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Part 22 of 28

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Volumen 3, Capítulo 1

Día tras día, semana tras semana, pasaron a mi regreso a Ginebra; y no lograba reunir el valor para reanudar mi trabajo. Temía la venganza del demonio defraudado, y sin embargo no podía vencer mi repugnancia por la tarea que se me había impuesto. Descubrí que no podía componer una hembra sin dedicar de nuevo varios meses a un estudio profundo y a laboriosas indagaciones. Había oído de ciertos descubrimientos hechos por un filósofo inglés, cuyo conocimiento era esencial para mi éxito, y a veces pensaba en obtener el consentimiento de mi padre para visitar Inglaterra con ese fin; pero me aferraba a todo pretexto de dilación y no podía resolverme a interrumpir mi tranquilidad recobrada. Mi salud, que hasta entonces había decaído, estaba ahora muy restablecida; y mi ánimo, cuando no lo frenaba el recuerdo de mi desdichada promesa, se elevaba en proporción. Mi padre vio este cambio con placer y volvió sus pensamientos hacia el mejor método para erradicar los restos de mi melancolía, que de cuando en cuando regresaba por accesos y, con una negrura devoradora, ensombrecía el sol que se avecinaba. En esos momentos me refugiaba en la más perfecta soledad. Pasaba días enteros en el lago, solo en una barquita, mirando las nubes y escuchando el rumor de las olas, callado y sin ánimo. Pero el aire fresco y el sol radiante rara vez dejaban de devolverme cierto grado de serenidad; y, a mi regreso, recibía los saludos de mis amigos con una sonrisa más pronta y un corazón más alegre.

Fue tras volver de uno de estos paseos que mi padre, llamándome aparte, me habló así:

«Me alegra observar, mi querido hijo, que has retomado tus antiguos placeres y pareces volver a ser el de antes. Y, sin embargo, sigues desdichado y sigues evitando nuestra compañía. Durante algún tiempo me perdí en conjeturas sobre la causa; pero ayer se me ocurrió una idea y, si está bien fundada, te conjuro a que la confieses. La reserva en un punto así no solo sería inútil, sino que atraería sobre todos nosotros una desdicha triple».

Temblé violentamente ante este exordio, y mi padre continuó:

«Confieso, hijo mío, que siempre he esperado tu matrimonio con tu prima como el lazo de nuestro bienestar doméstico y el sostén de mis años en declive. Se querían desde la más tierna infancia; estudiaron juntos y parecían, en disposiciones y gustos, hechos el uno para el otro. Pero tan ciega es la experiencia del hombre que lo que yo concebía como los mejores auxiliares de mi plan puede haberlo destruido por completo. Tú quizá la consideres como a una hermana, sin deseo alguno de que llegue a ser tu esposa. Más aún, puede que hayas conocido a otra a quien puedas amar; y, al considerarte obligado por honor con tu prima, esta lucha puede ocasionar la punzante desdicha que pareces sentir».

«Mi querido padre, tranquilízate. Quiero a mi prima con ternura y sinceridad. Nunca vi a mujer alguna que despertara, como Elizabeth, mi más cálida admiración y afecto. Mis esperanzas y perspectivas futuras están enteramente ligadas a la expectativa de nuestra unión».

«La expresión de tus sentimientos sobre este tema, mi querido Víctor, me da más placer del que he experimentado desde hace tiempo. Si sientes así, seremos sin duda felices, por más que los sucesos presentes puedan echarnos una sombra. Pero es esta sombra, que parece haberse adueñado con tanta fuerza de tu ánimo, la que deseo disipar. Dime, pues, si te opones a una inmediata celebración del matrimonio. Hemos sido desdichados, y los sucesos recientes nos han sacado de esa tranquilidad cotidiana que conviene a mis años y achaques. Tú eres más joven; pero no supongo que, dueño como eres de una fortuna suficiente, un matrimonio temprano interfiera en absoluto con los planes futuros de honor y utilidad que hayas formado. No pienses, sin embargo, que deseo dictarte la felicidad o que una demora de tu parte me causaría alguna inquietud seria. Interpreta mis palabras con franqueza y respóndeme, te conjuro, con confianza y sinceridad».

