Le corresponde al que desea la riqueza perpetua y es inteligente y capaz de dar consejos sensatos aconsejar a sus amigos en los asuntos difíciles». Así interpelados por Rama (para que le dieran los mejores consejos), todos aquellos monos, atentos a procurar su bienestar, expusieron sus respectivas opiniones: «Oh Raghava, no hay nada más allá de su conocimiento en los tres mundos. Es solo para mostrar su respeto hacia nosotros, oh Rama, que se dirige a nosotros de esta manera. Usted es de votos veraces, heroico, piadoso, de firme poderío, juicioso, memorioso y de confianza implícita en sus amigos. Que los consejeros inteligentes y capaces le expongan sus razonables opiniones». Mientras hablaban así a Raghava, el inteligente mono Angada habló como sigue para sondear la intención de Vibhishana: «Debemos sospechar siempre de él, puesto que ha venido del lado de nuestros enemigos, y no debemos confiar en él de repente. Los de mente malvada siempre andan ocultando su verdadero ser y procuran la calamidad de las gentes, aprovechándose de sus puntos débiles. Y grande es el desastre de ello. Siempre es propio emprender las acciones considerando lo que es correcto y lo que es incorrecto. Las virtudes deben siempre reunirse y los vicios abandonarse. Renuncie usted a él sin vacilar si halla en él fuente de una gran calamidad, y abrácelo si lo halla coronado de muchas virtudes». Entonces siguió Sarava con palabras cargadas de alto sentido: «Oh mejor de los hombres, despache usted prestamente emisarios para sondear a Vibhishana. Si, sondeándolo bien por medio de espías agudos, lo halla amistoso, gánelo para su lado». Entonces el sabio Jambavan, llegando a conclusiones en virtud de su conocimiento de los Sastras, comenzó con palabras libres de defectos: «Ciertamente Vibhishana viene del vicioso señor de los rakshasas, decidido contra nosotros, y ha llegado a tan mal lugar y en tan mala hora. Debemos temerlo siempre». Y entonces siguió Mainda, conocedor de lo que es correcto e incorrecto, tras la debida deliberación, con palabras cargadas de razón: «Es el hermano menor de Ravana, de nombre Vibhishana. Que el señor de los hombres le pregunte primero todo con dulces palabras. Averigüe usted primero, oh primero de los hombres, con qué intención ha venido, mala o buena, y luego decida qué curso adoptar». Entonces habló Hanuman, el primero de los consejeros y bien versado en los Sastras, con acentos dulces, gloriosos y cargados de alto valor: «Ni aun Brihaspati (el señor del habla) puede superarlo a usted, capaz, dotado del mejor intelecto y primero de los diestros en el arte del habla, como es usted. Y lo que sé lo digo, oh rey. Lo hago en interés de la obra de Rama, y no impulsado por mi destreza en el arte del habla, ni por el orgullo de ser consejero, ni por la vanidad de estar dotado de alto intelecto, ni por el deseo de hablar por hablar. Lo que sus consejeros han dicho para averiguar la intención buena o mala de Vibhishana me parece sumamente defectuoso y sin consecuencia alguna. Es imposible sondearlo sin mandato alguno. Y aun mandarlo ahora para ello me parece impropio. Y en cuanto al envío de espías, respecto de lo que le han aconsejado sus ministros, no observo utilidad alguna. Y lo poco que he pensado, tengo algo que decir (respecto de la propuesta de Jambavan) de que Vibhishana ha llegado a tan mal lugar y en tan mala hora. Realmente ha venido a un muy buen lugar y en muy buena hora. Y en verdad ha llevado a cabo una acción adecuada y sensata viniendo aquí tras averiguar debidamente que Ravana es un ser vicioso y usted es una persona piadosa; él está lleno de vicios, usted está dotado de muchas virtudes; él es tiránico y usted es poderoso. Y lo que ellos han dicho, oh rey, respecto de sondearlo por medio de espías secretos, me parece cosa que requiere gran sabiduría. Un hombre inteligente, cuando es interrogado de repente por alguien, sospecha muchas cosas. Y si el recién llegado es un amigo y ha venido aquí para su propia felicidad, ¡cuánto cambiará su mente con tal proceder! Además, con un interrogatorio repentino es imposible averiguar la intención de un extranjero. Diríjase usted mismo, pues, a él y determine por su voz su motivo secreto. No noté, sin embargo, nada de su maldad mientras hablaba; antes bien, observé señales de alegría en su semblante. Por eso no sospecho de él. El astuto nunca puede venir sin temor y sin turbación. Ni sus palabras eran arteras. Por eso no sospecho de él. No es muy fácil ocultar la verdadera naturaleza de uno. Se manifiesta por la fuerza. Así, esta acción de Vibhishana no está fuera de lugar ni de tiempo. Una vez cumplida, redundará en su propio interés. Considerando bien los preparativos de guerra de usted y la vana conducta de Ravana, al oír de la destrucción de Vali y de la instalación de Sugriva en el trono, ha venido aquí, impulsado por su buen juicio, deseoso de ganar el reino. Teniendo esto en cuenta, parece prudente tomarlo de nuestro lado. Oh usted, el primero de los inteligentes, he hablado así considerándolo sincero. Ahora le corresponde hacer lo que crea propio».

Section 18

Al oír aquellas palabras del hijo del dios del Viento, el irreprimible Rama, versado en todos los Sastras, respondió con palabras que expresaban su propia opinión: «Yo también he pensado algo respecto de Vibhishana. Deseo que todos ustedes, interesados en mi bienestar, lo oigan. (Vibhishana) ha venido aquí como amigo, y por eso no puedo abandonarlo de ningún modo. Y aun si ha venido con alguna intención malvada, no es culpable para los piadosos darle amparo». Entonces, al oír sus palabras y considerarlas bien, Sugriva, el señor de los monos, respondió con palabras más auspiciosas: «Sea sincero o malvado este vagabundo de la noche, nunca se le debe ofrecer amparo, puesto que ha abandonado a su hermano en medio de estas calamidades. ¿Qué razón hay para creer que no nos abandonará a nosotros en nuestra dificultad?». Al oír las palabras del señor de los monos y echando sus miradas hacia ellos, Kakutstha, cuyo poder era la verdad, sonriendo un poco, habló a Lakshmana, coronado de todas las señales de la piedad, diciendo: «Sin estar versado en los Sastras y vivir en compañía de ancianos, nadie puede decir palabras como las que ha pronunciado el rey de los monos. Se me presentan, sin embargo, dos razones más sutiles respecto de la desavenencia entre hermanos entre los reyes: una es evidente y la otra mundana. Hay dos clases de enemigos: una formada por los miembros del mismo linaje, la otra por los vecinos. Y estos generalmente procuran nuestra desgracia siempre que se presenta alguna oportunidad. Y es por esto que él ha venido aquí. Aquellos parientes que no piensan en el daño unos de otros generalmente anhelan su respectivo bienestar. Pero aun a tales parientes bienintencionados los temen los reyes. Y escucha: te relataré lo que dicen los Sastras respecto de los puntos débiles que has mencionado en cuanto a la conveniencia de tomar a los enemigos de nuestro lado. Nosotros no somos sus parientes, y este rakshasa ha venido aquí con miras a ganar el reino. Aun los rakshasas son lo bastante sabios para averiguar el curso propio; así que debemos tomar a Vibhishana. Si los hermanos se tienen confianza y están satisfechos el uno con el otro, generalmente viven juntos; de lo contrario se temen el uno al otro y acaban por entrar en una guerra tumultuosa. Y ha surgido alguna desavenencia con Ravana, y por eso Vibhishana ha venido aquí. Ni son, oh amigo, todos los hermanos como Bharata, todos los hijos como yo para su padre, todos los amigos como tú». Así interpelado por Rama, el sapientísimo Sugriva, junto con Lakshmana, se levantó e, inclinando la cabeza, dijo: «Oh tú, el mejor de todos los que perdonan, este vagabundo de la noche ha sido despachado por Ravana. Por eso creo mejor matarlo. Impulsado por su sentido vicioso, aquel rakshasa ha venido aquí para matarnos, oh inocente, cuando yo, tú y Lakshmana nos consideremos seguros. Por tanto, Vibhishana de grandes brazos, el hermano menor del despiadado Ravana, merece ser muerto junto con sus consejeros». Habiéndose dirigido así a (Rama), el primero de la estirpe de Raghu, diestro en el arte del habla, Sugriva, el señor de la hueste de monos, igualmente versado en el arte del habla, calló. Y al oír las palabras de Sugriva y sopesarlas, Rama se dirigió de nuevo al primero de los monos con acentos más razonables: «Malvado o no, sea lo que sea este vagabundo de la noche, no podrá hacerme el menor daño. Pisachas, danavas, yakshas o todos los rakshasas de la tierra, puedo matarlos a todos, si quiero, con las puntas de los dedos, oh tú, señor de los monos. He oído de una paloma que adoró y agasajó con su propia carne a un enemigo que se acogió a su amparo. Si una paloma recibió tan amistosamente a su enemigo, el matador de su compañera, ¿cómo podría yo entonces obrar de otro modo, oh primero de los monos? Escucha: te relataré una historia sagrada narrada por el gran asceta, el veraz Kandu, hijo del asceta Kanva. Oh destructor de enemigos, aun un enemigo de mente malvada, si con las palmas juntas y el corazón mísero implora tu amparo, no debe ser muerto. Si un enemigo, orgulloso o aterrado, busca amparo en su espanto, debe ser salvado por un gran hombre aun a riesgo de su propia vida. El que, por temor, ignorancia o deliberadamente, no protege al que busca su amparo, perpetra una poderosa iniquidad, censurada por todos. Cuando una persona es muerta ante aquel cuyo amparo ha tomado, se lleva todas las virtudes de su protector. Tan grande es el pecado de no dar amparo a los que lo buscan: estorba la ida al cielo, acarrea la calumnia y destruye la fuerza y el poderío. Seguiré, por tanto, las excelentes palabras de Kandu, que conducen a la piedad, a la fama y al logro de la morada de los celestiales. Siempre declaro “no temas” a todas las criaturas, siempre que alguna, acercándose a mí, dice: “Soy tuyo”, y busca mi amparo. Esta es precisamente mi piadosa observancia. Oh Sugriva, oh primero de los monos, tráelo pronto aquí, sea Ravana o Vibhishana, y le declararé “no temas”». Al oír las palabras de Rama, Sugriva, el señor de los que van saltando, rebosante de amistad, habló a Kakutstha: «¿Qué maravilla hay en que digas estas palabras auspiciosas, oh tú, el primero de los reyes, versado en la moral, dotado de poderío y que siempre recorres la senda piadosa, como eres? En verdad mi ser interior considera a Vibhishana libre de toda intención malvada. Ha sido bien sondeado por señales y gestos. Y que el sapientísimo Vibhishana, oh Raghava, sea puesto en pie de igualdad con nosotros y gane nuestra amistad». Al oír las palabras de Sugriva, el señor de los monos, el rey de los hombres (Rama) hizo al instante amistad con Vibhishana, como el conquistador de las ciudades enemigas hizo amistad con el rey de las aves.

Section 19

Declarándole así Raghava «no temas», el hermano menor de Ravana, el sapientísimo Vibhishana, inclinando la cabeza, echó sus miradas a la tierra. Y descendiendo del firmamento con sus fieles acompañantes, Vibhishana, de alma virtuosa, deleitado, se inclinó ante Rama. Y entonces, tocando sus pies junto con cuatro rakshasas, Vibhishana se dirigió a Rama con palabras cargadas de piedad, adecuadas a la ocasión y que conducían al agrado: «Soy el hermano menor de Ravana y he sido grandemente insultado por él; por eso he venido a buscar su amparo, el refugio de todas las criaturas, abandonando Lanka y renunciando a mis amigos y riquezas. Mi reino, mi vida y mi felicidad están todos a su disposición». Al oír sus palabras, Rama respondió, confortándolo con palabras y favoreciéndolo como con las miradas: «Relátame en verdad la fuerza y la debilidad de los enemigos». Así interpelado por Rama de acciones incansables, el rakshasa comenzó a describir la fuerza de Ravana: «Oh príncipe, en virtud del don obtenido del Autocreado, el de diez cuellos no puede ser muerto por ninguna criatura: gandharvas, serpientes o aves. Mi hermano mayor, el que sigue a Ravana, es el heroico y sumamente resplandeciente Kumbhakarna, igual a Sakra en la batalla. Habrá oído usted, oh Rama, que el comandante de Ravana es Prahasta, por quien fue derrotado Manibhadra en el monte Kailasa. (El hijo de Ravana) Indrajit, equipado con armadura invencible, arco y protector de dedos hecho de piel de iguana, se vuelve invisible en la lucha. Y adorando al Fuego y volviéndose invisible, aquel apuesto héroe, oh Raghava, mata a los enemigos en el combate, cuando las partes contendientes son vastas y bien ordenadas. Mahodara, Mahaparsva y el rakshasa Akampana son los lugartenientes de él, que igualan a los Lokapalas en la batalla. El ejército de él consta de diez mil kotis de rakshasas que adoptan formas a voluntad, habitan la ciudad de Lanka y viven de carne y sangre. Y junto con los Lokapalas y los celestiales, todos fueron derrotados por el Ravana de alma viciosa». Al oír las palabras de Vibhishana y sopesarlas en su mente, aquel primero de la estirpe de Raghu dijo: «Entiendo bien la fuerza y el poderío de Ravana, que me has descrito con verdad, oh Vibhishana. Oye en verdad que mataré al de diez cuellos junto con Prahasta y sus hijos, y te haré rey. Ya entre en el Rasatala o en las regiones bajo la tierra, o busque el amparo del Abuelo de los celestiales, no podrá salvar su vida de mí. Juro por mis tres hermanos que entraré en la ciudad de Ayodhya tras matar en batalla a Ravana con sus hijos, parientes y amigos». Al oír estas palabras de Rama de acción incansable, (Vibhishana), de alma virtuosa, inclinando la cabeza ante él, comenzó: «Le prestaré mi poderío para matar a los rakshasas y devastar la ciudad de Lanka, y estaré en medio del ejército de Ravana». Entonces, abrazando a Vibhishana, que hablaba así, Rama, deleitado, dijo a Lakshmana: «Oh hermano mío, trae agua del océano. Rociando al sapientísimo Vibhishana, lo haré al punto rey de los rakshasas, oh dador de honra; pues estoy sumamente complacido con él». Así interpelado, Saumitri, por mandato del rey, ungió a Vibhishana y lo hizo rey de los rakshasas en presencia de la hueste de monos. Al contemplar la bondad de Rama (hacia Vibhishana), los monos elogiaron al de alma elevada, exclamando: «¡Excelente! ¡Excelente!». Entonces Hanuman y Sugriva se dirigieron a Vibhishana, diciendo: «Dinos cómo cruzaremos el piélago, la morada de Varuna, junto con la hueste de los poderosísimos monos. Infórmanos del medio por el cual podremos cruzar, junto con nuestro ejército, el señor de los ríos y las corrientes, la morada de Varuna». Así interpelado, Vibhishana, de alma virtuosa, respondió: «Le corresponde al rey, Raghava, buscar refugio en el Océano. Este abismo inconmensurable fue excavado por (el rey) Sagara. Y el gran Océano ayudará ciertamente a Rama, que pertenece a la estirpe de Sagara». Así interpelado por el sabio rakshasa Vibhishana, Sugriva llegó adonde estaba Rama con Lakshmana. Entonces Sugriva, de ancho cuello, comenzó a explicar las bienintencionadas palabras de Vibhishana, pidiendo a Rama que buscara el amparo del Océano. Y aquellas palabras agradaron a Rama, piadoso por naturaleza. Y el sumamente resplandeciente (héroe) pidió, sonriendo, al activo Lakshmana y al jefe de los monos Sugriva que reunieran lo necesario para su adoración: «Oh Lakshmana, este consejo de Vibhishana me parece sumamente sensato. Sugriva es siempre muy sabio, y tú eres muy competente en el consejo. Celebren ustedes una conferencia y díganme lo que crean conveniente». Así interpelados, aquellos dos héroes, Lakshmana y Sugriva, dijeron respetuosamente las siguientes palabras, cargadas de propiedad: «¿Por qué no habrían de agradarnos las bienintencionadas palabras de Vibhishana expresadas ahora, oh Raghava, oh tú, el mejor de los hombres? Sin construir un puente sobre el abismo, la terrible morada de Varuna, ni aun los celestiales y su señor (Indra) pueden llegar a la ciudad de Lanka. Obra conforme al genuino consejo del heroico Vibhishana y, sin perder tiempo, emplea al Océano en esta obra, para que podamos avanzar con nuestro ejército hacia la ciudad de Ravana». Así interpelado, Rama llegó a la orilla del señor de los ríos y las corrientes, cubierta de kusa, como el fuego que llega al estrado sacrificial.

Section 20

Entonces el poderosísimo rakshasa llamado Sardula contempló el ejército de Sugriva dispuesto en la orilla del océano. Y contemplando al ejército todo atareado, el emisario del rakshasa de alma viciosa, Ravana, entró en la ciudad de Lanka y, acercándose a su señor, dijo: «El ejército de monos y osos se ha acercado a Lanka. Es inconmensurablemente profundo como el océano. Y aquellos dos hijos del rey Dasaratha, los hermanos Rama y Lakshmana, dotados de gran belleza, viniendo a rescatar a Sita, se han apostado en la orilla del océano, oh usted de gran resplandor. El ejército de Rama se extiende por el cielo y por diez yojanas. He venido, oh gran rey, a darle a conocer la pura verdad. Y, sabiéndolo todo, corresponde a sus emisarios, oh rey, decidir si devolver a Sita, adoptar medidas de conciliación o sembrar disensiones en el campo enemigo». Al oír las palabras de Sardula, Ravana, el señor de los rakshasas, ansioso por averiguar su deber, se dirigió a un rakshasa llamado Suka, el más sensato de sus consejeros, con las siguientes palabras cargadas de sentido: «Ve y comunica al rey Sugriva mi mandato con acentos convenientes y excelentes: “Tú has nacido de una gran familia y eres el poderoso hijo del rey de los osos. No tengo desavenencia contigo. De hecho te considero mi hermano, oh rey de los monos. Aunque he robado la esposa del príncipe (Rama) de alma elevada, ¿qué es eso para ti, oh Sugriva? Vuelve a Kishkindha. Los monos no podrán de ningún modo atacar la ciudad de Lanka. Ni aun los celestiales y los gandharvas pudieron; ¿qué decir de estos hombres y monos?”». Y comisionado así por el señor de los rakshasas, aquel vagabundo de la noche adoptó la forma de un ave y, saltando, alcanzó prestamente el cielo. Y avanzando lejos sobre el abismo y apostándose en el firmamento, dijo a Sugriva todas las palabras con que se había dirigido a él el Ravana de alma viciosa. Al oírle hablar así, los monos saltaron rápidamente y llegaron allí con el propósito de cortarle las alas o matarlo con los puños cerrados. Apresado con ímpetu por todos estos monos, aquel vagabundo de la noche fue bajado prestamente del cielo a la tierra. Y asaltado por los monos, Suka dijo: «Oh Kakutstha, no corresponde (a la gente) matar a un emisario. Contenga usted, pues, a los monos. El que, pasando por alto el mandato de su amo, expresa su propia intención, no es fiel; y por eso merece ser muerto». Al oír los lastimeros acentos de Suka, Rama habló a los monos, que estaban a punto de matarlo, diciendo: «No lo maten». Y apostándose de nuevo en el firmamento, aquel vagabundo de la noche dijo: «Oh Sugriva, oh usted dotado de gran energía, oh usted de gran poderío, ¿qué diré a Ravana, temido por todas las gentes?». Así interpelado, aquel poderoso rey de los monos, el toro entre ellos, de energía incansable, habló a aquel emisario, el vagabundo de la noche Suka, diciendo: «Oh Ravana, no eres mi amigo ni objeto de compasión. No eres mi benefactor, ni me agradas. Eres enemigo de Rama, y por eso mereces ser muerto por él como Vali, junto con tus amigos y parientes. Te mataré, por tanto, oh rey de los vagabundos de la noche, junto con tus hijos, amigos y parientes. Y haré reducir a cenizas toda la ciudad de Lanka con mi poderosa fuerza. No podrás escapar de Raghava, oh Ravana, oh tú que has perdido el juicio, aunque te protejan los celestiales. Y serás muerto por Rama junto con tu hermano, aunque huyas al cielo, entres en las regiones bajo la tierra o busques el amparo de Mahadeva. No contemplo en estos tres mundos a nadie, pisacha, rakshasa, gandharva o asura, que pueda protegerte. Mataste al monarca de los buitres, que se había vuelto decrépito por la edad. Te llevaste a Sita de grandes ojos de junto a Rama y de la vecindad de Lakshmana; pero, habiéndola capturado, no comprendes (tu fuerza natural). Ni comprendes a aquel primero de los Raghus, de alma elevada, poseedor de gran fuerza e imposible de reprimir aun por los celestiales, que te quitará la vida». Entonces habló aquel mejor de los monos, Angada, hijo de Vali: «Oh sapientísimo, este no es un emisario. Este me parece claramente un espía. Ha venido a formarse una estimación de todo su ejército. Apréselo. Que no vuelva a Lanka. Esto es en verdad lo que yo querría». Entonces, mandados por el rey, los monos, saltando, apresaron a (Suka) y lo ataron, mientras él prorrumpía en lamentos como un desamparado. Duramente maltratado por los despiadados monos, Suka gritó al Rama de alma elevada, hijo de Dasaratha: «Por la fuerza me cortan las alas y me traspasan los ojos. Si pierdo la vida, ¡que todas las malas acciones que he cometido entre la noche en que nací y la noche en que muera sean de usted!». Al oír este lastimero grito, Rama contuvo (a los monos); y les dijo: «Suelten a este enviado, que ha venido aquí».

Section 21

Entonces, en la orilla del mar, Raghava, extendiendo darbha, con las manos juntas hacia el gran abismo, se tendió con el rostro hacia el Oriente. Y aquel destructor de enemigos (se tendió) haciendo almohada de su brazo, semejante a la reluciente forma de una serpiente; siempre ornado de adornos de oro; muchísimas veces apretado por las palmas de hermosas doncellas, adornado con keyuras de oro enjoyados y soberbios adornos tachonados de perlas; untado por encima de sándalo y aguru; (su brazo) que antaño había sido honrado en el lecho con la cabeza de Sita; semejante al cuerpo de Takshaka bajo las aguas de la Ganga; semejante a un yugo; que en la batalla acrecentaba la pena de los enemigos y prolongaba el deleite de los amigos; su brazo izquierdo, con la piel destruida por los golpes de la cuerda del arco; que era el refugio de la tierra entera; su brazo derecho, semejante a una poderosa porra, dador de millares de vacas; haciendo almohada de este gran brazo (se tendió). «Hoy o muero yo o muere el Océano». Habiendo tomado así su resolución respecto del gran abismo, Rama, refrenando su habla, con la mente concentrada, se tendió allí conforme a la regla. Y mientras Rama dormía en la tierra sobre kusa extendida, sin apartarse nunca de la regla, pasaron tres noches. Y mientras pasaba tres noches, Rama, docto en la política y apegado a la virtud, oró a aquel señor de las corrientes, el Océano. Sin embargo el malvado Océano, aunque adorado según sus merecimientos por Rama con la mente concentrada, no se mostró. Entonces Rama se enfureció y tuvo las comisuras de los ojos enrojecidas; y habló a Lakshmana, de auspiciosas señales, diciendo: «Mira la altivez del Océano al no presentarse ante mí. La calma, la paciencia, la franqueza y el habla suave, estas virtudes de los buenos, son tomadas por los insolentes como efectos de la incompetencia. La persona que se alaba a sí misma, malvada y de mala audacia, que pregona su propia alabanza e impone castigos por doquier, es honrada entre los hombres. Por la moderación no se puede alcanzar celebridad, por la moderación no se puede alcanzar fama, y, oh Lakshmana, en este mundo por la moderación no se puede alcanzar la victoria en “el filo de la batalla”. Mira, oh hijo de Sumitra, la morada de los makaras, con sus aguas obstruidas por todos lados por makaras destruidos por mis flechas. Y, oh Lakshmana, mira aquí los cuerpos de las serpientes, y los enormes cuerpos de poderosos peces, y las trompas de los elefantes, desgarrados por mis flechas. Y hoy, en terrible batalla, secaré el Océano con sus caracolas y ostras, y peces y makaras. Esta morada de los makaras me toma a mí, que soy paciente, por incompetente. ¡Maldición sobre la paciencia con los que son como él! A consecuencia de mi moderación, el Océano no muestra su propia forma. Oh Saumitri, tráeme mi arco y mis flechas semejantes a serpientes venenosas. Secaré el Océano, y los monos pasarán a pie. Y, airado, hoy agitaré el abismo, aunque sea imposible de agitar. Y por medio de mis flechas haré que la morada de Varuna, que hierve con mil olas y tiene su dignidad mantenida por sus orillas, salte por encima de sus continentes. Y agitaré el abismo, que alberga multitud de poderosos danavas». Habiendo hablado así, Rama, equipado con su arco, con los ojos dilatados de ira, se volvió sumamente irreprimible, como el fuego llameante en la disolución final. Y tensando su temible arco, haciendo temblar trémulamente la tierra, soltó feroces flechas, como el de cien sacrificios que lanza su rayo. Entonces, llameando, aquellas impetuosas flechas escogidas, cargadas de energía, entran en las aguas del mar, con sus serpientes afligidas de temor. Y entonces fue grande y sumamente temible el movimiento del mar, con peces y makaras, y con el rugido de los vientos (que soplaban allí). Y de repente el poderoso abismo se levantaba con poderosos oleajes, con caracolas esparcidas por todas partes, y un humo (envolvió) el océano; y las olas se hicieron visibles por todos lados. Y las serpientes estaban angustiadas, con los rostros llameantes y los ojos encendidos, así como los danavas de terrible energía y los moradores de las esferas inferiores. Y las olas del soberano Océano, semejantes al Vindhya o al Mandara, que contenían cocodrilos y makaras, se levantaron por millares. Y la morada de Varuna tenía sus oleajes en remolino, sus serpientes y rakshasas presa del espanto y sus feroces animales acuáticos arrastrados por todas partes; y lanzaba sonidos. Entonces el hijo de Sumitra, levantándose de un salto, dijo a Raghava, de ardiente ímpetu, mientras suspiraba y seguía tensando su arco sin par: «Esto no debe ser». Y le quitó a él (a Rama) el arco. «Sin hacer esto al Océano, tú, supremo entre los héroes, podrás ver cumplida tu obra. Las personas como tú no caen bajo el influjo de la pasión. Busca deliberadamente algún medio digno (para lograr tu fin)». Entonces, permaneciendo invisibles en el cielo, brahmarshis y surarshis, exclamando «¡Ay de nosotros!» y «¡No!», profirieron en voz alta (¡oh! y ¡ay!).

Section 22

Entonces el primero de los Raghus se dirigió al Océano con severas palabras, diciendo: «Hoy secaré el Océano junto con las regiones inferiores. Y, oh Océano, quemadas tus aguas por mis flechas y secado tú, con tus animales (acuáticos) muertos, se levantará (de tu lecho) un poderoso volumen de polvo. Y, oh Océano, a consecuencia de la lluvia de flechas disparada de mi arco, los monos pasarán a pie a la orilla opuesta. Habiendo cobrado dimensiones a consecuencia de la afluencia de aguas, no conoces mi hombría ni mi poderío. Pero, oh morada de los danavas, cosecharás pena a mis manos». Entonces, ajustando en el mejor de los arcos, con un mantra de Brahma, una flecha semejante a la vara de Brahma, aquel sumamente fuerte la tensó. Y mientras Raghava tensaba de repente su arco, el cielo y la tierra parecieron hendirse, y las montañas temblaron. Y la oscuridad cubrió el mundo, y los puntos cardinales se volvieron invisibles. Y al punto se agitaron las extensiones de agua y los ríos. Y las estrellas aparecieron a la vez que el Sol y la Luna. Y el cielo estaba iluminado con los rayos del Sol, y sin embargo estaba cubierto de oscuridad; y ardía con cien meteoros. Y rayos que lanzaban sonidos que superaban a todos los demás cayeron del firmamento. Y los vientos comenzaron a soplar violentamente, derribando árboles y dispersando por momentos las nubes, dañando las cimas de las montañas y destrozando las cumbres. Y entonces los temibles y poderosos truenos, de ímpetu veloz y que lanzaban tremendos rugidos, juntándose, produjeron relámpagos. Y aquellas criaturas que podían verse profirieron sonidos semejantes al trueno; y las que eran invisibles lanzaron gritos espantosos. Y abrumadas de espanto y temblando (de miedo), las criaturas comenzaron a medir el suelo con su cuerpo, y estaban duramente afligidas y privadas de movimiento por el terror. Y entonces el poderoso abismo, con sus animales, con sus aguas y olas, y con sus serpientes y rakshasas, se vio de repente sacudido por un violento movimiento. Y aunque no era la ocasión de la disolución universal, el Océano pasó más allá de sus orillas cien yojanas completos. Y al ver al exaltado Océano, señor de las corrientes y los ríos, rebasar así sus límites, aquel destructor de enemigos, el hijo de Raghu, Rama, no se inmutó. Entonces, del medio del mar, se levantó el Océano mismo, así como el hacedor del día se levanta de la poderosa colina Naciente, el Meru. Y acompañado de pannagas de rostros llameantes, el Océano se mostró, semejante a frescos lapislázulis, adornado con ornamentos de oro, llevando una guirnalda de gemas y una vestidura enjoyada, con los ojos semejantes a hojas de loto, llevando en la cabeza una noble guirnalda que contenía todas las flores; adornado con ornamentos de oro bruñido, así como con excelentes ornamentos de gemas nacidas en él mismo, como el monte Himavan embellecido con metales (nacidos en él); (el Océano se levantó) con ola tras ola girando alrededor y lleno de vientos que soplaban entre las nubes, rodeado de corrientes, la Ganga, el Sindhu (y otras). Y acercándose a Rama, que derramaba flechas, y saludándolo cortésmente, el Océano le habló con las manos juntas: «Oh Raghava, la tierra, el aire, el cielo, el agua y la luz, estos, oh apacible, conservando su curso eterno, mantienen sus (respectivas) naturalezas. Mía es también aquella naturaleza por la cual soy insondable e imposible de cruzar. Lo contrario de esto es tener fondo. Y por esta razón te hablo (acerca del medio). Oh hijo del rey, ni por deseo, ni por codicia, ni por temor, ni por ira, puedo de modo alguno privar a mis aguas, que abundan en caimanes, de su movimiento (perpetuo). Te diré cómo pasarás (sobre mí); y yo lo soportaré. Y ningún animal acuático feroz hará daño mientras tus fuerzas no hayan cruzado. Y, oh Rama, haré como si fuera tierra firme para el paso de los monos». Entonces Rama dijo: «Oh morada de Varuna, ¡escúchame! Esta flecha (mía) debe cumplir el fin (propuesto). ¿Dónde la haré caer?». Al oír el discurso de Rama y mirando la poderosa flecha, aquel sumamente enérgico, el gran Abismo, se dirigió a Raghava, diciendo: «Hay cierto lugar mío en el Norte que es más sagrado (que el resto). Es famoso como Drumakulya, así como tú eres famoso entre los hombres. Hay allí muchos ladrones de formas y acciones feroces, seres malvados encabezados por vaqueros, que beben de mi agua. Estas personas de actos injustos me tocan, y no puedo soportar este pecado. Oh Rama, haz que en aquel lugar tenga éxito esta mejor de las flechas». Al oír las palabras del Océano de alma elevada, (Rama), inmediatamente después, soltó aquella flecha llameante. Y el lugar donde cayó la flecha, semejante en esplendor al rayo y al vajra, ha sido celebrado sobre la tierra como Marukantara. Y herida por el dardo, la Tierra lanzó rugidos; y a consecuencia de esto, el agua comenzó a brotar por la boca de la herida desde las regiones subterráneas. Y esto se hizo entonces bien conocido como Vrana; y allí se ven brotar las aguas del Océano. Y se levantó un terrible estampido de hendidura. Y a causa de esto, así como del incidente de la flecha, el agua que había en los estanques se secó. Habiendo secado Marukantara, famosa en las tres regiones, así como los depósitos de agua, Rama, el hijo de Dasaratha, docto y de poderío divino, confirió un don al desierto, diciendo: «Este lugar estará lleno de alimento que nutra a las bestias; y las dolencias serán raras aquí. Y los frutos y las raíces estarán llenos de sabor; y abundará en aceite y rebosará de leche; y contendrá diversas drogas olorosas». Así llegó el desierto a poseer estos atributos; y por el otorgamiento del don de Rama alcanzó un aspecto agradable. Quemado aquel lugar, aquel señor de las corrientes, el Océano, habló así a Raghava, versado en toda rama del saber: «Oh apacible, este se llama Nala, hijo de Visvakarma. Ha recibido un don de su padre. El hijo de Visvakarma está muy complacido contigo. Que este mono, cargado de exuberante ánimo, construya un puente sobre mí. Yo lo sostendré. Este es como su padre». Habiéndose expresado así, el Océano desapareció. Entonces aquel primero de los monos, Nala, levantándose, habló al poderoso Rama: «Recurriendo a la destreza de mi padre, construiré un puente sobre la espaciosa morada de los makaras. El poderoso Océano ha hablado con justicia. Respecto del ingrato, aun el castigo es supremo en este mundo; esta es mi convicción. ¡Fuera la paciencia, la moderación o el don! Este temible Océano, este poderoso abismo, esperando ver un puente (tendido sobre él), ha concedido profundidad a Raghava. (Antaño), en el Mandara, Visvakarma había conferido un don a mi madre: “Oh excelsa, tu hijo será como yo”. Soy hijo suyo, nacido de sus entrañas, y soy como Visvakarma. No habiéndome preguntado usted, no había revelado mis cualidades. Yo también soy capaz de construir un puente sobre la morada de Varuna. Por tanto, que hoy mismo los primeros de los monos construyan el puente». Entonces, dirigidos por Rama, los monos principales entraron con presteza en el poderoso bosque por centenares y millares. Y semejantes ellos mismos a montañas, los primeros de los monos comenzaron a derribar (árboles) y arrastrarlos hacia el Océano. Y los monos llenaron el Océano de salas y asvakarnas, dhavas, bambúes, kutajas, arjunas, palmeras, tilakas, tinisas, billakas, aparnas y karnikaras en flor, mangos y árboles. Y aquellos monos, los primeros de su especie, comenzaron a reunir los árboles, unos con sus raíces, otros sin ellas, llevándolos como el estandarte de Indra. Y aquellos monos de enorme cuerpo, poseedores de prodigiosa fuerza, procuraron palmeras y granados, cocoteros e itakas, kariras, vakulas y nimbas, así como rocas. Midiendo las dimensiones de elefantes y arrancando peñascos, los arrojaban por medio de máquinas. Y al ser lanzadas las rocas a las aguas, estas, hinchándose de repente, subían al firmamento y volvían a bajar. Y (los árboles), cayendo (en el abismo), lo agitaban por todas partes. Y algunos trazaban líneas (para asegurar la rectitud del puente). Y en medio del señor de los ríos y las corrientes, Nala hizo un grandioso puente que medía cien yojanas. Y luego se dedicó a construir el puente con la ayuda de monos de temibles hechos. Y unos tomaban las medidas y otros llevaban (madera al mar). Y con la ayuda de centenares de monos que seguían el mandato de Rama, de color como los bosques o las montañas, (ellos) construyeron un puente de hierba y madera. Y los monos hicieron el puente de árboles de copas floridas. Y (monos) semejantes a danavas corrían por todas partes con rocas semejantes a colinas y con cumbres de montaña. Y tremendo fue el tumulto que vino de los peñascos arrojados y las rocas derribadas en el poderoso abismo. Y el primer día los monos semejantes a elefantes, llenos de ánimo y esforzándose vigorosamente, terminaron quince yojanas. Y los sumamente fuertes monos de enorme cuerpo despacharon velozmente el segundo día veinte yojanas. Y el tercer día los activos monos de enorme cuerpo hicieron veintiún yojanas sobre el mar. Y el cuarto día los sumamente impetuosos monos, afanándose vigorosamente, hicieron veintidós yojanas. Y el quinto día los veloces monos cumplieron veintitrés yojanas, llegando hasta la hermosa orilla. Y semejante a su padre, aquel mejor de los monos, el vigoroso y garboso vástago de Visvakarma, construyó (así) el puente sobre el mar. Y aquel puente, construido por la fuerza sobre la morada de los makaras, parecía elegante y espléndido como la Vía Láctea en el firmamento. Y entonces las deidades y los gandharvas, los siddhas y los principales santos, apareciendo en los cielos, se quedaron allí ansiosos por contemplar esta maravilla. Y los dioses y los gandharvas vieron aquel puente de Nala, difícil de hacer, que tenía una anchura de diez yojanas y medía cien de largo. Y los monos, saltando, brincando y rugiendo, así como todas las criaturas, contemplaron aquella construcción del puente sobre el océano, inconcebible y maravillosa, que mostraba una destreza más allá del pensamiento y capaz de erizar el cabello. Y aquellos millares de kotis de excesivo vigor, habiendo construido el puente sobre el océano, pasaron a la otra orilla del poderoso piélago. Y espacioso, hábilmente construido, elegante, bien pavimentado y primorosamente acabado, el gran puente parecía la raya donde se ha partido el cabello en la cabeza del Océano. Entonces, en la otra orilla del océano, Vibhishana, con el propósito de oponerse a los enemigos (que pudieran avanzar), se apostó maza en mano junto con algunos consejeros. Entonces Sugriva habló a Rama, cuyo poder era la verdad: «Sube sobre Hanuman, y que Lakshmana suba sobre Angada. Oh héroe, vasto es este Océano, morada de los makaras. Estos monos, que recorren el cielo, los sostendrán a ustedes dos». Entonces el apuesto y justo Rama, junto con Lakshmana, equipado con su arco, partió en la vanguardia del ejército en compañía de Sugriva. Y unos monos avanzaban por el medio, y otros se zambullían en el abismo, y otros iban por el camino. Y otros recorrían el aire, saltando como aves. Y aquella temible formación de monos que cruzaba, con su poderoso estruendo, ahogó el temible rugido del abismo que se había levantado. Habiendo cruzado la hueste de monos por el puente de Nala, el rey la apostó en la orilla, que abundaba en frutos, raíces y agua. Al contemplar aquella obra de Raghava, imposible de llevar a cabo, las deidades junto con los siddhas y los charanas, y los Maharshis, presentándose de repente ante Rama, lo rociaron uno por uno con agua sagrada y dijeron: «¡Que seas victorioso, oh humano divino! ¡Gobierna tú la Tierra eternamente!». Así, con diversas palabras auspiciosas, rindieron homenaje a aquel honrado por los brahmanes, Rama.

Section 23

Habiendo visto presagios, aquel, el hermano mayor de Lakshmana, conocedor de ellos, abrazando al hijo de Sumitra, dijo estas palabras: «Oh Lakshmana, ocupando (esta comarca) de aguas frescas y bosques ricos en frutos, nos quedaremos aquí, dividiendo y ordenando nuestras fuerzas. Grande es el temor que veo cercano, que presagia destrucción para las gentes y la matanza de los principales héroes de los osos, los monos y los rakshasas. El viento sopla sombrío, y la Tierra tiembla. Las cimas de las montañas se estremecen, y los árboles se derrumban. Y las nubes están cenicientas y alborotadas, y rugen ásperamente. Y amenazadoras, derraman portentosas gotas de sangre. Y el crepúsculo es terrible y parece sándalo rojo. Y un círculo ígneo cae del sol llameante. Y por todas partes aves y bestias, afligidas, profiriendo notas desconsoladas y de aspecto torvo, se ponen a gritar contra el sol, despertando gran temor. Y la Luna, aunque no aparece en la noche, arde, y se levanta con rayos oscuros y rojos, como si se propusiera exterminar a las gentes. Y el aspecto (del sol) es tenue, áspero y no bueno; y, oh Lakshmana, una mancha azul se ve en el Sol sin nubes. Y las estrellas parecen borradas por un poderoso volumen de polvo. Oh Lakshmana, contempla esta visión desastrosa para las gentes, semejante a la disolución universal. Cuervos, halcones y los buitres inferiores giran por todas partes. Y los chacales lanzan aullidos de mal agüero, despertando gran temor. La tierra quedará cubierta de dardos, jabalinas y espadas disparados por monos y rakshasas, y luego se convertirá en lodo con la carne y la sangre. Rodeados de todos estos monos, entraremos hoy mismo rápidamente, usando la velocidad, en la ciudad gobernada por Ravana, imposible de someter». Habiendo dicho esto, aquel sometedor en el combate, aquel señor, el encantador de los hombres, Rama, equipado con su arco, avanza en dirección a Lanka. Y todos los monos principales, Sugriva con Vibhishana, siguieron adelante, lanzando rugidos, para la destrucción de los enemigos, que estaban resueltos a combatir con ellos. Y en consecuencia el hijo de Raghu estaba muy complacido con la fortaleza y los esfuerzos de los poderosos monos por lograr lo que era querido para Raghava.

Section 24

Y con la presencia del rey aquella asamblea de héroes se veía hermosa, como la noche otoñal, adornada de hermosas estrellas, con la Luna. Y oprimida por la energía desbordante de la hueste semejante al océano, la Tierra tembló. Y entonces los que recorren el bosque oyeron un alboroto en Lanka, así como los sonidos de trompetas y mridangas, poderosos y capaces de erizar el vello de las gentes. Y ante aquellos sonidos, los jefes de las bandas de monos se alegraron sin medida y, resintiéndose de ellos, lanzaron gritos más fuertes que aquellos sonidos. Y los rakshasas oyeron también los rugidos de los monos, semejantes al retumbar de nubes altivas en el cielo. Al contemplar Lanka con estandartes y gallardetes variados, el hijo de Dasaratha se volvió hacia Sita con el corazón afligido. «Aquí aquella de ojos semejantes a los de una cervatilla está confinada por Ravana, como Rohini dominada por el planeta de cuerpo rojo». Y suspirando caliente y largamente, y mirando a Lakshmana, aquel héroe habló palabras cargadas de su bien en aquel momento: «Contempla, oh Lakshmana, a Lanka elevándose como si atravesara los cielos; y, construida por Visvakarma en la frente de la montaña, parece haber sido hecha por la Mente. Construida en tiempos pasados con edificios que la llenan, Lanka parece el aire que todo lo envuelve, cubierto de pálidas nubes. Lanka está embellecida con arboledas semejantes a Chitraratha, hermosas y elocuentes con las notas de diversas aves, y cargadas de frutos y flores. Contempla las aves embriagadas y las abejas negras mezclándose (con las flores). Y la bendita brisa mece los árboles sonoros de koels». Habiendo dividido allí sus fuerzas conforme a las directrices de las escrituras, el hijo de Dasaratha, Rama, habló así a Lakshmana. Y dio órdenes a aquel ejército de monos, diciendo: «Tomando sus propias fuerzas, que el potente e invencible Angada, junto con Nila, se aposte en el centro de las fuerzas. Y que el mono llamado Rishabha, rodeado de multitudes de monos, se aposte a la derecha del ejército de monos. Y que el activo e irreprimible Gandhamadana, semejante a un elefante fragante con la exudación temporal, se quede ocupando la izquierda de las fuerzas. Yo mismo, junto con Lakshmana, me quedaré según convenga en la vanguardia. Y los monos Jambavan, Sushena y Vegadarsi, los tres de alma elevada, principales de los osos, protegerán el interior (de las fuerzas). Y así como el Sol, cargado de energía, protege la mitad posterior del globo, que el monarca de los monos proteja la retaguardia del ejército de monos». Y aquel ejército, hábilmente dividido en partes y protegido por grandes monos, se asemejaba al firmamento cubierto de nubes. Entonces, tomando cimas de montaña y poderosos árboles, los monos comenzaron a avanzar hacia Lanka, ardiendo por aplastar a Lanka en la batalla. «Demoleremos Lanka arrojando cimas de montaña, o con los puños cerrados». Así pensaban en sus mentes los primeros de los monos. Entonces el sumamente enérgico Rama se dirigió a Sugriva, diciendo: «Nuestras fuerzas han sido debidamente ordenadas; suelta (ahora) a Suka». Al oír las palabras de Rama, el señor de los monos, poseedor de gran fuerza, liberó al enviado, Suka, por orden de Rama. Liberado por la palabra de Rama, Suka, que había sido duramente atormentado por los monos, oprimido por un temor sumamente grande, fue al señor de los rakshasas. Entonces Ravana, riendo, dijo a Suka: «¿Están encadenadas tus alas? Y pareces como si te hubieran cortado las alas. ¿Por qué? ¿Caíste bajo el dominio de los volubles (monos)?». Entonces, agitado por el temor, Suka, a la orden del monarca, respondió al señor de los rakshasas con este excelente discurso, diciendo: «Dirigiéndome a la orilla norte del mar, y apaciguando (a los monos) con palabras suaves, comuniqué claramente sus nuevas (a Sugriva). Entonces, en cuanto me vieron, los monos, montando en cólera, me capturaron e intentaron cortarme las alas y matarme con los puños cerrados. Son incapaces de que se les hable. No puede existir duda alguna de que, oh señor de los rakshasas, los monos son por naturaleza iracundos y feroces. El mismo Rama que mató a Viradha, a Kavandha y a Khara ha llegado (aquí) junto con Sugriva, buscando el paradero de Sita. Habiendo tendido un puente sobre la salmuera y cruzado el mar salado, Raghava, equipado con su arco, permanece aquí, teniendo en nada a los rakshasas. Y las huestes, compuestas de millares de osos y monos, semejantes a colinas y nubes, envuelven la Tierra. Y paz no puede haber ninguna entre las fuerzas de los rakshasas y las huestes del soberano de los monos, como entre las deidades y los danavas. Y avanzan ante la muralla. Haga pronto una de estas cosas: entregue a Sita sin demora, o présentele batalla». Al oír el discurso de Suka, Ravana, con los ojos enrojecidos de ira, habló como si (lo) quemara con ellos: «Aunque los dioses, los gandharvas y los danavas se alinearan contra mí, no devolveré a Sita por temor a todas las criaturas. ¿Cuándo perseguirán mis flechas a Raghava, como bhramaras enloquecidos que se dirigen hacia los árboles floridos en primavera? ¿Cuándo, por medio de flechas llameantes disparadas de mi arco, quemaré (a Raghava), con el cuerpo bañado en sangre, así como un meteoro (quema) a un elefante? ¿Y cuándo, rodeado de una poderosa hueste, confundiré sus filas, así como el Sol al levantarse (vence) la luz de las esferas estelares? Mi ímpetu, como el del Océano, mi fuerza, como la del Viento, no los conoce Dasarathi; y por eso desea combatir conmigo. Rama no ha visto mis flechas que reposan en el carcaj, semejantes a serpientes venenosas; y por eso busca combatir conmigo. Raghava no ha conocido antes en el combate mi arco, que representa mi vina tañida con mis flechas, con tremendos sonidos que salen de las cuerdas, temible, que tiene por poderosos acordes de música los gritos de las gentes afligidas, y resonante con los estampidos de los narachas y de las palmas. Y, habiéndome bañado en el gran campo de batalla, que representa el río de las fuerzas hostiles, tañeré (esta vina) en el encuentro. Ni Vasava, el de mil ojos, ni Varuna mismo, pueden (medirse) conmigo en la batalla; ni puede Yama, ni Vaisravana en persona, vencerme en poderoso conflicto con el fuego de las flechas».

Section 25

Habiendo cruzado el hijo de Dasaratha, Rama, el Océano con sus fuerzas, el apuesto Ravana se dirigió a sus dos consejeros, Suka y Sarana, diciendo: «Que las fuerzas de los monos crucen todo el océano, imposible de cruzar, y que Rama construya un puente sobre el mar, todo esto no había sucedido nunca antes. La construcción de un puente sobre el océano no puede en modo alguno merecer crédito. Pero (sea como fuere), debo enumerar las huestes de los monos. Entrando sin ser vistos en el ejército de los monos, les corresponde averiguar su magnitud, su fuerza, quiénes son los principales monos, quiénes son los consejeros de Rama reunidos allí, y quiénes los de Sugriva, quiénes marchan a la cabeza, quiénes entre los monos son heroicos; cómo han construido el puente sobre el agua del océano; cómo permanecen allí los monos de alma elevada; el propósito, el poderío y las armas (con que combaten) de Rama así como de Lakshmana. ¿Y quién es el comandante de aquellos monos de gran alma? Habiendo sabido todo esto verdaderamente, deben ustedes volver con prontitud». Así comisionados, aquellos héroes, los rakshasas Suka y Sarana, asumiendo formas de mono, entraron en las huestes de los monos. Pero Suka y Sarana no pudieron contar aquel ejército de monos, incomprensible y capaz de erizar el cabello de las gentes. Las fuerzas estaban en las cimas de las montañas, junto a las fuentes y en las cuevas. Y aquellos vagabundos de la noche contemplaron aquellas fuerzas, unas que ya habían cruzado, otras que cruzaban y otras resueltas a hacerlo; y unas que se habían sentado y otras sentándose; aquel poderoso ejército que lanzaba rugidos terribles, aquel océano de huestes imposible de perturbar. Mientras permanecían así disfrazados, fueron descubiertos por Vibhishana. Entonces, tomándolos cautivos, reveló (el hecho) a Rama, diciendo: «Estos son los consejeros del señor de los rakshasas, Suka y Sarana. Oh conquistador de capitales enemigas, han venido de Lanka como espías». Al ver a Rama, se afligieron grandemente y, desesperando de sus vidas y agitados por el temor, con las manos juntas, dijeron: «Oh apacible, mandados por Ravana hemos venido aquí, oh hijo de Raghu, con el propósito de recoger información acerca de este ejército». Al oír su discurso, Rama, hijo de Dasaratha, siempre dedicado al bienestar de todos los seres, riendo, observó: «Si han observado atentamente toda esta formación, o si han hecho lo que se les había mandado hacer, vuelvan en paz. Si algo queda sin ver, véanlo de nuevo. O Vibhishana se lo volverá a mostrar todo a ustedes. Habiendo sido apresados, no necesitan temer por sus vidas. Aun si sucede que son apresados enviados equipados con armas, no se los debe matar. Y aunque estos vagabundos de la noche han venido como espías disfrazados, con el propósito de crear división entre sus enemigos, aun así, oh Vibhishana, suéltalos. Entrando en la extensa Lanka, deben decir al rey, hermano menor del Dispensador de riquezas, las palabras que pronuncio: “Aquella fuerza en la que confiando te llevaste a mi Sita, despliégala como desees, junto con tus fuerzas y tus amigos. Mañana por la mañana contempla la ciudad de Lanka con su muralla y sus puertas, así como las huestes de los rakshasas, destruidas por mí con mis flechas. Y así como Vasava, equipado con el rayo, lo arroja en medio de los danavas, así, oh Ravana, mañana por la mañana derramaré mi temible ira sobre ti junto con tus fuerzas”». Así dirigidos (por Rama), aquellos rakshasas, Suka y Sarana, habiendo saludado al justo Raghava con «¡Victoria!», volvieron a Lanka y hablaron al señor de los rakshasas, diciendo: «Oh señor de los rakshasas, habiendo sido apresados por Vibhishana con el propósito de ser muertos, fuimos vistos por Rama, de alma justa y de energía inconmensurable, y (finalmente) fuimos liberados (por él). Puesto que estas cuatro personas se han unido, semejantes a los lokapalas, heroicas, consumadas en las armas y de firme poderío, a saber, el hijo de Dasaratha, Rama, el apuesto Lakshmana, Vibhishana y el sumamente poderoso Sugriva, semejante al gran Indra, ellos son capaces de arrancar la ciudad de Lanka, con murallas y puertas, y volver a colocarla (en su antiguo sitio); deje usted aparte a los monos. Tal es la figura de Rama y tales sus armas, que él solo demolerá Lanka; deje aparte a los otros tres. Y aquella hueste protegida por Rama, Lakshmana y Sugriva será sumamente difícil de combatir aun para los asuras y los dioses. Y el ejército de los que recorren los bosques, de alma elevada, ansiosos de encuentro, contiene guerreros que rebosan de ánimo. De nada sirve la disputa. Aplíquese usted a la pacificación. Devuelva a Maithili al hijo de Dasaratha».

Section 26

Al oír las palabras de Sarana, cargadas de sentido y verídicas, el rey Ravana se dirigió a él, diciendo: «Aunque los dioses, los gandharvas y los danavas me atacaran, no me desprenderé de Sita por temor a todas las criaturas. Oh amable, tú, habiendo sido maltratado por los monos y afligido en consecuencia, juzgas conveniente que Sita sea devuelta hoy mismo. ¿Qué enemigo mío hay que sea capaz de vencerme en la batalla?». Habiendo pronunciado este áspero discurso, el apuesto Ravana, señor de los rakshasas, deseoso de inspeccionar (las huestes de los monos), subió a un edificio blanco como la nieve y elevado como muchas palmeras (puestas una sobre otra). Y arrebatado por la pasión, Ravana, en compañía de aquellos espías, vio el mar, las montañas y los bosques. Y contemplaron la Tierra envuelta de monos, y la poderosa hueste de monos, ilimitada e irresistible. Y habiendo visto esto, el rey Ravana preguntó a Sarana: «¿Quiénes entre estos monos son los principales, quiénes son los héroes y quiénes poseen gran fuerza? ¿Quiénes, rebosando de ánimo, se quedan por todo el frente? ¿A quién escucha Sugriva? ¿Y quiénes son los jefes de los jefes de los monos? Oh Sarana, relátame todo esto. ¿Y cuál es el poderío de los monos?». Entonces Sarana, que conocía a los jefes (del ejército de monos), habló al soberano de los rakshasas, que (le) había preguntado, acerca de quiénes eran los cabecillas de los que recorren los bosques: «Este mono que, lanzando rugidos, se queda frente a Lanka, rodeado de centenares y millares de jefes de monos, por cuyos tremendos gritos tiembla Lanka con su muralla, sus puertas, colinas, bosques y selvas, y que está apostado al frente de las fuerzas de Sugriva, de alma elevada, señor de todos los monos, es el heroico jefe de bandas de monos llamado Nila. Y aquel, poseedor de poderío, que, cruzando los brazos, recorre el suelo a pie, que, de cara a Lanka, bosteza con frecuencia por la ira, que se asemeja a una cima de montaña y es como los filamentos de un loto, que, enfurecido una y otra vez, hace sonar su cola, y con los sonidos de cuya cola resuenan los diez puntos cardinales, es aquel que ha sido rociado por Sugriva, rey de los monos, como heredero aparente, llamado Angada. Él lo desafía a usted a la lucha. Digno hijo de Vali y siempre querido para Sugriva, despliega su poderío como Varuna lo hace por Sakra. Que aquel bienqueriente de Raghava, el vehemente Hanuman, haya visto a la hija de Janaka se debió al consejo de este. Aquel poderoso (héroe) avanza, llevando innumerables bandas pertenecientes al señor de los monos, con el propósito de batirlo a usted por medio de su soldadesca. Siguiendo al hijo de Vali, y rodeado de una poderosa fuerza, se queda en el campo el heroico Nala, el constructor del puente. Los que, con los miembros inactivos y lanzando rugidos y aullidos, siguen a este, son héroes que moran en Chandana. Con su propio ejército solamente, Sveta, de color de plata y de temible poderío, espera someter Lanka. Ordenando sus fuerzas de monos y animando a sus soldados, aquel inteligente mono, famoso en las tres regiones, habiéndose reunido prontamente con Sugriva, vuelve sobre sus pasos. Desde días antiguos hay en las orillas del Gomati una montaña (llamada) Ramya, (también) llamada Sanrochana. El monte abunda en diversos árboles. Allí aquel jefe de bandas llamado Kumuda gobierna su reino. Y aquel que alegremente arrastra tras de sí a sus centenares y millares de monos, y cuyos largos y torvos pelos de la cola, cobrizos, amarillos, negros y blancos, se agitan por todas partes, es el enérgico mono Chanda, ansioso de encuentro. Y espera conquistar Lanka con la ayuda de sus propias fuerzas. Y este, semejante a un león, leonado y provisto de una larga melena, que, quedándose aparte, mira toda Lanka como si la consumiera con los ojos, mora por siempre jamás en el Vindhya, el monte Krisha, el Sahya y el monte Sudarsana, y, jefe de bandas, se llama Rambha. Trescientos kotis de los principales monos, temibles, feroces y poseedores de terrible poderío, rodeándolo, van en pos de él con el propósito de demoler Lanka con su poder (nativo). Y aquel que extiende las orejas y bosteza una y otra vez, que desafía el temor a la muerte y no mueve sus fuerzas, que tiembla de ira y mira con frecuencia de soslayo (¡y contemple usted los latigazos de su cola!), y que lanza gritos leoninos, oh rey, con gran energía y desechado el temor, reside en el pintoresco monte Salveya y, jefe de compañías, se llama Sarava. A él, oh rey, pertenecen cuarenta centenares de millares de poderosos jefes. Y aquel que se queda, semejante a una poderosa masa de nubes que cubre el cielo, en medio de los héroes monos, como Vasava en el centro de los celestiales, cuyo elevado grito se oye (mezclado con) el estruendo que levantan los principales monos, ardiendo por la batalla, mora en la excelente colina Pariyatra; y, siempre irreprimible en la lucha, se llama Panasa, jefe de bandas (de monos). Cincuenta lacs de jefes, con sus fuerzas ordenadas, rodean a este comandante de los monos. Aquel que se queda dando gracia a la temible formación, desbordante de charla, apostada en la orilla del océano, semejante a un segundo mar y parecido al Dardura, es el jefe llamado Vinata. Y recorre (la tierra) bebiendo de (las aguas del) Vena, el mejor de los ríos, y sus fuerzas son sesenta lacs de monos. Y el mono llamado Krathana lo desafía a usted al combate. Tiene (bajo él) generales poderosos y vigorosos, y fuerzas bien divididas. Y el mono que posee aquella figura del color del almagre, y que, engreído por su fuerza, desdeña a todos los monos, se llama Gavaya, que se acerca a usted con ira. Varios lacs (de tropas) lo ciñen; y por medio de ellos ha de derribar Lanka. Estos son los héroes, imposibles de soportar, cuyo número no puede enumerarse. Estos son los jefes y sus cabecillas, así como las fuerzas dispuestas en orden de batalla».

Section 27

«Mientras usted mira, le describiré los jefes que desplegarán su poderío por Raghava y entregarán sus vidas (en su favor). Aquel de temibles hechos, cuyos largos pelos de la larga cola, cobrizos, amarillos, negros y blancos, levantados, parecen los rayos del Sol y se arrastran por el suelo, es el mono llamado Hara, a quien siguen centenares y millares (de monos) que alzan desesperadamente árboles, resueltos a (escalar) Lanka, jefes del rey de los monos y sus servidores presentes (en aquel conflicto). Y estos que usted contempla presentes, semejantes a poderosas masas de nubes negras, como el colirio negro, de genuino poderío, incontables e imposibles de enumerar, que moran en montañas, provincias y ríos, seres terribles, se acercan a usted, oh rey. En medio de ellos está su rey, de ojos grises y de aspecto feroz, semejante a Parjanya rodeado de nubes, que mora en aquella mejor de las montañas, el Rikshavana, bebiendo del Narmada. Contemple a este, semejante a una colina, hermano menor de Dhumra, señor de los osos. Es igual a su hermano en belleza, y de poderío superior. Este jefe de temibles jefes se llama Jambavan. Es apacible, obediente a sus superiores y feroz en la lucha. El inteligente Jambavan ayudó señaladamente a Sakra en la guerra de los dioses y los asuras, y ha ganado muchos dones (en consecuencia). Subiendo a las cimas de las montañas, estos arrojan gigantescos peñascos, enormes como nubes colosales, y (el temor de) la muerte no los inquieta (nunca). Y con el cuerpo cubierto de pelo, se asemejan a rakshasas y fantasmas (en su conducta). Este, de energía inconmensurable, tiene innumerables tropas que andan por ahí, que contemplan a este jefe de jefes, bajo una agitación inusual, saltando y descansando (por turnos). Este señor de los monos mora cerca del de mil ojos; y este jefe de bandas, dotado de fuerza, se llama Rambha. Y aquel que, al andar, toca con el costado una montaña situada a la distancia de un yojana y, al levantarse, mide la misma longitud, y cuya belleza no es superada por nadie entre los cuadrúpedos, es conocido con el nombre de Sannadana, el abuelo de los monos; este inteligente combatió con Sakra, y no sufrió derrota. Este es aquel general de las fuerzas. Y aquel cuyo poderío es como el de Sakra es este, engendrado por el Fuego en la hija de un gandharva para ayudar a los celestiales con ocasión de la guerra de los dioses y los asuras. Y este garboso y poderoso, el mejor de los monos, se divierte en aquel soberano de las montañas habitado por multitudes de kinnaras, donde el rey Vaisravana come pomarrosas, y que, oh señor de los rakshasas, contribuye siempre al placer de su hermano de usted. Y este, que nunca se ensalza a sí mismo en la batalla, se llama Krathana, jefe de huestes. Rodeado de mil kotis (de tropas) y apostado en medio de los monos, espera subyugar Lanka con sus propias tropas solamente. Y aquel que recorre las orillas de la Ganga, aterrorizando a los jefes de las manadas de elefantes, recordando la antigua hostilidad de los monos y los elefantes, es este jefe de bandas que, rugiendo, se opone a los elefantes salvajes en las cavernas de las montañas y aplasta los árboles, y, primero de los monos y jefe de las fuerzas de monos, como Sakra mismo en el cielo, se divierte recurriendo a Usiravija, perteneciente al Mandara, la mejor de las montañas, junto al río dorado. Mil lacs de monos, engreídos de vigor y poderío, lanzando rugidos y provistos de (largos) brazos, lo siguen; y este es el jefe de aquellos monos de alma elevada. Y, oh rey, aquel a quien usted ve semejante a nubes levantadas por los vientos es un jefe llamado Pramathi. Y su soldadesca de veloz carrera es ardiente, y volúmenes de polvo de color rojo se esparcen profusamente a su alrededor por todos lados. Y estos golangulas maravillosamente fuertes y temibles, que suman centenares y centenares de millares, viendo la construcción del puente, rodeando, oh poderoso monarca, al jefe llamado Gavaksha, un golangula, lanzan gritos, proponiéndose demoler Lanka con su poderío. Donde los árboles dan frutos de toda estación y acuden las abejas negras, en la montaña dotada de esplendor solar alrededor de la cual gira el Sol, por cuyo resplandor brillan siempre bestias y aves con un tono semejante, cuyas mesetas nunca son abandonadas por los Maharshis de gran alma; donde los árboles producen todo objeto de deseo y todos están cargados de frutos; en la cual, la mejor de las montañas, se halla excelente miel, allí, en la encantadora colina Dorada, oh rey, se divierte este, el primero de los principales monos, de nombre Kesarin, jefe de bandas. Hay sesenta mil encantadoras colinas Doradas. En medio de ellas está aquella mejor de las montañas, así como usted, oh sin pecado, lo está entre los rakshasas. Allí, en la colina más interior, moran (monos) de color leonado, y blancos con rostros cobrizos, amarillentos como la miel, de dientes afilados, que tienen las uñas por armas, y cuatro colmillos como los leones, irresistibles como tigres, todos iguales a Vaisvanara y semejantes a llameantes serpientes venenosas, provistos de largas colas, como elefantes enloquecidos, que parecen colinas gigantescas, que rugen como poderosas nubes, de ojos leonados y redondos, de aspecto terrible y que emiten sonidos; y estos contemplan Lanka como si la devastaran. Y este poderoso, que se queda en medio de ellos, es su jefe, ansioso de victoria; y el potente (mono) parece siempre el Sol mismo; y este, oh rey, es famoso sobre la tierra con el nombre de Satavali. Y este heroico, potente y poderoso, firme en su propio poderío, espera devastar Lanka con sus propias fuerzas. Y por cumplir el deseo de Rama, el mono no abriga apego alguno por su vida. Gaya, Gavaksha, Nala y el mono Nila: cada uno de estos está rodeado de diez kotis de guerreros. (Además de estos) hay otros monos escogidos que moran en el monte Vindhya, pero no puedo enumerar a estos (monos), poseedores de veloz vigor, a consecuencia de su vasto número. Todos estos, oh poderoso monarca, son de excesivo poderío; todos poseen figuras semejantes a poderosas montañas; y todos son capaces en un momento de arrancar montañas y esparcir la Tierra con ellas».

Section 28

Habiendo oído las palabras de Sarana, que había descrito las fuerzas (de los monos), Suka se dirigió a Ravana, señor de los rakshasas, diciendo: «Aquellos, oh rey, a quienes usted ve apostados, semejantes a elefantes enloquecidos, como los nyagrodhas de la Ganga, como los salas del Himavan, son imposibles de soportar; poseen fuerza y pueden tomar formas a voluntad; semejantes a deidades y danavas, y como los dioses en el conflicto. Estos, que suman nueve, cinco y siete mil kotis, y mil sankus y cien vrindas, son los ministros de Sugriva, que residen en Kishkindha, monos engendrados por dioses y gandharvas, capaces de asumir formas a voluntad. Y aquellos dos que usted contempla allí, de iguales proporciones y dotados de formas divinas, son Mainda y Dvivida, que no tienen igual en la lucha. Con permiso de Brahma, habían tomado ambrosía. Esperan humillar Lanka con su poderío. Y aquel a quien usted ve parado como un elefante enloquecido, el mono que, enfurecido, puede con su fuerza agitar el abismo mismo, que, buscando a Vaidehi, se había presentado ante usted, señor (¡contemple a este mono, que ha vuelto!, ¡a quien usted había visto antes!), es el hijo mayor de Kesarin, conocido como vástago del dios del Viento, celebrado como Hanuman, que había saltado sobre el abismo. Capaz de tomar formas a voluntad, aquel primero de los monos está dotado de garbo y fuerza, y es de ímpetu irresistible, así como aquel señor, el Viento. Viendo que el Sol había salido, (él), siendo niño, resolviendo en su mente: “Recorriendo un camino que mide tres mil yojanas, traeré el Sol; mi hambre no se ha aplacado”, saltó hacia arriba, engreído por su fuerza. Y, no alcanzando a aquel dios, imposible de someter por las deidades, los santos y los rakshasas, cayó sobre la colina Naciente. Y entonces una mandíbula de aquel de fuertes mandíbulas se fracturó un poco contra la roca; y en consecuencia se le llama Hanuman. Conozco a este mono y toda su historia anterior. No puedo describir su fuerza, su belleza ni su poderío. Y este solo espera abatir Lanka con su energía. ¿Y por qué olvida usted hoy al mono que arrojó fuego llameante en Lanka? Y junto a él está el héroe de color azul oscuro, de ojos como lotos, el Atiratha entre los Ikshvakus, de poderío celebrado entre los hombres, en quien la virtud nunca vacila y que nunca se aparta de la rectitud; que conoce el mantra de Brahma y los Vedas, el mejor de los versados en ellos; que atraviesa el cielo con sus flechas y hiende la Tierra, cuya ira es como la muerte y cuyo poderío es como el de Sakra, cuya esposa, Sita, ha sido raptada por usted de Janasthana. Y este es Rama, que, oh rey, avanza para enfrentarse a usted en el conflicto. Y a su lado derecho está uno del esplendor del oro puro, de ancho pecho, de cabello oscuro y rizado; este se llama Lakshmana, siempre atento al bienestar de su hermano. Es versado en política así como en la guerra, el primero de los doctos en todas las ramas del saber; iracundo, invencible, victorioso, poderoso, conquistador y fuerte; el brazo derecho de Rama y su propia vida que anda por ahí. Por Raghava no se cuida de su vida. Espera exterminar a todos los rakshasas en la batalla. Aquel que se queda ocupando el lado izquierdo de Rama, rodeado de rakshasas, es el rey Vibhishana, rociado como rey de Lanka por el auspicioso rey de reyes; él, lleno de ira, se acerca a usted (para la batalla). Y aquel a quien usted ve parado en el medio como una montaña de firme base, el señor de todos los monos, de poderío inconmensurable, y que en energía, fama, inteligencia, fuerza y linaje es tan superior a los monos como el monte Himavan sobrepasa a todas las montañas, que en compañía de los principales jefes de los monos mora en la inaccesible Kishkindha, difícil de penetrar, densa de árboles, de difícil acceso y que niega la aproximación a causa de las rocas; y cuya guirnalda de oro, compuesta de cien lotos, parece sumamente elegante, que es el deseo de hombres y dioses, y donde está asentada Lakshmi, (es Sugriva). Y Rama, habiendo matado a Vali, ha conferido esta guirnalda, a Tara y el eterno reino de los monos a Sugriva. Cien veces cien mil se llama un koti entre los sabios. Cien veces mil koti se llama un Sanku. Cien veces mil Sanku se conoce como un Mahasanku. Cien veces mil Mahasanku se llama aquí un Vrinda. Cien veces mil Vrinda se conoce como un Mahavrinda. Mil Mahavrinda se llama aquí un Padma. Cien veces mil Padma se conoce como un Mahapadma. Cien veces mil Mahapadma se llama un Kharva. Cien veces mil Kharva se llama un Samudra. Cien veces mil Samudra se conoce como un Mahaugha. Así respaldado por mil koti, cien Sanku, mil Mahasanku, cien Vrinda, mil Mahavrinda, cien Padma, mil Mahapadma, cien kharva, un Samudra igual y un Mahaugha igual, por kotis de Mahaughas, semejante al mar, y rodeado del heroico Vibhishana así como de sus consejeros, aquel señor de los monos, siempre ceñido por una poderosa fuerza y poseedor de excesiva fuerza y poderío, se enfrentará a usted en la batalla. Observando esta hueste que se ha presentado, semejante a un planeta llameante, prepárese usted, oh poderoso monarca, hasta lo sumo, para que la victoria sea suya y para que no sufra derrota a manos del enemigo».

Section 29

Viendo a los jefes de los monos tal como los señaló Suka, al sumamente potente Lakshmana, brazo derecho de Rama, y a su hermano Vibhishana, que se quedaba cerca de Rama, y a Sugriva de temible poderío, soberano de todos los monos, y al fuerte Angada, nieto del que lleva el rayo en la mano, y al poderoso Hanuman; y al invencible Jambavan; y a Sushena; y a Nila; y a Nala, el mejor de los monos; y a Gaya; y a Gavaksha; y a Sarava; y a Mainda; y a Dvivida, Ravana, con el corazón un poco agitado y su ira despertada, cuando hubo terminado su relato, reprendió a aquellos héroes, Suka y Sarana. Y les habló con ira, mientras estaban de pie en actitud humilde con la cabeza gacha, duras palabras que vacilaban por la pasión: «Que unos consejeros que subsisten (de la riqueza de su amo y soberano) le digan algo desagradable, ya obtengan su favor o su disfavor, no es conveniente. ¡Sin ser preguntados, es (propio) de ustedes dos entonar las alabanzas de un enemigo que se opone y que ha avanzado para el encuentro! En vano han adorado ustedes a sus preceptores, a los ancianos y a los guías espirituales, pues no han sabido apropiarse de la flor de la Ciencia Política, de la que convendría valerse. O si se la habían apropiado, la han olvidado después; y llevan la carga de la ignorancia. Y se debe a mi buena fortuna que, teniendo consejeros tan estúpidos, haya conservado hasta ahora mi reino. ¿No tienen miedo a la muerte, que usan palabras duras conmigo, que soy el gobernante y cuya lengua dispensa el bien y el mal? Aun los árboles pueden existir en el bosque al entrar en contacto con el fuego ardiente; pero los transgresores no pueden existir, alcanzados por el castigo del monarca. Mataría a estos seres malvados, que alaban el bando del enemigo, si mi ira no se moderara al recordar sus buenos oficios anteriores. ¡Fuera! ¡Váyanse de mi lado! No deseo matarlos, recordando sus buenas acciones. Muertos están (ya) ustedes, que son ingratos y no abrigan afecto alguno por mí». Así interpelados, Suka y Sarana, viendo (cómo estaban las cosas), cubiertos de vergüenza, salieron, saludando a Ravana con la palabra «¡Victoria!». Entonces aquel vagabundo de la noche, el de diez cuellos, dijo a Mahodara, que estaba presente, que convocara a unos espías. Así interpelado, Mahodara ordenó prontamente a unos espías (que se presentaran). Entonces los espías, llegando allí apresuradamente por mandato del monarca y presentándose, se quedaron de pie con las manos juntas, pronunciando bendiciones de victoria. Entonces el señor de los rakshasas, Ravana, se dirigió a los espías, que eran heroicos, fieles, serenos y valientes: «Vayan de aquí e infórmense de los esfuerzos de Rama, así como de quiénes, siendo custodios de los consejos más íntimos de Rama, se le han unido (aquí) con alegría. Cómo duerme y cómo vela, y en qué se ocupa: habiéndose informado hábilmente de todo esto a fondo, vuelvan (aquí). El rey sabio que recoge (el conocimiento de) su enemigo por medio de espías puede, poniendo un mínimo de esfuerzo en el conflicto, neutralizar (sus esfuerzos)». Entonces los espías, diciendo: «Así es», poniendo a Sardula al frente, con el corazón alegre dieron la vuelta en torno al soberano de los rakshasas. Y habiendo dado la vuelta en torno al jefe de los rakshasas de alma elevada, los espías partieron hacia donde estaba Rama con Lakshmana. Y dirigiéndose en secreto a las cercanías de la montaña que bordea la hermosa orilla, vieron a Rama y a Lakshmana con Sugriva y Vibhishana. Y al ver aquella hueste, fueron abrumados por el temor. Y mientras se quedaban allí, descubiertos por el justo señor de los rakshasas, Vibhishana, fueron duramente acosados (por los monos). Y aquel malvado rakshasa, Sardula, fue el único llevado (ante Rama). Pero Rama liberó a aquel que era atacado por los monos. Y Rama, que no abrigaba enemistad contra ellos, liberó también a los otros (que acompañaban a Sardula). Y habiendo sido puestos en aprietos por los poderosos monos de veloz vigor, ellos, respirando con dificultad y con la conciencia perdida, llegaron de nuevo a Lanka. Entonces aquellos espías sumamente fuertes, que siempre recorrían el exterior, presentándose ante el de diez cuellos, le informaron de las fuerzas de Rama, apostadas cerca del monte Suvela.

Section 30

Entonces los espías comunicaron al señor de Lanka noticias acerca de Raghava y su hueste, apostada en el monte Suvela. Al oír las palabras de los espías, que Rama, acompañado de un poderoso ejército, había llegado (allí), Ravana se agitó un poco y habló a Sardula: «Tu color ha cambiado su aspecto natural y, oh vagabundo de la noche, tienes mala cara. ¿No caíste bajo el dominio de los enemigos iracundos?». Así mandado por él, entonces (Sardula), aturdido por el temor, se dirigió a aquel tigre de los rakshasas, diciendo: «Esos poderosos monos, oh rey, potentes, fuertes y protegidos por Raghava, son imposibles de recorrer (por nosotros). Y no se puede conversar con ellos ni interrogarlos. Por todas partes, los caminos están guardados por monos semejantes a colinas. En cuanto entré y estaba examinando aquella hueste, fui descubierto. Y tomado por la fuerza por los rakshasas, fui arrastrado por ellos de aquí para allá. Y atacado furiosamente por los monos con muslos, puños cerrados, dientes y palmas, fui arrastrado en medio del ejército por los monos enfurecidos. Y después de haber sido llevado por todas partes, fui (por fin) llevado ante Rama, sangrando, con los miembros en lastimoso estado y los sentidos turbados y paralizados. Y habiendo sido apaleado por los monos, yo, implorando su bondad con las manos juntas, fui, a su voluntad, rescatado por Raghava con un “¡No, no!”. Habiendo llenado el abismo de rocas y peñascos, Rama, equipado con armas, se queda ocupando la puerta de Lanka. Y soltándome, aquel de vigor insuperable, rodeado de monos y disponiendo sus fuerzas a la manera de Garuda, avanza sobre Lanka. Y se acerca a la muralla. Por tanto, haga una de estas cosas con preferencia a la otra: o devuelva a Sita, o preséntele batalla». Al oír esto, Ravana, señor de los rakshasas, reflexionando entonces en su mente, habló a Sardula estas palabras cargadas de sentido: «Aunque los dioses, los gandharvas y los danavas se alinearan contra mí, no daré a Sita, por temor a todas las criaturas». Habiendo dicho esto, aquel sumamente enérgico dijo de nuevo: «Tú has recorrido este ejército. ¿Quiénes aquí entre los monos son heroicos? Y, amable, ¿cuál es su potencia? ¿Y cómo son aquellos monos a los que es difícil acercarse? Y, oh tú de hermosos votos, ¿de quiénes son hijos y nietos? Relátame verazmente todo esto. Habiendo averiguado su fuerza y su debilidad, adoptaré en este asunto mi curso. Los que desean la lucha ciertamente toman en cuenta todo esto». Así interpelado por Ravana, Sardula, el mejor de los espías, comenzó así a hablar en presencia de Ravana: «Oh rey, aquel invencible en la lucha, Jambavan, es bien conocido como el hijo de Gadgada, rey de los osos. El otro hijo de Gadgada es el hijo del preceptor de Sakra. Por este hijo, él solo, fue causada una inmensa opresión a los rakshasas. Y el justo y potente Sushena es el hijo de Dharma. Y el apacible mono Dadhimukha, oh rey, es el hijo de Soma. Y Sumukha, Durmukha y el mono Vegadarsi, (semejante a) la Muerte misma, fueron con certeza engendrados por el Existente por sí mismo en forma de mono. Y Nila mismo es el hijo del portador de las oblaciones sacrificiales; y Hanuman es famoso como el hijo del dios del Viento. Y el irreprimible y joven Angada es el nieto de Sakra. Y los vigorosos Mainda y Dvivida han nacido de los Asvins. Y cinco son los hijos de Vaivasvata, semejantes al Segador mismo: Gaya, Gavaksha, Gavaya, Sarava y Gandhamadana. Pero no puedo enumerar a los demás, diez kotis de monos heroicos, todos hijos de deidades, que arden por la batalla. Y este es el hijo de Dasaratha, este joven semejante a un león, que mató a Dusana, a Khara y a Trisiras. No respira nadie sobre la Tierra que sea igual a Rama en poderío, por quien fueron muertos Viradha y Kavandha, semejante al Destructor. Nadie puede describir sobre la tierra las virtudes de Rama, por quien han sido muertos todos aquellos rakshasas que habían ido a Janasthana. Y aquí está también el virtuoso Lakshmana, semejante al primero de los elefantes, en el camino de cuyas flechas ni siquiera Vasava vive. Y aquí están Sveta y Jyotirmukha, nacidos de Vatskara mismo; y el mono Hemakuta es el hijo de Varuna. Y el heroico Nala, el mejor de los monos, es el hijo de Visvakarma. Y poderoso e impetuoso, Durdhara es el hijo de Vasu. Y aquel primero de los rakshasas, Vibhishana, su hermano de usted, dedicado al bienestar de Raghava, ha puesto sitio a Lanka. Así le he descrito toda la hueste de monos apostada en el monte Suvela. En cuanto a lo que queda por hacer, usted es el amo».

Section 31

Entonces los espías del rey le informaron de las fuerzas de Raghava, imposibles de agitar, que se habían apostado en el monte Suvela. Al oír de los espías la llegada del poderoso ejército de Rama, Ravana se agitó un poco y habló a los ministros: «Que los ministros se presenten prontamente, con su juicio en orden; ha llegado en verdad el momento del consejo». Al oír su mandato, aquellos rakshasas, sus consejeros, se presentaron velozmente. Y entonces él consultó con sus consejeros rakshasas. Habiendo deliberado debidamente, aquel irresistible, despidiendo a sus ministros, entró en su propia morada. Entonces, llevando consigo al sumamente fuerte Vidyujjihva, de enorme cuerpo y dotado de los poderes de la ilusión, entró donde estaba la hija de Mithila. Y el señor de los rakshasas dijo a Vidyujjihva, diestro en la ilusión: «Pon a la hija de Janaka bajo el dominio de la ilusión. Y, oh vagabundo de la noche, tomando una cabeza ilusoria de Raghava, así como un poderoso arco con la flecha (ajustada), preséntate ante mí». Así interpelado, el vagabundo de la noche Vidyujjihva, diciendo: «Así sea», desplegó ante Ravana aquella ilusión deseada. Entonces el rey, ansioso de reunirse con Sita en los bosques de asoka, muy complacido, le confirió un excelente ornamento. Entonces el sumamente poderoso señor de los nairritas, el hermano menor del Dispensador de riquezas, entró (en aquel lugar) y vio (allí a Sita) afligida, aunque indigna de aflicción, con la cabeza gacha, abrumada de dolor, sentada en el suelo, quedándose en los bosques de asoka, dedicada a la contemplación de su señor, atendida por temibles rakshasis que permanecían cerca. Entonces, acercándose a Sita, Ravana, proclamando su júbilo, dijo estas altivas palabras a la hija de Janaka: «Oh gentil, aquel en quien confiando tú, aun siendo halagada (por mí), me desdeñas, aquel matador de Khara, tu esposo, Raghava, ha caído en la batalla. Tus raíces han sido cortadas por completo, y tu orgullo ha sido destruido por mí. A consecuencia de esta calamidad, oh Sita, serás mi esposa. Oh necia (muchacha), renuncia a esa idea. ¿Qué harás con aquel que está muerto? Oh mansa (muchacha), sé la señora de todas mis esposas. ¡Oh tú de escaso mérito religioso! ¡Oh tú cuyo propósito ha sido frustrado! ¡Oh tú que presumes de sabia! ¡Escucha la destrucción de tu señor, semejante a la temible destrucción de Vritra! Rodeado de un vasto ejército reunido por el soberano de los monos, Raghava se había presentado en la orilla del mar para lograr mi destrucción. Y puesto el sol, Rama se apostó con su poderoso ejército, oprimiendo la orilla norte (del mar). Entonces, a medianoche, (mis) espías, llegando a aquella hueste así apostada, fatigada del viaje y durmiendo profundamente (en consecuencia), la recorrieron primero. Luego mis poderosas fuerzas, guiadas por Prahasta, mataron durante la noche a su hueste, donde estaba presente Rama junto con Lakshmana. Y levantando repetidamente pattisas y garrotes, espadas, varas y otras armas poderosas, y (disparando) lluvias de flechas, dardos, dagas, mazas, palos, palancas, dardos barbados, discos y porras, los rakshasas los descargaron entre los monos. Y mientras Rama dormía, el furioso Prahasta, por medio de un poderoso alfanje, le cortó limpiamente la cabeza con rapidez. Vibhishana, que huía a su antojo, fue tomado cautivo. Y Lakshmana, junto con el ejército de monos, se ha marchado a alguna parte. Y, oh Sita, Sugriva, señor de los monos, tiene el cuello roto; y, oh Sita, con la mandíbula fracturada, Hanuman ha sido muerto por los rakshasas. Y Jambavan, esforzándose por levantarse de un salto con sus muslos, fue muerto en el conflicto, cortado por dardos barbados, así como un árbol talado. Y los fornidos Mainda y Dvivida, aquellos primeros de los monos, suspirando y lamentándose, bañados en sangre, destructores de enemigos, fueron cortados con una espada. Y Panasa rueda por la tierra como un (verdadero) panasa. Y destrozado por muchas flechas de hierro, Darimukha yace en una cueva. Y el sumamente enérgico Kumuda, mudo, está muerto por las flechas. Y desgarrado por innumerables (flechas) disparadas por todos lados por los rakshasas, Angada, vomitando sangre, yace en el suelo. Y los monos, duramente acosados por elefantes, y otros por redes de carros, yacen abatidos en el campo, agitados como nubes por los vientos. Y otros, afligidos por el espanto, huyen, atacados (por el enemigo) por la retaguardia y seguidos por los rakshasas, como poderosos elefantes perseguidos por leones. Y unos han caído al mar, y otros se han refugiado en el cielo; y los osos han subido a los árboles junto con los monos. Y en la orilla del mar, y en montañas y bosques, muchos son los monos de color leonado que han sido muertos por rakshasas de formas espantosas. Así ha sido muerto tu señor por mis fuerzas, junto con su ejército; y tengo su cabeza, lavada en sangre y embadurnada de polvo». Entonces el sumamente irreprimible señor de los rakshasas, Ravana, habló a una rakshasi, en presencia de Sita: «Trae (aquí) al rakshasa Vidyujjihva, de crueles hechos, que en persona ha traído del campo la cabeza de Raghava». Entonces Vidyujjihva, tomando la cabeza junto con el arco e inclinando la cabeza (ante Ravana), se quedó de pie ante él. Entonces habló el rey Ravana al rakshasa Vidyujjihva, de larga lengua, que estaba allí cerca: «Pon en seguida ante Sita la cabeza del hijo de Dasaratha. Que contemple claramente la triste situación final de su señor». Así interpelado, aquel rakshasa, arrojando aquella hermosa cabeza ante Sita, se desvaneció velozmente. Y Ravana arrojó el poderoso arco resplandeciente, famoso en los tres mundos, diciendo: «Este es de Rama. Este es el arco de tu Rama, con la cuerda puesta. Habiendo matado a aquel hombre durante la noche, Prahasta lo trajo aquí».

Section 32

Viendo aquella cabeza y aquel excelente arco, y (recordando) la unión de (Rama) y Sugriva relatada por Hanuman, y (viendo) aquellos ojos, y el color de aquel rostro, y aquel semblante semejante al de su señor, y aquel cabello y aquella frente, y aquella hermosa joya que formaba la cimera, y reconociendo (a Rama) por todas estas señales juntas, (Sita), sumamente afligida, reprendió a Kaikeyi, lamentándose como una hembra de águila pescadora: «Oh Kaikeyi, cumplidos están tus deseos. Muerto ha sido el hijo del linaje; y todo el linaje ha sido exterminado por ti, amiga de la discordia. ¿Y qué mal le había hecho a Kaikeyi el venerado Rama, para que junto conmigo fuera desterrado a los bosques, con harapos que se le dieron (para cubrirse)?». Habiendo dicho esto, Vaidehi, desamparada y temblando (de pies a cabeza), cayó a la tierra como un plátano cortado. Luego, recobrándose al cabo de un rato y habiendo recuperado la conciencia, la de grandes ojos, poniendo la cabeza delante de sí, se entregó al dolor: «¡Ah! ¡Estoy perdida, oh de brazos poderosos! ¡Oh usted, que seguía severos votos! Por su (muerte) he llegado a esta situación final, habiendo quedado viuda. La mayor calamidad (que puede sobrevenir a una mujer) se dice que es la muerte de su esposo. Y usted, poseedor de un excelente carácter, ha partido antes que yo, que siempre he pisado el sendero de los justos, pero que he llegado a un poderoso dolor y estoy sumergida en un mar de pena. ¡Y usted, que estaba dedicado a librarme, ha caído usted mismo! Y mi suegra, Kausalya, apegada (a usted), por la muerte de usted, su hijo, a manos de los rakshasas, ha quedado reducida a la condición de una vaca privada de su ternero. Oh Raghava, aun los astrólogos habían predicho larga vida para usted. Pero sus palabras son falsas; usted, oh Raghava, fue de corta vida. ¿O es que su sabiduría, sabio y bueno como era, quedó en nada? Pues Dios, que es el origen de todos los seres, hace (a cada uno) cosechar el fruto de sus propios actos. ¿Y por qué, versado en la política como era, llegó usted a la muerte sin preverla? Conocía los medios de apartar la desgracia y era diestro en hacerlo. Y habiendo sido traído aquí por mí, que represento la Noche Fatal, feroz y cruel, después de (ser) abrazado, y por la fuerza, el de ojos de loto ha hallado su muerte. Aquí yace usted, oh de largos brazos, dejándome sola, y abrazando la Tierra como a su hermosa amada. Siempre adorado cuidadosamente con guirnaldas perfumadas, este arco suyo, oh héroe, embellecido con oro, me es querido. Oh sin pecado, sin duda ha ido usted al cielo, y (está allí) en compañía de su padre y mi suegro, Dasaratha, y de todos sus antepasados. Se ha convertido en una estrella del firmamento como fruto de su gran acción. Ha descuidado su justo linaje de rajarshis. Oh rey, ¿por qué no me mira? ¿Y por qué no me responde a mí, que soy una muchacha apenas llegada a la juventud, y que soy su esposa y compañera? Lo que al tiempo de tomar mi mano había jurado, practicaré (la rectitud) contigo, recuérdelo, oh Kakutstha, y lléveme consigo, a mí, que estoy abrumada de aflicción. ¿Por qué, oh el mejor de los que andan, se ha ido de este mundo al otro, dejándome atrás abrumada de aflicción? Aquella figura suya que, adornada con cosas auspiciosas, yo solía abrazar, las bestias de presa la desgarrarán con certeza. Habiendo celebrado el Agnishtoma y otros sacrificios con dakshinas (repartidas), ¿por qué no alcanzó usted la purificación por medio del fuego sacrificial? Kausalya, abrumada de pena, solo verá volver a uno de los tres que se habían ido a tierras lejanas: a Lakshmana. Y, preguntado por ella, le relatará la muerte de usted así como la de las tropas de su amigo durante la noche a manos de los rakshasas. Y, oh Raghava, al oír que usted fue muerto mientras dormía, y que yo me quedo en la morada del rakshasa, ella, con el corazón partido (en dos), dejará de existir. Y por causa mía, abyecta como soy, aquel hijo sin pecado del rey, Rama, poseedor de poderío, habiendo cruzado el océano, ha sido muerto en la huella de una vaca. Yo, la que mancha su linaje, que había sido desposada por el hijo de Dasaratha por falta de discernimiento, al hacerme esposa del venerado Rama, fui (en realidad) su Muerte. Sin duda en otro nacimiento me había abstenido de dar dones escogidos; y por eso me aflijo hoy, aun siendo la esposa de uno que era (siempre querido) para los huéspedes. Oh Ravana, mátame prontamente sobre Rama; y, llevando a la esposa junto al esposo, procura mi mayor bien. Une mi cabeza a la suya y mi cuerpo a su cuerpo. Seguiré, oh Ravana, el camino de mi señor de alma elevada». Así, ardiendo de dolor, se entregaba a lamentaciones aquella de grandes ojos; y la hija de Janaka seguía mirando fijamente la cabeza y el arco de su señor. Y estando el rakshasa allí mientras Sita así se lamentaba, apareció ante su señor, con las manos juntas, el guardián, diciendo: «¡Que el venerable sea victorioso!». Y saludándolo y propiciándolo (a Ravana), le dijo que Prahasta, general de las fuerzas, había llegado. «Prahasta ha venido a usted, rodeado de todos los cortesanos. Y, oh señor, fui despachado por él, deseoso de verlo a usted. Oh poderoso monarca, sin duda hay (y usted es indulgente por su sentimiento regio) algún asunto que es grave; tenga a bien verlos». Al oír estas palabras del rakshasa, el de diez cuellos, dejando el bosque de asoka, fue a ver a los consejeros. Y habiendo decidido todo su curso de acción en consulta con sus competentes consejeros, (Ravana), entrando en su corte, conociendo bien el poderío de Rama, se puso a su obra. Y en cuanto Ravana dejó aquel lugar, aquella cabeza y aquel arco se desvanecieron. Y en compañía de los consejeros de temible poder, (Ravana) decidió su curso respecto de Rama. Y entonces el señor de los rakshasas, Ravana, semejante al día del juicio, se dirigió a sus generales, todos bienquerientes, que estaban muy cerca, diciendo: «Convoquen prontamente mis fuerzas al son de los tambores, y no den a conocer la razón (de la convocatoria)». Entonces, asintiendo a su discurso con «Así sea», los enviados convocaron inmediatamente aquella poderosa fuerza; y cuando hubo llegado, informaron de su llegada a su amo, ansioso de conflicto.

