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Part 7 of 28

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Volumen 1, Capítulo 2

Cuando cumplí diecisiete años, mis padres resolvieron que yo fuera estudiante en la universidad de Ingolstadt. Hasta entonces había cursado en las escuelas de Ginebra; pero mi padre juzgó necesario, para completar mi educación, que conociera otras costumbres además de las de mi país natal. Mi partida quedó, pues, fijada para una fecha próxima; pero, antes de que llegara el día resuelto, ocurrió la primera desgracia de mi vida: un presagio, por así decirlo, de mi futura desdicha.

Elizabeth había contraído la escarlatina; pero su enfermedad no fue grave y se recuperó pronto. Durante su reclusión se habían esgrimido muchos argumentos para persuadir a mi madre de que se abstuviera de atenderla. Ella había cedido al principio a nuestros ruegos; pero, cuando supo que su predilecta se recuperaba, no pudo privarse más de su compañía y entró en su habitación mucho antes de que pasara el peligro del contagio. Las consecuencias de esta imprudencia fueron fatales. Al tercer día mi madre enfermó; su fiebre era muy maligna y el semblante de quienes la atendían pronosticaba lo peor. En su lecho de muerte, la entereza y la bondad de esta admirable mujer no la abandonaron. Unió las manos de Elizabeth y la mía. Dijo: «Hijos míos, mis más firmes esperanzas de felicidad futura estaban puestas en la perspectiva de su unión. Esta expectativa será ahora el consuelo de su padre. Elizabeth, amor mío, debes ocupar mi lugar con tus primos menores. ¡Ay! Lamento que me aparten de ustedes; y, siendo tan feliz y tan querida como he sido, ¿no es duro dejarlos a todos? Pero estos no son pensamientos que me convengan; procuraré resignarme alegremente a la muerte y albergaré la esperanza de encontrarlos en otro mundo».

Murió serenamente; y su semblante expresaba cariño incluso en la muerte. No necesito describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos son desgarrados por ese mal irreparable, el vacío que se presenta al alma y la desesperación que se muestra en el rostro. Pasa tanto tiempo antes de que la mente pueda persuadirse de que aquella a quien veíamos cada día, y cuya misma existencia parecía una parte de la nuestra, haya podido partir para siempre; de que el brillo de un ojo amado haya podido extinguirse y el sonido de una voz tan familiar y querida al oído haya podido callar, para no volver a oírse jamás. Estas son las reflexiones de los primeros días; pero, cuando el paso del tiempo prueba la realidad del mal, entonces comienza la verdadera amargura del dolor. Sin embargo, ¿a quién no ha arrancado esa mano brutal algún vínculo querido? ¿Y por qué habría de describir un dolor que todos han sentido y han de sentir? Llega por fin el momento en que el pesar es más un desahogo que una necesidad; y la sonrisa que juega en los labios, aunque pueda juzgarse un sacrilegio, no se destierra. Mi madre estaba muerta, pero aún teníamos deberes que cumplir; debíamos continuar nuestro camino con los demás y aprender a considerarnos afortunados mientras quede uno a quien el despojador no se haya llevado.

Mi viaje a Ingolstadt, que había sido aplazado por estos sucesos, volvió a quedar fijado. Obtuve de mi padre una prórroga de unas semanas. Este período se pasó con tristeza; la muerte de mi madre y mi pronta partida abatían nuestros ánimos; pero Elizabeth se esforzaba por renovar el espíritu de alegría en nuestra pequeña sociedad. Desde la muerte de su tía, su mente había adquirido nueva firmeza y vigor. Decidió cumplir sus deberes con la mayor exactitud; y sintió que el más imperioso de todos, el de hacer felices a su tío y a sus primos, había recaído sobre ella. Me consolaba a mí, entretenía a su tío, instruía a mis hermanos; y nunca la vi tan encantadora como en este tiempo, en que se esforzaba continuamente por contribuir a la felicidad de los demás, olvidada por completo de sí misma.

Llegó por fin el día de mi partida. Me había despedido de todos mis amigos, excepto de Clerval, que pasó con nosotros la última tarde. Lamentó amargamente no poder acompañarme: pero no se pudo convencer a su padre de que se separara de él, pues quería que se hiciera su socio en el negocio, de acuerdo con su teoría favorita de que el saber era superfluo en el comercio de la vida corriente. Henry tenía una mente refinada; no deseaba holgazanear y estaba muy contento de ser socio de su padre, pero creía que un hombre podía ser un muy buen comerciante y poseer, sin embargo, un entendimiento cultivado.