Escuché a mi padre en silencio y permanecí algún tiempo incapaz de dar respuesta. Revolví rápidamente en mi mente multitud de pensamientos e intenté llegar a alguna conclusión. ¡Ay! Para mí la idea de una unión inmediata con mi prima era de horror y consternación. Estaba atado por una promesa solemne, que aún no había cumplido y no me atrevía a romper; o, si lo hacía, ¡qué múltiples desgracias no podrían cernirse sobre mí y sobre mi devota familia! ¿Podía entrar en una fiesta con este peso mortal colgando aún de mi cuello y doblegándome hasta el suelo? Debía cumplir mi compromiso y dejar que el monstruo partiera con su compañera antes de permitirme gozar del deleite de una unión de la que esperaba paz.

Recordé también la necesidad que se me había impuesto de viajar a Inglaterra o de entablar una larga correspondencia con aquellos filósofos de ese país, cuyo saber y descubrimientos eran de uso indispensable para mí en mi empresa presente. El segundo método de obtener la información deseada era dilatorio e insatisfactorio: además, cualquier cambio me era grato, y me deleitaba la idea de pasar uno o dos años en cambio de escenario y variedad de ocupación, lejos de mi familia; período durante el cual podía ocurrir algún suceso que me devolviera a ellos en paz y felicidad: mi promesa podía quedar cumplida y el monstruo haberse marchado; o podía ocurrir algún accidente que lo destruyera y pusiera fin a mi esclavitud para siempre.

Estos sentimientos dictaron mi respuesta a mi padre. Expresé el deseo de visitar Inglaterra; pero, ocultando las verdaderas razones de esta petición, vestí mis deseos con el disfraz de querer viajar y ver mundo antes de sentarme de por vida entre los muros de mi ciudad natal.

Insistí en mi ruego con empeño, y mi padre se dejó convencer con facilidad; pues no existía en la tierra padre más indulgente y menos autoritario. Nuestro plan quedó pronto arreglado. Yo viajaría a Estrasburgo, donde Clerval se reuniría conmigo. Se pasaría poco tiempo en las ciudades de Holanda y nuestra principal estancia sería en Inglaterra. Regresaríamos por Francia; y se acordó que el viaje ocuparía el espacio de dos años.

A mi padre le complacía pensar que mi unión con Elizabeth tendría lugar inmediatamente a mi regreso a Ginebra. Decía: «Estos dos años pasarán veloces, y será la última demora que se oponga a tu felicidad. Y, en verdad, deseo con ansia que llegue ese período en que estaremos todos unidos y no surjan ni esperanzas ni temores que perturben nuestra calma doméstica».

Respondí: «Estoy conforme con tu arreglo. Para entonces habremos llegado ambos a ser más sabios y, espero, más felices de lo que somos ahora». Suspiré; pero mi padre tuvo la bondad de abstenerse de preguntarme más sobre la causa de mi abatimiento. Esperaba que las nuevas escenas y la distracción del viaje devolverían mi tranquilidad.

Hice ahora los preparativos de mi viaje; pero me obsesionaba un sentimiento que me llenaba de temor y agitación. Durante mi ausencia dejaría a mis amigos ignorantes de la existencia de su enemigo y desprotegidos de sus ataques, exasperado como podía estar por mi partida. Pero él había prometido seguirme adondequiera que fuese; ¿y no me acompañaría a Inglaterra? Esta imaginación era terrible en sí misma, pero reconfortante, en cuanto suponía la seguridad de mis amigos. Me atormentaba la idea de la posibilidad de que ocurriera lo contrario. Pero durante todo el período en que fui esclavo de mi criatura me dejé gobernar por los impulsos del momento; y mis sensaciones presentes sugerían con fuerza que el demonio me seguiría y eximiría a mi familia del peligro de sus maquinaciones.

