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Story 9 of 12

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Relato 9: El pulgar del ingeniero

De todos los problemas que se han sometido a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, para su solución durante los años de nuestra intimidad, solo hubo dos que yo fui el medio de presentar a su atención: el del pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De estos, el último pudo ofrecer un campo más rico a un observador agudo y original, pero el otro fue tan extraño en su comienzo y tan dramático en sus detalles que quizá sea más digno de ser puesto por escrito, aun cuando diera a mi amigo menos ocasiones para esos métodos de razonamiento deductivo con los que alcanzaba resultados tan notables. La historia, creo, se ha contado más de una vez en los periódicos, pero, como todas esas narraciones, su efecto es mucho menos impactante cuando se expone en bloc en una sola media columna impresa que cuando los hechos se van desarrollando lentamente ante los propios ojos y el misterio se despeja poco a poco a medida que cada nuevo descubrimiento proporciona un escalón que conduce a la verdad completa. En su momento las circunstancias me causaron una honda impresión, y el paso de dos años apenas ha servido para debilitar el efecto.

Fue en el verano del 89, poco después de mi matrimonio, cuando ocurrieron los hechos que voy a resumir ahora. Había vuelto a la práctica médica civil y había abandonado por fin a Holmes en sus habitaciones de la calle Baker, aunque lo visitaba continuamente y a veces incluso lo persuadía de renunciar a sus hábitos bohemios hasta el punto de venir a visitarnos. Mi consulta había aumentado de forma constante y, como vivía a no muy gran distancia de la estación de Paddington, conseguí algunos pacientes entre los empleados. Uno de ellos, a quien yo había curado de una enfermedad dolorosa y prolongada, nunca se cansaba de pregonar mis virtudes y de procurar enviarme a todo enfermo sobre el que pudiera tener alguna influencia.

Una mañana, poco antes de las siete, me despertó la criada llamando a la puerta para anunciar que dos hombres habían venido de Paddington y esperaban en el consultorio. Me vestí a toda prisa, pues sabía por experiencia que los casos de ferrocarril rara vez eran triviales, y bajé deprisa. Al descender, mi viejo aliado, el guarda del tren, salió de la habitación y cerró la puerta firmemente tras de sí.

«Lo tengo aquí —susurró, señalando con el pulgar por encima del hombro—; está bien.»

Pregunté, pues su modo sugería que era alguna extraña criatura la que había enjaulado en mi cuarto: «¿Qué es, entonces?»

«Es un paciente nuevo —susurró—. Pensé en traérmelo yo mismo; así no podía escabullirse. Ahí lo tiene, sano y salvo. Tengo que irme ya, doctor; tengo mis obligaciones, igual que usted.» Y se fue, este fiel captador de clientes, sin siquiera darme tiempo de darle las gracias.

Entré en mi consultorio y encontré a un caballero sentado junto a la mesa. Iba vestido con sobriedad con un traje de tweed color brezo y una gorra blanda de tela que había dejado sobre mis libros. Alrededor de una de sus manos llevaba envuelto un pañuelo, todo manchado de sangre. Era joven, no más de veinticinco años, diría yo, de rostro fuerte y varonil; pero estaba extremadamente pálido y me daba la impresión de un hombre que sufría alguna fuerte agitación, que le costaba toda su fuerza de ánimo controlar.

«Lamento despertarlo tan temprano, doctor —dijo—, pero he tenido un accidente muy grave durante la noche. He venido en tren esta mañana y, al preguntar en Paddington dónde podría encontrar a un médico, un hombre digno me trajo aquí con mucha amabilidad. Le di una tarjeta a la criada, pero veo que la ha dejado en la mesa auxiliar.»

La tomé y le eché un vistazo: «Señor Victor Hatherley, ingeniero hidráulico, 16A, Victoria Street (tercer piso)». Ese era el nombre, título y domicilio de mi visitante matinal. «Lamento haberlo hecho esperar —dije, sentándome en mi sillón de biblioteca—. Viene usted recién llegado de un viaje nocturno, según entiendo, que es en sí una ocupación monótona.»

Dijo: «Oh, mi noche no podría llamarse monótona», y rio. Rio muy de buena gana, con una nota aguda y sonora, recostado en su silla y sacudiéndose los costados. Todos mis instintos médicos se alzaron contra esa risa.

«¡Basta! —exclamé—. ¡Domínese!», y serví un poco de agua de una garrafa.

Fue inútil, sin embargo. Se había lanzado a uno de esos estallidos histéricos que sobrevienen a una naturaleza fuerte cuando una gran crisis ha terminado y pasado. Pronto volvió en sí, muy cansado y de aspecto pálido.

Jadeó: «Me he puesto en ridículo».

«Para nada. Beba esto.» Eché un chorro de coñac en el agua y el color empezó a volver a sus mejillas exangües.

«¡Así está mejor! —dijo—. Y ahora, doctor, quizá tendría la bondad de atender mi pulgar, o más bien el lugar donde solía estar mi pulgar.»

Desenrolló el pañuelo y extendió la mano. Hasta mis nervios endurecidos se estremecieron al mirarla. Había cuatro dedos que sobresalían y una horrible superficie roja y esponjosa donde debía haber estado el pulgar. Había sido cortado o arrancado de raíz.

«¡Cielo santo! —exclamé—. Esta es una herida terrible. Debe de haber sangrado considerablemente.»

«Sí, así fue. Me desmayé cuando ocurrió y creo que debí de estar inconsciente mucho tiempo. Cuando volví en mí vi que aún sangraba, así que até un extremo de mi pañuelo muy fuerte alrededor de la muñeca y lo apreté con una ramita.»

«¡Excelente! Debería haber sido cirujano.»

«Es una cuestión de hidráulica, ya ve, y entraba en mi propia competencia.»

«Esto ha sido hecho —dije, examinando la herida— por un instrumento muy pesado y afilado.»