Section 33

Viendo a Sita abrumada de dolor, una rakshasi llamada Sarama, que era la amada compañera (de Sita), se acercó a su querida (amiga), Vaidehi. Y la de suave hablar, Sarama, consoló a la sumamente afligida Sita, que había sido privada de sus sentidos por el señor de los rakshasas. Sita, que era protegida allí (por Sarama), había sido hecha amiga por ella. Y protegiéndola por orden de Ravana, aquella compañera de buen corazón, firme en los votos, vio a Sita privada de la conciencia. Y consoló con afecto de amiga a aquella de hermosos votos, que rodaba en el polvo y se levantaba de él como una yegua: «Habiendo venido al bosque solitario para protegerte, yo, renunciando a todo temor de Ravana, he oído, permaneciendo escondida, todo lo que él te dirigió, así como lo que tú le habías respondido. Por ti, oh tú de grandes ojos, no tengo miedo de Ravana. Y, oh Maithili, saliendo, he sabido también bien por qué el señor de los rakshasas ha salido de aquí apresuradamente. Rama, conocedor de sí mismo, es imposible de sorprender dormido; ni la muerte de aquel semejante a un tigre me parece probable. Y los monos, que combaten con árboles, bien protegidos por Raghava, como los dioses protegidos por el primero de los celestiales, son imposibles de matar. Y, poseedor de brazos largos y redondos, apuesto, de ancho pecho, poderoso, armado con el arco y con cota de malla, justo y famoso sobre la tierra, dotado de energía, y junto con su hermano Lakshmana protegiéndose siempre a sí mismo y a los demás, de noble ascendencia y versado en la política, destructor de las filas enemigas y de fuerza y hombría inconcebibles, el apuesto Raghava, oh Sita, matador de enemigos, no ha sido muerto. Esta ilusión ha sido tendida a tu alrededor por aquel feroz creador de ilusiones, cuya mente siempre corre tras actos indebidos y que se opone a todas las criaturas. Todo tu dolor se ha ido, y tu buen día ha amanecido. Ciertamente Lakshmi te busca. Y, oh dama, ¡escucha lo que te es querido! Habiendo cruzado el océano junto con la hueste de monos, Rama ha acampado en la orilla sur del mar. Por mí ha sido visto el Kakutstha, completo, junto con Lakshmana, acompañado de las fuerzas, apostado a la orilla del piélago, protegido (por su poder nativo). Aquellos rakshasas de veloz vigor que habían sido despachados por este han traído la noticia de que Raghava ha cruzado. Y, oh dama de grandes ojos, habiendo sabido esta noticia, Ravana, señor de los rakshasas, consulta con todos sus consejeros». Mientras la rakshasi Sarama relataba esto a Sita, ella oyó los rugidos leoninos del ejército, lanzados con la mayor energía. Y al oír los poderosos sonidos de los timbales, producidos por palillos que los golpeaban, la de lengua de miel, Sarama, habló así a Sita: «Estos temibles sonidos del timbal, oh madre, llaman a las armas. ¡Y escucha las solemnes notas de los timbales, semejantes al retumbar de las nubes! Los elefantes enloquecidos están enjaezados y los caballos de los carros están uncidos; y se ven millares (de guerreros) montados en corceles, con dardos barbados en las manos. Y así como las aguas llenan el océano, guerreros con cota de malla, de formas maravillosas, vehementes y rugiendo, se lanzan por millares por todos lados y llenan las calzadas. Y observa el esplendor esparcido alrededor por las armas bruñidas, los escudos y las cotas de malla, y por los carros, caballos y elefantes de los seguidores del jefe de los rakshasas, compuesto de muchos colores que se elevan, semejante al aspecto de un fuego que en verano quema un bosque; ¡y observa también la agitación de los rakshasas, de gran ánimo y veloz carrera! ¡Y oye los sonidos de las campanas y el traqueteo de las ruedas de los carros! ¡Y oye el relincho de los corceles y los estampidos de los tambores! Y feroz es la agitación de estos rakshasas, seguidores del jefe de los rakshasas, con las manos que llevan armas levantadas, capaz de erizar el cabello de las gentes. Sri, la que quita las penas, te desposa; y ha llegado el temor de los rakshasas. Y así como Vasava hizo con los daityas, el de ojos de loto, Rama, tu señor, de ira dominada y de poderío inconcebible, matando a Ravana en la batalla y librándote así, se acercará a ti. Y así como Vasava desplegó su poderío entre sus enemigos en compañía de Vishnu, destructor de enemigos, tu señor, junto con Lakshmana, desplegará su poderío entre los rakshasas. Caído el enemigo, te veré, consagrada a tu señor, con tu deseo cumplido, reclinada pronto en el regazo de Rama. Y, oh Janaki, abrazando (a tu señor), derramarás lágrimas de alegría sobre su poderoso pecho. Y, oh Sita, pronto el sumamente poderoso Rama soltará esta trenza tuya que llega hasta tus caderas, que has llevado durante muchos meses. Y, oh excelsa, viendo su rostro semejante a la luna llena levantada, derramarás el agua nacida de la compasión, así como una serpiente hembra se despoja de su piel. Y, oh hija de Mithila, matando prontamente a Ravana en la batalla, aquel digno de felicidad cosechará dicha en compañía de ti, su amada. Y, amada por Rama de alma elevada, serás feliz, así como la Tierra provista de cosechas producidas por abundantes lluvias. Oh excelsa, refúgiate en aquel que, girando en torno a la primera de las montañas, asume prontamente un movimiento circular como de corcel; pues aun el hacedor del día es la fuente de la alegría y la pena de las gentes».

Section 34

A ella, que ardía de dolor a causa de aquellas palabras, Sarama la alegró y la animó, así como las masas de nubes (animan) a la Tierra ardiente. Y entonces, deseosa de hacerle bien, la amiga (de Sita), conocedora de la ocasión, que siempre preludiaba su discurso con una sonrisa, le habló oportunamente: «Oh tú de ojos oscuros, puedo, yendo en secreto a Rama y comunicándole tus auspiciosas palabras, volver a escondidas. Y cuando recorro el cielo sin apoyo, ni siquiera el Viento ni Garuda pueden seguirme». Al decir ella esto, Sita, con su dolor un poco aliviado, dijo a Sarama con palabras dulces y suaves: «Eres capaz de ir aun a las regiones más inferiores. Pero haz en mi favor lo que te conviene hacer. Si te propones hacerme un buen servicio, y si tu juicio es firme, quisiera saber qué hace Ravana después de haber dejado este lugar. Aquel engañoso y de mente malvada, Ravana, destructor de enemigos, que tiene poderes de ilusión, me abruma así como la Varuni recién bebida. Confinándome aquí por siempre jamás, (Ravana) azuza a temibles rakshasas para que me amenacen y me riñan sin cesar. Y estoy agitada y alarmada, y mi mente está (siempre) inquieta. Y yo, que moro en el bosque de asoka, estoy siempre agitada. Si hay alguna conversación (acerca de librarme) o de mantenerme confinada, debes comunicarme la decisión tomada. Este es el mayor favor que busco (de ti)». Entonces la de suave hablar, Sarama, enjugando el rostro (de Sita), bañado en lágrimas, le habló al decir ella esto: «Si este es tu deseo, iré, oh Janaki. Oh hija de Mithila, habiéndome apoderado del propósito del enemigo, volveré». Habiendo dicho esto, (Sarama), dirigiéndose al rakshasa, oyó la conversación de Ravana con sus consejeros. Y habiendo oído la decisión de aquel de mente malvada, ella, que entendía de decisiones, volvió velozmente sobre sus pasos al hermoso bosque de asoka. Y entonces, entrando allí, vio a la hija de Janaka, que (la) esperaba como una verdadera Sri privada de su loto. Y al volver (a su lado) la de hermoso hablar, Sarama, Sita, abrazándola afectuosamente, le dio ella misma asiento: «Sentándote aquí a tus anchas, relátame fielmente todo acerca de la determinación del engañoso Ravana, de mente malvada». Así interpelada por la temblorosa Sita, Sarama relató todo lo que habían dicho Ravana y sus consejeros: «Oh Vaidehi, el señor de los rakshasas fue aconsejado por su madre y por los ancianos consejeros con palabras cargadas de sentido e informadas por el afecto, que tenían por objeto tu liberación: “Entregue usted a Maithili al rey de los hombres, rindiéndole el debido homenaje. Usted ha presenciado abundantemente en Janasthana maravillosos ejemplos (de su poderío). El cruce del océano, la visión (de Sita) por Hanuman, y la matanza de los rakshasas en la lucha: ¿qué persona es capaz de hacer todo esto en la batalla?”. Así exhortado largamente por sus consejeros así como por su madre, Ravana no se decide a liberarte, así como un codicioso es reacio a desprenderse de la riqueza (apropiada). Y, oh Maithili, sin renunciar a su vida en la batalla, no se propone liberarte. Esta es la determinación a la que aquel cruel ha llegado junto con sus consejeros. Este propósito se debe a que codician el fin. No puede entregarte por puro temor; ni es remiso en la batalla, ni rehúye su propia destrucción ni la de todos los rakshasas. Oh dama de ojos oscuros, matando a Ravana en la batalla con agudas flechas, Rama te llevará de vuelta a Ayodhya». Entretanto se oyó un poderoso estruendo ocasionado por toda la hueste, y tambores y caracolas, que sacudió la tierra. Al oír aquel alboroto del ejército de monos, los servidores del monarca de los rakshasas que estaban en Lanka corrieron, y descorazonados y privados de energía, con la debilidad venciendo sus fuerzas, no vieron bien alguno, a consecuencia de la falta del gobernante.

Section 35

Y aquel conquistador de capitales enemigas, Rama de brazos poderosos, avanzaba (sobre Lanka) con los sonidos de los tambores mezclados con los bramidos de las caracolas. Al oír este ruido, Ravana, señor de los rakshasas, reflexionando un rato, puso los ojos en sus consejeros. Y dirigiéndose allí a todos aquellos consejeros, aquel afligidor del mundo, el tortuoso y sumamente poderoso señor de los rakshasas, Ravana, haciendo resonar su corte, menospreciando el cruce del piélago (por Rama), así como su vigor, su fuerza y su hombría, les dijo: «Lo que ustedes han dicho tocante al (poderío) de Rama ha sido oído por mí. Y sé también que ustedes son de genuino valor en el campo. ¿Por qué, pues, conociendo el poderío de Rama, se miran en silencio unos a otros?». Entonces el abuelo materno (de Ravana), poseedor de sumo saber, llamado Malyavan, al oír sus palabras, dijo: «El rey que es consumado en las diversas clases de saber y que sigue la política siempre dispone de opulencia y somete a sus enemigos. El que oportunamente concluye la paz y hace la guerra a sus enemigos, y que hace prosperar a su propio partido, alcanza gran opulencia. Un rey debe hacer la paz si es igual o inferior a su adversario, y entrar en guerra si es más poderoso; pero nunca debe desdeñarse a un enemigo. Por tanto, oh Ravana, la paz con Rama es lo que me parece conveniente; y devuélvele aquello por lo que has sido invadido (por él), a saber, Sita. Todos los devarshis y gandharvas desean la victoria (de Rama). Por tanto, no entres en hostilidades con él; antes bien, inclina tu mente a concluir la paz con él. Aquel poseedor de los seis atributos, el Gran Padre, ha señalado dos cursos, (respectivamente) para los asuras y los celestiales, que tienen por objetos propios la rectitud y la injusticia. La rectitud, según oímos, es el curso de los celestiales de alma elevada, así como, oh rakshasa, la injusticia es el de los rakshasas y los asuras. Durante el Krita Yuga la rectitud se traga el pecado; y durante el Tishya la injusticia se traga la virtud. Tú, recorriendo los tres mundos, habías extinguido la piedad fecunda y cosechado injusticia; y por eso tus enemigos se han vuelto potentes. Y habiendo crecido por tu negligencia, la injusticia nos devora, y aquel protector de los dioses, (la rectitud), fortalece el bando de los celestiales. Tú, entregado a los placeres carnales y obrando en desafío del deber, habías despertado la alta ira de los santos semejantes al fuego. El poder de estos, que poseen almas santificadas por el ascetismo y que siempre están dedicados a invocar la ayuda de la rectitud, es imposible de resistir y es como el fuego llameante. Los dos veces nacidos se dedican a la contemplación con mente atenta y recitan en voz alta los Vedas. Vencen a los rakshasas pronunciando los Vedas; y entonces estos huyen en todas direcciones como nubes dispersadas en verano. Y el humo que se levanta de los sacrificios Agnihotra de los santos semejantes al fuego, envolviendo la energía de los rakshasas, se esparce por los diez puntos cardinales. Y las feroces austeridades de los santos observantes de votos, practicadas en lugares sagrados particulares, ponen a los rakshasas en grave aprieto. Has obtenido un don que confiere inmunidad a manos de deidades, danavas y yakshas. Pero hombres y monos, osos y golangulas, poseedores de enorme fuerza y dotados de vigor, y de poderío indomable, viniendo aquí, lanzan rugidos. Presenciando diversos y muchos terribles portentos, percibo la destrucción de todos los rakshasas. Nubes temibles y terribles, que profieren ásperos sonidos, derraman sangre por todo el contorno de Lanka. Y los vehículos (vivos) derraman abundantes lágrimas. Y todos los lados, cubiertos de polvo, no parecen brillantes como antes. Y las bestias de presa, chacales y buitres, lanzan gritos espantosos y, entrando en el jardín de Lanka, se juntan en bandas. Y en sueños, poderosas mujeres de color oscuro, delante de las moradas, agarrando (los enseres) de ellas y hablando de mal agüero, ríen mostrando sus dientes negros. Y en las casas los perros se dan un festín con los objetos del culto. Y las vacas paren asnos, y las mangostas, ratones. Y los gatos se aparean con leopardos, y los cerdos con perros, y los kinnaras con rakshasas y con seres humanos. Y palomas blancas de patas rojas que recorren el cielo, impulsadas por la Perdición, andan por ahí para la destrucción de los rakshasas. Y las cotorras de las casas, heridas y vencidas por otras aves que se deleitan en la discordia, caen profiriendo notas indistintas. Y todas las aves y bestias gritan (afligidas) con el rostro vuelto hacia el sol. Y al anochecer una espantosa figura masculina, marchita y de color leonado, semejante a la Muerte misma, con la cabeza rapada, se asoma a las casas (de las gentes). Estos y otros malos presagios ocurren. A Rama lo tengo por Vishnu que asume la forma de un hombre. Raghava, de firme poderío, ciertamente no es un ser humano; el que ha construido un puente sobre el abismo debe de ser una persona sumamente maravillosa. Por tanto, oh Ravana, concluye la paz con Rama, rey de los hombres. Habiendo averiguado el curso conveniente, obra como es debido». Habiendo dicho esto a aquel vil, y conociendo la intención del señor de los rakshasas, aquel fuerte Malyavan, de excesivo poderío, guardó silencio, mirando a Ravana.

Section 36

El de diez cuellos, caído bajo el dominio del Tiempo, no toleró el benéfico discurso pronunciado por Malyavan. Frunciendo el rostro, él, caído bajo el señorío de la pasión, con los ojos girando de ira, se dirigió a Malyavan, diciendo: «Las palabras que, teniendo por superior la fuerza del enemigo, has pronunciado ásperamente, considerándolas benéficas, nunca antes habían entrado en mis oídos. Un (mero) hombre, y débil, y solo, y que tiene a los monos por apoyo, ¿por qué tienes a Rama, que (además) ha sido desechado por su padre y en consecuencia se ha refugiado en los bosques, por capaz (de medirse conmigo)? ¿Y por qué me consideras a mí, que soy el señor de los rakshasas y temido aun por los inmortales, débil y privado de todo poder? Tú, sospecho, hablas (así) ásperamente, o por celos de mi heroísmo, o para incitarme. ¿Y quién que sea sabio y docto se dirige jamás ásperamente a uno que es a la vez potente y de (alta) posición, si no es para espolearlo? ¿Por qué, habiendo traído a Sita como una Sri despojada de su loto, he de entregarla por temor a Raghava? ¡Contempla a Raghava, rodeado de kotis de monos, con Sugriva y Lakshmana, muerto uno de estos días! Aquel ante quien ni los dioses pueden quedarse en el campo, ¿cómo puede aquel Ravana llegar jamás al temor? Mejor que yo sea partido en dos; pero doblegarme, nunca. Esta es mi falta nativa; y la naturaleza es imposible de vencer. Y si Rama ha construido a su gusto un puente sobre el océano, ¿qué maravilla hay en esto para que hayas concebido tal temor? Y aunque Rama ha cruzado el océano junto con el ejército de monos, aun así te juro verdaderamente que no volverá vivo de aquí». Cuando Ravana, arrebatado por la pasión, hubo hablado así, Malyavan, sabiéndolo airado, no dio respuesta. Y ofreciendo debidamente bendiciones al rey, Malyavan, tomando su permiso, fue a su propia morada. Y el rakshasa Ravana, junto con sus cortesanos, habiendo consultado juntos acerca de lo que convenía hacer, se puso a la defensa de Lanka. Y mandó al rakshasa Prahasta (guardar) la puerta Oriental; y a los sumamente poderosos Mahaparsva y Mahodara (guardar) la puerta Meridional; y ordenó a su hijo Indrajit, poseedor de poderosos poderes de ilusión, ceñido por innumerables rakshasas, guardar la puerta Occidental. Y mandó a Suka y Sarana defender la puerta Septentrional. Pero dijo a los consejeros: «Yo mismo iré allá». Y apostó en el medio, en la guarnición, al rakshasa Virupaksha, dotado de excesivo poderío y energía, respaldado por incontables rakshasas. Habiendo tomado estas medidas en Lanka, el jefe de los rakshasas, impulsado por el Destino, se tuvo por quien ha logrado el éxito. Habiendo provisto así por completo a la defensa de la ciudad, despidió a los ministros; y, honrado por los consejeros con bendiciones de victoria, entró (entonces) en sus magníficos y espléndidos aposentos interiores.

Section 37

Aquellos reyes, el hombre y el mono, aquel mono hijo del dios del Viento, Jambavan, soberano de los osos, el rakshasa Vibhishana, el hijo de Vali, Angada, el hijo de Sumitra, el mono Sarava, Sushena junto con sus amigos, Kumuda, Nala y Panasa, llegando a los dominios del enemigo, reunidos, se pusieron a deliberar: «Allí está aquella Lanka gobernada por Ravana, invencible aun para los celestiales, las serpientes y los gandharvas. Consultemos juntos, teniendo ante nosotros el éxito de la empresa, con el propósito de llegar a una decisión. Aquí nos acercamos cada día a Ravana, señor de los rakshasas». Mientras hablaban así, el hermano menor de Ravana, Vibhishana, dijo en un discurso cargado de sentido y libre de provincialismos: «Anala, Panasa, Sampati y Pramati, todos cortesanos míos, habiendo subido a Lanka, han vuelto aquí. Tomando las formas de aves, entraron en las fuerzas enemigas; y habiendo visto las medidas que habían sido adoptadas (por ellos), han vuelto. Oh Rama, escúcheme mientras le digo verazmente las disposiciones que ellos han relatado, tomadas por Ravana, de mente malvada. En la puerta Oriental se queda Prahasta junto con sus fuerzas; en la Meridional, los sumamente poderosos Mahaparsva y Mahodara; y en la Occidental, el hijo de Ravana, Indrajit, apoyado por innumerables rakshasas equipados con pattisas, espadas y arcos, y que llevan dardos y mazas en las manos, rodeado de héroes que portan diversas armas. Y respaldado por muchos millares de rakshasas que blanden armas, y acompañado de rakshasas conocedores del consejo, Ravana mismo, con el corazón agitado en extremo, guarda la puerta Septentrional de la ciudad. Y Virupaksha, con una poderosa fuerza armada de jabalinas, porras y arcos, protege la guarnición en el centro. Habiendo visto estas huestes así dispuestas en Lanka, mis consejeros han vuelto prontamente aquí. Hay diez mil elefantes, un ayuta de carros, dos de caballos, y cerca de un koti de rakshasas, poderosos y fuertes, y equipados con armas en el conflicto. Estos vagabundos de la noche son siempre los favoritos del gobernante de los rakshasas. Y, oh rey, un koti de fuerzas acompaña a cada uno de estos rakshasas en la batalla». Habiendo transmitido esta información acerca de Lanka, que le habían comunicado sus consejeros, Vibhishana de brazos poderosos mostró (a Rama) a aquellos rakshasas mismos. Y en compañía de sus consejeros, el apuesto hermano menor de Ravana, que siempre se esforzaba por el bienestar de Rama, comunicó a modo de respuesta todo lo que sucedía en Lanka a Rama, de ojos semejantes a hojas de loto: «Oh Rama, cuando Ravana combatió con Kubera, sesenta lacs de rakshasas marcharon (a su encuentro). En poderío, energía, vigor, excesiva fortaleza y altivez se asemejaban al mismo Ravana de mente malvada. En este asunto usted no debe airarse; solo despierto su ira, y no intento asustarlo. Usted puede someter aun a los celestiales con su poderío. Por tanto, usted, rodeado de un poderoso ejército, habiendo dispuesto las fuerzas de los monos en orden de batalla, derrotará a Ravana (en la batalla)». Cuando el hermano menor de Ravana hubo hablado así, Raghava dijo estas palabras con referencia a batir al enemigo: «Que aquel primero de los monos, Nila, rodeado de un inmenso número de monos, se enfrente a Prahasta en la puerta Oriental de Lanka. Y ceñido por una poderosa fuerza, que Angada, hijo de Vali, resista a Mahaparsva y Mahodara en la puerta Meridional (de ella). Y que aquel hijo del dios del Viento, Hanuman, respaldado por innumerables monos, (batiendo a la hueste apostada) en la puerta Occidental, halle entrada (en la ciudad). Yo mismo, resuelto a lograr la destrucción del señor de los rakshasas, que, volviéndose poderoso a consecuencia del don que ha recibido, ha causado la destrucción de santos de alma elevada semejantes a dioses y danavas, y que recorre todas las regiones oprimiendo a las gentes, ocuparé, junto con el hijo de Sumitra, hiriendo (al enemigo), la entrada Septentrional, donde está apostado Ravana con su ejército. Y que el poderoso rey de los monos, el potente soberano de los osos y el hermano menor del jefe de los rakshasas se encarguen de la soldadesca apostada en el centro. Y en esta batalla los monos no necesitan asumir formas de seres humanos. Y sirva esto de señal para que los monos, a fin de reconocer nuestras propias fuerzas, aparezcan con sus propias marcas de mono. Solo nosotros siete combatiremos con el enemigo en formas humanas, a saber, yo junto con mi hermano, el sumamente enérgico Lakshmana, y mi amigo Vibhishana, que cuenta como el quinto en compañía de su propio séquito». Habiendo dicho esto a Vibhishana, para alcanzar el éxito en la empresa, aquel señor, el inteligente Rama, viendo las laderas del Suvela más hermosas (que otros lugares), se propuso subir a él. Entonces, rodeado de una poderosa hueste, Rama, de alma elevada y de gran alma, con el semblante reflejando un gran júbilo, cubriendo toda la Tierra (con sus fuerzas), partió hacia Lanka, resuelto a destruir al enemigo.

Section 38

Resuelto a subir al Suvela, Rama, seguido de Lakshmana, se dirigió con dulces y excelentes palabras a Sugriva y a aquel justo vagabundo de la noche, Vibhishana, versado en el consejo y conocedor de los preceptos, que le era devoto, diciendo: «Subiremos todos a este monte Suvela, adornado de metales, y pasaremos esta noche aquí mismo. Y (desde aquí) contemplaremos la morada de aquel rakshasa que, inmundo de alma, ha raptado a mi esposa, para atraer la destrucción sobre sí mismo; que no conoce ni la moralidad, ni la buena conducta, ni el comportamiento (que conviene a la dignidad de su linaje), y que, a consecuencia de su baja inclinación, se ha entregado a un curso de acción tan atroz». Habiendo decidido así, Rama, lleno de ira contra Ravana, llegando al Suvela, subió a su variada meseta. Y Lakshmana, sereno, fue en pos de él. Y levantando el arco y la flecha, Sugriva, (siempre) dedicado a actos de valor, acompañado de Vibhishana así como de sus consejeros, siguiéndolo, subió también (a la montaña). Y todos aquellos que recorren las montañas, dotados de la vehemencia del Viento, subieron por centenares al monte Suvela, donde estaba apostado Raghava. Y subiendo a la montaña en poco tiempo, contemplaron todos desde su cumbre la ciudad, que parecía construida sobre el aire. Y los jefes de los monos contemplaron Lanka, sumamente espléndida con nobles puertas, elegantemente cercada por una muralla, llena de rakshasas y defendida por rakshasas negros. Y los primeros de los monos vieron a estos, que parecían otra muralla (que sobresalía de la de abajo). Y al ver a los rakshasas, los monos, ardiendo por la batalla, lanzaron diversos rugidos en presencia de Rama. Entonces el Sol, enrojecido por el Anochecer, subió a la colina Poniente, y llegó la Noche, iluminada por la Luna llena. Entonces el amo del ejército de monos, Rama, saludado y honrado por Vibhishana, acompañado de Lakshmana así como de los jefes de los monos, moró felizmente en el pecho del Suvela.

Section 39

Habiendo pasado la noche en el Suvela, los heroicos jefes de los monos inspeccionaron los bosques y las selvas de Lanka. Y al ver aquellos extensos (bosques y selvas), apacibles, encantadores y hermosos de contemplar, fueron presa del asombro. Abundante en champakas, asokas, vakulas, salas y palmeras; cubierta de tamalas y panasas, y rodeada por todas partes de árboles, y cercada de hintalas, arjunas, saptaparnas en flor, tilakas, karnikaras y patalas, árboles de copas floridas, entrelazados con enredaderas, Lanka se veía sumamente encantadora, con diversas vistas, semejante a la misma Amaravati de Indra. Y los árboles de allí, provistos de flores variadas con tiernas hojas rosadas, y los prados azules y las hileras de bosques, y que llevaban flores y frutos olorosos y encantadores, parecían hombres adornados con ornamentos. Y allí un bosque delicioso y agradable, semejante a Chaitraratha y como el mismo Nandana, en el que estaban presentes todas las estaciones, parecía hermoso a la vista, con abejas negras por todas partes. Y tenía datyuhas y koyasthivas, y pavos reales que danzaban; y los cantos de los koels se oían junto a los arroyos del bosque. Y los heroicos y alborozados monos, capaces de tomar formas a voluntad, entraron en aquellos bosques y arboledas frecuentados por aves enloquecidas y recorridos por bhramaras, comarcas que rebosaban de los cantos de los koels y resonaban con las voces de los cantores, sonoras con las notas de los bhramaras, soberanos de su especie, y elocuentes con los gritos de las águilas pescadoras. Y al entrar los sumamente enérgicos monos, sopló sobre ellos la brisa, semejante a la vida, fragante del perfume obtenido del contacto con las flores. Y otros de los jefes entre los heroicos monos, saliendo de las bandas por orden de Sugriva, se dirigieron hacia Lanka, coronada de estandartes. Y aterrorizando a los pájaros y descorazonando a bestias y aves, y sacudiendo Lanka con sus rugidos, aquellos primeros de los monos lanzaron gritos. Y ellos, dotados de gran ímpetu, siguieron adelante, oprimiendo la tierra con su formación de batalla; y nubes de polvo se levantaron de repente por la marcha de la soldadesca. Y osos, leones, búfalos, elefantes, ciervos y aves, abrumados por el espanto, se dirigieron hacia los diez puntos cardinales. La elegante y encantadora cumbre del Trikuta era entera, elevada, que atravesaba el cielo, de esplendor dorado, de cien yojanas de medida, de claro brillo, llana, inaccesible aun para las aves e imposible de subir aun con el pensamiento, por no hablar de la subida efectiva de las gentes. Lanka, gobernada por Ravana, estaba situada en su cima, de diez yojanas de anchura y veinte de longitud. Y aquella ciudad estaba adornada de altas puertas ornamentadas semejantes a pálidas nubes, y de murallas de oro y de plata; y Lanka estaba adornada de palacios y moles, como el cielo adornado de nubes al acercarse la estación de las lluvias. Y aquel palacio, que estaba adornado con millares de columnas y que, como si atravesara los cielos, parecía una cima del Kailasa, era la residencia del Soberano de los rakshasas, el ornamento de la ciudad, (siempre guardado por centenares completos de rakshasas). Y el auspicioso y potente hermano mayor de Lakshmana, al contemplar aquella floreciente y rica ciudad, semejante a las regiones celestiales, encantadora para la mente, hecha de oro, adornada de montañas y engalanada con montañas que contenían diversos metales, sonora con las notas de diversas aves, abundante en diversas bestias, provista de diversas clases de flores y habitada por diversos órdenes de rakshasas, quedó atónito. Y Rama, rodeado de sus poderosas fuerzas, vio aquel palacio, lleno de diversas clases de gemas, adornado con hileras de edificios y que tenía enormes máquinas y puertas.

Section 40

Entonces Rama, acompañado de los jefes de los monos, junto con Sugriva, subió a la cima del Suvela, que medía dos yojanas de circunferencia. Y quedándose allí un rato y mirando los diez puntos cardinales, vio Lanka, bellamente situada en la encantadora cumbre del Trikuta, adornada de elegantes arboledas; y (vio también) al invencible señor de los rakshasas, apostado en lo alto de la puerta, abanicado con blancos chamaras, adornado con la sombrilla que anuncia la victoria, untado de sándalo rojo, engalanado con ornamentos rojos, semejante a masas de nubes negras y vestido con atavío de oro, con el pecho marcado de cicatrices de las puntas de los colmillos de Airavata, cubierto con un manto del color de la sangre de liebre y semejante a nubes iluminadas por el sol del atardecer. Y al ver al jefe de los rakshasas, Sugriva se levantó de repente a la vista de los señores de los monos así como de Raghava. Y movido por la ira, él, reuniendo fuerza y vigor, levantándose de la frente de la montaña, saltó a la puerta. Y deteniéndose un rato y mirando intrépidamente al rakshasa, él, desdeñando al rakshasa, se dirigió a él con duras palabras, diciendo: «Oh rakshasa, soy el amigo así como el esclavo de Rama, señor de los hombres. A mí, respaldado por la energía de aquel rey de la Tierra, no te me escaparás hoy». Diciendo esto, él, saltando de repente, cayó sobre él; y arrebatándole la variada corona, la dejó caer a la tierra. Y viéndolo llegar de improviso, el vagabundo de la noche le habló así: «Tú, que eras Sugriva fuera de mi vista, quedarás sin cuello cerca de mí». Habiendo dicho esto, se levantó velozmente y lo arrastró a la tierra. Entonces, saltando como la médula, el mono derribó a su antagonista con los brazos. Y cada uno con el cuerpo bañado en sudor y la figura cubierta de sangre, cada uno sofocando y anulando los esfuerzos del otro, y semejantes a un salmali o a un kinsuka, y descargando golpes y bofetadas, e hiriendo con los brazos y las manos, aquellos sumamente fuertes, el señor de los rakshasas y el de los monos, combatieron maravillosamente. Y habiéndose enfrentado largo tiempo en combate sobre el estrado perteneciente a la puerta, ellos, ora levantando sus cuerpos, ora bajándolos, cayeron, derribándose cada uno al otro con las piernas. E hiriéndose mutuamente, con los cuerpos trabados, cayeron entre la muralla y el foso, y volvieron a ponerse de pie sobre el suelo. Y jadeando, descansando un espacio, se agarraron de nuevo el uno al otro; y se ataron estrechamente el uno al otro con los brazos, que servían de cuerdas. Y cada uno encendido de ira, y cada uno con fuerza y destreza, se comportaban ahora en la liza como un tigre y un león provistos de dientes, o como las crías de los principales elefantes trabadas en el encuentro; y conteniéndose y empujándose con los brazos, ambos cayeron a la vez al suelo. Luego, poniéndose de nuevo en pie, vituperándose mutuamente, recorrieron la liza, desplegando hazañas que expresaban destreza y fuerza. Y aquellos héroes no llegaban pronto a la fatiga. Y semejantes a poderosos elefantes, ellos, resistiéndose mutuamente por medio de sus poderosos brazos, semejantes a las trompas de los elefantes, combatieron largo tiempo, girando velozmente por la arena. Y acercándose el uno al otro, se esforzaban por matarse, como dos gatos sentados que se enfrentan por un momento por algún alimento. Y el señor de los monos y Ravana, consumados en la lucha, recorrieron la arena, desplegando maravillosos mandalas, diversos sthanas, primorosos gomatrakas, gatapratyagatas, tiraschinagatas, vakragatas, parimokshas, varjanas, paridhavanas, abhidravanas, aplavanas, savigrahavasthanas, paravrittas, apavrittas, apadrutas, avaplutas, apanyastas y upanyastas. Entretanto el rakshasa intentó desplegar su poder de ilusión. Sabiendo esto, el rey de los monos se lanzó al cielo. Y Ravana, vencido por la fatiga y sin aliento, así burlado por el rey de los monos, se quedó donde estaba. Así el amo de los principales monos, asegurando fama en la lucha, batió al vagabundo de la noche, haciéndole experimentar fatiga. Y saltando más allá del espacioso cielo, el vástago del Sol llegó al lado de Rama en medio de las fuerzas de los monos. Y habiendo hecho aquella hazaña, el hijo del Sol, señor de los monos, con el corazón rebosante de regocijo, entró en aquella hueste que tenía la velocidad del viento, acrecentando el ardor marcial del hijo del primero de los Raghus y honrado por los monos.

Section 41

Viendo aquellas señales de mal agüero, el hermano mayor de Lakshmana, Rama, abrazando a Sugriva, dijo: «Sin consultar conmigo has obrado así temerariamente. Pero los reyes no deben obrar de manera tan temeraria. Dejándonos en suspenso a mí, a este ejército y a Vibhishana, tú, oh héroe, enamorado de las hazañas osadas, te has tomado todo este trabajo. Pero, oh héroe, de aquí en adelante no obres así. Oh sometedor de enemigos, si sufrieras algún percance, ¿de qué me serviría Sita, o Bharata, o mi hermano menor Lakshmana, o Satrughna, oh matador de enemigos, o aun mi propia persona? Antes de que vinieras había llegado a esta determinación, aunque, oh tú que eres igual al poderoso Indra o a Varuna, conocía muy bien tu poderío: matando a Ravana en la batalla junto con sus hijos, sus fuerzas y sus vehículos, e instalando a Vibhishana en Lanka, y poniendo el reino en manos de Bharata, renunciaría a mi cuerpo, ¡oh sumamente poderoso!». Cuando Rama hubo dicho esto, Sugriva respondió: «Conociendo mi propia fuerza, ¿cómo, oh Raghava, viendo a Ravana, que había raptado a tu esposa, podía contenerme, oh héroe?». Mientras aquel héroe hablaba así, Raghava se dirigió así a Lakshmana, dotado de auspiciosidad: «Oh Lakshmana, ocupando alguna comarca provista de agua fresca y de bosques que dan frutos, moraremos allí, dividiendo y ordenando nuestras fuerzas. Veo presente un poderoso temor, destructor de las gentes, que presagia destrucción para los principales héroes entre los osos, los monos y los rakshasas. Los vientos se encrespan; y la tierra tiembla. Y las cimas de las montañas se estremecen, y las montañas mismas lanzan fuertes sonidos. Y las nubes son fantasmales, feroces y de áspero sonido. Y con aspecto terrible derraman ferozmente lluvias mezcladas con gotas de sangre. Y el Anochecer se asemeja al sándalo rojo y es temible. Y un círculo llameante cae del Sol. Y despertando gran temor, aves y bestias de mal agüero, de aspecto cruel y en actitud afligida, gritan con acentos lastimeros, de cara al Sol. Y de noche la Luna de mal agüero, con un borde negro y rojo como al tiempo del naufragio universal, arde. Y, oh Lakshmana, hay un borde carmesí, áspero, tenue y elegante alrededor del Sol; y una mancha azul se ve en su disco. Y las estrellas no siguen su curso como antes. Contempla, oh Lakshmana, todo esto, que prefigura la Perdición. Y cuervos, halcones y buitres caen de lo alto. Y los chacales aúllan con fuertes notas de mal agüero. La Tierra, convertida en lodo con la carne y la sangre, quedará cubierta de dardos, jabalinas y espadas disparados por rakshasas y monos. Hoy mismo, con toda presteza, rodeados por todos lados de los monos, marcharemos hacia la ciudad gobernada por Ravana». Habiendo dicho esto a Lakshmana, el hermano mayor de Lakshmana, poseedor de excesiva fuerza, descendió apresuradamente de la cima de la montaña. Y descendiendo de la montaña, el justo Raghava inspeccionó sus tropas, imposibles de batir por los enemigos. Y después de hacer que la poderosa hueste del rey de los monos se equipara, Raghava, conocedor de la ocasión, junto con Sugriva, a la hora propicia, dio órdenes para la batalla. Entonces, a su debido tiempo, aquel, armado con su arco, rodeado de un poderoso ejército, partió con la intención de entrar en la ciudad de Lanka. Y aquellos dos, Vibhishana y Sugriva, y Hanuman, y Jambavan, y Nala, y el rey de los osos Nila, y Lakshmana, siguieron (a Rama). Detrás de ellos, la poderosa formación de osos y monos siguió a Raghava, cubriendo una amplia superficie de tierra. Los monos, semejantes a elefantes, capaces de resistir a los enemigos, tomaron cimas de montaña y altos árboles por centenares. Y en poco tiempo aquellos sometedores de enemigos, los hermanos Rama y Lakshmana, llegaron a la ciudad de Ravana, con gallardetes que ondeaban sobre ella, encantadora, adornada de arboledas y bosques, que tenía puertas variadas, inaccesible y que tenía murallas y puertas. Y movidos por la orden de Rama, los que recorren los bosques, según se les mandó, bloqueando (Lanka), imposible de someter aun por los dioses, se apostaron. Llegando a Lanka gobernada por Ravana, aquel héroe, Rama, hijo de Dasaratha, junto con Lakshmana, se quedó apostado en la puerta Septentrional, donde solía residir Ravana. Nadie salvo Rama era capaz de proteger aquella temible puerta, donde solía residir Ravana. Nadie salvo Rama era capaz de proteger aquella temible puerta, guardada por Ravana mismo, como el Océano guardado por Varuna, y protegida por todos lados por terribles rakshasas equipados con armas, capaces de infundir terror a los débiles, semejante a las regiones inferiores guardadas por los danavas. Y (Rama) vio allí muchas y diversas armas y cotas de malla de los guerreros, dispuestas juntas. Y llegando a la puerta Oriental, aquel jefe del ejército de monos, el poderoso Nila, junto con Mainda y Dvivida, tomó allí su puesto. Y el sumamente fuerte Angada, acompañado de Rishabha, Gavaksha, Gaya y Gavaya, ocupó la puerta Meridional. Y el poderoso mono Hanuman protegió la entrada Occidental. Y Sugriva mismo, con Prajangha, Tarasa y otros héroes, se acuarteló cerca de la guarnición del centro. Y acompañados de todos los principales monos, semejantes a Suparna o al Viento, veinte kotis de renombrados jefes de monos, bloqueando todos los lados, se apostaron cerca del mono Sugriva. Y por orden de Rama, Lakshmana, junto con Vibhishana, fue de puerta en puerta, dando instrucciones a kotis de monos. Al oeste de Rama, Jambavan junto con Sushena, seguido de innumerables tropas, se quedó muy cerca, en la guarnición del medio. Y aquellos monos semejantes a tigres, provistos de dientes como los de los tigres, blandiendo árboles y cimas de montaña, estaban listos para la lucha. Y todos tenían la cola enroscada, y todos estaban armados de dientes y uñas, y todos tenían cuerpos moteados, y todos tenían rostros espantosos. Y unos tenían la fuerza de diez elefantes; y otros tenían diez veces esa fuerza; y algunos de los jefes de los monos de allí tenían la fuerza de mil elefantes; y otros tenían la fuerza de multitudes (de elefantes); y otros tenían cien veces esa fuerza. Y otros tenían un poder inconmensurable. Y maravilloso y asombroso fue su encuentro. Y la afluencia de las fuerzas de los monos en aquel lugar era como la afluencia de las langostas. Y el aire se llenó, y la tierra quedó cubierta del todo de monos que corrían hacia Lanka y caían en ella. Y centenares y millares que componían el ejército de monos llegaron a la puerta de Lanka, mientras otros afluían por todos lados para el encuentro. Y aquel monte quedó cubierto de monos. Y mil ayutas daban la vuelta en torno a la ciudad. Y Lanka, bloqueada por todas partes por poderosos monos que llevaban árboles en las manos, era imposible de penetrar aun para el Viento. Y los rakshasas, duramente acosados por millares de monos semejantes a masas de nubes, y como Sakra mismo en la batalla, fueron presa del asombro. Y como el rugido del agua cuando se hiende el océano, se levantó un poderoso tumulto a consecuencia de las fuerzas que se agitaban de aquí para allá. Y con aquel sonido toda Lanka, con su muralla y sus puertas, sus montañas, bosques y selvas, comenzó a temblar. Y aquel ejército, protegido por Rama y Lakshmana así como por Sugriva, se volvió aún más invencible aun para los asuras y los celestiales. Y habiendo dispuesto sus fuerzas con el propósito de destruir a los rakshasas, Raghava, versado en los recursos de la guerra, tomando consejo de los consejeros y decidiendo una y otra vez su curso de acción, proponiéndose adoptar otras medidas, resolvió atenerse al consejo de Vibhishana, recordando la moral que regula a los monarcas. Y entonces, llamando al hijo de Vali, Angada, (Rama) dijo: «Oh apacible, yendo al de diez cuellos, dile con mis palabras: “Saltando sobre el abismo y desechando el temor y el abatimiento, he puesto sitio a la ciudad de Lanka; y te he despojado de tu prosperidad y tu riqueza, y te he dejado moribundo y sin sentido. Tú, oh vagabundo de la noche, por ofuscación y orgullo has injuriado a santos y celestiales, a gandharvas y apsaras, a serpientes y yakshas, y a testas coronadas. Pero, oh rakshasa, tu orgullo nacido del don recibido del Existente por sí mismo se ha ido de ti, cuyo destructor, yo, afligido a consecuencia del rapto de mi esposa, blandiendo la vara, me he sentado a la puerta de Lanka. Oh rakshasa, permaneciendo firme en la lucha, alcanzarás el estado de los celestiales, de los Maharshis y de los rajarshis. Y, oh el peor de los rakshasas, despliega aquel poderío tuyo por el cual, ayudado por tu poder de ilusión, raptaste por la fuerza a Sita, desdeñándome. Con mis afiladas flechas libraré este mundo de rakshasas, a menos que, devolviendo a la hija de Mithila, te entregues a mi merced. Y con certeza aquel primero de los rakshasas, el justo y apuesto Vibhishana, que se nos ha unido, obtendrá, sin tener espina en el costado, toda esta riqueza de Lanka. Pues tú, necio, malvado, ignorante del conocimiento de ti mismo y que tienes zopencos por consejeros, no eres capaz de ejercer injustamente la realeza ni por un momento. Combate, oh rakshasa, reuniendo fortaleza y heroísmo. Muerto por mis flechas, alcanzarás la paz. Oh vagabundo de la noche, aunque recorrieras los tres mundos en forma de ave, cayendo bajo mi vista no podrás conservar la vida. Todo esto es por tu bien; ejecuta actos por el bien de tu cuerpo que sobrevive a la muerte; y mira bien Lanka, pues tu vida está en mis manos”». Así interpelado por Rama, de hechos incansables, el hijo de Tara fue por el firmamento como el portador encarnado de las ofrendas sacrificiales. Y llegando en un momento cerca de aquel sometedor de enemigos, Ravana, aquel garboso vio a Ravana sentado tranquilamente en medio de sus ministros. Y cayendo cerca de él como un fuego llameante, aquel mejor de los monos, Angada, semejante a un brazalete de oro, se quedó allí. Y entonces, presentándose, Angada transmitió a Ravana, junto con sus ministros, todo lo que Rama le había dicho excelentemente, sin atenuar ni añadir nada de su parte: «Soy el enviado del rey de Kosala, Rama, de hechos incansables; y soy el hijo de Vali. No sé si has oído hablar de mí. Y el hijo de Raghu, Rama, acrecentador de la alegría de Kausalya, te ha dicho: “Oh cruel, saliendo, preséntame batalla y prueba tu poderío. A ti te mataré junto con tus ministros, y con tus hijos, parientes y amigos. Y muerto tú, los tres mundos alcanzarán la paz. Y hoy destruiré al enemigo de los dioses y los danavas, y de los yakshas, de los gandharvas, las serpientes y los rakshasas, y a la espina (en el costado) de los santos. Y muerto tú, toda la riqueza será de Vibhishana, a menos que, inclinándote (ante mí) y rindiéndome homenaje, devuelvas a Maithili”». Cuando aquel jefe de los monos hubo hablado así, el señor de los vagabundos de la noche se encendió de ira. Y cayendo bajo el dominio de la pasión, mandó a sus consejeros, diciendo: «Tomen a este de entendimiento perverso y mátenlo en seguida».

Al oír el discurso de Ravana, cuatro vagabundos de la noche de rostro torvo agarraron (a Angada), que llameaba de energía como el fuego mismo. Y el hijo de Tara se dejó tomar, para que el héroe pudiera entonces desplegar su poderío ante los yatudhanas. Entonces Angada, levantándolos a ellos, que estaban apretados contra sus brazos, como insectos, saltó sobre un palacio semejante a una colina. Entonces, a consecuencia del ímpetu de su salto, los rakshasas, resbalando, cayeron al suelo a la vista misma del rey de los rakshasas. Entonces el poderoso hijo de Vali atacó con las piernas la cima de aquel palacio del señor de los rakshasas, elevado como una colina. Y entonces, así como antaño la cumbre del Himavan había sido hendida por el rayo, el palacio, así atacado, se partió en presencia misma del de diez cuellos. Habiendo arrancado la cima del edificio y proclamado su nombre, Angada, lanzando un poderoso rugido, saltó al cielo. Y afligiendo a los rakshasas y alegrando a todos los monos, volvió al lado de Rama en medio de los monos. Ravana se arrebató de ira a consecuencia del derribo del palacio. Y viendo su destrucción (cercana), comenzó a lanzar suspiros. Y Rama, rodeado de innumerables monos alegres que lanzaban gritos, ansioso de matar a su enemigo, se preparó para la batalla. Y por orden de Sugriva, el sumamente poderoso mono Sushena, semejante a una cumbre de montaña, rodeado de gran número de monos capaces de asumir formas a voluntad, comenzó a recorrer las puertas una por una, como la Luna que recorre las estrellas. Al ver las cien akshauhinis de los que recorren los bosques, apostadas en Lanka, que se extendían hasta el mar, algunos de los rakshasas quedaron atónitos, mientras otros cayeron bajo el influjo del temor, y otros sintieron deleite por el deleite (anticipado) de la batalla. Y el espacio entre la muralla y el foso quedó todo inundado de monos. Y los afligidos rakshasas vieron la muralla llena de monos; y entonces, exclamando «¡Ay!», «¡Ay!», los rakshasas se aterraron extremadamente. Y al levantarse aquel espantoso estruendo, los guerreros del monarca de los rakshasas, los rakshasas, tomando poderosas armas, comenzaron a patrullar por todas partes, como vientos que soplan al tiempo de la disolución universal.

Section 42

Entonces aquellos rakshasas, yendo a aquel sometedor de enemigos, Ravana, le informaron de que Rama, junto con los monos, había puesto sitio a la ciudad. Al oír que la ciudad estaba sitiada, el vagabundo de la noche se enfureció. Y al oír que se habían hecho dobles disposiciones (por Rama) para guardar las puertas, (Ravana) subió al palacio. Vio Lanka, con sus colinas, bosques y selvas, cubierta por todas partes de innumerables monos ansiosos de encuentro. Y vio la Tierra entera teñida de leonado por los monos; y reflexionó dentro de sí cómo podría destruirlos. Y reflexionando largo tiempo, Ravana, de grandes ojos, armándose de paciencia, miró a Raghava y al jefe de los monos. Raghava, con su hueste, se acercaba rápidamente (a la muralla); y Ravana vio Lanka defendida por todos lados por rakshasas. Y el hijo de Dasaratha, viendo Lanka coronada de variados estandartes y banderas, fue con la mente hacia Sita, con el corazón triste: «Por mi causa, aquí aquella, la hija de Janaka, de ojos semejantes a los de una cervatilla, sufre aflicción y yace en el suelo». Y afligido al pensar en Vaidehi, el justo Rama mandó prontamente a los monos lograr la destrucción de los enemigos. Al decir esto Rama, de hechos incansables, los monos, llenando (el aire) de rugidos leoninos, comenzaron a avanzar furiosamente. «Hendiremos Lanka con cimas de montaña o con nuestros golpes»: así pensaban dentro de sí los jefes. Y los jefes de los monos se quedaron de pie, levantando gigantescas cimas de montaña y cumbres, y arrancando diversos árboles. Y por hacer lo que era querido para Rama, aquel ejército, dividido en partidas separadas, en presencia del jefe de los rakshasas comenzó a escalar Lanka. Y aquellos de rostro cobrizo y brillo dorado, que habían consagrado sus vidas al servicio de Rama, equipados con árboles y rocas, comenzaron a agolparse sobre Lanka. Y los monos, con árboles, cimas de colina y golpes, aplastaron incontables puertas y remates de murallas; y llenaron el foso, que contenía agua cristalina, de polvo, cimas de peñascos, paja y madera. Entonces jefes de millares, de kotis y de centenares de kotis comenzaron a escalar Lanka. Y los monos aplastaron las puertas de oro; y, derribando puertas semejantes a los remates de las cumbres del Kailasa, saltaron rugiendo, unos hacia la muralla y otros por todo el contorno. Y semejantes a gigantescos elefantes, se lanzaron hacia Lanka. «¡Victoria al poderoso Rama, y victoria al sumamente poderoso Lakshmana, y victoria al rey Sugriva, que es protegido por Raghava!». Gritando así, aquellos monos, que tomaban formas a voluntad, lanzando rugidos, se precipitaron con ímpetu hacia la muralla de Lanka. Y Virabahu, Subahu, Nala y Panasa, jefe de monos, rompiendo (una parte de) la muralla, tomaron allí su puesto. Entretanto, (ellos) dispusieron las fuerzas en orden de batalla. Y el fuerte Kumuda, rodeado de diez kotis de monos victoriosos, se quedó obstruyendo la puerta Oriental. Y para respaldarlo quedaron el mono Prasabha, así como Panasa de largos brazos, rodeado de monos. Y obstruyendo la entrada Meridional se quedó el fuerte y gallardo mono Satavali, rodeado de veinte kotis. Y el fuerte padre de Tara, el poderoso Sushena, obstruyó la puerta Occidental, respaldado por kotis sobre kotis (de monos). Y obstruyendo la puerta Septentrional se quedó el potente Rama mismo junto con el hijo de Sumitra, así como el rey de los monos, Sugriva. Y aquel golangula de enorme cuerpo y temible, el poderoso y potente Gavaksha, rodeado de un koti, se quedó al lado de Rama. Y aquel destructor de enemigos, el sumamente poderoso Dhumra, de los osos de terrible ira, se quedó al lado de Rama, donde, rodeado de consejeros vigilantes y llevando una maza en la mano, estaba el sumamente fuerte Vibhishana, dotado de maravillosos poderes, con armadura completa. Y Gaya, Gavaksha, Gavaya, Sarava y Gandhamadana protegían el ejército de monos, recorriéndolo por todo el contorno. Y entonces, con el alma arrebatada de ira, Ravana, señor de los rakshasas, ordenó prontamente a toda la hueste que saliera. Al oír aquellas palabras salidas de la boca de Ravana, de repente los vagabundos de la noche lanzaron un alarido temible. Entonces despertaron los timbales, de caras pálidas como la luna, tañidos con palillos de oro. Y caracolas por centenares y por millares, capaces de producir fuertes bramidos, llenas del aire que salía de las bocas de temibles rakshasas, fueron sopladas. Y con las caracolas puestas en la boca, aquellos vagabundos de la noche, de cuerpos azules como los de los sukas, se asemejaban a masas de nubes con relámpagos y grullas. Y mandadas por Ravana, las tropas salieron alegremente, como la acometida del poderoso piélago que lo llena todo al tiempo de la disolución universal. Y entonces el ejército de monos dio un rugido que se esparció por todo el contorno; y pareció como si el sonido llenara todo el Malaya con sus laderas y cuevas. Y los sonidos de las caracolas y los tambores, así como los gritos leoninos de los impetuosos (guerreros), hicieron resonar la tierra, el aire y el océano; y se mezclaron con los rugidos de los elefantes, el relincho de los corceles, el traqueteo de las ruedas de los carros y el paso de los pies de los rakshasas. Y entretanto comenzó un poderoso encuentro entre los rakshasas y los monos, semejante al que tuvo lugar antaño entre los dioses y los asuras. Y desplegando su poderío, comenzaron a matar monos con mazas, dardos y azuelas. Y los vehementes monos (por su parte) mataron rakshasas con árboles y cimas de peñascos, así como con sus uñas y dientes. Y se levantó un poderoso sonido de «¡Victoria al rey Sugriva!» y «¡Victoria a ti, oh rey!», tomando cada ejército el nombre de su rey. Y entonces otros temibles rakshasas que estaban apostados sobre la muralla, bajando, traspasaron a los monos con dardos y bhindipalas. Y (entonces) los monos, montando en furia, bajando a la tierra y saltando, derribaron a los rakshasas con los brazos. Y aquel encuentro de los rakshasas y los monos fue poderoso y maravilloso, y el suelo se mojó de carne y sangre.

Section 43

Y mientras los monos de alma elevada y los rakshasas seguían combatiendo, su ira aumentó enormemente a la vista de las fuerzas del otro. Y provistos de corceles con jaeces de oro, de elefantes semejantes a llamas de fuego, de carros que parecían (otros tantos) soles y de armaduras resplandecientes, los valientes rakshasas salieron, haciendo resonar los diez puntos cardinales. Los rakshasas de terribles hazañas ardían por la victoria en favor de Ravana. Y el poderoso ejército de monos, ansioso también de victoria, se lanzó contra la hueste de los rakshasas de temibles hechos. Y entretanto, mientras cada bando atacaba al otro, tuvieron lugar combates singulares entre los rakshasas y los monos. Y así como Andhaka había combatido con el (dios) de tres ojos, aquel rakshasa, el sumamente enérgico Indrajit, combatió con Angada, hijo de Vali. Sampati, difícil de soportar, se trabó con Prajangha; y el mono Hanuman entró en conflicto con Jambumali. Y el hermano menor de Ravana, Vibhishana, encendido de ira, se enfrentó a Satrughna, dotado de excesivo ímpetu. Y el sumamente poderoso Nila se trabó con Nikumbha. Y Sugriva, señor de los monos, acometió a Praghasa, y el apuesto Lakshmana se trabó con Virupaksha. Y el sumamente irreprimible Agniketu y el rakshasa Rasmiketu, y Mitraghna y Yajnakopa, se trabaron con Rama. Y Vajramushti se enfrentó a Mainda, y Asaniprabha a Dvivida. Y aquellos primeros de los monos combatieron con aquellos temibles rakshasas; el heroico y terrible Pratapana, imposible de vencer en la batalla, combatía con Nala, de terrible fuerza; y aquel vigoroso hijo de la Rectitud, bien conocido como Sushena, un poderoso mono, combatió con Vidyunmali. Y otros temibles monos se enfrentaron a otros rakshasas; y muchos fueron los encuentros que tuvieron lugar. Y grande y feroz fue el combate que tuvo lugar entre los heroicos rakshasas y los monos que ardían por la victoria, capaz de erizar el cabello de las gentes. Y de los cuerpos de los rakshasas y los monos fluyó un río de sangre que tenía el pelo por hierba (que crecía en sus orillas) y los cuerpos de los guerreros por trozos de tablas que flotaban (corriente abajo). Indrajit, enfurecido, descargó con su maza un golpe sobre aquel desgarrador de las filas enemigas, Angada, como el de cien sacrificios que hiere con su rayo. Entonces aquel garboso mono, Angada, dotado de vehemencia, aplastó con su maza su carro adornado de oro, junto con los corceles y el auriga. Sampati fue traspasado con tres flechas por Prajangha; y el primero (a su vez) mató a Prajangha al filo de la batalla con un asvakarna. Y Jambumali, montado en un carro, poseedor de prodigiosa fuerza, encendido de ira, con todo el aumento de fuerza que le daba su carro, hirió a Hanuman entre los pechos. Entonces, llegando a su carro, Hanuman, hijo del dios del Viento, con una bofetada aplastó velozmente el vehículo de su adversario junto con el rakshasa. Entonces el terrible Pratapana, rugiendo, se lanzó contra Nala; y entonces Nala, con el cuerpo traspasado de agudas flechas por aquel rakshasa de mano veloz, arrancó los ojos a Pratapana y los arrojó a la tierra. Y aquel señor de los monos, Sugriva, con un saptaparna mató velozmente a Praghasa, que parecía devorar a las tropas. Y atormentando con una lluvia de flechas al rakshasa de temible forma, Lakshmana mató a Virupaksha con una sola flecha. Y el irreprimible Agniketu, el rakshasa Rasmiketu, Mitraghna y Yajnakopa, con sus flechas pusieron a Rama en llamas. Entonces Rama, airándose, cortó en la batalla las cabezas de aquellos cuatro por medio de cuatro flechas temibles, semejantes a las lenguas de una llama. Y Vajramushti fue muerto en el conflicto por Mainda con el puño cerrado; y cayó al suelo junto con su carro y sus caballos, como una torrecilla que se desploma (de cabeza). Y Nikumbha hirió en la lucha con agudas flechas a Nila, semejante a una masa de colirio azul, así como el Sol atraviesa las nubes con sus rayos. De nuevo, con cien flechas, aquel vagabundo de la noche de mano ligera traspasó a Nila en el campo; y Nikumbha se rio de ello. Ante esto, así como lo hizo Vishnu en la batalla, Nila, con una rueda de su carro, cortó en el conflicto la cabeza de Nikumbha junto con la de su auriga. Y Dvivida, que poseía el tacto del vajra y del rayo, en presencia de toda la hueste de los rakshasas, arrojó una cima de montaña contra aquel que estaba dotado del esplendor del rayo. Y Asaniprabha, en el encuentro, traspasó a aquel primero de los monos, Dvivida, con flechas semejantes a rayos. Entonces, fuera de sí de ira, con todo el cuerpo herido de flechas, Dvivida destruyó con un sala a Asaniprabha junto con su carro y sus caballos. Y Vidyunmali, montado en un carro, atacó a Sushena con flechas adornadas de oro, y comenzó a gritar a cada momento. Viéndolo montado en su carro, Sushena, el mejor de los monos, tomando un enorme peñasco, derribó velozmente su carro al suelo. Entonces, dotado de ligereza, aquel vagabundo de la noche, Vidyunmali, librándose al punto de su carro, se quedó en el suelo con una maza en la mano. Entonces aquel primero de los monos, Sushena, enfureciéndose, tomando un gigantesco peñasco, se lanzó contra el vagabundo de la noche. Y mientras descendía, el vagabundo de la noche Vidyunmali golpeó velozmente con su maza el pecho de Sushena, el más grande de los monos. Entonces, sin pensar en absoluto en el terrible golpe de la maza, aquel mejor de los monos, en el poderoso conflicto, lo descargó (el peñasco) sobre su cabeza. Y atacado con el peñasco, el vagabundo de la noche Vidyunmali, con el pecho aplastado, cayó a la tierra privado de vida. Y como los celestiales guerreando contra los daityas, los heroicos monos siguieron guerreando y confundieron a los valientes vagabundos de la noche. Y espantoso era el campo de batalla, con dardos y otras armas; y porras, jabalinas, lanzas y otras armas; y con carros rotos, caballos de guerra, caballos enloquecidos muertos, y monos y rakshasas; y ruedas y akshas, yugos y estandartes rotos y esparcidos por el suelo; y enjambres de chacales comenzaron a recorrer por todos lados a los monos y los rakshasas; y los kavandhas comenzaron a levantarse en aquel terrible encuentro, semejante al encuentro de los dioses y los asuras. Así destruidos por los primeros de los monos, los vagabundos de la noche, fuera de sí por el olor de la sangre, deseando ansiosamente la puesta del Sol, hicieron de nuevo activos preparativos para renovar la lucha.

Section 44

Mientras los monos y los rakshasas combatían así, el sol se puso y llegó la Noche fatal. Y entonces comenzó un combate nocturno entre los temibles rakshasas y los monos de hostilidad resuelta, ardiendo cada bando por la victoria. Y en aquella profunda oscuridad, los monos y los rakshasas comenzaron a matarse unos a otros, exclamando: «Eres un rakshasa» y «Eres un mono». Y en aquel ejército se oyó un poderoso estruendo de «¡Muerto!», «¡Hiende!», «¡Ven!», «¿Por qué huyes?». Y los rakshasas, de color oscuro, equipados con cotas de malla de oro, parecían en aquella honda oscuridad elevadas colinas vestidas de bosques de hierbas medicinales llameantes. Y en aquella tiniebla sin límites, los rakshasas, arrebatados de ira, avanzaron con velocidad impetuosa, devorando monos. Y encendidos de terrible ira, ellos, saltando, desgarraron con sus agudos dientes corceles enjaezados de oro y estandartes semejantes a serpientes venenosas. Y los vigorosos monos agitaron en la batalla la hueste de los rakshasas y, enfureciéndose, con los dientes arrancaron y mordieron elefantes y a sus jinetes, y carros provistos de banderas y estandartes. Y Rama y Lakshmana, con flechas semejantes a serpientes venenosas, mataron a los principales entre los rakshasas, tanto a los que se veían como a los que no. Y el polvo de la tierra, que se levantaba de los combatientes en lucha y de los cascos de los caballos y las ruedas de los carros, ahogaba ojos y oídos. Y mientras seguía el poderoso encuentro, capaz de erizar el cabello de las gentes, fluyó un espantoso río de sangre. Y los sonidos de los timbales, los mridangas y los panavas, mezclados con los de las caracolas y las ruedas de los carros, eran maravillosos (de oír). Y los sonidos de los corceles que relinchaban, de los rakshasas (que rugían) y de los monos que se regocijaban eran algo tremendo. Y con monos hábiles muertos, y dardos, jabalinas y hachas, y rakshasas muertos que tomaban formas a voluntad, yaciendo como montañas, el campo de batalla, que parecía tener ofrendas de armas que representaban flores, se volvió difícil de reconocer e inaccesible; y la tierra quedó empapada de corrientes de sangre. Y aquella Noche, destructora de monos y rakshasas, era temible y difícil de dejar atrás para todos, semejante a la Noche Fatal de los seres. Y en aquella profunda oscuridad, los rakshasas, con gran vivacidad, atacaron a Rama con una lluvia de flechas. Y los rugidos de aquellos seres al avanzar, lanzando gritos de ira, se asemejaban al embate del Océano al tiempo de la disolución universal. Y en un abrir y cerrar de ojos, Rama, por medio de seis flechas semejantes a lenguas de llama, hirió a seis de los vagabundos de la noche, a saber, Yajnasatru, irreprimible (en la lucha), y Mahaparsva, y Mahodara, y el de enorme cuerpo Vajradanshtra, y aquellos dos, Suka y Sarana. Y traspasados en sus partes vitales por las flechas de Rama, ellos, a quienes solo les quedaba la vida, desaparecieron del campo. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, aquel Maharatha despejó todos los lados (de toda tiniebla) por medio de flechas semejantes a lenguas de fuego; y aquellos otros heroicos rakshasas que estaban frente a Rama fueron destruidos al acercarse al lugar, como insectos que se acercan a un fuego. Y con flechas chapadas de oro que yacían en todas direcciones, la noche se asemejaba a una noche de otoño adornada de luciérnagas. Y a consecuencia del estruendo ocasionado por los rakshasas y de los sonidos de los tambores, aquella noche, ya temible (en sí), se volvió aún más. Y alcanzando aquel sonido grandes dimensiones por todos lados, pareció como si el monte Trikuta, que contiene numerosas cavernas, hubiera estado hablando. Y golangulas de enorme cuerpo, de igual brillo que la oscuridad misma, atando estrechamente a los vagabundos de la noche con los brazos, comenzaron a tragárselos. Y Angada estaba presente en el encuentro para matar enemigos. E Indrajit, saliendo malparado a manos de Angada, abandonando su vehículo, y muertos sus caballos así como su auriga, se desvaneció allí mismo. Y aquella hazaña del hijo de Vali, digna de ser honrada, todos los celestiales con los santos, y tanto Rama como Lakshmana, la alabaron hasta el eco. Todos los seres conocían el poder de Indrajit en la batalla; y por eso, presenciando su derrota y viendo a aquel de alma elevada, se regocijaron sobremanera; y viendo vencido al enemigo, todos los monos, con Sugriva y Vibhishana, sintiendo gran deleite, exclamaron: «¡Excelente!», «¡Excelente!». Y batido por el hijo de Vali, de temibles hechos, Indrajit se encendió de una poderosa ira. Y duramente tratado en la batalla, y habiéndose desvanecido del campo, el heroico y malvado hijo de Ravana, que había recibido un don de Brahma, arrebatado por la pasión, permaneciendo invisible, comenzó a disparar afiladas flechas del esplendor del rayo. Y enfurecido, en el conflicto traspasó a los hijos de Raghu, Rama y Lakshmana, por todo el cuerpo, con terribles flechas compuestas de serpientes. Y ceñido él mismo de ilusión, aquel vagabundo de la noche, dado a combatir por caminos tortuosos, permaneciendo invisible a todas las criaturas, aturdió a los descendientes de Raghu en la batalla; y por medio de sus flechas ató a los hermanos, Rama y Lakshmana. Y entonces, a la vista de los monos, aquellos héroes y primeros de los hombres fueron vencidos de repente con flechas por el enfurecido (Indrajit). Y cuando el hijo del monarca de los rakshasas se sintió incapaz de medirse con ellos abiertamente, entonces aquel impío, recurriendo a la ilusión, ató (por ese medio) a aquellos príncipes.

Section 45

Entonces, ansioso de averiguar su curso, el hijo del rey, poseedor de poderío y dotado de excesiva fuerza, Rama, dio órdenes a diez de los jefes de los monos. Y aquel sometedor de enemigos dio órdenes al hijo de Vali, Angada, al vigoroso Sarava, a Dvivida, a Hanuman, al poderoso Sanuprastha, a Rishabha y a Rishabhaskandha. Entonces, con presteza, aquellos monos, blandiendo poderosos árboles, se lanzaron al cielo y comenzaron a recorrer los diez puntos cardinales. Y el hijo de Ravana, diestro en las armas, resistió la impetuosa marcha de aquellos vehementes por medio de un arma poderosa, así como de armas más fuertes (que la fuerza de su acometida). Y los sumamente vehementes monos, cortados y destrozados por narachas, lo vieron en la oscuridad como el sol envuelto en nubes. Y aquel conquistador en la batalla, el hijo de Ravana, traspasó duramente con flechas los cuerpos de Rama y Lakshmana. Y tanto Rama como Lakshmana tuvieron los cuerpos enteramente cubiertos por el airado Indrajit con flechas convertidas en serpientes. Y de sus heridas comenzó a brotar sangre a chorros; y parecían kinsukas coronados de flores. Entonces aquel de rabillos rojos en los ojos, semejante a una masa de colirio molido, el hijo de Ravana, dijo a los hermanos mientras se desvanecía: «Cuando combato permaneciendo invisible, ni siquiera Sakra, el señor de los celestiales, puede verme ni acercárseme; ¿y quiénes son ustedes? Y yo, con el alma rebosante de ira, asaltándolos con lluvias de armas provistas de plumas de kanka, enviaré a los hijos de Raghu a la morada de Yama». Habiendo hablado así a los hermanos, Rama y Lakshmana, conocedores de la rectitud, (Indrajit) los traspasó con afiladas flechas y gritó de alegría. Y tensando su gran arco, aquel negro como una masa de colirio molido disparó de nuevo terribles flechas en la batalla. Y aquel versado en el sentido íntimo de las cosas, con flechas aguzadas traspasó las partes vitales de Rama y Lakshmana y gritó a cada momento. Y atados estrechamente por los grilletes de las flechas al filo de la batalla, no pudieron obtener respiro ni por un momento. Entonces, con los cuerpos traspasados de flechas y dardos, y semejantes a las banderas del Gran Indra soltadas de las cuerdas y temblando (en el aire), y con los cuerpos erizados de flechas, aquellos héroes y poderosos arqueros, señores de la tierra, atormentados a consecuencia de haber sido traspasadas sus partes vitales, cayeron a la tierra. Y aquellos héroes, bañados en sangre y con los cuerpos cubiertos de flechas, doloridos y sufriendo terriblemente, yacían como convenía a héroes. Y no había en sus cuerpos espacio sin traspasar que pudiera medirse con un dedo; y estaban heridos de flechas hasta las puntas de las manos. Y heridos ellos por aquel cruel capaz de asumir formas a voluntad, la sangre brotaba violentamente de sus cuerpos como el agua de un manantial. Y Rama cayó primero, traspasado en las partes vitales por las flechas. Y el mismo Indrajit que antaño había derrotado airadamente a Sakra (ahora) traspasó (a Rama) con narachas anudados de oro y de puntas bruñidas, de veloz carrera y semejantes al polvo llevado por el viento; y con medios narachas; y con dardos semejantes a anjalis; y con vatsadantas; y con simhadanshtras; y con navajas; y, dejando su arco sin cuerda, adornado de oro y curvado en tres partes, con la parte de empuñarlo destrozada, él yació como un héroe. Y viendo a Rama, el primero de los hombres, caído al alcance de las flechas, Lakshmana desesperó de su vida. Y viendo a su hermano Rama, de ojos semejantes a pétalos de loto y que siempre se deleitaba en la batalla, él mismo refugio de los demás, yaciendo en el campo, (Lakshmana) comenzó a llorar. Y también los monos, al verlo, se sumieron en la pena; y ellos, con los ojos inundados de lágrimas, comenzaron a gritar con el corazón afligido. Y cuando ellos hubieron sido atados y se hubieron tendido como convenía a héroes, los monos se quedaron a su alrededor, y conversando unos con otros, ellos, encabezados por el hijo del Viento, fueron presa de extrema pena.

Section 46

Y los que recorren los bosques, mirando la tierra y el cielo, pusieron por fin los ojos en los hermanos, Rama y Lakshmana, cubiertos por completo de flechas. Y después de que aquel rakshasa se hubo marchado, habiendo hecho su obra, como el Dios que se marcha después de haber llovido, llegó a aquel lugar Vibhishana con Sugriva. Y llorando a los hijos de Raghu llegaron también a toda prisa Nila, Dvivida, Mainda, Sushena, Kumuda y Angada, en compañía de Hanuman. E inmóviles, respirando débilmente, cubiertos de sangre, traspasados por todas partes de redes de flechas, mudos, yacían en el campo. Y suspiraban como serpientes; y estaban inertes, privados de poderío, lavados en sangre y semejantes a estandartes de oro. Y mientras yacían inmóviles, como convenía a héroes, los jefes de los monos los rodearon con los ojos cargados de lágrimas. Y viendo a los hijos de Raghu yacer cubiertos de lluvias de flechas, los monos, con Vibhishana, se afligieron (sobremanera). Y los monos, inspeccionando el cielo así como todas las direcciones, no pudieron ver al hijo de Ravana en la batalla, envuelto en ilusión. Y entonces Vibhishana, por medio de la ilusión, vio al hijo de su hermano, que se quedaba delante, oculto por la ilusión. Y Vibhishana vio a aquel héroe de hazañas incomparables, que no tenía igual en el campo y que tenía energía, fama y poderío, mientras permanecía invisible a consecuencia del Don recibido de Brahma. E Indrajit, viendo su propia hazaña y a ellos tendidos a lo largo, habló con exceso de alegría, alegrando a todos los rakshasas: «Los hermanos Rama y Lakshmana, poseedores de gran fuerza, que habían matado a Khara y a Dusana, han sido muertos ellos mismos con mis flechas. Y todos los celestiales y asuras, reunidos junto con los santos, son incapaces de librar a estos de los grilletes de mis flechas. Aquel por quien mi padre estaba agitado por la ansiedad y atormentado por el dolor, por quien mi padre pasaba las noches sin oprimir su lecho, por quien toda esta Lanka se había asemejado a un río turbulento en la estación de las lluvias, aquel mismo mal que se pegaba a la raíz de todo ha recibido de mí su fin. Y como nubes de otoño, el poderío de Rama y Lakshmana, así como el de todos los que recorren los bosques, ha quedado inútil». Diciendo esto en presencia de todos los rakshasas, el hijo de Ravana, destructor de enemigos, amenazando a los jefes de los monos, hirió a Nila con nueve flechas, e hirió a Mainda y a Dvivida con tres poderosas flechas a cada uno. Y traspasando a Jambavan con una flecha en el pecho, aquel poderoso arquero disparó diez contra Hanuman. Y el hijo de Ravana, poseedor de excesivo ímpetu, traspasó en el conflicto con dos flechas a cada uno a Gavaksha y a Sarava, de vigor inconmensurable. Y el hijo de Ravana, reuniendo celeridad, traspasó al rey de los golangulas y al hijo de Vali, Angada, con innumerables flechas. Y el poderoso hijo de Ravana, dotado de poder, traspasando a los principales monos con flechas semejantes a lenguas de llama, lanzó gritos en el campo de batalla. Y atormentando a los monos con andanadas de flechas e infundiéndoles terror, aquel de brazos poderosos, estallando en una carcajada, dijo: «Que los rakshasas contemplen a estos hermanos, que yacen estrechamente atados con temibles flechas frente a las fuerzas». Así interpelados, aquellos rakshasas, todos astutos guerreros, semejantes a masas de nubes, presenciando aquella hazaña (de Indrajit), llenos de asombro y regocijándose (grandemente), lanzaron tremendos rugidos. Y pensando que Rama había muerto, honraron al hijo de Ravana. Y viendo a los hermanos, Rama y Lakshmana, inmóviles y tendidos inertes en el suelo, los tuvieron por muertos. Y sintiendo exceso de alegría, Indrajit, conquistador en el conflicto, entró en la ciudad de Lanka, regocijando a todos los nairritas. Al ver los cuerpos así como los miembros de Rama y Lakshmana cubiertos enteramente de flechas, el temor se apoderó de Sugriva. Entonces Vibhishana dijo a aquel señor de los monos, que estaba en actitud desconsolada, con el semblante lloroso y los ojos extraviados de ira: «No cedas al temor, oh Sugriva. ¡Contén tus lágrimas, que brotan! Esta es la manera de la guerra: la victoria no es (siempre) segura. Pero, oh héroe, si la Fortuna nos sonríe al final, este estupor se apartará de estos de alma elevada y sumamente poderosos. Por tanto, oh mono, anímame a mí, que estoy desamparado». Diciendo esto, Vibhishana lavó con agua, con su mano, los hermosos ojos de Sugriva. Y tomando agua, el justo Vibhishana, por medio de su conocimiento, lavó con ella los ojos de Sugriva. Y lavando el rostro del inteligente monarca de los monos, Vibhishana habló estas palabras, oportunas y sosegadas: «Oh primero de los reyes de los monos, este no es momento para dejarse vencer por el estupor. En esta hora, aun el afecto desmedido puede llevar a la destrucción. Por tanto, desechando el estupor, que tiende a estropear toda obra, piensa cómo puedes servir a este ejército encabezado por Rama. O protege a Rama mientras no recobre la conciencia; y cuando los Kakutsthas hayan recobrado la conciencia, todo nuestro temor se desvanecerá. Esto no es nada para Rama, y Rama no está muriendo. Y Lakshmi, que es imposible de alcanzar para los que están condenados, no abandonará a este. Por tanto, consuélate, y anima también a tus propias fuerzas, mientras yo me ocupo de ordenar a todas las tropas. Oh el mejor de los monos, estos, con los ojos desorbitados, caídos bajo el gobierno del terror, cuchichean, presos de pánico, al oído unos de otros. Pero que, al verme, las fuerzas que corren de aquí para allá, animadas, así como los monos, desechen todo temor, como una guirnalda que ya se ha usado». Consolando así a Sugriva, Vibhishana, señor de los rakshasas, infundió de nuevo ánimo a las fuerzas de monos que huían. E Indrajit, obrador de poderosas ilusiones, acompañado de sus tropas, entró en la ciudad de Lanka y se presentó ante su padre. Y acercándose a Ravana y saludándolo con las manos juntas, informó a su padre de la grata noticia de que Rama y Lakshmana habían sido muertos. Y al oír que su enemigo había caído, Ravana, levantándose de un salto en medio de los rakshasas, abrazó con gran alegría a su hijo. Y oliendo la coronilla de su cabeza, (Ravana), con el corazón alegre, preguntó (a Indrajit acerca de todo lo que había sucedido). Y al ser preguntado, él (Indrajit) relató verazmente a su padre cómo (Rama y Lakshmana) habían quedado sin sentido y sin brillo al ser atados con flechas. Entonces, con el arrobamiento rebosando en lo más íntimo de su alma, Ravana, al oír el discurso del poderoso guerrero de carro, desechó su temor al hijo de Dasaratha, y levantándose honró a su hijo con palabras alegres.

Section 47

Cuando el hijo de Ravana entró en Lanka, después de haber cumplido su propósito, los principales monos protegieron a Raghava, rodeándolo por todos lados. Y Hanuman, Angada, Nila, Sushena, Kumuda, Nala, Gaya, Gavaksha, Panasa y Sanuprastha, un poderoso mono, y Jambavan, Rishabha, Sunda, Rambha, Satavali y Prithu, formándose todos en orden y equipados con árboles por todos lados, y permaneciendo vigilantes, los monos miraban sin cesar a todos lados, de soslayo y hacia arriba; y aun cuando se movía una paja, pensaban que era un rakshasa. Y Ravana, por su parte, sintiendo el colmo del júbilo, convocó a las rakshasis dedicadas a guardar a Sita. Y entonces las rakshasis, Trijata y otras, se presentaron a su orden. Y entonces el señor de los rakshasas, alegre, se dirigió entonces a las rakshasis, diciendo: «Digan a Vaidehi que Rama y Lakshmana han sido muertos en la batalla por Indrajit. Y llevándola en el Pushpaka, muéstrenle (a Rama y a Lakshmana) tendidos muertos en el campo de batalla. Aquel en quien confiando se había vuelto orgullosamente contra mí, aquel esposo suyo, junto con su hermano, ha sido muerto en el conflicto. Y entonces la hija de Mithila, ido su temor junto con su ansiedad, y perdiendo ella todo apoyo, Sita, hija de Mithila, adornada con todos sus ornamentos, me buscará. Y hoy, contemplando a Rama con Lakshmana caídos bajo el dominio del Tiempo, ella, no hallando otro camino, desistirá de su curso actual. Y no viendo otro recurso, aquella de grandes ojos me buscará por sí misma». Al oír aquellas palabras del malvado Ravana, las rakshasis, diciendo: «Así sea», fueron adonde estaba el Pushpaka. Entonces, tomando el Pushpaka, las rakshasis, por orden de Ravana, fueron a Maithili, que se quedaba en el bosque de asoka. Entonces, tomando a Sita, que estaba vencida por el dolor por su señor, las rakshasis la pusieron en el carro Pushpaka. Y poniendo a Sita en el Pushpaka junto con Trijata, Ravana la llevó por todo el contorno de (Lanka), llena de estandartes y banderas. Y el señor de los rakshasas proclamó jubilosamente en Lanka: «Raghava así como Lakshmana han sido muertos por Indrajit en la batalla». Y andando con Trijata, Sita vio muertas a todas las tropas de monos. Y halló a los devoradores de carne engreídos de ánimo, y a los monos afligidos de extremo dolor al lado de Rama y Lakshmana. Entonces Sita contempló a Lakshmana y a Rama tendidos en el campo, sin sentido y atados con flechas. Y aquellos héroes yacían en la tierra, con las cotas de malla desgarradas, los arcos arrojados, los cuerpos destrozados por todas partes y espesamente traspasados de flechas. Y viendo a aquellos hermanos, los primeros de los héroes y mejores de los hombres, de ojos semejantes a lotos blancos y semejantes ellos mismos a Kumaras, tendidos en el campo, la nacida del fuego, Sita, herida de dolor, comenzó a llorar lastimeramente. Y aquella de ojos negros y de excelente figura, la hija de Janaka, viéndolos revolcarse en el polvo, estalló en lamentaciones. Y con los ojos derramando abundantes lágrimas, ella, viendo a aquellos hermanos, dotados de poderío divino, los tuvo por muertos; y abrumada de dolor, habló como sigue.

Section 48

Y viendo muertos a su esposo así como al sumamente poderoso Lakshmana, Sita, afligida de dolor, estalló en amargas lamentaciones: «Los adivinos habían dicho que tendría hijos y que nunca sería viuda. Pero muerto Rama, parece ahora que aquellos, poseedores de conocimiento, habían hablado con falsedad. Y también aquellos que, habiendo celebrado sacrificios y ritos, habían dicho que yo sería la reina (de Rama), muerto Rama, parecen hoy haber dicho una falsedad, aunque poseen conocimiento. Y afirmaron también que sería honrada por las esposas de reyes heroicos así como por mi señor; pero muerto Rama, parecen haber pronunciado una falsedad, aunque poseedores de conocimiento. Y aquellos dos veces nacidos que en mi presencia habían dicho palabras auspiciosas, muerto Rama, parecen hoy haber dicho una falsedad, aunque eran poseedores de conocimiento. Estas marcas de loto en los pies, que anuncian a las damas que las poseen que han de ser instaladas en el reino en compañía de sus esposos, que son reyes, están en mí. Y no hallo en mí ninguna de aquellas marcas por las que las mujeres de rara fortuna llegan a la viudez; pero hallo que en mí estas buenas señales quedan anuladas. Aquellas marcas que los versados en tal conocimiento declaran infalibles, muerto Rama, quedan anuladas en mí. Mis cabellos son finos, iguales y azules; mis cejas se tocan; mis caderas están libres de vello y son redondas; y mis dientes son apretados. Mis sienes, ojos, manos, pies, tobillos y muslos son iguales. Y mis dedos están provistos de uñas redondas, y son llenos y parejos en el medio. Y mis senos son juntos, firmes y desarrollados, y tienen los pezones hundidos. Y mi ombligo es hundido, con los lados altos. Y mi pecho es turgente. Y mi tez es como el color de las gemas, y mi vello suave. Y dijeron que yo estaba provista de doce señales auspiciosas. Y mis manos, en las partes medias de los dedos, tienen marcas de trigo; y en los espacios entre los dedos no tienen ángulos desiguales. Y mis pies participan también del color general. Y mi risa es una suave sonrisa. Y los versados en las marcas de las mujeres sabían que yo poseía tales marcas. Y aquellos brahmanes diestros en decir la buenaventura dijeron que sería instalada en el reino junto con mi esposo; pero todo eso ha resultado falso. Habiendo purificado Janasthana (de rakshasas), obtenido noticias de mí y cruzado el Océano, imposible de agitar, ¡aquellos hermanos han sido muertos en la huella de una vaca! Los descendientes de Raghu habían obtenido las armas Varuna, ígnea, Aindra, Vayavya y Brahmasiras. Por medio de la ilusión han sido muertos aquellos señores míos, de mí que estoy desamparada, Rama y Lakshmana, semejantes a Vasava mismo en la batalla. Llegando en la batalla al alcance de la vista de Raghava, un enemigo, aunque esté dotado de la rapidez del pensamiento, no vuelve vivo. No hay nada demasiado difícil para el Tiempo, y el Destructor es imposible de vencer, puesto que Rama junto con su hermano Lakshmana ha caído en la lucha. Y no lloro tanto a Rama, ni al poderoso guerrero de carro, Lakshmana, ni, por lo demás, a mí misma, como a aquella desdichada suegra mía. Ella siempre piensa en el plazo de la promesa: “¿Cuándo veré a Sita y a Lakshmana con Raghava?”». Mientras ella se lamentaba así, la rakshasi Trijata dijo: «Oh excelsa dama, no llores así. Tu señor vive. Y, oh digna, te revelaré razones poderosas y probables por las que los hermanos Rama y Lakshmana viven. Cuando cae su jefe, los semblantes de los guerreros en la batalla no se cubren de pasión ni muestran alegría y vivacidad. Y, oh Vaidehi, si aquellos hubieran perdido la vida, este carro celestial llamado Pushpaka no te habría sostenido. Un ejército que tiene muertos a sus héroes y jefes, descorazonado y abatido, recorre el campo como una nave en el agua que ha perdido a su timonel. Pero, oh desamparada, estas tropas, sin mostrar agitación ni ansiedad, guardan a los Kakutsthas. Esto te digo de ellos por afecto. Ante esta conclusión, que trae alegría, consuélate; y contempla a los Kakutsthas no muertos. Esto te digo por afecto. Nunca te dije falsedades hasta ahora; ni, oh hija de Mithila, te las diré ahora. Tú, en virtud de tu carácter, que conduce al deleite, has hallado acceso a mi corazón. A estos ni siquiera los celestiales y los asuras con Indra (a su cabeza) son capaces de abatir. Viendo tal visión, te hablo de que están vivos. ¡Y contempla, oh Maithili, esta poderosa maravilla! Estos yacen sin sentido por las flechas; pero de ellos no se ha despedido la Gracia. Por lo general sucede que los rostros de las personas muertas e idas son feos en extremo. Por tanto, oh hija de Janaka, deja el dolor, la pena y el estupor. Por causa de Rama y Lakshmana no puedes hoy poner fin a tu existencia». Al oír sus palabras, la hija de Mithila, Sita, semejante a la hija de un celestial, con las manos juntas, dijo: «¡Que así sea!». Entonces, haciendo dar la vuelta al carro Pushpaka, veloz como la mente, la afligida Sita entró en Lanka junto con Trijata. Entonces, en compañía de Trijata, bajando del Pushpaka, ella, junto con las rakshasis, entró en el bosque de asoka. Y entrando en aquel lugar de recreo del señor de los rakshasas, que abundaba en parajes boscosos, Sita, habiendo contemplado a aquellos príncipes y reflexionado sobre ellos, quedó sujeta a un poderoso dolor.

Section 49

Atados terriblemente con flechas, los hijos de Dasaratha, tendidos y bañados en sangre, suspiraban con fuerza como serpientes. Y todos aquellos principales monos, junto con Sugriva, poseedor de excesiva fuerza, abrumados de pena, permanecían rodeando a aquellos de alma elevada. Entretanto, el poderoso Rama, aunque estrechamente atado por las flechas, despertó en virtud de la excesiva dureza de su cuerpo así como de su poder. Entonces, viendo a su hermano, con el semblante afligido, cubierto de sangre, débil y estrechamente atado por las flechas, Rama, grandemente afligido, comenzó a lamentarse: «¿De qué me sirve la recuperación de Sita, o la vida misma, cuando hoy veo a mi hermano vencido en la lucha y tendido en el campo? Buscando entre (los hombres) podría dar con una mujer como Sita; pero nunca con un hermano, ni con un ayudante, ni con un guerrero como Lakshmana. Si aquel acrecentador de la alegría de Sumitra ha hallado su fin, he de renunciar a mi vida a la vista de los monos. ¿Qué diré a Kausalya, y qué diré a Kaikeyi? ¿Y qué diré a la madre Sumitra, ansiosa de ver a su hijo? Y si vuelvo sin él, ¿cómo la calmaré, a ella, semejante a una vaca privada de su ternero, temblorosa y semejante a una kurari que se lamenta? ¿Y cómo diré a Satrughna y al ilustre Bharata: “Fue conmigo al bosque, pero yo vuelvo aquí sin él”? No podré soportar el reproche de la madre Sumitra. Por tanto, aquí mismo renunciaré a mi cuerpo; pues ciertamente no me atrevo a vivir. ¡Ay, qué desgracia la mía, que soy malvado y vil, pues por mí este Lakshmana, abatido, yace en el campo de batalla como uno que está sin vida! Oh Lakshmana, tú siempre me consuelas cuando estoy descorazonado. Pero hoy, habiendo perdido la vida, no puedes hablarme a mí, que estoy afligido. Tú, oh héroe, que habías matado en la batalla a innumerables rakshasas que yacen alrededor, has sido (por fin) muerto tú mismo en el campo con flechas. Y tendido en el campo de batalla, sangrando y cubierto de flechas, pareces el Sol cuando ha subido a la colina Poniente. Y a consecuencia de las flechas que traspasan tus partes vitales, no puedes hablar; pero tu expresión visible, aunque estás mudo, revela dolor. Oh tú, dotado de excesivo esplendor, así como tú me seguiste al bosque, así te seguiré yo a la mansión de Yama. Tú, que tienes amigos queridos y siempre me sigues, has llegado a este estado a consecuencia de mi conducta reprensible. No recuerdo haber oído palabra dura del heroico Lakshmana, aun cuando había llegado a estar sumamente airado. Aquel que podía disparar de un tiro quinientas flechas, aquel Lakshmana es superior a Kartavirya mismo en aquella arma, el arco. Aquel que con sus armas podía resistir las armas de Sakra mismo, aquel digno de un lecho costoso, yace en el suelo, muerto. Y aquella vana palabrería me consumirá ahora sin duda, pues no he hecho a Vibhishana monarca de los rakshasas. Oh Sugriva, vuelve sobre tus pasos en este mismo momento. Privado de tu fuerza por mi causa, serás vencido por Ravana. Y, oh Sugriva, poniendo a Angada al frente, tomando tu hueste así como el bagaje, en compañía de Nila y Nala, cruza el Océano. Por ti ha sido llevada a cabo una poderosa hazaña imposible de hacer por otro en la batalla. Y complacido estoy con el rey de los osos y con el señor de los golangulas; y Angada se ha portado noblemente, así como Mainda y Dvivida. Y Kesarin y Sampati han combatido ambos terriblemente. Y Gavaya, Gavaksha, Sarava y Gaja, y otros monos, han combatido como otros son incapaces de combatir, resueltos a entregar sus vidas (por mí). Pero, oh Sugriva, el hombre no puede gobernar al Destino. Tú, amigo mío, temeroso de la rectitud, has hecho lo que estaba en tu poder. Y ustedes, primeros de los monos, también han obrado como conviene a amigos. Ahora, con mi permiso, vayan adonde se les antoje». Al oír el lamento de Rama, los monos, los de ojos oscuros y otros, comenzaron a derramar lágrimas de sus ojos. Entonces Vibhishana, calmando al ejército, tomando una maza en la mano, fue velozmente adonde estaba Raghava. Y viéndolo avanzar rápidamente, semejante a una masa de colirio oscuro, los monos, tomándolo por el hijo de Ravana, comenzaron a huir.

Section 50

Entonces habló el sumamente enérgico y poderosísimo rey de los monos: «¿Por qué está agitada esta hueste como una barca llevada de aquí para allá por el viento?». Al oír el discurso de Sugriva, el hijo de Vali dijo: «¿No ve usted a ambos héroes, los hijos de Dasaratha, Rama y aquel poderoso guerrero de carro, Lakshmana, cubiertos de flechas? ¿Y (no ve) a aquellos de alma elevada tendidos en el campo de batalla, cubiertos de sangre?». Entonces el señor de los monos, Sugriva, habló a su hijo Angada: «No lo tengo por cosa sin causa. Esto puede haber sucedido por puro temor. Estos monos de rostro triste, dejando atrás sus armas, huyen en todas direcciones, con los ojos desorbitados de espanto. Y no se avergüenzan unos de otros, y no vuelven la mirada atrás. Y se abrazan unos a otros, y van saltando por encima de los caídos». Entretanto aquel héroe, Vibhishana, llevando una maza en la mano, (acercándose) saludó a Sugriva así como a Raghava con bendiciones de victoria. Y Sugriva, viendo a Vibhishana, capaz de infundir temor a los monos, habló al soberano de los osos, de alma elevada, que estaba allí cerca: «Este es Vibhishana, que ha venido aquí, al ver al cual los primeros entre los monos, por temor al hijo de Ravana, que temen que él sea, huyen presos de pánico. Detén en seguida a estos, agitados por el temor y que corren por todas partes, y proclama: “Este es Vibhishana, que ha venido aquí”». Así dirigido, Jambavan, rey de los osos, conteniendo a los que huían, calmó a los monos. Al oír las palabras del rey de los osos y al ver a Vibhishana, los monos, renunciando al temor, desistieron (de su huida). Entonces el justo Vibhishana, viendo el cuerpo de Rama así como el de Lakshmana traspasados de flechas, se afligió sobremanera. Y lavándoles los ojos con agua, él, con la mente vencida por el dolor, comenzó a llorar y estalló en lamentaciones: «Los rakshasas, que combaten de maneras astutas, han llevado a este estado a estos, dotados de poderío, poseedores de toda perfección y dotados de poder (de brazo). Y con su mente engañosa, aquel hijo de mi hermano, de alma malvada y mal hijo (para mí), ha engañado a estos de recto poderío. Traspasados de innumerables flechas y cubiertos de sangre, estos yacen en el suelo como salyakas. Aquellos en cuyo poderío confiando había buscado yo la eminencia, aquellos primeros de los hombres, duermen aquí profundamente para renunciar a sus cuerpos. Vivo, hoy estoy en aflicción; y mi deseo de dominio está aniquilado; y mi enemigo, Ravana, tiene su promesa cumplida y su propósito coronado de éxito». Mientras Vibhishana se lamentaba así, el señor de los monos, Sugriva, dotado de fuerza, abrazándolo, le habló: «Oh tú, conocedor de la rectitud, obtendrás aquí en Lanka el imperio; no hay duda de esto; y Ravana junto con sus hijos verán defraudadas sus esperanzas. Ambos, Rama y Lakshmana, están bajo la égida de Garuda; y, desechando su estupor, matarán en la batalla a Ravana junto con sus partidarios». Habiendo así calmado y consolado al rakshasa, Sugriva se dirigió a su suegro, que estaba a su lado, diciendo: «Junto con multitudes de monos heroicos, tomando a aquellos sometedores de enemigos, los hermanos Rama y Lakshmana, cuando hayan recobrado la conciencia, dirígete a Kishkindha. Y yo, matando a Ravana junto con sus hijos y amigos, traeré de vuelta a la hija de Mithila, así como Sakra recobró a la perdida Sri». Al oír las palabras del rey de los monos, Sushena dijo: «Yo había presenciado la guerra de antaño entre los dioses y los asuras. Entonces los danavas, envolviéndose, destruían a cada momento a las deidades, aunque estas eran versadas en las armas y consumadas en los proyectiles. Y a ellas, perdidos sus sentidos e idas sus vidas, Brihaspati las trató por medio de su conocimiento de los mantras, así como con medicinas. Que Sampati, Panasa y otros monos vayan prontamente al Océano de Leche con el propósito de traer aquellas medicinas. Y los monos conocen bien aquella poderosa medicina montañesa, divina y capaz de revivir a los muertos, y hecha por las deidades mismas: la visalya. Están (las montañas) llamadas Chandra y Drona: donde fue batida la ambrosía, allí está aquella droga suprema. Y aquellas montañas han sido colocadas por las deidades en el poderoso abismo. Y, oh rey, que el hijo del dios del Viento vaya allá». Entretanto se levantó el viento, y aparecieron masas de nubes junto con relámpagos. Y el viento sopló, agitando las aguas del abismo y sacudiendo las montañas. Y poderosos árboles de las islas del océano, derribados por el terrible viento levantado por unas alas, comenzaron a desplomarse de cabeza en las aguas saladas. Y las serpientes que moraban allí fueron presa del espanto; y prontamente todos los animales acuáticos se sumergieron hondo en el mar salado. Y entonces, en un momento, los monos vieron al hijo de Vinata, poseedor de terrible fuerza, semejante a un fuego llameante. Y viéndolo venir, las serpientes comenzaron a escabullirse, aquellas sumamente poderosas que, convertidas en flechas, habían atado a aquellas personas. Entonces, tocando a los Kakutsthas y saludándolos, Suparna frotó con las manos sus semblantes, dotados del esplendor de la Luna. Y sus heridas, al ser tocadas por el hijo de Vinata, sanaron (al instante); y los cuerpos de ambos se refrescaron prontamente y brillaron con un excelente color. Y alcanzaron inmensa energía y poderío, y una doble porción de fuerza, de poderes racionales y perceptivos, y de memoria. Y entonces, levantándolos, el sumamente enérgico Garuda, semejante a Vasava mismo, abrazó a ambos con alegría. Y entonces Rama se dirigió (a Garuda), diciendo: «Por su gracia hemos sobrevivido de algún modo a la poderosa calamidad que había surgido del hijo de Ravana; y además hemos sido vueltos fuertes prontamente. Y mi corazón se deleita teniéndolo a usted, como a mi padre Dasaratha o a mi abuelo Aja. ¿Quién es usted, dotado de belleza y que lleva guirnaldas y ungüentos (en su persona), vestido con atavío sin mancha y adornado con nobles ornamentos?». A él habló el sumamente enérgico hijo de Vinata, dotado de gran fuerza, el señor de las aves, con el corazón complacido y los ojos extraviados de júbilo: «Oh Kakutstha, soy tu amigo, tu vida que anda fuera de ti, Garutman. He venido aquí para ayudarlos a ustedes. Ni los sumamente poderosos asuras, ni los sumamente fuertes monos, ni los celestiales junto con los gandharvas, con el de cien sacrificios a su cabeza, son capaces de librar (a nadie) de estas temibles ataduras de flechas, que habían sido forjadas por Indrajit, de hechos tortuosos, con ayuda de la ilusión. Estas serpientes, prole de Kadru, son de colmillos agudos y venenosas; y te habían atado como flechas por la potencia de la ilusión. Oh Rama, cuyo poder es la verdad, eres afortunado, junto con aquel destructor de enemigos en la lucha, Lakshmana. Al oír esto, yo, reuniendo energía, he venido aquí velozmente. Y yo, obrando contigo como amigo, los he librado a ustedes en seguida, por afecto, de estas temibles ataduras de flechas. Pero debes estar siempre en guardia. Por naturaleza los rakshasas tienen astutas tretas en la lucha; y tú, que eres heroico y de espíritu puro, no puedes confiar más que en tu sencillez como fuerza. Por tanto no debes fiarte de los rakshasas en el campo de batalla. Por este solo ejemplo (debes saber) que los rakshasas son siempre engañosos en la lucha». Habiendo dicho esto, el maravillosamente poderoso Suparna, abrazando (de nuevo) tiernamente a Rama, dijo: «Amigo mío Raghava, oh tú que aun a tus enemigos les tienes afecto, dame tu permiso. Me iré a mi gusto. Y, oh Raghava, no abrigues deseo de saber acerca de nuestra amistad. Cuando, oh héroe, hayas alcanzado el éxito en la batalla, sabrás todo acerca de esta amistad nuestra. Y con las oleadas de tus flechas, haciendo que Lanka no contenga más que niños y ancianos, y matando a tu enemigo, Ravana, recobrarás a Sita». Habiendo hablado así, Suparna, dotado de veloz vigor, habiendo dejado sano a Rama en medio de los monos, habiendo dado la vuelta en torno a ellos y abrazándolos también, aquel poseedor de poderío partió, cubriendo el cielo, como el viento. Y viendo sanos a los hijos de Raghu, los jefes de los monos lanzaron rugidos leoninos y comenzaron a agitar sus colas. Y entonces batieron los timbales y resonaron los tambores. Y las caracolas fueron sopladas con alegría; y se lanzaron gritos. Y otros se golpearon los brazos con las manos. Y los monos, acostumbrados a combatir con árboles, arrancándolos, se quedaron de pie por centenares y millares. Y lanzando tremendos rugidos e infundiendo así espanto a los vagabundos de la noche, los monos, ansiosos de encuentro, se acercaron a la puerta de Lanka. Y aquel poderoso y temible estruendo levantado por los monos se asemejaba al terrible retumbar de las nubes a medianoche hacia el fin del Verano.