A fines de agosto partí, para pasar dos años de exilio. Elizabeth aprobó las razones de mi partida y solo lamentó no tener las mismas oportunidades de ampliar su experiencia y cultivar su entendimiento. Lloró, sin embargo, al despedirse de mí, y me suplicó que volviera feliz y sereno. Dijo: «Todos nosotros dependemos de ti; y, si tú eres desdichado, ¿qué sentiremos todos?»

Me arrojé al coche que había de llevarme lejos, sabiendo apenas adónde iba e indiferente a lo que ocurría a mi alrededor. Solo recordé, y fue con amarga angustia que lo pensé, ordenar que se empacaran mis instrumentos químicos para llevarlos conmigo: pues había resuelto cumplir mi promesa en el extranjero y volver, de ser posible, un hombre libre. Colmado de sombrías imaginaciones, pasé por muchos paisajes hermosos y majestuosos; pero mis ojos estaban fijos y no observaban. Solo podía pensar en el término de mis viajes y en la obra que me ocuparía mientras duraran.

Tras algunos días de apática indolencia, durante los cuales recorrí muchas leguas, llegué a Estrasburgo, donde esperé dos días a Clerval. Vino. ¡Ay, cuán grande era el contraste entre nosotros! Él estaba despierto a cada nueva escena; gozoso al ver las bellezas del sol poniente, y más feliz al verlo salir y comenzar un nuevo día. Me señalaba los colores cambiantes del paisaje y los aspectos del cielo. Exclamaba: «¡Esto es vivir! ¡Ahora sí disfruto de la existencia! Pero tú, mi querido Frankenstein, ¿por qué estás abatido y afligido?» En verdad, me ocupaban pensamientos sombríos y no veía ni el descenso de la estrella vespertina ni el dorado amanecer reflejado en el Rin. Y usted, amigo mío, se divertiría mucho más con el diario de Clerval, que observaba el paisaje con una mirada llena de sentimiento y deleite, que escuchando mis reflexiones. Yo, un desdichado miserable, acosado por una maldición que cerraba toda vía al goce.

Habíamos acordado descender el Rin en barco desde Estrasburgo hasta Rotterdam, de donde podríamos embarcarnos hacia Londres. Durante este viaje pasamos junto a muchas islas pobladas de sauces y vimos varias ciudades hermosas. Nos quedamos un día en Mannheim y, al quinto desde nuestra partida de Estrasburgo, llegamos a Maguncia. El curso del Rin, más abajo de Maguncia, se vuelve mucho más pintoresco. El río desciende rápido y serpentea entre colinas, no altas, pero escarpadas y de hermosas formas. Vimos muchos castillos en ruinas en el borde de precipicios, rodeados de bosques negros, altos e inaccesibles. Esta parte del Rin, en verdad, ofrece un paisaje singularmente variado. En un lugar se ven colinas ásperas, castillos en ruinas que dominan tremendos precipicios, con el oscuro Rin precipitándose por debajo; y, al súbito giro de un promontorio, florecientes viñedos, con verdes riberas en declive, un río serpenteante y populosas ciudades ocupan la escena.