Dijo: «Algo como una cuchilla de carnicero».

«¿Un accidente, presumo?»

«De ningún modo.»

«¡Cómo! ¿Un ataque asesino?»

«Sumamente homicida, en verdad.»

«Me horroriza.»

Lavé la herida con una esponja, la limpié, la vendé y finalmente la cubrí con algodón y vendas carbolizadas. Se recostó sin inmutarse, aunque de vez en cuando se mordía el labio.

Pregunté cuando terminé: «¿Qué tal?»

«¡Excelente! Entre su coñac y su venda me siento otro hombre. Estaba muy débil, pero he tenido mucho que pasar.»

«Quizá sería mejor que no hablara del asunto. Evidentemente es duro para sus nervios.»

«Oh, no, ya no. Tendré que contar mi historia a la policía; pero, entre nosotros, si no fuera por la prueba convincente de esta herida mía, me sorprendería que creyeran mi declaración, pues es muy extraordinaria y no tengo gran cosa en materia de pruebas con que respaldarla; y, aun si me creen, las pistas que puedo darles son tan vagas que es dudoso que se haga justicia.»

«¡Ja! —exclamé—, si lo que desea ver resuelto es algo en la naturaleza de un problema, le recomendaría encarecidamente que acuda a mi amigo, el señor Sherlock Holmes, antes de ir a la policía oficial.»

«Oh, he oído hablar de ese individuo —respondió mi visitante—, y me alegraría mucho que se ocupara del asunto, aunque por supuesto debo recurrir también a la policía oficial. ¿Me daría una presentación para él?»

«Haré algo mejor. Lo llevaré yo mismo.»

«Le quedaría inmensamente agradecido.»

«Llamaremos un coche e iremos juntos. Llegaremos justo a tiempo para desayunar un poco con él. ¿Se siente con fuerzas?»

«Sí; no me sentiré tranquilo hasta que haya contado mi historia.»

«Entonces mi criado llamará un coche y estaré con usted en un instante.» Subí corriendo, expliqué brevemente el asunto a mi esposa y en cinco minutos estaba dentro de un coche de alquiler, camino de la calle Baker con mi nuevo conocido.

Sherlock Holmes estaba, como esperaba, holgazaneando por su sala en bata, leyendo la columna de anuncios personales de The Times y fumando su pipa de antes del desayuno, compuesta de todos los restos y colillas de sus fumadas del día anterior, cuidadosamente secados y reunidos en la esquina de la repisa. Nos recibió con su tranquila manera cordial, pidió lonchas frescas de tocino y huevos y se unió a nosotros en una comida abundante. Cuando terminó, acomodó a nuestro nuevo conocido en el sofá, le colocó una almohada bajo la cabeza y dejó a su alcance un vaso de coñac con agua.

«Es fácil ver que su experiencia no ha sido común, señor Hatherley —dijo—. Tenga la bondad de tumbarse ahí y sentirse absolutamente como en su casa. Cuéntenos lo que pueda, pero deténgase cuando se canse y mantenga sus fuerzas con un poco de estimulante.»

«Gracias —dijo mi paciente—, pero me he sentido otro hombre desde que el doctor me vendó, y creo que su desayuno ha completado la cura. Ocuparé el menor tiempo posible de su valioso tiempo, así que empezaré de inmediato con mis peculiares experiencias.»

Holmes se sentó en su gran sillón con la expresión cansada y de párpados pesados que velaba su naturaleza aguda y ansiosa, mientras yo me sentaba frente a él, y escuchamos en silencio la extraña historia que nuestro visitante nos relató.

«Deben saber —dijo— que soy huérfano y soltero, y que resido solo en un alojamiento en Londres. Por profesión soy ingeniero hidráulico y he tenido considerable experiencia en mi trabajo durante los siete años que fui aprendiz de Venner & Matheson, la conocida firma de Greenwich. Hace dos años, habiendo cumplido mi aprendizaje y habiendo heredado además una suma considerable por la muerte de mi pobre padre, decidí establecerme por mi cuenta y tomé un despacho profesional en Victoria Street.

«Supongo que todo el mundo encuentra desoladora su primera salida independiente en los negocios. Para mí lo ha sido de forma excepcional. En dos años he tenido tres consultas y un pequeño trabajo, y eso es absolutamente todo lo que mi profesión me ha traído. Mis ingresos brutos ascienden a 27 libras y 10 chelines. Todos los días, de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, esperaba en mi pequeño cubil, hasta que por fin el corazón empezó a hundírseme y llegué a creer que nunca tendría clientela alguna.

«Ayer, sin embargo, justo cuando pensaba en dejar la oficina, entró mi empleado para decir que había un caballero esperando que deseaba verme por un asunto de negocios. Trajo también una tarjeta con el nombre “Coronel Lysander Stark” grabado. Pisándole los talones venía el propio coronel, un hombre algo por encima de la estatura media, pero de una delgadez extrema. No creo haber visto jamás a un hombre tan delgado. Todo su rostro se afilaba hasta formar nariz y barbilla, y la piel de sus mejillas estaba tensa sobre los huesos salientes. Sin embargo, esa demacración parecía ser su hábito natural y no deberse a enfermedad alguna, pues su ojo era brillante, su paso vivo y su porte seguro. Iba vestido con sencillez pero con pulcritud, y su edad, juzgaría yo, estaría más cerca de los cuarenta que de los treinta.

«“¿Señor Hatherley? —dijo, con algo de acento alemán—. Me lo han recomendado, señor Hatherley, como un hombre que no solo es competente en su profesión sino también discreto y capaz de guardar un secreto.”

«Me incliné, sintiéndome tan halagado como lo estaría cualquier joven ante tal trato. “¿Puedo preguntar quién me dio tan buena referencia?”

«“Bueno, quizá sea mejor que no se lo diga en este momento. Sé de la misma fuente que es usted huérfano y soltero y que reside solo en Londres.”