Section 51

Entonces Ravana oyó el tumulto levantado por los sumamente enérgicos monos, que rugían en compañía de los rakshasas. Y al oír aquel ruido grave y solemne, aquel prodigioso estruendo, Ravana dijo en medio de sus consejeros: «Por los poderosos rugidos que se oyen de innumerables monos alegres, semejantes al rugido de las nubes, es evidente, sin duda alguna, que hay gran regocijo allí. Y el Océano salado está agitado por estos ruidos atronadores. Los hermanos Rama y Lakshmana han sido estrechamente atados con agudas flechas; y aquí este estruendo despierta mi alarma». Habiendo hablado así a sus ministros, el señor de los rakshasas se dirigió a los nairritas allí presentes, diciendo: «Infórmense prontamente de la causa del regocijo que ha surgido en estos monos en esta ocasión luctuosa». Así interpelados, ellos, subiendo apresuradamente a la muralla, inspeccionaron las fuerzas mantenidas por Sugriva, de alma elevada, así como a aquellos excelsos, los hijos de Raghu, librados de sus terribles grilletes de flechas y levantados (ahora). Entonces, con el corazón agitado, los rakshasas de rostro torvo, bajando de la muralla, aparecieron ante el señor de los rakshasas con los rostros pálidos. Y entonces, con rostros desconsolados, aquellos rakshasas, diestros en el hablar, informaron fielmente y por completo a Ravana de aquella desafortunada circunstancia: «Aquellos hermanos, Rama y Lakshmana, que habían sido atados en la batalla con grilletes de flechas por Indrajit, y cuyos brazos yacían inmóviles, habiendo sido librados de las ataduras de flechas, se ven en el campo de batalla; y aquellos, semejantes en fuerza a los primeros de los elefantes, parecen elefantes que han roto sus grilletes». Al oír aquellas palabras suyas, el sumamente poderoso señor de los rakshasas se agitó de ansiedad y de ira, y su semblante perdió el color: «Indrajit, habiéndolos derrotado en el conflicto, los había atado por medio de flechas irresistibles y terribles, semejantes a serpientes venenosas y como el Sol mismo, que le habían sido conferidas (a Indrajit) como dones. Pero si mi enemigo, habiendo sido efectivamente atado por las armas, ha podido ser liberado, veo puesta en peligro toda esta fuerza mía. Y aquellas flechas, semejantes al Fuego en fiereza, que habían privado en la batalla a mis enemigos de la vida, han quedado en verdad sin fruto». Habiendo dicho esto con gran ira, Ravana, suspirando como una serpiente, se dirigió a un rakshasa llamado Dhumraksha, sentado en medio de los rakshasas: «Oh tú de temible poderío, rodeado de una poderosa fuerza, marcha para lograr la destrucción de Rama junto con los monos». Así interpelado por el inteligente señor de los rakshasas, Dhumraksha, dando la vuelta, salió de la morada del rey. Y saliendo prontamente por la puerta de la residencia (de Ravana), dijo al general de las fuerzas: «Pon prontamente en marcha tus fuerzas. ¿Por qué ha de tardar un guerrero?». Al oír las palabras de Dhumraksha, el general de las fuerzas, siguiéndolas, por orden de Ravana dispuso en seguida el ejército. Y aquellos poderosos y temibles vagabundos de la noche, rebosantes de gran ánimo, con campanas atadas a los brazos, lanzaron gritos y rodearon a Dhumraksha. Y llevando diversas armas en las manos, blandiendo dardos y porras, y equipados con mazas, dardos barbados, varas, garrotes de hierro, parighas, bhindipalas, lanzas, lazos y hachas, aquellos terribles rakshasas salieron, rugiendo como nubes. Y otros, vestidos de armadura, con carros adornados de banderas, provistos de redes de oro, y mulas de diversas caras, y corceles sumamente veloces, y vigorosos elefantes en celo, nairritas semejantes a tigres, imposibles de someter, así como los tigres, salieron (a continuación). Y entonces Dhumraksha mismo subió a un soberbio carro que llevaba caras de ciervos y leones adornadas de oro y que lanzaba un fuerte estrépito. Y el sumamente poderoso Dhumraksha, rodeado de rakshasas, salió alegremente por la Entrada Occidental, donde estaba apostado Hanuman. Y entonces crueles aves del aire trataron de impedir el paso a aquel sumamente temible rakshasa de forma espantosa, mientras salía montado en un excelente carro, uncido con mulas y que lanzaba agudos sonidos. Y un buitre sumamente terrible se posó en la cimera del carro; y formándose en hileras, los buitres comenzaron a bajar en torno a lo alto del estandarte. Y lanzando un grito espantoso, (un tronco sin cabeza) cayó ante Dhumraksha. Y aquel dios derramó sangre; y la tierra tembló. Y el viento sopló torcido con un sonido semejante al trueno. Y todos los lados, cubiertos de oscuridad, parecían sombríos. Y presenciando aquellos temibles presagios de mal agüero al principio, cargados de temor para los rakshasas, Dhumraksha se afligió grandemente; y los rakshasas que marchaban delante de él quedaron aturdidos. Y entonces, cuando aquel fuerte y temible, ansioso de encuentro, rodeado de innumerables vagabundos de la noche, salió (de la ciudad), contempló aquella hueste de monos, protegida por el brazo de Raghava, semejante al abismo al tiempo de la disolución universal.

Section 52

Viendo salir al rakshasa Dhumraksha, de temible poderío, los monos, regocijándose grandemente, ansiosos de encuentro, lanzaron rugidos. Y entonces tuvo lugar un terrible conflicto entre los monos y los rakshasas, que se acometían con temibles árboles, dardos y mazas. Y los rakshasas comenzaron a dispersar a los temibles monos por todos lados; y los monos (por su parte) derribaron a los rakshasas con árboles. Y los rakshasas, enfureciéndose, comenzaron a traspasar a los monos con agudas flechas de vuelo recto, aladas con plumas de kanka. Y hendidos por los rakshasas con temibles porras y dardos barbados, dagas y mazas, y terribles y primorosos garrotes y jabalinas empuñadas, los sumamente poderosos (monos), despertada su ira, comenzaron con presteza a ejecutar hazañas de intrépido valor. Y aquellos jefes de los monos, con los cuerpos traspasados de flechas y las figuras hendidas por dardos, tomaron árboles y peñascos. Y aquellos monos, dotados de terrible vehemencia, lanzando gritos y proclamando sus respectivos nombres, se pusieron a sacudir las filas de los valientes rakshasas. Y aquel conflicto entre los rakshasas y los monos, librado con diversas rocas e innumerables árboles, se volvió sumamente furioso. Y algunos de entre los rakshasas que se alimentan de sangre, agitados por los monos que ardían por la victoria, comenzaron a vomitar sangre. Y unos fueron cortados por los flancos; y otros, muertos con árboles, fueron amontonados; y otros fueron aplastados con peñascos; y otros fueron desgarrados con los dientes. Y siendo abatidos unos por medio de estandartes rotos, y otros por medio de espadas caídas, y otros aplastados por carros, los vagabundos de la noche sufrieron duramente. Y (al punto) la tierra quedó cubierta de enormes elefantes del tamaño de montañas, y de cimas de montaña, y de corceles aplastados, y de sus jinetes, todos abatidos por los monos. Y saltando una y otra vez, los vehementes monos, dotados de terrible poderío, desgarraron con las uñas de los dedos a los rakshasas por la boca. Y con rostros desconsolados y el cabello desgreñado, (los rakshasas), aturdidos por el olor de la sangre, buscaron la tierra. Y otros rakshasas, dotados de temible vigor, airándose maravillosamente, dieron a los monos bofetadas con manos que tenían el tacto del rayo. Y dotados de mayor ímpetu, los monos derribaron a los impetuosos (rakshasas) con golpes, pies y dientes; y otros fueron muertos con árboles. Y viendo huir a las fuerzas, aquel primero de los rakshasas, Dhumraksha, montando en furia, comenzó un terrible conflicto con los monos deseosos de encuentro. Y algunos de los monos, duramente atacados con prasas, comenzaron a sangrar; y otros, heridos con mazas, cayeron al suelo. Y otros fueron duramente golpeados con garrotes; y otros fueron hendidos con bhindipalas. Y otros, atacados con dardos barbados, quedaron sin sentido y perdieron la vida. Y algunos de entre los monos yacían muertos en el suelo, empapados en sangre. Y otros, huyendo del campo, fueron muertos por los enfurecidos rakshasas. Y otros, con el pecho traspasado, yacían de costado. Y otros fueron hendidos con tridentes; y a otros se les habían salido las entrañas. Y aquel poderoso y temible encuentro de los rakshasas y los monos se libró con incontables armas, rocas y árboles. Y aquella batalla se convirtió en un espectáculo musical, melodioso, con la cuerda del arco por vina, con el relincho de los corceles por compás y con los gritos de los Maindas por acordes. Entonces, en el campo, Dhumraksha, arco en mano, riendo, persiguió a los monos en todas direcciones con lluvias de flechas. Y viendo a las fuerzas duramente acosadas por Dhumraksha y afligidas por ello, el vástago del dios del Viento, enfureciéndose, tomando un enorme peñasco, se acercó (al rakshasa). Y con los ojos doblemente enrojecidos de ira, aquel, semejante en poderío a su padre mismo, descargó el peñasco sobre el carro de Dhumraksha. Y viendo el peñasco, (Dhumraksha), levantando apresuradamente su maza, saltó abajo con vehemencia y se quedó en el suelo. Y habiendo destrozado su carro, aquel peñasco cayó a la tierra. Y entonces, dejando el carro provisto de ruedas, kuvaras y frente, así como de bandera, en el que Dhumraksha había dejado su arco, Hanuman, hijo del dios del Viento, repartió golpes con todo vigor para destruir a los rakshasas, con árboles de ramas largas y cortas. Y entonces algunos rakshasas, con la cabeza destrozada, yacían empapados en sangre; y otros, golpeados con árboles, cayeron a la tierra. Y entonces Hanuman, hijo del dios del Viento, cargó a toda carrera contra el ejército de los rakshasas; y tomando una cima de montaña, se lanzó contra Dhumraksha. Y mientras Hanuman descendía, el poderoso Dhumraksha, levantando una maza y lanzando un grito, se dirigió prontamente hacia él. Y entonces Dhumraksha, enfurecido, descargó aquella maza, tachonada de innumerables púas, sobre la cabeza de Hanuman, encendido de ira. Y así atacado con la maza de temible ímpetu, el mono dotado de la fuerza del viento, sin hacer caso en absoluto de aquel golpe, dejó caer una cima de montaña justo contra la cabeza de Dhumraksha. Y atacado con la cima de montaña, Dhumraksha, con todo el cuerpo destrozado, cayó de repente a la tierra, como una colina que se desploma. Y viendo muerto a Dhumraksha, aquellos vagabundos de la noche que sobrevivieron a la matanza comenzaron a entrar en tropel en Lanka con extrema agitación, atacados por los monos. Y aquel vástago del dios del Viento, de alma elevada, habiendo matado a sus enemigos y caído bajo el influjo de la fatiga propia de la matanza de sus enemigos, habiendo hecho fluir ríos de sangre (en el campo), sintió el exceso de la alegría al ser honrado por los monos.

Section 53

Al oír que Dhumraksha había sido muerto, Ravana, señor de los rakshasas, abrumado por una poderosa ira, comenzó a suspirar como una serpiente. Y ofuscado por la pasión, y lanzando ardientes suspiros largo tiempo, se dirigió a un cruel rakshasa, el sumamente fuerte Vajradanshtra: «Ve tú, oh héroe. Sal, rodeado de los rakshasas. Mata al hijo de Dasaratha, Rama, y a Sugriva junto con los monos». Entonces, respondiendo apresuradamente «Así sea», aquel primero de los rakshasas, diestro en la ilusión, marchó rodeado de muchos jefes de ejércitos, provisto de elefantes y corceles, mulas y camellos, con la mente concentrada, y adornado con innumerables banderas y estandartes variados. Y entonces, engalanado con primorosos keyuras y una tiara, y vistiendo armadura, se lanzó fuera con el arco en la mano. Y entonces, dando la vuelta en torno a su vehículo llameante, adornado de gallardetes y guarnecido de oro, el rey subió a él. Y equipada con espadas delgadas, primorosos tomaras, mazas lisas, bhindipalas, arcos, dardos, pattisas, cimitarras, discos, porras y hachas afiladas, la multiforme infantería marcha llevando armas en las manos. Y todos aquellos poderosos y llameantes rakshasas vestían ropas variadas. Y heroicos elefantes en celo, semejantes a montañas en movimiento, marchaban conducidos por hombres muy diestros en la batalla que llevaban tomaras y garfios en las manos. Y poderosos corceles que llevaban señales auspiciosas marchaban montados por héroes. Y todo aquel ejército de rakshasas, al marchar, se asemejaba a las nubes del verano que rugen con relámpagos. Y (los rakshasas) salieron por la Entrada Meridional, donde estaba apostado aquel jefe de manadas, Angada. Y al salir ellos, aparecieron malos presagios. Del cielo sin nubes y sin embargo feroz comenzaron a caer meteoros. Y arrojando llamas por la boca, temibles chacales comenzaron a lanzar gritos. Y bestias espantadas anunciaban la destrucción de los rakshasas en la batalla. Y los guerreros comenzaron a caerse de manera ominosa. Presenciando estos malos presagios, el sumamente poderoso y enérgico Vajradanshtra, armándose de paciencia, partió, ansioso de encuentro. Y viéndolos huir, los monos, anhelando la victoria, lanzaron tremendos gritos, llenando todos los puntos cardinales. Y entonces sobrevino un terrible encuentro de los monos y los rakshasas, temible, de terribles hechos, deseosos cada uno de la muerte del otro. Y guerreros llenos de gran ánimo, saltando, caían a la tierra, con los cuerpos y las manos hendidos y todas sus figuras bañadas en sangre. Y algunos, acercándose unos a otros con garrotes en las manos, sin volver la espalda al campo, se disparaban diversas armas. Y se oyeron sonidos de árboles, rocas y armas, poderosos y temibles y capaces de infundir terror al corazón. Y temibles y poderosos eran los sonidos de las ruedas de los carros, las caracolas, las trompetas y los tambores. Y algunos, arrojando las armas, se trabaron en combate cuerpo a cuerpo por medio de bofetadas, patadas, huesos y árboles. Y algunos rakshasas, con los cuerpos rotos, fueron muertos por medio de muslos, y otros fueron aplastados con peñascos por danavas invencibles en la batalla. Y Vajradanshtra, semejante al Destructor que lleva el lazo en la mano, espantando a los monos, recorría aquel campo, fatal para las gentes. Y rakshasas poseedores de fuerza, equipados con diversas armas, arrebatados por la pasión, mataron a las fuerzas de los monos. Y entonces, en el conflicto, el orgulloso hijo del dios del Viento, movido por una doble ira, sembró el estrago entre las filas de los rakshasas, como el Fuego en la disolución universal. Y el enérgico Angada, poseedor del poderío de un león, con los ojos cobrizos de ira, levantando un árbol, comenzó a sembrar terrible destrucción entre los rakshasas, así como un león destruye a pequeños ciervos. Y atacados allí por Angada, los rakshasas de temible vigor, con la cabeza hendida, cayeron como árboles arrancados. Y la tierra se volvió espantosa (de contemplar), cubierta de carros variados, estandartes, corceles, cuerpos de monos y de rakshasas, y corrientes de sangre. Y adornado con cadenas, keyuras, atavíos y sombrillas, el campo de batalla parecía una noche de otoño. Y agitado por el ímpetu de Angada, aquel poderoso ejército de rakshasas comenzó a temblar, así como el agua tiembla movida por el viento.

Section 54

Hallando su propio ejército destruido por el poder de Angada, el sumamente poderoso rakshasa Vajradanshtra fue vencido por la ira. Y tensando su temible arco, del esplendor del rayo de Sakra, comenzó a derramar flechas entre las filas de los monos. Y los primeros de los heroicos rakshasas, apostados en carros, provistos de diversas armas, siguieron también guerreando en el encuentro. Y también los heroicos monos, primeros de su especie, con rocas en las manos, combatieron por todo el contorno con fuerza unida. Y en aquel conflicto, los rakshasas comenzaron a derramar sin cesar ayutas sobre la flor del ejército de monos. Y los monos, sobremanera valientes y semejantes a elefantes enloquecidos, seguían derramando sobre los rakshasas árboles de montaña y poderosas rocas. Y entonces tuvo lugar una ardiente contienda entre los heroicos monos y rakshasas que guerreaban, ansiosos de encuentro. Y algunos, con la cabeza intacta, tenían los brazos y las piernas desgarrados, y los cuerpos traspasados de armas y lavados en sangre. Y monos y rakshasas yacían en el polvo, lleno de multitudes de kankas y buitres, y que hervía de bandadas de chacales. E infundiendo espanto a los tímidos, se levantaron sobre la tierra troncos sin cabeza (espectrales), con los brazos y las cabezas arrancados y los cuerpos desgarrados por todas partes. Y monos y rakshasas comenzaron a caer a la tierra. Y el ejército de los vagabundos de la noche, brutalmente tratado por las huestes de los monos, se deshizo por todas partes a la vista misma de Vajradanshtra. Y viendo a los rakshasas afligidos de espanto y acosados por los monos, el poderoso Vajradanshtra, con los ojos carmesíes de cólera, entró en la arena, arco en mano, espantando a las fuerzas de los monos. Y comenzó a traspasar a los monos con flechas de vuelo recto aladas con plumas de kanka; y traspasó a la vez a siete, ocho, nueve y cinco monos (en el campo). Y el sumamente poderoso Vajradanshtra, arrebatado por una pasión altísima, comenzó a hender las dóciles filas. Y entonces, aterrorizados, los monos, con los cuerpos cortados por las flechas, se precipitaron hacia Angada, como buitres que acuden al Creador. Y hallando desordenadas las filas de los monos, el hijo de Vali, enfurecido, puso los ojos en Vajradanshtra, que también lo miraba. Y Vajradanshtra y Angada combatieron ferozmente una y otra vez, recorriendo el campo como un tigre y un elefante enloquecido. Entonces (Vajradanshtra), con centenares y millares (de flechas) semejantes a lenguas de llama, traspasó en las partes vitales al poderoso hijo del mono. Entonces el hijo de Vali, de poderosa fuerza y tremendo poderío, con el cuerpo cubierto de sangre por todas partes, arrojó un árbol contra Vajradanshtra. Y viendo el árbol a toda carrera, el rakshasa, sin mostrar agitación alguna, lo cortó en pedazos; y el árbol, así atacado, cayó a la tierra. Y viendo aquella hazaña de Vajradanshtra, aquel primero de los monos, tomando un enorme peñasco, lo arrojó (contra su enemigo) y lanzó gritos. Y viéndolo caer sobre él, aquel poderoso, saltando tranquilamente de su vehículo, se quedó de pie en el suelo. Y el peñasco disparado por Angada, siguiendo su curso en el campo, hizo pedazos el carro junto con las ruedas y el kuvara, así como los caballos. Y entonces el mono, tomando otra prodigiosa cima coronada de árboles, la dejó caer sobre la cabeza de Vajradanshtra. Entonces, vomitando sangre, Vajradanshtra, privado de sus sentidos, vencido por un momento por el estupor, se quedó abrazando su maza, suspirando. Y entonces el vagabundo de la noche, recobrando sus sentidos, con su maza, con gran ira, golpeó en el pecho al hijo de Vali, que se quedaba en el campo. Y entonces, dejando su maza, entró en un encuentro a puñetazos (con Angada). E hiriéndose mutuamente allí, ambos, el mono y el rakshasa, comenzaron a vomitar sangre y fueron vencidos por la fatiga consiguiente a la paliza que cada uno recibió; y ellos, ricamente dotados de poderío, parecían Angaraka y Budha. Entonces el sumamente enérgico Angada, el mejor de los monos, arrancando un árbol, se quedó allí, cubierto de flores y hojas. Y (Vajradanshtra) tomó un escudo hecho de piel de asno y una espada ancha y vistosa, cubierta de campanillas y adornada con una vaina de cuero. Y el mono y el rakshasa desplegaron primorosos y elegantes movimientos. Y atacándose mutuamente, lanzaban gritos, ansiosos de victoria. Y con la sangre que fluía de sus heridas, parecían hermosos como kinsukas en flor. Y guerreando, ambos, vencidos por la fatiga, cayeron al suelo de rodillas. Al punto, en un abrir y cerrar de ojos, aquel poderoso mono, Angada, se levantó de un salto, con los ojos encendidos, como una serpiente que ha sido golpeada con una vara. Y (por fin), con su espada sin mancha y afilada, el hijo de Vali, dotado de excesiva fuerza, cortó la enorme cabeza de Vajradanshtra. Y la hermosa cabeza de aquel que tenía el cuerpo cubierto de sangre, cortada por la espada, cayendo al suelo con los ojos girando, quedó partida en dos. Viendo muerto a Vajradanshtra, los rakshasas, abrumados de temor y sumamente agitados, en lastimoso estado, con rostros desconsolados y las cabezas gachas de vergüenza, huyeron hacia Lanka, atacados (todo el tiempo) por los monos. Habiendo logrado la destrucción de Vajradanshtra, el poderoso hijo de Vali, dotado de excesiva fuerza, en medio del ejército de monos sintió gran alegría al ser honrado por los monos, como el que blande el rayo, el de mil ojos, rodeado de los celestiales.

Section 55

Al oír que Vajradanshtra había sido muerto por el hijo de Vali, Ravana dijo al general de sus fuerzas, que estaba ante él con las manos juntas: «Que marchen invencibles rakshasas de temible poderío, poniendo delante de ellos a Akampana, diestro en todas las armas y proyectiles. Es capaz de castigar a los enemigos así como de proteger a los suyos y conducirlos; y es excelente en la guerra. Y siempre desea mi prosperidad, y siempre ama la guerra. Vencerá a los Kakutsthas, así como a Sugriva, dotado de excesiva fuerza, y sin duda matará a todos los demás temibles monos». Tomando la orden de Ravana, aquel sumamente poderoso, dotado de veloz vigor, ordenó aquellas fuerzas. Entonces, equipados con diversas armas, los primeros de los rakshasas, de ojos temibles (en la cabeza) y de formas temibles, marcharon, impulsados por su general. Y subiendo a un gran carro adornado de oro bruñido, Akampana, poseedor del esplendor de las nubes, del color de las nubes y provisto de una voz semejante al rugido de las nubes, salió rodeado de rakshasas de formas terribles. Y Akampana, semejante al sol en poder, era imposible de hacer temblar en la lucha por los dioses mismos, y de ser contemplado por ellos. Y mientras, ardiendo por la batalla, se lanzaba fuera con ira, los corceles que tiraban de su carro perdieron de repente su energía. Y el ojo izquierdo de aquel que se deleitaba en el encuentro comenzó a palpitar. Y su semblante palideció, y su voz vaciló. Y en un día hermoso, este pareció feo, con el viento soplando ásperamente. Y bestias y aves feroces y espantosas comenzaron a lanzar gritos. Y aquel de hombros de león, semejante a un tigre en poderío, sin hacer caso de estos sucesos ominosos, marchó al campo. Y mientras aquel rakshasa partía junto con los rakshasas, lanzó poderosos rugidos, como si agitara el abismo. Y el poderoso ejército de monos fue presa del temblor ante aquel sonido. Y entonces tuvo lugar un poderoso encuentro de los rakshasas y los monos equipados, que se mantenían en la lucha con árboles y rocas, que habían abandonado toda preocupación por sí mismos en favor de Rama y de Ravana. Y deseoso cada bando de matar al otro, los monos y los rakshasas eran sumamente fuertes y heroicos y semejantes a montañas. Y acometiéndose cada partido, en aquel conflicto se oyeron fuertes gritos lanzados con ira por aquellos de veloz carrera. Y temible era el polvo de color rojo que levantaban sin cesar los monos y los rakshasas; y envolvió los diez puntos cardinales. Y en el campo de batalla, envueltos cada uno en aquel polvo levantado, pálido como la seda, no podían ser descubiertos por el otro. Y a consecuencia de aquel polvo que se levantaba, no se podía ver ni estandarte, ni bandera, ni escudo, ni corcel, ni arma, ni carro. Y solo se oían en aquella temible batalla los feroces gritos de los que rugían y se precipitaban; pero sus formas no eran visibles a la vista. Y en aquel conflicto, en la oscuridad, los monos enfurecidos mataban entonces monos, y los rakshasas, rakshasas. Y monos y rakshasas, matando (indistintamente) a amigos y enemigos, dejaron la tierra mojada de sangre y fangosa. Y entonces con lluvias de sangre se asentó el polvo; y la tierra quedó cubierta de cadáveres. Y rakshasas y monos se mataban rápida y vigorosamente unos a otros con árboles y dardos, mazas y prasas, rocas, garrotes y tomaras, y por medio de sus brazos, semejantes a garrotes, se enfrentaban a sus adversarios, que parecían colinas. Y en el encuentro los monos mataron a rakshasas de temibles hechos. Y a su vez los rakshasas, arrebatados por la pasión, llevando en las manos prasas y tomaras, destruyeron monos que blandían armas terribles. Y aquel jefe de la fuerza, Akampana, airándose, infundió alegría a todos los rakshasas, dotados de temible vigor. Y los monos, arrebatando por la fuerza las armas (de los rakshasas), comenzaron a hender a los rakshasas con poderosos árboles y peñascos gigantes. Entretanto aquellos héroes entre los monos, Kumuda, Nila y el sumamente exasperado Mainda, reunieron el máximo ímpetu del que eran dueños. Y aquellos primeros de los monos y temibles y hábiles guerreros comenzaron sin mucho esfuerzo a hacer toda una matanza en la vanguardia del ejército de los rakshasas, y por medio de diversas armas batieron terriblemente a los rakshasas.

Section 56

Y presenciando aquella poderosa hazaña de los primeros de los monos, Akampana se puso furioso de ira. Y arrebatado por la pasión, él, haciendo vibrar su poderoso arco, viendo aquella hazaña de su enemigo, se dirigió a su auriga, diciendo: «Oh auriga, conduce velozmente el carro a aquel mismo lugar. Estos poderosos están matando a innumerables rakshasas en la lucha. Y todos aquellos vigorosos monos de temibles hechos se quedan delante de mí, armados de árboles y rocas. A esos, que se jactan en exceso de su valía marcial, me propuse matarlos en la batalla. Y toda esta fuerza de rakshasas pareció estar acosada por ellos». Entonces, en un carro tirado por corceles en marcha, Akampana atacó desde lejos a los monos con lluvias de flechas. Y entonces los monos no pudieron ni siquiera mantenerse en el campo; ¿cómo iban a combatir? Y quebrantados por las flechas de Akampana, comenzaron a huir. Y el sumamente fuerte Hanuman, viendo a los suyos caer bajo el señorío de la Muerte y seguir el curso que llevaban las flechas de Akampana, avanzó (al conflicto). Y viendo a aquel poderoso mono, todos aquellos heroicos primeros de los monos rodearon juntos (a Hanuman) en el campo. Y aquellos mejores de los monos, viendo a Hanuman quedarse firme, se fortalecieron confiando en aquel fuerte. Y así como el gran Indra derrama la lluvia, Akampana derramó flechas sobre Hanuman, semejante a una cumbre de montaña en grandeza. Y sin dedicar un pensamiento a las lluvias de flechas derramadas sobre su cuerpo, aquel mono dotado de excesiva fuerza puso su corazón en lograr la muerte de Akampana. Y riendo, aquel sumamente enérgico vástago del dios del Viento se lanzó tras aquel rakshasa, como si hiciera temblar a la Tierra misma. Y la forma de aquel que rugía y llameaba de energía era irresistible, semejante al aspecto de un fuego llameante. Y pensando que no estaba provisto de arma alguna, aquel primero de los monos, airándose, arrancó con vehemencia una colina. Y tomando aquella enorme colina, el hijo del dios del Viento, dotado de poderío, lanzando un tremendo rugido, comenzó a hacerla girar con un solo brazo. Y así como antaño Purandara había perseguido en el encuentro a Namuchi con el rayo, (Hanuman) persiguió a aquel mejor de los rakshasas, Akampana. Y Akampana, viendo aquel peñasco levantado, lo cortó desde lejos con poderosas flechas en forma de media luna. Y hallando aquella cima de montaña cortada por las flechas del rakshasa y esparcida en pedazos, Hanuman fue presa de una poderosa ira. Y aquel mono, arrebatado de rabia y orgullo, agarrando un asvakarna elevado como una colina, lo arrancó al punto. Y tomando aquel asvakarna de ancho tronco, aquel dotado de gran esplendor lo hizo girar con gran júbilo sobre el suelo. Y entonces, precipitándose con vehemencia, (Akampana) rompió prontamente los árboles. Y (viendo esto), Hanuman, arrebatado por la pasión, hendió la tierra con sus patadas. Y Hanuman mató elefantes y a sus jinetes, y carros con sus ocupantes, y temibles rakshasas, y soldados de a pie. Y viendo al enfurecido Hanuman, semejante al Acabador, armado de árboles y destructor, los rakshasas comenzaron a huir rápidamente. Y viendo a aquel enfurecido, terrible para los rakshasas, el heroico Akampana se agitó grandemente y lanzó gritos. Y Akampana traspasó a Hanuman, dotado de excesivo poderío, con catorce flechas afiladas y capaces de hender los cuerpos de las gentes. Y así cubierto de flechas de hierro y dardos aguzados, aquel héroe, Hanuman, parecía una colina cubierta de árboles. Y aquel de enorme cuerpo, dotado de maravilloso poderío y gran fuerza, parecía un asoka en flor o un fuego sin humo. Y entonces, arrancando otro árbol, (Hanuman), reuniendo su mejor ímpetu, golpeó velozmente en la cabeza a Akampana, primero de los rakshasas. Y muerto con aquel árbol por aquel jefe de los monos de alma elevada, arrebatado por la pasión, aquel rakshasa cayó y murió. Y viendo muerto (y tendido) en el suelo a aquel primero de los rakshasas, Akampana, los rakshasas se afligieron extremadamente y (parecían) árboles en un terremoto. Y aquellos rakshasas derrotados, dejando atrás sus armas, se dirigieron con temor a Lanka, perseguidos por los monos. Y con el cabello suelto, (los rakshasas), afligidos de espanto, descorazonados y batidos, huyeron rápidamente, con el agua de la fatiga corriendo por sus cuerpos. Y aplastándose unos a otros, entraron en la ciudad presos de pánico, mirando atrás a cada momento. Cuando los rakshasas hubieron entrado en Lanka, los sumamente poderosos monos, reunidos, rindieron homenaje a Hanuman. Y Hanuman, dotado de fuerza, honró a los mayores a cada uno según merecía en consideración de su linaje. Y los monos, ansiosos de victoria, gritaron con todas sus fuerzas y comenzaron a arrastrar a los rakshasas con el propósito de quitarles la vida. Y aquel poderoso mono, hijo del dios del Viento, habiendo destruido a los rakshasas y llegado (en medio de la hueste), alcanzó gloria heroica, así como lo hizo Vishnu habiendo matado a aquel destructor de enemigos, el poderoso y temible asura poseedor de excesiva fuerza, apostado en la vanguardia de las fuerzas. Y entonces las deidades, y Rama mismo, y el sumamente poderoso Lakshmana, y también los monos encabezados por Sugriva, y Vibhishana, dotado de gran fuerza, honraron a aquel mono.

Section 57

Al oír que Akampana había sido muerto, el señor de los rakshasas, abrumado de ira, con el rostro algo abatido, puso los ojos en sus consejeros. Y entonces, meditando y reflexionando un rato, recorrió por la mañana la ciudad de Lanka para inspeccionar los cuarteles. Y el rey inspeccionó la ciudad guardada por los rakshasas, cubierta de innumerables cuarteles y coronada de estandartes y banderas. Y viendo la ciudad sitiada, Ravana, señor de los rakshasas, habló oportunamente palabras de bienestar a Prahasta, diestro en la lucha: «Salvo la batalla, no hallo salvación para la ciudad, sitiada de repente y puesta en aprietos. Y este esfuerzo deben soportarlo estos versados en la guerra: yo, o Kumbhakarna, o tú, mi general, o Indrajit, o Nikumbha. Y por tanto, desde este lugar, tomando prontamente esta fuerza, marcha adonde están los monos, para asegurar la victoria (en el encuentro). Y en cuanto partas, las fuerzas de los monos, oyendo los rugidos de los principales rakshasas, poniéndose prontamente en movimiento, huirán. Y volubles, altivos y de mente inconstante, los monos no podrán soportar tus gritos, así como los elefantes son incapaces de soportar el rugido de un león. Y huyendo aquel ejército de monos, Rama, en compañía del hijo de Sumitra, privado de su poder y despojado de apoyo, caerá, oh Prahasta, bajo tu dominio. En este asunto tu muerte es incierta, pero la victoria es cierta. Ahora, puesto que sopesas nuestro bienestar, declárate a favor o en contra de este curso». Así interpelado por Ravana, Prahasta, general de las fuerzas, dijo al jefe de los rakshasas, como Usanas al dirigirse al señor de los asuras: «Oh rey, antes de esto habíamos deliberado junto con sabios consejeros, y entonces disputamos entre nosotros en nuestras respectivas opiniones. Y yo me había declarado a favor de entregar a Sita, como cosa cargada de nuestro bienestar; y vimos la guerra implicada en retenerla. Siempre he sido honrado por usted de diversas maneras con dones, consideración y palabras suaves. ¿Y cuál es su bien por el que no me tomaré el trabajo? No me cuido de conservar la vida, ni tampoco a mis hijos ni a mi esposa. ¡Mire! Por usted ofreceré mi vida en el fuego sacrificial del conflicto». Habiendo dicho esto a su amo, Ravana, el general Prahasta se dirigió a sus generales, que estaban ante él, diciendo: «Traigan en seguida la poderosa hueste de rakshasas. Hoy, en el campo de la lucha, agasajaré a las aves carnívoras del bosque con los cuerpos de los enemigos muertos por mis irresistibles flechas». Al oír su discurso, los sumamente poderosos jefes ordenaron el ejército en aquella morada del rakshasa. Y en un momento Lanka hirvió de heroicos y terribles rakshasas equipados con diversas armas, como de elefantes, así como de gentes que adoraban al Fuego y se inclinaban ante los brahmanes. Y sopló la brisa perfumada, cargada del incienso de las ofrendas sacrificiales. Y los rakshasas, inspirados de ardor marcial, se pusieron diversas guirnaldas consagradas con fórmulas escriturales, y se vistieron sus armaduras. Y provistos de sus arcos y vistiendo sus armaduras, los rakshasas, al ver al rey Ravana, dejando (sus vehículos), se quedaron de pie rodeando a Prahasta. Entonces, saludando al monarca, Prahasta, provisto (de todos los aparejos de la batalla), haciendo sonar su temible trompeta, subió a su carro, que tenía toda clase de armas, uncido con corceles maravillosamente veloces, conducido por un competente auriga, excelentemente provisto, que lanzaba sonidos semejantes al retumbar de poderosas masas de nubes, semejante al Sol o a la Luna mismos, invencible, con un estandarte de serpiente, que tenía una defensa así como una parte sumamente hermosa, enrejado de oro por todo el contorno, y que parecía reír de gracia. Y entonces, subiendo a este carro, Prahasta, a quien Ravana había confiado la autoridad, rodeado de una vasta hueste, salió velozmente de Lanka. Y entonces se oyeron los sonidos de los timbales, semejantes a los rugidos de Parjanya, y los sonidos de los instrumentos musicales, como si llenaran la Tierra. Y al marchar aquel general de las fuerzas, se oyeron (por todas partes) sonidos de caracolas; y los rakshasas de formas temibles y cuerpos enormes, yendo delante de Prahasta, avanzaron lanzando tremendos rugidos. Y Narantaka, Kumbhahanu, Mahanada y Samunnata, todos ellos consejeros de Prahasta, siguieron adelante, rodeándolo. Y salió por la entrada Oriental, rodeado de esta formación sumamente temible, semejante a tropas de elefantes. Y semejante al Destructor, Yama mismo, Prahasta salió con ira, rodeado de aquella poderosa hueste semejante al mar. Y ante el tumulto levantado por su salida, así como por los rugidos de los rakshasas, todas las criaturas de Lanka comenzaron a gritar con tonos sobrenaturales. Y hormigueando bajo el firmamento sin nubes, las aves que se dan un festín de carne y sangre comenzaron a girar a la derecha del carro. Y temibles chacales, lanzando llamas vivas por la boca, lanzaron gritos. Y las estrellas comenzaron a caer del firmamento; y los vientos a encresparse. Y airados unos con otros, los cuerpos planetarios quedaron despojados de su brillo. Y nubes que lanzaban agudos sonidos derramaron sangre sobre el carro, y los que marchaban delante quedaron lavados con ella. Y posándose en lo alto del estandarte, un buitre lanzó gritos, de cara al sur, y comenzó a picotear ambos lados, privando así (a Prahasta) de su gracia. Y de las manos de su auriga, el conductor de los corceles, nunca dado a volver la espalda al campo, comenzó a caer el aguijón una y otra vez. Y la auspiciosidad, que era brillante y rara cuando partió el ejército, se fue por completo en un momento; y los corceles comenzaron a tropezar en terreno llano. Y mientras marchaba Prahasta, de renombrada valía y valor, el ejército de monos, equipado con diversas armas, se presentó ante él. Y fuerte fue el tumulto levantado por los monos. Y poderoso fue el estruendo que se oyó de aquellos que arrancaban árboles y tomaban pesados peñascos, de los rakshasas que rugían y de los monos que acometían, en ambos ejércitos alborozados de rakshasas y de los que recorren los bosques, de guerreros vehementes y hábiles, ansiosos de matarse unos a otros y que se desafiaban a la lucha. Y como un insecto que cae en una llama, el malvado Prahasta, para obtener la victoria, acrecentando su ímpetu, entró en aquella hueste del rey de los monos.

Section 58

Viendo salir a Prahasta, dispuesto para el encuentro, aquel sometedor de enemigos, Rama, dijo sonriendo a Vibhishana: «¿Quién es este de enorme cuerpo que, armado de ímpetu, avanza al encuentro? ¿Y cómo son su poder y su poderío? Oh de brazos poderosos, dime esto acerca de este poderoso vagabundo de la noche». Al oír las palabras de Raghava, Vibhishana respondió: «En Lanka, este es el general del señor de los rakshasas, el rakshasa llamado Prahasta, rodeado de un tercio de las fuerzas. Es poseedor de poderío y de distinguida gallardía». Y aquel poderoso ejército de monos fuertes, arrebatado de ira y rugiendo contra Prahasta, lo vio temible, de terrible poderío y de enorme cuerpo, rodeado por todos lados por los rakshasas, y lanzando rugidos, marchando. Y los rakshasas, deseosos ansiosamente de victoria, persiguieron a los monos, blandiendo espadas, dardos y rishtis, y jabalinas, flechas, mazas, porras, garrotes, prasas, diversas hachas y primorosos arcos. Y los monos por su parte, ansiosos de encuentro, tomaron árboles en flor, colinas y enormes y anchos peñascos. Y acercándose cada partido al otro, grande fue el encuentro que tuvo lugar. E innumerables (monos y rakshasas) siguieron derramando rocas y flechas. Y muchos rakshasas en el conflicto mataron a más de un poderoso mono, y los monos por su parte mataron a más de un rakshasa. Y unos fueron traspasados con dardos y con (otras) armas poderosas; y otros fueron heridos con garrotes; y otros fueron tajados con hachas. Y unos, privados de sentido, cayeron a la tierra; y otros, heridos con armas, tuvieron el pecho hendido. Y otros, partidos en dos con espadas, cayeron a la tierra sin vida. Y los monos fueron tajados en los costados por heroicos rakshasas. Y multitudes de rakshasas por todo el contorno fueron abatidos al suelo por monos enfurecidos con árboles y cimas de montaña. Y algunos, duramente heridos con bofetadas que tenían el tacto del rayo, comenzaron a vomitar sangre por la boca, con los rostros y los ojos pálidos. Y grande fue el estruendo que se levantó a consecuencia de los rakshasas y los monos que lanzaban gritos de aflicción y rugidos leoninos. Y monos y rakshasas, arrebatados de ira, dedicados a pisar el sendero de los héroes, de aspecto terrible con los rostros moviéndose de un lado a otro, ejecutaron hazañas de intrépido valor. Y Narantaka, Kumbhahanu, Mahanada y Samunnata, todos consejeros de Prahasta, se pusieron a matar a los que recorren los bosques. De estos, que hacían veloz estrago entre los monos, Dvivida, tomando una cima de montaña, mató a uno, a saber, Narantaka. Y entonces el mono Durmukha, levantándose de nuevo, armado de un poderoso árbol, mató al rakshasa de mano ligera, Samunnata. Y Jambavan, dotado de energía, enfureciéndose, levantando un peñasco gigante, lo descargó sobre el pecho de Mahanada. Y atacado allí prontamente por Tara con un poderoso árbol, el poderoso Kumbhahanu entregó el alma en el conflicto. Y no tolerando aquella hazaña, Prahasta, montado en un carro, tomando un arco en la mano, se puso a sembrar un temible estrago entre los que recorren los bosques. Y entonces allí las dos huestes se mezclaron casi en un torbellino; y los sonidos que se levantaron de aquellos enfurecidos de poder inconmensurable se asemejaban al rugido del océano. Y en el terrible encuentro el enfurecido rakshasa, irresistible en la batalla, puso a los monos en grave aprieto con lluvias de flechas. Y la tierra quedó cubierta del todo de los terribles cuerpos de monos y rakshasas; y parecía como si estuviera cubierta de montañas. Y la tierra, empapada de corrientes de sangre, parecía hervir de palasas en flor en el mes de la primavera. Y así como los jefes de las manadas de elefantes cruzan un estanque de lotos cubierto de polvo de loto, aquellos rakshasas y monos escogidos cruzaron aquel río que fluía en el campo del conflicto, imposible de cruzar, que tenía por orillas huestes de guerreros heroicos muertos; por sus poderosos árboles, brazos rotos; por su volumen de aguas, lluvias de sangre; que corría hacia Yama, semejante al Océano; con hígados y bazos por su vasto limo; con entrañas esparcidas por su musgo; con cuerpos y cabezas hendidos por sus peces; miembros por sus prados; lleno de buitres por sus cisnes; con kankas por sus grullas; lleno de grasa que representaba su espuma; con los rugidos (de los guerreros) por sus sonidos; imposible de cruzar para los cobardes, y semejante a un verdadero río que hierve al fin de las lluvias de grullas y cisnes. Entonces, de repente, Nila vio a Prahasta apostado en su carro, disparando andanadas de flechas y acosando con ellas a los monos. Y montado en un vehículo brillante como el sol, aquel jefe del ejército, Prahasta, viendo a Nila avanzar hacia él con ímpetu en el encuentro, como el viento que en el cielo dispersa una poderosa masa de nubes, se lanzó hacia Nila. Y aquel jefe de las fuerzas, Prahasta, primero de los arqueros, tensando su arco, comenzó a derramar flechas sobre Nila. Y habiendo traspasado duramente a Nila y habiéndolo herido, aquellas flechas buscaron la tierra como serpientes enfurecidas. Y aquel poderoso mono, Nila, dotado de energía, herido por aquellas flechas afiladas semejantes a llamas, arrancando un árbol, atacó con él al irreprimible Prahasta, que se lanzaba contra él. Y entonces aquel primero de los rakshasas, al ser atacado, encendiéndose de furia y lanzando rugidos, derramó lluvias de flechas sobre el jefe de los monos. Y no pudiendo resistir las andanadas de flechas de aquel rakshasa de mente malvada, (Nila) las soportó, así como un toro soporta con los ojos cerrados un aguacero otoñal que cae rápidamente. Y de la misma manera Nila, con los ojos cerrados, aguantó de repente la poderosa acometida de flechas de Prahasta, imposible de resistir. Y arrebatado de ira, el sumamente fuerte y poderoso Nila, con un gigantesco sala, mató a los corceles de Prahasta. Y entonces, con el alma rebosante de ira, Nila rompió velozmente el arco de aquel de mente malvada, y luego gritó una y otra vez. Privado de su arco, Prahasta, general de las fuerzas, tomando una terrible maza, saltó abajo de su carro. Y los temibles jefes, dotados de actividad, que se tenían hostilidad mutua, con los cuerpos bañados en sangre, se quedaron (en el suelo) como dos elefantes (con las sienes) hendidas. Y se desgarraban mutuamente con los dientes como un león y un tigre, y también se esforzaban como un león y un tigre. Y dotados de vigor victorioso, aquellos héroes, que nunca sabían desistir de la lucha, estaban ansiosos de fama, así como Vritra y Vasava (combatiendo). Y entonces Prahasta, poniendo su más caro esfuerzo, golpeó a Nila en las sienes con una maza; y la sangre comenzó a fluir. Y entonces el poderoso mono, con el cuerpo empapado en sangre, arrebatado por la pasión, disparó un alto árbol contra el pecho de Prahasta. Y sin hacer caso de aquel golpe, él, tomando una poderosa maza, se lanzó furiosamente contra el mono Nila. Y viendo a aquel enfurecido (héroe) lanzarse contra él con excesivo ímpetu, aquel temible mono, dotado de vehemencia, tomó un tremendo peñasco. Y en el encuentro Nila dejó caer al punto aquel peñasco justo sobre la cabeza de Prahasta, ansioso de encuentro y que combatía con la maza. Y arrojado por aquel primero de los monos, aquel enorme y terrible peñasco destrozó entonces en pedazos la cabeza de Prahasta. Y entonces, privado de vida, despojado de nervio y sin sentido, cayó de repente a la tierra como un árbol cuyas raíces han sido cortadas. Y así como las fuentes fluyen de las laderas de una colina, la sangre fluyó profusamente del cuerpo de aquel cuya cabeza había sido hendida. Muerto Prahasta por Nila, aquel poderoso ejército de rakshasas, que nunca temblaba (de miedo), se retiró hacia Lanka. Y como las aguas que se precipitan (por una brecha en) un dique, los rakshasas no pudieron mantenerse firmes, muerto su jefe. Y muerto aquel cabeza de las huestes, los rakshasas, descorazonados, dirigiéndose a la residencia del señor de los rakshasas, permanecieron sumidos en sus pensamientos, sin decir nada. Y sumidos en aquel mar de pena, parecían como si hubieran sido privados de sus sentidos. Y entonces el sumamente poderoso y victorioso Nila, jefe de las fuerzas, al ser ensalzado con corteses oficios y al unírsele Rama y Lakshmana, se mostró sumamente alborozado.

Section 59

Y muerto en la batalla el jefe de la hueste de los rakshasas por el primero de los monos, aquel ejército del monarca de los rakshasas, semejante al océano en violencia, provisto de temibles armas, comenzó a escabullirse. Y yendo al señor de los rakshasas, le informaron de la muerte de su general a manos del vástago del dios del Fuego. Y al oír aquellas palabras suyas, el señor de los rakshasas fue vencido por la ira. Y al oír que Prahasta había sido muerto en la batalla, (él), agitado por la pasión, con el corazón movido por el dolor, se dirigió a aquellos primeros de las huestes de los rakshasas, así como Indra se dirige a los jefes de los celestiales, diciendo: «Ya no debe desdeñarse a aquel enemigo que ha matado, junto con sus seguidores y elefantes, a aquel jefe de mis huestes que había destruido las fuerzas de Indra mismo. Por tanto, sin pararme a pensar, para lograr la destrucción del enemigo, marcharé yo mismo a aquel maravilloso campo de la lucha. Y hoy, así como un fuego llameante quema un bosque, quemaré con lluvias de flechas aquel ejército de monos, y a Rama y a Lakshmana». Diciendo esto, aquel enemigo del soberano de los inmortales subió a un vehículo llameante de deslumbrante brillo, uncido con hileras de excelentes corceles, que se mostraba gloriosamente y tenía un cuerpo resplandeciente. Y ensalzado con himnos sagrados, el soberano de los gobernantes de los rakshasas partió entonces al son de caracolas, trompetas y panavas, y en medio de los sonidos producidos por quienes se golpeaban los brazos con las manos, y de los sonidos de desafío y los rugidos leoninos. Y como aquel señor de los inmortales, Rudra, rodeado de fantasmas, el primero de los monarcas de los rakshasas estaba rodeado de bandas de (rakshasas) devoradores de carne, semejantes a riscos y nubes, con los ojos encendidos como el fuego. Y saliendo al punto de la ciudad, aquel dotado de gran energía vio aquella feroz formación de monos, extendida como el océano o una poderosa masa de nubes, con los brazos levantados con rocas y piedras. Y viendo aquella terrible hueste de rakshasas, aquel eminentemente auspicioso, seguido de las fuerzas, que tenía brazos semejantes al señor de las serpientes, Rama, habló a Vibhishana, primero de los que llevan armas: «¿De quién es esta fuerza provista de diversas banderas y estandartes, y equipada con prasas, espadas, dardos y otras armas, compuesta de (rakshasas) intrépidos, y que tiene elefantes semejantes al Mahendra mismo?». Entonces, al oír el discurso de Rama, Vibhishana, poseedor del poderío de Sakra mismo, informó a Rama acerca de aquella primera de las huestes, compuesta de la flor de los rakshasas de alma elevada, diciendo: «Oh rey, sepa usted que aquel es Akampana, que, poseedor de un alma elevada, está sobre el lomo de aquel elefante, cuyo rostro parece el sol recién salido, y que se acerca haciendo temblar la cabeza de su elefante (con el esplendor de su persona). Y aquel se llama Indrajit, primero en virtud del don (que ha obtenido), que, subido a un carro y con un león por estandarte, hace vibrar su arco como el arco mismo de Sakra desplegado, y que con sus terribles dientes redondos parece un elefante. Y aquel de figura gigantesca se llama Atikaya, que, semejante a la colina Poniente del Vindhya, provisto del arco y apostado en un carro, sumamente heroico, tensa su arco de proporciones sin igual. Y aquel héroe de alma elevada se llama Mahodara, que, provisto de ojos bien cobrizos semejantes al sol recién salido, y subido a un carro sonoro con el sonido de las campanas, grita agudamente. Y aquel que tiene la vehemencia del rayo es Pisacha, que, montado en un corcel con variados jaeces de oro, y que tiene el aspecto de una masa de nubes del atardecer o de una montaña, (aparece) con un prasa provisto de resplandor. Y aquel es el famoso Trisiras, que, empuñando un dardo afilado dotado del esplendor del relámpago y que tiene la velocidad del trueno por ministro, se acerca montado en un toro, el mejor de su especie, y que tiene el aspecto de la Luna misma. Y aquel que parece una masa de nubes, que, con un pecho ancho y hermoso y un estandarte coronado por el rey de las serpientes, va con porte sereno tensando su arco, es Kumbha. Y aquel es Nikumbha, de maravillosas hazañas valerosas (en la batalla), que, empuñando un garrote llameante y humeante, adornado de oro y diamantes, viene, verdadera bandera de toda la hueste de los rakshasas. Y aquel es Narantaka, que combate con cimas de montaña, que aparece ante nosotros montado en un carro llameante como el fuego, provisto de gallardetes y equipado con arcos, espadas y flechas. Y aquel que aplasta la altivez aun de los celestiales, que, rodeado de diversos espectros de formas temibles, con caras de tigres, o de camellos, o de poderosos elefantes, o de ciervos, o de caballos, y con los ojos girando, donde brilla la blanca sombrilla semejante a la Luna, adornada de delgadas varillas, el soberano de los rakshasas, de alma elevada, aparece como Rudra mismo rodeado de espectros; el soberano de los rakshasas, adornado con una diadema, con el semblante adornado de pendientes colgantes, con una figura semejante a aquel monarca de las montañas, el Vindhya mismo, aquel que humilla el orgullo de Indra el Grande y de Yama, brilla como el Sol». Entonces Rama, sometedor de enemigos, respondió a Vibhishana, diciendo: «¡Ay! Ravana, señor de los rakshasas, es de esplendor sumamente resplandeciente; y Ravana brilla en gloria, y es imposible de mirar como el Sol mismo. Y no puedo ver claramente su gracia, envuelta en su propio esplendor. Y las personas de los celestiales parecen espléndidas como lo es la persona del jefe de los rakshasas. Y todos los guerreros de aquel de alma elevada son como montañas y combaten con peñascos; y todos están equipados con armas llameantes. Y rodeado de resplandecientes fantasmas de formas temibles y de aspecto feroz, provistos de moradas materiales, el rey de los rakshasas parece imponente como el Destructor mismo. Y por fortuna hoy el de mente malvada ha llegado al alcance de mi vista; y hoy desahogaré mi ira nacida del rapto de Sita». Habiendo dicho esto, Rama, dotado de poderío, siempre seguido de Lakshmana, se quedó de pie, tomando su arco y sacando una poderosa flecha. Y entonces aquel señor de los rakshasas, de alma elevada, se dirigió a aquella poderosa hueste, diciendo: «Desechando el temor, quédense tranquilos en las puertas, las calzadas y los edificios (de Lanka). Advirtiendo este descuido, a saber, que todos ustedes han venido aquí conmigo, los que recorren los bosques, en masa, sometiendo la ciudad vacía, imposible de resistir, pondrán de repente (a todos) en aprietos». Entonces, dejando a aquellos consejeros, (Ravana), habiéndose marchado los rakshasas conforme a su mandato, se zambulló en aquel océano de monos, como un pez poderoso que se zambulle en las olas del abismo desbordante. Y viendo al señor de los rakshasas, provisto de un arco llameante y de flechas, lanzarse de repente, el rey de los monos, arrancando una poderosa cima de montaña, se lanzó contra el soberano de los rakshasas. Y tomando aquella cima de montaña, con las laderas cubiertas de innumerables árboles, la arrojó contra el vagabundo de la noche. Y viéndola caer velozmente, (Ravana) la cortó en la batalla por medio de flechas de pomo de oro. Y al caer a la tierra, partida en pedazos, aquella gigantesca cima provista de hermosas laderas llenas de árboles, el señor de los rakshasas tomó una flecha semejante a una poderosa serpiente y que tenía el esplendor del Destructor mismo. Y tomando aquella flecha dotada de la vehemencia del viento, llameante como un fuego encendido y que tenía el ímpetu del rayo del gran Indra, (Ravana) la arrojó con ira para lograr la destrucción de Sugriva. Y así como el feroz dardo disparado por Guha había traspasado al Krauncha, aquella flecha disparada por Ravana, lanzándose con violencia contra Sugriva, poseedor de un cuerpo que tenía el tacto del rayo de Sakra, lo traspasó. Entonces, atormentado por la flecha, aquel héroe, con los sentidos turbados, cayó al suelo dando alaridos. Y viéndolo caído en la tierra, privado de sus sentidos, los yatudhanas se llenaron de regocijo. Y entonces Gavaksha y Gavaya, Sushena, Rishabha, Jyotirmukha y Nala, arrancando peñascos y agrandando sus cuerpos, se lanzaron contra el señor de los rakshasas. Y el señor de los rakshasas, con centenares de flechas de puntas afiladas, dejó sin fruto sus golpes. Y entonces hendió a aquellos primeros de los monos con lluvias de flechas de variados pomos de oro, y cubrió aquellas feroces filas de monos con redes de flechas. Y duramente atacados y cayendo en consecuencia, aquellos héroes, los monos, traspasados con terribles flechas y afligidos por las flechas de Ravana, lanzando gritos, buscaron el amparo de Rama, digno de ser buscado. Entonces el excelente arquero de alma elevada, Rama, tomando su arco, salió al punto. Y entonces Lakshmana, acercándose a Rama, con las manos juntas le dirigió palabras de primera importancia: «Oh noble, yo solo soy apto para lograr la destrucción de este de mente malvada. Yo lo mataré. Permítemelo, oh amo». A él respondió Rama, de excesiva energía, cuyo poder era la verdad: «Ve, pues, oh Lakshmana, y pon tus máximos esfuerzos en el encuentro. Ravana está en verdad dotado de poderosa energía, y su poderío en la batalla es maravilloso. Sin duda, cuando está enfurecido, es imposible de soportar para este triple mundo. Vigila sus fallos así como deberías vigilar tus propias faltas. Estando siempre alerta, debes protegerte con los ojos tanto como con el arco». Al oír el discurso de Raghava, el hijo de Sumitra, abrazando a Rama, saludándolo y presentándole sus respetos, salió a la batalla. Y (yendo al campo) halló a Ravana, dotado de brazos semejantes a las trompas de los elefantes, blandiendo su temible y llameante arco y cubriendo con lluvias de flechas a aquellos monos cuyos cuerpos habían estado hirviendo de flechas. Y viendo a Ravana, el sumamente poderoso Hanuman, hijo del dios del Viento, resistiendo aquel aguacero de flechas, lo acometió con vehemencia. Y llegando a su carro, el inteligente Hanuman, levantando su brazo derecho y aterrorizando a Ravana, dijo: «Imposible de matar por dioses, danavas o gandharvas, yakshas o rakshasas, el Temor te ha encontrado (por fin), viniendo aun de los monos. Este brazo derecho mío, levantado, provisto de cinco dedos, te robará el alma, largo tiempo residente (en tu cuerpo)». Al oír el discurso de Hanuman, Ravana, poseedor de temible poderío, con los ojos enrojecidos de ira, dijo estas palabras: «Golpea rápido, a pesar del temor, y adquiere renombre duradero. Y, oh mono, habiendo tomado (primero) la medida de tu poder, acabaré contigo». Al oír las palabras de Ravana, el vástago del dios del Viento dijo: «¡(Primero) acuérdate de tu hijo Aksha, muerto por mí!». Así interpelado, el sumamente enérgico señor de los rakshasas, poseedor de poderío, dio una bofetada al vástago del dios del Viento. Y herido por su bofetada, él se tambaleó por un momento. Y deteniéndose un momento y reuniendo fortaleza, aquel de gran alma administró una bofetada al enemigo de los inmortales. Y golpeado por el mono de alma elevada, el de diez cuellos tembló, como tiembla una montaña durante un terremoto. Y presenciando a Ravana golpeado con una bofetada (por Hanuman), los santos, los siddhas, los celestiales y los asuras gritaron de júbilo. Entonces, obteniendo un poco de respiro, Ravana dijo: «Bien hecho, oh mono. En poderío eres un enemigo del que me enorgullezco». Así interpelado por Ravana, el hijo del dios del Viento dijo: «¡Maldición sobre mi poderío, pues todavía respiras, oh Ravana! Golpea a la vez, oh perverso. ¿Por qué fanfarroneas? Y entonces mi golpe te despachará a las mansiones de Yama». Y ante el discurso del hijo del dios del Viento, su ira se encendió. Y entonces aquel dotado de poderío, apretando cuidadosamente su puño derecho, lo dejó caer con ímpetu sobre el pecho del mono. Y golpeado en su espacioso pecho, Hanuman se tambaleó una y otra vez. Y viendo abrumado al poderoso Hanuman, aquel poderoso guerrero de carro, subido en su carro, se acercó a Nila. Y el poderoso señor de los rakshasas, el de diez cuellos, puso en llamas a aquel general de las fuerzas, Nila, con temibles flechas que penetraban en las partes vitales, semejantes a serpientes. Y atacado con flechas, Nila, jefe de los monos, con un solo brazo tomó una cima de montaña y la arrojó contra el señor de los rakshasas. Y el enérgico Hanuman, de espíritu elevado, obteniendo respiro, ansioso de encuentro, viendo (la lucha entre el rakshasa y el mono), arrebatado de ira, dijo: «No me conviene atacar a Ravana, señor de los rakshasas, trabado con Nila». Y el sumamente poderoso Ravana, por medio de siete flechas de puntas afiladas, golpeó la cima de montaña; y hecha añicos, cayó (a la tierra). Y viendo destrozada aquella cima de montaña, aquel general de las fuerzas de los monos, matador de héroes enemigos, se encendió de ira como el fuego en el naufragio universal. Y en aquel encuentro Nila disparó árboles asvakarna, y salas, y mangos en plena flor, y diversos otros árboles. Y Ravana, alcanzando los árboles, los cortó (por medio de sus flechas) y derramó sobre el hijo del dios del Fuego terribles lluvias de flechas. Y atacado con espantosas lluvias de flechas como con una masa de nubes, aquel dotado de eminente fuerza, disminuyendo sus dimensiones, cayó sobre lo alto del estandarte de Ravana. Y viendo al hijo del dios del Fuego descender sobre lo alto de su estandarte, Ravana se encendió de ira, y Nila gritó (ante ello). Y viendo al mono (ora) en lo alto del estandarte, y (ora) en la punta de su arco, y (ora) en la cimera de su tiara, Lakshmana, Hanuman y Rama quedaron atónitos. Y también Ravana, dotado de excesiva energía, asombrado de la ligereza del mono, tomó una maravillosa arma ígnea llameante. Y los monos, viendo a Ravana desconcertado, y alegres por ello, lanzaron gritos. Y Ravana, enfurecido por los gritos de los monos, con el corazón abrumado de agitación, no pudo aplicarse a esfuerzo alguno. Y entonces, tomando una flecha ígnea y poniéndola en su arco, el vagabundo de la noche miró a Nila. Y el sumamente enérgico señor de los rakshasas dijo: «Oh mono, en virtud de tu destreza en la ilusión estás provisto de ligereza. Pero, oh mono, si puedes, conserva tu vida. Te transformas en muchas formas. Sin embargo, esta flecha mía, disparada de mi arma, privará de la vida a ti, que la estás conservando». Habiendo dicho esto, Ravana de brazos poderosos, señor de los rakshasas, ajustando su flecha en el arco, la disparó contra el general. Y Nila, herido en el pecho por aquella flecha que había sido disparada (por Ravana), ardiendo, cayó de repente a la tierra. Y en virtud de la grandeza de su padre y también de su propia energía, cayó a la tierra de rodillas, pero no fue privado del todo de la vida. Y viendo al mono privado de sus sentidos, el de diez cuellos, ansioso de encuentro, montado en un carro que lanzaba un estruendo semejante al retumbar de las nubes, se lanzó contra el hijo de Sumitra. Y entrando en la arena de la lucha y apostado allí, llameante, el poderoso señor de los rakshasas, burlando (al enemigo), seguía tensando su arco. Y mientras aquel de poderío inconmensurable seguía tensando su arco, el hijo de Sumitra, de temple infatigable, se dirigió a él, diciendo: «Oh señor de los vagabundos de la noche, ponme hoy a prueba en el encuentro. No debes esforzarte contra los monos». Y al oír el discurso de Saumitri, pronunciado a plena voz, así como los terribles chasquidos de la cuerda de su arco, aquel rakshasa, el rey, acercándose al hijo de Sumitra, que se quedaba en el campo, le habló con ira: «Oh hijo de Raghu, por mi fortuna has llegado al alcance de mi vista tú, de sentido perverso, hallando tu destino. En este mismo instante, atormentado por los lazos de mis flechas, te dirigirás a las regiones de la Muerte». Entonces el hijo de Sumitra, sin dejarse abrumar por el asombro (al presenciar el poderío de Ravana), se dirigió a aquel provisto de dientes grandes y agudos, que lanzaba rugidos: «Oh rey, los que están (realmente) dotados de poderío no se encolerizan con bravatas. Oh príncipe de los pecadores, en vano te jactas. Oh señor de los rakshasas, conozco tu poderío, tu fuerza, tu energía y tu vigor. Aquí estoy apostado, arco y flechas en mano. Ven. ¿De qué sirve la vanagloriosa alabanza de sí mismo?». Así interpelado, el monarca de los rakshasas, airándose, disparó siete flechas provistas de pomos. Entonces Lakshmana las partió con flechas de punta aguda que tenían variados pomos de oro. Y cortadas ellas de repente como poderosas serpientes tajadas, el señor de Lanka cayó bajo el dominio de la pasión y disparó otras flechas aguzadas. Y el hermano menor de Rama derramó lluvias de flechas de su arco; y, plantándose en su puesto, cortó aquellas flechas (de su adversario) por medio de navajas, medias lunas, excelentes karnas y dardos. Y viendo sin efecto sus redes de flechas, aquel enemigo de los celestiales, el rey, fue presa del asombro, y de nuevo disparó flechas afiladas. Y también Lakshmana, semejante a Indra el Grande, poniendo en su arco flechas aguzadas, de punta aguda, llameantes y luminosas, dotadas del temible y vehemente ímpetu del rayo, (las) disparó para lograr la destrucción del señor de los rakshasas. Y entonces el soberano de los rakshasas cortó aquellas flechas aguzadas; e hirió a Lakshmana en la frente con una flecha semejante en energía al Fuego del día del juicio, que le había sido conferida por el Existente por sí mismo. Y Lakshmana, torturado por la flecha de Ravana, se tambaleó, sosteniendo flojamente su arco; y entonces, recobrando la conciencia después de sufrir extrema agonía, cortó el arco del enemigo del primero de los celestiales. Y habiendo cortado el arco de Ravana, el hijo de Dasaratha (le) hirió con tres flechas de punta aguda. Y el rey, escocido por las flechas, recobró a duras penas la conciencia. Y el enemigo de los inmortales, de terrible poder, con el arco cortado, herido él mismo de flechas, el cuerpo cubierto de grasa y lavado en sangre, tomó un dardo que le había conferido el Existente por sí mismo. Y el soberano de los rakshasas y su señor arrojó en aquel encuentro contra el hijo de Sumitra el dardo, semejante a un fuego humeante, que lanzaba llamas vivas e infundía terror a los monos. Y mientras seguía su curso, el hermano menor de Bharata lo resistió con flechas semejantes a una llama sacrificial. Aun así, el dardo penetró en el ancho brazo del hijo de Dasaratha. Y herido por el dardo, aquel héroe del linaje de Raghu, aunque poseedor de fuerza, quedó ardiendo. Y el rey lo agarró al punto con los brazos, a él, que había sido privado de sus sentidos. Pero el que con sus brazos podía blandir el Himavan, o el Mandara, o el Meru, o el triple mundo mismo junto con los inmortales, no pudo (con toda su fuerza) levantar al hermano menor de Bharata. Y herido en el pecho por el dardo de Brahma, el hijo de Sumitra recordó que él era en verdad una porción de Vishnu mismo. Y oprimiendo con fuerza al hijo de Sumitra, aquel que humillaba la altivez de los daityas, aquella espina en el costado de los celestiales, no pudo moverlo (de su sitio). Y entonces el vástago del dios del Viento, airándose, se lanzó contra Ravana y, abrumado de ira, le golpeó en el pecho con su puño cerrado, semejante al rayo. Y golpeado (por Hanuman), Ravana, señor de los rakshasas, cayó al suelo de rodillas, y se tambaleó y cayó a la tierra. Y la sangre brotó a chorros de sus bocas, sus ojos y sus brazos; y tambaleante y sin sentido, se sentó en la plataforma de su carro. Y quedó insensible, con los sentidos perdidos; y no sabía dónde estaba. Y viendo a Ravana, dotado de terrible poderío, quedar insensible en el encuentro, los santos, los monos y los dioses con los asuras lanzaron gritos. Y entonces el enérgico Hanuman, tomando a Lakshmana, maltrecho por Ravana, lo llevó con sus brazos ante Raghava. Y aunque imposible de mover por los enemigos, (Lakshmana), a causa de la amistad del vástago del dios del Viento así como de la alta reverencia en que lo tenía Hanuman, se volvió sumamente ligero para el mono. Y entonces aquel dardo, abandonando al hijo de Sumitra, vencido en la lucha, buscó de nuevo su lugar en el carro de Ravana. Y el sumamente poderoso Ravana, recobrando la conciencia en aquel temible encuentro, tomó flechas aguzadas y empuñó un poderoso arco. Y aquel acabador de enemigos, Lakshmana, recobró el ejercicio de sus sentidos y tuvo toda su persona perfectamente sanada, al recordar que él era en verdad parte y porción de Vishnu mismo. Y presenciando el poderoso ejército de los monos y los temibles héroes abatidos en el conflicto, Raghava se lanzó contra Ravana. Entonces, acercándose a él, Hanuman le dijo: «Le corresponde a usted, subido a mi espalda, castigar al enemigo, así como Vishnu castiga a los enemigos de los inmortales montado en Garutman». Al oír las palabras pronunciadas por Hanuman, Raghava subió al punto sobre aquel gigantesco mono; y aquel señor de los hombres contempló a Ravana en la batalla. Y viéndolo, aquel sumamente poderoso se lanzó contra Ravana, así como el enfurecido Vishnu se había lanzado contra el hijo de Virochana, levantando sus armas. E hizo vibrar agudamente la cuerda de su arco, que sonaba como el terrible estallido del trueno; y entonces, con tono solemne, Rama se dirigió al señor de los rakshasas, diciendo: «¡Detente, detente, tú que me has hecho tal agravio! ¿Adónde dirigiéndote, oh poderoso rakshasa, alcanzarás respiro? Aunque buscaras a Yama, o a Indra, o al Sol, hijo de Vivasvat, o al Nacido de sí mismo, o al dios del Fuego, o a Sankara mismo, o fueras a los diez puntos cardinales en diez porciones, aun así, recurriendo a ellos, no alcanzarías la salvación. Y (Lakshmana), saliendo a la lucha, ha sido herido con el dardo y de repente ha quedado aturdido. Pero, oh rey de los rakshasas, hoy en el conflicto la Muerte te reclamará como suyos a ti, a tus hijos y a tus nietos. Por mí, con mis flechas, han sido muertos catorce mil rakshasas que residían en Janasthana, que blandían excelentes armas». Al oír las palabras de Raghava, el sumamente fuerte señor de los rakshasas, abrumado por una poderosa ira, recordando la enemistad pasada, con flechas ardientes semejantes al fuego de la Perdición hirió en el encuentro al sumamente impetuoso vástago del dios del Viento, que llevaba a Raghava. Y aunque herido y resistido por el rakshasa con flechas, la energía de aquel, dotado por naturaleza de poderío, aumentó grandemente. Y el sumamente enérgico Rama, al ver a aquel primero de los monos herido por Ravana, fue dominado por la ira. Y Rama, trabándose con su enemigo, por medio de puntas de flecha aguzadas hizo pedazos su carro junto con las ruedas y los corceles, el estandarte, la sombrilla y el majestuoso gallardete, así como con el auriga, los rayos, los dardos y las espadas. Y entonces, así como el reverendo Indra hiende el Meru con su rayo, (Raghava) hirió velozmente el espacioso y bien formado pecho de Ravana con una flecha semejante al vajra y al rayo. Y aquel rey héroe, que no había sentido escozor ni se había tambaleado bajo el ímpetu del vajra y del rayo, atacado por la flecha de Rama y atormentado en consecuencia, se tambaleó y soltó su arco. Y viéndolo abrumado, Rama tomó una llameante media luna, y con ella cortó al punto la tiara brillante como el sol del soberano de los rakshasas, de alma elevada. Y Rama, en el encuentro, se dirigió al señor de los rakshasas, semejante a una serpiente privada de veneno, despojado de su esplendor, como el sol envuelto (en bruma), sin su gracia acostumbrada y con toda su tiara hendida, diciendo: «Has llevado a cabo (en la batalla) altas y temibles hazañas, y has matado también (en el conflicto) a mis principales héroes. Y por eso sé que estás fatigado. Y por esta razón no te llevaré con mis flechas a la puerta de la Muerte. Vete. Sé que estás agotado por la lucha. Por tanto, oh rey de los vagabundos de la noche, entra en Lanka. Habiendo tenido un poco de respiro, sal en tu carro junto con tus arqueros. Después, montado en tu carro, contemplarás mi poder». Y así interpelado, el rey, con su orgullo y su alegría derrotados, con el arco cortado, muertos sus corceles y su auriga, escocido él mismo por las flechas y con la corona astillada, entró prontamente en Lanka. Y al entrar (en Lanka) aquel enemigo de las deidades y los danavas, el potente señor de los vagabundos de la noche, Rama dejó sanos a los monos junto con Lakshmana en aquel feroz conflicto. Y ante la derrota de aquel enemigo de los inmortales, los celestiales y los asuras, los fantasmas y los puntos cardinales, y todas las poderosas serpientes junto con los océanos y las criaturas que habitan la tierra y el agua, se sintieron sumamente alegres.

Section 60

Y entrando en la ciudad de Lanka, el rey, afligido por el temor a las flechas de Rama, con su orgullo humillado, sufría grandes tormentos. Y vencido por Raghava, de alma elevada, el rey se asemejaba a un elefante derrotado por un león o a una serpiente derrotada por Garuda. Y recordando las flechas de Raghava, semejantes a un cometa levantado en el naufragio universal y del esplendor del relámpago vivo, el jefe de los rakshasas se afligió. Y sentado en un soberbio asiento de oro, Ravana, mirando a los rakshasas, habló: «En verdad todo el austero ascetismo que he practicado no sirve para nada, pues aunque semejante al temible Indra, he sido vencido por un mortal. Y también vuelve a mi memoria esta terrible palabra de Brahma: “Sabe que tu temor viene de un ser humano. Eres imposible de matar por deidades y danavas, gandharvas, yakshas, rakshasas y serpientes. Pero no has pedido inmunidad frente a los hombres”. Y tengo a este mismo hijo de Dasaratha por la ocasión de mi temor. Y antaño fui maldecido por aquel señor del linaje de Ikshvaku, Anaranya, que dijo: “Oh el peor de los rakshasas, nacerá en mi linaje una persona que, oh de mente malvada, te matará en la batalla junto con tus hijos, cortesanos, fuerzas, caballos y aurigas”. Y fui también maldecido por Vedavati, que antaño fue ultrajada por mí. Y ella ha nacido (acaso) como la excelsa hija de Janaka. Y lo que también habían pronunciado Uma, Nandisvara, Rambha y la hija de Varuna se ha cumplido. Y teniendo esto en cuenta, deben esforzarse (hasta lo sumo). Y que los rakshasas sean apostados en las puertas, las calzadas y las murallas. Y despierten a aquel destructor del orgullo de las deidades y los danavas, Kumbhakarna, dotado de gravedad sin igual, abrumado por la maldición de Brahma». Y viéndose vencido y muerto también Prahasta, aquel rakshasa dotado de temible poder dio sus órdenes a aquella espantosa fuerza: «Guarden vigilantes las puertas y suban a la muralla. Y despierten a Kumbhakarna, caído bajo el dominio del sueño. Y privado de sus sentidos por la concupiscencia, duerme seguro. Y el rakshasa duerme a veces nueve, siete, diez u ocho meses seguidos. De poder inconmensurable, ha dormido nueve meses. Y primero de todos los rakshasas en la lucha, aquel de largos brazos matará prontamente a los monos así como a los príncipes. Es una verdadera bandera en la batalla, y la corona de todos los rakshasas. Pero, entregado al placer vulgar, Kumbhakarna, con los sentidos aturdidos, duerme siempre. He sido vencido en feroz lucha por Rama; pero despertado Kumbhakarna, mi pena se irá. Si él no me ayuda en tan alto peligro, ¿qué haré con su fuerza, semejante a la fuerza de Sakra mismo?». Al oír el discurso del señor de los rakshasas, los rakshasas, afanándose, fueron a la morada de Kumbhakarna. Y requeridos por Ravana, aquellos que se alimentan de carne y sangre partieron apresuradamente, llevando perfumes, guirnaldas y una masa de alimento. Y entrando en la encantadora cueva de Kumbhakarna, que tenía una amplia puerta y medía un yojana, que exhalaba alrededor perfumes de flores, aquellos sumamente poderosos, empujados por el aliento de Kumbhakarna, con la máxima energía que pudieron reunir se mantuvieron firmes y entraron en la cueva. Y entonces, entrando en aquella encantadora cueva de suelos pavimentados de oro y gemas, aquellos nairritas dotados de gran fuerza vieron tendido a aquel de temible poderío. Y entonces se pusieron juntos a despertar al dormido Kumbhakarna, que parecía una colina extendida, y sumido en profundo sueño; con el vello del cuerpo erizado; tendido; como una serpiente que suspira; haciendo rodar a las gentes con su poderoso aliento; reposando; poseedor de temible poderío; de enorme nariz; de una figura vasta como la esfera inferior; tendido a lo largo; que olía a grasa y sangre; adornado con angadas de oro; y que llevaba una diadema dotada del esplendor del Sol. Y (ellos) vieron a aquel sometedor de enemigos y primero de los nairritas, Kumbhakarna. Y entonces amontonaron animales semejantes al Meru para conferirle rara satisfacción, y montones de ciervos, búfalos y jabalíes. Y los rakshasas hicieron un asombroso montón de arroz. Y entonces los enemigos de los inmortales pusieron ante Kumbhakarna jarras de sangre y diversas clases de alimento, y untaron a aquel sometedor de enemigos con excelente sándalo, y le hicieron aspirar perfumes y el aroma de las guirnaldas. E hicieron (el lugar) abundante en el incienso de dhupa, y ensalzaron a aquel que hiere a los enemigos. Y entonces los yatudhanas rugieron aquí y allá como nubes. Y soplaron caracolas que brillaban como la luna. Y ellos, imposibles de batir, gritaron en pleno coro. Y los vagabundos de la noche gritaron y se golpearon los brazos con las manos y comenzaron a tirar de él. Y para despertar a Kumbhakarna, poderoso fue el estruendo que levantaron. Y al oír aquellos fuertes sonidos de caracolas, tambores y panavas, y los que salían de las gentes que se golpeaban los brazos con las manos, y los rugidos leoninos, que se precipitaban por todos lados y hendían los cielos mismos, las aves cayeron de repente. Y cuando el dormido Kumbhakarna, de alma elevada, no despertó con aquel terrible tumulto, los rakshasas tomaron bhusundis y mazas. Y entonces los rakshasas, acercándose, golpearon en el pecho a Kumbhakarna, que dormía dulcemente, con cimas de montaña, mazas y porras. Pero los rakshasas no podían quedarse ante Kumbhakarna a causa del huracán que levantaba su aliento. Entonces, ciñéndose la ropa (a la cintura), aquellos rakshasas de temible poderío hicieron sonar mridangas y panavas, caracolas y kumbhas. Y diez mil rakshasas juntos rodearon a aquel semejante a un montón de colirio azul oscuro y se pusieron a despertarlo. Pero aunque atacado con gritos y herido con armas, no despertó. Y cuando no lograron despertarlo, se esforzaron más que nunca. Y entonces lo golpearon con caballos y camellos, mulas y serpientes, varas, látigos y garfios, y con todas sus fuerzas hicieron sonar timbales, caracolas y mridangas. Y le golpearon el cuerpo con innumerables enormes bloques de madera. Y reuniendo su más cara energía, le dieron golpes con mazas y porras. Y con aquel poderoso estruendo, toda Lanka se llenó, con sus bosques y colinas; aun así él no despertó. Y entonces hicieron sonar a la vez mil timbales golpeados con palillos de oro bruñido. Y caído bajo el dominio de la maldición, cuando aquel sumido en el sueño no despertó, los vagabundos de la noche se arrebataron de ira. Y vencidos por la cólera, ellos, dotados de temible poderío, se aplicaron vigorosamente a despertarlo; y otros pusieron su energía. Y otros golpearon los timbales, y otros lanzaron fuertes gritos. Y otros le cortaron el cabello, y otros le mordieron las orejas. Y otros le vertieron en los oídos mil vasijas de agua. Pero Kumbhakarna, caído bajo el hechizo de un poderoso sueño, no parpadeó. Y otros, fuertes, armados de puñales (kutas) y mazas, hicieron caer sus puñales y mazas sobre su cuerpo. Y herido con sataghnis atadas con cuerdas, aquel de enorme cuerpo no despertó. Y entonces, cuando mil elefantes se lanzaron contra su cuerpo, recobrando la conciencia, despertó. Y atacado con cimas de montaña y árboles que caían sobre su cuerpo, él, sin hacer caso de aquellos tremendos golpes, disipado el sueño, se levantó de repente, bostezando, sufriendo las punzadas del hambre. Y entonces aquel vagabundo de la noche, semejante a un elefante, o a una serpiente, o a una cima de montaña, agitando sus brazos, superiores en fuerza al rayo mismo, y abriendo su boca deforme, semejante a la de una mula, bostezó (una y otra vez). Y mientras bostezaba, su boca, semejante a las regiones subterráneas, parecía el Sol apostado en la cumbre del Meru. Y aquel vagabundo de la noche, poseedor de una fuerza descomunal, despertó bostezando. Y el aliento que respiraba se asemejaba a una tormenta que se desata en una montaña. Y entonces, al incorporarse, la forma de Kumbhakarna pareció la del Destructor mismo en el naufragio universal, resuelto a consumir a todas las criaturas. Y los grandes ojos de aquel, semejantes a una llama viva y dotados del esplendor del relámpago, parecían un par de planetas resplandecientes. Y entonces le señalaron todos aquellos montones de alimentos, diversos y abundantes, osos y búfalos, y aquel poderoso (rakshasa) se puso a comer. Y hambriento, se alimentó de carne, y sediento, bebió sangre. Y entonces aquel enemigo de Sakra bebió vasijas llenas de grasa y sangre. Y juzgando que estaba harto, los vagabundos de la noche se acercaron; e inclinando la cabeza, se quedaron rodeándolo por todos lados. Y entonces, con los ojos descoloridos y caídos por la somnolencia, él, mirando alrededor, se dirigió a aquellos vagabundos de la noche. Y aquel primero de los nairritas animó a todos aquellos nairritas; y sorprendido de haber sido despertado, habló a los rakshasas: «¿Por qué, siendo honrado, he sido despertado por ustedes? ¿Le va bien al rey? ¿O ha surgido aquí algún temor? ¿O se ha presentado en verdad un gran temor venido de otros, por el cual he sido prontamente despertado por ustedes? Hoy mismo arrancaré del todo el temor del soberano de los rakshasas. Partiré al gran Indra mismo, o haré que el Fuego mismo abandone su calor. No se despierta a uno como yo por una causa ligera. Por tanto, díganme la verdadera causa por la que me han despertado». Entonces un ministro del rey, llamado Yupaksha, con las manos juntas, dijo a aquel humillador de enemigos, Kumbhakarna, arrebatado de ira, que así hablaba: «Ningún temor nos viene de modo alguno de las Deidades. Pero, oh rey, un gran temor nos atraviesa, viniendo de un mortal. Y nunca nos ha venido temor de modo alguno de daityas o danavas como el que ha llegado de un hombre, oh rey. Esta Lanka ha sido cercada por monos semejantes a montañas. Y terrible es el terror que viene aun de Rama, abrasado por el fuego que brota del rapto de Sita. Antes de esto, un solo mono quemó esta espléndida ciudad. Y el príncipe Aksha ha sido muerto junto con su séquito y sus elefantes. Y aquella espina en el costado de las deidades, aquel señor de los rakshasas, el hijo de Pulastya mismo, ha sido dejado libre en el conflicto por Raghava, dotado del esplendor del Sol, que le dijo: “Vete”. Y lo que ni los dioses, ni los daityas, ni tampoco los danavas habían hecho al rey, lo ha hecho Rama; y él ha sido dejado libre, habiendo llegado a un trance que ponía en peligro su vida». Al oír el discurso de Yupaksha y al oír de la derrota de su hermano, Kumbhakarna, con los ojos girando, le habló, diciendo: «Hoy, oh Yupaksha, después de vencer en la batalla al ejército de monos junto con Lakshmana y Raghava, veré a Ravana. Y regalaré a los rakshasas con la carne y la sangre de los monos, y yo mismo beberé la sangre de Rama y Lakshmana». Al oír sus palabras, mientras hablaba así altivamente, con su espíritu de insolencia muy acrecentado, aquel primero de los soldados nairritas, Mahodara, con las manos juntas, observó: «Oh de largos brazos, habiendo oído primero las palabras de Ravana y considerado su justicia o lo contrario, después derrotará usted al enemigo en la lucha». Al oír las palabras de Mahodara, el sumamente enérgico y poderoso (Kumbhakarna), rodeado de los rakshasas, se dispuso a partir. Y habiendo despertado de su sueño a aquel de terrible poderío y ojos temibles, los rakshasas llegaron prontamente a la residencia del de diez cuellos. Y presentándose ante el de diez cuellos, sentado en un soberbio asiento, todos los vagabundos de la noche hablaron con las manos juntas: «Oh señor de los rakshasas, su hermano Kumbhakarna ha sido despertado. ¿Marchará desde allí, o lo verá usted venir aquí?». Entonces Ravana, complacido, habló a aquellos rakshasas que se habían presentado: «Deseo verlo aquí, y hónrenlo debidamente». Entonces, diciendo «Así sea», los rakshasas, dirigidos por Ravana, volviendo, hablaron a Kumbhakarna: «Aquel primero de todos los rakshasas, el rey, desea verlo a usted. Disponga, pues, su ida, y alegre a su hermano». Y el irreprimible Kumbhakarna, poseedor de prodigioso poderío, al saber el mandato de su hermano, diciendo «Así sea», se levantó de su lecho. Y lavándose la cara y habiéndose bañado, aquel, sintiéndose refrescado y gozando de un excesivo júbilo de espíritu, deseoso de beber, apremió (a los rakshasas) a traer el trago que da nervio. Y entonces los rakshasas, por orden de Ravana, procuraron prontamente vino y diversas clases de manjares. Y habiendo bebido dos mil vasijas (de vino), se dispuso a ir. Y ligeramente hinchado y encendido, Kumbhakarna, alcanzando un aumento de fuerza y de fuego, se airó, y se asemejó a la Perdición y al Destructor, Yama mismo. Y caminando a zancadas hacia la residencia de su hermano, respaldado por la fuerza de los rakshasas, Kumbhakarna sacudió la tierra con su paso. E iluminando la calzada con el esplendor de su persona, como el (Sol) de mil rayos que descubre la tierra con sus rayos, (Kumbhakarna) siguió adelante, ceñido alrededor por manos juntas semejantes a guirnaldas, como Satakratu yendo a la morada del Nacido de sí mismo. Y viendo de repente a aquel matador de enemigos de poderío inconmensurable, semejante a una cumbre de montaña, que andaba por las calzadas, los que recorren los bosques, apostados fuera (del campamento de los monos), junto con los jefes de las bandas, fueron presa del espanto. Y entonces unos buscaron el amparo de Rama, digno de ser buscado así; y otros, heridos (de pánico), cayeron a la tierra; y otros, sufriendo (de temor), huyeron hacia los puntos cardinales; y otros, por la fuerza (de la aprensión), se tendieron en el suelo. Y viendo a aquel semejante a una verdadera cima de montaña, adornado con una diadema, que parecía tocar el Sol mismo con su energía, de altura colosal y maravilloso de contemplar, los que recorren los bosques, atormentados por el espanto, comenzaron a escabullirse por todos lados.

Section 61

Y entonces el sumamente enérgico Rama, poseedor de poderío, tomando su arco, vio a Kumbhakarna, de enorme cuerpo y adornado con una diadema. Y viendo a aquel primero de los rakshasas, que parecía una montaña, que llenaba todos los cielos como antaño lo había hecho Narayana, semejante a nubes cargadas de lluvia y adornado con angadas de oro, el poderoso ejército de monos comenzó a huir a toda velocidad. Viendo escabullirse al ejército y crecer al rakshasa, Rama, lleno de sorpresa, dijo a Vibhishana: «¿Quién es aquel de ojos leonados, adornado con una diadema y que parece una colina? Y en Lanka el héroe parece una masa de nubes que encierra relámpagos. Y él solo parece un estandarte de la Tierra; y al verlo los monos se lanzan de aquí para allá. Dime quién es, si un rakshasa o un asura. Mis ojos nunca antes se habían posado en su igual». Interpelado por el hijo del rey, Rama de hechos incansables, el sumamente sabio Vibhishana dijo al Kakutstha: «Aquel por quien en la batalla fueron vencidos el vástago de Vivasvat y Vasava mismo, este es él, el maravillosamente poderoso Kumbhakarna, hijo de Visrava. No hay rakshasa que iguale a este en tamaño. Oh Raghava, este en la batalla ha abatido por millares a danavas, yakshas, serpientes, devoradores de carne, gandharvas, vidyadharas y pannagas. Los inmortales mismos, teniendo al de dardo en mano y ojos feroces, Kumbhakarna, poseedor de gran fuerza, por el Destructor mismo, fueron abrumados por el estupor y vieron frustrados sus esfuerzos por matarlo. El sumamente poderoso Kumbhakarna es poderoso por naturaleza; la fuerza de otros temibles rakshasas se debe a los dones que obtuvieron. En cuanto nació este de alma elevada y era un niño de pecho, comenzó a devorar incontables criaturas por millares. Y devoradas estas, las criaturas, afligidas por el espanto consiguiente a haber sido devoradas aquellas, buscaron el amparo de Sakra y le dijeron lo que había sucedido. Y entonces el gran Indra, airándose, hirió a Kumbhakarna con el rayo aguzado. Y golpeado por el rayo de Sakra, aquel (héroe) de alma elevada se tambaleó, y con ira lanzó rugidos. Y al oír los rugidos del rakshasa Kumbhakarna mientras seguía gritando, las criaturas, presas del temor, se agitaron grandemente. Y entonces, enfurecido con el gran Indra, el poderoso Kumbhakarna, arrancando un colmillo de Airavata, lo arrojó contra el pecho de Vasava. Y con la sangre desbordando su cuerpo, Vasava parecía en llamas. Y entonces, de repente, los dioses, los brahmarshis y los danavas se descorazonaron. Y entonces informaron al señor de las criaturas acerca de los estragos de Kumbhakarna, e informaron a los dioses de que Kumbhakarna devoraba criaturas, destruía ermitas y ultrajaba a las esposas ajenas: “Si este devora criaturas sin cesar, en poco tiempo el mundo quedará vacío de ellas”. Al oír el discurso de Vasava, el Gran Padre de todos llamó a los rakshasas y vio a Kumbhakarna (ante sí). Y viendo a Kumbhakarna, Prajapati fue presa de un temor sumamente grande. Y entonces, apaciguando a Kumbhakarna, el Nacido de sí mismo se dirigió a él, diciendo: “En verdad has sido engendrado por Paulastya para lograr la destrucción de las criaturas. Por tanto, desde este día yacerás como uno que está muerto”. Herido por la maldición de Brahma, Kumbhakarna cayó ante el Señor. Entonces, sumamente agitado, Ravana dijo: “Usted tala un árbol de oro cuando está a punto de dar fruto. Oh señor de las criaturas, no debe usted maldecir así a su propio nieto. Sus palabras nunca quedarán en nada; dormirá, sin duda. Pero señale usted un tiempo para su sueño y otro para su despertar”. Al oír el discurso de Ravana, el Nacido de sí mismo dijo: “Habiendo dormido seis meses, despertará por un día. Y por un solo día aquel héroe, cayendo bajo el influjo del hambre, recorrerá la tierra, abriendo bien la boca y devorando a las gentes como un fuego que se ha extendido a lo largo y a lo ancho”. Y ahora el rey Ravana, aterrado por el poderío de usted, cercado por el peligro, ha despertado a Kumbhakarna. Y aquel héroe de temible poderío, arrebatado de alta ira, saliendo de su campamento, corre por todas partes comiendo monos. Y en cuanto los monos ven a Kumbhakarna, huyen. ¿Y cómo pueden resistir en la batalla al enfurecido Kumbhakarna? Diga usted a los monos que esto es una máquina levantada. Así tranquilizados, los monos cobrarán ánimo». Al oír las palabras de Vibhishana, informadas por la razón y que tendían al bien (de los monos), Raghava se dirigió entonces al general Nila, diciendo: «Que ustedes, monos, equipados con armas y con cimas de colina en las manos, y provistos de cumbres de montaña, árboles y rocas, se queden ocupando las calzadas y los puentes». Así instruido por Raghava, aquel poderoso mono, Nila, general de las fuerzas, dio en consecuencia sus órdenes a las huestes de los monos. Y entonces Gavaksha, Sarava, Hanuman y Angada, dotados ellos mismos del esplendor de las cumbres de montaña, tomando cimas de montaña, se dirigieron hacia la puerta. Y al oír las palabras de Rama, los heroicos monos, inspirados de intrepidez, cayeron ferozmente sobre el enemigo con árboles. Y entonces aquel temible ejército de monos, levantando peñascos y con árboles en las manos, parecía poderosas masas de nubes ceñudas que bordean una montaña.

