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Part 1 of 28

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Prefacio

El suceso en que se funda esta ficción ha sido considerado por el doctor Darwin, y por algunos escritores fisiólogos de Alemania, como no imposible de ocurrir. No se me supondrá concediendo el menor grado de fe seria a semejante imaginación; sin embargo, al adoptarla como base de una obra de fantasía, no me he considerado como alguien que se limita a tejer una serie de terrores sobrenaturales. El suceso del que depende el interés del relato está libre de las desventajas de un mero cuento de espectros o de encantamientos. Lo recomendaba la novedad de las situaciones que desarrolla; y, por imposible que sea como hecho físico, ofrece a la imaginación un punto de vista para trazar las pasiones humanas más amplio y dominante que cualquiera que puedan brindar las relaciones ordinarias de los hechos existentes.

He procurado así conservar la verdad de los principios elementales de la naturaleza humana, sin escrúpulo alguno en innovar sobre sus combinaciones. La Ilíada, la poesía trágica de Grecia, Shakespeare, en La tempestad y en Sueño de una noche de verano, y muy especialmente Milton, en El paraíso perdido, se ajustan a esta regla; y el más humilde novelista, que busca dar o recibir solaz con sus trabajos, puede, sin presunción, aplicar a la ficción en prosa una licencia, o más bien una regla, de cuya adopción han resultado, en los más altos ejemplos de la poesía, tantas exquisitas combinaciones del sentimiento humano.

La circunstancia en que descansa mi historia me fue sugerida en una conversación casual. La comencé en parte como fuente de entretenimiento y en parte como recurso para ejercitar cualquier facultad todavía no probada de la mente. A medida que la obra avanzaba, se mezclaron con estos otros motivos. En modo alguno me es indiferente la manera en que las tendencias morales que existan en los sentimientos o en los caracteres que contiene habrán de afectar al lector; pero mi principal preocupación a este respecto se ha limitado a evitar los efectos debilitantes de las novelas de nuestros días y a mostrar la amabilidad del afecto doméstico y la excelencia de la virtud universal. Las opiniones que brotan naturalmente del carácter y de la situación del héroe no deben concebirse, de ningún modo, como si siempre existieran en mi propia convicción; ni ha de extraerse de las páginas siguientes inferencia alguna que justamente perjudique doctrina filosófica de ninguna clase.

Es también motivo de interés adicional para quien esto escribe que este relato se iniciara en la majestuosa región donde se desarrolla principalmente la escena, y en una compañía que no puede dejar de ser añorada. Pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra. La estación era fría y lluviosa, y por las noches nos reuníamos en torno a un fuego de leña llameante y a veces nos entreteníamos con algunos cuentos alemanes de fantasmas que habían caído en nuestras manos. Estos relatos despertaron en nosotros un juguetón deseo de imitación. Otros dos amigos (un cuento salido de la pluma de uno de ellos sería mucho más grato al público que cualquier cosa que yo pueda esperar jamás producir) y yo acordamos escribir cada uno una historia fundada en algún suceso sobrenatural.

El tiempo, sin embargo, se volvió de pronto sereno; y mis dos amigos me dejaron para emprender un viaje por los Alpes y perdieron, entre las magníficas escenas que estos ofrecen, todo recuerdo de sus visiones fantasmales. El relato que sigue es el único que ha llegado a completarse.

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