«“Eso es del todo correcto —respondí—; pero me disculpará si digo que no veo cómo todo esto se relaciona con mis cualificaciones profesionales. Entiendo que era por un asunto profesional por lo que deseaba hablar conmigo.”

«“Sin duda. Pero verá que todo lo que digo viene realmente al caso. Tengo un encargo profesional para usted, pero la discreción absoluta es del todo esencial: absoluta discreción, comprende, y por supuesto cabe esperarla más de un hombre solo que de uno que vive en el seno de su familia.”

«“Si prometo guardar un secreto —dije—, puede depender absolutamente de que lo haga.”

«Me miró fijamente mientras yo hablaba y me pareció que nunca había visto un ojo tan suspicaz e interrogante.

«Dijo por fin: “¿Lo promete, entonces?”

«“Sí, lo prometo.”

«“¿Silencio absoluto y completo antes, durante y después? ¿Ninguna referencia al asunto, ni de palabra ni por escrito?”

«“Ya le he dado mi palabra.”

«“Muy bien.” De pronto se levantó de un salto y, lanzándose como un rayo por la habitación, abrió la puerta de golpe. El pasillo de afuera estaba vacío.

«“Está bien —dijo, volviendo—. Sé que los empleados a veces son curiosos con los asuntos de su patrón. Ahora podemos hablar con seguridad.” Acercó su silla muy cerca de la mía y volvió a mirarme fijamente con la misma expresión inquisitiva y pensativa.

«Un sentimiento de repulsión y algo parecido al miedo había empezado a surgir en mí ante las extrañas payasadas de este hombre sin carne. Ni siquiera mi temor a perder un cliente pudo impedirme mostrar mi impaciencia.

«“Le ruego que exponga su asunto, señor —dije—; mi tiempo es valioso.” Que el cielo me perdone esa última frase, pero las palabras acudieron a mis labios.

«Preguntó: “¿Qué le parecerían cincuenta guineas por un trabajo de una noche?”

«“Admirablemente.”

«“Digo un trabajo de una noche, pero de una hora se acercaría más. Simplemente quiero su opinión sobre una máquina hidráulica de estampar que se ha desajustado. Si nos muestra qué anda mal, pronto la arreglaremos nosotros mismos. ¿Qué le parece un encargo así?”

«“El trabajo parece ligero y la paga, magnífica.”

«“Precisamente. Necesitaremos que venga esta noche en el último tren.”

«“¿Adónde?”

«“A Eyford, en Berkshire. Es un lugarcito cerca de los límites de Oxfordshire y a menos de siete millas de Reading. Hay un tren desde Paddington que lo dejaría allí hacia las 11:15.”

«“Muy bien.”

«“Bajaré en un coche a encontrarme con usted.”

«“¿Hay un trayecto en coche, entonces?”

«“Sí, nuestro lugarcito está bien en pleno campo. Son siete buenas millas desde la estación de Eyford.”

«“Entonces difícilmente podremos llegar antes de medianoche. Supongo que no habría posibilidad de un tren de vuelta. Me vería obligado a pasar la noche.”

«“Sí, podríamos darle fácilmente un camastro.”

«“Eso es muy incómodo. ¿No podría ir a una hora más conveniente?”

«“Hemos juzgado que lo mejor es que venga tarde. Es para compensarlo por cualquier molestia por lo que pagamos a usted, un joven desconocido, un honorario que compraría una opinión de las mismas cumbres de su profesión. Aun así, por supuesto, si desea retirarse del asunto, hay mucho tiempo para hacerlo.”

«Pensé en las cincuenta guineas y en lo útiles que me serían. “De ningún modo —dije—, estaré muy contento de acomodarme a sus deseos. Quisiera, sin embargo, entender un poco más claramente qué es lo que desea que haga.”

«“Exacto. Es muy natural que la promesa de secreto que hemos exigido de usted haya despertado su curiosidad. No deseo comprometerlo a nada sin que lo tenga todo expuesto. Supongo que estamos absolutamente a salvo de oídos indiscretos.”

«“Del todo.”

«“Entonces el asunto es este. Probablemente sabe que la tierra de batán es un producto valioso y que solo se encuentra en uno o dos lugares de Inglaterra.”

«“Eso he oído.”

«“Hace algún tiempo compré un pequeño lugar, un lugar muy pequeño, a menos de diez millas de Reading. Tuve la fortuna de descubrir que había un yacimiento de tierra de batán en uno de mis campos. Al examinarlo, sin embargo, hallé que este yacimiento era comparativamente pequeño y que formaba un eslabón entre otros dos mucho más grandes a derecha e izquierda, ambos, sin embargo, en los terrenos de mis vecinos. Estas buenas gentes ignoraban por completo que su tierra contenía algo tan valioso como una mina de oro. Naturalmente, me interesaba comprar su tierra antes de que descubrieran su verdadero valor, pero por desgracia no tenía capital con que hacerlo. Puse en el secreto a algunos de mis amigos, sin embargo, y ellos sugirieron que explotáramos tranquila y secretamente nuestro pequeño yacimiento y que de este modo ganaríamos el dinero que nos permitiría comprar los campos vecinos. Esto es lo que hemos estado haciendo desde hace algún tiempo y, para ayudarnos en nuestras operaciones, erigimos una prensa hidráulica. Esta prensa, como ya he explicado, se ha averiado, y deseamos su consejo sobre el asunto. Guardamos nuestro secreto con mucho celo, sin embargo, y si una vez se supiera que ingenieros hidráulicos acuden a nuestra casita, pronto despertaría averiguaciones y entonces, si los hechos salieran a la luz, sería adiós a toda posibilidad de conseguir estos campos y llevar a cabo nuestros planes. Por eso le he hecho prometerme que no dirá a un alma que va esta noche a Eyford. Espero haberme explicado con claridad.”