Section 62

Y aquel rakshasa semejante a un tigre, poseedor de poderío, (todavía) bajo el influjo del sueño, caminó a zancadas por la pintoresca calzada. Y aquel sumamente invencible, rodeado de millares de rakshasas, siguió adelante, rociado de flores desde las casas (que había al paso). Y entonces vio la grandiosa y elegante residencia del señor de los rakshasas, que tenía redes de oro y era brillante como el sol a la vista. Y entrando en la mansión del soberano de los rakshasas, como el sol que entra en una masa de nubes, vio a su hermano mayor sentado a distancia, así como Sakra ve sentado al Nacido de sí mismo. Y Kumbhakarna, rodeado de multitudes de rakshasas, entró en la morada de su hermano, haciendo temblar la tierra misma con su paso. Y llegando a la morada y pasando la entrada, vio a su superior sentado con ansiedad en el carro Pushpaka. Viendo venir a Kumbhakarna, el de diez cuellos, sumamente regocijado, lo levantó y lo atrajo hacia sí. Y entonces el sumamente poderoso Kumbhakarna saludó los pies de su hermano y dijo: «¿Qué dice usted?». Entonces, alegre, Ravana, levantándose de un salto, abrazó de nuevo (a su hermano). Y abrazado (por su hermano) y debidamente saludado por él, aquel hermano (de Ravana), Kumbhakarna, se sentó en un asiento resplandeciente y soberbio. Y sentándose en aquel asiento, el maravillosamente poderoso Kumbhakarna, con los ojos enrojecidos de ira, se dirigió a Ravana, diciendo: «Oh rey, ¿por qué, honrándome, me ha despertado usted? Dígame, ¿de dónde brota su temor? ¿Y quién ha de convertirse en espectro?». Entonces Ravana, airándose y con los ojos girando de rabia, dijo a Kumbhakarna, que estaba sentado: «Oh sumamente poderoso, has dormido un largo espacio de tiempo. Y habiendo estado dormido, no conoces el gran temor mío que brota de Rama. Este apuesto hijo de Dasaratha, poseedor de fuerza, junto con Sugriva, habiendo cruzado el océano, está destruyendo nuestro linaje. ¡Ay! Mira en nuestra propia Lanka: los bosques y las selvas han sido inundados por un océano de monos que vienen sin esfuerzo alguno por el puente (que han construido). Aquellos rakshasas que eran los principales han sido muertos en la batalla por los monos; pero no hallo destrucción de los monos en la lucha. Es más, los monos nunca antes habían sido siquiera vencidos (por los rakshasas) en la batalla. Y por eso ha brotado este temor (en mi corazón). Sálvame de esto, oh sumamente poderoso. Destrúyelos ahora. Para esto te he despertado. Favoreciéndome a mí, cuyo tesoro está vacío, salva esta ciudad de Lanka, a la que solo le quedan los jóvenes y los ancianos. Y, oh de largos brazos, ejecuta tus más caros actos en favor de tu hermano. Y, oh sometedor de enemigos, nunca antes había dicho así a mi hermano. En ti está mi afecto, y grande es la probabilidad de que tengas éxito. En las guerras de los celestiales y los asuras, oh primero de los rakshasas, incontables fueron los celestiales que tú, como antagonista, habías batido. Por tanto, oh tú de temible fuerza, reúne toda tu energía. No hallo entre todos los seres a aquel que sea tu igual en poderío. Y, oh amante de la batalla, oh querido de los amigos, como te plazca, hazme este amado buen oficio, este beneficio supremo. Con tu propia energía hiere a las huestes enemigas, así como un viento poderoso y fuerte (dispersa) las nubes de otoño».

Section 63

Al oír el lamento del rey de los rakshasas, Kumbhakarna, riendo, dijo: «Aquel mal que vimos en ocasión del cónclave le ha sobrevenido a usted, que pasó por alto lo que estaba cargado de su bien. Así como un pecador cosecha la perdición, en verdad le ha alcanzado el fruto de su acto injusto. Al principio, oh poderoso rey, no meditó usted este curso de conducta; ni, por orgullo de su poderío, tomó en absoluto nota del mal que entrañaba. El que hace al final lo que debe hacerse primero, y primero lo que debe hacerse al final, ignora qué es prudencia y qué no lo es. Los actos no ejecutados en armonía con la ocasión y el lugar, como los actos ejecutados contra la ocasión y el lugar, son ocasión de desdicha, y se asemejan a la mantequilla clarificada vertida en un fuego que no ha sido santificado. Bien se mantiene en el sendero el que, en consulta con sus consejeros, averigua los cinco caminos tocantes a las tres clases de acción. El rey que, ayudado por su propia inteligencia así como por sus consejeros, obra tras reflexionar en consonancia con la ciencia de la política, que distingue a sus amigos (de sus enemigos) y, señor de los rakshasas, que persigue oportunamente la rectitud, o el provecho, o el deseo, o dos de ellos, o todos juntos, tiene en verdad entendimiento. Pero el rey o el heredero aparente que, habiendo oído lo que es supremo entre los tres, no lo entiende, ha gastado en vano su tiempo en su erudición. El que, dominándose a sí mismo, consulta oportunamente con sus consejeros acerca del don, la paciencia, la división y el poderío, así como de la virtud, el provecho y el deseo, no llega en este mundo a la calamidad. Percibiendo el hermoso fruto (de una línea de acción) que le corresponde aquí, un rey debe obrar en consulta con consejeros dotados de inteligencia y versados en el sentido de las cosas. Sin entender el sentido de las escrituras, personas de inteligencia bestial, entrando en el corazón de sus consejeros, se inspiran del deseo de hablar por pura locuacidad. Aunque pronunciado por necesidad, el discurso de los que ignoran el saber y el conocimiento del sentido de las cosas, y que están resueltos a alcanzar abundante opulencia, no debe seguirse. Y aquellos, estropeadores de los asuntos, que por temeridad hablan de lo pernicioso como si fuera provechoso, deben ciertamente ser rechazados como consejeros. Algunos consejeros, destructores de sus amos, uniéndose a enemigos inteligentes (de sus señores), obran de manera opuesta a los intereses de estos en este mundo. Sus señores, en la hora de la consulta, deben conocer por su comportamiento a estos consejeros, enemigos con apariencia de amigos, que han sido ganados (por el bando contrario). Así como las aves del aire entran en el agujero del Krauncha, los enemigos hallan fácil entrada en las faltas de aquel que es voluble y que se precipita en la acción sin cuidado. El que, desdeñando a su enemigo, omite guardarse, llega a desastres y pierde su puesto. Aun lo que había propuesto su amado hermano de usted y mi hermano menor estaba cargado de nuestro bienestar. Haga usted ahora lo que desee». Al oír las palabras de Kumbhakarna, el de diez cuellos frunció las cejas y, arrebatado de ira, le dijo: «Soy digno de ser honrado por ti, como tu superior. ¿Qué necesidad hay de este trabajo de palabras? Haz lo que conviene. Vana es ahora la mención de lo que hice, sea por estupor, por ofuscación o por orgullo de poderío. Piensa ahora en lo que es propio. Mitiga por tu poderío esta pena mía que brota de mi conducta impolítica, si abrigas algún sentimiento por mí, si tu fuerza permanece, y si consideras este asunto mío como mucho más grave para ti. Es amigo el que socorre a uno caído en la aflicción y que sufre; y obra amistosamente el que ayuda a una persona que se aparta del sendero de la moralidad». Mientras él hablaba así con palabras sosegadas pero severas, Kumbhakarna, concluyendo que Ravana estaba alegre, hizo sus observaciones con suavidad. Y viendo sumamente apenado a su hermano, Kumbhakarna, apaciguándolo, dijo con dulzura: «Oh rey, escuche atentamente mis palabras, ¡oh sometedor de enemigos! Oh señor de los rakshasas, destierre esta pena y, desechando su ira, vuelva a su natural. Y, oh rey, mientras yo viva, no debe permitir que su corazón esté así. Mataré a aquel por quien usted se aflige. Pero en cualquier condición en que usted esté, debo decirle lo que es para su bienestar; y por eso, por sentimiento de amistad así como por afecto fraterno, le he hablado así, oh rey. Y lo que un amigo debe hacer por afecto en un momento como este, eso mismo haré. Vea el estrago que siembro entre los enemigos en la lucha. Y, oh de largos brazos, contemple, muerto Rama por mí al filo de la batalla junto con su hermano, al ejército de monos en desbandada. Y hoy, viendo la cabeza de Rama traída por mí del campo, sea usted feliz, oh de largos brazos; y que Sita quede abrumada de dolor. Y que aquellos rakshasas de Lanka que han tenido muertos a sus parientes (en la batalla) vean aquella querida visión: Rama muerto (en la lucha). Y hoy, matando a los enemigos en la batalla, enjugaré las lágrimas de los que lloran a sus amigos muertos y están abrumados de dolor. Hoy contemple al señor de los monos, Sugriva, semejante a una montaña o a una masa de nubes iluminada por el sol (vivo), tendido en el campo. Pero ¿por qué, oh sin pecado, aunque consolado por estos rakshasas ansiosos de matar al hijo de Dasaratha, así como por mí, persiste usted en su pena? Raghava en verdad lo matará a usted después de matarme a mí. Pero, oh señor de los rakshasas, yo no puedo llegar a la pena (a manos de Raghava). Oh sometedor de enemigos, mándeme ahora, oh usted de poderío sin igual; no necesita usted enfrentarse en persona al enemigo en la lucha. Aboliré a sus enemigos, dotados de temible poder. Aun si Sakra mismo, y Yama, y el dios del Fuego, y el dios del Viento, y Kubera, y Varuna se alinearan contra mí, a ellos me enfrentaría en la lucha. Purandara mismo es presa del espanto al verme, con un cuerpo del tamaño de una montaña, equipado con lanzas afiladas, provisto de dientes agudos y lanzando gritos. ¿Y quién, deseando salvarse, podrá quedarse ante mí mientras yo, arrojando mis armas, sigo aplastando con celeridad a mis enemigos? No hay necesidad del dardo, ni de la maza, ni de la espada, ni de flechas aguzadas. Con mis brazos desnudos solamente mataré (a Rama) junto con el Tronante mismo. Si Raghava soporta el ímpetu de mis golpes, entonces las andanadas de mis flechas beberán la sangre de su vida. ¿Por qué, oh rey, mientras yo permanezco, arde usted de ansiedad? Y estoy dispuesto a salir para lograr la destrucción de sus enemigos. Deseche todo terror de Rama. Mataré en la batalla a Raghava, a Lakshmana, al sumamente poderoso Sugriva y a Hanuman, destructor de rakshasas, que hizo arder Lanka. Me comeré a los monos presentes en el encuentro. Y señalada es la celebridad que le conferiré. Y, oh rey, si su temor brota de Indra o del Existente por sí mismo, aun los inmortales medirán el suelo con su cuerpo cuando yo esté arrebatado de ira. Y someteré a Yama mismo y devoraré al dios del Fuego. Y derribaré el firmamento mismo, adornado de estrellas. Y mataré a Satakratu y beberé la morada misma de Varuna. Y aplastaré las montañas y hendiré la tierra. Y hoy, mientras son devoradas, que todas las criaturas presencien el poderío de Kumbhakarna, después de haber dormido largo tiempo. Ni siquiera las regiones celestiales me bastan como comida. Voy a asegurar la dicha que trae placeres abundantes y que fluye de la destrucción del hijo de Dasaratha. Y matando a Rama junto con Lakshmana, me comeré a todos los principales de las bandas de monos. Diviértase, rey mío; beba hoy Varuni. Goce de los placeres, desterrando la pena. Y hoy, habiendo despachado yo a Rama a la mansión de Yama, Sita caerá bajo su dominio para siempre».

Section 64

Al oír el discurso del enorme, de largos brazos y poderoso Kumbhakarna, Mahodara dijo: «Oh Kumbhakarna, aunque nacido en un noble linaje, es usted maravillosamente altivo y de forma vulgar; y no es capaz en todas partes de discernir su curso. Ciertamente no puede ser que el rey no sepa distinguir entre lo propio y lo impropio; pero usted ha sido insolente desde su juventud, y su alegría está en hablar perennemente. Pero el primero de los rakshasas es versado en la posición, el acrecentamiento y el daño, y conoce los deberes tocantes a la ocasión y el lugar, y cómo hacer prosperar a su propio partido y rebajar el del enemigo. Pero ¿qué persona obra jamás conforme a lo que propone débilmente uno que tiene fuerza, pero de inteligencia inferior, y que nunca ha respetado a los ancianos? Y no es usted por naturaleza capaz de entender lo que usted mismo dice acerca de la virtud, el provecho y el deseo opuestos. En verdad la acción es la fuente de todos los agentes de la felicidad o la desdicha; y solo los que obran bien o mal cosechan los resultados de sus actos. La virtud y el interés traen la emancipación así como el cielo y la prosperidad. Pero el mal viene de la injusticia, y de ella brotan los daños. Las gentes cosechan el fruto de sus actos en este mundo o en el otro; pero el fruto del deseo se cosecha prontamente. Por tanto, un rey debe ponerse a alcanzar su deseo. Y esto también se lo habíamos aconsejado con toda el alma. ¿Y qué daño hay en que uno despliegue su poderío ante un enemigo? ¿Muestra usted las razones para salir solo al campo? Pero le señalaré lo que hay de impropio e irrazonable en este curso (propuesto). ¿Cómo vencerá usted solo a aquel Raghava que antaño derrotó en Janasthana a innumerables rakshasas poseedores de excesiva fuerza? ¿No contempla usted hoy en el palacio a aquellos poderosos rakshasas que habían sido batidos en Janasthana, acobardados de temor? ¡Ay! Desea usted despertar a Rama, hijo de Dasaratha, sabiendo muy bien que se asemeja a un león enfurecido o a una serpiente dormida. Pero ¿a quién le corresponde enfrentarse a aquel que siempre llamea de energía, difícil de abordar cuando está enfurecido, e insoportable como la Muerte misma? Al acercarse al enemigo, toda esta hueste misma correrá peligro; y por eso, hijo mío, la marcha en solitario de usted no me parece en modo alguno conveniente. ¿Quién hay que, aun siendo débil y resuelto a renunciar a su vida, desee someter a un enemigo que es poderoso, como si obrara respecto de uno que es inferior? Oh primero de los rakshasas, ¿por qué desea usted combatir con aquel que no tiene igual entre los hombres y que es igual a Indra y a Vivasvat mismo?». Habiendo dicho esto a Kumbhakarna, arrebatado de ira, Mahodara se dirigió a aquel destructor de criaturas, Ravana, en medio de los rakshasas: «Habiendo obtenido ya a Vaidehi, ¿por qué tarda usted? Si lo desea, Sita caerá bajo su dominio. He percibido un medio por el cual Sita puede sonreírle. Escuche usted; y si le place, obre en consecuencia. Proclame usted por todas partes que yo, Dvijihva, Samhradi, Kumbhakarna y Vitardana, estos cinco, marchamos para lograr la destrucción de Rama. Y nosotros, saliendo, combatiremos con Rama, poniendo todo nuestro empeño. Y si logramos asegurar la victoria, no necesitamos recurrir a ningún expediente (para atraer a Sita). Pero si nuestro enemigo vive después de la lucha y nosotros también, habiendo librado la lucha, entonces haremos lo que concibo en mi mente. Vendremos aquí desde el campo, bañados en sangre y con los cuerpos hendidos por flechas marcadas con el nombre de Rama. Y diremos que tanto Rama como Lakshmana han sido devorados por nosotros. Y entonces nos asiremos de sus pies, diciendo: “Complázcanos usted”. Entonces, rey, haga usted publicar por todas partes, por medio de Gajaskandha, que Rama ha sido muerto junto con su hermano y el ejército. Y, oh sometedor de enemigos, (fingiéndose) muy complacido, reparta manjares, servidores, objetos de goce y riquezas entre sus servidores; y distribuya guirnaldas, atavíos y ungüentos entre los muchos héroes y guerreros. Y (simulando) deleite, beba. Y habiéndose esparcido una y otra vez esta noticia, a saber, que Rama ha sido devorado por los rakshasas junto con sus amigos, entrando (en el bosque de asoka) y calmando y apaciguando a Sita en soledad, atráigala con grano, riquezas y gemas. Por este engaño, oh rey, que obrará poderosamente a través de la pena de Sita, ella, aunque no lo quiera, habiendo perdido a su señor, caerá bajo su dominio. Perdiendo a su encantador esposo, ella, por desesperación y por fragilidad femenina, caerá bajo su poder. Habiendo sido criada antaño en la felicidad, ella, aunque digna de dicha, había llegado (por fin) al infortunio. Y ahora, hallando la felicidad en su custodia de usted, se pasará a usted sin reservas. En mi opinión, este es el curso más propio que puede seguirse. En cuanto vea usted a Rama, le sobrevendrá el mal. Quédese aquí. No desee (ir al campo). Absteniéndose de la lucha, adquirirá un gran bien. Y, oh señor de las gentes, venciendo al enemigo sin batalla, usted, sin perder sus fuerzas y sin ponerse en peligro, usted, oh señor de la tierra, alcanzará fama y alto mérito religioso, y prosperidad y renombre por siempre jamás».

Section 65

Así interpelado, Kumbhakarna, reprendiendo a Mahodara, dijo a aquel primero de los rakshasas, su hermano Ravana: «Yo mismo le quitaré a usted su gran temor matando al malvado Rama. Muerto su enemigo, alcance usted el sosiego. No en vano rugen los héroes, como nubes que no contienen lluvia. ¡Contemple usted cómo su rugido se traduce en acción en el campo! Los héroes no se jactan; sino que, sin alardear de su poderío con palabras, ejecutan hazañas difíciles de lograr. Oh Mahodara, lo que dices solo es aceptable para reyes incompetentes y necios que se jactan de su saber. Todos los asuntos del monarca han sido arruinados por ustedes, cobardes en la lucha, de lengua melosa, que siguen (adulando) al rey; han hecho que Lanka no contenga más que al rey, el tesoro está flaco y las fuerzas han sido muertas. Con el rey han obrado ustedes como enemigos con apariencia de amigos. Para reparar en poderoso conflicto el agravio que han perpetrado, estoy a punto de partir a la batalla para derrotar al enemigo». Así interpelado por el inteligente Kumbhakarna, el señor de los rakshasas respondió riendo: «Sin duda este Mahodara está espantado de Rama. Y por eso, hijo mío, oh tú versado en la guerra, no le agrada la batalla. Como tú no tengo a nadie ni en amistad ni en fuerza. Por tanto, oh Kumbhakarna, ve a destruir al enemigo y a asegurar la celebridad. Te he despertado, a ti que estabas tendido, para que destruyeras al enemigo. Oh sometedor de enemigos, peligroso es el momento para los rakshasas. Sal, empuñando tu lanza, como el Destructor mismo que lleva el lazo en la mano. Devora a los monos así como a los príncipes, poseedores de la energía del Sol mismo. Al ver tu forma, los monos huirán; y los pechos de Rama y Lakshmana quedarán hendidos». Habiendo hablado así a Kumbhakarna, dotado de prodigioso poder, aquel primero de los rakshasas, el sumamente enérgico Ravana, se sintió como si hubiera recibido de nuevo la vida. Y conociendo bien el poder de Kumbhakarna y sabiendo su poderío, el rey se sintió alegre, como la Luna sin nubes. Así interpelado, aquel sumamente poderoso salió alegremente. Y al oír el discurso del rey, se dispuso para la lucha. Y tomó un dardo aguzado, destructor de enemigos a causa de su impetuosa vehemencia, hecho enteramente de hierro negro, llameante, adornado con guarniciones de oro resplandeciente, semejante al asani de Indra, pesado como el rayo, capaz de destruir dioses y danavas, gandharvas, yakshas y pannagas, adornado con festones de flores carmesíes y que vomitaba llamas. Y tomando aquel enorme dardo, adornado con la sangre de los enemigos, el maravillosamente enérgico Kumbhakarna habló a Ravana, diciendo: «Iré solo; que esta poderosa hueste se quede aquí. Hoy, hambriento y enfurecido, devoraré a los monos». Al oír las palabras de Kumbhakarna, Ravana dijo: «Ve rodeado de las fuerzas que llevan dardos y mazas en las manos. Los monos son de alma elevada, heroicos y muy diestros en la batalla; y si te hallan solo o desprevenido, pueden matarte con los dientes. Por tanto, tú, sumamente irresistible, ve rodeado de las fuerzas; y destruye todo el partido de los enemigos, que están resueltos a hacer daño a los rakshasas». Entonces, levantándose de su asiento, el sumamente enérgico Ravana colgó del cuello de Kumbhakarna una guirnalda ensartada de gemas en el centro. Y Ravana adornó también a aquel de alma elevada con angadas, protectores de los dedos, nobles ornamentos y una cadena semejante a la Luna. Y Ravana adornó su persona con guirnaldas suntuosas y fragantes, y le puso pendientes en las orejas. Y adornado con angadas de oro, keyuras y otros ornamentos de oro, Kumbhakarna, de grandes orejas, parecía un fuego bien alimentado de libaciones sacrificiales. Y con su gran ceñidor oscuro parecía el Mandara ceñido por la serpiente con ocasión del batido del mar. Y vistiendo su impenetrable cota de malla de oro, espléndida como el relámpago y que brillaba con su propio resplandor, Kumbhakarna parecía el monarca de las montañas envuelto en nubes del atardecer. Con todos los miembros adornados de ornamentos y llevando un dardo en la mano, el rakshasa se asemejaba a Narayana en la exaltación de su espíritu, cuando cubrió el cielo, la tierra y las regiones inferiores con tres pasos. Y entonces, abrazando a su hermano, dando la vuelta en torno a él e inclinando la cabeza ante él, aquel sumamente poderoso salió. Y Ravana lo despidió con escogidas bendiciones, mientras hacía sonar timbales y caracolas, y hacía que fuerzas equipadas con excelentes armas acompañaran a Kumbhakarna. Y poderosos guerreros de alma elevada siguieron a aquel primero de los héroes con elefantes, corceles y carros que lanzaban un estruendo semejante al retumbar del trueno. Y montando serpientes, camellos, asnos, leones, leopardos, ciervos y aves, (los rakshasas) siguieron al torvo Kumbhakarna, dotado de tremenda fuerza. Y cubierto de flores, y con una sombrilla sostenida sobre él, aquel sumamente terrible enemigo de las Deidades y los danavas, blandiendo un dardo en la mano, salió, enloquecido por el olor de la sangre. E incontables soldados de a pie, rakshasas maravillosamente potentes, poderosos, temibles y de mirada feroz, que llevaban armas en las manos, fueron en pos de él. Los rakshasas, que medían cada uno muchos vyamas, de ojos rojos y semejantes a masas de colirio azul oscuro, salieron levantando dardos, espadas, hachas afiladas, bhindipalas, parighas, mazas, enormes talaskandhas e irresistibles kshapanis. Y el sumamente enérgico Kumbhakarna, dotado de prodigiosa fuerza, salió asumiendo otra forma terrible y temible de contemplar. Y el gigantesco, de enorme rostro y feroz Kumbhakarna, que medía cien arcos de anchura y seiscientos de altura, con ojos semejantes a ruedas de carro, y semejante a una colina elevada o a una montaña quemada, ordenando a los rakshasas, dijo con semblante complacido: «Como el fuego que consume insectos, quemaré hoy uno por uno, arrebatado de ira, las bandas de la flor de las fuerzas de los monos. Pero los monos que recorren los bosques no han transgredido en modo alguno contra los semejantes a nosotros. Esa especie es el ornamento de los jardines anejos a nuestras residencias. La causa del sitio de la ciudad es Raghava junto con Lakshmana. Muerto él, todos están muertos. Por tanto, lo mataré en la batalla». Mientras el rakshasa Kumbhakarna hablaba así, los rakshasas lanzaron gritos terribles, como si hicieran temblar el mar mismo. Al salir prontamente el inteligente Kumbhakarna, temibles fueron los presagios que se presentaron por todos lados. Nubes que contenían meteoros y relámpagos parecían oscuras como asnos. Y la tierra tembló con sus océanos y bosques. Y feroces chacales comenzaron a gritar, abriendo sus bocas llameantes. Y las aves comenzaron a girar por la izquierda. Y mientras marchaba, un buitre se posó en su dardo. Y su ojo izquierdo palpitó y su brazo izquierdo tembló. Y un meteoro cayó con un tremendo estrépito. Y el sol se oscureció, y el aire no sopló acrecentando el placer. Pero sin hacer caso de estos poderosos presagios que tuvieron lugar, capaces de erizar el vello de las gentes, Kumbhakarna salió, impulsado por la fuerza del Acabador. Y saltando la muralla con las piernas, aquel semejante a una montaña vio la maravillosa formación de los monos, semejante a nubes. Y viendo a aquel primero de los rakshasas, semejante a una colina, los monos comenzaron a dispersarse por los diez puntos cardinales como nubes llevadas por el viento. Y viendo aquella terrible hueste de monos que se dispersaba en todas direcciones, como nubes rotas (por los vientos), Kumbhakarna, poseedor del esplendor de las nubes, lanzó de alegría rugidos como nubes. Al oír aquellos terribles gritos, semejantes al rugido de las nubes en el firmamento, innumerables monos cayeron a la tierra así como los árboles sala que tienen las raíces cortadas. Y saliendo para destruir al enemigo, Kumbhakarna, de alma elevada, equipado con un tremendo garrote, infundió extremo terror a las filas de los monos, como el Señor armado de la Vara Fatal en el naufragio universal.

Section 66

Habiendo saltado la muralla, el sumamente poderoso y gigantesco Kumbhakarna, semejante a la cumbre de una montaña, salió prontamente de la ciudad. Y entonces lanzó un poderoso grito que hizo resonar el mar, y como si ahogara el rugido del trueno y hendiera las montañas. Y viendo a aquel de ojos feroces, incapaz de ser vencido por Maghavan, Varuna o Yama, los monos comenzaron a huir. Y viéndolos escapar, el hijo del rey, Angada, dijo a Nala, Nila, Gavaksha y al poderoso Kumuda: «Olvidando su linaje y su poderío, ¿adónde huyen ustedes, agitados por el temor, como monos inferiores? Amables, deténganse. ¿Por qué habrían de salvarse? Este rakshasa no viene a luchar; esto es solo un gran fenómeno para espantar. Destruiremos con nuestro vigor este temible fenómeno de los rakshasas que se ha presentado. Por tanto, que los monos se detengan». Animados a duras penas, los monos, reagrupándose, tomaron árboles y avanzaron al campo de lucha. Y cesando en su huida, los que recorren los bosques, enfureciéndose, comenzaron a asaltar a Kumbhakarna, como elefantes en celo. Y el sumamente fuerte Kumbhakarna, atacado con elevadas cumbres de montañas, peñascos y árboles de copas floridas, no se estremeció. E incontables peñascos que caían sobre su persona se hicieron pedazos; y los árboles de copas floridas, rotos, cayeron a la tierra. E incapaz de contenerse (de rabia), Kumbhakarna, por su parte, se puso a agitar las filas de los poderosos monos, así como un fuego que estalla quema un bosque. Y muchos monos principales, enrojecidos y empapados (de sangre), yacieron (en el suelo); y muchos, rechazados, cayeron a la tierra, como árboles que llevan flores cobrizas. Y sin mirar delante ni detrás, los monos saltaban y corrían. Y al ser atacados con facilidad por el rakshasa, algunos de aquellos héroes se arrojaron al abismo, y otros entraron en la espesura. Y algunos corrieron por el mismo camino por el que habían cruzado el océano; y otros, de rostros pálidos, se lanzaron a las lomas. Y algunos de los osos subieron a los árboles, y otros se refugiaron en las montañas. Y otros cayeron; y algunos siguieron corriendo. Y algunos cayeron a la tierra, y otros yacieron insensibles como muertos. Viendo deshacerse a los monos, Angada se dirigió a ellos, diciendo: «¡Deténganse! Lucharemos. Deténganse, monos. Recorriendo esta Tierra no hallo lugar alguno donde puedan descansar. Deténganse todos. ¿Qué necesidad hay de preservar sus vidas? Cobardes, si huyen dejando atrás sus armas, sus esposas se burlarán de ustedes; y eso es más doloroso para las personas honorables que la muerte misma. Nacidos en largos y nobles linajes, ¿adónde van, sufriendo de temor, como monos abyectos? Cuando, renunciando a su poderío, huyen de miedo, en verdad son viles. ¿Adónde ha ido ahora aquella charla suya acerca de su nobleza y del bienestar (de su rey) que sostenían en sociedad? El que vive despreciado (de todos) oye el reproche de ser un cobarde. Por tanto, sigan el camino frecuentado por los dignos, y desechen el temor. O bien yaceremos en la tierra, muertos a consecuencia de la brevedad de nuestros días, y alcanzaremos así la región de Brahma, inalcanzable para los cobardes; o bien alcanzaremos renombre matando al enemigo en la lucha y, muertos en la batalla, gozaremos de la riqueza de la región de los héroes. Como un insecto que llega a un fuego resplandeciente y llameante, Kumbhakarna, al ver a Kakutstha, no se irá de aquí con vida. Si salvamos nuestras vidas con la huida, y si los muchos son abatidos por uno solo, perderemos por completo nuestra fama». Mientras Angada, adornado con angadas de oro, decía esto, los monos, huyendo, dirigieron a aquel héroe palabras indignas de decirse a un héroe: «Grande es el estrago que el rakshasa Kumbhakarna ha sembrado entre nosotros. No es momento de quedarse: la vida nos es cara». Habiendo dicho esto, las bandas de monos se lanzaron hacia los diez puntos cardinales, al ver acercarse a aquel temible de ojos torvos. Y mientras aquella flor de las fuerzas huía, aquellos héroes fueron detenidos por Angada con palabras de consuelo y de esperanza que apuntaban al futuro. Animadas por el inteligente hijo de Vali, todas las bandas de monos se quedaron esperando sus órdenes.

Section 67

Y habiéndose detenido al oír las palabras de Angada, aquellos de enorme cuerpo, recobrando la calma, se aplicaron (de nuevo) a la lucha. Y cobrando energía con la exhortación (de Angada), y reuniendo su poderío, permanecieron en el campo conforme a las palabras del poderoso Angada. E inspirados de ánimo, los monos, resueltos a afrontar su destino, se precipitaron en el conflicto y, desechando todo cuidado por sus vidas, entraron en una furiosa lucha (con el enemigo). Y levantando prontamente árboles y gigantescos peñascos, los monos de enorme cuerpo cargaron contra Kumbhakarna. Entonces el poderoso Kumbhakarna, poseedor de una persona prodigiosa, enfureciéndose, tomando su maza, la dejó caer sobre los enemigos. Y atacados por Kumbhakarna, siete, ocho centenares y millares de monos miden el suelo con su cuerpo. Y agitando los brazos, se precipita devorando dieciséis, ocho, diez, veinte o treinta. Y devoraba (a los monos) como Garuda que engulle serpientes. Y entonces, animados a duras penas, los monos, reuniéndose y tomando árboles y rocas en las manos, se mantuvieron firmes en la vanguardia de la batalla. Entonces, arrancando un peñasco, Dvivida, el primero de los monos, semejante a una extensa masa de nubes, se precipitó contra (Kumbhakarna), que tenía el aspecto de la cumbre de una montaña. Y arrancándolo, el mono lo arrojó a Kumbhakarna. Y sin caer sobre él, el peñasco cayó en medio del ejército, y aplastó corceles, elefantes, carros y escogidos caballos de guerra. Y entonces, tomando otra cumbre de montaña, Dvivida la arrojó a otros rakshasas. Y heridos por el ímpetu de la cumbre, a Kumbhakarna le mataron los caballos y los aurigas; y el terrible campo se desbordó con la sangre de los rakshasas. Y los guerreros rakshasas de los carros, por medio de flechas semejantes al Destructor mismo, cortaron las cabezas de los monos principales, que habían estado lanzando rugidos. Y los monos de alma elevada también, arrancando árboles gigantes, destruyeron carros, caballos, elefantes, camellos y rakshasas. Y permaneciendo en el cielo, Hanuman descargó sobre la cabeza de Kumbhakarna cumbres de montañas, rocas y diversos árboles. Y todas aquellas cumbres las cortó él con su dardo; y el poderoso Kumbhakarna frustró también la lluvia de árboles. Entonces, empuñando su lanza aguzada, Kumbhakarna se lanzó contra aquella terrible formación de monos. Y mientras él cargaba contra ellos, Hanuman, armado con la cumbre de una montaña, se plantó ante él. Y enfurecido, (Hanuman) hirió con vehemencia a Kumbhakarna con un gigantesco peñasco. Y abrumado por ello, Kumbhakarna sufrió grandes tormentos, y su cuerpo quedó cubierto de grasa y de sangre. Y entonces, así como Guha había atravesado el Krauncha con su feroz dardo, Kumbhakarna, semejante a una montaña, hirió al hijo del dios del Viento en el pecho con su dardo semejante al relámpago o a una cumbre de montaña resplandeciente. Y con su poderoso pecho atravesado en el poderoso encuentro, Hanuman, abrumado y vomitando sangre, transportado de ira, lanzó rugidos semejantes al rugido de las nubes en la disolución universal. Y entonces, viéndolo atormentado, los rakshasas se regocijaron de súbito y lanzaron gritos; y los monos, afligidos y vencidos por el espanto, comenzaron a huir de Kumbhakarna en la batalla. Y entonces el poderoso Nila, ordenando sus fuerzas, descargó la cumbre de una montaña sobre el inteligente Kumbhakarna. Y viéndola caer, él le asestó un golpe; y herida por el golpe, la cumbre de la montaña se hizo pedazos y cayó a la tierra resplandeciente y lanzando llamas vivas. Y entonces Rishabha, Sarava, Nila, Gavaksha y Gandhamadana, estos cinco terribles monos, se precipitaron contra Kumbhakarna. Y en el encuentro aquellos poderosos monos comenzaron a asaltar duramente al enorme Kumbhakarna con peñascos, árboles, bofetadas, patadas y golpes. Pero aquellos golpes le parecían caricias y no le causaban dolor alguno. Entonces apresó con sus brazos al vehemente Rishabha. Y atormentado al verse apresado por los brazos de Kumbhakarna, aquel primero de los monos, el temible Rishabha, cayó a la tierra vomitando sangre por la boca. Y entonces el enemigo de Indra hirió a Sarava con un golpe, y a Nila, en el conflicto, con el muslo, y asestó una bofetada a Gavaksha. Y sufriendo gran dolor a consecuencia de los golpes (asestados por Kumbhakarna), aquellos monos, privados de sentido y bañados en sangre, cayeron a la tierra como kinsukas que han sido cortados. Y al caer aquellos monos de alma elevada y poderosos, millares de monos se precipitaron sobre Kumbhakarna. Y subiendo a la cumbre de una montaña, aquellos primeros de los monos, poseedores del esplendor de la cumbre de una montaña, saltaron sobre él y lo desgarraron con los dientes. Y aquellos primeros de los monos atacaron al de largos brazos Kumbhakarna con sus garras, dientes, golpes y brazos. Y entonces, con millares de monos encima, aquel extraordinario, aquel temible rakshasa semejante a una colina, parecía una montaña con árboles encima. Y como Garuda que se come las serpientes, aquel maravillosamente fuerte, arrebatado de rabia, devoró a aquellos monos, asiéndolos con los brazos. Y arrojados por Kumbhakarna a su boca, semejante a las regiones inferiores, los monos salían por su nariz y sus orejas. Y comiéndose a los monos, aquel primero de los rakshasas, semejante a una colina, enfureciéndose e inflamado de rabia, comenzó a quebrantar a los monos. Y transportado de pasión, aquel rakshasa, enfangando la tierra con carne y sangre, se extendió entre las filas de los monos como el fuego en el tiempo de la disolución universal. Y en aquel encuentro Kumbhakarna, armado con su dardo en la mano, se asemejaba a Sakra, que lleva el rayo en la mano, o al Destructor mismo, que lleva el lazo en la mano. Y así como un incendio quema un bosque marchito en el verano, Kumbhakarna quemó aquella hueste de los monos. Y así batidos (por Kumbhakarna), aquellos monos, con sus filas destruidas, atormentados de ansiedad, comenzaron a gritar con voces antinaturales. Y habiendo sido muertos innumerables monos por Kumbhakarna, los monos, afligidos y con los corazones desgarrados de pena, buscaron el amparo de Raghava. Viendo quebrantados a los monos en el terrible encuentro, el hijo del que lleva el rayo en la mano se lanzó impetuosamente contra Kumbhakarna. Y tomando un poderoso peñasco, lanzando rugidos a cada momento y aterrorizando con ello a todos los rakshasas seguidores de Kumbhakarna, descargó la cumbre de la montaña justo sobre la coronilla de Kumbhakarna. Y herido por aquella cumbre de montaña, el enemigo de Indra, Kumbhakarna, se inflamó de feroz ira. Y Kumbhakarna, de voz potente, aterrorizando a todos los monos, se lanzó con vehemencia contra el enfurecido hijo de Vali; y entonces aquel maravillosamente fuerte arrojó su dardo a Angada. Y al caer el dardo, aquel primero de los monos, dotado de fuerza y diestro en la batalla, esquivó el arma gracias a su ligereza. Y entonces, saltando velozmente, le dio una bofetada (a su antagonista) en el pecho. Y con ello aquel semejante a una colina perdió el sentido. Y recobrando el sentido, aquel sumamente fuerte rakshasa asestó un golpe a Angada; y este cayó sin sentido. Y al caer insensible aquel poderoso mono, Kumbhakarna, tomando su dardo, se precipitó contra Sugriva. Y viendo acercarse al sumamente robusto Kumbhakarna, el heroico rey de los monos, Sugriva, saltó; y tomando la cumbre de una montaña, aquel poseedor de gran fuerza se lanzó contra el poderoso Kumbhakarna. Y viendo a aquel mono, Kumbhakarna, estirando los miembros, se plantó ante el señor de los monos. Y viendo a Kumbhakarna, con el cuerpo bañado en la sangre de los monos y comiéndose a poderosos monos, Sugriva se dirigió a él, diciendo: «Has abatido héroes, has ejecutado hazañas difíciles de llevar a cabo y has devorado a los guerreros; y así has alcanzado renombre. Pero suelta ahora al ejército de los monos. ¿Qué harás con los innobles? Oh rakshasa, soporta la caída de esta montaña». Al oír aquellas palabras del rey de los monos, llenas de fuerza y fortaleza, aquel terrible rakshasa, Kumbhakarna, dijo: «Oh mono, te enfureces porque eres nieto de Prajapati e hijo del rey de los osos, y porque, como tal, estás dotado de fortaleza y poderío». Al oír el discurso de Kumbhakarna, Sugriva, haciendo girar aquella cumbre de montaña, la soltó de súbito; y con aquella roca, semejante al Vajra o al rayo, hirió a Kumbhakarna en el pecho. Y al entrar en contacto con su ancho pecho, aquella cumbre de montaña se hizo añicos al instante. Y con ello los monos se desanimaron, y las filas del rakshasa gritaron de alegría. Y herido por la cumbre de la montaña, Kumbhakarna se inflamó de ira y rugió, dilatando el rostro. Y entonces, haciendo girar su dardo, semejante al relámpago desplegado, lo arrojó para lograr la destrucción del señor de los monos. Entonces, saltando velozmente, el hijo del dios del Viento, resistiendo aquel dardo aguzado sujeto con cadenas de oro, lo partió violentamente en dos con las manos. Y colocándolo sobre sus muslos, (Hanuman) partió aquel pesado y terrible dardo hecho de hierro negro, y con ello los monos se alegraron. Y viendo el dardo partido por Hanuman, el ejército de los monos, alegrándose, lanzó incontables gritos y corrió en todas direcciones. Y el rakshasa fue presa del temor y se apartó (del campo). Y los monos, excesivamente alegres, lanzaron fuertes gritos y, viendo roto el dardo, prodigaron gracias al hijo del dios del Viento. Entonces el señor de los rakshasas, de mente poderosa, viendo así partido el dardo, arrancó una cumbre del Malaya y con ella hirió a Sugriva. El rey de los monos, herido por la cumbre de la montaña, cayó sin sentido en el campo, y los demonios, hallándolo en este estado, gritaron con gran alegría. Entonces Kumbhakarna, llegando hasta el maravillosamente poderoso señor de los monos, lo levantó y se lo llevó furtivamente del campo, así como una violenta ráfaga de viento se lleva un jirón de nube. Kumbhakarna, que se asemejaba a una montaña en la altura de su estatura, mientras se lo llevaba como una masa de nube, parecía el Sumeru coronado de elevadas cumbres. Así el señor de los rakshasas siguió adelante oyendo gracias (de los rakshasas) y los gritos de los señores del cielo, que se maravillaban de la captura del primero de los monos. Así, tomándolo cautivo, aquel poderoso, semejante a Indra en pujanza, pensó que su muerte destruiría toda la hueste de los adversarios junto con Raghava. Entonces Hanuman, el sagaz hijo de Maruta, hallando a toda la hueste de los monos dispersa en todas direcciones, así como a Sugriva capturado por Kumbhakarna, reflexionó: «¿Qué debo hacer ahora que nuestro rey ha sido capturado? Sin duda haré lo que me corresponde ahora: tomaré la forma de una montaña y mataré a los rakshasas. Mataré al poderoso Kumbhakarna, partiéndole el cuerpo con mi fuerte puño, y libraré así al señor de los monos; que así se alegre toda la hueste de los monos. O bien, aun capturado por toda la hueste de los dioses, de los asuras o de las serpientes, él es lo bastante poderoso para librarse por sí mismo. Me parece que el señor de los monos, herido con el dardo en la batalla por Kumbhakarna, no ha recobrado aún el sentido. De otro modo, en un momento haría lo necesario por sí mismo así como por los monos. Si la liberación del Sugriva de mente poderosa viniera de mí, me granjearía su desagrado, y ciertamente ello llevaría a la pérdida de su reputación para siempre; así pues, debo esperar un momento y ver su propio poder desplegado por él mismo al liberarse. Entretanto, animaré a la hueste de los monos». Pensando así para sí, Hanuman, aquel hijo de Maruta, comenzó a detener a la poderosa hueste de los monos. Entretanto, Kumbhakarna entró en Lanka con Sugriva tembloroso, honrado con la lluvia de hermosas flores desde el cielo, desde los edificios de las calles principales y desde la puerta de la ciudad. Entonces el poderoso (Sugriva) recobró lentamente el sentido con la lluvia de arroz tostado y dulces perfumes y la aspersión de agua, así como con el frescor de las calles. Entonces aquel (Sugriva) de mente poderosa, atrapado en los brazos del poderoso rakshasa, habiendo recobrado el sentido con dificultad y examinando a su alrededor las calles de la ciudad, reflexionó: «Estando así en las garras del enemigo, ¿cómo puedo vengarme? O bien, haré lo que sea aceptable y ventajoso para nuestro ejército». Entonces, avanzando de repente, con las uñas y los dientes afilados cortó las orejas y la nariz de aquel señor de los enemigos de los dioses, y le partió ambos costados con el golpe de sus pies. Y Kumbhakarna, perdiendo las orejas y la nariz y con los costados partidos por uñas y dientes, se enfureció y, cubierto todo de sangre, arrojó a Sugriva al suelo y lo oprimió. Así oprimido contra el suelo con toda la fuerza y duramente herido por el enemigo de los dioses, él voló a los cielos como una pelota que rueda, y se unió una vez más a Rama. El poderoso Kumbhakarna, habiendo perdido la nariz y las orejas y empapado en sangre, parecía una montaña cubierta toda de arroyuelos. Aquel rakshasa de enorme cuerpo, hermano menor de Ravana, terrible de aspecto, semejante a una masa de colirio negro profundo y cubierto todo de sangre, parecía una nube del atardecer; y (una vez más) resolvió presentarse en la batalla. Habiendo escapado así Sugriva, aquel temible enemigo del rey de los celestiales, airado, se lanzó de nuevo a la batalla; y hallándose desprovisto de armas, tomó una temible maza. Y entonces aquel de mente poderosa, el rakshasa Kumbhakarna, saliendo de la ciudad, comenzó a devorar la terrible hueste de los monos, como el poderoso fuego devora a las gentes al fin de un Yuga. Al entrar en la poderosa hueste de los monos, el hambriento Kumbhakarna, ansioso de carne y sangre, se comió a los monos, y con ellos devoró por error a muchos rakshasas y pisachas. Así, como la Muerte devora a las criaturas al fin de un Yuga, destruyó a los poderosos monos. Y él, airado, tomando con una mano a los monos junto con los rakshasas, los arrojaba apresuradamente a su boca, uno, dos, tres o muchos a la vez. Y la sangre y la grasa le corrían copiosamente por el cuerpo; y aunque herido por los monos con cumbres de montañas, el poderoso devoró a todos aquellos monos. Y los monos, mientras eran devorados, buscaron el amparo de Rama. Y Kumbhakarna, arrebatado de ira, persiguió a toda prisa a centenares de monos, comiéndose a siete, ocho, veinte o treinta. Y apresando (a los monos) con los brazos, él, devorándolos, se precipitaba. Y semejante al Destructor de prodigiosas dimensiones al fin de un Yuga, aquel provisto de dientes sumamente afilados, con el cuerpo cubierto de grasa, médula y sangre, y enroscándose entrañas en torno a las orejas, comenzó a descargar dardos. Y en este momento aquel sometedor de huestes hostiles y conquistador de las capitales de los enemigos, el hijo de Sumitra, Lakshmana, enfureciéndose, entabló un encuentro con el enemigo. Y Lakshmana, dotado de poderío, disparó siete saetas al cuerpo de Kumbhakarna; y luego, tomando también otras flechas, las descargó (sobre su antagonista). Y con ello aquel rakshasa, dolorido por las heridas infligidas por aquella arma, la cortó (por medio de un arma). Entonces se enfureció el poderoso Lakshmana, acrecentador de la alegría de Sumitra. Y entonces, así como el viento se extiende sobre las nubes del atardecer, él cubrió por completo con sus saetas su resplandeciente y elegante cota de malla, hecha enteramente de oro. Y herido por flechas adornadas de oro, aquel semejante a una masa de colirio azul oscuro parecía hermoso como el Sol provisto de rayos rodeado de nubes. Entonces aquel temible rakshasa, de voz como masas de nubes, se dirigió con desdén al acrecentador de la dicha de Sumitra, diciendo: «Luchando sin temor conmigo, que sin esfuerzo he abatido en la batalla al Destructor mismo, has establecido tu heroísmo. Solo con plantarte ante mí, que estoy equipado de armas en este encuentro y que en poderoso conflicto me asemejo a la Muerte misma, mereces ser honrado. ¿Qué diré de tu modo de luchar? Ni siquiera aquel señor, Sakra mismo, montado en su Airavata y rodeado de todos los inmortales, se había plantado jamás ante mí en el campo. Pero hoy, oh hijo de Sumitra, aunque eres un muchacho, me has complacido con tu poderío. Ahora, despidiéndome de ti, deseo ir hacia Raghava. Y como me he complacido mucho en la batalla con tu vigor, tu fuerza y tu entusiasmo, deseo ahora matar solo a Rama, muerto el cual todos están muertos. Muerto aquí Rama por mí, de los demás que queden en el encuentro me encargaré con mi vigor que todo lo aplasta». Cuando aquel rakshasa hubo hablado así, (Lakshmana), el hijo de Sumitra, presente en aquella contienda, le respondió riendo con palabras terribles, diciendo: «Que tu poderío no puede ser soportado por Sakra y los demás celestiales es verdad. No es de otro modo, oh héroe. Hoy yo mismo he presenciado tu poderío. Allí está el hijo de Dasaratha, Rama, firme como una montaña inmóvil». Al oír esto, aquel vagabundo de la noche, Kumbhakarna, poseedor de inmenso poder, desdeñando a Lakshmana y pasando más allá del hijo de Sumitra, se precipitó contra Rama, haciendo temblar la tierra. Entonces el hijo de Dasaratha, Rama, empleando un arma terrible, descargó saetas aguzadas al pecho de Kumbhakarna. Entonces llamas mezcladas con brasas vivas salieron de la boca de aquel enfurecido que se precipitaba de súbito (contra Rama), mientras Rama lo atravesaba (con sus flechas). Y atravesado espantosamente por las armas de Rama, aquel primero de los rakshasas, rugiendo airado, se lanzó contra Rama y persiguió a los monos en el conflicto. Y al caer en el pecho (de Kumbhakarna) aquellas saetas adornadas con plumas de pavo real, su maza, escapándosele de la mano, cayó a la tierra; y todas sus (otras) armas quedaron también esparcidas por el suelo. Y cuando aquel sumamente poderoso se vio privado de todas sus armas, comenzó a sembrar un enorme estrago por medio de sus puños cerrados y sus manos. Y con el cuerpo enteramente cubierto de flechas y bañado en sangre, comenzó a sangrar como una colina que rebosa de fuentes. E inflamado de ira y enloquecido por la sangre, se precipita devorando monos, rakshasas y osos. Y aquel temible, poseedor de terrible poderío, semejante al Segador mismo, haciendo girar la cumbre de una poderosa montaña, la arrojó apuntando a Rama. Entonces el hermano mayor de Bharata, el justo Rama, antes de que aquella prodigiosa cumbre hubiera caído, la cortó por medio de siete saetas de vuelo recto labradas en oro. Resuelto a acabar con Kumbhakarna, el virtuoso Lakshmana, revolviendo muchos medios, habló (por fin) a Rama: «Oh rey, este no distingue entre monos y rakshasas; enloquecido por el olor de la sangre, se come a los suyos así como a sus enemigos. Que ahora los monos principales, poniendo todo su empeño, se suban sobre él; y que los jefes de las bandas, según su rango, se planten rodeándolo. Y entonces hoy este rakshasa de mente malvada, oprimido por un poderoso peso, ya no podrá comerse a más monos». Al oír las palabras del inteligente príncipe, aquellos sumamente poderosos monos subieron con presteza sobre Kumbhakarna. Y Kumbhakarna, montado por aquellos monos, enfureciéndose en extremo, los sacudió con vehemencia, así como los elefantes enloquecidos sacuden a sus conductores. Y Raghava, viéndolos sacudidos y concluyendo que el rakshasa estaba airado, saltó adelante con furia, tomando su arco. Y con los ojos enrojecidos de cólera, el gentil Raghava, como si quemara al rakshasa con los ojos, se lanzó con vehemencia, reuniendo todo su ímpetu, animando con ello a los jefes de las bandas, que habían sido duramente probados por el poder de Kumbhakarna. Y equipado con una excelente aljaba y flechas, Rama, animando a los monos, saltó adelante, tomando un arco semejante a una serpiente, terrible, de cuerda robusta y adornado de oro. Entonces, rodeado de bandas de monos sumamente invencibles, aquel héroe sumamente poderoso, seguido de Lakshmana, avanzó. Y vio al temible y de alma elevada Kumbhakarna, con el cuerpo empapado en sangre y los ojos inyectados de sangre, precipitándose contra todos como un elefante enfurecido de los puntos cardinales, persiguiendo a los monos, arrebatado de ira, rodeado de rakshasas, semejante al Vindhya o al Mandara, adornado con angadas de oro, sangrando por la boca como nubes que derraman aguaceros, lamiéndose las comisuras de la boca bañadas en sangre, aplastando las filas de los monos y semejante a Yama el Destructor. Y aquel mejor de los hombres, viendo a aquel primero de los rakshasas, que tenía el esplendor de un fuego vivo, tensó su arco hasta el máximo. E inflamado de ira por el tañido de su arco, aquel primero de los rakshasas, encendido de ira, no soportando aquel estampido, se precipitó contra Raghava. Entonces el gentil Rama, dotado de brazos semejantes al cuerpo del soberano de las serpientes, en aquel encuentro se dirigió a Kumbhakarna, semejante a una nube elevada y poseedor del esplendor de una montaña, mientras este se lanzaba adelante, diciendo: «¡Ven, oh rey de los rakshasas! ¡Que no haya pena para ti! Aquí estoy, con mi arco en la mano. Reconóceme como el destructor de la raza de los rakshasas, tú que en un momento serás privado de tus sentidos». Sabiendo que este era Rama, (Kumbhakarna) se rio con acentos espantosos; y entonces, arrebatado de ira, se precipitó contra los monos en el encuentro. Y como si desgarrara los pechos de todos los monos (presentes), el sumamente enérgico Kumbhakarna, riendo espantosamente y de modo terrible, semejante al retumbar de las nubes, se dirigió a Raghava, diciendo: «No me tomes por Viradha, ni por Kavandha, ni tampoco por Khara. No soy Vali ni Maricha. Soy Kumbhakarna, el que ha venido. Contempla mi temible y poderosa maza, hecha enteramente de hierro. Con su ayuda abatí antaño a deidades y danavas. No te corresponde desdeñarme porque me hayan cortado la nariz. No siento el más mínimo tormento a consecuencia de que me hayan cortado las orejas y la nariz. Oh tigre del linaje de Ikshvaku, oh sin pecado, presencia el poderío que hay en mi cuerpo. Y después, cuando hayas desplegado tu poderío y tu poder, te devoraré». Al oír las palabras de Kumbhakarna, Rama descargó (sobre él) saetas provistas de nudos. Y herido por ellas, que tenían el ímpetu del rayo, el enemigo de los celestiales no sintió dolor ni escozor alguno. Y aquellas saetas que habían cortado los siete majestuosos salas y que, además, habían matado a Vali, el mejor de los monos, semejantes al rayo mismo, no pudieron causar dolor alguno al cuerpo de Kumbhakarna. Y bebiéndose en su cuerpo aquellas flechas semejantes a un aguacero, el enemigo del gran Indra, haciendo girar su maza, poseedora de feroz vehemencia, apagó la descarga de flechas de Rama. Entonces aquel rakshasa, haciendo girar su maza lavada en sangre, capaz de infundir terror a las poderosas huestes de los dioses y los danavas y poseedora de feroz ímpetu, hizo huir a toda prisa al ejército de los monos. Entonces Rama, tomando una poderosa arma Vayavya, la empleó contra el vagabundo de la noche; y le cortó el brazo con la maza. Y teniendo el brazo cortado, él lanzó tremendos rugidos. Y su brazo con la maza, semejante a la cumbre de una montaña, cortado por las flechas de Raghava, cayó en medio del ejército del rey de los monos y destruyó aquel ejército. Entonces los monos que quedaban después de los quebrantados y los muertos, desanimados y con los miembros heridos, apartándose, contemplaron el temible encuentro entre el rakshasa y el señor de los hombres. Y entonces Kumbhakarna, con el brazo cortado, semejante a la primera de las montañas con su cresta tajada por un poderoso sable, arrancó un árbol con su brazo (restante) y en el conflicto se precipitó contra el monarca de los hombres. Entonces, con una saeta chapada en oro, puesta sobre un arma de Indra, Rama le cortó el brazo levantado con una palmera, semejante al cuerpo de un pannaga. Y aquel brazo de Kumbhakarna, cortado, cayó inerte sobre la tierra, como una colina, y aplastó árboles, rocas, peñascos, monos y rakshasas. Y Rama, viendo a aquel privado de sus brazos levantarse de súbito rugiendo, tomó dos medias lunas aguzadas, y en la contienda cortó las piernas del rakshasa. Y entonces aquellas piernas (suyas), haciendo resonar todos los lados y cuartos, las rocas y las cuevas, el poderoso océano, la misma Lanka y el ejército de los monos y los rakshasas, cayeron (al suelo). Y con los brazos cortados y las piernas también tajadas, (Kumbhakarna), abriendo de par en par su boca, semejante en brillo a la boca de una yegua, rugiendo, se lanzó velozmente contra Raghava, así como Rahu persigue a la Luna en el firmamento. Entonces Rama le llenó la boca de saetas aguzadas, cuyas partes emplumadas estaban provistas de oro. Y con la boca llena, no pudo articular; sino que con extremo esfuerzo profirió acentos indistintos y se desmayó. Entonces Rama tomó una flecha de Indra, aguzada y provista de nudos, impetuosa como el viento, semejante al resplandor del Sol, y semejante al estandarte mismo de Brahma o al Destructor mismo, y fatal para los enemigos. Y entonces Rama la arrojó al vagabundo de la noche. Y entonces aquella arma arrojada por el brazo de Rama, semejante a una llama sin humo, iluminando los diez puntos cardinales con su propia gloria, buscó a aquel que poseía la temible energía del rayo de Sakra. Y con ella él (Rama) cortó la cabeza del señor de los rakshasas, semejante a la cumbre de una montaña, provista de dientes prominentes, de la cual se habían caído los pendientes, así como antaño Purandara había cortado la cabeza de Vritra. Y entonces la enorme cabeza de Kumbhakarna, privada de los pendientes, parecía la Luna asentada en medio (de los cielos) al salir el Sol por la mañana. Y herida por la flecha de Rama, la cabeza del rakshasa, semejante a una colina, cayó a la tierra; y (en su caída) aplastó edificios en las calles principales y puertas; y también derribó al suelo elevadas murallas. Y entonces aquel rakshasa de proporciones gigantescas y vasto a la vista se hundió en el abismo; y aplastando enormes y poderosos peces y serpientes, buscó las profundidades. Y al ser muerto en la batalla aquel enemigo de los brahmanes y los dioses, dotado de inmensa fuerza, la tierra tembló y también las montañas; y de exceso de alegría los celestiales gritaron en voz alta. Y aquellas deidades, santos, Maharshis, pannagas, celestiales, (otros) seres, aves y guhyakas, junto con yakshas y gandharvas, todos los que se habían apostado en el firmamento, se regocijaron del poderío de Rama. Y ante su gran destrucción (la de Kumbhakarna), los inteligentes partidarios del rey de los nairritas, afligidos en extremo, comenzaron a gritar a la vista de aquel mejor de los Raghus, así como los elefantes enloquecidos gritan a la vista de un león. Y como el Sol salido de la boca de Rahu, y que destruye la oscuridad de los campos celestiales, brilló Rama en medio del ejército de los monos, habiendo matado a Kumbhakarna en la batalla. E incontables monos experimentaron el colmo mismo del deleite; y muerto (su) enemigo de terrible fuerza, ellos, con semblantes semejantes a lotos despiertos, rindieron homenaje al hijo del rey, Raghava, partícipe de la buena fortuna. Y así como el monarca de los inmortales se había regocijado al matar al poderoso asura Vritra, el hermano mayor de Bharata se regocijó de haber matado en la batalla a aquel azote de las huestes celestiales, Kumbhakarna, en poderoso conflicto, jamás (antes) vencido en renombrados encuentros.

Section 68

Viendo a Kumbhakarna muerto por Raghava, de alma elevada, los rakshasas llevaron la noticia al señor de los rakshasas, Ravana; (y se dirigieron a él, diciendo): «Oh rey, aquel semejante al Destructor mismo, impulsado por la Muerte, habiendo recorrido el ejército de los monos y comido monos, y habiendo desplegado por un rato su poderío, ha hallado su fin a manos de Rama, que ejerció su energía. Y con la mitad del cuerpo sumergida en el temible abismo, su hermano Kumbhakarna, con la nariz y las orejas cortadas y la sangre embadurnándole el cuerpo, con la cabeza y los miembros tajados y el cuerpo descubierto, semejante a una montaña, bloquea con su persona la puerta de Lanka, y se asemeja a un árbol consumido por un incendio del bosque». Al oír que el poderoso Kumbhakarna había sido muerto en la batalla, Ravana, abrasado de pena, se desmayó y cayó a la tierra. Y al oír que su tío había sido muerto, Trisiras y Atikaya, destructores de dioses y hombres, comenzaron a llorar, oprimidos de pena. Y Mahodara y Mahaparsva, al oír que su tío había sido muerto por Rama, de hazañas incansables, quedaron vencidos por la pena. Entonces, recobrando el sentido con extremo esfuerzo, aquel primero de los rakshasas, afligido a consecuencia de la destrucción de Kumbhakarna, se lamentó con los sentidos abrumados, diciendo: «¡Oh héroe! ¡Oh humillador del orgullo del enemigo! ¡Oh poderoso Kumbhakarna! Dejándome, te has ido por obra del Destino a la morada de Yama. Oh sumamente poderoso, dejándome (solo), ¿adónde vas, sin arrancar mi dardo así como el de tus amigos? Ahora en verdad ya no soy, puesto que ha caído mi brazo derecho. Respaldado por este, no temería a celestiales ni a asuras. ¿Cómo es que hoy, en verdad, tal héroe, aplastador de la altivez de dioses y danavas, semejante al Fuego surgido en la hora del naufragio universal, ha sido muerto en la lucha por Raghava? Aquel a quien no podía dañar el choque del rayo mismo, ¿cómo puede, herido por las flechas de Rama, dormir profundamente sobre la tierra? Estos dioses apostados en el cielo junto con los santos, contemplándote muerto en la batalla, gritan de júbilo. Sin duda hoy los monos, rebosantes de alegría, hallando la ocasión, escalarán todas las puertas y fortificaciones de Lanka. Nada tengo que ver con el imperio. ¿Y qué haré con Sita? Y privado de Kumbhakarna, ni siquiera deseo vivir. Si no mato en el encuentro a aquel matador de mi hermano, Raghava, ciertamente la muerte es lo que es bueno para mí; de otro modo, esta vida es inútil. Este mismo día iré a aquel lugar donde está mi hermano menor. Abandonando a mi hermano, en verdad no me atrevo a vivir un momento; pues los dioses se reirán al verme, a mí que antaño los agravié. Pero ¿cómo, oh Kumbhakarna, muerto tú, conquistaré a Indra? Ahora se han verificado las palabras beneficiosas de Vibhishana. Y como por ceguera no acepté el consejo de aquel de alma elevada, de Kumbhakarna y de Prahasta, este desastre surgido me avergüenza en extremo. Y como había deshonrado al virtuoso y apuesto Vibhishana, este peligro, que produce pena, ha sido la consecuencia de mi conducta». Habiéndose lamentado así lastimera y largamente por Kumbhakarna, el de diez cuellos, con lo más íntimo del alma abrumado de pena y duramente afligido a consecuencia del dolor, cayó, sabiendo a su hermano, el enemigo de Indra, muerto en la batalla.

Section 69

Al oír los lamentos del malvado Ravana, abrumado de pena, Trisiras se dirigió a él, diciendo: «Oh señor, este segundo tío nuestro, poseedor de gran poderío, ha sido en verdad muerto en la lucha. Pero, oh rey, los héroes nunca se entregan a la pena como usted lo hace. Oh señor, usted ciertamente es el único capaz de conquistar el triple mundo. ¿Por qué, pues, da usted salida a tal pena como un innoble? Tiene usted su dardo, otorgado por Brahma; y su cota de malla y su arma, el arco, y su carro uncido con mil asnos, que lanza un estrépito semejante al retumbar de las nubes. Las deidades y los danavas han sido aterrorizados una y otra vez por medio de sus armas. Y provisto de todas las armas, usted debería castigar a Raghava. Pero quédese usted a su gusto, oh poderoso soberano; yo saldré a la batalla; y así como Garuda captura serpientes, capturaré a sus enemigos. Y así como Samvara fue vencido por el señor de los inmortales, o Naraka por Vishnu, yo, abatiendo a Rama en la batalla, lo haré dormir (en el campo)». Al oír las palabras de Trisiras, Ravana, señor de los rakshasas, impulsado por el Hado, se consideró como si hubiera recobrado la vida. Y al oír el discurso de Trisiras, Devantaka, Narantaka y también el enérgico Atikaya se inflamaron de entusiasmo marcial. Y entonces aquellos primeros de los nairritas, los heroicos hijos de Ravana, dotados del poderío de Sakra mismo, rugieron: «¡Iré yo!», «¡Iré yo!». Y todos podían recorrer el cielo, y todos eran diestros en la ilusión, y todos eran aplastadores del orgullo de los inmortales; y todos eran irresistibles en el encuentro. Y todos ellos estaban dotados de fuerza superior, y todos habían alcanzado amplia celebridad. Nunca se había oído que hubieran sido batidos en la lucha ni siquiera por los dioses junto con los gandharvas, ni por las poderosas serpientes acompañadas de los kinnaras. Y todos eran diestros en las armas y heroicos; y todos eran versados en la guerra. Y todos poseían el conocimiento superior; y todos habían obtenido dones. Y entonces el rey, rodeado de aquellos hijos suyos, que parecían celestiales, capaces de dañar la fuerza y la fortuna del enemigo, parecía espléndido como Maghavan rodeado de los inmortales, humilladores de la altivez de los poderosos danavas. Y abrazando a sus hijos y adornándolos con ornamentos, los envió al campo con sus mejores bendiciones. Y Ravana envió a los hermanos Yudhyonmatta y Matta para proteger a los príncipes en el campo. Y entonces, saludando al de alma elevada Ravana, destructor de criaturas, y dando la vuelta en torno a él, aquellos de enorme cuerpo avanzaron. Y provistos de toda clase de hierbas medicinales y perfumes, estos seis nairritas, los primeros de su especie, dotados de gran fuerza, ardiendo por la batalla, avanzaron: Trisiras y Atikaya, Devantaka y Narantaka, y Mahodara y Mahaparsva salieron, impulsados por el Hado. Entonces Mahodara montó el elefante Sudarsana, nacido en la raza de Airavata y semejante a nubes azul oscuro. Y equipado con toda arma y adornado con aljabas, parecía espléndido sobre su elefante como el Sol que asciende a la cresta de la colina Poniente. Y el hijo de Ravana, Trisiras, subió a un carro uncido con excelentes corceles y provisto de toda variedad de armas. Y habiendo subido al carro, Trisiras, arco en mano, parecía hermoso como una masa de nubes ardientes que tienen relámpagos y meteoros, y coronada con el arco de Indra. Y adornado con tres diademas, Trisiras parecía espléndido en aquel soberbio carro, como el monarca de las montañas, Himavan, con las tres colinas de oro. Y entonces aquel primero de todos los arqueros, el poderoso Atikaya, hijo del señor de los rakshasas, subió al mejor de los carros, que tenía excelentes ruedas y akshas, uncido con excelentes corceles y provisto de fondos y orificios, llameante de aljabas y arcos, y erizado de prasas, espadas y garrotes. Y adornado con una corona chapada en oro labrado y (otros) ornamentos, parecía el Meru nadando en su propio esplendor. Y aquel poderoso hijo del rey, rodeado de los nairritas, parecía hermoso en aquel carro como el (Dios) que lleva el rayo en la mano, rodeado de los inmortales. Y Narantaka montó un corcel blanco semejante a Uchchaihsravas, enjaezado de oro, de gran cuerpo y dotado de la velocidad del Viento. Y tomando un prasa, Narantaka parecía el enérgico Guha montado en el pavo real, empuñando su dardo. Y tomando un garrote adornado con ornamentos de oro, Devantaka se asemejaba a Vishnu en el tiempo del batido del océano, sosteniendo el Darbhya, y en pie sosteniendo el peso (de la tierra). Y el poderoso Mahaparsva, dotado de terrible energía, tomando su maza, parecía Kubera que sostiene en la mano una maza en el encuentro. Y como inmortales que salen de Amaravati, avanzaron con elefantes, corceles y carros que lanzaban un estrépito semejante al retumbar de las nubes. Y los siguieron rakshasas de alma elevada equipados con poderosas armas. Y aquellos príncipes de alma elevada, brillantes como el sol y adornados con diademas, parecían espléndidos como planetas ardientes en el firmamento. Y los diversos atavíos suntuosos que vestían se asemejaban a hileras de grullas en el cielo, semejantes a nubes otoñales. Resueltos a morir o a vencer al enemigo en la lucha, aquellos héroes salieron buscando el encuentro. Y aquellos de alma elevada, incapaces de ser reprimidos en la lucha, rugieron, gritaron, descargaron saetas y las sostuvieron. Y la tierra tembló cuando lanzaron rugidos leoninos y se golpearon los brazos con las manos; y el cielo pareció hendido por los rugidos leoninos de los rakshasas. Y saliendo alegremente, aquellos primeros de los rakshasas, dotados de gran fuerza, contemplaron aquel ejército de monos, que estaba con rocas y piedras levantadas. Y los monos de alma elevada vieron también aquella poderosa hueste de rakshasas, apiñada de elefantes, caballos y carros y resonante de centenares de campanillas, semejante a nubes azul oscuro, que levantaba poderosas armas y estaba rodeada por todos lados de nairritas semejantes a fuego llameante. Y viendo avanzar aquella fuerza, los monos, hallando la ocasión, levantando peñascos gigantes, lanzaban gritos a cada momento. Y entonces los rakshasas, incapaces de soportar aquellos gritos, gritaron en respuesta a los monos. Y de nuevo los monos gritaron a los rakshasas, que no podían tolerar aquel grito. Y al oír aquel fuerte grito de los jefes de los monos, los poderosos rakshasas, incapaces de soportar aquel ruido que expresaba regocijo, gritaron aún más temiblemente. Y entonces, sumergiéndose en aquel temible ejército de los rakshasas, los jefes de los monos comenzaron a recorrerlo con rocas levantadas, semejantes a montañas. Y equipados con árboles y piedras, los monos enfurecidos recorrían el ejército de los rakshasas, ora elevándose al cielo, ora bajando a la tierra. Y algunos de los poderosos monos iban de un lado a otro tomando árboles de anchos troncos. Y el encuentro que tuvo lugar entre los apiñados rakshasas y monos fue algo terrible. Y (los monos) comenzaron a derramar una maravillosa lluvia de árboles, rocas y riscos. Y los monos de temible poderío fueron resistidos con andanadas de saetas. Y en la contienda los monos y los rakshasas lanzaron rugidos leoninos. Y los monos aplastaban a los yatudhanas con rocas y, arrebatados de rabia, mataban en el encuentro a (rakshasas) cubiertos de armadura y ornamentos; y algunos mataban a héroes montados en carros, elefantes y corceles. Y los monos de súbito mataron a heroicos yatudhanas. Y heridos en sus personas por cumbres de montañas, y con los ojos saltándoles, los primeros de los rakshasas se movían, caían o rugían en el escenario del conflicto. Y los rakshasas (por su parte) atravesaban a los primeros de los monos con dardos aguzados y agudos, clavas y cimitarras; y los mataban con dardos y prasas. Y ansiosos de abatirse unos a otros, los monos y los rakshasas, con sus personas lavadas en la sangre de sus antagonistas, se derribaban unos a otros. Y en un momento la tierra quedó cubierta de peñascos y espadas descargados por monos y rakshasas, y empapada en sangre. Y el campo quedó bloqueado por los rakshasas esparcidos, semejantes a montañas, movidos por el ardor marcial y mutilados por sus enemigos. Y los monos, arrojados y derribados por medio de peñascos rotos, monos, brazos y piernas, libraron una guerra maravillosa. Y aquellos primeros de los nairritas mataban monos con (los cadáveres de los monos); y los monos herían a los rakshasas con (los cadáveres de los) rakshasas; y los rakshasas mataban (a los monos), arrojando rocas y peñascos. Y arrebatando por la fuerza sus propias armas, los monos acababan con los rakshasas; y los mataban con cumbres de montañas, y también se herían unos a otros. Y los monos y los rakshasas lanzaron rugidos leoninos en el encuentro. Y los rakshasas, muertos por los monos, con la cota de malla y la defensa del cuerpo desgarradas, sangraban como árboles que exudan savia. Y en aquel encuentro algunos de los monos destruían carros con carros, elefantes con elefantes y corceles con corceles. Y los rakshasas hendían los árboles y las rocas de los primeros de los monos por medio de kshurapras, medias lunas, bhallas aguzados y flechas. Y en aquel encuentro la tierra se volvió intransitable, sembrada de peñascos frustrados, árboles cortados y (guerreros) muertos por monos y rakshasas. Y aquellos monos, equipados con diversas armas y con su vigor intacto, entrando en el conflicto desechando el temor, poniendo alegremente esfuerzos nacidos del orgullo de espíritu, siguieron guerreando con los rakshasas. Y en aquel temible conflicto que se libraba, al haberse alegrado los monos y haber sido abatidos los rakshasas, los Maharshis y las deidades lanzaron gritos. Entonces, montado en un caballo de guerra dotado de la celeridad del Viento y empuñando un dardo aguzado, Narantaka entró en aquel feroz ejército de los monos, como un pez que se zambulle en el abismo. Y aquel héroe, por medio de un refulgente dardo con lengüetas, atravesó a setecientos monos; y de una vez el de alma elevada enemigo de Indra mató al ejército de los primeros de los monos. Y los vidyadharas y los Maharshis vieron a aquel de alma elevada, montado a caballo, recorriendo las filas de los monos. Y su paso se descubría, enfangado de carne y sangre y bloqueado por monos caídos semejantes a montañas. Y cuando los monos ponían su corazón en desplegar su poderío, Narantaka, frustrándolos, los atravesaba con saetas. Y consumía el ejército de los monos como el fuego que quema un bosque. Y cuando los que recorren los bosques arrancaban árboles y peñascos, ellos, muertos por dardos con lengüetas, caían como montañas hendidas por el rayo. Y levantando un prasa resplandeciente, el poderoso Narantaka comenzó a recorrer la retaguardia de las fuerzas, lanzándose por todas partes (contra el enemigo) en la lucha, como el viento en la estación de las lluvias. Y los héroes no podían destacarse ni mantener sus puestos. ¿Y cómo podían entonces moverse libremente? Y aquel dotado de poderío atravesaba a todos, ya saltaran, ya estuvieran quietos, ya se movieran. Y rotas por un solo prasa, semejante al Segador y provisto de refulgencia solar, las filas de los monos comenzaron a rodar por la tierra. Y los monos estaban mal dispuestos para soportar el ímpetu de aquel prasa, que tenía el tacto del rayo mismo; y lanzaron un fuerte grito. Y el aspecto de aquellos héroes monos al caer era como el de montañas que se desploman con sus cumbres hendidas por el rayo. Aquellos monos de alma elevada y poderosos que antes habían sido abatidos por Kumbhakarna, habiéndose recobrado, estaban presentes con Sugriva en este encuentro. Y Sugriva, mirando alrededor, vio aquel ejército de monos huyendo en todas direcciones, agitado por el temor de Narantaka. Y después de ver huir al ejército, vio al mismo Narantaka avanzando, blandiendo un prasa y montado en un corcel. Y en cuanto vio (a aquel héroe), el sumamente enérgico señor de los monos, Sugriva, se dirigió al heroico príncipe Angada, dotado de una fuerza igual a la de Indra, diciendo: «Ve contra este heroico rakshasa que está montado en un corcel; y priva prontamente de la vida a aquel que está devorando las filas de sus enemigos». Al oír el discurso de su señor, Angada descendió de aquella hueste semejante a nubes, como el poderoso Sol mismo. Y semejante a una masa de peñascos, Angada, el primero de los monos, adornado con angadas, parecía hermoso como una montaña con metales encima. Y sin armas él mismo, y provisto solo de uñas y dientes, el hijo de Vali, atacando a Narantaka, dijo: «¡Detente! ¿Qué harás con estos monos inferiores? Este prasa, que tiene el tacto del rayo, arrójalo a mi corazón mismo». Al oír las palabras de Angada, Narantaka se inflamó de ira. Y mordiéndose el labio superior con los dientes y suspirando como una serpiente, Narantaka, arrebatado de ira, se acercó al hijo de Vali. Y entonces, haciendo girar su prasa, descargó de súbito aquella (arma) llameante contra Angada. Y entonces se partió contra el pecho del hijo de Vali, semejante al rayo, y cayó a la tierra. Y viendo el prasa hecho pedazos, como una poderosa serpiente cortada por Suparna, el hijo de Vali, levantando la mano, asestó una bofetada en la cabeza del corcel (de Narantaka). Entonces, con las patas hundiéndose, los globos de los ojos saliéndose y la lengua colgando, y con el aspecto de una montaña, herido por aquella bofetada, el corcel de Narantaka cayó al suelo con la cabeza tendida al azar. Y Narantaka, viendo a su caballo de guerra muerto y caído, fue presa de una ira furiosa y, levantando el puño cerrado, aquel dotado de sumamente grande energía golpeó en aquel conflicto al hijo de Vali en la cabeza. Entonces a Angada, herida la cabeza por aquel golpe, le brotó abundantemente sangre caliente. Y ora ardiendo, ora desmayándose, él, recobrando el sentido, quedó asombrado. Entonces el hijo de Vali, el de alma elevada Angada, cerrando el puño en un golpe semejante a la Muerte misma en energía y semejante a la cumbre de una montaña, lo dejó caer sobre el pecho de Narantaka. Entonces, con el pecho hendido y quebrantado, vomitando llamas y con el cuerpo bañado en sangre, Narantaka cayó a la tierra como una colina destrozada por el ímpetu del rayo. Y muerto en la batalla por el hijo de Vali, Narantaka, de excesivo poderío, se levantó un tremendo clamor en el firmamento de parte de los que recorren los bosques y de los primeros de los celestiales. Y Angada, habiendo ejecutado aquella difícil hazaña de poderío, capaz de deleitar la mente de Rama, fue presa del asombro; y aquel de terribles hazañas en la lucha se sintió de nuevo inspirado de deleite en el encuentro.

Y viendo muerto a Narantaka, los primeros de los nairritas, incluidos el de tres cabezas Devantaka y el descendiente de Pulastya, Mahodara, comenzaron a gritar (a coro). Y entonces el vehemente Mahodara, montado (a caballo), se precipitó contra el hijo de Vali, dotado de energía. Y afligido a consecuencia de la calamidad que había caído sobre su hermano, el fuerte Devantaka, empuñando un temible garrote, se lanzó contra Angada. Y subiendo a un carro semejante al Sol, uncido con soberbios corceles, el heroico Trisiras se precipitó contra el hijo de Vali. Entonces, atacado por aquellos tres poderosos rakshasas, aplastadores de la altivez de los inmortales, Angada arrancó un árbol provisto de gigantescas ramas. Y así como Sakra arroja el poderoso rayo llameante, aquel héroe, Angada, arrojó al punto contra Devantaka aquel poderoso árbol de ramas gigantes. Y Trisiras cortó aquel árbol en pedazos por medio de saetas semejantes a serpientes. Y viendo cortado el árbol, Angada saltó; y entonces aquel primero de los monos hizo llover peñascos y árboles. Y todos ellos los cortó Trisiras, arrebatado de ira, por medio de flechas aguzadas; y Mahodara quebró aquellos árboles con el extremo de su garrote. Y entonces Trisiras se precipitó con saetas contra aquel héroe, el hijo de Vali; y Mahodara lo persiguió, montado en un elefante, e hirió a Angada en el pecho con tomaras semejantes al rayo. Y Devantaka, enfurecido, avanzando, golpeó a Angada con su garrote, y entonces, dotado de velocidad, se apartó velozmente. Y atacado simultáneamente por aquellos tres poderosos nairritas, el sumamente enérgico hijo de Vali, poseedor de poderío, no sintió dolor alguno. Y aquel impetuoso, incapaz de ser vencido, reuniendo su máxima vehemencia, precipitándose, asestó una bofetada a su poderoso elefante. Y con ello el elefante cayó ante su misma vista y expiró. Y entonces, arrancándole los colmillos, el sumamente poderoso hijo de Vali, lanzándose contra Devantaka, le asestó con ellos un golpe en aquel encuentro. Y entonces aquel fuerte, abrumado como un árbol azotado por el viento, comenzó a derramar sangre profusamente, del color de la laca. Y entonces, animándolo, el sumamente enérgico y poderoso Narantaka, haciendo girar violentamente su garrote con todas sus fuerzas, golpeó con él a Angada. Y aunque herido con el garrote, el hijo del señor de los monos, cayendo de rodillas, saltó de nuevo. Y al saltar él, Trisiras lo hirió en las sienes, al hijo del rey de los monos, con tres terribles saetas de vuelo recto. Y viendo a Angada asaltado por los tres temibles rakshasas, Hanuman y Nila acudieron (a su rescate). Entonces Nila arrojó la cumbre de una montaña a Trisiras; y entonces aquel hijo de Ravana la cortó con flechas aguzadas. Y aquella cumbre de montaña, al ser hendida, cayó en llamas y lanzando chispas de fuego. Y viéndolo bostezar de alegría, el robusto Devantaka, en aquel encuentro, persiguió al hijo del dios del Viento con su garrote. Y mientras él se precipitaba, aquel primero de los monos, Hanuman, le asestó en la coronilla un golpe semejante al rayo mismo. Y el poderoso y heroico hijo del dios del Viento golpeó (a su antagonista); y aquel temible mono hizo también temblar (de miedo) a los rakshasas con sus rugidos. Y entonces, con la cabeza aplastada y hendida, y los dientes y los ojos saltándole, y la lengua colgando, aquel hijo del soberano de los rakshasas cayó de súbito a la tierra, privado de la vida. Caído en la lucha aquel feroz y poderoso guerrero rakshasa, aquel enemigo de los inmortales, el de tres cabezas, enfureciéndose maravillosamente, comenzó a hacer llover terribles saetas aguzadas sobre el pecho de Nila. Y Mahodara, enfureciéndose, montó de nuevo velozmente un elefante, como el (Sol) provisto de rayos que asciende al Mandara. Entonces, así como una masa de nubes rugientes derrama aguaceros, envueltos en relámpagos, sobre una montaña, él hizo llover flechas justo sobre el pecho de Nila. Entonces, bañado por aquellas saetas, aquel jefe de los monos, Nila, con la persona atravesada, tuvo el cuerpo hendido y quedó aturdido por aquel sumamente poderoso. Entonces aquel (mono), poseedor de tremenda vehemencia, habiendo recobrado el sentido, arrancando un peñasco con todo un trecho de árboles, lo descargó sobre la cabeza de Mahodara. Y herido por aquel poderoso enemigo, Mahodara, quebrantado por el ímpetu de aquella roca, privado de sentido, cayó muerto al suelo, como un risco herido por el rayo.

Viendo muerto a su tío, Trisiras tomó su arco e, inflamado de furia, atravesó a Hanuman con flechas aguzadas. Y entonces el hijo del dios del Viento, enfurecido, arrojó la cumbre de una montaña (a su adversario). Y Trisiras, por medio de agudas flechas, la hizo añicos. Y viendo frustrada la cumbre de la montaña, el mono comenzó en el encuentro a hacer llover árboles sobre el hijo de Ravana. Y Trisiras, dotado de poderío, por medio de saetas aguzadas cortó en el cielo aquella lluvia de proyectiles que descendía, y gritó (de alegría). Entonces Hanuman, montando en furia, saltando al firmamento, desgarró con las uñas el corcel de Trisiras, así como un león hiende a un poderoso elefante. Entonces, tomando un dardo, así como el Destructor emplea la Noche Fatal, el hijo de Ravana, Trisiras, lo descargó sobre el vástago del dios del Viento. Entonces, atrapando el dardo de curso irresistible mientras descendía del cielo, el poderoso mono lo partió y luego gritó. Y viendo aquel temible dardo roto por Hanuman, los monos, transportados de deleite, lanzaron gritos, así como retumban las nubes. Entonces, levantando su espada, aquel primero de los rakshasas, Trisiras, la descargó sobre el pecho del jefe de los monos. Abrumado por el golpe de espada, Hanuman, hijo del dios del Viento, dotado de energía, asestó al de tres cabezas una bofetada en la cabeza. Y herido por aquella bofetada, el sumamente poderoso Trisiras, soltándosele las manos y el atavío, cayó a la tierra privado de conciencia. Entonces aquel poderoso mono, semejante a una colina, le rompió la espada mientras caía, y rugió, aterrorizando a todos los rakshasas. Pero no soportando aquel clamor, aquel vagabundo de la noche se levantó de un salto; y levantándose, asestó un golpe a Hanuman. Y ante aquel golpe el temible mono se arrebató de ira; e inflamado de rabia, hirió a aquel primero de los rakshasas en torno a su diadema. Y entonces con una espada afilada el hijo del dios del Viento le cortó las cabezas, adornadas con diademas y provistas de pendientes, así como Sakra había cortado las cabezas del hijo de Tvashtri. Entonces, así como estrellas ardientes, desprendidas, caen del curso de Indra, los grandes órganos de los sentidos, los ojos que llameaban como fuego resplandeciente y las cabezas de aquel enemigo de Indra cayeron al suelo. Muerto Trisiras, enemigo de los inmortales, por Hanuman, dotado del poderío mismo de Sakra, los monos gritaron, la tierra tembló y los rakshasas comenzaron a huir por todos lados. Y viendo muertos a Trisiras y a Yudhyonmatta, y viendo también muertos (en el encuentro) al irreprimible Devantaka y a Narantaka, aquel sumamente irascible y poderoso rakshasa, Matta, se transportó de pasión, y entonces tomó una maza llameante, labrada enteramente de hierro incrustado de oro, espumosa de carne y sangre, poderosa de contemplar, saciada de la sangre de los enemigos, con el extremo llameante de esplendor, adornada con guirnaldas rojas y capaz de infundir terror a Airavata, Mahapadma y Sarvabhauma. E inflamándose como el Fuego surgido al fin de un Yuga, aquel primero de los rakshasas, Matta, arrebatado de furia, se precipitó contra los monos. Entonces el poderoso y potente mono Rishabha, saltando ante el hijo de Ravana, se plantó ante las huestes de Matta. Y viendo a aquel mono semejante a una montaña plantado ante (él), Matta, enfurecido, le asestó un golpe en el pecho. Y herido por la maza, aquel primero de los monos, con el pecho hendido y temblando, comenzó a sangrar copiosamente. Y recobrando el sentido al cabo de largo rato, Rishabha, señor de los monos, inflamado de ira, frunciendo el labio superior, miró fijamente a Mahaparsva. Y entonces, acercándose impetuosamente al rakshasa, aquel primero de los heroicos monos, semejante a una colina, dotado de vehemencia, cerrando el puño, lo hirió de súbito con un golpe en el pecho. Entonces, como un árbol cuyas raíces han sido cortadas, él cayó de súbito al suelo, cubierto de sangre. Y entonces (Rishabha) le arrebató velozmente su temible maza, semejante a la vara de Yama mismo, y gritó. Solo por un momento permaneció él como muerto. Recobrando el sentido, el enemigo de los inmortales, semejante en color a las nubes del atardecer, levantándose de súbito, atacó al hijo del rey de las aguas. Y entonces este cayó a la tierra sin sentido. Recobrando la conciencia en un momento, saltó de nuevo y, haciendo girar la maza, semejante a una cumbre de la primera de las montañas, le asestó (a Matta) con ella un golpe en aquel encuentro. Y cayendo sobre el cuerpo de aquel temible, el enemigo de las deidades, de los sacrificios y de los vipras, aquella terrible maza le hendió el pecho; y comenzó a sangrar profusamente, así como el señor de las montañas vierte minerales y agua. Y tomando la terrible maza del de alma elevada (Matta) y blandiéndola una y otra vez, (Rishabha) se precipitó (contra los rakshasas). Y aquel de alma elevada comenzó a matar a las fuerzas de Matta en el campo. Y quebrantado por su propia maza, Matta cayó como una colina, con los dientes y los ojos arrugados; y cayó a la tierra privado de fuerza y de vida, con los ojos palideciendo. Y al caer aquel rakshasa, las fuerzas de los rakshasas comenzaron a huir. Y muerto aquel hermano de Ravana, aquella hueste de nairritas, semejante al océano en grandeza, dejando atrás sus armas, se dio a la huida solo por salvar la vida, como el abismo hendido (por los vientos).

Section 70

Viendo en duro aprieto a sus propias poderosas fuerzas, capaces de erizar el vello de las gentes, y viendo derrotados a sus hermanos, semejantes a Sakra en poderío, y viendo también abatidos en la batalla a sus tíos, así como a sus hermanos Yudhyonmatta y Matta, primeros de los rakshasas, aquel aplastador del orgullo de deidades y danavas, el sumamente enérgico Atikaya, semejante a una colina, que había obtenido de Brahma un don en la batalla, se inflamó de ira. Subiendo a un carro refulgente como mil soles que mezclan sus rayos en un estallido de brillo, aquel enemigo de Sakra cargó contra los monos. Y tensando su arco, (Atikaya), adornado con una diadema y luciendo pendientes bruñidos, proclamó su nombre (entre las filas de los monos) y gritó con tonos elevados. Y con sus rugidos leoninos, la proclamación de su nombre y el tremendo tañido de la cuerda de su arco, infundió terror a los monos. Viendo la magnitud de su persona, los monos, pensando que era Kumbhakarna el que había venido, y espantados por ello, buscaron el amparo unos de otros. Y viendo su forma, semejante a la de Vishnu cuando desplegó su triple energía, los guerreros monos, presa del temor, comenzaron a correr por todos lados. Y al aparecer Atikaya ante ellos, los monos, aturdidos en aquel conflicto, buscaron el amparo del hermano mayor de Lakshmana. Y desde lejos Kakutstha vio a Atikaya, semejante a una montaña, montado en el carro y equipado con su arco, semejante a nubes rugientes (vistas) con ocasión de la disolución universal. Y viendo a aquel de enorme cuerpo, Raghava, presa de la sorpresa, consolando a los monos, se dirigió a Vibhishana, diciendo: «¿Quién es este, semejante a una montaña, provisto de un arco y de ojos leoninos, que está apostado en un gran carro uncido con mil corceles; aquel que con refulgentes dardos aguzados y agudos prasas y tomaras brilla como Mahesvara rodeado de espectros; aquel que, mostrando su lengua fatal, parece espléndido, rodeado de dardos en su carro, como una masa de nubes adornada de relámpagos? Y sus arcos, adornados y respaldados de oro por todas partes, embellecen su carro así como el arco de Indra embellece el firmamento. ¿Y quién es este primero de los rakshasas y mejor de los arqueros que, embelleciendo el campo de batalla, se acerca en un carro glorioso como el sol; que, iluminando los diez puntos cardinales con sus saetas semejantes a los rayos del sol, parece hermoso con su cumbre de estandarte que lleva la figura de Rahu; cuyo arco, doblado en tres lugares, que lanza rugidos semejantes al retumbar de las nubes y chapado en oro, parece el arco mismo de Satakratu? Y su poderoso carro, provisto de estandarte, enseña y fondo, y con un estrépito semejante al rugido de las nubes, tiene cuatro jinetes (adscritos a él). Y hay en el carro treinta y ocho aljabas, temibles arcos y cuerdas de arco de oro amarillo. Y hay (en aquel carro) dos refulgentes espadas a su lado, que lo iluminan, con empuñaduras que miden cuatro manos y hojas de diez cada una. Y aquel (guerrero) sereno lleva guirnaldas rojas en torno al cuello, y se asemeja a una poderosa montaña. Y verdadero Destructor, tiene una boca poderosa, semejante a la del Destructor mismo; y parece el sol apostado sobre las nubes. Y con los brazos adornados con angadas de oro, parece espléndido como aquella mejor de las montañas, el Himavan con sus elevadas cumbres. Y con su par de pendientes, su semblante encantador y a la vez terrible brilla como la Luna llena que entra en Punarvasu. Oh de brazos poderosos, cuéntame todo acerca de este primero de los rakshasas, viendo al cual los monos, abrumados de temor, huyen en todas direcciones». Preguntado por el hijo del rey, Rama, de inconmensurable poderío, el sumamente enérgico Vibhishana habló a Rama, informándole: «El sumamente poderoso rey, hermano menor de Vaisravana, de temibles hazañas, el de alma elevada Ravana, es el soberano de los rakshasas. Este es su poderoso hijo, semejante al mismo Ravana en fuerza. Sirve a los ancianos, es de amplia celebridad y es el primero de los versados en todas las ramas del saber. Y es competente para montar caballos y elefantes, para blandir la espada o tensar el arco, o para sembrar disensiones, o para dar, o en el consejo; él, apoyándose en cuyo brazo Lanka ha desechado el temor. Sepa usted que es Atikaya, hijo de Dhanyamali. Habiendo adorado con austeridades a Brahma, de alma pura, ha obtenido armas y ha derrotado a sus enemigos (en la lucha). “No podrás ser muerto por celestiales ni asuras”: tal fue el don que le otorgó el Nacido de sí mismo; y le dio también esta cota de malla celestial y este carro semejante al refulgente Sol mismo. Ha vencido (en la batalla) a centenares de deidades y danavas; y (siempre) ha protegido a los rakshasas y destruido a los yakshas. Y este inteligente resistió el rayo mismo de Indra, y en el encuentro frustró el lazo mismo del rey de las aguas. Este es Atikaya, el primero de los rakshasas; y aquel hijo de Ravana es el humillador de la altivez de deidades y danavas. Por tanto, oh mejor de los hombres, ponga usted todo su empeño. Este, con sus saetas, mató a las huestes de los monos ante (nosotros)». Y entonces el poderoso Atikaya, entrando en aquella fuerza de los monos, tensó su arco y gritó una y otra vez. Y los principales monos de alma elevada, viendo a aquel (héroe), poseedor de una persona temible, aquel mejor de los guerreros de carro, apostado en su carro, se precipitaron adelante. Y Kumuda, Dvivida, Mainda, Nila y Sabha se lanzaron a la vez con árboles y cumbres de montañas. Entonces aquel primero de los diestros en las armas, el sumamente enérgico Atikaya, cortó aquellos árboles y rocas por medio de saetas adornadas de oro. Y en aquel encuentro aquel poderoso, poseedor de una persona gigantesca, diestro en las armas, atravesó a todos aquellos monos que estaban ante él con flechas hechas enteramente de hierro. Y atormentados, con sus personas atravesadas en aquel poderoso conflicto por aquella lluvia de flechas, fueron incapaces de resistirla. Y el rakshasa aterrorizó aquella hueste de héroes monos, así como un león enfurecido, orgulloso de su juventud, aterroriza a una manada de ciervos. Y en medio de aquellas bandas de monos, aquel señor de los rakshasas no mató a nadie sin batalla. Y entonces, saltando ante Rama, aquel provisto de su arco y su aljaba se dirigió a él con palabras altivas, diciendo: «Apostado en este carro, con el arco y las flechas en las manos, no lucharé con nadie que sea innoble. El que tenga fuerza y entienda además este asunto, que me dé hoy prontamente batalla». Al oír su discurso, aquel matador de enemigos, el hijo de Sumitra, se inflamó de ira. Y no soportándolo, saltó adelante desdeñando las palabras de su antagonista, y tomó su arco. Y montando en furia, el hijo de Sumitra, saltando, sacó flechas de su aljaba y tensó su poderoso arco delante de Atikaya. Y llenando toda la tierra, el cielo, el océano y todos los cuartos cardinales, el terrible tañido del arco de Lakshmana infundió terror a (los corazones de) los vagabundos de la noche. Y al oír el temible tañido del arco del hijo de Sumitra, el sumamente enérgico y poderoso hijo del señor de los rakshasas quedó sorprendido. Entonces Atikaya, enfurecido, viendo avanzar a Lakshmana, tomando saetas aguzadas, le habló: «Eres un muchacho, oh hijo de Sumitra; y como tal no sabes desplegar poderío. Vete. ¿Por qué deseas luchar conmigo, que me asemejo a la Muerte misma? Ni el Himalaya mismo, ni el firmamento, ni la tierra son capaces de soportar la impetuosidad de las saetas disparadas por mis brazos. Deseas despertar un fuego que dormita dulcemente. Dejando tu arco, regresa. No pierdas la vida entrando en contacto conmigo. O puede ser que seas orgulloso y, por tanto, no tengas intención de regresar. Quédate, pues. Renunciando a tu vida, irás a la mansión de Yama. Contempla mis flechas aguzadas, aplastadoras de la insolencia de los enemigos, semejantes al arma misma del Señor, adornadas de oro bruñido. Y así como un león enfurecido derrama la sangre de un poderoso elefante, esta flecha mía, semejante a una serpiente, derramará tu sangre». Habiéndose expresado así, inflamado de ira, puso su saeta en el arco. Al oír en aquel encuentro el airado discurso de Atikaya, cargado de altivez, el sumamente poderoso e inteligente hijo del rey, dotado de excesiva apostura, se transportó de pasión; y dijo: «No puedes alcanzar la preeminencia solo en virtud de tus palabras. Uno no puede ser una persona digna simplemente por decirlo. Oh malvado, despliega tu fuerza sobre mí, que estoy equipado con el arco y tengo flechas en las manos. Hoy mis saetas, adornadas de oro, beberán tu sangre, que fluirá de tu persona y saldrá de las heridas infligidas por mis flechas semejantes a dardos. “Este es un muchacho”: pensando esto, no deberías desdeñarme. Ya sea yo un muchacho o un anciano, conocerás la muerte en el conflicto. Fue siendo niño cuando Vishnu dominó el triple mundo con su poderío». Al oír las palabras de Lakshmana, cargadas de razón y alto sentido, los vidyadharas y los espíritus, las deidades, los daityas y los Maharshis, y los guhyakas de alma elevada, contemplaron entonces aquella maravilla.