Nos quedamos hasta tarde escuchando sus quejas y haciendo muchos pequeños arreglos para el futuro. A la mañana siguiente, temprano, partí. Las lágrimas brotaron de los ojos de Elizabeth; procedían en parte de la pena por mi partida y en parte de que reflexionaba que el mismo viaje debía haberse hecho tres meses antes, cuando me habría acompañado la bendición de una madre.

Me arrojé en la calesa que había de llevarme lejos y me entregué a las reflexiones más melancólicas. Yo, que siempre había estado rodeado de amables compañeros, ocupados continuamente en procurarse placer mutuo, estaba ahora solo. En la universidad adonde iba debía formar mis propios amigos y ser mi propio protector. Mi vida había sido hasta entonces notablemente retirada y doméstica; y esto me había dado una invencible repugnancia a los rostros nuevos. Quería a mis hermanos, a Elizabeth y a Clerval; estos eran «viejos rostros familiares»; pero me creía del todo inadecuado para la compañía de extraños. Tales eran mis reflexiones al comenzar mi viaje; pero, a medida que avanzaba, mi ánimo y mis esperanzas se elevaron. Deseaba ardientemente adquirir conocimientos. A menudo, estando en casa, había juzgado duro permanecer durante mi juventud encerrado en un solo lugar y había anhelado entrar en el mundo y ocupar mi lugar entre otros seres humanos. Ahora se habían cumplido mis deseos y habría sido, en verdad, una locura arrepentirme.

Tuve tiempo de sobra para estas y otras muchas reflexiones durante mi viaje a Ingolstadt, que fue largo y fatigoso. Por fin divisé el alto campanario blanco de la ciudad. Me apeé y me condujeron a mi solitario aposento, para pasar la tarde como me placiera.

A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y visité a algunos de los principales profesores y, entre otros, al señor Krempe, profesor de filosofía natural. Me recibió con cortesía y me hizo varias preguntas sobre mis progresos en las diferentes ramas de la ciencia pertenecientes a la filosofía natural. Mencioné, es cierto, con miedo y temblor, los únicos autores que había leído sobre esos temas. El profesor me miró fijamente. Dijo: «¿De veras ha pasado usted su tiempo estudiando tales necedades?»

Respondí que sí. «Cada minuto —continuó el señor Krempe con vehemencia—, cada instante que ha malgastado en esos libros está total y enteramente perdido. Ha cargado su memoria de sistemas refutados y de nombres inútiles. ¡Santo Dios! ¿En qué tierra desierta ha vivido, donde nadie tuvo la bondad de informarle que estas fantasías, que tan ávidamente ha absorbido, tienen mil años y están tan rancias como son antiguas? Poco esperaba yo, en esta época ilustrada y científica, encontrar a un discípulo de Alberto Magno y de Paracelso. Mi querido señor, debe empezar sus estudios enteramente de nuevo».

Dicho esto, se hizo a un lado y anotó una lista de varios libros que trataban de filosofía natural, que me pidió que me procurara, y me despidió, tras mencionar que a principios de la semana siguiente pensaba iniciar un curso de lecciones sobre filosofía natural en sus relaciones generales, y que el señor Waldman, un colega profesor, daría lecciones de química los días alternos en que él faltara.

Regresé a casa, no decepcionado, pues hacía tiempo que consideraba inútiles a aquellos autores que el profesor había reprobado con tanta energía; pero no me sentía muy inclinado a estudiar los libros que obtuve por su recomendación. El señor Krempe era un hombrecillo rechoncho, de voz áspera y semblante repulsivo; el maestro no me predispuso, por tanto, a favor de su doctrina. Además, yo sentía desprecio por los usos de la filosofía natural moderna. Era muy distinto cuando los maestros de la ciencia buscaban la inmortalidad y el poder; tales miras, aunque fútiles, eran grandiosas; pero ahora la escena había cambiado. La ambición del investigador parecía limitarse a la aniquilación de aquellas visiones en las que se fundaba principalmente mi interés por la ciencia. Se me exigía cambiar quimeras de grandeza ilimitada por realidades de poco valor.