«“Lo sigo perfectamente —dije—. El único punto que no pude entender del todo era qué uso podía darse a una prensa hidráulica para extraer tierra de batán que, según entiendo, se extrae como grava de una gravera.”

«“¡Ah! —dijo con indiferencia—, tenemos nuestro propio proceso. Comprimimos la tierra en ladrillos para sacarlos sin revelar lo que son. Pero eso es un mero detalle. Ahora lo he puesto plenamente en mi confianza, señor Hatherley, y le he mostrado cuánto confío en usted.” Se levantó mientras hablaba. “Lo esperaré, pues, en Eyford a las 11:15.”

«“Ciertamente estaré allí.”

«“Y ni una palabra a nadie.” Me miró con una última mirada larga e inquisitiva y luego, estrechándome la mano con un apretón frío y húmedo, salió apresuradamente de la habitación.

«Pues bien, cuando me puse a pensarlo todo con sangre fría me asombré mucho, como ambos pueden pensar, de este súbito encargo que se me había confiado. Por un lado, por supuesto, me alegré, pues el honorario era al menos diez veces lo que yo habría pedido de haber puesto precio a mis propios servicios, y era posible que este encargo condujera a otros. Por otro lado, el rostro y los modales de mi patrón me habían causado una impresión desagradable, y no podía pensar que su explicación de la tierra de batán bastara para explicar la necesidad de que viniera a medianoche y su extrema ansiedad por que no se lo dijera a nadie. Sin embargo, lo eché todo a los vientos, cené abundantemente, fui a Paddington y partí, habiendo obedecido al pie de la letra la orden de guardar silencio.

«En Reading tuve que cambiar no solo de vagón sino de estación. Sin embargo, llegué a tiempo para el último tren a Eyford y alcancé la pequeña estación mal iluminada después de las once. Yo era el único pasajero que se apeó allí y no había nadie en el andén salvo un solo mozo soñoliento con una linterna. Al salir por la puerta de la valla, sin embargo, encontré a mi conocido de la mañana esperando en la sombra al otro lado. Sin una palabra me agarró del brazo y me hizo entrar a toda prisa en un coche cuya puerta estaba abierta. Subió las ventanillas de ambos lados, golpeó la madera y partimos tan rápido como podía ir el caballo.»

Holmes interrumpió: «¿Un solo caballo?»

«Sí, solo uno.»

«¿Observó el color?»

«Sí, lo vi a la luz de los faroles laterales cuando subía al coche. Era alazán.»

«¿De aspecto cansado o fresco?»

«Oh, fresco y lustroso.»

«Gracias. Lamento haberlo interrumpido. Prosiga, por favor, su interesantísima declaración.»

«Partimos entonces y condujimos durante al menos una hora. El coronel Lysander Stark había dicho que eran solo siete millas, pero yo diría, por la velocidad a que parecíamos ir y por el tiempo que tardamos, que debieron de ser más cerca de doce. Se sentó a mi lado en silencio todo el tiempo, y fui consciente, más de una vez al mirar en su dirección, de que me observaba con gran intensidad. Los caminos rurales no parecen ser muy buenos en esa parte del mundo, pues dábamos bandazos y sacudidas terribles. Traté de mirar por las ventanillas para ver algo de dónde estábamos, pero eran de cristal esmerilado y no pude distinguir nada salvo el ocasional borrón brillante de una luz que pasaba. De vez en cuando aventuraba alguna observación para romper la monotonía del viaje, pero el coronel solo respondía con monosílabos y la conversación pronto decaía. Al fin, sin embargo, el traqueteo del camino se cambió por la suave y nítida lisura de un camino de grava y el coche se detuvo. El coronel Lysander Stark saltó fuera y, mientras yo lo seguía, me arrastró rápidamente a un porche que se abría ante nosotros. Pasamos, por así decir, directamente del coche al vestíbulo, de modo que no logré captar ni el más fugaz vistazo de la fachada de la casa. En el instante en que crucé el umbral la puerta se cerró de golpe pesadamente tras nosotros, y oí débilmente el traqueteo de las ruedas cuando el coche se alejaba.

«Estaba completamente oscuro dentro de la casa y el coronel tanteaba buscando cerillas y murmurando entre dientes. De pronto se abrió una puerta en el otro extremo del pasillo y una larga barra dorada de luz salió disparada hacia nosotros. Se ensanchó y apareció una mujer con una lámpara en la mano, que sostenía por encima de la cabeza, adelantando el rostro y escudriñándonos. Pude ver que era bonita y, por el brillo con que la luz caía sobre su vestido oscuro, supe que era de un tejido rico. Dijo unas pocas palabras en una lengua extranjera en un tono como de pregunta, y cuando mi compañero respondió con un monosílabo gruñón dio un respingo tal que la lámpara casi se le cayó de la mano. El coronel Stark fue hacia ella, le susurró algo al oído y luego, empujándola de nuevo a la habitación de donde había salido, caminó hacia mí otra vez con la lámpara en la mano.

«Dijo, abriendo otra puerta: “Quizá tenga la bondad de esperar en esta habitación unos minutos”. Era una habitación tranquila, pequeña y sencillamente amueblada, con una mesa redonda en el centro, sobre la que había varios libros alemanes esparcidos. El coronel Stark dejó la lámpara sobre un armonio junto a la puerta. Dijo: “No lo haré esperar ni un instante”, y se desvaneció en la oscuridad.