Entonces Atikaya, enfurecido, poniendo su flecha en el arco, la disparó a Lakshmana, como si devorara el firmamento. Entonces Lakshmana, matador de héroes hostiles, con una media luna cortó aquella saeta aguzada, semejante a una serpiente venenosa, mientras descendía. Y viendo cortada la saeta, como una serpiente con el cuerpo tajado, Atikaya, enfureciéndose en extremo, tomó cinco flechas; y el vagabundo de la noche las descargó sobre Lakshmana. Entonces el hermano menor de Bharata cortó las flechas que se acercaban con saetas aguzadas. Y habiéndolas cortado con saetas aguzadas, Lakshmana, matador de héroes hostiles, tomó una flecha aguzada que parecía llamear de energía. Y tomándola, Lakshmana la puso en su excelente arco; y tensando este, descargó vigorosamente la saeta. Y aquel héroe dotado de poderío hirió en la frente a aquel primero de los rakshasas con aquella saeta de nudos curvos, descargada de su arco tensado hasta el máximo. Y aquella flecha, atravesando la frente de aquel temible rakshasa y embadurnada de sangre, parecía el señor de las serpientes en una montaña. Y el rakshasa, dolorido por la saeta de Lakshmana, se estremeció como la temible puerta de Tripuri batida por Rudra. Entonces, recobrándose y reflexionando, dijo: «¡Excelente! Con esta descarga de tu saeta te acreditas como un enemigo de quien bien puedo gloriarme». Habiendo hablado así con franqueza, él, juntando las manos con desahogo y sentado en la plataforma de su carro, comenzó a recorrer el campo en él. Y entonces aquel primero de los rakshasas comenzó a tomar, poner y disparar una, tres, cinco o siete saetas. Y aquellas saetas, semejantes al Hado mismo, chapadas en oro en las partes emplumadas y semejantes al Sol mismo (en esplendor), descargadas del arco del señor de los rakshasas, iluminaron los cielos. Entonces el hermano menor de Raghava, por medio de muchas saetas aguzadas, cortó serenamente todas aquellas andanadas de flechas disparadas por el rakshasa. Y hallando hendidas en el encuentro todas aquellas flechas, aquel enemigo del señor de los inmortales, el hijo de Ravana, se inflamó de ira y tomó una saeta aguzada. Y entonces, apuntando aquella flecha, aquel sumamente poderoso la disparó de súbito; y con ella, precipitándose, hirió al hijo de Sumitra en el pecho. Y herido en el encuentro por Atikaya, el hijo de Sumitra comenzó a sangrar copiosamente, como un elefante enloquecido que vierte el jugo temporal. Y entonces aquel señor extrajo al punto la flecha; y luego tomó una saeta aguda y la fijó en su arma. Y entonces puso una saeta (en la cuerda del arco) recitando una fórmula para el arma ígnea; y con ello su flecha así como su arco se inflamaron. Entonces el sumamente poderoso Atikaya tomó un arma Raudra; y fijó en ella una saeta chapada en oro en la parte emplumada y semejante a una serpiente en brillo. Y así como el Segador arroja su vara, Lakshmana arrojó aquella arma, inspirada de energía divina, temible y en llamas, contra Atikaya. Y viendo aquella saeta puesta sobre un arma ígnea, aquel vagabundo de la noche descargó una flecha Raudra puesta sobre un arma Solar. Y allí, como un par de serpientes enfurecidas, aquellas flechas, con las cabezas llameantes de energía, se frustraron una a otra en el cielo. Y quemándose una a otra, las saetas cayeron a la tierra; y aquellas mejores de las flechas, privadas de brillo y reducidas a cenizas, quedaron despojadas de su esplendor. Y habiendo ardido en el firmamento, aquellas dos cayeron a la tierra despojadas de su lustre. Entonces Atikaya, arrebatado de ira, descargó una flecha llamada Aishika, consagrada a Tvashtri. Entonces el poderoso hijo de Sumitra cortó aquella saeta con un arma Aindra. Viendo frustrada la Aishika, aquel príncipe, hijo de Ravana, inflamado de rabia, fijó una flecha en un arma Yamya; y entonces el vagabundo de la noche disparó aquella arma a Lakshmana. Y Lakshmana la resistió con un arma Vayavya. Y entonces, así como una masa de nubes derrama aguaceros, Lakshmana, enfurecido, derramó andanadas de saetas sobre el hijo de Ravana. Entonces, alcanzando a Atikaya, aquellas flechas, al entrar en contacto con su cota de malla, tuvieron las puntas rotas y cayeron a la tierra. Y viéndolas frustradas, aquel matador de héroes hostiles, el renombrado Lakshmana, comenzó a hacer llover saetas por millares. Y aunque bañado por aquellas flechas, aquel rakshasa, el poderoso Atikaya, no fue atravesado por ellas en aquel encuentro a causa de su impenetrable cota de malla; y aquel mejor de los hombres no logró herirlo en la contienda. Entonces, acercándose a él, el dios del Viento le habló, diciendo: «Este ha recibido un don de Brahma y está cubierto de una cota de malla impenetrable. Atraviésalo con un arma de Brahma. De otro modo no puede ser muerto. Este, vestido de malla y dotado de poderío, es en verdad incapaz de ser muerto por otros». Al oír las palabras del dios del Viento, el hijo de Sumitra, semejante a Indra en poderío, tomó una flecha dotada de feroz impetuosidad, y al punto la puso sobre un arma de Brahma. Y al ser fijada aquella mejor de las flechas, de punta aguda, en aquella primera de las armas, los cuartos cardinales, la Luna, el Sol, los poderosos planetas y el cielo fueron presa del espanto; y la tierra tembló. E inspirando aquella flecha, provista de parte emplumada y semejante a un emisario de Yama mismo, y fijándola en su arco, el hijo de Sumitra descargó en aquel encuentro aquella saeta, semejante al rayo, sobre el hijo del enemigo de Indra. Y en aquel conflicto Atikaya contempló aquella saeta de hermosas plumas, con la parte emplumada adornada de espléndidos diamantes, que adquiría acrecentada vehemencia por haber sido descargada por Lakshmana, y que silbaba y se precipitaba con tremenda impetuosidad. Y viéndola, Atikaya la resistió velozmente con incontables saetas aguzadas. Pero dotada de la energía de Suparna mismo, aquella saeta fue con vehemencia hacia él. Y viendo venir aquella saeta llameante, semejante al Destructor Fatal mismo, él, esforzándose al máximo, la resistió con dardos, rishtis, mazas, azuelas, jabalinas y flechas. Pero abatiendo todas aquellas armas de formas maravillosas, aquella flecha viva de llamas, llegando a la cabeza de Atikaya, adornada con la diadema, la cortó (en dos). Y aquella cabeza provista de coselete, cortada por la flecha de Lakshmana, cayó de súbito a la tierra, como una cumbre del Himavan que se desploma (al suelo). Viéndolo rodar por la tierra, con el atavío y los ornamentos esparcidos, los vagabundos de la noche que sobrevivieron quedaron abrumados de pena. Y con rostros pálidos y afligidos, ellos, fatigados a consecuencia de la paliza que habían sufrido, comenzaron de súbito a gritar con acentos espantosos. Y muerto su jefe, aquellos vagabundos de la noche que estaban en torno (a Atikaya), sin esperar más, abrumados de pánico, se precipitaron hacia la ciudad. Y muerto su enemigo, dotado de terrible poderío e incapaz de ser enfrentado, innumerables monos, llenos de exceso de alegría y mostrando semblantes semejantes a lotos abiertos, rindieron homenaje a Lakshmana, que obraba por su bienestar.

Section 71

Al oír que Atikaya había sido muerto por Lakshmana, de alma elevada, el rey se llenó de sumamente grande ansiedad y habló así: «Dhumraksha, sumamente airado, el mejor de los equipados con todas las armas, y Akampana, Prahasta y Kumbhakarna, todos estos sumamente poderosos héroes, rakshasas que siempre buscaban la guerra, conquistadores de las fuerzas de los enemigos y nunca derrotados por los antagonistas, han sido muertos junto con sus huestes por Rama, de hazañas incansables. Y otros rakshasas de cuerpos gigantescos y diestros en diversas armas, incontables héroes de alma elevada, han sido también abatidos. Estos hermanos fueron antes atados por mi hijo Indrajit, de renombrada fuerza y poderío, con terribles saetas obtenidas como dones. Y no sé por qué poder, por qué virtud sobrehumana o por qué energía que aturde se libraron aquellos hermanos, Rama y Lakshmana, de aquellas temibles ataduras, que no podían ser desatadas ni por celestiales, ni por los sumamente poderosos asuras juntos, ni por yakshas, gandharvas y pannagas. Y todos aquellos heroicos guerreros rakshasas que salieron a mis órdenes han sido destruidos por monos de maravilloso poder. No veo a nadie que pueda ahora matar a Rama con Lakshmana, a aquel héroe junto con sus fuerzas, Sugriva y Vibhishana. ¡Ay! Poderoso debe de ser Rama, y maravillosa es la fuerza de sus armas; al entrar en contacto con su poderío, estos rakshasas han hallado la muerte. Que ahora este palacio sea guardado por todas partes por una guarnición vigilante, así como el bosque de asoka donde Sita está siendo guardada. Debemos estar siempre al tanto de la entrada y la salida (de toda persona). Y ustedes, rodeados de fuerzas, permanezcan donde haya guarniciones. Y los vagabundos de la noche deben vigilar siempre, al atardecer, a medianoche y por la mañana, los movimientos de los monos. Los monos no deben ser desdeñados en modo alguno. Y deben ustedes saber si el enemigo pone (nuevos) esfuerzos, y si avanzan o permanecen apostados donde están al presente». Entonces aquellos sumamente poderosos rakshasas hicieron como se les había ordenado. Y habiéndolos dirigido, Ravana, señor de los rakshasas, llevando el dardo de la ira (en el corazón), entró con aspecto desolado en su propia mansión. Y con el fuego de su rabia inflamándose, el sumamente poderoso soberano de los vagabundos de la noche, absorto en el peligro que había caído sobre su hijo, comenzó a suspirar a cada momento.

Section 72

Los rakshasas que quedaron después de que los demás fueron muertos informaron prontamente a Ravana de que todos aquellos primeros de los rakshasas, Devantaka y los demás, Trisiras, Atikaya y otros, habían sido muertos. Y al oír de súbito que habían sido muertos, el rey, con los ojos cargados de salmuera, pensando en la desastrosa destrucción de sus hijos y hermanos, quedó en extremo angustiado. Entonces, viendo afligido al rey y hundido en un mar de pena, aquel primero de los guerreros de carro, hijo del rey de los rakshasas, Indrajit, se dirigió (a su padre), diciendo: «Oh padre, no le corresponde a usted dejarse vencer por esta excesiva pena, puesto que, oh señor de los nairritas, Indrajit aún respira. Herido por el enemigo de Indra, (Raghava) no puede en modo alguno salvar la vida en el encuentro. ¡Contemple usted hoy a Rama junto con Lakshmana, con los cuerpos desgarrados por mis saetas, yaciendo sin vida en el suelo, con sus personas cubiertas de mis flechas aguzadas! Oiga usted este voto del enemigo de Indra, que nunca se desvía y está lleno de poderío y divinidad: este mismo día mataré con saetas infalibles a Rama junto con Lakshmana. Que hoy Indra, Vaivasvata, Vishnu, Rudra, los sadhyas, los visvas, los hombres, el Sol y la Luna contemplen mi inconmensurable poderío, terrible como el de Vishnu en el terreno sacrificial de Vali». Habiendo hablado así, aquel enemigo del señor de los celestiales, dotado de sumamente grande energía, tomando el permiso del rey, subió a un carro que tenía la velocidad del viento mismo, uncido con asnos y provisto de toda variedad de armas. Y subiendo al carro, semejante al carro de Hari mismo, aquel sumamente poderoso sometedor de enemigos partió al punto hacia el campo de batalla. Y mientras aquel (héroe) de alma elevada marchaba, lo seguían incontables (rakshasas) poderosos, que respiraban ánimo y llevaban arcos en sus fuertes manos. Y algunos de ellos, semejantes a montañas, iban montados en elefantes, y algunos en soberbios corceles, y algunos en osos, y algunos en bestias de presa, y algunos en leones y chacales; y algunos de los rakshasas, dotados de temible vigor, iban montados en cuervos, y algunos en cisnes, y algunos en pavos reales; iban equipados con prasas, mazas, nistrimsas, hachas y clavas. Y todos los lados se llenaron del estruendo de las caracolas y del sonido de los timbales. Y entonces aquel enemigo del señor de los celestiales avanzó con impetuosidad. Y con una sombrilla del color de la Luna, aquel destructor de enemigos parecía la Luna llena apostada en el cielo. Y aquel héroe adornado con ornamentos de oro, aquel primero de todos los arqueros, era abanicado por un excelente y elegante chowri de oro. Y con Indrajit, provisto del esplendor del Sol mismo y poseedor de un poderío sin par, Lanka parecía hermosa, así como el firmamento adornado por el glorioso Sol.

Llegando al escenario del conflicto, aquel sumamente poderoso sometedor de enemigos dispuso sus fuerzas en torno al carro. Y entonces aquel primero de los rakshasas, con escogidos mantras, ofreció debidamente libaciones al Fuego. Y aquel poderoso señor de los rakshasas, adorando allí al Fuego con guirnaldas fragantes y arroz tostado, le ofreció sacrificio. Y las armas sirvieron de kasa y los bibhitakas de combustible; y había telas rojas y un cucharón hecho de hierro negro. Y extendiendo allí el Fuego, con tomaras que representaban el kasa, asió el cuello de una cabra viva. Y entonces el fuego encendido, sin humo, ardiendo brillantemente, mostró señales que presagiaban la victoria. Entonces, con su lengua derecha girando, la Deidad del Fuego misma, semejante a uno hecho de oro, levantándose, aceptó la ofrenda. Y entonces aquel (rakshasa) diestro en las armas adquirió un arma de Brahma (de aquella Deidad), e inspiró su arco y su carro con mantras. Invocada aquella arma, y adorado también (el dios del Fuego), el firmamento, provisto de soles, estrellas y planetas, quedó afligido de espanto. Habiendo adorado (al dios del Fuego), aquel dotado del esplendor del Fuego mismo, aquel poseedor del poderío del gran Indra y dotado de inconcebible vigor, equipado con arcos, flechas y espadas y con corceles, carros y dardos, desapareció en el cielo. Entonces, ardiendo por la batalla, lanzando rugidos, salieron las filas de los rakshasas, apiñadas de corceles y carros y adornadas con pendones y estandartes. Y se pusieron a matar monos en el combate con incontables saetas, agudas, variadas y adornadas, así como con tomaras y garfios. Y el hijo de Ravana, inflamado de ira, viendo a aquellos vagabundos de la noche, se dirigió a ellos, diciendo: «Ardiendo en deseos de destruir a los monos, luchen ustedes alegremente». Entonces todos aquellos rakshasas, ansiosos de victoria, lanzando rugidos, cubrieron a los temibles monos con lluvias de saetas. Y rodeado de rakshasas en aquel encuentro, él derramó sobre los monos nalikas, narachas, mazas y clavas. Y temblando en el encuentro, aquellos monos armados de árboles comenzaron al punto a hacer llover rocas y árboles sobre el hijo de Ravana. Entonces el sumamente poderoso Indrajit, hijo de Ravana, dotado de maravillosa energía, atravesó los cuerpos de los monos (con flechas). E inflamado de ira, aquel (héroe), regocijando a los rakshasas, atravesó con una sola saeta a nueve y siete monos en aquel encuentro. Y aquel héroe invencible destrozó en aquel conflicto a los monos con saetas semejantes al Sol, adornadas de oro. Y con sus personas atravesadas en aquella contienda, y doloridos ellos mismos por aquellas flechas, comenzaron a caer, abandonando toda intención de lucha, como poderosos asuras heridos por los celestiales. Y entonces, enfureciéndose sumamente, aquellos considerables monos persiguieron con ardor en aquel conflicto (a Indrajit), semejante al Sol mismo, que tenía terribles flechas por rayos. Y todos los monos, con los cuerpos hendidos y privados de sentido, bañados en sangre y retorciéndose de tormento, persiguieron (a Indrajit). Y desplegando su poderío en favor de Rama, aquellos monos, equipados con rocas en el encuentro, que habían consagrado sus mismas vidas (a él), se detuvieron gritando en voz alta. Y en aquel conflicto hicieron llover árboles, peñascos y cumbres de montañas sobre el hijo de Ravana. Y aquel destructor de enemigos, el sumamente enérgico hijo de Ravana, resistió aquella poderosa lluvia de árboles y piedras, capaz de causar la destrucción. Entonces aquel señor atravesó a las huestes de los monos en el encuentro con saetas semejantes al fuego o a serpientes venenosas. Y atravesando a Gandhamadana con ocho y diez flechas agudas, hirió con nueve saetas a Nila, apostado a distancia. Y aquel dotado de temible poderío atravesó a Mainda con siete saetas capaces de penetrar hasta la médula; y atravesó a Gaja con cinco saetas en el encuentro. Y atravesó a Jambavan con diez y a Nila con treinta. Y entonces, con temibles saetas agudas obtenidas como dones, dejó a Sugriva, Rishabha, Angada y Dvivida (casi) sin vida. Y transportado de pasión, y semejante al Fuego surgido en el día del Juicio, Indrajit hostigó con incontables flechas a otros monos principales. Y en aquel terrible conflicto agitó a las huestes de los monos con saetas de veloz vuelo, semejantes al Sol mismo, descargadas (de su arco) con destreza. Entonces, en aquel encuentro, dejando su ejército, Indrajit se hizo de súbito invisible para las huestes de los monos, y comenzó a hacer llover feroces flechas, como nubes oscuras que derraman lluvia. Y con sus personas desgarradas por las flechas del conquistador de Sakra, muertos por su poder de ilusión, con los dientes arrancados, aquellos monos semejantes a montañas cayeron en el campo lanzando gritos espantosos, como una montaña herida por el rayo de Indra. Y en el conflicto solo podían ver saetas de punta aguda entre las filas de los monos; pero a aquel enemigo del jefe celestial, el rakshasa, oculto en virtud de la ilusión, no podían descubrirlo allí. Y entonces el señor de los rakshasas, de alma elevada, cubrió todos los lados con saetas de punta aguda semejantes a los rayos del Sol; y hendió a los monos principales. Y haciendo girar dardos, nistrimsas y hachas, llameantes y con la refulgencia del Fuego, y provistos de llamas que lanzaban chispas, los descargó con furia sobre las fuerzas del soberano de los monos. Y los jefes de los monos, heridos por las saetas de Sakrajit semejantes a llamas, parecían kinsukas sonrientes. Y algunos, mirando al cielo, eran heridos en los ojos. Y gradualmente comenzaron a esconderse unos en otros y a caer a la tierra. Y aquel primero de los rakshasas, Indrajit, con prasas, dardos y flechas aguzadas, inspirados con mantras, atravesó a todos aquellos poderosos monos: Hanuman, Sugriva, Angada, Gandhamadana, Jambavan, Sushena y Vegadarsi, y Mainda, Dvivida, Nila, Gavaksha, Gavaya, Kesarin, Hariloman y el mono Vidyuddamshtra, Suryanana, Jyotirmukha y el mono Dadhimukha, Pavakaksha, Nala y el mono Kumuda. Y habiendo atravesado a aquellos monos principales con mazas de color de oro, hizo llover sobre Rama y Lakshmana flechas semejantes a los rayos del Sol. Y bañado por aquellas andanadas de flechas, Rama, sin hacer caso de aquella descarga semejante a un verdadero aguacero, reflexionando, habló a Lakshmana: «Oh Lakshmana, este señor de los rakshasas, este enemigo del señor de los celestiales, habiendo obtenido el arma de Brahma, después de abatir a las huestes de los monos, nos asalta con saetas aguzadas. Y aquel atento, de alma elevada, habiendo recibido un don del Nacido de sí mismo, ha hecho invisible su temible cuerpo. ¿Cómo podemos matar a aquel que lucha con las armas levantadas, pero que ha ocultado su cuerpo? El venerable Nacido de sí mismo, a mi juicio, es incomprensible. Y esta es su arma, que encarna su energía. Por tanto, oh inteligente, soporta hoy esto serenamente junto conmigo. Y que este primero de todos ellos, este señor de los rakshasas, cubra todos los lados con las lluvias de sus saetas. Y a consecuencia de esto, el ejército del rey de los monos, con sus mayores héroes caídos, no se muestra con ventaja. Y viéndonos también caídos sin sentido y desistiendo de la lucha, idos de nosotros la alegría y la cólera, el enemigo de los inmortales, tomando la Fortuna de la lucha, buscará con certeza su hogar». Y asaltados por Indra con redes de flechas, quedaron entonces duramente afligidos en el campo. Y habiéndolos herido de tristeza, Indra gritó de alegría en el encuentro. Y habiendo vencido así en la batalla a aquel ejército de monos y a Rama junto con Lakshmana, entró prontamente en la ciudad gobernada por la mano del de diez cuellos. Y ensalzado por los yatudhanas, él, lleno de deleite, lo contó todo a su padre.

Section 73

Y quedaron inertes en el campo; y el ejército de los jefes de los monos quedó aturdido, con Sugriva, Nila, Angada y Jambavan, y no mostraban señal alguna de actividad. Entonces, viéndolos desanimados, aquel primero de las personas inteligentes, Vibhishana, animándolos con su discurso sin par, dijo: «Héroes del rey de los monos, no se rindan al temor. No es este el momento de entregarse a la pena en este lugar; pues los hijos del noble, inactivos y abatidos, y que parecen heridos por las lluvias de las saetas de Indrajit, están en realidad en este estado para mostrar reverencia a las palabras del Nacido de sí mismo. A él le ha otorgado el Nacido de sí mismo la poderosa arma de Brahma, de poder infalible; y los hijos del rey la honran yaciendo en el campo de batalla. ¿Por qué, pues, se afligen ahora?». Al oír las palabras de Vibhishana y honrando el arma de Brahma, Hanuman habló como sigue: «La hueste de los monos de paso veloz ha sido muerta por esta arma. Vayamos a consolar a los que aún viven». Y aquellos dos grandes héroes, Hanuman y aquel primero de los rakshasas, con teas en las manos, comenzaron a recorrer de un lado a otro el campo de batalla. Y contemplaron allí la tierra sembrada por todos lados de monos tendidos como otras tantas colinas, y de diversas armas resplandecientes. Y algunos de estos monos estaban privados de la cola, algunos de las manos, algunos de los muslos, algunos de las piernas, algunos de los dedos y algunos de la cabeza. Y de las personas de algunos brotaba la sangre, y otros orinaban de miedo. Y Vibhishana y Hanuman contemplaron allí a Sugriva, Angada, Nila, Gandhamadana, Jambavan, Sushena, Vegadarsi, Mainda, Nala, Jyotirmukha y el mono Dvivida, casi muertos. Y Vibhishana y Hanuman vieron en el campo sesenta y siete kotis de monos de pies veloces muertos (en la batalla) en la quinta parte del día por el predilecto del Nacido de sí mismo. Y examinando aquella hueste derrotada, temible como las olas del mar, Hanuman y Vibhishana comenzaron a buscar a Jambavan. Y hallando a aquel heroico hijo de Prajapati, afligido por la decrepitud natural, anciano y semejante a un fuego que arde sin llama, herido por centenares de saetas, el hijo de Pulastya dijo: «Oh noble, ¿no ha sido destruida tu vida por aquellas saetas agudas?». Al oír las palabras de Vibhishana, Jambavan, el mejor de los osos, sacando la voz con extremo esfuerzo, dijo: «Oh primero de los nairritas, dotado de excesivo poderío, te conozco por la voz. Con la persona atravesada por saetas agudas, no puedo verte con los ojos. Aquel por quien Anjana así como Matarisvan han sido bendecidos con hermosa descendencia, ¿vive aquel príncipe de los monos, Hanuman?». Al oír el discurso de Jambavan, Vibhishana dijo: «¿Por qué, pasando por alto al hijo del alto y poderoso, preguntas por el vástago del dios del Viento? Oh noble, no muestras por el rey Sugriva ni por Raghava ese afecto desbordante que muestras por el hijo del dios del Viento». Al oír las palabras de Vibhishana, Jambavan dijo: «Oye, oh primero de los rakshasas, por qué pregunto por el hijo del dios del Viento. Mientras este héroe está vivo, esta fuerza, aunque destruida, vive; pero si Hanuman es privado de la vida, aunque vivos, estamos destruidos. Oh hijo, si el vástago del dios del Viento, semejante a su padre mismo o a (la deidad del) Fuego en poderío, está vivo, hay esperanza para nuestras vidas». Entonces, acercándose a aquel anciano, Hanuman, hijo del dios del Viento, lo saludó humildemente, asiendo los pies de Jambavan. Al oír la voz de Hanuman, aquel primero de los monos, con los sentidos duramente doloridos, se consideró como si hubiera recobrado la vida. Entonces aquel sumamente enérgico se dirigió a Hanuman, diciendo: «Ven, oh poderoso mono. Te corresponde rescatar a los monos. No hay otro. Dotado de profuso poderío, eres el mayor amigo de estos. Esta es la hora en que debes desplegar tu poder. No veo a ningún otro. Anima a esta hueste compuesta de osos y monos; y cura también las heridas de estos dos, atormentados por ellas. Saltando derecho sobre el océano, tú, oh Hanuman, debes ir al Himavan, la primera de las montañas. Allí verás aquella mejor de las montañas, el dorado Rishabha, de terrible aspecto, y, oh matador de enemigos, también la cumbre del Kailasa. Entre ambas, oh héroe, oh poderoso mono, verás la montaña de las medicinas, colmada de hierbas curativas de toda clase. En su cumbre hallarás cuatro hierbas medicinales que llamean e iluminan los diez cuartos cardinales, a saber, Mritasanjivani, Visalyakarani, Suvarnakarani y la poderosa medicina Sandhani. Oh Hanuman, proveyéndote de ellas, debes venir aquí sin demora. Oh vástago del dios del Viento, devolviendo la vida a estos monos, anímalos». Entonces Hanuman se llenó de energía, así como el Océano se encrespa con la fuerza de los vientos (que soplan sobre su seno). Y subiendo a la cumbre de aquella montaña y lastimándola con su pisada, aquel héroe, Hanuman, parecía una segunda montaña. Y aplastada bajo la pisada de aquel mono, la montaña se desanimó; y duramente afligida, apenas podía contenerse. Y los árboles que había en ella comenzaron a desplomarse a la tierra; y a causa de la vehemencia del mono, se inflamaron. Y heridas por Hanuman, sus cumbres quedaron esparcidas alrededor. Y los monos ya no podían morar en aquella primera de las montañas, que, duramente oprimida (por Hanuman), temblaba toda ella, con sus laderas cubiertas de árboles y rocas rotos. Y con sus gigantescas puertas temblando y las puertas de sus edificios rotas, aquella noche Lanka, abrumada de espanto, parecía bailar. Y el vástago del dios del Viento, semejante a una montaña él mismo, poniendo a aquella montaña en duro aprieto, agitó toda la tierra con sus Océanos. Y lastimando la montaña con su pisada, él, abriendo de par en par su boca semejante a la de una yegua, lanzó fuertes gritos, aterrorizando a los vagabundos de la noche. Y al oír aquellos tremendos rugidos mientras él seguía lanzando gritos, los poderosos rakshasas quedaron completamente aturdidos. E inclinándose ante el Océano, aquel sometedor de enemigos, el hijo del dios del Viento, dotado de temible poderío, comenzó a meditar en la poderosa misión que se le había confiado en interés de Raghava. Y entonces, levantando su cola semejante a una serpiente, doblando el lomo, contrayendo las orejas y abriendo la boca, semejante a la de una yegua, aquel poseedor de terrible impetuosidad saltó al cielo. Y con la vehemencia de su arremetida arrastró tras de sí trechos enteros de árboles, rocas, peñascos y monos inferiores; y después de haber sido arrastrados cierta distancia por la vehemencia de sus brazos y muslos, ellos, perdiendo al fin su velocidad, cayeron a las aguas (del Océano). Y estirando sus brazos semejantes a serpientes, el hijo del dios del Viento, dotado del poderío de Garuda, siguió su curso hacia el monarca de las montañas, como si hiciera temblar todos los cuartos. Y viendo el mar con sus huestes de olas que rodaban furiosamente, y con las confederaciones de animales acuáticos desconcertadas por las aguas airadas, siguió su curso rápidamente, como el disco descargado por la mano de Vishnu. Y examinando colinas, aves, lagunas, ríos, estanques, espléndidas ciudades y florecientes provincias, aquel igual a su padre mismo en celeridad siguió su camino. Y aquel héroe, Hanuman, semejante a su padre en poderío e incapaz de fatigarse, avanzó vigorosamente por la órbita del Sol. Y aquel poderoso mono, poseedor de la velocidad del Viento mismo y de poderosa impetuosidad, avanzó a toda carrera, haciendo resonar todos los lados con sus rugidos. Y recordando las palabras de Jambavan, aquel temible mono, hijo del dios del Viento, poseedor de terrible poderío y semejante a una montaña, vio de súbito (ante sí) el Himavan, provisto de incontables cascadas y numerosas cuevas y arroyuelos, con espléndidas cumbres semejantes a masas de nubes pálidas y adornado de diversos árboles. Y llegando a aquel señor de las poderosas montañas, provisto de excelentes y elevadas cumbres de oro, vio las grandes ermitas sagradas (de los ascetas), habitadas por la flor de los santos celestiales. Y vio Brahmakosa, Rajatalaya, Sakralaya, Rudrasarapramoksha, Hayanana y el llameante Brahmasiras, y a los servidores de Vaivasvata. Y vio la morada del dios del Fuego, la morada de Vaisravana y el refulgente Suryanibandhana, y la morada de Brahma, el arco de Sankara y el ombligo de la Tierra. Y vio el Kailasa, de terrible aspecto, la piedra del Himavan, aquel toro, la montaña de oro y aquella primera de las montañas, provista de todas las hierbas medicinales, llameante e iluminada por toda clase de plantas medicinales. Y contemplando aquella masa llameante de fuego, el vástago del emisario de Vasava se maravilló. Y saltando hasta el señor de las montañas medicinales, se puso a buscar las drogas. Y aquel poderoso mono, el hijo del dios del Viento, dejando atrás mil yojanas, comenzó a recorrer la montaña que contenía en sus entrañas los remedios divinos. Y aquellas potentes medicinas de aquella primera de las montañas, sabiendo (de antemano) que venía uno buscándolas, se hicieron invisibles. Y no viéndolas, Hanuman, de alma elevada, se enojó; y de ira lanzó rugidos. Y no soportando aquello, (Hanuman), con ojos semejantes a fuego resplandeciente, se dirigió a aquella primera de las montañas, diciendo: «¿Qué es esto que has decidido, que no muestras compasión alguna por Raghava? ¡Pero, oh señor de las montañas, contémplate hoy vencido por mis brazos y hecho pedazos!». Y (al punto), de súbito, arrancó violentamente su cumbre con árboles, elefantes y oro, provista de mil variedades de mineral, con las cimas desgarradas y las laderas en llamas. Y arrancándola, saltó al (seno del aire), aterrorizando a los mundos que contienen a los celestiales y a sus señores. Y ensalzado por incontables vagabundos del aire, aquel dotado de la terrible impetuosidad de Garuda mismo, tomando aquella cumbre provista del esplendor del Sol, siguió por la órbita del Sol. Y cerca del Sol, aquel semejante al Sol parecía otro Sol. Y con aquella montaña, el vástago del portador de perfumes parecía sobremanera grandioso, como el mismo Vishnu equipado con el disco llameante de mil filos. Y viéndolo, los monos gritaron; y él también, viéndolos entonces, gritó de deleite. Y al oír sus tremendas aclamaciones, los que residían en Lanka gritaron aún más temiblemente. Y entonces el de alma elevada descendió sobre aquella mejor de las montañas, en medio de las fuerzas de los monos; e inclinándose ante los monos principales que allí había, abrazó a Vibhishana. Y entonces aquellos hijos de aquel rey de los hombres, oliendo el perfume de aquella poderosa medicina, quedaron allí mismo curados de sus heridas; y los heroicos monos también se incorporaron. Y todos los heroicos monos quedaron al instante sanos y curados; y también los que habían sido muertos (en la batalla), gracias al olor de aquella mejor de las drogas, se incorporaron, como personas que se levantan del sueño al despuntar el día. Desde que los monos y los rakshasas habían comenzado a luchar, por mantener el honor, todos aquellos rakshasas que eran muertos allí por los poderosos monos eran arrojados al mar. Entonces aquel mono, el vástago del portador de la fragancia, dotado de terrible velocidad, llevó (de vuelta) aquella montaña medicinal al Himavan y se presentó de nuevo ante Rama.

Section 74

Entonces el sumamente enérgico señor de los monos, Sugriva, dijo a Hanuman estas palabras cargadas de sentido: «Puesto que Kumbhakarna ha sido muerto, así como los príncipes, Ravana ya no puede defender la ciudad. Que ahora aquellos monos principales que están dotados de gran fuerza y provistos de ligereza, tomando teas (en las manos), se precipiten rápidamente hacia Lanka». Entonces, cuando el Sol se hubo puesto y en el terrible comienzo de la Noche, aquellos primeros de los monos marcharon hacia Lanka, equipados con teas. Y atacados por todos los puntos por multitudes de monos armados de teas, aquellos (rakshasas) de ojos feroces que guardaban las puertas huyeron de súbito. Y entonces (los monos), alegres, prendieron fuego a puertas, aposentos altos, espaciosas calles principales, diversas callejuelas y edificios. Y el fuego quemó sus mansiones por millares; y superestructuras semejantes a montañas se desplomaron de cabeza a la tierra. Y allí ardieron aguru, dulce sándalo, perlas, gemas resplandecientes, diamantes y corales. Y allí ardieron lino, seda fina, avikas y diversas clases de telas de lana; y vasijas de oro y armas; diversas clases de mobiliario, arreos y ornamentos de corceles; cuerdas para atar elefantes; ornamentos bruñidos para carros; armaduras de guerreros; y pieles de caballos y elefantes. Y espadas, arcos, cuerdas de arco, flechas, tomaras, ankusas y dardos. Y mantas, chowris, pieles de tigre, almizcle y otras cosas. Y perlas y excelentes gemas; y edificios por todas partes. Y allí el fuego quema montones de diversas clases de armas. Y entonces el fuego quemó diversas clases de estructuras primorosas, y las moradas de los rakshasas y de todos los dueños de casa. Y allí el fuego, inflamándose una y otra vez, quemó por centenares y millares las casas de los habitantes de Lanka, vestidos de primorosas cotas de malla de oro y que llevaban guirnaldas, ornamentos y atavíos; con los ojos moviéndose desatinadamente por la embriaguez; tambaleándose por la bebida; aquellos cuyas amantes iban vestidas de ropas sueltas; o aquellos airados con sus enemigos; o que llevaban mazas, dardos y espadas en las manos; o que estaban ocupados en comer o beber; o que dormían con sus amadas en costosos lechos; o que, agitados de espanto, se iban apresuradamente llevándose a sus hijos. Y aquel fuego quemó moradas ricas, de firmes cimientos, provistas de innumerables aposentos y adornadas con Lunas y medias lunas de oro, y mansiones de elegantes crestas; y ventanas variadas y estrados elevados allí, embellecidos con rubíes y lapislázulis, que parecían tocar el Sol; y moles semejantes a montañas en grandeza, resonantes con los gritos de kraunchas y pavos reales y el tintineo de los ornamentos. Y las puertas llameantes por todas partes parecían nubes en la estación de las lluvias iluminadas por el relámpago, o las cumbres de una poderosa montaña ardiendo con un incendio del bosque. Y soberbias doncellas que dormían en elevados edificios, al quemarse, arrojaban sus ornamentos y chillaban. Y consumidos por el fuego, los edificios comenzaron a caer como las cumbres de una poderosa montaña heridas por el rayo del Tronante. Y los que ardían parecían desde lejos las cumbres del Himalaya encendidas. Y a consecuencia de aquellas cimas de los edificios que ardían y de las llamas vivas, aquella noche Lanka parecía hervir de kinsukas en flor. Y con jinetes de elefantes, elefantes y corceles sueltos, Lanka parecía el Océano en la hora del derrumbe universal, con sus feroces animales acuáticos girando en un caos salvaje. A veces un elefante, viendo un corcel suelto, huía de miedo; y a veces un caballo, viendo un elefante espantado, se detenía, presa él mismo del temor. Y mientras Lanka ardía, el poderoso océano, con el reflejo (del incendio), parecía un Océano de aguas rojas. Y en poco tiempo aquella ciudad incendiada por los monos parecía la tierra resplandeciente en el tiempo de la disolución universal. Y los gritos de las mujeres en medio de la deriva del humo, abrasadas por las llamas, podían oírse desde cien yojanas. Y mientras los rakshasas, con los cuerpos quemados, salían de las casas, los monos, ansiosos de encuentro, saltaban de súbito sobre ellos. Y los gritos de los monos y los alaridos de los rakshasas hicieron resonar los diez cuartos cardinales, el océano y la Tierra.

Y habiendo sido curados de sus heridas aquellos de alma elevada, tanto Rama como Lakshmana, recobrando la calma, tomaron sus excelentes arcos. Y Rama tensó aquel mejor de los arcos. Y entonces se oyó un tremendo tañido que infundía terror a los rakshasas. Y tensando su temible arco, Rama parecía el venerable Bhava enfurecido, que tensa su arco provisto de sonidos y lleno de energía de Brahma. Y el tañido del arco de Rama, ahogando los rugidos tanto de los monos como de los rakshasas, era lo único que se oía. Y los aullidos de los monos, los gritos de los rakshasas y el estrépito del arco de Rama, estos tres, llenaron los diez cuartos cardinales. Y con las saetas descargadas de su arco, la puerta de la ciudad, semejante a la cumbre del Kailasa, quedó hecha pedazos, esparcida por el suelo. Y viendo las saetas de Rama en carros y moradas, los preparativos para el conflicto se impulsaron con gran vigor. Y a consecuencia de que los primeros rakshasas se preparaban para la lucha y lanzaban rugidos, aquella noche parecía la Noche Fatal misma. Y los primeros de los monos fueron dirigidos por Sugriva, de alma elevada, que dijo: «Monos, luchen ustedes acercándose a la puerta que está a mano. Pero el que huya de sus filas debe ser muerto por la fuerza». Mientras los monos principales se apostaban en la puerta, equipados con teas, la ira se apoderó de Ravana. Y al bostezar él, el viento (que salía de su boca) llenó las diez regiones cardinales; y su ira se asemejaba a la que aparece en la persona de Rudra. Y arrebatado de una poderosa rabia, envió a Kumbha y Nikumbha, ambos hijos de Kumbhakarna, en compañía de innumerables rakshasas. Y conforme a la orden de Ravana, Yupaksha, Sonitaksha, Prajangha y Kampana fueron con los hijos de Kumbhakarna. Y lanzando rugidos leoninos, ordenó a todos aquellos sumamente poderosos rakshasas, diciendo: «Vayan ustedes este mismo día a la batalla». Así dirigidos, aquellos heroicos rakshasas, equipados con armas llameantes, salieron rugiendo una y otra vez. Y el firmamento se iluminó con el esplendor de los ornamentos de los rakshasas, el esplendor de sus personas y el fuego encendido por los monos. Y allí la luz de la Luna, la de las estrellas y el brillo de sus ornamentos, combinados, iluminaron el firmamento. Y los rayos de la Luna, el brillo de los ornamentos y el esplendor llameante de los planetas resplandecieron alrededor de las fuerzas de los monos y los rakshasas. Y la luz de las casas medio quemadas, a su vez, cayendo sobre las inquietas ondas del mar, le daba un aspecto sumamente hermoso. Y se veían aquellas temibles huestes de los rakshasas, poseedoras de temible poderío y energía, con enseñas y estandartes; excelentes espadas y parasvadhas, terribles corceles, carros y elefantes abundantes en pattisas, y dardos llameantes, clavas, cimitarras, prasas, tomaras y arcos; llevando prasas resplandecientes; resonando con el tintineo de centenares de bolas; con los brazos encerrados en redes de oro; blandiendo hachas; haciendo girar sus poderosas armas; fijando saetas en sus arcos; haciendo desmayarse el aire con los perfumes de sus guirnaldas; sumamente terribles; hirviendo de héroes; lanzando sonidos como los del mar. Y viendo avanzar el ejército de los rakshasas, al que no se podía hacer frente, las fuerzas de los monos comenzaron a moverse y a lanzar fuertes aclamaciones. Y entonces aquella formación de rakshasas saltó con vehemencia ante la fuerza del enemigo, como insectos que se lanzan a una llama. Y haciendo girar con los brazos garrotes y asanis, aquel ejército de rakshasas parecía sumamente grandioso. Y los monos, ansiosos de encuentro, se lanzaron adelante como locos; y comenzaron a despachar a los vagabundos de la noche con rocas, árboles y puños cerrados. Y los rakshasas, poseedores de temible poderío, con flechas aguzadas cortaban velozmente las cabezas de los monos que caían. Y los rakshasas andaban por allí con las orejas desgarradas por los dientes, o las cabezas rotas por los golpes, o los miembros aplastados por la descarga de peñascos. Y del mismo modo otros vagabundos de la noche de torvo semblante mataban por todos lados con espadas aguzadas a los primeros de los monos. Y el que iba a matar a otro era muerto él mismo por este; y el que iba a abatir a otro era abatido él mismo (por su adversario); y el que injuriaba a otro era a su vez reprendido por su enemigo; y el que iba a morder a su enemigo era mordido él mismo por él. Y uno gritaba: «¡Da!», y su adversario al punto da; y otro, a su vez, decía: «Yo daré. ¿Por qué te molestas? Detente». Así se interpelaban allí unos a otros. Y se libró un terrible encuentro entre los monos y los rakshasas, en el que los brazos yacían esparcidos, las armaduras y las armas sembradas por todas partes, y se levantaban poderosos prasas, y que se libró con golpes, dardos, espadas y kuntalas. Y en aquel conflicto los rakshasas mataron monos por decenas y por sietes. Y entonces los monos cercaron a las fuerzas de los rakshasas, con sus ropas cayéndose y con sus cotas de malla y estandartes esparcidos por todas partes.

Section 75

Mientras proseguía aquella furiosa y destructora carnicería, Angada, ansioso de encuentro, se acercó al heroico Kampana. Entonces, desafiando airado a Angada, este lo asaltó con impetuosidad. Y Kampana asestó un golpe a Angada con su maza; y entonces, herido por ella, este se tambaleó. Entonces, recobrando el sentido, aquel enérgico arrojó la cumbre de una montaña. Abatido por el golpe, Akampana cayó a la tierra. Y viendo muerto a Kampana en el conflicto, Sonitaksha, montado en un carro, se precipitó intrépidamente contra Angada. Y entonces atravesó impetuosamente a Angada con saetas aguzadas, agudas y capaces de hender el cuerpo, semejantes en apariencia al Fuego Fatal mismo: con kshuras, kshurapras, narachas, vatsadantas, silimukhas, karnis, salas y vipatas, e incontables (otras) flechas aguzadas. Y el poderoso hijo de Vali, Angada, dotado de poderío, con la persona atravesada por flechas, destrozó de súbito el carro, las flechas y el temible arco (de su adversario). Y entonces Sonitaksha tomó velozmente su espada y su escudo; y sin reflexionar un momento, aquel vigoroso saltó adelante. Y el poderoso Angada, saltando prontamente, asió la espada de su enemigo y, sosteniéndola con las manos, gritó. Y entonces, golpeando en el omóplato (de Akampana), aquel poderoso mono, Angada, lo partió en dos, bajando su golpe oblicuamente como el cordón sagrado. Y tomando aquella terrible espada y gritando una y otra vez en el campo, el hijo de Vali se precipitó contra otros enemigos. Y entonces el fuerte y heroico Yupaksha, acompañado de Prajangha, montado en un carro, se acercó airado al poderoso hijo de Vali. Y tomando una maza de hierro, aquel héroe, Sonitaksha, adornado con un angada de oro, obteniendo un pequeño respiro, avanzó contra Angada. Y aquel temible héroe, el poderoso Prajangha, también, acompañado de Yupaksha, inflamado de ira, equipado con una maza, avanzó hacia el hijo de Vali, dotado de excesivo poderío. Y colocado entre aquellos dos, Sonitaksha y Prajangha, aquel primero de los monos parecía la Luna llena colocada entre las Visakhas. Y Mainda y Dvivida, defendiendo a Angada, permanecieron a su lado, deseosos de presenciar el encuentro entre aquellos dos (combatientes). E inflamados de furia, aquellos rakshasas de enorme cuerpo, dotados de temible poderío, equipados con espadas, saetas y mazas, estando en guardia, cayeron sobre los monos. Y el encuentro que tuvo lugar entre aquellos tres señores de los monos juntos (de un lado) y los tres temibles rakshasas (del otro) fue temible y capaz de erizar el vello de las gentes. Y ellos, tomando árboles, los arrojaban en el conflicto (contra sus antagonistas); y el poderoso Prajangha los resistía todos con sus espadas. Y (los monos) en la contienda hacían llover rocas y árboles sobre los carros (de sus enemigos), y el sumamente fuerte Yupaksha los cortaba con andanadas de flechas. Y el poderoso Sonitaksha, dotado de poderío, con su maza partía por la mitad los árboles que Dvivida y Mainda habían arrancado y descargado. Y reuniendo velocidad, Prajangha se lanzó contra el hijo de Vali, levantando una enorme cimitarra capaz de penetrar en las entrañas de los árboles. Y viéndolo acercarse, aquel señor de los monos, poseedor de excesiva fuerza y gran poderío, lo hirió con un árbol asvakarna; y con un golpe hirió a su antagonista en el brazo que sostenía un nistrimsa. Y viendo caída a la tierra la espada semejante a una maza, aquel sumamente poderoso cerró el puño en un golpe semejante al relámpago; y aquel dotado de maravillosa energía hirió en la frente a aquel primero de los monos, poseedor de temible poderío. Y con ello este quedó tambaleante por un momento. Y entonces, recobrando el sentido, el enérgico y poderoso hijo de Vali, por medio de su puño cerrado, separó la cabeza de Prajangha de su cuerpo. Entonces Yupaksha, viendo muerto en la batalla a su tío, con los ojos llenos de lágrimas, hallando agotadas sus saetas, bajó velozmente de su carro y tomó una espada. Y viendo cargar a Yupaksha, Dvivida, enfureciéndose, lo hirió prontamente en el pecho; y aquel poderoso lo asió también. Y viendo apresado a su hermano, el sumamente enérgico Sonitaksha asestó entonces al poderoso Dvivida un golpe en el pecho. Y vencido por aquel golpe, aquel dotado de gran fuerza se estremeció; y Dvivida asió la maza levantada de su antagonista. Entretanto Mainda llegó al lado de Dvivida. Y Sonitaksha y Yupaksha, afanándose, comenzaron a arrastrar y tirar con vehemencia y por la fuerza de aquellos (dos) monos. Y Dvivida con su uña desgarró el rostro de Sonitaksha; y aquel poderoso, derribándolo violentamente a la tierra, lo oprimió con todas sus fuerzas. E inflamado de ira, Mainda, el primero de los monos, asió a Yupaksha con los brazos; y este cayó muerto sobre la tierra. Y entonces la fuerza del señor de los rakshasas, con sus primeros héroes muertos, y afligida por ello, fue adonde estaba el hijo de Kumbhakarna. Y entonces, animando a las fuerzas que huían, aquel mejor (de los rakshasas), el enérgico Kumbha, viendo aquella hueste de rakshasas con sus poderosos héroes muertos por los sumamente poderosos monos coronados por el éxito, comenzó a ejecutar hazañas difíciles en el encuentro. Y tomando con cuidado su arco, aquel primero de los arqueros descargó saetas semejantes a serpientes venenosas, capaces de atravesar el cuerpo. Y su excelente arco con las saetas brillaba resplandeciente como el mismo arco de Indra, rico en el esplendor de Airavata y del relámpago. Y entonces, tensando su arco hasta el máximo, hirió a Dvivida con una saeta emplumada provista de nudos de oro. Y herido de súbito por ella, aquel mejor de los monos, que tenía el esplendor del Trikuta, cayó sin sentido a la tierra, estirando ampliamente las piernas. Y Mainda, viendo a su hermano quebrantado en el poderoso encuentro, se precipitó con furia adelante tomando un peñasco gigantesco; y aquel poseedor de gran fuerza lo arrojó al rakshasa. Y entonces Kumbha cortó aquel peñasco con cinco saetas descargadas (de su arco). Y entonces, apuntando otras flechas de hermosa punta semejantes a serpientes venenosas, aquel sumamente enérgico hirió en el pecho al hermano mayor de Dvivida. Y herido (por aquellas flechas), aquel jefe de bandas de monos, Mainda, con la médula atravesada por ellas, cayó a la tierra privado de sentido. Y Angada, viendo vencidos a sus tíos, dotados de excesivo poderío, se lanzó con vehemencia contra Kumbha, que estaba con el arco levantado. Y mientras él descendía, Kumbha lo atravesó con cinco saetas; y así como se atraviesa a un elefante con tomaras, lo atravesó también (a Angada) con otras tres flechas. Y el poderoso Kumbha atravesó a Angada con muchísimas flechas, de punta aguda, aguzadas, agudas y adornadas de oro. Y el hijo de Vali, Angada, aunque atravesado por toda su persona, no se estremeció; y siguió haciendo llover piedras y árboles sobre la cabeza de aquel. Y el apuesto hijo de Kumbhakarna cortó y hendió todos aquellos (piedras y árboles) descargados por el hijo de Vali. Y viéndolo saltar, Kumbha atravesó con saetas a aquel jefe de los monos en el suelo, así como se asalta a un elefante con teas. Y la sangre brotó de sus ojos cerrados. Y entonces, cubriéndose los ojos con una mano, Angada tomó con la otra un sala que estaba cerca. Y colocando sobre su pecho el sala provisto de ramas mayores, y tirando de sus ramas y doblando su copa, lo limpió de su follaje en aquel poderoso encuentro. Y entonces, a la vista de todos los rakshasas, descargó violentamente aquel árbol, semejante al estandarte mismo de Indra y parecido al Mandara mismo. Y entonces él lo cortó con siete saetas agudas capaces de atravesar el cuerpo. Y Angada sintió una aguda punzada y cayó privado de sentido. Y viendo caído al invencible Angada, como el mar en reflujo, los primeros de los monos informaron de ello a Raghava. Y Rama, al oír que el hijo de Vali había sufrido daño en la terrible lucha, dio órdenes a los monos principales, encabezados por Jambavan. Y al oír la orden de Rama, los monos, inflamados de ira, cargaron contra Kumbha, que estaba con el arco levantado. Y aquellos poderosos monos, con los ojos enrojecidos de cólera y llevando rocas y árboles en las manos, se ocuparon en defender a Angada. Y Jambavan, Sushena y el mono Vegadarsi, arrebatados de ira, se lanzaron contra aquel héroe, hijo de Kumbhakarna. Y viéndolos saltar adelante, él cubrió a aquellos sumamente poderosos señores de los monos con lluvias de saetas, así como un peñasco obstruye el curso de una corriente. Y así como el gran abismo no puede ver sus propias orillas, aquellos señores de los monos, de alma elevada, al entrar en el alcance de sus flechas, ni siquiera podían ver. Y viendo a aquellos monos duramente afligidos por las saetas, el rey de los monos, Sugriva, en aquel conflicto, tomando a hombros al hijo de su hermano, se precipitó contra el hijo de Kumbhakarna, así como un poderoso león se precipita sobre un elefante que recorre las laderas de una montaña. Y aquel poderoso mono, arrancando muchos asvakarnas y otros poderosos árboles de diversas clases, los descargó (sobre el enemigo). Y por medio de sus flechas agudas, el apuesto hijo de Kumbhakarna cortó aquel aguacero de árboles que cubría el firmamento y que era imposible de resistir. Y frustrados, aquellos árboles parecían sataghnis. Y viendo aquella lluvia de árboles hendida por Kumbha, el garboso señor de los monos, dotado de excesiva fuerza y poderío, no sintió mortificación alguna. Y atacado de súbito, él, soportando aquellas flechas, asió el arco de Kumbha, semejante en resplandor al arco mismo de Indra. Y saltando velozmente y ejecutando aquella hazaña difícil de lograr, él, sumamente enfurecido, se dirigió a Kumbha, semejante a un elefante privado de sus colmillos, diciendo: «Oh hermano mayor de Nikumbha, maravillosos son tu poder y tu fuerza, así como la modestia y el poderío que son tuyos y de Ravana. ¡Y, oh tú, igual a Prahrada, a Vali, al matador de Vritra, a Varuna o a Kubera! Solo tú sigues las huellas de tu padre, aún más poderoso. Así como la angustia mental no persigue a aquel que ha dominado sus sentidos, los celestiales no pueden hacerte frente en el conflicto a ti solo, oh sometedor de enemigos, oh de brazos poderosos, que llevas tu dardo en la mano. ¡Oh tú de alta inteligencia, despliega tu poderío! Y presencia tú también mi obra. Solo en virtud del don que ha recibido puede tu tío soportar a las deidades y a los danavas. Pero Kumbhakarna se enfrentaba a los inmortales y a los asuras por medio de su poder nativo. Y en el arco igual a Indrajit mismo y en poder igual a Ravana, tú eres ahora, en poder y energía, el primero de los rakshasas. Y que hoy todas las criaturas presencien el poderoso y maravilloso encuentro en el conflicto entre tú y yo, semejante al encuentro de Sakra y Samvara. Y sin par es la hazaña que has ejecutado; y has desplegado tu destreza en las armas. Y heroicos monos, dotados de temible vigor, han sido abatidos por ti. Y, oh héroe, solo por temor a la censura de las gentes no te mato a ti, que estás fatigado a consecuencia de los actos que has ejecutado. ¡Y descansando de la lucha, contempla mi fuerza!». Y así honrado (por Sugriva) con hermosas palabras, (Kumbha) se inflamó como una llama en la que se han vertido oblaciones. Y entonces Kumbha asió a Sugriva por los brazos. Y como dos elefantes en celo, ellos, suspirando a cada momento, se aferraron uno a la persona del otro y se apoderaron uno del otro, y de fatiga lanzaban por la boca llamas mezcladas con vapor. Y con el pisoteo de sus pies la tierra se hendió en ríos, y el océano creció, con sus olas encrespándose furiosamente. Entonces Sugriva, levantando a Kumbha por completo, lo hundió violentamente en las aguas saladas, haciendo que sus ojos conocieran el lugar del abismo. Y a consecuencia de la zambullida de Kumbha, las aguas, levantándose, rodaron por todos lados como el Vindhya o el Mandara. Entonces, levantándose de un salto y derribando a Sugriva, Kumbha, transportado de ira, le asestó un golpe en el pecho, semejante al relámpago. Y con ello su piel se desgarró y la sangre comenzó a brotar, y el ímpetu de aquel golpe rompió los huesos de Sugriva. Y la vehemencia (del golpe) hizo que un gran fuego se inflamara en aquel lugar, así como el rayo, hiriendo la montaña Meru, hace arder el lugar. Y el poderoso Sugriva, el primero de los monos, duramente maltratado por él, cerró los dedos en un puño semejante al rayo y provisto de toda la refulgencia del disco solar de mil rayos. Y entonces aquel poderoso hizo caer aquel golpe justo sobre el pecho de Kumbha. Y atormentado por aquel golpe, Kumbha, privado de sentido, cayó como un fuego que ha perdido su brillo. Y vencido por aquel golpe, el rakshasa cayó al punto, como el brillante Lohitanga que cae del firmamento impulsado por el Destino. Y el aspecto de Kumbha al caer, con el pecho roto por el golpe, parecía el del Sol derrotado por Rudra. Y muerto él en el encuentro por el primero de los monos, dotado de terrible fuerza, la tierra con sus colinas y bosques tembló; y un poderoso temor se apoderó de los rakshasas.

Section 76

Viendo a su hermano muerto por Sugriva, Nikumbha miró fijamente al señor de los monos, como si lo consumiera con su pasión. Y entonces aquel dotado de calma empuñó un garrote entrelazado de guirnaldas, provisto de un anillo de hierro que medía cinco dedos y semejante a la cima del Mahendra, chapado en oro y embellecido con diamantes y lapislázulis, y semejante a la vara de Yama mismo, temible y capaz de quitar el temor a los rakshasas. Y haciéndolo girar, aquel sumamente poderoso, semejante al estandarte mismo de Sakra en energía, Nikumbha, poseedor de terrible fuerza, con la boca abierta de par en par, lanzó gritos. Y con oro adornándole el pecho, angadas puestos en los brazos y un par de pendientes primorosos y variados, Nikumbha, con sus ornamentos y aquel mismo garrote, parecía hermoso como una masa de nubes rugientes que ríen con el relámpago y están provistas del arco iris. Y la cabeza del parigha de aquel héroe de enorme cuerpo deshizo la conjunción de los Siete Vientos y parecía una llama sin ruido y sin humo. Junto con el giro del parigha de Nikumbha, todo el firmamento, junto con la excelente ciudad de los gandharvas, y los planetas, las estrellas y la luna, comenzaron a girar. Y Nikumbha era difícil de abordar como el fuego de la disolución, resplandeciente con el brillo del parigha y de otros ornamentos y con su ira por combustible. Y los rakshasas y los monos no se atrevían siquiera a moverse de miedo. Y el heroico Hanuman, ensanchando el pecho, se plantó ante él. Y entonces aquel poderoso (Nikumbha), de largos brazos, arrojó su parigha, semejante al Sol, al pecho de aquel poderoso. Y cayendo sobre el firme y espacioso pecho de Hanuman, se rompió en cien pedazos. Y los pedazos rotos, esparciéndose, parecían centenares de teas en el cielo. Como una montaña que permanece inmóvil aun en el tiempo de un terremoto, aquel poderoso mono no se movió, aunque herido por el parigha. Así lastimado, aquel sumamente poderoso Hanuman, el primero de los monos, cerró el puño con gran velocidad. Y con él, el poderoso (mono), dotado de gran impetuosidad y semejante al viento en poderío, hirió a Nikumbha en el pecho. Y con aquel puño la armadura de él (de Nikumbha) se hendió y brotó la sangre. Y una luz que surgió de su pecho desapareció de súbito, como el relámpago que desaparece en una masa de nubes. Y herido por el puño de él (de Hanuman), Nikumbha quedó muy sacudido y, reponiéndose, atacó al poderoso Hanuman y lo levantó en vilo. Y contemplando en el conflicto al terrible y poderoso Hanuman levantado por Nikumbha, los residentes de Lanka comenzaron a gritar de alegría. Así avergonzado por aquel rakshasa, Hanuman, el hijo del Viento, lo hirió con su puño de hierro. Y librándose del agarre de Nikumbha, Hanuman, el hijo del dios del Viento, plantó al instante el pie en la tierra. Inflamado de ira, él, derribando a Nikumbha, comenzó a aplastarlo; y dotado de vehemencia, saltó con gran impetuosidad y se sentó sobre el pecho (del rakshasa). Y sujetándole la cabeza con las dos manos, él, lanzando fuertes rugidos, le arrancó la cabeza de su sitio. Muerto así Nikumbha en el conflicto por el hijo del dios del Viento, se produjo un terrible conflicto entre los sumamente enfurecidos ejércitos del hijo de Dasaratha y del señor de los rakshasas. Y privado Nikumbha de la vida, los monos comenzaron a gritar como si hicieran resonar todos los cuartos. Y con ello toda la tierra se movió y la morada de los celestiales se vino abajo. Y las huestes de los rakshasas quedaron grandemente aterrorizadas.

Section 77

Contemplando muertos a Kumbha y Nikumbha, Ravana se encendió de ira como un fuego llameante. Y fuera de sí, a la vez de ira y de pena, Ravana habló a Makaraksha, hijo de Khara, de ojos espaciosos, diciendo: «Oh hijo, ve a mis órdenes con el ejército y destruye a Raghava y a Lakshmana con todos los monos». Al oír las palabras de Ravana, el hijo de Khara, Makaraksha, orgulloso de su propio poderío, habló alegremente al vagabundo de la noche, diciendo: «Así sea». Y saludando y dando la vuelta en torno al de diez cuellos, aquel héroe, a la orden de Ravana, salió de la casa. Y el hijo de Khara habló al comandante que estaba cerca de él, diciendo: «Trae prontamente aquí el carro y a todos los soldados». Y al oír sus palabras, aquel vagabundo de la noche que mandaba condujo pronto ante él el ejército y el carro. Y dando la vuelta en torno al carro y dirigiéndose al auriga, aquel vagabundo de la noche (Makaraksha) dijo: «Oh auriga, conduce pronto el carro». Y Makaraksha se dirigió a aquellos rakshasas, diciendo: «¡Oh rakshasas! Luchen todos ustedes delante de mí. He recibido del de alma elevada Ravana, señor de los rakshasas, la orden de matar en el conflicto a Rama y a Lakshmana. Mataré hoy, oh vagabundo de la noche, con mis excelentes flechas, a Rama, a Lakshmana, a Sugriva y a todos los demás monos. Como el fuego que consume combustible seco, mataré hoy con mis dardos a la hueste de los monos». Al oír aquellas palabras de Makaraksha, los poderosos vagabundos de la noche (se dispusieron para la lucha). Iban armados de diversas armas, cautelosos; tomaban formas a voluntad; eran torcidos, de dientes temibles, ojos cobrizos; rugían como elefantes, tenían el cabello desgreñado y eran terribles. Y rodeando al hijo de Khara, de enorme cuerpo, aquellos (rakshasas) gigantescos comenzaron a avanzar, alegres y haciendo moverse la tierra (con el peso de sus personas). Se levantó un terrible ruido por todos lados por el sonido de las caracolas y de millares de clarines, y por el movimiento de los brazos de los héroes. Y de repente las riendas se escaparon (de las manos) del auriga y el estandarte de los rakshasas cayó. Y el curso de los corceles se aflojó así, y comenzaron a moverse lenta y penosamente con las cabezas gachas. Sopló un viento terriblemente áspero mezclado con polvo cuando el temiblemente malvado Makaraksha salió a la batalla. Aquellos poderosos rakshasas, desdeñando aquellos malos presagios, avanzaron hacia donde estaban Rama y Lakshmana. Eran todos negros como nubes, elefantes y búfalos, y tenían marcas de espadas y mazas en sus personas. Y todos aquellos vagabundos de la noche eran diestros en el arte de la guerra y comenzaron a recorrer de un lado a otro (el campo de batalla), diciendo: «¡Iré yo primero!».

Section 78

Contemplando a Makaraksha salido a la batalla, aquellos primeros de los monos, saltando de súbito, se dispusieron para la lucha. Entonces se produjo un terrible conflicto, capaz de erizar el vello, entre los vagabundos de la noche y los monos, semejante a uno entre los celestiales y los danavas. Y aquellos monos y vagabundos de la noche se aplastaban unos a otros con árboles, dardos, mazas y parighas. Y aquellos vagabundos de la noche comenzaron a asaltar a aquellos primeros de los monos con sakti, espadas, mazas, kuntas, tomaras, pattisas, bhindipalas, flechas, lazos y clavas. Así asaltados con temibles flechas por el hijo de Khara, aquellos monos, presa del temor, huyeron. Y contemplando huir a los monos, los victoriosos rakshasas comenzaron a rugir como leones enardecidos. Huyendo así los monos hacia todos los cuartos, Rama asaltó a los rakshasas con un aguacero de saetas. Y contemplando así vencidos a los rakshasas, el vagabundo de la noche Makaraksha, encendido por la llama de la ira, dijo: «Detente, oh Rama, luchemos los dos uno con otro; te quitaré la vida con flechas agudas descargadas de mi arco. Tú mataste a mi padre en el bosque de Dandaka. Recordando tu acción y hallándote delante, mi ira se enciende. ¡Oh Raghava! ¡Malvado! Mis miembros arden (de ira), pues no te vi entonces en aquel poderoso bosque. Oh Rama, por mi buena suerte te tengo hoy, como un león hambriento que desea tener a otros animales. Despachado por mis flechas al mundo de los demonios, vivirás con aquellos héroes que antes fueron muertos por ti. ¿De qué sirve hablar más, oh Rama? Oye mis palabras. Que todas las gentes contemplen tu poderío así como el mío en el campo de batalla. Ya con arma, ya con clavas, en lo que seas experto, lucha conmigo en el campo de batalla, oh Rama». Al oír las palabras de Makaraksha, Rama, el hijo de Dasaratha, sonriendo, respondió a las palabras del charlatán: «Oh rakshasa, ¿de qué sirve la vana palabrería? Nadie puede alcanzar el éxito en la batalla con palabras vanas, sino luchando. Maté en el bosque de Dandaka a tu padre, con catorce mil rakshasas, Trisiras y Dusana. Oh vil, muerto tú hoy, con tu carne se saciarán los buitres y los cuervos, de picos y uñas afilados, y los chacales». Así interpelado por Raghava, el poderoso Makaraksha comenzó a lanzarle flechas agudas en el campo de batalla. Y Rama, con sus saetas, partió en varios pedazos aquellas flechas. Y así inutilizadas, aquellas flechas, emplumadas de oro, cayeron sobre la tierra. Entonces se produjo un terrible conflicto entre el rakshasa hijo de Khara y el hijo de Dasaratha. Y se oían en aquel campo de batalla el clamor de los héroes y el tañido de los arcos tensados por sus manos, semejante al murmullo de las nubes en el cielo. Y para contemplar aquel maravilloso conflicto, los celestiales, los danavas, los gandharvas, los kinnaras y las poderosas serpientes se apostaron en el cielo. Estaban heridos por las flechas descargadas el uno por el otro, y su fuerza se duplicaba. Y comenzaron a luchar en aquel campo de batalla, el uno atacando y el otro resistiendo el ataque. Y en aquel conflicto el rakshasa partía las saetas descargadas por Rama. Y del mismo modo Rama partía en varios pedazos las flechas disparadas por el rakshasa. Todos los cuartos quedaron cubiertos de flechas y nada en la tierra ni en el cielo era visible. Entonces, encendido de ira, Raghava, de largos brazos, partió en el conflicto el arco de él (del rakshasa) y con ocho narachas atravesó al auriga. Y con flechas Rama partió el carro y, matando a los caballos, los abatió. Y el vagabundo de la noche Makaraksha fue derribado del carro a la tierra. Entonces se levantó de nuevo con un dardo en la mano, infundiendo terror a todas las criaturas y semejante al Fuego de la Disolución en resplandor. Era un dardo terriblemente enorme, otorgado a él por Siva, que brillaba en el cielo con su brillo nativo y semejante a otra arma de destrucción. Y contemplando aquel dardo, aun los celestiales huyen de miedo hacia diferentes cuartos. Y tomando aquel enorme dardo llameante, el vagabundo de la noche, encendido de ira, lo arrojó al de alma elevada Raghava. Y Raghava, con cuatro saetas, partió en el cielo aquel dardo llameante arrojado contra él por el hijo de Khara. Y aquel dardo llameante, emplumado de oro, hecho astillas por las flechas de Rama, cayó a la tierra como una enorme tea. Y contemplando aquel dardo así frustrado por Rama, de acciones incansables, todos los apostados en el firmamento comenzaron a gritar: «¡Bien hecho! ¡Bien hecho!». Y contemplando así partido su dardo, el vagabundo de la noche Makaraksha, cerrando el puño, habló a Kakutstha, diciendo: «¡Detente! ¡Detente!». Y viéndolo avanzar así, el descendiente de Raghu, sonriendo, fijó una flecha ígnea en su arco. Y con aquella flecha el rakshasa fue muerto por Kakutstha en la batalla. Y con el corazón atravesado cayó y murió. Y contemplando así muerto a Makaraksha, todos los rakshasas, temiendo las flechas de Rama, se dirigieron hacia Lanka. Y viendo a aquel vagabundo de la noche, el hijo de Khara, muerto por las flechas de Rama, como una montaña hendida por el rayo, los celestiales se alegraron grandemente.

Section 79

Al oír la destrucción de Makaraksha, el heroico Ravana, encendido de ira, comenzó a rechinar los dientes. Así enojado, y pensando para sí qué pasos dar, ordenó a su hijo Indrajit que fuera al campo de batalla: «Oh héroe, dotado como estás de gran poderío, oculto (en las nubes) o apareciendo ante ellos, mata a los dos heroicos hermanos Rama y Lakshmana. Tú derrotaste en el conflicto a Indra, de poderío sin igual. ¿Dejarás, pues, de matar a hombres como estos?». Así interpelado por el señor de los rakshasas y obedeciendo la orden de su padre, Indrajit se dirigió al terreno sacrificial para satisfacer al Fuego (con oblaciones). Vinieron algunas demonias de turbantes carmesíes y aguardaron respetuosamente donde el hijo de Ravana ofrecía oblaciones al Fuego. En aquel sacrificio las armas eran las hojas de sara, los bibhitakas eran el combustible, y se trajeron telas carmesíes y sruvas hechas de hierro negro. Y extendiendo el fuego por todos lados con hojas de sara y tomaras, (Indrajit) asió por el cuello una cabra viva, toda negra. Y el fuego, con las oblaciones de sara, ardió grandemente y quedó sin humo. Y se hicieron visibles muchos buenos presagios que indicaban la victoria. La llama del fuego era semejante al oro y, moviéndose hacia el Sur, comenzó a recibir ofrendas de manteca clarificada. Y ofreciendo así oblaciones al fuego y a los celestiales, danavas y rakshasas, subió a un excelente carro y pronto desapareció. Era tirado por cuatro caballos, y un enorme arco, provisto de flechas agudas, parecía hermoso en aquel excelente carro. El carro brillaba con su propio resplandor nativo, adornado de oro y pintado con figuras de ciervos y una media luna. Estaba rodeado por todos lados de brazaletes de oro, adornado con banderas hechas de vaidurya, y era semejante al fuego llameante. Y así bien protegido con armas de Brahma semejantes al Sol en brillo, el poderoso hijo de Ravana se hizo invencible. Y ofreciendo oblaciones al Fuego conforme a encantamientos demoníacos, y obteniendo así el poder de ocultarse, aquel héroe, siempre victorioso en la batalla, salió de la ciudad y dijo: «Matando en la batalla a estos dos hermanos, que han vagado inútilmente por el bosque, coronaré de victoria a mi padre Ravana. Destruyendo a Rama y a Lakshmana y limpiando la tierra de monos, satisfaré grandemente a mi padre». Diciendo esto, desapareció de su vista. Entonces aquel temible enemigo del señor de los celestiales apareció en el campo de batalla, encendido de ira, armado de arco y de agudos narachas, y comisionado así por el de diez cuellos. Contempló allí a aquellos dos héroes, que descargaban flechas llameantes y estaban rodeados de los monos, como la temible serpiente de tres capuchas en medio de otras serpientes. Y pensando: «Estos deben de ser Rama y Lakshmana», y tensando su arco, comenzó a hacer llover flechas como las nubes. Estaba sentado en un carro en el firmamento, oculto a la mirada humana, y comenzó a asaltar a Rama y a Lakshmana con saetas agudas. Y heridos por las flechas, Rama y Lakshmana, fijando flechas en sus arcos, comenzaron a descargar saetas celestiales. Y aquellos dos sumamente poderosos héroes no pudieron siquiera tocar su persona con sus flechas semejantes al Sol, aunque cubrieron con ellas todo el firmamento. Y nublando todo el cielo de humo, aquel refulgente, envuelto en escarcha, se ocultó a su mirada. No se oía el tañido de su arco, ni el sonido de las ruedas, ni el ruido de los corceles. Ni era visto por nadie. En aquella terrible oscuridad de nubes, aquel de brazos poderosos comenzó a derramar un aguacero de narachas y flechas como granizadas. Y en aquel encuentro el hijo de Ravana, inflamado de ira, hirió a Rama con saetas semejantes al Sol y obtenidas por él como don. Y heridos por los narachas, como montañas mojadas por la lluvia, aquellos dos primeros de los hombres comenzaron a descargar saetas emplumadas de oro. Y alcanzando al hijo de Ravana en el cielo, y empapadas en sangre, aquellas flechas de oro cayeron a la tierra. Y aquellos dos mejores de los hombres, heridos por sus flechas, se hicieron más refulgentes y frustraron las saetas descargadas por el rakshasa. Entonces Rama y Lakshmana comenzaron a apuntar sus saetas agudas hacia la dirección de donde bajaban las flechas. Y apostado en su carro, aquel poderoso guerrero de carro perturbó todos los cuartos con sus flechas y atravesó a los hijos de Dasaratha con saetas agudas ganadas por él. Y grandemente heridos por aquellas flechas de punta aguda y terribles, Rama y Lakshmana parecían kinsukas en flor. Como el sol oculto en las nubes, no podían ver su semblante ni su movimiento, ni su arco ni sus flechas. Y heridos por aquellas flechas, centenares de monos murieron y cayeron a la tierra. Entonces Lakshmana, encendido de ira, habló a su hermano, diciendo: «Para matar a todos los rakshasas descargaré hoy el arma de Brahma». Entonces Rama habló a Lakshmana, dotado de marcas auspiciosas, diciendo: «No te corresponde limpiar la tierra de todos los rakshasas por la locura de un solo individuo. No debes matar a aquel que se ha retirado de la batalla, que se ha ocultado, que ha buscado tu amparo, que se ha plantado ante ti con las palmas juntas, que ha huido o que está desconcertado. Oh tú de brazos poderosos, procuremos matarlo a él (a Indrajit). Y para lograrlo usaré las armas dotadas de gran impetuosidad y semejantes a las serpientes. Está oculto a la mirada pública, de modo que debemos matarlo; si luchara abiertamente, los jefes de las huestes de los monos habrían podido matar a aquel rakshasa. En verdad será quemado hasta morir por mis saetas y caerá a la tierra, aunque entre en las regiones bajo la tierra o en la morada de los celestiales». Habiendo dicho estas palabras, preñadas de alto sentido, el heroico descendiente de Raghu, de alma elevada, rodeado de monos, comenzó a concertar diversos planes para la destrucción de aquel terrible rakshasa de malvadas hazañas.

Section 80

Habiendo leído la intención de aquel Raghava de alma elevada, él se retiró del campo de batalla y entró en la ciudad de Lanka. Y recordando la destrucción de muchos rakshasas de paso veloz, sus ojos se volvieron cobrizos de ira; y aquel héroe, el hijo de Ravana, salió de nuevo de la ciudad. Y aquel sumamente poderoso Indrajit, descendiente de Pulastya y enemigo de los celestiales, salió, rodeado de los rakshasas, por la puerta occidental. Y contemplando a los heroicos hermanos Rama y Lakshmana preparados para la lucha, Indrajit desplegó ilusiones. Y colocando en el carro una figura ilusoria de Sita, rodeado de un enorme ejército, comenzó a hacer los preparativos para su destrucción. Y deseando hechizar a todos con sus ilusiones, aquel de malvada intención, preparándose para matar a Sita, se dirigió hacia los monos. Y contemplándolo avanzar así, los monos, inflamados de ira, deseosos de luchar y con peñascos en las manos, avanzaron. Y los precedía a todos Hanuman, el primero de los monos, con una enorme cumbre de montaña en la mano. Contempló allí, en el carro de Indrajit, a Sita, privada de toda alegría, abatida, muy enflaquecida por los ayunos y con una sola trenza. Y la amada esposa de Raghava vestía un trozo de tela sucia y, aunque sumamente hermosa, la gracia de su persona estaba muy estropeada por la suciedad. Aquella hija de Janaka no había sido vista por él desde hacía mucho tiempo. Y contemplándola y decidiendo al instante que ella es la hija de Mithila, (se apenó grandemente). Y viéndola en el carro, inocente, pobre, privada de alegría y sometida al poder del hijo del señor de los rakshasas, aquel gran mono pensó para sí: «¿Cuál debe de ser la intención de Indrajit?», y acompañado de heroicos monos avanzó hacia el hijo de Ravana. Y contemplando aquella hueste de monos, el hijo de Ravana se puso fuera de sí de ira y, desenvainando su arma nistrimsa, la asió por el cabello. Y aquel rakshasa se dispuso a herirla en presencia de todos aquellos monos, y aquella figura ilusoria de Sita comenzó a lamentarse, diciendo: «¡Oh Rama! ¡Oh Rama!». Y viéndola así asida por la cabeza, Hanuman, el hijo de Maruta, grandemente apenado, comenzó a derramar lágrimas. Y contemplando a aquella amada esposa de Rama, de persona tierna y hermosa, se dirigió airado al hijo del señor de los rakshasas con duras palabras: «Para tu destrucción, oh malvado, has tocado su cabello. Descendiente de aquel gran asceta de Brahma, has nacido como rakshasa. ¡Oh, maldito eres, pues has abrigado tal deseo y te has entregado a tal acción malvada! ¡Oh vil! ¡Oh malvado! ¡Oh cruel y deshonroso sujeto! ¡Oh tú que tienes el vicio por poderío! ¡Oh desvergonzado! ¿No te avergüenzas de perpetrar una acción tan inhumana? ¿Qué te ha hecho Maithili, oh cruel, para que estés dispuesto a matarla? Ella ha sido desterrada de su hogar y de su territorio y ha sido separada de su señor. Oh tú, digno de ser muerto, destruyendo a Sita no vivirás mucho, pues has caído bajo mi poder. Después de la muerte llegarás al lugar que ocupan los que asesinan mujeres, un lugar que evitan aun los que cometen toda clase de crímenes castigados por la ley». Diciendo esto, Hanuman, acompañado de monos armados y encendido de ira, se dirigió hacia el hijo del señor de los rakshasas. Contemplando avanzar así a los sumamente poderosos monos, los rakshasas, inflamados de ira, los obstruyeron. Y asaltando a las huestes de los monos con millares de flechas, Indrajit habló a aquel primero de los monos, Hanuman, diciendo: «Hoy mataré ante todos ustedes a Vaidehi, por quien tú, Sugriva y Rama han venido. Matándola, oh mono, te mataré después a ti, a Rama, a Lakshmana, a Sugriva y al deshonroso Vibhishana. Y, oh mono, acerca de no destruir mujeres, de lo que hablabas, (podría decir) que siempre debemos hacer lo que causa dolor a nuestros enemigos». Diciendo esto, Indrajit, con una espada afilada, mató él mismo a la Sita ilusoria, que así se lamentaba. Y partida por él oblicuamente, del modo en que el cordón sagrado yace sobre la propia persona, la inocente (Sita), de hermoso semblante, cayó a la tierra. Y habiéndola matado, Indrajit habló a Hanuman, diciendo: «Mira, he matado (ante ti) con mi espada a la amada de Rama. Y muerta así Vaidehi, todos los trabajos de ustedes han quedado inútiles». Y destruyéndola con su propia mano por medio de una enorme espada, Indrajit, grandemente complacido, subió a su carro y comenzó a lanzar rugidos temibles. Y los monos apostados cerca oyeron aquel terrible rugido y lo vieron entrar en el castillo. Y habiendo matado a Sita, aquel malvado hijo de Ravana quedó grandemente complacido. Y contemplándolo así alegre, los monos, grandemente apenados, huyeron.

Section 81

Al oír aquel temible clamor, semejante al sonido del rayo de Indra, los monos, mirando a todos lados, huyeron. Entonces Hanuman, el hijo de Maruta, les habló a ellos, que estaban abatidos, aterrorizados y de semblante apenado, diciendo: «Oh monos, ¿por qué parecen tan melancólicos y por qué huyen? ¿Por qué han renunciado a su ardiente deseo de lucha? ¿Y adónde se ha ido su heroísmo? Quédense detrás de mí; yo iré primero a la batalla». Así interpelados por aquel sumamente inteligente hijo del dios del Viento, se encendieron grandemente de ira y, complacidos, tomaron árboles y peñascos en las manos. Y rugiendo así, los monos principales avanzaron hacia los rakshasas y se plantaron rodeando a Hanuman en el campo de batalla. Y rodeado por todos lados de monos principales, Hanuman comenzó a quemar la hueste enemiga como el fuego que extiende sus llamas. Y rodeado de huestes de monos, aquel poderoso mono, semejante a la Muerte misma, comenzó a triturar a los rakshasas. Y abrumado de pena y arrebatado de ira, aquel mono Hanuman arrojó un enorme peñasco sobre el carro de aquel hijo de Ravana. Contemplando aquel peñasco a punto de caer sobre el carro, el auriga movió sus caballos, y este fue llevado prontamente a cierta distancia. Y sin alcanzar a Indrajit, apostado en el carro, ni al auriga, aquel peñasco, arrojado inútilmente, cayó a la tierra. Y al caer aquel peñasco, muchos de los rakshasas quedaron aplastados. Entonces centenares de monos de enorme cuerpo, lanzando gritos y tomando peñascos y árboles, se dirigieron hacia él (Indrajit) y se los arrojaron. Y los monos, dotados de temible poderío, comenzaron a derramar un aguacero de peñascos y árboles. Así asaltaron a los enemigos y lanzaron frecuentes gritos. Y los vagabundos de la noche de torvo semblante fueron así asaltados con árboles en aquel campo por los terribles monos. Contemplando su ejército así afligido por los monos, Indrajit, encendido de ira y tomando su dardo, se dirigió hacia los enemigos y, rodeado de sus soldados, hizo llover sobre ellos terribles saetas. Y aquel de temible poderío mató a muchos monos principales por medio de dardos, asanis, espadas, pattisas y clavas. Y los sumamente poderosos monos destruyeron su séquito con peñascos, piedras y árboles de fuertes troncos. Y Hanuman aplastó así a muchos rakshasas de terribles hazañas. Obstruyendo a los rakshasas (por un tiempo), Hanuman habló a los monos, diciendo: «Deténganse; no debemos luchar ahora. Aquella hija de Janaka ha sido muerta, por la cual hemos entablado la lucha, renunciando a toda esperanza de vida y deseando lograr la satisfacción de Rama. Vayamos ahora a informar de ello a Rama y a Sugriva. Y haremos como nos lo manden ellos». Diciendo esto y haciendo desistir del encuentro a todos los monos, aquel primero de los monos avanzó intrépida y heroicamente. Y contemplando a Hanuman avanzar así hacia donde estaba Raghava, aquel malvado (Indrajit), con el propósito de ofrecer oblaciones al Fuego, entró en el altar sacrificial Nikumbhila. Y llegando allí, Indrajit encendió el fuego y comenzó a verter oblaciones en él. Y el Fuego ardió recibiendo oblaciones de sangre y, satisfecho, tomó la apariencia del sol poniente. E Indrajit, conocedor de todos los ceremoniales, ofreció oblaciones en debida forma por el bienestar de los rakshasas. Y todos ellos permanecieron allí observando el resultado y deseosos de averiguar el éxito de la batalla.

Section 82

Al oír el terrible grito de guerra de los rakshasas y los monos, Raghava habló a Jambavan, diciendo: «Oh gentil, en verdad Hanuman ha ejecutado alguna poderosa hazaña, pues oigo el temible sonido de las armas. Ve, pues, prontamente, oh señor de los osos, con todos tus soldados a ayudar a aquel primero de los monos».

Entonces, diciendo: «Así sea», aquel rey de los osos, rodeado de sus fuerzas, se acercó a la puerta occidental, donde estaba apostado el mono Hanuman. Y entonces el señor de los osos vio acercarse a Hanuman, rodeado de monos que suspiraban con fuerza, que habían librado la lucha. Y viendo en el camino aquella hueste de osos, temible y semejante a nubes oscuras, en marcha, Hanuman la hizo detenerse. Y aquel ilustre, junto con aquella fuerza, se presentó prontamente (ante Rama) y con el corazón apesadumbrado se dirigió a él, diciendo: «Mientras luchábamos en el campo, el hijo de Ravana, Indrajit, ante nuestra misma vista mató a Sita, que gritaba (de angustia). Oh sometedor de enemigos, viéndola (en este estado), yo, con los sentidos desconcertados, he quedado abrumado de pena. Por eso he venido a usted para informarle de lo que ha sucedido». Al oír estas palabras suyas, Raghava, abrumado de pena, cayó a la tierra como un árbol cuyas raíces han sido cortadas. Viendo en tierra a Raghava, semejante a un dios, los primeros de los monos se precipitaron desde todos lados y llegaron adonde (él estaba). Y con agua perfumada de lotos se pusieron a rociar a aquel semejante a un fuego furioso que ha surgido de súbito. Entonces Lakshmana, vencido por la pena, abrazando a Rama, le habló palabras cargadas de razón y sentido: «La virtud sin provecho es incapaz, oh noble, de librar de las calamidades a ti, que has dominado tus sentidos y que siempre permaneces en el buen camino. Los seres, tanto los móviles como los inmóviles, no pueden tener de la virtud esa percepción directa que tienen de la felicidad. Por tanto, a mi juicio, la virtud es una no-entidad. Puesto que los móviles (aunque desprovistos de todo respeto por la virtud) son sin embargo felices, y como también los móviles lo son, esta virtud no puede conducir a la felicidad. (Si así fuera), uno como tú no habría sido puesto en peligro. Si la injusticia trajera la infelicidad a las criaturas, Ravana debería ir de aquí al infierno, y tú, poseedor de virtud, no deberías caer en el infortunio. Y viendo que él está libre de peligro y tú estás en él, la justicia y su contrario muestran tendencias exactamente opuestas a las que (los Vedas) les asignan respectivamente. Y si por medio de la virtud uno alcanza la felicidad que le está unida, y por medio de la injusticia uno cosecha su propio fruto, entonces que los injustos cosechen el fruto de su impiedad, y que los que vuelven el rostro contra el pecado no sean privados del fruto de su justicia; y que los que andan por el camino de la virtud cosechen el fruto de su piedad. Pero como la prosperidad acompaña a los que están establecidos en la injusticia, y como los que respetan la justicia lo pasan lamentablemente, estas no tienen los sentidos que (las escrituras) les asignan. Si, oh Raghava, (se sostiene que) la injusticia destruye a los malvados, entonces ¿a quién matará a su vez la injusticia, muerta ella misma por el acto de matanza del destructor? O si se dice que uno es muerto o mata a otro por ordenanza, entonces es el Destino el que es tocado por el acto pecaminoso, y no él. Oh sometedor de enemigos, incapaz de impartir retribución, inmanifiesta ella misma e inexistente, ¿cómo puede la virtud, aun si concedemos su existencia, hallar a la persona que debe ser muerta? Si, oh primero de los buenos, hubiera existido, tú no habrías caído en infortunio alguno. Pero puesto que has caído en este estado, no hay tal cosa como la virtud. O bien, débil e impotente ella misma, se refugia en la hombría. Y siendo impotente y privada de dignidad, a mi juicio no debe seguirse en modo alguno. Y si la virtud es una propiedad de la hombría, entonces, abandonando cuidadosamente la virtud, sigue la fuerza como hasta ahora has seguido la virtud. Pero, oh sometedor de enemigos, si la veracidad es virtud, ¿no estás atado por aquello de lo que, apartándose, el rey perdió la vida? Y, oh sometedor de enemigos, si la virtud debe practicarse por encima de todo, o si el poderío debe tener precedencia, entonces Satakratu, que lleva el rayo en la mano, no habría celebrado su sacrificio matando al asceta. Oh Raghava, la virtud ayudada por el poderío destruye a los enemigos. Por tanto, oh Kakutstha, las gentes, para lograr sus fines, recurren tanto a la virtud como al poderío. Esta, señor, es mi opinión; esta, oh Raghava, es la virtud. Pero tú, habiendo renunciado entonces al reino, has puesto el hacha en la raíz de la justicia. Como los arroyos que salen de las montañas, todos los actos nacen de la riqueza que fluye de diversas regiones y alcanza magnitud. Como un arroyo menguado en el verano, todos los actos de aquel necio que ha sido divorciado de la riqueza quedan aniquilados. El que, renunciando a las riquezas a su alcance, ansía el goce, arrastrado por su deseo avasallador, se pone a obtener riqueza con actos pecaminosos; y entonces incurre en culpa. El que tiene riqueza tiene amigos, el que tiene riqueza tiene conocidos; el que tiene riqueza es alguien entre los hombres, y el que tiene riqueza es una persona docta. El que tiene riqueza es poderoso; el que tiene riqueza es inteligente; el que tiene riqueza es de brazos poderosos; y el que tiene riqueza está lleno de todas las gracias. Todos estos que he enumerado son los males de abandonar la fortuna. (No puedo adivinar) qué te hizo, renunciando a la monarquía, adoptar tal curso. El que tiene riquezas tiene a la virtud y al deseo que lo acompañan, y tiene todo lo auspicioso. Aquel sin riqueza, que la busca, no puede asegurarse la riqueza del poderío sin riquezas y deseo. Y, oh señor de los hombres, la alegría, el deseo, el orgullo, la piedad, la ira, la templanza y el dominio de sí, todos estos vienen de la riqueza. Así como los planetas no se descubren en un día tormentoso, aquella riqueza, cuya falta hace nada este mundo aun para los ascetas que practican la justicia, no es visible en ti. Oh héroe, habiéndote atenido a las palabras de tu superior y habiendo venido (al bosque), tu esposa, más cara que la vida misma, ha sido raptada por los rakshasas. Pero, oh héroe, hoy, oh Raghava, con mis actos quitaré esta enorme pena que Indrajit ha amontonado sobre nosotros. Por tanto, levántate. Levántate, oh primero de los hombres, oh de largos brazos, oh tú que observas los votos. ¿Por qué no te comprendes a ti mismo como el Alma Suprema? Y, oh sin pecado, movido en favor de tu bienestar, yo, enfureciéndome al oír la matanza de la hija de Janaka, arrasaré por completo con mis saetas Lanka, con carros, elefantes, corceles y los primeros rakshasas».