Viajamos en la época de la vendimia y oímos el canto de los labradores mientras nos deslizábamos por la corriente. Incluso yo, abatido de ánimo y con el espíritu continuamente agitado por sentimientos sombríos, incluso yo me sentí complacido. Me tendí en el fondo del bote y, mientras contemplaba el cielo azul sin nubes, me parecía beber una tranquilidad que me era ajena desde hacía mucho. Y si estas eran mis sensaciones, ¿quién puede describir las de Henry? Sentía como si lo hubieran transportado al país de las hadas y gozaba una felicidad que el hombre rara vez prueba. Dijo: «He visto los más hermosos paisajes de mi propio país; he visitado los lagos de Lucerna y de Uri, donde las montañas nevadas descienden casi perpendicularmente al agua, proyectando sombras negras e impenetrables que darían un aspecto lúgubre y melancólico, de no ser por las islas verdísimas que alivian la vista con su aspecto alegre; he visto este lago agitado por una tempestad, cuando el viento arrancaba torbellinos de agua y daba idea de lo que debe de ser la tromba marina en el gran océano, y las olas azotan con furia la base de la montaña donde el sacerdote y su amante fueron sepultados por un alud y donde se dice que aún se oyen sus voces agonizantes entre las pausas del viento nocturno; he visto las montañas del Valais y el Pays de Vaud; pero este país, Víctor, me agrada más que todas esas maravillas. Las montañas de Suiza son más majestuosas y extrañas; pero hay un encanto en las orillas de este divino río que nunca antes vi igualado. Mira ese castillo que cuelga sobre aquel precipicio; y ese otro en la isla, casi oculto entre el follaje de esos hermosos árboles; y ahora ese grupo de labradores que sale de entre sus viñas; y esa aldea medio escondida en el hueco de la montaña. Oh, seguramente el espíritu que habita y guarda este lugar tiene un alma más en armonía con el hombre que los que amontonan el glaciar o se retiran a las cumbres inaccesibles de las montañas de nuestro propio país».

¡Clerval! ¡Querido amigo! Incluso ahora me deleita consignar tus palabras y detenerme en el elogio que tan eminentemente mereces. Era un ser formado en «la mismísima poesía de la naturaleza». Su imaginación salvaje y entusiasta estaba templada por la sensibilidad de su corazón. Su alma rebosaba de ardientes afectos, y su amistad era de esa naturaleza devota y maravillosa que los mundanos nos enseñan a buscar solo en la imaginación. Pero ni siquiera las simpatías humanas bastaban para satisfacer su mente ansiosa. El paisaje de la naturaleza exterior, que otros miran solo con admiración, él lo amaba con ardor:

—— ——«La catarata sonoraa él lo obsesionaba como una pasión: la roca alta,la montaña y el bosque hondo y sombrío,sus colores y sus formas eran entonces para élun apetito; un sentimiento y un amorque no necesitaba de un encanto más remoto,aportado por el pensamiento, ni de interés algunono tomado prestado del ojo».

¿Y dónde existe ahora? ¿Se ha perdido para siempre este ser gentil y encantador? ¿Ha perecido esta mente tan repleta de ideas, de imaginaciones fantásticas y magníficas, que formaban un mundo cuya existencia dependía de la vida de su creador? ¿Existe ahora solo en mi memoria? No, no es así; tu forma tan divinamente labrada y resplandeciente de belleza se ha descompuesto, pero tu espíritu aún visita y consuela a tu desdichado amigo.

Perdone este desahogo de dolor; estas palabras ineficaces no son sino un leve tributo al inigualado valor de Henry, pero alivian mi corazón, rebosante de la angustia que su recuerdo crea. Proseguiré con mi relato.

Más allá de Colonia descendimos a las llanuras de Holanda; y resolvimos hacer el resto del camino en coche de posta; pues el viento era contrario y la corriente del río era demasiado suave para ayudarnos.

Nuestro viaje perdió aquí el interés que nace de un hermoso paisaje; pero llegamos en pocos días a Rotterdam, desde donde pasamos por mar a Inglaterra. Fue en una mañana despejada, a fines de diciembre, cuando vi por primera vez los blancos acantilados de Gran Bretaña. Las orillas del Támesis presentaban una escena nueva; eran planas, pero fértiles, y casi cada ciudad estaba marcada por el recuerdo de alguna historia. Vimos el fuerte de Tilbury y recordamos la Armada española; Gravesend, Woolwich y Greenwich, lugares de los que había oído hablar incluso en mi país.

Al fin vimos los numerosos campanarios de Londres, con la catedral de San Pablo elevándose sobre todos, y la Torre, famosa en la historia de Inglaterra.

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