«Eché un vistazo a los libros de la mesa y, pese a mi ignorancia del alemán, pude ver que dos de ellos eran tratados científicos y los otros volúmenes de poesía. Luego caminé hasta la ventana, esperando vislumbrar algo del campo, pero un postigo de roble, fuertemente atrancado, estaba plegado sobre ella. Era una casa maravillosamente silenciosa. Había un viejo reloj que sonaba fuerte en algún lugar del pasillo, pero por lo demás todo estaba mortalmente quieto. Una vaga sensación de inquietud empezó a invadirme. ¿Quiénes eran estos alemanes y qué hacían viviendo en este extraño lugar apartado? ¿Y dónde estaba el lugar? Estaba a unas diez millas de Eyford, eso era todo lo que sabía, pero si al norte, sur, este u oeste no tenía idea. Por lo demás, Reading y posiblemente otras grandes ciudades estaban dentro de ese radio, así que el lugar podía no ser tan aislado, después de todo. Sin embargo, era del todo cierto, por la absoluta quietud, que estábamos en el campo. Paseé de un lado a otro de la habitación, tarareando una melodía entre dientes para mantener el ánimo y sintiendo que me ganaba a conciencia mis honorarios de cincuenta guineas.

«De pronto, sin ningún sonido previo en medio de la quietud total, la puerta de mi habitación se abrió lentamente. La mujer estaba de pie en la abertura, con la oscuridad del vestíbulo a su espalda y la luz amarilla de mi lámpara cayendo sobre su rostro ansioso y hermoso. Pude ver de un vistazo que estaba enferma de miedo, y la visión me heló el corazón. Alzó un dedo tembloroso para advertirme que guardara silencio y me lanzó unas pocas palabras susurradas en un inglés chapurreado, con los ojos mirando hacia atrás, como los de un caballo asustado, a la penumbra tras ella.

«“Yo me iría —dijo, esforzándose mucho, me pareció, por hablar con calma—; yo me iría. Yo no me quedaría aquí. No hay bien para usted en hacer.”

«“Pero, señora —dije—, todavía no he hecho aquello a lo que vine. No puedo marcharme de ningún modo hasta haber visto la máquina.”

«“No vale la pena esperar —prosiguió—. Puede pasar por la puerta; nadie impide.” Y luego, al ver que yo sonreía y negaba con la cabeza, de pronto dejó de lado su contención y dio un paso adelante, con las manos retorcidas una contra otra. “¡Por amor del cielo! —susurró—. ¡Váyase de aquí antes de que sea demasiado tarde!”

«Pero soy algo terco por naturaleza, y más dispuesto a meterme en un asunto cuando hay algún obstáculo en el camino. Pensé en mis cincuenta guineas, en mi cansado viaje y en la desagradable noche que parecía esperarme. ¿Todo iba a quedar en nada? ¿Por qué había de escabullirme sin haber cumplido mi encargo y sin el pago que se me debía? Esta mujer podía ser, hasta donde yo sabía, una monomaníaca. Con porte firme, pues, aunque sus modales me habían sacudido más de lo que quería confesar, aún negué con la cabeza y declaré mi intención de quedarme donde estaba. Estaba a punto de renovar sus súplicas cuando una puerta se cerró de golpe arriba y se oyó el sonido de varios pasos en la escalera. Escuchó un instante, alzó las manos con un gesto desesperado y se desvaneció tan súbita y silenciosamente como había venido.

«Los recién llegados eran el coronel Lysander Stark y un hombre bajo y robusto con una barba de chinchilla que le crecía de los pliegues de su doble papada, a quien me presentaron como el señor Ferguson.

«“Este es mi secretario y gerente —dijo el coronel—. Por cierto, tenía la impresión de haber dejado cerrada esta puerta hace un momento. Temo que haya sentido la corriente.”

«“Al contrario —dije—, abrí la puerta yo mismo porque sentí la habitación algo sofocante.”

«Me lanzó una de sus miradas suspicaces. “Quizá será mejor que pasemos a los negocios, entonces —dijo—. El señor Ferguson y yo lo llevaremos arriba a ver la máquina.”

«“Será mejor que me ponga el sombrero, supongo.”

«“Oh, no, está en la casa.”

«“¿Cómo? ¿Extraen tierra de batán en la casa?”

«“No, no. Aquí solo la comprimimos. Pero no importa eso. Todo lo que deseamos que haga es examinar la máquina y hacernos saber qué anda mal.”

«Subimos juntos, el coronel primero con la lámpara, el gerente gordo y yo detrás de él. Era un laberinto de casa vieja, con corredores, pasillos, estrechas escaleras de caracol y puertecitas bajas, cuyos umbrales estaban gastados y hundidos por las generaciones que los habían cruzado. No había alfombras ni señales de mobiliario alguno por encima de la planta baja, mientras el yeso se desprendía de las paredes y la humedad brotaba en manchas verdes y malsanas. Traté de adoptar un aire lo más despreocupado posible, pero no había olvidado las advertencias de la dama, aunque las hubiera desoído, y mantuve un ojo atento sobre mis dos compañeros. Ferguson parecía un hombre hosco y silencioso, pero por lo poco que dijo pude ver que era al menos un compatriota.

«El coronel Lysander Stark se detuvo por fin ante una puerta baja, que abrió con llave. Dentro había una pequeña habitación cuadrada, en la que apenas cabíamos los tres a la vez. Ferguson se quedó afuera y el coronel me hizo pasar.

«“Estamos ahora —dijo— realmente dentro de la prensa hidráulica, y sería algo particularmente desagradable para nosotros si alguien la pusiera en marcha. El techo de esta pequeña cámara es en realidad el extremo del pistón descendente, y baja con la fuerza de muchas toneladas sobre este suelo de metal. Hay pequeñas columnas laterales de agua afuera que reciben la fuerza y que la transmiten y multiplican de la manera que le es familiar. La máquina funciona bastante bien, pero hay cierta rigidez en su funcionamiento y ha perdido un poco de fuerza. Quizá tendrá la bondad de revisarla y mostrarnos cómo podemos ponerla en orden.”