Section 83

Mientras Lakshmana, consagrado a su hermano, consolaba a Rama, Vibhishana, apostando sus fuerzas en sus puestos propios, llegó allí rodeado de cuatro héroes equipados con diversas armas, semejantes a masas de colirio o a jefes de manadas de elefantes. Y acercándose al de alma elevada Raghava, abrumado de pena, vio a los monos con lágrimas en los ojos. Y vio a aquel gozo de la raza de Ikshvaku, el de alma elevada Raghava, aturdido de pena, tendido en el regazo de Lakshmana. Y viendo a Rama abatido e inflamado de pena, Vibhishana, dolido en su interior, dijo: «¿Qué es esto?». Entonces, mirando fijamente el semblante de Vibhishana así como a todos aquellos monos, Lakshmana, con los ojos inundados de lágrimas, dijo estas palabras preñadas de terrible sentido: «Oh plácido, al oír de labios de Hanuman que Sita ha sido muerta por Indrajit, Raghava ha sido vencido por el estupor». Mientras el hijo de Sumitra hablaba así, Vibhishana, deteniéndolo, se dirigió al aturdido Rama con estas palabras preñadas de sentido: «Oh rey, todo lo que Hanuman, con aspecto angustiado, le había comunicado a usted lo considero tan improbable como la desecación del abismo. Conozco la intención del impío Ravana respecto de Sita, oh de brazos poderosos. A ella no la matará. Yo, buscando su bienestar, le había suplicado mucho, diciendo: “Suelte usted a Vaidehi”; pero él no obró conforme a mis palabras. Ni por la conciliación, ni por el don, ni por la disensión, ¿y dónde queda la guerra?, ni por ningún otro medio es uno capaz de obtener siquiera la vista de Sita. Habiendo desconcertado a los monos, el rakshasa se ha vuelto; y, oh de brazos poderosos, sepa usted que ella es la hija ilusoria de Janaka. Hoy, yendo al terreno sacrificial (llamado) Nikumbhila, ofrecerá oblaciones al fuego; y allí la deidad del fuego se presentará junto con Vasava y las (demás) divinidades. Y entonces el hijo de Ravana será invencible en la batalla. Indudablemente aquella ilusión ha sido obrada por él para engañar (a los monos), para que no lo estorbaran allí con su poderío. Iremos allá antes de que haya concluido su (sacrificio). ¡Oh primero de los hombres, sacuda usted esta vana pena que lo ha vencido! Viéndolo herido de pena, toda esta hueste está desanimada. Quédese usted aquí, con el corazón sereno, reuniendo su fuerza. Envíe usted a Lakshmana junto con nosotros y con la flor de las fuerzas. Este primero de los hombres, por medio de saetas aguzadas, hará que el hijo de Ravana abandone sus ritos; y entonces podrá ser muerto por nosotros. Estas saetas suyas, agudas y aguzadas, que adquieren aumento de velocidad gracias a las plumas de las aves, y semejantes ellas mismas a feroces aves, beberán su sangre. Por tanto, oh de brazos poderosos, para la destrucción del rakshasa comisione usted a Lakshmana, así como el que empuña el rayo lo ordena. Y como hoy no debe perderse tiempo, envíe usted a Lakshmana para lograr la destrucción del enemigo, así como Mahendra envía el rayo para causar la destrucción de los enemigos de los inmortales. Si aquel primero de los rakshasas logra terminar sus ritos, será invisible para celestiales y asuras; y luchando él después de terminar su sacrificio, los mismos celestiales quedarán en gran peligro».

Section 84

Al oír su discurso, Raghava, abrumado de pena, no pudo comprender perfectamente lo que había dicho el rakshasa. Entonces, reuniendo paciencia, Rama, conquistador de capitales hostiles, habló a Vibhishana, sentado cerca de los monos: «Oh señor de los nairritas, deseo oír una vez más lo que, oh Vibhishana, has dicho». Al oír las palabras de Raghava, Vibhishana, diestro en el hablar, dijo de nuevo estas palabras: «Oh de brazos poderosos, he apostado las fuerzas, oh héroe, conforme a sus instrucciones. Toda la fuerza ha sido dividida alrededor; y los jefes han sido también colocados debidamente. Además, oh poderoso señor, escuche usted lo que tengo que decir. Al haberse afligido usted sin causa, todos nosotros fuimos presa de la pena. Si esta ansiedad suya contribuye a la alegría del enemigo, deséchela usted. Y, oh héroe, afánese usted y reúna ánimo. Si ha de tener usted a Sita, y si los vagabundos de la noche han de ser muertos por usted, oh hijo de Raghu, escuche mi provechoso discurso. Que el hijo de Sumitra salga, rodeado de una poderosa fuerza, para matar en la batalla al hijo de Ravana, que ha ido a Nikumbhila, con saetas semejantes a serpientes venenosas, descargadas de la curva de su arco. En virtud de sus austeridades, aquel héroe, por un don otorgado por el Nacido de sí mismo, ha obtenido el arma Brahmasiras, junto con corceles que corren a su voluntad. Ahora él, con su ejército, ha ido a Nikumbhila; y cuando, terminados sus ritos, se levante, sepa usted que todos nosotros estamos muertos. “Cuando, sin llegar a Nikumbhila y sin haber terminado tus ofrendas al fuego, tú, equipado de armas, seas muerto por un enemigo, oh enemigo de Indra, esa es tu muerte”: así, oh de brazos poderosos, otorgó un don (a Indrajit) el señor de todas las criaturas, y, oh rey, así fue ordenada la muerte de este inteligente. Oh Rama, para lograr la destrucción de Indrajit, comisione usted una poderosa fuerza. Muerto él, sepa usted que Ravana junto con sus servidores está muerto». Al oír las palabras de Vibhishana, Rama dijo: «Oh tú cuyo poder es la verdad, conozco la ilusión de aquel feroz. Sin duda, es diestro en el arma de Brahma, es potente en la ilusión y posee excesiva fuerza. En el conflicto priva de conciencia aun a los celestiales con Varuna (a la cabeza). Y como aquel ilustre anda por el firmamento en su carro, nadie, oh héroe, puede percibir su curso, como el curso del Sol cuando el cielo está cubierto de nubes». Y Raghava, bien conocedor de la energía ilusoria de su malvado enemigo, se dirigió al renombrado Lakshmana, diciendo: «Rodeado de toda la hueste del señor de los monos, acompañado de los jefes, oh Lakshmana, encabezados por Hanuman, con Jambavan, rey de los osos, y ceñido por las fuerzas, mata a este hijo del rakshasa, poseedor de la fuerza de la ilusión. Y acompañado de sus consejeros, este vagabundo de la noche de alma elevada te seguirá a la espalda en este combate con aquel diestro en la ilusión». Al oír las palabras de Raghava, Lakshmana, dotado de temible poderío, con Vibhishana, tomó otro excelente arco. Y vistiendo su cota de malla, poniéndose su armadura y su espada, provisto de flechas y con un arco en la mano izquierda, el hijo de Sumitra, tocando los pies de Rama, sintiéndose exaltado, se dirigió a Rama, diciendo: «Hoy las saetas descargadas de mi arco, atravesando al hijo de Ravana, caerán en Lanka así como los cisnes se dejan caer en un estanque. Este mismo día mis flechas, disparadas de la cuerda de mi temible arco, hendirán el cuerpo de aquel terrible». Habiendo hablado así, el refulgente Lakshmana, ansioso de matar al hijo de Ravana, se adelantó a su hermano. Y habiendo saludado a los pies de su superior y dado la vuelta en torno a él, Lakshmana partió hacia el terreno sacrificial (llamado) Nikumbhila, protegido por el hijo de Ravana. Y acompañado de Vibhishana, aquel poderoso hijo del rey, Lakshmana, después de que su hermano hubo ofrecido plegarias en su favor, partió a toda prisa. Y rodeados de millares de monos, Hanuman así como Vibhishana junto con sus consejeros fueron prontamente en pos de Lakshmana. Y fuertemente rodeado por aquella poderosa hueste de monos, (Lakshmana) vio las fuerzas del rey de los osos apostadas en el camino. Y habiendo avanzado lejos, el hijo de Sumitra, acrecentador del deleite de los amigos, descubrió a distancia las fuerzas del monarca de los rakshasas, dispuestas en formación de batalla. Y aquel sometedor de enemigos, el hijo de Raghu, llevando su arco en la mano, llegando sobre aquel cuyo poder marcial residía en la ilusión, se detuvo (allí) para vencer a su enemigo conforme a la ordenanza de Brahma. Y acompañado de Vibhishana, el heroico Angada y el vástago del dios del Viento, el poderoso hijo del rey se sumergió en las fuerzas del enemigo, variadas, resplandecientes de armas bruñidas, densas de estandartes, apiñadas de poderosos carros, capaces de infundir terror (en los corazones de los espectadores), llenas de inconmensurable energía y semejantes a la oscuridad.

Section 85

Estando así las cosas, el hermano menor de Ravana se dirigió a Lakshmana con palabras cargadas de mal para los enemigos y conducentes al bienestar (de su propio partido), diciendo: «Provoque usted sin demora un combate entre este ejército de rakshasas, negro como las nubes, que usted contempla, y los monos, que tienen rocas por armas. Oh Lakshmana, esfuércese usted en romper su poderoso ejército; y cuando las filas estén rotas, el hijo del señor de los rakshasas será visible. Y esparciendo entre los enemigos saetas semejantes al rayo de Indra, cargue usted contra él mientras no haya terminado aún esta ceremonia. Mate usted, oh héroe, a este malvado, a este hijo de Ravana, dado a la ilusión y de terribles hazañas, el temor de todos los mundos». Al oír las palabras de Vibhishana, Lakshmana, adornado de marcas auspiciosas, comenzó a hacer llover flechas sobre el hijo del jefe de los rakshasas. Y osos y monos, dados a luchar excelentemente con árboles, se precipitaron en masa hacia aquel ejército (de rakshasas) allí dispuesto. Y los rakshasas (por su parte), ardiendo por matar a las fuerzas de los monos, se precipitaron en el encuentro con saetas aguzadas, dardos y tomaras. Y tuvo lugar una tremenda arremetida de los monos y los rakshasas. Y Lanka resonó por todas partes con aquel poderoso tumulto; y el cielo quedó cubierto de armas de diversas formas, flechas aguzadas, árboles y temibles cumbres de montañas levantadas. Y rakshasas de rostros y brazos espantosos, manejando sus armas entre los primeros de los monos, comenzaron a sembrar el terror (allí). Y del mismo modo los monos en el conflicto se pusieron a matar y herir a los rakshasas con árboles y cimas de colinas. Y grande fue el terror sembrado entre los rakshasas combatientes por la flor de los osos y los monos, poseedores de personas gigantescas y dotados de prodigiosa fuerza.

Al oír que su propio ejército estaba duramente acosado por los enemigos y desfallecía, el inconquistable, antes de haber terminado sus ritos, se levantó. Y saliendo de la penumbra de los árboles, el hijo de Ravana, inflamado de ira, subió a su carro, que ya había sido bien uncido (con corceles). Y equipado con un temible arco y flechas, aquel semejante a una masa de colirio, de rostro y ojos rojos, parecía temible como el Segador, la Muerte. Y en cuanto lo vieron montado en su carro, aquella hueste de rakshasas, poseedora de temible impetuosidad, ansiosa de combatir con Lakshmana, se mantuvo firme. En este momento aquel sometedor de enemigos, Hanuman, semejante a una montaña, arrancó un árbol gigante, imposible de manejar. Y en aquel encuentro el mono, consumiendo (las fuerzas) como el fuego surgido en el día del Juicio, dejó insensible aquel ejército de rakshasas con innumerables árboles. Y hallando al hijo del dios del Viento, Hanuman, sembrando de súbito la devastación entre los rakshasas por millares, (ellos) hicieron llover (saetas) sobre él. Y acercándose por todos lados a aquel semejante a una colina, los que llevaban dardos aguzados lo atacaron con dardos; los que llevaban espadas en las manos, con espadas; los que llevaban jabalinas en las manos, con jabalinas; con pattisas, los equipados con pattisas; y con garrotes, mazas y elegantes kuntas; y con centenares de sataghnis y clavas de hierro; y con terribles hachas; y con bhindipalas; y con puños semejantes a rayos; y con bofetadas semejantes al asani. E inflamado de furia, él (por su parte) sembró un enorme estrago entre ellos. E Indrajit vio a aquel primero de los monos, semejante a una colina, el vástago del dios del Viento, que conservaba la calma mientras destruía a sus enemigos. Y entonces se dirigió a su auriga, diciendo: «Ve adonde está el mono. Desdeñado por los rakshasas, siembra el estrago entre nosotros». Así interpelado por él, el auriga fue adonde estaba el vástago del dios del Viento, llevando al sumamente invencible Indrajit sentado en el carro. Y precipitándose adelante, aquel irreprimible, el rakshasa, comenzó a hacer llover sobre la cabeza del mono flechas, espadas, pattisas, cimitarras y hachas. Y soportando todas aquellas temibles armas, el vástago del dios del Viento, vencido por una poderosa rabia, dijo: «Oh malvado hijo de Ravana, si eres un héroe, sigue luchando. Combate conmigo con tus armas. Si en el encuentro soportas mi ímpetu, entonces, oh tú de sentido perverso, en verdad eres el primero de los rakshasas». Entonces Vibhishana señaló a Lakshmana al hijo de Ravana, que, con el arco levantado, estaba ansioso de matar a Hanuman: «Este que, montado en su carro, está ansioso de matar a Hanuman es el hijo de Ravana que venció al mismo Vasava (en la batalla). Oh hijo de Sumitra, con saetas sin par, capaces de resistir a los enemigos, temibles y competentes para acabar con las vidas (de los enemigos), mate usted al hijo de Ravana». Así interpelado por Vibhishana, terrible para los enemigos, aquel de alma elevada vio (a Indrajit), de temible poderío, difícil de alcanzar y semejante a una colina, apostado en su carro.

Section 86

Habiendo hablado así al hijo de Sumitra, Vibhishana sintió deleite y, tomando consigo (a Lakshmana), que llevaba un arco en la mano, partió apresuradamente. Y avanzando un trecho y entrando en el poderoso bosque, Vibhishana señaló a Lakshmana (el lugar del) sacrificio. Y el enérgico hermano de Ravana mostró a Lakshmana el nyagrodha, temible de contemplar y semejante a una masa de nubes negras: «Aquí, haciendo ofrendas a los espíritus, el poderoso hijo de Ravana entra después en el conflicto. Entonces el rakshasa se hace invisible para todos los seres; y mata a sus enemigos en la batalla y los ata con excelentes saetas. Antes de que haya pasado más allá del nyagrodha, destruya usted con flechas llameantes al poderoso hijo de Ravana junto con su carro, sus corceles y su auriga». Entonces, diciendo: «Así sea», el sumamente enérgico hijo de Sumitra, aquel deleite de sus amigos, ocupó allí su puesto, tensando su arco variado. Y el hijo de Ravana, Indrajit, dotado de fuerza, vestido de malla, armado de una espada y provisto de un estandarte, fue visto montado en un carro del color del fuego. Y el sumamente poderoso Lakshmana se dirigió al hijo de Pulastya, que nunca conoció la derrota, diciendo: «Te desafío al encuentro. Dame batalla, poniendo todo tu empeño». Así interpelado, el sumamente enérgico e inteligente hijo de Ravana, viendo allí a Vibhishana, le habló duramente así: «Nacido y criado en esta (raza de los rakshasas), eres el mismo hermano de mi padre. ¿Por qué, oh rakshasa, siendo mi tío, te alineas contra tu hijo? Pero ni el parentesco, ni la enemistad, ni la raza, oh malvado, ni el nacimiento común pueden, oh destructor de la justicia, servirte para discernir tu deber. Oh tú de entendimiento perverso, en verdad eres digno de lástima, pues eres digno de ser reprochado por los virtuosos, ya que, renunciando a los tuyos, has abrazado la servidumbre bajo otro. Ni por tu carácter ni por tu entendimiento percibes la poderosa diferencia que hay entre vivir con los propios parientes y refugiarse con los viles. Si uno que no es de los nuestros está provisto de toda gracia, y si uno de los propios está vacío de todo mérito, el pariente propio, aunque indigno, es preferible; y el que no es de los nuestros lo es siempre. El que, abandonando a su propio partido, sirve al de otro, es destruido aun por este último cuando su propio partido está destruido. Oh vagabundo de la noche, tal es esta tu crueldad que, oh hermano menor de Ravana, tú, siendo pariente, eres capaz de desplegar tu hombría (como ninguna otra persona puede hacerlo)». Así interpelado por el hijo de su hermano, Vibhishana respondió: «Oh rakshasa, ¿por qué hablas como si ignoraras mi carácter? Oh impío hijo del jefe de los rakshasas, renuncia a la aspereza que asumes en lo tocante a mi dignidad. Aunque nacido en la raza de los rakshasas de crueles hazañas, sin embargo, atendiendo al primero de los principios que conciernen a los hombres, mi carácter no es el de un rakshasa. No me complazco en lo terrible, ni me deleito en la injusticia. Pero ¿cómo puede un hermano, aunque difiera de su hermano en carácter, ser abandonado por este? El que abandona a una persona que se aparta de la virtud y está entregada a actos pecaminosos alcanza la felicidad, así como uno la alcanza sacudiéndose de la mano una serpiente venenosa. Los sabios han declarado que aquel impío dado a robar los bienes ajenos y a violar las esposas ajenas es digno de ser abandonado como una casa en llamas. Robar la propiedad ajena, ultrajar a las esposas de otros e inspirar temor entre los amigos: estos tres vicios llevan a la destrucción. La temible matanza de sabios, la rebelión contra todos los dioses, la presunción desmedida, la ira, la enemistad prolongada y el desvarío en el consejo: estos pecados están minando la vida y la fortuna de mi hermano; y han ocultado sus virtudes así como las nubes cubren una montaña. A causa de estos vicios mi hermano, tu padre, ha sido abandonado por mí. Y esta ciudad de Lanka no existirá, ni tú, ni tu padre. Eres orgulloso, altivo y un muchacho, oh rakshasa. Estás atado por el lazo del Hado. Dime lo que te plazca. Hoy me has hablado con dureza a mí, que he caído en días aciagos; pero, oh el peor de los rakshasas, no puedes pasar este nyagrodha. Habiendo herido a Kakutstha, no puedes vivir. Lucha en el encuentro con aquel hombre-dios, Lakshmana. Muerto, servirás a las deidades en la morada de Yama. Desplegando tu propio poderío, gasta todas tus armas y todas tus saetas. Pero entrando en el alcance de las flechas de Lakshmana, no te irás hoy de aquí con vida, con tus fuerzas».

Section 87

Al oír las palabras de Vibhishana, el hijo de Ravana, privado de sus sentidos por la pasión, habló duramente y se precipitó airado. Y con armas y cimitarras levantadas, él, semejante al Destructor mismo, iba montado en un poderoso carro uncido con corceles negros y adornado (por todos lados). Y aquel dotado de terrible fuerza levantó un arco enorme, gigantesco, fuerte y poderoso, y saetas capaces de destruir a los enemigos. Y aquel poderoso arquero y matador de enemigos, el poderoso hijo de Ravana, adornado (con ornamentos) y montado en su carro, lo vio a él adornado (con su propio esplendor). E inflamado de ira, (Indrajit) se dirigió al hijo de Sumitra, que, montado a lomos de Hanuman, semejante al sol naciente en esplendor, acompañaba a Vibhishana; y se dirigió también a todos aquellos monos principales, diciendo: «¡Contemplen ustedes mi poderío! Hoy soporten ustedes en el conflicto mi lluvia de flechas, disparada de mi arco, imposible de abordar y semejante al aguacero en el cielo. Hoy mis saetas, descargadas de mi poderoso arco, destrozarán sus miembros, así como el fuego quema un montón de algodón. Hoy, con sus personas atravesadas por saetas agudas, por dardos, jabalinas, rishtis y flechas, los despacharé a todos ustedes a la morada de Yama. ¿Quién se plantará ante mí, de mano ligera, que creo una lluvia de flechas en el campo y rujo como las nubes? Antes, en un combate nocturno, con mis saetas semejantes al rayo y al vajra, ustedes dos, junto con sus principales partidarios, fueron dejados insensibles y tendidos en la tierra por mí. Pero quizá tú lo hayas olvidado. Como te has presentado ante mí para la batalla, inflamado de ira y semejante a una serpiente venenosa, es evidente que irás a la región de Yama». Al oír la jactancia del jefe de los rakshasas, el hijo de Raghu, inflamado de rabia, con semblante impávido, habló al hijo de Ravana: «Oh rakshasa, difícil es el logro de la tarea que has mencionado. Solo es inteligente el que lleva a cabo un asunto con actos. Pero tú, oh malvado, incompetente como eres para alcanzar tu fin, logrando tu arduo propósito solo con palabras, te consideras coronado por el éxito. Que te hayas hecho invisible en el campo del conflicto fue obra de un ladrón, y no la manera de un héroe. Entrando en el alcance de tus saetas, aquí estoy; despliega tu poderío. ¿Qué dices con palabras?». Así interpelado, el poderoso Indrajit, conquistador de enemigos, tensando su temible arco, hizo llover saetas aguzadas. Y descargadas por él, aquellas flechas sumamente impetuosas, semejantes al veneno de las serpientes, alcanzando a Lakshmana, cayeron como serpientes silbantes. Y en aquel encuentro el hijo de Ravana, Indrajit, poseedor de eminente impetuosidad, atravesó a Lakshmana, adornado de marcas auspiciosas, con saetas vehementes. Y atravesado por aquellas flechas y bañado en sangre, el apuesto Lakshmana parecía un fuego sin humo. Y viendo su propia hazaña, Indrajit, adelantándose y lanzando un tremendo grito, dijo: «Oh hijo de Sumitra, mis saetas emplumadas y de filo agudo, disparadas de mi arco, capaces de destruir la vida, acabarán hoy contigo. Hoy, oh Lakshmana, enjambres de chacales y huestes de halcones y buitres se posarán sobre ti, que yacerás sin vida, muerto por mí. Este mismo día el sumamente malvado Rama te contemplará a ti, que eres amigo de los kshatriyas y consagrado a tu hermano, y que siempre te conduces innoblemente, muerto por mí; hoy te verá, oh hijo de Sumitra, muerto por mí, con la armadura caída de tu persona, el arco roto y la cabeza cortada». Mientras el hijo de Ravana hablaba así duramente, Lakshmana, conocedor del sentido de las palabras, respondió con un discurso razonable, diciendo: «¡Deja tu fuerza de lengua, oh tú de sentido perverso, oh rakshasa, oh tú de caminos torcidos! ¿Por qué hablas así? Haz que todo esto suceda con hechos dignos. ¿Por qué, oh rakshasa, sin hacer (lo que dices), simplemente lo dices? Haz la hazaña, para que yo tenga respeto por tus palabras. ¡Fíjate! Sin decir nada áspero, sin censurarte en lo más mínimo, sin soltar jactancia alguna, yo, oh caníbal, te mataré». Diciendo esto, Lakshmana, tensando su arco hasta el máximo, disparó al pecho del rakshasa cinco narachas, flechas maravillosamente impetuosas. Y aquellas flechas, semejantes a serpientes llameantes, con su velocidad acelerada por las plumas (de que estaban provistas), ardieron en el pecho del nairrita como los rayos del Sol. Y herido por aquellas saetas, el hijo de Ravana, inflamado de ira, atravesó a Lakshmana con tres flechas descargadas (de su arco). Y sumamente temible fue el encuentro que tuvo lugar entre aquellos leoninos hombre y rakshasa, cada uno ansioso de vencer al otro. Y ambos poderosos, y ambos dotados de fuerza y poseedores de poderío, y ambos sumamente invencibles, y ambos de poder y energía sin par, aquellos héroes lucharon como dos planetas en el firmamento, o como Bala y Vritra, irresistibles en el conflicto; y aquellos de alma elevada lucharon como dos leones. Y haciendo llover incontables saetas y desplegando muchas maniobras, aquel primero de los hombres y aquel de los rakshasas lucharon alegremente.

Section 88

Entonces, suspirando como una serpiente enfurecida, aquel sometedor de enemigos, el hijo de Dasaratha, poniendo saetas (en la cuerda de su arco), las hizo llover sobre el jefe de los rakshasas. Y al oír el tañido de la cuerda de su arco, el señor de los rakshasas, con el semblante demudado, miró fijamente a Lakshmana. Y entonces Vibhishana habló al hijo de Sumitra mientras luchaba: «Hallo señales (nefastas) en el hijo de Ravana. Apresúrese usted, pues; está quebrantado, sin duda». Entonces, fijando flechas (en su arco) semejantes a serpientes venenosas, soltó aquellas saetas agudas, semejantes a serpientes provistas de veneno. Y herido por Lakshmana con flechas que tenían el tacto del relámpago, (Indrajit) quedó por un rato aturdido y con los sentidos abrumados. Y mirando a aquel héroe, hijo de Dasaratha, presente en el encuentro, (Indrajit), con los ojos enrojecidos de cólera, se acercó al hijo de Sumitra. Y llegando hasta él (Lakshmana), se dirigió de nuevo (a aquel héroe) con un duro discurso, diciendo: «¿No recuerdas mi poderío en aquel primer encuentro, cuando tú junto con tu hermano quedaste atado, que ahora descargas armas (contra mí)? En verdad ustedes dos, en poderoso encuentro, con saetas semejantes al rayo y al vajra, fueron tendidos primero por mí en el suelo, privados de la vida, junto con sus principales partidarios. O esto se te ha escapado de la memoria, o, a mi parecer, deseas claramente ir a la morada de Yama, puesto que has puesto tu corazón en batirme. Si en el primer encuentro no presenciaste mi poderío, hoy te lo mostraré. Quédate ahora, reuniendo tu atención». Diciendo esto, atravesó a Lakshmana con siete saetas, y a Hanuman con diez excelentes saetas de filo agudo. Y entonces, inflamado de doble furia, aquel poderoso atravesó a Vibhishana con cien flechas descargadas poderosamente (de sus armas). Viendo esta acción de Indrajit, aquel primero de los hombres, el hermano menor de Rama, Lakshmana, con semblante impávido, inflamado de ira, sin hacer caso de ella, y diciendo con una risa: «Esto no es nada», tomando temibles flechas, las descargó en el conflicto sobre el hijo de Ravana: «Oh vagabundos de la noche, los héroes que vienen al campo nunca descargan (saetas como estas). Estas flechas tuyas son ligeras y de escasa fuerza, y contribuyen a mi comodidad. Los guerreros heroicos, ansiosos de encuentro, no luchan así». Hablando así, (Lakshmana), equipado con su arco, hizo llover andanadas de saetas (sobre su adversario). Y al (alcanzarlo) sus flechas, la poderosa cota de malla de oro (de Indrajit) se le cayó de la persona y cayó a la plataforma de su carro como un racimo de estrellas que cae del firmamento. Y con la armadura caída, aquel héroe, Indrajit, fue herido con narachas, como el Sol al alba. Aquel héroe, el hijo de Ravana, dotado de temible poderío, atravesó en aquel conflicto a Lakshmana con mil saetas. Y con ello la suntuosa y poderosa cota de malla de Lakshmana quedó hecha pedazos. Y cada uno, precipitándose adelante, se ocupaba en asestar golpes y acosar al otro. Y suspirando una y otra vez, lucharon furiosamente. Y con sus personas cortadas por todas partes y bañadas en sangre, por largo rato los héroes siguieron hendiéndose uno a otro con saetas aguzadas. Y aquellos de alma elevada, versados en la guerra y dotados de terrible poderío, pusieron todo su empeño en asegurarse la victoria. Y cubiertos de andanadas de saetas, con las armaduras y los estandartes desgarrados, se sacaban uno a otro la sangre caliente, que fluía como agua de una fuente. Y descargaban temibles lluvias acompañadas de tremendos sonidos, como los sonidos de las nubes negras en el día del Juicio que derraman torrentes en el cielo. Y pasó largo tiempo mientras luchaban. Ni se apartaron del encuentro ni conocieron la fatiga. Y aquellos primeros de los conocedores de las armas desplegaban repetidamente sus armas; y sus saetas largas y cortas envolvían el firmamento. Y la destreza que desplegaban era perfecta y mostraba ligereza, variedad y gracia; y tanto el hombre como el rakshasa sostenían un conflicto temible y terrible. Y los temibles y tremendos rugidos de cada uno se oían (en aquel lugar); y terribles como el relámpago, hacían temblar (de terror) los corazones de los oyentes. Y mientras luchaban con todas sus fuerzas, los sonidos que lanzaban se asemejaban al hondo retumbar de las nubes en el cielo. Y atravesados por narachas con nudos de oro, aquellos poderosos e ilustres (guerreros), con el corazón puesto en la celebridad, sangraban profusamente. Y en aquel combate saetas con nudos de oro, alcanzando la persona del otro, la atravesaban y, cubiertas de sangre, entraban en la tierra. Y otras saetas eran resistidas en el cielo por armas aguzadas; y algunas se quebraban, y millares de sus flechas eran hendidas (en el cielo). Y en aquel campo las andanadas de sus saetas eran temibles de contemplar, como un montón de kusa en llamas en un sacrificio. Y los cuerpos heridos de aquellos de alma elevada parecían hermosos como un kinsuka y un salmali sin hojas y en flor en un bosque. Y cada uno ansioso de vencer al otro, Indrajit y Lakshmana descargaban a cada momento tremendas y terribles lluvias (de armas). Y Lakshmana hiriendo al hijo de Ravana, y el hijo de Ravana hiriendo a Lakshmana, no sentían fatiga alguna. Y con redes de flechas que penetraban profundamente en sus personas, aquellos vehementes y sumamente poderosos se asemejaban a montañas coronadas (de árboles). Y todos sus miembros, empapados en sangre y cubiertos de flechas, parecían un fuego ardiente. Y largo rato lucharon; y sin embargo ni se apartaron (de la lucha) ni sintieron agotamiento alguno. Entonces, para quitar la fatiga de la lucha (a Lakshmana), el de alma elevada Vibhishana, que obraba por el bien de Lakshmana, que estaba al frente del campo, se adelantó en el encuentro y ocupó su puesto.

Section 89

Viendo al hombre y al rakshasa empeñados en la batalla con toda el alma, cada uno ansioso de batir al otro, como elefantes con el jugo temporal goteándoles de las sienes, deseoso de contemplar su encuentro, el poderoso y heroico hermano de Ravana, llevando un excelente arco, se plantó al frente de la arena. Y ocupando su puesto, tensó su gran arco y disparó terribles saetas de punta aguda a los rakshasas. Y así como el rayo hiende poderosas montañas, aquellas saetas provistas de plumas de pavo real, cayendo poderosamente (sobre el enemigo), desgarraron a los rakshasas. Y aquellos primeros de los rakshasas, los seguidores de Vibhishana, también descargaron en el encuentro dardos, cimitarras y pattisas sobre heroicos rakshasas. Y rodeado de aquellos rakshasas, Vibhishana, entonces en medio de sus seguidores, parecía un elefante en medio de los jóvenes. Entonces, incitando a los monos, cuyo caro objeto era matar a Ravana, aquel versado en el tiempo, el primero de los rakshasas, habló oportunamente así: «Este que está (en el campo) es el único y poderoso sostén del jefe de los rakshasas; y esta es su fuerza restante. ¿Por qué, pues, permanecen inactivos los jefes de los monos? Muerto este malvado rakshasa en el filo de la batalla, el resto de su ejército, con la sola excepción de Ravana, está destruido. Aquel héroe, Prahasta, ha sido muerto, y Nikumbha, poseedor de maravillosa fuerza, y Kumbhakarna, y Kumbha, y el vagabundo de la noche Dhumraksha, y Jambumali, y Mahamali, y Tikshnavega, y Hemaprabha, y Saptaghna, y Yajnakopa, y el rakshasa Vajradanshtra, Samhradi, y Vikata, y Arighna, y Tapana, y Manda, y Praghasa, y Prajangha, y Jangha, y Agniketu, y Durdharsha, y el poderoso Rasmiketu, y Vidyujjihva, y Dvijihva, y el rakshasa Suryasatru, y Akampana, y Suparsva, y los rakshasas Chakramali, Kampana y Sattvavanta, y Devantaka y Narantaka. Habiendo matado a estos muchos poderosos rakshasas, dotados de exceso de poder, y habiendo cruzado el mar con sus brazos, crucen ustedes esta huella de vaca. Esta es la fuerza restante que ustedes, monos, deben vencer; todos aquellos rakshasas que se habían adelantado, exaltados por el orgullo de la fuerza, han sido todos muertos. No me conviene matar al hijo de mi hermano; sin embargo, desechando la compasión, lo mataré por Rama. Las lágrimas me llenan los ojos a mí, que procuro matarlo. Que Lakshmana, pues, le dé su fin. Monos, maten ustedes en masa (primero) a los que están a su lado (de Indrajit)». Así exhortados por aquel ilustre rakshasa, los jefes de los monos se regocijaron y comenzaron a agitar sus colas. Y entonces aquellos poderosos monos rugieron una y otra vez y lanzaron diversos gritos, así como gritan los pavos reales al ver las nubes. Y entonces Jambavan, rodeado de sus propias fuerzas, asaltó a los rakshasas con rocas y con sus uñas y dientes. Entonces los rakshasas, dotados de excesiva fuerza, equipados con diversas armas, injuriando al señor de los osos mientras se ocupaba en herir (al enemigo), y desechando el temor, con saetas, hachas afiladas, pattisas, yashtis y tomaras, asaltaron en el encuentro a Jambavan, que se ocupaba en batir a las fuerzas de los rakshasas. Y aquel conflicto entre los monos y los rakshasas se hizo furioso, como el tumultuoso encuentro de los inmortales y los asuras inflamados de ira. Y Hanuman, el de gran alma, imposible de abordar, enfureciéndose, arrancando una montaña y bajando a Lakshmana de su espalda, comenzó una gran matanza entre los rakshasas por millares. Y librando una furiosa lucha con su tío, el poderoso Indrajit, matador de héroes hostiles, se precipitó de nuevo contra Lakshmana. Y entonces tuvo lugar un encuentro entre aquellos héroes en el campo, Lakshmana y el rakshasa, que descargaban andanadas de saetas y se herían uno a otro; y aquellos poderosos e impetuosos se cubrían repetidamente uno a otro con redes de flechas, como el sol y la luna cubiertos por las nubes al expirar el verano. Y a causa de su ligereza de manos, ni la descarga de las flechas, ni el tensar del arco, ni el poner la saeta en la cuerda, ni el tomar del arco, ni la selección de las saetas, ni el cerrar firmemente de sus puños, ni el dar en el blanco podían percibirse mientras luchaban. Y a consecuencia de estar el cielo cubierto por todas partes de redes de flechas descargadas poderosamente de sus arcos, las formas (de los objetos) no podían descubrirse. Y acometiendo Lakshmana al hijo de Ravana y el hijo de Ravana a Lakshmana, crítica fue la confusión que se produjo en el encuentro entre ambos. Y mientras ambos seguían haciendo llover sin cesar saetas emplumadas y aguzadas, el firmamento quedó engullido por una profunda oscuridad. Y a consecuencia de las incontables flechas agudas que caían por centenares, todos los lados y todos los cuartos cardinales hervían de saetas. Y estando todo cubierto de tinieblas, un poderoso espanto se apoderó (de las criaturas) cuando el Sol hubo ascendido a la colina Poniente y la oscuridad envolvió todos los objetos. Y aquel día poderosos torrentes de sangre corrieron en millares de arroyos; y feroces bestias de presa lanzaron terribles aullidos (por todas partes). Y en aquella hora el viento no sopló y el fuego no ardió; y los Maharshis dijeron: «¡Bienestar a las criaturas!». Y los gandharvas junto con los charanas se agitaron en extremo. Entonces el hijo de Sumitra atravesó los cuatro corceles negros del leonino rakshasa, enjaezados de oro. Y entonces hirió al auriga (de Indrajit) con otra jabalina amarilla y aguzada, espléndida, provista de plumas y semejante al rayo del gran Indra. Y gracias a su ligereza de manos, el apuesto hijo de Raghu, con el rayo de su saeta, resonante con el sonido de su palma, separó (la cabeza del auriga) de su tronco. Y muerto su auriga, el sumamente enérgico hijo de Mandodari comenzó él mismo a desempeñar la función de auriga y tomó su arco. Y esto, en el encuentro, era maravilloso de contemplar. Y entonces, mientras (Indrajit) se ocupaba afanosamente en manejar los corceles, (Lakshmana) lo atravesaba con saetas aguzadas; y cuando (Indrajit) blandía afanosamente su arco, (Lakshmana) descargaba saetas sobre sus corceles. Y desgarrados sus corceles por las saetas, el hijo de Sumitra, el primero de los de mano ligera, asaltó en el encuentro (a Indrajit), que sin duda recorría el campo. Viendo muerto a su auriga en la contienda, el hijo de Ravana renunció a su ardor marcial y quedó abatido. Y viendo al rakshasa con el semblante demudado, los jefes de las bandas de monos se alegraron en extremo y rindieron homenaje a Lakshmana. Y entonces aquellos jefes de los monos, Pramathi, Rabhasa, Sarava y Gandhamadana, no soportando (a su enemigo), reunieron su impetuosidad. Y saltando de súbito, aquellos sumamente poderosos monos, dotados de terrible poderío, cayeron sobre aquellos cuatro mejores corceles. Y asaltados aquellos caballos de guerra por aquellos monos semejantes a montañas, la sangre les brotó de la boca. Y entonces los corceles fueron destrozados y derribados al suelo. Y habiendo matado a los corceles y herido al poderoso guerrero de carro, de nuevo con un salto vehemente volvieron al lado de Lakshmana. Y saltando de su carro, cuyos corceles habían sido muertos, el hijo de Ravana, con su auriga machacado, cargó contra el hijo de Sumitra con flechas. Y entonces Lakshmana, semejante al gran Indra, despachados los mejores caballos de guerra (de Indrajit), comenzó en el encuentro a hender terriblemente con flechas descargadas (a su enemigo), que estaba a pie sobre la tierra y hacía llover excelentes saetas aguzadas.

Section 90

Con sus corceles muertos, el vagabundo de la noche, Indrajit, de pie en el suelo, enfureciéndose ferozmente, se inflamó de energía. Y armados de arcos, ellos, deseosos de matarse uno a otro con saetas, semejantes a un elefante y a un toro en un bosque, salieron a asegurarse la victoria en el encuentro. Y matándose unos a otros, los rakshasas y los que recorren los bosques, precipitándose de aquí para allá, no abandonaron (ni un momento) a sus señores. Entonces el hijo de Ravana, alegrando a todos los rakshasas y sintiéndose él mismo animado, se dirigió a ellos con palabras de elogio, diciendo: «Todos los lados están enteramente envueltos en esta penumbra, de modo que, oh primeros de los rakshasas, aquí no sabemos quién nos pertenece y quién no. Luchen ustedes sin temor para aturdir a los monos; y yo también, montado en un carro, vendré aquí al conflicto. Obren ustedes de modo que los que recorren los bosques, de alma elevada, no me ataquen mientras entro en la ciudad». Diciendo esto, aquel matador de enemigos, el hijo de Ravana, engañando a los que recorren los bosques, entró en la ciudad de Lanka para proveerse de un carro (nuevo). Y engalanando un carro elegante y adornado de oro, provisto de prasas, espadas y flechas, uncido con soberbios corceles y conducido por un auriga que conocía los caballos y poseía instrucción (acerca de su arte), aquel vencedor en la batalla, el sumamente enérgico hijo de Ravana, subió a él. Y aquel héroe, el hijo de Mandodari, impulsado por la fuerza del Acabador, salió de la ciudad, rodeado de los primeros rakshasas; y tirado por corceles de veloz carrera, se presentó ante Lakshmana junto con Vibhishana. Y viendo al hijo de Ravana sentado en el carro, el hijo de Sumitra, los sumamente poderosos monos y el rakshasa Vibhishana quedaron sumamente asombrados de la ligereza de manos de aquel inteligente. Y el hijo de Ravana, enfureciéndose, comenzó en aquella contienda a abatir monos por centenares y por millares. Y aquel vencedor en la batalla, el hijo de Ravana, inflamado de ira, reuniendo toda su celeridad, mató monos, tensando su arco en un círculo. Y muertos por narachas de terrible impetuosidad, los monos buscaron el amparo del hijo de Sumitra, como las criaturas que buscan el refugio de su Señor. Entonces el hijo de Raghu, inflamándose de ira marcial, le partió el arco, desplegando su ligereza de manos. Entonces, tomando otro arco, (Indrajit) le sujetó apresuradamente la cuerda. Y también este arco lo cortó Lakshmana por medio de un par de flechas. Y cuando (Indrajit) tuvo el arco partido, el hijo de Sumitra atravesó al hijo de Ravana con cinco saetas semejantes al veneno de una serpiente venenosa. Y las saetas descargadas de su poderoso arco, atravesando su persona, cayeron a la tierra como poderosas serpientes rojas. Y con el arco cortado, el hijo de Ravana, vomitando sangre por la boca, tomó un arco superior, poderoso en extremo y de cuerda robusta. Y entonces, apuntando a Lakshmana, él, reuniendo su máxima celeridad, hizo llover flechas, así como hace llover Purandara en la estación de las lluvias. Entonces Lakshmana, sometedor de enemigos, conservando la calma, resistió aquella poderosa lluvia de flechas disparada por Indrajit. Y entonces aquel sumamente enérgico, el hijo de Raghu, conservando la calma, desplegó (su poderío) ante el hijo de Ravana; y esto fue maravilloso (de contemplar). Y entonces, desplegando su ligereza en el uso de las armas, Lakshmana, enfureciéndose, atravesó a los rakshasas con tres flechas a cada uno en aquel poderoso encuentro; y el señor de los rakshasas lo hirió con lluvias de saetas. Y duramente atravesado por aquel poderoso enemigo, matador de enemigos, él envió sin cesar innumerables flechas tras Lakshmana. Y antes de que llegaran a su destino, aquel matador de héroes hostiles las cortó con flechas aguzadas; y en el encuentro aquel justo y primero de los guerreros de carro, con un dardo de nudos curvos, cortó la cabeza de su auriga, montado en el carro. Y privados de su conductor, los corceles, conservando la calma, comenzaron a dar vueltas; y esto era maravilloso. Entonces el hijo de Sumitra, de firme poderío, inflamado de ira, en aquella contienda, espantando a todos, atravesó sus caballos con flechas. Y no soportando aquel acto (de su adversario), el hijo de Ravana atravesó en el encuentro con diez saetas al hijo de Sumitra, capaz de erizar el vello de las gentes. Y sus saetas, semejantes a rayos y como toda variedad de veneno, al tocar la cota de malla (de Lakshmana), que tenía un esplendor de oro, quedaron reducidas a nada. Entonces, considerando a Lakshmana vestido de una armadura impenetrable, el hijo de Ravana, Indrajit, enfureciéndose furiosamente, desplegando su ligereza de manos en las armas, atravesó a Lakshmana en las sienes con tres saetas de buenos nudos. Y con aquellas flechas alojadas en las sienes, el hijo de Raghu, que se deleitaba en la batalla, parecía hermoso en el campo como una montaña provista de tres cumbres. Aunque herido así en la contienda por el rakshasa con saetas, Lakshmana lo hirió velozmente a su vez con cinco flechas; y en el encuentro Lakshmana, tensando su arco, atravesó con saetas el rostro de Indrajit, adornado con elegantes pendientes. Y aquellos héroes, Lakshmana e Indrajit, equipados con arcos sumamente poderosos y dotados de heroísmo y temible poderío, se hirieron uno a otro con flechas agudas. Y tanto Lakshmana como Indrajit, con sus personas bañadas en sangre en aquel encuentro, parecían kinsukas en flor. Y acercándose uno a otro, aquellos arqueros, cada uno con el corazón puesto en la victoria, se hirieron uno a otro por todo el cuerpo con terribles saetas. Entonces el hijo de Ravana, arrebatado por la rabia marcial, atravesó a Vibhishana en su hermoso rostro con tres flechas. Y atravesando al señor de los rakshasas, Vibhishana, él, con tres flechas de punta de hierro, atravesó a los jefes de los monos, a cada uno con una saeta. Entonces, enfurecido contra él más furiosamente que nunca, el sumamente enérgico Vibhishana despachó con su maza los corceles del malvado hijo de Ravana. Entonces, saltando de su carro, con los caballos muertos, (Indrajit), dotado de gran energía, que tenía a su auriga machacado, descargó un dardo contra su tío. Y viéndolo descender, el acrecentador de la alegría de Sumitra lo cortó con flechas aguzadas y lo derribó en diez fragmentos al suelo. Y Vibhishana, de arco recio, enfureciéndose, descargó sobre (Indrajit), que tenía los corceles muertos, cinco saetas veloces que tenían el tacto del rayo. Y aquellas flechas, provistas de oro en las partes emplumadas, hendiendo su persona, quedaron bañadas en sangre y se asemejaron a poderosas serpientes rojas. Entonces, airado con su tío, Indrajit tomó una excelente saeta, otorgada a él por Yama mismo, dotada de terrible fuerza, la flor de las saetas entre todos los rakshasas. Y viendo aquella poderosa saeta puesta por él (en la cuerda del arco), el sumamente poderoso Lakshmana, poseedor de temible poderío, tomó (a su vez) otra flecha, otorgada en un sueño por Kubera mismo, de alma inconmensurable, inconquistable e imposible de soportar aun por los celestiales y los asuras con Indra a la cabeza. Y al ser tensados poderosamente sus mejores arcos con sus brazos semejantes a garrotes, lanzaron gritos como los kraunchas. Y aquellas primeras de las saetas, puestas en aquellos excelentes arcos de aquellos héroes, al ser tensadas, se inflamaron con excesivo esplendor. Y aquellas flechas llameantes, descargadas de los arcos, iluminando el firmamento, chocaron con vehemencia una contra la cabeza de la otra. Y se produjo un choque de aquellas flechas de terrible aspecto; y con ello brotó un fuego furioso, con brasas que saltaban alrededor. Y chocando una contra otra como poderosos planetas, ellas, reducidas a cien añicos en el encuentro, buscaron la tierra. Viendo frustradas sus saetas, Indrajit y Lakshmana, en el filo de la batalla, fueron presa de la vergüenza y la ira. Entonces el hijo de Sumitra, montando en furia, tomó un arma Varuna. Y el conquistador del gran Indra, resuelto a la batalla, descargó en el encuentro una terrible arma Raudra; y la sumamente maravillosa arma Varuna fue frustrada por él. Entonces, enfureciéndose, aquel vencedor en la batalla, el maravillosamente enérgico Indrajit, como si aniquilara el mundo, descargó una llameante arma ígnea. Y el heroico Lakshmana la resistió con un arma Solar. Viendo resistida su arma, el hijo de Ravana, transportado de pasión, tomó una flecha Asura, capaz de desgarrar a los enemigos. Y de aquella arma salieron dagas, clavas, dardos, bhusundis, mazas, espadas y hachas. Y en el conflicto, viendo aquella arma funesta y temible, irresistible para todas las criaturas y capaz de hender todas las armas, el refulgente Lakshmana la frustró con un arma Mahesvara. Y el encuentro que tuvo lugar entre ellos fue maravilloso y capaz de erizar el vello de las gentes. Y los seres apostados en el cielo rodearon a Lakshmana por todos lados. Y en aquel terrible encuentro de los monos y los rakshasas, resonante de temibles rugidos, el firmamento quedó cubierto de innumerables seres presa del asombro. Y santos, Pitris, deidades, gandharvas, aves y serpientes, poniendo a Satakratu al frente, protegieron a Lakshmana en el conflicto. Y entonces aquel héroe, el hermano menor de Raghava, fijó (en su arco) otra saeta superior, que tenía el tacto del fuego mismo y era capaz de hender al hijo de Ravana; provista de hermosas plumas; ahusada; de elegantes junturas; simétrica y chapada en oro; una flecha capaz de acabar con el cuerpo; irresistible; temible; terrible para los rakshasas; semejante al veneno de las serpientes venenosas; y adorada por las huestes celestiales; con la cual el sumamente enérgico y maravilloso Señor que monta el caballo, Sakra, antaño, en la guerra entre los celestiales y los asuras, había derrotado a los danavas. Y el hijo de Sumitra, Lakshmana, adornado de lo auspicioso, tensando en su mejor arco aquella primera de las saetas, el arma Aindra, invencible en el conflicto, dijo estas palabras, que tendían a procurar su éxito: «Si el hijo de Dasaratha, Rama, es justo y veraz, y si en poderío no tiene rival, entonces mata a este hijo de Ravana». Diciendo esto, el heroico Lakshmana, en aquel conflicto, tensando hasta la oreja la flecha de vuelo recto, la descargó sobre Indrajit. Y disparando el arma Aindra, aquel destructor de héroes hostiles, Lakshmana, separando de su tronco la cabeza de Indrajit, con su coselete y adornada de pendientes ardientes, la derribó al suelo. Y la poderosa cabeza cortada del hijo del rakshasa, semejante a una hecha de oro, se vio cubierta de sangre. Y muerto, el hijo de Ravana cayó a la tierra, con la armadura y el coselete puestos y el arco caído (de su mano). Y entonces todos los monos con Vibhishana lanzaron aclamaciones, así como los inmortales aclamaron la destrucción de Vritra. Y en el cielo se levantaron los gritos de victoria de todos los seres y de los santos de alma elevada, y también de los gandharvas y las apsaras. Y sabiendo caído (en la lucha) a Indrajit, el poderoso ejército de los rakshasas, atacado por los monos que ardían por la victoria, huyó en las diez direcciones cardinales. Y asaltados por los monos, los rakshasas, perseguidos (por sus enemigos), con los sentidos perdidos, se precipitaron hacia Lanka, dejando atrás sus armas. Y abrumados de espanto, los rakshasas huyeron en cien direcciones, renunciando todos a sus armas, dardos con lengüetas, espadas y hachas. Y hostigados por los monos, algunos entraron apresuradamente en Lanka, y otros se arrojaron al mar, y otros buscaron refugio en las montañas. Y viendo a Indrajit muerto y tendido en el campo de batalla, millares de rakshasas huyeron. Así como cuando el Sol se pone sus rayos ya no permanecen, caído aquel rakshasa, los rakshasas se dispersaron por los diez cuartos cardinales, como el Sol cuando sus rayos se han vuelto suaves, o el fuego que se ha extinguido. Y el de brazos poderosos (Indrajit) quedó enteramente privado de la vida. Y al caer el hijo del jefe de los rakshasas, el mundo, con su enemigo muerto y su enorme aflicción disipada, sintió el brillo de la alegría. Y muerto aquel injusto rakshasa, el venerable Sakra junto con los Maharshis se llenó de deleite. Y se oyeron en el cielo sonidos de timbales procedentes de los celestiales. Y las apsaras danzantes y los gandharvas de alma elevada hicieron llover flores. Y esto fue maravilloso (de contemplar). Y muerto aquel rakshasa de crueles hazañas, el polvo se asentó, el agua se volvió transparente, el cielo se vio brillante, y las deidades y los danavas se llenaron de regocijo. Y muerto aquel Terror de todas las criaturas, los dioses, los gandharvas y los danavas, reunidos con alegría, dijeron: «Que ahora los brahmanes, libres de sus pecados y disipada su ansiedad, anden por doquier». Y entonces los jefes de los monos, viendo muerto en la batalla a aquel primero de los nairritas, de poderío sin par, comenzaron a rendir alegremente homenaje (a Lakshmana). Y Vibhishana, Hanuman y Jambavan, jefe de los osos, saludaron y ensalzaron a Lakshmana por su victoria. Y gritando, saltando y rugiendo, los monos, en esta hora de gran alegría, se quedaron rodeando al hijo de Raghu. Y agitando sus colas y golpeando la tierra (con ellas), los monos gritaron: «¡Victoria a Lakshmana!». Y abrazándose unos a otros, los monos, con el ánimo alegre, comenzaron a conversar de diversas maneras acerca del bienestar de Raghava. Y contemplando aquella hazaña difícil de ejecutar, llevada a cabo por su amado amigo Lakshmana, y oyendo que su enemigo Indrajit había sido muerto (en la batalla), los celestiales alcanzaron la cumbre de la alegría.

Section 91

Habiendo matado en el conflicto a aquel conquistador de enemigos, Lakshmana, adornado de marcas auspiciosas, con el cuerpo bañado en sangre, sintió deleite. Y entonces, apoyándose en Vibhishana y en Hanuman, el sumamente poderoso Lakshmana, dotado de poderío, llevando consigo a Jambavan, a Hanuman y a todos los monos, fue prontamente al lugar donde estaban Sugriva y Raghava. Y entonces, dando la vuelta en torno a Rama y saludándolo, el hijo de Sumitra se plantó ante su hermano, como el hermano de Indra ante Sakra. Y acercándose con una mirada que por sí misma era significativa, el heroico Vibhishana describió al de alma elevada Raghava la temible destrucción de Indrajit. Y entonces el alegre Vibhishana contó a Rama cómo el de alma elevada Lakshmana había cortado la cabeza del hijo de Ravana. Y en cuanto aquel sumamente poderoso oyó la destrucción de Indrajit por Lakshmana, sintió un enorme acrecentamiento de alegría y se expresó así: «¡Excelente, oh Lakshmana! Complacido estoy (contigo). Has ejecutado una hazaña difícil. Muerto el hijo de Ravana, ten por cierto que hemos salido victoriosos». Y entonces, oliendo la cabeza del ruboroso Lakshmana, acrecentador de la fama, (Rama), dotado de poderío, lo estrechó con fuerza en su regazo por afecto. Y haciéndolo sentar en su regazo y abrumándolo de abrazos, (Rama) miró una y otra vez con ternura a su hermano Lakshmana. Y movido por la pena, aquel mejor de los hombres, Rama, oliendo la cabeza de Lakshmana, herido por dardos y con la persona atravesada (por armas), suspirando y respirando con fuerza, y acariciándole el cuerpo con la mano, se dirigió a Lakshmana, consolándolo: «Muerto hoy su hijo, considero muerto en la lucha al mismo Ravana. Destruido aquel malvado enemigo mío, he salido victorioso (en el encuentro). Por fortuna, oh héroe, has cortado en el conflicto el brazo derecho del cruel Ravana. En verdad él (Indrajit) era su sostén. Tanto Vibhishana como Hanuman han ejecutado poderosas hazañas en la batalla. En tres días y noches (mi enemigo) ha sido abatido. Hoy he quedado sin enemigos. Ahora Ravana saldrá con certeza, respaldado por una poderosa falange. Ravana saldrá con certeza al oír que su hijo ha sido abatido. A aquel inconquistable señor de los rakshasas, afligido por la destrucción de su hijo, cuando salga, lo mataré, rodeado de una poderosa fuerza. Oh Lakshmana, muerto en la batalla por ti, que eres mi señor, el conquistador de Sakra, Sita y la tierra (entera) no son imposibles de obtener para mí». Habiendo consolado y abrazado así a su hermano, el hijo de Raghu, Rama, sumamente regocijado, llamando a Sushena, dijo: «Obra de modo que este sumamente sabio hijo de Sumitra, consagrado a sus amigos, sea curado y aliviado. Cura sin demora de sus heridas al hijo de Sumitra, apegado a sus amigos. Y alivia también con cuidado a todos aquellos héroes del ejército de osos y monos que luchan con árboles, así como a otros que han sido heridos y tienen llagas (a consecuencia de ello)». Así interpelado por Rama, el jefe de los monos, de alma elevada, aplicó una potente medicina a la nariz de Lakshmana. Y oliéndola, este quedó curado; fue aliviado de su dolor y su vitalidad, que se escapaba, quedó retenida. Y por mandato de Raghava trató asimismo a sus amigos, encabezados por Vibhishana, y a todos los monos principales. Y restituido a su condición natural, el hijo de Sumitra, curado, con su agotamiento disipado y su sufrimiento ido en un momento, sintió el regocijo del ánimo. Y Rama, el rey de los monos, Vibhishana y el poderoso señor de los osos, junto con sus huestes, viendo al hijo de Sumitra levantado sano, se regocijaron grandemente de deleite. Y el de alma elevada hijo de Dasaratha honró en extremo aquella sumamente difícil hazaña de Lakshmana; y el rey de los monos, al oír que el conquistador de Sakra había caído en la lucha, se llenó de alegría.

Section 92

Entonces los consejeros del hijo de Pulastya, al oír que Indrajit había sido muerto, llevaron prontamente la noticia al de diez cuellos, que la ignoraba: «Oh poderoso monarca, ante nuestra misma vista su sumamente refulgente hijo ha sido muerto por Lakshmana con la ayuda de Vibhishana. Y aquel héroe, enfrentado por el (otro) héroe, ha sido vencido en la lucha. Y el héroe, su hijo, el conquistador del jefe celestial, ha sido también muerto por Lakshmana. Y habiendo complacido a Lakshmana con sus saetas, se ha ido a las regiones supremas». Al oír aquel poderoso terror, a saber, la lamentable y temible destrucción de su hijo Indrajit en la batalla, él se desmayó al punto. Entonces, recobrando la conciencia al cabo de largo rato, aquel primero de los rakshasas, el rey, abrumado de pena por su hijo y afligido, prorrumpió en lamentos, con los sentidos extraviados, así: «¡Oh el primero del ejército de los rakshasas! ¡Oh hijo mío, dotado de alto poder! Habiendo conquistado al mismo Indra, ¿por qué hoy has caído bajo el poder de Lakshmana? Sin duda tú, enfurecido, podías atravesar con tus flechas al Destructor del Tiempo mismo y la cumbre del Mandara; ¿qué diré de Lakshmana en el encuentro? Hoy el rey Vivasvat se ha elevado inmensamente en mi estima, pues hoy él, oh de brazos poderosos, te ha sometido a la ley del Tiempo. Pero este es el camino de los guerreros capaces así como de los celestiales. El que da su vida por su señor va al cielo. Hoy, viendo muerto a Indrajit, las deidades, los guardianes de los mundos y los poderosos santos, idos sus temores, dormirán en paz. Este triple mundo y toda esta tierra con sus bosques, privados de uno solo, de Indrajit, me parecen vacíos. Hoy oiré los gritos de las hijas de los nairritas en mis aposentos interiores, como los rugidos de las elefantas en la caverna de una montaña. Renunciando a tu condición de heredero, y a Lanka y a los rakshasas, oh sometedor de enemigos, y a tu madre, y a mí, y a tu esposa, ¿adónde te has ido, (dejándonos) a todos? Oh héroe, habiéndome ido yo a la región de Yama, tú debías haber celebrado mis últimos ritos; pero estás en una relación exactamente opuesta a esta. Y viviendo Sugriva, Lakshmana y Raghava, sin arrancar mi dardo, ¿adónde te has ido, dejándonos a todos?». Y entonces, surgiendo del desastre que había caído sobre su hijo, una poderosa ira venció al señor de los rakshasas, Ravana, mientras se entregaba así a los lamentos. Y así como en el verano los rayos (solares) inflaman al Sol, la destrucción de su hijo inflamó aún con más fiereza a aquel que era irascible por naturaleza. Y mientras seguía bostezando de pasión, un fuego llameante con humo salió de su boca, como salió de la boca de Vritra. Y ardiendo de pena por la destrucción de su hijo y cayendo bajo el dominio de la pasión, aquel héroe, Ravana, reflexionando (un rato) en su mente, resolvió matar a Vaidehi. Y naturalmente rojos, y enrojecidos (aún más) por el fuego de la ira, los ojos resplandecientes de Ravana eran temibles (de contemplar). Y su forma, terrible por naturaleza, a consecuencia de que el fuego de su ira la había poseído por entero, se asemejaba a la forma del enfurecido Rudra. Y de los ojos de aquel enfurecido caían gotas de lágrimas como caen de una lámpara llameante gotas de aceite ardiente. Y al rechinar él los dientes, el crujido se asemejaba a los sonidos que lanzaba la máquina movida por los danavas al batir el abismo. Los rakshasas no se atrevían a acercarse a aquel que miraba alrededor y se asemejaba al Destructor mismo, resuelto a devorar lo móvil y lo inmóvil. Entonces, sumamente enfurecido, Ravana, señor de los rakshasas, habló en medio de los rakshasas, incitándolos a la batalla: «Practiqué severas austeridades durante millares de años, y complací a veces al Nacido de sí mismo. Ni de los asuras ni de los celestiales puede venirme temor alguno. Mi cota de malla, otorgada por Brahma, que en refulgencia se asemeja al Sol mismo, no fue rota por golpes semejantes al rayo en la guerra entre las deidades y los demonios. ¿Quién se adelantará hoy contra mí en la batalla, equipado con ella y montado en un carro en el conflicto? Ni siquiera el mismo Purandara. Batiendo centenares de tambores, levanten ustedes hoy aquel poderoso y temible arco mío que, con flechas, me había otorgado el complacido Nacido de sí mismo en la guerra de los dioses y los asuras, para que pueda con él lograr la destrucción de Rama y Lakshmana en poderosa batalla». Ardiendo (de pena) por la destrucción de su hijo, el cruel Ravana, cayendo bajo el influjo de la ira, reflexionando (en su mente), resolvió matar a Sita. Y mirando alrededor, aquel de ojos cobrizos, temible y de terrible aspecto, afligido, con voz lastimera se dirigió a todos los vagabundos de la noche, diciendo: «Por su poder de ilusión, mi amado hijo, para engañar a los que recorren los bosques, matando alguna (otra) cosa, se la había mostrado como Sita. Ahora haré yo mismo ese buen oficio: mataré a Vaidehi, a ella, que está consagrada a aquel amigo de los kshatriyas». Habiendo hablado así a sus consejeros, tomó velozmente una espada; y levantándola, de excelente temple y de color cerúleo, salió con vehemencia, rodeado de sus esposas y consejeros. Por la pena de su hijo, Ravana, con la conciencia extraviada, tomando una espada, en su rabia, se precipitó hacia el lugar donde estaba la hija de Mithila. Viendo levantarse al rakshasa, algunos lanzaron rugidos leoninos, y viendo enfurecido al rakshasa, abrazándose unos a otros, dijeron: «Hoy aquellos dos hermanos, viendo a este, quedarán sumamente doloridos. Por este, movido por la pasión, fueron conquistados los cuatro guardianes de los mundos; y muchos otros enemigos fueron abatidos en la batalla. Procurándose gemas de los tres mundos, Ravana goza de ellas. Ni en fuerza ni en poderío hay nadie en la tierra que sea su igual». Mientras ellos hablaban así, Ravana, privado de sus sentidos por la ira, se precipitó contra Vaidehi, que había fijado su morada en el bosque de asoka. Y disuadido por sus amigos dotados de buena inteligencia, él, arrebatado de alta ira, se lanzó (contra Sita), así como un planeta enfurecido se precipita contra Rohini en el firmamento. Y la intachable hija de Mithila, protegida por las rakshasis, vio al enfurecido Ravana llevando en la mano aquella mejor de las hojas. Viendo acercarse (a Ravana), espada en mano, a pesar de las ardientes súplicas de sus amigos, la hija de Janaka, Sita, dolorida y vencida por la pena, dijo llorando: «Por el modo en que, arrebatado de ira, este malvado se precipita contra mí en persona, parece que me matará a mí, que tengo señor, como a una que no lo tiene. Mucho me instó, a mí, siempre consagrada a mi señor, diciendo: “Sé mi esposa”; pero en verdad lo desdeñé. Y claramente, a consecuencia de mi negativa, se ha entregado a la desesperación. Y vencido por la ira y la pasión, está dispuesto a matarme. O puede ser que hoy, por mí, aquellos primeros de los hombres, los hermanos Rama y Lakshmana, hayan sido muertos en el encuentro por este sin gloria. Oí un clamor furioso y temible levantado por incontables rakshasas que se regocijaban y expresaban su deleite. ¡Ay, qué desgracia la mía! Por mí aquellos príncipes han hallado la destrucción. O puede ser que, sin haber matado a Rama y a Lakshmana, este terrible rakshasa, con el corazón puesto en el pecado, por la pena de su hijo, me mate. Necia de mí, no obré entonces conforme a las palabras de Hanuman. Si me hubiera ido sentada sobre su espalda, sin esperar la victoria (de mi señor), yo, consagrada a él, sentada en su regazo, no habría llegado a este arrepentimiento. Cuando Kausalya, que tiene un solo hijo, oiga que su hijo ha sido muerto en la batalla, me figuro que su corazón estallará. Y llorando recordará el nacimiento, la niñez, la juventud, los actos piadosos y la hermosura de aquel de alma elevada. Y ella, privada de su conciencia, llena de desesperación, después de haber celebrado su sraddha, sin duda entrará en el fuego o en el agua. ¡Maldición sobre la impúdica y jorobada Manthara, de corazón fijo en el pecado, por cuya causa esta pena afligirá a Kausalya!». Viendo lamentarse así a la afligida hija de Mithila, como Rohini caída bajo el poder de un planeta en ausencia de la Luna, entretanto su puro y buen cortesano, llamado Suparsva, dotado de inteligencia, aunque otros cortesanos trataron de impedírselo, habló a Ravana, el primero de los rakshasas: «¿Por qué, oh de diez cuellos, oh usted que es el mismo hermano menor de Vaisravana, desea usted matar a Vaidehi, abandonando la justicia? ¿Por qué, oh héroe, oh señor de los rakshasas, habiendo llevado el modo de vida del brahmacharya, estudiado los Vedas y vuelto de la casa de su maestro espiritual, y siempre ocupado en actos religiosos, se propone hoy matar a una mujer? Oh rey, espere usted ahora, aguardando a la hija de Mithila, dotada de hermosura; y descargue usted junto con nosotros su ira sobre él. Siendo hoy el decimocuarto día de la quincena oscura, prepárese usted este mismo día para el conflicto; en la amavasya, rodeado de sus fuerzas, marche usted a la victoria. Heroico e inteligente, poderoso guerrero de carro y espadachín, usted, montado en un carro, matando al temible hijo de Dasaratha, obtendrá a la hija de Mithila». Así exhortado por su amigo, el injusto Ravana aceptó su virtuoso discurso; y entonces aquel poderoso volvió a su casa y, rodeado de sus amigos, entró en la corte.

Section 93

Entrando en su corte, el rey, afligido y sumamente apenado, se sentó en el primer asiento, suspirando como un león enfurecido. Y herido de pena a consecuencia de la muerte de su hijo, aquel sumamente poderoso Ravana, con las manos juntas, se dirigió a todos los heroicos rakshasas, diciendo: «Vayan todos ustedes a la batalla con elefantes, caballos y carros. Y rodeando solo a Rama y descargando saetas sobre él alegremente, como las nubes que en la estación de las lluvias derraman agua, mátenlo. O lo mataré yo mañana en presencia de todos, herido por ustedes en el poderoso encuentro con flechas aguzadas». Al oír el discurso de su señor, los rakshasas, con un enorme ejército y una hueste de carros, salieron prontamente a la batalla. Y todos ellos arrojaron a los monos parighas destructores de la vida, pattisas, flechas, dagas y parasvadhas. Y los monos también arrojaron peñascos y árboles a los rakshasas. Así, a la caída del sol, se produjo un terrible conflicto entre los rakshasas y los monos. Y se herían unos a otros en el conflicto con clavas, chitras, prasas, dagas y parasvadhas. Librándose así el conflicto, se levantó una poderosa polvareda, que a su vez fue destruida por la corriente de sangre que brotaba de las personas de los rakshasas y los monos. Los elefantes y los carros eran como las orillas de aquel río de sangre, las flechas eran como los peces, los estandartes eran los árboles de sus orillas y los cadáveres eran como tablas que flotaban en él. Así heridos y asaltados por los rakshasas, aquellos heroicos monos saltaban y derribaban los estandartes, las armaduras, los carros, los caballos y otras armas. Y con sus dientes y uñas afilados arañaban el cabello, las orejas, las frentes y las narices de los rakshasas. Como buitres que caen sobre un árbol derribado, centenares de monos caían sobre un solo rakshasa en aquel encuentro. Y los rakshasas, semejantes a montañas, con enormes clavas, prasas, dagas y parasvadhas, herían a los monos (a su vez). Así asaltada por los rakshasas, la poderosa hueste de los monos buscó el refugio de Rama, el hijo de Dasaratha, digno refugio de todas las criaturas. Entonces el sumamente refulgente y poderoso Rama, tomando su arco, entró en la hueste de los rakshasas y comenzó a derramar un aguacero de flechas. Y al entrar Rama en el campo, aquellos terribles rakshasas, quemados por el fuego de sus flechas, no pudieron sostenerse ante él, como las nubes que desaparecen ante el Sol en el firmamento. Y los vagabundos de la noche solo divisaban las temibles hazañas ejecutadas por Rama, que estaban por encima del poder de los demás. Salvo cuando guiaba el enorme ejército o conducía los carros, no podían ver a Rama, como el viento invisible en un bosque. Todos ellos contemplaban la fuerza de los rakshasas dispersa, herida, quemada por las flechas, rota y asaltada con armas por Rama, pero nadie podía ver al rápido Rama. Así como las gentes no pueden ver el alma que gobierna todos los objetos de los sentidos, así no podían ver a Rama, que les infligía así heridas. «Es él quien destruye a los soldados que montan los elefantes, es él quien rompe los poderosos carros, y es él quien con flechas agudas mata a la caballería, jinete y caballo». Diciendo así, aquellos rakshasas, en aquel conflicto y en la misma presencia de Rama, sumamente enfurecidos, comenzaron a matarse unos a otros. Estaban todos desconcertados por la enorme arma Gandharva descargada por Rama, de alma elevada, y por eso no podían ver a Rama, que así quemaba su fuerza. Y los rakshasas a veces contemplaban millares de Ramas en el campo de batalla, y otra vez veían un solo Rama. A veces veían el rápido extremo de oro del arco de aquel de alma elevada, semejante a una tea circular, pero no contemplaban a Raghava. Y él parecía el kala chakra, con el centro de su cuerpo por cubo, su propia fuerza por lustre, la flecha por radio o rayo, el arco por circunferencia, el tañido del arco por sonido, su poder y su inteligencia por brillo, y el blanco de las armas celestiales por límite. Y en la octava división del tiempo, por Rama solo, con flechas semejantes a la llama del fuego, fueron destruidos diez mil carros de veloz carrera, dieciocho mil elefantes, catorce mil caballos con sus jinetes y dos millones de rakshasas de infantería que tomaban formas a voluntad. Y aquellos vagabundos de la noche que aún quedaban, con los caballos muertos y los carros y estandartes rotos, huyeron por temor a la vida a la ciudad de Lanka. Y el campo de batalla, lleno de caballos, elefantes e infantes muertos, parecía la arena de juegos del de alma elevada y enfurecido Rudra. Entonces los celestiales con los gandharvas, los siddhas y los grandes ascetas glorificaron la maravillosa hazaña de Rama. Y el virtuoso Rama se dirigió a Sugriva, a Vibhishana, al mono Hanuman, al mono principal Jambavan, a Mainda y a Dvivida, que estaban cerca de él, diciendo: «Este es el poder de mis armas, así como el de Rudra». Matando así el de alma elevada Rama, igual a Sakra en poderío, a la enorme hueste del señor de los rakshasas y asaltándolos con saetas y armas, los celestiales, alegres, cantaron sus alabanzas.

Section 94

Por Rama, de acciones incansables, con flechas llameantes emplumadas de oro ardiente, fueron destruidos millares de elefantes, muchos caballos con sus jinetes, muchos carros coronados de estandartes llameantes, millares de heroicos rakshasas que tomaban formas a voluntad, empleados por Ravana y armados de clavas y parighas, y pendones de oro. Contemplando y oyendo esto, los vagabundos de la noche restantes se reunieron y quedaron grandemente desconcertados, abatidos y heridos de ansiedad. Las viudas y las que habían perdido a sus hijos o parientes se acercaron a aquellos rakshasas y, abrumadas de pena, se lamentaron lastimeramente: «¡Ay! ¿Por qué la anciana y torva Surpanakha, de vientre que se extiende hacia abajo, contempló en el bosque a Rama, apuesto como Kandarpa? Y contemplándolo, de gran hermosura y poderío, siempre ocupado en el bienestar de todas las criaturas, aquella fea, digna de ser muerta por las gentes, se encendió de lujuria. ¿Por qué aquella demonia de rostro feo, desprovista de toda cualidad, se dirigió a Rama, de hermoso semblante, dotado de muchas virtudes y gran refulgencia? ¡Ay de la desgracia de los rakshasas! La anciana rakshasi le hizo una propuesta tan vil, odiada de todos y digna de provocar la risa. Para la destrucción de Khara, Dusana y otros rakshasas, aquella fea se acercó a Raghava con tan vil intención. Por ella creó Ravana la enemistad (con Rama), y Sita fue raptada por el rakshasa de diez cuellos. Pero él no pudo extender su influjo sobre Sita, la hija del rey Janaka, y honda y eterna se hizo la enemistad con el sumamente poderoso Raghava. Y contemplando al rakshasa Viradha muerto por Rama solo, (Ravana), que deseaba a Vaidehi, debía haber considerado aquello como prueba suficiente de su poderío. Y catorce mil rakshasas de terribles hazañas fueron muertos por él en Janasthana con saetas semejantes a la llama del fuego. Khara, Dusana así como Trisiras fueron muertos por él en el conflicto con flechas semejantes al Sol: esta era prueba suficiente (de su poder). Yojanabahu y Kavandha, que bebían sangre, fueron muertos por él, que rugía de ira: también esta era prueba suficiente de su poder. Rama mató al poderoso Vali, hijo del de mil ojos, semejante a la nube: también esa era prueba suficiente de su poderío. Por él Sugriva, abatido y viviendo en el monte Rishyamukha, con todos sus deseos frustrados, fue puesto en el trono: también eso era prueba suficiente de su poder. Él (Ravana), por necedad, no gustó del conveniente discurso de Vibhishana, conducente a la adquisición de la piedad y la riqueza y a asegurar el bienestar de los rakshasas. Si el hermano menor del señor de la riqueza (Ravana) hubiera observado las palabras de Vibhishana, Lanka no habría sido abrumada de pena ni reducida al estado de un crematorio. Al oír la destrucción del sumamente poderoso Kumbhakarna por Rama, del irreprimible Atikaya por Lakshmana, así como de su amado hijo Indrajit, Ravana no volvió en sí. Se oye en cada casa de los rakshasas el grito: “Mi hijo, mi hermano, mi esposo ha sido muerto en la batalla”. En el conflicto han sido destruidos por el heroico Rama mil carros, caballos, serpientes e infantes. Quizá Rudra, Vishnu, Mahendra o el de cien sacrificios, o aun la Muerte, en la forma de Rama, nos está matando. Por Rama todos los héroes han sido muertos; la desesperación se ha apoderado de nuestras mentes; no contemplamos el fin de nuestro terror y nos lamentamos, privadas de nuestros señores. ¿No percibe el héroe de diez cuellos, que ha obtenido dones (de Brahma), que un poderoso desastre caerá sobre él por obra de Rama? Ni los celestiales, ni los gandharvas, ni los pisachas, ni los rakshasas podrán salvarlo de Rama en el conflicto. En cada batalla muchos accidentes le sobrevienen a Ravana: esto anuncia su destrucción a manos de Rama. El gran Patriarca, complacido, otorgó a Ravana el don de que no le vendría temor alguno de los celestiales, los danavas ni los rakshasas; pero él no le pidió seguridad frente a los hombres. En verdad, ese es el temible hombre que matará a Ravana y a los rakshasas. Los celestiales, así oprimidos por Ravana, que había obtenido el don, adoraron al gran Patriarca con severas austeridades. Y propiciado por ellas, el Patriarca de alma elevada, por su bienestar, se dirigió a los celestiales con el siguiente discurso preñado de sentido: “Desde hoy los rakshasas y los danavas andarán por siempre temerosos de los celestiales”. Entonces los celestiales, encabezados por Indra, se ocuparon en propiciar a Mahadeva, el matador de Tripura, que monta un toro. Y complacido, Mahadeva se dirigió a ellos, diciendo: “Por su bienestar nacerá una mujer que será la causa de la destrucción de los rakshasas”. Así como el hambre, empleada por los celestiales, destruyó en tiempos antiguos a todos los danavas, así ella (Sita), raíz de la extinción de la raza de los rakshasas, nos destruirá a todos con Ravana. ¡Ay! Por la necedad del malvado e insolente Ravana, la destrucción nos ha hecho frente y estamos abrumadas de pena. No vemos entre los seres a ninguno que pueda darnos refugio. Raghava nos ha atacado como el fuego de la disolución. No hay refugio para nosotras, que hemos sido heridas de temor, así como ninguna ayuda llega a los elefantes en un bosque cercado por el fuego. El de alma elevada Vibhishana hizo lo justo en el momento oportuno: se refugió en aquel de quien esperaba el peligro». Así se lamentaron lastimera y ruidosamente las demonias, asiéndose unas a otras por el cuello y heridas de temor y de pena.

Section 95

Entonces Ravana oyó en cada casa de Lanka los lastimeros gritos de las demonias poseídas por la pena. Y suspirando con fuerza, se entregó a la meditación por algún tiempo. Y terrible de aspecto como era, Ravana se arrebató grandemente de ira. Con los ojos enrojecidos de cólera, rechinando los dientes y mordiéndose los labios, aquel, irreprimible para los demás rakshasas, parecía el fuego de la disolución encarnado. Entonces el señor de los rakshasas, airado, como si lo quemara todo con la mirada, se dirigió a los rakshasas que estaban cerca de él, Mahodara, Mahaparsva y Virupaksha: «Digan ustedes prontamente a los soldados que salgan a la batalla a mis órdenes». Al oír su discurso, aquellos rakshasas, poseídos por el temor, pidieron, por orden del rey, a los soldados rakshasas que estuvieran preparados. Y entonces todos aquellos rakshasas de torvo semblante, diciendo: «Así sea», y celebrando ceremonias de bendición, se dirigieron al campo de batalla. Y aquellos poderosos guerreros de carro, adorando a Ravana y deseando la victoria de su señor, se plantaron ante él con las manos juntas. Entonces Ravana, fuera de sí de ira, riendo, se dirigió a aquellos rakshasas, Mahodara, Mahaparsva y Virupaksha, diciendo: «Hoy despacharé tanto a Rama como a Lakshmana a la morada de la Muerte con flechas semejantes al sol en el tiempo de la disolución, descargadas de mi arco. Y matando a los enemigos repararé la pérdida de Khara, Kumbhakarna, Prahasta e Indrajit. La atmósfera, los cuartos, el cielo y el abismo, envueltos en la nube de flechas, se volverán invisibles. Mataré hoy a todos los heroicos monos con mis flechas aladas. Subiendo a mi carro, dotado de la velocidad del viento, batiré hoy la hueste de los monos con olas semejantes a flechas que vienen del océano semejante a un arco. Como un elefante, afligiré hoy a los estanques semejantes a monos, que tienen sus semblantes por lotos abiertos y el lustre de sus cuerpos por filamentos. Hoy, en el encuentro, los jefes de las huestes de los monos, con las cabezas atravesadas por flechas, cubrirán la tierra como lotos con sus tallos. Hoy, con una sola flecha, hendiré a centenares de heroicos monos que luchan con árboles en las manos. Enjugaré hoy las lágrimas de aquellos cuyo hermano o hijo ha sido muerto, destruyendo a su enemigo. Hoy, en el encuentro, con los monos privados del aliento y hendidos por mis flechas, cubriré la tierra de modo que nadie pueda verla. Saciaré hoy con la carne de los enemigos muertos por mis saetas a los cuervos, los buitres y los demás que viven de carne. Preparen pronto mi carro y traigan mi arco. Y que los vagabundos de la noche restantes me sigan en la batalla». Al oír sus palabras, Mahaparsva se dirigió a los jefes del ejército que estaban cerca de él, diciendo: «Preparen ustedes a sus soldados». Y los comandantes también recorrieron rápidamente todas las casas de Lanka y pidieron a los rakshasas que estuvieran pronto preparados. Entonces comenzaron a salir en un momento rakshasas de terrible aspecto, que lanzaban rugidos, de rostros temibles y con diversas armas en las manos: dagas, pattisas, mazas, clavas, arados, saktis aguzadas, trampas, diversas varas, chakras aguzados, parasvadhas, bhindipalas, sataghnis y otras diversas armas excelentes. Entonces, por orden de Ravana, los comandantes trajeron un niyuta (cien mil) de carros, tres niyutas de elefantes, sesenta millones de caballos, asnos y camellos e innumerables infantes. Dispusieron a los soldados ante el rey, y entretanto el auriga trajo el carro, lleno de excelentes armas celestiales, ricamente adornado, que contenía muchas armaduras, ceñido de una red de ornamentos tintineantes, coronado de diversas joyas, con pilares enjoyados y mil jarras de oro. Contemplando el carro, los rakshasas quedaron grandemente asombrados. Y Ravana, el señor de los rakshasas, levantándose de súbito, subió a aquel carro, brillante como el fuego llameante y como los rayos reunidos de un millón de soles, de veloz carrera, con auriga, tirado por ocho caballos, enorme y resplandeciente con su lustre nativo. Entonces avanzó Ravana, rodeado de muchos rakshasas, como si hendiera la tierra con el exceso de su poderío. Se levantó un enorme sonido de clarines acompañado del de mridangas, tambores, caracolas y kalapas. El señor de los rakshasas, malvado, matador de los brahmanes, la espina de los celestiales, y que se ha llevado a Sita con hurto, ha venido con sus sombrillas y chowris a luchar con el primero de los Raghus: este grito se oía por todas partes. Y con su tremendo rugido la tierra tembló. Y al oír de súbito aquel sonido, los monos huyeron de miedo. Y el sumamente refulgente Ravana, de enormes brazos y rodeado de sus ministros, llegó allí seguro de alcanzar la victoria. Por orden de Ravana, Mahaparsva, Mahodara y el irreprimible Virupaksha subieron al carro. Ellos, deseosos de alcanzar la victoria, salieron lanzando temibles rugidos de deleite, y como si hendieran con ellos la tierra. Entonces el sumamente refulgente (Ravana), semejante a la Muerte, con el arco levantado, salió a la batalla junto con el ejército de los rakshasas. Y aquel poderoso guerrero de carro salió en su carro, tirado por corceles de veloz carrera, por aquella puerta que conducía adonde estaban Rama y Lakshmana. Entonces el sol perdió su brillo, los cuartos se envolvieron en oscuridad, las aves lanzaron gritos temibles y la tierra tembló. Los celestiales derramaron lluvias de sangre, el paso de los caballos se aflojó, los buitres se posaron en los estandartes y los chacales lanzaron gritos nefastos; su ojo izquierdo y su brazo izquierdo comenzaron a temblar, su semblante palideció y su voz se hizo más áspera. Al salir así a la batalla el rakshasa de diez cuellos, aparecieron muchos malos presagios que indicaban su destrucción. Del cielo cayó una tea acompañada del sonido del trueno; buitres y cuervos lanzaron gritos nefastos. Desdeñando aquellos temibles presagios que aparecieron entonces, Ravana, incitado por la muerte, salió neciamente a matar a sus (enemigos). Y al sonido de las ruedas de los carros de los grandes rakshasas, la hueste de los monos, llamándose unos a otros, encendidos de ira y deseosos de alcanzar la victoria, se dispusieron para la lucha. Entonces el de diez cuellos, enfurecido, con sus flechas emplumadas de oro, hizo una temible matanza en el ejército de los monos. Y algunos de aquellos heroicos monos fueron decapitados por Ravana; a algunos les desgarró el corazón y a otros les arrancó las orejas. A algunos se les ahogó el aliento, algunos fueron muertos y otros tuvieron los costados rotos. A algunos les cortó las manos y a otros les sacó los ojos. Y dondequiera que en el encuentro el rakshasa de diez cabezas, revolviendo los ojos de ira, iba en su carro, los jefes de los monos no podían soportar la vehemencia de sus flechas.

Section 96

Allí la tierra quedó cubierta de monos cuyos cuerpos estaban desgarrados por las flechas del de diez cuellos (Ravana). Así como las moscas no pueden sostenerse ante el fuego llameante, así ellos no podían soportar la vehemencia de las saetas de Ravana. Así asaltados con flechas puntiagudas, huyeron gritando, como elefantes quemados por el fuego. Y Ravana, con sus flechas, persiguió en el conflicto el curso de las nubes. Matando así a los monos, el señor de los rakshasas llegó prontamente en el encuentro adonde estaba Raghava. Y contemplando a los monos asaltados y espantados, Sugriva, poniendo a Sushena al mando de un gulma, se dispuso para la batalla. Y poniendo en aquel mando a aquel heroico mono, igual a él en poderío, Sugriva salió con un árbol en la mano al encuentro del enemigo. Y lo siguieron por todos lados los jefes de los monos con enormes peñascos y diversos árboles. El heroico Sugriva lanzó terribles rugidos en el conflicto y asaltó a los heroicos rakshasas y a muchos otros. El jefe de los monos, de enorme cuerpo, aplastaba a los rakshasas como el viento que arranca los árboles en el tiempo de la disolución. Comenzó a derramar un aguacero de peñascos sobre la hueste de los rakshasas, como la nube que derrama granizadas sobre las aves en el bosque. Y decapitados por los peñascos descargados por aquel jefe de los monos, los rakshasas caían como montañas hendidas. Siendo así atacados y destrozados los rakshasas por Sugriva, y rugiendo y cayendo por todos lados, un rakshasa irreprimible, diestro en el tiro con arco, llamado Virupaksha, pronunciando su propio nombre, bajó del carro y montó un elefante. Y montado en el elefante, aquel sumamente poderoso Virupaksha lanzó rugidos leoninos y se precipitó contra los monos. Suscitando la alegría de los rakshasas y quitándoles la ansiedad, descargó temibles saetas sobre Sugriva y su ejército. Y asaltado por las flechas puntiagudas de aquel rakshasa, aquel señor de los monos rugió de ira y resolvió destruirlo. Entonces, arrancando un árbol, el heroico mono, diestro en la guerra, saltó y derribó a aquel enorme elefante en su presencia. Y grandemente asaltado por Sugriva, aquel enorme elefante avanzó un poco dentro del alcance del arco, rugió y murió. Y grandemente enfurecido por la destrucción de aquel elefante, el sumamente poderoso rakshasa se lanzó adelante a enfrentarse al enemigo. Aquel de rápidos movimientos tomó su daga y su armadura e, injuriando, se acercó a Sugriva. Y contemplando su movimiento, Sugriva tomó un enorme peñasco semejante a una nube y lo arrojó contra Virupaksha. Aquel sumamente poderoso rakshasa principal, viendo a punto de caer el peñasco, se apartó un poco e hirió al mono con su daga. Y asaltado con la daga por aquel poderoso rakshasa, el mono quedó sin sentido por algún tiempo en el suelo. Y levantándose de súbito, él, cerrando el puño, hirió a aquel rakshasa en el pecho en el poderoso encuentro y lo derribó. Herido por el puño, el vagabundo de la noche Virupaksha, grandemente enfurecido, cortó con su daga la armadura de Sugriva y lo derribó con los pies. Y el mono, levantándose de nuevo, estaba a punto de asestarle un golpe duro como el rayo, con un sonido temible. Y retrocediendo un poco, él frustró su puntería y le devolvió uno en el pecho a Sugriva. Viendo frustrada su puntería y herido él mismo a su vez por el rakshasa, Sugriva, el señor de los monos, se encendió de ira. Y el jefe de los monos acechaba ahora la ocasión de herir a Virupaksha. E inmediatamente, airado, lo derribó con un golpe en la frente. Y así asaltado con el puño semejante al rayo de Mahendra, cayó a la tierra bañado en un charco de sangre. Y la sangre brotó de la persona de Virupaksha como agua que sale de una fuente. Y los monos contemplaron a su enemigo (Virupaksha), con los ojos desfigurados de ira, bañado en una espuma de sangre, con todo el cuerpo descolorido, temblando, rodando y gritando lastimeramente. Entonces aquellos dos ejércitos de los monos y los rakshasas, dispuestos a entrar en el encuentro, comenzaron a rugir como dos poderosos océanos que han roto sus orillas. Y observando a aquel sumamente poderoso rakshasa, de ojos descoloridos, muerto por el rey de los monos, las fuerzas de los monos y los rakshasas entraron en lucha y parecían la Ganga crecida.

Section 97

Como un estanque en el verano, ambos ejércitos se fueron reduciendo gradualmente. Contemplando muertos a su propio ejército y a Virupaksha, Ravana, el señor de los rakshasas, se encendió doblemente de ira. Y observando a su ejército reducido y muerto por los heroicos (monos), percibió malos presagios en la lucha y, en consecuencia, quedó dolido en el corazón. Y se dirigió a Mahodara, que estaba cerca de él, diciendo: «Oh tú de grandes brazos, todas mis esperanzas de éxito se centran ahora en ti. Mata a la fuerza del enemigo, oh héroe, y despliega tu poderío. Ahora ha llegado el momento de devolver los favores de tu señor. Lucha valerosamente». Así interpelado, aquel jefe de los rakshasas, Mahodara, diciendo: «Así sea», entró en el ejército del enemigo como una mosca que entra en una llama. Animado por la orden de su señor y fortalecido por su propio poderío, aquel (rakshasa), dotado de gran fuerza, comenzó a asaltar a los monos. Y los sumamente poderosos monos también, tomando enormes peñascos, se lanzaron contra el temible ejército de los enemigos y aplastaron a todos los rakshasas. Y Mahodara, grandemente enojado, cortó en aquel poderoso encuentro, con sus flechas emplumadas de oro, las manos, los pies y los muslos de los monos. Entonces los monos, por temor a los rakshasas, huyeron hacia diferentes cuartos, y algunos buscaron el amparo de Sugriva. Y contemplando así asaltada en el conflicto a su poderosa fuerza de monos, Sugriva se lanzó adelante y se enfrentó a Mahodara. Y tomando un enorme y temible peñasco semejante a una montaña, el rey de los monos lo arrojó con gran vehemencia para matarlo. Entonces, viendo a punto de caer aquel peñasco, Mahodara lo cortó intrépidamente con sus flechas. Y partido en mil pedazos por la flecha de aquel rakshasa, cayó a la tierra como una bandada de buitres. Y contemplando así cortado aquel peñasco, Sugriva se puso fuera de sí de ira; y levantando un árbol sala, lo arrojó; y el heroico rakshasa, matador de la fuerza enemiga, lo cortó en varios pedazos con sus flechas. Entonces, encendido de ira, vio un parigha en el suelo. Y arrojando aquel parigha llameante y desplegando su (ligereza de manos), hirió con él a su excelente caballo. Y con su caballo muerto, aquel héroe, el rakshasa Mahodara, subió a su carro y, con gran ira, tomó su clava. Aquellos dos héroes, con clava y parigha en las manos, entablaron batalla, rugiendo como dos toros o como nubes acompañadas de relámpagos. Entonces el vagabundo de la noche Mahodara, inflamado de ira, arrojó a Sugriva la clava, llameante como el Sol. Y contemplando a punto de caer aquella temible clava, el sumamente poderoso Sugriva, señor de los monos, levantando su parigha, la golpeó con él. Y el parigha, partido, cayó rápidamente a la tierra. Entonces el refulgente Sugriva recogió del suelo un musala hecho de hierro y adornado de oro. Levantando aquel musala, lo arrojó al rakshasa, quien a su vez arrojó una clava; y ambos, partidos, cayeron a la tierra. Frustradas así sus armas, aquellos dos héroes, dotados de gran poderío y refulgencia y semejantes al fuego ardiente, se dispusieron a intercambiar golpes. Ellos, lanzando rugidos una y otra vez, se derribaban uno a otro a la tierra con los puños cerrados. Y levantándose prontamente, se asaltaban de nuevo uno a otro. Así aquellos dos héroes, invictos, se herían uno a otro con los brazos. Entonces ambos, sumamente diestros en la lucha con los brazos, quedaron grandemente agotados. Entonces tomaron dagas. Y levantándolas, (aquellos dos héroes), con las personas temblando de ira, diestros en la lucha y hábiles en el uso de las armas, se lanzaron rugiendo. Y ambos, enfurecidos uno con otro y ansiosos de obtener el éxito, moviéndose en círculo cada uno por el lado derecho del otro, se dispusieron para la acción. Entonces el malvado y heroico Mahodara, dotado de gran vehemencia y orgulloso de su propio heroísmo, lanzó su daga contra la armadura (del mono). Y mientras él estaba a punto de sacar su daga de la armadura, aquel primero de los monos cortó con su daga la cabeza de aquel rakshasa, con el yelmo y los kundalas. Y contemplando al jefe de los rakshasas caído en la tierra con la cabeza cortada, sus fuerzas huyeron del campo. Y habiéndolo matado, aquel jefe de los monos, alegre, comenzó a rugir junto con otros monos. Entonces el de diez cuellos se enfureció sumamente y Raghava se alegró grandemente. Y todos los rakshasas, con los corazones quebrantados, los semblantes abatidos y heridos de temor, huyeron hacia diferentes cuartos. Matando y derribando en la tierra a Mahodara, como a una porción cortada de una poderosa colina, aquel hijo del Sol parecía resplandeciente con su propia refulgencia y se hizo irreprimible como el Sol. Y alcanzando la victoria en la acción, aquel señor de los monos fue contemplado por los celestiales, los siddhas y los yakshas, junto con todas las criaturas de la tierra, con los ojos encendidos de alegría.

Section 98

Muerto así Mahodara por Sugriva, el sumamente poderoso Mahaparsva, con los ojos enrojecidos de ira, miró hacia él. Y el rakshasa, con sus armas, asaltó el temible ejército de Angada así como a los monos principales. El rakshasa separaba las cabezas de los cuerpos de los monos como el viento que arroja los frutos de los árboles. Y cortó con sus flechas los brazos de algunos, y otros quedaron privados de los costados. Así fueron asaltados los monos por Mahaparsva con una lluvia de saetas. Todos los monos quedaron así heridos de pena y privados de sentido. Y al oír la ansiedad de su propio ejército así asaltado por el rakshasa, Angada, dotado de gran vehemencia, tomando su parigha hecho de hierro y semejante a los rayos del sol, se lanzó como el abismo que crece durante la quincena lunar. Y aquel primero de los monos se enfrentó a Mahaparsva, quien, así herido por el mono, quedó insensible con su auriga y cayó a la tierra. Entonces saltó al campo de batalla el sumamente poderoso y refulgente señor de los osos, del color del colirio rojo, con su ejército semejante a la nube. Y encendido de ira, él, tomando un enorme peñasco semejante a la cumbre de una montaña, derribó prontamente sus caballos y rompió su carro. Y recobrando el sentido en un momento, el sumamente poderoso Mahaparsva asaltó de nuevo a Angada con muchas flechas. Hirió a Jambavan, el señor de los osos, en el pecho con tres flechas y asaltó a Gavaksha con muchas saetas. Y contemplando a Jambavan y a Gavaksha abrumados de flechas, Angada, fuera de sí de ira, tomó un temible parigha. Y sosteniendo con las dos manos aquel parigha hecho de hierro y brillante como los rayos del sol, Angada, el hijo de Vali, con los ojos enrojecidos de cólera, lo arrojó a Mahaparsva, que estaba apostado a distancia, para matarlo. Y arrojado por el sumamente poderoso (Angada), el parigha hizo caer de las manos del rakshasa el arco con las flechas, y también su yelmo. Y acercándose a él con vehemencia, el hijo de Vali, dotado de gran poderío, airado, lo hirió con el puño cerrado en las orejas, que tenían excelentes kundalas. Entonces Mahaparsva, dotado de gran vehemencia y refulgencia, sumamente enojado, tomó en las manos un enorme parasvadha, afilado con aceite, brillante y duro como el hierro, y lo descargó sobre el hijo de Vali, y lo hirió con él en el hombro izquierdo. Y Angada frustró aquel parasvadha. Entonces aquel héroe, poderoso como su propio padre, cerrando el puño, duro como el rayo y semejante aun al asani de Indra, lo descargó con gran ira sobre el pecho del rakshasa. Y herido por aquel puño, el pecho del rakshasa quedó destrozado y él cayó a la tierra. Al caer él muerto a la tierra, sus soldados se apenaron grandemente y Ravana llegó a un exceso de ira en el conflicto. El ruido levantado por los alegres monos, semejante a un temible rugido leonino, como si hendiera la ciudad de Lanka, abundante en edificios y puertas, se asemejaba al gran rugido de los celestiales junto con Indra. Y al oír el ruido de los celestiales y los monos, el señor de los rakshasas, enemigo de los dioses, con gran ira, se dirigió de nuevo hacia el campo de batalla.