Tales fueron mis reflexiones durante los dos o tres primeros días pasados casi en soledad. Pero, al comenzar la semana siguiente, pensé en lo que el señor Krempe me había dicho acerca de las lecciones. Y aunque no podía resignarme a ir a oír a ese hombrecillo engreído pronunciar sentencias desde un púlpito, recordé lo que había dicho del señor Waldman, a quien nunca había visto, pues hasta entonces había estado fuera de la ciudad.

En parte por curiosidad y en parte por ocio, entré en el aula, en la que poco después entró el señor Waldman. Este profesor era muy distinto de su colega. Parecía de unos cincuenta años, pero con un aspecto que expresaba la mayor benevolencia; unas pocas canas le cubrían las sienes, pero las de la parte posterior de la cabeza eran casi negras. Era de estatura baja, pero notablemente erguido; y su voz, la más dulce que yo había oído. Comenzó su lección con una recapitulación de la historia de la química y de los diversos adelantos hechos por diferentes hombres de saber, pronunciando con fervor los nombres de los más ilustres descubridores. Luego echó una ojeada al estado actual de la ciencia y explicó muchos de sus términos elementales. Tras hacer unos cuantos experimentos preparatorios, concluyó con un panegírico de la química moderna, cuyos términos jamás olvidaré:

Dijo: «Los antiguos maestros de esta ciencia prometían imposibles y nada cumplían. Los maestros modernos prometen muy poco; saben que los metales no pueden transmutarse y que el elixir de la vida es una quimera. Pero estos filósofos, cuyas manos parecen hechas solo para chapotear en la suciedad, y sus ojos para inclinarse sobre el microscopio o el crisol, han obrado, en verdad, milagros. Penetran en los recovecos de la naturaleza y muestran cómo trabaja en sus escondrijos. Ascienden a los cielos; han descubierto cómo circula la sangre y cuál es la naturaleza del aire que respiramos. Han adquirido poderes nuevos y casi ilimitados; pueden mandar sobre los truenos del cielo, imitar el terremoto y hasta burlarse del mundo invisible con sus propias sombras».

Me marché muy complacido con el profesor y con su lección, y le hice una visita esa misma tarde. Sus modales en privado eran aún más suaves y atractivos que en público; pues había cierta dignidad en su porte durante la lección, que en su propia casa era sustituida por la mayor afabilidad y bondad. Escuchó con atención mi breve narración sobre mis estudios y sonrió ante los nombres de Cornelio Agripa y Paracelso, pero sin el desprecio que había mostrado el señor Krempe. Dijo que «estos eran hombres a cuyo infatigable celo los filósofos modernos debían la mayor parte de los cimientos de su saber. Nos habían dejado, como tarea más fácil, dar nombres nuevos y ordenar en clasificaciones coherentes los hechos que ellos, en gran medida, habían sido los instrumentos de sacar a la luz. Los trabajos de los hombres de genio, por erróneamente dirigidos que estén, casi nunca dejan de redundar finalmente en sólida ventaja de la humanidad». Escuché su exposición, que fue pronunciada sin presunción ni afectación; y añadí luego que su lección había disipado mis prejuicios contra los químicos modernos; y, al mismo tiempo, le pedí su consejo sobre los libros que debía procurarme.

«Me alegro —dijo el señor Waldman— de haber ganado un discípulo; y si su aplicación iguala su capacidad, no dudo de su éxito. La química es esa rama de la filosofía natural en la que se han hecho, y pueden hacerse, mayores progresos; por eso la he convertido en mi estudio particular; pero, al mismo tiempo, no he descuidado las demás ramas de la ciencia. Un hombre sería un químico muy mediocre si atendiera solo a ese departamento del saber humano. Si su deseo es llegar a ser realmente un hombre de ciencia, y no un simple experimentador menor, le aconsejaría que se aplicara a todas las ramas de la filosofía natural, incluidas las matemáticas».

Me llevó luego a su laboratorio y me explicó los usos de sus diversas máquinas, indicándome lo que debía procurarme y prometiéndome el uso de las suyas cuando hubiera avanzado lo bastante en la ciencia como para no descomponer su mecanismo. También me dio la lista de libros que le había pedido; y me despedí.

Así terminó un día memorable para mí; decidió mi destino futuro.

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