«Tomé la lámpara de él y examiné la máquina muy a fondo. Era en verdad gigantesca y capaz de ejercer una presión enorme. Cuando salí, sin embargo, y apreté las palancas que la controlaban, supe al instante por el sonido sibilante que había una ligera fuga, que permitía un reflujo de agua por uno de los cilindros laterales. Un examen mostró que una de las juntas de caucho que rodeaban la cabeza de una varilla motriz se había encogido de modo que no llenaba del todo el alojamiento por el que trabajaba. Esta era claramente la causa de la pérdida de potencia, y se lo señalé a mis compañeros, que siguieron mis observaciones con mucho cuidado e hicieron varias preguntas prácticas sobre cómo debían proceder para repararla. Cuando se lo hube dejado claro, volví a la cámara principal de la máquina y le eché una buena mirada para satisfacer mi propia curiosidad. Era obvio a primera vista que la historia de la tierra de batán era una mera invención, pues sería absurdo suponer que una máquina tan poderosa pudiera diseñarse para un fin tan inadecuado. Las paredes eran de madera, pero el suelo consistía en una gran artesa de hierro, y cuando me puse a examinarla pude ver una costra de depósito metálico por toda ella. Me había agachado y estaba raspando esto para ver exactamente qué era cuando oí una exclamación murmurada en alemán y vi el rostro cadavérico del coronel mirándome desde arriba.

«Preguntó: “¿Qué hace usted ahí?”

«Me sentí furioso por haber sido engañado con una historia tan elaborada como la que me había contado. “Admiraba su tierra de batán —dije—; creo que podría aconsejarlos mejor sobre su máquina si supiera cuál es el fin exacto para el que se usa.”

«En el instante en que pronuncié las palabras lamenté la imprudencia de mi discurso. Su rostro se endureció y una luz aciaga brotó de sus ojos grises.

«“Muy bien —dijo—, sabrá todo sobre la máquina.” Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecita y giró la llave en la cerradura. Corrí hacia ella y tiré del picaporte, pero estaba perfectamente asegurada y no cedió en lo más mínimo a mis patadas y empujones. “¡Eh! —grité—. ¡Eh! ¡Coronel! ¡Déjeme salir!”

«Y entonces, de pronto, en el silencio oí un sonido que me hizo saltar el corazón a la boca. Era el golpeteo de las palancas y el siseo del cilindro con fuga. Había puesto en marcha la máquina. La lámpara aún estaba en el suelo donde la había dejado al examinar la artesa. A su luz vi que el techo negro bajaba sobre mí, lenta, entrecortadamente, pero, como nadie sabía mejor que yo, con una fuerza que en menos de un minuto debía triturarme hasta convertirme en una pulpa informe. Me arrojé, gritando, contra la puerta y arañé la cerradura con las uñas. Imploré al coronel que me dejara salir, pero el implacable golpeteo de las palancas ahogó mis gritos. El techo estaba solo a un pie o dos sobre mi cabeza y con la mano alzada podía sentir su superficie dura y áspera. Entonces cruzó por mi mente que el dolor de mi muerte dependería mucho de la posición en que la recibiera. Si me tendía boca abajo, el peso caería sobre mi columna, y me estremecí al pensar en ese espantoso crujido. Quizá más fácil al revés; y sin embargo, ¿tendría el temple de tenderme y mirar esa sombra negra y mortal que descendía vacilante sobre mí? Ya no podía mantenerme erguido cuando mi ojo captó algo que me devolvió un torrente de esperanza al corazón.

«He dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al echar una última mirada apresurada a mi alrededor vi una delgada línea de luz amarilla entre dos de las tablas, que se ensanchaba y ensanchaba a medida que un pequeño panel era empujado hacia atrás. Por un instante apenas pude creer que aquí hubiera en verdad una puerta que me alejaba de la muerte. Al instante siguiente me arrojé a través y quedé medio desmayado al otro lado. El panel se había cerrado de nuevo tras de mí, pero el estrépito de la lámpara y, unos momentos después, el estruendo de las dos losas de metal me dijeron cuán estrecha había sido mi huida.

«Me hizo volver en mí un frenético tirón de mi muñeca, y me encontré tendido en el suelo de piedra de un estrecho corredor, mientras una mujer se inclinaba sobre mí y tiraba de mí con la mano izquierda, mientras sostenía una vela en la derecha. Era la misma buena amiga cuya advertencia había rechazado tan neciamente.

«“¡Venga! ¡Venga! —exclamó sin aliento—. Llegarán en un momento. Verán que usted no está allí. ¡Oh, no desperdicie el tiempo tan precioso, sino venga!”

«Esta vez, al menos, no desdeñé su consejo. Me puse en pie tambaleándome y corrí con ella por el corredor y bajé por una escalera de caracol. Esta llevaba a otro ancho pasillo y justo cuando llegamos a él oímos el sonido de pies que corrían y los gritos de dos voces, una respondiendo a la otra desde el piso en que estábamos y desde el de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su alrededor como quien está al límite de sus recursos. Luego abrió de golpe una puerta que daba a un dormitorio, por cuya ventana la luna brillaba intensamente.

«“Es su única oportunidad —dijo—. Es alto, pero puede que logre saltarlo.”

«Mientras hablaba, una luz apareció a la vista en el extremo más lejano del pasillo y vi la figura enjuta del coronel Lysander Stark que se precipitaba hacia delante con una linterna en una mano y un arma como una cuchilla de carnicero en la otra. Crucé corriendo el dormitorio, abrí la ventana de golpe y miré afuera. Qué tranquilo, dulce y saludable se veía el jardín a la luz de la luna, y no podían ser más de treinta pies hasta abajo. Trepé al alféizar, pero dudé en saltar hasta haber oído lo que pasaba entre mi salvadora y el rufián que me perseguía. Si ella era maltratada, estaba decidido a volver en su ayuda a cualquier riesgo. El pensamiento apenas había cruzado mi mente cuando él estaba en la puerta, abriéndose paso junto a ella; pero ella le echó los brazos alrededor e intentó retenerlo.