Section 99

Contemplando muertos en el encuentro a Mahodara, a Mahaparsva y al sumamente poderoso Virupaksha, Ravana llegó a un exceso de ira. Y ordenando a su auriga que se apresurara, dio salida a las siguientes palabras: «Todos mis cortesanos han sido muertos y mi ciudad está cercada; quitaré mi pena, consecuencia de todo esto, matando a Rama y a Lakshmana. Destruiré en el conflicto el árbol semejante a Rama, cuya flor es Sita y cuyas ramas son Sugriva, Jambavan, Kumuda, Nala, Dvivida, Mainda, Angada, Gandhamadana, Hanuman y todos los demás monos principales». Y haciendo resonar los diez cuartos con el sonido de las ruedas de su carro, aquel poderoso guerrero de carro avanzó rápidamente hacia Raghava. Con aquel sonido se llenaron todos los cuartos, y la tierra, con ríos, montañas y bosques, tembló, y todos los leones, ciervos y aves quedaron aterrorizados. Creó una temible oscuridad con la descarga de sus armas agudas y quemó a los monos, que huyeron en diferentes direcciones. Se levantó polvo en el suelo por aquellos monos asaltados que huían en diversas direcciones. No podían resistir el poder de aquella arma hecha por Brahma mismo. Contemplando a su propio ejército asaltado y cortado en cien pedazos por las excelentes armas de Ravana, Raghava se lanzó adelante. Y asaltando a la hueste de los monos, aquel primero de los rakshasas divisó a lo lejos a Rama, invicto, con su hermano Lakshmana, como Vasava con Vishnu, sosteniendo un enorme arco como pintado en el cielo, de ojos espaciosos como pétalos de loto, de largos brazos y siempre sometedor de los enemigos. Contemplando a los monos muertos en el encuentro y a Ravana que se acercaba, el heroico y sumamente poderoso Rama, en compañía del hijo de Sumitra, puso alegremente flechas en su arco. Y como si hendiera toda la tierra con aquel temible sonido, comenzó a tensar la cuerda de su excelente arco. Con el sonido de las flechas de Ravana y el tañido del arco de Rama, centenares de rakshasas cayeron a la tierra. Y entrando en el alcance de las flechas de aquellos dos príncipes, Ravana parecía Rahu en presencia del sol y la luna. Y deseando luchar con él primero, Lakshmana, poniendo flechas agudas en su arco, le descargó saetas semejantes a la llama del fuego. Y el sumamente poderoso Ravana también, con sus flechas, detuvo en el cielo el curso de aquellas saetas en cuanto fueron descargadas por Lakshmana, diestro en el tiro con arco. Y desplegando su ligereza de manos, él, con una flecha, cortó una de Lakshmana, con tres sus tres y con diez sus diez. Superando así al hijo de Sumitra, Ravana, siempre victorioso en la batalla, se enfrentó a Rama en el encuentro, plantado como otra colina. Y acercándose a Raghava, Ravana, el señor de los rakshasas, con los ojos enrojecidos de ira, comenzó a derramar una lluvia de flechas. Entonces, contemplando las flechas disparadas del arco de Ravana caer por todos lados, Rama tomó prontamente un bhalla. Y Raghava cortó con su agudo bhalla sus temibles flechas, llameantes y semejantes a serpientes venenosas. Con diversas flechas aguzadas Raghava asaltó a Ravana, y este a su vez asaltó a Rama. Y formando un círculo, se pasaron uno a otro por el lado derecho. Hendiendo la tierra con la vehemencia de sus flechas, irreprimibles el uno para el otro, luchando por igual y descargando flechas, parecían temibles como la Muerte misma, y creaban terror en todas las criaturas. El cielo se llenó de sus diversas armas, como nubes en la estación de las lluvias acompañadas de relámpagos. Y el firmamento parecía lleno de ventanas con aquella lluvia de flechas aguzadas, disparadas con gran vehemencia y aladas como buitres. La tierra quedó herida de oscuridad causada por estas flechas, como por nubes que aparecen después de la puesta del sol. Se produjo un temible conflicto entre ellos, que deseaban matarse uno a otro, cuyo poderío era desconocido y que luchaban como Vritra y Vasava. Ambos eran expertos en el tiro con arco, diestros en el arte del conflicto y primeros de los conocedores del uso de las armas. Y comenzaron a girar por el campo de batalla. Y dondequiera que iban, aparecían flechas como olas del abismo levantadas por los vientos. Entonces aquel destructor de criaturas, Ravana, con la mano ocupada en descargar saetas, disparó a la frente de Rama una red de flechas. Y entonces Rama soportó en la cabeza aquella lluvia de saetas disparadas de su terrible arco, que tenía el lustre de los pétalos de lotos azules, y no sintió dolor alguno. Y entonces, recitando una fórmula, el sumamente enérgico Rama, dotado de poderío, arrebatado de ira, ocupado en disparar sin cesar sus saetas, tomando su arma Raudra y asiendo de nuevo sus flechas, las descargó sobre aquel señor de los rakshasas. Y cayendo sobre la impenetrable cota de malla del jefe de los rakshasas, semejante a una masa de poderosas nubes, aquellas flechas no le causaron entonces dolor alguno. De nuevo Rama, diestro en todas las armas, descargó flechas desde un arma poderosa sobre el soberano de los rakshasas, montado en su carro. Y atravesando a Ravana, aquellas semejantes a serpientes de cinco capuchas, resistidas por él, entraron en la tierra silbando. Habiendo frustrado el arma de Raghava, Ravana, transportado de pasión, tomó una temible arma Asura; y descargó saetas aguzadas que tenían rostros de leones y tigres, y rostros de kankas y kokas, y rostros de buitres y halcones, y rostros de chacales, y rostros de lobos, con las bocas abiertas y de terrible aspecto, de cinco bocas y de color rojo. Y aquel sumamente poderoso, enfurecido, suspirando como una serpiente, por su poder de ilusión disparó a Rama otras flechas agudas que tenían rostros de mulas y rostros de osos, y rostros de perros y gallos, y rostros de makaras y serpientes venenosas, estas así como otras. Cubierto por aquella arma Asura, aquel primero de los Raghus, semejante él mismo al fuego, descargó una sumamente vigorosa arma informada de fuego; y disparó diversas saetas que tenían rostros llenos de llamas vivas y rostros semejantes a soles, del color de planetas y estrellas, y provistas de rostros semejantes a poderosos meteoros o semejantes a lenguas de relámpago. Y aquellas terribles saetas de Ravana, resistidas por el arma de Raghava, quedaron aniquiladas en el cielo y destruyeron (monos) por millares. Y viendo aquella arma (de Ravana) destruida por Rama, de hazañas incansables, todos aquellos héroes, los monos encabezados por Sugriva, capaces de tomar formas a voluntad, gritaron rodeando a Raghava. Y el de alma elevada hijo de Dasaratha, Raghava, habiendo destruido con su poder aquella arma descargada por los brazos de Ravana, se alegró; y los jefes de los monos, llenos de júbilo, comenzaron a lanzar gritos.

Section 100

Frustrada aquella arma suya, Ravana, señor de los rakshasas, se inflamó de doble furia, y el sumamente refulgente Ravana, de ira, se puso a descargar sobre Raghava una temible arma Raudra que le había otorgado Maya. Y de su arco comenzaron a salir en gran número dardos, mazas y clavas, llameantes y con el poder del trueno; y diversas clases de clavas agudas, dagas, lazos y rayos llameantes comenzaron a descender como los vientos en el derrumbe universal. Y entonces el apuesto y sumamente refulgente Raghava, el primero de los consumados en las nobles armas, resistió aquella arma con una poderosa arma Gandharva. Frustrada aquella arma por Raghava, de alma elevada, Ravana, con los ojos cobrizos de pasión, tomó un arma Solar. Entonces del arco del maravillosamente vehemente e inteligente de diez cuellos salieron discos llameantes y poderosos. Y el firmamento llameó por todas partes con aquellas (armas) suspendidas, como llamean los cuartos cardinales cuando caen el Sol, la Luna y los planetas. Entonces Raghava, al frente de aquel ejército, por medio de andanadas de saetas cortó las maravillosas armas y los discos de Ravana. Y viendo destruida aquella arma, Ravana, señor de los rakshasas, con diez flechas atravesó a Rama por todos sus órganos vitales. Y atravesado por Ravana con aquellas diez saetas descargadas de su poderoso arco, el sumamente poderoso Raghava no se estremeció mucho. Entonces Raghava, vencedor en la lucha, enfureciéndose maravillosamente, atravesó con incontables saetas a Ravana por toda su persona. Entretanto el hermano menor de Raghava, el poderoso Lakshmana, destructor de enemigos, enfureciéndose, tomó siete flechas. Y con aquellas flechas sumamente impetuosas, aquel sumamente refulgente cortó el estandarte de Ravana, de cabeza humana. Y el poderoso y apuesto Lakshmana con una saeta cortó la cabeza del auriga del nairrita, iluminada con pendientes. Y entonces con cinco flechas aguzadas Lakshmana partió el arco del jefe de los rakshasas, semejante a la trompa de un elefante. Y Vibhishana, saltando, despachó con su maza los excelentes corceles de Ravana, semejantes a colinas o a nubes azul oscuro. Entonces, saltando de su poderoso carro, cuyos caballos habían sido muertos, Ravana se inflamó de alta ira contra su hermano. Y el poderoso señor de los rakshasas, dotado de inmensa fuerza, arrojó a Vibhishana un dardo semejante al rayo llameante. Y antes de que el dardo llegara a su destino, Lakshmana lo cortó con tres saetas; y entonces, en aquel poderoso conflicto, se levantó un poderoso clamor de los monos. Y el dardo, adornado con redes de oro, cayó en tres fragmentos, como cae del firmamento un poderoso meteoro, llameante y lanzando centellas. Entonces (Ravana) tomó un enorme dardo, resplandeciente con su propia energía, célebre por ser irresistible e imposible de soportar por el Destructor mismo. Al ser blandido por el impío y fuerte Ravana, el dardo, poseedor de excesiva energía, se inflamó. Entretanto el heroico Lakshmana llegó velozmente al lado de Vibhishana, cuya vida estaba en peligro. Y para salvarlo, aquel héroe, Lakshmana, tensando su arco, cubrió con lluvias de saetas a Ravana, que tenía el dardo en la mano. Cubierto de flechas disparadas por aquel de alma elevada, Ravana, con su poderío frustrado, resolvió dejar ir (a su hermano). Y viendo a su hermano librado por Lakshmana, Ravana, encarándose con Lakshmana, dijo estas palabras: «¡Oh tú, orgulloso de tu poderío! Como Vibhishana ha sido librado así por ti, este dardo, pasando de largo al rakshasa, descargado de mi brazo semejante a un garrote, partirá privándote de la vida». Habiendo dicho esto, Ravana, enfureciéndose furiosamente, descargó sobre Lakshmana aquel dardo forjado por Maya con su poder de ilusión, provisto de ocho campanas, de poderosos sonidos, imposible de resistir, capaz de acabar con los enemigos y llameante de energía, y gritó al mismo tiempo. Y arrojado con terrible fuerza, el dardo, que lanzaba sonidos semejantes al del Vajra o el rayo, cayó con vehemencia sobre Lakshmana en aquel encuentro. Entonces, mientras el dardo descendía, Raghava se dirigió a él, diciendo: «¡Paz a Lakshmana! Sé frustrado, y que tu energía salga de ti». Pero el dardo descargado en el encuentro por el enfurecido Ravana, semejante a una serpiente venenosa, se hundió en el intrépido y heroico Lakshmana; y (el dardo), sumamente espléndido y llameante, poseedor de temible impetuosidad y semejante a la lengua del rey de las serpientes, hirió a Lakshmana en su poderoso pecho. Y con el pecho hendido por el dardo, que penetró hondo por la fuerza de Ravana, Lakshmana cayó a la tierra. Y Raghava, que estaba cerca, viendo a Lakshmana en aquel estado, tuvo el corazón cubierto de pena. Pero reflexionando solo un rato, él, con los ojos cargados de lágrimas, se llenó de mayor ardor marcial y se asemejó al fuego surgido en la disolución universal. Entonces, pensando: «No es este el momento de entregarse a la pena», él, mirando fijamente a Lakshmana, entró en un terrible encuentro, resuelto a matar a Ravana, poniendo a contribución sus más caras energías. Y Rama vio a Lakshmana con el pecho hendido por el dardo en el poderoso conflicto, tendido, empapado en sangre y semejante a una colina con serpientes en ella. Y a pesar de todos sus esfuerzos, los primeros de los monos no lograron extraer el dardo que había sido arrojado por el poderoso Ravana. Y, además, eran (todo el tiempo) duramente asaltados con lluvias de saetas por el primer rakshasa de todos ellos. El dardo, habiendo atravesado al hijo de Sumitra, había entrado en la tierra. En el encuentro el poderoso Rama, asiendo con las manos el temible dardo, lo extrajo y lo quebró airado. Mientras él (Rama) se ocupaba en sacar el dardo, el poderoso Ravana seguía derramando saetas que penetraban hasta la médula por toda su persona. Sin hacer caso de aquellas flechas, Rama, abrazando a Lakshmana, habló a Hanuman y al poderoso mono Sugriva: «Primeros de los monos, quédense aquí rodeando a Lakshmana. La ocasión de desplegar mi poderío, que había buscado, se presenta. Mataré a este malvado de diez cuellos, que está resuelto a seguir el curso de la injusticia. Así como al expirar el verano el chataka está ansioso de ver las nubes, yo había estado largo tiempo ansioso de obtener la vista (de Ravana). Monos, esto les juro: en esta misma hora, no mucho después, verán este mundo sin Ravana o sin Rama. Hoy, habiendo matado a Ravana en la batalla, renunciaré a toda pena nacida de la pérdida de mi reino, de mi estancia en los bosques, de mi vagar por Dandaka, del rapto de Vaidehi, del encuentro con los rakshasas: todos los terribles males que he sufrido y todas las tribulaciones semejantes al infierno. Aquel por quien he traído las fuerzas de los monos, he hecho rey a Sugriva matando a Vali en la batalla, por quien he cruzado el océano y construido un puente sobre el abismo, ese mismo ha sido alcanzado por mí en el conflicto, y ese mismo ha entrado en el alcance de mi vista. Y habiendo entrado en mi vista, Ravana no vivirá, así como no vive quien entra en la vista de una serpiente de mirada venenosa, o así como no vive una serpiente que entra en la vista del hijo de Vinata. Ustedes, irreprimibles, primeros de los monos, sentados en la frente de la montaña, contemplen la batalla entre Ravana y yo. Que hoy los tres mundos con los gandharvas, los siddhas y los charanas vean aquello por lo que Rama es Rama. Hoy haré una hazaña de la que hablarán los mundos, con lo móvil y lo inmóvil y los dioses, mientras la Tierra sostenga (a las criaturas)». Habiéndose expresado así, Rama, concentrando su atención, comenzó a cargar en el encuentro contra el de diez cuellos con flechas aguzadas adornadas de oro bruñido. Y del mismo modo Ravana hizo llover sobre Rama grandes narachas y clavas, así como las nubes derraman aguaceros. Y se levantó un tremendo estruendo de poderosas flechas descargadas por Rama y Ravana, que se herían unas a otras. Y las saetas disparadas por Rama y Ravana, cortadas y esparcidas, cayeron a la Tierra con las cabezas llameantes. Y los poderosos tañidos de las cuerdas de los arcos de ambos, que aterrorizaban a todas las criaturas, eran maravillosos de contemplar. Y entonces, así como las nubes se dispersan al ser holladas por los Vientos, Ravana, cubierto con lluvias de redes de flechas por aquel de alma elevada y reducido a duro aprieto por aquel (Rama) de arco resplandeciente, huyó de miedo.

Section 101

Viendo al heroico Lakshmana derribado por el dardo descargado por el poderoso Ravana y tendido empapado en sangre, él (Rama), después de haber luchado furiosamente con el malvado Ravana y de haber derramado andanadas de saetas, se dirigió a Sushena, diciendo: «Este heroico Lakshmana, derribado a tierra por el poderío de Ravana, yace como una serpiente, acrecentando mi pena. Viendo a este héroe, más querido para mí que la vida, ¿qué fuerza tengo yo, con el alma abrumada de dolor, para luchar? Si este hermano mío, agraciado con señales auspiciosas, que se deleita en la batalla, exhala el último aliento, ¿de qué me servirán la vida o la felicidad? Mi poderío se avergüenza; el arco se me cae de la mano; mis flechas desfallecen; mi vista se nubla de lágrimas; mis miembros se debilitan como los de los hombres en un sueño; el pensamiento me atormenta; y aun deseo la muerte». Viendo a su hermano herido por el malvado Ravana, gritando con acentos sobrenaturales y gravemente herido en sus órganos vitales, (Rama), vencido por una poderosa pena, se lamentó con los sentidos extraviados: «Viendo a mi hermano Lakshmana herido y tendido sobre el polvo del campo, ni aun la victoria, oh héroe, me parece dulce. Si la Luna se oculta a la vista, ¿a quién deleita entonces? ¿Qué tengo yo que ver con la batalla? ¿Qué tengo que ver con la vida? Ya nada tengo que hacer con la lucha, puesto que este Lakshmana yace herido en el campo de batalla. Así como este sumamente refulgente me siguió al bosque, así lo seguiré yo del mismo modo a la morada de Yama. Buscando siempre mi bien y siempre consagrado a mí, ha sido reducido a este trance por rakshasas que luchan con malas artes. En tierra tras tierra se encuentran esposas, en tierra tras tierra se encuentran amigos, pero no hallo país alguno donde pueda encontrarse un hermano uterino. ¿Qué haré, oh irreprimible, con el reino sin mi Lakshmana? ¿Y qué diré a la madre Sumitra, que tanto quiere a su hijo? Y nunca podré soportar el reproche que Sumitra me hará. ¿Y qué diré a Kausalya, y qué a la madre Kaikeyi? ¿Y qué diré a Bharata, y qué al sumamente poderoso Satrughna? “Tú fuiste a los bosques con él. ¿Por qué, pues, vuelves sin él?”. Mejor es (para mí) renunciar aquí a la vida que soportar la censura de los amigos. ¿Qué pecado había cometido yo en otro nacimiento, puesto que mi virtuoso hermano, de pie delante de mí, ha sido muerto? ¡Ah, hermano mío! ¡Tú, el mejor de los hombres! ¡Oh señor, que eras el primero de los héroes! ¿Por qué, abandonándome, te vas a las otras regiones? ¿Por qué, hermano, no me hablas a mí, que me lamento? ¡Levántate! ¡Mira! ¿Por qué yaces tendido? Mírame con tus ojos. Oh tú, de brazos poderosos, en los bosques y montañas tú siempre solías animarme, probado por la pena y consumido en el desaliento, con la mente abrumada (de dolor)». Mientras Rama hablaba así, con los sentidos abrumados por la emoción, Sushena, consolándolo, dijo estas palabras preñadas de sentido: «Oh primero de los hombres, deseche usted este hilo de pensamientos que tiende a abrumar su entendimiento, esta ansiedad que engendra la pena y que se asemeja a las saetas de los enemigos en la vanguardia de las fuerzas en orden de batalla. Lakshmana, acrecentador de lo auspicioso, no está muerto. Su rostro no está desfigurado ni ennegrecido. Mire usted su semblante, que está hermosamente brillante y sereno. Sus manos tienen palmas semejantes a pétalos de loto, y sus ojos son agradables. Oh rey, un muerto no tiene este aspecto. (Por tanto), oh héroe, no se aflija. Oh sometedor de enemigos, este está lleno de vida. Tendido como está en el suelo, cuan largo es, su corazón, oh héroe, que tiembla a cada momento, da testimonio de su respiración». Habiendo hablado así a Raghava, el sumamente sabio Sushena se dirigió así al poderoso mono Hanuman, diciendo: «Oh apacible, yendo de aquí a la montaña Mahodaya, que, oh héroe, te fue mencionada antes por Jambavan, trae acá la poderosa hierba nacida en su cumbre derecha, Visalyakarani de nombre, y Suvarnakarani, y Sanjivakarani, oh héroe, y la potente medicina Sandhani. Tráelas para que el héroe Lakshmana sea reanimado». Así instruido, Hanuman, yendo a la montaña de las Medicinas, se llenó de ansiedad, por no conocer las hierbas. Y entonces surgió este pensamiento en la mente del vástago del dios del Viento, de inconmensurable poderío: «Iré llevándome esta cumbre (entera) de la montaña. En esta misma cumbre ha de haber nacido aquella deliciosa hierba. Esto infiero, puesto que Sushena en verdad así lo dijo. Si no logro tomar la Visalyakarani, caeré en deshonra; y si gasto mucho tiempo (en pensarlo), eso estaría cargado de mal». Habiendo reflexionado así, el sumamente poderoso Hanuman, el primero de los monos, acercándose velozmente a aquella mejor de las montañas y dando tres sacudidas a la montaña llena de diversos árboles en flor, la levantó con las manos. Y tomando aquella cumbre de la montaña, semejante a nubes azul oscuro cargadas de lluvia, Hanuman saltó de la tierra al cielo. Y llegando (a su cuartel), aquel maravillosamente vehemente, depositando el pico de la montaña y descansando un rato, habló a Sushena: «No encontré la hierba, oh el mejor de los monos; y por eso he traído toda esta cumbre de la montaña». Cuando el vástago del dios del Viento hubo hablado así, aquel primero de los monos, Sushena, alabándolo, arrancó la hierba y la aseguró. Viendo la hazaña de Hanuman, imposible de hacer aun para los celestiales, los más escogidos de los monos quedaron asombrados. Entonces, triturando la hierba curativa, aquel mejor de los monos, el sumamente refulgente Sushena, hizo oler la misma a Lakshmana. Y al punto el herido Lakshmana, matador de héroes hostiles, oliéndola, curado de su herida y de sus dolencias, se levantó rápidamente del suelo. Viendo a Lakshmana levantarse de la tierra, los monos, sumamente regocijados, honrando a Lakshmana, exclamaron: «¡Excelente! ¡Excelente!». «¡Ven!», dijo aquel matador de héroes hostiles, Rama, y con los ojos llenos de lágrimas abrazó estrechamente a Lakshmana. Y habiendo abrazado al hijo de Sumitra, Raghava se dirigió entonces a él, diciendo: «Por buena fortuna, oh héroe, te veo vuelto de (la mansión de) la Muerte. En verdad mi vida, o Sita, o la Victoria nada significan (sin ti). Y estando tú muerto, ¿de qué sirve mi vida?». Cuando el de alma elevada Raghava hubo hablado así, Lakshmana, afligido a causa de las palabras (de Raghava) que expresaban flaqueza de propósito, dijo: «Habiéndote atado con aquel voto, no te corresponde, oh tú, cuyo poder es la verdad, hablar como uno voluble y débil. Los que dicen la verdad nunca falsean su promesa: la señal de un grande es precisamente la observancia del voto. Oh sin pecado, no te dejes vencer por la desesperación a causa de mí. Hoy, matando a Ravana, haz buena tu promesa. Tu enemigo, entrado en el dominio de tus saetas, no se irá de aquí con vida, como un poderoso elefante que llega ante un león rugiente de agudos dientes. Deseo la pronta destrucción de este impío antes de que el hacedor del día, cumplida su obra, haya subido a la colina Poniente. Si deseas matar a Ravana en la batalla, si deseas recobrar a la princesa, entonces, oh noble, oh héroe, emprende hoy prontamente lo que te digo».

Section 102

Oyendo las palabras pronunciadas por Lakshmana, aquel matador de héroes hostiles, Raghava, dotado de poderío, tomando su arco, puso saetas en él y en lo más recio de la batalla comenzó a descargar terribles flechas sobre Ravana. Y montado en otro carro, Ravana, señor de los rakshasas, se lanzó contra Kakutstha, así como Svarbhanu se lanza contra el Sol. Y así como una masa de nubes derrama torrentes sobre una poderosa montaña, el de diez cuellos, montado en su carro, hirió a Rama con saetas semejantes a rayos. Y en el encuentro Rama, concentrando sus pensamientos, derramó sobre el de diez cuellos flechas adornadas de oro y semejantes al fuego vivo. Y los celestiales, los gandharvas y los kinnaras declararon que no había habido otra batalla semejante al encuentro de Rama, plantado en el suelo, y el rakshasa montado en su carro. Entonces el primero de los celestiales, Sakra, oyendo sus palabras ambrosíacas, llamando a Matali, dijo: «Tomando mi carro, ve al mejor de los Raghus. Y llegando a la tierra, dándole la bienvenida, procura un gran bien a los dioses». Así interpelado por el soberano de los celestiales, Matali, el auriga celestial, inclinando la cabeza, se dirigió a aquel celestial, diciendo: «Iré rápidamente, oh señor de los celestiales; y haré también el oficio de auriga (para Raghava)». Entonces, unciendo con corceles aquel mejor de los carros, primorosamente labrado en oro; adornado con centenares de campanillas; semejante al Sol recién salido; con la lanza tachonada de lapislázuli; uncido con excelentes caballos enjaezados de oro; provisto de blancos chowris; tirado por corceles semejantes al Sol; engalanado con redes de oro y provisto de un estandarte de oro, el elegante carro del soberano de los celestiales, Matali, mandado por el rey de los inmortales, subiendo al carro, salió de las regiones celestiales y llegó junto a Kakutstha. Y con la mano sosteniendo las riendas, el auriga del de mil ojos, con las manos juntas, se dirigió a Rama, diciendo: «Oh Kakutstha, para que obtenga usted la victoria, el de mil ojos le ha enviado este carro. Y, ¡oh sumamente poderoso!, ¡oh apuesto (héroe)!, ¡usted, que mata a sus enemigos!, este es el formidable arco de Indra, y esta es la cota de malla semejante al fuego, y estas son las flechas semejantes al Sol mismo; y este es el dardo resplandeciente y cargado de buena fortuna. Suba usted a este carro, oh héroe. Mate al rakshasa Ravana, conmigo por auriga, así como el señor de los celestiales mata a los danavas». Así interpelado, Rama, rodeando el carro y saludándolo, subió a él, iluminando los mundos con su esplendor. Y el encuentro que tuvo lugar entre los dos carros, con Rama, el de brazos poderosos (de un lado), y el rakshasa Ravana (del otro), fue maravilloso de contemplar. Y Raghava, sumamente diestro en las armas, resistió con un arma Gandharva el arma Gandharva del rey de los rakshasas, y con un arma celestial su arma celestial. Y entonces aquel señor de los rakshasas, el vagabundo de la noche, inflamado de alta ira, descargó de nuevo una sumamente terrible arma Rakshasa. Y las saetas adornadas de oro disparadas del arco de Ravana, convirtiéndose en serpientes furiosamente venenosas, cubrieron a Kakutstha. Y vomitando llamas vivas, ellas, de terrible aspecto y rostros llameantes, se precipitaron sobre Rama con las bocas abiertas. Y aquellas llameantes serpientes venenosas, que tenían el tacto de Vasuki mismo, cubrieron todos los lados y envolvieron todos los cuartos. Y viendo aquellas serpientes descender en el encuentro, Rama empleó una terrible arma Garuda. Y descargadas del arco de Raghava, aquellas flechas chapadas de oro en las partes emplumadas y dotadas del esplendor de los pavos reales, convirtiéndose en aves de oro, comenzaron a recorrer (el campo de batalla) como enemigas de las serpientes. Y las saetas de Rama, capaces de tomar formas a voluntad, convertidas en aves, destruyeron todas las flechas de veloz carrera que tenían forma de serpientes. Frustrada su arma, Ravana, señor de los rakshasas, enfureciéndose, derramó tremendas lluvias de saetas sobre Rama. E hiriendo a Rama, de hazañas incansables, con millares de saetas, (Ravana) atravesó a Matali con andanadas de flechas. Y con una flecha Ravana cortó el estandarte; y habiendo derribado el estandarte de oro sobre la plataforma del carro, Ravana hirió aun a los corceles de Indra con una red de flechas. Y viendo a Rama en duro aprieto, los celestiales y los gandharvas, y los charanas junto con los danavas, y los siddhas y los supremos santos quedaron vencidos por la tristeza; y los primeros de los monos, junto con Vibhishana, se afligieron. Y viendo a una Luna de Rama Chandra en las garras de un Rahu de Ravana, aquel portador de mal para las criaturas, Budha, se detuvo asaltando a la estrella Prajapatya, Rohini, amada de la Luna. Y el Océano enfurecido, agitándose con olas humeantes y como llameando, se hinchó, pareciendo tocar al Sol. Y el Sol se ennegreció y tomó un aspecto severo, con los rayos amortecidos. Y se le vio con un tronco sin cabeza en su regazo, y estaba en conjunción con un cometa. Y aquella estrella de los Kosalas, relativa a las deidades Indra y Agni, Angaraka, se detuvo en el cielo atacando a Visakha. Y el de diez cuellos, que tenía diez rostros y veinte brazos, armado con su arco, parecía la montaña Mainaka. Y Rama, reducido a duro aprieto por el rakshasa de diez cuellos, no podía descargar sus flechas en el conflicto. Y entonces el enfurecido Rama, con los ojos ligeramente enrojecidos, montó en una tremenda cólera, como si abrasara a los rakshasas. Viendo el rostro del enfurecido Rama, dotado de entendimiento, todas las criaturas quedaron abrumadas de miedo y la Tierra misma tembló. Y las montañas pobladas de leones y tigres comenzaron a temblar, y los árboles a estremecerse. Y aun el abismo, señor de los ríos, se agitó maravillosamente. Y ásperas y terribles nubes en el cielo lanzaron fieros rugidos. Y nubes tormentosas recorrían retumbando los cielos. Y viendo a Rama agitado por una poderosa cólera, y los temibles presagios desastrosos, todas las criaturas quedaron poseídas por el espanto y Ravana fue presa de la consternación. Y entonces, situados en el cielo, los celestiales y los gandharvas y las poderosas serpientes y los santos y los danavas y los daityas y los afines a Garuda, las aves, contemplaron aquel conflicto semejante al derrumbe universal, mientras los dos héroes seguían luchando con diversas armas terribles. Y mientras contemplaban el poderoso encuentro, los celestiales y los asuras que habían acudido al conflicto, por sentimiento de afecto, dijeron alegremente (estas palabras). Y los asuras que estaban allí dijeron al de diez cuellos: «¡Sé victorioso!», y los celestiales dijeron una y otra vez a Rama: «¡Sé victorioso!». Entretanto el impío Ravana, deseoso de matar a Raghava, tomó con ira un arma poderosa, cargada con la esencia del rayo; que lanzaba sonidos terribles; capaz de destruir a todos los enemigos; provista de puntas semejantes a picos de montaña; que infundía terror a la mente y a la vista; de aguda punta, semejante al fuego humeante surgido a la hora de la disolución universal; sumamente terrible; irresistible (en la batalla); insoportable aun para el Destructor; el terror de todas las criaturas; terrible; y capaz de hender (todas las cosas). Inflamándose de ira, Ravana tomó este dardo. E inflamado de furiosa ira, aquel poderoso tomó el dardo en el encuentro, rodeado en aquella contienda por muchos heroicos rakshasas. Y levantando (el dardo), el de enorme cuerpo Ravana, con los ojos enrojecidos de pasión, lanzó poderosos rugidos. Y los gritos del soberano de los rakshasas hicieron temblar la tierra y el cielo y los cuartos cardinales y todos los lados. Y a los rugidos de aquel malvado y de enorme cuerpo, todas las criaturas quedaron aterrorizadas, y el mar se alteró. Y el sumamente enérgico Ravana, tomando aquel poderoso dardo y lanzando furiosos gritos, se dirigió a Rama con un áspero discurso, diciendo: «Oh Rama, alzo con ira este dardo, que tiene la fuerza del rayo. Este te privará por completo de la vida a ti, que tienes la ayuda de tu hermano. Oh tú, que te deleitas en la batalla, hoy, matándote velozmente, te igualaré con aquellos heroicos rakshasas muertos en la vanguardia de las fuerzas. Detente ahora. Oh Raghava, a ti te mataré con este dardo». Diciendo esto, el señor de los rakshasas arrojó el dardo. Y descargado de la mano de Ravana, (el dardo), rodeado de guirnaldas de relámpagos, provisto de ocho campanas y lanzando poderosos rugidos, elevándose al cielo, pareció sumamente espléndido. Viendo el dardo, llameante y de terrible aspecto, el hijo de Raghu, Rama, dotado de poderío, tensando su arco, descargó flechas. Y con andanadas de saetas Raghava resistió (el dardo) que descendía, así como Vasava extinguió con sus lluvias el fuego del día del juicio. Entonces, así como una llama consume a los insectos, el poderoso dardo de Ravana abrasó aquellas saetas disparadas del arco de Rama. Viendo aquellas saetas reducidas a cenizas y deshechas al entrar en contacto con el dardo mientras surcaban el cielo, Raghava se transportó de pasión. Y entonces, enfureciéndose maravillosamente, el hijo de Raghu, Raghava, tomó una jabalina, apreciada por Vasava mismo, traída por Matali. Y al ser blandida por aquel fuerte, la jabalina, resonante de campanas, hizo arder el firmamento, como un meteoro ardiente en ocasión de la ruina universal. Y al ser arrojada, cayó sobre aquel mismo dardo del jefe de los rakshasas. Y con ello, perdido su esplendor, el poderoso dardo, hendido, cayó (a la tierra). Entonces Rama, disparando flechas de vuelo recto, atravesó a sus (de Ravana) sumamente veloces corceles. Y luego atravesó a Ravana en el pecho con flechas aguzadas. Y el enérgico Raghava hirió (a Ravana) en las sienes con tres saetas emplumadas. Y con ello, con todos los miembros atravesados (de flechas) y el cuerpo bañado en sangre, el señor de los rakshasas, provisto de muchos miembros, parecía un asoka en flor. Y con su persona atravesada por las saetas de Rama, el señor de los vagabundos de la noche, con el cuerpo empapado en sangre, fue presa de la tristeza en medio de sus fuerzas, y quedó también abrumado de terrible ira.

Section 103

Al verse muy hostigado por Kakutstha airado, Ravana, que se deleitaba en la batalla, cayó bajo el dominio de una pasión desmedida. Y con los ojos encendidos, aquel poderoso, por ira y furia, asaltó a Raghava en un poderoso encuentro. Y así como las nubes derraman desde el cielo sobre un estanque, Ravana derramó millares de flechas sobre Raghava. Y cubierto con andanadas de saetas descargadas del arco (de Ravana) en el conflicto, Kakutstha, semejante a una poderosa montaña, no se estremeció. Y aquel dotado de poderío se mantuvo en el campo, resistiendo aquellas redes de flechas, y tomó saetas semejantes a los rayos del Sol. Entonces el vagabundo de la noche, de mano veloz, inflamado de ira, descargó mil flechas al pecho de Raghava, de alma elevada. Y con ello, en aquel encuentro, el hermano mayor de Lakshmana, con el cuerpo bañado en sangre, parecía un poderoso árbol kinsuka en un bosque. Y con la ira despertada por los golpes que recibía, el sumamente enérgico Kakutstha tomó flechas semejantes al Sol salido a la hora de la disolución universal. Y en la oscuridad extendida por las flechas (descargadas), Rama y Ravana, ambos inflamados de ira, no podían descubrirse el uno al otro. Entonces aquel héroe, el hijo de Dasaratha, Rama, vencido por la ira, se dirigió a Ravana, riendo, con un áspero discurso, diciendo: «Tú, el más vil de los rakshasas, por haber, falto de juicio, arrebatado a mi esposa de Janasthana y haberla sometido a tu dominio, has quedado privado de tu poderío. Habiéndote llevado por la fuerza a Vaidehi, que estaba en aquel poderoso bosque, desamparada y sin mí, piensas: “Soy un héroe”. Ultrajando a las esposas indefensas de otros, haciendo esta acción cobarde, piensas: “Soy un héroe”. ¡Oh tú, que tienes destruida tu dignidad! ¡Desvergonzado sujeto! Oh tú, de carácter voluble, que por tu violencia has traído la destrucción sobre ti mismo, piensas: “Soy un héroe”. ¡Grande y famosa hazaña la ejecutada por ti, un héroe, y hermano del Otorgador de riquezas, rodeado de tus fuerzas! Recibe hoy el poderoso fruto de aquella acción infame, hecha por orgullo, productora de mal. Oh malvado, piensas de ti mismo: “Soy un héroe”; pero tú, que te llevaste a Sita como un ladrón, no tienes sentimiento de vergüenza. Si hubieras ultrajado por la fuerza a Sita en mi misma presencia, tú, muerto por mis saetas, habrías visto a tu hermano Khara. Por suerte, oh tú, de alma malvada, has entrado en el alcance de mi vista. Hoy, por medio de saetas agudas, te llevaré a las puertas de la muerte. Hoy las bestias de presa arrastrarán tu cabeza, con sus pendientes ardientes, cortada por mis saetas y cubierta del polvo del campo de batalla. Oh Ravana, los buitres se posarán en tu pecho cuando yazcas tendido en el suelo; y, sedientos, beberán la sangre que brote de tus heridas. Hoy las aves del aire te estarán tironeando, atravesado por mis saetas y tendido sin vida, como hacen las aves con las serpientes». Habiendo hablado así, aquel matador de enemigos, Rama, derramó flechas sobre el señor de los rakshasas, que estaba delante. Y el poderío y la fuerza y el ánimo y la fuerza de brazos de Rama, que ardía por la destrucción de su enemigo, se duplicaron. Y todas las Armas se presentaron ante aquel conocedor del ser; y la ligereza de manos de aquel sumamente poderoso creció inmensamente por la exaltación de su ánimo. Viendo todos estos auspiciosos presagios que venían por sí mismos, Rama, acabador de rakshasas, se puso a herir a su enemigo con más energía que nunca. Y asaltado con piedras por los monos y con lluvias de saetas por Raghava, el de diez cuellos sintió que su corazón se trastornaba. Y cuando, por el aturdimiento de su ser interior, no pudo descargar arma alguna, ni tensar su arco, ni desplegar su poderío, (Rama) no persistió en herirlo. Y las saetas y diversas armas descargadas por él presagiaban su muerte; y sus últimos momentos estaban presentes. Y su auriga, que conducía su carro, percibiendo esto, retiró tranquilamente el carro del campo de lucha. Y entonces, viendo al rey privado de poderío y desplomado, su auriga, presa del miedo, volvió velozmente su terrible carro, que tenía el estrépito de las nubes, y se alejó del campo de batalla.

Section 104

Después de recobrar poco a poco el sentido, Ravana, impulsado por la fuerza del Acabador, entrando en furiosa cólera, con los ojos enrojecidos de ira, se dirigió al auriga, diciendo: «Oh tú, de juicio perverso, menospreciándome como falto de poderío, e incapaz, y privado de vigor, como cobarde, liviano, sin nervio y despojado de energía, y como divorciado del poder de la ilusión y privado de las armas, actúas según tu propio entendimiento. ¿Por qué, menospreciándome y sin atender a mi propósito, has retirado mi carro de la presencia del enemigo? ¡Oh abyecto! Por ti han quedado reducidos a nada mi renombre largamente ganado, y mi energía, y mi poderío, y mi crédito. A la vista misma de un enemigo de renombrado poderío, y capaz de complacerse con hazañas valerosas, me has hecho parecer, a mí, que ardía por la batalla, como si fuera un cobarde. Puesto que, oh malvado, no llevas, ni aun por descuido, el carro al campo de batalla, infiero con certeza que has sido sobornado por el enemigo. La acción que has hecho no parece la de un amigo que busca nuestro bien; antes bien, hoy has obrado como un enemigo. Si has sido sustentado por mí, si recuerdas mis méritos, vuelve rápidamente el carro antes de que mi enemigo se haya marchado». Así amonestado por aquel de escaso juicio, el auriga, dotado de inteligencia, dijo humildemente a Ravana palabras cargadas de bien: «No tengo miedo, ni estoy aturdido, ni he sido sobornado por el enemigo, ni soy negligente. Y no he olvidado su afecto ni sus buenos oficios. Y atento a su bien, he salvado su fama; y con la mente rebosante de afecto he hecho (por usted) este bien desagradable. Oh poderoso monarca, por esto no debería usted, como uno frívolo y bajo, inculparme a mí, que estoy siempre ocupado en lo que es bueno y grato para usted. ¡Escuche! Le daré la razón por la que retiré del campo el carro, que se precipitaba como un río cuando el mar está crecido. Sabía que usted estaba fatigado a consecuencia de sus poderosos esfuerzos en la lucha. Y no podía percibir que su poderío fuera entonces superior (al del enemigo). Y los corceles de mi carro estaban agotados de tirar de él; y estaban maltrechos, e indefensos, y sudaban como vacas bajo un aguacero. Y malos presagios surgían rápidamente ante nosotros. Y al ocurrir estos, percibí que las cosas irían contra nosotros. Oh usted, dotado de excesivo poder, un auriga debe conocer la estación y el lugar, los presagios y las expresiones de las emociones, así como el abatimiento del ánimo, la exaltación y la pena. Y debe tener conocimiento de los terrenos bajos, llanos y desiguales, y del momento para el conflicto, y debe ser capaz de percibir las deficiencias del enemigo. Y un auriga montado en un carro debe saber cuándo acercarse a un enemigo, cuándo apartarse de él, cuándo detenerse y cuándo dar la vuelta ante el enemigo: todo esto (debe saberlo). Lo que yo he hecho para procurarle respiro a usted, así como a los caballos del carro, a fin de quitar la terrible fatiga, es lo debido. No retiré el carro, oh héroe, por mi pura voluntad. Lo que he hecho, oh señor, me fue dictado por mi afecto hacia usted. Mándeme. Lo que usted diga, oh destructor de enemigos, lo haré en todo, oh héroe, con toda mi alma». Con ello, bien complacido con el discurso del auriga, Ravana, ansioso de encuentro, después de alabarlo de diversas maneras, dijo: «Oh auriga, lleva rápidamente el carro hacia Raghava. Sin matar a su enemigo en la lucha, Ravana no se vuelve (del campo)». Diciendo esto, Ravana, señor de los rakshasas, dio al auriga, en el carro, un excelente adorno para la mano. Oyendo las palabras de Ravana, el auriga condujo el carro. E impulsado por el discurso de Ravana, el auriga arreó los corceles, y en un momento el poderoso carro del jefe de los rakshasas apareció ante Rama en el campo de batalla.

Section 105

Entonces el venerado Agastya, que, deseoso de presenciar la lucha, había venido allí junto con las deidades, viendo a Ravana agotado por la fatiga del conflicto, plantado en el campo sumido en sus pensamientos y situado ante Rama para entablar el encuentro, se dirigió a Rama, acercándose a él, diciendo: «Rama, Rama, oh tú, de brazos poderosos, escucha el eterno secreto por el cual, hijo mío, vencerás a todos los enemigos en la lucha: el Aditya-hridaya, sagrado, capaz de destruir a todos los enemigos, que trae la victoria, la recitación perdurable e indestructible, y supremamente buena; cargada de todo bienestar, que quita todo pecado, que ahuyenta la ansiedad y la pena, que da largos días; y excelente. Adora al vástago de Vivasvat, el Sol, señor del mundo, provisto de rayos, que hace a las gentes emprender sus obras y ante quien se inclinan las deidades y los asuras. Este refulgente, productor de rayos, está lleno de los espíritus de todas las deidades; y él con sus rayos gobierna a todas las criaturas y a las huestes de los celestiales y de los asuras. Este Sol es Brahma y Vishnu y Siva y Skanda y Prajapati, y Mahendra y Dhanada y el Destructor, Yama, y Soma y el Señor de las aguas; y los Pitris, y los vasus, y los sadhyas y los dos Asvins y los Maruts y Manu, y el dios del Viento y el dios del Fuego y las criaturas y el Creador de la vida y las estaciones. Y él es Aditya y Savita y Surya y Khaga y Pusha y Gabhastiman y el de aspecto dorado y Bhanu e Hiranyareta y Divakara. Y él es Haridasva y Sahasrarchi y Saptasapti y Marichiman. Y él somete la oscuridad, y es Sambhu y Tvashta y Martandaka y Amsuman. Y él es Hiranyagarbha, Sisira y Tapana, y Ahaskara y Ravi, y Agnigarbha, y el hijo de Aditi, y Sankha, y Sisiranasana, Vyomanatha y Tamabheda, el versado en el Rik, el Yajus y el Sama; y Ghanavrishti, y el amigo de las Apas, y el que recorre veloz el camino del Vindhya. Y él es Atapi y Mandali y Mrityu. Y él es Pingala, y el destructor de todo, y el Omnisciente, y el que tiene el universo por forma, y el sumamente enérgico, y el amado de todos, y el que señorea sobre toda clase de acciones. Y él es el señor de las estrellas y los planetas y las constelaciones, y el origen de todo, y el poderoso por excelencia entre las cosas poderosas, y el que tiene doce formas. Me inclino ante ti (que tienes estas formas y funciones). Salutación al monte Oriental y al monte de Occidente. Salutación al señor de los cuerpos estelares y salutación también al señor del día. Salutación y salutación al que trae la victoria, y al gozo que brota de la victoria; y al de los corceles amarillos. Salutación, salutación, oh tú, de mil rayos; salutación y salutación a Aditya. Salutación al que tiene los sentidos sometidos; salutación y salutación al Héroe, y a Saranga y al que despierta al Loto. Y (salutación) a ti, oh fiero. Salutación al Señor mismo de Brahma, Isana y Achyuta, y a Sura y al que constituye el conocimiento de Aditya, y al que despliega el yo y el no-yo; y al devorador de todo, y a la forma del destructor de la oscuridad de la ignorancia. Salutación al destructor de la oscuridad, y al destructor de los enemigos, y al de alma inconmensurable, y al destructor del ingrato, y a la deidad, y al señor de todos los cuerpos estelares. Y salutación al que se precia del esplendor del oro ardiente, al destructor de toda oscuridad mental y al hacedor del universo. Salutación al que quita la oscuridad; al iluminador del Alma; al que todo lo contempla en todos los mundos. El señor crea todo y en verdad lo destruye. Y con sus rayos absorbe, y destruye y crea (todo). Cuando todos duermen, este vela, y reside en los corazones de todas las criaturas. Este es tanto el Agnihotra como el fruto cosechado por sus sacrificios. Y él constituye los dioses y los sacrificios y también su fruto; y es el señor de todos los actos que ejecutan las criaturas. Si una persona recita este (himno), oh Raghava, no cae en desgracia cuando está en peligro de muerte, o enferma, o en un lugar solitario, o con miedo. Adora con concentración a este dios de los dioses, a este señor del universo. Recitando (este himno), lleno de las tres virtudes, obtendrás la victoria en la batalla. En este mismo instante, oh tú, de brazos poderosos, vencerás a Ravana». Habiendo dicho esto, Agastya se fue adonde había venido. Oyendo esto, aquel sumamente enérgico vio desaparecer su pena. Entonces, bien complacido, Raghava, esforzándose, meditó (el himno). Y recitándolo, contemplando el Sol, alcanzó un exceso de gozo. Y sorbiendo agua una y otra vez, y purificándose, aquel poderoso, tomando su arco y mirando a Ravana, avanzó con el corazón gozoso para obtener la victoria. Y se puso a procurar su muerte con sus más caras energías. Entonces, sumamente gozoso y lleno de regocijo, el Sol, en medio de las huestes celestiales, sabiendo que la destrucción del soberano de los vagabundos de la noche estaba cerca, dijo a Rama: «Apréstate».

Section 106

Entonces el auriga condujo a toda velocidad el carro de Ravana, capaz de abatir a las huestes enemigas, semejante en forma a una ciudad de los gandharvas, de elevados gallardetes, uncido con corceles de soberbia insuperable, enguirnaldados de oro; abastecido de pertrechos de guerra; provisto de enseñas y estandartes; que parecía devorar el firmamento; que hacía resonar la tierra misma; destructor de las huestes hostiles y que llenaba de deleite a su propio bando. Y mientras descendía velozmente, el monarca de los hombres contempló aquel resonante carro del rey de los rakshasas, de enormes estandartes, uncido con corceles negros y dotado de fiero esplendor; como si llameara en el firmamento; que tenía el resplandor del Sol mismo; con apretados pendones de relámpago; que desplegaba el fulgor del arma de Indra; que derramaba armas; y semejante a nubes cargadas de lluvia. Viendo el carro del enemigo, semejante a una masa de nubes, con un estrépito semejante a los sonidos que lanza una montaña que se parte hendida por el rayo, Rama, tensando con vehemencia su arco curvado como la luna nueva, se dirigió a Matali, auriga del de mil ojos, diciendo: «Oh Matali, contempla el enfurecido carro de mi enemigo mientras avanza. Por la furiosa velocidad con que de nuevo gira a mi derecha, parece que ha puesto su corazón en matarme en el encuentro. Conduce, pues, atentamente el carro derecho contra el vehículo de mi enemigo. Deseo destruir a este como el viento dispersa las nubes que han aparecido. Con todo tu juicio despierto, sin turbación y manteniendo en calma tanto el corazón como la vista, conduce velozmente el carro gobernado por las riendas. Digno como eres del carro de Purandara, no necesitas que yo te enseñe. Deseoso de encuentro y con toda mi alma puesta en la lucha, simplemente te lo recuerdo, no te lo enseño». Complacido con estas palabras de Rama, el excelente auriga celestial, Matali, condujo el carro. Entonces, dejando a la derecha el poderoso carro de Ravana, envolvió a Ravana con el polvo levantado por las ruedas. Con ello el de diez cuellos, enfurecido, con los ojos cobrizos y dilatados (de pasión), cubrió de flechas a Rama, que estaba delante de su carro. Enfurecido por la acometida, Rama, con la ira despertada, pero haciendo acopio de paciencia, tomó en el encuentro el arco de Indra, dotado de excesiva vehemencia, así como saetas sumamente impetuosas que tenían el resplandor de los rayos solares. Y entonces comenzó un furioso encuentro entre aquellos (dos), ansiosos de matarse uno a otro, enfrentados como leones llameantes. Y entonces, deseosos de la destrucción de Ravana, los celestiales con los gandharvas, y los siddhas y los supremos santos, se reunieron para ir a contemplar el encuentro que tenía lugar entre los dos carros. Y para la destrucción de Ravana y el éxito de Raghava, ocurrieron en torno a los carros terribles presagios, capaces de erizar el vello de las gentes. El dios derramó lluvias de sangre sobre el carro de Ravana; y un violento torbellino giró a su derecha. Y una poderosa bandada de buitres, girando en los cielos, perseguía el carro adondequiera que se moviera. Y Lanka quedó envuelta en un crepúsculo semejante a las rojas flores de java y aun de día parecía en llamas. Relámpagos y teas, acompañados de un terrible sonido, comenzaron a caer por todos lados. Y contemplando estos presagios, nefastos para Ravana, todos los rakshasas se apenaron grandemente. Y adondequiera que se movía Ravana, la tierra temblaba y las manos de todos los rakshasas que luchaban quedaban como paralizadas. Los rayos cobrizos, amarillos, rojos y blancos del sol que caían ante Ravana parecían los metales fundidos de una montaña. Y los chacales, seguidos de buitres, vomitando fuego y clavando en él sus miradas, comenzaron a lanzar gritos nefastos. Y en aquel campo de batalla comenzó a soplar el viento desfavorable, levantando polvo y estorbando la vista del rey de los rakshasas. Sobre la hueste de los rakshasas cayeron por todos lados temibles relámpagos sin el sonido de las nubes. Todos los cuartos quedaron envueltos en oscuridad, y el firmamento se volvió invisible, cubierto de tinieblas. Y armando una temible riña, centenares de terribles sarikas comenzaron a caer sobre su carro. Los caballos despedían chispas de fuego de las caderas y lágrimas de los ojos. Estos y otros diversos presagios temibles surgieron allí, anunciando la destrucción de Ravana. Y aparecieron por todos lados muchas señales auspiciosas y buenas, que anunciaban la proximidad de la victoria de Rama. Y contemplando todas aquellas señales auspiciosas que anunciaban el éxito de Rama, Lakshmana se alegró grandemente y dio a Ravana por muerto. Con ello, contemplando todas aquellas señales auspiciosas, Raghava, bien capacitado para descifrarlas, alcanzó un exceso de deleite y se mostró ansioso de desplegar un poderío mayor.

Section 107

Con ello se produjo un poderoso y temible encuentro de dos carros entre Rama y Ravana, que infundía terror a todas las gentes. Y el ejército de los rakshasas y la poderosa hueste de los monos, aunque tenían las armas en las manos, quedaron aturdidos (por el momento). Y contemplándolos (a Rama y a Ravana) luchar, todos los rakshasas y monos, con la mente agitada, se sorprendieron grandemente. Con diversas armas y las manos alzadas para la lucha, ellos, grandemente maravillados, permanecieron allí contemplándolos y no se dispusieron a luchar entre sí. Contemplando los rakshasas a Ravana, y los monos a Rama, con ojos atónitos, todo el ejército parecía una pintura. Y advirtiendo todos los presagios, Raghava y Ravana comenzaron a luchar, impávidos, firmes, resueltos y sin agitarse por la ira. Y determinando que Kakutstha ganaría la victoria y que Ravana moriría, comenzaron a desplegar su propio poderío. Con ello el sumamente poderoso Ravana, poniendo sus flechas con ira, las descargó contra el pendón situado en el carro de Raghava. Aquellas flechas, alcanzando el asta del estandarte del carro de Purandara y percibiendo su poder, cayeron a la tierra. Con ello el sumamente poderoso Rama, airado, tensando su arco, resolvió devolver el golpe. Y apuntando al asta del estandarte de Ravana, descargó una saeta aguzada que llameaba insoportablemente con su propio lustre, como una enorme serpiente. Y el refulgente Rama descargó una saeta apuntando al estandarte (de Ravana), la cual, atravesando la bandera del demonio de diez cuellos, cayó a la tierra. Y contemplando así derribada el asta de su estandarte, el sumamente poderoso Ravana se inflamó como si abrasara todas las cosas con su insoportable ira. Y poseído por la cólera, comenzó a hacer un aguacero de saetas. Ravana entonces, con flechas llameantes, atravesó los corceles de Rama. Los caballos celestiales no se turbaron por ello ni se aflojó su carrera. Y permanecieron enteramente imperturbables, como si los hubieran golpeado con tallos de loto. Contemplando así impasibles a los corceles, Ravana se encendió de nuevo de ira y comenzó a descargar de nuevo sus diversas armas, gadas, parighas, chakras y musalas, cumbres de montañas, árboles, dardos y parasus y millares de otras saetas, en virtud de sus poderes ilusorios. Y su energía permanecía intacta. Y aquel aguacero de diversas armas se hizo enorme y terrible en el conflicto, infundiendo terror y haciendo un temible estruendo. Con ello, dejando a un lado el carro de Raghava, comenzó a asaltar a la hueste de los monos y envolvió el cielo con una continua descarga de flechas. El demonio de diez cuellos soltó muchas armas aun con riesgo de su propia vida. Y contemplando a Ravana en el encuentro tan activamente ocupado en la descarga de flechas, Kakutstha, sonriendo, puso saetas puntiagudas y las descargó por centenares y millares. Contemplándolas, Ravana llenó de nuevo el firmamento de flechas; y así, con las saetas descargadas por ambos, se creó otro cielo llameante. Ninguna (de las flechas) erró el blanco, ninguna dejó de atravesar a otra y ninguna fue estéril. Y las flechas descargadas por Rama y Ravana, chocando unas con otras, cayeron a la tierra. Y ellos, situados a su derecha y a su izquierda, comenzaron a hacer un continuo aguacero de flechas y envolvieron el cielo por entero. Y oponiéndose el uno al otro, Ravana mató los corceles de Rama, y Rama a su vez mató los de Ravana. Ellos, así enfurecidos, lucharon uno con otro, y por algún tiempo se produjo un terrible encuentro, capaz de erizar el vello. Y mientras el sumamente poderoso Ravana y Rama luchaban uno con otro en el conflicto por medio de flechas aguzadas, el señor de los rakshasas, contemplando derribada el asta de su estandarte, se enfureció con el primero de los Raghus.

Section 108

Mientras Rama y Ravana se oponían así uno a otro en la batalla, todos los animales los contemplaban, presos de asombro. Y aquellos dos grandes héroes, sumamente airados, comenzaron a lanzarse uno contra otro y a asaltarse; y resueltos a matarse uno a otro, parecían grandemente temibles. Y sus aurigas conducían los carros desplegando su destreza, moviéndolos en círculos, en hileras y de otras diversas maneras. Y aquellos dos excelentes héroes, descargando sus saetas e influidos por ilusiones, se asaltaban uno a otro avanzando y retrocediendo, Rama atacando a Ravana y Ravana resistiéndole. Y estos dos carros recorrieron la tierra por algún tiempo como nubes acompañadas de aguaceros. Y desplegando muchos movimientos en el conflicto, se detuvieron de nuevo uno frente al otro, tocando la parte delantera de un carro la del otro y tocándose las cabezas de los corceles; y los pendones situados en uno tocaban los del otro. Rama, con cuatro flechas aguzadas disparadas de su arco, apartó a cierta distancia los llameantes caballos de Ravana. Y viendo así apartados sus corceles, se encendió de ira. Y el de diez cuellos descargó flechas aguzadas contra Raghava. Y él fue atravesado por aquellas flechas venidas del poderoso demonio de diez cuellos. No quedó abrumado ni dolorido por ellas, y descargó de nuevo flechas semejantes a rayos. Y el demonio de diez cuellos descargó de nuevo flechas contra el auriga, las cuales cayeron con gran vehemencia sobre la persona de Matali. Matali no se dolió ni se abrumó en lo más mínimo en aquel encuentro. Y contemplando así asaltado a su auriga, Rama se encendió de ira y abrumó a su enemigo con una red de flechas. Y el heroico Raghava derramó sobre el carro de su enemigo saetas de veinte en veinte, de treinta en treinta, de sesenta en sesenta, por centenares y por millares. Y el señor de los rakshasas, Ravana, que estaba en el carro, airado, atacó a Rama en el conflicto con mazas y musalas. Y de nuevo se produjo un terrible conflicto, capaz de erizar el vello. Y los siete océanos quedaron abrumados con el sonido de las mazas, los musalas, los parighas y las flechas de plumas doradas. Y los que habitaban las regiones bajo los océanos agitados, todos los danavas y millares de pannagas, se dolieron grandemente. Y la tierra tembló grandemente, con sus montañas, bosques y jardines. El Sol quedó privado de su resplandor y el viento sopló muy áspero. Con ello los celestiales, con los gandharvas, los siddhas, los grandes santos, los kinnaras y las serpientes, se llenaron todos de ansiedad. Y contemplando el temible encuentro entre Rama y Ravana, capaz de erizar el vello de las gentes, los celestiales con los ascetas comenzaron a rogar: «¡Bienestar a los brahmanes y a las vacas, vivan las gentes en paz y derrote Raghava en el conflicto a Ravana, el señor de los rakshasas!». Y la multitud de los gandharvas y las apsaras, contemplando aquella maravillosa batalla entre Rama y Ravana, dijo: «El océano se asemeja al cielo y el cielo se asemeja al océano; en verdad este encuentro entre Rama y Ravana solo a ellos conviene». Con ello Rama, el de largos brazos, acrecentador de la gloria de la raza de Raghu, enfurecido, puso en su arco su flecha, semejante a una serpiente, y cortó la cabeza de Ravana, que llevaba resplandecientes kundalas. Y aquella cabeza, en presencia de los habitantes de las tres regiones, cayó a la tierra. Al instante surgió otra cabeza semejante a la anterior; y fue rápidamente cortada por Rama, de mano ligera. En cuanto la segunda cabeza fue tajada en el encuentro por medio de saetas, apareció de nuevo otra. Y esa fue cortada de nuevo por las saetas de Rama, semejantes a rayos. Y así fueron cortadas cien cabezas, todas iguales en brillo. Pero el fin de la vida de Ravana no se veía. Con ello el heroico Raghava, conocedor del uso de todas las armas, acrecentador del gozo de Kausalya, comenzó a razonar consigo mismo de diversas maneras: «En verdad estas son las flechas con las que fue muerto Maricha, y fue muerto Khara con Dusana; con las que fue destruido Viradha en el bosque de Krauncha, y el demonio sin cabeza en el bosque de Dandaka; con las que fueron quebrados salas y montañas, fue agitado el océano y fue muerto Vali; no percibo la razón por la que se vuelven estériles cuando se descargan contra Ravana». Pensando así, Raghava se aprestó en el conflicto y comenzó a derramar flechas sobre el pecho de Ravana. Con ello Ravana también, el señor de los rakshasas, sentado en un carro y sumamente enfurecido, asaltó a Rama en el conflicto con un aguacero de mazas y musalas. Aquel temible y enorme conflicto, capaz de erizar los cabellos, continuó por siete noches ante los ojos de los celestiales, los danavas, los yakshas, los pisachas, los uragas y las serpientes situados en el cielo, en la tierra o en las cumbres de las montañas. Ni de noche ni de día, ni por un momento, cesó la lucha entre Rama y Ravana. Y contemplando el conflicto entre el hijo de Dasaratha y el señor de los rakshasas, y la victoria de Raghava, el auriga de alma elevada del señor de los celestiales habló rápidamente a Rama, ocupado en el conflicto.

Section 109

Con ello Matali, recordándoselo, habló a Raghava: «¿Por qué, oh héroe, como si no lo supiera, le teme usted? Descargue contra él, oh señor, el arma obtenida del gran Abuelo. Ha llegado el momento de (su) destrucción, tal como lo describieron los celestiales». Recordado por aquellas palabras de Matali, Rama tomó la saeta llameante, que respiraba como una serpiente. El gran rishi Agastya se la había conferido primero. Esta es una enorme y temible saeta dada por Brahma, y sumamente útil en la batalla. Fue hecha por Brahma, de imperecedero poderío, para Indra, y conferida por él al Señor de los celestiales, deseoso de adquirir la victoria. En sus alas está el viento, en su cabeza están el fuego y el Sol, en su cuerpo está el cielo y en su peso están (los montes) Meru y Mandara. Es resplandeciente con su propio lustre, bien emplumada y adornada de oro, hecha de la esencia de todos los objetos y brillante como los rayos del Sol. Es como el fuego de la disolución envuelto en humo, como la serpiente llameante, capaz de atravesar hombres, serpientes y caballos, y era de veloz carrera. (Puede) hender las puertas, los parighas y las colinas; está empapada en sangre, mojada en médula y es sumamente temible. Es dura como el rayo, produce un temible sonido, asalta (las divisiones del) ejército, infunde terror a todos, es temible y (como si) respirara como una serpiente. Es terrible como la Muerte en el conflicto y procura siempre alimento a las garzas, los buitres, las grullas, los chacales y los rakshasas. Es la acrecentadora del gozo de los jefes de los monos y la represora de los rakshasas, y está emplumada como un ave con muchas alas pintorescas. Y el sumamente poderoso Rama, consagrando conforme a los mantras prescritos en los Vedas aquella enorme saeta, la primera de todas entre los seres, que quitaba el miedo de la raza de Ikshvaku, destruía la fama de los enemigos y procuraba el gozo de su propio bando, la puso en su arco. Y al ser montada aquella excelente flecha en su arco por Raghava, todos los animales quedaron presos de miedo y la tierra tembló. Y (Rama), sumamente enfurecido y grandemente cauto, conteniendo (el aliento), descargó aquella saeta contra Ravana, la cual penetraba hasta los órganos vitales. (Aquella arma de Brahma), irreprimible como el rayo, temible como la Muerte y descargada por Rama, cayó sobre el pecho de Ravana. Y aquella saeta, capaz de causar la muerte y dotada de velocidad, al ser descargada, hendió el pecho del malvado Ravana. Y aquella flecha que acaba con los cuerpos, bañada en sangre, arrebatando la vida de Ravana, entró en la tierra. Aquella saeta, habiendo matado a Ravana, empapada en sangre y triunfante, volvió a entrar humildemente en la aljaba. Y de la mano de aquel que fue privado de la vida cayeron al instante a tierra sus saetas y su arco. Y cayó a la tierra desde el carro el sumamente refulgente Ravana, dotado de temible velocidad y privado de la vida. Y contemplándolo así caído, los vagabundos de la noche que quedaban, privados de su señor y presos de terror, huyeron en diversas direcciones. Y contemplando la destrucción del de diez cuellos y la victoria de Raghava, los monos, luchando con árboles, los persiguieron por todos lados. Y asaltados por los monos y con los rostros llenos de lágrimas por haber sido muerto su señor, huyeron a Lanka con miedo. Con ello los monos, grandemente regocijados, proclamaron a gritos la victoria de Rama. Sonó en el cielo la trompeta celestial y sopló el excelente aire que llevaba la fragancia celestial. Llovieron flores sobre el carro de Rama, que quedó cubierto de ellas. Los celestiales en el cielo comenzaron a cantar la gloria de Rama y a alabarlo. Y muerto Ravana, el terror de todas las gentes, los celestiales con los charanas se regocijaron grandemente. Y matando a aquel primero de los rakshasas, Rama satisfizo el deseo de Sugriva, Angada y Vibhishana. Con ello los celestiales alcanzaron la paz, los cuartos se regocijaron, la atmósfera se aclaró, un aire sereno comenzó a reinar sobre toda la tierra y el Sol apareció con todos sus rayos. Con ello Sugriva, Vibhishana y Lakshmana dieron la bienvenida a Rama, de poderío no mitigado, cantando su gloria. Y apareció hermoso en el campo de batalla Rama, de firme promesa, habiendo matado a su enemigo y rodeado de su ejército y sus amigos, como el Señor de los celestiales rodeado de los dioses.

Section 110

Contemplando a su hermano vencido, muerto y tendido en el campo de batalla, Vibhishana, abrumado por el peso de su pena, comenzó a lamentarse: «Oh héroe, bien conocido por su poderío, sabio y versado en política, usted, que estaba acostumbrado a excelentes lechos, ¿por qué yace en la tierra, extendiendo (sobre la tierra) sus largos brazos inactivos, siempre adornados con angadas, y despojado de su yelmo, que tenía el resplandor del Sol? Oh héroe, le ha sobrevenido lo que yo había previsto y lo que no le agradó a usted, que estaba poseído por los engaños. Prahasta, Indrajit, Kumbhakarna, Atikaya, Atiratha, Narantaka, usted mismo y otros: ninguno de ustedes atendió, por altivez, a lo que yo había dicho, que ahora se ha cumplido. ¡Ay! ¡El puente de los piadosos se ha roto, la figura de la virtud se ha estropeado, el refugio de los fuertes y poderosos ha desaparecido y usted ha alcanzado el estado de los héroes! El sol ha caído a la tierra, la luna ha quedado privada de su lustre, el fuego se ha extinguido y la virtud ha desistido de su acción, al caer a la tierra este héroe, el primero de los que usan armas. Oh usted, el primero de los rakshasas, que yace en el polvo del campo de batalla como uno dormido, ¿a quién más tienen estos (rakshasas) que quedan, privados de su poder y energía? El enorme árbol del señor de los rakshasas, que tenía la paciencia por hojas, la velocidad por flores, el poder del ascetismo y el heroísmo por firmes raíces, ha sido arrancado por el viento Raghava. Ravana, semejante a un elefante enloquecido, que tenía el poderío por colmillo, el rango de su linaje por espinazo, la ira por patas y el regocijo por trompa, ha sido derribado al suelo por el león de la raza de Ikshvaku. El poderoso fuego rakshasa, que tenía el poderío y la energía por rayos, el aliento airado por humo, su propia fuerza por poder de abrasar, ha sido extinguido en la batalla por la nube Rama. El toro rakshasa, que siempre vencía a los demás y era poderoso como el viento, que tenía rakshasas por cola, giba y cuernos, y la volubilidad por orejas y ojos, ha sido muerto hoy por el tigre Rama». Oyendo estas palabras de Vibhishana, preñadas de sólidos razonamientos, y contemplándolo abrumado de pena, Rama dijo: «(Este señor de los rakshasas), de temible poderío, no ha sido muerto en la batalla impotente. Está dotado de gran poderío y energía y libre del miedo a la muerte. Los héroes que se atienen a las virtudes de los kshatriyas y que caen en el campo de batalla para acrecentar su gloria no deben ser llorados cuando mueren. No es este el momento de llorar por aquel, aunque poseído por la muerte, por quien, dotado de intelecto, Indra con los tres mundos fue aterrorizado en el conflicto. Además, el éxito en la batalla no es perpetuo; o uno mata a su enemigo o encuentra su destrucción a manos de él en el conflicto. Esta norma de los kshatriyas fue establecida por los antiguos preceptores: que un kshatriya, cuando muere en la batalla, no debe ser llorado. Viendo que esto es cierto y alcanzando la calma, líbrate de tu pena y piensa lo que debe hacerse ahora». Con ello Vibhishana, presa de la pena, se dirigió al poderoso hijo del rey, que así hablaba, con palabras que miraban por el bien de su hermano: «Usted ha derribado, como el océano que rompe sus orillas, a aquel que antes de esto no había sido vencido ni aun por Vasava y los celestiales. Por él fueron otorgados muchos dones a quienes los deseaban, fueron gozados muchos lujos, fueron sustentados muchos servidores, fue distribuida la riqueza entre los amigos y fueron muertos los enemigos. Él propició el fuego, ejecutó grandes austeridades, era versado en los Vedas y gran ejecutor de sacrificios. Deseo ejecutar, por instrucción de usted, sus debidas exequias». Así interpelado por Vibhishana con acentos lastimeros, el hijo de alma elevada del señor de los hombres, dotado de gran energía, le ordenó ejecutar sus exequias y dijo: «Con la muerte ha terminado nuestra enemistad y se ha cumplido nuestro objeto; él me es tan querido a mí como a ti: ejecuta (por tanto) sus ritos funerarios».

Section 111

Contemplando a Ravana muerto por Raghava, de alma elevada, las rakshasis, presas de pena, salieron de los aposentos interiores. Presas de pena y con los cabellos desgreñados, se revolcaban en el polvo, aunque se lo impedían una y otra vez, como vacas separadas de sus becerros. Y saliendo por la puerta del norte junto con los rakshasas, entrando en la temible arena de la batalla y buscando a su señor muerto, las demonias gritaban lastimeramente: «¡Oh señor, oh esposo, oh nuestro todo!», y recorrían el campo de batalla empapado en sangre y lleno de cadáveres sin cabeza. Con los ojos llenos de lágrimas y abrumadas por la pena de su esposo, comenzaron a vagar como elefantas sin el señor de su manada. Con ello contemplaron allí en la tierra al Ravana de enorme cuerpo, sumamente poderoso y refulgente, muerto, semejante a un colirio rojo. Y contemplando a su señor tendido en el campo de batalla, cayeron todas sobre su cuerpo como enredaderas arrancadas. Algunas lloraban abrazándolo respetuosamente, otras sujetándole los pies y otras colgándose de su cuello. Y algunas, tomándole la mano, se revolcaban en el suelo, y otras estaban fuera de sí (de pena) contemplando el semblante del (Ravana) muerto. Y alguna, poniendo la cabeza en el regazo de él y contemplando su rostro, lloraba, bañándolo en lágrimas como a un loto envuelto en nieve. Viendo a su esposo Ravana así muerto en la tierra, ellas, presas de pena, lamentándose una y otra vez en su dolor, lloraron profusamente: «Aquel por quien el rey Vaisravana fue privado de su carro florido, que aterrorizó en el campo de batalla a los gandharvas de alma elevada, a los ascetas y a los celestiales, que no conocía miedo alguno de los asuras, los celestiales y los pannagas, ha sido ahora vencido por un hombre. Aquel a quien los celestiales, los danavas y los rakshasas no pudieron matar, ha sido muerto en el conflicto por un hombre que andaba a pie. Aquel que no podía ser muerto por los celestiales, los yakshas y los asuras ha encontrado la muerte, como uno falto de poderío, a manos de un mortal». Hablando de esta manera, las demonias, abrumadas de dolor, lloraban y se lamentaban una y otra vez (diciendo): «No escuchando (los consejos) de sus amigos, que siempre le señalaban su bien, usted trajo a Sita para su propia destrucción y la de los rakshasas. Aunque su hermano Vibhishana le habló con palabras preñadas de su bien, usted, para su propia destrucción, por sus recelos, encendió su ira y ha visto (ahora el resultado). Si hubiera devuelto a Sita, la hija del rey de Mithila, a Rama, este poderoso y temible desastre, que destruye la raíz misma, no nos habría sobrevenido. El deseo de Rama se habría cumplido, sus amigos habrían tenido éxito (por medio de Vibhishana), nosotras no habríamos enviudado y nuestros enemigos no habrían visto cumplidos sus deseos. Por usted Sita fue retenida por la fuerza en cautiverio de manera despiadada, y los rakshasas, nosotras y usted, los tres por igual, hemos sido muertos. Oh primero de los rakshasas, en verdad esta no es su propia locura: es el Azar el que une todas las cosas y es el Azar, a su vez, el que causa la destrucción. Oh usted, de enormes brazos, la destrucción de los monos y de los rakshasas, así como la suya propia, ha sido causada por el Azar. Cuando el curso del azar está a punto de producir su resultado, ni la riqueza, ni el deseo, ni el poderío, ni el mando son capaces de resistirlo». Así lloraban lastimeramente las esposas del señor de los rakshasas, como otras tantas elefantas, reducidas a la miseria, presas de pena y con lágrimas en los ojos.

Section 112

La primera de las esposas del (rey) rakshasa, lamentándose lastimeramente, dirigió tristemente sus miradas hacia su esposo. Y contemplando a su esposo de diez cuellos muerto por Rama, de acciones inconcebibles, Mandodari se lamentó allí lastimeramente: «¡Oh usted, de enormes brazos! ¡Oh hermano menor de Vaisravana! Aun Purandara temía plantarse ante usted cuando estaba enfurecido. Los grandes rishis, los afamados gandharvas y los charanas huían en diferentes direcciones por miedo a usted. ¿Y entonces (cómo) ha sido usted vencido en la batalla por Rama, que es un simple hombre? ¿Cómo es que no se avergüenza de ello, oh rey, oh señor de los rakshasas? Conquistando los tres mundos con su poderío, alcanzó usted su gloria; y es insoportable que un hombre que vaga por el bosque lo haya matado. Usted, que es capaz de tomar formas a voluntad, ha sido muerto en el conflicto por Rama, en la ciudad de Lanka, inaccesible a los hombres. No creo que su destrucción, la de usted, que siempre había sido coronado por el éxito ante las fuerzas, sea obra de Rama. (Me parece que) la Muerte (misma) vino allí en forma de Rama y extendió ilusiones sin que usted se percatara, para su destrucción, oh usted, de gran fuerza. O ha sido usted muerto por Vasava; (no), ¿qué poder tiene él para enfrentarse a usted en el conflicto, dotado como está usted de gran fuerza, poderío y energía, y enemigo de los celestiales? Es evidente que el gran asceta Vishnu, cuyo poder es la verdad, el alma de todos los seres, eterno, sin principio, medio ni fin, mayor que lo grande, el Preservador de la Naturaleza, que lleva caracola, disco y maza, que tiene el Srivatsa en el pecho, siempre hermoso, imposible de conquistar, sin destrucción, sin fin, y el señor de todos los hombres, tomando esta forma de hombre y rodeado de los celestiales, que han tomado formas de monos, ha matado, para provecho de la humanidad, (a usted), el temible enemigo de los dioses, con toda (su) familia y los rakshasas. Sometiendo todas sus pasiones, conquistó usted los tres mundos; recordando su rencor, ellas lo han vencido ahora. Rama no es un hombre, puesto que mató en Janasthana a su hermano Khara, rodeado de muchos rakshasas. Quedamos dolorosamente afligidos cuando Hanuman, por su propio poderío, entró en la ciudad de Lanka, inaccesible aun para los celestiales. Y yo traté de impedirle crear enemistad con Raghava, pero usted no hizo caso de mis palabras, y este es el resultado (de ello). Oh primero de los rakshasas, usted, de entendimiento malvado, para la destrucción de su riqueza, de sí mismo y de sus parientes, concibió de repente amor por Sita, más grande (aun) que Arundhati y Rohini. En verdad cometió usted una acción indigna afligiendo a la adorable Sita, siempre consagrada a su señor, una tierra aun para la Tierra misma y una Sri aun para Sri misma. Y habiéndose llevado con falso disfraz, del bosque solitario, a la afligida y casta Sita, de persona intachable, trajo usted la destrucción de su familia. No logró cumplir su deseo de la compañía de Sita. Pero ahora, en verdad, oh señor mío, ha sido usted abrasado por la devoción de ella, que está consagrada a su esposo. No fue usted abrasado cuando cautivó a aquella (doncella) de talle mediano a quien temen todos los celestiales, encabezados por Indra y Agni. Oh esposo, llegado el tiempo (debido), el que obra el mal recibe el resultado de sus acciones viciosas: no hay en esto la menor duda. El que hace el bien recibe (un resultado) bueno; el que comete (acciones) viciosas encuentra (un resultado) malo. Vibhishana ha alcanzado la felicidad y usted ha encontrado este fin suyo. Hay doncellas en su serrallo mucho más hermosas que ella, pero usted, poseído por Cupido, no podía percibirlo. Maithili no es igual ni superior a mí ni en nacimiento, ni en belleza, ni en prendas, pero usted no lo percibió por sus recelos. La muerte no visita siempre a todos los hombres sin causa alguna, y Maithili es la causa de su muerte. Y la muerte, a consecuencia de Maithili, se lo ha llevado lejos. Y ella, libre de toda pena, gozará en compañía de Rama, y yo, de escasa piedad, estoy ahora hundida en el océano de la pena. Habiendo vagado a mis anchas con usted en un carro sin igual en belleza por el monte Kailasa, el Mandara, el Meru, por el jardín de Chaitraratha y por todos los demás jardines celestiales, contemplando muchos países, vistiendo ropas y guirnaldas variadas, he sido privada de todos los placeres y goces, oh héroe, por su muerte. Y ahora soy viuda. ¡Maldición sobre la voluble fortuna! Oh rey, en el lustre del semblante es usted como el Sol, en gracia como la Luna, en belleza como el loto; es usted apuesto, oh usted, de excelentes cejas; tiene usted excelente piel, nariz alta, y su semblante está adornado con una brillante corona y kundalas. ¡Oh, qué hermoso parecía usted con diversas guirnaldas cuando sus ojos giraban con la embriaguez en el lugar de la bebida, y qué hermosas eran sus sonrisas, oh señor! Su semblante no brilla ahora, cortado por las saetas de Rama, bañado en un charco de sangre, con el espinazo y el cerebro deshechos y cubierto del polvo levantado por las ruedas de los carros. ¡Ay! Por mi mala suerte he llegado a ese estado postrero que me hace viuda y en el que nunca había pensado. Mi padre es el rey de los danavas, mi esposo el señor de los rakshasas y mi hijo el sometedor de Sakra. Estaba grandemente orgullosa de esto y siempre confiada en que mis protectores eran impávidos, temibles, represores de los enemigos y famosos por su fuerza y su hombría. Oh ustedes, primeros de los rakshasas, ¿cómo pudo este miedo a un hombre abrumarlos a todos ustedes, que eran tan poderosos? (Este cuerpo suyo) es fresco, verde como el indranila, alto como una enorme montaña, y adornado con keyura, angada, joyas y guirnaldas de flores. Era apuesto en los lugares de goce e imposible de mirar en el campo de batalla. Era brillante, engalanado de adornos, como las nubes acompañadas de relámpagos. Y esta persona suya ha sido atravesada hoy por saetas; (y sabiendo) que no es fácil de alcanzar para mí, soy incapaz de abrazar(la), cubierta de saetas que atraviesan los mismos órganos vitales. Oh rey, (este cuerpo suyo), de color verde (pero ahora) rojo de sangre, yace ahora en el suelo como una montaña hecha pedazos por los rayos. ¡Que usted fuera muerto por Rama parecía un sueño, pero ha resultado verdad! Usted era como la muerte para la Muerte misma; ¿por qué, pues, ha sido poseído por ella? Usted era el que gozaba de la riqueza de los tres mundos y el terror de ellos; era el conquistador de las deidades que presiden los diversos cuartos; sacudió (aun) a Sankara; era el sometedor de los orgullosos y su poderío era bien conocido; reprimía a las gentes y mataba a muchos hombres piadosos; solía, por su poderío, dar rienda suelta a palabras altivas ante los enemigos; era el sustentador de sus parientes y servidores y el matador de muchos que cometían acciones temibles; era el destructor de millares de celestiales, danavas y yakshas; era el sometedor de los nivatakavachas en el encuentro; estorbaba la ejecución de muchos sacrificios y era el protector de sus parientes; era el obstructor de las prácticas piadosas, el creador de ilusiones en el conflicto, y traía de aquí y de allá a las hijas de los celestiales, los demonios y los hombres; afligía a las esposas de sus enemigos; era el caudillo de los suyos, el protector de la isla de Lanka y el autor de muchas acciones temibles; nos otorgaba el goce de muchos placeres, y era el primero de los guerreros de carro. Contemplando a semejante esposo muerto por Rama, yo, privada de mi querido señor, sigo aún sustentando mi ser; (en verdad) mi corazón es muy duro. Oh señor de los rakshasas, acostumbrado antes a tantos lechos valiosos, ¿por qué duerme usted en la tierra cubierto de polvo? Cuando mi hijo Indrajit fue muerto por Lakshmana en el conflicto, me dolí grandemente; pero hoy estoy muerta. Privada de mis amigos y parientes, separada de usted, oh señor mío, privada del goce de muchos placeres, me lamentaré por usted perpetuamente. Usted ha emprendido, oh rey, el camino largo y difícil de recorrer; lléveme a mí, que estoy presa de pena y que no podré vivir sin usted. ¿Por qué desea irse dejándome atrás, a mí, que he quedado reducida a la miseria? ¿Por qué no me da la bienvenida a mí, desdichada y pobre, que me lamento? ¿Por qué no se enoja, señor, viéndome, después de quitarme el velo, salir a pie por la puerta de la ciudad? Oh amado de sus esposas, contemple usted a sus esposas, que se han quitado los velos. ¿Por qué no se enoja viéndolas salir a todas (de la ciudad)? Yo era su compañera de juegos, señor mío; anhelo tenerlo; ¿por qué no me consuela ni me da la bienvenida? Oh rey, maldecido por aquellas doncellas, no una sola, consagradas a sus esposos, piadosas y siempre ocupadas en servir a sus mayores, a quienes usted había dejado viudas, ha sido usted vencido por su enemigo. La maldición procedente de aquellas a quienes usted maltrató ha dado fruto. Oh rey, el dicho de que las lágrimas de las doncellas castas no caen en vano a la tierra se ha verificado (aquí) en verdad. Oh rey, habiendo conquistado los mundos con su poderío, ¿cómo pudo usted, siempre honrado por el rey, abrigar el vil deseo de robar mujeres? Alejando a Rama y a Lakshmana de la ermita por medio de un ciervo ilusorio, robó usted a la esposa de Rama. Recuerdo no haberle oído nunca lamentarse en la batalla. En verdad es nuestra desgracia y la señal de la muerte inminente (que usted hiciera esto), conocedor como es del pasado, el presente y el futuro. Lo que su hermano menor Vibhishana, pensando y suspirando, dijo al contemplar a la hija del rey de Mithila traída (a la ciudad de Lanka), ha resultado ahora verdad, oh usted, de largos brazos. Esta destrucción de los principales rakshasas ha procedido del desastre nacido de su ira y su lujuria. Por sus acciones (viciosas) se ha perdido toda nuestra buena fortuna, (y de ellas) ha procedido el gran desastre que extermina la raza. Y por usted todas las familias rakshasas han quedado privadas de sus señores. Usted, bien conocido por su fuerza y su hombría, no es digno de ser llorado por mí. A causa de mi naturaleza femenina, mi entendimiento está poseído por la pena. Llevando consigo sus acciones piadosas e inicuas, ha alcanzado usted su propio estado; yo solo me lamento por mí misma, que me he afligido por su destrucción. Oh de diez cuellos, usted no soportó las palabras de sus amigos y hermanos, que le dijeron aquellas palabras bienintencionadas por afecto. No obedeció las palabras pronunciadas por Vibhishana debida y suavemente, preñadas de sentido y de razones y que tendían a su bien. Enloquecido por su propio poderío, no escuchó las palabras de Maricha, de Kumbhakarna, ni las de mi padre, y este es el resultado de ello. Oh usted, semejante a las nubes rojas, oh usted, que viste ropa amarilla y excelente angada, extendiendo su persona en el suelo, ¿por qué está usted al cabo bañado en sangre? ¿Por qué no me da la bienvenida, como uno dormido, a mí, que estoy presa de pena? Soy la nieta del sumamente poderoso rakshasa Sumali, que nunca huye del campo de batalla: ¿por qué no me da la bienvenida? ¡Levántese! ¡Levántese! ¿Por qué yace tendido (en esta ocasión de) nueva derrota? Hoy los rayos del Sol han entrado sin miedo en la ciudad de Lanka. El parigha con el que, brillante como los rayos del Sol, afligía usted a los enemigos en el conflicto, que siempre fue adorado por usted como el rayo del que empuña el rayo, que mató a muchos en la batalla y que estaba adornado con redes de oro, yace ahora hecho mil pedazos por las flechas. ¿Por qué yace usted en el campo de batalla abrazándola como a su amada esposa? ¿Por qué no desea darme la bienvenida, como a una que no le es amada? ¡Maldición sobre este corazón mío, que no se parte en mil (pedazos), aunque afligido por la pena de su muerte!». Lamentándose así, ella, con abundantes lágrimas en los ojos y con el corazón rebosante de afecto, perdió el sentido. Y fuera de sí, se arrojó sobre el pecho de Ravana, como el brillante relámpago que aparece en las rojas nubes del crepúsculo. Con ello las otras esposas de Ravana, grandemente afligidas y llorando, levantándola a ella, que lloraba grandemente, comenzaron a consolarla, diciendo: «¿No sabe usted, oh venerable señora, que la vida de los seres es muy incierta y que con las circunstancias adversas aun la fortuna real se vuelve voluble?». Así interpelada, lloró de nuevo en voz alta, bañando en lágrimas su pecho y su hermoso semblante. Entretanto Rama dijo a Vibhishana: «Ejecuta las ceremonias funerarias de tu hermano y consuela a sus esposas». A lo cual el inteligente Vibhishana respondió con las siguientes palabras, señalando la riqueza y la piedad, y juzgando con su entendimiento lo que es debido: «No creo debido ejecutar la ceremonia de cremación de aquel que había renunciado a todas las acciones piadosas, era malvado, cruel, mentiroso y había violado a las esposas de otros. Es mi enemigo en forma de hermano, siempre ocupado en hacer daño a otros, y Ravana no es digno de mi adoración, aunque es adorable en virtud de ser mi hermano mayor. Oh Rama, quizá las gentes de esta tierra me llamen cruel, pero reconocerán de nuevo mi acto como bueno cuando oigan hablar de sus acciones viciosas». Oyendo aquellas palabras, Rama, el primero de los piadosos y conocedor del arte de la palabra, grandemente complacido, habló a Vibhishana, (igualmente) diestro en la palabra: «Me corresponde procurar tu bien, puesto que con tu ayuda he ganado la victoria. Oh señor de los rakshasas, en verdad debes oír mis palabras bienintencionadas. Aunque este vagabundo de la noche cometió muchas acciones viciosas e impías, aun así fue siempre poderoso, heroico y fuerte en la guerra. He oído que este Ravana de alma elevada, dotado de fuerza y terror de todas las gentes, no fue vencido (ni aun) por los celestiales encabezados por el de cien sacrificios. La enemistad se extiende hasta la muerte; así, pues, ha terminado; no hay necesidad (de prolongarla). Ejecuta (por tanto) su ceremonia de cremación; él es para ti lo que es para mí. Oh tú, de largos brazos, te corresponde ejecutar rápidamente, con los debidos ritos y ceremonias religiosas, su ceremonia funeraria; serás objeto de alabanza (para las gentes)». Oyendo las palabras de Raghava, Vibhishana se apresuró y comenzó a hacer los preparativos para la cremación de su hermano muerto, Ravana. Y entrando en la ciudad de Lanka, Vibhishana, el señor de los rakshasas, sacó rápidamente el agnihotra de Ravana, carros, utensilios de latón, fuego, (y trajo) yajakas, madera de sándalo, otras maderas, esencias, aguru, otras sustancias fragantes, piedras preciosas, perlas y corales. Con ello, llegando inmediatamente acompañado de rakshasas y de Malyavan, se ocupó en la ejecución de la ceremonia de cremación. Con ello los dos veces nacidos, con lágrimas en los ojos, cubrieron el cuerpo del rey rakshasa Ravana con un paño de seda y lo colocaron en una litera celestial de oro. Con el sonido de diversas trompetas comenzaron a cantar sus alabanzas. Y tomando esta litera, adornada con diversas pinturas encantadoras y banderas, y llevando leña, todos los rakshasas, encabezados por Vibhishana, se dirigieron hacia el Sur. Los brahmanes versados en el Yajur Veda, con fuego ardiente en las manos, avanzaban, seguidos por los servidores. Y las damas del serrallo seguían rápidamente, a saltos (por no estar acostumbradas a caminar). Y colocando a Ravana en el lugar de la cremación, ellos, grandemente presos de pena, prepararon la pira funeraria conforme a los debidos ritos con maderas de sándalo, padmakas, usiras y sándalo, y extendieron sobre ella una piel de antílope. (Luego) ejecutaron las excelentes exequias de los manes del señor de los rakshasas. Y levantando un altar en el rincón sudeste, colocaron el fuego en el lugar debido. Luego derramaron cuajada y manteca clarificada sobre los hombros (de Ravana). Y colocando el sakata sobre sus piernas, el ulukhala sobre sus muslos, y los utensilios de latón, los aranis y los musalas en sus lugares debidos, celebraron (las exequias de sus manes). Con ello, sacrificando bestias conforme a los ritos prescritos en los sastras y señalados por los grandes santos, los rakshasas (hicieron una cubierta empapada en su médula y en manteca clarificada) y la colocaron sobre el rostro del señor de los rakshasas. Y engalanando a Ravana con guirnaldas fragantes y diversas ropas, los amigos de Vibhishana, con el corazón abatido y lágrimas en los ojos, derramaron arroz seco (sobre su persona). Y Vibhishana, conforme a los debidos ritos, prendió fuego a su (pira funeraria). Bañándose y con la ropa mojada, ofreciendo debidamente linaza y hierba sacrificial mezcladas con agua, y consolando una y otra vez a las esposas (de Ravana), les rogó que volvieran. Ellas entonces entraron en la ciudad. Y habiendo entrado aquellas damas en la ciudad, Vibhishana, el señor de los rakshasas, acercándose a Rama, se quedó suavemente a su lado. Y Rama también, junto con su ejército, Sugriva y Lakshmana, se regocijó grandemente después de matar a su enemigo, como el que empuña el rayo después de matar (al demonio) Vritra. Con ello, dejando a un lado su arco con las flechas y la enorme armadura conferida por Mahendra, y renunciando a la ira tras la destrucción de su enemigo, Rama tomó un semblante apacible.

Section 113

Contemplando la destrucción de Ravana, los celestiales, los gandharvas y los danavas, subiendo a sus respectivos carros, se marcharon cantando este excelente tema. Y hablando de la temible destrucción de Ravana, del poderío de Raghava, de la excelente lucha de los monos, de los consejos de Sugriva, de la devoción y el poderío del hijo del dios del Viento y de Lakshmana, y de la devoción de Sita a su esposo, aquellos de alma elevada, regocijados, se retiraron a sus respectivas regiones. Y Raghava, de largos brazos, permitiendo al auriga llevarse de vuelta el carro celestial, brillante como el cielo, enviado por Indra, lo honró grandemente. Y mandado por Raghava, Matali, el auriga de Sakra, tomando el carro celestial, se elevó al firmamento. Y habiéndose elevado aquel auriga a la región celestial, Raghava, el primero de los guerreros de carro, grandemente regocijado, abrazó a Sugriva. Y abrazando a Sugriva, saludado con reverencia por Lakshmana y adorado por los monos, se retiró al campamento de sus soldados. Con ello Kakutstha habló a Lakshmana, el hijo de Sumitra, dotado de señales auspiciosas, que estaba cerca de él: «Oh apacible, lleva a la ciudad de Lanka a este Vibhishana, siempre consagrado y adicto a nosotros, y que nos ha hecho bien. Este es mi gran deseo: que pueda contemplar a Vibhishana, el hermano menor de Ravana, instalado en el trono de Lanka». Así interpelado por Raghava, de alma elevada, el hijo de Sumitra, diciendo: «Así sea», y grandemente regocijado, trajo un cántaro de oro. Y poniendo aquel cántaro en las manos del señor de los monos, aquel dotado de gran energía les ordenó traer agua del Océano. Y yendo rápidamente, aquellos excelentes monos volvieron con agua del océano. Y tomando aquel cántaro y colocándolo a él en un excelente asiento, Saumitri, con aquella agua, roció a Vibhishana como rey de Lanka en presencia de todos los rakshasas, por mandato de Rama. Y rociándolo (Lakshmana), rodeado de amigos, conforme a los ritos prescritos en los Vedas, todos los rakshasas consagrados a él, sus consejeros y los monos, alcanzando un deleite incomparable, cantaron la gloria de Rama. Y contemplando a Vibhishana, el señor de los rakshasas, instalado en la ciudad de Lanka, Raghava, junto con Lakshmana, alcanzó un exceso de deleite. Y consolando a sus súbditos, él fue adonde estaba Rama. Y los ciudadanos monos, regocijados, le trajeron cuajada, grano tostado, dulces, arroz tostado y flores. Y tomando todas aquellas cosas que indicaban lo auspicioso, él, irreprimible y dotado de energía, las otorgó a Raghava y a Lakshmana. Y contemplando a Vibhishana coronado de prosperidad y éxito, Rama las aceptó todas para su satisfacción. Con ello Rama habló al heroico mono Hanuman, semejante a una montaña, que estaba ante él humildemente con las manos juntas, diciendo: «Oh apacible, obteniendo el permiso del rey Vibhishana, entra en la ciudad de Lanka e infórmate del bienestar de Maithili. Comunícale, oh primero de los monos, la destrucción de Ravana en el conflicto, después de comunicarle mi salud así como la de Lakshmana y Sugriva. Oh señor de los monos, te corresponde volver con las nuevas de Vaidehi después de informarla de esta grata noticia».