«“¡Fritz! ¡Fritz! —exclamó en inglés—. ¡Recuerda tu promesa después de la última vez! Dijiste que no volvería a ocurrir. ¡Él callará! ¡Oh, él callará!”

«“¡Estás loca, Elise! —gritó él, forcejeando para soltarse de ella—. Serás nuestra ruina. Ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, digo!” La apartó de un empujón y, corriendo a la ventana, me asestó un golpe con su pesada arma. Yo me había dejado caer y colgaba de las manos del alféizar cuando cayó su golpe. Fui consciente de un dolor sordo, mi agarre se aflojó y caí al jardín de abajo.

«La caída me sacudió pero no me hirió; así que me levanté y salí corriendo entre los arbustos tan rápido como pude correr, pues comprendí que aún estaba lejos de estar fuera de peligro. De pronto, sin embargo, mientras corría, me invadió un mareo y una náusea mortales. Miré mi mano, que palpitaba dolorosamente y luego, por primera vez, vi que mi pulgar había sido cortado y que la sangre manaba de la herida. Intenté atarme el pañuelo alrededor, pero sobrevino un zumbido súbito en mis oídos y al momento siguiente caí en un desmayo mortal entre los rosales.

«Cuánto tiempo permanecí inconsciente no sabría decirlo. Debió de ser mucho tiempo, pues la luna se había puesto y una brillante mañana despuntaba cuando volví en mí. Mi ropa estaba empapada de rocío y la manga de mi abrigo estaba empapada de sangre de mi pulgar herido. El escozor me recordó al instante todos los pormenores de mi aventura nocturna, y me puse en pie de un salto con la sensación de que quizá aún no estuviera a salvo de mis perseguidores. Pero, para mi asombro, cuando miré a mi alrededor, no se veía ni casa ni jardín. Había estado tendido en un ángulo del seto junto al camino real, y un poco más abajo había un edificio largo que, al acercarme, resultó ser la misma estación en que había llegado la noche anterior. De no ser por la fea herida de mi mano, todo lo ocurrido durante aquellas horas espantosas habría podido ser un mal sueño.

«Medio aturdido, entré en la estación y pregunté por el tren de la mañana. Habría uno a Reading en menos de una hora. Hallé que estaba de servicio el mismo mozo que estaba cuando llegué. Le pregunté si había oído hablar alguna vez del coronel Lysander Stark. El nombre le era extraño. ¿Había observado un coche la noche anterior esperándome? No, no lo había observado. ¿Había alguna comisaría cerca? Había una a unas tres millas.

«Era demasiado lejos para ir yo, débil y enfermo como estaba. Decidí esperar hasta volver a la ciudad antes de contar mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuando llegué, así que primero fui a que me curaran la herida y luego el doctor tuvo la amabilidad de traerme hasta aquí. Pongo el caso en sus manos y haré exactamente lo que me aconsejen.»

Ambos nos quedamos en silencio un buen rato después de escuchar esta extraordinaria narración. Luego Sherlock Holmes bajó del estante uno de los voluminosos cuadernos de recortes en los que guardaba sus recortes.

«Aquí hay un anuncio que le interesará —dijo—. Apareció en todos los periódicos hace aproximadamente un año. Escuche esto: “Desaparecido, el día 9 del corriente, el señor Jeremiah Hayling, de veintiséis años, ingeniero hidráulico. Salió de su alojamiento a las diez de la noche y no se ha vuelto a saber de él. Vestía”, etc., etc. ¡Ja! Eso representa, imagino, la última vez que el coronel necesitó que revisaran su máquina.»

«¡Cielo santo! —exclamó mi paciente—. Eso explica lo que dijo la muchacha.»

«Sin duda. Está bastante claro que el coronel era un hombre frío y desesperado, absolutamente decidido a que nada se interpusiera en su jueguecito, como esos piratas redomados que no dejan ningún superviviente de un barco capturado. Bien, cada momento es ahora precioso, así que, si se siente con fuerzas, iremos de inmediato a Scotland Yard como preliminar para partir hacia Eyford.»

Unas tres horas más tarde estábamos todos en el tren juntos, camino de Reading a la pequeña aldea de Berkshire. Estaban Sherlock Holmes, el ingeniero hidráulico, el inspector Bradstreet, de Scotland Yard, un detective de paisano y yo. Bradstreet había extendido un mapa topográfico del condado sobre el asiento y estaba ocupado con su compás trazando un círculo con Eyford por centro.

«Ahí lo tiene —dijo—. Ese círculo está trazado con un radio de diez millas desde la aldea. El lugar que buscamos debe de estar cerca de esa línea. Usted dijo diez millas, creo, señor.»

«Fue una buena hora de viaje en coche.»

«¿Y cree que lo trajeron de vuelta todo ese camino cuando estaba inconsciente?»

«Debieron de hacerlo. Tengo además un recuerdo confuso de haber sido alzado y llevado a alguna parte.»

«Lo que no puedo entender —dije— es por qué lo habrían perdonado cuando lo encontraron desmayado en el jardín. Quizá el villano se ablandó con las súplicas de la mujer.»

«Difícilmente lo creo probable. Nunca vi en mi vida un rostro más inexorable.»

«Oh, pronto aclararemos todo eso —dijo Bradstreet—. Bien, he trazado mi círculo y solo desearía saber en qué punto de él se encuentra la gente que buscamos.»

Holmes dijo en voz baja: «Creo que podría poner el dedo en él».

«¡De veras, ahora! —exclamó el inspector—. ¡Ya se ha formado una opinión! Vamos, veremos quién coincide con usted. Yo digo que es el sur, pues la zona está más desierta allí.»

Mi paciente dijo: «Y yo digo que el este».

«Yo voto por el oeste —comentó el detective de paisano—. Hay varios pueblecitos tranquilos por allá.»