Section 114

Así mandado, Hanuman, el hijo de Maruta, adorado por los vagabundos de la noche, entró en la ciudad de Lanka. Entrando en la ciudad con permiso de Vibhishana, Hanuman, de nuevo con permiso, entró en la Vrikshavatika. Y entrando allí debidamente, el mono, que ya era conocido de Sita, la divisó, con la persona sin asear, como Rohini oprimida por Rahu, sentada al pie de un árbol, privada de gozo y rodeada de demonias. Y acercándose a ella e inclinándose ante ella, se quedó allí humilde e inmóvil. Y contemplando al sumamente poderoso Hanuman llegado allí, la venerable señora permaneció en silencio un rato y luego, reconociéndolo, se regocijó grandemente. Y contemplando su semblante apacible, Hanuman, el mejor de los monos, comenzó a referirle lo que Rama había dicho: «Oh Vaidehi, todo va bien con Rama, Sugriva y Lakshmana. Él se ha informado del bienestar de usted. Ha cumplido su fin sometiendo a sus enemigos, y su enemigo ha muerto. Oh venerable señora, el poderoso Ravana ha sido muerto por Rama, ayudado por Vibhishana y acompañado por los monos y Lakshmana. Le refiero esta grata noticia, oh venerable señora; la deleito de nuevo; es por la gracia de usted, oh conocedora de la piedad, oh Sita, que se ha ganado la victoria. Consuélese y líbrese de su ansiedad. El enemigo Ravana ha sido muerto y la ciudad de Lanka ha sido sometida. (Rama dijo): “Para desbaratar a tu enemigo construí un puente sobre el mar, resuelto y sin dormir (durante días), y así se ha cumplido mi promesa. No tengas miedo por vivir en la morada de Ravana, pues he puesto en manos de Vibhishana la soberanía de Lanka. Consuélate pensando como si vivieras en tu propia casa. Para contemplarte, Vibhishana, regocijado, irá pronto”». Así interpelada, la venerable Sita, de semblante semejante a la luna y con la voz ahogada de gozo, no pudo pronunciar palabra alguna. Y contemplando a Sita incapaz de responder, el primero de los monos dijo: «¿En qué piensa usted, oh venerable señora? ¿Por qué no me da la bienvenida?». Así interpelada por Hanuman, Sita, que siempre seguía los senderos de la moralidad, grandemente regocijada, respondió con palabras ahogadas por las lágrimas: «Al oír esta grata noticia de la victoria de mi esposo, y sometida al dominio del gozo, me quedé sin habla un rato. Oh mono, no percibo cosa alguna que pueda otorgarte a cambio de esta grata noticia. No veo en esta tierra cosa alguna que pueda igualar tus gratas nuevas y otorgándotela a ti pudiera yo ser feliz. Plata, oro o diversas joyas, o el reino de los tres mundos: nada es digna recompensa de tu discurso». Así interpelado por Vaidehi, el mono respondió, juntando las manos con deleite y plantado ante Sita: «Oh doncella intachable, en verdad este excelente discurso es digno de usted, que siempre está ocupada en el bien de su esposo y siempre deseosa de su victoria. Considero, oh venerable señora, estas palabras suyas mucho más grandes que la riqueza, las joyas o aun la soberanía sobre los celestiales. En verdad he ganado el reino de los celestiales y otras cosas, puesto que he contemplado a Rama matar a su enemigo, victorioso y en paz». Oyendo aquellas palabras de (Hanuman), Maithili, la hija del rey Janaka, dijo al hijo del dios del Viento palabras mucho más excelentes: «Eres capaz de pronunciar palabras castas, gratas y significativas de ocho clases de conocimiento. Eres el hijo, digno de alabanza, del dios del Viento y grandemente virtuoso; la fuerza, el poderío, el heroísmo, el conocimiento de los Sastras, la nobleza de espíritu, la energía, el perdón, la paciencia, el aguante, la humildad y muchas otras excelentes cualidades te coronan». Con ello, sin envanecerse en lo más mínimo, él de nuevo, juntando humildemente las manos con deleite y plantado ante Sita, dijo: «Si usted me lo permite, podría matar a todas estas demonias que la torturaron antes, que la afligieron en el bosque de asoka, presa usted de pena por su señor, y que son crueles, de ojos torvos, y que cometen siempre acciones temibles. Oh venerable señora, he oído que estas demonias de torvo aspecto la afligieron grandemente con ásperas palabras por mandato de Ravana. Deseo matar a todas estas (demonias) temibles, retorcidas, feas, de ojos espantosos, infligiéndoles diversos castigos. Deseo matar a todas estas demonias que usaron palabras ásperas y siempre la ofendieron, golpeándolas con puños, dedos, brazos, terribles rodillas, dientes, cortándoles las orejas y las narices y tirándoles de los cabellos: concédame este permiso. Oh dama afamada, mataré por estos diversos medios a aquellas, temibles como son, por quienes usted fue afligida antes». Así interpelada por Hanuman, ella, siempre bondadosa con los pobres, pensando y meditando, le dijo: «Oh primero de los monos, ¿por qué te enojas con estas esclavas que, sujetas como están al mandato de su señor, han hecho esto conforme a la orden de otro? Por mi fortuna adversa y por las acciones viciosas cometidas en otro nacimiento me he visto sujeta a semejante trance y he sufrido sus consecuencias. No hables así, oh tú, de enormes brazos. Tal es el curso de la Fortuna. En verdad por mi mala suerte he encontrado (esta desgracia). Perdono, por compasión, a todas estas sirvientas de Ravana; me torturaban por mandato de aquel rakshasa. Y muerto él, ya no me reprimirán más, oh hijo del dios del Viento. Escucha, oh mono, un Sloka referido en un Purana y preñado de sentido religioso, que fue pronunciado por un jabalí a un tigre: “Nadie toma sobre sí la iniquidad de quien comete acciones viciosas. Por eso corresponde a los piadosos, coronados de excelente carácter, observar las reglas (de la piedad). Por eso es debido mostrar compasión aun con quienes cometen crímenes y merecen ser muertos. ¿Quién hay que no cometa un crimen? No es debido obrar cruelmente ni aun con quienes se deleitan en matar hombres, aunque cometan diversas acciones inicuas”». Así interpelado por Sita, Hanuman, diestro en la palabra, habló a la intachable esposa de Rama, diciendo: «Usted es la digna esposa de Rama, desposada religiosamente y coronada de muchas cualidades. Permítame, oh venerable señora, ir adonde está Raghava». Así interpelada por Hanuman, Vaidehi, la hija del rey Janaka, dijo: «Deseo ver a mi señor, siempre afecto a quienes le son devotos». Oyendo estas palabras, el de gran espíritu Hanuman, el hijo de Maruta, complaciendo a Maithili, dijo: «Contemplará usted a Rama, de semblante semejante a la luna llena, con Lakshmana, rodeado de sus amigos y con sus enemigos muertos, como Sachi contempla a Indra, el rey de los celestiales». Dirigiendo estas palabras a Sita, que parecía Sri misma, el sumamente refulgente Hanuman volvió adonde estaba Raghava. Con ello Hanuman, el primero de los monos, refirió debidamente a Raghava, semejante al señor de los celestiales, todo lo que la hija del rey Janaka había dicho.

Section 115

Con ello, inclinándose ante Rama, el primero de los arqueros, de ojos semejantes a pétalos de loto, el sumamente sabio mono dijo: «Le corresponde a usted ver ahora a Maithili, presa de pena, por quien emprendió usted todas estas obras, cuyo fruto se ha alcanzado ahora. Al oír de su victoria, Maithili, poseída por la pena y con los ojos llenos de lágrimas, expresó su deseo de verlo a usted. Y ella, confiada en su antigua confianza, con abundantes lágrimas en los ojos, me dijo: “Deseo ver a mi esposo”». Interpelado por Hanuman, Rama, el primero de los piadosos, bañado en lágrimas, se sumió al instante en meditación. Con ello, suspirando hondo y fijando la mirada en el suelo, habló a Vibhishana, semejante a las nubes, que estaba cerca de él: «Trae rápidamente aquí a Sita, la hija del rey de Mithila, bañada, ungida con pasta celestial y adornada con ornamentos celestiales». Así interpelado por Rama, Vibhishana se apresuró y, entrando en los aposentos interiores, envió aviso a Sita por medio de las servidoras. Y contemplando a la gran Sita, el apuesto señor de los rakshasas, Vibhishana, humildemente y poniendo las palmas juntas sobre su coronilla, dijo: «Oh Vaidehi, ¡que la fortuna le sea propicia!; ungida con pasta celestial y adornada con ornamentos celestiales, suba usted a este carro; su esposo desea verla». Así interpelada, Vaidehi respondió a Vibhishana: «Oh señor de los rakshasas, aun sin bañarme deseo ver a mi esposo». Oyendo aquellas palabras, Vibhishana respondió: «Le corresponde a usted hacer lo que su señor Rama ha dicho». A lo cual la casta Maithili, que tenía a su esposo por Dios y estaba llena de devoción a su esposo, respondió diciendo: «Así sea». Con ello, colocando a Sita, bañada, cumplidos los debidos ritos, vestida con ropas valiosas y adornada con ornamentos valiosos, en un palanquín llevado por muchos rakshasas capaces, (él) la trajo (ante Rama). Con ello, acercándose a Rama, de alma elevada, que, informado de (la llegada de Vibhishana), estaba ocupado en meditación, Vibhishana, inclinándose y regocijado, le comunicó la llegada de Sita. Y oyendo de la llegada de aquella que había vivido largo tiempo en la morada del rakshasa, Raghava, el matador de enemigos, llegó (a la vez) a la ira, al deleite y al abatimiento. Y considerando a Sita, que estaba en el palanquín, abrumada de pena, Raghava, regocijado, se dirigió a Vibhishana con las siguientes palabras: «Oh señor de los rakshasas, oh apacible (rey), oh tú, siempre ocupado en procurar mi éxito, trae rápidamente a Vaidehi más cerca de mí». Oyendo estas palabras de Raghava, Vibhishana, conocedor de la piedad, despejó rápidamente (aquel lugar de gente). Y servidores con armaduras y tocados puestos y con cañas y tambores en las manos comenzaron a moverse apartando de allí a la multitud. Y las multitudes de osos, monos y rakshasas, apartadas por todos lados, comenzaron a alejarse a distancia. Y al ser así apartados, se levantó allí un enorme ruido semejante al del océano agitado por el viento. Contemplando a los monos apartados por todos lados y turbados, Raghava, por ira y compasión, lo detuvo. Y con ello, como si abrasara (todas las cosas) con sus ojos airados, Rama se dirigió al sumamente inteligente Vibhishana con las siguientes palabras airadas: «¿Por qué me insultas atropellando a todos estos? Quítales su ansiedad: todos ellos son mi propia gente. Ni las casas, ni las ropas, ni los muros, ni recepciones como estas son los velos de las mujeres. No hay pecado en ver a las mujeres en peligro, en apuro, en la guerra, en el svayamvara, en el sacrificio y en el matrimonio. Ella está ahora en gran peligro y apuro; no hay pecado en verla, especialmente en mi presencia. Por tanto, dejando atrás el palanquín, que venga aquí a pie, y que los monos contemplen a Vaidehi en mi presencia». Así interpelado por Rama, Vibhishana, apenado, trajo humildemente a Sita junto a él. Con ello, oyendo los acentos de Rama, Lakshmana, Sugriva y el mono Hanuman se apenaron grandemente. Como si se ocultara en su propia persona por vergüenza, Maithili, siguiendo a Vibhishana, se acercó a su esposo. Y ella, de semblante apacible y que siempre tenía a su esposo por su dios, fijó la mirada en el rostro de su señor con sorpresa, gozo y amor. Y contemplando el semblante apacible de su queridísimo señor, semejante a la luna llena, se quitó la angustia de la mente. Con ello apareció (hermosa), con el semblante de la luna clara.

Section 116

Contemplando a Maithili, que estaba humildemente junto a él, Rama comenzó a dar salida a sus sentimientos contenidos: «Oh apacible, destruyendo a todos los enemigos en la arena de la batalla, he sometido a tu enemigo; he hecho todo lo que puede lograrse con la hombría. He llegado al otro extremo de mi ira, he borrado (el insulto) de que mi esposa fuera arrebatada por el enemigo y he matado a la vez a mi deshonra y a mi enemigo. Mi hombría se ha desplegado hoy, mi trabajo ha sido coronado por el éxito y hoy he cumplido mi promesa por mi propio poderío. Aquella desgracia accidental, bajo cuyo influjo fuiste arrebatada en mi ausencia por el rakshasa de mente voluble, ha sido sometida hoy por mí, un hombre. ¿De qué sirve la hombría de aquel que, cuando es insultado, no puede borrarlo? Aunque sea un gran hombre, puede llamársele vil. Las obras dignas de alabanza de Hanuman, el cruce del abismo y la devastación de Lanka, han sido coronadas hoy por el éxito. El trabajo de Sugriva con su ejército, que desplegó valor en el encuentro y me dio buenos consejos, ha dado fruto hoy. Hoy también ha dado fruto el trabajo de Vibhishana, que, renunciando a su hermano, privado de toda buena cualidad, vino a mi lado». Oyendo aquellas palabras de Rama, Sita comenzó a mirar anhelante como una cierva, con los ojos llenos de lágrimas. Y contemplando a su amada esposa cerca de él, y temeroso de la ignominia popular, su corazón se partió en dos. Con ello habló a la exquisitamente hermosa Sita, de ojos semejantes a pétalos de loto y cabellos negros y rizados, en medio de los monos y los rakshasas, diciendo: «Así como la región del sur, inaccesible a las gentes, fue conquistada por el gran asceta Agastya, dueño de sí, así, por ti, matando a Ravana, yo, (siempre) ansioso de honra, he borrado mi insulto, como es deber de un hombre. ¡Que la fortuna te sea propicia! Sabe que todo mi trabajo en el campo de batalla, respaldado por el poderío de mis amigos, es por ti. Para sostener la dignidad de mi bien conocida familia, para quitar la ignominia consiguiente a tu rapto, así como para borrar mi propio insulto, he llevado a cabo esto. He sospechado de tu carácter; tú, (por tanto), estando ante mí, me afliges como una lámpara ante uno que padece una enfermedad de los ojos. Ve, pues, hija del rey Janaka, adonde quieras, a cualquiera de estos diez cuartos. Te doy permiso, oh apacible. Nada tengo que ver contigo. ¿Qué hombre poderoso, nacido de alta familia, recibiría de nuevo, considerándola su amiga, por lujuria, a su esposa, que ha vivido largo tiempo en casa de otro? Fuiste tomada por Ravana en su regazo, contemplada por él con ojos pecaminosos; ¿cómo puedo yo, recibiéndote de nuevo, traer deshonra sobre mi gran familia? El objeto con el que te he recobrado se ha cumplido. No tengo apego por ti; ve adonde desees, apacible. Te digo esto impulsado por mi sentido del deber. Si lo deseas, puedes vivir con Lakshmana, Bharata o Satrughna, o con Sugriva o con el rakshasa Vibhishana. Establécete, oh Sita, donde halles tu propio placer. Oh Sita, (no creo que) Ravana te haya pasado por alto, a ti, que viviste en su casa, contemplándote tan elegante y hermosa». Con ello, oyendo aquellas palabras desagradables de su amado (esposo), Sita, siempre delicada y que nunca había oído palabras tan desagradables, temblando como una enredadera desgarrada por la trompa de un elefante, comenzó a llorar derramando abundantes lágrimas.

Section 117

Así interpelada por el enfurecido Raghava con aquellas ásperas palabras, Sita se dolió grandemente. Y oyendo aquellas palabras de su señor, nunca oídas antes, ante la gran asamblea, Maithili quedó grandemente humillada de vergüenza. Como si entrara en su propia persona (de vergüenza) y grandemente dolida por estas palabras semejantes a flechas, la hija del rey Janaka comenzó a derramar lágrimas. Con ello, enjugándose las lágrimas del semblante, ella, con palabras afligidas, se dirigió a su esposo: «¿Por qué, oh héroe, como un hombre común que se dirige a una mujer ordinaria, me hace oír usted estas palabras ásperas e indignas, dolorosas para los oídos? Oh usted, de largos brazos, no soy lo que usted ha creído. Créame: lo juro por mi propio carácter. Viendo a las mujeres ordinarias, desconfía usted de todo el sexo. Deseche esta sospecha, puesto que usted me ha probado. Oh señor, aunque mi persona fue tocada por otro, no estaba en mi poder; ni fue un acto voluntario (mío); el azar tiene la culpa de esto. Mi corazón está bajo mi dominio, y ese está en usted; ¿y qué podía hacer yo con mi cuerpo, que estaba sujeto a otro y del que no era dueña? Oh usted, otorgador de honra, nuestro afecto mutuo se acrecentó con nuestra convivencia continua durante largo tiempo; si aun así no ha podido usted comprenderme, estoy perdida para siempre. Oh rey, cuando el gran héroe Hanuman fue enviado por usted a Lanka a verme, ¿por qué no me repudió entonces? Si hubiera enviado al mono con ese mensaje, yo habría renunciado a la vida allí mismo, oh héroe. No se habría visto usted obligado a soportar esta fatiga con riesgo de su propia vida y dando molestias innecesarias a sus amigos. Oh primero de los reyes, sujeto a la ira, no percibe usted en mí sino la condición de mujer, como un hombre ordinario. Aunque se sabe que tengo padre, en realidad nací de la tierra. No honra usted suficientemente mi carácter, oh usted, conocedor de los caracteres. Su matrimonio conmigo en la niñez quedará desmentido, y no considera usted suficientemente toda mi devoción y buena conducta para con usted». Diciendo esto, con acentos ahogados por las lágrimas y llorando, Sita habló a Lakshmana, que estaba abatido y sumido en meditación: «Hazme una pira funeraria, oh Saumitri; ese es el único remedio para este desastre. Marcada así con un estigma infundado, no quiero conservar la vida. Para tomar el camino debido para mí, que he sido repudiada ante esta asamblea por mi esposo desafecto, entraré en ella». Así interpelado por Vaidehi, Lakshmana, el matador de enemigos, poseído por la ira, miró hacia Raghava. Y comprendiendo por los gestos la intención de Rama, y por su mandato, el poderoso Saumitri preparó una pira funeraria. Nadie se atrevió allí a rogar, a hablar ni aun a mirar a Rama, semejante a la Muerte a la hora de la disolución. Con ello, rodeando con reverencia a Rama, que estaba con la cabeza baja, Vaidehi se acercó al fuego ardiente. E inclinándose ante los celestiales y los brahmanes, Maithili, con las manos juntas, habló ante el fuego: «Así como mi corazón nunca se ha apartado de Raghava, protégeme tú, oh fuego, testigo de las gentes. Así como Raghava me considera vil, a mí, que tengo un carácter puro, que el fuego, testigo de las gentes, me proteja por todos lados». Diciendo esto y rodeando el fuego, Vaidehi, con corazón impávido, entró en el fuego llameante. La gran asamblea allí presente, jóvenes y viejos, abrumada de pena, vio a Maithili entrar en el fuego llameante. Y (Sita), semejante al oro ardiente, entró en el fuego llameante en presencia de todas las gentes. Todos contemplaron a Sita, de ojos espaciosos, entrar en el fuego como un altar de oro. Los ascetas, los celestiales y los gandharvas vieron a aquella gran dama entrar en el fuego como una oblación plena en el sacrificio. Y contemplándola caída en el fuego como la Vasudhara santificada por los mantras en un sacrificio, todas las mujeres comenzaron a llorar. Y los tres mundos, los celestiales, los gandharvas y los danavas, la vieron caída como un celestial que cae del cielo por una maldición. Habiendo entrado ella en el fuego, se alzaron por todos lados lamentaciones, nunca oídas antes, de los rakshasas y los monos.

Section 118

Oyendo las lamentaciones (de los rakshasas y los monos), Rama, de alma virtuosa, con el corazón abatido y los ojos llenos de lágrimas, se sumió en meditación por algún tiempo. Con ello el rey Vaisravana, Yama con sus progenitores, el de mil ojos, señor de los celestiales, Varuna, el señor de las aguas, el apuesto Mahadeva de tres ojos, el jinete del toro, Brahma, el creador del mundo y el primero de los conocedores del saber de Brahma, todos estos, llegando a la ciudad de Lanka en sus carros brillantes como los rayos del sol, se acercaron a Raghava. Con ello, alzando sus enormes manos, engalanadas con diversos ornamentos, y juntándolas, aquellos primeros de los celestiales dijeron a Raghava: «Oh señor, usted es el preservador de todos los mundos y el primero de los sabios; ¿por qué descuida a Sita, que entra en el fuego? ¿Por qué no se reconoce a sí mismo como el primero de los celestiales? Usted fue antes el Patriarca de todos los vasus, con el nombre de Kratadhama. Y usted mismo es, oh señor, el creador de los tres mundos. Usted es el octavo de los rudras y el quinto de los sadhyas; los Asvins son sus dos oídos y el sol y la luna son sus ojos. Oh matador de enemigos, usted aparece al principio y al fin de la creación. ¿Por qué descuida a Vaidehi como un hombre ordinario?». Así interpelado por las deidades que presiden los cuartos, Raghava, el señor de las gentes y el primero de los piadosos, habló a aquellos principales celestiales, diciendo: «Me conozco como un hombre, Rama, el hijo de Dasaratha. Que el gran Abuelo me diga quién soy y de dónde he venido». Con ello Brahma, el primero de los conocedores del saber de Brahma, habló a Kakutstha, que así había hablado, diciendo: «Escuche usted mis palabras verdaderas, oh usted, cuyo poder es la verdad. Oh señor, usted es el grande y refulgente Narayana, que lleva disco y maza; usted es el jabalí de un solo colmillo; usted ha conquistado el pasado, el presente y el futuro; usted es imperecedero y sin fin, oh Raghava; usted es la gran virtud de los piadosos; usted es el que propone todas las leyes y es de cuatro brazos; usted es el que sostiene el arco del tiempo, el sometedor de los sentidos, el excelente Purusha (persona), invencible por los pecados; usted es Vishnu, que lleva la daga, Krishna, y de fuerza incomparable; usted es el ejército, el ministro, el universo, el entendimiento, el perdón y el dominio de las pasiones; usted es la creación y la destrucción; Upendra y el matador del (demonio) Madhu; usted es el creador de Indra; usted es Mahendra; usted tiene un ombligo semejante al loto y es el matador de los enemigos. Los celestiales y los grandes santos lo llaman el refugio de los que buscan amparo. Usted es el primero de los Vedas, con sus mil ramas y cien preceptos. Usted mismo es el creador de los tres mundos, oh señor. Usted es el refugio de los siddhas y los sadhyas; usted es el Purvaja, el sacrificio, el Vashatkar, el Om y el Paratpara. Nadie conoce su nacimiento ni su destrucción; usted está manifiesto en todas las criaturas, en las vacas y los brahmanes, en todos los cuartos, en el cielo, en la montaña y en el río. Usted está dotado de mil pies, mil cabezas y mil ojos. Usted sostiene a todas las criaturas, la tierra y todas las montañas. Usted aparece como la gran serpiente en el agua debajo de la tierra. Oh Rama, usted sostiene tres creaciones: los celestiales, los gandharvas y los danavas. Oh Rama, yo soy su corazón, la venerable Sarasvati (diosa del saber) es su lengua, y todos los demás celestiales, señor, creados por Brahma, son su vello. El cerrar de sus ojos es la noche y su abrir es el día. Los Vedas son significativos de su deseo y del dominio de este; nadie tiene existencia independiente sino usted. El universo entero es su cuerpo, la tierra es su paciencia, el fuego es su ira; el sol y la luna son su deleite; usted tiene el Srivatsa (un peculiar rizo de cabello); usted pisó antes los tres mundos con sus tres pasos; usted hizo atar al temible Bali e hizo rey a Mahendra; Sita es Lakshmi, y usted es Krishna y Vishnu, el Preservador de las gentes. Para la destrucción de Ravana ha tomado usted la forma humana. Ha cumplido usted aquella obra nuestra, oh usted, el primero de los piadosos. Oh Rama, Ravana ha sido muerto. Suba usted al cielo regocijado. Segura es su energía divina y nunca es vano su poderío. Oh Rama, nunca es estéril su vista ni el canto de su gloria. Y siempre tendrán éxito en la tierra estas personas que le sean devotas. Los que le sean devotos a usted, uno con el Purana y el excelente Purusha, alcanzarán todos sus deseos en este mundo y en el otro. Nunca dejarán de tener éxito en este mundo y en el otro las personas que canten este tema, excelente, lleno del saber de Brahma y que describe la antigua historia».

Section 119

Oyendo aquellas excelentes palabras pronunciadas por el gran Abuelo, se levantó Vibhavasu con Vaidehi en su regazo, sacudiendo la pira funeraria. Con la hija del rey Janaka, el receptor de las ofrendas sacrificiales, encarnado, se levantó. Y llevando en su regazo a Vaidehi, que vestía un paño rojo, semejante al sol recién salido, adornada con ornamentos de oro ardiente, de cabellos negros y rizados y engalanada con ropas frescas, Vibhavasu la entregó a Rama. Con ello la Deidad del Fuego, el testigo de las gentes, habló a Rama, diciendo: «Oh Rama, aquí está su Vaidehi; ningún pecado la ha visitado. Ni de palabra, ni de mente, ni de entendimiento, ni con los ojos, se ha desviado ella, bondadosa y hermosa, de usted, que tiene buen carácter y es heroico. Estaba en el bosque solitario, separada de usted, desvalida y sin dominio sobre sí misma, y por eso fue arrebatada por el rakshasa Ravana, que tenía en sí poderío bastante. Aunque encerrada en los aposentos interiores, bien protegida y custodiada por las temibles demonias, tuvo siempre su mente en usted y le fue devota. Aunque tentada de muchas maneras y reconvenida, no pensó en aquel rakshasa en lo íntimo de su mente. Su corazón es puro y no está mancillada por el pecado; reciba usted, pues, de nuevo a Maithili. No diga otra cosa: yo se lo mando». Con ello, oyendo aquellas palabras, Rama, de alma virtuosa, el primero de los diestros en la palabra, con los ojos agitados de deleite, meditó un rato. Así interpelado, el sumamente refulgente e inteligente Rama, de poderío no mitigado, el primero de los piadosos, habló a aquel mejor de los celestiales, diciendo: «La hermosa (Sita) vivió largo tiempo en los aposentos interiores de Ravana; por eso necesita esta purificación en presencia de todas las gentes. Si yo recibiera a la hija de Janaka sin purificarla, las gentes dirían que Rama, el hijo del rey Dasaratha, es lujurioso e ignorante de la moralidad de las gentes. Sé muy bien que Maithili, la hija del rey Janaka, tiene la mente consagrada a mí y no la ha entregado a nadie (más). Así como el océano no puede ir más allá de sus orillas, así Ravana no pudo acercarse a ella, de ojos espaciosos, protegida en virtud de su propia castidad. El de alma sumamente viciosa no pudo ni aun con la mente alcanzar a Maithili, que estaba fuera de su alcance como la llama ardiente del fuego. Su mente no podía ser movida, aunque vivió en los aposentos interiores de Ravana; ella no pertenece a nadie más; Sita es mía como los rayos pertenecen al Sol. Maithili, la hija de Janaka, ha sido purificada ante los tres mundos; así pues, soy incapaz de repudiarla, como una persona dueña de sí no puede abandonar su (propia) reputación. Me corresponde cumplir las bienintencionadas palabras de todos ustedes, los señores de las gentes, que las han dicho por afecto». Diciendo esto, el victorioso, sumamente poderoso y bien renombrado Raghava, digno de gozar de la felicidad y cuyas alabanzas se cantaban a consecuencia de su noble acción, recobrando a su esposa, alcanzó la felicidad.

Section 120

Oyendo aquellas excelentes palabras pronunciadas por Raghava, Mahesvara (Siva) dijo palabras mucho más importantes: «Oh usted, de ojos de loto, oh usted, de enormes brazos y pecho espacioso, oh usted, matador de enemigos, oh usted, el primero de los piadosos: es buena fortuna que esto haya sido hecho por usted. Es por buena fortuna, oh Rama, que la temible y creciente oscuridad, el miedo de todas las gentes, Ravana, ha sido quitada por usted en el encuentro. Consolando al afligido Bharata y a la afamada Kausalya, contemplando a Kaikeyi y a Sumitra, la madre de Lakshmana, obteniendo el reino de Ayodhya, complaciendo a todos sus amigos, estableciendo el prestigio de su familia, usted, de gran fuerza, ejecutando sacrificios del caballo, alcanzando buena fama y otorgando riquezas a los brahmanes, retírese al cielo. Este rey Dasaratha, situado en el carro, es su padre. Él fue su mayor en esta tierra, oh Kakutstha. Habiéndolo obtenido a usted por hijo, aquel apuesto (rey) se ha retirado a la región de Indra. Inclínese ante él con su hermano Lakshmana». Oyendo las palabras de Mahadeva, Raghava, junto con Lakshmana, se inclinó ante su padre, que estaba sentado en lo alto del carro. Él, con Lakshmana, contempló a su padre, que brillaba con su propia refulgencia y vestía un paño inmaculado. Con ello, contemplando a su hijo, más querido para él que la vida, alcanzando gran deleite (a consecuencia de ello), poniéndolo en su regazo y abrazándolo con sus brazos, el gran rey Dasaratha, de largos brazos y sentado en un excelente asiento en el carro, dijo: «Estoy ahora en el cielo y soy igual a los celestiales, pero sin ti, oh Rama, no me agrada; esto es verdad; lo juro por ti. Oh tú, el primero de los diestros en la palabra, tengo todavía en la mente las palabras que pronunció Kaikeyi para enviarte a los bosques. Contemplándote sano y salvo y abrazándote con Lakshmana, estoy ahora libre de pena, como el sol libre de brumas. He sido emancipado, oh hijo mío, por medio de ti, hijo bueno y de alma elevada, como el virtuoso brahmán Kapala lo fue por Ashtavakra. Oh apacible, he oído de los celestiales (que tú eres) el excelente Purusha bajo el disfraz (de un hombre) para la destrucción de Ravana. Dichosa es Kausalya, oh Rama, que se regocijará grandemente al contemplarte, a ti, el matador de enemigos, vuelto a casa desde el bosque. Dichosos son aquellos hombres, oh Rama, que te contemplarán instalado en la ciudad como rey del mundo. Deseo contemplarte reconciliado con Bharata, devoto, poderoso, puro y que cumple las prácticas piadosas. Oh apacible, has pasado catorce años en el bosque con Sita y Lakshmana. El plazo de tu destierro ha terminado; tu promesa se ha cumplido; y matando a Ravana en el conflicto has complacido a los celestiales. Has ejecutado una poderosa hazaña y alcanzado una fama excelente, oh matador de enemigos; y puesto al frente de tu reino, alcanza con tus hermanos una larga vida». Hablando así el rey, Rama le habló con las manos juntas, diciendo: «Oh usted, conocedor de la piedad, quede usted propiciado con Bharata y Kaikeyi. Usted maldijo a Kaikeyi, diciendo: “Te repudio con tu hijo”; que aquella temible maldición no la visite a ella ni a su hijo». Diciendo «Así sea» a Rama, que tenía las manos juntas, y abrazando a Lakshmana, el gran rey le dijo: «Oh tú, conocedor de la piedad y famoso en esta tierra, alcanzarás el cielo y un estado excelente allí. Oh tú, acrecentador del gozo de Sumitra, sirve a Rama; ¡que la fortuna te sea propicia!; Rama está siempre ocupado en el bien de todos los seres. Todos estos celestiales encabezados por Indra, los siddhas y los grandes santos, inclinándose ante este excelente Purusha de alma elevada, lo adoran. Rama, el sometedor de enemigos, es la indescriptible e imperecedera letra Brahma, que ha sido descrita (en los Vedas) como el corazón y el secreto de los celestiales. Por servirlo junto con Sita, la hija del rey de Videha, has alcanzado la piedad y una fama excelente». Habiéndose dirigido así a Lakshmana, el rey habló a su nuera, que estaba ante él con las manos juntas, diciendo: «No te corresponde, oh Vaidehi, enojarte (con Rama) por haberte repudiado; esto lo hizo él para purificarte, deseando siempre tu bien. Lo que has hecho, oh hija, para establecer la pureza de tu carácter, es difícil de hacer. Lo que has hecho glorificará a todas las demás mujeres. Aunque no hay necesidad de darte instrucción alguna respecto de tu deber hacia tu esposo, aun así debo decir que él es tu gran dios». Habiendo instruido así a sus dos hijos y a Sita, se retiró en su carro a la región de Indra. Habiendo aconsejado a sus dos hijos junto con Sita, subiendo al carro y brillando con su refulgencia, aquel excelente rey, grandemente regocijado, se retiró a la región del rey de los celestiales.

Section 121

Habiéndose retirado Dasaratha, Mahendra, grandemente regocijado, habló a Raghava, que estaba allí con las manos juntas, diciendo: «Oh Rama, oh primero de los hombres, esta presencia nuestra aquí no debe ser estéril; estamos complacidos; pida usted lo que desee». Así interpelado por Mahendra, de alma elevada, Raghava, regocijado, habló con corazón complacido: «Oh señor de los celestiales, oh usted, el primero de los diestros en la palabra, si está usted propiciado conmigo, pediré (el objeto de mi deseo); concédamelo usted. Que todos estos sumamente poderosos monos que han sido enviados a la morada de la Muerte por mi causa, recobrando la vida, se levanten. Oh usted, otorgador de honra, deseo ver regocijados a todos aquellos monos que fueron separados de sus esposas e hijos por mi causa. Oh Purandara, reanime usted a todos estos heroicos y poderosos (monos) que no hicieron caso de la muerte, que trabajaron duramente y se afligieron (por mí). Que todos aquellos que siempre me fueron devotos y no hicieron caso (aun) de la muerte recobren la vida por favor de usted: este es el don que pido. Oh otorgador de honra, deseo ver a todos estos monos, golangulas y osos, pálidos y heridos, ilesos y dotados de fuerza y poderío como antes. Que haya flores, frutos y raíces, aun fuera de estación, dondequiera que vivan estos monos, y que los ríos estén allí llenos de agua clara». Oyendo aquellas palabras de Raghava, de alma elevada, Mahendra respondió con palabras llenas de deleite: «Oh muchacho mío, oh primero de los Raghus, poderoso es el don que ha pedido usted; mis palabras nunca serán falseadas; así pues, que se cumplan. Que se levanten todos aquellos osos y golangulas que fueron muertos en el conflicto por los rakshasas y tuvieron cortadas las cabezas y los brazos. Que los monos, dotados de su prístina fuerza y poderío, se levanten ilesos y sanos, como tras el fin del sueño. Y reunidos con sus amigos, parientes y deudos, que alcancen un gozo excelente. Oh usted, que empuña un enorme arco, todos los árboles se llenarán de flores y frutos y todos los ríos se llenarán de agua aun fuera de estación (dondequiera que ellos vivan)». Con ello todos aquellos principales monos, que habían tenido las personas heridas pero ahora curadas, se levantaron como los que estaban dormidos. Y todos aquellos monos se maravillaron grandemente, diciendo: «¿Qué es esto?». Y contemplando a Kakutstha, que había cumplido su fin, y elogiando a Rama y a Lakshmana, todos los celestiales, grandemente regocijados, dijeron: «Vaya usted, oh rey, a Ayodhya; despida a todos los monos; consuele a la afamada Maithili, siempre consagrada a usted; contemple a su hermano Bharata, que observa votos ascéticos a consecuencia de su pena por usted, y al Satrughna de alma elevada y a todas sus madres, oh matador de enemigos. E instalado en el trono, procure el gozo de todos los ciudadanos». Habiéndose dirigido así a Rama junto con Lakshmana, el de mil ojos, regocijado, se marchó junto con los celestiales en sus carros semejantes al Sol (en brillo). Y saludando a todos los celestiales, Kakutstha, con su hermano Lakshmana, ordenó el acampamiento del ejército. Con ello aquel famoso y bien complacido enorme ejército de los monos, protegido por Rama y Lakshmana, apareció resplandeciente por todos lados, como una noche embellecida por los rayos de la Luna.

Section 122

Habiendo pasado Rama felizmente aquella noche y levantándose a la mañana siguiente, Vibhishana, cantando su victoria, habló a aquel matador de enemigos, con las manos juntas, diciendo: «Aquí hay diversos artículos para el baño, pastas, ropas, ornamentos, sándalo y diversas guirnaldas excelentes. Y aquí están presentes mujeres de ojos semejantes a lotos y versadas en el arte de engalanar. Que cumplan su oficio, oh Raghava». Así interpelado, Kakutstha respondió a Vibhishana, diciendo: «Invita a bañarse a todos estos monos encabezados por Sugriva. El virtuoso Bharata, de enormes brazos y siempre acostumbrado a las comodidades, está grandemente afligido por mi causa. Sin Bharata, el hijo de Kaikeyi, que siempre cumple ritos piadosos, no estimo el baño ni estas ropas y ornamentos. Arréglalo de modo que podamos ir rápidamente a la ciudad de Ayodhya. Pues difícil es el camino que lleva a Ayodhya». Así interpelado, Vibhishana respondió a Kakutstha: «Oh hijo del señor de la tierra, ¡que la fortuna le sea propicia!; pronto lo llevaré a esa ciudad. El carro Pushpaka, semejante al Sol, que pertenecía a mi hermano Kubera, fue traído por el poderoso Ravana. Oh usted, de poderío sin igual, aquel celestial y excelente carro, que va a todas partes a voluntad, está listo para usted desde la destrucción de Ravana en la batalla. Y aquel carro semejante a la nube está en la ciudad de Lanka; en él, libre de su ansiedad, irá usted a Ayodhya. Si soy digno de ser favorecido por usted, si recuerda algún mérito mío, si tiene alguna amistad por mí, espere usted aquí, oh sabio, con su hermano Lakshmana y su esposa Vaidehi, hasta que yo cumpla todos mis deseos adorándolo. Y entonces irá usted (a Ayodhya), oh Rama. Lo adoraré con gran deleite, y usted, oh Rama, con sus amigos y su ejército, acepte esa adoración. Oh Rama, por amor, honra y sentimiento fraternal, le pido su permiso. Soy un servidor; no puedo darle órdenes». Así interpelado, Rama respondió a Vibhishana en presencia de todos los rakshasas y monos, diciendo: «He sido adorado por ti, oh héroe, con tus excelentes consejos, con tus ardientes esfuerzos y con tu gran amistad. No pienses, oh señor de los rakshasas, que no accedo a tu petición; mi corazón me apremia a contemplar a mi hermano Bharata, que, para llevarme de vuelta, vino al monte Chitrakuta, que depuso su corona a mis pies y cuyas palabras no cumplí. (Estoy ansioso de ver) a Kausalya, a Sumitra, a Kaikeyi, con mis amigos, ciudadanos y aldeanos. Considérame, oh Vibhishana, oh apacible, como adorado. Oh amigo, no te enojes; te lo ruego. Trae rápidamente el carro para mí, oh señor de los rakshasas; mi obra está hecha; ¿cómo puedo desear vivir aquí largo tiempo?». Así interpelado por Rama, Vibhishana, el señor de los rakshasas, trajo rápidamente el carro semejante al Sol.

Con ello llegó allí el carro, adornado por todas partes con pinturas de oro, con altares engastados de joyas vaidurya, provisto de aposentos altos, plateado por todas partes, adornado con banderas y astas blancas, embellecido con lotos dorados, adornado con casas de oro, cubierto con una red de cintas, con ventanas hechas de perlas y gemas, ceñido por todos lados con una red de campanas que daban un sonido melodioso, semejante a la cumbre del monte Meru, construido por Visvakarma (el arquitecto de los celestiales), adornado con enormes aposentos embellecidos con plata y perlas, con la base engastada de cristal, que contenía excelentes asientos hechos de vaidurya, abundante en valiosas colchas e inmensa riqueza, imposible de quebrar y que surcaba los aires a voluntad. Y comunicando a Rama (la llegada de aquel carro), Vibhishana aguardó allí. Contemplando aquel carro florido, que surcaba los aires a voluntad y semejante a una enorme montaña, Rama, de espíritu generoso, junto con Saumitri, llegó a un exceso de asombro.

Section 123

Habiendo traído aquel carro Pushpaka, adornado de flores, y habiéndose situado a cierta distancia, Vibhishana, el señor de los rakshasas, apremiado a darse prisa, humildemente y con las manos juntas, habló a Rama, diciendo: «¿Qué haré, oh Raghava?». Oyendo aquellas palabras, el sumamente poderoso Raghava, en presencia de Lakshmana, dio salida por afecto a los siguientes acentos: «Todos estos monos y osos han procurado el cumplimiento de mi obra con gran cuidado. Satisfácelos, oh Vibhishana, con diversas joyas y riquezas. Con ellos y contigo conquisté la ciudad de Lanka, señor de los rakshasas. Todos ellos lucharon con corazón regocijado, habiendo renunciado a todo miedo por la vida, y nunca se apartaron del campo de batalla. Con un don de riquezas y joyas, recompensa la obra de estos monos y osos que procuraron el cumplimiento (de mi fin). Honrados y regocijados por ti, agradecidos, todos estos principales monos se retirarán (a sus respectivas regiones). (Si se te encuentra) generoso en los sacrificios, dueño de ti, compasivo y (justo) recaudador de las rentas, todos te tendrán apego. Por eso te hablo (así). Oh señor de los hombres, los soldados, disgustados, abandonan al rey que carece de todas las prendas reales y que en vano hace matar a los soldados en el conflicto». Así interpelado por Rama, Vibhishana, con una distribución de joyas y riquezas, honró a todos aquellos monos. Y contemplando a todos aquellos principales monos honrados con joyas y riquezas, Rama subió a aquel excelente carro, tomando en su regazo a la ruborosa y noble Vaidehi, y acompañado por su poderoso hermano Lakshmana, diestro arquero. Y situado en el carro, Kakutstha, honrando a todos los monos, al sumamente poderoso Sugriva y a Vibhishana, dijo: «Oh primeros de los monos, ustedes han prestado un servicio de amigos; yo lo he apreciado; retírense a las regiones que deseen. Oh Sugriva, tú, siempre temeroso de la impiedad, has hecho todo lo que debe hacer un amigo amante y que desea el bien. Rodeado de tu ejército, dirígete hacia Kishkindha. Tú, oh Vibhishana, vive en tu reino, Lanka, que yo te he conferido. Ni aun los celestiales encabezados por Indra podrán asaltarte. Deseo volver a Ayodhya, la capital del (reino) de mi padre. Deseo obtener el permiso de ustedes (y para esto) los he invitado a todos». Así interpelados por Rama, todos los principales monos y osos, así como el rakshasa Vibhishana, dijeron con las manos juntas: «Deseamos ir todos a Ayodhya. Llévenos usted. Recorreremos con deleite los bosques y jardines. Contemplándolo instalado e inclinándonos ante Kausalya, volveremos pronto a nuestras respectivas casas, oh primero de los reyes». Así interpelado por los monos con Vibhishana, Rama, de alma virtuosa, les habló a ellos, a Sugriva y a Vibhishana, diciendo: «Algo más querido que lo querido alcanzaré si, volviendo a mi ciudad junto con todos ustedes, gozo de la compañía de todos mis amigos y parientes. Oh Sugriva, sube pronto al carro junto con los monos. Sube tú también, oh Vibhishana, señor de los rakshasas, con todos tus cortesanos». Con ello subieron a aquel carro celestial Pushpaka Sugriva, grandemente regocijado, con los monos, y Vibhishana con sus cortesanos. Y habiendo subido todos ellos, el excelente carro de Kubera, por mandato de Raghava, se elevó al firmamento. Y en aquel carro que surcaba los aires a voluntad, tirado por refulgentes ánsares, Rama, grandemente regocijado, parecía Kubera (mismo). Y todos los monos, los osos y los sumamente poderosos rakshasas se sentaron en aquel carro celestial sin estorbo y a su placer.

Section 124

Mandado por Rama, aquel excelente carro, tirado por ánsares, se elevó con un enorme ruido a lo alto del firmamento. Y dirigiendo sus miradas por todos lados, Rama, el descendiente de los Raghus, habló a Sita, la hija del rey de Mithila, de semblante semejante a la luna, diciendo: «Oh Vaidehi, contempla Lanka, situada en la cumbre del monte Chitrakuta, semejante a la del Kailasa y construida por Visvakarma. Y contempla, oh Sita, aquella enorme arena de batalla, bañada en la sangre y la carne de los monos y los rakshasas. Contempla, oh tú, de ojos espaciosos, a Ravana, el señor de los rakshasas, represor de las gentes, que había obtenido un don, tendido allí, muerto por mí por tu causa. Allí fue muerto Kumbhakarna; el vagabundo de la noche Prahasta, asimismo, y Dhumraksha fueron muertos por el mono Hanuman. Vidyunmali fue muerto allí por el de alma elevada Sushena; e Indrajit, el hijo de Ravana, fue muerto allí en el encuentro por Lakshmana. El rakshasa llamado Vikata fue muerto allí por Angada, y Virupaksha, difícil de mirar, y Mahaparsva y Mahodara. Y el poderoso Akampana fue muerto (allí), y todos los demás rakshasas: Trisiras, Atikaya, Devantaka y Narantaka; y los dos principales y poderosos rakshasas, locos por el conflicto, los hijos de Kumbhakarna, Nikumbha y Kumbha; Vajradanshtra, Danshtra y muchos otros rakshasas fueron muertos, y el irreprimible Makaraksha fue muerto (allí) por mí en el conflicto. Akampana fue muerto, y el poderoso Sonitaksha. Y Yupaksha y Prajangha fueron destruidos (allí) en el gran conflicto. El rakshasa de torvo aspecto Vidyujjihva fue muerto allí, y Yajnasatru y el sumamente poderoso Saptaghna. (Y allí fueron muertos) Suryasatru y Brahmasatru. (Y allí se lamentó por Ravana) su esposa Mandodari, rodeada de sus otras mil esposas. Oh tú, de excelente semblante, contempla el lugar de descenso del océano, donde pasé la noche después de cruzar el abismo por ti. Oh tú, de ojos espaciosos, por ti hice yo esta difícil construcción del puente sobre el abismo con la ayuda de Nala. Contempla, oh Vaidehi, el abismo imperturbable, la morada de Varuna, que parece no tener otro extremo, rugiente y abundante en caracolas y ostras perlíferas. Oh Maithili, contempla el monte de oro que se alzó sobre el abismo para ofrecer un lugar de descanso a Hanuman. Y en la orilla de este océano me detuve con mis soldados. Y aquí Mahadeva, el señor de los celestiales, quedó propiciado conmigo. Te corresponde contemplar este lugar de descenso del Océano de alma elevada, conocido como Setubandha, adorado por los tres mundos, sumamente sagrado y que destruye aun el peor pecado. Allí Vibhishana, el rey de los rakshasas, vino a mí por primera vez. Contempla, oh Sita, Kishkindha, de hermosos jardines, la agradable ciudad de Sugriva, donde Vali fue muerto por mí». Y contemplando la ciudad de Kishkindha, gobernada por Vali, Sita, movida por su amor, se dirigió a Rama con palabras dignas, diciendo: «Oh rey, deseo ir con usted a Ayodhya, su capital, en compañía de Tara, la querida esposa de Sugriva, así como de las esposas de los demás principales monos». Así interpelado por Vaidehi, Raghava respondió, diciendo: «Así se hará», y llegando a Kishkindha detuvo el carro. Y habiendo contemplado el carro detenido, habló a Sugriva, diciendo: «Oh primero de los monos, di a todos los principales monos que vayan a Ayodhya acompañados de sus esposas. Oh tú, de gran fuerza, que vayan todas ellas con Sita. Apresúralas, oh Sugriva. Iremos (pronto), oh tú, señor de los monos». Así interpelado por Rama, de poderío no mitigado, el hermoso señor de los monos, rodeado de ellos, entró rápidamente en los aposentos interiores y, contemplando allí a Tara, dijo: «Oh querida, por mandato de Raghava y el bondadoso deseo de Sita, ve pronto, llevando contigo a las esposas de todos los monos de alma elevada. Veremos Ayodhya y a las esposas de Dasaratha». Oyendo las palabras de Sugriva, Tara, de persona perfectamente hermosa, reuniendo a todas las esposas de los monos, dijo: «Ustedes han recibido orden de Sugriva de ir (a Ayodhya) con los monos; contemplar Ayodhya es también un objeto querido para mí. (Contemplaré) a Rama entrar en la ciudad con los ciudadanos y aldeanos, y la riqueza y los bienes de las esposas de Dasaratha». Así mandadas por Tara, las esposas de los monos, poniéndose todos sus ornamentos y rodeándola con reverencia, subieron al carro con el fin de contemplar a Sita. Y contemplando el carro que se elevaba con todas ellas, Raghava habló de nuevo a Sita, cerca del monte Rishyamuka, diciendo: «Contempla allí, oh Sita, el enorme y principal monte Rishyamuka, abundante en oro y diversos metales, como nubes acompañadas de relámpagos. Allí me uní a Sugriva, el señor de los monos. Y allí hice un pacto, oh Sita, para la destrucción de Vali. Y allí está (el lago) Pampa, abundante en lirios y bordeado por un pintoresco bosque, donde, separado de ti, me lamenté lastimeramente. Y en su orilla contemplé a la piadosa Savari. Y allí maté a Kavandha y a Yojanabahu. Contempla allí, oh Sita, un hermoso árbol en Janasthana, donde, oh tú, siempre acostumbrada a los lujos, por ti, el sumamente poderoso y enérgico Jatayu, el primero entre las aves, fue muerto por Ravana. Contempla allí, oh tú, de hermosa persona, oh tú, de miradas auspiciosas, nuestra ermita y la hermosa cabaña de hojas de donde fuiste arrebatada por la fuerza por el señor de los rakshasas. Contempla allí el hermoso y sagrado río Godavari, de agua clara, y la ermita de Agastya, rodeada de plátanos. Contempla allí, oh Vaidehi, la gran ermita de Sarabhanga, adonde vino el de mil ojos, Sakra, el sometedor de las ciudades enemigas. Oh venerable señora, oh tú, de talle mediano, entre todos aquellos ascetas que contemplas allí vivía Atri, el señor de nuestra familia, semejante al fuego del Sol. Allí fue muerto por mí el Viradha de enorme cuerpo. Allí contemplaste, oh Sita, a la asceta (la esposa de Atri), siempre ocupada en prácticas piadosas. Allí aparece a la vista, oh tú, de hermosa persona, el rey de las montañas, Chitrakuta, adonde vino para propiciarme el hijo de Sumitra. Contempla el hermoso Yamuna, con un pintoresco bosque en su orilla, y la agradable ermita de Bharadwaja. Contempla allí el sagrado río, la Ganga, que se divide en tres brazos. Contempla allí la ciudad de Sringavera, donde hice amistad con Guha. Contempla allí, oh Sita, la capital de mi padre. Inclínate ante Ayodhya, oh Vaidehi». Con ello todos los monos y rakshasas, junto con Vibhishana, se levantaron con deleite y vieron la ciudad. Con ello los monos y rakshasas contemplaron la ciudad, abundante en casas blancas con espaciosos aposentos, llena de elefantes y caballos y semejante a Amaravati, la capital de Mahendra.

Section 125

Cumplidos los catorce años (de destierro), el hermano mayor de Lakshmana, dueño de sí, llegando el quinto día a la ermita de Bharadwaja, saludó al asceta. E inclinándose ante Bharadwaja, que tenía el ascetismo por riqueza, dijo: «Oh usted, dotado de seis clases de riqueza, ¿ha oído usted de la prosperidad y el bienestar (de mi ciudad)? ¿Está Bharata todavía ocupado (en guardar al pueblo)? ¿Viven mis madres?». Así interpelado por Rama, el gran asceta Bharadwaja respondió, regocijado y sonriendo, a aquel primero de los Raghus: «Atenido a tu mandato y con el cabello enmarañado, Bharata te aguarda, honrando siempre tus sandalias. Y todos los demás están bien en tu casa. Oh sometedor de tus enemigos, me dolí grandemente cuando te vi, antes de entrar en el enorme bosque, vestido de corteza, a los tres, a ti con tu esposa, privado de tu reino solo por piedad, andando a pie, renunciando a todo, obedeciendo el mandato de tu padre, privado de todas las comodidades, como un celestial desterrado del cielo, privado de tu reino por las palabras de Kaikeyi y viviendo de raíces y frutos silvestres; pero contemplándote ahora con tu fin cumplido, con todos tus amigos, habiendo vencido al enemigo, he alcanzado el más alto deleite. Oh Raghava, estoy enterado de las inmensas penas y alegrías que te sobrevinieron cuando vivías en Janasthana. Tu intachable esposa fue arrebatada a hurtadillas por Ravana mientras tú estabas ocupado en provecho de los brahmanes y en la protección de todos los ascetas. La vista de Maricha, el rapto de Sita, el encuentro con el demonio sin cabeza, tu ida (al lago) Pampa, tu amistad con Sugriva, donde Vali fue muerto por ti, la búsqueda de Vaidehi emprendida por el hijo del dios del Viento, la construcción del puente por Nala después de conocerse el paradero de Vaidehi, el incendio de Lanka por los regocijados y principales monos, la destrucción en el conflicto de Ravana, orgulloso de su propia fuerza, junto con sus hijos, amigos, cortesanos, ejército y corceles, la llegada de los celestiales tras la destrucción de Ravana, la espina de los dioses, y el don otorgado por ellos: todo esto lo he sabido en virtud de mi ascetismo, oh tú, amante de la virtud. Mis discípulos solían ir de aquí a aquella ciudad a traer noticias. Te otorgaré ahora mismo un don, oh primero de los que usan armas. Acepta mi arghya y luego ve mañana a Ayodhya». Y atenido respetuosamente a sus palabras, aquel refulgente hijo del rey, regocijado, le pidió el don: «Oh usted, dotado de seis cualidades, en mi camino mientras vaya a Ayodhya, que todos los árboles, dando frutos fuera de estación y produciendo miel, den muchos frutos de aroma de néctar». En cuanto él respondió diciendo: «Tu promesa se cumplirá», todos los árboles de allí se volvieron como los del cielo. Los árboles sin frutos se llenaron de ellos y los árboles sin flores se cubrieron de ellas. Todos los árboles cuyas hojas estaban secas se envolvieron de follaje y todos comenzaron a derramar miel. El camino de Ayodhya, por tres yojanas, quedó así lleno por todas partes (de árboles). Con ello millares de monos, viviendo a su placer y regocijados de diversos frutos celestiales, pensaron que estaban en el cielo.

Section 126

Con ello, contemplando Ayodhya, Rama, el descendiente de Raghu, de movimientos ligeros y deseoso de procurar deleite a otros, pensó en darles la bienvenida. Pensando así, el inteligente y refulgente (Rama) dirigió sus miradas hacia los monos y habló a Hanuman, diciendo: «Oh primero de los monos, yendo rápidamente a Ayodhya, infórmate del bienestar de todas las gentes del palacio del rey. Llegando a la ciudad de Sringavera, comunica a Guha, el rey de los nishadas, que tiene el bosque por reino, mi bienestar, por mandato mío. Oyendo que estoy sano y salvo y libre de todas las tribulaciones, Guha, mi amigo como mi propio ser, alcanzará el deleite. Y Guha, el señor de los nishadas, regocijado, te informará del camino de Ayodhya y del bienestar de Bharata. Pregunta a Bharata por su bienestar de mi parte, y comunícale mi (llegada) con Lakshmana y mi esposa después de haber cumplido el voto (de mi padre); el rapto de Sita por el poderoso Ravana; la amistad con Sugriva y la destrucción de Vali en el conflicto; la búsqueda de Maithili emprendida por ti tras cruzar el enorme señor de los ríos; el avance (de los monos) hasta las orillas del abismo; la vista del océano, la construcción del puente; la destrucción de Ravana; el don otorgado por Mahendra, Brahma y Varuna; mi encuentro con mi padre por el favor de Mahadeva. Comunica, oh apacible, a Bharata mi llegada aquí con el señor de los rakshasas y el rey de los monos. (Dile): “Venciendo a sus enemigos y alcanzando una excelente fama, Rama ha llegado a la puerta de la ciudad con sus valientes amigos, habiendo cumplido el voto (de su padre)”. Debes leer las señales que expresen gozo o pena que Bharata muestre al oír esto, e inferir de ellas su actitud hacia mí. Debes conocer, por el color de su semblante, sus miradas y sus palabras, todos los movimientos y acciones de Bharata. ¿De quién no cambia la mente al obtener semejante reino ancestral, lleno de toda prosperidad y abundante en elefantes, caballos y carros? Si el refulgente Bharata, el descendiente de Raghu, que lo gobierna, desea el reino para sí, que señoree sobre la tierra entera. Por tanto, oh mono, te corresponde volver rápidamente, enterado de su intención y sus movimientos, antes de que sigamos adelante». Así mandado, Hanuman, el hijo del dios del Viento, tomando forma humana, se dirigió rápidamente hacia Ayodhya. Hanuman, el hijo de Maruta, se elevó al firmamento con velocidad, como Garuda dispuesto a caer sobre una enorme serpiente. Entonces, cruzando el Camino del Viento y la morada de las aves, pasando por encima de la terrible confluencia de la Ganga y el Yamuna, llegando a la ciudad de Sringavera y encontrándose con Guha, el enérgico Hanuman, regocijado, (se dirigió a él) con las siguientes excelentes palabras: «Su amigo Rama, el descendiente de Kakutstha, cuyo poder es la verdad, con Sita y el hijo de Sumitra, se ha informado del bienestar de usted. Habiendo pasado cinco noches hasta hoy, él, habiendo obtenido permiso del asceta Bharadwaja, partirá mañana». Habiendo dicho esto, el sumamente enérgico mono, sin hacer caso de la fatiga del viaje, grandemente regocijado y con el vello erizado, se elevó con gran velocidad. Contemplando el río sagrado santificado con el nombre de Parasurama, los ríos Valukini, Varuthi y Gomati, el enorme bosque de árboles sala, los diversos países poblados por millares de gentes, y avanzando rápidamente una gran distancia, aquel primero de los monos llegó a los árboles cercanos a Nandigrama, semejantes a los de Chaitraratha, el jardín del señor de los celestiales, cuyas flores estaban arrancando muchas doncellas acompañadas de sus niños, engalanados con diversos ornamentos. Vio, a una distancia de un krosa de Ayodhya, a Bharata, que vestía la piel de un antílope, abatido, grandemente demacrado, viviendo en una ermita, con el cabello enmarañado, el cuerpo cubierto de suciedad, grandemente consumido a consecuencia del desastre de su hermano, viviendo de raíces y frutos, dueño de sí, llevando la vida de un asceta, cumpliendo prácticas piadosas, con un haz de cabellos apelmazados sobre la cabeza, vestido de corteza y piel de ciervo, con dominio sobre sus pasiones y sentidos, refulgente como los brahmarshis, gobernando la tierra con las sandalias siempre puestas delante de él, protegiendo de todo miedo a las gentes de los cuatro varnas, con cortesanos, sacerdotes que llevaban una vida santa y soldados, todos vestidos de ropas rojas, a su alrededor. Todos aquellos ciudadanos, amantes de la piedad, no querían usar buenas ropas viendo al príncipe usar corteza y piel de ciervo. Con ello Hanuman, el hijo de Maruta, habló con las manos juntas a aquel conocedor de la piedad, semejante a la virtud encarnada, diciendo: «Kakutstha, que vivía en el bosque de Dandaka con corteza y cabello enmarañado, por quien usted se lamenta, se ha informado del bienestar de usted. Declare usted, oh venerable señor, su bienestar y renuncie a la temible pena. En este momento se reunirá usted con su hermano Rama. Matando a Ravana y recobrando a Maithili, Rama, habiendo cumplido su fin, ha llegado aquí con sus valientes amigos. El sumamente refulgente Lakshmana y la afamada Vaidehi (han venido también). Sita está bien con Rama, como Sachi en compañía de Mahendra». Así interpelado por Hanuman, Bharata, el hijo de Kaikeyi, regocijado, cayó de repente en un desmayo de gozo. Con ello, levantándose en un instante y dándole la bienvenida, Bharata, el descendiente de Raghu, dirigió a Hanuman, que le comunicaba las gratas nuevas, las siguientes palabras. Y abrazando respetuosamente al mono, el apuesto Bharata lo roció con abundantes lágrimas, no de pena sino de gozo. Dijo: «¿Eres un hombre o un dios, que has venido bondadosamente aquí? Oh apacible, a ti, que me has comunicado estas gratas nuevas, te otorgaré centenares y millares de vacas, centenares de aldeas prósperas, dieciséis esposas jóvenes, piadosas, que lleven excelentes kundalas, de color dorado, de hermosas narices y pechos, de semblantes semejantes a la luna, engalanadas con todos los ornamentos y nacidas de familias respetables». Y oyendo de aquel principal mono aquel maravilloso regreso de Rama, el hijo del rey, regocijado, se mostró ansioso de contemplarlo y se dirigió de nuevo gozosamente a Hanuman con las siguientes palabras.

Section 127

«Oigo las nuevas de mi hermano, que me procuran gran deleite, de él, que ha estado viviendo en el enorme bosque por muchos años. El dicho de las gentes me parece lleno de buena intención: que un hombre, si vive, puede alcanzar el gozo aun después de un siglo. Refiéreme verdaderamente cómo y en qué país se produjo la unión entre Raghava y los monos». Así interpelado por el príncipe y sentado sobre la kusa, él comenzó entonces a describir la vida de Rama en el bosque: «Cómo fue desterrado Rama, los dos dones otorgados a la madre de usted, cómo murió el rey Dasaratha a consecuencia de la pena por (su) hijo, cómo por medio de emisarios, oh señor, fue usted traído de la casa de su tío materno, cómo no quiso usted el reino al entrar en Ayodhya, cómo su hermano, el represor de los enemigos, fue rogado por usted que aceptara el reino, yendo usted al monte Chitrakuta, usted, que siempre ha seguido la senda de los piadosos, la renuncia al reino (por parte de él), atenido a las palabras del rey, su regreso tras tomar las sandalias de su venerado (hermano): todo esto, oh usted, de largos brazos, le es conocido. Le referiré todo lo que sucedió después de su regreso. Habiéndose vuelto usted de allí, todas las aves y animales quedaron abrumados de terror, y aquel bosque parecía como afligido. Con ello él entró en el solitario, enorme y temible bosque de Dandaka, hostigado por los elefantes y abundante en leones, tigres y ciervos. Y al entrar ellos en el denso bosque, apareció ante ellos el poderoso Viradha, lanzando un temible sonido. Y levantándolo, mientras rugía fuerte como un elefante, Rama lo arrojó, con los brazos hacia arriba y el rostro hacia abajo, a un foso. Habiendo cumplido aquella difícil obra, los dos hermanos, Rama y Lakshmana, llegaron al atardecer a la agradable ermita de Sarabhanga. Y habiendo alcanzado Sarabhanga el cielo, Rama, cuyo poder era la verdad, saludando a todos los ascetas, se retiró a Janasthana. Y por Raghava, de alma elevada, mientras vivía allí, fueron muertos catorce mil habitantes de Janasthana. Con la compañía de una sola persona y al comienzo de la lucha, por Rama, en la cuarta parte de un día, fueron exterminados todos los sumamente poderosos y valientes habitantes del bosque de Dandaka, que siempre ponían estorbos en el camino de los ascetas. Todos los rakshasas fueron triturados (hasta la muerte) por Raghava. Khara fue muerto en el conflicto; muerto primero Dusana, después fue muerto por él Trisiras. Después (una demonia) llamada Surpanakha vino al lado de Rama. Con ello, mandado por Rama, el sumamente poderoso Lakshmana se levantó de repente y, tomando una daga, le cortó las orejas y la nariz. Así insultada por él, aquella demonia acudió a Ravana. Con ello un temible rakshasa llamado Maricha, servidor de Ravana, tomando la forma de un ciervo enjoyado, sedujo a Vaidehi. Y contemplándolo, Vaidehi habló a Rama, diciendo: “Atrápelo usted; con él, una vez atrapado, nuestra ermita será más encantadora”. Con ello Rama, con el arco en la mano, persiguió a aquel ciervo y con una saeta lo destruyó. Oh apacible, habiendo salido Raghava a cazar y habiendo salido Lakshmana de la ermita, el de diez cuellos entró en ella. Y rápidamente se apoderó de Sita, como de Rohini el planeta que la posee en el cielo. Con ello, matando en el conflicto al buitre Jatayu, que deseaba rescatarla, y apoderándose de Sita, aquel rakshasa se retiró rápidamente (a su capital). Con ello algunos monos semejantes a montañas, situados en la cumbre de una montaña, presos de un miedo y un asombro maravillosos, contemplaron a Ravana, el señor de los rakshasas, avanzar con Sita. Subiendo al carro Pushpaka, que va a voluntad, con Vaidehi, y apresurando su carrera, aquel sumamente poderoso Ravana, el señor de los rakshasas, entró en Lanka. Y entrando en el enorme y excelente palacio de oro, Ravana consoló a Maithili con (diversas) palabras. Pero ella tuvo a aquel primero de los rakshasas y a sus palabras por paja. Y Vaidehi fue colocada en el bosque de asoka. Con ello volvió Rama, después de haber matado al ciervo en el bosque. Habiendo vuelto y visto muerto al buitre, más querido para él que su padre, Rama, el descendiente de Kakutstha, se dolió. Y buscando a Vaidehi y recorriendo las orillas del Godavari y las tierras boscosas cubiertas de flores, Rama, con Lakshmana, encontró en aquel enorme bosque a un rakshasa llamado Kavandha. Con ello, por las palabras de Kavandha, Rama, cuyo poder era la verdad, yendo al monte Rishyamuka, se unió a Sugriva. Había crecido entre ellos un amor mutuo antes de conocerse. Sugriva había sido expulsado por su airado hermano Vali. E informados de los asuntos el uno del otro, su amistad se estrechó. Con ello, matando en el conflicto al Vali de enorme cuerpo y sumamente poderoso, en virtud de la fuerza de sus propios brazos, Rama obtuvo (para Sugriva) su propio reino. Y colocado en el trono con todos los monos, Sugriva prometió a Rama la búsqueda de la Princesa (Sita). Mandados por Sugriva, de alma elevada, el señor de los monos, diez kotis de monos se dirigieron a (diversos) cuartos. Entre ellos, algunos de nosotros perdimos el camino en una cavidad de la montaña Vindhya y fuimos presa de gran terror, y en consecuencia se perdió mucho tiempo. El poderoso hermano del rey de los buitres, llamado Sampati, nos comunicó la residencia de Sita en el palacio de Ravana. Con ello, quitando la pena de mis parientes, presos de dolor, y recurriendo a mi propio poderío, salté por encima de cien yojanas y la contemplé, colocada en el bosque de asoka, vestida con un paño rojo, pálida, privada de todo gozo y observando estrictas penitencias. Y entonces, acercándome a ella y contemplándola, de persona perfectamente intachable, le entregué como señal un anillo con el nombre de Rama grabado en él. Y obteniendo una joya como señal, yo, cumplido mi objeto, volví. Y habiendo vuelto, presenté a Rama, de acciones incansables, aquella señal de una brillante gema. Y oyendo (las nuevas de Vaidehi), Rama recobró la vida como uno al borde de la muerte que recobra su ser tras beber néctar. Y animando (a sus soldados) a hacer los preparativos, semejante al Fuego a punto de destruir a todas las gentes, resolvió la devastación de Lanka. Con ello, llegando a las orillas del océano, hizo construir un puente por Nala, por el cual el ejército de los héroes monos cruzó (el abismo). Nala destruyó a Prahasta, Raghava mató a Kumbhakarna, Lakshmana mató al hijo de Ravana y Rama mismo mató a Ravana. Luego se encontraron con él Sakra, Yama, Varuna, Siva, Brahma y Dasaratha. Y aquel apuesto descendiente de Kakutstha, el matador de enemigos, obtuvo el don de ellos así como de los santos allí reunidos (celestiales y de otra clase). Habiendo obtenido el don, él, regocijado, se reunió con los monos y en el carro Pushpaka llegó a Kishkindha. Llegando de nuevo a la Ganga, está viviendo con el asceta; le corresponde a usted contemplarlo mañana bajo los auspicios de Pushya, sin estorbo alguno». Con ello, regocijado por los dulces acentos de Hanuman, Bharata se dirigió a él, con las manos juntas, con palabras que procuraban deleite, diciendo: «Al cabo de largo tiempo se ha cumplido mi deseo».

Section 128

Oyendo aquellas palabras que procuraban gran deleite, Bharata, el matador de enemigos, cuyo poder era la verdad, regocijado, ordenó a Satrughna, (diciendo): «Que todas las gentes, purificadas, adoren a todas las deidades y altares de la ciudad con guirnaldas fragantes y diversa música. Que todos los bardos versados en el canto de los linajes, los aduladores, todos los versados en la música, las bailarinas, las reinas, los cortesanos, los soldados con sus esposas, los brahmanes, los kshatriyas y las gentes de todas las demás castas salgan a contemplar el semblante semejante a la luna de Rama». Oyendo las palabras de Bharata, Satrughna, el matador de enemigos, repartió la obra entre los servidores, (diciendo): «Nivelen el terreno alto y bajo desde Nandigrama hasta (Ayodhya). Rieguen perfectamente el suelo con agua fría. Después esparzan por todos los lugares flores y arroz seco; icen banderas por toda la ciudad; decoren todas las casas, antes de la salida de la luna, con guirnaldas, joyas, flores de oro y cosas de otros cinco colores. Que centenares de hombres vigilen las vías públicas». Oyendo el mandato de Satrughna, salieron con deleite Dhrishti, Jayanta, Vijaya, Siddhartha, Arthasadhaka, Asoka, Mantrapala y Sumantra. Con ello salieron hombres a caballo y en carros, con millares de elefantes enloquecidos bien engalanados con pendones, y elefantas con asientos de oro (sobre sus lomos). Y algunos héroes avanzaron rodeados de mil excelentes corceles, y de personas que llevaban saktis, rishtis, mazas y pendones, y de millares de infantes. Con ello avanzaron Sumitra y todas las demás esposas de Dasaratha, poniendo delante de ellas a Kausalya y sentadas en excelentes vehículos. Y oyendo del regreso de su hermano y alcanzando el deleite, el piadoso Bharata, de alma elevada, consumido por el ayuno, abatido, vestido de corteza y piel de antílope y conocedor de la religión, salió a recibir de vuelta a Rama en compañía de sus consejeros y rodeado de los dos veces nacidos, de las gentes de diversas castas, de sus propios parientes y deudos y de los ministros con guirnaldas y modakas en las manos, elogiado por los bardos, anunciada su llegada con el sonido de caracolas y trompetas, poniendo sobre su cabeza las sandalias de su venerable hermano y tomando la sombrilla blanca adornada con guirnaldas blancas y los blancos chowris engalanados de oro y dignos de ser usados por los reyes. Con ello, con el sonido de los cascos de los caballos y de los carros, de las caracolas y las trompetas, la tierra tembló. Y la ciudad entera fue a Nandigrama. Y contemplando al hijo del dios del Viento, Bharata dijo: «¿No habrás recurrido a la acostumbrada volubilidad de los monos? No contemplamos al venerable Rama, el descendiente de Kakutstha, el matador de enemigos. Ni contemplamos a los monos que toman formas a voluntad». Interpelado con aquellas palabras, Hanuman respondió, comunicando la verdad a Bharata, cuyo poder era la verdad: «Habiendo llegado a los árboles cubiertos, por el favor de Bharadwaja, de frutos y flores y que derraman miel, los monos están haciendo un ruido como abejas negras enloquecidas. Oh matador de enemigos, este don le fue otorgado a él (a Rama) por Vasava. (Bharadwaja) lo está agasajando con su ejército con toda hospitalidad. Oiga usted el temible ruido de los monos regocijados. Me parece que la hueste de los monos ha cruzado el río Gomati. Contemple el enorme levantamiento de polvo hacia el bosque de salas. Me parece que los monos están agitando el elegante bosque de salas. Contemple allí a lo lejos el carro semejante al Sol. Este carro celestial, Pushpaka, construido por la mente de Brahma, fue obtenido por el de alma elevada (Rama) después de haber matado a Ravana con sus amigos. Este carro celestial, semejante al Sol recién salido, que surca los aires a voluntad y lleva a Rama, (fue ganado) por el favor del Otorgador de riquezas. (Ahí están) los dos heroicos hermanos, los descendientes de Raghu, con Vaidehi, el sumamente refulgente Sugriva y el rakshasa Vibhishana». Con ello, con el grito de «¡Ahí está Rama!», se levantó un ruido gozoso, que llegó a la morada de los celestiales, de entre las mujeres, los niños, los jóvenes y los viejos. Con ello, descendiendo a la tierra de los carros, los elefantes y los caballos, todas las gentes lo contemplaron (a Rama), situado en el carro como la luna en el cielo. Y de cara a Raghava y con las manos juntas, Bharata lo adoró con deleite con palabras gratas, arghya y agua para lavarle los pies. Apareció en el carro construido por la mente de Brahma el hermano mayor de Bharata, de ojos espaciosos, como el inmortal que empuña el rayo. Con ello Bharata saludó humildemente a su hermano Rama, sentado en lo alto del carro como el Sol en la cumbre (del monte Meru). Y mandado por Rama, aquel excelente carro, tirado por ánsares, descendió a la tierra con gran velocidad. Y subiendo a aquel carro, Bharata, cuyo poder era la verdad, llegando hasta Rama, regocijado, se inclinó de nuevo ante él. Y levantando a Bharata, a quien veía después de largo tiempo, y poniéndolo en su regazo, Kakutstha, regocijado, lo abrazó. Con ello Bharata, el matador de enemigos, se inclinó ante Vaidehi y dio la bienvenida a Lakshmana. Y el hijo de Kaikeyi (luego, a su vez) abrazó a Sugriva, Jambavan, Angada, Mainda, Dvivida, Nila y Rishabha. Y luego abrazó a Sushena, Nala, Gavaksha, Gandhamadana, Sarava y Panasa. Y tomando formas humanas, aquellos monos, que tomaban formas a voluntad, se informaron con deleite del bienestar de Bharata. Y abrazando a Sugriva, el primero de los monos, el sumamente refulgente príncipe Bharata, el primero de los piadosos, dijo: «Oh Sugriva, tú eres nuestro quinto hermano. De la fraternidad nace la amistad, y hacer daño es la señal de un enemigo». Y Bharata se dirigió luego a Vibhishana con palabras apaciguadoras: «Es por fortuna que con la ayuda de usted él ha cumplido una obra tan difícil». Con ello el heroico Satrughna, saludando a Rama y a Lakshmana, se inclinó respetuosamente ante Sita. Y habiéndose acercado a su madre, pálida y consumida por la pena, Rama le tocó humildemente los pies y acrecentó su deleite. Y con ello, saludando a Sumitra, a la afamada Kaikeyi y a todas sus madres, se acercó a los sacerdotes. Con ello todos los ciudadanos, con las manos juntas, le dieron la bienvenida, diciendo: «¡Bienvenido sea usted, oh usted, de largos brazos! ¡Oh usted, acrecentador del gozo de Kausalya!». Y el hermano mayor de Bharata contempló las manos juntas de los ciudadanos como otros tantos lotos abiertos. Y tomando él mismo las sandalias de Rama, Bharata, conocedor de la piedad, las colocó a los pies de aquel señor de los hombres. Con ello Bharata, con las manos juntas, habló a Rama, diciendo: «Todo este reino tuyo, que dejaste a mi cuidado, te lo devuelvo. Bendito es hoy mi nacimiento y cumplido está mi deseo, puesto que te contemplo de nuevo como rey en Ayodhya tras tu regreso. Examina tu riqueza, tu tesoro, tu palacio y tu ejército. Por tu favor he acrecentado todo esto diez veces». Oyendo a Bharata hablar de esta manera y contemplándolo consagrado a su hermano, todos los monos y el rakshasa Vibhishana derramaron lágrimas. Con ello, poniendo con deleite a Bharata en su regazo, Raghava, con su ejército, en aquel carro, se dirigió a la morada de Bharata. Y llegando al palacio de Bharata, Raghava con su ejército descendió a la tierra. Con ello Rama dijo al excelente carro: «Ve (ahora) a Vaisravana; te doy permiso». Con ello, así mandado por Rama, aquel excelente carro, dirigiéndose hacia el norte, llegó a la morada del Otorgador de riquezas. Aquel carro celestial, Pushpaka, había sido arrebatado por el rakshasa (Ravana); pero ahora, por las palabras de Rama, llegó (de nuevo) al Otorgador de riquezas. Y tocando los pies de su sacerdote, el poderoso Raghava se sentó en un asiento separado y excelente, como Sakra, el señor de los inmortales, (al lado de) Brihaspati.

Section 129

Con ello, habiendo puesto las palmas sobre su cabeza, Bharata, el acrecentador del gozo de Kaikeyi, habló a su hermano mayor Rama, cuyo poder era la verdad, diciendo: «Atendiendo a la petición de mi madre, me confiriste este reino; te devuelvo el reino que me diste. Como un novillo incapaz de llevar una pesada carga arrojada por un toro poderoso, soy incapaz de llevar esta enorme carga (del reino). Considero este reino, infestado de ladrones, difícil de gobernar, como es difícil reconstruir un puente derribado por una poderosa corriente de agua. Así como un asno no puede seguir la carrera de un caballo ni un cuervo la de un ánsar, así soy incapaz, oh héroe, oh matador de enemigos, de seguir tus pasos. Si un árbol plantado en el patio interior de una casa, crecido enorme con un gran tronco y muchas ramas, se seca en cuanto florece sin dar frutos, el objeto de aquel para quien fue plantado se vuelve estéril. Y este símil, oh tú, de largos brazos, resultará cierto en ti si tú, nuestro amo, no nos gobiernas, oh señor de los hombres, a nosotros, que somos tus servidores. Que el mundo, oh Raghava, te contemple instalado (hoy), como el poderoso Sol de mediodía que arde en refulgencia. Duerme y levántate con el sonido de los instrumentos de cuerda, de los ceñidores de las mujeres y de los nupuras, y de cantos encantadores. Gobierna a las gentes mientras exista el sistema solar y hasta donde se extienda la tierra». Oyendo las palabras de Bharata, Rama, el conquistador de las ciudades enemigas, diciendo: «Así sea», se sentó en un excelente asiento. Con ello, por mandato de Satrughna, barberos expertos, hábiles y de mano rápida se reunieron en torno a Raghava. Primero se bañaron Bharata, el sumamente poderoso Lakshmana, Sugriva, el señor de los monos, y Vibhishana, el señor de los rakshasas. Con ello, despojado de sus cabellos enmarañados, bañado, con pasta, excelentes guirnaldas y ropas preciosas, él apareció allí resplandeciente de gracia. El valiente y apuesto Satrughna, sostenedor de la dignidad de la raza de Ikshvaku, preparó él mismo las vestiduras para Rama y Lakshmana. Y todas las esposas de gran espíritu de Dasaratha engalanaron con sus propias manos a Sita con diversos (ornamentos) encantadores. Con ello Kausalya, regocijada y amante de su hijo, ella misma, con gran cuidado, adornó a las esposas de los monos. Con ello, por las palabras de Satrughna, el auriga llamado Sumantra preparó el carro perfectamente hermoso. Y contemplando aquel carro celestial, brillante como el fuego del sol, situado ante él, Rama, de largos brazos, el conquistador de las ciudades enemigas, subió a él. Sugriva y Hanuman, garbosos como Mahendra, bañados, vestidos con ropas celestiales y llevando excelentes kundalas, avanzaron (para ver la ciudad). Y luego fueron Sita y todas las esposas de Sugriva, adornadas con todos los ornamentos y llevando excelentes kundalas, ansiosas de contemplar la ciudad. Todos los ministros del rey Dasaratha en Ayodhya comenzaron a celebrar consulta respetuosamente con el sacerdote. Asoka, Vijaya y Siddhartha, con mente indivisa, se consultaron entre sí acerca del bien de Rama así como del de la ciudad. (Con ello ordenaron a los servidores), diciendo: «Reúnan los materiales necesarios para la auspiciosa instalación del de alma elevada (Rama), digno de ser coronado por la victoria». Habiendo ordenado así el sacerdote y los ministros, todos salieron rápidamente de la ciudad para contemplar a Rama. Como el de mil ojos, Indra, en su carro tirado por caballos, el intachable Rama, sentado en su carro, avanzó hacia la excelente ciudad. Bharata tomó las riendas, Satrughna sostuvo la sombrilla y Lakshmana comenzó a abanicarle la cabeza con chowris. Y Vibhishana, el señor de los rakshasas, de pie a un lado, tomó el blanco chowri, que brillaba como una segunda luna. Se oía el dulce encomio de Rama cantado por la multitud de ascetas en el cielo, los celestiales y los Maruts. Con ello el sumamente refulgente Sugriva, el primero de los monos, subió a un elefante llamado Satrunjaya, semejante a una montaña. Y montando nueve mil elefantes avanzaron los monos, que habían tomado formas humanas y estaban adornados con diversos ornamentos. Y con la música de caracolas y trompetas, aquel primero de los hombres entró en la ciudad, abundante en casas. (Y los ciudadanos) contemplaron a Raghava entrar en la ciudad, de apuesta persona y sentado en el carro. Y ellos, habiéndose inclinado ante aquel descendiente de Kakutstha, fueron saludados por él. Y siguieron a aquel de alma elevada, rodeado de sus hermanos. Y rodeado de sus cortesanos, brahmanes y súbditos, Rama aparecía hermoso como la Luna rodeada de estrellas. Y avanzó precedido por hombres que tocaban instrumentos de cuerda, por gentes con karatalas y svastikas en las manos y por hombres que cantaban con deleite cantos auspiciosos. Personas con akshata y oro en las manos, vacas, doncellas, brahmanes y personas con modakas en las manos iban delante de Rama. Con ello, ante los ministros, Rama comenzó a describir la amistad de Sugriva, el poderío del hijo del dios del Viento y las obras llevadas a cabo por los monos. Y oyendo de las obras de los monos y del poderío de los rakshasas, los habitantes de la ciudad de Ayodhya llegaron al asombro. Habiendo referido así (las obras de los monos), el apuesto Rama, rodeado de los monos, entró en (la ciudad de) Ayodhya, abundante en personas regocijadas y rollizas. Con ello los ciudadanos izaron banderas sobre cada casa, y él llegó a la pintoresca morada de sus antepasados, habitada por los descendientes de Ikshvaku. Y habiendo llegado y entrado en su palacio ancestral, y habiéndose inclinado ante Kausalya, Sumitra y Kaikeyi, el príncipe de alma elevada, acrecentador del gozo de los descendientes de Raghu, se dirigió a Bharata, el primero de los piadosos, con dulces palabras llenas de sentido, diciendo: «Destina para Sugriva mi enorme y excelente palacio, abundante en perlas y vaiduryas». Oyendo aquellas palabras, Bharata, cuyo poder era la verdad, tomando a Sugriva de la mano, lo condujo al palacio. Y mandados por Satrughna, (los servidores) entraron rápidamente (en aquel palacio) con aceite, lámparas, lechos y ropa de cama. Con ello el sumamente refulgente hermano menor de Raghava habló a Sugriva, diciendo: «Ordene usted, oh señor, a algunos (que traigan agua) para la instalación de Rama». Y Sugriva confirió a cuatro principales monos cuatro cántaros de oro engastados de diversas joyas y les dijo: «Condúzcanse, oh monos, de modo que vuelvan al alba con los cántaros llenos del agua de los cuatro océanos». Así interpelados por el de alma elevada (Sugriva), los monos, semejantes a elefantes, se elevaron rápidamente al firmamento como buitres de veloz carrera. Jambavan, Hanuman, el mono Vegadarsi y Rishabha trajeron los cántaros llenos de agua de quinientos ríos. Sushena, dotado de poderío, trajo aquel cántaro engastado de gemas, lleno de agua del Océano Oriental. Y Rishabha trajo rápidamente agua del Océano Meridional. Y Gavaya trajo, del gran Océano Occidental, en aquel cántaro de oro, agua perfumada con la fragancia del sándalo rojo y el alcanfor. Y el hijo del dios del Viento, de alma virtuosa, dotado de todas las prendas y del poderío de Garuda y del dios del Viento, trajo rápidamente del Océano Septentrional agua en aquel cántaro enjoyado. Y contemplando el agua así traída por los principales monos para la instalación de Rama, Satrughna, con sus ministros, lo comunicó a los principales sacerdotes y amigos. Con ello el dueño de sí Vasishtha, cargado de años, junto con otros brahmanes, colocó a Rama con Sita en un asiento enjoyado. Vasishtha, Vijaya, Javali, Katyayana, Gautama y Vamadeva rociaron a aquel primero de los hombres con agua clara y fragante, como los vasus al de mil ojos, Vasava. (Luego fue rociado por) los ritvijas, los brahmanes, las doncellas, los ministros, los soldados y los mercaderes, todos regocijados. (Con ello) con el jugo de las oshadhis (fue rociado por) los celestiales situados en el cielo, las deidades que presiden los cuatro cuartos y todos los demás celestiales reunidos. Y habiéndolo colocado en un asiento engastado de diversas joyas, en la arena decorada con oro, diversas joyas y rico aparato, (le puso en la cabeza) la corona enjoyada hecha por Brahma, brillante, con la que en tiempos antiguos fueron instalados Manu y los demás reyes nacidos de su raza. Y engalanado por el de alma elevada Vasishtha con aquella corona, Raghava fue vestido después con las vestiduras celestiales por los ritvijas. Y Satrughna sostuvo la blanca y excelente sombrilla, y Sugriva, el señor de los monos, tomó el blanco chowri. Y Vibhishana, el señor de los rakshasas, tomó otro chowri semejante a la luna. Y el viento, mandado por Vasava, otorgó a Raghava una guirnalda de cien lotos de oro, que brillaban con su lustre nativo. Y el viento, mandado por Sakra, otorgó a aquel señor de los hombres una guirnalda enjoyada engastada de diversas gemas. Instalado el inteligente y digno Rama, los celestiales y los gandharvas cantaron y las apsaras danzaron. La tierra se llenó de cosechas, los árboles de frutos, y las flores fueron fragantes en ocasión de la instalación de Raghava. Y aquel primero de los hombres otorgó a los dos veces nacidos un millón de caballos, cien mil vacas y cien mil toros. Y Raghava otorgó de nuevo a los brahmanes treinta crores de monedas de oro y diversos ornamentos y ropas costosos. Con ello aquel señor de los hombres otorgó a Sugriva una guirnalda celestial, brillante como los rayos del Sol y engastada de oro y joyas. Y él, dotado de inteligencia, otorgó a Angada, el hijo de Vali, dos angadas brillantes como los rayos de la luna y hechos de vaidurya. Y Rama otorgó a Sita un excelente collar de perlas engastado de gemas preciosas, ropas celestiales y diversos ornamentos excelentes. Y quitándose el collar de su persona, Vaidehi, la hija del rey Janaka, lo otorgó al hijo del dios del Viento recordando los servicios (prestados por él), y dirigió sus miradas una y otra vez a su señor y a los monos. Y contemplando eso, (Rama), capaz de leer los gestos, habló a la hija del rey Janaka, diciendo: «Oh afortunada y hermosa dama, otorga este collar a aquel con quien estés complacida». Con ello la de ojos de loto (Sita) lo otorgó al hijo del dios del Viento. Y Hanuman, el primero de los monos, en quien existen perpetuamente la energía, el perdón, la fama, la destreza, el poderío, la humildad, la táctica, la hombría, el valor y el intelecto, apareció con aquel collar como una montaña embellecida con los rayos de la luna y con nubes blancas. Y todos los demás monos ancianos y principales fueron honrados respectivamente con ropas y ornamentos. Y honrados por Rama, de acciones incansables, con joyas bastantes y otros objetos deseados, Vibhishana, Sugriva, Hanuman, Jambavan y los demás principales monos, regocijados, volvieron a sus respectivas moradas. Con ello el señor de la tierra y matador de enemigos otorgó todas las cosas deseadas a Dvivida, Mainda y Nila. Y contemplando (la instalación de Rama), los monos de alma elevada, despidiéndose del señor de la tierra, fueron a Kishkindha. Y contemplando la inauguración de Rama, Sugriva, el primero de los monos, honrado por Rama, se retiró a la ciudad de Kishkindha. Y habiendo obtenido su propio reino, el sumamente afamado y virtuoso Vibhishana, con todos los rakshasas, se retiró a la ciudad de Lanka. Habiendo matado a sus enemigos, el sumamente generoso y glorioso Rama gobernó con gran deleite el reino que se extendía por toda la tierra. Y Rama, amante de los piadosos, habló a Lakshmana, conocedor de la piedad, diciendo: «Oh tú, conocedor de la piedad, gobierna conmigo, y con las fuerzas cuádruples, este reino gobernado por nuestros predecesores. Como nuestros antepasados, lleva ahora la carga de asociado en el trono». Cuando el hijo de Sumitra no aceptó la dignidad de heredero aunque se lo rogaron con ardor una y otra vez, el de alma elevada (Rama) confirió a Bharata aquella dignidad. Y aquel hijo del rey ejecutó diversos sacrificios, tales como el Paundarika, el Asvamedha, el Vajimedha y otros. Y gobernando el reino diez mil años, Raghava ejecutó diez sacrificios del caballo con excelentes caballos y abundantes dádivas. Y aquel sumamente poderoso Rama, de brazos que le llegaban hasta las rodillas, de pecho espacioso y con Lakshmana por servidor, gobernó la tierra (de esta manera). Y obteniendo aquel excelente reino, el virtuoso Raghava ejecutó muchos sacrificios con sus hijos, hermanos y amigos. Y gobernando Rama el reino, las viudas no se afligían, y no había miedo de animales voraces ni de enfermedades. Las gentes estaban a salvo de los ladrones y no había ninguna otra tribulación. Y los viejos no se veían obligados a ejecutar las ceremonias funerarias de los niños. Todos estaban regocijados y consagrados a las prácticas piadosas. Y contemplando a Rama, no se envidiaban unos a otros. Y gobernando Rama el reino, (las gentes) vivían mil años y tenían mil hijos; estaban libres de enfermedades y de pena. Y los árboles daban frutos y flores perpetuamente; había lluvias a voluntad y el viento soplaba agradable. Y las gentes, regocijadas, se ocupaban en sus respectivas obras, y los súbditos se volvieron piadosos y veraces bajo el gobierno de Rama, y estaban consagrados a la observancia de todas las obras piadosas y dotados de todas las señales auspiciosas. Y Rama gobernó el reino diez mil años. Y esta sagrada Epopeya, la primera de su clase, que procura la piedad, la fama y la larga vida, y que describe la conquista de los reyes, fue compuesta por Valmiki en tiempos antiguos. El que en esta tierra oiga (esta historia) quedará despojado de pecados. Las gentes que deseen hijos los obtendrán, y los que deseen riquezas las conseguirán por ella. Así las gentes de esta tierra alcanzarán los objetos de su deseo oyendo esta instalación de Rama; el rey podrá conquistar la tierra y someter a sus enemigos. Las mujeres podrán obtener hijos (del mismo modo) que Kausalya dio a luz a Rama, Sumitra a Lakshmana y Kaikeyi a Bharata. Oyendo la historia de esta obra que describe la victoria de Rama, de acciones incansables, uno podrá alcanzar una larga vida. El que con devoción y con la ira sometida oiga la historia de esta epopeya escrita por Valmiki en tiempos antiguos superará todas las tribulaciones. Y oyendo la historia de la Epopeya compuesta por Valmiki en tiempos antiguos, el que vive en países extranjeros volverá a casa y gozará en compañía de sus amigos. Oyendo esto, las gentes obtendrán de Raghava todos los objetos de su deseo, y los celestiales se regocijarán grandemente. Cuando este libro se guarda en una casa, esta queda libre de la perturbación de los malos espíritus. Oyendo esto, un rey podrá conquistar la tierra, y el que vive en un país extranjero estará bien. Si una mujer, durante su período mensual, oye la historia, dará a luz un hijo excelente. Leyendo y adorando esta antigua historia, las gentes quedan libres de todos los pecados y alcanzan una larga vida. Los kshatriyas, inclinando la cabeza, deben oír esto a diario de boca de los brahmanes. Oyendo o leyendo el Ramayana entero, en verdad las gentes obtendrán hijos y riquezas. Rama está siempre complacido con él. Él es el eterno Vishnu, el primer Dios, Hari, el de enormes brazos, Narayana y Señor. Esta antigua obra produce tales frutos. ¡Que la fortuna les sea propicia! Declaren abiertamente que el poderío de Vishnu crezca. Los celestiales se regocijarán grandemente por leer u oír esta historia de Rama, y los progenitores estarán siempre complacidos. Los que escriban esta historia de Rama, registrada primero por el rishi (Valmiki), alcanzarán la región de Brahma. Oyendo esto, las gentes alcanzan en esta tierra parientes multiplicados, riqueza y cosechas acrecentadas, hermosas esposas, excelente felicidad y el cumplimiento de todos los deseos. Alcanzan larga vida, salud, fama, intelecto, poderío y buenos hermanos. Por tanto corresponde a los hombres buenos que desean la prosperidad oír esta historia perpetuamente.

↑ Top