«Y yo por el norte —dije—, porque no hay colinas allí, y nuestro amigo dice que no notó que el coche subiera ninguna.»

«Vamos —exclamó el inspector, riendo—; es una diversidad de opiniones muy bonita. Hemos recorrido toda la rosa de los vientos entre nosotros. ¿A quién da usted su voto decisivo?»

«Todos se equivocan.»

«Pero no podemos equivocarnos todos.»

«Oh, sí, pueden. Este es mi punto.» Puso el dedo en el centro del círculo. «Aquí es donde los encontraremos.»

Hatherley jadeó: «¿Pero el trayecto de doce millas?»

«Seis de ida y seis de vuelta. Nada más sencillo. Usted mismo dice que el caballo estaba fresco y lustroso cuando subió. ¿Cómo podría ser así si hubiera recorrido doce millas por caminos enfangados?»

«En efecto, es una estratagema bastante verosímil —observó Bradstreet pensativo—. Por supuesto, no cabe duda sobre la naturaleza de esta banda.»

«Ninguna —dijo Holmes—. Son falsificadores de moneda a gran escala y han usado la máquina para formar la amalgama que ha ocupado el lugar de la plata.»

«Sabíamos desde hace algún tiempo que había una banda astuta en acción —dijo el inspector—. Han estado sacando medias coronas por millares. Los rastreamos incluso hasta Reading, pero no pudimos ir más lejos, pues habían cubierto sus huellas de un modo que mostraba que eran viejos conocedores. Pero ahora, gracias a esta afortunada casualidad, creo que los tenemos bien atrapados.»

Pero el inspector se equivocaba, pues esos criminales no estaban destinados a caer en manos de la justicia. Al entrar rodando en la estación de Eyford vimos una gigantesca columna de humo que se elevaba desde detrás de un pequeño grupo de árboles de las cercanías y colgaba como una inmensa pluma de avestruz sobre el paisaje.

Bradstreet preguntó, mientras el tren echaba vapor otra vez y reanudaba su camino: «¿Una casa incendiada?»

El jefe de estación dijo: «¡Sí, señor!»

«¿Cuándo empezó?»

«Me han dicho que fue durante la noche, señor, pero ha empeorado y todo el lugar está en llamas.»

«¿De quién es la casa?»

«Del doctor Becher.»

«Dígame —interrumpió el ingeniero—, ¿es el doctor Becher alemán, muy delgado, de nariz larga y afilada?»

El jefe de estación rio de buena gana. «No, señor, el doctor Becher es inglés, y no hay hombre en la parroquia que tenga un chaleco mejor forrado. Pero tiene alojado a un caballero, un paciente, según tengo entendido, que es extranjero, y parece que un poco de buena carne de res de Berkshire no le haría ningún daño.»

El jefe de estación no había terminado su discurso cuando todos nos apresurábamos en dirección al incendio. El camino remontaba una colina baja y había frente a nosotros un gran edificio encalado y extenso, que escupía fuego por cada rendija y ventana, mientras en el jardín delantero tres bombas de incendios luchaban en vano por mantener bajo las llamas.

«¡Es ahí! —exclamó Hatherley, con intensa agitación—. Ahí está el camino de grava y ahí están los rosales donde yací. Esa segunda ventana es de la que salté.»

«Bien, al menos —dijo Holmes— se ha tomado usted su venganza. No cabe duda de que fue su lámpara de aceite la que, al ser aplastada en la prensa, prendió fuego a las paredes de madera, aunque sin duda estaban demasiado agitados en la persecución para observarlo en su momento. Ahora mantenga los ojos abiertos en esta multitud por si ve a sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que estarán ya a unas cien millas.»

Y los temores de Holmes se cumplieron, pues desde ese día hasta hoy nunca se ha vuelto a saber nada ni de la hermosa mujer, ni del siniestro alemán, ni del hosco inglés. Temprano esa mañana un campesino se había cruzado con un carro que contenía varias personas y unas cajas muy voluminosas que avanzaba rápidamente en dirección a Reading, pero allí desaparecieron todos los rastros de los fugitivos, e incluso el ingenio de Holmes no logró nunca descubrir la menor pista sobre su paradero.

Los bomberos habían quedado muy perturbados por las extrañas instalaciones que habían encontrado dentro, y más aún por descubrir un pulgar humano recién cortado sobre un alféizar del segundo piso. Hacia la puesta del sol, sin embargo, sus esfuerzos tuvieron éxito por fin y dominaron las llamas, pero no antes de que el techo se hubiera desplomado y todo el lugar hubiera quedado reducido a tal ruina absoluta que, salvo unos cilindros retorcidos y tubería de hierro, no quedaba rastro de la maquinaria que tan cara le había costado a nuestro desafortunado conocido. Se descubrieron grandes masas de níquel y de estaño almacenadas en un cobertizo, pero no se hallaron monedas, lo que pudo explicar la presencia de aquellas cajas voluminosas a las que ya se ha aludido.

Cómo había sido trasladado nuestro ingeniero hidráulico desde el jardín al lugar donde recobró el sentido habría podido seguir siendo un misterio para siempre de no ser por la tierra blanda, que nos contó una historia muy clara. Evidentemente lo habían llevado dos personas, una de las cuales tenía pies notablemente pequeños y la otra inusualmente grandes. En conjunto, lo más probable era que el inglés silencioso, menos audaz o menos asesino que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a llevar al hombre inconsciente fuera de peligro.

«Bueno —dijo nuestro ingeniero con pesar mientras tomábamos asiento para volver una vez más a Londres—, ¡ha sido un buen negocio para mí! He perdido mi pulgar y he perdido un honorario de cincuenta guineas, ¿y qué he ganado?»

«Experiencia —dijo Holmes, riendo—. Indirectamente puede tener valor, ya sabe; basta con que la ponga en palabras para ganar la reputación de ser una excelente compañía durante el resto de su existencia.»

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